domingo, 21 de abril de 2013

HESSE 108


Todo ahora es excepcional, la menor incidencia, la palabra más insulsa, el hecho más inocuo. Se han dimensionado las escalas más nimias de lo cotidiano. Hasta duelen las miradas de los otros por su insufrible ambigüedad.

Algo ha roto la normalidad de los días, las pequeñas añagazas del tiempo, los humanos pasatiempos. ¡Y de un modo tan fácil, tan cruel y silenciosamente!

 Definitivamente se instala en el rechazo. Pero esa obstinación la ennoblece.

Por debajo de la calle Once. Recorre con parsimonia las calles arboladas y en calma (adonde fuera imposible que el futuro llegase), admirando la vida, creyendo en ella como jamás lo hiciera.

Nada a su alrededor se ha alterado. Algunos saben de tu condena, pero para otros eres una figura más en el tablero, puede que protagonista de un movimiento memorable… o de una clamorosa torpeza.

El tumor es verde.
Informe.
Un arte con vida propia.

Entonces, al igual que un rayo de sol en un día de tormenta oscuro y frío ilumina fugazmente el valle, así puede acaecer durante la contemplación de una de mis obras, se produce una suerte de revelación empática, un “blue-clearing” que descifra siquiera brevemente los significados y sentimientos más ocultos que me embargaban en el momento de concebirlas.

¿Cómo ha desaprovechado el honor de ser visitada por una cancerosa terminal? Un tesoro de sensaciones, sentimientos, sustos y hasta reflexiones se han ido por el coladero. No obstante, vuelve a pulsar el timbre, incrédula todavía de la ofensa perpetrada por un tipo que, en el fondo, no vale un ardite. ¡Desairarla de ese modo tan vulgar!
(Esa noche, ya en casa, comprende que la cita se acordó para el día siguiente.)
La Paseante termina bajo la marquesina de una esquina, sin saber que hacer. Son las siete de la tarde de un miércoles de marzo. Un cielo gris, casi terrenal, del que desciende una lluvia silenciosa que parece haberlo petrificado todo a su alrededor, se cierne bajo y amenazador, lleno de castigos. No se oye nada en la calle, hasta el impenitente claxon de los coches ha enmudecido. Se diría que un manto de silencio anega de una desmesurada melancolía todo Manhattan, como si las aguas de los ríos que la circundan vertiesen a sus pétreas y metálicas riberas la vida primitiva de otros tiempos.

¿Cuáles serían sus últimos recuerdos hasta que gradualmente se abisme en la inconsciencia?

Una gravitación que comenzase a ascender…

Pero aun en ese trastorno del arte moderno ella sigue las normas secretas, como si balbuciese plegarias, se aplica concienzuda a una labor semiorante que revela coincidencias sospechosas (tal vez inquietantes) con aquel fardo de los rituales, oficios, rezos e invocaciones a las que se entregaba el padre judío, ortodoxo cumplidor en la espesura de la sinagoga.

¿Cómo distinguir lo verdadero de lo falso?
No conocer a quien está detrás de la obra: ésa sería una buena manera de emitir un juicio a salvo de la crueldad o la inocencia de la mirada.
Un arte no analizable. Significativo. Visual.

Ahora que no hay tiempo para nada…
Porque aunque esto dure, ya no es lo mismo. La conciencia de la finitud ha dado paso a su “hecho”, a su realidad imperativa. Es una lanzada al corazón categórica. Está aquí, contigo, en tu mismo aliento, fluye por el torrente de tu sangre, ensucia tu piel y pudre tu carne. Todo parece verse a través de la muerte, de sus ojos desfallecientes y fríos. Y una es testigo de la pálida imagen de la vida que la rodea desde un extrañamiento poderoso y estéril, incontenible, desde una lejanía y aspereza ruines.

