Algo tiene de obsesivo, pero también de precaria insistencia esta forma de indagación esencial.
Hesse, al final, ya en sus últimos meses de cabeza rapada y mirada desvalida, mujer calva entre cirujanos y cristales, comprendió que no necesitaba ser artista ni poeta para justificar que estaba viva. Pero… era que moría:
“Ahora sólo quiero vivir. Ya no es como antes. Al diablo con todo. Sólo quiero respirar con la cara al sol, el corazón tranquilo, beber un vaso de agua fresca…”
Después de su primera operación, se lanzó con ganas a su obra en ciernes. La culminó con éxito: Right After. Y, luego... hubo una segunda operación. Y una tercera. Y, entonces: “Sólo quiero vivir, ya no tengo necesidad del arte y sus zarandajas…” Pero murió. Y, como diría el gran Hem, estuvo muerta.
¿Qué arte iba a sucederla? También ella lo había iniciado, atisbaría hasta las mismas puertas del arte del siglo XXI, hasta mucho más allá probablemente: la creación ya no necesita al arte para nada. Deja sobre la gran mesa alargada, rectangular, multitud de pequeñas piezas que son como pequeños párrafos, un fraseo de intenciones, unos bocetos, o un diario de formas, la desesperación, la incógnita, la ternura, el miedo… Proyectos.
Seis meses antes de todo esto.
Cuando su extraño humor lo cree conveniente, Yeats permite que los jóvenes poetas lean sus propuestas poéticas entre las viejas estanterías y columnas de hierro forjado de su librería. La mayor parte de ellos son arrogantes y bellos, elegidos por los dioses… durante unos meses. Suelen leer sus laboriosos plagios (en gran medida inconscientes) con desparpajo a veces; siempre con la solemnidad del novicio. El parto de los montes. Sólo les reconoció humildes y cariacontecidos, hasta viejos, el día que Anne Sexton, entre el humo de sus propios cigarrillos y la bruma del whisky girando en su cerebro, las piernas al aire y su mirada persuasiva dio una lectura memorable en el local atestado de curiosos, poetas aficionados y ladrones de libros que Yeats procuraba mantener a raya. Sexton… En cierto modo, ambas Hesse y la poetisa, que llegaron a conocerse (y él cree que bastante más de lo que puede sospecharse), fraguaban una terapia creacional basada en un ego malherido o, en su contrario, monumental: trasegaban, la una con objetos, y la otra con palabras, con la metonimia intelectual de sus propias vidas. En Sexton, aunque lógicamente la elusión alcanzaba un mayor grado de uso debido a la legibilidad de su medio expresivo, el inteligente armazón nunca propicia que el yo alcance a desnudarse del todo, ya que la misma crudeza de sus versos logra desviar la referencia directa lejos de su autora; en resumen, universaliza su biografía de tal manera que la confesión nunca delata a quien escribe. Ahí radica su atractiva complejidad. Hesse, aun sin deliberación, con menor complejidad por tanto, pues no precisa del encubrimiento, puede disfrazarse mucho mejor en los símiles plásticos que erige, tan difíciles de descifrar; sólo en los materiales de elección podía colegirse algún sustitutivo plástico que encarnara su temores, fobias y debilidades.
Sexton, la maravillosa: “Un poco de monóxido de carbono, bien dosificado, no le hace mal a nadie…”
Un día, se le fue la mano.
Una copa de más del bendito gas y… a volar.
La tarde del 28 de octubre Anne Sexton entró en la librería de Raymond Th. Yeats como un ama de casa perdularia que viniera en busca de un libro de cuentos subidos de tono. Parecía lanzada a chorro al interior por el aire dorado y otoñal de afuera. El recital iba a celebrarse a la seis de la tarde, pero sólo eran poco más de las cuatro cuando apareció en un traje blanco muy ceñido, una sonrisa muy dulce (traicionera del todo) y un bolso de charol con todos sus pecados dentro colgado del brazo. Cruzó la puerta equilibrando su figura en unos zapatos negros de tacón alto buscando con la mirada a Ray, que se hallaba de pie tras el mostrador. Como de costumbre, él se encontraba en el lado de las revistas ofertadas a peso; como de costumbre, en cuclillas escarbando como un arqueólogo fetichista algún ejemplar atrasado del New Yorker, Esquire o algún Saturday Evening Post con un cuento olvidado de Fitzgerald o de cualesquiera que fuese por entonces habitante mitológico imprescindible de su Olimpo americano (Faulkner, Salinger, Cheever, Bellow, O’Hara, la Parker...). Yeats levantó los ojos de algún papel y los volvió a bajar como si nada al verla entrar. Emitió un gruñido a modo de saludo y, luego, sin mirar a la mujer, soltó a bocajarro:
-¿Aún no estás borracha, Sexton? –Raymod Yeats, terapeuta psiquiátrico a deshoras, conocía de sobra a la mujer. “¿Dónde demonios esconde ésta la petaca? ¿Debajo de las bragas?”
-No lo bastante para volver sobre mis pasos y largarme a Boston, librero barato –masculló la poetisa.
Él, desde el rincón, dudaba si debía ponerse en pie y saludarla (no la conocía personalmente) o permanecer donde estaba, invisible. Al final, fue ella la que se acercó. Sabía de su relación con Hesse. Bastante azorado, se aprestó a la conversación. Muy pronto, ella le hizo reír.
Pero él se comportó con una necedad imperdonable, hablando (balbuceando) de la literatura de vanguardia europea.
La mujer le miraba como a un marciano, pero un marciano de otro sistema solar mucho más lejos que el de nuestra galaxia.
Tío, yo de literatura no entiendo. Yo sólo escribo poemas. Y únicamente cuando me entran ganas de esconderme debajo de la cama.
Treinta minutos después apareció por la puerta Hesse.
Ambas se miraron mientras se les humedecían los ojos.
Se abrazaron muy dignas sabiendo lo que ambas sabían, pues a Hesse ya la habitaba lo funesto. Pero ni un temblor.
Vive o muere.
Se ha llenado la librería de gente, pero el tono general del habla es de susurro educado, un murmullo hasta elegante y respetuoso con una poetisa que cuenta con un Pulitzer también en el bolso de los pecados.
Ray inicia el acto con una somera introducción. El tipo se ha aseado: se ha mojado el pelo de los aladares en el lavabo, se ha peinado, se ha cambiado de camisa y enfundado una chaqueta a cuadros de hace dos siglos. Y enseguida, algo encogido, perpetra una burla consentida por las más protocolarias reglas sociales (de la que él, de ahí su extraña rigidez, es absolutamente consciente): “¿Qué puedo decir de Anne Sexton?”, se pregunta el muy taimado en voz alta dirigiéndose a los congregados. Y se calla lo que mejor sabe, oculta un hermanamiento raro, esencial, una connivencia sagrada con la futura suicida que procede de una adivinación casi prodigiosa de sus hechuras y desmesuras, disuelve su intervención en unas palabras de compromiso y graciosas convenciones.
¿Qué puedes decir?
Lo puedes decir todo. Eres el hombre. Y estabas allí. Y resulta que no dices nada, librero cobarde. Sólo palabras necias para engreídos en una velada poética.
Esta mujer alta, de ojos intimidantes, carnosa y huesuda a la vez, con el cabello cardado a la moda de los sesenta, de rostro devastado, ha empezado a leer, y la voz, apenas modulada, brota de un acto desesperado que nadie es capaz de ver y, sin embargo, todos perciben en el poema terrible.
Abruma la andanada de versos rotos, tan reconocibles que se transforman en universales, y cuanto más se alejan de su dueña por la complicidad que consiguen más te sientes la diana de su flecha, versos blancos como aves negras que sólo sobrevuelan la angustia y tristeza propias.
Con la mirada puesta en Hesse, insistentemente puesta en Hesse, esta superviviente de las pastillas y el alcohol, de las más letales depresiones e insomnios, ahí sigue aún, aferrada a su terapia, sostenida por ese pequeño puñado de hojas a las que se agarra como un náufrago a su madero.
Sobrevivirá unos pocos años más, funambulista siempre en la cuerda floja, vacilante y frágil, a punto de caer. Ventrílocua de sí misma, arrastra su muñeca tras los amaneceres desolados. Pero, también un día, se acabó… al final del sucio y negro callejón de Nerval te aguarda el monóxido de carbono, marioneta sin hilos.
Vive o muere.
Somebody who should have been born
is gone.
Yes, woman, such logic will lead
to loos without death. Or say what you meant,
you coward...this baby that I bleed.
La voz, firme, aterciopelada, ronca a veces, envuelve a los asistentes que de pie, rodeados de libros, escuchan la ristra de un vademécum de soluciones personal, intransferible y, sobre todo, aterradoramente humano.
“¿Qué puedo decir de Anne Sexton?”
Puedes hablar del miedo, pero de ese miedo desnudo, todavía sin palabras y en tinieblas que enmaraña la conciencia recién despertada, la angustia de una visión procedente del sueño que aún tiene agarrado al cerebro en la espesa urdimbre de sus colores imposibles, densos como el agujero horizontal de donde emerges boqueando. Puedes hablar de quien no hace del poema una mecánica ni un sollozo claudicante y trivial, de quien no hace de la pintura una pistola de repetición ni de la escultura la forma amable. Habla de lo que hablan los suicidas: oh, dios de las olas, oh, dios de la estrella del norte, oh, dios del abismo (“Oh, Sylvia, Sylvia, con tu caja muerta de cucharas y de piedras, con dos hijos…”), Habla de la noche, del río imaginario, del brillo de la plata en el pecho de los muertos, de los viejos tiempos cuando hay tantas cosas que no puedes decir en voz alta que necesitas escribirlas, habla de los amaneceres gélidos, hostilmente neoyorquinos, habla de los ojos envenenados de Rothko y sus colores desfallecientes (se mueren segundo a segundo), de los ojos de cristal de Arbus que desde el pasado fotografía tu vejado rostro del futuro, de la piedra helada, habla de todas las albas frías, del amanecer de grisura metálica que traspasa limpiamente la esperanza de las mujeres violadas como la Sexton, de los charcos de sangre que cubren los suelos de los desahuciados, del aire cerrado y homicida del coche volador de Jackson Pollock hacia los mundos estelares…
Vive y muere, ha empezado a recitar nacida de sí misma (y de nadie más), ahora frente a la oscura niebla de los otros que han enmudecido. Con los ojos abiertos, ni se atreven a respirar.
lunes, 3 de octubre de 2011
sábado, 1 de octubre de 2011
HESSE 8 (Ensayos para un estilo)
Enferma, aún sin temor, sin imaginar (toda previsión en el arte arredra) la fatalidad a la vuelta de la esquina, acude debilitada al acto inaugural de la exposición en el Finch College, en diciembre de 1969. Lee una declaración. La teoría de la perfecta nada hecha objeto, el gesto hecho concreción, una cristalización finalmente.
Antes, 1968:
Le había invitado a tomar asiento. Había previsto tomar notas, pues siente un extremado cansancio en utilizar la pesada grabadora de cinta, activar su susurrante mecanismo, un trasto de los primeros años sesenta que adquirió de saldo en una tienda de cachivaches y electrodomésticos usados en la calle Catorce. El simple hecho de enganchar las cintas magnéticas ya resultaba técnicamente demasiado para él.
-Su obra deriva del minimal art, la gesta aquella aspiración de Morris: “La obra escultórica reconstituida como objeto pero con toda la potencia perceptiva del arte figurativo, de la escultura representacional, con su mismo atractivo visual…”
-En cierto modo, esa fue una intentona pronto frustrada. Enseguida se alcanzó un vocabulario plástico que pareció generar su propia lógica, su sintaxis, como algo que termina siendo funcional estéticamente, decorativo.
