Verano, 1969.
Tendidos sobre la hierba de Great Lawn. Anónimos bajo el sol benéfico del crepúsculo, acariciados por la brisa que comienza a refrescar la tarde dorada.
“De la que me he librado”, dice.
Ya le ha crecido el pelo, aunque aún no puede peinarse.
En cuanto pasen unos días ya no se notará la cicatriz.
“Estás guapa. Y eres muy valiente.”
“Mira, me he comprado un vestido.”
Es ligero, vaporoso y de colores vivos.
“Te sienta de maravilla y, además, deja ver tus piernas tan bonitas.”
“Antes de que llegue el invierno…”
Lo dice con una sonrisa pícara, y gira sobre sí misma sin dejar de sonreír mientras el vuelo de la falda sube hasta descubrir los muslos pálidos y suaves.
Otoño, 14 de octubre, martes, ese mismo año (1969). Vienen del parque de la plaza Tompkins, después de haber estado merodeando por la calle 8 Oeste, donde ella, sin saber muy bien qué, buscaba de un lado a otro en una de las tiendas de segunda mano.
Quiso descansar antes de llegar a casa.
Aún con la luz de día: pan italiano, queso, una jarra de agua fresca, una botella de vino tinto, aceitunas griegas, miel de Nuevo México.
Por la noche él le lee despacio, sumidos ambos en las sombras iluminadas levemente por la luz de la lámpara de la mesa, con voz suave, disimulando el temblor invencible, algunos cuentos de En una pensión alemana, una edición de páginas algo descabaladas y amarillas por el tiempo, editada por Knopf en 1922, comprada por unos pocos dólares en The Green Train al siempre desinteresado Raymond Yeats.
Pero Katherine Mansfield ya no se reconocía en ellos. Incluso renegaba de esos textos prematuros (1911), tan juveniles, meros pastiches de su paso por la Baviera de 1909 donde, entre otros sucesos de menor importancia, sufriría un aborto fortuito y le endosarían una gonorrea de la que no pudo librarse en toda su vida.
En ella nada había de prematuro. Murió… ¡a los 34 años!
“Son absurdas casualidades”, pensaría años después el negro cuando ya, definitivamente en Europa, sólo sería un paseante silencioso y solitario, un falso parisino merodeando por los jardines del Luxemburgo, pensando en muertos el muerto que ya era él.
A Hesse le entusiasma especialmente Los alemanes a la mesa, precisamente el primer cuento del conjunto.
14 de octubre de 1922, sábado, en los jardines del Luxemburgo: … De repente se levantó viento, y todas las hojas volaron con tanta alegría, con tanto anhelo…
Poco después: la Mansfield caería en manos de un charlatán apátrida, un santón lujurioso y bebedor que levantó la tienda de los milagros al sur de París, en las proximidades de Fontainebleau, donde se cobijarían un centenar de desgraciados en lo que parecía ser una especie de comuna de enfermos terminales. Días antes de morir, incapaz de cualquier invención, la escritora se dedicaba a pelar verduras en la cocina metida en su abrigo de piel. Ora et labora.
Katherine Mansfield murió el 9 de enero de 1923.
Todavía antes: “¿Y para qué quieres tener salud?”
“¡Y hasta ser inmortal! De la vida lo quiero todo, sin descanso, mezclarme con la tierra húmeda y rica, recibir en el rostro el aire fresco y limpio, bañarme en el mar, dormir bajo el sol. Quiero ser parte de todo lo humano, ser consciente y sincera con las cosas de la tierra… Ser una hija del sol… Sí, que baste con esto, una hija del sol. Y trabajar con mis manos, mi corazón y mi cerebro. Sólo me bastaría lo más sencillo: un jardín, una casa, hierba, animales, libros, cuadros, algo de música… Y aprender de todo ello, y expresar todo ese pequeño universo a través de la escritura. Sólo vivir la vida cálida y doméstica, natural, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar... ¡Vivir! Porque en el fondo, a pesar del infortunio, todo está bien.”
Hesse admiraría hasta el final esa rebeldía ante la muerte de una de sus almas gemelas, el mismo tesón inquebrantable que ella sentía por la vida.
sábado, 5 de noviembre de 2011
jueves, 3 de noviembre de 2011
HESSE 22
No significa.
Es. Ahora lo entiendo. Ahora descubre su sentido. Y al contrario que otros muchos, no ha hecho del arte una filosofía, sino una actividad donde no existen los límites. Quiere sus obras como la exposición de una práctica que ni elude lo marginal ni lo trascendental. Una súplica, o una justificación de una manera particular de relacionarse con las cosas y los hechos, con sus semejantes. “Me sobrevivirá”, se dice. Y, más tarde, cuando sienta la muerte invasora ya dentro de ella apresura su testimonio, atesta con la obra su tránsito terrenal. ¿De veras pensabas que nada acaba realmente? Lo que dejas tras de ti es un nuevo juguete para los que te suceden, se solazan con él, divierten su estupor, lo montan y desmontan una y otra vez como un antiguo mecano de reluciente metal, incluso tú misma terminarás bajo el disfraz de las suposiciones, se inventarán identidades adaptables a cada negocio, serás la copia prodigada e interesada de quienes viven de réditos. Te pervertirán.
Acabarás siendo una desconocida.
Más he aquí la materia efímera de su arte, el fatal deterioro, los trabajos se desmoronan ante el paso de los días, los ácidos del tiempo la destruyen. Levantan acta de unas ruinas. Reproducen una idea que ya entreteje su captación con infinitas sugerencias y malentendidos, y que, fatalmente, ya es otra cosa de aquello que fue concebido incluso en la oscuridad. Una idea, una imagen muerta: va unida a su misma desaparición. La posteridad es el vacío.
¿Qué sabrán de ti?
Sólo son mistificadores
Es. Ahora lo entiendo. Ahora descubre su sentido. Y al contrario que otros muchos, no ha hecho del arte una filosofía, sino una actividad donde no existen los límites. Quiere sus obras como la exposición de una práctica que ni elude lo marginal ni lo trascendental. Una súplica, o una justificación de una manera particular de relacionarse con las cosas y los hechos, con sus semejantes. “Me sobrevivirá”, se dice. Y, más tarde, cuando sienta la muerte invasora ya dentro de ella apresura su testimonio, atesta con la obra su tránsito terrenal. ¿De veras pensabas que nada acaba realmente? Lo que dejas tras de ti es un nuevo juguete para los que te suceden, se solazan con él, divierten su estupor, lo montan y desmontan una y otra vez como un antiguo mecano de reluciente metal, incluso tú misma terminarás bajo el disfraz de las suposiciones, se inventarán identidades adaptables a cada negocio, serás la copia prodigada e interesada de quienes viven de réditos. Te pervertirán.
Acabarás siendo una desconocida.
Más he aquí la materia efímera de su arte, el fatal deterioro, los trabajos se desmoronan ante el paso de los días, los ácidos del tiempo la destruyen. Levantan acta de unas ruinas. Reproducen una idea que ya entreteje su captación con infinitas sugerencias y malentendidos, y que, fatalmente, ya es otra cosa de aquello que fue concebido incluso en la oscuridad. Una idea, una imagen muerta: va unida a su misma desaparición. La posteridad es el vacío.
¿Qué sabrán de ti?
Sólo son mistificadores
miércoles, 2 de noviembre de 2011
HESSE 21
Ella, poco antes, era la joven de cabello largo y espléndido, de la boca más sensual y las miradas más prometedoras, de perfiles voluptuosos, una intérprete feliz de sí misma en su trato con los demás: imaginas sin esfuerzo que ninguna expresión mezquina u oscura embrutece su rostro limpio y armónico, sus gestos son rápidos y decididos, una gracia natural rodea la esbeltez de su cuerpo como una aura invisible pero tan presente como el aire fresco y fragante que emana de su piel blanca y limpia. Ella es una conjunción magnífica de carne e inteligencia, de pasión y pensamiento que recorre las calles de la urbe bajo la magnificencia del sol matinal…
¿Qué es ahora? El resultado de un crimen. El crimen idiota y, peor aún, inútil, de un dios aburrido.
Y esa pavorosa lentitud de un final ineluctable que marchita toda esperanza.
Renglón a renglón en el cuaderno colegial en el que escribe (él o… ella).
Hesse hace rato que mira sus manos vacías, tan negadas a la caricia. No son nada generosas estas manos de él, y tan torpes para lo manual: ninguna mecánica puede esperarse de ellas. Hesse: “Qué lástima”. Él asiente desde la silla mirando las sombras, y luego gira un poco la cabeza hacia la ventana tan diáfana aún en el atardecer. Le gustaría que lloviera. Por la poesía, y el aire fresco, el aire como mojado, el aire como de otro país de nieve y azul. Suele enriquecer la memoria con el lastre de la suposición, de una estética demasiado personal que aleja de lo mediocre. Sólo por eso, el recuerdo adensado de anécdotas climáticas, algún olor y, zas, un verso libre, una línea que recupera aquel instante, la lividez de su tez, o el brillo de rebeldía (aún) en sus maravillosos ojos de judía inteligente, bella y heroína a punto de morir. El silencio se hace largo. Le parece oír la lluvia inexistente. Se cree que la luz se agrisa. Vuelve la cabeza y descubre que Hesse le mira fijamente. O quizá no. Está completamente ausente, absorta en sus pensamientos y, de modo ocasional, los ojos se han detenido en él, en su atavío de payaso elucubrador. Su mirada le traspasa limpiamente, proyectada al todo de antes. Susurra: verde y blanco. Palabras moribundas que atenazan su garganta, los colores del fuego que la abrasa. Verde y blanco. Y él se asemeja a un extraño animal varado aunque potente y de insultante salud (pero sólo ante sus ojos), para ella, piensa, debo ser poco más que una huella del mundo de afuera, una desvergonzada solitud frente a la muerte que ella encarna en forma de amasijo de carne enferma.
Los colores quirúrgicos.
Amarse en la tarde gélida de invierno, desearla sabiendo que poco a poco va a escurrirse de sus brazos muerta y famosa.
Hacer el amor debajo de una ventana lluviosa, abierta al mundo y sus trapisondas, la delicada suavidad de la luz rozaba su piel como los besos, la caricia maestra del aire lozano del verano sobre los cuerpos de los dos refrendaba la feliz invención: finalmente todo concluye en ese arte no menos arduo de descubrirse en el cuerpo y la espesura y el misterio de los otros. Imposible olvidar la punzada inofensiva de las minúsculas gotas de agua sobre su espalda, el brote tan efímero del helor contraviniendo la redondez tan cálida y estremecida de la judía debajo de su cuerpo. Hoy, que nada es, salvo la emoción del recuerdo.
