sábado, 17 de septiembre de 2011

Hesse 2 (Ensayo para un estilo)

A aquella chica le gustaban los colores.
Pero no como pueden gustarle a usted y a mí.
Hablo de algo diferente.
Inefable: difícil de explicar; cuando menos, escurridizo.
Dijo: francamente, una puede escribir con ellos. Y, además, sin necesidad de explicarse.
¿Colores?
Bueno… El arte y todo eso, ¿entiende?
En el principio:
“Los colores hablan.” (Son. Aunque todo es un espejismo, una treta especular de la luz.)
Luego dejaron de gustarle. Preferiría el caos de las formas, las asperezas y los contornos irregulares de las hechuras mundanas. Ella las organizaba dentro de un desorden que mucho tenía de inevitable misticismo, una espiritualidad rara.
Todo es una divagación.
Ella, artista mística, observa paciente las tres reglas básicas de la comunicación (K. dixit), hasta que un día descubre que el color en el arte es nada más que una imitación: sólo la forma alcanza a ser incomparable, original, y delimita su propia existencia con independencia de su significado.
“No te salgas de los límites del cuadro”, parece indicar la regla más básica. Es de sentido común (en efecto, es el más común de los sentidos, el más despreciable, pues).
Lo correcto apesta. Las reglas están para arrumbarlas en el cuarto de atrás, modificarlas, destruirlas con todos los talentos que uno pueda reunir en un acta de defunción bien programada.
El arte, por definición, es un estupendo ritual de transgresiones todo él: lo ficticio proclama a cada instante su carácter volitivo de expiación y hasta de mortificación tras la trapisonda de sus postulados y actos de desorden.
El objeto, el material del arte no recipiendario de los modelos de la profusa figuración universal que nos rodea, irradia por sí mismo un discurso plástico, pero sólo lo anima una deliberación previa, un alma (¿un deseo interior?) que acrisola toda liturgia.
El arte puede hacer que te inventes hasta a ti mismo.
Y una conciencia estética se forja de mil maneras o con el solo ojo cegado de Polifemo, en la propia y carnívora oscuridad.
“Ahora”, se dijo, “ya lo sé todo.”
Adiós al tema y todo lo demás.
Adiós al proceso.
Bienvenida materia inaudita, inacabable.
La obra de arte a solas: ella misma.
A rodar.
La luz es la verdadera dueña de la sombra.
Están los ritos, la salmodia, los códigos, las claves, el canon invisible de los iniciados, pues un artista que se precie tiene detrás un Fulcanelli que transmuta las piedras más áridas en misterios revelados, ilumina las negruras del actuante, deshace los arcanos, derrumba muros, abre las ojivas del entendimiento. Arte, en definitiva.
En el fondo (y en la forma, claro) se trata de un apaño. Amañar (también sería una palabra adecuada).
Ella, capaz e iniciada, sacerdotisa de la fibra de vidrio y el látex, alza catedrales temporales, efímeras, de tal fragilidad que, una vez muerta, sólo el fraude y la copia manufacturada por intereses ajenos logra revivirlas, clonarlas mediante la fotografía antigua, el diseño en la despreciable hoja de papel, la nota descuidada, el pingajo museable, reconstrucciones innobles.
A cierto positivismo lógico enfrentaba inconsciente, no obstante, un surrealismo desmitificador de todas las leyes (artísticas o no). De aquel hontanar bebía.
Sería una aventura… holística.
El Testigo pudo haberla conocido en Suiza. De casualidad.
Un terreno neutral.
Donde todo empieza, la bruma y lo concreto.
La hoja en blanco, las imaginaciones.
Unos años más tarde él, El Declarante, viajó a Nueva York, que es la más fantástica barraca de feria que uno pueda imaginar.
Él era un buscador de datos. Uno de esos.
Escribía(e): a tanto por palabra. Un cómplice. Un farsante que asiente con la cabeza mientras sostiene la pluma en una mano y extiende la palma de la otra mano esperando las treinta monedas.
Pronto, uno se convierte en testigo para siempre.
De la muerte de ella, por ejemplo. Una muerte a plazos, día a día derrotando un cuerpo que pugnaba por vencerla en batalla desigual, aunque cara a cara. La más injusta de las muertes que él podía recordar, pues no había sabido de nadie con tantas ganas de vivir. La existencia de Hesse se truncó de modo cruel, inapelable, en plena juventud todavía.
