A finales de enero de 1994 dejé de ver a T.B.
[La primera semana de febrero, quizás. Recuerdo (compruebo en el dietario) que fue una madrugada desapacible y gris, lluviosa y especialmente desoladora la del 4. Me despertó un trueno, o mi propia voz desconocida y terrible diciéndome: "Ayer fui injusto con T.B." En efecto, ahora pienso en la víspera triste, un agujero negro donde ella lloraba, secuencias falsas de la cita que descollaban extravagantemente en la pesadilla nocturna del 3: me golpeaba con furia en un tramo de la escalera de..., debajo de la ventana interior... Todo parecía tan cierto... ¡Pero no existe ninguna ventana interior en...!]
Nuestra relación había sido difícil y esporádica. Al cabo de los años no sólo era imperfecta, parecía instalada en la angustia y el tedio. Ahora había concluido. La ansiedad mía, el miedo y la tribulación de ella, las mentiras, los desencuentros... Ese medio amor había cristalizado en una pena recíproca que abonaba la incomprensión y la desconfianza. En los últimos meses vivíamos ambos de fragmentos de los tiempos pasados, de una inconfesa y ruinosa dependencia alimentada de altibajos. En común sólo teníamos la incertidumbre ante el futuro.
Me convertí en un apocado testigo de sus malas andanzas, y, a veces, en el torturado notario de su capitulación. Al final, en un cobarde que huyó de la encerrona suya para encerrarse en su propia cárcel.
Aún la quería, nunca dejaría de hacerlo, pero no aprendí a protegerla, y yo a ella siempre la había desconcertado profundamente. A partir de aquellos momentos, pues, sólo cabía esperar hechos dolorosos más allá de cualquier explicación.
La última vez que estuvimos juntos fue en París.
Una amiga de ella, S.G., pintora de prestigio por entonces, muy celebrada por sus ingeniosas y calculadas caligrafías, colgaba una exposición en Barcelona. Dejaría libre durante unas semanas su apartamento de la calle des Feuillantines, en las inmediaciones de los Jardines de Luxemburgo. Nos lo prestaba hasta su regreso.
Aceptamos la sugerencia de S.G. con la misma apatía con que la hubiésemos declinado. Todo presagiaba la culminación de la tragedia, su predominio en todo.
Hicimos el viaje en tren. La noche fue larga y extraña, parecía irreal. T.B. era la suma expresión del cansancio. Descansaba la cabeza contra mi hombro, entornaba los ojos y emitía un suspiro entrecortado que hacía que me estremeciera. Pero no durmió ni un solo instante. En todo el trayecto no cruzamos ni una sola palabra.
(Presagiaba miedos intolerables: ¿a qué clase de infierno se me obligaba a bajar? ¿Qué dios aguardaba allí? Derrotado el diablo...)
Era como la noche más cómplice en el desengaño y la resignación, horas raras. Ya no quedaban más trampas. La fingida aventura del pasado se liquidaba en ese viaje postrero que clausuraba cualquier crónica de la iniciación. Se me revelaba la peor de las sospechas: la demora sólo era impotencia; el renacimiento postergado, un espejismo. Uno es lo que es.
(Aún prefería creer que todo podía ser lo contrario, que aquello era la esperanza):
Ibamos como inmersos en un túnel poderoso e inexorable, intemporal y lleno de luz. Sentía que aquel vértigo era acaso el definitivo, y que el viaje raudo y medianamente confortable, infalible y predestinado, me alejaba irrevocablemente de los sitios y las costumbres de un presente ya agotado a cada vuelta de las ruedas sobre los rieles del tiempo. Por un instante pensé que jamás volvería de aquel éxodo crucial y anónimo, helado y desnudo, espectral, y que tan fugaces como las imágenes encendidas de la noche pasaban ante mí a través de la ventanilla, así se alejaban las añagazas y los trabajos que ahora dejaba abandonados en el punto de partida.
Al término (?) del viaje T.B. estaba enferma y exhausta. Nada más salir de la estación de Austerlitz tomamos un taxi, y, al llegar al apartamento, se metió en la cama trémula y febril, humillada por el desfallecimiento y con el pensamiento del terror hurgando en su cerebro. Se negó en redondo a ser asistida por un médico.
Asustado, con un vaso de agua en la mano, veía desde el umbral de la habitación el bulto encogido bajo las mantas, sin saber qué decir ni qué hacer, como si yo mismo fuese una sombra, temeroso de alguna torpeza o de proferir palabras innecesarias, sin decidirme a apagar la luz o a dejarla encendida.
Por espacio de unos días nos encerramos en el pequeño y abuhardillado apartamento, en la última planta de un edificio de piedra arenisca y ladrillos grises coronado por un vistoso tejado cónico de pizarra. Las paredes eran blancas y el suelo estaba cubierto de moqueta amarilla. Era un recinto acogedor y cálido, con pequeñas ventanas y lumbreras circulares y ovaladas que miraban al cielo o a la calle. El silencio casi era absoluto, lejos del fragor y el ruidoso discurrir de las aceras.
Nevaba y hacía un frío temible. El cielo de plomo y el aire glacial y espeso sembraban el ánimo de un quietismo sombrío. Apenas comíamos. T.B. lloraba a escondidas, replegada sobre su cuerpo, entre el delirio y la tortura.
Una tarde sonó varias veces el timbre de la puerta. Otra noche el súbito y urgente vibrar del teléfono rasgó como un cuchillo escalofriante la calma y la oscuridad de la vigilia. Y otro día alguien golpeaba la puerta con rudeza, con exasperada insistencia, pero el repentino sobresalto y la inicial turbación nos parecieron tan desesperantes, tan normales, que comprendimos sin asombro que nada ni nadie podía traspasar los límites de la auténtica postración. Eramos como invisibles al mundo y a sus asuntos, pompas o calamidades. Cualquier invocación de afuera era un error, toda llamada o visita sería un fiasco. Quietud. Una mesura inesperada burlaba las premuras de atrás. La veía a ella, en ella me entretenía: nada hay que seduzca más malévolamente que una renuncia sin paliativos. Nunca pensé en alguna circunstancia venturosa que entibiara la condena o aliviase aquel silencio dramático. Sabía lo peor: yo me salvaría, taimado o bueno para siempre; ella estaba condenada. La espera era un engaño.
sábado, 30 de enero de 2010
viernes, 29 de enero de 2010
Poéticas - M.M. (7)

El discurso seriado es una opción tan posible como cualquier otra inmersa en la lógica (o no-lógica) de nuestra contempo-raneidad, apela una plástica que se nutre no sólo de la fría disposición de su elemento icónico repetido, como si de una resonancia minimalista se tratara, una reminiscencia reciclada de aquella práctica del distanciamiento, conforma, asimismo, una sintaxis de reflexión donde el arte del pasado se imbrica con el del presente en una mutación que termina revistiéndose de modernidad. Como se ha explicado repetidamente, las significaciones semánticas de estas obras oscilan a niveles de códigos perceptivos y figuras de reconocimiento de códigos matemáticos elementales, por lo que sus últimos significados se ven reducidos a su mínima expresión de un modo paralelo a sus reducciones sintácticas. En definitiva, a una concepción profundamente depurada. En cierto modo, el ejemplo de la estética actual que informa la propuesta del artista remite en su formalismo lingüístico al constructivismo gestualista que presidía en la poética de sus obras de la década de los setenta, por lo que no hay que desdeñar un vínculo (muy sutil) con aquellas piezas que situaban el énfasis en los aspectos constructivos del proceso pictórico. En este sentido, cabría hablar de un "continuum", del mismo interés irrenunciable por el aspecto físico de la obra, de una evolución siempre implícita en su corpus plástico.
