Salen de la 75 camino del Whitney, en Madison. De nuevo insiste en visionar algunos de sus secretos. La mole de granito y hormigón de Breuer, escalonada y de ventanas inconcebibles crea una panorámica en esta parte de Madison Avenue que desdice las fachadas aburridas, monótonas y opulentas que le secundan calle arriba y abajo.
Cruzan el vestíbulo. (En ese momento se da perfecta cuenta de que es un acompañante falso. “Desaparece”, ordena. Ya es invisible. Sólo Hesse.)
La artista suspicaz se detiene ante Los esponsales. De Gorky.
¿Qué sabes de Gorky?
Deglutía los patterns freudianos, lo esquizoide asomaba por el rabillo de sus ojos, el cielo áspero y la tierra quebrada del armenio, y, sin embargo, resolvía silencioso una obra luminosa en crueles o plácidos amarillos Vermeer, alejado ya del pastiche de aficionado receloso.
Un tipo torvo, bien preparado para el golpe, como todos aquellos que saben que la muerte no jugará con ellos al maldito escondite, que saben desde antiguo que más tarde o más temprano ellos mismos acabarán con su vida. La prueba final de un desafío a una vida siempre a rebosar de quebraduras y absurdas mortificaciones.
¿Cuándo se mata?
Poco después de saberse un trasto irrecuperable (cáncer, accidente de automóvil, el cuello roto).
¿No es eso jugar con ventaja? Lanza al mundo sólo jirones, unos retales de la existencia maltrecha y pendular entre la sobriedad y la fanfarronada.
Pero ese exterior plácido, bonancible, la mirada del niño sin tierra que contempla la línea del horizonte… Inventa los cromáticos subterfugios.
Esa amalgama antropomórfica que subyace tras las líneas del dibujo uniforma un discurso plástico cercano al drama existencial, tan alejado de la tragedia del Guernica. “Han sido mis acuarelas”, dice Hesse condescendiente. Pero también con un poco de excentricidad: prefiguran a Basquiat, a tantos otros. Todo lo suyo ha sido transversal, señora.
Ha visto a Hesse como una hada en busca del hálito: pues, obediente, él había desaparecido y la había dejado sola, viéndola cruzar a buen paso una de las salas, pasar de largo, liviana. La sigue a distancia. Va apresurada. Frente “a las estatuas”, acaso con miedo: huye de las pavorosas carnosidades de bronce de Lachaise, de Lipchitz y Archipenko, de la “madre y el hijo” de Zorach que han de constituir tu pesadilla de esta noche, una parada de monstruos que poblaran tus sueños de seres deformes e irreales, una carnaza para el deseo extravagante y medieval de los goliardos.
Hesse: la representación mata, el bulto aterrador de la masa destruye la veracidad del discurso de la forma. La sugerencia por muy brutal, hermética y extraña materialmente que fuere ha de salvar tus ilusiones.
Aunque acaso otros sean los monstruos, como bien supo retratar ya antes la chica seria de los Nemerov con la Leica colgada del alma, una Arbus todavía inocente, de su propia vida y la de los otros trastos andantes, sonrientes, indefensos…
jueves, 20 de octubre de 2011
lunes, 17 de octubre de 2011
HESSE 13
Una razón de ser: he aquí los fundamentos:
Es, dijo uno (o una) con la copa en la mano, bañado/a por la irreal luz de los 100 vatios, rodeado/a de periodistas escépticos, espectadores y otras gentes de pelaje artístico y/o comercial. Ella ya estaba muerta. Deambula el Testigo entre los figurantes de la plástica necrofilia. La exposición escatológica, por ejemplo: Eva Hesse: A Memorial Exhibition (Solomon R. Guggenheim, Nueva York, 1972.)
En realidad (es decir, en cierto modo, lo que parece, lo evidente…) es que la artista se halla por encima del Objectum. Digamos que el Subjectum sustancia la morfología de esa biología pensante en forma de trastos: dirige la construcción/disposición matérica en todo momento (diga lo que diga ella para marear la perdiz), el fundamentum de estas esforzadas maniobras es el sujeto, espectador/quien contempla, a su cerebro va proyectada la bala: la obra es el Mac Guffin. La eidos que esconde la turbamulta del objeto, lo efímero, es su verdadero arte inmortal.
En el fondo, no es nada romántica.
No va pintada, a pesar de ser bonita: otro gimmick.
Es una lógica, le aterra lo inductivo.
Duda: dilemas: trilemas. Todo es un enigma. Incluso los sentidos lo son. Si se ve ella misma, se aterra de su poquedad, de lo azaroso de su existencia: ¿podría trasladar su pequeñez criminal a lo universal? ¿Su obra es el testimonio de una experiencia particular?
Más a gusto se siente lejos de la heurística y laborando inmersa en algún proceso lógico.
La Hesse deductiva hurga y roba del mundo para amontonar su pequeño castillo de arena: sigue siendo la misma niña de Coney Island que vigilaba con el cubito azul y la pala roja en las manos artesanas que nadie pisoteara las almenas de su fortaleza dorada por el sol de la playa.
Y, sin embargo, el azar…
Todo es la realidad del mundo. Por mínima que ella sea, es un apéndice irrebatible de él.
Albers, dios encorbatado y pulcro de la razón, acompañaba a Hesse a la puerta guardando todos los miramientos, a pesar de su repugnancia por lo altisonante y desbarajustado de la obra en ciernes de la artista condenada. Cerraba el docto profesor y artista meticuloso tras de ellos con siete llaves el despacho tutorial rebosante de libros, mesura y ordenadas geometrías coloristas: “Hágame caso”, dictaminaba, “no se deje embaucar por la mera eufonía del caos, nada de ese desorden debería complacernos… Es una trampa saducea.”
A ella, se lo decía a ella, que sentía las células de su cerebro en plena correría, revoltosas y rebeldes, de aquí a acullá, aprendices de saltimbanqui criminal.
Desde lo alto del magisterio impecable, la corrección y la frialdad del sacerdocio edificante, encubierto por la discreción acusadora, la mira con pena mientras ella desciende al abismo de la entropía por derecho propio, rauda como el brillo del cuchillo.
El hombre respira teoría, cientifismo. La suya es una razón bien desvelada, nada de sueños ni de monstruos: la mente sabia, el ojo alerta, la camisa bien planchada, todo bien programado, lejos del chafarrinón.
Ella bajaría al infierno de las analogías, del símil indescifrable por la hondura de sus raíces. Perfecto juguete para el ajedrecista Duchamp.
Manoteaba en las olas del caos.
Es una bracera del alma, de lo que no se ve y es imposible representar con la sombra y la silueta platónicas. Y el crisol de donde extrae la leyenda humea dolorosos venenos:
Extrae la pócima sacrílega, reta a lo desconocido, blande la espada contra los más formidables enemigos de la convención y el plagio en pos de la piedra filosofal de lo extraordinario, lo oculto, lo real lejos de la mimesis.
¿Qué otra cosa podía hacer? Su lenguaje es el de una Eva recién despertada, aún con legañas en los ojos, maravillada por un paraíso donde a todo había que ponerle nombre.
Sabe lo que le espera: “Por Dios, que no sea demasiado rápido. Sólo quiero un poco más de tiempo…”
Ni hablar. Ya sabes como se las gasta Yahvé el Iracundo: a cuchillo, a sangre y fuego celebra degollinas, se complace en carnicerías y mil sacrificios, quema su cólera la pobre piel humana de niños y mayores, por no adorarle, por no postrarse de hinojos frente a él, el Sapientísimo, el Único, el Hacedor de Todas las Cosas.
Es, dijo uno (o una) con la copa en la mano, bañado/a por la irreal luz de los 100 vatios, rodeado/a de periodistas escépticos, espectadores y otras gentes de pelaje artístico y/o comercial. Ella ya estaba muerta. Deambula el Testigo entre los figurantes de la plástica necrofilia. La exposición escatológica, por ejemplo: Eva Hesse: A Memorial Exhibition (Solomon R. Guggenheim, Nueva York, 1972.)
En realidad (es decir, en cierto modo, lo que parece, lo evidente…) es que la artista se halla por encima del Objectum. Digamos que el Subjectum sustancia la morfología de esa biología pensante en forma de trastos: dirige la construcción/disposición matérica en todo momento (diga lo que diga ella para marear la perdiz), el fundamentum de estas esforzadas maniobras es el sujeto, espectador/quien contempla, a su cerebro va proyectada la bala: la obra es el Mac Guffin. La eidos que esconde la turbamulta del objeto, lo efímero, es su verdadero arte inmortal.
En el fondo, no es nada romántica.
No va pintada, a pesar de ser bonita: otro gimmick.
Es una lógica, le aterra lo inductivo.
Duda: dilemas: trilemas. Todo es un enigma. Incluso los sentidos lo son. Si se ve ella misma, se aterra de su poquedad, de lo azaroso de su existencia: ¿podría trasladar su pequeñez criminal a lo universal? ¿Su obra es el testimonio de una experiencia particular?
