jueves, 1 de enero de 2015

1

Sabemos muchas cosas que no hemos aprendido.
A aquella chica le gustaban los colores.
Pero no como pueden gustarle a usted y a mí.
Hablo de algo diferente.
Inefable: difícil de explicar; cuando menos, escurridizo.
Dijo: francamente, una puede escribir con ellos. Y, además, sin necesidad de explicarse.
¿Colores?
Bueno… El arte y todo eso, ¿entiende?
En el principio (en lo innato):
“Los colores hablan.” (Son. Aunque todo es un espejismo, una treta especular de la luz.)
Ella, artista mística, observa paciente las tres reglas básicas de la comunicación (K.(andinsky) dixit), hasta que un día descubre que el color en el arte es nada más que una imitación: sólo la forma alcanza a ser incontestable, original, se explica por ella misma sin apelar a ninguna otra referencia si no se tiene por réplica, es, y delimita y garantiza su propia existencia con independencia de su significado.
Así que dejaron de gustarle los colores. Preferiría el caos de las formas, las asperezas y los contornos irregulares de las hechuras mundanas. Ella las organizaba dentro de un desorden que mucho tenía de inevitable misticismo, una espiritualidad rara.
Una especie de patchwork, un centón luminoso que alegraba sus rincones sin delatar los porqués.
Todo es una divagación.
“No te salgas de los límites del cuadro”, parece indicar la regla más básica, de sentido común, que es, en efecto, el más gregario de los sentidos (el más despreciable, pues). Aquel mandato había que pisotearlo cuanto antes.
Lo correcto apesta. Las reglas están para arrumbarlas en el cuarto de atrás, modificarlas, destruirlas con todos los talentos que uno pueda reunir en un acta de defunción bien programada.
El arte, por definición, es un estupendo ritual de transgresiones todo él: lo ficticio proclama a cada instante su carácter volitivo de expiación y hasta de mortificación tras la trapisonda de sus postulados y actos de desorden.
Contra lo sacramental, las manos vuelan.
El objeto, el material del arte no recipiendario de los modelos de la profusa figuración universal que nos rodea, irradia por sí mismo un discurso plástico pero sólo lo anima una deliberación previa, un alma (¿un deseo interior?) que acrisola toda liturgia.
El arte puede hacer que te inventes a ti mismo:
real o desfigurado.
El arte puede hacer que inventes a los demás:
desfigurados siempre.
Y una conciencia estética se forja de mil maneras o con el solo ojo cegado de Polifemo, en la propia y carnívora oscuridad.
“Ahora”, se dijo esta blasfema, “ya lo sé todo.”
Adiós al tema y todo lo demás.
Adiós al proceso litúrgico: a inventar el desorden.
Bienvenida materia inaudita, inédita, inacabable y sorpresiva a esta ceremonia de la confusión.
La obra de arte a solas: ella misma material.
Inextricable e intrincada. Su autoridad es su mera presencia. Avala una voluntad sea cual fuere su sentido.
“Soy una gran artista.”
No hay nada que impida que lo sea.
¿Quién va a contradecirla?
Nadie.
A rodar.
La luz es la verdadera dueña de la sombra.
Están los ritos, la salmodia, los códigos, las claves, el canon invisible de los iniciados, pues un artista que se precie tiene detrás un Fulcanelli que transmuta las piedras más áridas en misterios revelados, ilumina las negruras del actuante, deshace los arcanos medievales, derrumba muros, abre las ojivas del entendimiento. Arte, en definitiva.
En el fondo (y en la forma, claro) se trata de un apaño. Amañar (también sería una palabra adecuada).
Ella, capaz e iniciada, sacerdotisa de la fibra de vidrio y el látex, alza catedrales temporales, efímeras, de tal fragilidad que, una vez muerta, sólo el fraude y la copia manufacturada por intereses ajenos logra revivirlas, clonarlas mediante la fotografía antigua, el diseño en la despreciable hoja de papel, la nota descuidada, el pingajo museable, reconstrucciones innobles.
A cierto positivismo lógico enfrentaba inconsciente, no obstante, un surrealismo desmitificador de todas las leyes (artísticas o no). De aquel hontanar bebía.
Sería una aventura… holística.
Lo que ves es lo que ves.
El Testigo pudo haberla conocido en Suiza. De casualidad.
Un terreno neutral.
La Nieve sepulta los secretos inmemoriales, los hombres primitivos conservados en estrafalaria rigidez, peludas calaveras amojamadas (bonita materia de estudio).
La Montaña de Europa que hiende Los Cielos Vírgenes.
Donde todo empieza, la bruma y lo concreto.
Pero la bruma…
El pensamiento más nítido a través de un tul, la fantasiosa seda…
LOS CUADERNOS NARANJA Y ROJO.
Dickinson I: The thought beneath so slight a film – Is more distinctly seen
La hoja en blanco, las imaginaciones.
Unos años más tarde él, El Declarante, viajó a Nueva York, que es la más fantástica barraca de feria que uno pueda imaginar.
Él era un buscador de datos. Uno de esos.
Este Prufock que ha visto a las sirenas cabalgar sobre las olas.
Este Conroy que cuenta los copos de nieve de plata.
Este don Quijote ofuscado por los polvos y los vientos del Gran Molino que muele las Ideas.
Este…
Escribía(e): a tanto por palabra. Un cómplice. Un farsante que asiente con la cabeza mientras extiende la palma de la mano esperando las treinta monedas.
Pronto, uno se convierte en El Testigo para siempre.
(¡Y qué país, diantre! ¡Cenar a las 17,45!)
De la muerte de ella, por ejemplo. Una muerte a plazos, día a día derrotando un cuerpo que pugnaba por vencerla en batalla desigual, aunque no a traición, cara a cara (adosado ese abrupto final a su supervivencia, fue la vida la que le vino a traición). La más injusta de las muertes que él podía recordar, pues no había sabido hasta entonces de nadie con tantas ganas de vivir. La existencia de Hesse se truncó de modo cruel, inapelable, en plena juventud todavía.
Testigo de su vida, de la que ha aprendido a prescindir de su dimensión física: como hay que aprender de sus obras desgajadas de su entidad física y perecedera, pues a ella remiten de manera fantasmal (¿virtual?).
Testigo de su obra: en toda ella percibimos los rasgos más profundos del verdadero rostro de la artista, el que no precisaba de las máscaras reales de la carne, la piel, la sangre, la mueca, la mirada y sus ardides, todo ello extensiones de una trampa para confundir a los incautos amantes de la copia de la realidad a despecho de su inocente desnudez, libre de marañas aunque de engañosa claridad. Lo incomprensible de su obra la revelaba mejor.
Testigo real del último año de su vida y de su muerte, interiorizaba la única biografía en carne viva, la que deja ver lo sanguinolento, los tejidos hechos trizas, el alma verdadera del espíritu que son la piel, los tejidos, los músculos, los nervios, las corrientes de los fluidos, la desnuda (aun con los jirones de carne reseca pegados a ella) arquitectura ósea...
A partir de ese momento, ficticio o no, ¿qué iba a escribir, a mentir, a tergiversar, a comprender…?
En arte, la decisión de utilizar un material determinado, verdadero o falso, se convierte asimismo en “material”.
Se trata de… lo invisible.
Ni siquiera en la baladronada del principio pudo sentirse demasiado seguro en lo que hacía: no supo nunca la auténtica naturaleza de su intrusismo fantasmagórico en la biografía de la joven artista durante sus últimos años… y tampoco de lo que pudo saber al final, si es que alcanzó a esclarecer algo.
¿A qué desempolvarla?, se diría arrepentido, pero con la corbata perfectamente anudada al cuello de la camisa blanca y el puñado de monedas tintineando en el bolsillo izquierdo del pantalón con la raya bien planchada en ambas perneras.