Es el sueño enfermo. No es el sueño de una “enferma”. El mismo sueño está trastornado y anda en enredos con maremagnos difíciles de entender incluso conociendo el disparate de su esencia, su propia materia de confusión y fragmentariedad. Este sueño que se aposenta en mi cerebro se anuda y se desata en morbideces insufribles, en fiebres que traspasan hasta la más loca, sucia y cruel pesadilla.
Un delirio pánico se ha enseñoreado de mi vida. Ya no puedo soñar despierta. La vida se ha descarnado hasta los mismos huesos amarillos y secos, sin sustancia.

A medida que lucho contra la congoja voy reduciéndome en jirones, deshilachándome hasta que un día me sorprenda desplomada en el suelo.

Y ella que se dolía de agravios imaginados y las leves humillaciones pasajeras, de las pequeñas ofensas y de la indiferencia inocua de los demás hacia su trabajo, de todas aquellas menudencias irritantes que una vida normal  depara a lo largo de un solo día. He aquí que la mayor estafa y crueldad estaban por llegar, aquello que verdaderamente subraya su inesperada (por impensable) e irreductible vulnerabilidad. Era crédula, como todo ser humano. Lo era porque nadie está preparado para enfrentarse en el fragor o somnolencia de la juventud, no a la idea, sino al hecho físico e irrevocable de la muerte.
1967: el mundo ya no será como hasta ahora: ha empezado la Era Acuario.
Lo ha leído en el  “West” de Los Angeles Times.
Ella no se lo cree.
Ha descubierto a Kline borracho saliendo de una pensión de mala muerte de la Tercera Avenida, trastabillando y con los ojos inyectados en sangre, perdiéndose enseguida de su vista entre la gente. Ha visto a De Kooning con su cabello dorado en Central Park: una mujer delgada y bella lloraba suplicante con el rostro vuelto hacia él que la empujaba hacia atrás. Más de una vez ha cedido el paso en la 69 a Rothko, un miope absorto que se tambalea por las aceras sin miedo a los encontronazos con los demás viandantes. Todo está en orden, se dice. Todo va bien.
Todo va bien (acorde los tiempos).

miércoles, 10 de abril de 2013

HESSE 107


Las imaginaciones:
Y saca del baúl los infinitos disfraces de la forma.
Mamá: el vestido de gasa de color rosa palo… La cubre por entera desde el cuello hasta los pies, se ciñe a la fina cintura. Es una mujer bella, única, pero… los ojos tristes, las manos indefensas… el vuelo.
¿Qué son las hadas?
Su materia que acaricio…
¿Cómo vestía mamá?
Una jovencita coqueta de los años veinte, una mujer de treinta años…:

Allá va mamá, a lo garçonne, con un vestido deportivo de corte recto y el talle en la cadera, tocada con un bonete, bailando el charlestón al son del vertiginoso Bix Beiderbecke, la mamá que se diseñaba ella misma los robes de style, los estampados, los sombreros de paja que remataba con una flor de seda, la mamá que calza zapatos bicolores o con hebillas decorativas, pero la mamá de los años treinta ya se pintaba los labios a conciencia, sonreía su boca “Joan Crawford” a la menor ocasión, lucía escarpines y se ondulaba el pelo… hasta que un buen día adoptó el tocado de la Garbo y no desdeñaba las chaquetas de corte masculino y los trajes pantalón, ¿se atrevería a llevar un sarong al estilo de Dorothy Lamour?, no en los cuarenta de la tristeza, la angustia y la austeridad, cuando los desafíos se diluyeron en la mera supervivencia, en vestidos negros, ropa basta, el sobrio jersey, en los zapatos resistentes y los abrigos trinchera, un prêt-à-porter doméstico, sin ínfulas, en unas prendas de vestir que abrigaban del frío o protegían del sol, en una moda de lo uniforme e invisible, cómoda y protectora, en la desnudez más indefensa del espíritu.

