sábado, 4 de febrero de 2012

HESSE 43

Evchen, cariño, estás hecha con la madera del mejor roble, del hierro ancestral mejor forjado de la culta Europa, le asegura su padre, de todo lo malo has de escapar.
Saber lo que tienes que hacer con las cosas, aun antes de encontrarlas en la calle y llevarlas a casa. Esa es la mística de la sagrada inspiración, el previo recogimiento. Tu obra empieza en el momento que abandonas el estudio y sales afuera. La herramienta del ojo propugna mil coartadas para una materialización que ha de chocar en su exhibición por la polisemia indescriptible de su lenguaje objetual: hay un verbo ahí, incluso la negación plástica, lo asignificativo, formula un sintagma que en nada contradice su literalidad: es, por cuanto el arte se muestra, se visualiza sin necesidad de desafiar en lo lingüístico pertrechado de un sentido adicional.
En el basural, la escombrera, el solar: el verbo. En ese preciso instante se ha iniciado la obra todavía inmaterial. Ya es. Lo demás viene por añadidura. Su hechura consagra la idea, el más puro blanco, la redondez más perfecta, la forma primera. Lo demás es la caverna.
Dios: haré un entramado de humos. Una tela de araña, la cavidad de espinas, los túneles blancos. Pienso en Dios: busco en los escombros. Dios, que sólo es un puñado de tierra, de guijarros pulidos escogidos a la orilla de la playa, burbujas de agua enjabonada que siempre terminan cayendo abajo por más que floten en el aire durante unos instantes: vuelven a la tierra.
Martes: de nuevo la prisa, los miedos. Alguien (algo) corre tras de mí; percibo su presencia. Mi otro yo, me dejo atrás… ¡Oh, dulce martes! ¡Sólo soy una pobre mujer!
9/4/70, jueves: ahora ya lo sé. Moriré. Todo era nada. Entonces, ¿por qué la memoria, los deseos, el pasado… mi nombre?
En el estudio: imposible imaginarlo sin mí. ¿Cómo van a sobrevivirme los libros, los objetos, las herramientas, el material de mi imaginación…, los olores? ¡Sin mí no son nada, no existen! Tan sólo son algo residual, anecdótico a mi obra (que soy yo, poderosa y altiva). Todo ha de culminar en el despojo fetichista, una montaña de trastos a la que sólo acentúa la extrañeza de su origen, la incertidumbre de su uso. Todo inventario acabará en el artículo periodístico o el análisis académico de una poética de lo indecible que no dejará herederos.
Mi vida, ahora, sólo la subraya lo absurdo: la muerte a destiempo.
Mas eres afortunada: muerta, no habrás muerto del todo, sirena del Aqueronte.
Sueña.
Una mitología para la pequeña: en especial, la griega. Todas las demás, incluida la hebraica, eran viñetas desdibujadas ante la magnitud de unos dioses terriblemente humanos.