Más a gusto se siente lejos de la heurística y laborando inmersa en algún proceso lógico.
La Hesse deductiva hurga y roba del mundo para amontonar su pequeño castillo de arena: sigue siendo la misma niña de Coney Island que vigilaba con el cubito azul y la pala roja en las manos artesanas que nadie pisoteara las almenas de su fortaleza dorada por el sol de la playa.
Y, sin embargo, el azar…
Todo es la realidad del mundo. Por mínima que ella sea, es un apéndice irrebatible de él.
Albers, dios encorbatado y pulcro de la razón, acompañaba a Hesse a la puerta guardando todos los miramientos, a pesar de su repugnancia por lo altisonante y desbarajustado de la obra en ciernes de la artista condenada. Cerraba el docto profesor y artista meticuloso tras de ellos con siete llaves el despacho tutorial rebosante de libros, mesura y ordenadas geometrías coloristas: “Hágame caso”, dictaminaba, “no se deje embaucar por la mera eufonía del caos, nada de ese desorden debería complacernos… Es una trampa saducea.”
A ella, se lo decía a ella, que sentía las células de su cerebro en plena correría, revoltosas y rebeldes, de aquí a acullá, aprendices de saltimbanqui criminal.
Desde lo alto del magisterio impecable, la corrección y la frialdad del sacerdocio edificante, encubierto por la discreción acusadora, la mira con pena mientras ella desciende al abismo de la entropía por derecho propio, rauda como el brillo del cuchillo.
El hombre respira teoría, cientifismo. La suya es una razón bien desvelada, nada de sueños ni de monstruos: la mente sabia, el ojo alerta, la camisa bien planchada, todo bien programado, lejos del chafarrinón.
Ella bajaría al infierno de las analogías, del símil indescifrable por la hondura de sus raíces. Perfecto juguete para el ajedrecista Duchamp.
Manoteaba en las olas del caos.
Es una bracera del alma, de lo que no se ve y es imposible representar con la sombra y la silueta platónicas. Y el crisol de donde extrae la leyenda humea dolorosos venenos:
Extrae la pócima sacrílega, reta a lo desconocido, blande la espada contra los más formidables enemigos de la convención y el plagio en pos de la piedra filosofal de lo extraordinario, lo oculto, lo real lejos de la mimesis.
¿Qué otra cosa podía hacer? Su lenguaje es el de una Eva recién despertada, aún con legañas en los ojos, maravillada por un paraíso donde a todo había que ponerle nombre.
Sabe lo que le espera: “Por Dios, que no sea demasiado rápido. Sólo quiero un poco más de tiempo…”
Ni hablar. Ya sabes como se las gasta Yahvé el Iracundo: a cuchillo, a sangre y fuego celebra degollinas, se complace en carnicerías y mil sacrificios, quema su cólera la pobre piel humana de niños y mayores, por no adorarle, por no postrarse de hinojos frente a él, el Sapientísimo, el Único, el Hacedor de Todas las Cosas.
domingo, 16 de octubre de 2011
HESSE 12
Las perversiones artísticas no deberían andar lejos de una sexualidad liberada del tabú o la inmensa falsedad de una decencia que termina desexualizando al individuo. Una moral equivocada redujo al cuerpo a la mazmorra del miramiento cuando debió ser siempre un instrumento para el placer en alianza con un pensamiento libre y reflexivo.
Nada en el cuerpo es culpable. No hay pecado original. Y todo en el arte es sensualidad.
Nada en la creación fue susceptible de corrección: lo adaptable sólo exigía tiempo, nada había de predeterminación.
He aquí, por tanto, que un arte pródigo exige la desinhibición absoluta: un arte de los sentidos que no repugnara de lo racional, la emoción corregida por la regla llevada al paroxismo: ninguna regresión debería ser contemplada ante el vacío y la angustia de un cuerpo único y consciente, irrepetible, desnudo, vulnerable y finalmente destruido frente el mundo y su destino cósmico con fecha de caducidad.
En un arte Hesse, en una vida Hesse, la creación es libre, el cuerpo es libre. Los modelos son inexistentes, las reglas adánicas, sin dioses y regulaciones, sin el castigo o la pena.
El arte como campo de batalla: extraer del imaginario de lo desconocido la metáfora del mundo o del propio suceso de uno mismo (sus avatares y ganancias) a palo limpio.
La única locura en este arte sólo es la liberación, la rebelión mítica. Y ello conduce a la transformación, a lo provocativo, el retorno a lo instintivo en una nueva noche de los tiempos.
Ella, la taimada kibitzer, sobrevolando las realidades terrestres, entrometiéndose en mil historias, paralizándolas en forma de arte con materiales muertos, pronto putrefactos y, al cabo, disueltos en el polvo de la nada terrestre.
Y, no obstante, existe un deseo órfico en ese heteróclito conjunto de obras, este diablo cojuelo que levanta los techos de lo visible ansía derrotar a la muerte mediante el subterfugio de la ilusión, de la magia dominguera del siglo XX que sucede y prolonga las tareas de Vermeer de Delft, Velázquez, Van Gogh y Picasso.
“Aunque, no se fíe”, previno. “Después del puñetazo en los ojos le querrán quitar la bolsa.”
Siempre van tras ella, los mercaderes de hombres: una religión llena de cepillos donde guardar a buen recaudo las monedas birladas a los otros.
Entretanto, la artista, con las mangas de la blusa arremangadas por encima del codo, la boca abierta y los ojos espabilados chapotea en la estética de la irrealidad, esculpe con la imaginación y labora con la disposición y el uso extravagantes frente a lo utilitario y funcional realistas. Lo estético riñe con correcto, aparta a manotazos aquellas de las ideas que puedan hermanarse con la geometría milenaria del orden cotidiano, la línea (el garabato imposible) platónico y equilibrado, pues el arte es la libertad absoluta de los sentidos, y ella, La Reina de lo Intuitivo, así lo cree, y en su mente libérrima baraja las cartas de Las Leyes al Tuntún.
¿Dónde está la razón?, se pregunta escéptica.
En ese momento, ya tiene ganada la partida.
Respecto al Diario…, dijo.
Sólo salpicaduras, manchitas en las grandes hojas de los días, una ingenuidad bien que justificable a causa de lo extraño de ese terrorífico e inaceptable maridaje del pensamiento con el saco de huesos, vísceras y sangre que es el cuerpo: fábrica de traición, de dolor y de muerte.
Quizás no hablamos de una secuenciación íntima, sino éxtima, un diario de sucesos visibles y sufridos, el goce pero también la tortura del cuerpo, las humillaciones, la perplejidad ante la nada, la mueca difícilmente reprimible del miedo.
A fin de cuentas ¿qué es un diario? Sólo jirones, un sustitutivo incompleto de lo que vemos, pensamos y sentimos… El decorado y los adornos de un ego estúpido: estamos condenados a desaparecer y lo que dejamos atrás será nada más que antigualla o las cenizas patéticas de quien se creía la más bella del bosque: palabras probablemente mal escritas.
Cae la piedra: sueña: hacia arriba.
Un poema de Wallace Stevens. El cuento de Parker. El cuadro de Gorky. Los seres sombra de Giacometti.
En dos años: aprender francés, ducharme con agua fría siempre y mirar a los ojos de los demás mientras hablan en lugar de a sus bocas de tenebrosa hondura.
Todo cabe en el Diario.
¡Pero jamás una flor seca, de pétalos quemados y aplastados entre sus páginas!
¿Qué pasa si acaba el tiempo… sólo él, no las cosas ni la naturaleza, ni nosotros mismos?
Salinger: orígenes: un judío taciturno, quizás.
Una mancha: partir de ahí: empieza a hablar, pronto adopta su forma, se delinea, parece salir de la pared, ya es.
El viento de Nueva York: aúlla entre los edificios, zarandea los árboles… Un gemido interminable, enloquecedor, invisible…: amenazas, duelos, la crispación latente, el miedo soterrado que la furia del aire saca a la luz.
Ciudad agrietada que, al dejar escapar humos y vapores, nunca cesa de mostrar la vida oculta y misteriosa del subsuelo. Una Nueva York subterránea e inquietante.
Noviembre: frío de veras. 11.11.1968.
16.11.1968: la niebla atrapada en las copas de los árboles en Central Park.
17.11.1968: la luz, gris; luego, la lluvia cae suavemente y hace brillar las aceras, las chapas de los autos.
21.11.1968. Postal de C.A.: en tierras cálidas. Caligrafía en mayúsculas, bien claras, sin enlaces. No desea malentendidos. Curiosamente, al contrario que Sol: letra minúscula, enrevesada, despeñándose de las líneas, alzándose como las rayas de un electro, yendo de un lado para otro…
21.11.1968. A mediodía: nubes en el cielo, claroscuros, relieves. Una orografía marina.
Y la turbiedad del pensamiento a medianoche.