 1959.
La chaqueta de cuello mao: imprimía a  su rostro un hieratismo inusual, una cierta gravedad contradictoria a su espíritu alegre de esa mañana, cuando todavía no hay nada decidido: acaba de salir a la calle, a mezclarse con los otros, no tan diferentes a pesar de todo.
Lo piensa ella, que viste con garbo, que anticipa mentalmente los grandes estampados de color de la década prodigiosa.

domingo, 24 de marzo de 2013

HESSE 106


Los grandes ojazos negros de la niña judía lo han visto todo, y a ti, el tipo entrometido del futuro, mejor que a nadie; los tiene desmesuradamente abiertos mientras mete la cuchara en un tazón de leche donde flotan los copos de maíz. Mira al frente desde la foto. A ti, que contemplas la fotografía. (La instantánea sugiere que la pequeña heroína de nuestra historia, Dickens dixit, come de una manera maquinal, como todo lo que suele hacerse a primeras horas de la mañana colegial.)
De momento, es una clandestina sacada de una fotografía. Como todos los niños lo son (a saber lo que se esconde debajo). Va de uniforme, arrastra los pies con la cartera. Una entre millones directa al matadero, a la escuela. Así que es una más, una evchen como multitudes de ellas que a esa hora gris avanzan por las aceras. Lo cual es algo bastante difícil de creer, sobre todo si sabes (y ella lo sabe con certeza) que el universo, los planetas, las estrellas, el cielo azul, la playa, las tiras cómicas, las luces nocturnas de Times Square, el cine de los sábados, la televisión y muchas cosas más existen exclusivamente para sus ojos.
Todavía no es capaz de leer los periódicos, a descubrir en el papel impreso los sucesos, disparates y maldades de los otros, y ya se sabe única, eterna, i-m-p-r-e-s-c-i-n-d-i-b-l-e.
Ya ha aprendido a erguirse frente la luna de los escaparates, a inspeccionar su cara en los espejos, a estirar hacia arriba la falda de cuadros y bajar los calcetines sobre los finos tobillos. Nadie ha tenido que enseñarle toda esa artillería de los buenos modales de la perfecta niña presumida. Su suficiencia le permite soñar; lo excelente la esclavizaría. La dulzura del carácter y la sabia sonrisa infantil ocultan sin embargo la tosquedad incipiente de su alma: el mundo se cae por todos los lados, su imperfección es notoria, su gracia arbitraria, la desgracia aleatoria… La Tierra, así con mayúsculas, un pedazo de roca cubierto de agua por aquí y por allá de muy mal genio, capaz de los mayores desmanes, un organismo vivo, palpitante y antojadizo. No hay arreglo. ¿Qué arte se puede hace con eso? El inclasificable, el más inesperado.
Vive encerrada en un globo. Del color que más te guste. Papá lo ha dispuesto de ese modo. ¿Hacia dónde nos elevamos? A lo más terrenal.
En casa huele a caramelo, a ropa limpia, a fragancia de colonia a granel, al aire fresco de la mañana de los sábados. El paraíso son las ventanas abiertas a la calle fragante bañada de sol en la primavera del 45. Todo de la vida es una impronta en la memoria que permanece y que la revela, la atestigua. Nada se desvanece, piensa la niña sabia, porque si tal cosa ocurriese en este mundo imperfecto pero único es que todo era de mentira y también ella se disiparía en la nada, y eso no puede ser, porque ella es inmortal.
El elenco de naderías (pero de tan irrenunciable subjetividad emocional por parte del clan que enfatiza los documentos y los objetos) alcanza tamaño de rimero de gran altura. La selección obedece a lo sagrado, al diario testimonial de unas identidades propias, unas vidas preciosas por su diferencia esencial con sus semejantes. Ellos son. Se certifican con el tiempo porque están hechos de él, pues el tiempo es como una sustancia más al igual que la sangre que recorre las arterias y los resquicios más recónditos del cuerpo.
Somos nosotros.
Nosotros, los Hesse.
Más que rocoso, el tiempo es aire, una levedad.
La sonrisa de la niña pronto se hilvana con el llanto de la púber.
Los engaños de la infancia pesan como una losa sobre la razón adolescente, todavía reblandeciente, maleable, caprichosa y porfiando por ajustarse a un patrón de placentera conveniencia.
¿O no era engaño el endiosamiento pueril al que te sometía el Daddy fisgón con sus celos documentales y maniobras memorialísticas? Poco después, ¿qué hacer a los doce años judíos con los juguetes rotos, una madre suicida, una madrastra expoliadora, los terrores nocturnos y el temible laberinto urbano donde la bestia acecha?
Asoma entre las piernas la primera regla. Rojo sobre blanco, el mundo se resquebraja, y tú te conviertes en un almacén.