miércoles, 1 de febrero de 2012

HESSE 42

Ha decidido quedarse en Nueva York todo el tiempo que pueda. Hasta que el dinero se acabe (que acabará), o empiece a ganar algunos dólares con la maldita Underwood (le baila el tipo de la “o” como un saltimbanqui) que ha comprado de segunda mano en una travesía de Delancy Street.
Pernocta tres días en el apartamento de un compatriota (profesor de español en la N.Y. University) muy poco higiénico. Y no hablemos de su compañera, una inglesa de cabello largo y sucio que come directamente de las latas de conserva con los dedos. Al tercer día se escabulle con la maleta y la Underwood a cuestas.
Memorias de Una Maleta y Una Underwood:
Febrero: Había llegado al aeropuerto Kennedy procedente de Madrid un sábado por la tarde, en torno a las cinco. Se encuentra cansado e inquieto, con falta de sueño, no sabía exactamente si había rellenado bien el formulario de entrada y, al descender del avión, se le cayó el pasaporte a la pista y alguien lo pisoteó con una enorme bota justo por el lado de la fotografía. No quiso ni imaginar lo que iba a suceder resolviendo los trámites con los atrabiliarios funcionarios de Inmigración y Aduanas.
El cielo está gris. Pero hace menos frío del que esperaba. Su amigo, el profesor de español, monta guardia frente a una fila de taxis amarillos al otro lado de las puertas cristaleras. El viajero arrastra la maleta hacia él, que no avanza ni un paso al verle renquear con el maldito bulto.
Al día siguiente, domingo por la mañana temprano, dio un paseo alrededor de la zona del apartamento. Luego, compró el New York Times, unos dos kilos y medio de papel por cincuenta centavos, y se metió en una cafetería desangelada y vacía de parroquianos. Un par de camareras, pelirrojas las dos, uniformadas de azul celeste y blanco, se hallaban detrás de la barra, cerca de la entrada a la cocina, de la que surge una luz blanca de neón, pero sucia, como gastada. Le ignoran y tardan en atenderle. Con ojos esquinados hablaban en voz muy baja de sus cosas, de sus conspiraciones. Supone él. Se rascan las mejillas, la barbilla, un codo, miran aquí y allá menos al sitio donde se encuentra. Se cruzan de brazos. No cesan de cuchichear. Meten las manos en los grandes bolsillos del delantal. Cambian de postura, descansan sobre la otra pierna. Encienden un cigarrillo. Al fin (siete minutos de reloj), una de ella le lanza una mirada interrogativa, hostil (¿qué quieres, gilipollas?), sin moverse un ápice de donde parlotea con su compañera de desánimos:
-Kish mir in tuchis –pide educadamente.
-¿What?
-Un café y un donut.
Eran los años aquellos cuando casi todo el menudeo se pagaba con fichas metálicas y unos miserables centavos, las camareras llevaban un gorrito gracioso y el agua de Nueva York, una ciudad grande, sucia y ruidosa, era deliciosa y, a veces, gratis.
Durante cinco días le facilitan alojamiento: podría dormir en un sofá del apartamento del amigo español que trabajaba en la Universidad de Nueva York. Su pareja inglesa no había puesto impedimento, siempre que el asunto no se demorase más allá de ese plazo. Era comprensible. El apartamento medía menos de 40 metros cuadrados. Unas medias de nailon y otras prendas interiores de aspecto raído secándose en la barra de la ducha todavía explicaban mejor la situación.

Dos días después, a media tarde, llega extenuado al apartamento con dos periódicos Daily News (para envolver la ropa sucia que llevar a la lavandería) y el New York Times (para leer sentado), una botella de vino californiano, pan y queso.
El profesor, ausente, imparte su clase en la Universidad.
La inglesa, recién duchada, con el pelo mojado pegado al cráneo, mal tapada por un albornoz azul pálido que deja al descubierto sus piernas delgadas y muy blancas, las rodillas huesudas y rosadas, está sentada junto a la ventana. Come con los dedos muy despacio, directamente de una lata de carne en conserva. Al verle entrar dirige la mirada hacia él sin proferir palabra alguna. Enseguida gira la cabeza y continúa observando a través del cristal el día frío, gris y sucio de afuera mientras mastica con lentitud y se limpia los dedos pringosos en el albornoz.

Le han bastado tres días.
En efecto:
La puerta del minúsculo dormitorio donde se hallan su amigo el profesor y la novia inglesa se ha abierto lentamente sin un quejumbre y deja ver el interior a plena luz del día. La mujer, flaca y blanca, desgarbada, está arrodillada y le está haciendo una felación al profesor de español sentado al borde de la cama. Tiene tiempo de observar los cabeceos hacia delante y atrás de la mujer, el perfil contraído del hombre que, en camiseta, tiene los calzoncillos enrollados sobre los tobillos y lleva puestos los calcetines; de color gris, le parece recordar. La imagen es de un patetismo desgarrador, hasta doloroso a esa hora matinal y luminosa. Se da la vuelta con sigilo y sale a la calle. Dos horas más tarde regresa a por sus cosas. Ambos le sonríen aliviados, inocentes, y le acompañan solícitos hasta la salida asegurando que no corría tanta prisa.

