miércoles, 3 de febrero de 2010

Conversaciones (3)

"Sí, y está..."
"No, no... Ellos, no. Sólo trabajan con S. y T., algo de P. también..." [Anotación propia: ¡oh, ese horrible realismo...! Qué atroz... Cerciorarse de X., en especial... o A.L.G.]
"Ahora que lo pienso... [Había observado que M.B. no bebía ni una gota de champaña. Esos cuidados me hacen temer, desconfío enseguida...], tal vez M.V. nos pueda vender el Camouflages, un 2,5 X 3,5. (risas). Pensará que es falso... Bien sabe él que no... Ah, no será fácil colocar esa pintura. No me importa que sea gay. Pero es un hijoputa. Eso es lo que me previene de veras de tipos como él."
"Excelente pared. ¿Y en Alemania? Se han precipitado de lleno en el mercado."
"No: allí, no... Sólo expresionismo... Bueno, hasta dentro de media docena de años... Acaso L.F., la Transvanguardia... Pero ¿cómo conseguir una de esas obras? Los italianos han sobrevalorado el mercado."
"En fin..."
[Alguien (¿la voz de R.?): "Me dijo: ¡mátala, mátala...!"]
………………………………………………………………………..
"Tienes mala cara... ¿qué ocurre...?"
[Esa cara: parece hecha a base de blasfemias y pecados cochinos...]
"¿De veras? ¡Qué dices…¡ Demasiado tiempo delante del ordenador... El resplandor catódico... y todo eso, supongo."
"Deberíais escribir a mano.... Como antes. Ese contacto con la tinta y el papel..."
"Es posible... Bueno. ¿Lo tendrás en cuenta? Querría comprar un par de cosas... M., o algo parecido. Os podrías encargar vosotras mismas de eso. No es que me disguste, pero B... Sólo vende en Bar...”
“¡Mira ese cabrón…! Las manos…”
“Tu hermana me dijo algo acerca de eso: cuidado con lo que haces, el arte local no sirve de nada, nada, nada..."
"También vende en París, eh. No podemos apresurar una venta. Perderías mucho dinero. ¡Qué equivocación! La gente es muy receptiva a las prisas... Se da cuenta, ¿sabes? Acecha en todo momento. Hay que esperar. Y, ahora, ¡está la maldita escultura...! La crítica la ensalza, pero repele al mercado ¿Cómo diablos vas a vender una idea en el aire..., unos trastos que ni siquiera forman un rompecabezas... Sólo es un escenario de ida y vuelta."
[Le pregunté por F.B. ¿Y si hubiese comprado algo de él? Otra vez palabras ilegibles.]
"Se muere", dijo. "Programamos una exposición antes del verano, como cierre de temporada... Toda su última producción. Pero, francamente..."
[Durante muchos meses de después estuve importunando a M.B. y a su hermana. Sin condiciones les había entregado el dibujo de B. Siempre que les preguntaba acerca de él contestaban invariablemente lo mismo: "No, no, todavía no. Todavía no." No sé en cuánto lo venderían. Pero, finalmente, me entregaron una buena cantidad de dinero.]
[La voz clara y despectiva de G.: ¡El paisaje, el paisaje...! ¡Maldita sea! ¿Aún estamos en eso...? ¿Quién vive realmente en el paisaje? Sólo muros, una ciudad de piedras y cristal, y acero, el alma...]
[Un arte que no conspira... ¿qué importancia puede tener? ¡Vamos!]
M.B. (miro subyugado cómo se mueven los labios húmedos, la boca roja entreabierta mientras habla...):
"Una de las cosas inexplicables que dijo W., poco tiempo antes de morir: De verdad, ha sido un día muy corto. Además, es curioso. Ese mismo día, exactamente una semana después, moría sin que se haya podido esclarecer la causa de la muerte."
"¿Tiene eso alguna trascendencia?"
"Sí... Puede tenerla, claro. A muchos les fascinan esas pequeñas circunstancias... Lo morboso... es... "
"Morirse es algo muy normal..." [Cierta frialdad mía: me preserva del mal gusto (...) Bien, la dejaba hablar. Así estábamos... Creo que no terminé la frase.]
"Todo, absolutamente todo, tiene importancia en el arte una vez ha entrado el dinero en juego. El VHS, por ejemplo... ¡Bueno, no te cuento...!"
"¿...?"
(Me sentía mal. Necesitaba tomar el aire.)
"El sida... ¡qué magnífico revulsivo para un arte que agonizaba! ¡Si se han disparado las ventas... de algunos! Es una lotería... ¡siniestra!"
"Me ha parecido ver a..." [Alargo el tronco, busco con la mirada. La copa medio vacía, tibia y con la huella de los dedos...] "¿Es él...?" [Pienso: (¿El sida...? Ah, comprendo bien, bien...)]
"Si te deshaces del B., yo que tú, bueno, compraría algo de T., los dibujos de 40... Algo así... ¿Quién...? ¡Ah, no! Está en..."
"... ¡Qué ocurrencia...!" [En 1987, un año, o poco más... T.: se vuelven viejos, se descalifican, son famosos y ricos (lo ocultan), buscan desesperadamente el halago (la adulación les aleja el pensamiento de la muerte), con el concepto amanerado...]
"Se ha puesto de moda la aguada... ¡Esos cartones mojados..! Las pálidas tonalidades, las veladuras... W., ha sido un día muy corto... Estremece pensarlo... Ja, ¿quiere usted una acuarela, don Mierda con dinero?..."
[Taché lo que dijo a renglón seguido. ¿Qué quería demostrar? Pero, ¿todavía hay que creer en los presentimientos? (J.H. ha leído esto; puso una nota escrita con lápiz rojo -¿por qué siempre el lápiz rojo?- aquí mismo: "Si se trata de los presentimientos de los otros, ¡desde luego que sí!") Voy a deshacerme de esta página, de una docena de ellas.]
Pensaba en un lugar lejos de allí. Me ardía la cabeza. ¿Podría aprovechar ese dolor?
Dijo: "No merece la pena ser prudente. El valor en el arte consiste en ser todo lo contrario de lo que proclama esa virtud tan paralizante, pero midiendo realmente las consecuencias, sin que haya ocasión para las sorpresas ni la locura. Calcular, y todo eso..."
[Para S.: escribía en cuartillas en esa época. Mecanografiaba muy mal. Corregía en tinta azul... ¡Mi vieja estilográfica!]