Artistas (4)
La obra de L., plena de sentido formal y de componentes evolutivos de contrastada coherencia, me inspira un interés sin reservas. Se trata de una escultura de estudiada decantación cuyos volúmenes, innegables en su rotundidad, no son obstáculo para el logro de una forma en su mínima expresión. La gracia de la síntesis descubre un pensamiento de artista lúcido y de fecundas proyecciones, sereno y claro: propone la paradoja a la piedra, con sencillez artesana la convierte en femenina transparencia, una levedad engañosa que asienta en el aire secretas y mórbidas analogías.
La amistad de L., exige una cuidada vigilancia hacia los aspectos más desalentadores del carácter arbitrario y suspicaz que padece, al igual que el que revelan casi todos los artistas irremediablemente menores, que obliga a mantener con ellos una cautela sostenida y, a la larga, irritante. Unicamente esta actitud precavida propicia que perduren semejantes relaciones.
L. sufre una personalidad de irregulares modales y súbitas exaltaciones, un "debo ir hacia delante" que no excluye la rudeza ni el desaire más intempestivo (ese verdadero escultor que no desdeña el buril tradicional y blande con brazo poderoso el puntero y el martillo de punta, desbasta la piedra sin defender de las esquirlas ni los ojos, ajeno a la lasca que salta al rostro... Ofensor recalcitrante, pero ¿que quebranto o agravio duradero puede causar en la dignidad más aparente un sujeto tan obcecado...? Ah, su peculiar mala educación... ¡no impugna la elegancia y la refinada mesura de su estética!). L., de sabia o afortunada manera, se hurta con calculada indiferencia de las rarezas y mascaradas de un arte actual menos moderno de lo que se cree generalmente. Este tipo solitario se abastece de una imaginación obscena e intrincada. [En cuanto a mí, qué ha de ver ése entre la piedra más tosca y la forma sutil: un humor agrio que sobrelleva las variantes de un discurso crítico frente al arte siempre apremiado por la especulación y tenso por el abuso reiterado de un rigor inoportuno, poco mundano e inútil, lejos de la bonhomía cortesana, el halago, el gesto sabido, todo el aburrimiento medido, establecido, canónico...]
(...) Tampoco L. estaba a salvo del... "ruido exterior". No se miraba más que a sí mismo, a su obra... Y, sin embargo, tengo absoluta seguridad de la complacencia, mal disimulada a veces, que experimentan todos los artistas ante un juicio favorable y fácil, audible. ¿Sabrían ver su propia tarea? Verla desde el tiempo lejano, descifrar la antigua emoción... Sentirla de veras como una adivinación... Reconocerse en esas telas en verdad maravillosas, las pequeñas y sutiles esculturas, o la talla en la roca... esas obras necesarias... Descreo de todo artista que esconde la hostilidad hacia el trabajo creativo de otros. Se lo contaba a H. (risas) y éste me decía: "¿Cómo diablos van a exigir entonces la mayor benevolencia para su obra? ¡Que sean malvados! Y, si pueden, hasta malditos." Urdir una fama no es cuestión de unos meses: hay que destruir el talento y la inocencia adánica de la primera creación... Así el hombre y el arte se funden en lo perverso... el medro, el espectáculo, el drama, el tiempo, el dinero..."
La amistad de L., exige una cuidada vigilancia hacia los aspectos más desalentadores del carácter arbitrario y suspicaz que padece, al igual que el que revelan casi todos los artistas irremediablemente menores, que obliga a mantener con ellos una cautela sostenida y, a la larga, irritante. Unicamente esta actitud precavida propicia que perduren semejantes relaciones.
L. sufre una personalidad de irregulares modales y súbitas exaltaciones, un "debo ir hacia delante" que no excluye la rudeza ni el desaire más intempestivo (ese verdadero escultor que no desdeña el buril tradicional y blande con brazo poderoso el puntero y el martillo de punta, desbasta la piedra sin defender de las esquirlas ni los ojos, ajeno a la lasca que salta al rostro... Ofensor recalcitrante, pero ¿que quebranto o agravio duradero puede causar en la dignidad más aparente un sujeto tan obcecado...? Ah, su peculiar mala educación... ¡no impugna la elegancia y la refinada mesura de su estética!). L., de sabia o afortunada manera, se hurta con calculada indiferencia de las rarezas y mascaradas de un arte actual menos moderno de lo que se cree generalmente. Este tipo solitario se abastece de una imaginación obscena e intrincada. [En cuanto a mí, qué ha de ver ése entre la piedra más tosca y la forma sutil: un humor agrio que sobrelleva las variantes de un discurso crítico frente al arte siempre apremiado por la especulación y tenso por el abuso reiterado de un rigor inoportuno, poco mundano e inútil, lejos de la bonhomía cortesana, el halago, el gesto sabido, todo el aburrimiento medido, establecido, canónico...]
(...) Tampoco L. estaba a salvo del... "ruido exterior". No se miraba más que a sí mismo, a su obra... Y, sin embargo, tengo absoluta seguridad de la complacencia, mal disimulada a veces, que experimentan todos los artistas ante un juicio favorable y fácil, audible. ¿Sabrían ver su propia tarea? Verla desde el tiempo lejano, descifrar la antigua emoción... Sentirla de veras como una adivinación... Reconocerse en esas telas en verdad maravillosas, las pequeñas y sutiles esculturas, o la talla en la roca... esas obras necesarias... Descreo de todo artista que esconde la hostilidad hacia el trabajo creativo de otros. Se lo contaba a H. (risas) y éste me decía: "¿Cómo diablos van a exigir entonces la mayor benevolencia para su obra? ¡Que sean malvados! Y, si pueden, hasta malditos." Urdir una fama no es cuestión de unos meses: hay que destruir el talento y la inocencia adánica de la primera creación... Así el hombre y el arte se funden en lo perverso... el medro, el espectáculo, el drama, el tiempo, el dinero..."
jueves, 28 de enero de 2010
Conversaciones (2)
Brulard, Marisa Brulard, pues ensimismado como estaba me costó adivinar cuál de las dos, si ella o Elena, su hermana gemela, indicaba de lejos con un gesto divertido la copa vacía y absurda sobre el pedestal. Denegó con la cabeza al oírse llamar equivocadamente, sin dejar de sonreír, haciendo un gesto de censura con el dedo enhiesto. Pintar su carácter exige esas pequeñas observancias: ocurrente en la conversación, segura en todo instante de su compostura, magnánima en la nimiedad, cosmopolita y [acaso] cínica e imperturbable en el fondo, pero nunca entregada a lo más venerable.
Cogió la copa y se dio la vuelta con sencillez. Al cabo de unos segundos, regresó a mi lado con dos copas llenas de un líquido ambarino y límpido que ni siquiera el andar hacía oscilar tras el cristal.