Ha elegido como solución provisional, hasta que alquile un apartamento en Queens (mucho más barato que en Manhattan), un hotel en la parte este de la calle 59, próximo al puente. Es un edificio de quince plantas de ladrillo de un tono quemado, sucio. Está bastante destartalado por dentro, aunque el suelo del pasillo está cubierto por una alfombra. Le han alojado en la octava planta. Paga 45 dólares a la semana, y el 5% de impuestos. Limpian la habitación y cambian las sábanas cada cinco días, pero todas las mañanas le proporcionan un juego de toallas limpias. Sin embargo, la palabra que acude a su mente desde que se ha instalado aquí es “sórdido”, aunque contradice lo que realmente siente: está en un hotel, y está en Nueva York. La Underwood (¿o era la Corona Smith?), con sus millones de palabras, aguarda desafiante encima de la pequeña mesa junto a la ventana de guillotina, hay miles de historias, crónicas y misceláneas debajo de sus teclas, sólo hay que pulsarlas. Sórdida sería su actual situación: en absoluta soledad y contando hasta los centavos.

Anoche, al volver de la cena en el restaurante griego Delos (pato en salsa con alubias, un vaso de vino nacional y ensalada de frutas, 2,25$), muy próximo al hotel, ha visto las primeras cucarachas, delgadas, marrones, escondiéndose veloces en el armario de la ropa:
Tal vez uno comienza a beber de veras cuando descubre que no tiene futuro. Entonces reniega del pasado y desprecia con estoicismo el presente que tampoco puede ofrecerle ya nada, salvo la tortura del tiempo inmóvil, un desesperante silencio:
Sea lo que fuere, Dios del Arte y la Literatura,
líbrame de las flophouses, de la botella de bourbon en la mano dando tumbos entre cubos de basura,
líbrame del mal y de la mierda, de la brumosa, harapienta y fétida pandilla de Duane Hanson.
Amén.
Una semana más tarde: luego de un par de llamadas telefónicas, alivia en parte la situación doméstica.
Durante dos días vuelven a permitirle dormir en un mugriento rincón del loft que comparten una pareja de diseñadores madrileños, en el West Village: “En cuanto amanezca te largas con la maleta a otro agujero. Trabajamos aquí y no queremos interrupciones de ninguna clase hasta la noche. Sólo entonces puedes regresar. Aunque procura solucionar tus asuntos lo más rápidamente posible.”
“Tengo una cita con Eva Hesse”, susurra con una media sonrisa, hasta con complicidad. Su carta bajo la manga.
El otro le mira totalmente inexpresivo.
“Qué interesante.”
Consigue un trabajo temporal como documentalista para un par de columnistas de agencia. Eso dijo el tipo de personal: finalmente, él mismo ha de escribir algunos de los textos basándose en los documentos que selecciona. Una pequeña cantidad adicional a lo acordado mitiga su irritación. En todo caso, presenta los folios redactados llenos de trampas y un acróstico ofensivo y delator.
Hace mil años podías alquilar una buhardilla con tragaluz en pleno centro de Manhattan sólo con el compromiso de barrer dos veces por semana el portal del edificio y vaciar las bolsas de basura en el cubo de la calle. Ahora, los marchantes de hombres te envían a lo más oscuro del Bronx, a la periferia de Queens o a alguna calleja de ratas de Brooklyn. Aquí se viene a triunfar; a los demás, se les empuja al borde mismo de la ciudad, al filo del abismo. Al agujero.
Y Jenny aún tardará un mes en llegar a Nueva York. Tiempo suficiente para que él se muera de hambre.

