sábado, 24 de marzo de 2012

HESSE 50

La muñeca se nos rompe.
Murió joven esta Hesse.
De ella pocas máscaras hemos alcanzado a contemplar. En cierto modo, se libra (y nos libra) de la caricatura de los años, de las otras máscaras sórdidas de la vejez temprana, de la vejez dilatada, del rostro erosionado por el tiempo, las mentiras, la vanidad. Nos hurta esa muerte de los ojos humillados por las traiciones, por las mudanzas siniestras del carácter, la ambición o el desaliento, nos libra (y se libra) del miedo, del silencio de los viejos, del viejo Samuel de quien aún pudo tener idea de su existencia y que, mira por donde, quién lo iba a decir, hasta consiguió influir en su obra.

Ella le tiende la mano:
Monsieur Samuel Beckett, adelante.
Es decir, hacia atrás.
Como despedazando la realidad.
Hay algo de perverso wittgensteiniano en esta imposibilidad de comunicarse.
Comunicarse además…
¿Para qué?
Hace trizas el andamiaje embaucador: nunca sabrás nada de nada. Sólo son palabras que dibujan tu confusión, la deposición química de un cerebro ahíto de alimento.
Ni siquiera has cambiado: en los mil personajes que has sido tan sólo eres en uno, y no importan los farsantes de detrás, ni las máscaras sucesivas del futuro, si es que lo tienes.
Si eras múltiple, la reducción te condena a uno. No modificas el pretérito, no has de mejorar el descendiente.
Eres silencio: por la boca únicamente salen ruidos. Porquería que el aire provoca de tus gases.
Este hombre es un asilo de viejos clarividentes, coléricos, charlatanes porque aman, sobre todo, el silencio. A la mayoría de sus camaradas en la decrepitud se les escurre la baba de la boca mientras mantienen los ojos entornados. Estos tipos huérfanos a traición son capaces sin venir a cuento de hablar de su madre a todas horas, muerta hace mil años. En la forma son espantapájaros que sólo asustan a los niños: una ruina encerrada entre cuatro paredes blancas y que gente a la que se les paga puntualmente procuran tener aseada y quieta y sin restos de excrementos durante todo el día. En el fondo son viejos desmenuzados, mutilados de su propia alma, carcasas, trastos a punto de desmoronarse, si es que no yacen ya en el sucio suelo con el fin de fastidiar y burlarse de los vigilantes.
Manicomios ambulantes, cada uno de ellos alberga decenas de personajes: el desfile inmisericorde de todos aquellos que uno ha sido a lo largo de las diversas fases de su existencia hasta acabar en manos mercenarias o piadosas que se cuidan de la mugre. Uno, al fin.
Huesos como cuchillas, la piel muerta. La mirada vacía desentrañando los sótanos del pasado.
Y cuando abren los ojos les invade un asombro infantil: pegado todo el santo día a la ventana con las manos sucias de pecados sobre el regazo, viendo el mundo en el verde resplandeciente de la hoja mojada por la lluvia, en las nubes que pasan (no les gusta nada este lugar), hasta en la grisura de los cristales sucios de la prisión para viejos.
Es una poética de la precariedad, del sinsentido.
Este viejo es un abrigo viejo, viejísimo, un viejazo deshilachado, un vejestorio roto por mil costuras, un viejorro repugnante de mil olores, polvoriento de mil caminos arrastrando los pies sin detenerse un momento. Tras sus gestos y risas de cotolengo se esconde un auténtico genio del desperdicio y las sobras, de las palabras difíciles y una podredumbre muy adecuada. Su saliva es un veneno.
Les imanta a los viejos la escatología, el anacoluto, la teología, la disciplina insensata a que obliga el vacío.
En su vida de caminante infatigable y desértico cuelga en bandolera un bolso más viejo aún que todo aquello, y en el interior nauseabundo hallamos trozos de pan duro, un pedazo de queso mohoso, un vaso de plástico, una novela policíaca barata y arrugada comprada en un quiosco, una navaja mellada, periódicos atrasados de hace veinte años, un bolígrafo con la tinta seca, una cédula de identidad ilegible, un par de guijarros, un papel en blanco, un pedazo de cuerda “con la que poder ahorcarse un día no demasiado lejano”… que nunca llega, pues “la clave de la vida es el sufrimiento”.
Incólume a los desastres naturales.
Refractario a los males de la estupidez.
Hasta que se convierten en negras cenizas parlantes.
Y toda humanidad es un ruido, un río seco pedregoso.
¿Hay algo más allá del yo y el objeto?
Y aunque lo hubiera, ¿cómo podría demostrarse?
Da dos pasos y holla la nieve, anda bajo la lluvia oscura, camina al amanecer gélido de un día cualquiera, pero no se mueve ni adelante ni atrás. Y a los lados sólo se encuentra el abismo sobre el que pende su figura de alambre encima de la cuerda.
No sabe cómo se llama.
Pero si lo supiera, no le serviría de nada. Es una convención como otra cualquiera en el mundo de los protocolos vanos. Uno siempre termina escondiéndose en el nombre, como si eso tuviera importancia, o al menos fuese una especie de escudo para protegerle del terrible cosmos o la carcajada animal.
Tampoco sabe adónde va, y laberínticos circunloquios dominan sus pensamientos.
Los días ya no se llaman, las horas ya no se cuentan.
Sobre todo le gustan las piedras redondas y pulidas por el agua y el viento, el horizonte desierto, el firmamento rozando la tierra dura y árida.
Es una silueta larga y delgada recortada sobre el cielo gris de la ruina.
Inquietante la conjunción de ambos que tu obra remeda. ¿Sabías, beckettiana, que tu labor ronda lo estrafalario de este ser de lejanías?
El hombre espera en absoluto desvalimiento: soliloquios, perversas fijaciones mentales. Un ser cruel y hasta depravado para sí mismo.
Es un suicida que piensa demasiado, no termina de desprender la costra del pensamiento de su condición animal: insiste en poner nombre a las cosas, a las imágenes, se obliga a pensar.
Pero ya ha renunciado a los demás, a sus chácharas y explicaciones ordenadas e inútiles: se sostiene a sí mismo con las pinzas de la lucidez más inofensiva: un monólogo interior que arrecia a medida que se acrecienta su misantropía.
Y, por favor, nada de dioses. Piensa hacia abajo.
Desafía un agnosticismo hacia todo y hacia todos. Nada espera de nadie. Que nadie espere nada de él.
Dioses… Aunque, ¿y si son éstos, aunque inventados como la magia y el rito, el único medio para expresar nuestra conciencia, conocer los asuntos del alma tan encerrada como está, entregarse con algún sentido a la elucubración irrefrenable de la mente libre del cuerpo y su putrefacción?
El espíritu de un viejo que ya no puede hablar y apenas dar dos pasos sin ahogarse, sordo a los dioses, escondido entre harapos, casi irreconocible como ser humano, eso es lo que aún reviste la carne.
Sí, un poco de mitología, como un vaso de vino griego o el sol romano, no hace mal a nadie…
Entre tanta escombrera…
Es fácil sentirse identificado con ese sentimiento de desnudez, de indefensión ante el absurdo o la pena.
Un arte ecuménico, dijo ella, que a diferencia de esos viejos terminales y degradados y mudos aunque de extremada lucidez, tenía salud, dinero y energía y se creía inmortal, es decir, iba a ser joven hasta el fin del mundo. Era en ese tiempo memorable que desentrañaba la sintaxis del disparate existencial y su museo de objetos (y el organismo vivo que era ella), inmune al desaliento y la duda. Una examinadora de interiores.
Pero el suceso biológico es mucho más sencillo cuando todo, con naturalidad, ha quedado atrás y ahora la artista parte hacia el lugar de donde vino con las mismas manos vacías.
Ahora lo sabe. El sol y la lluvia y la tierra y el aire: eso era ella, lo que ha sido siempre, lo que será cuando sus cenizas sean esparcidas. Elementos inmutables a pesar del tiempo y las catástrofes. Algo tan sencillo y rotundo… (y buscaba con dificultad un segundo calificativo, una nueva acepción definitiva cuando la verdad de todo es que todo es nada). Quería la complicación, lo que no se entiende-
¿Y él? El Gran Beckett…
Por encima de los ochenta años ya no se necesita dormir, la comida da un poco de asco, los objetos inspiran desgana, los planes una sonrisa desdeñosa y los demás y sus opiniones no importan un ardite. Incluso un premio nobel de literatura resulta un fastidio inconmensurable de sobrellevar.
Tan categórico, agoniza en un asilo: “Ay, que todo termine.”
Será el silencio.
Regala dinero. Vuelve a ser pobre: escribe (esa clase de indigencia), escribe, pero sólo palabras. Hemos asesinado al sentido.
“Un hombre de pie sobre arenas movedizas.”
Murió escribiendo garabatos sobre una mesa de bridge, en una habitación con la puerta abierta a través de la cual atisbaban un montón de viejos como él, mocosos y medio locos, abandonados en manos ajenas.
“Y no vuelvas”, conminaba el hombre primitivo en el albor del tiempo y las desgracias, sabio en temores, precavido: primero se despieza el cuerpo; luego, se le quema, y, por último, se dispersan las cenizas con el viento. Eso era innecesario, pero era en la noche oscura del alma primitiva, cuando todo aún era creíble, reciente y se profesaba temor a los muertos.
“Ya en las tinieblas, ni se te ocurra volver”.
Porque lo malo de un muerto es su espíritu. No hay modo de acabar con él: en forma de palabra, de pintura, de recuerdo, y no digamos ya fotografiado en un trozo de papel… Ahí siguen a perpetuidad. Perviven ladinamente. Aletean sobre la tierra y las aguas en pos de la venganza. Pues es sabido que los muertos guardan un gran rencor a los vivos. Hasta que uno mismo desaparece: entonces desaparece todo, al menos desde el punto de vista del ser vivo, que comprueba fácilmente, bien asentados sus pies sobre la tierra, que ningún muerto vuelve a por sus cosas (un reloj de pulsera, la billetera, las llaves del coche), ni tampoco vuelve a encender o apagar una luz, a terminar de un bocado la hamburguesa o el hot dog, jamás vuelve a salir a la luz desde los túneles del metro, a sacar de casa la bolsa con la basura del día, y nunca acabará de leer la última página del periódico... de ayer.
En fin. El anecdotario no da para más.