El mundo del arte tiene sus entradas y salidas propias. Sus duques y modistillas. En esta feria de las vanidades se divierten así todos. Algunos, recogen dividendos; otros, se exhiben. También los hay quienes se inmolan en una muerte temprana y los que viven (duran) a expensas de los nombres y las verdades prestadas
Pero…
Él la recrea. Vive en su delirio: un tumor cerebral hostiga ópticas, altera imágenes, distorsiona la visión como esas pesadillas del alba invernal, gris, de lluvia fina y constante, cuyas imágenes desafían la física más elemental.
Sin duda el tiempo pasado, inocuo salvo en la pasión o la locura si no ha acabado contigo (y el hecho de haberlo dejado atrás así lo atestigua), no ayudará en este aspecto. Todo recuerdo invita a una recreación jubilosa o falsa o simplemente placentera, pero menoscabada por la arbitrariedad de una memoria siempre selectiva.
Muerta demasiado pronto, se dice El Resumidor, todo quedó a medio hacer respecto a la legítima ambición que la transgresora albergaba. La fatalidad destruyó un genuino deseo de alcanzar mucho más allá de lo que hasta ese momento había conseguido. Abortaría también, siempre sucede de ese modo, pues él era lo residual de la historia, la excrecencia, los planes confusos que rondaban la mente de El Testigo, un testificador con el morral lleno de argucias demasiado evidentes. Desde el primer momento que supo de ella no lograría siquiera rozar con la yema de los dedos la quiebra definitiva... de ambos: catártica aunque retórica, una; otra, inexorable y aciaga, bestial por designio de un dios malo, el peor. La suya, sin duda, fue una relación fracasada, tangencial, supeditada a situaciones chocantes, hechos, digamos, fractales: la evocación literaria pendula como un reloj que se atrasara y adelantara a voluntad entre la pena, los hechos y lo ficticio. Menuda componenda. ¿Le hubieran importado a ella la glosa posterior, las andanzas de una pluma libérrima, diablilla y cojuela de este Negro levantando tejados? No creo que eso le preocupara mucho a Hesse. Debe de resultarles todo muy etéreo e indiferente a los modelados con alucinaciones y ensueños, a todos esos cuyas hechuras se fabrican con el humo y las insolencias del solo recuerdo de después. Hesse, tan real como una imaginación, una idea, un desvarío en manos sacrílegas, espurias. Lo posterior: la nada (para ella muerta).
Estás aquí en la tierra.
La Tierra. Todo sobre su corteza brilla más que los soles de la noche, y es un esplendor falso al lado de éstos, una luz prestada y agotable en un tiempo ridículamente ínfimo. Aunque la tierra ardiera por sus cuatro costados sólo sería una llamita grotesca comparada con un simple átomo encendido (una infinitesimal menudencia) de la estrella que crea la misma realidad de la tierra, de sus cosas, de sus seres.
“Los asuntos de la tierra, si bien lo miras”, se decía, “son de una importancia…”
En cuanto a él, poco que contar: un negro: a tanto por página (y a callar). La mudez del anonimato le protege. Es invisible. No es nadie. Puede inventar lo que le venga en gana. Hasta a ella puede inventarla, hasta a él puede inventarse. A nadie ha de rendir cuentas, y mucho menos a él mismo. Es El Anónimo. Es un burlón Ulises (Nadie me llamo).
¿Nadie?
-¿Cómo te llamas?
-Treinta Monedas.
O sea, nadie. (Viaja por USA con la sombría dignidad del hobo.)
Divaga lo indecible, circula una forma que por impalpable niega cualquier atisbo de precisión. Tampoco se debe a una fidelidad exhaustiva. No acarreaba imposiciones ni reglas a despecho de un afán de minuciosidad siempre extravagante por la enormidad de sus fines inalcanzables: merodeaba lo innombrable.
Eres el nadador de la entelequia, se decía.
En ese piélago. A brazadas. Hasta la bocanada final.
Pero, en fin, se resistía a revelarla a ella en su total dimensión.
En su memoria apelaba al croquis, las idas y venidas de una bruma dibujante que ora revelaba fisionomía ora empalidecía rasgos.
Lo insuperable en la obra de muchos artistas son los borradores, el trazo impresionista e inacabado, el pincel suelto que aún nada define y poco corrige y las líneas del carbón que todavía se vislumbran por debajo del óleo como rebatiendo la perfección. Lo genial asoma con alegría.
Ese vuela-pluma aligera los  miramientos y acalla cualquier escrúpulo paralizante.
¿Un retrato a lo ingres, velazqueño?
¿A cuánto el centímetro cuadrado de lienzo?, ¿a cuánto el gramo de arcilla?, ¿a cuánto la palabra del curator-hechicero?
¿Muerte trágica?, ¿en olor de santidad?, ¿burguesa y con las manos en aspa sobre el pecho?, ¿con excelentes dividendos, octogenario-a, con fundación propia y beatífica sonrisa de patriarca?…
Cualquiera de estos interrogantes impone un estilo, un acercamiento digamos textual.
Cualquier descripción que llevara a cabo en este sentido empañaría su verdadera identidad. Evocar su carácter exige lo transversal. La fotografía exacta de lo real, por paradójico que nos parezca, minusvalora efectivamente la realidad.
Mejor un Goya sordo y huraño, incluso aterrado e indefenso a la luz tremulante de un círculo de velas encendidas sobre un gorro.
“Si es verdad que me inventas, inventa un lenguaje nuevo”, hubiera dicho Hesse, olvidando que él no era artista.
¿Quién era él?  (Ella era guapa: su rostro explicaba su carácter.)
En estas historias, como era real, era ficticio.
“¿Cómo te llamas?”
“Treinta Monedas.”
¿No iban a desconcertarla las preguntas de El Turista Intelectual, la doblez mezquina de El Testigo, el estúpido anhelo de sorber de su existencia instantes, culminaciones, apropiarse de su aliento, de sus temores, las interrogaciones, las idas y venidas, lo inventado y el lujo de su cuerpo?
Y es que él… la veía tan real que la figuraba a cada instante.
(Era real.)
¿En qué fragua, qué metales milenarios urdieron tales mimbres para tal artista?
De lejos venía… al Gran País.
Ella era hija de aquel nuevo mundo que vino del crimen original, raza maldita del gueto y la expulsión, desperdigada, errante, cargando la culpa y el estigma, huyendo del exterminio inmemorial.
Una familia judía cuyos antecedentes se hundían en lo más profundo de una Europa a punto de entrar en guerra, en el alma colectiva de aquellos askenazis del yiddish y sus temores primitivos que observan el ritual, acuden a la sinagoga, respetan las autoridades halákikas y durante el shabbat bajan la vista al suelo.
Toma, bebe tu vasito de leche negra.
¿Qué es ser judío?
Algo tan explicable o inexplicable como no serlo.
Blanco o negro.
Cruz o raya.
Cielo e infierno.
Todo o nada.
Vivo (en el tiempo) o muerto (en el tiempo).
¿Qué es ser piedra?
¿Qué es azul? ¿Qué es…?
“¿Sabes lo que significa Häagen-Dazs?”
(La joven mujer del 70 aún subía por Broadway y a la altura de la 77 se desviaba a la derecha hasta el Museo de Historia Natural. La niña de 4 años se planta fascinada ante esa monumental arquitectura ósea, el inmenso costillar, los huesos (un revoltijo en resumen aunque en morfológica composición): con los ojos como platos (en fin…, disculpemos el estúpido tópico) y los labios entreabiertos se quedaba muda frente a los grandiosos dinosaurios mondos y lirondos, inabarcables, y las aterradoras bocazas con los dientes de grandes sierras a la vista.)
Aunque ahora  (antes) había que huir de nuevo: la selva de cruces gamadas se extiende como una mancha de sangre sobre el mapa de la vieja y rancia Europa. El temor invade las calles al tronar de la claveteada bota paramilitar que patrulla sobre los empedrados de milenarias capitales: con absoluta impunidad la tropa de criminales se dedican a la caza de barbas judías y de adolescentes circuncisos que ofrecer en esta cabalgata de los nuevos dioses y valquirias despelotadas.