-Usted renegó de ello…
-Inmediatamente.
-La impulsaba la no forma, el imaginario de un desorden, por así llamarlo, nacido del material elegido para su conformación…
-No es del todo exacto. Aunque en un principio… Lo que deseaba conseguir en realidad era la no pintura, la no escultura…
-Pero eso sería como una mudez.
-Es verdad, pero elaborada, consciente (subrayado mío). Mi ambición, desde un punto de vista conceptual era llegar al no-arte, a lo no connotativo, a lo no antropomórfico e incluso a la forma no geométrica. A la nada estética, una especie de refutación. Era el riesgo total lo que perseguía, lo que en un plano artístico no es (subrayado de él).
Luego, Kaprow, los happenings de los sesenta, etc.
La noche de insomnio en el hotel, por lo ruidos urbanos de afuera, las luces que se colaban por la ventana de guillotina, por ella que rondaba el pensamiento una y otra vez…
Tres días más tarde…
“Odio lo bello, lo perfecto, lo justo en todo…”
¿Qué explica eso?
En 1965 me dije…
Ahora (1970), ya sentenciada, una selección de sus alumnos en la Escuela de Yale (los mejores, con una beca Norfolk atada al tobillo como una bola de acero presidiaria) le ayudan físicamente en la realización de sus obras: queridos auxiliares, ayudantes, becarios risueños, artistas fracasados, silenciados, miles y miles de estudiantes de Bellas Artes, de vosotros es el Reino de los Cielos.
Si no pinta ni esculpe, al menos las manos, el taller.
La obra de arte moderna como esfuerzo, un desarrollo material que exige una energía adicional a lo puramente intelectivo. Lo procesual, un elemento hasta ahora irrelevante, elevado a categoría artística. Forja, cosido, soldado, atado, enhebrado, alzado, bajado, clavado… ¡Uf, que esfuerzo!
Cada 40 segundos se suicida alguien en algún lugar del mundo (2010). Hacer de la vida un instrumento de esclarecimiento, de apreciación de una realidad que siempre va a escapársenos, nunca de agresión a nosotros mismos. La verdad de todo es vivir, y el cuerpo como vehículo de una travesía impredecible. La muerte no nos sirve.
El suicidio deja todo a medias, imperfecto, incorregible.
Mas también es la respuesta adecuada, quizás única, a una condena prematura, una rebelión magnífica ante la injusticia suprema de la desaparición definitiva, a traición.
Pero ella contraataca:
“¡Qué desperdicio!”, exclama en U2
(“Pues tú, querida, estás en U2. Respecto a nosotros: en U1 estamos sin ti, por mucho que nos hayas tele transportado a U2, y todo esto suena a cacharrería cósmica, porque no hay manera de escenificar nada serio mientras andas en otro condenado universo. ¿Cuánto queda para U3?”)
“¿Cuánto pesas?”
“¡Maldito grosero!”
“Sabes, cada kilogramo de peso que se lanza al espacio en un cohete de la NASA supone un coste de 50.000 dólares. 55 kilos la rellenita judía: 2.750.000 pavos. ¿Tienes la pasta?”
“Por supuesto. ¡Metida en el tercer bolsillo trasero del pantalón! Mi viaje (sólo ida) es gratis, imbécil. Sin mediación de cosas o personas. Basta con la imaginación, la materia del arte a fin de cuentas.”
MOMA.
La besa muy despacio, como sorbiendo el jugo de la ambrosía, mientras andan a paso lento por el jardín de las esculturas. De cuando en cuando ella abre tímidamente un ojo y mira de soslayo algunas de las obras, algo que provoca que él se sienta bastante miserable, aun con la boca perfumada, exultante de mil sabores.
Muerte de su padre: verano 1966. Desquiciamiento.
No hay ningún sitio en el terrible calor donde puedas esconderte, escapar del sofoco de las piedras, de la asfixia de la noche.
1969: Torres gemelas, aún puros esqueletos alzándose al cielo: 40 plantas. Work in progress.
Antes, 1968:
Le había invitado a tomar asiento. Había previsto tomar notas, pues siente un extremado cansancio en utilizar la pesada grabadora de cinta, activar su susurrante mecanismo, un trasto de los primeros años sesenta que adquirió de saldo en una tienda de cachivaches y electrodomésticos usados en la calle Catorce. El simple hecho de enganchar las cintas magnéticas ya resultaba técnicamente demasiado para él.
-Su obra deriva del minimal art, la gesta aquella aspiración de Morris: “La obra escultórica reconstituida como objeto pero con toda la potencia perceptiva del arte figurativo, de la escultura representacional, con su mismo atractivo visual…”
-En cierto modo, esa fue una intentona pronto frustrada. Enseguida se alcanzó un vocabulario plástico que pareció generar su propia lógica, su sintaxis, como algo que termina siendo funcional estéticamente, decorativo.
-Usted renegó de ello…
-Inmediatamente.
-La impulsaba la no forma, el imaginario de un desorden, por así llamarlo, nacido del material elegido para su conformación…
-No es del todo exacto. Aunque en un principio… Lo que deseaba conseguir en realidad era la no pintura, la no escultura…
-Pero eso sería como una mudez.
-Es verdad, pero elaborada, consciente (subrayado mío). Mi ambición, desde un punto de vista conceptual era llegar al no-arte, a lo no connotativo, a lo no antropomórfico e incluso a la forma no geométrica. A la nada estética, una especie de refutación. Era el riesgo total lo que perseguía, lo que en un plano artístico no es (subrayado de él).
Luego, Kaprow, los happenings de los sesenta, etc.
La noche de insomnio en el hotel, por lo ruidos urbanos de afuera, las luces que se colaban por la ventana de guillotina, por ella que rondaba el pensamiento una y otra vez…
Tres días más tarde…
“Odio lo bello, lo perfecto, lo justo en todo…”
¿Qué explica eso?
En 1965 me dije…
Ahora (1970), ya sentenciada, una selección de sus alumnos en la Escuela de Yale (los mejores, con una beca Norfolk atada al tobillo como una bola de acero presidiaria) le ayudan físicamente en la realización de sus obras: queridos auxiliares, ayudantes, becarios risueños, artistas fracasados, silenciados, miles y miles de estudiantes de Bellas Artes, de vosotros es el Reino de los Cielos.
Si no pinta ni esculpe, al menos las manos, el taller.
La obra de arte moderna como esfuerzo, un desarrollo material que exige una energía adicional a lo puramente intelectivo. Lo procesual, un elemento hasta ahora irrelevante, elevado a categoría artística. Forja, cosido, soldado, atado, enhebrado, alzado, bajado, clavado… ¡Uf, que esfuerzo!
Cada 40 segundos se suicida alguien en algún lugar del mundo (2010). Hacer de la vida un instrumento de esclarecimiento, de apreciación de una realidad que siempre va a escapársenos, nunca de agresión a nosotros mismos. La verdad de todo es vivir, y el cuerpo como vehículo de una travesía impredecible. La muerte no nos sirve.
El suicidio deja todo a medias, imperfecto, incorregible.
Mas también es la respuesta adecuada, quizás única, a una condena prematura, una rebelión magnífica ante la injusticia suprema de la desaparición definitiva, a traición.
Pero ella contraataca:
“¡Qué desperdicio!”, exclama en U2
(“Pues tú, querida, estás en U2. Respecto a nosotros: en U1 estamos sin ti, por mucho que nos hayas tele transportado a U2, y todo esto suena a cacharrería cósmica, porque no hay manera de escenificar nada serio mientras andas en otro condenado universo. ¿Cuánto queda para U3?”)
“¿Cuánto pesas?”
“¡Maldito grosero!”
“Sabes, cada kilogramo de peso que se lanza al espacio en un cohete de la NASA supone un coste de 50.000 dólares. 55 kilos la rellenita judía: 2.750.000 pavos. ¿Tienes la pasta?”
“Por supuesto. ¡Metida en el tercer bolsillo trasero del pantalón! Mi viaje (sólo ida) es gratis, imbécil. Sin mediación de cosas o personas. Basta con la imaginación, la materia del arte a fin de cuentas.”
MOMA.
La besa muy despacio, como sorbiendo el jugo de la ambrosía, mientras andan a paso lento por el jardín de las esculturas. De cuando en cuando ella abre tímidamente un ojo y mira de soslayo algunas de las obras, algo que provoca que él se sienta bastante miserable, aun con la boca perfumada, exultante de mil sabores.
Muerte de su padre: verano 1966. Desquiciamiento.
No hay ningún sitio en el terrible calor donde puedas esconderte, escapar del sofoco de las piedras, de la asfixia de la noche.
1969: Torres gemelas, aún puros esqueletos alzándose al cielo: 40 plantas. Work in progress.
martes, 27 de septiembre de 2011
HESSE 7 (Ensayos para un estilo)
Respecto a mí. Soy Clov. ¿Dónde nos metemos?
¿Qué tal en un cuadro?
No es demasiado original. Estoy segura de que otros lo habrán imaginado igualmente.
Lo que importa es lo que hagamos nosotros. Estamos en cuadro.
De acuerdo. ¿Qué cuadro?
Me parece que uno de Pollock.
¿Por qué no Albers, o Picasso?
¿Qué me dices de Balthus?
Mejor Klee.
Entonces nos quedamos en los contenedores de basura: el mundo se ha venido abajo, las aguas todo lo cubren, los cielos se han teñido de negro en pleno mediodía, ha cesado la voz, las miradas han muerto…
Pollock: enérgico anda alrededor de un lienzo en el suelo:
-¿Sabes? Es posible, viendo la pintura, comprobando donde soltaba los chorros de pintura, dibujar la excursión en torno al cuadro, sus idas y venidas por el espacio del sucio garaje de Springs. Las sendas metafísicas, el estupor de la borrachera, la intuición prodigiosa, el tropezón del torpe, el genio de la nueva estética.
El viaje a Amsterdam: el tren de los niños a Treblinka, a Bergen-Belse, Auschwitz… (ay, no el Tren de la Bruja y la escoba de los domingos soleados en la Feria de las Navidades, en la alameda inocente, al otro lado del río).
En todas las épocas, todo niño cree que el mundo le reserva algo bueno y hermoso, sin embargo éstos, camino del gas de cianuro, ya ven el infierno que se esconde tras la negrura de la noche, no les engañan, y les domina el terror mientras se mean encima cogidos de la mano sin dejar de andar, sin dejar de andar…
Fugitiva ella (del infierno). Pero recuerda que sólo unas décadas atrás has atravesado Ellis Island. Siempre, alguien, franquea el paso a alguien en esta vida de cancerberos: dinero, mano de obra, ganado.
Enclave judeo-alemán en Washington Heights. Esta chica lista ni siquiera se pelea con las compañeras del Pratt Institute. Va a lo suyo, con los libros bien sujetos contra el pecho y la mirada decidida adelante, sin fijarse en los sementales de granos y tupé. No es rica, funciona con becas, llega hasta Yale. Donde llegaría si no…
Ella, a lo suyo.
Josef Albers. Yale. Escuela de Artes Visuales. El color. Y el viejo alemán discursea sobre razones cromáticas. Los tiene como conejillos de indias, el teórico. Escribe libros. “Compradlos”, dice. “Aprended de ahí”. No se aprende a pintar en los libros. De ahí tanto fracasado en el siglo XX, cuando la teoría era la sangre negra que circulaba por las venas.
Quiere vestirse. Diseña. Crea un mundo un poco mejor hecho. Vamos a decirlo de ese modo.
