lunes, 14 de octubre de 2013

HESSE 122

“Yo he visto ansiedad”, dijo el hombre ciego. “Yo he visto mi terror gritando en su cara”, dijo la mujer muda. “Yo he visto la voz de Dios”, dijo el hombre sordo.
La familia Picasso algo maltrecha, de irregular continente: papá, mamá, helen, yo: una barata reproducción en papel de periódico.
A tu alrededor no hay nada perfecto porque no existe la forma perfecta: practica el desorden, ni siquiera el curso de la sangre obedece a la ley estética: fluye su plasma por vericuetos de arbitraria anatomía y chocante hidrografía.
Lo simétrico en ti… una cuestión de equilibrio, pura dinámica que en el fondo ignora las bondades de la plástica.
Domingo. Maldito domingo. 2 de julio de 1961: un calor asfixiante no impide que abra las páginas de sus libros de escueta sintaxis  palabras certeras, al mílimetro, las justas: al grano, muchacho, decía cada una de sus líneas.
Jueves. 4 de julio de 1963. En la librería The Green Train:
-¿Qué haces aquí? Es la fiesta nacional, chica.
-Odio las fiestas.
-Soy un librero, no una biblioteca. ¿Qué buscas, pues?
-The Soft Machine.
-Andas con retraso.
-Venial.
-Una pequeña penitencia te vendrá bien. De rodillas…
Afuera, la calle hierve.
De mis diarios del pasado sólo me interesan las mentiras que ingenuamente yo tomaba por verdades inalterables.
2-7-59: pinta rostros que ocultan las máscaras:
“La televisión es para los negros”, había dicho tiempo atrás. Pero ahora, viejo y celebrado, nobel y enaltecido, no se perdía ni uno solo de los Car 54, Where Are You?
“Lo malo de hacerte vieja es que al final te cuesta lo indecible desprenderte de las cosas viejas”, había escrito… ¡a los veinte años!
Al otro lado de la ventana, la luz y su compás desmentía el tiempo estancado de adentro. No dejaba de pensar, moribunda y lúcida, pero atenazada ya por el pánico de saberse tan próxima al olvido de sí misma, al olvido de todo, palpando la nada, sintiéndola como un agua espesa y negra donde se sumergería como en el sueño más crucial.
El anciano escritor veía la televisión, pero era uno de los más sabrosos e infatigables hontanares de sus citas: “Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor.”
“Hola, dolor”, saludaba todos los días al desvanecerse la última penumbra de la noche el espectro del espejo de luz fría y marina del cuarto de baño a la joven mujer de la cabeza vendada y grandes ojos abatidos.
Deberíamos alimentarnos los dos de aquello que sin duda ninguna va a constituir un verdadero reconstituyente. Hay un bar con tres grandes ventanales en la calle 12 con la Séptima, los asientos son cómodos, inmejorables las vistas a un bullicio contagioso, fluyente la vida, los deseos, las ambiciones:
-Un par de filet mignon, por favor, y para un ella un vaso de chianti y para mí un bourbon, Jack Daniel’s si es posible.
El ajetreo constante de la calle y sus leyes urbanas tan conocidas (jamás unos ojos se encuentran con otros ojos, nadie se toca en la marea colorista y muda) fuera de su incesante corriente y siendo un observador a salvo (o atónito) de sus afanes hasta actúa de analgésico.
“Por el tubo puede estar circulando algún tipo de fluido: sangre, linfa, agua…”, dijo el crítico eminente rascándose la barbilla.
¿Pero en verdad estamos ante su cuerpo?
Su obra no era metáfora de nada
Ella era la metáfora.
Retrocedió dos pasos atrás. Miraba el conjunto de objetos desparramados por el suelo sin perplejidad. No estaba desconcertado, sólo ponía un interés inusitado por allegar a penetrar en algún significado (o algunos significados), pero no trascendental, sólo una pista, meros indicios, una huella de aquella lejana decisión artística que le pusiera en camino de cierta comprensión del hecho plástico que ahora póstumamente se enfrentaba a sus ojos contemporáneos.Podía entreverse un mosaico en todo aquello; ahora bien, ¿era necesario que cada una de sus partes aunque relacionadas unas con otras con aparente solución de continuidad conformaran una imagen global y un sentido unitario contrastados? “Debería bastar, entonces”, se dijo, “una sugestión, esa simpleza, buena o mala, inane o fértil, que produjese en el espectador tal encandilamiento que pudiera desprenderse con toda naturalidad del deseo de encontrar un significado”. 
Basta con la fe, se había dicho tantas veces. Pero el día que comprendas que también puedes prescindir de la fe para aceptar las obras de arte de la modernidad, habrás culminado con éxito la evolución de tu educación artística. Una aceptación no es un acatamiento; es, simplemente, la conciencia del juego que en todo lo concerniente a la vida prevalece.