Quererla, pero quererla sin ocurrencias ni fantasías, quererla de carne y hueso, poseerla incluso con el monstruo dentro que la devora. Amarla a ella en esa inmensa hora de la condena a muerte, y amarla a través de su cuerpo moribundo, desearlo aún, y siempre.
Se aventuraba en sus razones. Hay un arte que ella defendía por encima de todo: el no-arte. Pero era una negación de un pensamiento fértil, desprendía residuos de una estética oculta, acaso instintiva, tenaz y sobresaliente.
Un arte es su cuerpo. Se entromete en él como en un sueño donde la única ley es la libertad. La creación sin trabas. Nada hay de prohibido en cada uno de los gramos de su cuerpo potente. Apura uno a uno sus poros, sus dobleces, huecos y blanduras, el calor cambiante de su piel. La libertad total de sus anchuras y esbeltez de nínfula mediterránea trasplantada primero a la bruma germánica y más tarde al desafío continental y libérrimo del nuevo mundo.
“Su cuerpo es una obra que celebro. Sé de qué hablo”, se dirá una y otra vez en el futuro innoble lleno de nieblas y grisuras y fríos, desaparecida ella del mundo de los vivos.
¿Qué es ahora? El resultado de un crimen. El crimen idiota y, peor aún, inútil, de un dios aburrido.
Y esa pavorosa lentitud de un final ineluctable que marchita toda esperanza.
Renglón a renglón en el cuaderno colegial en el que escribe (él o… ella).
Hesse hace rato que mira sus manos vacías, tan negadas a la caricia. No son nada generosas estas manos de él, y tan torpes para lo manual: ninguna mecánica puede esperarse de ellas. Hesse: “Qué lástima”. Él asiente desde la silla mirando las sombras, y luego gira un poco la cabeza hacia la ventana tan diáfana aún en el atardecer. Le gustaría que lloviera. Por la poesía, y el aire fresco, el aire como mojado, el aire como de otro país de nieve y azul. Suele enriquecer la memoria con el lastre de la suposición, de una estética demasiado personal que aleja de lo mediocre. Sólo por eso, el recuerdo adensado de anécdotas climáticas, algún olor y, zas, un verso libre, una línea que recupera aquel instante, la lividez de su tez, o el brillo de rebeldía (aún) en sus maravillosos ojos de judía inteligente, bella y heroína a punto de morir. El silencio se hace largo. Le parece oír la lluvia inexistente. Se cree que la luz se agrisa. Vuelve la cabeza y descubre que Hesse le mira fijamente. O quizá no. Está completamente ausente, absorta en sus pensamientos y, de modo ocasional, los ojos se han detenido en él, en su atavío de payaso elucubrador. Su mirada le traspasa limpiamente, proyectada al todo de antes. Susurra: verde y blanco. Palabras moribundas que atenazan su garganta, los colores del fuego que la abrasa. Verde y blanco. Y él se asemeja a un extraño animal varado aunque potente y de insultante salud (pero sólo ante sus ojos), para ella, piensa, debo ser poco más que una huella del mundo de afuera, una desvergonzada solitud frente a la muerte que ella encarna en forma de amasijo de carne enferma.
Los colores quirúrgicos.
Amarse en la tarde gélida de invierno, desearla sabiendo que poco a poco va a escurrirse de sus brazos muerta y famosa.
Hacer el amor debajo de una ventana lluviosa, abierta al mundo y sus trapisondas, la delicada suavidad de la luz rozaba su piel como los besos, la caricia maestra del aire lozano del verano sobre los cuerpos de los dos refrendaba la feliz invención: finalmente todo concluye en ese arte no menos arduo de descubrirse en el cuerpo y la espesura y el misterio de los otros. Imposible olvidar la punzada inofensiva de las minúsculas gotas de agua sobre su espalda, el brote tan efímero del helor contraviniendo la redondez tan cálida y estremecida de la judía debajo de su cuerpo. Hoy, que nada es, salvo la emoción del recuerdo.
Quererla, pero quererla sin ocurrencias ni fantasías, quererla de carne y hueso, poseerla incluso con el monstruo dentro que la devora. Amarla a ella en esa inmensa hora de la condena a muerte, y amarla a través de su cuerpo moribundo, desearlo aún, y siempre.
Se aventuraba en sus razones. Hay un arte que ella defendía por encima de todo: el no-arte. Pero era una negación de un pensamiento fértil, desprendía residuos de una estética oculta, acaso instintiva, tenaz y sobresaliente.
Un arte es su cuerpo. Se entromete en él como en un sueño donde la única ley es la libertad. La creación sin trabas. Nada hay de prohibido en cada uno de los gramos de su cuerpo potente. Apura uno a uno sus poros, sus dobleces, huecos y blanduras, el calor cambiante de su piel. La libertad total de sus anchuras y esbeltez de nínfula mediterránea trasplantada primero a la bruma germánica y más tarde al desafío continental y libérrimo del nuevo mundo.
“Su cuerpo es una obra que celebro. Sé de qué hablo”, se dirá una y otra vez en el futuro innoble lleno de nieblas y grisuras y fríos, desaparecida ella del mundo de los vivos.
lunes, 31 de octubre de 2011
HESSE 20
¿Crees realmente en los ritos? Naturalmente que cree en los ritos, y en la liturgia, en los oficios y cánticos religiosos, y en toda la parafernalia de sus objetos y utensilios: son una especie de arte, de happening. Y, además, trascienden lo meramente aparencial de los objetos, se allega a una metafísica que, en la plástica, es muy de agradecer por aquellos que desconfían del trasto conceptualmente inerme. Hasta los olores podría aprovechar en una de sus obras, o en todas. Unos aprenden de los maestros de Talmud; otros, de cualquier cáscara religiosa que se les ponga por delante. El humo penetrante del incienso adereza verdaderamente una visión escultórica de lo inefable.
Piensa: ¿habría sido todo distinto si hubiese limitado sus ambiciones? Quizás, entonces, no se le habría infligido el castigo tan cruel. Una joven judía que contrae matrimonio (incluso con un gentil), atiende su hogar, cría sus hijos, una balabusta tranquila y ecuánime que prepara cuidadosamente comida kosher, consciente de sus deberes y de saber en todo momento el terreno que pisa, que sabe perfectamente mantenerse lejos de cualquier raya roja, que ni siquiera pronuncia una palabra en yiddish más allá de su círculo familiar (y sólo los sábados). Hasta sería capaz de comer sólo pan ázimo durante los siete días de la pascua, y, desde luego, de poner a sus hijos varones en manos del mohel. Todo ello con gran discreción. Claro que, en esa época, los cincuenta, en un barrio neoyorquino de clase media baja, una joven madre judía de regreso a casa con la compra del día aún podía oír a sus espaldas: “¡Perra judía!”. Y ese terrible epíteto hacía temblar las cuatro paredes de la bonita y arreglada sala de estar donde la perra judía y admirable balabusta, sentada en el sofá de piel sintética, con la bolsa de la compra todavía en el suelo enmoquetado llena de hortalizas, fruta, verduras, frascos de salsa de tomate y mostaza, la docena de bagels aún calientes del horno, salchichas de pollo y libra y media de cordero, solloza en silencio y alivia su desconsuelo limpiándose las lágrimas y los mocos antes de que regrese su maridito cartera en ristre de la oficina. Ser una judía hacendosa no te libraba del mal de los tiempos y sus fétidos prejuicios religiosos y sociales, de que no sólo temblaran las cuatro paredes del bonito salón con bellas cortinas protegiendo las ventanas, sino que se derrumbaran literalmente sobre tu cuerpo aplastándote sin misericordia. Si eso era factible de pasar a salvo en tu cálida guarida, que se te viniera la casa encima con lenzuelos de ganchillo, cortinas y alfombras, imagina la clase de afrentas y atropellos que podías esperar al descubierto en la selva de afuera.
En febrero de 1952 se hizo amiga de un tal Holden Caulfield. Se lo había presentado una amiga, alumna algo redicha de uno de los centros educativos de la Ivy League, una amiga de las ricas e inteligentes (en la nomenclatura adolescente de Hesse por aquel entonces las amigas se dividían en: pobres y tontas; pobres y listas; ricas y tontas; ricas e inteligentes –las ricas no necesitan ser listas-). Durante meses estuvo obsesionada con él, intimaron hasta lo indecible. Pero poco más de 200 páginas después Holden Caulfield desapareció misteriosamente, se desvaneció de nuevo en una existencia de ahora a ser serios, querido amigo, ingresaría en la universidad, dejaría de ser virgen pagando cinco pavos el polvo (o diez si andaba cerca el proxeneta de puño directo al hígado) y acabaría siendo un letrado bien vestido como su padre (terno oscuro, camisa blanca impoluta y nudo windsor de la corbata perfectos). Ella, no obstante, fue tras su pista por todas las calles de Nueva York. “Ahora aparecerá”, se decía al llegar con el corazón palpitante a una esquina. “En este instante”, conjuraba al volverse hacia el jovenzuelo de rostro devastado por el acné maldito que aguardaba a su lado a que el semáforo cambiara de color, y esperaba con ansiedad “la aparición de un caballero alto y atractivo de unos veinte años de edad”, que diría la niña Phoebe con menos causticidad de lo habitual. Hablaba como Holden Caulfield, pensaba como Holden Caulfield, se sentía distinta como Holden Caulfield. ¡Ella era Holden Caulfield! Pero aprobadora, excelente becaria y nada fugitiva. Era capaz de engatusar a su padre decenas de veces para que la llevase de Brooklyn a Manhattan, hasta Central Park, donde se quedaba extasiada viendo nadar los patos sobre las aguas del lago aún sin la lámina de hielo del invierno que los secuestraba. Compró tres libros de Isak Dinesen (entre ellos Out of Africa, que nunca terminó de leer). El asunto se demoró hasta más allá de 1953, cuando el culto se aguaría un tanto al conocer la existencia de los primeros pintores del expresionismo abstracto, y, en especial, cuando leyó sumarios biográficos, casi aterradores, sobre Jackson Pollock. En 1954 los inocentes mariposeos del pobre Holden con una coca cola en la mano y una copa en la otra a través de una Nueva York helada y ajena se habían ahogado por completo en alguno de los barrios residenciales que daban a las verdes y pacíficas aguas del East River, o puede que naufragara en los vertidos y chorros diabólicos de pintura de los cuadros de Pollock, o aplastado definitivamente años más tarde entre las páginas sucias de semen y sangre de The Naked Lunch.