El fantasma de Goethe sólo aparecía y desaparecía por las esquinas de su pequeña patria: su espíritu jamás se impuso más allá de sus frágiles fronteras: Weimar engendraba un monstruo muy diferente.
Ya en julio del 32 papá Hesse sintió un escalofrío de terror al sospechar que la República de Weimar, entonces en manos de la villanía y el gansterismo, iba directa al coladero sangriento de la historia empujada a culatazos de un presente tan frívolo e irresponsable que repudiaba con insólita pasividad cualquier comprensión racional. (Aunque culto y apacible, no sin creciente malestar, el honorable letrado sigue frecuentando –nadie te ha cerrado la puerta todavía- la Kulturhistoriche Bibliothek Warburg cuando su trabajo de abogado se lo permite.)
En enero del 33 papá Hesse previó (o soñó sin comprender) la huida obligada. Pero Alemania era su patria. La realidad ineludible se antepuso al miedo ancestral. Soy tan alemán como cualquier otro de Hamburgo, Wremen o Berlín, se dijo con orgullo infantil. (Y ni siquiera, entendámonos, era un Mischling: era un judío de pura cepa).
En el 35 las armas y los cascos de acero ilustraban los semanarios de los sábados y las páginas propagandistas de los diarios sometidos. Pero papá Hesse aún se resistía y pensó en incrementar la prole germánica de su hogar: como buen alemán, engrandece la patria y engendra un vástago.
En el 36 papá Hesse observa con inquietud el alumbramiento de Eva Hesse, su segunda hija, en un mundo desquiciado por una violencia que parece nacida de la arbitrariedad y la sinrazón de un Yahvé bíblico (“… y pasaron a sus habitantes a cuchillo y fuego y destrucción…”)
Y, ahora, sí: las puertas se han cerrado.
1937: Rassenschänder.
1938. “El odio está justificado”, proclama un titular de prensa.
A por ellos.
Expulsión de las escuelas de los niños judíos.
Destrucción de la sinagoga de Munich.
Destrucción de la sinagoga de Nuremberg.
Confiscación de todos los bienes propiedad de los judíos.
Todos los judíos, por decreto Ley pasan a llamarse Sarah e Israel.
Toque de queda para los judíos (en invierno, a casita a las 8; en verano, a las 9).
Destrucción de todas las sinagogas de Alemania.
El arrogante y grotesco Pickelhaube da paso al más eficiente y antipático Stahlhelm.
La suerte está echada.
Y ni siquiera enmarcan los peyots los rostros pálidos.
Media Alemania se ha quedado ciega de repente: “No recuerdo si voté en esos años”, se excusará en su autobiografía un señalado filósofo de la época, “y si lo hice, no recuerdo ciertamente por quién”, añadía taimado. (Ya te enmendará a ti la plana otro escribano de más adelante, cobarde criminal olvidadizo.)
Entre miles de suicidios y huidas a ninguna parte, los Hesse callan y hacen de las ventanas de la casa cerradas a cal y canto murallas defensivas en un país ya derrotado por el crimen y la ceguera colectiva.
En el 39 papá Hesse y su familia se tornan invisibles para la Alemania nazi, han desaparecido, se los ha tragado la tierra ocultos por la diáspora, pues en los tiempos de locura y gran confusión el origen de un ser humano basta para condenarlo y sólo urge la huida.
La excursión dibuja un extraño mapa en la memoria de una duramadre aún por soldarse.
Los abuelos de la criatura morirán exterminados en los campos de la muerte, y ninguno de ellos era de esa clase de judíos que al ser atrapados escondían diamantes y piedras preciosas en el recto.
Los hijos se esconderán como ratas en el escondrijo de un desván polvoriento y oscuro hasta que puedan levantar la cabeza olisqueando los peligros que les acechan y cavilar su huida a través de la noche.
Las nietas repudiarán el origen: dos huérfanas cogidas de las manos temblorosas cruzando mares desconocidos.
En realidad, visto desde arriba, a la cobarde panorámica de pájaro, sin chafarrinones ni tocamientos indeseables, cuatro ánimas en pena más de las desterradas y huidas de la Alemania nazi disueltas luego en el grumo del millón y medio de judíos que vivían, trabajaban y oraban y guardaban el decreto talmúdico en la babélica Nueva York de los años cuarenta y cincuenta, ganando buena parte de ellos cuarenta centavos por hora en trabajos miserables muy lejos del trueque y el lustre banquero, nada que ver con el dorado y diamantino oropel de la rica joyería de los Vanderbildt, los Morgan, los Ford o los Kennedy, adiciones sospechosamente presumibles sólo en los de su raza desde lo más oscuro de los tiempos.
Ahora su padre tenía una bonita casa con ventanas a un verde césped en tierra de gentiles. La puerta basculante del garaje en un lateral siempre permanecía abierta a la calle arbolada, con coche o sin él, con herramientas relucientes, con banco de carpintero, con estantes de madera pulida llenos de frascos de conserva y confitura. “Aquí nadie roba nada, pequeñas”, les decía a las dos hermanas su padre satisfecho, feliz emigrante, el rey en su tesoro, mirando a hurtadillas satisfechas la ranchera Pontiac del 52, una Chieftain Deluxe con paneles de madera de imitación en la carrocería estacionada bajo los grandes árboles que sombrean la entrada de la casa. Un sueño, una ilusión americana...
Lo cierto es que arribaron al suburbial del norte de Manhattan, a Washington Heights, más allá de casi todo, al otro lado de la frontera donde pacen los bisontes y anida el águila, más allá del apartamento aireado y luminoso del Upper Side West donde, años más tarde, su mamá voló y todo era bonito.
Han llegado a la América poderosa e invencible aunque en blanco y negro, a la Nueva York de los años cuarenta de aquel Feininger emigrante como ellos que hacía reales los grandes barcos en el East River, fotografiaba el desfiladero del Lower Broadway o levitaba por encima de las vías férreas elevadas de la Tercera Avenida.
Han llegado en la época del avión y la hélice: nada que ver con aquellos desgraciados que ya fotografiara Lewis Hine huyendo del hambre, que se embarcaban hacia el paraíso en barcos de vela (4o días de navegación) o de vapor (13 días cruzando el Atlántico), muriendo centenares de ellos antes de que lograran avistar tierra y acabar en Ellis Island donde los despiojaban y les abrían la boca como a los caballos en venta.
Qué bonita era ella…
He aquí el señor Groucho, con el parche negro y demasiado liso del bigote, la sonrisa de vuelta de todas las cosas, el puro apagado, el pelo de judío-americano, los andares anchos y esquivos, el culo bajo y los pantalones prestados, ¿vas a ser tan pícara y buscavidas como él?:
¿Cuántos años tienes, nena?
Cinco.
Caramba, pues parece que sólo tienes cuatro. ¿Qué haces para parecer tan joven?
No dejes de sonreír, no dejes de sonreír, no dejes de sonreír.
Los dientes sanos, de resplandeciente blancura, los ojos sin legañas, la piel de nitidez germánica bien hidratada, el corazón exacto en sus latidos, los pulmones bien aireados, limpia la cabellera y el cutis impoluto (pura porcelana), vestidito aseado y zapatos nuevos: animalitos perfectos para el rebaño americano.
Bienvenidos.
A la Ciudad de los Neones.
A los Sueños de Humo.
A la Materia del Humo.
Más tarde comprendió que entre la vida y la muerte el espacio sólo era el tiempo, y el tiempo sólo era la nada, lo que se escurría entre los dedos como el agua que no se puede asir.
“Duerme… duerme con el dolor.” (Celan).
