viernes, 2 de enero de 2015

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Sin embargo, ellas, las dos hermanas, seguían bajando la vista, oraban y respiraban el espeso aire de la sinagoga decorada con vidrieras azules y amarillas. En verano: al campamento judío. Una suerte de aprendizaje para el kibutz, si se diera finalmente el caso.
Te amarán si eres hermosa.
Pero, ¿podrás amar tú?
¿Quién soy yo?, se pregunta sin apartar la mirada del espejo hasta que finalmente ya no se reconoce en él:
Yo… soy otra.
El lenguaje es algo muy diferente a las palabras: éstas exigen un orden, y aquél es una pretensión.
Pero aquél se vale de éstas.
Son éstas las que desarman a aquél.
Las usurpaciones.
Papá se casa de nuevo: sepulta a la pequeña Evchen bajo una intrusa Eva Hesse: la madrastra del cuento.
¡Pero hasta se llama como ella! ¡No quiero un doble!
¡Maldita perra!
Créate una vida. ¿No se ha dicho que mejorar el estilo es mejorar el pensamiento?: créate una ficción.
El Arte es La Guarida Perfecta.
Chitón, y la vista baja. A nada imites. Klee: eine Zwischenwelt.
Y ahora hay que asignar nuevos papeles en este Gran Teatro que en su acto final siempre acaba como un guiñol inocente y sin significados complejos: corta los hilos, corre el telón. Queridos niños, volved a los sueños. Creed que sois artistas. Ved el mundo como un decorado de cartón y de trapos tan minúsculo como el que se alza ante vuestros ojos en este pedazo del parque envuelto en la grisura de la tarde dominguera que ya muere.
El cartel admonitorio se había erigido hasta en la más pequeña calle de Hamburgo, poco antes de escapar de la quema:
JUDEN
Sind in dieser Ortschaft
nicht erwünscht!
Y también en los cincuenta: una buena hoguera de libros y si hubieran podido hasta de leftists.
Los cincuenta:
Señor Hoover, ¿existen realmente Los protocolos de los siete sabios de Sión?
En el noticiario de Murrow, en la CBS, El Gran Defensor de la América Libre el senador McCarthy proclama “su peregrina inocencia, su razón histórica y la culpabilidad de todos los otros, los enemigos de los americanos de buena fe”.
La América Fuerte se asienta sobre cimientos de oro (mucho más fuertes que el acero) y el ojo vigilante de Joe McCarthy.
Leve sería la purga, pues el Poder se reviste de mil formas, y todas adecuadas.
Todavía:
Celebran felices aniversarios repasando y leyendo The Jewish Family Year Book. Pasan las páginas casi sagradas mientras aspiran el benéfico aire de libertad que proveniente de los huecos de ladrillo sucio de humo de las ventanas abiertas hincha sus pulmones.
Abre las páginas del libro grande. Mira las ilustraciones: estatuaria griega, el arte antiguo. Inmortal. No del todo: al paso de los siglos los campesinos rompen en pedazos las esculturas para levantar muros, fortalecer bancales de piedra seca, alzar paredes de mármol en la montaña provisora de alimentos.
Retrasa el miedo.
¿Por qué creces? ¿Qué diablos es esta desconcertante materia con poder de metamorfearse, de evolucionar carnosa e intelectualmente?
Aviva el futuro: envuelto viene en papel de regalo, satinado y  de colores brillantes (plata, azul, rosa…)
Las ilusiones de lo venidero se alimentan del estiércol que sedimenta el pasado.
A los cinco años los colores huelen: huele la mañana líquida del verano, las tardes aburridas del otoño, la oscura luz del invierno, la noche amarilla y eléctrica, el amanecer de piedra.
A los siete descubres que los adultos están locos: exactamente, ¿qué hacen?, ¿cómo se las arreglan?, ¿de qué hablan?, ¿qué conspiran?, ¿qué se creen?, ¿POR QUÉ HAN CRECIDO?
A los nueve años eres peligrosa: ya no hay preguntas: el fingimiento entra en acción.
A los diez años de la edad cuaternaria todo ha acabado: sabes que las puertas por muy pesadas que sean se cierran a lo desconocido y se abren a la desilusión.
A los once años todo son terrores.
“Veo un monstruo”, dice.
¿Un monstruo?
Lo repite innumerables veces.
Pasan los días, las semanas.
Ve un monstruo.
El psicólogo apela a oscurantismos y a los fáciles traumatismos en la conciencia infantil: la madre, la ausencia, la madrastra, la raza culpable (¡matar a Dios!)…
Al final, descubren la verdad: no habita en los sueños, no hilan su angustia las pérfidas pesadillas y los delirios nocturnos, no viola su inocencia endriago o espantajo mientras duerme.
Todos los sábados acude con unos familiares a Central Park. Antes, la recogen en la 56. Y al cruzar Times Square, asoma el monstruo: el cartel con la enorme cabeza (tan grande como una casa) de El hombre de Camel que, entre letreros de neón, cada pocos segundos expulsa humo de verdad por la boca.
Un dragón a la luz del día. Preside festividades. Crea los miedos futuros.
A los once años: sé una buena chica y en un par de años más búscate un novio correcto, un buen americano, un tipo decente, un Scout Águila. O así.
Sin embargo, durante unos años más aún se le vería sobre su cabeza el pollo (y el alma inocente).
“A tu salud”, y se bebe un par de San Franciscos. O más. Termina emborrachándose (?). Sería la granadina.
¿La televisión? ¿Una magia? No está una por los portentos que comparten decenas de millones de otros seres humanos. Una no se maravilla así como así, se alegra de que el aparato funcione sin más ni más, sobre todo si están emitiendo tu programa favorito. Eso es todo.
¿Cómo se creó el Universo? De un estallido de cólera. Alguien se enfadó.
Esas ventanas encendidas de la noche de Nueva York no son, aunque a ti te lo parezcan, ojos que vigilan tus andanzas (imaginaciones) de adolescente judía insomne: son, como has descubierto ahora, al final de todo, huecos a una gran tristeza, rendijas al absurdo temporal que es la existencia.
En el dormitorio del padre y la madrastra. Encara las dos lunas del armario ropero. Adopta posiciones: se multiplica diez veces, cien veces, mil veces… perdiéndose en el fondo verde y marino incontable, inalcanzable, el país de las hadas de gestos parsimoniosos y miradas de lánguidas aguas, el bello fango traslúcido que la atrapa con sus manos de terciopelo.
Ella es La Niña de los Grandes Ojos Negros.
El ocaso tiñe de rojo los rascacielos del Lower como si de pronto fueran a calcinarse hasta derretirse por completo y acabar pulverizados en el suelo, un polvo de óxido que se confundiera con la superficie cenicienta del cemento de las aceras… pero todavía, en esta época pre-Moses, en Manhattan se alzan casas unifamiliares de dos plantas y edificios de ladrillo rojo siembran de colorido grandes zonas de los distintos barrios de la ciudad: el lechero aún llama a tu puerta.
¿Quién es mi niña?
¿Quién va a ser?
¡El Capitán América!
¿Y quién no?
Viernes noche, los cincuenta: Sam Spade incendia las radios nocturnas. Sábado noche: al drive-in.
¿Qué quieres ser de mayor?
Toda obra artística o literaria en el fondo no es sino la dolorosa y conmovedora reivindicación del preso que en los muros de su celda escribe la patética leyenda “Yo estuve aquí”, como  afirmación de una existencia que sabe abocada a la soledad, al olvido, a la nada, a la mistificación.
¿Qué quieres ser de mayor?