He aquí un traje de papel. De lejos parece de seda, unas gasas de colores pastel…
Se ha creado un personaje. Era lo que faltaba. Su yo. Podrá activarlo, manipularlo, maquillarlo, disfrazarlo… o dejarlo desnudo. Yo, la otra.
Oye, espejo…
Recién salida de la adolescencia: terapias psiquiátricas. ¿Cómo no iba a querer ser Catherine?
Todo parece una lucha.
Es una breve guerra.
Todo sucede tan aprisa, y todo es terminante, sin que pueda constituir el revés de las cosas:
“Madre, no soy culpable en absoluto de todo lo malo que ha ocurrido en mi vida. Ni un solo gesto, ni una sola mirada o pensamiento míos, ni una sola acción, han podido ser causantes de mi desgracia. He amado con pasión la vida, he amado de ella todo, hasta lo más pequeño y de escaso precio. No he merecido este final que no entiendo y al que me he resistido hasta el último aliento.”
¿Qué tal en un cuadro?
No es demasiado original. Estoy segura de que otros lo habrán imaginado igualmente.
Lo que importa es lo que hagamos nosotros. Estamos en cuadro.
De acuerdo. ¿Qué cuadro?
Me parece que uno de Pollock.
¿Por qué no Albers, o Picasso?
¿Qué me dices de Balthus?
Mejor Klee.
Entonces nos quedamos en los contenedores de basura: el mundo se ha venido abajo, las aguas todo lo cubren, los cielos se han teñido de negro en pleno mediodía, ha cesado la voz, las miradas han muerto…
Pollock: enérgico anda alrededor de un lienzo en el suelo:
-¿Sabes? Es posible, viendo la pintura, comprobando donde soltaba los chorros de pintura, dibujar la excursión en torno al cuadro, sus idas y venidas por el espacio del sucio garaje de Springs. Las sendas metafísicas, el estupor de la borrachera, la intuición prodigiosa, el tropezón del torpe, el genio de la nueva estética.
El viaje a Amsterdam: el tren de los niños a Treblinka, a Bergen-Belse, Auschwitz… (ay, no el Tren de la Bruja y la escoba de los domingos soleados en la Feria de las Navidades, en la alameda inocente, al otro lado del río).
En todas las épocas, todo niño cree que el mundo le reserva algo bueno y hermoso, sin embargo éstos, camino del gas de cianuro, ya ven el infierno que se esconde tras la negrura de la noche, no les engañan, y les domina el terror mientras se mean encima cogidos de la mano sin dejar de andar, sin dejar de andar…
Fugitiva ella (del infierno). Pero recuerda que sólo unas décadas atrás has atravesado Ellis Island. Siempre, alguien, franquea el paso a alguien en esta vida de cancerberos: dinero, mano de obra, ganado.
Enclave judeo-alemán en Washington Heights. Esta chica lista ni siquiera se pelea con las compañeras del Pratt Institute. Va a lo suyo, con los libros bien sujetos contra el pecho y la mirada decidida adelante, sin fijarse en los sementales de granos y tupé. No es rica, funciona con becas, llega hasta Yale. Donde llegaría si no…
Ella, a lo suyo.
Josef Albers. Yale. Escuela de Artes Visuales. El color. Y el viejo alemán discursea sobre razones cromáticas. Los tiene como conejillos de indias, el teórico. Escribe libros. “Compradlos”, dice. “Aprended de ahí”. No se aprende a pintar en los libros. De ahí tanto fracasado en el siglo XX, cuando la teoría era la sangre negra que circulaba por las venas.
Quiere vestirse. Diseña. Crea un mundo un poco mejor hecho. Vamos a decirlo de ese modo.
He aquí un traje de papel. De lejos parece de seda, unas gasas de colores pastel…
Se ha creado un personaje. Era lo que faltaba. Su yo. Podrá activarlo, manipularlo, maquillarlo, disfrazarlo… o dejarlo desnudo. Yo, la otra.
Oye, espejo…
Recién salida de la adolescencia: terapias psiquiátricas. ¿Cómo no iba a querer ser Catherine?
Todo parece una lucha.
Es una breve guerra.
Todo sucede tan aprisa, y todo es terminante, sin que pueda constituir el revés de las cosas:
“Madre, no soy culpable en absoluto de todo lo malo que ha ocurrido en mi vida. Ni un solo gesto, ni una sola mirada o pensamiento míos, ni una sola acción, han podido ser causantes de mi desgracia. He amado con pasión la vida, he amado de ella todo, hasta lo más pequeño y de escaso precio. No he merecido este final que no entiendo y al que me he resistido hasta el último aliento.”
jueves, 22 de septiembre de 2011
HESSE 6 (Ensayos para un estilo)
Fairy Tales:
el libro, de tapas duras, hermoso, repleto de grandes ilustraciones azules, rosas, grises y amarillas, las siluetas negras de los mejores dibujantes de su época, y quizás de las de todas: Arthur Rackham, Nielsen, Kate Greenaway, los colores planos de Denslow, los ensueños cromáticos de Watter Crane y los animalarios de la Potter, la solitaria, la emilydickinson de Hill Top…: el mejor escondite para una imaginación infantil.
Mientras la bruja, antes de morir, ve rodar su propia cabeza junto al árbol maravilloso, los viandantes, bien abrigados, pasan delante de la cerillera a la que el frío y la nieve sumen para siempre en el sueño, cerca del negro callejón bordeado de cubos de basura donde disfrazada de buhonera la Dama de las Nieves se las ve y se las desea para arrancar del seno de los hombres los pensamientos y las fuerzas del espíritu.
Ah, pero a la ideología subyacente ahora se le añadía el veneno de la figuración: qué mundos, qué añoranza: desea con pasión vergonzante al soldado con espada, tan marcial, sueña como la pobre cerillera imágenes pretéritas, se rodea riendo por lo bajo de flores casquivanas, es la princesa delicada, admira a la cocinera glotona que calza zapatos con tacones rojos y trasiega inocente de culpas un buen trago de vino, un trago tras otro trago, y otro más, lo que la hacía valiente a la vez que ingeniosa. Sabed que los muertos no bailan: tienen cosas más importantes que hacer (Andersen dixit), y sobre la tumba de los pobres brota la atanasia, y, en fin, como ocurre con frecuencia en el mundo, los que poseen cabezas muy pequeñas son los más dichosos, y esto es suficiente como introducción.
Por lo demás, cálzate unos zapatos rojos y entérate de una vez que todos no podemos ser nobles y es preciso que cada uno haga su trabajo, y como suele decirse, aquel que lleve a cabo gestas increíbles se casará con la hija del rey y entrará en posesión de la mitad del reino.
Otrosí: el escarabajo tomó esposa y el primer día lo pasó muy bien; el segundo, mejor aún. Pero al tercer día tuvo que pensar en alimentar a la parienta, así que… se marchó volando en busca de unas herraduras de oro como las que llevaba en sus pezuñas el caballo del emperador.
Las palabras adquieren volumen, levitan, se transforman en figuras, objetos: paisajes y personajes danzan en una zarabanda inolvidable y gitana.
Cenicienta, Caperucita Roja, Blancanieves, La Bella Durmiente, Alicia, Eva Hesse: escribió (tan cuidadosa ella) en los márgenes del cuaderno escolar con tinta verde.
Y nunca tuvo ninguna duda acerca de quien de todas era ella: La Reina de las Hadas.
La Casa Encantada, La Fantasía, se desmoronan.
1970.
Suena el despertador. Como sabe que está viva, le repugna despertar. Se hallaba tan acogida en los brazos de las tinieblas, un lugar tan muelle, acomodaticio, a salvo de las aguas y de las palabras dichas en voz alta, de la brusquedad del día y de los otros. ¿Qué Reino era ése? El de los Sueños. Extiende la mano, pero con los ojos cerrados todavía. Nacen las sombras: temor al alba. El cuerpo ahora parece de madera, una materia rígida y dura, inflexible. ¿Qué podría hacerse con él? No modelarlo, este barro ya no sirve. Tal vez tallarlo con el mejor cincel, la más resistente bujarda... desbastarlo con la imaginación. El cuerpo que tanto nos traiciona al fin… Debe moverlo de sitio, accionarlo, obligarle a la ejecución de alguna de sus funciones fisiológicas. Contrólalo. Sé su dueña, aunque sea él quien va a matarte. Pídele agua. Ordénale que excrete. Pídele que se vuelva de costado, que estire las piernas, que expanda los pulmones, que salive la boca reseca, que deje quieto el corazón.
¿Es la hora testamentaria?
¿Qué hay del negro, el alónimo?
Ábrele tu corazón: que sea el quien invente.
¿Qué cuenta el Talmud en estos casos?
El recetario de los despropósitos confía demasiado en el sentido común y la bondad de los desconocidos.
¿Quieres ser inmaterial?
Érase una vez una pequeña judía que voló hasta el País de Nunca Jamás para convertirse en La Reina de las Hadas. Etcétera.
¿Qué se esconde en lo más profundo e invisible del cerebro? La nada. Ese grumo viscoso y blanquecino de obsolescencia programada es de una petulancia y miserabilidad manifiestas a despecho de su sofisticado mecanismo y enredosa geografía de causas, reacciones y efectos. En una, todo era una brutal aunque silenciosa reacción química, combinaciones físicas propias de autómatas a fin de cuentas, hombres y mujeres máquinas blandas que huelen, albergan fluidos, excretan, se pudren aún en vida y desaparecen.
Despiertas, te acciona un mero reflejo (si bien misterioso), todo es temible. Comienza el escrutinio de ti misma. No hace falta que
te palpes, te reconoces, te nombras, enseguida te has recuperado del benéfico letargo de las sombras y la luz, de aquella luz que tanto amabas como la buena artista que eras, y que ahora ya comparece amenazadora, revelando los decorados a punto de desmoronarse.
Y querrías no ser, desencadenar el pensamiento de la miserable y taimada adición de la carne, recrearse en los interiores paisajes de ti misma.
Sólo querrías dormir, adentrarte en el sopor de Rip vanWinkle: dejar que las cosas se arreglen o mueran solas. Ejecutor, el tiempo. Siempre lo es. No deja de serlo ni un solo segundo. Con sorna funcionarial, que él, El Gran Balduque, se encargue de marear gavetas aquí a cullá por las covachuelas y el oscuro negocio de los días.
La princesita está triste: el país de las hadas es contiguo al campo de concentración, y la bruma del bosque encantado se entremezcla con el gas de las cámaras de exterminio: yacer en el lecho perfumado bajo dosel del Príncipe Azul no se halla ni un centímetro más lejos del hediondo camastro lleno de piojos del kapo.
La vida… En efecto, es un cuento: sin final feliz. Te seré sincero, princesita, no es la imaginación la que le da las formas, dibuja sus trazas cochineras o la invade de felices regiones donde sus habitantes trabajan, aman, son dichosos y no se mueren nunca.
No, así. Todo es muy diferente con los humanos y las humanas cosas con fecha de caducidad, de obsolescencia programada.
Ya no existe el cuerpo, la materia que tanto te ha dado. Levitas por encima del detritus, de los trastos y herramientas oxidadas, de los malos olores del polímero. Vuelas, y a diferencia de mamá se trata de un vuelo eterno, incesante, ni siquiera el aire te roza, te mantienes en el espacio de las hadas, donde todo es etéreo, intangible, toda materia es un soplo de aire, música las voces, las miradas de oro, la dulce nieve de las alas de los ángeles.
¿De qué está hecha una hada?
De lo que todos.
Y a la ventura del… hado.
Campanilla cierra el libro.
De golpe. ¡Plaf!
Un polvillo dorado sale disparado de las hojas aplastadas por las tapa, se esparce en el aire espeso y púrpura de la tarde hasta desaparecer.