Más tarde era los tiempos de La América Liberal, con los chicos de ojos azules, duro mentón y pelo a cepillo, donde cada buen americano tiene la oportunidad de hacerse a sí mismo siguiendo paso a paso el manual de instrucciones del Webster, las píldoras Alger, los héroes de Ayn Rand y las consignas de los señores Hoover y McCarthy.
Pero, cuidado: en calles del Bronx, de Brooklyn, de Manhattan, la caza del judío (del irlandés, del italiano, del chino…) continúa siendo todo un entretenimiento para los canillitas de una u otra nacionalidad. No te matarán: sólo el escupitajo y la humillación serán suficientes para negociar tu integridad física hasta que abandones las barriadas enemigas.
Papá Hesse luchará por su camada hasta el día del Juicio Final.
Papá Hesse atestiguará los años y el crecimiento saludable de sus jóvenes cachorras.
Papá Hesse, ese alemán buen americano, sabe de sobra qué dios protege a los judíos y qué nación es la escogida de entre todas las del  mundo por el Dios Verdadero para poner orden y concordia en las cosas de La Tierra.
Este buen hombre de disciplina teutónica y fe semítica aspira a la tranquilidad, a la paz bien asentado sobre la decencia, leer el periódico a la caída de la tarde, ver crecer sin sobresaltos a sus hijas, sentarse afuera en el jardín envuelto por el fresco olor del césped recién cortado y escuchar con ánimo apacible sus programas favoritos de la radio. Y convertirse, al tiempo, en el perfecto ciudadano americano: aquel que respeta una bandera, unos principios y una forma de vida.
Sólo que de momento deben conformarse con vivir en un piso alto en la parte más alta de Nueva York, donde casi no se ve nada de lo que hay debajo, en el Manhattan bíblico al otro lado de la calle 125, donde el glamor a lo Kilgallen se reviste del sabor típico de la granmanzana: New York Post, Daily Mirror, Broadway, la 42, intriga, asesinato, drogas, sexo, conspiraciones y cover-up. I.
Tampoco hace tanto tiempo de aquellos años cuando Central Park se llenó de hoovervilles y los inocentes patos de los estanques acabaron en docenas de cazuelas de gentiles pobres y judíos hambrientos.
Mucho mejor, no obstante, que desaparecer como por ensalmo a merced del Nacht und Nebel.
Buen tipo este abogado judío reconvertido en corredor de seguros (que no de creencias) en el Nuevo Mundo: es capaz de dormir con solideo y obligar al futuro yerno a enviar a la hoguera de la Santa Inquisición al Papa y su cohorte católica y abrazar la verdadera religión de los hijos de Israel. Lee en hebreo y yiddish lo que cae en sus manos. En 1948 los dos tomos de La Familia Máshber, de Der Níster, por ejemplo. Lo importante es entenderse (en yiddish, alemán, inglés, por gestos, mediante silencios, a través del guiño), al menos durante algún tiempo, afirma acto seguido de acabar el rito religioso, todavía con el taled cubriendo el cogote y el cuello, a punto engullir buena parte de las dos docenas de gefilte fish que sobresalen en la fuente de cerámica pintada primorosamente de la cocina.
¡Qué país el de entonces, cuando la niña vestía de corto!
El de un presidente que encerrado en las tripas de The Sacred Cow el Día de la Madre vuela a su pueblo a visitar a mamá y darle un besito en las mejillas arreboladas de orgullo y felicidad por su hijo, un vaquero miope capaz de fulminar en diez segundos a 200.000 malvados orientales incluidos ancianos, mujeres y niños de un solo disparo de su Colt 45. Aunque tal vez fuese una Derringer: TENIA LA MANO PEQUEÑA.
To err is Truman.
Pero el país prospera a pesar de todo, a pesar de los bandazos políticos y las Unions, a pesar del miedo atómico, a pesar de los artistas locos empeñados en darle al mundo vuelta y media y ponerlo todo del revés.
Buen caldo de cultivo para alimañas y pequeños insectos y gentes avispadas.
Su padre: el hombre que amontona recortes de prensa, fotografías, cuadernos de notas, diarios, objetos, postales, recuerdos, cartas, documentos… Todo el organismo voraz de cosas, objetos y sucesos que constituyen la biografía letrada de ese puñado de vísceras y huesos que resulta ser la vida animal, lo que a la postre queda escondido tras la apariencia.
Su padre haciéndose más americano cada día que pasa, ojeando la lista de best sellers de tapa dura en las páginas del New York Times pero comprando los volúmenes en rústica de la New American Library o de Pocket Books, ahorrando hasta el último dólar de hoy para mañana que es el primer día del futuro.
Y Evchen, la pequeña sonriente de ojos grandes, oscuros y redondos, buena hija y obediente novicia en todo, asiste complacida a la ceremonia del Bat Mitzvá de su hermana y espera la suya propia con ansiedad.
Él las ha conducido a la salvación del cuerpo y el alma.
Ahora tendrán prerrogativas y derechos que las elevan de los seres inferiores, de la raza de ratas untermenschen.
Quiere cerciorarse que está vivo, que se ha librado del gas y el horno crematorio, donde todo el pasado y su moderna genealogía han sido enterrados. Quiere creer que su descendencia se encuentra a salvo del siglo bendecidas por Yahvé, el castigador, el que no perdona, el vigilante supremo.
Lo judío y su negra fascinación acechaban por todas partes.
Su padre, con Der Forverts en una mano y el miedo todavía en el alma: elige los tonos de sus trajes, los tejidos, la caída del terno. Lo hace con esmero de judío aplicado, comprueba con los dedos calidades, mide grosores, calcula los precios. De adolescente, e incluso poco antes de casarse, ella le acompañaba algunas tardes a las tiendas tristes y oscuras del Lower East Side. A los pocos minutos se impregnaba de tal manera de la atmósfera ortodoxa que imperaba en aquellos establecimientos que se asustaba al pensar lo enraizada que estaba en esa cultura de manías, miedos ridículos, luto, tirabuzones, símbolos, rezos y mandamientos. Le entraban unas ganas locas de disolverse en aquella tela de araña  de aire espeso y la luz sombría del anochecer, de apagarse en esa atmósfera precaria y rancia, ser parte de esa mórbida sustancia que constituía la materia y el color de lo judío, la tontería ancestral. Hasta (fijaos bien) creía en todo aquello.
Su padre, el buen judío con el corazón lleno de culpas ajenas.
Y progresa, cómo progresa: Singer, Malamud, Bellow, Roth (algo descafeinado a pesar del lastre hasídico del origen). La literatura que lee ya atiende textos que rebasan ampliamente el mero vehículo del lenguaje, el soporte, y aspira a una connotación que si no rehúye el relato le aboca a la medición lingüística.
Incluso no oculta la sonrisa leyendo la Stern de Friedman (y ya conoce de sobra lo que vale exactamente un judío americano expulsado de Europa, aunque no proceda de una shtetl).
En efecto, se imagina que cuando el Gran Sueño Americano se cumpla de una vez en los día cálidos podrá salir afuera de la casa, sentarse en el pequeño jardín y beatífico y agradecido escuchar por la radio The Jack Benny Program o concursos del tipo de Two for the Money de Herb Shriner, mientras las niñas corretean por el césped tras el perro lanudo color canela y el aire de la plácida tarde se impregna del dulce aroma del pastel de frambuesa que mamá prepara dentro de la cocina.
La heroína crece despacio, felizmente, en tierra de nadie todavía.
Y el grato paso del tiempo…
En efecto, es una especial: la Chica Lista, la Gran Artista, nunca fue una Niña Tonta que dibujara en las páginas de los cuadernos escolares enérgicos Kopffüslers, muñecotes marcianos de colores arbitrarios (pero icónicos) y miradas grandes: ella garabateaba charcas, las piedras y hierbas del fondo, universos de objetos imprecisos, las imaginaciones, y cuando utilizaba aquellos monigotes era para contar una historia, y entonces el dibujo era lo de menos.
Octubre de 1941.
