jueves, 7 de octubre de 2010

Ensayos para un estilo (20)

En la calle 14, hacia la Octava Avenida: españoles.
Negocios y restaurantes baratos con nombre exóticos: Oviedo, Valencia, Lugo, Madrid…
Da un poco de lástima todo esto, esta forma de salir adelante que ni siquiera es una farsa. Es, simplemente, un estancamiento, un viaje a ninguna parte. Un día tras otro, amanece, riegan las aceras, el sórdido arqueo al echar el cierre, la noche eléctrica, los shows de la televisión, el sueño indigesto, el despertador. (1955-1970).

Salgo de Houston y, sin pensar muy bien lo que hago, camino hacia el norte por Lafayette; doblo por Washington y… ¡me doy de bruces con el profesor de español!
Su aspecto cetrino, abatido, mal encajado en el traje que viste, me sorprenden a esa hora del mediodía.
-¿Te has perdido? –pregunta a bocajarro.
-No, en absoluto –le miento.
Hace más de dos meses que escapé de aquel apartamento oscuro y deprimente, de la ruin domesticidad que todo lo impregnaba, de una fisiología aplastante.
-Acabo de terminar las clases –dice con la voz quebrada, expulsando el humo del cigarrillo al mismo tiempo. Tiene el pelo revuelto, y parece sucio, mal anudada la corbata con un goterón grasiento en la parte inferior-. ¿Quieres tomar una copa?
-Te lo agradezco, pero me es imposible. Llevo algo de prisa. He quedado en el parque Gramercy con un tipo de Artforum, un italiano que tiene vía libre hasta Le Witt. Tengo que empezar a trabajar cuanto antes.
-Pues estás bastante lejos aún. ¿Vas a ir andando?
-Por supuesto.
-Deberías coger el metro, ahí mismo –me indica una boca del metro, a poca distancia de donde nos encontramos-, línea 6, hasta la calle 23. Bueno, me voy a casa –dice, y gira la cabeza hacia atrás, señalando algo invisible con el periódico que porta en la mano, y enseguida vuelve los ojos de nuevo hacia mí-. Estoy harto de esa fábrica de inútiles. Cada día que pasa me aburro más. En cuanto termine el semestre me vuelvo a España. Ya no aguanto más esta ciudad.
Lo ha confesado con expresión de hastío, como si sintiera un cansancio infinito. Su desaliento, sin saber muy bien la razón, hace que me sienta confiado y optimista. Ha empezado a andar, pero sin quitarme la vista de encima.
-Claro –digo por decir algo. Continúo mi camino, pero no sé cómo diablos voy a disimular que conozco el trayecto. De seguro que tiene los ojos clavados en mi trasero. Me meto en un río de gente que camina apresurada, con toda la prisa y la ambición de un mundo que no se detiene ante nada. Estoy exactamente en una encrucijada, en Washington Saquare, y no tengo la menor idea por donde salir.