“Todos los dioses son imperfectos.” Le hubiera gustado pensarlo en el mismo instante de morir. Pero esa certidumbre le asaltaba antes de hora, aún no rodeada de los olores clínicos, cuando sin dejar de trabajar en su obra ni un segundo aún debería creer en alguna de las divinidades que pueblan la oscuridad infinita y eterna. Creer en un dios es, en cierto modo, vengarse de él, pues el reproche aflora en los labios de inmediato: siempre lo hallarás culpable por el uso ruin de su pretendida omnisciencia, como aquel novelista que se ampara en la trama y las anécdotas para zarandear sin ton ni son a sus inocentes personajes y perpetrar impunemente sus crímenes literarios.
¡Qué mudanzas! Y de un día para otro.
Una obra de arte alejada de lo replicante puede dar lugar a millares de interpretaciones (entre las que alguna de ellas debe ser la correcta, pero se lo deberían transmitir entonces al artista a fin de que éste supiera a qué atenerse y felicitarse a sí mismo por tal consecución, podría hacerlo hasta alborozado), aunque sólo las impermeables a los símbolos llevan la adherencia de lo cabal, por muy paradójico que resulte esto ante su indescifrable sentido: Godot no es Dios. Es Godot.
¿Para qué expresar lo inexpresable?
A diferencia de otros valores, cualesquiera que fueren, la estética del hombre, su absurda creación, sus dominios y sus impotencias, sus angustias y finitud, es suficiente para un artista con esa reflexión siempre inabarcable. Basta con el ser, algo que hasta ahora no ha podido ser comprendido del todo. ¿Por qué se es? Al parecer, ningún otro ser vivo se sume en interrogaciones lacerantes: la propia existencia los zarandea o los mece, los destruye como náufragos complacientes con su destino efímero.
De modo que en lugar del subterfugio del símbolo abraza lo tangible a despecho de su inefable apariencia, merodea en torno a una estética imposible, de inimaginables asideros e impenetrables razones y confiérele el atavío más estrafalario: incluso te sería lícito llegar al fraude.
“Mi obra, esos trastos malolientes que pareces despreciar, es el desarrollo tangencial de la esencia de mi ser”, dijo sin rubor.
(No me gusta pronunciar la palabra “alma”, que se me antoja como una charca, un estancamiento acuático lleno de pequeños bichos y otros microorganismos invisibles).
 Al Oyente le nubló el rostro la sombra de una duda: pero, ¿dudaba de él mismo, de sus propios pensamientos, o de ella, de sus palabras? ¿O dudaba de los dos, de sus tareas fraudulentas?
Lacan extraía la piedra…
Lacan: era un impostor: no creía en la filosofía. Iba directo a lo práctico, es decir, a revelar las supercherías, cuando es esto lo que nos hace verdaderamente felices.
Sólo nos concierne lo inconsciente. Pero eso sólo es la otra cara de la moneda, la que nunca cae a la vista.
Era Jackson Pollock quien tenía toda la razón: eligió la audacia, se adentró en la locura (del cuello de la botella) y se lanzó a la muerte en una furiosa y encarnizada cabalgada hacia el fin de la noche.
Yo sólo soy un intérprete que cree en lo que crean sus manos (unas manos de Orlac): están autorizadas a perpetrar cualquier cosa.
Los tres agujeros en la cabeza aún no me han arrojado al desaliento, todavía soy ajena al peor de los desahucios, a la autocompasión. Sé, lo supe desde antiguo, que siempre se muere hoy, diez años antes, cuatro años después, este año, ahora, hoy, en este mismo instante.
¿Ha bastado mi vida? Dicen que 10.000 horas trabajando en algo acaba convirtiéndote en un experto.
¿Mi opus-1? Rayaazul.
(Rayaazul, DG-1.)
¿Cómo está el parque a estas horas?
El crepúsculo de invierno gris azulado, frío, de metálica herida, insobornable a la piedad, a la soledad, al hastío. Las luces deslizantes de las calzadas y las autopistas ruidosas y envueltas en vertiginosos rayos verdes y rojos hacen temible la helada noche que ya se cierne sobre los fugitivos y los desahuciados. No nieva, pero hay nieve sucia y dura sobre las aceras y los arcenes. ¿Dónde esconderse?
Instrucciones muy urgentes para antes de morir (pero ésta fue una ocurrencia ya en la infancia):
diseña una casa imaginaria con cosas y ocupaciones imaginarias donde vivir imaginariamente de muerta, pero tendrás que abrir la puerta (así que atina con la llave de la imaginación) justo en el momento preciso en que la de la vida se cierra (de golpe y a cajas destempladas o despaciosamente y con chirriante sonido de madera polvorienta de siglos).
Entretanto, él podría intentar conseguir cien pavos en la librería de Frances Stelof:
-Se trata de un asunto de autoedición.
-Tendremos que pensarlo.
-Puedo exhibirme en el escaparate como curiosidad publicitaria en beneficio de la librería durante una semana: en pelota viva con un ejemplar de Finnegans Wake tapando los genitales… a modo de hoja adánica.
-Interesante…