Sus asuntos no tienen viso de solucionarse lo más rápidamente posible, de modo que pagar un precio ya es inevitable si quiere escapar del precio de los hoteles o dormir gratis en apartamentos y almacenes en compañía de ratas y cucarachas.
Arrienda un apartamento en Queens, por Jackson Heights, lamentablemente cerca del aeropuerto. Baño, dormitorio-salón y un fogón mínimo y una pila junto a la pared: 30 metros cuadrados. 125 dólares al mes, impuestos incluidos. Cada vez que el ruido sordo y prolongado de un avión (a intervalos de cinco minutos) sobrevuela por encima del edificio comienza inexplicablemente a chorrear agua del grifo de la pila. La única ventana, de una sola hoja de guillotina, sin cortinas, da a una calle bastante ancha, pero sin árboles. Una calle de transeúntes lentos y sigilosos, apenas perceptibles, fugitivos, como sombras proyectadas por otros seres invisibles.
Dos semanas después:
Llama a España desde la centralita de un hotel cercano al apartamento. Tiene que conseguir más colaboraciones. Necesita dinero. “Veremos lo que puede hacerse”, dicen al otro lado del hilo, sofocando las risas. “Lo que sea, aunque no lo firme yo”, suplica. “Ah, bueno, en ese caso...” alienta la voz convencida.
Al cabo de diez días recibe una carta de una obscenidad familiar. Escribirá crónicas desde Nueva York que firmará un periodista y escritor de postín sin moverse de su casa llena de tapices y esculturas antiguas, de altos techos con escocias, en el Madrid de los Austria, a dos pasos del Botánico y a tres de los chaperos del Retiro. Al final del texto se añade una apostilla manuscrita con estilográfica, de hermosa letra curva y azul: “Dramatízalas un poco”, aconseja el futuro firmante de las crónicas, viejo y perfumado escritor ateneísta y bujarrón clandestino que vive de las rentas.

Jenny en Nueva York.
El lazarillo mecánico.
Salvado.

800 kilómetros de calles, miles de manzanas, de blocks repletos de edificios de oficinas y apartamentos, un museo de imágenes innúmeras, miles de sucesos cada semana, una historia que contar cada segundo, y millones de personas, tus semejantes (tan diferentes) que te rodean por doquier. Se envalentona, y piensa relajándose: la mayoría de ellos parecen sacados del Barnum Museum. La ciudad es un libro donde escarbar las noticias y las pequeñas crónicas diarias, un texto al que hay que traducir sin demasiada fidelidad. Un folio y medio cada quince días, una llamada a cobro revertido. Y el giro postal.
A rodar.
Siempre se pierde en el metro. “La vista”, se excusa en todo momento avergonzado, y guiña uno de los ojos de un modo espeluznante.
Y el caso es que viaja en el metro muy espabilado, con los ojos bien abiertos, sumido en una babelia de pieles distintas, múltiples rasgos, hablas exóticas, orígenes impensables. A cualquier sitio de la ciudad cósmica acompañado de miles de desconocidos, viaja en ella y desde ella a través del túnel del tiempo y el espacio sin importarle el ruidoso traqueteo, viendo fantasmas que ya en sus épocas tuvieron a bien descubrir el señor Poe y el señor Crane.
Viaja a solas. Con la infinitud de su pensamiento. Un goteo constante. Semeja el revoltijo indescriptible de uno de los lienzos del señor Pollock.
Solo: es exactamente un individuo. Un Antoine Roquentin atemperado por Julian Sorel.
Siempre lleva un libro en la mano, como si fuese un breviario en el que orar de cuando en cuando a lo largo y ancho de sus pacíficas y confusas correrías por la ciudad inagotable. Un baedeker espiritual y exclusivo.