Se acabó la fiesta.
el libro, de tapas duras, hermoso, repleto de grandes ilustraciones azules, rosas, grises y amarillas, las siluetas negras de los mejores dibujantes de su época, y quizás de las de todas: Arthur Rackham, Nielsen, Kate Greenaway, los colores planos de Denslow, los ensueños cromáticos de Watter Crane y los animalarios de la Potter, la solitaria, la emilydickinson de Hill Top…: el mejor escondite para una imaginación infantil.
Mientras la bruja, antes de morir, ve rodar su propia cabeza junto al árbol maravilloso, los viandantes, bien abrigados, pasan delante de la cerillera a la que el frío y la nieve sumen para siempre en el sueño, cerca del negro callejón bordeado de cubos de basura donde disfrazada de buhonera la Dama de las Nieves se las ve y se las desea para arrancar del seno de los hombres los pensamientos y las fuerzas del espíritu.
Ah, pero a la ideología subyacente ahora se le añadía el veneno de la figuración: qué mundos, qué añoranza: desea con pasión vergonzante al soldado con espada, tan marcial, sueña como la pobre cerillera imágenes pretéritas, se rodea riendo por lo bajo de flores casquivanas, es la princesa delicada, admira a la cocinera glotona que calza zapatos con tacones rojos y trasiega inocente de culpas un buen trago de vino, un trago tras otro trago, y otro más, lo que la hacía valiente a la vez que ingeniosa. Sabed que los muertos no bailan: tienen cosas más importantes que hacer (Andersen dixit), y sobre la tumba de los pobres brota la atanasia, y, en fin, como ocurre con frecuencia en el mundo, los que poseen cabezas muy pequeñas son los más dichosos, y esto es suficiente como introducción.
Por lo demás, cálzate unos zapatos rojos y entérate de una vez que todos no podemos ser nobles y es preciso que cada uno haga su trabajo, y como suele decirse, aquel que lleve a cabo gestas increíbles se casará con la hija del rey y entrará en posesión de la mitad del reino.
Otrosí: el escarabajo tomó esposa y el primer día lo pasó muy bien; el segundo, mejor aún. Pero al tercer día tuvo que pensar en alimentar a la parienta, así que… se marchó volando en busca de unas herraduras de oro como las que llevaba en sus pezuñas el caballo del emperador.
Las palabras adquieren volumen, levitan, se transforman en figuras, objetos: paisajes y personajes danzan en una zarabanda inolvidable y gitana.
Cenicienta, Caperucita Roja, Blancanieves, La Bella Durmiente, Alicia, Eva Hesse: escribió (tan cuidadosa ella) en los márgenes del cuaderno escolar con tinta verde.
Y nunca tuvo ninguna duda acerca de quien de todas era ella: La Reina de las Hadas.
La Casa Encantada, La Fantasía, se desmoronan.
1970.
Suena el despertador. Como sabe que está viva, le repugna despertar. Se hallaba tan acogida en los brazos de las tinieblas, un lugar tan muelle, acomodaticio, a salvo de las aguas y de las palabras dichas en voz alta, de la brusquedad del día y de los otros. ¿Qué Reino era ése? El de los Sueños. Extiende la mano, pero con los ojos cerrados todavía. Nacen las sombras: temor al alba. El cuerpo ahora parece de madera, una materia rígida y dura, inflexible. ¿Qué podría hacerse con él? No modelarlo, este barro ya no sirve. Tal vez tallarlo con el mejor cincel, la más resistente bujarda... desbastarlo con la imaginación. El cuerpo que tanto nos traiciona al fin… Debe moverlo de sitio, accionarlo, obligarle a la ejecución de alguna de sus funciones fisiológicas. Contrólalo. Sé su dueña, aunque sea él quien va a matarte. Pídele agua. Ordénale que excrete. Pídele que se vuelva de costado, que estire las piernas, que expanda los pulmones, que salive la boca reseca, que deje quieto el corazón.
¿Es la hora testamentaria?
¿Qué hay del negro, el alónimo?
Ábrele tu corazón: que sea el quien invente.
¿Qué cuenta el Talmud en estos casos?
El recetario de los despropósitos confía demasiado en el sentido común y la bondad de los desconocidos.
¿Quieres ser inmaterial?
Érase una vez una pequeña judía que voló hasta el País de Nunca Jamás para convertirse en La Reina de las Hadas. Etcétera.
¿Qué se esconde en lo más profundo e invisible del cerebro? La nada. Ese grumo viscoso y blanquecino de obsolescencia programada es de una petulancia y miserabilidad manifiestas a despecho de su sofisticado mecanismo y enredosa geografía de causas, reacciones y efectos. En una, todo era una brutal aunque silenciosa reacción química, combinaciones físicas propias de autómatas a fin de cuentas, hombres y mujeres máquinas blandas que huelen, albergan fluidos, excretan, se pudren aún en vida y desaparecen.
Despiertas, te acciona un mero reflejo (si bien misterioso), todo es temible. Comienza el escrutinio de ti misma. No hace falta que
te palpes, te reconoces, te nombras, enseguida te has recuperado del benéfico letargo de las sombras y la luz, de aquella luz que tanto amabas como la buena artista que eras, y que ahora ya comparece amenazadora, revelando los decorados a punto de desmoronarse.
Y querrías no ser, desencadenar el pensamiento de la miserable y taimada adición de la carne, recrearse en los interiores paisajes de ti misma.
Sólo querrías dormir, adentrarte en el sopor de Rip vanWinkle: dejar que las cosas se arreglen o mueran solas. Ejecutor, el tiempo. Siempre lo es. No deja de serlo ni un solo segundo. Con sorna funcionarial, que él, El Gran Balduque, se encargue de marear gavetas aquí a cullá por las covachuelas y el oscuro negocio de los días.
La princesita está triste: el país de las hadas es contiguo al campo de concentración, y la bruma del bosque encantado se entremezcla con el gas de las cámaras de exterminio: yacer en el lecho perfumado bajo dosel del Príncipe Azul no se halla ni un centímetro más lejos del hediondo camastro lleno de piojos del kapo.
La vida… En efecto, es un cuento: sin final feliz. Te seré sincero, princesita, no es la imaginación la que le da las formas, dibuja sus trazas cochineras o la invade de felices regiones donde sus habitantes trabajan, aman, son dichosos y no se mueren nunca.
No, así. Todo es muy diferente con los humanos y las humanas cosas con fecha de caducidad, de obsolescencia programada.
Ya no existe el cuerpo, la materia que tanto te ha dado. Levitas por encima del detritus, de los trastos y herramientas oxidadas, de los malos olores del polímero. Vuelas, y a diferencia de mamá se trata de un vuelo eterno, incesante, ni siquiera el aire te roza, te mantienes en el espacio de las hadas, donde todo es etéreo, intangible, toda materia es un soplo de aire, música las voces, las miradas de oro, la dulce nieve de las alas de los ángeles.
¿De qué está hecha una hada?
De lo que todos.
Y a la ventura del… hado.
Campanilla cierra el libro.
De golpe. ¡Plaf!
Un polvillo dorado sale disparado de las hojas aplastadas por las tapa, se esparce en el aire espeso y púrpura de la tarde hasta desaparecer.
Se acabó la fiesta.
martes, 20 de septiembre de 2011
HESSE 5 (Ensayos para un estilo)
Alicia cumple 10 años.
Feliz cumpleaños, Eva.
Su padre, sin poder contener las lágrimas, entrega a la llorosa pequeña Hesse Alicia en el País de las Maravillas, una bonita edición ilustrada con tinta china de color y tapas de tela de azul de mar. Una obra de arte tipográfica.
El cuento había nacido el 4 de julio de 1862, una tarde de calor, perfumada por la vegetación exuberante que cubría la ribera del río estival. Tan distinta a este mediodía del viernes 11 de enero del 46, gris y frío, lluvioso, aterrador.
Su padre: llora por las hijas, por el mundo.
3 días atrás: su antes esposa, madre siempre de sus dos hijas, se suicida: a volar.
Tal vez en el 42 ó en el 43, si en la guerrera Germania hubiera seguido, habría sido rata en los campos de exterminio, y su muerte, tan cruel e injusta, fuera más sacra en la futura arqueología del recuerdo.
Al agujero.
Hizo la lista de los bichos que aparecen en el libro: conejo, ratón, lirón, gato…
En otro tiempo también fue una rata-niño. Una pequeña Evchen del 1 por 100 que infestaba el mapa de los arios bosques de Germania mangoneando de su savia.
El tío Mengele, el buen doctor de los niños aplicados y las niñas aseadas, aguarda tu llegada con una chocolatina en la mano: eres una excelente materia prima para sus felices experimentos, tu vaginilla infantil es un buen tesoro donde escarbar. Antes, un bonito corte de pelo, kilos de cabello infantil acrecientan una montaña en el suelo: una vez hilado sirve para la fabricación de calcetines de fieltro.
Una judía alemana de Hamburgo, una Reichsdeutsche, que se libraría del primero de los estigmas: la estrella de David de color amarillo cosida a la ropa. Atrás quedarían en algún mercadillo callejero los enseres domésticos en almoneda, las pruebas materiales del origen y los ancestros, que más tarde o más temprano acabarían asesinados en Minsk, Kaunas o Riga o en la misma Tierra del Señor de Auschwitz: se arrastraban cansados, pero ignorantes de su suerte, bajo las copas cargadas de flores que pueblan el arbolado camino hacia las duchas del mortífero gas.
Pero papá sabe lo que se hace desde hace años. Precisamente, tú ya naciste sin el pañal cagado de una bandera, justo el año que se promulga una ley (?) alemana que niega a los judíos nacidos entre sus fronteras la nacionalidad del reich milenario.
Sin patria: una hebrea, una paria salida del desierto (que es tierra de nadie) llegada desde Hamburgo y Lódz a un barracón de ladrillo rojo, a la Casita Roja o a la Casita Blanca, y de allí a la purificación por el fuego sin figurar ni siquiera en el Totenbuch.
Aunque en la desbandada no compartió la suerte de las otras doscientas mil ratas-niño exterminadas en Auschwitz y Bikernau, a las que ni siquiera se les dio la oportunidad de un tumor o un accidente de automóvil acechando en una esquina del destino inescrutable de después.
Tras el expolio de la casa amplia y lujosa, la relegación a un apartamento más pequeño en una zona delimitada para los impuros; después, la masificación de la colmena judía y, luego, las alcantarillas. De ahí, al crematorio. O al enterramiento prematuro: las descargas de las armas hacen caer al hoyo eterno a esos muertos en vida, de pie en el mismo borde de la zanja, que ni imploran misericordia. Mueren con la sumisión del animal manso y honrado. Son enterrados con premura. Al día siguiente, puede verse la tierra moviéndose. Todavía siguen con vida algunos de los sepultados, que malheridos rebullen en su agonía bajo la superficie que cubre el agujero negro y fatal.
Luego de la Kristallnacht, el patriarca levanta la tienda y huye con el rebaño temiendo lo peor, que siempre llega.
La Gran Alemania ya es judenfrei.
Deja atrás el resplandor rojizo de la sinagoga incendiada y se aleja de una curiosa piedad que, en breve, sustenta sus razones humanitarias de exterminio en la rapidez del gas frente a la tortura del hambre y la inanición.
Un mecanismo de gran efectividad que reúne a la vez la fábrica de matar y la pronta depuración de los cadáveres.
Ésta también es la cara oculta de la luna del ser humano y su atrabiliaria y remota condición: la deliberada y fría destrucción de sus compañeros de especie por una simple cuestión de matiz.
Aquella tierra de promisión entre dos ríos al suroeste de Polonia iba a ser el destino.
Mas hubo una pausa (sea, pues, artista, sentenció el oráculo).
