lunes, 24 de octubre de 2011

HESSE 16

-Sin embargo, se mató –asevera él.
-Es cierto. No puede estar aquí, ni en U1 ni en U3 ni en ningún sitio. Nada de nada –termina aceptando una Hesse derrotada, de un verde marciano, o venusino o…. Desdeñosa de galaxias, ya sólo cree en universos.
-¡No tuvo tiempo de escapar!
-Aunque, cualquiera sabe… Quizás escapó antes de… Antes de terminar. Pudo hacerlo al desvanecerse, mientras…
-Mientras se desangraba por los cortes en los dos brazos.
-También tomó barbitúricos. Eso aliviaría el trance.
-Quizás soñaba, se moría, pero soñaba.
Abandonó el hogar, las cuatro paredes de su pintura, su “lugar” de recogimiento, la capilla, el orante...
Sacrificado como un Cristo. Un mal judío: no hay cristos.
El hombre (nada menos que un hombre de carne y hueso, carne macilenta y aliento insano), en la gélida mañana de febrero: el cuerpo ya no es un instrumento de goce; todo lo contrario, cerca de los setenta años se está rompiendo por todas las costuras, hace aguas, se resquebraja como un muñeco viejo, un fardo torturador e inclemente que hay que cargar a las espaldas nada más abandonar la cama. Ya no sirve para gran cosa. Hace tiempo que se ha vuelto impotente. Por supuesto, nada de alcohol y tabaco, dictaminan. Por supuesto, nada de esto y lo otro… Por supuesto, bebe y fuma más que nunca. Por supuesto, prefiere morir como es debido. Por reacción. Como un hombre. Que se vayan al diablo los malditos momificadores, taxidermistas del alma. Tiene que valerse de asistentes para pintar que, aun monaguillos sumisos, son manos ajenas profanando el óleo sagrado, y revisten la realización de los cuadros de una especie de sacrilegio.
Miércoles. Demasiado tarde para este nietzscheano con gafas de culo de vaso. Y ese estudio de la calle 69: un antiguo garaje inhóspito, helado, bajo la niebla de una claridad de metal, de cúpula inalcanzable que se eleva cerca de quince metros; allí ha dispuesto la última guarida: una cama, y la zona del baño, siempre hedionda, y una cocina desangelada y sucia donde nadie supo nunca que se guisara un plato. En ese rincón prefirió yacer en su última noche. (Mayo, 2007, Sotheby’s subasta uno de sus cuadros… ¡y lo vende por 75 millones de dólares!). La última cena (compradores de arte, marchantes de hombres, tomad nota): un frasco de barbitúricos, un vaso de agua, la cuchilla a un lado. Se desviste mientras hace la digestión del banquete. Coloca los pantalones de artista obrero manchados de acrílicos en el respaldo de la silla desvencijada. Sin prisas, sin miedo, se corta las venas azules. ¿Eres un verdadero shojet? Veámoslo. Brota incontenible la sangre roja. El hombre herido, en calzoncillos, se tiende con los ojos cerrados sobre el frío suelo de cemento y estira los brazos desnudos, mojados por la savia tibia que mana de él mismo y que nada ha de vivificar. Ya no siente el frío.
Muerto, tendido en el suelo, parece una cruz.
-Pues he visto a R. –asegura con una expresión angustiosa Hesse (entre verde y oro ahora).
-No me confundas. Según las estrictas reglas, que, te recuerdo, tú misma elaboraste, no es posible el viaje entre los U. Una vez muerto, al hoyo. Y punto. No hay excursiones que valgan. Hay que espabilarse antes de que empiecen a tejer y destejer las parcas.
-Y, sin embargo -dice con voz débil-, lo he visto. Puedes estar seguro. –Ve su faz lívida, su figura de sombra. “Más tarde o más temprano ha de disolverse en el polvo cósmico”, se dice. “Su palidez asusta, ya es casi fantasmal.”
Puede que a quien haya visto el suicida sea al engreído y melifluo teólogo Kierkegaard, glosador incansable entre citas bíblicas: hace de lo personal una religión universal mientras otros pagan sus deudas de café; y en sus años finales, cuando comprueba aterrado que tendrá que trabajar para ganarse el sustento opta por ser un hombre enfermo, pues del alma ya lo era: mal asunto. De este pastor de impotencias extrae el místico pintor, siempre con la pesada piedra judaica a la espalda, la idea del sacrificio.
¿La ofrenda por el pecado de sus cuadros? Él mismo. El padre debe amar a su hijo, pero si el dios lo pide, debe matar a su hijo.
Abraham, Abraham, atrona la voz del terrible Yahvé.
¿Qué mejor hijo para el sacrificio que tú mismo de ti nacido?
El acto de pintar es, en realidad, una forma de entender el arte, de reafirmarse en unos principios que, sí, en ocasiones alcanzan lo teológico: una ronda en torno a la muerte debería ser la creación, un sacerdocio que ilumina las tinieblas en pos de lo trascendente.
Pero, ¿no era el arte una fiesta?
Lo dionisíaco frente a la mesura de lo apolíneo…
Los cuadros de Rothko me resultan borrosos, como envueltos en una bruma que los vela.
La turbiedad de su conciencia: he aquí a un hombre que no es religioso y mantiene la espiritualidad del arte como primera condición para su ejercicio.
El humo de la carne quemada en los crematorios de Auschwitz y Treblinka enceguece la súplica cromática.
Lo santo y lo luminoso. En un hombre cuyo remordimiento llegaría a costar millones de dólares.
¿Un sacrificio? ¿A estas alturas?
(El hombro: me duele, dice Hesse. Un brazo inflamado. ¿A qué viene ese decaimiento? 11 de la mañana, domingo: no se percata de la presencia del falso testigo, apoyado en el quicio de la puerta con la taza del desayuno en la mano; ve que se sostiene en el borde de la mesa, como esperando que se disipe un mareo. Dos días más tarde: la pierna; me duele, dice. Una semana después: veo mal con el ojo derecho, creo que he perdido vista, susurra una noche, antes de acostarse. Duerme mal. El Testigo nota como se mueve una y otra vez de un lado a otro de la cama. A la mañana siguiente, otro domingo, 11, temprano, se levanta con media cara insensible. En la cocina: ha perdido el sabor. “Ponme más azúcar”, pide. Ya le ha puesto tres terrones en su taza. “No sabe a nada”, se queja. La cara asimétrica. Afuera, Nueva York, una trepidante polisemia que no se detiene en este domingo soleado, transparente, extrañamente silencioso.)
Ella, que tan firme la sostenían las columnas de sus piernas sobre el duro granito: elevaban la isla magnífica.
Y un día: insuflan aire en su cabeza, como si hincharan un globo. Así, localizan al intruso: exploración de contraste.
Ahí está, ¿de dónde ha venido? ¿quién es?
Ha nacido de repente, se hace fuerte, vive, crece, va a matarte.
Hija de Dios: he ahí el hijuelo, y en tu propio cerebro: el sueño de la razón produce monstruos.