miércoles, 25 de enero de 2012

HESSE 41

He inventado mi propio lenguaje. Puedo, por consiguiente, inventar mi propio pensamiento, y su imagen naciente.
Espíritu y materia serán revelados por la expresión… Es el lenguaje, y lo es porque yo puedo emplearlo. Existe. Pero ¿qué clase de conexión tiene con la realidad?
Teoría de la Estética del Desperdicio.
¿Sabe, doctora Frankenstein-Hesse?, puede crear los perfiles luminosos y los límpidos espejos celestiales del Lever House, el Plaza de Park Avenue, el edificio de la Pan Am, el acero insultante del Chrysler o… algo más allá de la 125, todavía en los límites de los nombres legendarios, alzar al final de la Quinta Avenida en un alarde de estética de lo feo los bloques de pisos vergonzantes y anodinos de los negros, entre la Avenida Lenox y el río Harlem, por esos años erradicados a trompazos de Stuyvesant Town. En efecto, doctora, su propensión a husmear en los montones de lo pobre y las montañas de lo humilde, a recrearse en el feísmo del jirón y el residuo, podría llevarla a quedar encerrada en esos miserables bastiones del hueco y lo inhóspito, agujeros sólo iluminados por la televisión encendida día y noche como elemento embrutecedor y alienante. Usted podría procesar todo ello, alterarlo, modificarlo, someterlo a un reciclaje intelectual sorprendente, dotarlo de un sentido plástico hasta ahora inadvertido en la conciencia de sus negros habitantes, parásitos del subsidio social y la depredadora somnolencia del gueto. Aprópiese de esta realidad, de lo suculento de sus imágenes y conviértala en arte, evidencie su potencial expresivo, la rica materia que constituye su textura de podredumbre y el basural inaudito de sus solares. Inspírese en los ladrillos ennegrecidos por la suciedad y en los cristales rotos de las ventanas, en las esquinas húmedas y ensombrecidas por los regueros de orina, en los portales pintarrajeados con carbón y en las escaleras desconchadas, abastezca su imaginación de las escuelas sórdidas para niños aterrorizados y de las tienduchas oscuras donde el alimento barato convive con el podrido, del millón de iglesias que infestan Harlem a la caza del último centavo del bolsillo del negro…
Existe otra Nueva York, dijo.
No lo creo, contestó.
(Son los mismos perros con distintos collares.)

lunes, 16 de enero de 2012

HESSE 40

En 1966, poco antes de que su padre muriera, le compró en una de las tiendas de anticuario que proliferan en Park Avenue una plegadera de plata con un galgo labrado en el mango. Hesse tenía dinero esa mañana. Había vendido un par de acuarelas sobre papel de tela a Seda&Stein.
Su padre, ese ente físico, opulento, esa carne serena y feliz tan próxima, de cara redonda de judío alemán, calvo, bonachón y un poco egoísta, como sólo puede serlo un alemán glotón y tranquilo. Y, ahora, un moribundo aburrido, asqueado, en la espera, un pacífico judío convencido, temeroso de Yahvé, de nuevo en la diáspora… final.
Al llegar a la casa familiar le faltaba el aliento, estaba sudorosa y se sentía a la vez trémula y feliz.
El hombre enfermo, enflaquecido y perplejo, cubierto por el taled, la vio precipitarse al salón, rejuveneciéndolo todo, rodeada todavía con el aire fresco de la calle. Ella le tendió el bonito paquete que envolvía el presente. Su padre preguntó por qué: no era su cumpleaños, ni había que celebrar ninguna onomástica. Tampoco iba a poder llevar demasiadas cosas en su próximo viaje…
Tal vez en ese que ahora emprendía, surcando el mar…
Dos días después de que su padre muriera, lejos del hogar, de la nueva patria, Hesse buscó por todos los cajones de la casa la plegadera labrada. Nunca la encontró. “Va en la nave egipcia con él.”
En las semanas siguientes dibujó simulacros: de un río, naves, perfiles, relieves, ornamentos.