Wise Men Fish Here.

viernes, 4 de octubre de 2013

HESSE 121


Llevo leyendo 120 páginas y aún no me he enterado de sus verdaderas intenciones (de qué va)…
No “va” de nada.
¿Entonces?
Tampoco hay entonces.
(Él y Ella necesitan “ver”.)
Me gusta la música clásica.
Me gusta el arte figurativo.
Me gusta la novela de siempre.
¡Ajá, esto lo entiendo! ¡Puedo reconocerlo…, sé lo que es!
¿Entienden lo que ven…? Pero ¿lo descifran?
(“Entiendo esta pintura”, dijo con la vista fija en el rostro de La Gioconda, tal técnica minuciosa que le costó al artista más de 10.000 horas de ejecución.)
(“Entiendo esta música”, se atrevió a decir al término de uno de los cuartetos en mi bemol de Beethoven, compuesto 150 años atrás, de una abstracción casi impenetrable.)
(“Lo comprendo muy bien”, declara con una sonrisa y la vista puesta en una de las vedutisti de hace cuatrocientos años que pintaba Canaletto.”)
Lo entiendo todo.
Él y Ella lo entienden.
(“¿Podría distinguir en un busto de la Grecia clásica el uso del puntero y del cincel plano? ¿Y qué me dice de la estratagema de emplear el trépano por parte de Miguel Ángel? ¿Conoce usted el proceso escultórico mediante el cual la forma se interpreta  a base de un remodelado continuo y no valiéndose de procedimientos pictóricos como la luz y la sombra?”).
(“¿Tiene algo que decirme respecto al non finito de Miguel Ángel”?)
(“¿Sabía que Rodin prácticamente no tocaba el mármol? Amante del barro, despreciaba cualquier otro método escultórico al tildarlo de simple técnica propio de forzudos y aplicados artesanos. El gigante cuasi analfabeto pensaba en barro, vivía en barro.”)
(“¿Hasta qué grado una obra en piedra italiana de Canova responde a la plena autoría de éste que dedicaba su tiempo al modelado de pequeñas figuras de cera mientras canturreaba y se hacía leer la obra de los clásicos latinos en tanto los discípulos en su taller trajinaban con el cincel?”)
(“¿Es capaz de comprender la unción que alienta en las tallas de un imaginero del barroco español?”)
(“¿Qué intención es la de El Greco al poblar sus pinturas de rostros cerúleos y chocante largura?”)
(“¿Entiende usted, buen hombre, las bromas y chocarrerías de El Bosco, Arcimboldo y Pieter I Brueghel?”)
(“Soñó que leía libros.
Soñó ser lo que leía.
Soñaba el sueño de otro.
Fue nada más que un sueño
el sueño, el libro, él mismo:
¿En qué quedamos: ¿sueña Alonso Quijano?, ¿sueña Cervantes?, ¿sueña Don Quijote? ¿Quién es y quién no es?”)
(“¿Entiende usted a Massacio? No lo crea. Se engaña, amigo mío.”)
(“¿Y qué me dice de Vermeer, la luz presencial…, agónica, de júbilo, la morosidad del tiempo…? ¡Usted no entiende nada!”)
(“¿De verdad supone que la mal llamada Ronda nocturna de Rembrandt, que ni siquiera se desplaza en la noche y cuya flagrante oscuridad tan sólo es debida a consecuencia del oscurecimiento de las diversas capas de barniz sobre el lienzo, es un cuadro realista, fidedigno a las reglas del realismo más representativo? Pues no lo crea, tal cuadro es la obra de un visionario antes que de un retratista, la sonrisa de un embaucador que ata un gallo a la cintura de una niña entre burgueses armados y disfrazados de valientes mientras un perro, indiferente a la prosopopeya de los pomposos caballeros, lanza ladridos ante los redobles del enorme tambor como si fuera algo sino principal sí temáticamente adicional en la pintura cuando tan sólo revela la argucia de que se vale el pintor para colmar un hueco indeseable del lienzo.”)
(“¿Quién se ha creído que es para solazarse con la perspectiva y los fondos velazqueños, la desesperada mudez de Goya, el inextricable laberinto cromático de Van Gogh?”… ¿Sólo porque es capaz de identificar sus imágenes se piensa usted que entiende lo que ve?”)
(“¿Entiende la escueta geometría de Cézanne aliviada por el color de los pigmentos?”)
(“¿Entiende usted la cartelera de putas y rufianes de Toulouse-Lautrec”?)
(“¿Entiende de veras el falso y comestible cubismo de Las señoritas de Avignon?”)
(“¿Distingue usted a simple vista un grabado al buril de uno de punta seca?”)
(“¿Sabía usted acaso que una capa transparente de pintura al óleo sobre otra opaca modifica profundamente la primera? ¿Podía imaginarse que una capa transparente de color carmesí sobre un azul opaco produce efectos que van desde tonos purpúreos hasta el color morado oscuro, y todo ello de acuerdo con el espesor del barniz o según la intensidad del pigmento utilizado? ¿Sabía usted que este proceso se llama veladura y que casi es materialmente imposible qué uso de esta técnica hizo cada uno de los celebrados maestros de la pintura debido al paso del tiempo, la mala pigmentación o la limpieza criminal que se perpetra de cuando en cuando en los grandes lienzos de los siglos pasados?”)
(“¿Sabría decirme por qué el amarillo de cadmio es superior al amarillo de cromo? ¿y por qué el bermellón dejó de utilizarse?, ¿sabe que el color negro ha de usarse con discreción y en caso de hacerlo elegir el negro marfil, que el lienzo mejor es el de bramante crudo para los cuadros grandes y el de cáñamo para los pequeños, que son preferibles los pinceles de pelo algo duro a los de pelo de marta o de meloncillo, muy blandos, válidos sin embargo para conseguir determinados efectos…? ¿Había reparado, señor observador, que la espátula más utilizada es la que tiene forma de triángulo isósceles?
(“En confianza, mi crédulo amigo, le confesaré que la mayoría de los cuadros de los artistas de siglos pasados al correr del tiempo han de ser retocados, recompuestos y restaurados a causa de la desecación de los aceites y la degradación indetenible de sus elementos matéricos, por lo que pronto, todos, acaban siendo manoseados por un artífice aplicado de bata blanca y horario estipulado en el Departamento de Restauración y dejan de ser sin excepción ninguna LA HOSTIA CONSAGRADA en las sucias manos de un funcionario disciplinado y temeroso de su nómina.”)
“En asuntos de arte (y miró la puerta, la salida a la calle poblada a esa hora de la tarde amarilla y cálida por las gentes liberadas de sus ocupaciones laborales, andando a mil sitios) nada es lo que parece. Hay obras difíciles que se nos muestran claras y otras tan fáciles que nos parecen confusas.”
Un juego de espejos,  pensó El Amanuense, ya sólo con ganas de escapar de tales celadas epistemológicas.
 