sábado, 22 de octubre de 2011

HESSE 15

Ha decidido almorzar con ella en Marine Stock, un restaurante cerca del City Hall. Esta vez es puntual. Llega vestida con minifalda, con grandes círculos de color (amarillo, azul, verde) estampados en el tejido. Una blusa blanca muy liviana cruzada de diagonales negras, de mangas en forma de campana, desciende desde el cuello abotonado hasta el cinturón ancho y rojo que rodea la cintura. Muy pop las dos prendas (recuerdan el envase de una marca de cereales para el desayuno). Se ha cortado el pelo. Aguardan turno en el restaurante. Cuando se sienta en un taburete en forma de seta, a su lado, en la barra, experimenta una gran fatiga. Por la mañana ha estado dando vueltas por Rockefeller Center, donde examinaba los relieves de Noguchi. Ella sólo pide tarta de manzana, hace un gesto de fastidio y declara abiertamente que no quiere saber nada de Noguchi, al menos este Noguchi tan americanizado. Él, aunque sin apetito, pide una hamburguesa con lonjas de tocino, col agria y mostaza. No se siente inspirado, así que guarda un silencio absoluto. Deja casi toda la comida en el plato. Pide un café y paga la cuenta. Ella le mira con absoluto desprecio. La devuelve al SoHo. La ha hecho venir para nada. La ha resucitado. La ha vestido para nada. Le ha hecho entrar en un restaurante sin interés para nada. ¿Qué puede inventar? La deja ir, pues no hay nada que hacer. Un acto fallido. Deambula por Chinatown. Vuelve a TriBeCa. Al final acaba en una cafetería donde traspasa la línea roja y se toma tres copas de bourbon ante la mirada asqueada de la camarera que le sirve con gesto de hastío, una mujer delgada y ojerosa, con el pelo color zanahoria, ya cerca de los cuarenta. La chica más guapa y la nariz más respingona de Milton, Virginia, hija de John, empleado en una gasolinera, y Karen, ama de casa, triunfando en Nueva York. Y una mierda, nena, ¿qué esperabas? (Todo, menos la mierda). A punto está de decirle, recorriendo con los ojos de arriba a abajo su figura desmadejada: “Tú, no lo entiendes, triunfadora” (bueno, a fin de cuentas ella lo ha conseguido, vive en Nueva York, en un edificio desvencijado del Bronx tan lejos de la calle Barclay como dos líneas del metro y un par de autobuses a primera hora del amanecer y otros dos autobuses y un par de líneas de metro a última hora de la tarde, ha triunfado como camarera: viste un bonito uniforme y se encasqueta un coqueto gorrito a rayas de color rosa). Él, ni siquiera eso, es un turista encubierto de ocio y seriedad con una pluma en la mano, el arma más pusilánime: piensa en ello; intenta escribir algo que tenga sentido con un bic de tinta verde americano (diez centavos) en el pequeño y colegial cuaderno de notas de tapas blandas (veinticinco centavos). No lo consigue. “Anduve como un loco, matándome.” Etcétera. En la estación elevada de… Etcétera. Sale. Acaba más abajo de Canal Street con la boca llena de polvo, polímeros y venenos escondidos. Luego, se detiene un rato mirando las obras de las que serán dos fantásticas torres de cemento, hierro y cristal. Se dice que cambiarán la fisonomía del skyline de la ciudad, al sur de Manhattan. Un símbolo eterno, imperecedero de la ciudad de los rascacielos su emblema milenario. 11 de setiembre de 1969, a media mañana, calor, humedad, hastío.
Lo imaginario no suplanta decididamente la realidad, pero la amplifica neutralizándola: la verdadera máscara es el rostro.
Hurga en lo que hay debajo.
El discurso de lo surreal avala tus labores de artista, autoriza el hoyo donde escarbas.
Y puestos en el lugar del sinsentido, defenestramos toda teoría, desdeñamos la proclama sabihonda capaz de prestigiar la nadería.
De ella, esa mirada suya tranquila de ayer horada sin saber el mundo enrevesado de hoy, un mundo que erosionan los vastos desiertos sin ella, un mundo y su caos adonde no puede volver para abolir dogmas y creencias tambaleantes con su propia, personal y poderosa incertidumbre, ni puede describir, ni sentir, ni tan siquiera representar mediante una refutación (ahora absoluta) que niega sin más lo literal, contradecir la misma vida con no-significados, pervertir la imagen con el improperio de lo ininteligible, burlar el arte con la mofa de la nada que discurre entre sus dedos como agua oscura, como la misma vida que de ella escapaba a raudales, sin compasión, bárbara muerte en la luz azul, en la tarde amarilla y quieta, en la pausa negra de la noche, sobre ella una cascada de crímenes por segundo…
Ethos paciente: mira desde cristales y plásticos el futuro que era el presente suyo.
Nos mira tan de lejos… Desde lo irracional: cabalga, por ejemplo, a lomos de la luz de una estrella muerta que ahora después de un millar de años alcanza el cielo del planeta.
Miraba siempre como descubriendo, hilaba aceros o material del siglo XXI.
¿Ella? Una hamletiana a la que las calaveras tampoco le dan miedo.
Electra agazapada: de manos inocentes, sólo manchadas por… ¡el arte!
Soñó: la hija salvaba al padre del torbellino de las aguas de la noche, envuelta la pesadilla con los colores de Gericault, cadáveres macilentos teñidos por la luz de la luna.