Literaturas (XX)-2

En 1933 un tal Andrés Corthis, un hombre todavía joven, de rostro carnoso y mirada blanda, publica en el suplemento de los sábados del diario bonaerense Crítica (Revista Multicolor de los Sábados, número 11, 21 de octubre de 1933) un cuento titulado Hermanos enemigos. El autor sitúa la acción en la costa catalana, a varios miles de kilómetros del confortable salón donde lo escribe. Los nombres de los dos personajes, hermanos mellizos, responden a los nombres de Pepe y Kimet. El tercer personaje, de triste final, se llama Lola. En el relato se citan, como al desgaire, las localidades de Canet, Calella y Mataró. Una especie de tipismo nominal acaso prescindible, ya que la trama muy bien podía haberse desarrollado en la India, New Jersey o en alguno de los barrios porteños que tan próximos tenía el autor: San Telmo, por ejemplo, repleto de esas casas bajas que tanto le gustaban.
El estilo del relato propende a la descripción algo fatigosa (“…eran hombres creyentes y temían el castigo que se abate sobre los malos (sic) hermanos…”; “…los corazones feroces de Pepe y Kimet…”; “…su pecho era alto, sus ojos vivaces, sus mejillas redondas como las mejillas (sic) de las mujeres muy jóvenes…”; “…interrumpió su tarea para cantar una malagueña…”; “…toda la violencia de sus pasiones…”; “Pero un grito sobrehumano, desgarrador (…) les hizo incorporarse como electrizados…”.
En realidad, el cuento muy bien podría haber sido incluido en alguna antología de los relatos primerizos del mismo Blasco Ibáñez, si bien con algunos retoques, especialmente en lo que concierne al vigor del lenguaje y la tensión dramática de los acontecimientos. Sólo que el cuento se inspira en otro, “Adolescencia” (de unos misteriosos González Trillo y O. Behety), ya publicado en el número 3 del suplemento, y agota de este modo su capítulo de influencias.
Treinta y siete años más tarde Andrés Corthis, que entonces cuenta 71, se ha reencarnado en Jorge Luis Borges, mucho más, literariamente hablando, que el excelente cuentista y estimable poeta que asoma en sus obras (puesto que su magisterio para bien -o para mal en algunos casos- ha sido extensísimo en los escritores en español).
Borges, en 1970, se autoplagia y no sólo rectifica a Corthis, sino que lo asesina del todo para siempre jamás… excepto para las hemerotecas. Así, en 1970 aparece en las librerías El informe de Brodie, una colección de relatos que, como el mismo autor explica en el inevitable prólogo, de 19 de abril de 1970, sólo aspiran a distraer y conmover, no a persuadir. En ese liminar el escritor afirma que no pretende ser Esopo, que se ha afiliado al partido conservador, y que le tiene sin cuidado el Diccionario de la Real Academia, puesto que, como refiere su admirado Paul Groussac, “dont chaque édition fait regretter la précédente”. El índice del libro consta de 11 cuentos. Todos magníficos. En sus páginas la prosa pedestre de Corthis ha desaparecido sin dejar rastro. El lenguaje se ha convertido casi en un prodigio.
Entre los cuentos figura uno, “La intrusa”, que recupera la trama del pobre Corthis, los desventurados “Hermanos enemigos”. Ahora los personajes se llaman Cristián y Eduardo Nilsen (o Nelson) y Juliana Burgos, una mujer de tez morena, no mal parecida.

martes, 2 de febrero de 2010

El sol (4)

En abril del 75 hablaba de un pequeño cuadro vertical.
Sin embargo, apelaba antes a la clandestinidad que a una abierta confrontación con la realidad. El era oscuro en los años de la iniciación. Su crónica se disolvía en los lúgubres espacios de las secretas celebraciones y las anécdotas menores. A menudo alquilaba habitaciones vacías en barrios periféricos, menestrales y algo siniestros. Sus idas y venidas trazaban una genealogía urbana, pobre y alarmante, entre moral e ideológica, que no repudiaba el riesgo más comprometido.
Pudo haber sido violento. No lo fue: amaba demasiado las cosas que conocía bien.
No era un hombre propenso a enmarañarse con planes de dudosa creencia: como no creía en el éxito se entendía poco impresionable ante los logros de salón y las múltiples apariencias de lo novedoso. Tal vez, en el fondo, le repugnaba su misma habilidad para sobrevivir en un medio que se adecuaba casi con perfección a sus dolorosos defectos pues, paradójicamente, a pesar de todo, éstos terminaban neutralizándose en el embrollo de la frivolidad colectiva.