A partir de ese momento ¿qué iba a escribir, a mentir, a tergiversar, a comprender…?
Ni siquiera en la baladronada del principio pudo sentirse demasiado seguro en lo que hacía: no supo nunca la auténtica naturaleza de su intrusismo fantasmagórico en la biografía de la joven artista durante sus últimos años… y tampoco de lo que pudo saber al final, si es que alcanzó a esclarecer algo.
¿A qué desempolvarla?, se diría arrepentido, pero con la corbata perfectamente anudada y el puñado de monedas ya a salvo en el bolsillo del pantalón bien planchado.
El mundo del arte tiene sus entradas y salidas propias. Sus duques y modistillas. En esta feria de las vanidades se divierten, así, como quien no quiere la cosa, todos; los más se exhiben, algunos se entretienen, unos pocos recogen dividendos, otros revientan.
Pero…
Él la recrea. Vive en su delirio: un tumor cerebral hostiga ópticas, altera imágenes, distorsiona la visión como esas pesadillas del alba invernal, gris, de lluvia fina y constante, cuyas visiones desafían la física más elemental.
Sin duda, el tiempo pasado, inocuo salvo en la pasión o la locura, no ayudará en este aspecto. Todo recuerdo invita a una recreación jubilosa o falsa, menoscabada por la arbitrariedad de una memoria siempre selectiva.
Muerta demasiado pronto, se dice, todo quedó a medio hacer respecto a la legítima ambición que la transgresora albergaba. La fatalidad destruyó un genuino deseo de alcanzar mucho más allá de lo que hasta ese momento había conseguido. Abortaría también, siempre sucede de ese modo, pues él era lo residual de la historia, la excrecencia, los planes confusos que rondaba la mente de El Testigo, un testificador con el morral lleno de argucias demasiado evidentes. Desde el primer momento que supo de ella no lograría siquiera rozar con la yema de los dedos la quiebra definitiva... de ambos: catártica aunque retórica, una; otra, inexorable y aciaga. La suya, sin duda, fue una relación fracasada, supeditada a situaciones chocantes, hechos, digamos, fractales: la evocación literaria pendula entre la pena, los hechos y lo ficticio. Menuda componenda. ¿Le hubieran importado a ella la glosa posterior, las andanzas de una pluma libérrima? No creo que eso le preocupara mucho a Hesse. Debe de resultarles todo muy etéreo a los modelados con alucinaciones y ensueños, a aquellos cuyas hechuras se fabrican con el humo y las insolencias del solo recuerdo de después.
En cuanto a él: poco que contar: un negro: a tanto por página. La mudez del anonimato le protege. Es invisible. No es nadie.
Divaga lo indecible, circula una forma que por impalpable niega cualquier atisbo de precisión. Tampoco se debe a una fidelidad exhaustiva. No acarreaba imposiciones ni reglas, a despecho de una minuciosidad siempre extravagante por la enormidad de sus fines inalcanzables.
Eres el nadador de la entelequia, se decía.
En ese piélago. A brazadas. Hasta la bocanada final.
Pero, en fin, se resistía a revelarla en su total dimensión.
Cualquier descripción que llevara a cabo en este sentido empañaría su verdadera identidad. Evocar su carácter, exige lo transversal. La fotografía exacta de lo real, por paradójico que nos parezca, minusvalora efectivamente la realidad.
“Si es verdad que me inventas, inventa un lenguaje nuevo”, diría Hesse, olvidando que él no era un artista:
“Querida, yo sólo soy un pobre diablo que en un tugurio de la calle 11, sin calefacción e infestado de cucarachas, escribe cuentos pornográficos a cinco centavos por palabra aporreando las teclas de una Remington de segunda mano.”
¿No iban a desconcertarla las preguntas del turista, la doblez mezquina de El Testigo, el estúpido anhelo de sorber de su existencia instantes, culminaciones, apropiarse de su aliento, de sus temores, las interrogaciones, las idas y venidas, lo inventado y el lujo de su cuerpo?
Y es que él… la veía tan real que la figuraba a cada instante.