jueves, 20 de octubre de 2011

HESSE 14

Salen de la 75 camino del Whitney, en Madison. De nuevo insiste en visionar algunos de sus secretos. La mole de granito y hormigón de Breuer, escalonada y de ventanas inconcebibles crea una panorámica en esta parte de Madison Avenue que desdice las fachadas aburridas, monótonas y opulentas que le secundan calle arriba y abajo.
Cruzan el vestíbulo. (En ese momento se da perfecta cuenta de que es un acompañante falso. “Desaparece”, ordena. Ya es invisible. Sólo Hesse.)
La artista suspicaz se detiene ante Los esponsales. De Gorky.
¿Qué sabes de Gorky?
Deglutía los patterns freudianos, lo esquizoide asomaba por el rabillo de sus ojos, el cielo áspero y la tierra quebrada del armenio, y, sin embargo, resolvía silencioso una obra luminosa en crueles o plácidos amarillos Vermeer, alejado ya del pastiche de aficionado receloso.
Un tipo torvo, bien preparado para el golpe, como todos aquellos que saben que la muerte no jugará con ellos al maldito escondite, que saben desde antiguo que más tarde o más temprano ellos mismos acabarán con su vida. La prueba final de un desafío a una vida siempre a rebosar de quebraduras y absurdas mortificaciones.
¿Cuándo se mata?
Poco después de saberse un trasto irrecuperable (cáncer, accidente de automóvil, el cuello roto).
¿No es eso jugar con ventaja? Lanza al mundo sólo jirones, unos retales de la existencia maltrecha y pendular entre la sobriedad y la fanfarronada.
Pero ese exterior plácido, bonancible, la mirada del niño sin tierra que contempla la línea del horizonte… Inventa los cromáticos subterfugios.
Esa amalgama antropomórfica que subyace tras las líneas del dibujo uniforma un discurso plástico cercano al drama existencial, tan alejado de la tragedia del Guernica. “Han sido mis acuarelas”, dice Hesse condescendiente. Pero también con un poco de excentricidad: prefiguran a Basquiat, a tantos otros. Todo lo suyo ha sido transversal, señora.
Ha visto a Hesse como una hada en busca del hálito: pues, obediente, él había desaparecido y la había dejado sola, viéndola cruzar a buen paso una de las salas, pasar de largo, liviana. La sigue a distancia. Va apresurada. Frente “a las estatuas”, acaso con miedo: huye de las pavorosas carnosidades de bronce de Lachaise, de Lipchitz y Archipenko, de la “madre y el hijo” de Zorach que han de constituir tu pesadilla de esta noche, una parada de monstruos que poblaran tus sueños de seres deformes e irreales, una carnaza para el deseo extravagante y medieval de los goliardos.
Hesse: la representación mata, el bulto aterrador de la masa destruye la veracidad del discurso de la forma. La sugerencia por muy brutal, hermética y extraña materialmente que fuere ha de salvar tus ilusiones.
Aunque acaso otros sean los monstruos, como bien supo retratar ya antes la chica seria de los Nemerov con la Leica colgada del alma, una Arbus todavía inocente, de su propia vida y la de los otros trastos andantes, sonrientes, indefensos…