Desde la cerca del jardín vemos pasar a los Roning que van a comer a casa de los Sullivan, justo al lado de donde viven los Feiffer, después de haber asistido por la mañana a los oficios de la misa dominical en el templo episcopaliano codo con codo con los Smith y los Mulligan, a los que vemos acercarse por el otro extremo de la calle en compañía de los Bailey. Las tres parejas forman una curiosa multitud con la pequeña nube de los niños vestidos de blanco y negro correteando y cruzándose entre ellos. Dan la sensación de ser una exigua pero coriácea congregación de fortaleza y camaradería indestructible ante cualquier embate de la vida cotidiana, laboral y social, a salvo de todas las asechanzas y mezquindades de esta época de zozobras. Todos van vestidos de domingo. Los rostros risueños, el alma en paz. Luce un magnífico sol de otoño que dora las copas amarillas y rojas de los árboles, y en el aire se esparce el grato olor de los dulces de domingo calentados en los hornos, el aroma de los asados provenientes de las cocinas y barbacoas de este pequeño rincón del paraíso que resulta ser el 156-A del área residencial de Oak Park 4 N.Y.
Por la tarde todos nos aburrimos un poco hasta que anochece. Entonces nos sentamos a la mesa del salón a dar buena cuenta de la cena, escuchamos un programa de radio y, luego, mamá vuelve a meterse en la cocina, papá dormita en el sillón con el periódico sobre el regazo, la radio sigue hablando sin que nadie la escuche y, al final, casi sin darnos cuenta, acabamos en la cama.
Buenas noches y buena suerte.
El hombre, para quien este día no tiene nada de santo, cierra las grandes páginas de uno de los pliegos del periódico, las de política internacional con noticias de la guerra en Europa: los alemanes han iniciado la ofensiva contra Moscú. Este hombre, después de haber plegado perfectamente las hojas del diario y depositarlo sobre el césped, permanece inmóvil en la tumbona, pensativo, con los ojos fijos en los grandes árboles alineados más allá de la cerca que separa el jardín de la acera y la calzada alfombradas por las hojas caídas del otoño. De vez en cuando un coche sigiloso, casi sin hacer ruido, se desliza delante de la casa y desaparece calle arriba. Luego, torna la pasmosa monotonía. Hasta él llega el sonido de la radio que su mujer tiene en la cocina mientras trajina entre cacharros, pero no logra descifrar nada de lo que oye. Alza la cabeza y mira al cielo: le gustaría describir las diferentes tonalidades de la luz que comienzan a entreverarse en él. No lo consigue, y se culpa de su escaso talento para las descripciones, incluso las más sencillas. Siempre ha sido así, se reprocha en silencio. Bosteza y deja por unos instantes la mente en suspenso. No quiere pensar en nada, pero esto es imposible. El domingo pronto empezará a declinar. Mañana será otro día. Hasta el domingo siguiente, todo parece igual. Un día detrás de otro día. Pero si uno se para a pensarlo, también los domingos parecen siempre el mismo, uno tras otro, sea la estación que fuere, todos parecen iguales. Mira a su alrededor. Dentro de poco la grisura se apoderará de la tarde amarilla. Ahora siente un poco de frío en la espalda, como si estuviera entumeciéndose. Ha crecido el canto de los pájaros. De algún lado el aire le trae el olor de hojas secas quemándose. Trata de impedir que en su fuero interno comience a cristalizar esa conjunción de inutilidad y rendición, tan conocida por él desde hace unos años, aún en el mismo Hamburgo, que inevitablemente le aboca a la esterilidad y la exasperación. Debería levantarme y meterme dentro de la casa, se dice mirando la franja de sol agónico que muere contra el seto que separa su casa de la de los Sheridan. Los colores se han vuelto tenues, apacibles. Como una ráfaga de tristeza que viniera enhebrada en el mismo aire del atardecer, como un puñal de desánimo en este instante de acabamientos, siente una ligera desazón que no acaba de definir, como un sentimiento de abandono e incertidumbre al ver a sus dos hijas pequeñas persiguiéndose una a otra por la diminuta parcela verde de su casa, entregadas a unos juegos que no entiende. Escucha sus risas nada estridentes, apenas audibles, hasta silenciosas, como la tarde ya crepuscular a estas horas, observa la correría ingenua de esas niñas que nunca tuvieron la oportunidad de elegir sus vidas, las persecuciones sin un sentido lógico aparente, y, de pronto, se siente agobiado por la losa de una pesadumbre casi inaguantable. Experimenta una sensación de temor por todo, el horror inexplicable ante un vacío imaginario. Un hueco nace en el pecho, de dentro a fuera, se agranda más y más hasta horadar los huesos y traspasarle la carne. Y todo, en verdad, parece desvanecerse a su alrededor, disolverse en la nada, ser la nada en este aire gris y frío, cada vez más oscuro.
Historia Antigua.
¿Cómo era el mundo sin TV?
Era. Estaban los cines. En los cuarenta, en Brooklyn y Manhattan, en cada manzana del vecindario había tres salas de la cadena Century.
Todas las casas de todas las barriadas recibían el folleto azul donde anunciaban las películas en cartel.
¿Las llevaba papá Hesse al cinematógrafo? Entonces la barraca de feria era grande y de un lujo magnífico, una espaciosa sala con platea y arañas resplandecientes colgadas del techo, con blandas moquetas en el piso en pendiente y butacas tapizadas de terciopelo rojo. En fin, por quince centavos la entrada…

lunes, 29 de septiembre de 2014

HESSE 139

El 7 de marzo una luz especial acaece… siempre: 1966, 1967, 1968, 1969… (del sol benéfico, o sólo la luz del cielo gris, pero es una luz especial, a media mañana, a media tarde).
Sueño de cuchillos. Y, a la noche siguiente: el mar, un mar de color ceniciento entreverado de grises plateados como la hoja del cuchillo (uno de ellos) por el que podría andarse, al modo de aquél que andaba sobre las aguas y dejaba maravillados a quienes lo contemplaban (con lo fácil que era hace dos mil años andar sobre las aguas…).
Qué raro los árboles con las hojas amarillas (y era su último otoño):  cuesta imaginarlo si no lo ves: como una niña, creí que siempre eran verdes.
Un árbol con hojas azules. Con hojas blancas. Con hojas negras.
Martes, 17 de febrero, 1970.
No es el día que se apaga de pronto, eres tú quien se da cuenta de pronto que el día se ha apagado, afuera todo ya languidece entre las luces eléctricas del frío invierno (y qué extraña imagen, pues siento que ya no me pertenece, que es un invierno “en el que yo ya no existo”, y sé con absoluta certeza en este instante que así serán los inviernos después de mi muerte, y esas luces eléctricas, y el rumor de fondo de la ciudad, y este extraño olor que emanan las paredes, una mezcla heterogénea a yeso mohoso, humedad y resina química, los objetos de mi estudio, todo lo que me rodea salvo yo, no son de este tiempo ni del de atrás, y que se me hace la gracia de anticiparme la visión de uno de los escenarios del futuro de dentro de un año o dos, una suerte de ventana de ultratumba por la que atisbar la vida después de ti).
No sé decir nada en secreto. Tampoco hace falta. Soy artista: puedo esconderme perfectamente detrás de la obra, rumiar las más sorprendentes perversidades, imaginar cualquier atentado complacerme en las antiguas (grandes o pequeñas) infamias.
En cuanto a…
Piensas en el destino (que es exactamente lo que está por venir): ha traído el infortunio a tu vida antes que la muerte.