Debe hacerlo adrede. Siempre que entro en la librería ha desaparecido la silla baja junto al mostrador curvo. Ahora bien, ¿cómo adivina que voy a llegar en ese momento? Me tiene en pie durante todo el rato que permanezco en la tienda. Será una forma de estimular la conversación.
Guarda un libro para E. Lo ha metido en una pequeña bolsa de papel de color verde (no podía ser de otra manera). Lo golpea con los dedos de la mano derecha.
-Buena literatura –afirma-. Nada de esa narrativa sofisticada y barroca tan querida por los hijos de la España decadente.
-¿Puedo verlos?
-De ninguna manera. Secreto de confesión.
-En ese caso, ¿qué hay de lo mío?
Hace tiempo que le pedí una vieja edición de Harmonium.
-Todo a su tiempo. Mientras tanto deberías meter las narices aquí dentro. -Me tiende un libro algo grueso, usado pero en perfectas condiciones. Se trata de To the Finland Station-: La edición completa de Doubleday, amigo. Un dólar y es tuyo. –Lo bueno de The Green Train es que, siendo una tienda de novedades a la vez que de libros usados, su dueño y librero que la gobierna vende los volúmenes que son auténticas piezas de museo, perseguidas por los bibliófilos, como si fuesen de saldo, sin conferirles mayor importancia. Al no creer Ray en esa majadería del libro para coleccionistas, de sus manos salen verdaderas joyas a precios ridículos que destina para sus verdaderos lectores. Pasadas las décadas, una primera edición para Raymond Yeats es, simplemente, el mismo manojo de hojas de papel cosidas que se puso a la venta en el mismo día de su aparición, un medio de conocimiento sin valor de cambio material. Un in-folio de Shakespeare le merece el mismo respeto físico que el poemario recién aparecido de su amigo Gregory Corso o una novela en paperback de Bellow.
Una tarde descubrí con estupor a un lado del mostrador una de las ediciones de Leaves of grass impresa en Filadelfia en 1892, la última supervisada por el propio Withman, letrería vigilada por los mismísimos ojos del anciano vate. “Y… ¿esto?”, logré balbucear. Me dirigió una mirada sin interés, perfectamente natural. “¿Esto?, es para una de mis mejores clientes. Por cierto, no creo que tarde en llegar. ¿Ya han cerrado los colegios, no?”, se preguntó mirando la esfera del reloj de pulsera. Veinte minutos más tarde apareció una adolescente larguirucha y pecosa con una trenza graciosa que caía a un lado del pecho. Vestía una blusa modesta y unos tejanos con doblados. Saludó a Ray y preguntó por su libro con una sonrisa nerviosa. “Aquí lo tienes. Son setenta y cinco centavos, nena, pero aceptaría tres cómodos plazos.” La colegiala hurgó en un de los bolsillos del pantalón y extrajo un puñado de centavos que contó encima del mostrador. Hacía un par de minutos que la chica había salido y aún no me había repuesto de la sorpresa. “Pero, ¡ése es un precio absurdo, Ray!”. “¿Te lo parece?”. “¡Pagarían un par de cientos de dólares en cualquier almoneda!” “Ese libro tiene más de sesenta años, se cae a pedazos y se lee con dificultad. Setenta y cinco centavos es un precio más que razonable para una chica con aspecto de tener problemas con su asignación semanal. Su padre trabaja en el bar de la esquina, un irlandés católico, es decir, despreocupado hasta la indecencia en la cama, que ya le ha hecho a su mujer cuatro hijos. Además, lo necesita para su clase de Lengua Inglesa.” Señaló una de las estanterías donde acumula los libros de poesía: “Ahí hay una edición de bolsillo de reciente aparición, cuesta tres dólares y medio, y tiene una bonita portada con un dibujo a carbón del poeta. La que acabo de vender es una antigualla, de modo que he hecho un excelente negocio. A mí me costó el equivalente de dos centavos. No hay punto de comparación. Hace un par de semanas compré a peso una furgoneta repleta de libracos cubiertos de polvo que nadie se hubiera atrevido a tocar ni con un palo, la biblioteca completa y desastrada de una vieja maestra que apareció muerta en su apartamento de Brooklynn. En fin, que si a la chica le sirve, que de seguro le va a servir, los dos quedamos contentos.…”

miércoles, 6 de octubre de 2010

Ensayos para un estilo (19 e imagen)


JUSTO DESPUES, 1969.
Finales del verano.
De la que me he librado.
Ya le ha crecido el pelo, aunque aún no puede peinarse.
En cuanto pasen unos días ya no se notará la cicatriz.
Estás guapa. Y eres muy valiente.
Mira, me he comprado un vestido (ligero, vaporoso y de colores vivos).
Te sienta de maravilla y, además, deja ver tus piernas tan bonitas.
Antes de que llegue el invierno… (dice con expresión pícara), y gira sobre sí misma sin dejar de sonreír.