Quiero vivir en un apartamento antiguo (pero no viejo y no pasado de moda), en un edificio de la calle Setenta y tantos Este (la Setenta y ocho, por ejemplo), que tenga vistas hacia la mitad de Central Park, ser una buena vecina de la señora Glass y sus muy exquisitos e inteligentes hijos, salir con ella algunas tardes a tomar el té y merodear por Lord&Taylor, Saks o Bonwit Teller. Por supuesto, tendría el apartamento lleno de libros y otros maravillosos objetos. Me ganaría la vida pintando o escribiendo. También iría mucho al teatro y disfrutaría de grandes momentos de ocio.
En los primeros cincuenta ir a Coney Island era una aventura en la que lo primero que saltaba a la vista era la mañana acuática y azul, cuando en sus tempranas horas se absorbía por todos los poros de la piel un aire limpio, nuevo, aún fresco, pleno de promesas. Ni siquiera la espera en Columbus Circle, el metro atestado de niños, los adolescentes ruidosos y adultos festivos de la línea D y un trayecto que se hacía interminable hasta que durante unos pocos instantes los vagones salían al exterior mientras atravesaban el puente, lograba aplacar las ganas de acudir allí todos los días del pegajoso verano de Manhattan: un millón de bañistas luchando por apoderarse de un palmo de terreno con un sándwich de cebolla frita y salchichas en la mano. El día era eterno, y en la piel se sentía el aire caliente, perfumado y húmedo, y  en los ojos y la mente infantil se comprimían el largo paréntesis de la vida y todo su montón de visiones, sensaciones, sentimientos, alegrías y pesares en ese breve lapso de tiempo que mediaba entre la llegada a las olas mañaneras y la marcha aletargada hacia la oscura boca del metro. Sólo el regreso al atardecer, cansino y un poco triste, denso de olores y humanidad, disuadía de repetir al día siguiente la correría. Pero al llegar a casa, la noche calurosa y agotadora, la cena poco apetitosa frente al televisor y la ventana abierta de par en par a la calle y sus ruidos nocturnos y su olor a alcantarilla, renovaban paradójicamente la ilusión de volver a la mañana siguiente a la playa y merodear sin rumbo por las barracas de feria y las múltiples atracciones del parque, saturado de olores a fritangas y cremas protectoras y refrescado por la brisa a ráfagas proveniente del océano que hacía volar entre las piernas desnudas papeles y envoltorios. Ay, mañana…
La pequeña Evch
Todo son contradicciones, pequeñas venganzas de Yahvé en tierra de gentiles.
Sus pequeñas orejas, libres del gorro invernal, en el aula bien caldeada de secundaria, reciben como bofetones las invectivas que el calvinista Jonathan Edwards prodiga en los libros de textos para todos los alumnos blancos y negros, judíos y ortodoxos, católicos y budistas: viles e impíos israelitas… (hasta parecen mascullar las líneas elevándose de la página colérica).
Pero papá Hesse le espera en casa con la Tora sobre las piernas y un antiguo ejemplar asepiado de un Lebanon Light encima de la mesa. Se trata de dogmas: el Tiempo ha de pasar, y cuando crezca se habrá convertido en la anti-dogmática por excelencia: el arte es un lenguaje universal desde el que profesar la apostasía más liberadora.
Papá El Vendedor de Pólizas, este hombre sólido y culto, El Buen Judío Alemán, es uno de esos tipos que no es que reflexionen sobre su pasado, es que huyen de él. Este abogado ahora americano sin estrado no deja de pensar, mientras calcula primas de riesgo, que el pasado es lo que se halla en el interior de uno mismo y no lo que has dejado atrás.
Mucho después de ese pasado (engañosamente después): en septiembre de 1946 la niña de oro ya elegida por los dioses logró reunir los 44 números de Ha, Ha que habían llegado a los quioscos hasta esa fecha. A 10 centavos el cuadernillo: 440 centavos: 4,40 dólares en total. Observaba el rimero, que casi alcanzaba la altura de sus rodillas, ante la recelosa mirada del Dad, que por una vez no sabe qué pensar de su hija. Pero la pequeña compiladora lo que más admiraba ahora no era el contenido ya archisabido de los sobados ejemplares, sino el volumen ascendente, con vida física propia: una instalación (y los colores del pasado), lo familiar de las historias, recordar los chistes, las viñetas, tal vez el momento de la lectura, los olores, aquella vida tan reciente e intensa…
¿Qué quieres ser de mayor?
Eterna.
Un tipo delgado y de expresión malhumorada, de mirada espesa, ataviado con una ropa oscura y polvorienta que parece despedir olor a desván cerrado durante siglos, con un casquete en la coronilla, los ha contado: 613 mandamientos.
Estupefacta debió quedarse la que sería La Mayor Iconoclasta del Arte.
Fuera de los muros, es de todo punto imposible acatar las prescripciones.
El violeta es el color de la sabiduría.
Preludia la noche. Y antes de los sueños, el pensamiento, la reflexión…
¿Aún de niña y en esas estamos? Difícil de creer.
Hola, fantasía.
Estaría bien ser astronauta. Una nueva profesión nacida en la década de los cincuenta. Especialmente indicada para niñas de trece años. Era su secreto más íntimo, su sueño más descabellado y, por tanto, más hermoso (¡la de panorámicas que habría allá arriba!) Hasta que un día se enteró merced a un alma caritativa que el líquido que consumen los viajeros del espacio es orina y sudor reciclado. Puaf: vuelve a poner los pies en la tierra.
A los quince años: ya eres muy mayor.
Pero cuida las reglas y las emociones.
Lo judío, el estigma, el peso de la culpa…
Por la noche, frente la TV.: Studio One.
Porque aún es La Chica Que Nunca Sale De Noche.
¿Qué te lleva al arte?
El vacío:
Existe una manera de re-crear el mundo, de hacerlo invisible en sus torpezas y malandanzas.
Va a rellenar ese hueco, ese batiburrillo al que va a saber ponerle nombre de una vez por todas.
Como ella es evidente, creará una obra de claros perfiles y oscuras intenciones.
¿Adónde vas, sacrílega?
Exposición en…: “Cogeré el tren”, dice.
¡Conserva tu celo y respeta el sabbat!
¿Saldrá adelante?
No es una paria pero… tampoco es who belongs.
¿De la tribu de los Vanderbilt, de los Kennedy, de los Belmont, de los Morgan, de los Carnegie, de los Astor…?
No…
De la tribu de Israel.
La madre.
La sombra de Hamlet.
La palabra de agua.
La verde bruma del bosque.
El olor tibio de la sábana blanca.
El olor de la lavanda.
El aroma marino de la mañana azul del verano.
Un año después, el Gran Teatro del Mundo vuelve a alzar el telón.
La vida sigue.
Enero:  no busques a mamá en la fría y nevada Times Square del 47. Dejó la comedia de la vida que… sigue.
(En el Astor: Cary Grant, Loretta Young, David Niven: The Bishop’s Wife.)
Madre que nace y mata a tu hija.
No saludes a la tristeza: tampoco llevas en el alma la supuesta culpa de haber sobrevivido al lager. “No estuvo allí”, podría rezar tu epitafio.
En Central Park, que era como viajar fuera de la ciudad, le gustaba atravesar el lago por el levemente empinado Bow Bridge, en dirección a Cherry Hill: cerraba los ojos, que no acabe nunca, que no acabe nunca… pero el arco de llamativo hierro forjado terminaba demasiado pronto, le hacía descender aprisa, mucho antes de que empezara a soñar, y entonces se encontraba con… lo de siempre: hora de volver a casa.
Las cosas, mejor en serio. Empecemos por el principio: el arte es una mercancía, una puede vivir de él, es un producto a la venta como cualquier otro. Manos a la obra:
Se necesita marchand
Buen mensaje. Y ahora las advertencias. Aclaremos las condiciones. No vayan a creerse…
Con seriedad, así de sencillo. Acudirán como las moscas a la miel.
Si lo sabrá ella.
Una sabe lo que se hace: “Hablamos del 33%…” (estrictamente, ni un punto más).
Atentos:
-¿La señorita Eva Hesse?
-La misma.