Recorres hacia atrás los días en busca de alguna causa que explique la fatalidad: ninguna cadena de sucesos te ha conducido hasta aquí, ningún cúmulo de errores, equivocaciones propias o venganza de alguno de tus semejantes: el suelo, de pronto, se ha abierto a tu paso, y caes al vacío (y aun si hubieras elegido otro camino, u otro distinto a este y al otro, y otro más, el círculo del abismo también estaría allí bien trazado, agujereado y presto bajo tus pies  para recibirte y te hubieras precipitado lo mismo: no hay salida, el destino te persigue hasta que acaba contigo). Mala suerte, no existe un cálculo maligno detrás de todo esto. Ni siquiera eso. No hay nada personal entre la Naturaleza y tú: sólo una indiferencia recíproca (si le pagas con la misma moneda). Pero siempre gana, y el alivio que en excepcionales ocasiones de ella resulta siempre es provisorio, inesperado, de una volubilidad incomprensible, pues ella sigue su curso implacable abatiendo culpables, inocentes, a todos en injusta o a su debida hora.
Nada duele a estas alturas, todo es lenitivo para el alma: no desperdicies las horas. Lo material, el cuerpo, desintegra la apariencia. ¿Terminaré no reconociéndome? No ha de suceder tal cosa, salvo que te atrape la locura, pues si ya sólo miras hacia adentro, y el yo, aun en sus mudanzas, siempre es el mismo.
En cuanto a la compasión…
G. hablaba de lo metonímico en la obra: falso, elijo esos materiales precisamente para que nada pueda ser dicho de otra manera.
(En tal caso, G., que dibuja lo urbano: ¿qué ciudad puede ser la de este personaje? No ha dado un verdadero paso por ella. Viaja por el interior de su cabeza.
Leer S., ver…
Déjalo ya…
Aún…
¿Así que pretendías alborotar?

miércoles, 11 de junio de 2014

HESSE 138

Ahora ya no me arrepiento de estar horas y horas sin hacer nada, incluso estando en el mismo taller, entre maquetas y objetos medio manipulados, atontada por este aire de venenos. No experimento el menor remordimiento de sentirme sólo abrazada por el tiempo, todavía enraizada en él, sintiéndome del mundo, aún de su misma sustancia. ¿Qué es lo espiritual entonces, cuando una percibe que es solamente en lo físico donde se nota viva, diferente, tal vez necesaria?
Eva, ahora, es un espíritu flotante, vagaroso sobre las tierras y las aguas.
¿Has pagado tus 18 dólares?
(Una manera de decir: “No te olvides de darle un gallo a Asclepio.”)
Pero, aún…
(Boquea, se agarra a las sábanas, silbidos, irregulares exhalaciones que parecen emanar de la espesa atmósfera, un aire a lo Cheyne-Stokes, podría decirse, a la moda de… [desfile de mortajas].)
En cuanto a…
El Universo Mayúsculo: si finalmente se estableciera su edad exacta, ni un segundo más pronto o más tarde, eso sería la prueba de que existe una pauta cósmica, un patrón de inimaginables propósitos, una especie de programa o un  prediseño de actuación inconcebible de comprender por la mente humana por su absoluta desmesura, puesto que sólo son verificables, sí lo son, las teorías físicas.
(“Universo”, dijo, “allá voy.”
A rodar.)
¿Ahora te das cuenta que no necesitabas mirar al exterior, más allá de la ventana? Si habías de morir joven, y lo eres, te era suficiente tu interior, todo estaba allí, mirar hacia adentro para verlo todo. Bastaba la ventana para descansar la vista, para reposar las ideas y apartar las manos de cuando en cuando del trabajo y sus pestilencias.
Venganza contra la muerte a deshoras: “Cuando comprendió que era de verdad una artista, dejó de hacer obras: ahora ya lo sabía. Y mano sobre mano, se puso a esperar.”
Merde pour la poésie.
Cómo decirlo…
Son las cosas increíbles las que merecen ser visualizadas:
Right After.
Que sea.
Si no existe lo que haces visible, ¿cómo es entonces que existe al hacerlo visible?
Con el tiempo, una fabrica su propia leyenda, se hace poquito a poquito en la memoria siempre inquietante de los otros, pero… no has tenido tiempo suficiente para tal maquillaje, tú misma existencia, corta y de un final tan bruto como inesperado, ha bastado para erigir un mito apropiado para las épocas.
2014, 11 de enero, sábado, en un lugar de Nueva York.  Eva Hesse: 78 años (Saturno se olvidó de ti).
-Buenos días, Mrs. Hesse. Felicidades.
-Buenos días, Mr. Grau. Gracias.
(En el Village: maravillosas y pequeñas calles arboladas llenas del color del invierno –soleado-.)
-Hace una excelente mañana a pesar del frío y la nieve que cubre las aceras.
(Luminosa y limpia, transparente mañana cuando los rayos del sol bañan de luz clamorosa hasta los rincones más sórdidos del barrio, y el aire helado que parece descender de las ramas acristaladas de los grandes árboles se antoja perfumadamente marino.)
1970, 11 de enero, domingo, en un lugar de Nueva York. Eva Hesse: 34 años.
(En el Bowery: la calle que parece huir como alma que lleva el diablo hacia el norte del SoHo, que querría desgajarse de lo tenebroso y el crimen que deja atrás.)
(Las aceras y la calzada están sucias bajo la fría lluvia y la neblina gris, el tráfico humeante y ruidoso taladra el cerebro, la mirada de la gente es torva y atemorizante bajo el chirrido rojo de los neones, y en cualquier gélida esquina se agazapa el cuchillo que ha puesto precio a tu cabeza: un par de dólares.)
-¿Qué vamos a hacer entonces?
-Pasear, por ejemplo. ¿Recuerda cuando los árboles caminaban junto a usted?
-Déjese de tonterías. Pasear, ¿adónde?
-Hacia atrás. Volver atrás. Pero sólo será posible hasta 1970.
-Será suficiente. No comprendo demasiado bien lo que ha ocurrido después de esa fecha. Así que, refrésqueme la memoria en este día deslumbrante en el que hasta la verdad resplandece. ¡Ja!
-Desde luego. Empezaré por el principio. Quiero decir por el final… ¿o prefiere que empiece a relatar desde el medio?
-Desde el medio… ¿desde el medio de qué?
[En efecto:
RIGHT AFTER:
¿Dónde se halla el medio?
Pero sé de los extremos.
Y entrambos…]
Como una falla: no se ve la carpintería que sostiene todo el tinglado (material y… ¡conceptual!).
¡Qué se va a ver!
…………………………………………………………………………………………….(Por otra parte, ¿adónde conduce una genealogía, hacia adelante o hacia atrás?
¡Quién sabe!
Es el tiempo lo que termina pudriéndose, en cualquiera de las formas con que disfrace los acontecimientos, los pasares, los seres y los objetos.)
Digamos que sólo entiendo el tiempo de una manera, entendámonos, sólida, como un proyectil pesado y lento, pero inmutable e indetenible, y siempre hacia delante, buscando una diana invisible en algún punto del cosmos que es difícilmente imaginable…
…………………………………………………………………………………………….
Es un pensamiento un tanto extravagante.
Es de lo extravagante de donde extraigo lo mejor de mí misma.
…………………………………………………………………………………………….
Cualquiera sabe los designios de…
Nadie mueve los “hilos” de ti, salvo que aceptes de buen grado ser una marioneta. (En el arte o en la vida.)
-¿No será usted una de esas abuelitas neoyorquinas no poco maliciosas que se van pudriendo sin darse cuenta y disfrutan parte del día degustando licores dulces y chismorreando sin cesar en un apartamento del Upper West Side sentadas con la bombonera sobre el regazo junto a las grandes cristaleras que reciben la luz del sol crepuscular abatiéndose mansamente sobre las aguas doradas del Hudson?

jueves, 1 de mayo de 2014

HESSE 137

Déjalo ya…
Maneras de una quête.
Lo siento, confesó alguno de los dioses, no hay una regla para acabar bien.
En cuanto a…
Hay cosas que nunca, nadie, alcanzará a saber.
Y espera.
Cómo decirlo…
No hace falta que sea la Nave de Delos (que asoma la orgullosa madera de su proa por el horizonte azul marino).