¿Qué hacemos con los “juguetes”?
El mechón de cabellos del pasado es de una sordidez y patetismo abrumadores. Semeja una reliquia de jíbaro.
El raído peluche hasta huele mal.
Pétalos minúsculos de jazmín yacen oxidados entre las páginas de una antología de poetas olvidables que selecciona a Anne Bradstreet y desdeña a Jones Very.
Ya le enseñarán a ella… Raymond Theodore Yeats, por ejemplo, con las mangas de la afelpada camisa de cuadros remangadas por encima del codo…, este Paul Bunyan de la literatura con el hacha en la mano que despieza los libros en busca de los trozos más sabrosos y que no duda en compartirlos contigo a la hora del almuerzo.  
En el callejón oscuro, los ojos vigilantes de tu padre El Gran Notario de las Extravagancias Infantiles mide tus pasos y tus maquinaciones: no eres tan libre como piensas mientras te invisibilizas cerrando los ojos (una forma educada y sin estridencias de esconderse debajo de la cama).
A plena luz del día, la figura paterna se aposenta en todos tus pensamientos: es El Gran Corrector, y telepáticamente te guía por el buen camino.
El Mejor Padre del Mundo, incansable agente de seguros varios, atento sin desmayo al santuario del hogar y a las pólizas contratadas, a las primas devengadas, al siniestro perturbador y al buen orden de su casa, disciplinado y eficiente… De todos el mejor (a pesar de que no les lleve a su hermana y a ella montadas en un refulgente caddy de color rosa a merodear por Central Park alguna que otra mañana de domingo).
Si abres la caja de Pandora se escapa todo lo malo que ha de asolar tu vida… pero también todo lo bueno que has de celebrar.
Tú eres Pandora, la que reúne todos dones, la primera mujer sobre la tierra infestada de hombres y de dioses, tú tienes la gracia, la virtud, el arte, la persuasión… Al abrir el cofre de los engaños buenos y malos completas el mundo de los humanos y los confrontas con todo aquello susceptible de germinar en su pensamiento: descubiertos en el espejo ahora sí saben su medida.
El destino del cuerpo es el dolor: “Tenedlo bien presente, hijas.”
El alma es la salvación y el reino.
De niña: el alma crece en tanto tú creces. El alma se hace mayor, envejece, enferma, duele: “Pero es eterna”, dice el padre. Aún enferma, doliente, es eterna… No es un consuelo.
Arrastra la joroba del alma por toda la eternidad, como la bola encadenada al pie que remolcan los presidiarios de viñeta en viñeta en los tebeos.
De muy pequeña (“Como así…”, dijo a los once años, y sostenía la palma de la mano derecha 50 centímetros por encima del suelo) se imaginaba que podía vestir a aquella cosa, aquella alma a conveniencia y a discreción. Hoy le pondremos un vestido de color rosa; mañana, irá de gala con un maravilloso traje de satén “palabra de honor”. ¿Qué tal en bañador el sábado?
Dad, el patriarca, es la palabra de un vicario… encerrada en el cofre de los tesoros. Escarbad en la infancia (donde ya larvaba (sic) la amenaza).
Cada uno de los pequeños trastos, documentos y la gavilla de las fotografías certifican los hechos. Ahora bien, ¿los explican? Y si los explican, ¿qué se saca en claro de todo ello?
¿Cómo acercarse a un Dios de seis años? ¿de cinco? ¿de doce?
La vida ante sí, aquello que puedes hacer a tu antojo, ensancharla o limitarla, dotarla de un cielo azul o verde, hacerla llana o rocosa, crearla de mares o de ríos, poblarla de seres humanos o monstruos,  hombres y mujeres anónimos o felices tras el nombre otorgado graciosamente… Erigir una historia, o una leyenda, o sólo los mitos.
Hacer la vida inmortal o nada más que un sueño en la muerte eterna.
Abierto el cofre: todo el material a la vista fabricará las hechuras de ese planeta infantil azul y verde  ahora en manos de una Diosa y sus caprichos. Hace el mundo, hace su espacio y hace la estrella que le proporciona luz y calor. Desdeña completar el cosmos, un universo de rarezas: es oscuridad.
Y en ese mundo inocente no hubiera querido el dolor, pero entonces no hubiera querido la vida, que es penuria y felicidad, tristeza y dicha, resignación y esperanza, fatalidad, albur.
Hola, dolor.
He ahí el pasacalle de los objetos, de los materiales universales con que se hace a una Diosa.
La Gran Sonrisa… ¿a qué?
Ha eclosionado al mundo donde todo parece complicado y mágico, indescifrable y arbitrario, una realidad que ella remeda un siglo o mil años después en los suntuosos trastos de sus obras, un arte objetual que repudia los significados simples pero, asimismo, los acertijos y las falsas suposiciones.