-Me complacería muchísimo vender sus obras, mi querida amiga.
-Deme su tarjeta, señor…
-Durand-Ruel. A sus pies, madame.
-Muy bien, señor Durand-Ruel, ya me lo pensaré.
-¿Con quién tengo el gusto, señor?
-Me llamo André Level… Dispongo de grandes espacios para exponer sus obras y representar sus esencias de artista plástica allá donde fuera menester
-De momento bastará con su tarjeta.
-Como guste, madame.
-Merci.
-Merci, madame.
-¿Sí?
-Vollard.
-¿Vollard?
-El mismo y sus zapatones, mi querida señora. Tiene usted abierta la puerta de mi casa en la rue Laffitte.
-No me gusta su cara, señor Vollard… Tiene cara de pillo. Buenas noches y hasta nunca. Y si alguna vez aparezco por la rue Laffitte será para hartarme de comer pasteles con miel y nueces.
-Madame, ¿eso es todo?
-¿Le parece poco?
-Me parece… poco parisiense.
(Pues aprenda a hablar en neoyorquino.)
-¿Sí, dígame?
-Kahnweilwer…
-Ajá…
-Mire…
-Creo señor Kahnweiler que usted y yo nos vamos a llevar muy bien.
-Me alegra oír eso, miss Hesse.
Peggy Guggenheim, Castelli, Parson, Egan, Julien Levy…
-¡A la cola!
-¿Marlborough Galleries?
-Podríamos entendernos… Pero tendrán que esperar. Déjenme pensarlo.
En realidad, no es nada difícil. Se trata de una formulación que no exige excesiva dialéctica:
a)   valor de la obra comunicado por el artista;
g)   valor de la obra tasado por la galería;
vp) valor de la obra alcanzado en la venta.
-Dígame, señorita Hesse: ¿el valor estético ha de subordinarse al valor económico?
-No sabría qué decirle… Yo sólo soy una artista. Son muchas las cosas de las que no entiendo nada. Yo estoy entregada a mi arte… Es lo que me importa.
Claro.
(Pero implora a todos los dioses que aparezca un Mellon que le compre toda su obra y, además, le construya un edificio para su exposición pública.)
Huye El Perseguidor de los parques, donde no puede estar ella encerrada en el estudio aplicada y absorta en sus tareas de artista apresurada, y donde puede encontrarse el futuro rancio de Los Hombres de las Manos Vacías, ignorantes del Tiempo, vencidos en Los Parques de los Niños Muertos y Los Perros Vagabundos, darse de bruces contra toda esa nadería (tan letal).
Por esa época aún podías descubrir olmos en los patios traseros de algunos edificios de las afueras de Manhattan. Y, sin duda, en muchos de los de Brooklyn. Queens sólo era un boceto, un futuro tristón, de calles anchas y almacenes destartalados, un paisaje urbano aún desolado.
Habla del día de mañana. El pasado no ha sido amable. ¿Lo será el futuro?
¿Lo es el presente?
Sólo puedes inventar lo porvenir (que graciosamente puede vejarte o aun matarte sin miramientos).
¡Oh, Mujer, mata a la madre, despoja al padre!
Tómate un helado. (“¿Sabes lo que significa Häagen-Dazs?”)
El pasado no ha sido amable.
Ha sido traicionada.
La madrastra.
Años después, 1970.  De nuevo sola (a solas con el monstruo que se pasea por el interior de su cerebro):
arropada entre las sábanas del invierno, sintiendo la nieve de afuera que cubre las frías y negras calles, recuerda ese personaje de Faulkner que descubre que su padre ya le había hecho el mayor daño al darle la vida… Ahora poco más había que temer de él… “Ahora, la culpable soy yo…”.
Daddy, qué buen alemán se perdió por ser judío: desde el cálido y confortable hogar hamburgués atento habría estado a los avances incontenibles de la Wehrmacht en el frente ruso silbando por lo bajo el poemilla de Leip  musicado por Schultze.
Arrival.
A tiempo de los iconos llamativos e inocentes: el cilindro tricolor de hipnótico movimiento a la entrada de las peluquerías; la puerta de las tabaquerías custodiada por el lacónico y majestuoso cigar-store indian… ¡Cuán extraños símbolos! 
El parque dorado o blanco, rojo o verde: donde corren, pasean y dejan pasar el tiempo los que tienen mucho (son los fugitivos del parque, simples sombras que se deslizan veloces) o poco que hacer las (frustradas poetisas, las amas de casa desesperadas que han perdido el dinero de la comida en la lotto, los hombres tristes de pelo blanco sin nada entre las manos -ni un periódico viejo y amarillento que disimule su postración-, expulsados de los hoteles baratos del Lower hasta el mediodía, los mirones del día que languidecen al sol hasta la noche…)
En Nueva York el exilio dura un instante: aun con las maletas en la mano, al cabo de dos pasos sobre el empedrado de los años cuarenta la familia Hesse allega a la condición de emigrantes en busca de La Tierra Prometida. Tres pasos más y los orígenes son cuatro legajos sin importancia en el Nuevo Mundo y un álbum con las rancias fotografías familiares de unos antepasados muertos y difusos. Sin embargo, en ese crisol indefinible de todas las razas, también existen una clasificación animal más que social: a los neoyorquinos de una generación (irlandeses, polacos, armenios, alemanes, suecos, italianos, rusos, negros, portorriqueños, judíos, holandeses, mexicanos, chinos, turcos…) los Hesse se les antojan unos advenedizos de Manhattan o del barrio judío de Williamsburg al otro lado del puente.
Primero un aparato de radio RCA; luego, el coche familiar. En seguida un aparato de televisión de veintitantas pulgadas. Y habrá que empezar a aprender a cortar el césped…
Y algo más: Rosa Parks se niega a bajar del autobús
Los tiempos están cambiando.
Qué te parece.
Oh, qué bonito: las hermanas Andrews.
En este país tienes que bajar la vista para ver TV.
¡Qué Gran Melodía Americana! ¡Uaaaauuuuuuuuuuuuuu!
¡Mátese en un Chevrolet, el coche de los jóvenes!
Fortalezca sus arterias saciando su hambre (sea blanco o negro) en Kentucky Fried Chiken.
Fume Cherterfield: sus pulmones se lo agradecerán.
Technicolor: TELÉFONOS BLANCOS.
Ejércitos de muchachos negros comandados por la señorita Elizabeth Eckford invaden los institutos y se atrincheran libros en mano como armas arrojadizas entre los pupitres.
El arte… Dice su padre, y mueve la cabeza resignado… El arte del siglo XX, el tóxico, la ponzoña del espíritu.
Ella, la pequeña… (etcétera) se desconcierta ante la insolencia paterna.
Podría contestarle, si en lugar de hablar…
¿Pues no es arte todo lo que ve? En sus ojos está la magia. La técnica es el simulacro.
¿Quién es ese tipo?
La llave: un tal Beuys: Düsseldorf, 1965 (todavía habrá que esperar). Beuys: ¡su santa Croce! (Casi muere de éxtasis.)
El arte y la vida son inseparables (pero la vida de ellos: la realidad… ¡Es tan diferente!)
Esconderse era su juego preferido antes de la Era de los Saltos al Vacío.
Imaginaba el bosque más intrincado, mágico, de llamativas espesuras y de arbolado fantasmagórico bajo el cielo azul pálido surcado de nubes deshilachadas en franjas atravesadas de un dorado antiguo. Anegados por una luz de verde apagado y oro crepuscular los troncos y las ramas trabados en múltiples enredos parecen trazar un alfabeto retorcido, oscuro y, sin embargo, tan sugeridor de leyendas, arrebatos sublimes, amoríos y besos apasionados, muertes gloriosas. Años más tarde descubriría materializada, como atisbando por una grieta, esa otra realidad que se empeñaba en acompañar subrepticiamente la realidad exterior en su anodino discurrir, que avivaba algo ese amorfo y convencional escaparate de los días del presente infantil y eterno que aquella realidad oculta combatía a brazo partido: Atalante y Meleagro cazando el jabalí de Calidón. Era un cuadro de Rubens, el pintor que menos le gustaba de su época. Pero le hacía fantasear.