jueves, 15 de septiembre de 2011

HESSE 1 (Ensayos para un estilo)

¿En qué fragua, qué metales milenarios urdieron tales mimbres para tal artista?
De lejos venía… al Gran País.
Ella era hija de aquel nuevo mundo que vino del crimen original, raza maldita del gueto y la expulsión, desperdigada, errante de tan lejos, de la culpa y el estigma, del exterminio.
Una familia judía cuyos antecedentes se hunden en la profunda Europa a punto de entrar en guerra, en aquellos askenazis del yiddish y sus temores primitivos que observan el ritual, acuden a la sinagoga, respetan las autoridades halákikas y durante el shabbat bajan la vista al suelo.
Aunque ahora, había que huir de nuevo: la selva de cruces gamadas se extiende como una mancha de sangre sobre el mapa, el temor invade las calles al tronar de la claveteada bota paramilitar que patrulla sobre los empedrados a la caza de barbas judías y adolescentes circuncisos.
En realidad, visto desde arriba, a la cobarde panorámica de pájaro, sin chafarrinones ni tocamientos indeseables, cuatro ánimas en pena más de las desterradas y huidas de la Alemania nazi, disueltas luego en el grumo del millón y medio de judíos que vivían, trabajaban y oraban y guardaban el decreto talmúdico en la babélica Nueva York de los años cuarenta y cincuenta, ganando buena parte de ellos cuarenta centavos por hora en trabajos miserables muy lejos del trueque y el lustre banquero, nada que ver con el dorado y diamantino de la rica joyería, adiciones sospechosamente presumibles en los de su raza desde lo más oscuro de los tiempos.
Ahora su padre tenía una bonita casa con ventanas a un verde césped en tierra de gentiles. La puerta basculante del garaje en un lateral siempre permanecía abierta a la calle arbolada, con coche o sin él, con herramientas relucientes, con banco de carpintero, con estantes de madera pulida llenos de frascos de conserva y confitura. “Aquí nadie roba nada, pequeñas”, les decía a las dos hermanas su padre satisfecho, feliz emigrante, el rey en su tesoro. En realidad arribaron a Washington Heights, más allá de casi todo, más allá del apartamento aireado y luminoso del Upper Side West donde, años más tarde, su mamá voló y todo era bonito.
Han llegado a la América, aunque en blanco y negro, poderosa e invencible, a la Nueva York de los años cuarenta de aquel Feininger emigrante como ellos que hacía reales los grandes barcos en el East River, fotografiaba el desfiladero del Lower Broadway o levitaba por encima de las vías férreas elevadas de la Novena Avenida.
Papá Hesse luchará por su camada hasta el día del Juicio Final.
Este buen hombre de fe aspira a la tranquilidad, a la paz bien asentado sobre la decencia, leer el periódico a la caída de la tarde, ver crecer sin sobresaltos a las hijas, sentarse afuera en el jardín y escuchar sus programas favoritos de radio. Y ser un perfecto ciudadano americano.
Sólo que de momento deben conformarse con vivir en un piso alto en la parte más alta de Nueva York, donde casi no se ve nada de lo que hay debajo, en el Manhattan bíblico.
Buen tipo este abogado judío reconvertido en corredor de seguros (que no de creencias) en el Nuevo Mundo: es capaz de dormir con solideo y obligar al futuro yerno a enviar a la hoguera de la Santa Inquisición al Papa y su cohorte católica y abrazar la verdadera religión de los hijos de Israel. Lee en hebreo y yiddish lo que cae en sus manos. En 1948 los dos tomos de La Familia Máshber, de Der Níster, por ejemplo. Lo importante es entenderse (yiddish, alemán, inglés), al menos durante algún tiempo, afirma acto seguido de acabar el rito religioso, todavía con el taled cubriendo el cogote, a punto engullir buena parte de las dos docenas de gefilte fish que sobresalen en la fuente de cerámica de la cocina.
Su padre: el hombre que amontona recortes de prensa, fotografías, cuadernos de notas, diarios, objetos, postales, recuerdos, cartas, documentos… Todo el organismo voraz de cosas, objetos y sucesos que constituyen la biografía letrada de ese puñado de vísceras y huesos que resulta la vida animal.
Y Evchen, la pequeña sonriente de ojos grandes, oscuros y redondos, buena hija y obediente novicia en todo, asiste complacida a la ceremonia del Bat Mitzvá de su hermana y espera la suya propia con ansiedad.
El las ha conducido a la salvación del cuerpo y el alma.
Ahora tendrán prerrogativas y derechos que las elevan de los seres inferiores, de la raza de ratas untermenschen.
Quiere cerciorarse que está vivo, que se ha librado del gas y el horno crematorio, donde todo el pasado y su moderna genealogía ha sido enterrado. Quiere creer que su descendencia se encuentra a salvo del siglo bendecidas por Yahvé, el castigador, el que no perdona, el acechante.
Lo judío y su negra fascinación acechaban por todas partes.
Su padre, con Der Forverts en una mano y el miedo todavía en el alma: elige los tonos de sus trajes, los tejidos. Lo hace con esmero de judío aplicado, comprueba con los dedos calidades, mide grosores, calcula los precios. De adolescente, e incluso poco antes de casarse, ella le acompañaba algunas tardes a las tiendas tristes y oscuras del Lower East Side. A los pocos minutos se impregnaba de tal manera de la atmósfera ortodoxa que imperaba en aquellos establecimientos que se asustaba de pensar lo enraizada que estaba en aquella cultura de manías, miedos ridículos, luto, tirabuzones, símbolos y mandamientos. Sólo tenía ganas de disolverse en aquella tela de araña muriendo en el aire y el sol sombrío del anochecer, ser parte de esa mórbida sustancia que constituía la materia y el color de lo judío, la tontería ancestral. Hasta (fijaos bien) creía en todo aquello.
Su padre, el buen judío con el corazón lleno de culpas ajenas.
Y progresa, cómo progresa: Singer, Malamud, Roth (a pesar del lastre hasídico del origen).
Incluso no oculta la sonrisa leyendo la Stern de Friedman (cuando ya conoce de sobra lo que vale exactamente un judío americano expulsado de Europa).
En efecto, se imagina que cuando el Gran Sueño Americano se cumpla de una vez en los día cálidos podrá salir afuera de la casa, sentarse en el pequeño jardín y beatífico y agradecido escuchar por la radio The Jack Benny Program o concursos del tipo de Two for the Money de Herb Shriner, mientras las niñas corretean por el césped tras el perro lanudo color canela y el aire de la plácida tarde se impregna del pastel de frambuesa que mamá prepara adentro de la cocina.
Y el dulce paso del tiempo…
En efecto, es una especial: la Chica Lista, la Gran Artista, nunca fue una Niña Tonta que dibujara en las páginas de los cuadernos escolares enérgicos Kopffüslers, muñecotes marcianos de colores arbitrarios (pero icónicos) y miradas grandes: ella garabateaba charcas, las piedras y hierbas del fondo, universos de objetos imprecisos, las imaginaciones.