T. (2)

T., sentado al lado, delante de la mesa blanca y redonda, me miraba de cuando en cuando con el rostro vuelto hacia mí, sin delatar el menor signo de cansancio o incredulidad. Sus ojos limpios y tenaces, agrandados por los densos cristales, como alertados por una prolongada sorpresa, acaso heridos por la luz de la mañana primaveral, clara, viva, fresca y luminosa, se entornaban algo compulsivamente mientras escuchaba mis palabras asintiendo con apenas perceptibles movimientos de cabeza. Se había desprovisto de la chaqueta, que reposaba sobre sus piernas cruzadas. La corbata de un solo color, ocre, disimulaba el toque de corrección al confundirse casi indefinida sobre una camisa a cuadros de tonos oscuros.
Estábamos sentados a una de las mesas de fuera de una cafetería frente las entrañas tubulares de metal y cristal del Beaubourg. Un poco más allá de nosotros, en el extremo soleado de la explanada invadida por variopintos grupos de turistas divertidos o recelosos, unos falsos mimos vestidos con ceñidos atavíos de color azul, verde y rojo, con los rostros maquillados de amarillo y negro, componían una danza silenciosa y sosegada ante la atención relajada de los transeúntes. El estatismo de las posiciones venían precedidas de desplazamientos casi inadvertidos. Las manos, pintadas de blanco, dibujaban movimientos de increíble parsimonia en el aire puro y transparente. A mí se me antojaba como una música muda... hecha caligrafía en la partitura vacía del espacio. Pensaba en esos dibujos en el aire ejecutados por Picasso con la antorcha en la mano, en el negror de la noche, perdidos para siempre..., los círculos, los cuadrados sobre el cristal empañado del rocío en el alba. [No me atreví a compartir la ocurrencia.].
T. alzó la vista al ver llegar al camarero que portaba la bandeja, un joven negro vestido informalmente, muy alto, de piernas muy delgadas, tocado con una gorra de visera a cuadros blancos y negros, que dejó los bocadillos de sobrasada, las aceitunas y las copas de vino tinto sobre la mesa y se quedó esperando que pagáramos la cuenta. Luego, sin dejar de sonreír, desapareció con rapidez.
"De la vida salía como de un sueño para adentrarse sola, tan despierta, decidida y virgen en el cuadro... ¡Qué turbación tan... insolidaria y magnífica!"
"¿No le interesaba que le comprendieran...?", preguntó sabiamente.
[Aquellos mimos componían un conjunto que...] "Sus cuadros comenzaban a renegar del plano. El relieve, una orografía brutal, grumoso, de regueros sangrantes, azules, negros... fiero de ejecución, se diría que lanzaba dentelladas al mismo espíritu del observador, igual que la luz desnuda trastorna los ojos. Creo que ya modelaba con la pintura como si fuese barro, cautivada por la pujanza de un lenguaje que rechazaba intrigantemente la analogía..."
T. dio un tímido bocado por la punta al pan untado, con exquisita y pausada elegancia.
Cogí una de las copas anchas de vino negro. Casi me la bebí de un trago. Pensaba, sin atreverme a confesárselo a él, que si ella tenía una vida interior sobresaltada por la desdicha perenne, todo lo que pintase debía revelar la inquietud e incertidumbre que la gangrenaban por dentro, la angustia se vertiría finalmente en la materia y los pigmentos adensados en la superficie, lo que contradeciría la supuesta prioridad de la plástica por encima de la emoción.
"En su última época siempre trabajó en maderas naturales, sin tratarlas químicamente. De repente, odiaba los acrílicos y el plástico. Los lienzos que pegaba tersamente a la tabla eran de lino, e incluso de cáñamo y retama. Posteriormente transigiría con el yute y el algodón, alguna arpillera artesana encontrada al azar... Sus manos eran las verdaderas herramientas. En muchas de sus obras la tierra sustentaba de veras el soporte. La pintura parecía germinar de ella."
T. se afirmó en el sillón apoyando los codos sobre los brazos de metal plateado, echó el torso hacia delante, cogió una servilleta de papel verde claro y se limpió los dedos (absolutamente limpios). Luego, tomó su copa de vino y se la llevó a los labios: sólo los mojó. Los rayos del sol arrancaron súbitos destellos del líquido espeso, rojo al trasluz. Dejó la copa de nuevo sobre la mesa y llevó la vista al jeroglífico gestual de los mimos que eternizaban de tan lentos los movimientos bañados [barnizados] por una resplandeciente claridad. Miré a T. con detenimiento: tenía el perfil labrado y seco como la piedra, la carne magra del tono de la tierra. Unas facciones quietas e imperturbables, como fundidas por una reiterada introspección en las imágenes escondidas... Los núcleos, el magma del tiempo.

lunes, 1 de febrero de 2010

La heroína (4)