sábado, 9 de marzo de 2013

HESSE 105


Daddy.
Father, bridegroom, in this Easter egg/
Under the coronal of sugar roses/
The queen bee marries the winter of your year.
Papaíto.
El Coloso.
Mi preciosa Evchen
¿Por qué no dibujaste muñecotes? Todo lo que hacías te alejaba de las niñas de tu edad. También, todo lo que pensabas. Tenías que complicarlo todo desde muy pequeña.
Papá pretendía moldearte y abrió la puerta del museo: lacitos y pompones, diplomas y premios escolares, becas, postales, las hojas disecadas, acartonadas, rígidas, amarronadas u oscurecidas de las plantas y los árboles entre las páginas del libro infantil… el objeto y el juguete olvidados, fotografías y papeles manuscritos llenan la caja de cartón de la infancia, convocarían en la edad adulta el escenario de una epopeya mínima, grandiosa y frágil, inexplicable e inocente.
Papaíto te quería una adulta practicable.
Pero aquella niña te urgía a los asuntos importantes. Crecías del mejor material.
Ella contra el mundo:
La única manera de que valga la pena luchar. Esa es la guerra de la vida y la batalla del día. Nunca pierdes. Si ganas, lo has conseguido todo; si pierdes, tu derrota es grandiosa (bueno, es uno más de los caminos para llegar a lo inolvidable).
En el arte, en cualquiera de ellos, incluso el gastronómico (éste más que ningún otro) podríamos hablar de un feed-back no del todo ortodoxo pero de indudable presencia en este acto de comunicación plástica.
Mira, esto te propongo, plantea la artista, y tu reacción a su “mensaje” termina influyéndola. Tú, espectador, en cierto modo, participas de su trabajo directamente puesto que, aun en lo más mínimo, modificas algo de su obra futura al ejercer censura o complacencia en la ya expuesta a los ojos de todo el mundo. Inconscientemente esto debería ser así.
Aunque quizá no lo sea y lo que ocurre de verdad es la sensación de una suerte de aprensión, de repugnancia al mostrar un trabajo que la artista ha realizado a solas y del que, por tanto, ha sido completamente ajeno a cualquier dirigismo del tipo que fuese, incluso, en su caso, sin ninguna referencia a la que asirse.
Lo que ves es.
No significa.
¿Qué requería en ese caso de los demás?
El acatamiento. (Un placentero feed-back, entonces.)
Una obra… ideográfica.
Una obra mentale.
¿Adónde apuntamos?, debió preguntarse desde muy pronto la cazadora de leones.
No había mucho donde elegir:
Highbrow
Midcult
Masscult.
La niña, sin un fusil en las manos, ya afina la puntería. ¿A cuál de los tres patos dispara?
Elige un blanco. Apunta. Aprieta el gatillo.
Buenas notas en todo. Predomina el “suficiente”.
¿Para qué más? Hay muchas cosas que hacer en casa cuando una está a solas como para desperdiciar las horas tras el “excelente” del colegio, algo que no le interesa a nadie realmente.
La fantasía inicial del niño da paso con el tiempo a la barraca de feria.
Una vez adulto, ¿cómo puedes ocultarte de aquellos ojos de la infancia?
Con los ojos del blasfemo, del sacrílego, del apóstata: haz trizas el caballete, prende una hoguera y reflexiona sabiamente ante las pacíficas llamas (sin soltar el fusil de las manos).
¿A cuál de los patos derriba de un perdigonazo? Alguno de ellos tiene que ser bueno… No pueden ser malos los tres. Quizás lo sea el señor Midcult. Resulta bastante repelente esa determinación que suele poner en todo, esa maldita confianza con que se equivoca y esa estúpida pretensión de pensar que lo que él cree es lo correcto puesto que ÉL lo hace. Se hace odioso, el tipo. Un medianías al que le parece execrable el bibelot dorado junto el televisor y desconfía de la comida basura pero al que se le antoja sublime entretenimiento y juiciosa lectura el besteseller de Navidad y algo muy próximo a lo trascendental de la metafísica cualquiera de los libros de autoayuda comprado en el quiosco cercano a su casa.  
La niña ha cambiado el fusil por una bomba anarquista de los pasados siglos, cuando la revolución se encierra en esa redondez perfecta y negra donde chisporrotea una mecha justiciera. Entonces el estallido es general, arrasa con todo, como la furia del niño cuando deshace a manotazos el puzzle y saltan por los aires las piezas de cartón.