El jazz es una improvisación: una inconsciencia a la que el sonido, a despecho del instrumentista, termina organizando. Organiza el caos. (¿No querría yo hacer lo mismo en mi obra?).
El misterio es lo que no vemos. En el universo todo parece extremadamente sencillo. Sin misterios, pues todo acabará revelándose con el tiempo: como toda materia que al final no puede ocultarse a un examen. El sol, una estrella, sólo es una bola inmensa consumiéndose a sí misma. Es así de simple. En términos científicos: una combustión, convierte hidrógeno en helio en una reacción inconmensurable. Luego, se agota, enrojece, se hincha como un cadáver putrefacto a punto de estallar y se apaga. No hay más. El misterio: ¿por qué? ¿a santo de qué? ¿dónde está la fábrica incesante de todo ello?
Dibujo porque me gusta el silencio…
Anotar los sueños es estúpido, como crear recuerdos falsos.
En Rochefeller Center: Holden y ella: almas gemelas. Exactamente él. No puede ser otro. Patina con arrogancia, absorto en un vals que sólo él escucha. Huraño. Navidad. Una apariencia de huérfano con poderes sobrenaturales. No sabías si abofetearlo de inmediato o invitarlo a tu cama: ambos pensamientos le excitaban por igual a la chica solitaria en busca de los personajes de sus sueños.
¿Qué más?
Nada en el cuerpo es culpable. No hay pecado original. Y todo en el arte es sensualidad.
Nada en la creación fue susceptible de corrección: lo adaptable sólo exigía tiempo, nada había de predeterminación.
He aquí, por tanto, que un arte pródigo exige la desinhibición absoluta: un arte de los sentidos que no repugnara de lo racional, la emoción corregida por la regla llevada al paroxismo: ninguna regresión debería ser contemplada ante el vacío y la angustia de un cuerpo único y consciente, irrepetible, desnudo, vulnerable y finalmente destruido frente el mundo y su destino cósmico con fecha de caducidad.
En un arte Hesse, en una vida Hesse, la creación es libre, el cuerpo es libre. Los modelos son inexistentes, las reglas adánicas, sin dioses y regulaciones, sin el castigo o la pena.
El arte como campo de batalla: extraer del imaginario de lo desconocido la metáfora del mundo o del propio suceso de uno mismo (sus avatares y ganancias) a palo limpio.
La única locura en este arte sólo es la liberación, la rebelión mítica. Y ello conduce a la transformación, a lo provocativo, el retorno a lo instintivo en una nueva noche de los tiempos.
Ella, la taimada kibitzer, sobrevolando las realidades terrestres, entrometiéndose en mil historias, paralizándolas en forma de arte con materiales muertos, pronto putrefactos y, al cabo, disueltos en el polvo de la nada terrestre.
Y, no obstante, existe un deseo órfico en ese heteróclito conjunto de obras, este diablo cojuelo que levanta los techos de lo visible ansía derrotar a la muerte mediante el subterfugio de la ilusión, de la magia dominguera del siglo XX que sucede y prolonga las tareas de Vermeer de Delft, Velázquez, Van Gogh y Picasso.
“Aunque, no se fíe”, previno. “Después del puñetazo en los ojos le querrán quitar la bolsa.”
Siempre van tras ella, los mercaderes de hombres: una religión llena de cepillos donde guardar a buen recaudo las monedas birladas a los otros.
Entretanto, la artista, con las mangas de la blusa arremangadas por encima del codo, la boca abierta y los ojos espabilados chapotea en la estética de la irrealidad, esculpe con la imaginación y labora con la disposición y el uso extravagantes frente a lo utilitario y funcional realistas. Lo estético riñe con correcto, aparta a manotazos aquellas de las ideas que puedan hermanarse con la geometría milenaria del orden cotidiano, la línea (el garabato imposible) platónico y equilibrado, pues el arte es la libertad absoluta de los sentidos, y ella, La Reina de lo Intuitivo, así lo cree, y en su mente libérrima baraja las cartas de Las Leyes al Tuntún.
¿Dónde está la razón?, se pregunta escéptica.
En ese momento, ya tiene ganada la partida.
Respecto al Diario…, dijo.
Sólo salpicaduras, manchitas en las grandes hojas de los días, una ingenuidad bien que justificable a causa de lo extraño de ese terrorífico e inaceptable maridaje del pensamiento con el saco de huesos, vísceras y sangre que es el cuerpo: fábrica de traición, de dolor y de muerte.
Quizás no hablamos de una secuenciación íntima, sino éxtima, un diario de sucesos visibles y sufridos, el goce pero también la tortura del cuerpo, las humillaciones, la perplejidad ante la nada, la mueca difícilmente reprimible del miedo.
A fin de cuentas ¿qué es un diario? Sólo jirones, un sustitutivo incompleto de lo que vemos, pensamos y sentimos… El decorado y los adornos de un ego estúpido: estamos condenados a desaparecer y lo que dejamos atrás será nada más que antigualla o las cenizas patéticas de quien se creía la más bella del bosque: palabras probablemente mal escritas.
Cae la piedra: sueña: hacia arriba.
Un poema de Wallace Stevens. El cuento de Parker. El cuadro de Gorky. Los seres sombra de Giacometti.
En dos años: aprender francés, ducharme con agua fría siempre y mirar a los ojos de los demás mientras hablan en lugar de a sus bocas de tenebrosa hondura.
Todo cabe en el Diario.
¡Pero jamás una flor seca, de pétalos quemados y aplastados entre sus páginas!
¿Qué pasa si acaba el tiempo… sólo él, no las cosas ni la naturaleza, ni nosotros mismos?
Salinger: orígenes: un judío taciturno, quizás.
Una mancha: partir de ahí: empieza a hablar, pronto adopta su forma, se delinea, parece salir de la pared, ya es.
El viento de Nueva York: aúlla entre los edificios, zarandea los árboles… Un gemido interminable, enloquecedor, invisible…: amenazas, duelos, la crispación latente, el miedo soterrado que la furia del aire saca a la luz.
Ciudad agrietada que, al dejar escapar humos y vapores, nunca cesa de mostrar la vida oculta y misteriosa del subsuelo. Una Nueva York subterránea e inquietante.
Noviembre: frío de veras. 11.11.1968.
16.11.1968: la niebla atrapada en las copas de los árboles en Central Park.
17.11.1968: la luz, gris; luego, la lluvia cae suavemente y hace brillar las aceras, las chapas de los autos.
21.11.1968. Postal de C.A.: en tierras cálidas. Caligrafía en mayúsculas, bien claras, sin enlaces. No desea malentendidos. Curiosamente, al contrario que Sol: letra minúscula, enrevesada, despeñándose de las líneas, alzándose como las rayas de un electro, yendo de un lado para otro…
21.11.1968. A mediodía: nubes en el cielo, claroscuros, relieves. Una orografía marina.
Y la turbiedad del pensamiento a medianoche.
El jazz es una improvisación: una inconsciencia a la que el sonido, a despecho del instrumentista, termina organizando. Organiza el caos. (¿No querría yo hacer lo mismo en mi obra?).
El misterio es lo que no vemos. En el universo todo parece extremadamente sencillo. Sin misterios, pues todo acabará revelándose con el tiempo: como toda materia que al final no puede ocultarse a un examen. El sol, una estrella, sólo es una bola inmensa consumiéndose a sí misma. Es así de simple. En términos científicos: una combustión, convierte hidrógeno en helio en una reacción inconmensurable. Luego, se agota, enrojece, se hincha como un cadáver putrefacto a punto de estallar y se apaga. No hay más. El misterio: ¿por qué? ¿a santo de qué? ¿dónde está la fábrica incesante de todo ello?
Dibujo porque me gusta el silencio…
Anotar los sueños es estúpido, como crear recuerdos falsos.
En Rochefeller Center: Holden y ella: almas gemelas. Exactamente él. No puede ser otro. Patina con arrogancia, absorto en un vals que sólo él escucha. Huraño. Navidad. Una apariencia de huérfano con poderes sobrenaturales. No sabías si abofetearlo de inmediato o invitarlo a tu cama: ambos pensamientos le excitaban por igual a la chica solitaria en busca de los personajes de sus sueños.
¿Qué más?
miércoles, 12 de octubre de 2011
HESSE 11 (Ensayos para un estilo)
A los 15 años, aún en el instituto, alguien, una profesora, miss C., larguirucha y tímida, de cabello corto y labios enjutos, mirada implorante y manos grandes, fácil diana expuesta a la mofa cruel del adolescente (del adolescente de los años cincuenta) por sus gemidos histéricos y lo estrafalario de su atavío cotidiano, le informa susurrando de una reciente exposición al margen de los canales habituales. Se ha inaugurado en la calle 9, y muestran sus obras recientes más de sesenta artistas. Todos ellos pertenecen a una nueva corriente que de seguro va a revolucionar la pintura contemporánea.