Podía ella, no obstante, encontrar algo de ánimo en horas apacibles. Se daba frecuentes y morosos baños de agua tibia antes de acostarse, purificándose entre sales profanas. Se maquillaba. Nunca lo había hecho hasta entonces. Enmascaraba la palidez, disimulaba el rostro demacrado. Se miraba en el espejo: veía su imagen muriéndose, o ya abandonando su espíritu enfermo, adentrándose sin rencor ni maldad en el desapego absoluto de la tierra.
Se entregaba a ritos de precaria y patética intimidad. Yo los temía al no entenderlos. Nunca los turbé.
La piel parecía cincelada sobre los huesos por un orfebre minucioso. Detallaba la más leve sinuosidad y plegadura, cualquier concavidad, saliente y recodo. Descubría toda la meticulosa excursión de un esqueleto con el atavío escasísimo de la carne.
La voz miedosa se quebraba, era un hilo, un susurro. Era como un sudario que envolviese la expresión de su alma.
Yo carecía de respuestas adecuadas, al menos de razones convincentes para un diálogo fructífero. Sé que era, al igual que ahora, pusilánime y enredado en pormenores analíticos sin mayor alcance práctico. Hay técnicos en esperar, puesto que para muchos, yo entre ellos, en eso consiste el crecer. Delante de ella no ocultaba atolondramientos pueriles, pero no por el padecimiento de la espera, sino por complicarme en sus desarreglos como la mejor prueba de fidelidad. Debí parecerle exasperante. Como ignoraba el modo de obrar con eficacia elaboraba una sencilla estrategia destinada a paliar mi insuficiencia: simplemente acompañaba una tensión o un desbarajuste personal ajenos manteniendo una actitud paciente, de comprensión honrada y solidaria, alterada en ocasiones por la precipitación o el acto impulsivo. No procuraba soluciones; tampoco abortaba sus desmanes. Era tranquilo y estéril.
Formulaba escuetos consejos y tímidas advertencias. Dejaba ver mis recelos. Pero nunca llevé a cabo una acción que traspasase la abstracta disposición para auxiliarla en lo más duro del trance. Por otra parte, ¿cómo ayudar a una conciencia ni equivocada ni culpable sino decidida en la adicción al vacío simplemente por defecto...?
A veces escuchaba sus palabras impregnadas de una dulce sabiduría, del miramiento discreto ante la propia docilidad, ya sin odio a nada, ni hacia ella misma, en una calma inmensa, ausente de lo terrenal y blasfema pacífica de un universo injustamente inescrutable. Su habla era un quedo musitar libre de lamentación, sin que la más mínima queja empañara el desvalimiento. Me conmovía un trastorno que acababa sofocando toda ventura o vislumbre de futuro, cualquier tentativa de desafío. Aterida de un frío interior e intensísimo, se refugiaba en frazadas, buscaba el cobijo cálido de su cuerpo atrapado en oscuridades y ropajes pesados. Ese su modo de vida...
No quiso bajo ningún concepto ver a alguno de sus conocidos en París. Se oponía a enfrentarse de nuevo a un pasado sino glorioso al menos sí pleno de logros y estimulante aquiescencia pública hacia su pintura. Muchos de sus amigos residentes en la ciudad habrían acudido sin tardanza al saberla allí. Pero ¿a quién importaba su menguada reserva vital? Y de haberse sabido, ¿no hubiera sido más lamentable? El dolor y la muerte prestigian en gran manera un arte menor o mayor, procuran mejores fastos después de la aniquilación del artista torpe (o listo), maldito y genial.
Fácil verla flaca, liviana y acabada. La habitaba una transida consunción. Era ella misma la dueña de su infierno y no cabía el reproche. Se había culminado del todo: "No quiero ver a nadie", exigía, y la orden me dejaba más hueco e incapaz.
Un día, se levantó mucho más temprano de lo habitual. Se incorporó ligera y con extrema diligencia, silenciosa como una sombra. Fingí que dormía y aceché sus movimientos afuera de la habitación. Pero entre las sábanas no me era posible oír nada. Al cabo de un rato, abandoné la cama con sigilo, intimidado, convencido de mi propia inanidad. El amanecer lamía con una luz de desventura la diminuta alcoba. Me deslicé por el exiguo pasillo helado en penumbras.
Al descubrirla me sobrevino una pena lacerante.
Postrada en medio del salón, envuelta de sosegadas brumas y manchones de un claror tenue, T.B. oraba o apelaba a un dios improbable, quizás suplicaba como jamás lo hiciese en su vida ese conocimiento de él y de todo, recogida sobre sí misma, humilde y perdida, como queriéndose desvanecer en el seno más profundo de su doble existencia sufriente y al cabo tan efímera y descabellada. Entonces adiviné la lentitud de su muerte, el martirio de los días sin sentido.
No era su rezo ingenuo, ni era una plegaria absurda ni un disparate teologal elevados a un creador innoble y a sus misterios y milagros triviales: en su última extenuación era un intento emocionante por esclarecer lo desconocido del origen y la verdad o no de la muerte antes de sumergirse, sin amparo ni consuelo, en la nada absoluta.
Estaba su figura abatida como clavada en el suelo, o como si emergiese rocosa y deforme de unas entrañas originales y de imposible percepción sensorial.
Crecía de algo más allá del tiempo, se adensaba de materia vieja como un estrella. [En esos días de París compungían el alma los cielos oscuros, los amaneceres de agua sucia...]
Sus suspiros eran como un aire sombrío, leve y tibio. La garganta enfermiza imploraba ayuda... ¿Eran rezos o blasfemias...? Jamás creyó en dioses buenos. Pero allí estaba de hinojos y transfigurada, perturbada por la desesperación.
Sé que la oración era un retorno a una vida interior de dimensiones inabarcables, que era un canto celebrando la ilusión por regresar al principio de todo. Invocaba en esa hora temprana y nueva en la ciudad de todas las promesas alguna certeza de la tierra que augurase que en verdad todo, hasta el ser más ínfimo o gregario, se prolongaba en un universo vasto e inconmensurable para quedar cifrado en la memoria de la eternidad.
Allí estaba hincada en el espacio ovalado, escondida en el calor, replegándose al comienzo, rememorando la eclosión de la primera mirada al mundo. Volviendo al nacimiento blanco.
No interrumpí el rito inocente. Comprendí que no hay salvación. Que nunca la hay cuando es el asunto de la muerte lo que ya nos alcanza de veras y sólo nos queda el postrer escondrijo de nosotros mismos.
A T.B. la liturgia de su vida se le había extinguido en los pequeños arcanos del arte, o en el espejismo y sinsentido de aquél. Nada habría que la disuadiera de su macabra decisión. Finalmente aquella existencia de la que abominaba sólo era un puñado de rescoldos de antiguas pasiones y creencias sin forma, sin ningún orden, una mecánica fatigosa de saberes y necesidades domésticas, de espera inútil... Y el fárrago de todos los otros.
Ya no había fuego. Atenazada por un helor inmenso. Sólo quedaba ya tanto frío.