miércoles, 21 de marzo de 2012

HESSE 49

Del diario secreto II
Inventaba los recuerdos como otros imaginan el futuro.

No importa cómo lo hagas, pero hazlo divertido.

Una historia ontológica del arte esparcida en el suelo: los materiales asociados a ella serían siempre novedosos.
Historia natural de la literatura: una porción de idiomas a la deriva, modificándose, disolviéndose, desapareciendo desde la primera sofisticación del habla y sus técnicas innatas.

La enfermedad es un robo.
La muerte, un asesinato en toda regla.
¿Quién va a juzgar tamaños crímenes?

Niños que nacen en jardines…

Pero el reposo no es estar tumbada en la cama con lo ojos fijos en el techo. El descanso viene a mí alejada de esos estúpidos que hacen del arte un medio para chapotear en el fango de su vidas tras un éxito fácil. Si enfermo, serán el único objeto de mi odio la cama, la silla de ruedas, la compasión, la derrota... Y, por encima de todo, las doce palabras de consuelo de artistas como él que revolotearán alrededor de mi agonía: engreídos y olvidables, cuervos ni siquiera negros.

Manos a la obra, me digo. Encerrada entre las paredes queridas y manchadas de mi estudio. A salvo de muchas de las cosas buenas de este país, pero también de las malas: “Después de las armas, los productos de mayor venta en la nación son el whisky y las drogas”, me dice R. Y apuntualiza: “Lo ha soltado Ch. durante una entrevista en Partisan.”
“Toda una autoridad en la maledicencia... ¡sobre sí mismo!”.

Excavaba en su rostro como en una mina a cielo abierto. “Ahora aparecerá el miedo, el asco, la alegría, la duda…”
Ya eran todo grietas en la cara de tierra. De un momento a otro atravesaría el cráneo y podría mirar el vacío al otro lado.

Me pregunto quién es la enferma…
K.: seconal, nembutal…
R.: esconde las pastillas en las bolsas de pañales de su bebé.
N.: viajes e histerismo.
D.: “Afortunadamente, me mantengo limpio, en forma.” Durante la comida se ha bebido una botella de vino, antes se tomó dos cócteles de ginebra y vermú, y ya al anochecer, cuando nos invita a su estudio, no deja de vaciar copas de whisky, aunque trata de disimularlo mezclándolo con soda. Sólo él bebe alcohol. A. y yo (la verdad, bastante interesados en lo que dice) pasamos el rato con el horrible té con sabor a pis para los invitados que guarda en la alacena junto a una planta de hojas mustias.

No se trata de alteridad. Me observo en el espejo: no me reconozco, o sí, pero de tanto escudriñarme me parece estar frente a una desconocida: es imposible que mis pensamientos se escondan bajo esa máscara.

He descubierto algo al salir de la casa de los T., en Park Avenue: los rascacielos son monótonos, carecen de la diversión y el misterio de las brumas, alevosías y carruajes del siglo XIX. ¿Qué clase de pensamientos evocarán estas moles rectilíneas dentro de un siglo? Más tarde, lo comenté con C.A.: se reía. ¿De veras? ¿Entonces qué piensas de las obras de…?
Pero tú eres la chica que odia “lo bonito”.
Dejo pasar la tarde contemplando los edificios de dos y tres plantas de la calle 42. Por la mañana, también había estado en Greene Street, en Spring, extasiada ante los edificios de hierro colado.