Todo más doméstico, como sin importancia en la ciudad de los diez millones de habitantes.
Ella, que espera.
Como el romano ilustre que veía llegar su fin al costado del mármol y el agua límpida y tersa de la gran pila envuelto por los vapores fragantes (la túnica blanca e impoluta y la mano sobre el seno desnudo de la doncella reclinada a su lado, la copa rebosante del vino del color del oro y las uvas brillantes y violetas del racimo, la desafiante sonrisa a la tierra y sus asesinos, el desprecio al más allá...)
Era inútil esconderse:
disfruta de la muerte.
Es raro, sí, este cese de la agitación.
Queda el pasado: fogonazos de él, destellos súbitos, sobresaltos como relámpagos y, a veces, placientes imágenes, y con suerte, un bello recuerdo como un claro de luz en el bosque cubierto por el denso tapiz de las hojas caídas.
Y lo demás, inventarios, listas a las que tan aficionada has sido.
(¿Recuerdas, sí, un día cualquiera de antaño? un viernes de junio del 69, el 20 por ejemplo:
a las 7,11 te despiertas con angustia y miedo, indefensa e irreconocible
te has levantado a las 7,32
bebes despacio un vaso de agua
a las 7,38 sigues mirando un cuadro azul colgado en la pared
a las 7,46, ya bajo la ducha, los sueños de anoche se han desvanecido por completo
te has aseado
has ordenado la cama y los trastos de la cena de anoche en la cocina con J., D., L. y M.
a las 8,34 horas te has plantado en la calle –¿llueve?, ¿hace fresco?, ¿hace viento?, ¿hace calor?-
compras el Times
desayunas en Virginia’s Room mientras hojeas el diario
te acercas a la oficina bancaria y cobras un cheque (47,50 dólares)
llegas a casa (9,17) y te encierras en el taller hasta las 12,48
(alguien llama al timbre a las 11,13: no abres la puerta -informe del hospital o una carta o la visita de un amigo o de un entrometido o de la vecina de al lado que pide ayuda o de un desconocido que se ha equivocado de casa o…-)
a las 13,07 almuerzas algo con G. en la terraza de Spin (Houston con la Segunda Avenida), pues hace un mediodía cálido y apacible
acudes a la librería The Green Train, breve charla con Yeats y: Seymour: a Introduction y un tomo (II) de los diarios de V.W. (4,75 dólares en total)
a las 14,21 te reúnes con J. y S. en el bar del 93 de Bowery, donde tenéis una conversación intrascendente (alguna que otra maldad acerca de…) y bebes una copa de un vino blanco de un sabor muy afrutado (excesivamente afrutado)
vuelves al taller (15,09) y trabajas (Tori) hasta las 16,12 de la tarde
(sobre las 16,13 te asalta el recuerdo de unas líneas leídas en un libro de… -no puedes atinar con el nombre del autor, por un instante te quedas con la mente en blanco, con la mirada fija en un punto invisible del espacio (que es lo que media entre tus ojos y las cosas, el objeto), inmóvil, casi sin respirar, y todo alrededor (difuminadas las cosas, el objeto) ha muerto, aunque es visible, y está ahí-)
a las 16,27 entras en una peluquería de Kenmare Street, donde tenías cita para esa tarde: esa noche toca teatro
compras un mazo de hojas amarillas y media docena de minas para el portalápiz
compras dos bolsas de fruta en el puesto de la esquina
charlas con …
vuelves a casa a las 18,05
hojeas un libro (pasas las páginas buscando algo)
vuelves a ducharte cuidando que no se te moje el cabello
hablas por teléfono veinte minutos con S. sobre la exposición en Castelli para el próximo diciembre, aún abrigada con el mullido y suave albornoz azul que te cubre hasta medio muslo
a las 19,06 recobras una línea de un libro (otro) que apuntas en el cuaderno secreto
a las 19,09 tienes otra vez miedo
a las 19,11 maldices a dios (a todos ellos)
a las 19,24 sales de casa
a las 19,39 te reúnes con B. en Fischbach
cenas a las 20,03 en Sub con B., L., G. y A.
a las 21,45 función de teatro off-Broadway: Satan in the kitchen
a las 23,58 en casa con H.
H. se marcha a su casa a las 11,19 horas del día siguiente.)
Déjalo ya…
Hay cosas que nadie, nunca, alcanzará a saber.
Como no saber, vivo, lo que serás después de muerto.
Como pensar en un dios (alguno de ellos) omnipotente y creador y no descubrirlo jamás ni a él ni a su morada en el universo. No sabrás ni su Forma Perfecta. Ni su Color. No verlo jamás.
Ha llegado el día grande de su ira: el aceite y el vino, ni tocarlos.
Eras un sueño.
De repente
el árbol comenzó a caminar junto a ella
y eso le hizo sentirse muy bien
verdaderamente protegida
bajo su fronda primaveral.
Tal vez sus poemas…
Pero la poetisa confesó en voz alta y grave y enferma por el humo de un millón de cigarrillos poco tiempo antes de acabar sus días voluntariamente (algo que ella, ella, Eva Hesse, ¡nunca haría, nunca!): “Es difícil, es difícil morir bien.”
En Eva Hesse la muerte fue fácil, porque ella no quería morir, no quería morir jamás. Le vino así, como a traición, fíjate tú…
-Hola, muerta.
-¿He estado alguna vez viva?
-Sin duda, si ahora estás muerta.
-¿Y cómo es que no recuerdo nada?
-Esa es la gracia que te concedemos nosotros, los dioses.
A rodar.
Como artista que es, será generosa en la hora de su muerte (desnuda te vas de la orilla, atrás dejas lo del mundo, pues lo que tuviste por muy alto, largo y ancho o sus contrarios que fuera de él… a él le pertenecía, el mundo era dueño de lo inmaterial, hasta de tu pensamiento y hasta de todo lo invisible e inimaginable, hasta de ti era dueño).
Eres artista la más pródiga sin duda (por ello mueres amada por nosotros), más generosa de ti que de todo lo material que legas (sólo trastos), se diría que, humildemente, hasta te has troceado meticulosamente, trocito a trocito de carne, de músculos y huesos…: donas hasta tu alma, que es aquello que se concreta más allá de las industrias y afanes del cuerpo.
“Yo fui artista porque quería soñar… No soñé nunca ser artista.”
Al igual que un Caballero Andante:
"... dio su espíritu (podéis despedarlo cuanto gustéis), quiero decir que se murió."
Déjalo ya...

miércoles, 9 de abril de 2014

HESSE 136

En ocasiones no cree lo que dice, pero se dejaría matar por que fuese así en el momento que las palabras salen de su boca: exige respeto cueste lo que cueste. Aunque, lo mejor, siempre, es que no te crean.
¿Y qué dice que espera que no crean?: su obra (eso la magnifica, la dota de la aureola de cierto mérito incomprensible estético). Su obra… incorregible, imperfecta.
Cómo decirlo…
(El otro: “No he hecho una obra: me hecho a mí, penando, corrigiéndome, y me paseo por el aire, como un cronopio. Lo he conseguido. Yo soy mi obra, y ahora me la llevo al cielo o al infierno con el cáncer o las venas rotas–qué más da-, y os quedáis con un palmo de narices.”):
“Tenemos un montón de notas manuscritas suyas garabateadas en las servilletas del bar del hotel Chelsea.”
“Revuélvanlas un poco: algo saldrá de ahí. ¡Ja!”
“Nos atenemos a su condición de reliquia, no de testimonio.”
-Pero ese arte ya ha dejado de ser rastro, una huella memorable  del pasado: su fácil metamorfosis (de la naturaleza que fuere) lo ha convertido en una simple sugestión: sacralizado por el interés o una intención torticera su cometido ha dejado de ser eminentemente plástico y adquiere así una dimensión grotesca, puesto que materialmente su valor es despreciable y su contemplación tampoco te adentra en el jardín del edén.