Poéticas - A.T.R. (8)



Lo que haya de fascinante en una imagen, cautiva ya del “hecho artístico”, procede en gran medida no tanto de la originalidad de su propuesta como de la intencionalidad que informa y hasta justifica su creación. De la reflexión previa, que termina categorizando lo objetual, lo visible, nace verdaderamente el interés de lo plásticamente expuesto. No es posible olvidar que la conceptualización en el arte, aun llevada a sus extremos, también lleva aparejada una representación, un reglado visual (lo aparente). En muchas de estas experiencias lo que se muestra al espectador es lo residual del pensamiento que estimula una creación. La idea siempre es más rica que su excrecencia material; en otras ocasiones la conformación objetual a la que se le convoca alcanza a sorprender por la riqueza de la sugestión que propicia. Lo que se nos propone transciende mucho más allá del método de su elaboración. La atractiva gramática de incontables estéticas eminentemente procesuales radica en la inventiva del soporte, la invención del icono plástico. Entonces las extrapolaciones pueden ser múltiples, pues depende de aquel soporte reconocible o referencial lo que despierta nuestras propias analogías. Cuanto más cuando lo conceptual termina en una concreción pro-objeto y nada inmaterial, como sucede en este caso. Decidamos que lo que se nos muestra es un libro. El libro. Tal vez su origen sea tan liviano como la textura del sueño… o tan rotundo como la roca.
Por tanto, el libro es real, la hoja continua es real, la materia es real, las tintas son reales y lo es asimismo el exquisito cuidado procesual de su conformación. Y, sin embargo, todo parece provenir de una vigilia que escudriña hasta la última esquina en sombras de la realidad acechante. La suplantación reviste caracteres tautológicos pero siempre cambiantes. En la obra que glosamos atisbamos el libro, el libro sin texto, el libro infinito, el libro como traducción de una realidad reinterpretada, contada de nuevo, la página desmesurada del relato del pasado o… del futuro. El libro re-creado con añagaza, con desesperanza o con ilusión, con gozo o como ritual de celebración, con la sabia y astuta coquetería de una prometeica scherezade que, burlando el tiempo, saca del arca de la imaginación mil y una noches que aguardan el amanecer, mil y una historias que contar.

Muerte de M. (fragmento 1)