lunes, 17 de octubre de 2011

HESSE 13

Una razón de ser: he aquí los fundamentos:
Es, dijo uno (o una) con la copa en la mano, bañado/a por la irreal luz de los 100 vatios, rodeado/a de periodistas escépticos, espectadores y otras gentes de pelaje artístico y/o comercial. Ella ya estaba muerta. Deambula el Testigo entre los figurantes de la plástica necrofilia. La exposición escatológica, por ejemplo: Eva Hesse: A Memorial Exhibition (Solomon R. Guggenheim, Nueva York, 1972.)
En realidad (es decir, en cierto modo, lo que parece, lo evidente…) es que la artista se halla por encima del Objectum. Digamos que el Subjectum sustancia la morfología de esa biología pensante en forma de trastos: dirige la construcción/disposición matérica en todo momento (diga lo que diga ella para marear la perdiz), el fundamentum de estas esforzadas maniobras es el sujeto, espectador/quien contempla, a su cerebro va proyectada la bala: la obra es el Mac Guffin. La eidos que esconde la turbamulta del objeto, lo efímero, es su verdadero arte inmortal.
En el fondo, no es nada romántica.
No va pintada, a pesar de ser bonita: otro gimmick.
Es una lógica, le aterra lo inductivo.
Duda: dilemas: trilemas. Todo es un enigma. Incluso los sentidos lo son. Si se ve ella misma, se aterra de su poquedad, de lo azaroso de su existencia: ¿podría trasladar su pequeñez criminal a lo universal? ¿Su obra es el testimonio de una experiencia particular?
Más a gusto se siente lejos de la heurística y laborando inmersa en algún proceso lógico.
La Hesse deductiva hurga y roba del mundo para amontonar su pequeño castillo de arena: sigue siendo la misma niña de Coney Island que vigilaba con el cubito azul y la pala roja en las manos artesanas que nadie pisoteara las almenas de su fortaleza dorada por el sol de la playa.
Y, sin embargo, el azar…
Todo es la realidad del mundo. Por mínima que ella sea, es un apéndice irrebatible de él.
Albers, dios encorbatado y pulcro de la razón, acompañaba a Hesse a la puerta guardando todos los miramientos, a pesar de su repugnancia por lo altisonante y desbarajustado de la obra en ciernes de la artista condenada. Cerraba el docto profesor y artista meticuloso tras de ellos con siete llaves el despacho tutorial rebosante de libros, mesura y ordenadas geometrías coloristas: “Hágame caso”, dictaminaba, “no se deje embaucar por la mera eufonía del caos, nada de ese desorden debería complacernos… Es una trampa saducea.”
A ella, se lo decía a ella, que sentía las células de su cerebro en plena correría, revoltosas y rebeldes, de aquí a acullá, aprendices de saltimbanqui criminal.
Desde lo alto del magisterio impecable, la corrección y la frialdad del sacerdocio edificante, encubierto por la discreción acusadora, la mira con pena mientras ella desciende al abismo de la entropía por derecho propio, rauda como el brillo del cuchillo.
El hombre respira teoría, cientifismo. La suya es una razón bien desvelada, nada de sueños ni de monstruos: la mente sabia, el ojo alerta, la camisa bien planchada, todo bien programado, lejos del chafarrinón.
Ella bajaría al infierno de las analogías, del símil indescifrable por la hondura de sus raíces. Perfecto juguete para el ajedrecista Duchamp.
Manoteaba en las olas del caos.
Es una bracera del alma, de lo que no se ve y es imposible representar con la sombra y la silueta platónicas. Y el crisol de donde extrae la leyenda humea dolorosos venenos:
Extrae la pócima sacrílega, reta a lo desconocido, blande la espada contra los más formidables enemigos de la convención y el plagio en pos de la piedra filosofal de lo extraordinario, lo oculto, lo real lejos de la mimesis.