Me tendió una de ellas con ademán sosegado, mirándome sin parpadear, con la soberbia natural de quien domina el espacio, la regla y el pasatiempo de una concurrencia multitudinaria, de quien, arrogante, sabe ver y se siente vista entre la fruslería y el encantamiento efímero. No dudo ni pizca de que se daba perfecta cuenta de la liviandad y callado regocijo que brinda mucho del acto artístico contemporáneo, de manera que su escepticismo ante un refrendo público que encumbra por igual lo despreciable y lo valioso debe ser constante, pues en el verdadero juego sólo interviene el artista, que ni protesta la lucidez ni abandona lo lúdico. Entretanto, el espectador asiste a su propia nostalgia de desterrado de la infancia paseándose por los jardines campestres de su invención donde impera la libertad, la mala hierba, el capricho fecundo, el juguete.
Incurriría yo en la... trivialidad. Allí estaba, podía ser uno más, escuetamente superficial.
M.B. reprochó mi error al confundirla. Lo hizo sin un enfado visible, pero con la energía de quien se sabe con el derecho de amonestar a las primeras de cambio.
Es cierto que sobra la malicia boba: en gemelos todo presunto parecido refuta una confusión a ultranza que provoca, no obstante, el histrionismo del falso burlado, atento tan sólo a la deliberada manifestación de un desconcierto calculado. Toda duplicidad produce un engaño pueril, casi a sabiendas, consciente, pero nos complace la ingenua sorpresa que sentimos al contemplar la magia, tal vez el arte, de una repetición natural que parece negar la realidad, socavarla mediante el disparate o la gracia inesperada. Posteriores evidencias desmienten el hecho (ninguna cosa es igual a otra cosa, el espectáculo es la interpretación, la reacción), por lo que se revela la endeblez sustancial e intrínseca de la dualidad.
Por lo demás: ¿a qué simular un chasco tan improcedente?
Mi ensimismamiento ("L. es serio y libre, pero no entretenido ni ingenioso: es su voluntad la que le hace artista conduciendo su talento..."), era el origen de confundirla con su hermana. No pretendía en modo alguno subrayar una incomprensible y estúpida broma de mal gusto de la naturaleza... ¡plagiaria!
Hice la observación en voz baja. Pronto le referí lo que pensaba de L. y la condescendiente actitud que éste soportaba frente la insolencia de aquel tipo [El susurro: una forma de seducción].
"Y ni siquiera es un comprador", dijo. (Ningún comprador habla realmente con los artistas.) "Lo va a fastidiar un buen rato."
(Oh, sí. Prestigian los críticos, los marchantes, los directores de los museos y los comisarios de las exposiciones oficiales, los honorables conservadores y la burocracia mercantil de las subastas. En el público sólo está el dinero y la paciencia, la credulidad.)
L. y… aquel asiduo impostor de galerías, un farsante que concluía engañando al mismo artista a través de un interés bastardo muy bien disimulado… o no. Su comedia de acaudalado coleccionista creaba situaciones grotescas. Fue un gran desmitificador. Su arte podría ser un happening pervertido y calculado de origen que satisfaciera su ansia de una creatividad fugaz y banal, aunque no inocente. Su carácter sencillo a la vez que elegante engañaba bien. El era la obra de arte, el soporte. Las palabras formaban parte de la comedia imprescindible. (H., un crítico sagaz que gusta del sarcasmo, diría que engañaba tan bien como un artista). Lo recuerdo provisto de un pulido bastón de empuñadura azul con pequeñas incrustaciones de marfil, ataviado de un traje oscuro impecable, con la camisa blanca de botonadura de irisado nácar. Contradecía los juicios estéticos merced a una esmerada cultura pertrechada de multitud de afirmaciones de artistas, contrapuestas entre sí, que anulaban todo el derecho de un arte ajeno al que ellos postulaban. Era, estoy seguro de ello, un hombre jovial que extremaba su afición hasta el mismo linde de la genialidad.
(Me gusta pensar que aquella actitud revelaba más la impertinencia de los otros que la locura de ejecutar una obra mediante la conducta del mero gesto, la sola mirada, una ironía, el adorno...)
M.B. escuchaba mis palabras con sorna.
"Tendremos, pues, que salvar a L.", dijo nada convencida. "La locura del mundo distrae las vocaciones."
Una frase estudiada. Leída en alguna parte. Me acojo a la [palabra ilegible]... Le respondí pausadamente:
"No lo creo. L., aun disgustado, se complace en pasear su rabieta en un mutismo impenetrable. Tiene pocas oportunidades de ... [palabras ilegibles]"
……………………………………………………………………….
"R., en Nueva York, está logrando meter la cabeza... Le ayuda mucho su antigua relación con F.V., el hombre de la capa. Pero aquello funciona a golpe de efecto, es un show perpetuo, y el artista fomenta la pertenencia al clan, al rebaño... Bien, fíjate en la obra gráfica de Z..."
"¿Todavía tenéis el W.?"
"¿El W.? Sí, claro. Hay un tipo... bueno, es J.P., el de Milán... Lo quiere. Pero… ¡vale millones! El dice: se acabó la paranoia... Por supuesto, es él quien compra. Ya lo vendería a buen precio si..."
"El análisis químico de los lienzos corrobora la boutade de los Diarios: mejoraba el acrílico con la orina de sus amigos. ¿Dónde está la grandeza ahí?"
"¿Qué grandeza? ... Oh, bien, ¿quién dijo que había de ser excelso, o grave...? ¡Y hasta semen...!"
"Sí, naturalmente. Es suficiente con ir adelante."
"Siempre pensé que era así. Me gusta recordar aquello de él... ¡Qué tipo! Esa tarde interminable en el estudio de.. ¿Cómo era?... El loft frente Union Square. Afuera, la ciudad gigantesca. Vista desde el 860, detrás de los gruesos y dobles cristales, silenciosa y crepuscular... Elena y yo estuvimos hace poco allí. Aún se veían carpetas en todas partes firmadas por él... Aunque, vete a saber... Te contaba eso de los Diarios. Aquella tarde que él no sabe que hacer, no puede trabajar... Dice que tiene ansiedad, teme que sus cuadros terminen estropeados por el frío... ¿Imaginas una cosa así? Y, entonces, llega Bastian, dopado, con los ojos en el infierno, coge dos lienzos enormes, de los más grandes del estudio, blancos y tentadores, apoyados contra el rectángulo de la pared, y se pone a embadurnarlos sin detenerse ni un instante, como poseído de una inspiración frenética, libérrima, con la misma espontaneidad con que ensuciaba de graffitis toda la ciudad de Nueva York..., el subway, las fachadas neoclásicas... Ese motivo plástico tan burdo... W., extasiado, le mira hacer. Luego, escribe en el diario: Esta tarde vino J.M.B. al estudio. Casi no podía andar, atiborrado de caballo hasta los ojos. ¡Un granuja irremediable! Estábamos solos. Pintó dos cuadros de gran tamaño, magníficos. Es un genio. En dos horas... ¡hizo dos obras maestras antes de la cena...!"
"¡Dos 3,5 X 4,25! ¿Qué te parece?"