miércoles, 4 de enero de 2012

HESSE 39

Melting pot:
L., amiga de Hesse: una mezcolanza siniestra. Nacida en 1938 en Polonia de madre búlgara y padre lituano. Emigra con su familia a Estados Unidos pocas semanas antes de que la Wehrmacht derribe los postes fronterizos polacos. En 1959 se casa con F., un chino descendiente de emigrantes originarios de una provincia china tocante con la Mongolia Exterior, radicados en California desde 1907. En 1966 L. y F., cansados una de la lavandería donde trabaja y el otro del restaurante de comida barata donde sirve mesas, acaban sumidos primero en el quietismo y, luego, sin solución de continuidad, en un misticismo suicida. Malviven de un subsidio menesteroso. Ella pinta cuadros siempre de tonalidades rojas, escribe poemas de un solo verso, aprende a tocar la guitarra española y confecciona flores de papel; él medita, no hace nada más, busca la extrema pureza, el dharma que todo lo explique, el aleph que descubra las hechuras del mundo. Viven en una casucha de madera que pintan de blanco cada dos años en la parte alta de Queens. Procrean tres hijos. Mueren dos de ellos “por causas naturales” a poco de nacer. El primogénito, a causa de una infección, contrae una ceguera irreversible. En 1970 F. abandona a L. Se halla en pleno epicentro del Wu Wei. Se cree invulnerable. Dos meses más tarde se ahorca colgándose de la escalera de incendios de un edificio en el East Village. L., al cabo de unas semanas, de regreso de parlotear con la psiquiatra de los Servicios Sociales, abre la puerta de su casa, va directa a la cocina, deja caer la bolsa de la compra del día y se corta las venas con el cuchillo de trocear el pescado. A pesar del estrago que se hace en las muñecas y en las arterias de los brazos, no consigue matarse. Antes de finalizar ese año entrega a su hijo a los Servicios Sociales y retorna a su Polonia natal. Jamás vuelve a los Estados Unidos ni sabrá nunca de su hijo invidente. (En 1995 descubro en la librería del Reina Sofía, en Madrid, un lujoso catálogo de una colectiva de artistas del Este programada en el Petit Palais. Una de las artistas más destacadas “y del máximo interés” -como reza el prefacio del profuso inventario- es L., cuyos cuadros comienzan a disputarse los museos europeos a precios desmesurados.)
Los caminos del Señor son inescrutables.
(Dijo.)
El triste atardecer de Queens me lanzó una noche de septiembre de 1969 al precario hogar de F. y L., iluminado a esas horas por media docena de velas. Como parco presente, portaba una botella de leche y piezas de fruta en una bolsa de papel.
Life against Death y Apocalypse, The Wisdom of Insecurity y Nature, Man and Woman (este último prestado por Hesse), reposan envueltos por la pacífica luz aparentemente inofensivos sobre la rústica madera de la mesa donde comen, junto a un cuenco de arroz hervido con verdura y una jarra de agua cristalina con reflejos ámbar por efecto de las llamas. El niño ciego corretea desnudo palpando las paredes de listones. El pequeño pene, que no deja de acariciarse, semeja un insólito garfio presto a engancharse en cualquier cosa.
En Europa la gente es demasiado sofisticada. Es en el Nuevo Mundo donde sucederán los grandes acontecimientos del siglo. Sólo los bárbaros creen en la iluminación, en la revelación pentecostal. De ellos van a ser todos los Reinos. Cielo e infierno son la misma cosas. Y eso lo saben los bárbaros. De ti depende que imagines donde estás. Sed inocentes. Sed niños. No temáis a la muerte, porque la muerte soy yo. Lo apocalíptico es el camino de la verdad, la sabiduría total. Entretanto, mantener silencio, porque el silencio es la antesala de la liberación. Dejaos llevar. La vida es un fluido, como el agua corriente de un arroyo. Sólo vivís en el instante. ¿Y qué es lo esencial? Cultivar la tierra, tejer tu vestido, cocinar, alzar tu casa con tus propias manos, hacer el amor.
Et tout le reste est littérature.
Dejad que otros se levanten a las siete de la mañana y llenen las fábricas, que arruinen sus espaldas encorvados ocho horas sobre las mesas de sus oficinas o que conduzcan los taxis día y noche. ¿Qué otra cosa podrían hacer con sus vidas? Hay rosas, y hay abejas; piedras y estrellas, el árbol, el tigre, la espada y la gema.
(Dijo.)
Mientras la cantinela pueril insiste en que los tiempos están cambiando.
Pero ojo con éstos, del mantra a la invectiva. El desdén del sabio por la ignorancia de los otros, acólitos y medrosos, alcanza la ofensa y el cinismo devastador. Pueden llegar hasta la violencia física si pretendes arrancarles un pedazo de su territorio mental. Estos gurús guardan bajo las mangas de sus falsos kimonos manchados de pecados físicos botellas de ginebra, cigarros puros, espesas chocolatinas, bistecs todavía sangrantes de dos pulgadas de grosor y hasta unos gramitos de alimento espiritual regalo de algún camello devoto. Además, se mueren de ganas por salir en alguna cadena nacional de televisión aunque abominen de ella en público.
(Le dije.)