Algo acerca de esta pequeña judía alemana (sólo más tarde sería una estadounidense de origen alemán, cuando el tiempo decante, cristalice… etcétera, qué le vamos a hacer).
-A ver, ¿tus padres te leen la Torah?
-Y The saturday evening post y Colliers y los sucesos del Daily News.
Muy ortodoxos no eran. A decir verdad, nada. Eran prácticos y tenaces alemanes que procedían de hacendosos, callados, prácticos y tenaces alemanes. Si habían podido huir de los nazis y los campos de exterminio serían capaces de huir de todo aquello que pudiera malograrlos. Sin embargo, la muerte…
Al grano.
De acuerdo, se americanizó muy pronto. Sólo tenía 3 años al pisar la tierra prometida. ¿Qué sabes en yiddish? Qué va a saber, todavía anda entre pishachs, a pesar del cuento de la emigración. Y, luego, están los guisos de costillas de cerdo a la miel, las patatas rellenas de carne de cerdo y picadillo de cebolla, las salchichas de cerdo especiadas…
-¿Qué sabes de alemán?
1939: kaputt.
1970: kaputt.
En 1965 intentó expresarse correctamente en alemán. Nunca lo consiguió: se hacía entender. Eso parecía ser todo.
El benefactor alemán, algo desconcertado (1965): es usted una auténtica americana.

Le gustaban las piedras, de todas formas y colores.
Nada de gemas, ni de cuarzos, ni de ópalos. ¿Y qué demonios es eso de “ojo de tigre”?
Se agacha. Elige formas y colores, durezas y texturas, la pátina del tiempo.
Piedras vulgares. De un millón de años. Y gratis.

Curiosamente el pensamiento, la conciencia, se pudre sin despedir olores y muere mucho antes que el propio cuerpo, que tarda sus días en hacerlo, descomponiéndose asquerosamente. La materia se toma su tiempo. Ya lo hizo antes: 4.000 millones de años. No obstante, la conciencia (chasquea los dedos), zas, en un santiamén, adiós, hasta nunca. A saber… en qué cementerio acaba esa volandera.
-Doctor… Se muere.
-No sufre.
-Parece que quiere hablar.
-Es un acto reflejo –masculla el doctor suspirando.
De repente, todo ha acabado. Y, sin embargo…

Primera exposición importante de E.: 1968, “Polímeros”, Finch G. N.Y.
¿Polímeros?
Vamos a entendernos.

Historias de la clínica. Una paciente sumisa. No vayamos a hacer una nnovela de todo esto. (Para más adelante, pero sólo tres o cuatro páginas).

Interrogatorio.
TUMOR: E. era muy aficionada a leer en su adolescencia libros de medicina.
Descripciones médicas, incluso tecnicismos, patologías: se hizo una experta en ello. Velaba en la conversación esas adicciones, lo secreto, a lo que nunca alcanzamos del otro.
Extraía metáforas. El material es una metáfora.
De pequeña sin duda habría celebrado con entusiasmo el regalo navideño de una valija repleta de instrumental quirúrgico, mucho más que los libros de arte que su padre le traía en una caja. Libros que la aburrían: “Toda mi obra es un atentado”, debería haber proclamado a los cuatro vientos.
Literatura de anticipación: hubieron trastornos psíquicos, ciertamente, aunque resultaron ser un de fácil psicologismo, la misma vida, las relaciones sociales, sus veleidades artísticas, los matrimonios y divorcios si los hubieren, el dinero, la cultura, las penas diarias tan necesarias para las posteriores satisfacciones, en fin, hubieran solucionado las cosas en el cerebro de esta pequeña dama judía emigrante, pero, mira por donde, nos salió artista..
Paseo por los alrededores del Met. Luego bajamos hasta el lago. Empieza a anochecer. De repente, desaparece, se disuelve en el aire como el humo, como la niebla ensoñadora de Jennie. ¿Qué has hecho? Peor ¿qué no has hecho?
Todo, absolutamente todo, es irreal, un juego perverso y desdeñable de la mente.
En fin, la veo de nuevo, de entre los arbustos, pálida de entre los muertos.