1966. El arte y su crudeza, el artista decidido y hasta salvaje, habían ganado la partida. La Gran Chica Lista y Judía Americana había descubierto que existía un lenguaje eficaz y brutal por su misma inconsistencia y trapacería, que más allá de la rebeldía se hallaba incoherente, cínica, caótica, adánica pero siempre festiva la verdadera revolución, en el arte y en la literatura.
Goodby, mister Salinger.
Enchanté, monsieur Duchamp.
Marcel Duchamp, poco antes de morir:
“Qué confusión, tíos.”
Este ajedrecista del alma, aun distanciado de todo, y más todavía del arte de su época, que le parece cosa de niños bien aplicaditos, recrimina la manipulación a la que es sometida su boutade de años atrás:
Yo era un destructor, hice del ready made un arma arrojadiza contra la billetera burguesa y financiera de entonces, les lancé a la cara a toda esa turba adinerada y estúpida el orinal manchado de meadas amarillas sólo como provocación, una forma de rebajar la estética a la sucia calle, y, ahora, estos artistas de pacotilla de la sucia calle de hoy, admiran aquel meadero como producto estético… ¡Pensar que el futuro era de esos bastardos y la farsa de sus circos de ahora! ¿Cómo diablos podía imaginar una cosa así?
Piensa: ¿habría sido todo distinto si hubiese limitado sus ambiciones? Quizás, entonces, no se le habría infligido el castigo tan cruel. Una joven judía que contrae matrimonio (incluso con un gentil), atiende su hogar, cría sus hijos, una balabusta tranquila y ecuánime que prepara cuidadosamente comida kosher, consciente de sus deberes y de saber en todo momento el terreno que pisa, que sabe perfectamente mantenerse lejos de cualquier raya roja, que ni siquiera pronuncia una palabra en yiddish más allá de su círculo familiar (y sólo los sábados). Hasta sería capaz de comer sólo pan ázimo durante los siete días de la pascua, y, desde luego, de poner a sus hijos varones en manos del mohel. Todo ello con gran discreción. Claro que, en esa época, los cincuenta, en un barrio neoyorquino de clase media baja, una joven madre judía de regreso a casa con la compra del día aún podía oír a sus espaldas: “¡Perra judía!”. Y ese terrible epíteto hacía temblar las cuatro paredes de la bonita y arreglada sala de estar donde la perra judía y admirable balabusta, sentada en el sofá de piel sintética, con la bolsa de la compra todavía en el suelo enmoquetado llena de hortalizas, fruta, verduras, frascos de salsa de tomate y mostaza, la docena de bagels aún calientes del horno, salchichas de pollo y libra y media de cordero, solloza en silencio y alivia su desconsuelo limpiándose las lágrimas y los mocos antes de que regrese su maridito cartera en ristre de la oficina. Ser una judía hacendosa no te libraba del mal de los tiempos y sus fétidos prejuicios religiosos y sociales, de que no sólo temblaran las cuatro paredes del bonito salón con bellas cortinas protegiendo las ventanas, sino que se derrumbaran literalmente sobre tu cuerpo aplastándote sin misericordia. Si eso era factible de pasar a salvo en tu cálida guarida, que se te viniera la casa encima con lenzuelos de ganchillo, cortinas y alfombras, imagina la clase de afrentas y atropellos que podías esperar al descubierto en la selva de afuera.
En febrero de 1952 se hizo amiga de un tal Holden Caulfield. Se lo había presentado una amiga, alumna algo redicha de uno de los centros educativos de la Ivy League, una amiga de las ricas e inteligentes (en la nomenclatura adolescente de Hesse por aquel entonces las amigas se dividían en: pobres y tontas; pobres y listas; ricas y tontas; ricas e inteligentes –las ricas no necesitan ser listas-). Durante meses estuvo obsesionada con él, intimaron hasta lo indecible. Pero poco más de 200 páginas después Holden Caulfield desapareció misteriosamente, se desvaneció de nuevo en una existencia de ahora a ser serios, querido amigo, ingresaría en la universidad, dejaría de ser virgen pagando cinco pavos el polvo (o diez si andaba cerca el proxeneta de puño directo al hígado) y acabaría siendo un letrado bien vestido como su padre (terno oscuro, camisa blanca impoluta y nudo windsor de la corbata perfectos). Ella, no obstante, fue tras su pista por todas las calles de Nueva York. “Ahora aparecerá”, se decía al llegar con el corazón palpitante a una esquina. “En este instante”, conjuraba al volverse hacia el jovenzuelo de rostro devastado por el acné maldito que aguardaba a su lado a que el semáforo cambiara de color, y esperaba con ansiedad “la aparición de un caballero alto y atractivo de unos veinte años de edad”, que diría la niña Phoebe con menos causticidad de lo habitual. Hablaba como Holden Caulfield, pensaba como Holden Caulfield, se sentía distinta como Holden Caulfield. ¡Ella era Holden Caulfield! Pero aprobadora, excelente becaria y nada fugitiva. Era capaz de engatusar a su padre decenas de veces para que la llevase de Brooklyn a Manhattan, hasta Central Park, donde se quedaba extasiada viendo nadar los patos sobre las aguas del lago aún sin la lámina de hielo del invierno que los secuestraba. Compró tres libros de Isak Dinesen (entre ellos Out of Africa, que nunca terminó de leer). El asunto se demoró hasta más allá de 1953, cuando el culto se aguaría un tanto al conocer la existencia de los primeros pintores del expresionismo abstracto, y, en especial, cuando leyó sumarios biográficos, casi aterradores, sobre Jackson Pollock. En 1954 los inocentes mariposeos del pobre Holden con una coca cola en la mano y una copa en la otra a través de una Nueva York helada y ajena se habían ahogado por completo en alguno de los barrios residenciales que daban a las verdes y pacíficas aguas del East River, o puede que naufragara en los vertidos y chorros diabólicos de pintura de los cuadros de Pollock, o aplastado definitivamente años más tarde entre las páginas sucias de semen y sangre de The Naked Lunch.
1966. El arte y su crudeza, el artista decidido y hasta salvaje, habían ganado la partida. La Gran Chica Lista y Judía Americana había descubierto que existía un lenguaje eficaz y brutal por su misma inconsistencia y trapacería, que más allá de la rebeldía se hallaba incoherente, cínica, caótica, adánica pero siempre festiva la verdadera revolución, en el arte y en la literatura.
Goodby, mister Salinger.
Enchanté, monsieur Duchamp.
Marcel Duchamp, poco antes de morir:
“Qué confusión, tíos.”
Este ajedrecista del alma, aun distanciado de todo, y más todavía del arte de su época, que le parece cosa de niños bien aplicaditos, recrimina la manipulación a la que es sometida su boutade de años atrás:
Yo era un destructor, hice del ready made un arma arrojadiza contra la billetera burguesa y financiera de entonces, les lancé a la cara a toda esa turba adinerada y estúpida el orinal manchado de meadas amarillas sólo como provocación, una forma de rebajar la estética a la sucia calle, y, ahora, estos artistas de pacotilla de la sucia calle de hoy, admiran aquel meadero como producto estético… ¡Pensar que el futuro era de esos bastardos y la farsa de sus circos de ahora! ¿Cómo diablos podía imaginar una cosa así?
sábado, 29 de octubre de 2011
HESSE 19
1968: la idea es un combustible.
Verano sangriento, racial: el crimen de Memphis. Cerca de la frontera con el Bronx, entre las calles 129 y 135, han encendido hogueras y levantado algunas barricadas. El alcalde Lindsay no tarda en reaccionar. “Es todo por el momento”, sentencia el locutor mirando (casi) risueño desde la pantalla.
Han quedado a cenar con un grupo de artistas y escritores de lo más variopinto (pero todos son pobres aún) en el apartamento de un arquitecto famoso, ya portada en varias revistas de las llamadas de sala de espera. El anfitrión se oculta tras una humildad exasperante y harto evidente, sospechosa. Se adivina con facilidad al examinarle de un solo vistazo que su envanecido ego, que con tanta habilidad oculta, no encontraría acomodo ni en el vasto espacio de una catedral. En la mesa central del salón se elevan altas pirámides de sándwiches de queso, jamón cocido y vegetales: alimentemos a la turba, artistas, escritores en ciernes (todos zarrapastrosos).
En Chicago la orden (y hacia quienes se ordena hacerlo) no admite ninguna duda: “Disparen a matar”. Al fin y al cabo, morralla los que van a caer sobre el asfalto de la negra noche para no levantarse más con sus ropas sucias y pobres.
A las dos horas quedan sobre las fuentes vacías de la mesa central tres o cuatro empanadas y un sándwich que nadie se atreve a coger. El apartamento se encuentra en el piso vigésimo octavo. Por los grandes ventanales se divisa un cielo violeta, cárdeno, rasgaduras rojas que se abaten sobre los rascacielos del sur.
A esa hora, en Chicago los muertos, negros y algunos blancos negros (trash white), se cuentan por decenas.
Alguien propone asistir a una sesión de jazz.
La noche es espléndida, mediterránea, de cálida brisa (hasta perfumada), lo que produce una curiosa percepción de la arquitectura poderosa y atemorizante que nos rodea en la nocturnidad neoyorquina.
Bajan más de un kilómetro hacia el sur, hasta el Village Gate, entre Bleecker y Thompson. Tres dólares el agua mineral y el monólogo de un chistoso con cierta gracia.
Luego, el jazz.
Eran malos músicos, sólo instrumentistas, ni por un momento encendían una emoción debajo de la piel, salvo que formaras parte de unos squares algo revoltosos por el alcohol, el tabaco y alguna que otra frustración en “salvaje” salida nocturna. Ni uno solo de ellos alcanzaba la categoría de los auténticos jazzmen. Aunque el local brindaba un excelente decorado: paredes de ladrillo, maderas y forrados de cuero negro, anchas barras de hierro colado, asientos mullidos y bajos, una luz muy tenue y, sobre todo, una satisfacción alcohólica muy solidaria. Se diría que flotaba un aura escondido entre las densas volutas y nubes del humo de cien cigarrillos encendidos a la vez. Pero nada del be-bop de un Parker muerto entre las flores, nada del inconformismo inherente de Dzzie Gillespie o el jazz inteligente de Coleman y Archie Shepp.
Mayo del 68: hay una pequeña historia. ¿Qué hay de tu actitud social? ¿Qué piensas de todo lo que está pasando? Ella se ha adelantado a su tiempo, simula una apolítica indiferencia. Le mira con hastío gatuno: “Soy artista, no hablo idiomas.”