Brell, T.B., D.G., A. y otra gente que no mencionaré teníamos en común una extraña amistad: M. [En realidad, M. era...]
M. era un hombre recluido sin pena (T.B. habría dicho con prestancia) entre las paredes tapizadas de libros que limitaban su casa como fronteras irredentas frente el mundo trastornado de afuera.
El dolor de sus recuerdos lo mitigaba una indiferencia absoluta hacia el futuro. Su extrañamiento tenía algo de sacramental. Uno podía adivinar en sus palabras una elegante desesperanza, la penitencia venial del que no acepta más que las culpas precisas.
Le gustaba la madera, el color azul, el día sin horario, el tacto del libro sobre todo. Vestía chalecos. Usaba sombrero.
M. jamás se sentó a conversar de veras en torno a una mesa que no fuera la suya, redonda y desnuda.
Meditaba paseando tranquilamente la ciudad vieja. Era, muy en serio, un solitario.
Comía poco. Bebía concienzudamente, sereno.
Bastaba su pensamiento para enardecerle, su conciencia para exaltarle. No compartía su buenaventura (si alcanzó a tener alguna) con nadie. Admitía su maldición de estéril, pero negaba todo lo que quedara más allá del círculo de luz de su mesa camilla, de la hilera de sus libros, del techo blanco y alto y el suelo firme de su retiro.
La puerta de esa casa tan grande y enrevesada condenaba sin remedio la algarabía que se producía al otro lado de la gruesa madera doblemente blindada y con mirilla inapelable. Las persianas de las anticuadas ventanas de fallebas siempre estaban a medias bajadas. Las rendijas grises o doradas, según fuera la mañana o la tarde, dejaban entrar una luz mustia y polvorienta.
Sólo utilizaba el teléfono para comunicarse él con los demás, el resto del tiempo permanecía desconectado e inútil, tirado por algún sitio del suelo, entre libros apilados, sin que fuese posible a través del auricular la intromisión inesperada o indeseable. No escribió jamás una carta manuscrita. Conservo bastantes de ellas escritas a máquina, a dos tintas, negra y roja (ésta última para los adjetivos). En aquel piso tan lóbrego, de día o de noche, siempre vi encendida la lámpara de luz eléctrica.
A solas en la casa oscura, como en una guarida conventual donde, sosegada e impenetrable, no hubiese oración y fuesen sobrados los símbolos, M. leía en el más completo silencio. La fortuna, mucho antes de todas las desgracias, le había sonreído muy pronto: no haría otra cosa, año tras año, sino hurgar silencioso entre miles de libros y prestarse desenfadadamente al engaño, a la sabiduría o a la necedad de los muchos autores que distrajeron su inveterada afición de la que, sin embargo, siempre receló.
Al final de su vida, medio ciego e impedido, farfalloso, pero más altanero y sabio que nunca, no se guardó de decir hasta el mismo día de su muerte (para la que sí suplicaría ayuda) que no necesitaba a nadie merodeando asqueado alrededor de su decrepitud o escandalizándose ante el largo rosario de sus manías cotidianas de viejo. Con gusto se hubiera sepultado él mismo en esa oculta biblioteca doméstica, insospechada y difícilmente franqueable.
(Una tarde descubrí con pesadumbre una carpeta roja abultada por grandes fotografías: había coleccionado reproducciones de los pocos cuadros de árboles solitarios de Vincent van Gogh, luminosos pero tristes, muy poco propagados.)
Por entonces M. había caído enfermo de gravedad. Me lo dijeron con voz apagada e incrédula (M. podía haber sido eterno por ser en vida innecesario). Su cuerpo, duro y frágil como el vidrio, se agrietaba ya sin remisión. Sólo mucho después me enteré del cáncer que le pudría por dentro. En realidad, sólo llegué a saberlo cuando ya había muerto. Los hechos que rodearon su desaparición se relacionan en gran medida con Brell, con lo que escribo, y, sin duda ninguna, conmigo.
Yo conocí a M. (por puro azar, quizás indebidamente) a causa de su repugnancia invencible hacia cualquier acto social o público que congregara la mínima multitud. La afectación, un porte deliberado de antemano, el gesto avisado y el halago fácil, la turba social, excitaban su misantropía más que cualquier otra frivolidad del ser humano.
Nos vimos por primera vez una tarde lluviosa de otoño en la galería de Elena Brulard, marchante ocasional e interesada de T.B., que ya tenía afianzada su carrera artística.
No recuerdo demasiado bien el motivo de mi presencia en la galería en aquella oportunidad. Nunca he escrito una crítica acerca de la pintura de T.B. [Una curiosa reserva, decoro tal vez...]
El aprovechó la hora más anodina de un día de lo más corriente (18,15 horas, martes), lejana ya la fecha de la inauguración de la muestra, para contemplar en soledad los cuadros colgados de T.B.
Sin embargo, mi amistad con M., plena de altibajos e incomprensiones, fue posible merced a un conjunto de fotografías que uno de mis abuelos, emigrante a la Argentina en sus años jóvenes, había obtenido de la Finca Adrogué sin tener una idea clara de lo que hacía: "Sólo me sentí fascinado por ese aire de melancolía y cadencia de tiempo pasado que rezumaban los paseos, la arboleda y las fachadas apacibles y escondidas tras el jazmín, las plazas y calles colmadas de casas con verjas de fierro entre los tilos y los refrescantes eucaliptos. Evocaba una atmósfera de retiro, de vieja memoria de veraneo burgués, decente y confiado."