¿Cuál mi naturaleza?
Pero, ¿tiene esto importancia en realidad?
En cualquier caso, equívoca.
Todo es una ilusión de los sentidos, me digo cuando deshago irritada una forma de maraña (que me ha constado una tarde entera de urdir) y contemplo en el suelo sólo una maraña, un montón de hilos sin sentido, un rebujo. ¿Lo tenía antes? ¡Por supuesto! Yo le insuflé como una diosa el aliento de lo vivo, fue deliberado. Fui su creadora, y eso era un hecho incuestionable. Y, ahora, como la diosa que soy, la destruyo, y la forma que se gesta, ese informe bulto, ya no es nada, es obra del azar, de lo aleatorio. No es arte, me repito una y otra vez, una y otra vez…

Una/uno, siempre se muere en el tiempo antiguo, cuando las cosas de entonces están pasadas de moda. Cinco años después de tu muerte, el mundo te recuerda antiguo. No hay nadie que muera adelantado a su tiempo. Y, si es así como parece, son los demás, los coetáneos y sobrevivientes, los que no te entendían ni entonces ni ahora, y nada clarividente había en ellos. ¿Sucede lo mismo con las obras de arte, se posa sobre ellas la pátina de lo desfasado…? ¡Pero yo no hago obras de arte! Son… un testimonio de lo efímero, llevan implícita la idea de la decadencia, y nada resuelven, y nada significan más allá de su intención procesual y, después de mi muerte…

“Lo que haces es poco relevante”, dijo.
“No importa”, repuse, “mientras sea revelador...”
“¿Para quién?”
“…aunque sólo sea para, que es exactamente lo que me propongo.”
Ya no acierta a decir nada más. Desvía la vista, sonríe con notorio desdén. Al carecer de una réplica adecuada, mantiene un silencio embarazoso. Se aburre.
(La clase de conversaciones que me repugnan, y a la que me veo lanzada cada vez que se produce un encuentro entre F. y yo, sea en el lugar que fuere. Desde Yale, hace una eternidad, no lo había visto. Confío en volverlo a ver… ¡dentro de otros dos años! ¡Para entonces tendré otra respuesta preparada!).

Judson Dance Theater: acudo en compañía de T., L. y K.
Si yo no pintara… (1960). ¡Es la materia real, contundente e inequívoca la que ha de prevalecer como alfabeto del artista!
Observando esta coreografía del ritmo y la expresión libérrima, me asalta la evidencia de un arte que también se base en la línea fugitiva. El movimiento que desaparece apenas impreso en la retina, el espacio inventado, la gracia del vuelo sobre el suelo (la tierra, en definitiva), han de ser las constantes de un nuevo entendimiento visual. Y todo tan telúrico, tan denso, pero a la vez tan próximo a la fractura como una piedra de cristal.
Una metamorfosis del lenguaje plástico que se funde en la estética evanescente del aire: brazos-picasso, cinturas-matisse, ondas-léger, huecos-picabia…

Vivir es caro aquí. Incluso en la ciudad de los huevos, una omelette nature es inalcanzable para mí.

Toda la luz del exterior, la transpariencia de una mañana otoñal fría y rotunda de noviembre en Nueva York, se colorea de un gris sucio y oscuro, desalentador, en el interior de los minúsculos apartamentos del Midtown, la claridad deslumbrante de afuera se transforma adentro en una veladura de tonos óseos que hasta parece oler a polvo de siglos.

Una semántica: inventar enseguida los estatutos de su lógica.

Le dijo que esa chica vivía (en realidad, sólo dormía) en un apartamento en Patchin Place que no tenía cocina (aunque sí cucarachas, una cama, un grifo y un enchufe), de modo que se agenció un hornillo para guisar las chuletas de cerdo y hervir sus verduras. Se cubría la cabeza con un gorro de lona verde oliva, calzaba botas de suela gruesa y en cualquier época del año vestía un mono amarillo de trabajo con grandes bolsillos laterales que en invierno ocultaba a medias varios jerseys de lana y en verano una simple camiseta. Pero era todo lo que necesitaba, y en cuanto amanecía se precipitaba a la calle con una bolsa de papel llena de plátanos y zanahorias, su única comida hasta la cena de regreso al apartamento, y a buen paso recorría las siete manzanas que le separaban del garaje temporalmente sin uso donde pintaba óleos a pequeña escala sobre masonite: retratos y figuras imaginarios que terminaban recordando el sombrío dramatismo de las vidas reales que uno podía observar a su alredor en esta parte de la ciudad, el Village, que no dejaba de abastecer un material de ese tipo a todas horas.
“Pero esa muerta de hambre enajenada podíamos ser cualquiera de nosotras en algún momento de nuestra vida”, repuso con una sonrisa desdeñosa. “Lo importante era mantener la misantropía a raya y creer en lo que una llevaba entre manos. Lo que no era nada fácil rodeada de chinches, comida de lata y la ropa interior siempre húmeda aunque estuviera secándose colgada de la barra de la ducha una semana entera.”
Querido amigo, eran los tiempos aquellos cuando nunca dejaba de llover en Nueva York y a zancadas por sus calles había que batirse contra la tristeza y hasta con la sombra que dejabas atrás.
En resumen, íbamos a convertirnos en los Más Grandes Artistas Contemporáneos del Mundo de entonces, así que éramos para que nos echaran de comer aparte.

sábado, 10 de marzo de 2012

HESSE 48

Del Diario Secreto
Nieva en Nueva York.
¿Sigues ahí?
Nunca me fui.

¿Qué piensa?
¿Quién piensa?
¿Quién de los dos?

Los dioses son invisibles: sólo si aparecieran ante nosotros perderían su gracia.
Se mantienen ocultos: he ahí su inútil y poderosa palabra silenciosa.

Camina por la avenida Madison. Es real. Pero, en el fondo, todo tiene la sustancia invisible del espejismo, la urdimbre de lo imaginario. La solidez de las apariencias, el brillo de los colores, los rascacielos de cemento y cristal, los transeúntes y automóviles, adquieren bajo el sol la desnudez de lo verídico sin más y, no obstante, se diría que basta un soplo de aire para que se derrumbe todo en este día de magníficas transparencias, que se venga abajo este mínimo decorado de lo existencial y su finitud.
“Nada de lo que veo justifica el pasado ni asevera el futuro.”
Todo parece hueco.
Y el incendio del sol de cósmica magnificencia, pausado y fatal, ha de devorarlo todo finalmente en una ceremonio de espanto, ruido y cenizas.

Cuando era pequeña, muy pequeña, me encantaba saludar a los pasajeros de los trenes que pasaban frente a mí. Algunos de ellos me devolvían el saludo desde las ventanillas. Y yo pensaba que era muy raro que lo hicieran, puesto que no podían conocerme en modo alguno: esos trenes venían de muy lejos, viajaban a sitios más lejos aún y jamás se detenían en mi ciudad.

¿Cómo muere el alma? Le pregunté.
“No creo que se pudra”, dijo. “Simplemente, desaparece, se volatiza como… el aire que es.”
“¿Y eso es todo?”
Ella no era una mujer religiosa. Me miró con desconcierto:
“¿Qué esperabas”?
Como buena judía, me he repetido muchas veces que el alma es el idioma con el que hablamos con Dios. Y si aquélla enloquece, enferma, se muere… El silencio sería aterrador, sin ni siquiera plegarias que alivien nuestro miedo: sólo seríamos artificios físicos. Un embrollo.
Un galimatías... que es mi obra.

Y ahora, ¿qué tiene contra la soledad? La ambición. Es suficiente con eso para seguir avanzando hacia no se sabe qué. Pero esa es la misión. A la soledad también se la combate con la esperanza, se dice a la media tarde de un día sombrío y oscuro, con la lluvia repiqueteando en los techos y puertas metálicas de esta parte del Bowery, invadido el paladar de ese sabor ya tan conocido de grafito, a lápiz de colegio: como todos los niños, ella, ya en la treintena, sólo espera del futuro cosas buenas.
Aunque en las noches de insomnio, traduciéndose a sí misma plásticamente (hilos, agujeros, fluidos), no puede controlar los sollozos e imagina telas de araña.