domingo, 1 de enero de 2012

HESSE 38

Me siento dadivoso… a la manera borde.
Una especie de Swift.
Que no muera nunca, ésa es mi ofrenda a la Gran Artista para hoy.
Te otorgo la eternidad (te concedo un… castigo)
Eres la heroína de los colores.
También eres mi heroína, Hesse.
He aquí las páginas blancas donde mancillo tu memoria.
He aquí el pecado y la ofrenda.
He aquí mis antojos de creador menor (pero sentimental).
He aquí la chica de la moneda de plata de tres peniques. Nace una de cada un millón.
Te alumbraron con el círculo rojo sobre la ceja izquierda. Ahora, a tus doce años, se ha vuelto verde. Aún has de verla azul oscuro cuando cumplas los veinticinco.
Sabed que ella es La Elegida, papanatas...
Pero, ay, nadie alcanzó a descubrir la mancha negra del tamaño de un chelín sobre la frente.
¿Y qué le hubieras pedido tú a una vida inmortal?
Amaría la sabiduría, sería generosa, me entregaría a las artes y las ciencias. El mundo y sus cambios, sus modas y revoluciones serían mi espectáculo interminable, así como los cielos de la noche, sus astros y sus cometas. Contemplaría indiferente y divertida como se marchitan a lo largo de los siglos la sucesión de claveles y tulipanes en mi jardín. Y yo sería un ejemplo para el mundo que nada en mí vería reprobable.
Sería…
Serías como tus obras, que en el siglo XXI se pudren y se deshacen como el polvo aun no dejando de ser lo que son. Y hemos de copiarlas con nuevos materiales, clonarlas con otra química reciente que sustituya los despojos corrompidos. Tu obra, en nuestros días, es una copia de la que manipularon tus manos, aquellos desechos de los sesenta forman hoy un revoltijo informe encerrado en una urna de cristal.
Pero ¿acaso no somos los hombres y las mujeres copias más o menos imperfectas de otros seres humanos que nos precedieron?
Podemos replicar tu obra cuantas veces nos venga en gana.
¿Para qué ser inmortal? ¿O piensas tal vez que se es inmortal contando 30 años tan sólo hasta el fin de la eternidad?
No, querida. A los cuatro mil seiscientos dos años tendrías cuatro mil seiscientos dos años y no treinta. ¿Qué pensabas?
Serías una struldbrugs cumpliendo años sin cesar, melancólica y abatida, con todas las manías y achaques del viejo, con la horrible perspectiva de no morir jamás. A los cuatrocientos años serías tan terca, antojadiza, avara, áspera, vanidosa y charlatana como a los cincuenta y sesenta. A los setecientos, nada de los placeres del cuerpo podrías desear, puesto que a ninguno de ellos podrías responder. Envejecerías eternamente, asqueada y confusa, hasta ser una sombra repugnante para los demás. Tu capacidad de aprender sería nula, tu memoria se desvanecería al paso de los siglos, mendigarías un recuerdo, unos pocos slumskudask con los que llenar el vacío de tu mente. Ni siquiera podrías refugiarte en la lectura, pues el lenguaje se tornaría incomprensible, y tus ojos irían apagándose como una estrella durante millones de años. Tu nacimiento habría sido siniestro, y envejecerías a la par que el universo. Esa rara eternidad te mantendría muerta en vida.
Condenada a vivir hasta el final de todo… ¡qué tortura diabólica!
Pronto dejarías de temer a la muerte, que sería una bendición, el más dulce de los consuelos…