Unos textos biográficos de Jorge Luis Borges me llamaron la atención. Pronto descubrí que una de las casas atrapadas en las defectuosas instantáneas de mi abuelo había pertenecido a la familia Borges/Lafinur, y que el escritor acudió numerosos veranos a aquella finca huyendo del calor austral de Buenos Aires. Fue una pintoresca circunstancia que me hacía sonreír a menudo cuando la recordaba. La prosa castellana del escritor argentino, tan alejada del tópico, seducía y turbaba a la vez a M. A poco de conocernos, le referí el hecho y quedó admirado de la casualidad. Luego, en un gesto de lo más elemental, le regalé una de las fotografías. Esto fortaleció en gran manera la improvisada amistad de aquellos días. M. era hombre de fáciles entusiasmos, y bien pronto se aficionó a mi periódica compañía: le dio por agregar misterio a mi pasado, algún suceso extravagante a mi futuro. Nunca contrarié esas dudosas impresiones.
Creo que ambos sentíamos en aquella época cierta fascinación por Brell, que nos confundiría a los dos, cuando aún pensamos que sus intuiciones quedaban por debajo de sus sabidurías, lo que acrecentaba considerablemente sus expectativas de creación.
M. solía practicar la ironía acerca de cualquier materia intelectual. Se movía como pez en el agua en todo aquello que pudiese oficiar la sutileza y la duda más cartesiana y universal. Sus conclusiones eran lapidarias, aunque no desdeñables. "Abomina de esos tipos", decía con el pensamiento puesto en Brell, "que prefieren fastidiarnos con sus intuiciones en lugar de interesarnos con sus experiencias."
Nuestra común afición a Brell, algo, por lo demás, bastante corriente, se convirtió en un vínculo importante entre los dos, quizá el único de verdad sincero.
Años después, una desafortunada concurrencia de diversos malentendidos enfrió nuestra relación. Me di cuenta que nuestros encuentros precisaban de emociones simuladas y artificiosas alarmas para reavivar la antigua amistad. Mis visitas a su casa se espaciaron; en ocasiones, durante meses. Al final dejé de verle. Sabía de él por lo poco que me contaban Brell o T.B., o algún otro [J.F., G., Waden T. (éste murió en..., sólo un par de meses después de M...) Nota del 1/99.]
Pero en el tiempo que frecuenté su compañía, M. hizo que me conociera a mí mismo mucho mejor. M. encarnaba la callada desolación del hidalgo, sus innumerables fiascos en la vida diaria los sobreponía con una excesiva e incontrolada vocación de lector. Era infatigable e indiscriminado, un hombre libro que evocaba desde la penumbra crepuscular de su existencia categorías de ficción a la manera de Elías Canetti o intransigencias atrabiliarias típicas de los personajes de Samuel Beckett.
M. era alto, flaco y huesudo. Tenía la piel clara y pulcra. La nariz de aguilucho caía pétrea sobre unos labios incoloros y mínimos como líneas. Los puntos negros de los ojos pequeños, crispados y brillantes anidaban en una faz alargada y enjuta. Le poseía una incómoda timidez que presagiaba en sus peores momentos una violencia verbal inaguantable. Su continua introspección terminaba otorgándole un aire de soberbia e incluso desdén que no se correspondía a la verdad. Conversador ameno, no he conocido nunca una persona que vocalizara el habla mejor que él. La excelente tonalidad de su voz y el timbre sabiamente utilizado en gran profusión de registros parecía informar una cultura de impenetrable complejidad, de infinitas variantes en el análisis intelectual. Pero no era así del todo, y las más de las veces la formalidad y galanura oral del discurso tan sólo enriquecía de atractiva apariencia un pensamiento quizás previsible o secretamente de lugar común. En muchas oportunidades sus reticencias de toda suerte, de carácter literario en especial, podían dirigirse precisamente a él mismo, como lector, y por extensión a cualquiera de sus preferencias, que denotaban la misma endeblez (aunque mejor disimulada, o de otro estilo) que atribuía a las prácticas literarias que se oponían a aquéllas, lo que no dejaba de revelar de una forma muy objetiva, por encima de sus opiniones y las mías, la impostura de todo juicio intolerante de descrédito.
M. era antojadizo, difícil de trato y voluble, pero era honesto y era leal a un pasado de prolongadas inquietudes y aspiraciones fracasadas del que no renegaba. Un carácter con tendencia al reproche gratuito le hacía cometer vergonzosas groserías de las que era incapaz de prevenirse.
M. tuvo un matrimonio fracasado que sepultaría sus diferencias en el silencio. Cuando murió su mujer experimentó cierta sensación de alivio: definitivamente solo, podría redimir las culpas, sólo las justas, que soliviantaban de cuando en cuando su vieja conciencia. Acabó siendo un ser desabrido e impertinente hasta para sí mismo.
Una feliz y sostenida especulación inmobiliaria de sus antepasados lo había convertido en un próspero (y finalmente precario) rentista. Ese dudoso privilegio le autorizaría a tener un alma libre de miedos abyectos y un poco cínica, poblarse de rarezas, ser en exceso tajante; pudo ahorrarse agobios innobles, habitar un mundo en el que no cabía ni la mendicidad ni la compasión, ni la locura ni el terror del desahucio. Formó una babélica biblioteca, y ahí entretuvo sus idas y venidas durante años y años tan a gusto. M. llegó a reunir cerca de veinte mil libros. Las tardes interminables abonaron su afición. Declaró siempre que jamás escribió nada [mintió: cap. El cáncer], salvo algunas cartas inocentes. Yo aprendí mucho de él (y de mí), sobre todo al negarle como referencia ejemplar. Aprendí más de sus defectos que de sus virtudes. Y él nunca fue persona que prodigase el consejo, que despreciaba (un condicional insulso sin verdaderas garantías). No dudaba en alardear de que sus amigos jóvenes, y tenía una increíble capacidad para convocarlos en torno a sí de la manera más maquiavélica, vampirizaban de sus tremendas reservas de curioso inquisidor. A M. todo le interesaba, todo atraía su atención y poco escapaba al ingenio de su censura o a la burla descalificadora y mordaz. Los hijos de sus viejos amigos terminaban siendo sus amigos, y los amigos de su hijos, que muy pronto ahondaron la distancia que siempre les separó de un padre tan distante, concluían las visitas a su casa esperando encontrarle a él y no a aquéllos. Se enorgullecía de esto, pero era consciente de la debilidad circunstancial de la amistad que le profesaban sus bisoños visitantes, que a medida que daban solución a sus inseguridades y vocaciones se alejaban de él o simplemente prolongaban sus ausencias.