Historia Antigua.
¿Cómo era el mundo sin TV.?
Era. Estaban los cines. En los cuarenta, en Brooklyn y Manhattan, en cada manzana del vecindario había tres salas de la cadena Century.
Todas las casas de todas las barriadas recibían el folleto azul donde anunciaban las películas en cartel.
¿Las llevaba papá Hesse al cinematógrafo? Entonces, la barraca de feria era grande y de un lujo magnífico, una espaciosas sala con platea y arañas colgadas del techo, con alfombras en el piso en pendiente y butacas tapizadas de terciopelo rojo. En fin, por quince centavos la entrada…
Sin embargo, ellas, las dos hermanas, seguían bajando la vista, oraban y respiraban el espeso aire de la sinagoga decorada con vidrieras azules y amarillas. En verano: al campamento judío. Una suerte de aprendizaje para el kibutz si se diera finalmente el caso.

Los cincuenta:
Señor Hoover, ¿existen realmente los protocolos de Sión?
La América Fuerte se asienta sobre cimientos de oro (mucho más fuertes que el acero) y el ojo vigilante de Joe McCarthy.
Leve sería la purga, pues el Poder se reviste de mil formas, y todas adecuadas.

Papá se casa de nuevo: sepulta a la pequeña Evchen bajo una intrusa Eva Hesse: la madrastra del cuento.

¿Qué te lleva al arte?
El vacío.
El mismo al que va a saber ponerle nombre más tarde de una vez por todas.

¿Quién es ese tipo?
La llave: un tal Beuys: Düsseldorf, 1965.
El arte y la vida son inseparables (pero la vida de ellos: la realidad… ¡Es tan diferente!)

Escribiré mi autobiografía: ni lenguaje oral ni escrito: soy pura materia, y perecedera, invoco a los objetos como a la palabra.

Prehistoria: no desdeñaba la apuesta.
Más adelante:
Un marido aseado (la medida exacta, ante todo la estética, el número de oro, divina proportione), guapo, artista, perfecto (fuma en pipa).
Por entonces, las calles 15 y 16 con la Quinta Avenida, el Village, Broadway, Washington Square, la 42, el MOMA, decoraban el fondo de dos jóvenes artistas recién casados. Luego, Alemania, la epifanía del regreso, la incertidumbre como mujer y artista (como mujerartista), el Bowery, Canal Street (donde se suministra el veneno fatal)…
Un gran desván como estudio. Los buenos lápices de colores, la tinta inmejorable y los caros papeles.
Podemos empezar.
Más que al arte prometido, se entregan al ejercicio de amor, que es arte de encantamiento.
Entre beso y beso, meditan la obra del futuro.
Dos genios. Se miran uno a otro. Más aún: se contemplan. Son un lujo recíproco.
Todo para ellos. Y no era bastante: de ahí la escultura, las engañifas sentimentales del arte.
El mundo ante sí, ante estos dos prometeos: tiembla, inmundo.
En el 65 la epifanía: una Alemania temible después de todo, aunque reveladora.
En 1966: rompe su matrimonio. Al diablo con todo eso.
El genio soy yo.
Enero, 1966: “Vete al infierno”.
Esclava de nadie soy. Búscate otra cocinera, un chimpancé con faldas que te ría las gracias y consienta tu arrogancia.
Que te zurzan.
Agosto, 1966: es otra. Es la que ya era.
El más fuerte es el que está más solo.
Se crea un lenguaje: ¡A ver, con los idiolectos que circulan por ahí…!
Tiene una obra que hacer. Tiene una idea. Tiene todo el tiempo del mundo. Y ella es inmortal. Manos a la obra. La Tierra en sus manos: su instrumento perfecto.
¿Materiales? Los de mi mundo. Todos… Incluso los que pueda inventar. Y aun otros de mundos imaginarios.
Imágenes, sustitutivos, correlatos de esas imágenes, sensaciones, suplantaciones, sentimientos: siempre la hicieron las imágenes. Tan etéreas, volátiles.
Y… tan perennes, el pasado que vuelve con las brujas y escobas a cuestas, viñetas nunca borradas de un imaginario tan sufriente como avalista de una vida real, física, imbatibles: las manos mojadas de su madre desgranando las vainas de la verdura, el perfil de verano más hermoso de su hermana una mañana en Coney Island, una luz dorada se filtra por las lamas de la persiana de madera bajada a media altura, crea una atmósfera de oro en el comedor, entonces ve a su padre en el umbral de la puerta, está a punto de salir a la calle, siempre se despide antes de marchar, se ha acicalado como un hombre debe hacerlo: recortado el fino bigote de galán, perfecto el nudo medio-windsor de la corbata, rectilínea la raya del pantalón de franela, inmaculada la negra chaqueta de terciopelo, estudiosamente ladeado el sombrero gris de fieltro, la sonrisa seductora, el misterio...