¿Qué otra cosa podía hacer? Su lenguaje es el de una Eva recién despertada, aún con legañas en los ojos, maravillada por un paraíso donde a todo había que ponerle nombre.
Sabe lo que le espera: “Por Dios, que no sea demasiado rápido. Sólo quiero un poco más de tiempo…”
Ni hablar. Ya sabes como se las gasta Yahvé el Iracundo: a cuchillo, a sangre y fuego celebra degollinas, se complace en carnicerías y mil sacrificios, quema su cólera la pobre piel humana de niños y mayores, por no adorarle, por no postrarse de hinojos frente a él, el Sapientísimo, el Único, el Hacedor de Todas las Cosas.

domingo, 16 de octubre de 2011

HESSE 12

Las perversiones artísticas no deberían andar lejos de una sexualidad liberada del tabú o la inmensa falsedad de una decencia que termina desexualizando al individuo. Una moral equivocada redujo al cuerpo a la mazmorra del miramiento cuando debió ser siempre un instrumento para el placer en alianza con un pensamiento libre y reflexivo.
Nada en el cuerpo es culpable. No hay pecado original. Y todo en el arte es sensualidad.
Nada en la creación fue susceptible de corrección: lo adaptable sólo exigía tiempo, nada había de predeterminación.
He aquí, por tanto, que un arte pródigo exige la desinhibición absoluta: un arte de los sentidos que no repugnara de lo racional, la emoción corregida por la regla llevada al paroxismo: ninguna regresión debería ser contemplada ante el vacío y la angustia de un cuerpo único y consciente, irrepetible, desnudo, vulnerable y finalmente destruido frente el mundo y su destino cósmico con fecha de caducidad.
En un arte Hesse, en una vida Hesse, la creación es libre, el cuerpo es libre. Los modelos son inexistentes, las reglas adánicas, sin dioses y regulaciones, sin el castigo o la pena.
El arte como campo de batalla: extraer del imaginario de lo desconocido la metáfora del mundo o del propio suceso de uno mismo (sus avatares y ganancias) a palo limpio.
La única locura en este arte sólo es la liberación, la rebelión mítica. Y ello conduce a la transformación, a lo provocativo, el retorno a lo instintivo en una nueva noche de los tiempos.
Ella, la taimada kibitzer, sobrevolando las realidades terrestres, entrometiéndose en mil historias, paralizándolas en forma de arte con materiales muertos, pronto putrefactos y, al cabo, disueltos en el polvo de la nada terrestre.
Y, no obstante, existe un deseo órfico en ese heteróclito conjunto de obras, este diablo cojuelo que levanta los techos de lo visible ansía derrotar a la muerte mediante el subterfugio de la ilusión, de la magia dominguera del siglo XX que sucede y prolonga las tareas de Vermeer de Delft, Velázquez, Van Gogh y Picasso.
“Aunque, no se fíe”, previno. “Después del puñetazo en los ojos le querrán quitar la bolsa.”
Siempre van tras ella, los mercaderes de hombres: una religión llena de cepillos donde guardar a buen recaudo las monedas birladas a los otros.
Entretanto, la artista, con las mangas de la blusa arremangadas por encima del codo, la boca abierta y los ojos espabilados chapotea en la estética de la irrealidad, esculpe con la imaginación y labora con la disposición y el uso extravagantes frente a lo utilitario y funcional realistas. Lo estético riñe con correcto, aparta a manotazos aquellas de las ideas que puedan hermanarse con la geometría milenaria del orden cotidiano, la línea (el garabato imposible) platónico y equilibrado, pues el arte es la libertad absoluta de los sentidos, y ella, La Reina de lo Intuitivo, así lo cree, y en su mente libérrima baraja las cartas de Las Leyes al Tuntún.
¿Dónde está la razón?, se pregunta escéptica.
En ese momento, ya tiene ganada la partida.