"Eso es hacer las cosas a lo grande."
"Vi a W. un par de años antes de morir. Se pasó el tiempo que estuvo en Madrid haciendo fotografías a todo el mundo... Unas polaroids infames con una antigua Big Shot. Creo que hasta fue capaz de hacerme una a mí. Vino con la exposición ya vendida. Era como un pase de modelos, y todo el mundo allí, la televisión, los de las revistas ilustradas, los estudiantes de Bellas Artes... ¡Qué ocasión!"
"No sé... Al final venderemos... El W., no sé... Entonces, tú escribías para Transgresión, ¿no?"
"No estoy muy seguro de eso. Ahora, parece que todo el mundo escribía para Transgresión.
[Anot. pr.: Hice una pausa deliberada. Iba a soltarle lo de la venta, pero no debía decirle de ninguna manera que necesitaba el dinero. ¡Y necesitaba el dinero como nada en el mundo! ¡Al diablo con los viejos tiempos!].
"En otra ocasión W. habla del cuadro, fantástico, que pinta en media hora J.M., ¡a oscuras! Le admiran esas estupideces."
De golpe:
"Quiero vender el dibujo de B. ¿Puedes hacerlo con rapidez? Necesito el dinero... Por ejemplo (...) Luego de eso, quizás..."
"¿No fue un regalo? ¿Vas a vender un regalo?"
"¿Qué hay de malo en ello? Es dinero, él sabía que era un valor convertible..."
"No sé los noventa... Pero ahora.... Está todo como aletargado... Más adelante habría mucho dinero en eso... Bien, es una obra menor... El grabado, el pequeño formato tiene salida... Antes era otra cosa. Están las serigrafías... ¿B. se divorció, no? Tampoco pides demasiado... Es una pena..."
"Son relaciones... Todo cambia. Crees unas cosas, luego otras. Pasa el tiempo. Etcétera. Lo dejaron en París. Armaron una gresca sensacional en plena F... Ella arrojó una botella de William Lawson's a los cuadros colgados. Uno dijo que el whisky los mejoraba ostensiblemente. El arte, tan variable, y todo eso..."
[Desarrollar... El concepto, una clave... Está todo más allá del objeto.]
(M. se reía al oírme. Sentenció con una maldad de las suyas: [palabra que suprimo] Le contesté: "Cuanto más dinero, mejor.") [Se trataba de dinero, ¿no lo adivinaba?]
"No, si... [palabras ilegibles]... Puedes contar con M.V, también. Vende muy bien en Basilea... Lo ha contratado la Gulbenkian. Hace poco consiguió un B. en Manchester. ¡Está muy de moda B.! Lo vendió con dos cifras más a la derecha. Eso es lo que dicen... ¡Un verdadero mercader! "
Cogió la copa y se dio la vuelta con sencillez. Al cabo de unos segundos, regresó a mi lado con dos copas llenas de un líquido ambarino y límpido que ni siquiera el andar hacía oscilar tras el cristal.
Me tendió una de ellas con ademán sosegado, mirándome sin parpadear, con la soberbia natural de quien domina el espacio, la regla y el pasatiempo de una concurrencia multitudinaria, de quien, arrogante, sabe ver y se siente vista entre la fruslería y el encantamiento efímero. No dudo ni pizca de que se daba perfecta cuenta de la liviandad y callado regocijo que brinda mucho del acto artístico contemporáneo, de manera que su escepticismo ante un refrendo público que encumbra por igual lo despreciable y lo valioso debe ser constante, pues en el verdadero juego sólo interviene el artista, que ni protesta la lucidez ni abandona lo lúdico. Entretanto, el espectador asiste a su propia nostalgia de desterrado de la infancia paseándose por los jardines campestres de su invención donde impera la libertad, la mala hierba, el capricho fecundo, el juguete.
Incurriría yo en la... trivialidad. Allí estaba, podía ser uno más, escuetamente superficial.
M.B. reprochó mi error al confundirla. Lo hizo sin un enfado visible, pero con la energía de quien se sabe con el derecho de amonestar a las primeras de cambio.
Es cierto que sobra la malicia boba: en gemelos todo presunto parecido refuta una confusión a ultranza que provoca, no obstante, el histrionismo del falso burlado, atento tan sólo a la deliberada manifestación de un desconcierto calculado. Toda duplicidad produce un engaño pueril, casi a sabiendas, consciente, pero nos complace la ingenua sorpresa que sentimos al contemplar la magia, tal vez el arte, de una repetición natural que parece negar la realidad, socavarla mediante el disparate o la gracia inesperada. Posteriores evidencias desmienten el hecho (ninguna cosa es igual a otra cosa, el espectáculo es la interpretación, la reacción), por lo que se revela la endeblez sustancial e intrínseca de la dualidad.
Por lo demás: ¿a qué simular un chasco tan improcedente?
Mi ensimismamiento ("L. es serio y libre, pero no entretenido ni ingenioso: es su voluntad la que le hace artista conduciendo su talento..."), era el origen de confundirla con su hermana. No pretendía en modo alguno subrayar una incomprensible y estúpida broma de mal gusto de la naturaleza... ¡plagiaria!
Hice la observación en voz baja. Pronto le referí lo que pensaba de L. y la condescendiente actitud que éste soportaba frente la insolencia de aquel tipo [El susurro: una forma de seducción].
"Y ni siquiera es un comprador", dijo. (Ningún comprador habla realmente con los artistas.) "Lo va a fastidiar un buen rato."
(Oh, sí. Prestigian los críticos, los marchantes, los directores de los museos y los comisarios de las exposiciones oficiales, los honorables conservadores y la burocracia mercantil de las subastas. En el público sólo está el dinero y la paciencia, la credulidad.)
L. y… aquel asiduo impostor de galerías, un farsante que concluía engañando al mismo artista a través de un interés bastardo muy bien disimulado… o no. Su comedia de acaudalado coleccionista creaba situaciones grotescas. Fue un gran desmitificador. Su arte podría ser un happening pervertido y calculado de origen que satisfaciera su ansia de una creatividad fugaz y banal, aunque no inocente. Su carácter sencillo a la vez que elegante engañaba bien. El era la obra de arte, el soporte. Las palabras formaban parte de la comedia imprescindible. (H., un crítico sagaz que gusta del sarcasmo, diría que engañaba tan bien como un artista). Lo recuerdo provisto de un pulido bastón de empuñadura azul con pequeñas incrustaciones de marfil, ataviado de un traje oscuro impecable, con la camisa blanca de botonadura de irisado nácar. Contradecía los juicios estéticos merced a una esmerada cultura pertrechada de multitud de afirmaciones de artistas, contrapuestas entre sí, que anulaban todo el derecho de un arte ajeno al que ellos postulaban. Era, estoy seguro de ello, un hombre jovial que extremaba su afición hasta el mismo linde de la genialidad.
(Me gusta pensar que aquella actitud revelaba más la impertinencia de los otros que la locura de ejecutar una obra mediante la conducta del mero gesto, la sola mirada, una ironía, el adorno...)
M.B. escuchaba mis palabras con sorna.
"Tendremos, pues, que salvar a L.", dijo nada convencida. "La locura del mundo distrae las vocaciones."