lunes, 12 de septiembre de 2011

La rosa desnuda

¿De qué fértil región nace la rosa
del poema, su nombre,
la feliz geometría de su forma,
el color inexplicable?
No del jardín del alma,
es otra cosa:
del sol en el cielo,
madre tierra,
sed de agua
de primavera
pura.

lunes, 6 de junio de 2011

Una academia (57-F.)

Arropados por la noche oscura y tibia se acarician sin verse: dos cuerpos desnudos en un ejercicio de amor sin ojos, con el arte de las manos y los labios que arden. Buscaba y tanteaba su sexo, se enredaba entre sus piernas y la hierba: una herida nocturna, mágica y de agua, una creación abierta entre los mil olores del mundo. Todo oscuro. Sin colores. Y el aire quieto. Un mar de manchas negras como el abrigo más cuerdo y vigilante del amor.
Ha alcanzado la misma médula de su sexo, de la sangre de su vida, de su carne y de sus huesos, de su saber. De la figura adivinada y conseguida. Ya puede huir.
Pensó que todo había concluido. Se iría de aquellos lugares de figuración y quimeras sin verla jamás a ella. O tal vez la había visto como nunca antes pensó que se podían ver las cosas.
Nunca creyó de veras que volvería a subir a la sierra, al día y la noche de Silvia Jara. Nunca pensó en volver. (Bah, él, que iba a morir al cabo de los años y el tiempo allá arriba, en El Siglo...)
“No puede uno vivir de la ficción en el futuro.”
Está bien. Y ¿ahora qué? ¿Qué se espera en realidad en el tiempo…?
De súbito, una gran llama se agita, se eleva de los rescoldos, las brasas se ponen al rojo vivo. Enrojece el aire la hoguera. Casi se sobresalta.
Se había adormilado.
Nota intensamente el plácido abrazo del calor del fuego, aparta los ojos del hogar. Beyle tiene los ojos abiertos. Todos los viejos tienen los ojos abiertos. ¡Qué asamblea de sombras! Hablan en voz baja, con frases entrecortadas pero decididos. Se diría que ha sido él quien dormía desde hacía horas y horas, años tal vez. Se siente aturdido al comprender que la noche no ha avanzado, que se prolonga la velada. No sale de su asombro. Se aviva más el fuego. Hablan ahora muy animados los viejos. Piensa en las palabras… Imagina el dibujo de las palabras. Todas, cada una de ellas lo tiene... Y su sonido es la imagen, su...
Avanza el otoño hasta el invierno, la primavera y el verano de la agonía de Beyle, al que ya no reconfortará más el aire leve, embriagador y amarillo de otro otoño.
Y allí está él:“No volveré al lugar de Silvia Jara”, se dice esa noche, en ese sitio de recinto sosegado, la noche detenida y los viejos despiertos, hurtándose a la muerte, moviendo los labios y los ojos, dibujando ademanes con las manos, las voces como aliento. Siente su cuerpo hueco, una oquedad revestida de dibujo malo, consumido de bosquejos. “¿Seré un manchón?”. El rumor del habla de los viejos parece una cosa muy lejana, y muy suave y acariciadora, como la lluvia fina de primavera. El intenso color del fuego es una luz. Está el sol ahí.
“No volveré a la sierra”, se dice. “Haré que no exista Silvia Jara. Ni siquiera la he visto.”
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Y deja Beyle el invierno y agoniza en un silencio imperturbable, hermético como la roca, natural como el agua, sabio como el árbol.
Es un cálido día de julio. Amaneció pobre de luz la mañana, con el cielo gris a ras de las cosas. Enterraron al viejo con un manto de tierra feraz, olorosa y húmeda.
Brell, antes del anochecer de ese día, se dirige a las montañas tan próximas en busca de la figura de niebla que yace en su memoria. En busca de Silvia Jara para siempre.
No vuelve la vista atrás ni un solo instante.
Se adentra entre los árboles y desaparece.
Instantáneamente: ni siquiera se oyen sus pasos sobre el follaje y el suelo mojado.
Imaginemos que.
Llueve, pero es una lluvia nueva. Como de adviento.