Y de ella, naces tú, artistilla.
No engañabas a nadie, pequeña seta venenosa.
A pesar de su vistoso atavío, del color brillante y prometedor, el hongo que se oculta tras el disfraz es tóxico y letal. No habrá compasión para estas pequeñas arpías que, llegadas a la edad adulta, se transforman en prolíficas paridoras de monstruos con los rollos de la Torá bajo el brazo y la faltriquera escondida entre sus ropas de cuervo. Aplastad con la suela de la bota reluciente esas setas malditas y conspiradoras.
ARBEIT MACHT FREI
¡Nunca dejaste de hacerlo!
La mies es mucha. ¡Qué pocos los días!
Soñando. Por ello trabajaba.
Un vislumbre.
Una épica en la que ya no existían los héroes, sólo las víctimas, los victimarios, los castigos.
La ninfa convertida en álamo plateado.
A lo largo de su vida pensó que la impregnaba en todo momento lo mitológico. ¿Cómo podía ser de otra manera? Bien pronto todo empezó a ser extraordinario. Por las aceras, y lo reflejaban los cristales de las tiendas y las cafeterías, y también su mente lo proyectaba a cada instante delante de ella, allanando el camino, anduvo un mito –ella habla en pasado-; fue la protagonista ejemplar de unos hechos extraordinarios y misteriosos: la vida y la muerte, los hechos.
Aporía: tu arte nada representa.
Se representa muy bien a sí mismo: cuerda, madera, la química excrecencia.
Lo mutilas de cualquier comprensión. Se invalida en el preciso instante de su creación.
Su valor irá en aumento, pues has sido desgraciada, hasta trágica.
Feliz cumpleaños, Eva.
Su padre, sin poder contener las lágrimas, entrega a la llorosa pequeña Hesse Alicia en el País de las Maravillas, una bonita edición ilustrada con tinta china de color y tapas de tela de azul de mar. Una obra de arte tipográfica.
El cuento había nacido el 4 de julio de 1862, una tarde de calor, perfumada por la vegetación exuberante que cubría la ribera del río estival. Tan distinta a este mediodía del viernes 11 de enero del 46, gris y frío, lluvioso, aterrador.
Su padre: llora por las hijas, por el mundo.
3 días atrás: su antes esposa, madre siempre de sus dos hijas, se suicida: a volar.
Tal vez en el 42 ó en el 43, si en la guerrera Germania hubiera seguido, habría sido rata en los campos de exterminio, y su muerte, tan cruel e injusta, fuera más sacra en la futura arqueología del recuerdo.
Al agujero.
Hizo la lista de los bichos que aparecen en el libro: conejo, ratón, lirón, gato…
En otro tiempo también fue una rata-niño. Una pequeña Evchen del 1 por 100 que infestaba el mapa de los arios bosques de Germania mangoneando de su savia.
El tío Mengele, el buen doctor de los niños aplicados y las niñas aseadas, aguarda tu llegada con una chocolatina en la mano: eres una excelente materia prima para sus felices experimentos, tu vaginilla infantil es un buen tesoro donde escarbar. Antes, un bonito corte de pelo, kilos de cabello infantil acrecientan una montaña en el suelo: una vez hilado sirve para la fabricación de calcetines de fieltro.
Una judía alemana de Hamburgo, una Reichsdeutsche, que se libraría del primero de los estigmas: la estrella de David de color amarillo cosida a la ropa. Atrás quedarían en algún mercadillo callejero los enseres domésticos en almoneda, las pruebas materiales del origen y los ancestros, que más tarde o más temprano acabarían asesinados en Minsk, Kaunas o Riga o en la misma Tierra del Señor de Auschwitz: se arrastraban cansados, pero ignorantes de su suerte, bajo las copas cargadas de flores que pueblan el arbolado camino hacia las duchas del mortífero gas.
Pero papá sabe lo que se hace desde hace años. Precisamente, tú ya naciste sin el pañal cagado de una bandera, justo el año que se promulga una ley (?) alemana que niega a los judíos nacidos entre sus fronteras la nacionalidad del reich milenario.
Sin patria: una hebrea, una paria salida del desierto (que es tierra de nadie) llegada desde Hamburgo y Lódz a un barracón de ladrillo rojo, a la Casita Roja o a la Casita Blanca, y de allí a la purificación por el fuego sin figurar ni siquiera en el Totenbuch.
Aunque en la desbandada no compartió la suerte de las otras doscientas mil ratas-niño exterminadas en Auschwitz y Bikernau, a las que ni siquiera se les dio la oportunidad de un tumor o un accidente de automóvil acechando en una esquina del destino inescrutable de después.
Tras el expolio de la casa amplia y lujosa, la relegación a un apartamento más pequeño en una zona delimitada para los impuros; después, la masificación de la colmena judía y, luego, las alcantarillas. De ahí, al crematorio. O al enterramiento prematuro: las descargas de las armas hacen caer al hoyo eterno a esos muertos en vida, de pie en el mismo borde de la zanja, que ni imploran misericordia. Mueren con la sumisión del animal manso y honrado. Son enterrados con premura. Al día siguiente, puede verse la tierra moviéndose. Todavía siguen con vida algunos de los sepultados, que malheridos rebullen en su agonía bajo la superficie que cubre el agujero negro y fatal.
Luego de la Kristallnacht, el patriarca levanta la tienda y huye con el rebaño temiendo lo peor, que siempre llega.
La Gran Alemania ya es judenfrei.
Deja atrás el resplandor rojizo de la sinagoga incendiada y se aleja de una curiosa piedad que, en breve, sustenta sus razones humanitarias de exterminio en la rapidez del gas frente a la tortura del hambre y la inanición.
Un mecanismo de gran efectividad que reúne a la vez la fábrica de matar y la pronta depuración de los cadáveres.
Ésta también es la cara oculta de la luna del ser humano y su atrabiliaria y remota condición: la deliberada y fría destrucción de sus compañeros de especie por una simple cuestión de matiz.
Aquella tierra de promisión entre dos ríos al suroeste de Polonia iba a ser el destino.
Mas hubo una pausa (sea, pues, artista, sentenció el oráculo).
Y de ella, naces tú, artistilla.
No engañabas a nadie, pequeña seta venenosa.
A pesar de su vistoso atavío, del color brillante y prometedor, el hongo que se oculta tras el disfraz es tóxico y letal. No habrá compasión para estas pequeñas arpías que, llegadas a la edad adulta, se transforman en prolíficas paridoras de monstruos con los rollos de la Torá bajo el brazo y la faltriquera escondida entre sus ropas de cuervo. Aplastad con la suela de la bota reluciente esas setas malditas y conspiradoras.
ARBEIT MACHT FREI
¡Nunca dejaste de hacerlo!
La mies es mucha. ¡Qué pocos los días!
Soñando. Por ello trabajaba.
Un vislumbre.
Una épica en la que ya no existían los héroes, sólo las víctimas, los victimarios, los castigos.
La ninfa convertida en álamo plateado.
A lo largo de su vida pensó que la impregnaba en todo momento lo mitológico. ¿Cómo podía ser de otra manera? Bien pronto todo empezó a ser extraordinario. Por las aceras, y lo reflejaban los cristales de las tiendas y las cafeterías, y también su mente lo proyectaba a cada instante delante de ella, allanando el camino, anduvo un mito –ella habla en pasado-; fue la protagonista ejemplar de unos hechos extraordinarios y misteriosos: la vida y la muerte, los hechos.
Aporía: tu arte nada representa.
Se representa muy bien a sí mismo: cuerda, madera, la química excrecencia.
Lo mutilas de cualquier comprensión. Se invalida en el preciso instante de su creación.
Su valor irá en aumento, pues has sido desgraciada, hasta trágica.
lunes, 19 de septiembre de 2011
HESSE 4 (Ensayos para un estilo)
“Soy una artista. Me siento distinta a los demás. Y quiero serlo.” Lo ha escrito en una carta a su padre. Los renglones bien rectos, la letra enérgica.
No hay vuelta atrás. Tiene 17 años. Sin embargo, al año siguiente inicia una serie de terapias psiquiátricas. Se veía venir: “Quizás el arte…”
-¿Qué puedes contarme de Pollock?
-Existen montones de anécdotas dramáticas e incluso trágicas, escabrosas, divertidas y hasta apócrifas respecto a él.
-Quizás, no. Era un alcohólico. Y eso da mucho juego para la fábula. Rompía cristales. Conducía despavorido, como huyendo de él mismo. Se inventaba a cada instante.
“Veamos eso”, dijo.
Pero aún tardarían muchos meses en enfrentarse a ello.
De acuerdo, tenía a Pollock metido en la sangre: “Yo era una chica Pollock. ¡Pero jamás me vestí como una chica Pollock!”
Muy bien: eras una chica pollock. Pero odiabas disfrazarte como ellas.
Hasta ahí podíamos llegar, hasta los modelos espantapájaros Beaton sobre el fondo-Pollock: vestir maniquíes vivas con los trapos pintarrajeados de modistos triviales inspirados en las obras del gañán de los cubos de acrílicos.
En Brooklyn, hacia el 44: el tren elevado en la 86. Imagina que se cruzaba con el niño de las estrellas, Sagan. Llegarían a verse. Coincidían, de adolescentes, en la biblioteca de la 85, buscando en las estanterías de libros infantiles lo que se encontraba en los estantes de los libros adultos. Eran dos iniciados. Pero no se conocían entre sí. Buenos vecinos, buenos niños. Buenos judíos que Dios arroja al mundo, dijo otro. Brooklyn, por entonces, era una enorme extensión de edificios no muy altos, la mayor parte de ladrillo, gris oscuro o rojizo, casi sin rascacielos, viejos barrios por donde el olor de los guisos recién cocinados se escapaba por las ventanas abiertas, calles anchas, divertidas, reconocibles, con el auténtico sabor a la América del melting pot y las doscientas lenguas y dialectos, hasta la luz y el color parecían europeos, los barrios entrañables y con identidad propia, calles que hablaban idiomas distintos: los viejos olores de los comistrajos ancestrales, ruidos y costumbres de la Europa secular, la palabra distinta, la risa universal.
1954: “Hábleme de usted”. Hay una luz tenue que a ella le dan ganas de reír porque le recuerda a su hermana y a ella cuando eran niñas y jugaban al escondite: siempre engañaba a la otra, y, a hurtadillas, desaparecía de verdad saliendo de casa y daba un par de vueltas a la manzana hasta que se cansaba, mientras su hermana en absoluta perplejidad la buscaba de habitación en habitación pensando que se había vuelto invisible de verdad.
El tipo, orondo, cabello liso bien peinado a raya, fuma en pipa y viste chaqueta de mezclilla con coderas y un pantalón oscuro. Debajo viste un suéter de cuello de cisne, negro. Es un tipo de esos, un tipo “máscara”.
Recién salida de la adolescencia, todos son complejos. Esta crisálida no acaba de cuajar. Está el acné, el menstruo, y esas rodillas de áspera piel (piedra pómez, querida, le aconseja su madrastra), los huesos prominentes…
Está la mamá que vuela con las faldas a la altura de la cintura enseñando las bragas.
Está papá, que no le quiere lo suficiente, y ello mortifica a la pequeña Evchen.
Le gusta pensar que es distinta a los demás, aunque no físicamente.
Desea vivir con todas las fuerzas de su alma, pero la vida le asusta con frecuencia.
“Soy distinta a los demás.”
Bueno, todos los demás son distintos a nosotros.
“¿Qué le hace creer eso?”.