Sol LeWitt en Paula Cooper Gallery. No ha intervenido ni un solo minuto en el proceso de la obra expuesta. Siguiendo sus instrucciones, unos ayudantes se encargan de la realización de los dibujos pintados. Su genialidad es su distanciamiento. Hesse lo entiende perfectamente. Jamás ha deseado inmiscuirse demasiado en el proceso, pero ella se resiste todavía a ser, en el arte, únicamente un ente pensante, una mente sin manos.
5 de junio 1968.
Andy Warhol aún se debate entre la vida y la muerte dos días después de que una actriz frustrada y escritora mediocre (bonita combinación) le descerrajara tres tiros –sólo acertó uno- con una pistola automática del 32 (de reserva, escondía en el bolso otro revólver del calibre 22). El tipo que conducía la ambulancia no se anduvo con rodeos cuando metían en el interior del vehículo al artista tumbado en la camilla cubierto a rebosar de sangre: “Por quince dólares más conecto la sirena, tío”.
Hesse tiene una teoría, puesto que cuenta un par de amigos en el grupo de la Factory. Sin despegar los labios él le dirige una mirada impaciente. Empieza a explicarse cuando suena el teléfono. Luego de unos segundo empalidece, contesta con monosílabos y cuelga el auricular. Le mira con una expresión de incredulidad absoluta.
Robert Kennedy ha sido tiroteado en Los Ángeles cuando disputaba (y ganaba) unas primarias en su camino a la Casa Blanca.
Medianoche. En un pasillo cerca de la cocina del hotel Ambassador, por donde el senador se escabullía de la aglomeración entusiasta de sus seguidores, alguien le dispara a quemarropa. Casi parecía un arma de juguete, un calibre ridículo, del 22. Tres tiros, tres balas, una vida, y quien sabe el mundo de después. Y, no obstante, el destino (¡puesto que no existe!), una de las infinitas probabilidades del suceso, provoca que uno de los disparos penetre en la nuca y mate al candidato que se desploma como una marioneta a la que hubiesen cortado los hilos. Tumbado en un suelo lleno de pringues agoniza con los brazos extendidos en cruz, incrédulo pero ya resignado.
El pintor Frank Stella dijo esa noche, al ver las imágenes del atentado de California en el televisor: “Warhol se salvará; Kennedy morirá. Así es el mundo.” (Dixit la Rose.)
La bala que atravesó de parte a parte el cuerpo de Warhol entró por el costado derecho. Le había perforado un pulmón y afectó gravemente el esófago, la vesícula, el hígado, los intestinos y le destrozó el bazo…
A los dos meses, Warhol pintaba el retrato múltiple de Happy Rockefeller. Y cobró.
Cuatro meses más tarde el artista pensó que ya era hora de ganar dinero de verdad. Aún debía la factura del hospital, que ascendía a unos 11.000 dólares.
Cinco meses después, cuadros de Warhol que hasta ese momento se vendían por 200 dólares, comenzaron a valer 15.000. Y subiendo. La gente se los quitaba de las manos a los marchantes.
En 1969, al cumplirse un año de la agresión, Warhol alquiló una sala en la segunda planta de un edificio de la calle 4 Este. Durante más de dos meses proyectó películas pornográficas homosexuales. Se hacían taquillas por noche de unos 1.500 dólares.
El arte.
¿Actitud social? Acaba de descubrir la escultura. Antes de que se dé cuenta un tumor va a acabar con ella. ¿Y tú hablas de actitud social? ¿Cuál de ellas? Todo se desvanece en el tiempo, se hace polvo… Nos queda su recuerdo. ¿El recuerdo? A ella no le queda nada. Su recuerdo sólo nos incumbe a nosotros.
Mayo del 68. De acuerdo. Hablemos sobre ello. Me observa extrañada. ¿Qué diablos tiene que ver eso en el arte? La conciencia, el alimento de lo moral, de la ética. Una buena salud y las ideas claras, amigo, es suficiente con eso cuando un tumor va a reventarte el cerebro. La réplica me deja en silencio, y un aire frío me recorre de pronto el espinazo.
Primavera de Praga. Verano. Unos jóvenes titanes se acercan al sol. Dédalos vivientes con la lengua de fuego pendiendo sobre sus cabezas. Sus hijos, cuarenta años más tarde, tienen idénticos motivos para acabar mano sobre mano con la mirada perdida en el vacío.
Warhol nunca quiso meter la política en sus cuadros: “Me basta con la orina de mis amigos.”
“Somos artistas, ¿qué otra cosa podemos hacer?”
“Sacarles la pasta a los ricos. Esa será nuestra revolución.”
Julio, 1969.
Domingo, 20.
El hombre en la luna.
El observatorio es un inmenso ático con vistas al East River.
Acude con Hesse, como una sombra, con lealtad perruna, dependiente de las caricias desganadas de esa mano.
Se han reunido cerca de una veintena de personas. Demasiada gente, y las presentaciones, con la copa en la mano, son realmente absurdas; al cabo de unos pocos segundos él no sólo olvida el nombre de quienes les presenta la anfitriona, sino que incluso sus caras, ya borrosas desde un principio, se desvanecen en el aire cargado de humo de un vasto salón de dos niveles, con librerías por todas partes, juegos de sofás de cuero teñido de azul, mesas auxiliares, un mini bar en un ángulo con barra forrada de negro y taburetes de piel roja… Olor especial, los ricos especiales: que diría Fitzgerald (Pobre hijoputa, dixit la Parker con la cabeza inclinada sobre la tumba, pero conmovida el alma).
Hesse ha desaparecido. Está solo, no encajable.
-Tú, ¿de dónde has salido? –le pregunta un auto nominado poeta que escribe los poemas a máquina. Se enorgullecía de ello hace escasos minutos, conversando con alguien junto a la mesa de las bandejas y las bebidas. “Máquina eléctrica”, una Corona último modelo, había señalado muy serio. Subrayaba que “el medio es importante”. Parecía jactarse de ello, nada memorable por otra parte. A punto está de contestarle que de la luna, pero el tipo está bebido, el chiste es malo y teme una réplica intempestiva. Busca a Hesse con la mirada.
-Es una gran mujer –dice el poeta, sin esperar contestación a la pregunta inicial. Tarda en comprender que no se refiere a Hesse, habla de la acaudalada anfitriona. –Una excelente editora y una gran dama. –Le mira de arriba abajo-: ¿Tienes editor? –No lo necesito, al menos por el momento-, le contesta.
-¡Qué dices! ¡Todo el mundo necesita un editor!
-Soy… una especie de periodista. Escribo crónicas.
-¿Crónicas? ¿De qué tipo? ¿Sociales?
-De la clase que sea. Soy un tipo versátil, nada exigente, me acomodo a cualquier cosa.
-¿Y dónde las publicas? –su tono de voz parece guardar interés ahora. “Mira que si éste escribe para…” Las apariencias engañan.
-Donde me las paguen. (No engañaban en este caso, rostro macilento, mirada pobre, expresión recogida, ropa aseada pero comprada en grandes almacenes).
-¡Un freelance! –acierta a decir el poeta, con la voz pastosa, hasta con un poco de asco. Apura de un trago el contenido del vaso corto. Le dirige una última mirada en silencio, reprobatoria, se aleja de la mugre de su escritura inútil (pero productiva).
Una mujer escotada, vieja, teñida de rojo, con papada de pavo y un vaso medio lleno de whisky en la mano se está acercando hacia él. Huye en diagonal hacia el ángulo opuesto sin darle tiempo a abrir la boca gallinácea.
Se respira una euforia mal disimulada, un nerviosismo colectivo ante la perspectiva, esta vez sí, de saber que va a vivirse un hecho histórico, esa especie de acontecimiento que instaura un mojón en la cronología del mundo. Alguien enciende la TV. La pantalla se enciende de claros y oscuros. Unas sombras, apenas perceptibles, descienden de lo que parece una araña gigantesca, se mueven, mancillan la noble luna.
Esos buzos siniestros hollan lo virgen.
Dan escalofrío.
Verano sangriento, racial: el crimen de Memphis. Cerca de la frontera con el Bronx, entre las calles 129 y 135, han encendido hogueras y levantado algunas barricadas. El alcalde Lindsay no tarda en reaccionar. “Es todo por el momento”, sentencia el locutor mirando (casi) risueño desde la pantalla.
Han quedado a cenar con un grupo de artistas y escritores de lo más variopinto (pero todos son pobres aún) en el apartamento de un arquitecto famoso, ya portada en varias revistas de las llamadas de sala de espera. El anfitrión se oculta tras una humildad exasperante y harto evidente, sospechosa. Se adivina con facilidad al examinarle de un solo vistazo que su envanecido ego, que con tanta habilidad oculta, no encontraría acomodo ni en el vasto espacio de una catedral. En la mesa central del salón se elevan altas pirámides de sándwiches de queso, jamón cocido y vegetales: alimentemos a la turba, artistas, escritores en ciernes (todos zarrapastrosos).
En Chicago la orden (y hacia quienes se ordena hacerlo) no admite ninguna duda: “Disparen a matar”. Al fin y al cabo, morralla los que van a caer sobre el asfalto de la negra noche para no levantarse más con sus ropas sucias y pobres.
A las dos horas quedan sobre las fuentes vacías de la mesa central tres o cuatro empanadas y un sándwich que nadie se atreve a coger. El apartamento se encuentra en el piso vigésimo octavo. Por los grandes ventanales se divisa un cielo violeta, cárdeno, rasgaduras rojas que se abaten sobre los rascacielos del sur.
A esa hora, en Chicago los muertos, negros y algunos blancos negros (trash white), se cuentan por decenas.
Alguien propone asistir a una sesión de jazz.
La noche es espléndida, mediterránea, de cálida brisa (hasta perfumada), lo que produce una curiosa percepción de la arquitectura poderosa y atemorizante que nos rodea en la nocturnidad neoyorquina.
Bajan más de un kilómetro hacia el sur, hasta el Village Gate, entre Bleecker y Thompson. Tres dólares el agua mineral y el monólogo de un chistoso con cierta gracia.
Luego, el jazz.
Eran malos músicos, sólo instrumentistas, ni por un momento encendían una emoción debajo de la piel, salvo que formaras parte de unos squares algo revoltosos por el alcohol, el tabaco y alguna que otra frustración en “salvaje” salida nocturna. Ni uno solo de ellos alcanzaba la categoría de los auténticos jazzmen. Aunque el local brindaba un excelente decorado: paredes de ladrillo, maderas y forrados de cuero negro, anchas barras de hierro colado, asientos mullidos y bajos, una luz muy tenue y, sobre todo, una satisfacción alcohólica muy solidaria. Se diría que flotaba un aura escondido entre las densas volutas y nubes del humo de cien cigarrillos encendidos a la vez. Pero nada del be-bop de un Parker muerto entre las flores, nada del inconformismo inherente de Dzzie Gillespie o el jazz inteligente de Coleman y Archie Shepp.