lunes, 30 de mayo de 2011

Una academia (56)

Locura o no, lo que él había sido sin ganas cada uno de los días de su vida iba a disolverse como si nada en el presente: ha llegado hasta ella, ha llegado al final. En todo caso, una extraña cordura. Una diferencia.
Silvia Jara no va a confundirse con los colores de la tierra y el cielo, a convertirse en el aire que huye y se desliza entre las hojas, y sube montañas y desciende valles, y se bate en los postigos de las ventanas o aúlla por las chimeneas, y se pierde. Ahora que ha sido alumbrada...
No va a pintar él más gris. Eso no...
... No sé, tal vez si me dejara llevar, arriesgar más, a librarme de la realidad y hacer con el color como una especie de música de tonos... Pero, ya ves, quiero demasiado la verdad, y el buscar hacer lo verdadero. En definitiva, debo seguir siendo lo que soy... Este otro hombre, pequeño Brell, asimismo sin nada, no quiere el símbolo. Su mundo es lo que es. Una mañana de febrero, fría y de luz que hería, llegó a los corrales, asustó a las cabras, vio los cuadros.
Allí arriba, aquello no servía de nada: todos los colores y las líneas, las formas exaltadas empalidecían sin la universal censura de genialidad o inepcia. Valía más una piedra, un puñado de tierra, una rama que todo aquel conjunto de cuadros de meros hallazgos visuales. Sólo habrían adquirido su verdadero sentido rescatándolos de ese lugar real de tierras firmes y cielos cambiantes y prodigiosos, inalcanzables. Llevarlos donde se admira lo admirable. Devolvérselos a quien los supo pintar hace cien años.
Aquí todo es tan sólo natural: reniega de ficciones. Cultura sólo es aquello que la naturaleza no ha podido crear por sí sola... Aquí el tema basta para arruinar del todo la imaginación. ¿Para qué remedar la tierra, la luz..?.
Cavila el diablo, mira, dice...
Miraba los intensos colores, las formas y contornos como copias sumarísimas de una naturaleza que se bastaba a sí misma para admirar a su contemplador, miraba las franjas de tierras, los soles, el árbol, el aire, las piedras y la hierba y eran sólo líneas y trazos, rayones arbitrarios frente a las cosas de la tierra. La luz cegadora de ese momento se hermanaba con la otra luz en el cuadro, la hacía fulgente, hacía brillar los colores, la llama del sol sobre la pintura reseca dañaba los ojos, los hería de realidad. La rica textura y el surco de la espátula, la pincelada y el extraño dibujo postulaban más que otra cosa una visión extraordinaria, mas sólo pertenecía al... ¡propio artista!
“Qué maravilloso truco de feria... Pobre magia la del arte grande y moderno...”
El aire de la sierra, la verdadera luz del sol apagaba toda imitación.
Dejó el cuadro a un lado.
Salió afuera. Vio las hojas verdes mecidas por el viento, con las manos tocó el tronco rugoso y viejo, gris, del árbol hundido en la tierra, tierra que toca, a punto está de llevársela a la boca...
Ya no pensaría más en todo esto. Tampoco Silvia Jara. Los cuadros (poco a poco fueron destruyéndose por las inclemencias del tiempo, el paso de los años, roturas, el fuego..., acabaron siendo objeto de cualquier destino práctico) quedarían entre trastos y antiguos aperos de labranza en un rincón de la masía, o sepultados en el mal olor y la húmeda penumbra de los corrales de cabras. Nunca los vio nadie, como no fuera... y muy al sesgo, pasados los años. Nadie supo nada de ellos: un juego entretenido. (Brell a Silvia, muchos años después: “Una mirada al sol.”)
Nadie supo nunca nada de nada. Saber ¿el qué?
Se rebela uno contra la existencia. Se mata. O, sencillamente, se convierte en algo mejor, o se crea a sí mismo, o crea el mundo. Sólo lo real es posible.
Aunque existen los sueños magníficos.
Ya vencida la primavera, se sustraería definitivamente del capricho idiota.
Se distrajo en cosas importantes.
Palpitante la carne, la sangre que quema la piel, la voz queda de una forma de mujer que desprecia los colores del sueño y se torna rotunda de luz: engendrada Silvia Jara.
La deseaba como si una fuerza mala le condujera al olvido o a la muerte, le alejara de lo que había sido y de todos sus retos poderosos e inútiles.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Una academia (55)