La etiqueta:
Expresionismo Abstracto.
“¿Tú sabes quién es Jackson Pollock?”.
Parecía el título de una novela, tal vez de una película de la desconcertante década de los sesenta, aún no entrevista. Cinco años más tarde, cuando el cabeza de serie de la muestra se estrella conduciendo borracho su Oldsmobile V-8, la lengua cínica de otro aspirante a genio incomprendido le acaricia el oído con sarcasmo de ofidio a la bella jovencita a punto de ingresar mediante una beca en Yale: “Estuvo en el sitio justo en el momento oportuno… ¡Y se mató a la hora debida!”
“Sí, fue el mártir necesario.”
Muertos fueron todos: el gesto, la acción, el expresionismo, lo abstracto…
Diseño.
La jovencita Hesse baja al sótano de Brentano’s, en la Quinta, después de haber salvado escaleras y columnas por doquier de la desmesurada librería. Rebusca entre los centenares de revistas. Quiere ganarse la vida diseñando. No le repugna lo efímero de una propuesta que descansa con absoluto descaro en lo temporal. Años después, el Testigo interpela inquisitivo:
-¿No sabías aún que eras una artista?
-Claro, pero el diseño es un buen instrumento plástico para ver hasta donde puedes llegar.
Qué interesante.
Se defiende con astucia: el talento reside en lograr lo intemporal a través del medio procesual que fuere. A renglón seguido menciona la Bauhaus.
Pero es casi todavía una niña. Una niña a lo Balthus, enrarecida por la extraña atmósfera que recrea los sueños.
Sentada en el suelo en minifalda, las piernas recogidas formando hueco, la seda de los muslos al aire, al aire también las bragas de un blanco inmaculado, rodeada de decenas de publicaciones de todo tipo, absorbe colores, formas, significados, significantes…
Puede que hasta tenga malas ideas.
La etiqueta:
Expresionismo Abstracto.
“¿Tú sabes quién es Jackson Pollock?”.
Parecía el título de una novela, tal vez de una película de la desconcertante década de los sesenta, aún no entrevista. Cinco años más tarde, cuando el cabeza de serie de la muestra se estrella conduciendo borracho su Oldsmobile V-8, la lengua cínica de otro aspirante a genio incomprendido le acaricia el oído con sarcasmo de ofidio a la bella jovencita a punto de ingresar mediante una beca en Yale: “Estuvo en el sitio justo en el momento oportuno… ¡Y se mató a la hora debida!”
“Sí, fue el mártir necesario.”
Muertos fueron todos: el gesto, la acción, el expresionismo, lo abstracto…
Diseño.
La jovencita Hesse baja al sótano de Brentano’s, en la Quinta, después de haber salvado escaleras y columnas por doquier de la desmesurada librería. Rebusca entre los centenares de revistas. Quiere ganarse la vida diseñando. No le repugna lo efímero de una propuesta que descansa con absoluto descaro en lo temporal. Años después, el Testigo interpela inquisitivo:
-¿No sabías aún que eras una artista?
-Claro, pero el diseño es un buen instrumento plástico para ver hasta donde puedes llegar.
Qué interesante.
Se defiende con astucia: el talento reside en lograr lo intemporal a través del medio procesual que fuere. A renglón seguido menciona la Bauhaus.
Pero es casi todavía una niña. Una niña a lo Balthus, enrarecida por la extraña atmósfera que recrea los sueños.
Sentada en el suelo en minifalda, las piernas recogidas formando hueco, la seda de los muslos al aire, al aire también las bragas de un blanco inmaculado, rodeada de decenas de publicaciones de todo tipo, absorbe colores, formas, significados, significantes…
Puede que hasta tenga malas ideas.
domingo, 9 de octubre de 2011
HESSE 10 (Ensayos para un estilo)
En los primeros años cuarenta, ya en Nueva York, papá Hesse frecuentaba todas las semanas los grandes almacenes Abraham and Strauss.
Podía aprovisionarse sin temor, mantener saludable a la camada sin ningún recelo. Ese nombre rotulado en los grandes carteles concentraba todas las garantías. Sonaba bien y se escribía mejor. Abraham and Strauss: perfecto.
Hay que saber elegir.
Almacenes Auschwitz.
Agosto del 42.
Materiales Vivos.
Todo tipo de Ofertas y Grandes Oportunidades.
La espesura gris y húmeda del amanecer se apodera de los barracones de ladrillo rojo. Es como un vaho siniestro que parece desplomarse del mismo cielo sombrío.
Las hacen salir afuera. Renqueantes, hambrientas, temerosas, sin saber nada de nada, las mujeres forman filas desordenadas frente soldados armados, inexpresivos, de ojos muertos bajo los cascos de acero.
Todos los días, desde hace dos semanas, se repite idéntico suplicio en las primeras luces del alba. Luego, separan a una decena de ellas y las conducen a un barracón de forma alargada en un extremo del recinto. Jamás vuelven a ver a las que entran allí. Es como si se las hubiera tragado la tierra.
No muy lejos, se escucha una ráfaga de metralleta.
Tiene un regusto metálico en la boca, como si, sedienta, hubiera chupado las alambradas aún mojadas por el rocío y que comienzan a divisarse entre la niebla a pocos metros, alzadas sobre la tierra oscura y yerma.
Mira a su alrededor.
Una vieja, envuelta en andrajos, se ha hecho sus necesidades encima y cae al suelo entre gemidos apenas audibles.
La mujer vuelve la cabeza al otro lado, respirando el aire que viene del norte.
Pero hasta esa parte llega el hedor.
Entonces se da cuenta de que otra prisionera, aún joven, en la fila próxima, le mira directamente a los ojos. Tiene su rostro una expresión infinitamente triste, como si todo el asco, la podredumbre y la corrupción universal hubieran desfigurado ya para siempre el menor vestigio de perdón hacia sus semejantes en el cerco de arrugas de los ojos, en los repliegues oscuros de las mejillas caídas.
“Irene Nemirowsky” (judía rusa), le dice la desconocida tendiendo la mano, al tiempo que esboza una débil sonrisa.
“Helen Hesse” (judía alemana), contesta con voz temblorosa estrechando la mano tendida.
Ahora saben ambas que ese día es el último de sus vidas. No llegaron a estar en el Revier del campo ni dos minutos: débiles y vencidas no servían para el trabajo forzado.
Sus nombres, escuchados aunque en susurros en ese helado amanecer, confirman a las dos que no fue anónimo su paso por el mundo.
En ese momento uno de los soldados, a la vez que saca una pistola de la funda sujeta al cinturón, avanza hacia el bulto caído en el suelo, tan cerca de ellas que los harapos pestilentes que lo envuelven tocan sus pies.
Helen Hesse cierra los ojos. Aprieta los puños con fuerza.
Irene Nemirovsky no cierra los párpados, comprueba desdeñosa el miedo del mundo que calla.
Suena un ruido seco, casi como un petardo infantil, brevísimo, desconocido hasta ese instante, irreal.
Helen Hesse vuelve a abrir los ojos.
De la frente de la vieja apestada brota un hilo de sangre que pronto alcanza la cuenca del ojo abierto y se desliza hacia la boca también abierta. Ahora el olor es nauseabundo.
Unos minutos más tarde les ordenan que caminen en compañía de otras desdichadas hacia el barracón de las exterminadas. Junto a ella también se halla la desconocida, que marcha hacia la muerte con la vista fija adelante: “¿Qué me está haciendo este país, Dios mío?”, se había preguntado consternada ante la indiferencia general de una nación que había perdido el honor.
El final terrible al que condenan a sus víctimas inermes se ha gestado desde la cloaca de uno de los más señeros atributos del ser humano en todas sus épocas pasadas y, probablemente, en las venideras: odio+desprecio (al otro) comandados por una violencia sin límites.
Ahora comprenden las dos que ese lugar, ese destino que prefijara la gran diáspora, sólo es la puerta a la nada absoluta o a un infierno que se prolongara eternamente desde la tierra. A ningún sitio más: todos los dioses murieron de aburrimiento ahítos de su propia grandeza hace miles de años, y el mundo entró en la era de la maldad, el sufrimiento y el crimen ante el silencio profundo del cosmos.
El bagaje de una: la incredulidad hasta el último instante, el asombro enajenado de espanto y de miedo de una sencilla ama de casa que desde que la arrancaron de su hogar en Hamburgo y la separaron para siempre de su marido Samuel, su hijo Wilhelm y de sus nietas Helen y Evchen sigue sin comprender nada de nada.
El equipaje de la otra: Ana Karenina, los Diarios de Katherine Mansfield y una naranja. Y, a pesar de todo, no murió con el corazón endurecido.
Podía aprovisionarse sin temor, mantener saludable a la camada sin ningún recelo. Ese nombre rotulado en los grandes carteles concentraba todas las garantías. Sonaba bien y se escribía mejor. Abraham and Strauss: perfecto.