Mayo del 68: hay una pequeña historia. ¿Qué hay de tu actitud social? ¿Qué piensas de todo lo que está pasando? Ella se ha adelantado a su tiempo, simula una apolítica indiferencia. Le mira con hastío gatuno: “Soy artista, no hablo idiomas.”
Sol LeWitt en Paula Cooper Gallery. No ha intervenido ni un solo minuto en el proceso de la obra expuesta. Siguiendo sus instrucciones, unos ayudantes se encargan de la realización de los dibujos pintados. Su genialidad es su distanciamiento. Hesse lo entiende perfectamente. Jamás ha deseado inmiscuirse demasiado en el proceso, pero ella se resiste todavía a ser, en el arte, únicamente un ente pensante, una mente sin manos.
5 de junio 1968.
Andy Warhol aún se debate entre la vida y la muerte dos días después de que una actriz frustrada y escritora mediocre (bonita combinación) le descerrajara tres tiros –sólo acertó uno- con una pistola automática del 32 (de reserva, escondía en el bolso otro revólver del calibre 22). El tipo que conducía la ambulancia no se anduvo con rodeos cuando metían en el interior del vehículo al artista tumbado en la camilla cubierto a rebosar de sangre: “Por quince dólares más conecto la sirena, tío”.
Hesse tiene una teoría, puesto que cuenta un par de amigos en el grupo de la Factory. Sin despegar los labios él le dirige una mirada impaciente. Empieza a explicarse cuando suena el teléfono. Luego de unos segundo empalidece, contesta con monosílabos y cuelga el auricular. Le mira con una expresión de incredulidad absoluta.
Robert Kennedy ha sido tiroteado en Los Ángeles cuando disputaba (y ganaba) unas primarias en su camino a la Casa Blanca.
Medianoche. En un pasillo cerca de la cocina del hotel Ambassador, por donde el senador se escabullía de la aglomeración entusiasta de sus seguidores, alguien le dispara a quemarropa. Casi parecía un arma de juguete, un calibre ridículo, del 22. Tres tiros, tres balas, una vida, y quien sabe el mundo de después. Y, no obstante, el destino (¡puesto que no existe!), una de las infinitas probabilidades del suceso, provoca que uno de los disparos penetre en la nuca y mate al candidato que se desploma como una marioneta a la que hubiesen cortado los hilos. Tumbado en un suelo lleno de pringues agoniza con los brazos extendidos en cruz, incrédulo pero ya resignado.
El pintor Frank Stella dijo esa noche, al ver las imágenes del atentado de California en el televisor: “Warhol se salvará; Kennedy morirá. Así es el mundo.” (Dixit la Rose.)
La bala que atravesó de parte a parte el cuerpo de Warhol entró por el costado derecho. Le había perforado un pulmón y afectó gravemente el esófago, la vesícula, el hígado, los intestinos y le destrozó el bazo…
A los dos meses, Warhol pintaba el retrato múltiple de Happy Rockefeller. Y cobró.
Cuatro meses más tarde el artista pensó que ya era hora de ganar dinero de verdad. Aún debía la factura del hospital, que ascendía a unos 11.000 dólares.
Cinco meses después, cuadros de Warhol que hasta ese momento se vendían por 200 dólares, comenzaron a valer 15.000. Y subiendo. La gente se los quitaba de las manos a los marchantes.
En 1969, al cumplirse un año de la agresión, Warhol alquiló una sala en la segunda planta de un edificio de la calle 4 Este. Durante más de dos meses proyectó películas pornográficas homosexuales. Se hacían taquillas por noche de unos 1.500 dólares.
El arte.
¿Actitud social? Acaba de descubrir la escultura. Antes de que se dé cuenta un tumor va a acabar con ella. ¿Y tú hablas de actitud social? ¿Cuál de ellas? Todo se desvanece en el tiempo, se hace polvo… Nos queda su recuerdo. ¿El recuerdo? A ella no le queda nada. Su recuerdo sólo nos incumbe a nosotros.
Mayo del 68. De acuerdo. Hablemos sobre ello. Me observa extrañada. ¿Qué diablos tiene que ver eso en el arte? La conciencia, el alimento de lo moral, de la ética. Una buena salud y las ideas claras, amigo, es suficiente con eso cuando un tumor va a reventarte el cerebro. La réplica me deja en silencio, y un aire frío me recorre de pronto el espinazo.
Primavera de Praga. Verano. Unos jóvenes titanes se acercan al sol. Dédalos vivientes con la lengua de fuego pendiendo sobre sus cabezas. Sus hijos, cuarenta años más tarde, tienen idénticos motivos para acabar mano sobre mano con la mirada perdida en el vacío.
Warhol nunca quiso meter la política en sus cuadros: “Me basta con la orina de mis amigos.”
“Somos artistas, ¿qué otra cosa podemos hacer?”
“Sacarles la pasta a los ricos. Esa será nuestra revolución.”
Julio, 1969.
Domingo, 20.
El hombre en la luna.
El observatorio es un inmenso ático con vistas al East River.
Acude con Hesse, como una sombra, con lealtad perruna, dependiente de las caricias desganadas de esa mano.
Se han reunido cerca de una veintena de personas. Demasiada gente, y las presentaciones, con la copa en la mano, son realmente absurdas; al cabo de unos pocos segundos él no sólo olvida el nombre de quienes les presenta la anfitriona, sino que incluso sus caras, ya borrosas desde un principio, se desvanecen en el aire cargado de humo de un vasto salón de dos niveles, con librerías por todas partes, juegos de sofás de cuero teñido de azul, mesas auxiliares, un mini bar en un ángulo con barra forrada de negro y taburetes de piel roja… Olor especial, los ricos especiales: que diría Fitzgerald (Pobre hijoputa, dixit la Parker con la cabeza inclinada sobre la tumba, pero conmovida el alma).
Hesse ha desaparecido. Está solo, no encajable.
-Tú, ¿de dónde has salido? –le pregunta un auto nominado poeta que escribe los poemas a máquina. Se enorgullecía de ello hace escasos minutos, conversando con alguien junto a la mesa de las bandejas y las bebidas. “Máquina eléctrica”, una Corona último modelo, había señalado muy serio. Subrayaba que “el medio es importante”. Parecía jactarse de ello, nada memorable por otra parte. A punto está de contestarle que de la luna, pero el tipo está bebido, el chiste es malo y teme una réplica intempestiva. Busca a Hesse con la mirada.
-Es una gran mujer –dice el poeta, sin esperar contestación a la pregunta inicial. Tarda en comprender que no se refiere a Hesse, habla de la acaudalada anfitriona. –Una excelente editora y una gran dama. –Le mira de arriba abajo-: ¿Tienes editor? –No lo necesito, al menos por el momento-, le contesta.
-¡Qué dices! ¡Todo el mundo necesita un editor!
-Soy… una especie de periodista. Escribo crónicas.
-¿Crónicas? ¿De qué tipo? ¿Sociales?
-De la clase que sea. Soy un tipo versátil, nada exigente, me acomodo a cualquier cosa.
-¿Y dónde las publicas? –su tono de voz parece guardar interés ahora. “Mira que si éste escribe para…” Las apariencias engañan.
-Donde me las paguen. (No engañaban en este caso, rostro macilento, mirada pobre, expresión recogida, ropa aseada pero comprada en grandes almacenes).
-¡Un freelance! –acierta a decir el poeta, con la voz pastosa, hasta con un poco de asco. Apura de un trago el contenido del vaso corto. Le dirige una última mirada en silencio, reprobatoria, se aleja de la mugre de su escritura inútil (pero productiva).
Una mujer escotada, vieja, teñida de rojo, con papada de pavo y un vaso medio lleno de whisky en la mano se está acercando hacia él. Huye en diagonal hacia el ángulo opuesto sin darle tiempo a abrir la boca gallinácea.
Se respira una euforia mal disimulada, un nerviosismo colectivo ante la perspectiva, esta vez sí, de saber que va a vivirse un hecho histórico, esa especie de acontecimiento que instaura un mojón en la cronología del mundo. Alguien enciende la TV. La pantalla se enciende de claros y oscuros. Unas sombras, apenas perceptibles, descienden de lo que parece una araña gigantesca, se mueven, mancillan la noble luna.
Esos buzos siniestros hollan lo virgen.
Dan escalofrío.
jueves, 27 de octubre de 2011
HESSE 18
Conversaciones con Yeats. ¿Qué tal se da eso de convivir con el apellido del vate irlandés?
-Ha impedido de modo fulminante que publique una sola de mis malditas poesías.
-Podías haberlas publicado en City Lights Books.
-Sólo soy un maldito librero.
-Nunca es tarde para publicar poesía…
-¡Menuda presunción a mi edad! Sólo creo ya en la fábrica del lenguaje y no en las emociones del mentiroso que se vale de él para narrar entuertos o apostillas.
-Pues transforma la poesía sólo en lenguaje.
-Por entonces ya había demasiados poetas en cualquier parte del mundo. Ahora no me interesa nada más que la poesía oral, la de las montañas… Tipos barbudos y desnudos al sol, mujeres libres a la intemperie, con los senos al aire y los ojos limpios, gritando sus versos… a la nada.
-¿Qué demonios de poesía es ésa?
-La que no precisa ser escrita. Escúchala, deja que el aire disuelva su sonido. No la escribas. Transmítela de viva voz.
-Volvemos al Medievo analfabeto y memorión, al sonsonete, la musiquilla juglaresca, recitadora.
-Deberías saber que hablo de una poesía sin rima, desprovista de la artificiosa métrica, esa especie de ganchillo moderno para viejas indignas y letradas y sonetistas varios. ¡Bonita artesanía!
-¿A qué nos enfrentamos, entonces?
-A un salmo profano y abrupto que celebra un mundo indecible. Y es posible que, una vez escuchado, te olvides de él inmediatamente.
-Una cultura sin tradición…
-Una sucesión sin imposiciones.
-¿Y dónde quedará la memoria de las generaciones venideras?
-Amigo, algo sucederá, una especie de monstruo inagotable venido del espacio, o por el espacio, que almacene la memoria de todos nosotros. Lo más hermoso… sería partir de cero. Dejar que se enfríe otra vez la maldita roca, que fluya el agua… A rodar.
(…)
-¿Qué hay de The rats?