Respecto al Diario…, dijo.
Sólo salpicaduras, manchitas en las grandes hojas de los días, una ingenuidad bien que justificable a causa de lo extraño de ese terrorífico e inaceptable maridaje del pensamiento con el saco de huesos, vísceras y sangre que es el cuerpo: fábrica de traición, de dolor y de muerte.
Quizás no hablamos de una secuenciación íntima, sino éxtima, un diario de sucesos visibles y sufridos, el goce pero también la tortura del cuerpo, las humillaciones, la perplejidad ante la nada, la mueca difícilmente reprimible del miedo.

A fin de cuentas ¿qué es un diario? Sólo jirones, un sustitutivo incompleto de lo que vemos, pensamos y sentimos… El decorado y los adornos de un ego estúpido: estamos condenados a desaparecer y lo que dejamos atrás será nada más que antigualla o las cenizas patéticas de quien se creía la más bella del bosque: palabras probablemente mal escritas.
Cae la piedra: sueña: hacia arriba.
Un poema de Wallace Stevens. El cuento de Parker. El cuadro de Gorky. Los seres sombra de Giacometti.
En dos años: aprender francés, ducharme con agua fría siempre y mirar a los ojos de los demás mientras hablan en lugar de a sus bocas de tenebrosa hondura.
Todo cabe en el Diario.
¡Pero jamás una flor seca, de pétalos quemados y aplastados entre sus páginas!
¿Qué pasa si acaba el tiempo… sólo él, no las cosas ni la naturaleza, ni nosotros mismos?
Salinger: orígenes: un judío taciturno, quizás.
Una mancha: partir de ahí: empieza a hablar, pronto adopta su forma, se delinea, parece salir de la pared, ya es.
El viento de Nueva York: aúlla entre los edificios, zarandea los árboles… Un gemido interminable, enloquecedor, invisible…: amenazas, duelos, la crispación latente, el miedo soterrado que la furia del aire saca a la luz.
Ciudad agrietada que, al dejar escapar humos y vapores, nunca cesa de mostrar la vida oculta y misteriosa del subsuelo. Una Nueva York subterránea e inquietante.
Noviembre: frío de veras. 11.11.1968.
16.11.1968: la niebla atrapada en las copas de los árboles en Central Park.
17.11.1968: la luz, gris; luego, la lluvia cae suavemente y hace brillar las aceras, las chapas de los autos.
21.11.1968. Postal de C.A.: en tierras cálidas. Caligrafía en mayúsculas, bien claras, sin enlaces. No desea malentendidos. Curiosamente, al contrario que Sol: letra minúscula, enrevesada, despeñándose de las líneas, alzándose como las rayas de un electro, yendo de un lado para otro…
21.11.1968. A mediodía: nubes en el cielo, claroscuros, relieves. Una orografía marina.
Y la turbiedad del pensamiento a medianoche.
El jazz es una improvisación: una inconsciencia a la que el sonido, a despecho del instrumentista, termina organizando. Organiza el caos. (¿No querría yo hacer lo mismo en mi obra?).
El misterio es lo que no vemos. En el universo todo parece extremadamente sencillo. Sin misterios, pues todo acabará revelándose con el tiempo: como toda materia que al final no puede ocultarse a un examen. El sol, una estrella, sólo es una bola inmensa consumiéndose a sí misma. Es así de simple. En términos científicos: una combustión, convierte hidrógeno en helio en una reacción inconmensurable. Luego, se agota, enrojece, se hincha como un cadáver putrefacto a punto de estallar y se apaga. No hay más. El misterio: ¿por qué? ¿a santo de qué? ¿dónde está la fábrica incesante de todo ello?
Dibujo porque me gusta el silencio…
Anotar los sueños es estúpido, como crear recuerdos falsos.
En Rochefeller Center: Holden y ella: almas gemelas. Exactamente él. No puede ser otro. Patina con arrogancia, absorto en un vals que sólo él escucha. Huraño. Navidad. Una apariencia de huérfano con poderes sobrenaturales. No sabías si abofetearlo de inmediato o invitarlo a tu cama: ambos pensamientos le excitaban por igual a la chica solitaria en busca de los personajes de sus sueños.
¿Qué más?