No sabe contestar. El tipo da una larga chupada a la pipa. Casi le echa el humo a la cara. 1954: fumar es un arte, y fumar en pipa aún más, esa elegancia de los dedos asidos a la tibia cazoleta, el aroma a tabaco de indias, las blancas volutas del humo fragante. Hablamos de prestigio: estilográfica chapada en oro, los lentes de montura también dorada, el sello de piedra azul en la mano izquierda. Detrás del interrogador se alinean hileras de libros con lomeras en piel, tejuelos coloreados: verde esmeralda, rojo burdeos, blanco marfil, o hueso, negro y dorado. Imagina ella la letrería, las artísticas capitulares… Estantería de gruesa madera (¿nogal sin pulir?), sólida, con los libros perfectamente enfilados en el borde de los estantes. Hesse, con disimulo, intenta leer a hurtadillas algún título. Imposible a causa de la luz. Se retuerce las manos de futura artista, ahora de jovencita a quien le sudan las palmas de las manos delante de un indagador-instigador profesional.
“De acuerdo, sus padres se divorciaron, su padre se casó de nuevo, su madre se suicidó. Pero apenas la conocía. Tenía 10 años cuando murió. Usted, verdaderamente, quería más a su padre, su lado, digamos, intelectual. ¿No es así? No vaya a hacer un problema de la muerte de su madre. Esa fue una opción. Y le incumbía solamente a ella. Recuerde, el libre albedrío… El desarraigo, la pena de amor…”.
No sabe que contestar. Al final, harta de toda la pamplina, simplifica las cosas: “Tengo miedo”, dice.
El otro se le queda mirando estúpidamente. Cara de manual, no se mueve un ápice sentado en el sillón de cuero verde. La luz confortable, ambos entre cálidas penumbras, adueñada la estancia por los silencios intermitentes. El tiempo apresado en el reloj de arena es implacable. Cada sesión es un puñado de dólares que su padre paga religiosamente. Por mí como si no te espabilas nunca, niña.
-Tienes que contestar unas preguntas.
-¿De qué clase?
Se ha puesto en guardia.
-Nada importante.
-En ese caso me inventaré las respuestas.
Raymond Th. Yeats/E.:
Como fuere, una mañana Hesse, todavía en el Instituto Cooper, un adolescente nerviosa con las piernas al aire, entró en la librería propiedad de Raymond Th. Yeats. Preguntó por un libro “rarísimo”, diría el librero, de título inventado por alguno de sus compañeros, que le gastaba una broma pesada.
“Lo tendré en un par de días…”, contestó el librero.
Así que… nunca encontró el libro.
Hesse fue creciendo, de una manera inteligente, digamos; el otro, parecía detenido en el tiempo. Siempre parecía tener la misma edad, la misma mirada inteligente. Se hicieron amigos. Es buena cosa tener un librero de amigo, casi tanto como tener un libro. O mil, pensaría Evchen.
Joanna, después de la cena, en algún sitio del Village. Llama por teléfono.
“Vuelvo al hotel”, dice.
Ha equivocado el objetivo de una de las dos cámaras que siempre lleva encima.
“¿Es realmente preciso que lo hagas?”, le pregunto todavía con la copa en la mano, recién salido de la ducha, cansado después de un día de ajetreo.
“Es absolutamente preciso.”
Al cabo de unos instantes aparece por la puerta.
Cambia el cristal. Comprueba trebejos de nuevo.
Precipitada, sale otra vez a la película de afuera que es Nueva York
No hay vuelta atrás. Tiene 17 años. Sin embargo, al año siguiente inicia una serie de terapias psiquiátricas. Se veía venir: “Quizás el arte…”
-¿Qué puedes contarme de Pollock?
-Existen montones de anécdotas dramáticas e incluso trágicas, escabrosas, divertidas y hasta apócrifas respecto a él.
-Quizás, no. Era un alcohólico. Y eso da mucho juego para la fábula. Rompía cristales. Conducía despavorido, como huyendo de él mismo. Se inventaba a cada instante.
“Veamos eso”, dijo.
Pero aún tardarían muchos meses en enfrentarse a ello.
De acuerdo, tenía a Pollock metido en la sangre: “Yo era una chica Pollock. ¡Pero jamás me vestí como una chica Pollock!”
Muy bien: eras una chica pollock. Pero odiabas disfrazarte como ellas.
Hasta ahí podíamos llegar, hasta los modelos espantapájaros Beaton sobre el fondo-Pollock: vestir maniquíes vivas con los trapos pintarrajeados de modistos triviales inspirados en las obras del gañán de los cubos de acrílicos.
En Brooklyn, hacia el 44: el tren elevado en la 86. Imagina que se cruzaba con el niño de las estrellas, Sagan. Llegarían a verse. Coincidían, de adolescentes, en la biblioteca de la 85, buscando en las estanterías de libros infantiles lo que se encontraba en los estantes de los libros adultos. Eran dos iniciados. Pero no se conocían entre sí. Buenos vecinos, buenos niños. Buenos judíos que Dios arroja al mundo, dijo otro. Brooklyn, por entonces, era una enorme extensión de edificios no muy altos, la mayor parte de ladrillo, gris oscuro o rojizo, casi sin rascacielos, viejos barrios por donde el olor de los guisos recién cocinados se escapaba por las ventanas abiertas, calles anchas, divertidas, reconocibles, con el auténtico sabor a la América del melting pot y las doscientas lenguas y dialectos, hasta la luz y el color parecían europeos, los barrios entrañables y con identidad propia, calles que hablaban idiomas distintos: los viejos olores de los comistrajos ancestrales, ruidos y costumbres de la Europa secular, la palabra distinta, la risa universal.
1954: “Hábleme de usted”. Hay una luz tenue que a ella le dan ganas de reír porque le recuerda a su hermana y a ella cuando eran niñas y jugaban al escondite: siempre engañaba a la otra, y, a hurtadillas, desaparecía de verdad saliendo de casa y daba un par de vueltas a la manzana hasta que se cansaba, mientras su hermana en absoluta perplejidad la buscaba de habitación en habitación pensando que se había vuelto invisible de verdad.
El tipo, orondo, cabello liso bien peinado a raya, fuma en pipa y viste chaqueta de mezclilla con coderas y un pantalón oscuro. Debajo viste un suéter de cuello de cisne, negro. Es un tipo de esos, un tipo “máscara”.
Recién salida de la adolescencia, todos son complejos. Esta crisálida no acaba de cuajar. Está el acné, el menstruo, y esas rodillas de áspera piel (piedra pómez, querida, le aconseja su madrastra), los huesos prominentes…
Está la mamá que vuela con las faldas a la altura de la cintura enseñando las bragas.
Está papá, que no le quiere lo suficiente, y ello mortifica a la pequeña Evchen.
Le gusta pensar que es distinta a los demás, aunque no físicamente.
Desea vivir con todas las fuerzas de su alma, pero la vida le asusta con frecuencia.
“Soy distinta a los demás.”
Bueno, todos los demás son distintos a nosotros.
“¿Qué le hace creer eso?”.
No sabe contestar. El tipo da una larga chupada a la pipa. Casi le echa el humo a la cara. 1954: fumar es un arte, y fumar en pipa aún más, esa elegancia de los dedos asidos a la tibia cazoleta, el aroma a tabaco de indias, las blancas volutas del humo fragante. Hablamos de prestigio: estilográfica chapada en oro, los lentes de montura también dorada, el sello de piedra azul en la mano izquierda. Detrás del interrogador se alinean hileras de libros con lomeras en piel, tejuelos coloreados: verde esmeralda, rojo burdeos, blanco marfil, o hueso, negro y dorado. Imagina ella la letrería, las artísticas capitulares… Estantería de gruesa madera (¿nogal sin pulir?), sólida, con los libros perfectamente enfilados en el borde de los estantes. Hesse, con disimulo, intenta leer a hurtadillas algún título. Imposible a causa de la luz. Se retuerce las manos de futura artista, ahora de jovencita a quien le sudan las palmas de las manos delante de un indagador-instigador profesional.
“De acuerdo, sus padres se divorciaron, su padre se casó de nuevo, su madre se suicidó. Pero apenas la conocía. Tenía 10 años cuando murió. Usted, verdaderamente, quería más a su padre, su lado, digamos, intelectual. ¿No es así? No vaya a hacer un problema de la muerte de su madre. Esa fue una opción. Y le incumbía solamente a ella. Recuerde, el libre albedrío… El desarraigo, la pena de amor…”.
No sabe que contestar. Al final, harta de toda la pamplina, simplifica las cosas: “Tengo miedo”, dice.
El otro se le queda mirando estúpidamente. Cara de manual, no se mueve un ápice sentado en el sillón de cuero verde. La luz confortable, ambos entre cálidas penumbras, adueñada la estancia por los silencios intermitentes. El tiempo apresado en el reloj de arena es implacable. Cada sesión es un puñado de dólares que su padre paga religiosamente. Por mí como si no te espabilas nunca, niña.
-Tienes que contestar unas preguntas.
-¿De qué clase?
Se ha puesto en guardia.
-Nada importante.
-En ese caso me inventaré las respuestas.
Raymond Th. Yeats/E.:
Como fuere, una mañana Hesse, todavía en el Instituto Cooper, un adolescente nerviosa con las piernas al aire, entró en la librería propiedad de Raymond Th. Yeats. Preguntó por un libro “rarísimo”, diría el librero, de título inventado por alguno de sus compañeros, que le gastaba una broma pesada.
“Lo tendré en un par de días…”, contestó el librero.
Así que… nunca encontró el libro.
Hesse fue creciendo, de una manera inteligente, digamos; el otro, parecía detenido en el tiempo. Siempre parecía tener la misma edad, la misma mirada inteligente. Se hicieron amigos. Es buena cosa tener un librero de amigo, casi tanto como tener un libro. O mil, pensaría Evchen.
Joanna, después de la cena, en algún sitio del Village. Llama por teléfono.
“Vuelvo al hotel”, dice.
Ha equivocado el objetivo de una de las dos cámaras que siempre lleva encima.
“¿Es realmente preciso que lo hagas?”, le pregunto todavía con la copa en la mano, recién salido de la ducha, cansado después de un día de ajetreo.
“Es absolutamente preciso.”
Al cabo de unos instantes aparece por la puerta.
Cambia el cristal. Comprueba trebejos de nuevo.
Precipitada, sale otra vez a la película de afuera que es Nueva York
domingo, 18 de septiembre de 2011
HESSE 3 (Ensayos para un estilo)
El Testigo, el negro:
La soñaba en el 65.
La soñaba en el 67. ¿Existe? Pero ¿existías tú?
La palpaba. Era de carne y hueso.
Pero eso fue después, en el 68.
Nada parecía indicarlo: estaría perdida entre los más de doscientos millones de habitantes de los Estados Unidos de la época. Los diez de Nueva York. Los cuatro de Brooklyn. Pero tampoco nada decía lo contrario: vive, crece, estudia y trabaja en un barrio universal, Manhattan: dos millones de hormigas hacendosas; también, entre ellas, algunas triunfadoras y muchas pordioseras, decenas de miles con la lengua fuera y los zapatos agujereados.
Una Nueva York próspera, esperanzada y… feroz. Un arterial e inmenso barullo de estímulos. O todo o nada. Es así de sencillo.
Cien años por delante. En la capital del mundo.
¿Y él?
Ya con los pies en Nueva York (1968,1969, 1970) secundaba perruno a Joanna (la mano de Virgilio) que arrastraba los ojos negros (verdes, intercambiables) de cristal robando sin cesar almas y espectros, la dureza de las piedras, los espejos de las fachadas, aceros y neones… Gentes y calles… todo acababa en la cámara oscura, las tripas de la Nikon.
Mas, tres eran.
¿Quién es el tercero que camina en todo momento junto a ellos?