-¡Hideputa!
-¡Toda la vida de lector lo he sido, amigo!
-¡Qué diablos…! ¿Cómo te has enterado?
-Era fácil hacerlo. No conozco un solo librero que no haya escrito una novela… O lo haya intentado al menos. Aunque, preciso es reconocerlo, todos tenéis la magnífica decencia de destruir (despedazar, descuartizar, exterminar, extinguir) las poesías de los veinte años, y aun de los treinta. De eso no dejáis rastro.
-¡Quemé todos los ejemplares de esa maldita novela!
-Menos los treinta y seis que se vendieron (uno de ellos a la Hesse) y dos docenas más de procedencia dudosa que acabaron en uno de los puestos de libros de Broadway con la 42.
-Sólo me sirvieron para beberme un par de cientos de litros del mejor whisky durante las bacanales de Partisan review, a finales de los cincuenta. Era un joven prometedor al que invitaban para regodeo de las lascivas miradas de Gore Vidal y García Capote: tenía la cara limpia y suave como la porcelana: se derretían al mirarme. Y, de otro lado, ¿por qué no? Igual terminaba escribiendo la gran novela americana aún por descubrir, A death in the family, The great Gatsby, The naked and the dead, The wild palms, The sound and the fury… Amigo, aquello era beber… ¡y no los biberones de estos años confusos!
-1951… Buena cosecha: The Catcher in the Rye.
-¿Ves? Ahí tienes la verdadera explicación de que sólo se vendieran treinta ejemplares de mi libro. Y quince de ellos a mis por entonces desdichados vecinos de Columbus Park, que no dejaron de comprarlos, aunque a regañadientes. Siempre se termina estafando a los que tienen más cerca…
Es el verano del 70. Sin Hesse (sobrevolando planetas en el cosmos, buscando tierras azules, chocando con galaxias, alejándose de esas falaces estrellas llenas de ruido y horror). Cerca de la medianoche, The Green Train ha cerrado la puerta; su dueño ha apagado la luz. Sentados en el suelo, contra la pared cerca del mostrador, la joroba animal en sombras de la máquina registradora, el olor a papel… La botella de ron también en el suelo (ya a medias; escancia, cobarde). Durante el día ha hecho un calor tórrido, pero ahora la brisa que sube de los muelles del East River ha refrescado algo la noche neoyorquina. El aullido de las esquinas, la rodadura del asfalto, el ruido incesante de la ciudad llega hasta aquí. Los dos hombres beben directamente por el cuello de la botella. La tenue luz del exterior se filtra por los cristales y deja ver en las lenguas de las sombras los lomos de los libros alineados sobre los estantes. De cuando en cuando los faros de un automóvil que cruza la calzada proyectan bandas de luz amarilla sobre el techo, y entonces él descubre en esa semioscuridad cálida y acogedora la milagrosa intimidad que puede alcanzarse algunas veces con otro ser humano. Gusta de esos raros momentos de falsa eternidad, morosos hasta la extenuación. Sobre todo él, que su pensamiento discurre en todas direcciones, nunca sin atenerse, acogerse y claudicar en una sola idea esencial. Siente de tal proximidad a este vendedor de libros con toda su cultura libresca y honesta a cuestas que su efecto es mucho más contundente en esos instantes que el licor marino que le quema la garganta como el fuego. Luego de un par de largos tragos Yeats está a punto para la añoranza, o quizás sólo sea una mirada retrospectiva hacia unos años menos taimados que los actuales, lo cual no deja de ser una simple presunción, una actitud mendicante ya, cuando el pasado intocable es mirado por ojos complacientes, nada adversativos a lo que somos, a lo que creíamos que éramos. La oscuridad nos une. Emergemos a la luz merced a los libros, y un poco gracias a la vida. Al lado de este hombre culto, de modales suaves que esconden una energía interior que a pesar de sus esfuerzos flamea en sus pupilas, él halla todos los puentes garantes a un entretenimiento plástico e intelectual de décadas atrás o del mismo presente. Logra entender su época… y puede entender la suya, de la que él todavía participa, formas atenuadas de una rebelión de lo yámbico al ritmo bop. Leyendo a Yeats no pienso en Irlanda, sino en aquel verano en Nueva York. Les rodean los libros. Miles de ellos. Usados y acabados de salir de las insaciables prensas, un olor alborotado a papelería que llega hasta a embriagar a quienes han hecho de los libros la auténtica ventana abierta al vendaval de la realidad pasada y presente, una ráfaga de aire que alivia las telarañas de un pensamiento demasiado propenso a quedar encerrado en uno mismo. Títulos y autores se hermanan en esta fábrica de sombras donde yacen en la misma pretensión de comunicarnos su gracia, quieren desvelarnos con sus discursos de mono gramático, pero ahora están silenciados por las cerraduras de sus tapas, por la falta de luz que los ahoga en una mudez enigmática.
-¿Sabes que la mayoría de gente que compra libros los abre una vez, leen una línea, suspiran, cierra sus tapas y no los leen jamás?
-Algo de eso me figuraba al oír cómo piensan, cómo hablan, qué compran... ¡Y lo que escriben, dios! ¡Está muerto antes de nacer! Así son de rancios…
-Se vuelven escépticos, profesan un cinismo de vía estrecha mientras sus apariencias proclaman suficiencia… ¡cuando en realidad ocultan una supina ignorancia!
-Esas inquietudes de librero comprometido con la cultura de su tiempo me divierte mucho…
-También tú eres un comprometido con ella, amigo. Ya sólo crees en eso. Es el único compromiso ético. Todos los demás acaban en uno de los dos lados de un billete de banco.
-¡Escancia, cobarde!
-¡Qué diablos, la botella está vacía!
-¡Coge la segunda! Detrás del Melville de la Modern Library.
THE RATS, (Meadows Books, New York, 1951.)
A novel by Raymond Yeats.
218 pages. 6,50 $.
“Then, I lived in New York with a cat as mad as a hatter and about 3,000 books, a typewriter, two shirts, three trousers, four shorts, one dollar...
I was a writer… Well, a ghostwriter really.
One day…”
And so on and so forth…
Pero el lenguaje flaquea, miente, confunde… De nuevo Malenbranche: la palabra le fue dada al hombre para ocultar su pensamiento. Escribe especulaciones, la única gestación posible, y, respecto al lenguaje, que sea sólo el camino, la vía por donde aquél discurre. En este mundo caligráfico, ortográfico, morfológico y sintáctico lo que deviene al final es la superchería y ganas de enredar.
-Las cosas no se van a resolver por sí solas. ¿Dónde te crees que estamos? Esta es la realidad, querida, una putrefacción bajo el sol, que saca a la luz la miseria escondida, nos revela el cinismo milenario de una naturaleza caprichosa e injusta. No es este un teatro donde pueda acaecer el deus ex machina. Aquí el desastre no tiene solución… A menos que pienses que la posteridad corrige la tragedia, endereza reputaciones y castiga la injusticia.
¿Te acuerdas? Hacía una semana que nos conocíamos. Yo todavía me extraviaba en el metro. Y cualquiera pregunta a los neoyorquinos… Si vas a Queens son capaces de enviarte a Jersey, ¡y cómo te hablen por el colmillo estás listo, no les entenderás ni una palabra!…. Siempre con sus malditas prisas a ninguna parte, porque, en el fondo, jamás salen del laberinto. Me gustaría verlos a vista de pájaro, desde las alturas: van y vienen, y sus trazados caprichosos o arbitrarios terminan dibujando unas correrías desconcertantes: salen de sus apartamentos o sus casas de las afueras, andan y desandan las calles, trabajan, compran, comen, vuelven a andar y desandar, llevan cosas en las manos, aceleran la marcha, se detienen en los pasos de peatones, cruzan entre automóviles, miran adelante, uf, que hormiguero. La noche los inmoviliza, al menos a la mayor parte de ellos. Duermen, van hermanándose con la muerte.
Una semana, en Nueva York: casi eras irreal, tan distinta a la chica casada de Suiza. Pertenecías a todo aquello, a ese abrupto paisaje de piedra, montañas de arenisco, kilómetros de cemento, toneladas de acero y mármoles pretenciosos a la entrada de las cuevas.
-¿A qué piso, señor?
Mira al ascensorista. Es de baja estatura, casi un enano, y tiene la cabeza cubierta con un gorro puntiagudo de color gris (¿o verde?). Parece un gnomo.
-No sé. El último de todos.
-¿Qué ocurre? ¿No tiene nada que hacer y nos vamos de excursión…?
La misma lentitud de las aguas de los dos grandes ríos, buscando el océano.
Ha cruzado el puente de Brooklyn siete veces en ambos sentidos. Y nunca vio la ciudad mágica desde este lado.
Y eso era lo verdaderamente fascinante.
También ella podría hacer alguna caricatura en ese café de la calle Macdougal.
Uno de sus clientes, mientras sorbía su café, hubiera podido ser Ginsberg.
A finales de los cincuenta, aun ignorando que iba en busca del príncipe azul a cada paso que daba por las calles de Manhattan, era capaz de recorrer los tres kilómetros que le separan de Times Square hasta el Village en menos de treinta minutos. Era capaz de hacer cola durante una hora a la puerta del Bitter End, en la calle Bleecker, donde un tipo inteligente llamado Woody Allen encadenaba chiste tras chiste sin el menor aspaviento y una taza de café de cincuenta centavos te daba para un buen rato sin necesidad de pensar en nada más, y nadie te daba prisa para que levantaras el culo de la silla.
La política, cualquier atadura de tipo social, sólo eran un estado de ánimo.
Así eran los tiempos.
-¿Hablamos de alguna especie de correlato moral?
-Depende… Supongo que no. Bueno, lo que quiero decir es que nunca me habían preocupado esas cosas. Quizás ahora, sí, es posible que sea de ese modo, la sociedad actual, sus problemas. Claro, pienso en ello, naturalmente. Pero antes, no, no creo.
-Una suerte de compromiso.
-¿Compromiso? Es difícil saberlo… Cuando una trabaja se ensimisma, yo al menos. Estoy encerrada en el taller, rodeada de materiales, “concibiendo” su ordenación, hasta su sitio exacto en la forma final de la pieza, por así llamarla… Sólo veo la obra gestándose, no puedo pensar en otra cosa, así que no creo que eso signifique algo así como un compromiso. No, no lo pienso de esa manera. En todo caso, sería algo muy inconsciente, muy escondido, larvado…
-Ni siquiera cuando regresó a Alemania.