(Todo parecía ajustarse en el inmenso rompecabezas de piedra que ella iba armando laboriosamente: se acoplaban los centenares de fragmentos, emergía la gran figura poco a poco: sacrificio, heroísmo, la epopeya, los dibujos...)
De pequeña le encantaba hacer listas. Y de mayor. Hasta de las cosas más fútiles.
Addler.Behrman.Bellow.Berenson.Berkowitz.Bernstein.Brining.Butterweisaer.Cahan.Calis.Cohen.Cournos.Deutsch.Drachman.Feinstein.Ferber.Fineman.Frank……. Winslow.Wise.Yezierska.
La Alicia real que era ella miraba fijamente la imagen reflejada en el espejo durante interminables minutos hasta lograr abstraerse de lo que veía de tal modo que al final vaciaba su mente de cualquier definición o concepto: era su imagen pero ya no era ella. De adulta, invertía la conclusión: era ella pero ya no se reconocía en la imagen.
“Pues esta es toda mi teoría del arte”, se dijo. La clave, por así decirlo, que desentrañaba sus intenciones.
Ítem: Comprendió en seguida:
huye como de la peste de los lugares comunes,
del bodegón,
del retrato,
del paisaje,
de las marinas tumultuosas,
de las academias…
todo ese tratado aristotélico, el Topiká de las Artes (Bellas).
Modosita, alguna licencia rebelde, nada grave: no es ella, ni siquiera, como ese personajillo de la novela de William Faulkner que lleva muchas veces escapándose de casa pero siempre vuelve a la hora de las comidas.
Estoy sentada en la cima del mundo…
Y voy rodando
Voy rodando
Voy rodando…
No es una colegiala, pero se emociona: el mundo en colores. Como debe ser. La NBC lo mete en casa. Ahora la adolescente, sueña mejor. Compra las barras de carmín en una Five and Ten.
Le da un buen bocado al bagel (sin dejar de andar para ahorrar la ficha del metro): “Sobre blancos manteles de hilo, con cubiertos de plata, en vajillas inglesas, sorbiendo los mejores vinos en cristalerías Schott, he de comer acariciada por la luz de las arañas resplandecientes.”
1949: “Voy a patentar un color… Sólo para mis ojos… El color verdeagrisadoazulvioleta…”
“Magnífico.”
“Eso es lo que voy a hacer.
1960: Se patenta el IKB (International Klein Blue).
¿Qué hacemos con tu pelo? Su naturaleza y calidad permiten que pueda prestarse a cualquier ocurrencia estética.
Una cabellera puede esculpirse, adaptarse a la forma del pensamiento más aún que a la máscara del rostro.
¡Qué de horas frente al espejo! ¡Qué de personitas brotando de la luna del armario!
Eva con la melena lisa y la raya en medio, los grandes mechones frontales moldeados hacia dentro, el tono oscuro y brillante; Eva con el pelo largo al natural, de graciosos movimientos, de escaso corte de tijera; Eva con media melena y flequillo hasta las cejas; Eva con flequillo corto y recto, de corte geométrico; Eva de nuevo con la melena al viento, una larga cabellera de medido relieve que se enrosca en atractivas ondulaciones; Eva con el pelo corto, de flequillo alargado, peinado en bloque a un lado (el izquierdo); Eva con el pelo corto, de flequillo alargado, peinado en bloque a un lado (el derecho); Eva melancólica, la mirada dulce, recogida la suave cabellera en un moño bajo y trenzado, romántico; Eva al estilo pixie, con el frontal que casi tapa los ojos…
Quizás el sexo resolviera estas pausas temibles, este maldito mal olor:
“Por entonces una chica lista tenía en la mano pecadora el informe Kinsey y en la otra todavía más pecadora Human Sexual Response, de William Master y Virginia Johson.”
¿Sería bastante para excitarse?
Mientras tanto, se viste como La Perfecta Joven Americana: la ve venir hacia él a paso ligero, con la mirada azul oscuro casi negro de sus ojos al frente, esbozando una sonrisa de sorpresa: viste un jersey azul celeste con dibujos jacquard y una falda larga de pana verde botella.
Mientras tanto, ella a lo suyo (y eso que se halla asediada por ese tipo de damas que van y vienen hablando de Miguel Ángel…)
Mientras tanto la vida, las estaciones, la nieve, la lluvia, los árboles verdes, el aire marino del verano, la vida… (eso que
pasa…).
Y, ojo: cuidado con ese cuerpo judío, decente y sano, asediado por el donut y el chocolate y los cereales azucarados americanos, no lo cebes demasiado (deberían llevar una advertencia esos taimados envases y envoltorios de papeles brillantes como el pecado más tentador: BACK AWAY, FATTY).
“Hola, gorda”, te dice el espejo cada mañana. El vómito está bien, pero… ¿Qué tal si sólo hueles los alimentos? Que se sacie tu nariz, no tus muslos ni tus nalgas. Al paso de los años, las ocurrencias han de ser tan verdaderamente ingeniosas como el arte de su tiempo: gafas con lentes azules, lo que convierte la comida en poco apetecible; una docena de galletas  y seis litros de agua a sorbitos al día (receta mágica quitahambre); dieta respiracionista: se puede vivir del aire y el sol sin mayores alharacas; ni un solo puto carbohidrato en toda tu vida; dos inyecciones nutrientes diarias bastan para mantener las narices neutralizadas, la boca cerrada y la conciencia en paz en Puglia o en la pizzería de la calle Crosby; verduras y hortalizas rociadas con esprays con sabor a fuagrás, carne de vaca o spaghetti a la carbonara; cóctel de vitaminas por vía intravenosa, zumo de limón al mediodía y una manzana antes de meterse en la cama…                
A mediados de los 50 algunos millonarios compraban páginas enteras a modo de publicidad del New York Times para atacar a placer, indiscriminadamente, todo el arte moderno.
Esas eran las épocas.
En Yale: pero desarrolló un instinto especial para huir de los tipos trajeados en Brooks Brother con el pelo cortado a navaja (malas influencias, auténticos envenenadores de un talento, digamos, natural, sin mistificaciones aún).
 Papá: “Creyente o no creyente, eres judía, Evchen.”
(Podrías haberte llamado 174517 (ó 174516 ó 174518, y, ya en el futuro, asfixiada y muerta tú en el pasado, no habría pasado nada, todo hubiera seguido su cauce: tu obra habría acabado en manos de otro u otra.)
Quizás yo me haya equivocado (¿te la has creído alguna vez de carne y hueso?), y sólo sea una chica que trabaja.
(Mas no eres tú su verdugo, eres un simple actuario, peor aún, un iletrado mirón, no eres su verdugo alemán bien vestido con sombrero de copa y levita que le corta la cabeza.)
Bienvenida a la sangre.
Apuntaba alto: luchaba por codearse en el MOMA con Stella, Rauschenberg, Jasper Johns, Nevelson… Bienvenida a la guerra.
Sixteen Americans: de diciembre de 1959 a febrero de 1960.
A ver que me enseñan estos…
Cuando conoció a aquel hombre supo que iba a ser feliz, pero también que podría llegar a ser muy desgraciada.
Julio 61.
35 grados
Bad Boy. 14 con la Tercera.
En Mary’s.
El Gran Tipo: D.: en el segundo encuentro lo ve engullir una hamburguesa doble con queso y salsa barbacoa a la vez que picotea grandes tiras de patatas fritas crujientes (de sonido perfectamente audible en la misma acera desde donde lo ha descubierto al otro lado del ventanal), todo ello empujado hacia dentro mediante grandes tragos de espeso batido de vainilla.