domingo, 3 de marzo de 2013

HESSE 104


Un cerebro gemelo compasivo y sacrificado inmola su existencia y la salva de la demencia postrera, de la mano abandonan los falsos paraísos: vámonos de este mundo  (llámenle inmundo…) antes de que acabemos locos de atar.
¿No sería tu obra, todas ellas, la imagen de Dios, de un dios?
Un Dios terrible y amorfo, terrorífico por su esencia invisible, su increíble insubstancialidad y sus propósitos finales, monstruoso por su indiferencia, inquietante por su pasmosa crueldad y culpable por su silencio.
“Jamás he descubierto a Dios ni en lo malo ni en lo bueno que me ha pasado en la vida.”
Da un paso más: abandona los dioses.
Esta sacrílega del arte, esta atea del pasado ha empezado a creer desde la afasia artística a la que le obliga su infortunio que Dios es la más fantástica creación que un artista hubiera podido imaginar.
La Forma de Dios.
¿Desde la felicidad o la desdicha?
Invéntate mil dioses. Hazte con sus mil formas trágicas o divertidas, serias o grotescas, fascinantes o repelentes, tranquilas o inquietantes. Todas serán falsas. No has de acertar con ninguna de ellas (¡oh, la grandeza del arte inacabable, imperecedero…!) Este modelo plural, esta idea infinita, ha de procurarte todos aquellos referentes intelectuales y plásticos que desees, y luego de su procurada diversión, todos ellos podrás arrojar sin escrúpulos al cubo de la basura.
¿Qué intenta hacer?
La imagen buena, mala, necesaria o prescindible, indescifrable o sórdida de Dios.
Se acabaron los cromos pastel, los vistosos ropajes, la barba blanca, la melena de seda, los cielos azules.
Lejos del fundamentalismo, su iconología e iconografía la entresaca de sus pesadillas y la chatarrería de un mundo en constante descomposición. No dulcifica sus sueños ni esconde sus temores a base de lisonjas placenteras a un ser omnipotente en su plástica.
No existe una imagen previa. No hay un imperativo canónico que revise o enderece la euforia creativa inicial.
Dios no es.
Todo está permitido, pues.
Esa era su meta, el noser del arte.