-Estaba confusa entonces. En 1965 no sabía que era escultora. Dibujaba más que pintaba, algo que en el fondo no me atraía. El dibujo era lo que me interesaba, y ahora comprendo la razón: en el futuro podría aplicar ese entretenimiento, por así llamarlo, a cualquiera de las dos disciplinas. Luego pinté unas acuarelas, algunos cuadros. Pero… comprendí enseguida que necesitaba el objeto más que la línea o el trazo para significar lo que quería decir, o al menos para empezar a crear algo que valiera realmente la pena.
-¿No sintió nada en especial al pisar suelo alemán? ¿No recordó a su familia extinguida por los nazis?
-Por supuesto que sí. Hice algunas averiguaciones, supe más cosas de las que sabía hasta entonces. Rastreas datos, antiguas identidades. Hablas con gente de la época de la guerra… Pero eso fue todo. Descubrí que hay que mirar adelante. Intentarlo, siquiera; a pesar de los recuerdos dolorosos, seguir adelante es lo fundamental. Las huellas de mi pasado serán las que yo deje en el futuro. La cadena se rompió.
-No sabemos cuando llega el futuro.
-No, pero es la única puerta que todo el mundo se atreve a abrir sin temor, todos quieren atravesar su umbral.
-Un deseo absurdo, desde luego.
-Claro. Lo que importa es el trabajo diario, lo que creas con las manos.
-Es suficiente con eso.
-Sí… Debería bastar al menos.
-Sí… al menos eso.
-Ha impedido de modo fulminante que publique una sola de mis malditas poesías.
-Podías haberlas publicado en City Lights Books.
-Sólo soy un maldito librero.
-Nunca es tarde para publicar poesía…
-¡Menuda presunción a mi edad! Sólo creo ya en la fábrica del lenguaje y no en las emociones del mentiroso que se vale de él para narrar entuertos o apostillas.
-Pues transforma la poesía sólo en lenguaje.
-Por entonces ya había demasiados poetas en cualquier parte del mundo. Ahora no me interesa nada más que la poesía oral, la de las montañas… Tipos barbudos y desnudos al sol, mujeres libres a la intemperie, con los senos al aire y los ojos limpios, gritando sus versos… a la nada.
-¿Qué demonios de poesía es ésa?
-La que no precisa ser escrita. Escúchala, deja que el aire disuelva su sonido. No la escribas. Transmítela de viva voz.
-Volvemos al Medievo analfabeto y memorión, al sonsonete, la musiquilla juglaresca, recitadora.
-Deberías saber que hablo de una poesía sin rima, desprovista de la artificiosa métrica, esa especie de ganchillo moderno para viejas indignas y letradas y sonetistas varios. ¡Bonita artesanía!
-¿A qué nos enfrentamos, entonces?
-A un salmo profano y abrupto que celebra un mundo indecible. Y es posible que, una vez escuchado, te olvides de él inmediatamente.
-Una cultura sin tradición…
-Una sucesión sin imposiciones.
-¿Y dónde quedará la memoria de las generaciones venideras?
-Amigo, algo sucederá, una especie de monstruo inagotable venido del espacio, o por el espacio, que almacene la memoria de todos nosotros. Lo más hermoso… sería partir de cero. Dejar que se enfríe otra vez la maldita roca, que fluya el agua… A rodar.
(…)
-¿Qué hay de The rats?
-¡Hideputa!
-¡Toda la vida de lector lo he sido, amigo!
-¡Qué diablos…! ¿Cómo te has enterado?
-Era fácil hacerlo. No conozco un solo librero que no haya escrito una novela… O lo haya intentado al menos. Aunque, preciso es reconocerlo, todos tenéis la magnífica decencia de destruir (despedazar, descuartizar, exterminar, extinguir) las poesías de los veinte años, y aun de los treinta. De eso no dejáis rastro.
-¡Quemé todos los ejemplares de esa maldita novela!
-Menos los treinta y seis que se vendieron (uno de ellos a la Hesse) y dos docenas más de procedencia dudosa que acabaron en uno de los puestos de libros de Broadway con la 42.
-Sólo me sirvieron para beberme un par de cientos de litros del mejor whisky durante las bacanales de Partisan review, a finales de los cincuenta. Era un joven prometedor al que invitaban para regodeo de las lascivas miradas de Gore Vidal y García Capote: tenía la cara limpia y suave como la porcelana: se derretían al mirarme. Y, de otro lado, ¿por qué no? Igual terminaba escribiendo la gran novela americana aún por descubrir, A death in the family, The great Gatsby, The naked and the dead, The wild palms, The sound and the fury… Amigo, aquello era beber… ¡y no los biberones de estos años confusos!
-1951… Buena cosecha: The Catcher in the Rye.
-¿Ves? Ahí tienes la verdadera explicación de que sólo se vendieran treinta ejemplares de mi libro. Y quince de ellos a mis por entonces desdichados vecinos de Columbus Park, que no dejaron de comprarlos, aunque a regañadientes. Siempre se termina estafando a los que tienen más cerca…
Es el verano del 70. Sin Hesse (sobrevolando planetas en el cosmos, buscando tierras azules, chocando con galaxias, alejándose de esas falaces estrellas llenas de ruido y horror). Cerca de la medianoche, The Green Train ha cerrado la puerta; su dueño ha apagado la luz. Sentados en el suelo, contra la pared cerca del mostrador, la joroba animal en sombras de la máquina registradora, el olor a papel… La botella de ron también en el suelo (ya a medias; escancia, cobarde). Durante el día ha hecho un calor tórrido, pero ahora la brisa que sube de los muelles del East River ha refrescado algo la noche neoyorquina. El aullido de las esquinas, la rodadura del asfalto, el ruido incesante de la ciudad llega hasta aquí. Los dos hombres beben directamente por el cuello de la botella. La tenue luz del exterior se filtra por los cristales y deja ver en las lenguas de las sombras los lomos de los libros alineados sobre los estantes. De cuando en cuando los faros de un automóvil que cruza la calzada proyectan bandas de luz amarilla sobre el techo, y entonces él descubre en esa semioscuridad cálida y acogedora la milagrosa intimidad que puede alcanzarse algunas veces con otro ser humano. Gusta de esos raros momentos de falsa eternidad, morosos hasta la extenuación. Sobre todo él, que su pensamiento discurre en todas direcciones, nunca sin atenerse, acogerse y claudicar en una sola idea esencial. Siente de tal proximidad a este vendedor de libros con toda su cultura libresca y honesta a cuestas que su efecto es mucho más contundente en esos instantes que el licor marino que le quema la garganta como el fuego. Luego de un par de largos tragos Yeats está a punto para la añoranza, o quizás sólo sea una mirada retrospectiva hacia unos años menos taimados que los actuales, lo cual no deja de ser una simple presunción, una actitud mendicante ya, cuando el pasado intocable es mirado por ojos complacientes, nada adversativos a lo que somos, a lo que creíamos que éramos. La oscuridad nos une. Emergemos a la luz merced a los libros, y un poco gracias a la vida. Al lado de este hombre culto, de modales suaves que esconden una energía interior que a pesar de sus esfuerzos flamea en sus pupilas, él halla todos los puentes garantes a un entretenimiento plástico e intelectual de décadas atrás o del mismo presente. Logra entender su época… y puede entender la suya, de la que él todavía participa, formas atenuadas de una rebelión de lo yámbico al ritmo bop. Leyendo a Yeats no pienso en Irlanda, sino en aquel verano en Nueva York. Les rodean los libros. Miles de ellos. Usados y acabados de salir de las insaciables prensas, un olor alborotado a papelería que llega hasta a embriagar a quienes han hecho de los libros la auténtica ventana abierta al vendaval de la realidad pasada y presente, una ráfaga de aire que alivia las telarañas de un pensamiento demasiado propenso a quedar encerrado en uno mismo. Títulos y autores se hermanan en esta fábrica de sombras donde yacen en la misma pretensión de comunicarnos su gracia, quieren desvelarnos con sus discursos de mono gramático, pero ahora están silenciados por las cerraduras de sus tapas, por la falta de luz que los ahoga en una mudez enigmática.
-¿Sabes que la mayoría de gente que compra libros los abre una vez, leen una línea, suspiran, cierra sus tapas y no los leen jamás?
-Algo de eso me figuraba al oír cómo piensan, cómo hablan, qué compran... ¡Y lo que escriben, dios! ¡Está muerto antes de nacer! Así son de rancios…
-Se vuelven escépticos, profesan un cinismo de vía estrecha mientras sus apariencias proclaman suficiencia… ¡cuando en realidad ocultan una supina ignorancia!
-Esas inquietudes de librero comprometido con la cultura de su tiempo me divierte mucho…
-También tú eres un comprometido con ella, amigo. Ya sólo crees en eso. Es el único compromiso ético. Todos los demás acaban en uno de los dos lados de un billete de banco.
-¡Escancia, cobarde!
-¡Qué diablos, la botella está vacía!
-¡Coge la segunda! Detrás del Melville de la Modern Library.
THE RATS, (Meadows Books, New York, 1951.)
A novel by Raymond Yeats.
218 pages. 6,50 $.
“Then, I lived in New York with a cat as mad as a hatter and about 3,000 books, a typewriter, two shirts, three trousers, four shorts, one dollar...
I was a writer… Well, a ghostwriter really.
One day…”
And so on and so forth…
Pero el lenguaje flaquea, miente, confunde… De nuevo Malenbranche: la palabra le fue dada al hombre para ocultar su pensamiento. Escribe especulaciones, la única gestación posible, y, respecto al lenguaje, que sea sólo el camino, la vía por donde aquél discurre. En este mundo caligráfico, ortográfico, morfológico y sintáctico lo que deviene al final es la superchería y ganas de enredar.
-Las cosas no se van a resolver por sí solas. ¿Dónde te crees que estamos? Esta es la realidad, querida, una putrefacción bajo el sol, que saca a la luz la miseria escondida, nos revela el cinismo milenario de una naturaleza caprichosa e injusta. No es este un teatro donde pueda acaecer el deus ex machina. Aquí el desastre no tiene solución… A menos que pienses que la posteridad corrige la tragedia, endereza reputaciones y castiga la injusticia.
¿Te acuerdas? Hacía una semana que nos conocíamos. Yo todavía me extraviaba en el metro. Y cualquiera pregunta a los neoyorquinos… Si vas a Queens son capaces de enviarte a Jersey, ¡y cómo te hablen por el colmillo estás listo, no les entenderás ni una palabra!…. Siempre con sus malditas prisas a ninguna parte, porque, en el fondo, jamás salen del laberinto. Me gustaría verlos a vista de pájaro, desde las alturas: van y vienen, y sus trazados caprichosos o arbitrarios terminan dibujando unas correrías desconcertantes: salen de sus apartamentos o sus casas de las afueras, andan y desandan las calles, trabajan, compran, comen, vuelven a andar y desandar, llevan cosas en las manos, aceleran la marcha, se detienen en los pasos de peatones, cruzan entre automóviles, miran adelante, uf, que hormiguero. La noche los inmoviliza, al menos a la mayor parte de ellos. Duermen, van hermanándose con la muerte.