Entra en el local con repugnancia.
“¿Qué deseas tomar?”
Aparta la vista de todo ese montón de grasa artificial y animal, de toda esa provisión nutritiva.
“Té frío, por favor.”
“¿Y tú quién eres, tío?”
Tu marido (durante unos pocos años).
Moleskine: agendas, grueso papel para dibujar acuarelas. (Pero tú escribes en cuadernos infantiles rayados de tapa dura, y tu escritura mancilla, y no celebra, y no…)
Enero-66:
todos los suicidas callan lo que saben
todos los suicidas dicen la verdad de una manera u otra.
No esconde que sus intenciones no son la de convertirse en una mujercita que hojea (ni siquiera lee) Ladie’s Home Journal mientras escucha las canciones melosas que a toda hora emite la radio como una gran baba, como una gran baba gigantesca e inconmensurable capaz de anegar la ciudad toda.
Sus miras van más alto.
“Enhorabuena, profesora.”
“Ahora, a buscar alumnos.”
“No será tarea fácil, si bien es cierto que existen muchos hijos de buena familia descarriados.”
En fin, en el año de tu licenciatura cualquier instituto (hasta en el mismo Bronx) tenía por 150 dólares semanales un profesor de arte a las puertas esperando una contratación, y puede que arrodillado, con los brazos en cruz y el diploma de la licenciatura  entre los dientes.

jueves, 1 de enero de 2015

1

Sabemos muchas cosas que no hemos aprendido.
A aquella chica le gustaban los colores.
Pero no como pueden gustarle a usted y a mí.
Hablo de algo diferente.
Inefable: difícil de explicar; cuando menos, escurridizo.
Dijo: francamente, una puede escribir con ellos. Y, además, sin necesidad de explicarse.
¿Colores?
Bueno… El arte y todo eso, ¿entiende?
En el principio (en lo innato):
“Los colores hablan.” (Son. Aunque todo es un espejismo, una treta especular de la luz.)
Ella, artista mística, observa paciente las tres reglas básicas de la comunicación (K.(andinsky) dixit), hasta que un día descubre que el color en el arte es nada más que una imitación: sólo la forma alcanza a ser incontestable, original, se explica por ella misma sin apelar a ninguna otra referencia si no se tiene por réplica, es, y delimita y garantiza su propia existencia con independencia de su significado.
Así que dejaron de gustarle los colores. Preferiría el caos de las formas, las asperezas y los contornos irregulares de las hechuras mundanas. Ella las organizaba dentro de un desorden que mucho tenía de inevitable misticismo, una espiritualidad rara.
Una especie de patchwork, un centón luminoso que alegraba sus rincones sin delatar los porqués.
Todo es una divagación.
“No te salgas de los límites del cuadro”, parece indicar la regla más básica, de sentido común, que es, en efecto, el más gregario de los sentidos (el más despreciable, pues). Aquel mandato había que pisotearlo cuanto antes.
Lo correcto apesta. Las reglas están para arrumbarlas en el cuarto de atrás, modificarlas, destruirlas con todos los talentos que uno pueda reunir en un acta de defunción bien programada.
El arte, por definición, es un estupendo ritual de transgresiones todo él: lo ficticio proclama a cada instante su carácter volitivo de expiación y hasta de mortificación tras la trapisonda de sus postulados y actos de desorden.
Contra lo sacramental, las manos vuelan.
El objeto, el material del arte no recipiendario de los modelos de la profusa figuración universal que nos rodea, irradia por sí mismo un discurso plástico pero sólo lo anima una deliberación previa, un alma (¿un deseo interior?) que acrisola toda liturgia.
El arte puede hacer que te inventes a ti mismo:
real o desfigurado.
El arte puede hacer que inventes a los demás:
desfigurados siempre.
Y una conciencia estética se forja de mil maneras o con el solo ojo cegado de Polifemo, en la propia y carnívora oscuridad.
“Ahora”, se dijo esta blasfema, “ya lo sé todo.”
Adiós al tema y todo lo demás.
Adiós al proceso litúrgico: a inventar el desorden.
Bienvenida materia inaudita, inédita, inacabable y sorpresiva a esta ceremonia de la confusión.
La obra de arte a solas: ella misma material.
Inextricable e intrincada. Su autoridad es su mera presencia. Avala una voluntad sea cual fuere su sentido.
“Soy una gran artista.”
No hay nada que impida que lo sea.
¿Quién va a contradecirla?
Nadie.
A rodar.
La luz es la verdadera dueña de la sombra.
Están los ritos, la salmodia, los códigos, las claves, el canon invisible de los iniciados, pues un artista que se precie tiene detrás un Fulcanelli que transmuta las piedras más áridas en misterios revelados, ilumina las negruras del actuante, deshace los arcanos medievales, derrumba muros, abre las ojivas del entendimiento. Arte, en definitiva.
En el fondo (y en la forma, claro) se trata de un apaño. Amañar (también sería una palabra adecuada).
Ella, capaz e iniciada, sacerdotisa de la fibra de vidrio y el látex, alza catedrales temporales, efímeras, de tal fragilidad que, una vez muerta, sólo el fraude y la copia manufacturada por intereses ajenos logra revivirlas, clonarlas mediante la fotografía antigua, el diseño en la despreciable hoja de papel, la nota descuidada, el pingajo museable, reconstrucciones innobles.
A cierto positivismo lógico enfrentaba inconsciente, no obstante, un surrealismo desmitificador de todas las leyes (artísticas o no). De aquel hontanar bebía.
Sería una aventura… holística.
Lo que ves es lo que ves.
El Testigo pudo haberla conocido en Suiza. De casualidad.
Un terreno neutral.
La Nieve sepulta los secretos inmemoriales, los hombres primitivos conservados en estrafalaria rigidez, peludas calaveras amojamadas (bonita materia de estudio).
La Montaña de Europa que hiende Los Cielos Vírgenes.
Donde todo empieza, la bruma y lo concreto.
Pero la bruma…
El pensamiento más nítido a través de un tul, la fantasiosa seda…
LOS CUADERNOS NARANJA Y ROJO.
Dickinson I: The thought beneath so slight a film – Is more distinctly seen
La hoja en blanco, las imaginaciones.
Unos años más tarde él, El Declarante, viajó a Nueva York, que es la más fantástica barraca de feria que uno pueda imaginar.
Él era un buscador de datos. Uno de esos.
Este Prufock que ha visto a las sirenas cabalgar sobre las olas.
Este Conroy que cuenta los copos de nieve de plata.
Este don Quijote ofuscado por los polvos y los vientos del Gran Molino que muele las Ideas.
Este…
Escribía(e): a tanto por palabra. Un cómplice. Un farsante que asiente con la cabeza mientras extiende la palma de la mano esperando las treinta monedas.
Pronto, uno se convierte en El Testigo para siempre.
(¡Y qué país, diantre! ¡Cenar a las 17,45!)
De la muerte de ella, por ejemplo. Una muerte a plazos, día a día derrotando un cuerpo que pugnaba por vencerla en batalla desigual, aunque no a traición, cara a cara (adosado ese abrupto final a su supervivencia, fue la vida la que le vino a traición). La más injusta de las muertes que él podía recordar, pues no había sabido hasta entonces de nadie con tantas ganas de vivir. La existencia de Hesse se truncó de modo cruel, inapelable, en plena juventud todavía.
Testigo de su vida, de la que ha aprendido a prescindir de su dimensión física: como hay que aprender de sus obras desgajadas de su entidad física y perecedera, pues a ella remiten de manera fantasmal (¿virtual?).
Testigo de su obra: en toda ella percibimos los rasgos más profundos del verdadero rostro de la artista, el que no precisaba de las máscaras reales de la carne, la piel, la sangre, la mueca, la mirada y sus ardides, todo ello extensiones de una trampa para confundir a los incautos amantes de la copia de la realidad a despecho de su inocente desnudez, libre de marañas aunque de engañosa claridad. Lo incomprensible de su obra la revelaba mejor.