Sólo estamos tú yo, esa es la cuenta, dijo.
“¿A quién buscas?”, preguntaba Joanna al verle ensimismado, ausente en otro universo.
A nadie.
Pero delante, sobre el camino blanco, siempre hay alguien que camina a nuestro lado envuelto en oscuro manto, hombre o mujer, perro.
Pero ¿quién es quien a tu lado va?
La descubría en las calles atestadas o en las avenidas interminables. La aislaba de entre los edificios y la marea de automóviles, los flujos incesantes de transeúntes, la destacaba por encima de los anuncios luminosos y las proclamas vistosas en grandes cartelones de hierro, la enfatizaba de lo populoso, estridente, la definía de entre una multitud neoyorquina avasalladora, de una indiferencia tumultuosa que a él no podía sino antojársele hostil. Una tarde, harto de estudiantes ociosos y el desfile insultante de sus cuerpos soberbios en el parque, del espectáculo de una juventud desinhibida que ya le quedaba lejos, escapa de una brisa convertida de pronto en un fuerte viento que parece nacer de los misma grisura del Hudson, atraviesa Riverside cansino y derrotado, pues piensa en su alarmante desnudez frente a ella, su irrefrenable sensación de precariedad. Entonces la descubre en la avenida Amsterdam, cerca del cruce con Broadway; va acompañada de una amiga, un borrón confuso y despreciable, pues él siempre ve a Hesse a solas: viene en su dirección, atrápala, se dice, déjala libre, magnífica, para ti, para nadie más, qué se creen. Que nadie sospeche lo de más adelante. Nadie cree del todo aquello que le es contado. Sin las credenciales que otorga lo palpable, lo evidente, todo acaba en papel mojado.
La primera vez que la siente junto a él, que sabe de sus huellas, sus lugares, su suerte, los años de después.
Abril de 1968.
Aún está descubriendo el inmenso olor de la ciudad, el que emerge del vapor subterráneo de las calefacciones, de las rejillas de los respiraderos del metro, el tufo de los bares de neón y de las cafeterías tubulares, la sombra olorosa de los inmensos vestíbulos de los rascacielos, de la golosa papelería de sus grandes y pequeñas librerías, de las aceras atestadas, de su aire de cemento, del frío de cristal, la desnudez del acero…
Le protege la cosmética de lo medido, la cautela en todo.
Es media tarde y los rayos de un sol desmayado penetran por los cristales sucios, a duras penas logran iluminar el pequeño apartamento escondido en el Downtown de una Nueva York todavía oscura, crudamente inhóspita a pesar de la primavera. Una luz de oro… etcétera. Desde primeras horas de la mañana Hesse no ha podido ocultar su satisfacción, a pesar de que por alguna razón que él no entiende intenta mostrar indiferencia. Ayer visitó la muestra de Sol LeWitt. Durante unos instantes le habla de este artista, amigo suyo, del que él también tenía noticias hace algún tiempo. Varios ejemplares de Artforum descansan sobre una mesilla auxiliar de listones de madera sin barnizar, frente a una biblioteca de pie también de madera desnuda. La revista publica en su último número una crítica muy alentadora de Emily Wasserman con motivo de su exposición en la Fischbach Gallery. La han comentado durante el almuerzo. La reseña destaca en especial dos obras muy queridas por Hesse, Repetition 19 III y Accesion III, en las que se adivina, según escribe la autora, un toque fascinante de sensualidad y diversión procesual. La artista no ha podido disimular una sonrisa de conformidad al leer esas líneas en voz alta.
Seguramente han tomado varios snaps, pues el tipo se siente algo aturdido, con un persistente sabor dulzón en el paladar, la lengua pastosa. En realidad, está temblando de pasión, pero algo hay de ternura en el deseo violento que le domina. Sería suficiente con acariciar su piel, sentir la carne viva de sus brazos desnudos, besar sus mejillas arreboladas, hundir los dedos en la larga, perfumada y sedosa cabellera. Casi está a punto de abalanzarse sobre ella, sentada a pocos centímetros en el sofá con la revista sobre el regazo. En ese instante se vuelve hacia él, muy seria, con una mirada que él entiende implorante…
Avanza la mano, la punta de los dedos. Toca la nada.
[Debería corregir el estilo.]
Es el vértigo, etcétera. (La toma entre sus brazos, sus oscuros ojos que le miran entregada, que se entrecierran (…) Y empieza a anochecer en una Nueva York aún desconocida, inabordable, temible.
Después: nunca deja de sentir ese desmayo cuando revive la tarde de abril del 68, su cuerpo acogedor de matrona feliz, su misma presencia de La Gran Madre Judía… Es, siempre, un desfallecimiento.
Ella, escribe, renegaría atónita de la potencia y eficacia de una inteligencia beligerante (la de él), siempre alerta. Él es gris; ella, la elegida por los dioses, brilla como una luminaria en la noche de los aprendices. Le miraba divertida. Eso le irritaría a él, estaba demasiado en guardia ante los demás. Disfrazaba la suspicacia con la frialdad del carácter. Disimulaba como podía las manías. Esa rigidez atenuaba su ingenio, a diferencia de la otra, temerosa pero lista y llena de certidumbres. Y él, peripatético, que aún no había descubierto el aserto: no te tomes muy en serio a ti mismo, es probable que seas la única persona en el mundo que lo hace. Pero era casi el principio de todo. Más para él que para ella. Luego, la vorágine, las idas y venidas, el sinsentido del final inminente, todo sobrevino demasiado aprisa y todo fue demasiado embarullado. La crónica de después en forma de escritura fortalece una memoria en exceso distraída.
Una punzada de desolación se abate en la sangre: con qué celeridad se disipaban los días, sus luces diferentes y sus actos triviales o encomiables, se hundía el tiempo en el abismo y nos arrastraba con él mientras la urbe amanecía azul, se tornaba amarilla, se desangraba cada noche. Qué cruel alcanza a ser esa medida tan precisa, las pausas de la mañana y la tarde, sus gentes, sus colores y ruidos, la singladura cotidiana repleta de propósitos, tan lejano todo ello al terror y la angustia que se anuda en la garganta del desahuciado para el que ya nada del mundo ni los seres que lo pueblan muestra grandeza alguna. Todo es sólo un accidente. Tu nombre, el color de la piel, tu origen, la apariencia que te significa. La vida es absurda, la muerte le arrebata cualquier posibilidad de sentido. Qué dislate. Entonces la ironía… ¿De qué te sirve el desparpajo ahora? El rostro de la muerte sobresale tras cualquier cosa, envilece cualquier sentimiento. Una desgana física e intelectual impregna todo desde la rabia silenciada, el escepticismo inicial que prevalece ante lo fatídico atenúa algo la causa arbitraria e injusta: en el fondo es una barbarie. No hay resignación, hay derrota. La muerte puede con todo lo imaginable. Incluso anticipándote a ella, precipitándola, puede. A ella, a la guadaña de los milenios primeros y oscuros, no le importa el camino que elijas, tampoco la hora. No escaparás. Esa certeza no elude la lucha, ni el empuje… a la nada finalmente. Qué desastre, qué ironía.
Su coraje apabullaba. Podría decirse que le obligaba a uno a creerse capaz de superar el listón de sus talentos, pocos o medianos, fueran de la naturaleza que fuesen. “Siempre se puede ir más allá”, afirmaba. Pero el verdadero estímulo era su presencia viva. Crédulo hasta la médula, él podía seguirla hasta el infierno. La creía porque era real (y sobre esa base rotunda la inventaba mejor).
Un deseo vehemente de destacar en algo le embarga mientras no aparta los ojos de ella, la escucha con indisimulado arrobo: alienta personajes maravillosos en lo más hondo de sí mismo, en él, en cualquiera de las personas que la rodeaban de modo constante, que más pronto o más tarde acabarían revelándose en el interior de todos ellos. Los hacía emerger del sucio y oscuro grumo de los abatidos andantes a su lado: somos plurales, podemos ser cualquier cosa, héroe o villano, soberbio triunfador o perdedor solitario, rebelde y magnífico. Era magnética, hasta predicadora. Esa era la esperanza, crear de nosotros mismos un ser memorable y capaz más allá de resultados plausibles. No había que venirse abajo. Nunca había razón para ello, aseguraba. El proceso hasta ese alumbramiento era la misión más digna, al menos la que justificaba nuestro paso por la tierra. Luego, amabas hasta los mismos tuétanos de la tierra, te revolcabas en ella porque era tu verdadera piel. La tierra es el arte.
La naturaleza es sabia, suele decirse. Nada más lejos de eso. Esa monstruosidad ambulante del planeta es ciega a pesar de las leyes que la rigen. Los errores se multiplican a cada segundo, sin duda en la misma medida que los aciertos y las felices casualidades. No hay una regla que la exima de la torpeza y lo criminal en su curioso avatar, tan dominado, esto sí, por el entramado de sus axiomas físicos.
Te hago inteligente, insustituible. Pero yo acoto por un error de diseño el tiempo de tu eternidad y sus afanes. La torpeza del final precoz desmiente toda predeterminación y cálculo: morirás joven. Una chapuza genética. Un fracaso cósmico.
Hoy sabemos que son plurales las formas despiadadas del caos. ¿Lo mitiga algún orden de aspiración humana?
Y bien, toda la clave de su obra reside en el absurdo: no expliques nada. Vive. Y juega. Todo puede ser un juguete magnífico: ilógico, un noser. Con las formas será bastante. El caos es divertido, aberrante, imprevisible. Implacable ley física.
Además, ¿para qué mentir? Esto (la vida, sus hechos y sus obras) no puede acabar bien. O sí. Pero la cuestión es que acaba, y de muy mala manera.
Toda mi obra -podría haber dicho, y seguramente pronunció alguna noche ya epifánica ante los dioses que la arrebataban de la vida-, se concibió para ser creada y no contemplada.
El absurdo… ¿en qué consiste? Acaso esa sensación nos domine cuando acaece lo impredecible. Sólo eso: lo imprevisible nos aturde y nos sume en el desconcierto. Nada, así, parece tener sentido ¡Pero todo es impredecible, hasta lo más nimio!
Con ella dentro del mundo, éste tenía un orden (aunque ella siempre sostuvo que el absurdo era el entramado real de toda apariencia), y él era capaz de percibir una geometría fascinante inmerso en el mismo caos y los disparates incesantes de una humanidad con graves imperfecciones. Ella, su arte y su vida, al justificarlo todo ante sus ojos, reflejaba un orden que él equivocaba al creerlo genuino del mundo.
Una vez desapareció, lo perceptible volvía a ser despreciable y ruin. Carecía de sentido en una conjunción física y química que se empecina en anular tajante el alma, un sentimiento. Materia, al fin, déjate llevar. Y, después…
Dijo, y fue publicado en el mismo mes terrible de mayo de 1970: “Siento el absurdo total de las obras de los artistas que amo. Respecto a mí, el contenido de mi trabajo, en cuanto a su relación con los materiales que lo conforman, sí, es realmente absurdo. Puede decirse de ese modo.”
La soñaba en el 65.
La soñaba en el 67. ¿Existe? Pero ¿existías tú?
La palpaba. Era de carne y hueso.
Pero eso fue después, en el 68.
Nada parecía indicarlo: estaría perdida entre los más de doscientos millones de habitantes de los Estados Unidos de la época. Los diez de Nueva York. Los cuatro de Brooklyn. Pero tampoco nada decía lo contrario: vive, crece, estudia y trabaja en un barrio universal, Manhattan: dos millones de hormigas hacendosas; también, entre ellas, algunas triunfadoras y muchas pordioseras, decenas de miles con la lengua fuera y los zapatos agujereados.