Una frase estudiada. Leída en alguna parte. Me acojo a la [palabra ilegible]... Le respondí pausadamente:
"No lo creo. L., aun disgustado, se complace en pasear su rabieta en un mutismo impenetrable. Tiene pocas oportunidades de ... [palabras ilegibles]"
……………………………………………………………………….
"R., en Nueva York, está logrando meter la cabeza... Le ayuda mucho su antigua relación con F.V., el hombre de la capa. Pero aquello funciona a golpe de efecto, es un show perpetuo, y el artista fomenta la pertenencia al clan, al rebaño... Bien, fíjate en la obra gráfica de Z..."
"¿Todavía tenéis el W.?"
"¿El W.? Sí, claro. Hay un tipo... bueno, es J.P., el de Milán... Lo quiere. Pero… ¡vale millones! El dice: se acabó la paranoia... Por supuesto, es él quien compra. Ya lo vendería a buen precio si..."
"El análisis químico de los lienzos corrobora la boutade de los Diarios: mejoraba el acrílico con la orina de sus amigos. ¿Dónde está la grandeza ahí?"
"¿Qué grandeza? ... Oh, bien, ¿quién dijo que había de ser excelso, o grave...? ¡Y hasta semen...!"
"Sí, naturalmente. Es suficiente con ir adelante."
"Siempre pensé que era así. Me gusta recordar aquello de él... ¡Qué tipo! Esa tarde interminable en el estudio de.. ¿Cómo era?... El loft frente Union Square. Afuera, la ciudad gigantesca. Vista desde el 860, detrás de los gruesos y dobles cristales, silenciosa y crepuscular... Elena y yo estuvimos hace poco allí. Aún se veían carpetas en todas partes firmadas por él... Aunque, vete a saber... Te contaba eso de los Diarios. Aquella tarde que él no sabe que hacer, no puede trabajar... Dice que tiene ansiedad, teme que sus cuadros terminen estropeados por el frío... ¿Imaginas una cosa así? Y, entonces, llega Bastian, dopado, con los ojos en el infierno, coge dos lienzos enormes, de los más grandes del estudio, blancos y tentadores, apoyados contra el rectángulo de la pared, y se pone a embadurnarlos sin detenerse ni un instante, como poseído de una inspiración frenética, libérrima, con la misma espontaneidad con que ensuciaba de graffitis toda la ciudad de Nueva York..., el subway, las fachadas neoclásicas... Ese motivo plástico tan burdo... W., extasiado, le mira hacer. Luego, escribe en el diario: Esta tarde vino J.M.B. al estudio. Casi no podía andar, atiborrado de caballo hasta los ojos. ¡Un granuja irremediable! Estábamos solos. Pintó dos cuadros de gran tamaño, magníficos. Es un genio. En dos horas... ¡hizo dos obras maestras antes de la cena...!"
"¡Dos 3,5 X 4,25! ¿Qué te parece?"
"Eso es hacer las cosas a lo grande."
"Vi a W. un par de años antes de morir. Se pasó el tiempo que estuvo en Madrid haciendo fotografías a todo el mundo... Unas polaroids infames con una antigua Big Shot. Creo que hasta fue capaz de hacerme una a mí. Vino con la exposición ya vendida. Era como un pase de modelos, y todo el mundo allí, la televisión, los de las revistas ilustradas, los estudiantes de Bellas Artes... ¡Qué ocasión!"
"No sé... Al final venderemos... El W., no sé... Entonces, tú escribías para Transgresión, ¿no?"
"No estoy muy seguro de eso. Ahora, parece que todo el mundo escribía para Transgresión.
[Anot. pr.: Hice una pausa deliberada. Iba a soltarle lo de la venta, pero no debía decirle de ninguna manera que necesitaba el dinero. ¡Y necesitaba el dinero como nada en el mundo! ¡Al diablo con los viejos tiempos!].
"En otra ocasión W. habla del cuadro, fantástico, que pinta en media hora J.M., ¡a oscuras! Le admiran esas estupideces."
De golpe:
"Quiero vender el dibujo de B. ¿Puedes hacerlo con rapidez? Necesito el dinero... Por ejemplo (...) Luego de eso, quizás..."
"¿No fue un regalo? ¿Vas a vender un regalo?"
"¿Qué hay de malo en ello? Es dinero, él sabía que era un valor convertible..."
"No sé los noventa... Pero ahora.... Está todo como aletargado... Más adelante habría mucho dinero en eso... Bien, es una obra menor... El grabado, el pequeño formato tiene salida... Antes era otra cosa. Están las serigrafías... ¿B. se divorció, no? Tampoco pides demasiado... Es una pena..."
"Son relaciones... Todo cambia. Crees unas cosas, luego otras. Pasa el tiempo. Etcétera. Lo dejaron en París. Armaron una gresca sensacional en plena F... Ella arrojó una botella de William Lawson's a los cuadros colgados. Uno dijo que el whisky los mejoraba ostensiblemente. El arte, tan variable, y todo eso..."
[Desarrollar... El concepto, una clave... Está todo más allá del objeto.]
(M. se reía al oírme. Sentenció con una maldad de las suyas: [palabra que suprimo] Le contesté: "Cuanto más dinero, mejor.") [Se trataba de dinero, ¿no lo adivinaba?]
"No, si... [palabras ilegibles]... Puedes contar con M.V, también. Vende muy bien en Basilea... Lo ha contratado la Gulbenkian. Hace poco consiguió un B. en Manchester. ¡Está muy de moda B.! Lo vendió con dos cifras más a la derecha. Eso es lo que dicen... ¡Un verdadero mercader! "
La heroína (2)
T.B. murió sola. Una muerte por agua. Abdicando al fin de todo lo terrenal y también de la misteriosa materia que era ella, se mató a conciencia, tan sabia y tan libre, en un crepúsculo de septiembre después de los años blancos, los oficios menores y los cansados disimulos.
El día anterior a esa muerte por agua había tachado con tinta roja, de forma enigmática, un verso de "The Sea Horse”, de Graves:
Salt tears to bath his taciturn dry head
El hecho me preocupó a lo largo de muchos meses. Un día, con alivio, entendí que aquello en modo alguno se relacionaba con su muerte. Tampoco lo causaba ninguna otra circunstancia lamentable y oculta. La poesía de Robert Graves le gustaba en especial a T.B. Durante esa época pensaba trabajar en unas planchas de cinc partiendo de la inspiración plástica que le suscitaban muchos de sus poemas ejemplares. Decidió preparar la serie de grabados con aplicada lentitud. Un concienzudo análisis le había llevado a descubrir una llamativa contradicción: el verso tachado difería, aunque mínimamente, y nunca de una manera definitiva, en ediciones sucesivas a la original, todas no obstante autorizadas por Graves. Las dobles versiones se observaban incluso en los propios libros impresos a expensas del poeta.
Todo indicaba que el error no era deliberado ni una maliciosa estratagema textual. Era, simplemente, un descuido que se perpetuaba con aleatoria frecuencia. Graves nunca sería consciente de ello.
[Crane, H.: oficiar en las traducciones me hizo reparar en multitud de transcripciones dudosas. Por ej., en VI, Quaker Hill, "el rojo telar del arce..." (Emily D.), más me gustaba ese verso ajeno, que otros propios de él... 10/98, en L., de nuevo, a or. del At., con P.M.]