De acuerdo, 1966. Tienes la edad de la incredulidad, un lustre entusiasta delata la impaciencia que escondes en tu interior por ensanchar el caudal de tus conocimientos, sobre todo de aquéllos que más tarde podrían informar de tu especificidad individual. Sabes que eres un individuo resuelto en lo colectivo con una revista debajo del brazo, un libro de bolsillo guardado en la chaqueta de mezclilla, el seso alerta y la mirada huidiza pero quieres saber qué cosas y acontecimientos harán que te distingas en lo esencial de otros muchos, de qué serás capaz, de las transformaciones, de las implicaciones, de las complicaciones...
Si empezamos por el principio, un toque de estilo, ante todo eso.
Así que 1966...

JUSTO DESPUES DE TODO, 1970.
Bien, se acabó la Navidad, sabes que vas a morir: no existen los milagros. Lo sé desde la niñez. ¿Dónde quieres que hablemos? Me es indiferente. Hay dos lugares mágicos para mí, los dos son jardines: en el museo Rodin y el que exhibe las esculturas del MOMA; elige. ¿Qué tal aquí sentados, junto la ventana? Es primavera, podemos ir adonde desees. No tengo ganas de salir a la calle. Te haré un ramo de flores. Vete a la mierda. ¿Qué tal un par de copas de quimioterapia en el bar de Charlie? No me hacen maldita gracia tus chistes. Será un paseo o un viaje larguísimo, ¿tal vez los Urales? ¿la Patagonia? Ya no sirve de nada, acércame el libro. ¿Qué tal si la abro? ¿Cómo? La ventana. Ah, bien; está mejor así. ¿Qué lees? Whitman. No me lo puedo creer. Ya se respira la fragancia de las hojas. Yo sólo puedo leer poesía en español, toda traducción cuenta únicamente lo que ocurre en el poema, el tema, lo menos interesante. Nunca he estado en el museo Rodin, descríbeme el jardín. Pura poesía.

Un tema universal

16 de julio, 2003. 11, 37, I
El libro abierto, una mudez singular brota en la mañana,
se vierten en la página blancos jirones
de luz solar, como una flecha al mediodía
donde no alcanza el verde prado.
Pero el silencio pacientemente cae gota a gota.

16 de julio, 2003. 20, 42, II
Pudiera ser órfico tendido en la yerba,
oye el cristal del agua.
La nube pasa en la tarde de árboles,
de tierra azul (poco a poco).

16 de julio, 2003. 23, 58, III
La noche enciende los nombres
de aquellos que nunca olvidas.
He aquí la estrella fugaz:
enumera los adioses.

martes, 5 de octubre de 2010

España

Y los ojos del otro
desde la sombra
mi diferencia
se guarde de su odio.

Link

lunes, 4 de octubre de 2010

Ensayos para un estilo (18)

Yo, por mi parte, esa tarde cojo el metro en la calle Spring y me apeo en la 52, a un paso de Grand Station. E. participa en una colectiva en Washington. También exponen Smithson y Serra.
E. ha soslayado viajar conmigo, prefiere hacerlo con el grupo de Yale, así que tomo el tren solo.
Esa noche, durante la inauguración, se muestra especialmente encantadora conmigo, solícita en todo instante, guiñándome un ojo cuando la gente se interpone entre nosotros y nos separa. Bebemos champaña. Hablo con Serra de escalas, pero me mira con desconfianza, así que me siento incómodo y sólo balbuceo trivialidades, algo demasiado fácil de colegir hasta para un artista, siempre atento a su ego. Ha sido una conversación malograda.
En el hotel L’ espoir E. se muestra feliz. La oigo canturrear bajo la ducha por primera vez en los dos años que vivo en Estados Unidos.
Al día siguiente tiene que hablar con Droll, el director de la Fisch Gallery, quien ya le ha comprometido una individual. Cuando sale del baño amaga un gesto de dolor.
-El hombro –dice sonriendo, quitando importancia a la queja. Cruza la habitación algo torpemente. Lo atribuyo a la bebida.
Marzo de 1969.