Testigo real del último año de su vida y de su muerte, interiorizaba la única biografía en carne viva, la que deja ver lo sanguinolento, los tejidos hechos trizas, el alma verdadera del espíritu que son la piel, los tejidos, los músculos, los nervios, las corrientes de los fluidos, la desnuda (aun con los jirones de carne reseca pegados a ella) arquitectura ósea...
A partir de ese momento, ficticio o no, ¿qué iba a escribir, a mentir, a tergiversar, a comprender…?
En arte, la decisión de utilizar un material determinado, verdadero o falso, se convierte asimismo en “material”.
Se trata de… lo invisible.
Ni siquiera en la baladronada del principio pudo sentirse demasiado seguro en lo que hacía: no supo nunca la auténtica naturaleza de su intrusismo fantasmagórico en la biografía de la joven artista durante sus últimos años… y tampoco de lo que pudo saber al final, si es que alcanzó a esclarecer algo.
¿A qué desempolvarla?, se diría arrepentido, pero con la corbata perfectamente anudada al cuello de la camisa blanca y el puñado de monedas tintineando en el bolsillo izquierdo del pantalón con la raya bien planchada en ambas perneras.
El mundo del arte tiene sus entradas y salidas propias. Sus duques y modistillas. En esta feria de las vanidades se divierten así todos. Algunos, recogen dividendos; otros, se exhiben. También los hay quienes se inmolan en una muerte temprana y los que viven (duran) a expensas de los nombres y las verdades prestadas
Pero…
Él la recrea. Vive en su delirio: un tumor cerebral hostiga ópticas, altera imágenes, distorsiona la visión como esas pesadillas del alba invernal, gris, de lluvia fina y constante, cuyas imágenes desafían la física más elemental.
Sin duda el tiempo pasado, inocuo salvo en la pasión o la locura si no ha acabado contigo (y el hecho de haberlo dejado atrás así lo atestigua), no ayudará en este aspecto. Todo recuerdo invita a una recreación jubilosa o falsa o simplemente placentera, pero menoscabada por la arbitrariedad de una memoria siempre selectiva.
Muerta demasiado pronto, se dice El Resumidor, todo quedó a medio hacer respecto a la legítima ambición que la transgresora albergaba. La fatalidad destruyó un genuino deseo de alcanzar mucho más allá de lo que hasta ese momento había conseguido. Abortaría también, siempre sucede de ese modo, pues él era lo residual de la historia, la excrecencia, los planes confusos que rondaban la mente de El Testigo, un testificador con el morral lleno de argucias demasiado evidentes. Desde el primer momento que supo de ella no lograría siquiera rozar con la yema de los dedos la quiebra definitiva... de ambos: catártica aunque retórica, una; otra, inexorable y aciaga, bestial por designio de un dios malo, el peor. La suya, sin duda, fue una relación fracasada, tangencial, supeditada a situaciones chocantes, hechos, digamos, fractales: la evocación literaria pendula como un reloj que se atrasara y adelantara a voluntad entre la pena, los hechos y lo ficticio. Menuda componenda. ¿Le hubieran importado a ella la glosa posterior, las andanzas de una pluma libérrima, diablilla y cojuela de este Negro levantando tejados? No creo que eso le preocupara mucho a Hesse. Debe de resultarles todo muy etéreo e indiferente a los modelados con alucinaciones y ensueños, a todos esos cuyas hechuras se fabrican con el humo y las insolencias del solo recuerdo de después. Hesse, tan real como una imaginación, una idea, un desvarío en manos sacrílegas, espurias. Lo posterior: la nada (para ella muerta).
Estás aquí en la tierra.
La Tierra. Todo sobre su corteza brilla más que los soles de la noche, y es un esplendor falso al lado de éstos, una luz prestada y agotable en un tiempo ridículamente ínfimo. Aunque la tierra ardiera por sus cuatro costados sólo sería una llamita grotesca comparada con un simple átomo encendido (una infinitesimal menudencia) de la estrella que crea la misma realidad de la tierra, de sus cosas, de sus seres.
“Los asuntos de la tierra, si bien lo miras”, se decía, “son de una importancia…”
En cuanto a él, poco que contar: un negro: a tanto por página (y a callar). La mudez del anonimato le protege. Es invisible. No es nadie. Puede inventar lo que le venga en gana. Hasta a ella puede inventarla, hasta a él puede inventarse. A nadie ha de rendir cuentas, y mucho menos a él mismo. Es El Anónimo. Es un burlón Ulises (Nadie me llamo).
¿Nadie?
-¿Cómo te llamas?
-Treinta Monedas.
O sea, nadie. (Viaja por USA con la sombría dignidad del hobo.)
Divaga lo indecible, circula una forma que por impalpable niega cualquier atisbo de precisión. Tampoco se debe a una fidelidad exhaustiva. No acarreaba imposiciones ni reglas a despecho de un afán de minuciosidad siempre extravagante por la enormidad de sus fines inalcanzables: merodeaba lo innombrable.
Eres el nadador de la entelequia, se decía.
En ese piélago. A brazadas. Hasta la bocanada final.
Pero, en fin, se resistía a revelarla a ella en su total dimensión.
En su memoria apelaba al croquis, las idas y venidas de una bruma dibujante que ora revelaba fisionomía ora empalidecía rasgos.
Lo insuperable en la obra de muchos artistas son los borradores, el trazo impresionista e inacabado, el pincel suelto que aún nada define y poco corrige y las líneas del carbón que todavía se vislumbran por debajo del óleo como rebatiendo la perfección. Lo genial asoma con alegría.
Ese vuela-pluma aligera los  miramientos y acalla cualquier escrúpulo paralizante.
¿Un retrato a lo ingres, velazqueño?
¿A cuánto el centímetro cuadrado de lienzo?, ¿a cuánto el gramo de arcilla?, ¿a cuánto la palabra del curator-hechicero?
¿Muerte trágica?, ¿en olor de santidad?, ¿burguesa y con las manos en aspa sobre el pecho?, ¿con excelentes dividendos, octogenario-a, con fundación propia y beatífica sonrisa de patriarca?…
Cualquiera de estos interrogantes impone un estilo, un acercamiento digamos textual.
Cualquier descripción que llevara a cabo en este sentido empañaría su verdadera identidad. Evocar su carácter exige lo transversal. La fotografía exacta de lo real, por paradójico que nos parezca, minusvalora efectivamente la realidad.
Mejor un Goya sordo y huraño, incluso aterrado e indefenso a la luz tremulante de un círculo de velas encendidas sobre un gorro.
“Si es verdad que me inventas, inventa un lenguaje nuevo”, hubiera dicho Hesse, olvidando que él no era artista.
¿Quién era él?  (Ella era guapa: su rostro explicaba su carácter.)
En estas historias, como era real, era ficticio.
“¿Cómo te llamas?”
“Treinta Monedas.”
¿No iban a desconcertarla las preguntas de El Turista Intelectual, la doblez mezquina de El Testigo, el estúpido anhelo de sorber de su existencia instantes, culminaciones, apropiarse de su aliento, de sus temores, las interrogaciones, las idas y venidas, lo inventado y el lujo de su cuerpo?
Y es que él… la veía tan real que la figuraba a cada instante.
(Era real.)
¿En qué fragua, qué metales milenarios urdieron tales mimbres para tal artista?
De lejos venía… al Gran País.
Ella era hija de aquel nuevo mundo que vino del crimen original, raza maldita del gueto y la expulsión, desperdigada, errante, cargando la culpa y el estigma, huyendo del exterminio inmemorial.