Una semana, en Nueva York: casi eras irreal, tan distinta a la chica casada de Suiza. Pertenecías a todo aquello, a ese abrupto paisaje de piedra, montañas de arenisco, kilómetros de cemento, toneladas de acero y mármoles pretenciosos a la entrada de las cuevas.
-¿A qué piso, señor?
Mira al ascensorista. Es de baja estatura, casi un enano, y tiene la cabeza cubierta con un gorro puntiagudo de color gris (¿o verde?). Parece un gnomo.
-No sé. El último de todos.
-¿Qué ocurre? ¿No tiene nada que hacer y nos vamos de excursión…?
La misma lentitud de las aguas de los dos grandes ríos, buscando el océano.
Ha cruzado el puente de Brooklyn siete veces en ambos sentidos. Y nunca vio la ciudad mágica desde este lado.
Y eso era lo verdaderamente fascinante.
También ella podría hacer alguna caricatura en ese café de la calle Macdougal.
Uno de sus clientes, mientras sorbía su café, hubiera podido ser Ginsberg.
A finales de los cincuenta, aun ignorando que iba en busca del príncipe azul a cada paso que daba por las calles de Manhattan, era capaz de recorrer los tres kilómetros que le separan de Times Square hasta el Village en menos de treinta minutos. Era capaz de hacer cola durante una hora a la puerta del Bitter End, en la calle Bleecker, donde un tipo inteligente llamado Woody Allen encadenaba chiste tras chiste sin el menor aspaviento y una taza de café de cincuenta centavos te daba para un buen rato sin necesidad de pensar en nada más, y nadie te daba prisa para que levantaras el culo de la silla.
La política, cualquier atadura de tipo social, sólo eran un estado de ánimo.
Así eran los tiempos.
-¿Hablamos de alguna especie de correlato moral?
-Depende… Supongo que no. Bueno, lo que quiero decir es que nunca me habían preocupado esas cosas. Quizás ahora, sí, es posible que sea de ese modo, la sociedad actual, sus problemas. Claro, pienso en ello, naturalmente. Pero antes, no, no creo.
-Una suerte de compromiso.
-¿Compromiso? Es difícil saberlo… Cuando una trabaja se ensimisma, yo al menos. Estoy encerrada en el taller, rodeada de materiales, “concibiendo” su ordenación, hasta su sitio exacto en la forma final de la pieza, por así llamarla… Sólo veo la obra gestándose, no puedo pensar en otra cosa, así que no creo que eso signifique algo así como un compromiso. No, no lo pienso de esa manera. En todo caso, sería algo muy inconsciente, muy escondido, larvado…
-Ni siquiera cuando regresó a Alemania.
-Estaba confusa entonces. En 1965 no sabía que era escultora. Dibujaba más que pintaba, algo que en el fondo no me atraía. El dibujo era lo que me interesaba, y ahora comprendo la razón: en el futuro podría aplicar ese entretenimiento, por así llamarlo, a cualquiera de las dos disciplinas. Luego pinté unas acuarelas, algunos cuadros. Pero… comprendí enseguida que necesitaba el objeto más que la línea o el trazo para significar lo que quería decir, o al menos para empezar a crear algo que valiera realmente la pena.
-¿No sintió nada en especial al pisar suelo alemán? ¿No recordó a su familia extinguida por los nazis?
-Por supuesto que sí. Hice algunas averiguaciones, supe más cosas de las que sabía hasta entonces. Rastreas datos, antiguas identidades. Hablas con gente de la época de la guerra… Pero eso fue todo. Descubrí que hay que mirar adelante. Intentarlo, siquiera; a pesar de los recuerdos dolorosos, seguir adelante es lo fundamental. Las huellas de mi pasado serán las que yo deje en el futuro. La cadena se rompió.
-No sabemos cuando llega el futuro.
-No, pero es la única puerta que todo el mundo se atreve a abrir sin temor, todos quieren atravesar su umbral.
-Un deseo absurdo, desde luego.
-Claro. Lo que importa es el trabajo diario, lo que creas con las manos.
-Es suficiente con eso.
-Sí… Debería bastar al menos.
-Sí… al menos eso.
miércoles, 26 de octubre de 2011
HESSE 17
Indiferente a lo estéril e infecundo, aún tuvo tiempo de atisbar a la gente groovy con sus camisas de flores, las torpes guitarras y los cantos bienintencionados. Acabando los sesenta, unos años después de llegar de Alemania, ya sin ataduras sentimentales, más de una vez contempló largo rato, incrédula y fascinada, la pacífica y vistosa muchedumbre en torno a la fuente Bethesda en Central Park. Se sentía ajena, no obstante, extraña ante los cantos y los atuendos. Y otro domingo bochornoso, de calor húmedo, sin nada mejor que hacer al salir aburridas de un cine refrigerado, antes de anochecer, merodeaba en compañía de P., R. y B. por St. Mark’s Place, en la parte baja de la Segunda Avenida, donde se reunían los conversos más concienciados, sin lograr adivinar en un sentido estrictamente artístico la bondad de lo que contemplaba. A la semana siguiente, se desentendió de toda aquella estética juvenil poco adecuada al aluvión de ideas y presentimientos plásticos que pugnaban en su cerebro. “Son materiales lo que necesito”, se decía una y otra vez. “Me bastará con eso.”
Al diablo con las canciones.
Sustituye las flores por el hierro, el óleo y el barro por los nuevos materiales, la química del mundo que se avecina, los caprichos, los desastres.
Paisajes de solación.
Beckett: ella sólo asiste a las representaciones en el Off-off y, contadas veces, a las del off-Broadway en alguno de los tugurios experimentales y decididos del Village y los locales más aseados diseminados por las inmediaciones de Washington Square. Sospecha de lo oficial, de lo “bien escrito”; desde luego, del teatro, el cine o el arte de entretenimiento.
Es una peripatética a ratos infantiles: crea sus propios juegos.
En efecto, han asistido otra vez a una representación de Final de Partida. Le subyuga esa obra. A él, le inquieta.
Sobre un escenario predecible en la obra de Beckett (las ruinas bombardeadas de una ciudad se dibujan sobre los decorados del fondo), Hamm y Clov monologan, dialogan… sentados, de pie, mientras andan (en realidad, Hamm se arrastra como un animal herido sobre las tablas).
Haces de luz azul que simulan reflectores iluminan desde los extremos la escena de un acto único, sin intermedios.
¿Y ahora?
Nada.
¿No hay gaviotas?
¡Gaviotas!
¿Y en el horizonte? ¿No hay nada en el horizonte?
¿Pero qué quieres que haya en el horizonte?
Etcétera.
Se hace la oscuridad.
Todo acaba con el estridente sonido de una sirena.
Ahora son vertiginosos destellos rojos y azules.
¿Crees en la vida futura?
La mía siempre lo ha sido, dice, y vuelve la cara a un lado para que no descubra los ojos enrojecidos, húmedos ya.
Se encienden las luces de la sala: los actores han desaparecido, y unos hombres vestidos con monos verdes retiran los decorados. Es todo.
La gente sale en silencio, cabizbaja. Como había entrado.
Yo, una vez, queridos niños y niñas, había conocido a un pintor loco que pensaba que había llegado el fin del mundo. Le tomé mucho afecto. Así que me empeñé en hacerle ver algo de la realidad “verdadera” que le ayudara en sus cuadros. Le cogía de la mano y lo llevaba a la ventana: mira el cielo azul, y las olas de plata, y el trigo verde que crece cada día, y las velas blancas de las barcas que surcan el mar esmeralda, la brisa que perfuma la mañana…. El miraba por un instante horrorizado, se echaba para atrás y volvía renqueante a su oscuro rincón gimoteando: sólo había visto cenizas.
Al diablo con las canciones.
Sustituye las flores por el hierro, el óleo y el barro por los nuevos materiales, la química del mundo que se avecina, los caprichos, los desastres.
Paisajes de solación.
Beckett: ella sólo asiste a las representaciones en el Off-off y, contadas veces, a las del off-Broadway en alguno de los tugurios experimentales y decididos del Village y los locales más aseados diseminados por las inmediaciones de Washington Square. Sospecha de lo oficial, de lo “bien escrito”; desde luego, del teatro, el cine o el arte de entretenimiento.
Es una peripatética a ratos infantiles: crea sus propios juegos.
En efecto, han asistido otra vez a una representación de Final de Partida. Le subyuga esa obra. A él, le inquieta.
Sobre un escenario predecible en la obra de Beckett (las ruinas bombardeadas de una ciudad se dibujan sobre los decorados del fondo), Hamm y Clov monologan, dialogan… sentados, de pie, mientras andan (en realidad, Hamm se arrastra como un animal herido sobre las tablas).
Haces de luz azul que simulan reflectores iluminan desde los extremos la escena de un acto único, sin intermedios.
¿Y ahora?
Nada.
¿No hay gaviotas?
¡Gaviotas!
¿Y en el horizonte? ¿No hay nada en el horizonte?
¿Pero qué quieres que haya en el horizonte?
Etcétera.
Se hace la oscuridad.
Todo acaba con el estridente sonido de una sirena.
Ahora son vertiginosos destellos rojos y azules.
¿Crees en la vida futura?
La mía siempre lo ha sido, dice, y vuelve la cara a un lado para que no descubra los ojos enrojecidos, húmedos ya.
Se encienden las luces de la sala: los actores han desaparecido, y unos hombres vestidos con monos verdes retiran los decorados. Es todo.
La gente sale en silencio, cabizbaja. Como había entrado.
Yo, una vez, queridos niños y niñas, había conocido a un pintor loco que pensaba que había llegado el fin del mundo. Le tomé mucho afecto. Así que me empeñé en hacerle ver algo de la realidad “verdadera” que le ayudara en sus cuadros. Le cogía de la mano y lo llevaba a la ventana: mira el cielo azul, y las olas de plata, y el trigo verde que crece cada día, y las velas blancas de las barcas que surcan el mar esmeralda, la brisa que perfuma la mañana…. El miraba por un instante horrorizado, se echaba para atrás y volvía renqueante a su oscuro rincón gimoteando: sólo había visto cenizas.
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