U4. Y, ahora, ¿qué pasa?
-No me salen las cuentas.
-¿En esas estamos? Cada vez que saltas de un universo a otro empalideces más. Aquí hasta parecéis taciturnos, ensimismados.
-Necesito tiempo.
-Verás crecer la hierba…
-Hacerse el verde y todo eso… He visto a R. Una visión terrible, no sé cómo, pero ha llegado hasta aquí.
-Sin embargo, él se mató.
-Es cierto. No puede estar aquí, ni en U1 ni en U3 ni en ningún sitio. Nada de nada.
-¡No tuvo tiempo de escapar!
-Aunque, cualquiera sabe… Quizás escapó antes de… Antes de terminar. Pudo hacerlo al desvanecerse, mientras…
-Mientras se desangraba por el corte en las dos muñecas.
-También tomó barbitúricos.
-Quizás soñaba, se moría, pero soñaba...
Cosas verás que han de maravillarte.

Tápies ha expuesto en la Martha Jackson, en la calle 32.
La obligo a acompañarme. Ahora ya sólo piensa en “eso”. Va a luchar con todas sus fuerzas pero, al despertar cada mañana, con las primeras luces, al abrir los ojos, al sentir el primer latido del corazón, el aire en la piel, el olor de la habitación, allí está “eso”, como un animal invisible que nace de las sombras, que viene de no se sabe dónde... Que ya está allí, y es ridículo negarlo, y que se atenaza a ella como una sierpe.
Cuando el grupo de personas que rodea al artista decrece, me acerco hasta él. E. prefiere quedar atrás mirando las obras. Me presento y me atiende cortésmente, pero con algo de frialdad, de evidente desapego. Me firma un catálogo, como si metiera una moneda en la máquina de bebidas. Veinticinco años después, en París, una mañana me encuentro con él de nuevo. Almorzamos en la explanada soleada frente al Centro Pompidou... ¡un vaso de vino tinto y una rebanada de pan con sobrasada! No recordará en absoluto nuestro primer encuentro aquella tarde en Nueva York. Ya en el siglo XXI: el viejo catalán acepta de buen grado el mito, en su fundación le rinden homenaje (silente, emocionado).
Vuelvo en compañía de E. y contemplamos con morosidad las pinturas.
Son cuadros de gran formato, de la década de los sesenta, muy plásticos pero muy referenciales a la vez.
E. los mira intrigada.
-Son como enigmas, un acertijo… No entiendo por qué, no veo la necesidad de esa legibilidad que los trasciende.
Entrevista de 1970 (trabajar más adelante, 4-10-2010)…

Universos paralelos. La broma de E. Pero en cierto sentido, esos estratos de la cultura americana, esos compartimentos estancos, nunca entrelazándose, siempre divergentes, o paralelos, yuxtapuestos… Y siempre sincronizados. Sin verse jamás. ¿Cómo es posible? K. se emborracha y se ensucia con sus personajes faranduleros en sus novelas-testimonio mientras S. acciona sus sofisticados e inteligentísimos adolescentes en decorados perfectos. E., por su lado, atenta a lo que se mueve, a lo que muere, a lo que sucederá a todo eso.
Kerouac. Hippies. Etc. Warhol y Factory. Etcétera. E., aislada, su obra naciente (lleva esto por ese camino).

domingo, 3 de octubre de 2010

Ensayos para un estilo (17)

-¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a pasarme a partir de ahora?
Una típica pregunta de adolescente.

Cuando ya el tumor crecía dentro de su cráneo y nadie podía saberlo, ¿qué va a pasar?:
-Nada en especial. Lo que a todos. Te irás haciendo mayor, cada día un poco más. Eso es lo que pasa.