Una familia judía cuyos antecedentes se hundían en lo más profundo de una Europa a punto de entrar en guerra, en el alma colectiva de aquellos askenazis del yiddish y sus temores primitivos que observan el ritual, acuden a la sinagoga, respetan las autoridades halákikas y durante el shabbat bajan la vista al suelo.
Toma, bebe tu vasito de leche negra.
¿Qué es ser judío?
Algo tan explicable o inexplicable como no serlo.
Blanco o negro.
Cruz o raya.
Cielo e infierno.
Todo o nada.
Vivo (en el tiempo) o muerto (en el tiempo).
¿Qué es ser piedra?
¿Qué es azul? ¿Qué es…?
“¿Sabes lo que significa Häagen-Dazs?”
(La joven mujer del 70 aún subía por Broadway y a la altura de la 77 se desviaba a la derecha hasta el Museo de Historia Natural. La niña de 4 años se planta fascinada ante esa monumental arquitectura ósea, el inmenso costillar, los huesos (un revoltijo en resumen aunque en morfológica composición): con los ojos como platos (en fin…, disculpemos el estúpido tópico) y los labios entreabiertos se quedaba muda frente a los grandiosos dinosaurios mondos y lirondos, inabarcables, y las aterradoras bocazas con los dientes de grandes sierras a la vista.)
Aunque ahora  (antes) había que huir de nuevo: la selva de cruces gamadas se extiende como una mancha de sangre sobre el mapa de la vieja y rancia Europa. El temor invade las calles al tronar de la claveteada bota paramilitar que patrulla sobre los empedrados de milenarias capitales: con absoluta impunidad la tropa de criminales se dedican a la caza de barbas judías y de adolescentes circuncisos que ofrecer en esta cabalgata de los nuevos dioses y valquirias despelotadas.
El fantasma de Goethe sólo aparecía y desaparecía por las esquinas de su pequeña patria: su espíritu jamás se impuso más allá de sus frágiles fronteras: Weimar engendraba un monstruo muy diferente.
Ya en julio del 32 papá Hesse sintió un escalofrío de terror al sospechar que la República de Weimar, entonces en manos de la villanía y el gansterismo, iba directa al coladero sangriento de la historia empujada a culatazos de un presente tan frívolo e irresponsable que repudiaba con insólita pasividad cualquier comprensión racional. (Aunque culto y apacible, no sin creciente malestar, el honorable letrado sigue frecuentando –nadie te ha cerrado la puerta todavía- la Kulturhistoriche Bibliothek Warburg cuando su trabajo de abogado se lo permite.)
En enero del 33 papá Hesse previó (o soñó sin comprender) la huida obligada. Pero Alemania era su patria. La realidad ineludible se antepuso al miedo ancestral. Soy tan alemán como cualquier otro de Hamburgo, Wremen o Berlín, se dijo con orgullo infantil. (Y ni siquiera, entendámonos, era un Mischling: era un judío de pura cepa).
En el 35 las armas y los cascos de acero ilustraban los semanarios de los sábados y las páginas propagandistas de los diarios sometidos. Pero papá Hesse aún se resistía y pensó en incrementar la prole germánica de su hogar: como buen alemán, engrandece la patria y engendra un vástago.
En el 36 papá Hesse observa con inquietud el alumbramiento de Eva Hesse, su segunda hija, en un mundo desquiciado por una violencia que parece nacida de la arbitrariedad y la sinrazón de un Yahvé bíblico (“… y pasaron a sus habitantes a cuchillo y fuego y destrucción…”)
Y, ahora, sí: las puertas se han cerrado.
1937: Rassenschänder.
1938. “El odio está justificado”, proclama un titular de prensa.
A por ellos.
Expulsión de las escuelas de los niños judíos.
Destrucción de la sinagoga de Munich.
Destrucción de la sinagoga de Nuremberg.
Confiscación de todos los bienes propiedad de los judíos.
Todos los judíos, por decreto Ley pasan a llamarse Sarah e Israel.
Toque de queda para los judíos (en invierno, a casita a las 8; en verano, a las 9).
Destrucción de todas las sinagogas de Alemania.
El arrogante y grotesco Pickelhaube da paso al más eficiente y antipático Stahlhelm.
La suerte está echada.
Y ni siquiera enmarcan los peyots los rostros pálidos.
Media Alemania se ha quedado ciega de repente: “No recuerdo si voté en esos años”, se excusará en su autobiografía un señalado filósofo de la época, “y si lo hice, no recuerdo ciertamente por quién”, añadía taimado. (Ya te enmendará a ti la plana otro escribano de más adelante, cobarde criminal olvidadizo.)
Entre miles de suicidios y huidas a ninguna parte, los Hesse callan y hacen de las ventanas de la casa cerradas a cal y canto murallas defensivas en un país ya derrotado por el crimen y la ceguera colectiva.
En el 39 papá Hesse y su familia se tornan invisibles para la Alemania nazi, han desaparecido, se los ha tragado la tierra ocultos por la diáspora, pues en los tiempos de locura y gran confusión el origen de un ser humano basta para condenarlo y sólo urge la huida.
La excursión dibuja un extraño mapa en la memoria de una duramadre aún por soldarse.
Los abuelos de la criatura morirán exterminados en los campos de la muerte, y ninguno de ellos era de esa clase de judíos que al ser atrapados escondían diamantes y piedras preciosas en el recto.
Los hijos se esconderán como ratas en el escondrijo de un desván polvoriento y oscuro hasta que puedan levantar la cabeza olisqueando los peligros que les acechan y cavilar su huida a través de la noche.
Las nietas repudiarán el origen: dos huérfanas cogidas de las manos temblorosas cruzando mares desconocidos.
En realidad, visto desde arriba, a la cobarde panorámica de pájaro, sin chafarrinones ni tocamientos indeseables, cuatro ánimas en pena más de las desterradas y huidas de la Alemania nazi disueltas luego en el grumo del millón y medio de judíos que vivían, trabajaban y oraban y guardaban el decreto talmúdico en la babélica Nueva York de los años cuarenta y cincuenta, ganando buena parte de ellos cuarenta centavos por hora en trabajos miserables muy lejos del trueque y el lustre banquero, nada que ver con el dorado y diamantino oropel de la rica joyería de los Vanderbildt, los Morgan, los Ford o los Kennedy, adiciones sospechosamente presumibles sólo en los de su raza desde lo más oscuro de los tiempos.
Ahora su padre tenía una bonita casa con ventanas a un verde césped en tierra de gentiles. La puerta basculante del garaje en un lateral siempre permanecía abierta a la calle arbolada, con coche o sin él, con herramientas relucientes, con banco de carpintero, con estantes de madera pulida llenos de frascos de conserva y confitura. “Aquí nadie roba nada, pequeñas”, les decía a las dos hermanas su padre satisfecho, feliz emigrante, el rey en su tesoro, mirando a hurtadillas satisfechas la ranchera Pontiac del 52, una Chieftain Deluxe con paneles de madera de imitación en la carrocería estacionada bajo los grandes árboles que sombrean la entrada de la casa. Un sueño, una ilusión americana...
Lo cierto es que arribaron al suburbial del norte de Manhattan, a Washington Heights, más allá de casi todo, al otro lado de la frontera donde pacen los bisontes y anida el águila, más allá del apartamento aireado y luminoso del Upper Side West donde, años más tarde, su mamá voló y todo era bonito.
Han llegado a la América poderosa e invencible aunque en blanco y negro, a la Nueva York de los años cuarenta de aquel Feininger emigrante como ellos que hacía reales los grandes barcos en el East River, fotografiaba el desfiladero del Lower Broadway o levitaba por encima de las vías férreas elevadas de la Tercera Avenida.
Han llegado en la época del avión y la hélice: nada que ver con aquellos desgraciados que ya fotografiara Lewis Hine huyendo del hambre, que se embarcaban hacia el paraíso en barcos de vela (4o días de navegación) o de vapor (13 días cruzando el Atlántico), muriendo centenares de ellos antes de que lograran avistar tierra y acabar en Ellis Island donde los despiojaban y les abrían la boca como a los caballos en venta.