Pero T.B. no alcanzó a terminar ni una sola de las planchas de grabado, no llegó ni a las pruebas de artista. Ya en las postrimerías del caluroso verano de 1994 le faltaban fuerzas para seguir viviendo, o mintiéndose a sí misma. En la primavera había estado recluida en una clínica especializada, un apacible recinto arbolado y silencioso a pocos kilómetros al sur de Valencia. Estuve allí después de su muerte. Me acuerdo de unos hombres y mujeres jóvenes, correctos, muy medidos de gestos, fríamente cordiales, de una intrigante solicitud en los ojos. Todos mostraban una tarjeta identificativa colgada del bolsillo superior de la bata blanca e inmaculada que dejaba ver la idéntica camisa o blusa azul celeste, como si fuesen sacerdotes de una nueva religión, novicios de la moderna brujería...
El gerente me había recibido sin recelo: "Bien, siéntese", dijo (casi susurró) con formularia naturalidad. Comprendí sin esfuerzo que, por razones obvias, esa gente tenía que justificar su labor ante los demás. El gerente era joven y pulcro, con el cabello lacio de color castaño claro peinado a raya. El perfecto nudo de la corbata listada se ajustaba con elegante exactitud al cuello moreno y delgado. Nada más sentarse se reclinó en el sillón giratorio de cuero verde, apoyó los codos sobre los brazos del asiento y comenzó a balancearse mientras hacía girar entre los dedos un finísimo bolígrafo de metal azul y dorado al que la luz proveniente del ventanal arrancaba súbitos destellos. Parecía resignado a hablar todo el tiempo que fuese necesario. Yo enseguida me excusé con hipocresía: "Pensé que no se permitía ningún tipo de visita, de lo contrario hubiese..." "En efecto", me interrumpió sin elevar el tono inicial de su voz, "esas son las normas. Hemos comprobado con excesiva frecuencia que a muchos... pacientes les perjudica extraordinariamente alguna muestra de compasión o debilidad por parte de sus ocasionales visitantes. En fin, podíamos haberle informado puntualmente. Enviamos faxes con regularidad, siempre a petición de” (sic). "Respecto a su familia...", observé. De nuevo me interrumpió con suavidad: "¿De qué familia habla...? Ella nunca proporcionó ningún dato concreto que afectara a su vida privada. Rechazó de plano cualquier iniciativa nuestra en ese sentido.” Por decir algo, repliqué imprudentemente: "Su hijo murió, hace años..." Me miró sin revelar un interés especial. "Le gustaba mucho el sol", dijo tras una corta pausa, mirando hacia la ventana. "Permanecía tumbada en la hierba durante horas. Dibujaba. Solía hablar de cosas relacionadas con su trabajo, nada esclarecedoras... Se negó tajantemente a reunirse con el psiquiatra. La sometimos a un examen físico minucioso y... Con franqueza, debo decirle que..."
En realidad, supe de ella y del sufrimiento callado de su destemplanza, de su lucha solitaria y estéril, desde el principio. Pero no fui a visitarla ni una sola vez: temí la obscena componenda del fingimiento recíproco. Ese único pretexto bastó para que adoptara la cobarde decisión. Según confesó el gerente ligeramente irritado, a mediados de agosto, por expreso deseo de ella, permitieron su salida del centro confiados o burlados por su dramática serenidad. No opuso ninguna objeción seria en regresar al cabo de tres días. Su estado había mejorado mucho. Ni una sola vez se mostró inquieta o dio señales de encontrarse abatida. De forma inexplicable, durante su internamiento, tampoco se produjo en ella síntoma alguno de agresividad, nunca se volvió impaciente ni sobrevino el derrumbe físico predecible. Fue callada, distante e infeliz.
Nadie volvió a tener noticias suyas mientras aún estuvo viva y secreta. ¡Quién sabe qué dioses o qué diablos llenan con esos juegos de crueldad tan pequeños y malditos su aburrida eternidad!
Como suele ocurrir, su muerte alertó más conciencias, incluida la mía propia, que su vida, lo cual no es demasiado extraño: parapetados en nuestra existencia sólo tenemos en común con los demás la fatalidad que al discurrir del tiempo, más tarde o más temprano, en ellos acontece.
El día anterior a esa muerte por agua había tachado con tinta roja, de forma enigmática, un verso de "The Sea Horse”, de Graves:
Salt tears to bath his taciturn dry head
El hecho me preocupó a lo largo de muchos meses. Un día, con alivio, entendí que aquello en modo alguno se relacionaba con su muerte. Tampoco lo causaba ninguna otra circunstancia lamentable y oculta. La poesía de Robert Graves le gustaba en especial a T.B. Durante esa época pensaba trabajar en unas planchas de cinc partiendo de la inspiración plástica que le suscitaban muchos de sus poemas ejemplares. Decidió preparar la serie de grabados con aplicada lentitud. Un concienzudo análisis le había llevado a descubrir una llamativa contradicción: el verso tachado difería, aunque mínimamente, y nunca de una manera definitiva, en ediciones sucesivas a la original, todas no obstante autorizadas por Graves. Las dobles versiones se observaban incluso en los propios libros impresos a expensas del poeta.
Todo indicaba que el error no era deliberado ni una maliciosa estratagema textual. Era, simplemente, un descuido que se perpetuaba con aleatoria frecuencia. Graves nunca sería consciente de ello.
[Crane, H.: oficiar en las traducciones me hizo reparar en multitud de transcripciones dudosas. Por ej., en VI, Quaker Hill, "el rojo telar del arce..." (Emily D.), más me gustaba ese verso ajeno, que otros propios de él... 10/98, en L., de nuevo, a or. del At., con P.M.]
Pero T.B. no alcanzó a terminar ni una sola de las planchas de grabado, no llegó ni a las pruebas de artista. Ya en las postrimerías del caluroso verano de 1994 le faltaban fuerzas para seguir viviendo, o mintiéndose a sí misma. En la primavera había estado recluida en una clínica especializada, un apacible recinto arbolado y silencioso a pocos kilómetros al sur de Valencia. Estuve allí después de su muerte. Me acuerdo de unos hombres y mujeres jóvenes, correctos, muy medidos de gestos, fríamente cordiales, de una intrigante solicitud en los ojos. Todos mostraban una tarjeta identificativa colgada del bolsillo superior de la bata blanca e inmaculada que dejaba ver la idéntica camisa o blusa azul celeste, como si fuesen sacerdotes de una nueva religión, novicios de la moderna brujería...