Febrero.
Había llegado al aeropuerto Kennedy procedente de Madrid un sábado por la tarde, en torno a las cinco. Me encontraba cansado e inquieto, con falta de sueño, no sabía exactamente si había rellenado bien el formulario de entrada, y al descender del avión se me cayó el pasaporte a la pista y alguien lo pisoteó con una enorme bota justo por el lado de la fotografía. No quise ni imaginar lo que iba a suceder resolviendo los trámites de Inmigración y Aduanas.
Durante cinco días me facilitaban alojamiento: podría dormir en un sofá del apartamento de un amigo español que trabajaba en la Universidad de Nueva York. Su pareja coreana no había puesto impedimento, siempre que el asunto no se demorase más allá de ese plazo. Era comprensible. El apartamento medía menos de 40 metros cuadrados. Unas medias de cristal y otras prendas interiores de aspecto raído secándose en la barra de la ducha todavía explicaban mejor la situación.
El cielo estaba gris. Pero hacía menos frío del que esperaba. Mi amigo, el profesor de español, montaba guardia frente a una fila de taxis amarillos al otro lado de las puertas cristaleras. Arrastré la maleta hacia él, que no dio ni un solo paso.
Al día siguiente, domingo por la mañana temprano, di un paseo alrededor de la zona del apartamento. Luego, compré el New York Times, unos dos kilos y medio de papel por cincuenta centavos (¡el paraíso!), y me metí en una cafetería desangelada y vacía de parroquianos. Un par de camareras, pelirrojas las dos, uniformadas de azul celeste y blanco, se hallaban detrás de la barra, cerca de la entrada a la cocina. Me ignoraron y tardaron en atenderme. Hablaban en voz muy baja de sus cosas, de sus conspiraciones. Supongo. Al fin (siete minutos de reloj), una de ella me lanzó una mirada interrogativa (¿qué quieres gilipollas?) sin moverse un ápice de donde se encontraba:
-Kish mir in tuchis –pedí educadamente.
-¿What?
-Un café y un donut.
Eran los años aquellos cuando casi todo el menudeo se pagaba con fichas metálicas y unos miserables centavos, las camareras llevaban un gorrito gracioso y el agua de Nueva York, una ciudad sucia y ruidosa, era deliciosa.

Ray está mirando fijamente un punto de la superficie del mostrador de la librería, en absoluto silencio. Me alejo hacia las estanterías de las revistas y me pongo a husmear durante un rato infructuosamente. Al cabo de largos minutos regreso frustrado al mostrador, y, de repente, al notar mi presencia, alza los ojos y abre la boca:
-Una estrella se encuentra a 900 años luz; la vemos, por tanto, como era hace 900 años, en el 1070. Pero pensemos esto. En el momento que la vemos, “otro” espectador, hace 900 años, la mira a su vez en ese instante que parte la luz hasta nosotros…¡También él la observa hace 900 años atrás de su tiempo, exactamente a como era en el año 170! ¿Qué luz nos llega a nosotros en este caso? ¿Qué es entonces el tiempo? ¿Un lugar…?
Todo eso suena muy especulativo.
-Ray, maldita sea, ¿tienes el New Yorker con el relato de Cheever?
Vuelve a la tierra:
-¿Cuál de ellos?
-Aquel de la chica que reclama a su compañera de tenis la mitad del importe del viaje en taxi.
-Salinger.
-¿Cómo?
-Salinger, ése lo escribió Salinger -dice con voz muy suave pero firme. Luego, se calla de nuevo.
-Pero ¿lo tienes o no?
-Búscalo tú mismo.
Ha regresado a U5.

Universos paralelos. La broma de E. Pero en cierto sentido, esos estratos de la cultura americana, esos compartimentos estancos, nunca entrelazándose, siempre divergentes, o paralelos, yuxtapuestos… Sin verse jamás.
Kerouac. Hippies. Etc. Warhol y Factory. Etcétera. E., aislada, su obra naciente.