jueves, 28 de febrero de 2013

HESSE 103

Dios ha bajado a su habitación esta noche. Lo tiene ahí, a su lado, al pie del lecho donde yace moribunda, y a pesar de la oscuridad distingue perfectamente sus ojos luminosos: sostiene la mirada de tan tremendo personaje sin pestañear, retadora, sin que el velo del reproche o del desprecio apague sus pupilas encendidas por la fiebre terminal. Sólo lo desafía hasta el fin de la eternidad, hasta el fin de esa noche, a descubrir quien de los dos es más justo, él o ella.

jueves, 21 de febrero de 2013

HESSE 102


En la fábrica del desecho y la ruina metálica, donde las antiguas máquinas devienen gigantesca escoria y a despecho de la solidez de su materia semejan una fantasmagoría, la maga adivina transmutaciones, concibe desusadas mudanzas. Esos despojos materiales que contempla en derredor sumida en el crepúsculo frío y acerado son las guerras del pasado, el humo de los sacrificios, la tortura y el exterminio, el dolor del cuerpo, el grito del suicida, la desolación, tu destino infausto, la noche que también se abalanza ahora en ese lugar de malos olores y descomunales cachivaches.
El dolor del cuerpo… que vivo parece no ser sólo huesos y carne y el arroyo itinerante de la sangre. El cuerpo como materia despojado de su representación, de su habla, hasta de su mismo pensamiento: ese inmenso antro de antiguo ajetreo férrico es un buen escondite para tal encarnadura sorda y muda, esa iglesia de humedades y roñas, de moho y orín podría enclaustrarlo a modo de metáfora y enredarlo entre los otros trastos del óxido. Así lo piensa la artista en ese temible atardecer herrumbroso donde ya la luz se hace mugre.
Afuera el viento gira en pequeños remolinos. Parece que va a llover de un momento a otro. La tierra que pisa, blanda y cubierta a trechos por una vegetación salvaje, le infunde, sin saber por qué, un optimismo que le parece raro, puesto que, acaba pensando, todo comienza a ser demasiado reciente.
Al igual que siempre, la noche se hizo repentina, como si alguien cerrara de golpe la puerta de la luz.
Busca en la oscuridad el camino de vuelta.
Los faros amarillos de un coche le indicaron la carretera que llevaba a la ciudad. Justo entonces se puso a llover y el optimismo que sentía de manera incomprensible, y del que continuaba ignorando la razón, aún se intensificó más.
A la mañana siguiente, de bruma y de frío horrendo, ella ya estaba en la fábrica calzada con botas de agua merodeando entre dinosaurios metálicos y hierros despedazados, extrañada ante la furiosa carcoma que corroía piezas de motor y el caucho de las viejas ruedas de camión abandonadas en las esquinas. Enfundó las manos en unos grandes guantes de cuero y sin vacilar un instante empezó a seleccionar restos de aquel pecio fabril donde la tuerca y los pedazos de vidrio se entremezclaban con láminas de acero, partes de una maquinaria indescifrable y herramientas dañadas de las que nunca pudo adivinar su uso.
En su mente, que era la que realmente gobernaba los ojos, las formas se disolvían en pretextos plásticos para, escudriñando dentro de sí, transformarlas en monstruosos átomos de sus emociones y miedos, transferencias sentimentales y regresos al pasado. En ese momento era la más pura de los informalistas: una espeleóloga que se abisma en la caverna de lo intuitivo para sin el menor escrúpulo allegar a una dudosa estética objetual tan arbitraria como excéntrica.
La estética del desperdicio, del material de desecho. La estética de la gasolina, propuso uno, que pudiera prenderle fuego a los años de confusión de antes y a los de ahora, redimir todas las eras de plagios, repeticiones y meras complacencias técnicas.