Hay que saber elegir.
Almacenes Auschwitz.
Agosto del 42.
Materiales Vivos.
Todo tipo de Ofertas y Grandes Oportunidades.
La espesura gris y húmeda del amanecer se apodera de los barracones de ladrillo rojo. Es como un vaho siniestro que parece desplomarse del mismo cielo sombrío.
Las hacen salir afuera. Renqueantes, hambrientas, temerosas, sin saber nada de nada, las mujeres forman filas desordenadas frente soldados armados, inexpresivos, de ojos muertos bajo los cascos de acero.
Todos los días, desde hace dos semanas, se repite idéntico suplicio en las primeras luces del alba. Luego, separan a una decena de ellas y las conducen a un barracón de forma alargada en un extremo del recinto. Jamás vuelven a ver a las que entran allí. Es como si se las hubiera tragado la tierra.
No muy lejos, se escucha una ráfaga de metralleta.
Tiene un regusto metálico en la boca, como si, sedienta, hubiera chupado las alambradas aún mojadas por el rocío y que comienzan a divisarse entre la niebla a pocos metros, alzadas sobre la tierra oscura y yerma.
Mira a su alrededor.
Una vieja, envuelta en andrajos, se ha hecho sus necesidades encima y cae al suelo entre gemidos apenas audibles.
La mujer vuelve la cabeza al otro lado, respirando el aire que viene del norte.
Pero hasta esa parte llega el hedor.
Entonces se da cuenta de que otra prisionera, aún joven, en la fila próxima, le mira directamente a los ojos. Tiene su rostro una expresión infinitamente triste, como si todo el asco, la podredumbre y la corrupción universal hubieran desfigurado ya para siempre el menor vestigio de perdón hacia sus semejantes en el cerco de arrugas de los ojos, en los repliegues oscuros de las mejillas caídas.
“Irene Nemirowsky” (judía rusa), le dice la desconocida tendiendo la mano, al tiempo que esboza una débil sonrisa.
“Helen Hesse” (judía alemana), contesta con voz temblorosa estrechando la mano tendida.
Ahora saben ambas que ese día es el último de sus vidas. No llegaron a estar en el Revier del campo ni dos minutos: débiles y vencidas no servían para el trabajo forzado.
Sus nombres, escuchados aunque en susurros en ese helado amanecer, confirman a las dos que no fue anónimo su paso por el mundo.
En ese momento uno de los soldados, a la vez que saca una pistola de la funda sujeta al cinturón, avanza hacia el bulto caído en el suelo, tan cerca de ellas que los harapos pestilentes que lo envuelven tocan sus pies.
Helen Hesse cierra los ojos. Aprieta los puños con fuerza.
Irene Nemirovsky no cierra los párpados, comprueba desdeñosa el miedo del mundo que calla.
Suena un ruido seco, casi como un petardo infantil, brevísimo, desconocido hasta ese instante, irreal.
Helen Hesse vuelve a abrir los ojos.
De la frente de la vieja apestada brota un hilo de sangre que pronto alcanza la cuenca del ojo abierto y se desliza hacia la boca también abierta. Ahora el olor es nauseabundo.
Unos minutos más tarde les ordenan que caminen en compañía de otras desdichadas hacia el barracón de las exterminadas. Junto a ella también se halla la desconocida, que marcha hacia la muerte con la vista fija adelante: “¿Qué me está haciendo este país, Dios mío?”, se había preguntado consternada ante la indiferencia general de una nación que había perdido el honor.
El final terrible al que condenan a sus víctimas inermes se ha gestado desde la cloaca de uno de los más señeros atributos del ser humano en todas sus épocas pasadas y, probablemente, en las venideras: odio+desprecio (al otro) comandados por una violencia sin límites.
Ahora comprenden las dos que ese lugar, ese destino que prefijara la gran diáspora, sólo es la puerta a la nada absoluta o a un infierno que se prolongara eternamente desde la tierra. A ningún sitio más: todos los dioses murieron de aburrimiento ahítos de su propia grandeza hace miles de años, y el mundo entró en la era de la maldad, el sufrimiento y el crimen ante el silencio profundo del cosmos.
El bagaje de una: la incredulidad hasta el último instante, el asombro enajenado de espanto y de miedo de una sencilla ama de casa que desde que la arrancaron de su hogar en Hamburgo y la separaron para siempre de su marido Samuel, su hijo Wilhelm y de sus nietas Helen y Evchen sigue sin comprender nada de nada.
El equipaje de la otra: Ana Karenina, los Diarios de Katherine Mansfield y una naranja. Y, a pesar de todo, no murió con el corazón endurecido.
lunes, 3 de octubre de 2011
HESSE 9 (Ensayos para un estilo)
Algo tiene de obsesivo, pero también de precaria insistencia esta forma de indagación esencial.
Hesse, al final, ya en sus últimos meses de cabeza rapada y mirada desvalida, mujer calva entre cirujanos y cristales, comprendió que no necesitaba ser artista ni poeta para justificar que estaba viva. Pero… era que moría:
“Ahora sólo quiero vivir. Ya no es como antes. Al diablo con todo. Sólo quiero respirar con la cara al sol, el corazón tranquilo, beber un vaso de agua fresca…”
Después de su primera operación, se lanzó con ganas a su obra en ciernes. La culminó con éxito: Right After. Y, luego... hubo una segunda operación. Y una tercera. Y, entonces: “Sólo quiero vivir, ya no tengo necesidad del arte y sus zarandajas…” Pero murió. Y, como diría el gran Hem, estuvo muerta.
¿Qué arte iba a sucederla? También ella lo había iniciado, atisbaría hasta las mismas puertas del arte del siglo XXI, hasta mucho más allá probablemente: la creación ya no necesita al arte para nada. Deja sobre la gran mesa alargada, rectangular, multitud de pequeñas piezas que son como pequeños párrafos, un fraseo de intenciones, unos bocetos, o un diario de formas, la desesperación, la incógnita, la ternura, el miedo… Proyectos.
Seis meses antes de todo esto.
Cuando su extraño humor lo cree conveniente, Yeats permite que los jóvenes poetas lean sus propuestas poéticas entre las viejas estanterías y columnas de hierro forjado de su librería. La mayor parte de ellos son arrogantes y bellos, elegidos por los dioses… durante unos meses. Suelen leer sus laboriosos plagios (en gran medida inconscientes) con desparpajo a veces; siempre con la solemnidad del novicio. El parto de los montes. Sólo les reconoció humildes y cariacontecidos, hasta viejos, el día que Anne Sexton, entre el humo de sus propios cigarrillos y la bruma del whisky girando en su cerebro, las piernas al aire y su mirada persuasiva dio una lectura memorable en el local atestado de curiosos, poetas aficionados y ladrones de libros que Yeats procuraba mantener a raya. Sexton… En cierto modo, ambas Hesse y la poetisa, que llegaron a conocerse (y él cree que bastante más de lo que puede sospecharse), fraguaban una terapia creacional basada en un ego malherido o, en su contrario, monumental: trasegaban, la una con objetos, y la otra con palabras, con la metonimia intelectual de sus propias vidas. En Sexton, aunque lógicamente la elusión alcanzaba un mayor grado de uso debido a la legibilidad de su medio expresivo, el inteligente armazón nunca propicia que el yo alcance a desnudarse del todo, ya que la misma crudeza de sus versos logra desviar la referencia directa lejos de su autora; en resumen, universaliza su biografía de tal manera que la confesión nunca delata a quien escribe. Ahí radica su atractiva complejidad. Hesse, aun sin deliberación, con menor complejidad por tanto, pues no precisa del encubrimiento, puede disfrazarse mucho mejor en los símiles plásticos que erige, tan difíciles de descifrar; sólo en los materiales de elección podía colegirse algún sustitutivo plástico que encarnara su temores, fobias y debilidades.
Sexton, la maravillosa: “Un poco de monóxido de carbono, bien dosificado, no le hace mal a nadie…”
Un día, se le fue la mano.
Una copa de más del bendito gas y… a volar.
La tarde del 28 de octubre Anne Sexton entró en la librería de Raymond Th. Yeats como un ama de casa perdularia que viniera en busca de un libro de cuentos subidos de tono. Parecía lanzada a chorro al interior por el aire dorado y otoñal de afuera. El recital iba a celebrarse a la seis de la tarde, pero sólo eran poco más de las cuatro cuando apareció en un traje blanco muy ceñido, una sonrisa muy dulce (traicionera del todo) y un bolso de charol con todos sus pecados dentro colgado del brazo. Cruzó la puerta equilibrando su figura en unos zapatos negros de tacón alto buscando con la mirada a Ray, que se hallaba de pie tras el mostrador. Como de costumbre, él se encontraba en el lado de las revistas ofertadas a peso; como de costumbre, en cuclillas escarbando como un arqueólogo fetichista algún ejemplar atrasado del New Yorker, Esquire o algún Saturday Evening Post con un cuento olvidado de Fitzgerald o de cualesquiera que fuese por entonces habitante mitológico imprescindible de su Olimpo americano (Faulkner, Salinger, Cheever, Bellow, O’Hara, la Parker...). Yeats levantó los ojos de algún papel y los volvió a bajar como si nada al verla entrar. Emitió un gruñido a modo de saludo y, luego, sin mirar a la mujer, soltó a bocajarro:
-¿Aún no estás borracha, Sexton? –Raymod Yeats, terapeuta psiquiátrico a deshoras, conocía de sobra a la mujer. “¿Dónde demonios esconde ésta la petaca? ¿Debajo de las bragas?”