El gerente me había recibido sin recelo: "Bien, siéntese", dijo (casi susurró) con formularia naturalidad. Comprendí sin esfuerzo que, por razones obvias, esa gente tenía que justificar su labor ante los demás. El gerente era joven y pulcro, con el cabello lacio de color castaño claro peinado a raya. El perfecto nudo de la corbata listada se ajustaba con elegante exactitud al cuello moreno y delgado. Nada más sentarse se reclinó en el sillón giratorio de cuero verde, apoyó los codos sobre los brazos del asiento y comenzó a balancearse mientras hacía girar entre los dedos un finísimo bolígrafo de metal azul y dorado al que la luz proveniente del ventanal arrancaba súbitos destellos. Parecía resignado a hablar todo el tiempo que fuese necesario. Yo enseguida me excusé con hipocresía: "Pensé que no se permitía ningún tipo de visita, de lo contrario hubiese..." "En efecto", me interrumpió sin elevar el tono inicial de su voz, "esas son las normas. Hemos comprobado con excesiva frecuencia que a muchos... pacientes les perjudica extraordinariamente alguna muestra de compasión o debilidad por parte de sus ocasionales visitantes. En fin, podíamos haberle informado puntualmente. Enviamos faxes con regularidad, siempre a petición de” (sic). "Respecto a su familia...", observé. De nuevo me interrumpió con suavidad: "¿De qué familia habla...? Ella nunca proporcionó ningún dato concreto que afectara a su vida privada. Rechazó de plano cualquier iniciativa nuestra en ese sentido.” Por decir algo, repliqué imprudentemente: "Su hijo murió, hace años..." Me miró sin revelar un interés especial. "Le gustaba mucho el sol", dijo tras una corta pausa, mirando hacia la ventana. "Permanecía tumbada en la hierba durante horas. Dibujaba. Solía hablar de cosas relacionadas con su trabajo, nada esclarecedoras... Se negó tajantemente a reunirse con el psiquiatra. La sometimos a un examen físico minucioso y... Con franqueza, debo decirle que..."
En realidad, supe de ella y del sufrimiento callado de su destemplanza, de su lucha solitaria y estéril, desde el principio. Pero no fui a visitarla ni una sola vez: temí la obscena componenda del fingimiento recíproco. Ese único pretexto bastó para que adoptara la cobarde decisión. Según confesó el gerente ligeramente irritado, a mediados de agosto, por expreso deseo de ella, permitieron su salida del centro confiados o burlados por su dramática serenidad. No opuso ninguna objeción seria en regresar al cabo de tres días. Su estado había mejorado mucho. Ni una sola vez se mostró inquieta o dio señales de encontrarse abatida. De forma inexplicable, durante su internamiento, tampoco se produjo en ella síntoma alguno de agresividad, nunca se volvió impaciente ni sobrevino el derrumbe físico predecible. Fue callada, distante e infeliz.
Nadie volvió a tener noticias suyas mientras aún estuvo viva y secreta. ¡Quién sabe qué dioses o qué diablos llenan con esos juegos de crueldad tan pequeños y malditos su aburrida eternidad!
Como suele ocurrir, su muerte alertó más conciencias, incluida la mía propia, que su vida, lo cual no es demasiado extraño: parapetados en nuestra existencia sólo tenemos en común con los demás la fatalidad que al discurrir del tiempo, más tarde o más temprano, en ellos acontece.
miércoles, 27 de enero de 2010
Artistas (3)
La voz susurrante y débil recitaba algún verso de memoria, (U, cycles, vibrements divins des mers virides), en perfecto francés, atrapando con dulce (o fatigado, desfalleciente...) musitar una música natural y marina.
Entonces... me era posible [ver] el poema.
Provocaba yo discusiones falsas. Me enfangaba en lo turbio de las palabras, alentaba un estímulo pasajero en ella, en...
[Fantásticas pupilas... Gatos: El pentagrama de Schubert. T.B. pergeñó en... ¿Coimbra...? un retrato de Baudelaire (ojos y ojeras, labios, mirada, testa terrible...) a base de levísimas siluetas de gatos durmientes, saltarines, aburridos, traviesos, jocosos.]
En lo esencial, estábamos de acuerdo. Aunque yo estimara en primer término lo conciso, una imagen que sublevara el espíritu creando un espacio de sensaciones nuevas o raras, complacientes o exaltadas. Era absurdamente sincero en eso. ¿A qué mentir? Estábamos en el invierno extranjero una moribunda y un fracasado... Al final de todo: el viático ya, la mala unción, y ninguna ultísima virtud...
Cierto grado de complicidad con lo real y con todo lo humano. La ficción, la pintura o la raya; culmina la música:
"El arte tan sólo debía inspirar estados de emoción", conveníamos.
"Por sí mismo es artificio memorable, abusivo o un juguete estúpido."
Aleixandre.
Era un ejemplo: saber que se puede descifrar un conocimiento más fecundo y real del mundo a través de la magia callada de las expresiones que nacen de lo más irracional del alma y sus tensiones latentes. Los recursos que derivaban de una práctica normativa terminaban convirtiéndose por medio de la regla o el abuso constante en categorías de primera línea empobreciendo la verdadera materia del acto de la invención. Era como si finalmente prevalecieran los procedimientos técnicos sobre un habla inspirada y hermosa: la que germinaba verso a verso en la celebración del poeta de Velintonia. [Mayo, 98: los cuatro peldaños de piedra que conducen a la vieja morada: podridos por el tiempo, pero no el olvido, nunca. Quien muere vive, y dura.]
Crane.
Oía esa mañana soleada y fresca, clarísima, oía las gaviotas y el agua azul y las voces animadas de la actividad incesante en los muelles, oía el rechinar metálico en el viento que surcaba el vano del puente de Brooklyn. Muchos años antes (cien, o...), desde la misma pobre y luminosa habitación que ocupó el poeta, en 1924 su ingeniero paralítico vigilaba la construcción observando por el catalejo, midiendo, el cielo de oro limpio, el mar gris o azul, o el verde del East River...
Y otro bardo... ¿puro?, barbudo, viejo, blanco, ha visto las mejores y más nacientes auroras en Brooklyn, allí ha vivido, pero sólo cerca de su alma...
M.L.
Es especialmente desalentador. Titubeo a menudo ante las excelencias de una técnica vieja y ordenada. Impregna de una falsa cobertura de rigor algunos calculados productos. Sin embargo, admiro siempre una elección... sorprendente, nueva, aun tosca, precipitada.
Entonces... me era posible [ver] el poema.
Provocaba yo discusiones falsas. Me enfangaba en lo turbio de las palabras, alentaba un estímulo pasajero en ella, en...
[Fantásticas pupilas... Gatos: El pentagrama de Schubert. T.B. pergeñó en... ¿Coimbra...? un retrato de Baudelaire (ojos y ojeras, labios, mirada, testa terrible...) a base de levísimas siluetas de gatos durmientes, saltarines, aburridos, traviesos, jocosos.]
En lo esencial, estábamos de acuerdo. Aunque yo estimara en primer término lo conciso, una imagen que sublevara el espíritu creando un espacio de sensaciones nuevas o raras, complacientes o exaltadas. Era absurdamente sincero en eso. ¿A qué mentir? Estábamos en el invierno extranjero una moribunda y un fracasado... Al final de todo: el viático ya, la mala unción, y ninguna ultísima virtud...
Cierto grado de complicidad con lo real y con todo lo humano. La ficción, la pintura o la raya; culmina la música:
"El arte tan sólo debía inspirar estados de emoción", conveníamos.
"Por sí mismo es artificio memorable, abusivo o un juguete estúpido."
Aleixandre.