La artista ha conocido al escritor. Un tipo joven recién llegado de Yaddo que escribe sinopsis de guiones para una de las majors: tres dólares cada uno, y no más de siete entregas a la semana. El Gran Escritor De Hollywood habla demasiado de su trabajo, tal vez porque los paseos de ella son demasiado silenciosos.
“Me gustan los árboles”, le dije.
Se quedó mirándome con perplejidad. Luego continuó hablando de sus asuntos, al parecer muy complacido de cómo lograba resolver cualquier situación a la que se enfrentaba. Y eso lo dijo un tipo que gana tres dólares al día garabateando tonterías en un pedazo de papel. Su cara de satisfacción era indecente.
Definitivo: no vuelven a verse nunca.
Ella se esconde en el estudio durante una semana y deja de contestar a sus llamadas telefónicas: en ese lapso de tiempo concibe una de sus mejores obras. A solas.
Primavera, 1966.
Soy capaz de amar. Yo amaba, pero con algo fuera de mí, como una extremidad más de mi cuerpo, un órgano invisible soldado a la carne, a la coraza exterior, y, cuando todo acabó, eso fue muy fácil de mutilar.
Esa capacidad ahora gangrenada, esa infección que es el amor desaparecen cuando se cercena de un tajo el adose espurio a la razón, y así se puede seguir adelante mutilado y a salvo. Tal sentimiento descorazonador e invasivo es lo que hay que abortar hacia fuera, una concreción en el costado, o en el mismo codo, en cualquier sitio menos en el alma.
¿Quién es ese tipo (otro más) que a la caída de la tarde, acariciado por el tibio sol, lee a Esquilo en griego mientras bebe un par de whiskys?
Estamos en los años cincuenta en USA: la mejor época en la historia, afirman con desfachatez los cronistas de televisión de estos años entre la delación, las condenas a muerte, la invasión de Corea, el informativo de Cronkitte, el show de Johnny Carson y las películas del oeste.
Esa tarde, el sol declinante parece dorarlo todo en el paisaje apacible de laderas, campiñas y jardines, de casas de dos plantas bien construidas y decentes. Sólo turba la quietud del aire denso y fragante las risas lejanas de unos niños, alguien que golpea un cubo metálico, el ladrido amistoso de un perro, y, después, el silbido apagado del tren de las 18,47 que abandona el apeadero. El cielo se tiñe de largas franjas amarillas, rosas y púrpuras sobre un azul pálido y cada vez más desvaído. Es un atardecer estimulante y benéfico que trae como recompensa el descanso, la paz en el pensamiento.
Peleando con los dioses.
El tipo lee en griego una tragedia que se engendra de humanas brumas y la cólera de los héroes mientras le asalta en la cabeza la idea de copular con su mujer. Cierra el libro. Entra en la casa: el hogar de un hombre que dirige bien sus negocios y paga sus impuestos debidamente, donde puede perpetrar con todas las luces encendidas la danza más frenética y primitiva en honor de Dionisos.
Ya en la noche, sube a la habitación de arriba donde espera su esposa. Mientras se besan con furia y se susurran obscenidades, uno de sus hijos, el más pequeño, se despierta, baja a la cocina, se sube a un taburete, alcanza el estante de arriba y engulle parte del contenido de un envase criminal: arseniato sódico azucarado, un mejunje para matar hormigas. Pronto, los gemidos del niño provocan la alarma. Sin perder un segundo los padres con su hijo acuden al centro de la ciudad en busca de un antídoto. Horas después, el niño se ha recuperado. Aún se siente mal cuando lo devuelven a su cama, pero enseguida se duerme. El hombre y la mujer cierran la puerta de su dormitorio. Se miran. Se desnudan. Se abrazan apasionados. Más tarde, el hombre escribirá: “No hay una conexión entre el amor y el veneno, pero semejan puntos en un mismo mapa.”

La veo salir de una tienda de licores en Canal Street. Sin dejar de andar, miraba a los lados nerviosamente, intentaba ocultar la bolsa de papel marrón debajo del abrigo. Aminoro el paso y dejo que se aleje hasta que desaparece calle arriba. Luego, al reanudar la marcha, no dejo de preguntarme cómo se llama aquella mujer. Por más que lo intento no logro recordar su nombre, pero ahora ya sabía de quien se trataba: era una vieja actriz de carácter que solía aparecer con frecuencia en el programa Playhouse 90, siempre en papeles mínimos, de cocinera, de ama de llaves, de vulgar vecina fisgona y, ya al final, de mera figurante.
Doblo la esquina hacia Wooster Street y unos metros más allá descubro a la pobre mujer sentada en el bordillo de la acera, llorando desconsolada ante la bolsa de papel caída y rasgada en el suelo, oscurecida por la mancha líquida del licor. Los trozos de vidrio de la botella rota, como una culpa a la vista del mundo, están esparcidos a sus pies, sobresalen por encima del pequeño charco color miel. Un par de curiosos contemplan la escena.
“Sólo es una pobre borracha.”
“Aún será capaz de lamer el suelo con la lengua…”
Me alejo apresurada. Sin volver la cabeza, imagino su boca, estragada y con cortes sangrantes, mojada por el alcohol sucio y caliente sobre el asfalto.
Por la noche: sueño con mi madre… No, es la actriz vieja, alcohólica y echada a perder con el rostro de mi madre.
Mi madre, que era tan bella como Ingrid Bergman.

El frío parece tener su luz propia, difunde una transparencia que azulea los objetos, como si todo estuviera tallado en cristal.

Una escultura de hielo, una materia limpia, profunda a pesar de su transparente liviandad. O, tal vez, precisamente por ello, por la nitidez de su volumen, su gracioso discurso evanescente.

De pronto, la sensación de que nada de lo que me rodea va a mantenerse en pie por mucho tiempo, que contemplaré su fatal decadencia y derrumbe final. Sólo era un decorado para una mala comedia. Despierto y, entonces, comprendo lo soñado: era yo la que iba a ser arrebatada de todo lo que me rodea.

“Una artista en ciernes… incomprensible”, dijo ante una de mis obras.
Los demás sonreían, o desviaban la vista.
¿Y él…?
Un artista mediocre…
No, es un artista cobarde. Y, sin embargo, tiene un discurso inteligible, expone en Castelli. Es célebre y gana dinero. Es escuchado. Hasta se cree en la solvencia de lo que proclama, aunque sus palabras no sean sino un subterfugio donde esconde la poca consistencia de una obra rancia y antigua como los bodegones de los principiantes en las escuelas privadas de arte.

El futuro sólo existe en la imaginación, no es ni ha sido.
Y el presente me sirve para crearme un pasado, lo que ha de justificarme una vez muerta.