miércoles, 12 de octubre de 2011

HESSE 11 (Ensayos para un estilo)

A los 15 años, aún en el instituto, alguien, una profesora, miss C., larguirucha y tímida, de cabello corto y labios enjutos, mirada implorante y manos grandes, fácil diana expuesta a la mofa cruel del adolescente (del adolescente de los años cincuenta) por sus gemidos histéricos y lo estrafalario de su atavío cotidiano, le informa susurrando de una reciente exposición al margen de los canales habituales. Se ha inaugurado en la calle 9, y muestran sus obras recientes más de sesenta artistas. Todos ellos pertenecen a una nueva corriente que de seguro va a revolucionar la pintura contemporánea.
La etiqueta:
Expresionismo Abstracto.
“¿Tú sabes quién es Jackson Pollock?”.
Parecía el título de una novela, tal vez de una película de la desconcertante década de los sesenta, aún no entrevista. Cinco años más tarde, cuando el cabeza de serie de la muestra se estrella conduciendo borracho su Oldsmobile V-8, la lengua cínica de otro aspirante a genio incomprendido le acaricia el oído con sarcasmo de ofidio a la bella jovencita a punto de ingresar mediante una beca en Yale: “Estuvo en el sitio justo en el momento oportuno… ¡Y se mató a la hora debida!”
“Sí, fue el mártir necesario.”
Muertos fueron todos: el gesto, la acción, el expresionismo, lo abstracto…
Diseño.
La jovencita Hesse baja al sótano de Brentano’s, en la Quinta, después de haber salvado escaleras y columnas por doquier de la desmesurada librería. Rebusca entre los centenares de revistas. Quiere ganarse la vida diseñando. No le repugna lo efímero de una propuesta que descansa con absoluto descaro en lo temporal. Años después, el Testigo interpela inquisitivo:
-¿No sabías aún que eras una artista?
-Claro, pero el diseño es un buen instrumento plástico para ver hasta donde puedes llegar.
Qué interesante.
Se defiende con astucia: el talento reside en lograr lo intemporal a través del medio procesual que fuere. A renglón seguido menciona la Bauhaus.
Pero es casi todavía una niña. Una niña a lo Balthus, enrarecida por la extraña atmósfera que recrea los sueños.
Sentada en el suelo en minifalda, las piernas recogidas formando hueco, la seda de los muslos al aire, al aire también las bragas de un blanco inmaculado, rodeada de decenas de publicaciones de todo tipo, absorbe colores, formas, significados, significantes…
Puede que hasta tenga malas ideas.

domingo, 9 de octubre de 2011

HESSE 10 (Ensayos para un estilo)