T.B., al igual que Brell, tenía amistad con su hija, guapa y extremadamente delgada, quizás anoxérica, sordomuda, misteriosa y huraña, poetisa, y no tardó en conocer a M.: "Era un tipo interesante, raro.” M. la visitó en su estudio con maneras encantadoras y palabras estudiadas. Sutil como un rancio cortesano. No halagó las pinturas, pero tampoco se mostró displicente ante lo que no parecía entender. “Tenía un trato especial. Te hacía creer que eras más importante de lo que tú misma pensabas. De todo ello nacía una complaciente sensación muy estimulante, ¡y peligrosa! Algo que sólo he experimentado contadas veces."
Pero T.B. desconfiaba mucho respecto al entretenimiento intelectual de M. Se le antojaba como un artista de la nada, un virtuoso del pasatiempo estéril. Su conversación tan pródiga de mesuras y citas, sofisticada, le parecía inútil, un derroche escandaloso de tiempo. “Era... como un florentino.” A ella le recordaba esos pintores que persisten en ejecutar copias lastimosamente artesanas frente a las grandes obras de los museos, sin ningún propósito apreciable o digno de encomio más que alcanzar el dominio de una técnica costosa.
Quizá. En cierta forma, un ingenio que se vale del talento ajeno para manifestarse inspira desconfianza. [Y también M., en ocasiones, era cruel: "Barroca e idiota", tildaba la gran novela de...]
En aquella lejana exposición de T.B. vi a M. por vez primera. Ambos, sin conocernos en el pasado, cada uno por su lado, éramos amigos de la artista. Nos presentaron [Brulard] a falta de algo mejor que hacer en una sala completamente vacía y desamparada bajo la luz de los focos. Afuera llovía con fuerza, y la tarde había oscurecido de repente. La impaciencia que advertí en él indicaba que ahora ya sólo quería protegerse de la lluvia.
"Soy amigo de T.B.", se me ocurrió decirle. "Pero más aún de Brell, o eso creo", terminé balbuceando.
Indiferente a mis palabras, sin mirarme para nada, preguntó [falsamente] divertido, señalando con la cabeza las obras expuestas, si eran cuadros lo que colgaban de las paredes. Le contesté que eran pinturas.
"Estos cuadros son tan engañosos como las cubiertas coloreadas que titulan tantos libros", dijo tras un silencio calculado.
Me invitó a cenar (joven, con libros en la mano, me supuso de pocos medios, o solo, ambas cosas evidentes), negando así la supuesta indiferencia. A la salida del restaurante sugirió inocentemente una partida de ajedrez en su casa. Soy un pésimo ajedrecista, pero él era todavía peor. Aprovechó la lluvia de afuera para prolongar la velada buscando el desquite. Jugamos cuatro partidas y las perdió todas. Varias copas de coñac (francés, y caro) bastaron para mitigar la contrariedad.
El atolondramiento guiaba por entero sus iniciales entusiasmos.
Era un jugador lamentable, negado para cualquier tipo de estrategia intelectual, moral o personal. Eran previsibles sus errores tácticos. La molicie de una aventura privada, libresca, larga y ensoñadora, sin auténticos estímulos y despojada de sobresaltos le entumeció la clarividencia para infinidad de asuntos prácticos; por supuesto, para el mínimo asunto que escapase de sus consuetudinarios apegos y manías. Reconocía sin pudor que las incontables tardes y mañanas morosas pasadas en el sillón, el abotargamiento deliberado, le encanallaron el espíritu para todo aquello que no fuera el análisis sin más. "Me gusta imaginar de mí mismo que soy como un oculto testigo de algo..., probablemente de nada memorable, lo que sucede siempre a los demás", confesaba sin contrición. Celebraba las noches, que alargaba hasta el amanecer, el cielo cubierto de nubes, la llovizna que agrisaba la ciudad, el aire oscuro. "No entiendo el sol", proclamaba. Pero yo sabía que esa frase, como muchas ocurrencias de las suyas, buscaba el efecto repentino.
M. era de una lucidez desesperada. No se engañaba respecto al final que se escondía tras la última esquina. No temía la muerte ni el dolor. Odiaba la indefensión, la vergüenza de un cuerpo viejo y maloliente postrado en el derrumbe: la falsa pintura que uno acaba siendo del hombre que fue.
Un sentimiento de piedad peligrosa, como un pesar lacerante, me asalta inevitablemente al evocar la casa y los largos corredores repletos de libros, las amplias salas de techos con escocia y las cristaleras de color ámbar y fresa, las venerables estanterías de madera de cerezo combadas bajo el peso de los incontables volúmenes. El paseante de esa morada y esa rancia biblioteca parece surgir de las sombras del recuerdo, amenazador y colérico, con la mirada encendida de indignación: "¿Quién eres tú para poner nombre a las cosas o límites a su forma?"
Pensé en todo eso cuando Brell me envió desde Montes noticias que entendí enigmáticas. No podía yo presentir lo sucedido después entre lo solapado y lo inconcebible: la agonía mala, la muerte buena.
En la primavera, a finales de abril, Brell había recibido carta de M.
"Está enfermo y solo", me escribió él a su vez.
No agregaba ningún otro comentario que fomentase el reproche hacia una familia ausente y extraña: deduje el dramático alejamiento de los dos hijos de M., la clausura definitiva de la existencia agotada de éste para sí mismo y para todos.
Pero a Brell le estaba destinado acudir en salvación de M.: “Llevarlo de la mano al infierno”.
Esa textura única del alma del altruista... o del sabio.
(Brell, que ha de redimir su conciencia, más tarde o más temprano, en el olvido...)