-Como los textos literarios, muchas obras de arte son realmente traducidas a otros idiomas. El arte no es un lenguaje universal: no habla cinco mil lenguas a la vez: tú eres el discurso que se agrega a su imagen (, de cualquier parte del mundo, y tu jerga particular).
“¿Crees que podrás sacar algo en claro?”
Déjalo ya…
¿Wittgenstein…? Me atraía mucho más en aquello que no entendía de sus páginas (lejos de los pesares y lo biográfico) que sus rarezas inteligibles y chocantes, precisamente porque no se me ocultaba que en esas razones oscuras anidaba lo genial de un pensamiento esclarecedor, diáfano (por más que yo no pudiera entrar en él)…
(En cierto modo, acabo de darle las claves de mi obra.)
Tal vez esté equivocada en lo que hago, pero eso, una vez la decisión fue tomada, carece de la más mínima importancia: lo catastrófico sería no perseverar, ahora, en la forma elegida (vivir es defender una forma, Hölderlin).
Despierta en plena noche. Tiene hambre. Pero también tiene miedo. Al cabo de un rato se ríe con ganas (“Tengo miedo, y me queda un mes de vida…”).  Abandona la cama. Se viste. Afuera, que es el silencio de adentro, no hace frío. No se ve un alma por las calles. Una mujer en la noche, una mujer sentenciada empieza a caminar más libre y segura que nunca. Alrededor es un desierto de piedras. No deja de andar Bowery arriba, entre sombras furtivas, ruidos indefinibles pero quedos, quejidos (o suspiros) apagados. No se cansa. Siente el leve aire nocturno en la cara como una caricia refrescante y benéfica. Aspira un olor a piedra y metal sosegados, el magnífico y condensado aire de la noche. Dobla esquinas sin esperar fantasmas ni la hoja del cuchillo. Acaba en Rattner’s, ya en el East Village: “Buenas noches nos dé Dios.” Regresa a casa comiendo un pedazo de queso suizo de mediano sabor. Mastica despacio y alza la vista de cuando en cuando al cielo negro: no tardará en amanecer. Qué miedo la grisura agrietando ya la negritud de la noche, resquebrajando la hora del sueño.
Duchamp: la indiferencia.
La indiferencia también puede ser asco.
-Su obra, ¿cómo está… escrita?
-Con técnica mixta.
-Yo leo para entretenerme.
-Magnífico. También yo escribo para entretenerme.
En cuanto a…
En vela, una yacente en la oscuridad: la conciencia es la carne.
Hace mil años:
había que
cine francés (Godard, por ejemplo)
Burroghs (por ejemplo)
teatro (de Grotowski, y Artaud y Beckett, Weiss, Arrabal y…) de todos ellos que hacen del decorado una provocación, un acto de desorden, de violencia, de crueldad, de absurdo, de repulsión, un escenario donde la palabra sea el sobresalto y lo inesperado, un circo, un happening
lo más parecido a un actor es un artista
y el arte será espectáculo.
Seamos artistas.
“¿Somos hermosos, luna?”, citó mal.
Que sea.
“He nacido para que me hagan añicos”, volvió a recordar (esta vez con acierto).
¿Qué suerte depara el destino a un artista que siendo honesto (y sabiendo que lo es) perpetra un arte que es un fraude (y no lo sabe) y mucho antes del final queda al descubierto ante sus ojos?
En el arte (pero ya no tenía ni fuerzas para hacérselo entender) todo lo que es normal es innecesario: ya ha sido. Aunque, naturalmente, uno puede entretenerse cuantas veces quiera repitiéndolo. (En efecto, hay ideas que se fabrican en serie, y a pesar de que a la larga resulten inútiles, son realmente baratas.)
No arrastro ninguna imago hasta aquí (que es el final): mis imágenes son las del futuro.
Además, en arte, siempre es el pasado. Es la conciencia de tu presente como ser vivo lo que hace que reintegres lo que haces (la forma de tu tiempo) a aquél sin perpetuarlo con la repetición evidente o solapada pero siempre indeseable.
¿Se adelantó a su época? No, siempre son los de después los que te comprenden mejor: los tuyos sólo te ignoran o te desprecian.
El retrato de la Stein (en Montmartre posó ante Picasso a lo largo de noventa sesiones, a la vez que escuchaba de labios de Fernande las fábulas de La Fontaine para que no se aburriera demasiado mientras permanecía inmóvil durante horas):
-No se parece…
-No se preocupe, ya se parecerá.
(-En el Met no hay nadie que no la reconozca, Miss Stein.
-Te diré yo…)
En arte, no manda tradición. A fin de cuentas, ¿qué son las tradiciones? Son como los inocentes juegos de los niños, aunque perpetrados por los adultos.
Hablas demasiado.
Hasta ahora, mudo permanecía.
(Estaba en un rincón, agazapado y palpitante, invisible y con la boca cerrada, hasta que la mirada de uno de ellos lo cubrió de luz, lo reveló, lo materializó.)
Había que…
Ah, noviembre, de nuevo. Con temor. Con el cosquilleo de la expectativa, pues todo comienza ahora que parece dormir.
En la ciudad o en el campo, en el bosque o en las calles, algo semejante a la angustia (y secreto anhelo) penetra en tu corazón cuando noviembre aparece en el calendario y al sol se estremecen levemente las hojas de los árboles en estas primeras mañanas frescas y claras del otoño.
Luego, pronto, la grisura y la noche veloz.
(Teme que en su mente marmórea no haya lugar para las modificaciones que son necesarias.)
Y, sin embargo, rumia con obstinación, día tras día en esta antesala del invierno atroz que ha de irrumpir rugiente y helado, los cambios que han de florecer en primavera:
si haces siempre lo mismo, te equivocarás siempre igual; entonces, ¿qué enseñanza podrás sacar de ello?
Indaga en lo desconocido, que es las chocantes disposiciones y el desorden de lo ya conocido.
“Pero ¿cuál es la verdadera historia?”, se pregunta alarmado aunque inmutable Bernard en The Waves. “No lo sé. Por ello guardo mis frases colgadas como ropas en el armario, en espera de que alguien se las ponga.”
En cuanto a…
¿La historia que se cuenta…?
Una mariposa teje con su revuelo en el aire la imprevisible y fortuita nomenclatura del cuento, un cuento cualquiera. Esa historia incluso es invisible: se ha desvanecido en el aire en el mismo momento de su creación.
Habitas en el interior de una encarnadura viviente que no es precisamente tú, son demasiadas cosas tu yo para que esa pobre imagen que no ha de resistir el paso del tiempo succione desde afuera lo más recóndito de la cueva, lo mastique (lo hable), termine representando ante los demás hasta el último de tus pensamientos allí cobijados y, al fin, lo regurgite hacia adentro de nuevo …
Déjalo ya…
El fin… es el proceso.
No prorrogues lo inacabable. No persigas su fin. Trabajamos entelequias que pueden revestirse de una forma u otra. La pretensión aristotélica era un engaño. Algo es así porque yo quiero que sea así. Ni siquiera la suma de dos números es perfecta, es una aproximación. No existe una lógica interna que avale un proceso formal. Y si lo hubiere, es una gratuidad, puesto que podría sustituirse por cualquier otra. Es el exterior lo que lo testifica del todo, lo sentencia definitivamente y ello debería bastar para expulsar de los ojos del espectador toda retórica interior (supuesta o pretendida). Revela la intención original, y la voluntad de llevarlo a cabo. Incluso su acabamiento, fracaso o éxito:                                                                                                             
En arte acabar algo es, simplemente, dejar de retocarlo (dejar de estar modificándolo…)
(Zenón: hasta la eternidad ese recorrido: no llegarás jamás a tu destino… ¡antes morirás! Y el objetivo final… Puedes estar mirando un objeto y sacar un millón de conclusiones, millones de pensamientos, un millón de secretos.)