Durante la noche la ventana de la habitación, mal cerrada, se ha abierto a causa de un golpe de aire. Despierto inmersa en una luz gris y lechal, y el olor del amanecer, una combinación rara de piedra, hierro y humo, me llena de desánimo, de miedo, de grandísima extrañeza por todo. Luego, con la taza de café caliente en la mano, el rumor sordo de que todo se pone en marcha, de que la enorme ciudad sigue viva, poblada de millones de seres, me va reconciliando con la grisura del día y las nubes negras que presagian la nieve, y me sumo con sencillez en esa experiencia universal en lo penitente, misterioso y cabal de todos nosotros que nos induce al engaño milenario capaz de ponernos en marcha cada mañana luego de una tostada y una simple taza de café.
Ya que no esperamos el éxtasis, al menos una buena salud, algo material que agrade a la vista, la calma, un día soleado, la lluvia al atardecer que repica en la calle, y nosotros bien protegidos en casa, envueltos en una manta de felpa con un libro pequeño y amable en la mano.

Temo que he de morir absolutamente desesperada. Algo que no entiendo, porque lo único que se desea de veras en esos instantes es la paz, una consunción tranquila, conformada, lúcida, incluso valiente.
Pero es ahora cuando descubro que toda mi obra era una premonición angustiosa hasta Contingent.
Toda la ansiedad procedía de una pesadilla que yo sabía real.

Un día oscuro, lluvioso y frío: un dibujo claro, una línea feliz, los materiales opuestos que contradigan todo lo biográfico.

domingo, 4 de marzo de 2012

HESSE 47

Octubre de 1941.
Desde la cerca del jardín vemos pasar a los Roning que van a comer a casa de los Sullivan, justo al lado de donde viven los Feiffer, después de haber asistido por la mañana a los oficios de la misa dominical en el templo episcopaliano codo con codo con los Smith y los Mulligan, a los que vemos acercarse por el otro extremo en compañía de los Bailey. Las tres parejas forman una curiosa multitud, con la pequeña nube de los niños vestidos de blanco y negro correteando y cruzándose entre ellos. Dan la sensación de ser una pequeña pero coriácea congregación de fortaleza y camaradería indestructible ante cualquier embate de la vida cotidiana, laboral y social, a salvo de todas las asechanzas y mezquindades de esta época de zozobras. Todos van vestidos de domingo. Los rostros risueños, el alma en paz. Luce un magnífico sol de otoño que dora las copas amarillas y rojas de los árboles, y en el aire se esparce el grato olor de los dulces de domingo calentados en los hornos, los asados proveniente de las cocinas y barbacoas de este pequeño rincón del paraíso que resulta ser el 156-A del área residencial de Oak Park 4 N.Y.
Por la tarde todos nos aburrimos un poco, hasta que anochece. Entonces nos sentamos a la mesa del salón a dar buena cuenta de la cena, escuchamos un programa de radio y, luego, mamá vuelve a meterse en la cocina, papá dormita en el sillón con el periódico sobre el regazo, la radio sigue hablando sin que nadie la escuche y, al final, casi sin darnos cuenta, acabamos en la cama.
Buenas noches y buena suerte.

El hombre, para quien este día no tiene nada de santo, cierra las grandes páginas de uno de los pliegos del periódico, las de política internacional con noticias de la guerra en Europa: los alemanes han iniciado la ofensiva contra Moscú. Este hombre, luego de haber plegado perfectamente las hojas del diario y depositarlo sobre el césped, permanece inmóvil en la tumbona, pensativo, con los ojos fijos en los grandes árboles alineados más allá de la cerca que separa el jardín de la acera y la calzada alfombradas por las hojas caídas del otoño. De vez en cuando un coche sigiloso, casi sin hacer ruido, se desliza delante de la casa y desaparece calle arriba. Luego, torna la pasmosa monotonía. Hasta él llega el sonido de la radio que su mujer tiene en la cocina mientras trajina entre cacharros, pero no logra descifrar nada de lo que oye. Alza la cabeza y mira al cielo: le gustaría describir las diferentes tonalidades de la luz que comienzan a entreverarse en él. No lo consigue, y se culpa de su escaso talento para las descripciones, incluso las más sencillas. Siempre ha sido así, se reprocha en silencio. Bosteza y deja por unos instantes la mente en suspenso. No quiere pensar en nada, pero esto es imposible. El domingo pronto empezará a declinar. Mañana será otro día. Hasta el domingo siguiente, todo parece igual. Un día detrás de otro día. Pero si uno se para a pensarlo, también los domingos parecen siempre el mismo, uno tras otro, sea la estación que fuere, todos parecen iguales. Mira a su alrededor. Dentro de poco la grisura se apoderará de la tarde amarilla. Ahora siente un poco de frío en la espalda, como si estuviera entumeciéndose. Ha crecido el canto de los pájaros. De algún lado el aire le trae el olor de hojas secas quemándose. Trata de impedir que en su fuero interno comience a cristalizar esa conjunción de inutilidad y rendición, tan conocida por él desde hace unos años, aún en el mismo Hamburgo, que inevitablemente le aboca a la esterilidad y la exasperación. Debería levantarme y meterme dentro de la casa, se dice mirando la franja de sol agónico que muere contra el seto que separa su casa de la de los Sheridan. Los colores se han vuelto tenues, apacibles. Como una ráfaga de tristeza que viniera enhebrada en el mismo aire del atardecer, como un puñal de desaliento en este instante de acabamientos, siente una ligera desazón que no acaba de definir, como un sentimiento de abandono e incertidumbre al ver a sus dos hijas pequeñas persiguiéndose una a otra por la diminuta parcela verde de su casa, entregadas a unos juegos que no entiende. Escucha sus risas nada estridentes, apenas audibles, hasta silenciosas como la tarde ya crepuscular a estas horas, observa la correría ingenua de esas niñas que nunca tuvieron la oportunidad de elegir sus vidas, las persecuciones sin un sentido lógico aparente, y, de repente, se siente agobiado por la losa de una pesadumbre casi inaguantable. Experimenta una sensación de temor por todo, el horror inexplicable ante un vacío imaginario. Un hueco en el pecho se agranda más y más hasta horadar los huesos y traspasarle la carne. Y todo, en verdad, parece desvanecerse a su alrededor, disolverse en la nada, ser la nada en este aire gris cada vez más frío y oscuro.