La cita más inolvidable la leyó El Negro Antaño Amanuense (que ya sólo leía lo leído) en un libro de Šklovski, Tetivá: “Hubo poca gente en el cementerio bajo la lluvia y el frío, pero estuvieron aquellos que sintieron en lo más hondo de sí  mismos la tristeza y el pesar por el que se iba para siempre, aquellos que escriben y que saben lo difícil que es escribir bien.”

miércoles, 25 de septiembre de 2013

HESSE 120


“Pronto, créanme, entrará de lleno en la categoría de entretenimiento cultural de masas, una auténtica protagonista de los blockbusters del futuro... ¡ay, tan cercano!”
Doblo la esquina, un soplo de aire fresco me da en la cara, una caricia alegre y esperanzada, avanzo unos pasos, abro la puerta de hierro del 134 y, como abortada de la luz, de la claridad de abril que anega las calles, al penetrar ahí adentro todo es oscuridad y mal olor, una penumbra que sólo puede llenar mi alma de congoja y pesadumbre, y sin embargo ansío encerrarme en ese agujero que tantas veces fue mi refugio, y que ahora es como un teatro del pánico, el único escenario posible para la pútrida ceremonia de la muerte.
Quedo a oscuras, inmóvil. “Que todo sea diferente”, me digo. Es una pesadilla. Abro los ojos: lo que veo es la pesadilla.
El taller era mi casa, mis manos, el hogar del cuerpo, lo sólido, lo real; cuando me hablaban de mi estudio, parecía que porfiaban por saber de mi alma, de lo que está detrás de lo visible en mi obra. ¡Qué necio resulta ahora todo aquello!
Del diario 7/69. Tenías una parcela del mundo en propiedad. Era tuyo ese ínfimo pedazo de espacio-tiempo. Te pertenecía por entero. Lo adueñaba tu biografía. Y, ahora, tienes que devolverlo, sin daños y en perfectas condiciones: he aquí el mundo que tomé prestado: a cambio… quizás no vuelvas a la muerte –que sólo es posible a los vivos-, ni tampoco a la nada –una idea de la negación sólo susceptible de conceptuar asimismo a los vivos-.)
¿De veras lo creía de ese modo? No… era una manera de ornamentarme, una sutil creencia en que podría sobrevivirme a mí misma mediante subterfugios como la escritura, una mecanismo que nada esclarece de uno mismo finalmente y que, en el fondo, es como una traición a la obra meramente plástica. Ningún artista debería escribir una sola palabra, que baste sólo la obra, que sea ella exclusivamente la huella, el trazo que te oriente, la herencia que legas tras de ti; de lo contrario…
Loca me hubiera preferido antes que muerta. Al menos habría imaginado, habría soñado… ¿Y qué otra cosa es el arte sino eso?
¿Y cómo queda el mundo tras de mí…? ¿Más sucio? ¿Más limpio?
Atrás queda la parte más complicada de mi existencia, la menos olvidable… ¡Y si la dejaran se pudriría igualmente!
En la galería. Un tipo corriente contemplando una obra de arte nada corriente: al principio miraba con curiosidad; luego, con obstinación, hasta con violencia, pero no alcanzó el desdén; al menos, no manifestó nada de eso en su absoluta inmovilidad frente a la obra extendida en el suelo. Al cabo de un par de minutos dio media vuelta y se alejó con resignación (¡mentirosa: era perfectamente visible que se encogía de hombros!).
Bueno, podría ponerle un chafarrinón amarillo a esa maldita resina asquerosa (de vez en cuando me tomo alguna licencia poética).

A primera hora de la mañana ha sonado el timbre y la artista abre la puerta de hierro del estudio en el 134 de la calle Bowery.
-¿Miss Hesse?
Es un tipo alto y delgado, calvo, cerúleo, con lentes de montura de pasta. Tiene los brazos pegados a los costados de la chaqueta marrón, que destaca claramente de los pantalones azul claro. Debajo de la chaqueta asoma un jersey negro de cuello de cisne. El atuendo clama desarmonía, lo que es curioso en un hombre cuya figura debía denotar una pulcra mesura lejos de lo antitético, siquiera lo llamativo. No lleva nada en las manos. Sonríe débilmente.
-¿Sí? –pregunta ella a su vez.
-Me estaba esperando. Soy el paleógrafo.
-Ah… sí. Pase usted… Disculpe el desorden.
-No se preocupe. Sé como se las gastan los artistas.
El hombre da unos pasos adelante y deja atrás la luz todavía incierta y reciente del día; ya en el interior, vuelve a permanecer completamente inmóvil, con la feble sonrisa aún en sus labios, como esperando el turno de su incuestionable protagonismo en las escenas siguientes.
“En estos momentos, soy el dueño absoluto de sus deseos”, se enorgullece El Descifrador, a la vez que estudia con disimulo la escenografía asustante de adentro.
“Miss Hesse” cierra la pesada puerta, avanza hacia una desvencijada silla de cuero negro tipo MR90,  recoge unos libros y revistas de arte del asiento e invita con la mano al otro a ponerse cómodo.
-Así que sintió miedo –dice el paleógrafo ya instalado en tan singular sillón-, pero no recuerda por qué.
La artista, de espaldas a él, deposita los libros y las revistas sobre la tabla alargada de una mesa de trabajo, junto a unos cubos malolientes con regueros secos de una materia inclasificable que descienden de los bordes; de otros botes pequeños, abiertos, emanan olores intensos, esparcen por el aire los efluvios de una química que hace escocer los ojos. Se da la vuelta hacia el paleógrafo y, todavía sin responder a la afirmación de éste, se pasa el envés de la mano por la frente y pregunta al otro con voz desganada si desea tomar algo.
“Aquí uno sólo puede tomar veneno a granel… todo respira toxicidad en este aire alquímico”, se dice el paleógrafo vestido de hortera. Declina la invitación impasible:
-No, muchas gracias.
-¿Miedo? –se pregunta la artista al cabo de unos segundos-. Sí… Eso es. Sé que pensaba algo que me hizo sentir miedo, pero ahora no logro acordarme de la causa que lo motivaba.
-Y el miedo se ha acrecentado a medida que ha ido usted profundizando en los significados ocultos de su obra... O simplemente navegando por su procelosa superficie.
-Sí, podría decirse de ese modo.
-No debe inquietarse. Es algo que sucede muy a menudo en lo referente a… -el hombre mira en derredor con cierta aprensión el heteróclito escenario lleno de venenosas combinaciones y de morbosas y silentes conspiraciones que les rodean a los dos en esos momentos-… estos modernos discursos.
-Nunca hubiera imaginado que también fuera algo usual en otros artistas…
-Por supuesto que sí. Todos ustedes se enfrentan a materiales tangenciales, incluso inéditos en su gran mayoría. Esa… esa sería la circunstancia de la contemporaneidad artística.
-Aunque, ¿por qué no habrían ellos de padecer una similar angustia? –se pregunta en voz alta la artista dubitativa.
-En efecto (y piensa el tipo de vistosos retales: “los mismos perros con distintos collares”). Pero la palabra sería ansiedad ante esa otra realidad. En fin…
-¿Sí…? ¿De veras lo cree?
-Empecemos, entonces, por el principio…
-En el principio fue Alemania… En el 64.