“Señorita, ¿conoce usted a Vincent van Gogh...?”
“No, en absoluto. Jamás he oído una palabra acerca de él...”
“Es raro...”
[Forma parte de la cultura universal más básica... ¡incluso de la televisiva!]
Las cartas estaban marcadas, sin embargo...
“Una vez, he visto la gran emoción que le invadía mientras pintaba...”, se dice. “Y los colores eran los exactos, no idénticos, no; tampoco podría decirse que análogos... Genuinos sí eran, refrendan una honestidad...”
“Otra vez observamos el cielo. Le dije, mira: el cielo es una vasta gama de grises, de algunos grises azules también, y un alargado borrón oscuro por el lado del Sur...”
Un día tomó como modelo un jarrón de flores secas.
Una cerámica patinada por el clima de todas las estaciones, un barro tan duro como el tiempo. Brell pensó que sería bello adornar la vasija con flores vivas, o ramas de árbol, o tallos, antes de pintarla.
Ella eligió rosas blancas para ataviar el modelo.
El se las llevó.
Ahora la naturaleza se alza frente el espejismo. Las manos encenagadas de Silvia Jara modelan una materia fluida y espesa, invoca a la tierra y desecha el artilugio de la ilusión en el plano: la pasta de color es tan rica que se diría que ha crecido hacia arriba, que recrea el surco del campo, la piedra y la planta, que se ha hecho de verdad.
Unos días después, B. descubrió el cuadro dentro de los corrales.
La masa de rosas desbordaba el recipiente. Eran flores muertas, pero ella no las conservó en la pintura lánguidas y como postradas en un ángulo romántico. Las flores se exponían vivas, frescas, más rosas que en el rosal bajo la lluvia y el aire cálido de la primavera.
La pintura revelaba a la artista, la exponía de tal forma a la luz que lo que representaba la imagen sólo era una simple licencia que burlaba chocantemente su propio significado.
Aunque Silvia Jara ya sentía una rara zozobra al pintar. Ya no quería hacerlo. Incluso la asustaba. Llevaba aposta la mirada a lo más convulso del paisaje, al desgaire de la línea, a la roca informe, cerraba horizontes y hacía de los cielos una metáfora sensorial. Ya no quería pintar. Con la maniobra y artería de sus consejos el otro había invalidado una distracción. Lo que sobrevenía ahora era una peripecia que terminaba conmoviendo un estado tranquilo y... elemental. Ahora quería dar un paso atrás: volver adonde estaba lo concreto, emocionarse por las cosas de siempre.
(Tiene la vida por delante, y la desea sin raras complicaciones, sin pintura, se dice B. ¿No basta con el plácido desfile de los días, vivir las horas con llaneza, el hambre saciada, el sexo tan despierto, el cuerpo protegido del frío y el calor, la sed colmada, la soledad a veces querida y a veces no, la tierra tan enorme...?)
¿Ella...? Le quería a él: éso eran los días y las noches, el sol del mediodía, el tiempo coronándose de felicidades, esperanzas y pequeñas calamidades hasta la muerte que era una cosa lejana, silenciosa y hasta inofensiva, completamente fascinante cuando todo a tu alrededor parece una sucia misión. Con él los días cambiaban la faz del mundo y las cosas, la mañana y la tarde tornaban radiantes los colores que sembraban la tierra. El aire era de metal, refrescaba o hacía arder la sangre. Todo se repetía y todo era otra cosa. Era una novedad el sol, el cristal del amanecer, la sombra del ocaso, la noche como un mar de misterio.
El invierno apagaba la tierra y ensombrecía el cielo antes de hora, lo cubría todo de un negro y helado silencio. Sí, el verano la rescataría pero... ¿cómo evitar la desdicha mientras tanto? Ella estaba sola en el monte y sola entre todo: éste brota de un sueño imaginado sin dormir y me hace a mí personaje de su ficción, y ahora quiere librarse (no pensó ella esto). El miedo sobrecogedor que él sentía le hacía hablar en voz alta entre paredes cerradas y libros sin abrir. Se inventaba él: “Ella es de verdad, de verdad...”
Su última carta parecía escrita por un enajenado.
T.B. omitió cualquier comentario ante la confidencia final de B. En realidad, antes de olvidarlo, o perderlo, ambos pensamos que estaba loco. Tan inesperado como fácil es llegar a eso.

jueves, 19 de mayo de 2011

Una academia (54)