Como creador yo no la mataría. No se me ocurriría. Es más, ella no se merece morir. Ni como heroína de novela ni como encarnación de nada. Es inmortal. Vamos a decirlo de ese modo.
Yo sería un dios más justo, menos ruin y más explicable. Un creador menor, pero sentimental.

Gastronomía versus Hambre.
En U1 se ilumina la oficina del estómago de la siguiente guisa.
1968, 1969, 1970. Tú y yo hemos comido por dos dólares y medio; y cenado por poco más en decenas de restaurantes entre Houston y Canal, incluso más allá de la calle 14. Un verdadero festín no alcanzaba los 6 dólares. Hoy mismo, en 2010, si te recogo de U4 y te traigo de vuelta, nos bastaría con 30 dólares. Ahora bien, el hambre es una cosa; el arte, otra.
Menú de la casa, materias primas, de rigurosa temporada, pocos riesgos de desmesura creativa en consecuencia: 295 dólares (vino aparte, 80; servicios de mesa, 25). ¿Cómo?
1. Grisinis de parmesano con lardo de Colonnata.
2. Flores de calabacín en tempura.
3. Lascas de cecina de vaca.
4. Almejas al escabeche de manzanilla
5. Gelatina de gallina y setas.
6. Timbal de calabacines tiernos con berenjenas y salsa de almendrucos.
7. Cigalas sobre pasta fresca en salsa de perejil.
8. Entrecó a la provenzal.
9. Surtido de quesos.
10. Sopa fría de frutas.

Llego al apartamento con un periódico, pan y queso.
El profesor imparte clase en la Universidad.
La coreana, recién duchada, con el pelo mojado y en albornoz está sentada junto a la ventana. Come directamente de una lata de carne en conserva, con una cucharilla de madera. Al verme entrar inclina un poco la cabeza sin proferir palabra alguna. Continúa mirando a través del cristal el día frío, gris y sucio de afuera.

Me han bastado dos días.
La puerta del minúsculo dormitorio donde se halla mi amigo el profesor y su novia coreana se ha abierto lentamente sin un quejumbre y deja ver el interior a plena luz del día. La mujer, menuda y pálida, enclenque, está arrodillada y le está haciendo una felación al profesor de español sentado al borde de la cama. Tengo tiempo de observar los cabeceos hacia delante y atrás de la mujer, el rostro contraído del hombre que, en camiseta, tiene los calzoncillos enrollados sobre los tobillos y lleva puestos los calcetines; de color gris, me parece recordar. La imagen es de un patetismo desgarrador, hasta doloroso a esa hora matinal y luminosa. Me doy la vuelta con sigilo y salgo a la calle. Dos horas más tarde regreso a por mis cosas. Ambos me sonríen aliviados, inocentes, y me acompañan solícitos hasta la salida asegurando que no corría tanta prisa.
He elegido como solución provisional un hotel en la parte oeste de la calle 59. Es un edificio de quince plantas de ladrillo de un tono quemado, sucio. Está bastante destartalado por dentro, aunque el suelo del pasillo está cubierto por una alfombra. Me han alojado en la octava. Pago 45 dólares a la semana, y el 5% de impuestos. Limpian la habitación y cambian las sábanas cada cinco días, pero todas las mañanas me proporcionan un juego de toallas limpias. Sin embargo, la palabra que acude a mi mente desde que me he instalado aquí es “sórdido”, aunque contradice lo que realmente siento. Sórdida sería mi actual situación: en absoluta soledad y contando el dinero.
Anoche, al volver de la cena en el restaurante Delos (pato en salsa con alubias, un vaso de vino nacional y ensalada de frutas, 2,25), muy próximo al hotel, he visto las primeras cucarachas, delgadas, marrones, escondiéndose veloces en el armario de la ropa.