Abre el libro. ¡Enorme libro!
¿Ante qué nos hallamos?
Ante lo enrarecido. Aunque (todavía) no nos adentremos en aquella galería de arte inventada por Dorothy Parker donde los cuadros cuelgan vueltos a la pared.
Apuntes, esbozos, quizás un borrador, o la copia final en limpio (¿?)…
Tachaduras, correcciones, enmiendas… No se ven por ningún lado: la soga en su sitio, el enredo…
¿Es precisa la enumeración de los materiales, la manipulación a los que se les somete, la disposición reiterada (cuelgan las cosas, como de una horca), los componentes electos y recurrentes?
¿De qué país imaginario surgen estos fragmentos toscos y venenosos?
¿Cuántas veces surge el azar en estas caprichosas disposiciones?
¿Son fragmentos que aluden o tratan de reivindicar la crónica y la leyenda de un espíritu alerta o decaído, enfermizo o clarividente, perverso o compasivo?
Lo escrito, escrito está.
El Hermeneuta desentraña hasta el más oscuro empeño y el más nimio de los pormenores. Su exégesis no cejará hasta que el auténtico sentido del objeto de estudio –tanto si lo hubiere como si no- salga a la luz y se exponga a nuestros ojos y entendimiento, como la codicología estudia y termina revelando de los antiguos manuscritos en vitela de becerro anteriores al siglo XVI toda interpretación encerrada en los infolios.
He aquí lo iconográfico del poliuretano, del látex, de las resinas obsérvese la textura, su consistencia, el pérfido cromatismo… Descubra la auténtica apariencia, demórese en su escrutinio,  huélala, descríbala, interprétela, léala con suma atención, allegue a su auténtica identificación. Acaricie su iconicidad. Ahora ya lo comprende todo. Esta ciencia instrumental le conduce sin pausa al sobresalto de lo iconológico, le insta a recorrer el negro túnel ingrato del “tercer estrato”, a iluminarse de la especificidad esencial de la obra ante sus ojos –pues brilla en la oscuridad-: lo simbólico, lo trascendental, el significado intrínseco anegan sus entendederas con la suavidad de las agua de un arroyo apacible: ha entrado en el espíritu del artista, en la malla misteriosa y magnífica de sus ocurrencias más íntimas aunque confesables y expuestas al ojo universal. Se halla, usted, mi querido amigo espectador, en las más altas regiones de lo espiritual-artístico, próximo a palpar con la yema de sus dedos mundanos la oculta pero connotativa deidad de esta hacedora de figuraciones y asechanzas plásticas.
Fragmentada la obra en mil pedazos, diseminada en puzle amedrantador, el paleógrafo requerirá de Gran Paciencia para editar, certificar y sancionar La Gran Obra.
¡Qué sería de vosotros los “plásticos” sin nosotros Los Deshollinadores!
TODO ESTO VALE DINERO.
“Ahora comprendo mi miedo: ¡que no se me entendiera de ninguna de las maneras, incluso en el propósito deliberado de hacerlo todo ininteligible!”

jueves, 5 de septiembre de 2013

HESSE 119


Lo fundacional, lo prístino, el origen ineludible que con tan poca misericordia te condenaba a un castigo inmerecido y fatal, gratuito, sin la protección de ningún dios: cristalizan finalmente en un raro e inclasificable temor, en esa angustia agazapada tras la sonrisa y el saludo social que te hace ser más valiente que todos los demás.
Con el diagnóstico estrujado en la mano: “Si vuelvo a la rutina me salvaré, nada pasará si me acojo a la segura disciplina de los hechos diarios, si no varío la conducta seguida hasta hoy… Debo seguir existiendo como si nada, como aquella que yo era lejos de este maldito presente, con el mismo sol, el mismo aburrimiento, la misma indiferencia, la misma insolencia contra los sucesos y servidumbres de la existencia…”
“El diagnóstico es…” Yo creía que entonces acababa todo… Sólo empezaba.
Plasmó la raya, el punto: señalaban el vacío alrededor; haiku.
El título indica nada más que un estado de ánimo: no debe aclarar nada de cuando entonces.
Lo más importante de aquel año fue una noche de junio que olía a limón (dijo el falso poeta: junio y limón son muy poca cosa realmente).
Lectura última, pues murió, y la mano exangüe dejó caer el libro abierto: ... vi como estaba el búho/sobre una roca… (Del diario de V…)
Un millón de dioses, un millón de universos; cada uno con su obra de arte a cuestas, una forma antropomórfica, biomórfica, un color del cielo, una luna distinta…
Nada pronosticaba mi mal. Todo pronosticaba mi mal.
“Hay cadencia en esa obra”, dijo, y me sorprendió gratamente esa palabra, esa autoridad en el ritmo del proceso creativo… No, sólo hay límites, el vacío.
“Hablo siempre a solas conmigo mismo.”
“No comparto sus respuestas, pero me fascinan sus preguntas.”
¿Qué importancia puede tener el futuro si ya tenemos el presente? Podía haber hecho de él La Tierra Prometida o El Paraíso Perdido…, pero ¿no lo hice así? El destino era la infancia; luego… todo son exequias.
Hablando de artistas, hablando de Nueva York, braceando con ellos en las calles “hay una hostilidad rara –acaso sólo sea recelo en la dura competividad diaria- en los ojos fugitivos y secos de la gente –y yo soy la gente-, como si todavía estuviésemos divididos a uno y otro lado del Fuerte Sumter, con la boca abierta y los caninos dispuestos”.
El blanco asusta hasta a los elefantes: que te baste el espacio, a solas, y ocúpalo entonces.
Lo pensé. Pero no lo dije:
lo que es interpretable siempre es una copia de algo: repele lo que yo entiendo por arte plástico.
En la era de los dinosaurios con gafas de concha y pipa de humeante cazoleta en la boca, tendida en el diván, las calladas cortinas que cubren la ventana… La vida está llena de dolor y desdicha, y acaba de una forma horripilante: se destruye a sí misma.
¿Cómo tener apego a lo efímero?
Tendrá, pues, que disimular.
¿Me servirá de algo la práctica del arte?
Inténtelo. Cualquier cosa puede servir. (Incluso los dioses vengadores, incluso el humor.)
“Yo he visto el mundo del revés en Central Park, en The Lake.”
Si el otoño es cálido...
Las cosas, el suceso y la trama, pasan en el lenguaje.