“¿Ahora administras antídotos, entrometido del diablo?”
“Querida, soy El Hacedor. Soy yo quien dispone las piezas aquí y acullá. Qué le vamos a hacer.”

jueves, 29 de diciembre de 2011

HESSE 37

Es una wittgensteiniana. De pura cepa. A la inversa: no puede decir las cosas, pero encuentra el modo de decirlas repudiando un lenguaje no ya limitado, sino embaucador, la máscara protocolaria de lo indecible. ¿Cómo dice las cosas? Las muestra. El abecedario de las visiones. Y ese lenguaje tiene la lógica del mundo y su basural orgánico y su embeleco metafísico. Una mística del objeto y sus connotaciones irrebatibles. Un arte extrínseco, sin necesidad de ahondar en lo esencial ni dotarlo de proposiciones: óxido, vidrio, madera, acero... También siliconas, fibras, polietileno… Conforma una química. Presenta el laboratorio de su fabricación. La magia de la metamorfosis. La tautología de la imagen ha sido desterrada, también sus equivalentes lingüísticos en este muestrario íntimo de que hace gala. Inventa el verso avenido por aluviones de materia, el párrafo es creado por la estupefacción que depara. Propone el desconcierto. Su epistemología se basa en lo chocante: de ahí se gestan las grandes ideas: el método del delirio, de la invención constante. Su discurso sintácticamente inclasificable: eso ya es un habla. Luego, articula emociones escondidas, los terrores, una gran apostasía: atisba dentro de sí en una ontología que tiene mucho de mortificación.
Abusa del objeto, lo muestra tal cual es. No piensa a través de él. Sólo es una consecuencia.

Entre el pensamiento y el mundo está el lenguaje, que no significa nada en realidad más allá de su propiedad referencial y comunicativa. Ahí es donde trabaja. Labora telas de araña, una plástica de intríngulis constante.

Todo había empezado muy pronto.
Es una adolescente. (¿Lo había sido alguna vez?).
Es una mujercita entregada a sus labores, y bien pronto se da cuenta de cuál es el camino y lanza la cestilla de la costura por la ventana con una mueca de asco.
El acné paralizante lo envía ella al diablo, toda la pereza e indolencia criminal de las espinillas y la dentadura irregular no son muros para ésta que sabe perfectamente lo que quiere.
No es ella de esos adolescentes
ensoñadores que hacen de la espera la llave prodigiosa del futuro: ninguna puerta abre la espuma de los días mientras yaces en tu dormitorio con la vista fija en el techo, imaginando para tu existencia mil desarrollos felices, finales venturosos, la dicha y la gloria.
Nada de eso. No es una ilusa que espera que el mundo se detenga a la puerta de su casa y suba las escaleras hasta su cama donde sueña despierta.
Cogió su bloc y su lápiz, se precipitó a la calle y se fue ella en busca del mundo, que es aquello que está fuera de ti, diverso y extraño, implacable y proteico, presto a las dentelladas propias o ajenas.