-No lo bastante para volver sobre mis pasos y largarme a Boston, librero barato –masculló la poetisa.
Él, desde el rincón, dudaba si debía ponerse en pie y saludarla (no la conocía personalmente) o permanecer donde estaba, invisible. Al final, fue ella la que se acercó. Sabía de su relación con Hesse. Bastante azorado, se aprestó a la conversación. Muy pronto, ella le hizo reír.
Pero él se comportó con una necedad imperdonable, hablando (balbuceando) de la literatura de vanguardia europea.
La mujer le miraba como a un marciano, pero un marciano de otro sistema solar mucho más lejos que el de nuestra galaxia.
Tío, yo de literatura no entiendo. Yo sólo escribo poemas. Y únicamente cuando me entran ganas de esconderme debajo de la cama.
Treinta minutos después apareció por la puerta Hesse.
Ambas se miraron mientras se les humedecían los ojos.
Se abrazaron muy dignas sabiendo lo que ambas sabían, pues a Hesse ya la habitaba lo funesto. Pero ni un temblor.
Vive o muere.
Se ha llenado la librería de gente, pero el tono general del habla es de susurro educado, un murmullo hasta elegante y respetuoso con una poetisa que cuenta con un Pulitzer también en el bolso de los pecados.
Ray inicia el acto con una somera introducción. El tipo se ha aseado: se ha mojado el pelo de los aladares en el lavabo, se ha peinado, se ha cambiado de camisa y enfundado una chaqueta a cuadros de hace dos siglos. Y enseguida, algo encogido, perpetra una burla consentida por las más protocolarias reglas sociales (de la que él, de ahí su extraña rigidez, es absolutamente consciente): “¿Qué puedo decir de Anne Sexton?”, se pregunta el muy taimado en voz alta dirigiéndose a los congregados. Y se calla lo que mejor sabe, oculta un hermanamiento raro, esencial, una connivencia sagrada con la futura suicida que procede de una adivinación casi prodigiosa de sus hechuras y desmesuras, disuelve su intervención en unas palabras de compromiso y graciosas convenciones.
¿Qué puedes decir?
Lo puedes decir todo. Eres el hombre. Y estabas allí. Y resulta que no dices nada, librero cobarde. Sólo palabras necias para engreídos en una velada poética.
Esta mujer alta, de ojos intimidantes, carnosa y huesuda a la vez, con el cabello cardado a la moda de los sesenta, de rostro devastado, ha empezado a leer, y la voz, apenas modulada, brota de un acto desesperado que nadie es capaz de ver y, sin embargo, todos perciben en el poema terrible.
Abruma la andanada de versos rotos, tan reconocibles que se transforman en universales, y cuanto más se alejan de su dueña por la complicidad que consiguen más te sientes la diana de su flecha, versos blancos como aves negras que sólo sobrevuelan la angustia y tristeza propias.
Con la mirada puesta en Hesse, insistentemente puesta en Hesse, esta superviviente de las pastillas y el alcohol, de las más letales depresiones e insomnios, ahí sigue aún, aferrada a su terapia, sostenida por ese pequeño puñado de hojas a las que se agarra como un náufrago a su madero.
Sobrevivirá unos pocos años más, funambulista siempre en la cuerda floja, vacilante y frágil, a punto de caer. Ventrílocua de sí misma, arrastra su muñeca tras los amaneceres desolados. Pero, también un día, se acabó… al final del sucio y negro callejón de Nerval te aguarda el monóxido de carbono, marioneta sin hilos.
Vive o muere.
Somebody who should have been born
is gone.
Yes, woman, such logic will lead
to loos without death. Or say what you meant,
you coward...this baby that I bleed.
La voz, firme, aterciopelada, ronca a veces, envuelve a los asistentes que de pie, rodeados de libros, escuchan la ristra de un vademécum de soluciones personal, intransferible y, sobre todo, aterradoramente humano.
“¿Qué puedo decir de Anne Sexton?”
Puedes hablar del miedo, pero de ese miedo desnudo, todavía sin palabras y en tinieblas que enmaraña la conciencia recién despertada, la angustia de una visión procedente del sueño que aún tiene agarrado al cerebro en la espesa urdimbre de sus colores imposibles, densos como el agujero horizontal de donde emerges boqueando. Puedes hablar de quien no hace del poema una mecánica ni un sollozo claudicante y trivial, de quien no hace de la pintura una pistola de repetición ni de la escultura la forma amable. Habla de lo que hablan los suicidas: oh, dios de las olas, oh, dios de la estrella del norte, oh, dios del abismo (“Oh, Sylvia, Sylvia, con tu caja muerta de cucharas y de piedras, con dos hijos…”), Habla de la noche, del río imaginario, del brillo de la plata en el pecho de los muertos, de los viejos tiempos cuando hay tantas cosas que no puedes decir en voz alta que necesitas escribirlas, habla de los amaneceres gélidos, hostilmente neoyorquinos, habla de los ojos envenenados de Rothko y sus colores desfallecientes (se mueren segundo a segundo), de los ojos de cristal de Arbus que desde el pasado fotografía tu vejado rostro del futuro, de la piedra helada, habla de todas las albas frías, del amanecer de grisura metálica que traspasa limpiamente la esperanza de las mujeres violadas como la Sexton, de los charcos de sangre que cubren los suelos de los desahuciados, del aire cerrado y homicida del coche volador de Jackson Pollock hacia los mundos estelares…
Vive y muere, ha empezado a recitar nacida de sí misma (y de nadie más), ahora frente a la oscura niebla de los otros que han enmudecido. Con los ojos abiertos, ni se atreven a respirar.
Hesse, al final, ya en sus últimos meses de cabeza rapada y mirada desvalida, mujer calva entre cirujanos y cristales, comprendió que no necesitaba ser artista ni poeta para justificar que estaba viva. Pero… era que moría:
“Ahora sólo quiero vivir. Ya no es como antes. Al diablo con todo. Sólo quiero respirar con la cara al sol, el corazón tranquilo, beber un vaso de agua fresca…”
Después de su primera operación, se lanzó con ganas a su obra en ciernes. La culminó con éxito: Right After. Y, luego... hubo una segunda operación. Y una tercera. Y, entonces: “Sólo quiero vivir, ya no tengo necesidad del arte y sus zarandajas…” Pero murió. Y, como diría el gran Hem, estuvo muerta.
¿Qué arte iba a sucederla? También ella lo había iniciado, atisbaría hasta las mismas puertas del arte del siglo XXI, hasta mucho más allá probablemente: la creación ya no necesita al arte para nada. Deja sobre la gran mesa alargada, rectangular, multitud de pequeñas piezas que son como pequeños párrafos, un fraseo de intenciones, unos bocetos, o un diario de formas, la desesperación, la incógnita, la ternura, el miedo… Proyectos.
Seis meses antes de todo esto.
Cuando su extraño humor lo cree conveniente, Yeats permite que los jóvenes poetas lean sus propuestas poéticas entre las viejas estanterías y columnas de hierro forjado de su librería. La mayor parte de ellos son arrogantes y bellos, elegidos por los dioses… durante unos meses. Suelen leer sus laboriosos plagios (en gran medida inconscientes) con desparpajo a veces; siempre con la solemnidad del novicio. El parto de los montes. Sólo les reconoció humildes y cariacontecidos, hasta viejos, el día que Anne Sexton, entre el humo de sus propios cigarrillos y la bruma del whisky girando en su cerebro, las piernas al aire y su mirada persuasiva dio una lectura memorable en el local atestado de curiosos, poetas aficionados y ladrones de libros que Yeats procuraba mantener a raya. Sexton… En cierto modo, ambas Hesse y la poetisa, que llegaron a conocerse (y él cree que bastante más de lo que puede sospecharse), fraguaban una terapia creacional basada en un ego malherido o, en su contrario, monumental: trasegaban, la una con objetos, y la otra con palabras, con la metonimia intelectual de sus propias vidas. En Sexton, aunque lógicamente la elusión alcanzaba un mayor grado de uso debido a la legibilidad de su medio expresivo, el inteligente armazón nunca propicia que el yo alcance a desnudarse del todo, ya que la misma crudeza de sus versos logra desviar la referencia directa lejos de su autora; en resumen, universaliza su biografía de tal manera que la confesión nunca delata a quien escribe. Ahí radica su atractiva complejidad. Hesse, aun sin deliberación, con menor complejidad por tanto, pues no precisa del encubrimiento, puede disfrazarse mucho mejor en los símiles plásticos que erige, tan difíciles de descifrar; sólo en los materiales de elección podía colegirse algún sustitutivo plástico que encarnara su temores, fobias y debilidades.