lunes, 2 de septiembre de 2013

HESSE 118


No es el discurso: es la forma: antes de la mostración de su incongruencia posterior (la segunda, por así decirlo), las piezas se hallan dispersas en un desorden que tiene bastante de discurso por sí mismo: armar la disgregación, unirla mediantes nexos invisibles y ataduras ilegibles y gramáticas indemostrables es la tarea que culmina en otra dispersión tan desordenada y aleatoria como aquella, pero ahora deliberada, consciente, mayestática por la intencionalidad que animaba durante su ejecución. 
Se olía por dentro, como si al respirar una bocanada de aire y luego de unos instantes expulsarlo le subiese por la tráquea una insidiosa emanación a podrido.
Exposición de…
-No voy a pedir tu opinión-, dijo excitado el gran artista del momento al verla entrar por la puerta acristalada, opinión-que-esperaba-no-obstante para poder anotarla en su carnet de baile (¡una más que celebrar!).
-¿De qué serviría?-, le contesté conteniendo la risa.
Me retiró el saludo de por vida (la de los dos consumiéndose ensoñadora en el pequeño mundo neoyorquino comprendido entre Bowery y Mulberry).
Pero él, como artista, era semejante a uno de esos tipos que cualquier cosa que compren adquiere en sus manos la calidad de rancio y antiguo al cabo de unos pocos minutos.
“Su obra es un arte de segunda mano, querida”, le descerrajó en plena frente con su palabra-bala a la vez que escondía el talonario de cheques en lo más profundo del bolso de piel de serpiente de Cartier, o de Gucci, o de…
“Arreglaremos un poco las costuras, acortaremos aquí y allá: le vendrá que ni pintado.”
Y El Otro: más que oírle me distraigo viendo las palabras viscosas que se derraman de la boca de gruesos labios como la sólida baba de un helado tibio echado a perder.
He de ser muy ambiciosa en mi obra, puesto que dudo mucho más allá de lo razonable.
Ojos de simio/humano: mirada engañosa, hipócrita, falaz.
Los ojos malhumorados del pájaro…
Una talla/símbolo efectiva, legible, con un poco de oficio y buena voluntad para crear algo tan reconocible como una pieza de ajedrez Stauton: algo tan entendible pero tan diabólicamente inagotable en el recorrido de su peripecia, un diseño imperioso.
En Nassau Street:L “¿Qué haces aquí?”, preguntó extrañadísimo. “Sólo quería sentirme como una desconocida, investigar nuevas costumbres”, pensé, pero le dije: “Vamos a tomar un café.”
“Sé oscura”, dijo el Oráculo:
y entre lo mitológico, lo bíblico y lo ontológico, elegí esto último sin ocultar una sonrisa de suficiencia.
Cultura primitiva: cada 50 años destruían todo lo artístico o artesano que se había acumulado durante ese tiempo: porque nada que no sea nuevo es digno de admiración.
Caligrafía (una pincelada es un verso): en Van Gogh: sollozos o aullidos; en todo caso, pinta rabioso (en el mejor sentido de la expresión).
No va nada pintada: y es bonita; No está nada pintado: y es un cuadro hermoso.
Laocoonte: ejemplo de la obra saturnina que se erige por encima de su creador (conceptos invertidos): hoy en día es el artista lo importante, puesto que se halla muy por encima de su obra, buena o mala: compran al artista, a esa figura y nombre públicos, y  no su trabajo: “Tengo un picasso.” “Dudaba entre un rothko y un duchamp.” “Me hice con un gorky.” Y en aquel entonces… ¿Quién sabe en la actualidad los nombres de Agesandro, de Rodas, Atanadoro, hijo de Agesandro, Polidoro, griego sublime… Sólo el Renacimiento establece la equiparación… Tal vez antes, cuando los maestros del gótico. 
-Miras hacia dentro, como Nietzsche -lo dijo como un insulto-, porque los artistas a pesar de todo nacemos (?) de la realidad exterior.
“Soy inocente, nunca he firmado ninguna de mis obras”, afirmó a punto de la carcajada.