El arte de la pobreza exige un sustancioso billete por su eucarístico espectáculo, arte de brujería allí donde el trasto se transubstancia en reliquia museable.
Como por arte de magia, dijo otro.
Panen et vino. Con tan poco se alza una religión en lo más profundo del alma de los observantes.
¿Tan pobre eres que no puedes comprar óleo?
¿Tan pobre eres que no puedes comprar arcilla?
Un bosque de materiales insospechados se extiende frente a ti. Una heterogeneidad objetual capaz de abrumar al más pintado se yergue prometedora y golosa en los escaparates de la compraventa estética.
Un nuevo sentido incendia los procesos iniciales del arte, transfigura los contornos y la materia del objeto y lo convierte en palabra de dios. Creed en mí: “La fe os salvará”, afirma con los ojos cerrados y beatífica postura El Gran Artista Moderno, sumo sacerdote de estas nuevas misas negras investido por La Gracia de la Nada.
Amén.
¿Tan pobre eres que trabajas en procesos más que en finales?
¿Tan pobre eres que la corporeidad tan sólo es el entramado visual del misterio?
¿Tan pobres somos que nos dejas con nada entre las manos?
En aquel frío y hostil atardecer de Düsseldorf te fue descubierta la manera de hacer invisible el arte por medio de lo más evidente y tosco, lo más llamativo e innegable: la materia prosaica de un mundo industrial y técnico que jamás nadie pudiera concebir como afín a las cosas y casos de lo estético. La podredumbre como verbo, el verbo.
El discurso (o la oración) se vertebra desde lo más tangible para al final hacerse ininteligible aparencialmente a la vez que, a despecho de su estupor, revelar en el espectador (sólo en él) significados personales e intransferibles: cree en lo que quieras.
Ha descubierto la fragilidad del papel; la mentira del color; la arbitrariedad de la forma; lo simplemente artesano del proceso; lo indeterminado de la materia.
“Todo arte figurativo es una traducción más o menos atrevida, con mayor o menor acierto”, se dice admirada, y después de un rato de mantener fija la mirada en un punto de la pared desnuda, concluye: “Carece de lenguaje.”
El rey en su tesoro.
El tesoro de Montecristo en esa gruta de óxidos y metales, abandonada al viento y a la lluvia, a la intemperie de la degradación. Ningún cancerbero la guardaba:
ENTRADA LIBRE.
Se lanza a manos llenas. Sin contemplaciones. Respira a pleno pulmón aquel aire viciado de aceros viejos y hierros corrompidos. Hasta la penumbra sólida y eterna de ese sitio le agrada. Ella no necesita la luz como un vulgar pintamonas. Le basta con sus manos y la imaginación.
En el comienzo de este arte, todo es gratis. Elige de entre lo dado graciosamente, sin que ese valioso utillaje pida nada a cambio. No hay ordalías por el medio. Se desafía a sí misma. Eso excluye todo tipo de explicaciones.
Una decisión excluyente.
Fui pordiosera a la puerta de Dios.
Aquello, aquel montón de chatarra semántica, tenía un sentido en el interior de su cabeza; aún sin precisión, pero lo tenía. Un caudal de significados pugnaba por materializarse, todavía idealmente,  a través de unas resoluciones plásticas que exigirían la más simple configuración formal, puesto que no importaba lo que parecieran, ya que sólo eran el pretexto de algo mucho más profundo e inexpresable que repugnaba el intento de allegar a cualquier imagen convencional. Un par de años más tarde, cuando estaba a punto de morir, evocaba aquellas escenas de su memoria murmurando palabras, aspiraba el aire enfermo de los hospitales queriendo acompañar las imágenes del pasado festivo y crucial con aquel primer y duro olor a hierro, a la industria de la materia más tosca y fabril pero también más metafórica.
Fui pordiosera a la puerta de Dios.
Le tendí la mano, y puso algo de limosna. La suficiente.