miércoles, 29 de febrero de 2012

HESSE 46

1970. Visita a E.H.
Sloan-Ketterig, en el 1275 de York Avenue.
El Falso Periodista la mira sin tener una sola idea clara en la cabeza, un tipo venido de fuera y que posiblemente no tiene ningún destino de importancia por delante, que empuña la pluma como arma de defensa, un tipo que ahora, en esta tarde gris y oscura, de colores desfallecientes, ya en su guarida de cucarachas de Queens, con el único combustible de dos perritos calientes en el estómago inyectando una buena dosis de química maloliente en su metabolismo, tan listo que parecía, no sabe por donde empezar en el momento de sentarse ante la máquina de escribir provisto de un cartón de Lucky Strike sin filtro, media botella de bourbon y el cuaderno escolar lleno de notas enrevesadas y con toda probabilidad inútiles en un intento de recuperar el latido, el aliento y la feble presencia de la enferma, los colores y olores clínicos, la luz sin cortapisas de lo enfermo. Ni siquiera sabe explicarse lo que hacía allí, cuando consiguió entrar en la habitación blanca, ni antes persiguiendo cegato y titubeante un fantasma por las calles rectilíneas e interminables que acuchillan el horizonte de una ciudad que no conoce, una región extranjera, profana y sacrílega en la que imperan leyes que no entiende y que obliga al desafío constante y abrumador en el mismo momento que uno se pone en marcha.
¿Podría decirme…?, había preguntado el pobre horas antes, balbuciente y desarmado a pesar de la pluma en la mano.
La artista le miró con lástima, pero enseguida apartó la vista. Cerró los ojos y, en silencio, se dio la vuelta hacia la ventana verde y blanca por donde entraba una brisa cálida y matinal aliviada por el frescor abrileño del East River no demasiado lejos de allí. “Y estaban aquellos colores, siempre los mismos en la agonía mañanera”, pensó El Cronista más tarde, emboscado en el metro camino de Queens.
¿Qué fue el principio?
¿De qué oscuridad nacía?
¿Por qué tuvo que empezar todo?
Yo quería pintar como un niño, dijo Picasso: tuve que malgastar muchos años de mi vida hasta conseguirlo, afirmaba en La Californie, paseando entre personajes imaginarios, padres y madres y hermanos falsos, novias apócrifas, amigos inventados, artistas inexistentes, todos pintados en horas de insomnio genial. Ni siquiera eran falsificaciones de personas…, eran sólo cuadros.
Ser niño como se es Adán en el paraíso, inocente, inventando los nombres de las cosas, puro y genial, creador de presas y cazadores en la cueva. Ser hombre como se es niño, severo y colérico, fantasioso e inventor, extravagante a todas horas. Ser chapucero y genial. Como solo un niño puede serlo: con todas las de la ley.
La mujer tumbada, con los ojos cerrados, vio el futuro: era como esa mañana cálida y luminosa, pero ella no estaba allí.
“Empecé con una venta de poca monta”, recordaba en 1970 la artista sin despegar los labios agrietados, atada a los dos goteros siniestros, a punto de empezar la primavera más allá de la asepsia y estrechez de la habitación…
Cinco centavos de 1939. No era moco de pavo.
“¿Y esto?”, preguntó su padre a punto de salir a la calle, trajeado, con el sombrero puesto, examinando el dibujo a la par que entrecerraba los ojos risueños. Era otra mañana de primavera, acuática y nítida, con los mil olores de la vida de afuera entrando por la ventana abierta.
La autora de la osadía tuvo que explicar el mundo que había construido entre los cuatro bordes de la página, donde se sostenía todo el universo.
Veamos.
He aquí el cielo; he aquí la tierra. He aquí sus cuatro pobladores.
Etcétera.
A su padre le complació la respuesta. Le compró el dibujo.
Los colores eran un tanto arbitrarios: había un árbol de hojas azules y la tierra era amarilla. También había un coche volador y una piscina vertical, según aclaró a la pregunta de su padre, a quien le costaba aceptar una piscina vertical, y a lo que la artista replicó sin perder un segundo que ella la veía así, y fue entonces cuando su padre comprendió que a una niña de cinco años recién cumplidos no le era muy fácil representar una piscina horizontal cuando a esa edad lo que se siente por la perspectiva y la regla anatómica es algo parecido al mayor de los desprecios, ¿no ves el agua azul?, le había reprochado la hija ante su extrañeza, y el padre no tuvo más remedio que asentir en silencio a la vez que miraba convencido aquella cosa oblonga coloreada de un azul profundo que se eregía a lo alto junto a los árboles de ramas y hojas también azules, efectivamente era una piscina, y era una piscina vertical, y era de verdad, porque allí se alzaba y eso era algo que nadie iba a poder negar.
Los personajes eran de mentira, pero eran, aseguró la pintora para confundir aún más al personal.
Al fin, tuvo que aceptar la realidad y confesar que estaba contando una historia. De hecho, estaba deseando hacerlo: papá, mamá y Helen. Y yo, puntualizó señalando con el dedo la cuarta figura, enorme, mayestática, y con una gran sonrisa en la cara redonda semejante a la luna llena que flotaba en el cielo diurno junto con un sol en forma de patata. Allí estaba ella, de pie en el centro, en un primer plano, sosteniendo un muñecón, justo debajo del coche volador que también surcaba el cielo. En el dibujo su hermana, casi una enana, tenía la cara roja, pero roja como el jugo de un tomate, un rojo chillón, los ojos asimétricos blancos, sin pupilas, y el agujero negro de la boca justo al lado de una gran nariz verde, un apéndice descomunal. El día anterior, camino del colegio, la artista se había enfadado mucho con ella, ¡pero que muy seriamente!, a causa del robo nocturno de un lápiz de su plumier que su hermana no tuvo más remedio que admitir ante la presencia acusadora del mismo en su cabás, y ahora esa ladrona confesa estaba pagando las graves consecuencias de su acción: la veía como a un monstruo. Eso es lo que sentía. Y así la pintaba.
Relataba lo que sucedía, la niña de la cueva mágica. Porque ella no pintaba Kopffüslers, nunca lo hizo, repetía hasta la saciedad: contaba historias.
Su gramática es todopoderosa y fértil. En ningún instante puede olvidarse que ella, la artista, es una diosa, de esa clase que no renuncia jamás a sus privilegios ni a sus calculados desmanes. Su gramática alzada en la bruma lechal del jardín de los gigantes y los mitos es una estrategia silenciosa que ha dado lugar a un lenguaje lleno de significados: ha creado unas reglas que haciéndose invisibles logran una apariencia muy sedimentada de sueños y horrores, una amalgama unitaria donde sólo sobresalen los residuos gráficos de lo real encallado en lo más profundo de su alma secreta, niña y picassiana.

1946.
¿Quién es esa señora Eva Hesse?
No ha venido del infierno, no la han arrojado los cielos a la tierra.
Es la vida, pequeña Hesse, que te asalta al doblar una de sus esquinas y coloca frente a ti una luna agrietada donde puedas contemplar tus presentimientos y tus derrotas: una madrastra te suplanta, te ha usurpado hasta el nombre, anticipa tu cáncer, te roba el padre.