En los primeros años cuarenta, ya en Nueva York, papá Hesse frecuentaba todas las semanas los grandes almacenes Abraham and Strauss.
Podía aprovisionarse sin temor, mantener saludable a la camada sin ningún recelo. Ese nombre rotulado en los grandes carteles concentraba todas las garantías. Sonaba bien y se escribía mejor. Abraham and Strauss: perfecto.
Hay que saber elegir.
Almacenes Auschwitz.
Agosto del 42.
Materiales Vivos.
Todo tipo de Ofertas y Grandes Oportunidades.
La espesura gris y húmeda del amanecer se apodera de los barracones de ladrillo rojo. Es como un vaho siniestro que parece desplomarse del mismo cielo sombrío.
Las hacen salir afuera. Renqueantes, hambrientas, temerosas, sin saber nada de nada, las mujeres forman filas desordenadas frente soldados armados, inexpresivos, de ojos muertos bajo los cascos de acero.
Todos los días, desde hace dos semanas, se repite idéntico suplicio en las primeras luces del alba. Luego, separan a una decena de ellas y las conducen a un barracón de forma alargada en un extremo del recinto. Jamás vuelven a ver a las que entran allí. Es como si se las hubiera tragado la tierra.
No muy lejos, se escucha una ráfaga de metralleta.
Tiene un regusto metálico en la boca, como si, sedienta, hubiera chupado las alambradas aún mojadas por el rocío y que comienzan a divisarse entre la niebla a pocos metros, alzadas sobre la tierra oscura y yerma.
Mira a su alrededor.
Una vieja, envuelta en andrajos, se ha hecho sus necesidades encima y cae al suelo entre gemidos apenas audibles.
La mujer vuelve la cabeza al otro lado, respirando el aire que viene del norte.
Pero hasta esa parte llega el hedor.
Entonces se da cuenta de que otra prisionera, aún joven, en la fila próxima, le mira directamente a los ojos. Tiene su rostro una expresión infinitamente triste, como si todo el asco, la podredumbre y la corrupción universal hubieran desfigurado ya para siempre el menor vestigio de perdón hacia sus semejantes en el cerco de arrugas de los ojos, en los repliegues oscuros de las mejillas caídas.
“Irene Nemirowsky” (judía rusa), le dice la desconocida tendiendo la mano, al tiempo que esboza una débil sonrisa.
“Helen Hesse” (judía alemana), contesta con voz temblorosa estrechando la mano tendida.
Ahora saben ambas que ese día es el último de sus vidas. No llegaron a estar en el Revier del campo ni dos minutos: débiles y vencidas no servían para el trabajo forzado.
Sus nombres, escuchados aunque en susurros en ese helado amanecer, confirman a las dos que no fue anónimo su paso por el mundo.
En ese momento uno de los soldados, a la vez que saca una pistola de la funda sujeta al cinturón, avanza hacia el bulto caído en el suelo, tan cerca de ellas que los harapos pestilentes que lo envuelven tocan sus pies.
Helen Hesse cierra los ojos. Aprieta los puños con fuerza.
Irene Nemirovsky no cierra los párpados, comprueba desdeñosa el miedo del mundo que calla.
Suena un ruido seco, casi como un petardo infantil, brevísimo, desconocido hasta ese instante, irreal.
Helen Hesse vuelve a abrir los ojos.
De la frente de la vieja apestada brota un hilo de sangre que pronto alcanza la cuenca del ojo abierto y se desliza hacia la boca también abierta. Ahora el olor es nauseabundo.
Unos minutos más tarde les ordenan que caminen en compañía de otras desdichadas hacia el barracón de las exterminadas. Junto a ella también se halla la desconocida, que marcha hacia la muerte con la vista fija adelante: “¿Qué me está haciendo este país, Dios mío?”, se había preguntado consternada ante la indiferencia general de una nación que había perdido el honor.
El final terrible al que condenan a sus víctimas inermes se ha gestado desde la cloaca de uno de los más señeros atributos del ser humano en todas sus épocas pasadas y, probablemente, en las venideras: odio+desprecio (al otro) comandados por una violencia sin límites.
Ahora comprenden las dos que ese lugar, ese destino que prefijara la gran diáspora, sólo es la puerta a la nada absoluta o a un infierno que se prolongara eternamente desde la tierra. A ningún sitio más: todos los dioses murieron de aburrimiento ahítos de su propia grandeza hace miles de años, y el mundo entró en la era de la maldad, el sufrimiento y el crimen ante el silencio profundo del cosmos.
El bagaje de una: la incredulidad hasta el último instante, el asombro enajenado de espanto y de miedo de una sencilla ama de casa que desde que la arrancaron de su hogar en Hamburgo y la separaron para siempre de su marido Samuel, su hijo Wilhelm y de sus nietas Helen y Evchen sigue sin comprender nada de nada.
El equipaje de la otra: Ana Karenina, los Diarios de Katherine Mansfield y una naranja. Y, a pesar de todo, no murió con el corazón endurecido.