Sexton, la maravillosa: “Un poco de monóxido de carbono, bien dosificado, no le hace mal a nadie…”
Un día, se le fue la mano.
Una copa de más del bendito gas y… a volar.
La tarde del 28 de octubre Anne Sexton entró en la librería de Raymond Th. Yeats como un ama de casa perdularia que viniera en busca de un libro de cuentos subidos de tono. Parecía lanzada a chorro al interior por el aire dorado y otoñal de afuera. El recital iba a celebrarse a la seis de la tarde, pero sólo eran poco más de las cuatro cuando apareció en un traje blanco muy ceñido, una sonrisa muy dulce (traicionera del todo) y un bolso de charol con todos sus pecados dentro colgado del brazo. Cruzó la puerta equilibrando su figura en unos zapatos negros de tacón alto buscando con la mirada a Ray, que se hallaba de pie tras el mostrador. Como de costumbre, él se encontraba en el lado de las revistas ofertadas a peso; como de costumbre, en cuclillas escarbando como un arqueólogo fetichista algún ejemplar atrasado del New Yorker, Esquire o algún Saturday Evening Post con un cuento olvidado de Fitzgerald o de cualesquiera que fuese por entonces habitante mitológico imprescindible de su Olimpo americano (Faulkner, Salinger, Cheever, Bellow, O’Hara, la Parker...). Yeats levantó los ojos de algún papel y los volvió a bajar como si nada al verla entrar. Emitió un gruñido a modo de saludo y, luego, sin mirar a la mujer, soltó a bocajarro:
-¿Aún no estás borracha, Sexton? –Raymod Yeats, terapeuta psiquiátrico a deshoras, conocía de sobra a la mujer. “¿Dónde demonios esconde ésta la petaca? ¿Debajo de las bragas?”
-No lo bastante para volver sobre mis pasos y largarme a Boston, librero barato –masculló la poetisa.
Él, desde el rincón, dudaba si debía ponerse en pie y saludarla (no la conocía personalmente) o permanecer donde estaba, invisible. Al final, fue ella la que se acercó. Sabía de su relación con Hesse. Bastante azorado, se aprestó a la conversación. Muy pronto, ella le hizo reír.
Pero él se comportó con una necedad imperdonable, hablando (balbuceando) de la literatura de vanguardia europea.
La mujer le miraba como a un marciano, pero un marciano de otro sistema solar mucho más lejos que el de nuestra galaxia.
Tío, yo de literatura no entiendo. Yo sólo escribo poemas. Y únicamente cuando me entran ganas de esconderme debajo de la cama.
Treinta minutos después apareció por la puerta Hesse.
Ambas se miraron mientras se les humedecían los ojos.
Se abrazaron muy dignas sabiendo lo que ambas sabían, pues a Hesse ya la habitaba lo funesto. Pero ni un temblor.
Vive o muere.
Se ha llenado la librería de gente, pero el tono general del habla es de susurro educado, un murmullo hasta elegante y respetuoso con una poetisa que cuenta con un Pulitzer también en el bolso de los pecados.
Ray inicia el acto con una somera introducción. El tipo se ha aseado: se ha mojado el pelo de los aladares en el lavabo, se ha peinado, se ha cambiado de camisa y enfundado una chaqueta a cuadros de hace dos siglos. Y enseguida, algo encogido, perpetra una burla consentida por las más protocolarias reglas sociales (de la que él, de ahí su extraña rigidez, es absolutamente consciente): “¿Qué puedo decir de Anne Sexton?”, se pregunta el muy taimado en voz alta dirigiéndose a los congregados. Y se calla lo que mejor sabe, oculta un hermanamiento raro, esencial, una connivencia sagrada con la futura suicida que procede de una adivinación casi prodigiosa de sus hechuras y desmesuras, disuelve su intervención en unas palabras de compromiso y graciosas convenciones.
¿Qué puedes decir?
Lo puedes decir todo. Eres el hombre. Y estabas allí. Y resulta que no dices nada, librero cobarde. Sólo palabras necias para engreídos en una velada poética.
Esta mujer alta, de ojos intimidantes, carnosa y huesuda a la vez, con el cabello cardado a la moda de los sesenta, de rostro devastado, ha empezado a leer, y la voz, apenas modulada, brota de un acto desesperado que nadie es capaz de ver y, sin embargo, todos perciben en el poema terrible.
Abruma la andanada de versos rotos, tan reconocibles que se transforman en universales, y cuanto más se alejan de su dueña por la complicidad que consiguen más te sientes la diana de su flecha, versos blancos como aves negras que sólo sobrevuelan la angustia y tristeza propias.
Con la mirada puesta en Hesse, insistentemente puesta en Hesse, esta superviviente de las pastillas y el alcohol, de las más letales depresiones e insomnios, ahí sigue aún, aferrada a su terapia, sostenida por ese pequeño puñado de hojas a las que se agarra como un náufrago a su madero.
Sobrevivirá unos pocos años más, funambulista siempre en la cuerda floja, vacilante y frágil, a punto de caer. Ventrílocua de sí misma, arrastra su muñeca tras los amaneceres desolados. Pero, también un día, se acabó… al final del sucio y negro callejón de Nerval te aguarda el monóxido de carbono, marioneta sin hilos.
Vive o muere.
Somebody who should have been born
is gone.
Yes, woman, such logic will lead
to loos without death. Or say what you meant,
you coward...this baby that I bleed.
La voz, firme, aterciopelada, ronca a veces, envuelve a los asistentes que de pie, rodeados de libros, escuchan la ristra de un vademécum de soluciones personal, intransferible y, sobre todo, aterradoramente humano.
“¿Qué puedo decir de Anne Sexton?”
Puedes hablar del miedo, pero de ese miedo desnudo, todavía sin palabras y en tinieblas que enmaraña la conciencia recién despertada, la angustia de una visión procedente del sueño que aún tiene agarrado al cerebro en la espesa urdimbre de sus colores imposibles, densos como el agujero horizontal de donde emerges boqueando. Puedes hablar de quien no hace del poema una mecánica ni un sollozo claudicante y trivial, de quien no hace de la pintura una pistola de repetición ni de la escultura la forma amable. Habla de lo que hablan los suicidas: oh, dios de las olas, oh, dios de la estrella del norte, oh, dios del abismo (“Oh, Sylvia, Sylvia, con tu caja muerta de cucharas y de piedras, con dos hijos…”), Habla de la noche, del río imaginario, del brillo de la plata en el pecho de los muertos, de los viejos tiempos cuando hay tantas cosas que no puedes decir en voz alta que necesitas escribirlas, habla de los amaneceres gélidos, hostilmente neoyorquinos, habla de los ojos envenenados de Rothko y sus colores desfallecientes (se mueren segundo a segundo), de los ojos de cristal de Arbus que desde el pasado fotografía tu vejado rostro del futuro, de la piedra helada, habla de todas las albas frías, del amanecer de grisura metálica que traspasa limpiamente la esperanza de las mujeres violadas como la Sexton, de los charcos de sangre que cubren los suelos de los desahuciados, del aire cerrado y homicida del coche volador de Jackson Pollock hacia los mundos estelares…
Vive y muere, ha empezado a recitar nacida de sí misma (y de nadie más), ahora frente a la oscura niebla de los otros que han enmudecido. Con los ojos abiertos, ni se atreven a respirar.
sábado, 1 de octubre de 2011
HESSE 8 (Ensayos para un estilo)
Enferma, aún sin temor, sin imaginar (toda previsión en el arte arredra) la fatalidad a la vuelta de la esquina, acude debilitada al acto inaugural de la exposición en el Finch College, en diciembre de 1969. Lee una declaración. La teoría de la perfecta nada hecha objeto, el gesto hecho concreción, una cristalización finalmente.
Antes, 1968:
Le había invitado a tomar asiento. Había previsto tomar notas, pues siente un extremado cansancio en utilizar la pesada grabadora de cinta, activar su susurrante mecanismo, un trasto de los primeros años sesenta que adquirió de saldo en una tienda de cachivaches y electrodomésticos usados en la calle Catorce. El simple hecho de enganchar las cintas magnéticas ya resultaba técnicamente demasiado para él.
-Su obra deriva del minimal art, la gesta aquella aspiración de Morris: “La obra escultórica reconstituida como objeto pero con toda la potencia perceptiva del arte figurativo, de la escultura representacional, con su mismo atractivo visual…”
-En cierto modo, esa fue una intentona pronto frustrada. Enseguida se alcanzó un vocabulario plástico que pareció generar su propia lógica, su sintaxis, como algo que termina siendo funcional estéticamente, decorativo.