miércoles, 22 de febrero de 2012

HESSE 45

2011.
Los tiempos han cambiado.
75 aniversario del nacimiento de Eva Hesse.
Vaya usted a saber por donde anda: U68 o U120. Escondida entre galaxias, hurtándose al tiempo, huyendo de la quemante dentellada de los lebreles del cáncer.
En efecto, todo empieza a ser muy distinto.
Ingeniería mental: se sostiene en el aire. Como un inconsciente colectivo.
¿Todo a punto, mercader?
“En 1889 Tanguy me decía: todo hombre que gaste más de cincuenta céntimos al día es un maldito pillo.” (DE GOGH, página 227)
Sólo he sido enteramente feliz en el Bateau-Lavoir, se dice en 1972 don Pablo Picasso, Señor de Mougins, inmerso en la vie de château mientras recorre los atestados corredores de Notre Dame de Vie en la medianoche. Allá en la Butte el pensamiento era más libre, y el cuerpo era como un amigo feliz y era mucho mayor la ambición, puesto que todo, absolutamente todo, estaba por llegar, y desde lo alto de la colina hasta se podía ver una luz verde allá a lo lejos que apenas definía los contornos de las cosas, una luz verde en la noche de luna ascendente que parecía presagiar todas las promesas del orgiástico futuro.
En 1912 Picasso había abandonado Montmartre: ahora monsieur Pablo recibía en el 242 del bulevar Raspail.
De allí, poco después, a un lujoso apartamento en el mismo Montparnasse. Escalando, pues.
Los tiempos, amigo Vollard, están cambiando. Tu siglo de bastidores y pigmentos que dotaban de colorido el viejo París ha dado paso a patrones más serios y calculados.
Un billete de cien francos ya es moneda corriente en los bolsillos de un pintorzuelo no entregado en exceso a la bohemia y no demasiado loco a causa de la absenta.
Ni siquiera volverán aquellos años más cercanos de entreguerras cuando el pintor español, ya enriquecido, retornaba a Montmartre poseído por la sola idea de volver a abrir la puerta que le condujera a la Época Azul y poder ganar sólo unos céntimos, lo imprescindible que le permitiera comer al día siguiente una sopa de verduras con tocino, beber un par de vinos al atardecer en compañía de buena gente, mear a gusto en el arroyo central de la calle pueblerina y tumbarse en el jergón cuando el sueño le venciera, aun con los pinceles en la mano. Al amanecer, un vaso de leche tibia y cremosa comprada directamente al boyero que guiaba las vacas y los bueyes, el trozo de pan recién salido de la tahona todavía caliente y, más abajo, casi en el horizonte, la vista inmensa entre brumas azules de un París somnnoliento a los pies al que había que conquistar.
En 1900 eso bastaba para redoblar las fuerzas y seguir adelante.

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29 5 2011

Distinguido Señor:
A instancias de nuestro común amigo Dn. xxxxxxxxxxx nos permitimos dirigirnos a usted a fin de hacerle llegar una propuesta de inversión financiera de gran alcance.
Le rogamos que lea con atención la siguiente propuesta de participación.
Querido amigo, nos hallamos en pleno proceso de crear un Fondo de Inversión que garantiza una renta final del 350/400 por cien a los diez años exactos de su fundación. Quizás más. El asunto consiste en hacernos con un patrimonio artístico del orden de unos 1.000/1.500 millones de dólares en un año, a lo sumo en 18 meses. Por supuesto, nos referimos a obras de Arte Contemporáneo. Los artistas elegidos han de ser aquellos que aún no han sobrepasado los 35 años de edad, y cuya cotización actual se mueva en torno a los 100.000 dólares. Con preferencia, y salvo alguna excepción, que trabajen sobre soportes tradicionales. La práctica totalidad de los artistas que barajamos en esta fase primera de nuestro proyecto son nombres ya consolidados en ferias como Art Basel, Art Basel Miami Beach, Kassel, Venecia y en emporios culturales de la dimensión de Nueva York, París, Londres, Berlín y Tokio. Podemos agregar algún artista conceptual con abundante obra gráfica y, por supuesto, ya muerto, museable y de contrastada revalorización, del tipo de Eva Hesse por ejemplo. Hemos contactado con profesionales del sector con la finalidad de proveernos del material adecuado, por decirlo de ese modo. Contamos con la colaboración de un grupo selecto de asesores en Art Market Studies con sedes en Zurich y Boston, así como la cooperación de curators, marchantes, museos del más alto prestigio y galeristas (de entre estos últimos, los 30 que a nivel mundial deciden lo que es verdaderamente importante o no en el arte global de nuestro tiempo) que avalarán por escrito nuestros proyectos de adquisición iniciales y posteriores ofertas y subastas públicas. Una vez constituido el Fondo de Inversión pondremos a la venta cada año entre el 10 y el 15 por cien del patrimonio reunido. Al cabo de los diez años estipulados, se repartirán los dividendos y el Fondo dejará de existir.
En la confianza de haber suscitado su interés, quedamos a la espera de sus noticias.
Reciba el testimonio de nuestra consideración más distinguida.
Atentamente,
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Invisible. ¿Cómo darle forma?
Sin el tóxico de lo intercambiable. Es lo que es.
Y la incertidumbre, una incógnita por resolver de una ecuación humana, demasiado humana: podría no ser arte. De ahí su lenta desaparición hasta la nada, de ahí su clave.
Hesse, los materiales de tus viejas obras son ya un puro guiñapo, se caen a pedazos, pero he aquí que, convertidas en pingajo museable, alcanzan de promedio los dos millones de dólares.
Entretanto, genio, el diálogo está servido entre tú y yo.
Pero, ¿es que hay algo más importante que ello?
¿Dejaremos impunemente que cualquier cosa, la misma obra, por ejemplo, se interponga entre nosotros?
De ninguna manera, artista, ahora que ya nos conocemos.
Nada por aquí, nada por allá: la obra ha desaparecido.
¡Bonita magia, hechicera!
¿Qué hay de mis dos millones de dólares?

domingo, 12 de febrero de 2012

HESSE44

No eres tú, querida, mi alter ego.
Yo soy el tuyo (aun estando tú muerta).

Queens, 1970: la luz gélida, un helor de sepulcro adormece esta parte del borough de calles desoladas, sin árboles, flanqueadas de edificios anchos y bajos como sombrías naves, inmerso todo en la grisura y en la desesperanza, y a toda hora siempre la hostilidad latente en los ojos de cualquier fugitivo con el que te cruzas cada mañana de este enero nevado y silencioso...
Coge esa hoja de papel que para ninguna otra cosa sirve. Aporrea la Underwood. Viola sus sosas teclas. Arráncales gemidos o gritos, unta la cinta bicolor con todo lo que de criminal se agazape en tu cerebro. Entre estas cuatro lúgubres paredes pintadas de color hueso sucio, sé disparatado como el día gris y el frío carnívoro que a punto está de devorar el cristal de la ventana:

La artista desnuda. Expuesta a los ojos polifemos del mundo.
El trabajo de tus pobres manos de mujer ofrecido al juicio plebeyo, a la mojigatería universal.
Desnuda frente el mundo que te desprecia, al que desafías.
El desprecio por todo aquello ideado que no guarda reciprocidad con la monotonía canónica del espectáculo diario, de la mil veces vista película del triunfo bajo el formalismo de lo reconocible, todo aquello del arte y la literatura innecesario: sientes ese desprecio como el aire frío que revuelve tu cabello, como la gasolina quemada que respiras mientras esperas en un paso de peatones, como la dentellada del sol de julio en la piel al salir de una boca del metro.
Ese desprecio que la artista es capaz de percibir con lacerante asiduidad, que se propaga como el napalm por encima de las cabezas hasta cubrir por entero las calles de una ciudad a punto de entrar en combustión. Los veloces vagones del metro, como bombas de plata pintarrajeadas de graffitis y chafarrinones repletas de cargamentos humanos defectuosos con cara de sueño, horadan los túneles oscuros sólo para terminar explosionando como unos vulgares fuegos de artificio una vez asoman de nuevo al exterior. La procesión ahora apresurada de hormigas con bolsas y carteras son la máquina pulsante con fecha de caducidad que disuelven su desesperación de forma miserable abocándose día a día al seno madrastro de una ciudad de acero y cristal, una bella y poderosa tecnología sin alma que nunca se supo que prometiese nada a nadie sólo por patear sus calles y respirar su aire de piedra y neón.
Pero al fin, desprecio.
¿Son ésos, su conjunto abigarrado, oscuro e indeterminado, el destinatario de tu obra?
¿A ésos te diriges? Ni siquiera hay lugar en ellos para la mofa, tan indiferentes son a tu suceso que ni recurren a la burla.
Esos nunca sabrán tu nombre. Otros, tan ajenos en verdad como aquéllos a una plástica que en el fondo se trasciende en virtud de una metafísica calculada, sólo vigilarán cotizaciones.
La expresión de tu arte únicamente constituía una parte invisible del mundo para los otros.
“Es arte aquello que decora”, dijo uno.
“O representa”, añadió alguien.
Es arte, gran arte, aquello que mediante lo visible nos acerca a lo invisible. Su lenguaje siempre es apócrifo: debe más al ingenio que a la razón. Sólo la fidelidad lo limita. Sé sacrílego.