La verdad podía herirle hasta matarle. Siguió allí durante horas y horas, y era como un malestar creciente del alma, como si el profundo decaimiento no fuese cosa del cuerpo. No sentía hambre ni sed... Estuvo sin moverse, afligido y derrotado, mientras la amargura le reducía hasta la resignación. Cuando a la caída de la tarde volvía ella entre tintineos y sombras alargadas subiendo una quebrada, gritó ya consolado, con alivio, a voces destempladas le advertía que estaba allí, que ya le esperaba, que acababa de llegar. Y se volvía de espaldas. Y cerraba los ojos, por si acaso. Y así estaba más a gusto.
Fue esa tarde un diálogo temeroso y trastocado desde el principio hasta que de nuevo la noche lo empujó abajo hacia la espera del día siguiente, sin que en ningún momento lograra reparar el efecto pernicioso de la osadía malograda: ahí se quedó a espaldas de ella bien escondida, mudo, sin saber la otra qué decir ante el silencio precavido y obstinado de él. Pagó caro la ocurrencia.
Ya en el desvelo nocturno, tumbado en la cama, todo se le antojaba a B. un asunto de locos... No, se decía convencido, lo mejor por acontecerle en ese futuro que se desgranaba poco a poco cada mañana aparecería ante él cuando abriera los ojos al amanecer, de nuevo, otra vez... Y, así, le llegaba el sueño.
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Sueña B. que ya está ella en el lugar debido, donde no es mala la exaltación. La razón, a modo de contrapunto, corrige una sabiduría natural. Se acrisola la conciencia, libre y espontánea, allí donde todo lo que la tierra refleja es diáfano, rotundo, distinto, bello o feo... No es una realidad lamida, retocada, falaz, de efectos ilusorios, una estampa de pompier, trompe-l’oeil... No hay engaño bajo la potente claridad (la luz hace la pintura, el ojo...).
Mirar al sol cara a cara, sin temor pero sin aspavientos. La violencia que sufre la mirada conmueve las vetustas reglas de un comedimiento pusilánime. ¿No ha de alumbrar una epifanía inesperada?:
Ha entendido que la pintura es un arte de ofrendas, sinceras a ser posible. Ante la audiencia del monte callado (sólo el canto de la cigarra, el crujido de la rama seca, el piar de un pájaro o el fluir del agua entre piedras y remansos, el viento entre las hojas), surge una especie de lenguaje hecho de ancestrales festividades. Requiere la mano, el seso, los ojos: la fe de un alquimista febril que creyera en el tiempo fraguado hacia atrás, hasta el primer pensamiento del primer ser humano. Haced pintura de esa naturaleza con manos de gigante...
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Vio una vez en el bastidor la tela a punto de ser pintada: la había empastado con blanco de albayalde, trazando, como un escultor, relieves en la textura, enriqueciéndola de verdadera tierra antes que fuera en el plano otra tierra simulada merced al color, robándole descaradamente sustancia a la naturaleza y convirtiéndola en materia de ficción, y luego, en un punto aquí, en otro allá, un amarillo cierto, un verde de calidad distinguida, una imagen que desmiente los lindes de la magia del arte de la representación.
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Quien pinta ya ha llegado a ser el cuadro.
Coge con sus manos un puñado de tierra, mezcla la turba con los grumos de color, la fija con la espátula en la tela (que es otra realidad), sus manos quedan enraizadas para siempre en la única verdad del cuadro auténtico, que huele a tierra y humus, a raíz y planta, y también a esa cosa tan viva y tan rica, intrigante: a óleo y trementina, al olor sutil del lienzo.
[Brell (otro) de nuevo. Surgido ya de la niebla...]
En ese punto comprende Brell que ya todo está: Jara no puede traspasar más allá del cuadro. No sabe lo que hay después. Ninguna aflicción (que ella es la más despreocupada de todas las criaturas que B. podía concebir) puede conducirla a una desesperación fatal.
El talento es ajeno al acto desesperado. El talento es feliz: delibera, se rebela, no se engaña. A veces, el desconcierto nubla la comprensión y la paz del artista: frecuenta regiones llena de imprevistos, él se lo ha buscado, así que ha de saber organizar la mirada, y si va más allá...
Si Jara/V.G diera un paso más adelante se extinguiría la luz (trabajar con la puerta cerrada, cegado el sol...), rendiría culto a la forma, a una apariencia de creación ensimismada, su pensar sería paradójico, barroco, se abstraería en metafísicas. Su transgresión no ha alcanzado el límite de lo irreparable o el arrepentimiento. Artista maravillado o sobrecogido por la emoción que inyecta una mirada curiosa, sencilla y sabia. Y ella (y aquél), que está tan lejos de cualquier camaranchón intelectualoide...
Pero, dice éste...: “El color es más real en el cuadro que en la naturaleza, recobra un vigor extraordinario en la tela impoluta, lo puebla de todos los matices y rarezas que aquélla, madre tierra, podría proporcionarle. Más verdadero ese conocimiento, menos disfrazado de interés que la mirada fugaz sobre las cosas. La potestad del modelo, la exigencia de su tema, más aleja de los reglados y obligaciones del arte que la mismísima invención aunque fuera extravagante...”
Nace el símbolo de una forma y de un color. La pintura, ¿no ha de ser el medio de ese desvelo...? Por un momento, único, sostiene la creación.
La ilusión se ha agotado.
Ha llegado finalmente hasta ella misma (ella: tangible) en un camino labrado de insensateces y escaso (o mucho, o nada) talento que el otro fullero supo aprovechar.