miércoles, 21 de agosto de 2013

HESSE 117


El espacio como lienzo donde se pinta, la tabla primitiva que sostiene los milagros y dorados del pigmento… El espacio también como la piedra que se talla.
La bellísima esquina del Flatiron: su arquitecto suicida: vértice/vértigo.
“Voy a morir”, me digo, y pienso en el libro que no leeré, las noches de luna llena que han de sobrevivirme, las nuevas melodías del verano que susurran en la brisa perfumada del atardecer… (por la oscura ventana abierta: una baladA indescifrable).
(Chesterton, cuando intentaban inquietarle con un probable fin del mundo: “¿Por qué razón he de preocuparme por ello? El fin del mundo ya ha ocurrido muchas veces.”)
El arte es lo espiritual; es decir, las preguntas sin respuesta, lo irracional, lo oscuro, lo que está más allá de lo visible: exige la fe.
Sade: lo pornográfico no está en el relato sino en el añadido filosófico.
Pornografía del pensamiento
Somos miles, reconoció con el pincel en la mano (¡y no lejos del… ¡caballete!): miles… en esta feria de las vanidades que más que un acerbo Thackeray, un irónico Cervantes o un esclarecido y tajante Shakespeare ha de toparse más tarde o más temprano con la carcajada ecuménica y circense de un obsceno Rabelais cronista de su desmesura.
Me valgo de un lenguaje que necesariamente se desvanece en la plástica que apuntala… como el lenguaje que crea la poesía, que la revela y él termina desapareciendo como una madre sacrificada y efímera que muere en el alumbramiento.
K.A.P.: No soy lo suficientemente judía, ni lo bastante puritana, para creer que los pecados del padre y/o de la madre condenan a su generación.
The Leaning Tower and Other Stories.
(Reseña de Edmund Wilson en el New Yorker de setiembre del 44: a esta mujer no se la puede interpretar según ninguna de las fórmulas conocidas…”).
The Leaning...: el desconcierto del artista, una Alemania hacia lo grotesco pero también dirigida a lo criminal.
La Torre de Pisa, que hace de la decorosa ruina la mejor llamada para su contemplación.
¿De qué modelo partimos?
1900: ¿De la muñeca Pandora?
Parto de lo humano.
Parto del espíritu.
2000: Adiós al modelo 90-60-90.
Altas, desgarbadas, huesudas, (cuello estrecho, cintura estrecha, tobillos estrechos), salvadas in extremis de Bergen-Belsen, vomitadas del mundo real, anoxéricas, con mal aliento a causa de las huelgas de hambre, ojos muertos, la expresión vacía… ¡Disfrazadas, acechadas, desechadas, maltrechas, asquerosas!
Nuevos estandartes de lo bello.
Tiene que ser breve, exigió. Existen las obras de arte breves. No más de siete segundos de observación.
De la imaginación nace el lenguaje, siempre posterior.
Viaje en metro: los que leen, los que miran al vacío, o adentro de sí (adonde quizás sea mayor el desierto), los que cierran los ojos…
Cojo el metro en la 103 hasta Canal (noviembre, lunes, lluvioso, de vuelta a casa pasada la media tarde, olor a ropa mojada, al aire y aliento densos y metálicos de la gente anónima y viajera al país-de-nunca–jamás-triunfarás):
pasajeros que viajan (que huyen de ojos enemigos: cansados, hastiados, muertos, y si vivos, hostiles) a través de Dickinson, Sports Illustrated, Hunter, F.B.I.’s Stories, Malamud, Village Voice, Hemingway, The New York Times, Frost, Kafka, Cain, Daily News, Susan, Batman, Mailer, Blondie, Dante, una biografía de Lincoln, Sports Illustrated (2), Updike, Sex, Fleming, The New York Times (2), Wouk, Detective, Goodis, Daily News (2), Hemingway (2), Parker, Superman, la Biblia, una biografía de JFK, Uris, Hágalo usted mismo, Stanley-Gardner, Zola, Girls!, Daily News (3), Ambler, Shakespeare, Waltari, Life, Robbins, Daily News (4), Whitman, Sports Illustrated (3), la Biblia (2)…
En el exterior, sigue lloviendo con fuerza. Corro a zancadas hasta el “refugio del estudio”, como una niña chapoteando en los charcos junto a los bordillos, deseosa del claustro.
De repente se escucha el tintineo de las campanillas que cuelgan sobre la puerta de la entrada de mi estudio: todos los fantasmas… ¡de adentro! comienzan a salir por el hueco abierto. Cesa el sonido: aún quedan tras la puerta cerrada un buen puñado de ellos, y acaso los más burlones y atrevidos.
Lo mejor de lo que escribe lo guarda para sí: lo destruye. (Pero le ha dado vida, lo ha hecho existir¡era posible! ¡y él lo ha hecho!).
Las ideas (o la intuición) en el estudio: no hacerlas visibles, pues son diálogos con una misma, miedos, rarezas, desafíos… O los escombros, las sobras, la punta del iceberg que se ve.
-Sólo es un verso. Puro sonido.
-Pero…
-¿Para qué más?
Criptografías. También, enunciado. Es suficiente.
De pequeña (gritándole a Helen): “¡Claro que me gustaría estar muerta…! Pero, ¿cómo se vuelve después?”
Cualquier cosa podría ser de un color distinto al que muestra bajo la luz.
(¡Pero ningún rojo es igual a otro rojo!)
La forma (por innúmera) es sagrada.
El recuerdo entre la espesura viscosa del cerebro:
jueves, 26 de noviembre de 1964: frente al hombre terrible, los ojos esperanzados que, a veces, parecen suplicar ayuda, y, otras veces, demandar tu complicidad absoluta con el pecado del orgullo y en todo momento los tremendos paisajes de su alma: Vincent van Gogh, amarillo y colérico.
Toda obra es interior: ves por una ventana.
Los buenos sentimientos, el propósito ecuménico de hacer el bien, de ser el bien: aún estamos a tiempo, afirmaba el encantador de serpientes, todavía mueren muchos más seres humanos pacíficamente en sus camas que a causa de los desastres de la guerra…
Pues a la desmesura…:
“Mi arte demanda el principio antrópico: existe porque será observado, y a esa contemplación debe su inexcusable existencia: en el mismo instante de su creación requería tus ojos.”