El triunfo.
La momificación.
En Madrid, 1996: “¿No descubres esa lógica endiablada?”, preguntaba el tipo sosteniendo una bolsa de papel llena de libros a su acompañante algo perpleja, minifaldera y pícara, asimismo con su correspondiente bolsa de papel llena de libros en la mano, ambos frente a un montón de piedras atravesado por un tubo pintado de gris, las esquirlas de metal a los lados, la gelatina lechosa que descendía por un extremo vertiéndose a un inmenso recipiente oblongo de color definitivamente óxido. “Parece una instalación Hesse…”
¡Una instalación hesse!
He ahí el epónimo. La gloria post mortum (que sólo sirve a lo vivos).

¿Es canto o epitafio? ¿Celebra o maldice?
¿Es una trágica?
Teje una anacreóntica cuyo hilado jovial apenas vela lo trágico, la catarsis íntima que le libera del mundo ya en decaimiento.
Es una trágica… en busca de la felicidad.
Y busca las respuestas en lo concreto: buceando en una criptografía que a la vez que se gesta va significando apósitos esclarecedores. Se representa a sí misma y a tenor de lo visible rotundo, la materia infame innominada, roza el milagro de las ocultas esencias entre sangres y huesos.
La acechan las garras negras del jinete apocalíptico. A punto de caer sobre ella, pues ya ha descabalgado de su montura y avanza entre la tormenta de las sombras hacia la presa indefensa y fácil.
En el entramado de tus materiales y tu química se aboceta la horrible visión: la perra ahíta de la carne putrefacta del cadáver aúlla a la luna.
La artista se angustia en presentimientos.
Ahora, su día aún no tiene nombre, pero es terrorífico y su negocio fatal. Siempre pierdes. Su liturgia huele a azufre. Su culto asusta más que serena. Sus ritos de bata blanca, bisturí y… escalpelo final desvelan una anatomía enigmática, precaria y perecedera.
Ha puesto los ojos en ella y afila la acerada curva.
He ahí lo trágico del ser intuitivo y capaz. Una vida cotidiana de ansia de conocimiento lastrada por la gangrena de los días, uno a uno ahondando en la llaga hasta alcanzar la nada.
Entretanto, anda manoteando en categorías abstractas. Como la belleza, que puede ser aterradora o plácida, risible, solemne o liviana, según los estándares subjetivos de cada época.
Entretanto, chapotea entre químicas y metales. Levanta la horca, pondera la soga, abre la trampilla.
Algo recela. Y, sin embargo, horada en lo inescrutable. ¿Y de qué manera puede visualizarse aquello que no se conoce y, no obstante, es?
Entretanto, borra los epitafios y graba los parabienes.
Es una trágica sin fe: luego no te condena el desafío humano ni te mata ningún dios. Es, sencillamente, una naturaleza ciega y de inaudita necedad la que preside en este festín donde se cobran piezas muertas antes de hora, se atesora lo inerte a destiempo.
Su conciencia trágica se forma a través de lo inesperado, de la brutalidad de un cuerpo traicionero. Ese desorden interno, ese ejército indisciplinado de células es fiel reflejo de universo exterior vivo y entrópico cuyas leyes no dejan lugar a la duda: vivimos y morimos del caos que, a veces, es visible, y en otras ocasiones, menos burdo, burla nuestro candor.
Aún no tiene nombre, pero va a matarte.
Tu verdugo, armado por la fatalidad, carece de designios: la bola negra era una más entre las bolas blancas. Ni siquiera es mala suerte.
Todos los dioses son trágicos, y se alimentan de la fatalidad de los humanos. Tu dios, tu gemelo divino y esencial, el original, el de la forma primigenia, va a saciarse de tu sangre hasta dejarte en un puro pellejo.
Vivimos en el desorden.
Expresa el desorden.
Levanta la horca.
Crea la obra de todos ellos: polvo de tierra, heno, grasa, acero, maderas, colas, plásticos, látex, piedras y vidrio, gomas, plomo, cristales y neones, cobre, caucho, óxidos, sogas, aluminios, hierros, telas, papeles, humo…
La artista desnuda su cuerpo enfermo, el rito es sumamente sencillo: ni invoca ni blasfema. Avanza las manos hacia delante (siempre adelante).
Dispone los objetos-palabras, elige materiales-adjetivos, alisa el espacio, reflexiona, escribe…
Levanta la horca.
La trágica que deseaba ser feliz por encima de todo claudica ante el absurdo: si no hay pecado original, si te has librado del fardo de la culpa, si no había salvación ¿por qué hay derrota?
En este certamen resulta victorioso quien menos guarda las apariencias. Están de más los melindres en un cuerpo que empieza a descomponerse por dentro sin que nada delate su traición, sin apenas significarse antes de su destrucción por el síntoma del hastío o la desgana. Una bella manzana podrida atrae nuestra mirada bajo el sol marino de la mañana. Es perfecta entre otras sanas aunque de peor aspecto, pero también suscita nuestra perplejidad y hasta nuestra incredulidad. Esa es la elegida: la que halaga nuestra capacidad de admiración e incluso de extrañeza, de prevención ante lo armonioso.
Qué obstinación admirable: hasta en el último instante pugnas por atrapar un poco de aire que alargue tu agonía.
Se ha dicho que el ser aparece en el fracasar. ¿Pero cuáles son los límites del fracaso? La muerte no los certifica. No hay victoria alguna en ella, nada deja tras de sí, y las huellas, los lamentos y los ritos funerarios sólo son decorados de vida. Y quien hace no fracasa. Sólo la muerte abre esa puerta, ella es el único fracaso real del ser humano. Las viles asechanzas de la existencia, la ofensa pueril y el desdén cotidiano, son en buena medida injusticias y torpezas, atributos que componen el avatar de muchos de los humanos que vuelcan la vista en ti.

Nada de la apatía del filósofo se embosca en el ánimo de una decidida y pertinaz luchadora tras la redención plástica, ninguna astenia paralizante la detiene, ninguna religión opresora la sojuzga: ella ha creado su diosa, que es ella.
Lo trágico ensancha los significados, adensa la vida, nos revuelve en el barro de la pangea y nos eleva con la mente a la galaxia.
Lo trágico trasciende lo que rozas con las yemas de los dedos, lo que rozas con la mirada, lo que intuyes en la ceguera antes del sueño.
Una actitud trágica, aun amando la vida con pasión, desarticula y detiene el mecanismo más sagrado de las cosas: sólo era un autómata, se dice la niña desencantada mirando la muñeca inmóvil caída en el suelo.
E inmediatamente se pone a construir otra muñeca, otro juego.