Era un ejemplo: saber que se puede descifrar un conocimiento más fecundo y real del mundo a través de la magia callada de las expresiones que nacen de lo más irracional del alma y sus tensiones latentes. Los recursos que derivaban de una práctica normativa terminaban convirtiéndose por medio de la regla o el abuso constante en categorías de primera línea empobreciendo la verdadera materia del acto de la invención. Era como si finalmente prevalecieran los procedimientos técnicos sobre un habla inspirada y hermosa: la que germinaba verso a verso en la celebración del poeta de Velintonia. [Mayo, 98: los cuatro peldaños de piedra que conducen a la vieja morada: podridos por el tiempo, pero no el olvido, nunca. Quien muere vive, y dura.]
Crane.
Oía esa mañana soleada y fresca, clarísima, oía las gaviotas y el agua azul y las voces animadas de la actividad incesante en los muelles, oía el rechinar metálico en el viento que surcaba el vano del puente de Brooklyn. Muchos años antes (cien, o...), desde la misma pobre y luminosa habitación que ocupó el poeta, en 1924 su ingeniero paralítico vigilaba la construcción observando por el catalejo, midiendo, el cielo de oro limpio, el mar gris o azul, o el verde del East River...
Y otro bardo... ¿puro?, barbudo, viejo, blanco, ha visto las mejores y más nacientes auroras en Brooklyn, allí ha vivido, pero sólo cerca de su alma...
M.L.
Es especialmente desalentador. Titubeo a menudo ante las excelencias de una técnica vieja y ordenada. Impregna de una falsa cobertura de rigor algunos calculados productos. Sin embargo, admiro siempre una elección... sorprendente, nueva, aun tosca, precipitada.
La heroína (1)
La metáfora real era huir del vacío a costa de lo que fuese, cualquier otro camino que escogiera contrario a aquella dirección estaba cegado, era maldito y estaba descartado. La metáfora era la huida. Disfrazaba la desesperanza mediante un poder terrible y maléfico que, andando el tiempo, la desnudaría más todavía... La faz únicamente: malva, rosa, violácea, ¡bella tonalidad de medio muerta, caput mortuum...! Muy pronto circunstancias y personajes siniestros la rodearon como un mar abyecto y de fondo ruin que terminó encenagándola de mayores condenas.
Recién levantado de la tierra, y me tiente...
(Una mañana que llovía a raudales la seguí hasta un bar del bulevar Raspail. Entró con paso vacilante y se dirigió hacia un negro bajo y rechoncho que permanecía pegado a la barra, con la cara vuelta a los ventanales. T.B. parecía amedrantada, dirigía sus ojos al negro con una fijeza suplicante. Desde el exterior, helado de frío, sin protegerme de la lluvia incesante, vi como hablaban. El negro, que miraba a la calle displicentemente, estaba serio y a duras penas esbozaba una mueca. Al cabo de un par de minutos se les unió un tipo alto y delgado de cabello rubio desvaído. Llevaba una cazadora oscura, con el cuello alzado hasta las orejas. Lanzó un vistazo de arriba a abajo a T.B., con exagerado desprecio. Enseguida salieron del local. Una vez afuera, no pareció importarles la lluvia, que seguía cayendo con fuerza. Vi los... grandes árboles, las hojas brillantes, el cielo de ceniza... A ellos, que se habían detenido, a punto de doblar una esquina. De pronto, el negro escupió al rostro de T.B. y comenzó a hablar a gritos, gesticulante y amenazador. El tipo rubio contemplaba la escena impasible. Más peligro supuse en él que en el otro. Vi a T.B. distinta, completamente desconocida, increíble y ruin. Pensé que iba a ser golpeada de un momento a otro (pegar a T.B., ultrajarla, hacerla rodar por el suelo mojado y sucio, indefensa y débil, entre gemidos, ante la humillante indiferencia de los transeúntes apremiados...). Repentinamente, las tres figuras se pusieron de nuevo en marcha y terminaron desapareciendo por una boca del metro, en Notre dame des Champs. Decidí seguirles, ya apresuraba el paso... Pero me detuve. Entonces me di cuenta que basta con saberlo todo, y que el grado de tu inocencia siempre es un punto menor que el de tu pasión: cobarde, sin asombro, volví a mirar los árboles bajo la lluvia, fría y gris... Dos horas más tarde, apareció T.B. Salía del metro. Todavía dudo hoy si fue posible que me descubriera paseando por el bulevar con las manos metidas en los bolsillos, sin esperarla a ella, sin esperar a nadie, sin esperar nada.)
J.D.B. no era demasiado inteligente, pero no se equivocó en su desgraciada predicción sobre T.B.: él había fracasado en demasiadas cosas para no comprender las dolencias y corrupciones que el azar inexplicable es capaz de infligir a un ser humano hasta degradarlo por completo.
Recién levantado de la tierra, y me tiente...
(Una mañana que llovía a raudales la seguí hasta un bar del bulevar Raspail. Entró con paso vacilante y se dirigió hacia un negro bajo y rechoncho que permanecía pegado a la barra, con la cara vuelta a los ventanales. T.B. parecía amedrantada, dirigía sus ojos al negro con una fijeza suplicante. Desde el exterior, helado de frío, sin protegerme de la lluvia incesante, vi como hablaban. El negro, que miraba a la calle displicentemente, estaba serio y a duras penas esbozaba una mueca. Al cabo de un par de minutos se les unió un tipo alto y delgado de cabello rubio desvaído. Llevaba una cazadora oscura, con el cuello alzado hasta las orejas. Lanzó un vistazo de arriba a abajo a T.B., con exagerado desprecio. Enseguida salieron del local. Una vez afuera, no pareció importarles la lluvia, que seguía cayendo con fuerza. Vi los... grandes árboles, las hojas brillantes, el cielo de ceniza... A ellos, que se habían detenido, a punto de doblar una esquina. De pronto, el negro escupió al rostro de T.B. y comenzó a hablar a gritos, gesticulante y amenazador. El tipo rubio contemplaba la escena impasible. Más peligro supuse en él que en el otro. Vi a T.B. distinta, completamente desconocida, increíble y ruin. Pensé que iba a ser golpeada de un momento a otro (pegar a T.B., ultrajarla, hacerla rodar por el suelo mojado y sucio, indefensa y débil, entre gemidos, ante la humillante indiferencia de los transeúntes apremiados...). Repentinamente, las tres figuras se pusieron de nuevo en marcha y terminaron desapareciendo por una boca del metro, en Notre dame des Champs. Decidí seguirles, ya apresuraba el paso... Pero me detuve. Entonces me di cuenta que basta con saberlo todo, y que el grado de tu inocencia siempre es un punto menor que el de tu pasión: cobarde, sin asombro, volví a mirar los árboles bajo la lluvia, fría y gris... Dos horas más tarde, apareció T.B. Salía del metro. Todavía dudo hoy si fue posible que me descubriera paseando por el bulevar con las manos metidas en los bolsillos, sin esperarla a ella, sin esperar a nadie, sin esperar nada.)
J.D.B. no era demasiado inteligente, pero no se equivocó en su desgraciada predicción sobre T.B.: él había fracasado en demasiadas cosas para no comprender las dolencias y corrupciones que el azar inexplicable es capaz de infligir a un ser humano hasta degradarlo por completo.
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