martes, 2 de julio de 2013

HESSE 116

Eres gruta. Una cueva donde la oscuridad y el agua conforman una tela de araña precisa y vigorosa para el pensamiento, la geometría de la negritud con todas sus consecuencias: todo un laberinto telúrico de perversidades, la divagación, la locura, hasta el crimen formal, la libertad máxima sin el miedo a lo punitivo, ser como actúa el más perfecto animal de presa libre de la traba de la conciencia, ser tan inocente o destructivo como el aire, la catástrofe natural del fuego que no tiene culpa.
Procedes de la caverna, y allí te encuentras muy a gusto, replegada entre las sombras, desafiante a todos los monstruos de la razón, desdeñosa de un cuerpo que sólo merece que lo desestructures una y mil veces con la imaginación, que lo desfigures, que lo trocees y lo sometas a incontables variaciones.
Ese interior donde huele a tierra, a piedra, a agua, eres tú misma, el punto panóptico: ahí te edificas y desde él contemplas la riqueza o el desierto bíblicos, la visión estereoscópica que afianza la realidad por el mismo desmentido subjetivo y descarado con que la desfiguras, ahí adentro te alzas como una arquitectura, como una ciudad, que sólo exige su certificación exterior cuando, cansada de ti misma, la proyectas a la luz de afuera.
Y de nuevo antes de cerrar los ojos y sobrevenga el sueño anegante como un agua sucia: un beckett pianista que buscara la más armoniosa de las cadencias entre dos líneas.
Suplantas un color, pongamos el azul, por una forma…
Combinar esa forma (ahora es forma) con otro color.
Al final, el objeto, la materia.
Todo nuevo material te obliga a pensar todo de nuevo.
Consulto con…
Conversación con…
Una vez puesta en el papel la idea de la obra… ¿no debería bastar?
X. me deja sobre la mesa la página casi desgarrada de un bloc donde ha copiado de su puño y letra un poema corto de Wallace Stevens, “los más señalados enigmas que tú, especialmente tú puedes encontrar en este poeta (al estilo de Mallarmé)”. Me dan ganas de contestarle por carta (¡qué formalidad!): “¡No, no es eso, no es eso!”)
Lo que hago, lo que reflexiono, aún son los rescoldos de las “agendas alemanas”.
Los esquemas y bocetos del 65/66: me dije que debería crear un diccionario de “estímulos gráficos”.
El problema de las escalas. Sueño la dimensión real: me asusto. Los pequeño bocetos son “inofensivos” a pesar de todo. Cuando ya en la galería, a los ojos de todo el mundo, adquieren su verdadero tamaño parecen… ofender. El desafío calculado (tal vez) se transforma en afrenta
¿En qué momento se da la versión definitiva…? ¿Qué ultima la obra?
Conversación con el cantero. Menciona a Miguel Ángel.
Dibujo: apenas la idea; en 3D, todo cambiante. El aire: papel: cuelga.
De nuevo Miguel Ángel: los canteros.
El cielo terrible de agosto de Carrara.
La escultura es un trabajo sucio. Imagina los carros cargados de bloques desgajados de la roca de la montaña tirados por bueyes, el polvo del camino, los gritos y el sudor de los hombres con la piel quemada por el sol, el cansancio, el aire blanco.
Los títulos (evitarlos de larga extensión, pero hacerlos oscuros).
La alusión mitológica, acaso inadvertida (lo preferible).
No puede ser moderna si trabaja con materiales antiguos.
Viernes: no leo ni una página del libro prestado por… (lo devolveré sin abrirlo: fue él quien lo sugirió.
En Times Square: una niña me mira fijamente. Una hora después descubro quien es: no puedo volver sobre mis pasos y manosear mi infancia. ¿Qué hacía sola allí, entre toda esa gente apresurada y el peligro acechante del tráfico por todos los lados?
Donde se esconden los monstruos, dragones humeantes.
Por la tarde: c./7u.
Inútil pensar en nada claro cuando llovizna tenaz, ininterrumpidamente: en realidad, entonces sólo me veo a mí misma, viendo lo que pienso, ajena al exterior, al mundo.
Conting.: podría ser cualquier otra cosa.
Hizo un largo viaje, cruzó un océano… sólo para comprobar a su regreso que se había quedado esperándola en su lugar de origen.
Hist. de los judíos (historia de lo judío).
La muerte de la madre “contra la tierra”.
La “intrusa”/túneles.
Una vida en capítulos. “Estoy en el IV” (por ejemplo). Prosigo por el VIII. Retrocede al II… ¿A quién se la dedico?
Resinas: no es tanto lo que utilizo como lo que he dejado de utilizar.
Est. el bestiario humano de una tal Arbus. No te reconoces en ellos, pero en el sufrimiento de su diferencia. Aunque, ¿ellos, los patéticos retratados, lo creen de ese modo?
Ahora, ya en el paseo semanal hasta el hospital de Nueva York, todos los días son “el buen día”.
No, yo no deseo transformar la realidad (¿para qué?), basta que le adjunte (o le “estampe”) mis ocurrencias expresivas: forman parte de ella.
¿No es ello un ejemplo de humildad?
(X. pensaba en la celada, en las arenas movedizas que sostenían falazmente la afirmación de la artista, como dicha al desgaire, a vuela pluma de una conversación cuyos arranques y parones, arbitrariedades y desviaciones eran producto de la provisión inagotable de vino blanco. Todo son trampas cuando las lenguas se desatan e ignoran la contención. Bebíamos en copas de oro, doradas eran las tardes de septiembre, y dorada era nuestra juventud.
Puso la cara seria, de buena chica, y desviaba la vista para no echarse a reír.)
Las fotos de…
En attendant Godot: revisar pasaje pág. 64-65. Edit. M.
-No viene nadie. No pasa nadie. Nadie se va. Es terrible.
-Dígale que piense.
-Dele su sombrero.
-¿Su sombrero?
-No puede pensar sin sombrero.
G.: “Claro que llego a todos los sitios… ¡Son los lugares los que no coinciden conmigo!”
“Le estábamos esperando.Pase.”
(Y le cierran la puerta en sus narices.)
¿Cómo se escribe con una estilográfica Blackbird, señor Saposcat?