-Usted renegó de ello…
-Inmediatamente.
-La impulsaba la no forma, el imaginario de un desorden, por así llamarlo, nacido del material elegido para su conformación…
-No es del todo exacto. Aunque en un principio… Lo que deseaba conseguir en realidad era la no pintura, la no escultura…
-Pero eso sería como una mudez.
-Es verdad, pero elaborada, consciente (subrayado mío). Mi ambición, desde un punto de vista conceptual era llegar al no-arte, a lo no connotativo, a lo no antropomórfico e incluso a la forma no geométrica. A la nada estética, una especie de refutación. Era el riesgo total lo que perseguía, lo que en un plano artístico no es (subrayado de él).
Luego, Kaprow, los happenings de los sesenta, etc.
La noche de insomnio en el hotel, por lo ruidos urbanos de afuera, las luces que se colaban por la ventana de guillotina, por ella que rondaba el pensamiento una y otra vez…
Tres días más tarde…
“Odio lo bello, lo perfecto, lo justo en todo…”
¿Qué explica eso?
En 1965 me dije…
Ahora (1970), ya sentenciada, una selección de sus alumnos en la Escuela de Yale (los mejores, con una beca Norfolk atada al tobillo como una bola de acero presidiaria) le ayudan físicamente en la realización de sus obras: queridos auxiliares, ayudantes, becarios risueños, artistas fracasados, silenciados, miles y miles de estudiantes de Bellas Artes, de vosotros es el Reino de los Cielos.
Si no pinta ni esculpe, al menos las manos, el taller.
La obra de arte moderna como esfuerzo, un desarrollo material que exige una energía adicional a lo puramente intelectivo. Lo procesual, un elemento hasta ahora irrelevante, elevado a categoría artística. Forja, cosido, soldado, atado, enhebrado, alzado, bajado, clavado… ¡Uf, que esfuerzo!
Cada 40 segundos se suicida alguien en algún lugar del mundo (2010). Hacer de la vida un instrumento de esclarecimiento, de apreciación de una realidad que siempre va a escapársenos, nunca de agresión a nosotros mismos. La verdad de todo es vivir, y el cuerpo como vehículo de una travesía impredecible. La muerte no nos sirve.
El suicidio deja todo a medias, imperfecto, incorregible.
Mas también es la respuesta adecuada, quizás única, a una condena prematura, una rebelión magnífica ante la injusticia suprema de la desaparición definitiva, a traición.
Pero ella contraataca:
“¡Qué desperdicio!”, exclama en U2
(“Pues tú, querida, estás en U2. Respecto a nosotros: en U1 estamos sin ti, por mucho que nos hayas tele transportado a U2, y todo esto suena a cacharrería cósmica, porque no hay manera de escenificar nada serio mientras andas en otro condenado universo. ¿Cuánto queda para U3?”)
“¿Cuánto pesas?”
“¡Maldito grosero!”
“Sabes, cada kilogramo de peso que se lanza al espacio en un cohete de la NASA supone un coste de 50.000 dólares. 55 kilos la rellenita judía: 2.750.000 pavos. ¿Tienes la pasta?”
“Por supuesto. ¡Metida en el tercer bolsillo trasero del pantalón! Mi viaje (sólo ida) es gratis, imbécil. Sin mediación de cosas o personas. Basta con la imaginación, la materia del arte a fin de cuentas.”
MOMA.
La besa muy despacio, como sorbiendo el jugo de la ambrosía, mientras andan a paso lento por el jardín de las esculturas. De cuando en cuando ella abre tímidamente un ojo y mira de soslayo algunas de las obras, algo que provoca que él se sienta bastante miserable, aun con la boca perfumada, exultante de mil sabores.
Muerte de su padre: verano 1966. Desquiciamiento.
No hay ningún sitio en el terrible calor donde puedas esconderte, escapar del sofoco de las piedras, de la asfixia de la noche.
1969: Torres gemelas, aún puros esqueletos alzándose al cielo: 40 plantas. Work in progress.
Antes, 1968:
Le había invitado a tomar asiento. Había previsto tomar notas, pues siente un extremado cansancio en utilizar la pesada grabadora de cinta, activar su susurrante mecanismo, un trasto de los primeros años sesenta que adquirió de saldo en una tienda de cachivaches y electrodomésticos usados en la calle Catorce. El simple hecho de enganchar las cintas magnéticas ya resultaba técnicamente demasiado para él.
-Su obra deriva del minimal art, la gesta aquella aspiración de Morris: “La obra escultórica reconstituida como objeto pero con toda la potencia perceptiva del arte figurativo, de la escultura representacional, con su mismo atractivo visual…”
-En cierto modo, esa fue una intentona pronto frustrada. Enseguida se alcanzó un vocabulario plástico que pareció generar su propia lógica, su sintaxis, como algo que termina siendo funcional estéticamente, decorativo.
-Usted renegó de ello…
-Inmediatamente.
-La impulsaba la no forma, el imaginario de un desorden, por así llamarlo, nacido del material elegido para su conformación…
-No es del todo exacto. Aunque en un principio… Lo que deseaba conseguir en realidad era la no pintura, la no escultura…
-Pero eso sería como una mudez.
-Es verdad, pero elaborada, consciente (subrayado mío). Mi ambición, desde un punto de vista conceptual era llegar al no-arte, a lo no connotativo, a lo no antropomórfico e incluso a la forma no geométrica. A la nada estética, una especie de refutación. Era el riesgo total lo que perseguía, lo que en un plano artístico no es (subrayado de él).
Luego, Kaprow, los happenings de los sesenta, etc.
La noche de insomnio en el hotel, por lo ruidos urbanos de afuera, las luces que se colaban por la ventana de guillotina, por ella que rondaba el pensamiento una y otra vez…
Tres días más tarde…
“Odio lo bello, lo perfecto, lo justo en todo…”
¿Qué explica eso?
En 1965 me dije…
Ahora (1970), ya sentenciada, una selección de sus alumnos en la Escuela de Yale (los mejores, con una beca Norfolk atada al tobillo como una bola de acero presidiaria) le ayudan físicamente en la realización de sus obras: queridos auxiliares, ayudantes, becarios risueños, artistas fracasados, silenciados, miles y miles de estudiantes de Bellas Artes, de vosotros es el Reino de los Cielos.
Si no pinta ni esculpe, al menos las manos, el taller.
La obra de arte moderna como esfuerzo, un desarrollo material que exige una energía adicional a lo puramente intelectivo. Lo procesual, un elemento hasta ahora irrelevante, elevado a categoría artística. Forja, cosido, soldado, atado, enhebrado, alzado, bajado, clavado… ¡Uf, que esfuerzo!
Cada 40 segundos se suicida alguien en algún lugar del mundo (2010). Hacer de la vida un instrumento de esclarecimiento, de apreciación de una realidad que siempre va a escapársenos, nunca de agresión a nosotros mismos. La verdad de todo es vivir, y el cuerpo como vehículo de una travesía impredecible. La muerte no nos sirve.
El suicidio deja todo a medias, imperfecto, incorregible.
Mas también es la respuesta adecuada, quizás única, a una condena prematura, una rebelión magnífica ante la injusticia suprema de la desaparición definitiva, a traición.
Pero ella contraataca:
“¡Qué desperdicio!”, exclama en U2
(“Pues tú, querida, estás en U2. Respecto a nosotros: en U1 estamos sin ti, por mucho que nos hayas tele transportado a U2, y todo esto suena a cacharrería cósmica, porque no hay manera de escenificar nada serio mientras andas en otro condenado universo. ¿Cuánto queda para U3?”)
“¿Cuánto pesas?”
“¡Maldito grosero!”
“Sabes, cada kilogramo de peso que se lanza al espacio en un cohete de la NASA supone un coste de 50.000 dólares. 55 kilos la rellenita judía: 2.750.000 pavos. ¿Tienes la pasta?”
“Por supuesto. ¡Metida en el tercer bolsillo trasero del pantalón! Mi viaje (sólo ida) es gratis, imbécil. Sin mediación de cosas o personas. Basta con la imaginación, la materia del arte a fin de cuentas.”
MOMA.
La besa muy despacio, como sorbiendo el jugo de la ambrosía, mientras andan a paso lento por el jardín de las esculturas. De cuando en cuando ella abre tímidamente un ojo y mira de soslayo algunas de las obras, algo que provoca que él se sienta bastante miserable, aun con la boca perfumada, exultante de mil sabores.
Muerte de su padre: verano 1966. Desquiciamiento.
No hay ningún sitio en el terrible calor donde puedas esconderte, escapar del sofoco de las piedras, de la asfixia de la noche.
1969: Torres gemelas, aún puros esqueletos alzándose al cielo: 40 plantas. Work in progress.
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