Una Nueva York próspera, esperanzada y… feroz. Un arterial e inmenso barullo de estímulos. O todo o nada. Es así de sencillo.
Cien años por delante. En la capital del mundo.
¿Y él?
Ya con los pies en Nueva York (1968,1969, 1970) secundaba perruno a Joanna (la mano de Virgilio) que arrastraba los ojos negros (verdes, intercambiables) de cristal robando sin cesar almas y espectros, la dureza de las piedras, los espejos de las fachadas, aceros y neones… Gentes y calles… todo acababa en la cámara oscura, las tripas de la Nikon.
Mas, tres eran.
¿Quién es el tercero que camina en todo momento junto a ellos?
Sólo estamos tú yo, esa es la cuenta, dijo.
“¿A quién buscas?”, preguntaba Joanna al verle ensimismado, ausente en otro universo.
A nadie.
Pero delante, sobre el camino blanco, siempre hay alguien que camina a nuestro lado envuelto en oscuro manto, hombre o mujer, perro.
Pero ¿quién es quien a tu lado va?
La descubría en las calles atestadas o en las avenidas interminables. La aislaba de entre los edificios y la marea de automóviles, los flujos incesantes de transeúntes, la destacaba por encima de los anuncios luminosos y las proclamas vistosas en grandes cartelones de hierro, la enfatizaba de lo populoso, estridente, la definía de entre una multitud neoyorquina avasalladora, de una indiferencia tumultuosa que a él no podía sino antojársele hostil. Una tarde, harto de estudiantes ociosos y el desfile insultante de sus cuerpos soberbios en el parque, del espectáculo de una juventud desinhibida que ya le quedaba lejos, escapa de una brisa convertida de pronto en un fuerte viento que parece nacer de los misma grisura del Hudson, atraviesa Riverside cansino y derrotado, pues piensa en su alarmante desnudez frente a ella, su irrefrenable sensación de precariedad. Entonces la descubre en la avenida Amsterdam, cerca del cruce con Broadway; va acompañada de una amiga, un borrón confuso y despreciable, pues él siempre ve a Hesse a solas: viene en su dirección, atrápala, se dice, déjala libre, magnífica, para ti, para nadie más, qué se creen. Que nadie sospeche lo de más adelante. Nadie cree del todo aquello que le es contado. Sin las credenciales que otorga lo palpable, lo evidente, todo acaba en papel mojado.
La primera vez que la siente junto a él, que sabe de sus huellas, sus lugares, su suerte, los años de después.
Abril de 1968.
Aún está descubriendo el inmenso olor de la ciudad, el que emerge del vapor subterráneo de las calefacciones, de las rejillas de los respiraderos del metro, el tufo de los bares de neón y de las cafeterías tubulares, la sombra olorosa de los inmensos vestíbulos de los rascacielos, de la golosa papelería de sus grandes y pequeñas librerías, de las aceras atestadas, de su aire de cemento, del frío de cristal, la desnudez del acero…
Le protege la cosmética de lo medido, la cautela en todo.
Es media tarde y los rayos de un sol desmayado penetran por los cristales sucios, a duras penas logran iluminar el pequeño apartamento escondido en el Downtown de una Nueva York todavía oscura, crudamente inhóspita a pesar de la primavera. Una luz de oro… etcétera. Desde primeras horas de la mañana Hesse no ha podido ocultar su satisfacción, a pesar de que por alguna razón que él no entiende intenta mostrar indiferencia. Ayer visitó la muestra de Sol LeWitt. Durante unos instantes le habla de este artista, amigo suyo, del que él también tenía noticias hace algún tiempo. Varios ejemplares de Artforum descansan sobre una mesilla auxiliar de listones de madera sin barnizar, frente a una biblioteca de pie también de madera desnuda. La revista publica en su último número una crítica muy alentadora de Emily Wasserman con motivo de su exposición en la Fischbach Gallery. La han comentado durante el almuerzo. La reseña destaca en especial dos obras muy queridas por Hesse, Repetition 19 III y Accesion III, en las que se adivina, según escribe la autora, un toque fascinante de sensualidad y diversión procesual. La artista no ha podido disimular una sonrisa de conformidad al leer esas líneas en voz alta.
Seguramente han tomado varios snaps, pues el tipo se siente algo aturdido, con un persistente sabor dulzón en el paladar, la lengua pastosa. En realidad, está temblando de pasión, pero algo hay de ternura en el deseo violento que le domina. Sería suficiente con acariciar su piel, sentir la carne viva de sus brazos desnudos, besar sus mejillas arreboladas, hundir los dedos en la larga, perfumada y sedosa cabellera. Casi está a punto de abalanzarse sobre ella, sentada a pocos centímetros en el sofá con la revista sobre el regazo. En ese instante se vuelve hacia él, muy seria, con una mirada que él entiende implorante…
Avanza la mano, la punta de los dedos. Toca la nada.
[Debería corregir el estilo.]
Es el vértigo, etcétera. (La toma entre sus brazos, sus oscuros ojos que le miran entregada, que se entrecierran (…) Y empieza a anochecer en una Nueva York aún desconocida, inabordable, temible.
Después: nunca deja de sentir ese desmayo cuando revive la tarde de abril del 68, su cuerpo acogedor de matrona feliz, su misma presencia de La Gran Madre Judía… Es, siempre, un desfallecimiento.
Ella, escribe, renegaría atónita de la potencia y eficacia de una inteligencia beligerante (la de él), siempre alerta. Él es gris; ella, la elegida por los dioses, brilla como una luminaria en la noche de los aprendices. Le miraba divertida. Eso le irritaría a él, estaba demasiado en guardia ante los demás. Disfrazaba la suspicacia con la frialdad del carácter. Disimulaba como podía las manías. Esa rigidez atenuaba su ingenio, a diferencia de la otra, temerosa pero lista y llena de certidumbres. Y él, peripatético, que aún no había descubierto el aserto: no te tomes muy en serio a ti mismo, es probable que seas la única persona en el mundo que lo hace. Pero era casi el principio de todo. Más para él que para ella. Luego, la vorágine, las idas y venidas, el sinsentido del final inminente, todo sobrevino demasiado aprisa y todo fue demasiado embarullado. La crónica de después en forma de escritura fortalece una memoria en exceso distraída.
Una punzada de desolación se abate en la sangre: con qué celeridad se disipaban los días, sus luces diferentes y sus actos triviales o encomiables, se hundía el tiempo en el abismo y nos arrastraba con él mientras la urbe amanecía azul, se tornaba amarilla, se desangraba cada noche. Qué cruel alcanza a ser esa medida tan precisa, las pausas de la mañana y la tarde, sus gentes, sus colores y ruidos, la singladura cotidiana repleta de propósitos, tan lejano todo ello al terror y la angustia que se anuda en la garganta del desahuciado para el que ya nada del mundo ni los seres que lo pueblan muestra grandeza alguna. Todo es sólo un accidente. Tu nombre, el color de la piel, tu origen, la apariencia que te significa. La vida es absurda, la muerte le arrebata cualquier posibilidad de sentido. Qué dislate. Entonces la ironía… ¿De qué te sirve el desparpajo ahora? El rostro de la muerte sobresale tras cualquier cosa, envilece cualquier sentimiento. Una desgana física e intelectual impregna todo desde la rabia silenciada, el escepticismo inicial que prevalece ante lo fatídico atenúa algo la causa arbitraria e injusta: en el fondo es una barbarie. No hay resignación, hay derrota. La muerte puede con todo lo imaginable. Incluso anticipándote a ella, precipitándola, puede. A ella, a la guadaña de los milenios primeros y oscuros, no le importa el camino que elijas, tampoco la hora. No escaparás. Esa certeza no elude la lucha, ni el empuje… a la nada finalmente. Qué desastre, qué ironía.
Su coraje apabullaba. Podría decirse que le obligaba a uno a creerse capaz de superar el listón de sus talentos, pocos o medianos, fueran de la naturaleza que fuesen. “Siempre se puede ir más allá”, afirmaba. Pero el verdadero estímulo era su presencia viva. Crédulo hasta la médula, él podía seguirla hasta el infierno. La creía porque era real (y sobre esa base rotunda la inventaba mejor).
Un deseo vehemente de destacar en algo le embarga mientras no aparta los ojos de ella, la escucha con indisimulado arrobo: alienta personajes maravillosos en lo más hondo de sí mismo, en él, en cualquiera de las personas que la rodeaban de modo constante, que más pronto o más tarde acabarían revelándose en el interior de todos ellos. Los hacía emerger del sucio y oscuro grumo de los abatidos andantes a su lado: somos plurales, podemos ser cualquier cosa, héroe o villano, soberbio triunfador o perdedor solitario, rebelde y magnífico. Era magnética, hasta predicadora. Esa era la esperanza, crear de nosotros mismos un ser memorable y capaz más allá de resultados plausibles. No había que venirse abajo. Nunca había razón para ello, aseguraba. El proceso hasta ese alumbramiento era la misión más digna, al menos la que justificaba nuestro paso por la tierra. Luego, amabas hasta los mismos tuétanos de la tierra, te revolcabas en ella porque era tu verdadera piel. La tierra es el arte.
La naturaleza es sabia, suele decirse. Nada más lejos de eso. Esa monstruosidad ambulante del planeta es ciega a pesar de las leyes que la rigen. Los errores se multiplican a cada segundo, sin duda en la misma medida que los aciertos y las felices casualidades. No hay una regla que la exima de la torpeza y lo criminal en su curioso avatar, tan dominado, esto sí, por el entramado de sus axiomas físicos.
Te hago inteligente, insustituible. Pero yo acoto por un error de diseño el tiempo de tu eternidad y sus afanes. La torpeza del final precoz desmiente toda predeterminación y cálculo: morirás joven. Una chapuza genética. Un fracaso cósmico.
Hoy sabemos que son plurales las formas despiadadas del caos. ¿Lo mitiga algún orden de aspiración humana?
Y bien, toda la clave de su obra reside en el absurdo: no expliques nada. Vive. Y juega. Todo puede ser un juguete magnífico: ilógico, un noser. Con las formas será bastante. El caos es divertido, aberrante, imprevisible. Implacable ley física.
Además, ¿para qué mentir? Esto (la vida, sus hechos y sus obras) no puede acabar bien. O sí. Pero la cuestión es que acaba, y de muy mala manera.
Toda mi obra -podría haber dicho, y seguramente pronunció alguna noche ya epifánica ante los dioses que la arrebataban de la vida-, se concibió para ser creada y no contemplada.
El absurdo… ¿en qué consiste? Acaso esa sensación nos domine cuando acaece lo impredecible. Sólo eso: lo imprevisible nos aturde y nos sume en el desconcierto. Nada, así, parece tener sentido ¡Pero todo es impredecible, hasta lo más nimio!
Con ella dentro del mundo, éste tenía un orden (aunque ella siempre sostuvo que el absurdo era el entramado real de toda apariencia), y él era capaz de percibir una geometría fascinante inmerso en el mismo caos y los disparates incesantes de una humanidad con graves imperfecciones. Ella, su arte y su vida, al justificarlo todo ante sus ojos, reflejaba un orden que él equivocaba al creerlo genuino del mundo.
Una vez desapareció, lo perceptible volvía a ser despreciable y ruin. Carecía de sentido en una conjunción física y química que se empecina en anular tajante el alma, un sentimiento. Materia, al fin, déjate llevar. Y, después…
Dijo, y fue publicado en el mismo mes terrible de mayo de 1970: “Siento el absurdo total de las obras de los artistas que amo. Respecto a mí, el contenido de mi trabajo, en cuanto a su relación con los materiales que lo conforman, sí, es realmente absurdo. Puede decirse de ese modo.”
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