Qué bonita era ella…
He aquí el señor Groucho, con el parche negro y demasiado liso del bigote, la sonrisa de vuelta de todas las cosas, el puro apagado, el pelo de judío-americano, los andares anchos y esquivos, el culo bajo y los pantalones prestados, ¿vas a ser tan pícara y buscavidas como él?:
¿Cuántos años tienes, nena?
Cinco.
Caramba, pues parece que sólo tienes cuatro. ¿Qué haces para parecer tan joven?
No dejes de sonreír, no dejes de sonreír, no dejes de sonreír.
Los dientes sanos, de resplandeciente blancura, los ojos sin legañas, la piel de nitidez germánica bien hidratada, el corazón exacto en sus latidos, los pulmones bien aireados, limpia la cabellera y el cutis impoluto (pura porcelana), vestidito aseado y zapatos nuevos: animalitos perfectos para el rebaño americano.
Bienvenidos.
A la Ciudad de los Neones.
A los Sueños de Humo.
A la Materia del Humo.
Más tarde comprendió que entre la vida y la muerte el espacio sólo era el tiempo, y el tiempo sólo era la nada, lo que se escurría entre los dedos como el agua que no se puede asir.
“Duerme… duerme con el dolor.” (Celan).
Más tarde era los tiempos de La América Liberal, con los chicos de ojos azules, duro mentón y pelo a cepillo, donde cada buen americano tiene la oportunidad de hacerse a sí mismo siguiendo paso a paso el manual de instrucciones del Webster, las píldoras Alger, los héroes de Ayn Rand y las consignas de los señores Hoover y McCarthy.
Pero, cuidado: en calles del Bronx, de Brooklyn, de Manhattan, la caza del judío (del irlandés, del italiano, del chino…) continúa siendo todo un entretenimiento para los canillitas de una u otra nacionalidad. No te matarán: sólo el escupitajo y la humillación serán suficientes para negociar tu integridad física hasta que abandones las barriadas enemigas.
Papá Hesse luchará por su camada hasta el día del Juicio Final.
Papá Hesse atestiguará los años y el crecimiento saludable de sus jóvenes cachorras.
Papá Hesse, ese alemán buen americano, sabe de sobra qué dios protege a los judíos y qué nación es la escogida de entre todas las del  mundo por el Dios Verdadero para poner orden y concordia en las cosas de La Tierra.
Este buen hombre de disciplina teutónica y fe semítica aspira a la tranquilidad, a la paz bien asentado sobre la decencia, leer el periódico a la caída de la tarde, ver crecer sin sobresaltos a sus hijas, sentarse afuera en el jardín envuelto por el fresco olor del césped recién cortado y escuchar con ánimo apacible sus programas favoritos de la radio. Y convertirse, al tiempo, en el perfecto ciudadano americano: aquel que respeta una bandera, unos principios y una forma de vida.
Sólo que de momento deben conformarse con vivir en un piso alto en la parte más alta de Nueva York, donde casi no se ve nada de lo que hay debajo, en el Manhattan bíblico al otro lado de la calle 125, donde el glamor a lo Kilgallen se reviste del sabor típico de la granmanzana: New York Post, Daily Mirror, Broadway, la 42, intriga, asesinato, drogas, sexo, conspiraciones y cover-up. I.
Tampoco hace tanto tiempo de aquellos años cuando Central Park se llenó de hoovervilles y los inocentes patos de los estanques acabaron en docenas de cazuelas de gentiles pobres y judíos hambrientos.
Mucho mejor, no obstante, que desaparecer como por ensalmo a merced del Nacht und Nebel.
Buen tipo este abogado judío reconvertido en corredor de seguros (que no de creencias) en el Nuevo Mundo: es capaz de dormir con solideo y obligar al futuro yerno a enviar a la hoguera de la Santa Inquisición al Papa y su cohorte católica y abrazar la verdadera religión de los hijos de Israel. Lee en hebreo y yiddish lo que cae en sus manos. En 1948 los dos tomos de La Familia Máshber, de Der Níster, por ejemplo. Lo importante es entenderse (en yiddish, alemán, inglés, por gestos, mediante silencios, a través del guiño), al menos durante algún tiempo, afirma acto seguido de acabar el rito religioso, todavía con el taled cubriendo el cogote y el cuello, a punto engullir buena parte de las dos docenas de gefilte fish que sobresalen en la fuente de cerámica pintada primorosamente de la cocina.
¡Qué país el de entonces, cuando la niña vestía de corto!
El de un presidente que encerrado en las tripas de The Sacred Cow el Día de la Madre vuela a su pueblo a visitar a mamá y darle un besito en las mejillas arreboladas de orgullo y felicidad por su hijo, un vaquero miope capaz de fulminar en diez segundos a 200.000 malvados orientales incluidos ancianos, mujeres y niños de un solo disparo de su Colt 45. Aunque tal vez fuese una Derringer: TENIA LA MANO PEQUEÑA.
To err is Truman.
Pero el país prospera a pesar de todo, a pesar de los bandazos políticos y las Unions, a pesar del miedo atómico, a pesar de los artistas locos empeñados en darle al mundo vuelta y media y ponerlo todo del revés.
Buen caldo de cultivo para alimañas y pequeños insectos y gentes avispadas.
Su padre: el hombre que amontona recortes de prensa, fotografías, cuadernos de notas, diarios, objetos, postales, recuerdos, cartas, documentos… Todo el organismo voraz de cosas, objetos y sucesos que constituyen la biografía letrada de ese puñado de vísceras y huesos que resulta ser la vida animal, lo que a la postre queda escondido tras la apariencia.
Su padre haciéndose más americano cada día que pasa, ojeando la lista de best sellers de tapa dura en las páginas del New York Times pero comprando los volúmenes en rústica de la New American Library o de Pocket Books, ahorrando hasta el último dólar de hoy para mañana que es el primer día del futuro.
Y Evchen, la pequeña sonriente de ojos grandes, oscuros y redondos, buena hija y obediente novicia en todo, asiste complacida a la ceremonia del Bat Mitzvá de su hermana y espera la suya propia con ansiedad.
Él las ha conducido a la salvación del cuerpo y el alma.
Ahora tendrán prerrogativas y derechos que las elevan de los seres inferiores, de la raza de ratas untermenschen.
Quiere cerciorarse que está vivo, que se ha librado del gas y el horno crematorio, donde todo el pasado y su moderna genealogía han sido enterrados. Quiere creer que su descendencia se encuentra a salvo del siglo bendecidas por Yahvé, el castigador, el que no perdona, el vigilante supremo.
Lo judío y su negra fascinación acechaban por todas partes.
Su padre, con Der Forverts en una mano y el miedo todavía en el alma: elige los tonos de sus trajes, los tejidos, la caída del terno. Lo hace con esmero de judío aplicado, comprueba con los dedos calidades, mide grosores, calcula los precios. De adolescente, e incluso poco antes de casarse, ella le acompañaba algunas tardes a las tiendas tristes y oscuras del Lower East Side. A los pocos minutos se impregnaba de tal manera de la atmósfera ortodoxa que imperaba en aquellos establecimientos que se asustaba al pensar lo enraizada que estaba en esa cultura de manías, miedos ridículos, luto, tirabuzones, símbolos, rezos y mandamientos. Le entraban unas ganas locas de disolverse en aquella tela de araña  de aire espeso y la luz sombría del anochecer, de apagarse en esa atmósfera precaria y rancia, ser parte de esa mórbida sustancia que constituía la materia y el color de lo judío, la tontería ancestral. Hasta (fijaos bien) creía en todo aquello.
Su padre, el buen judío con el corazón lleno de culpas ajenas.
Y progresa, cómo progresa: Singer, Malamud, Bellow, Roth (algo descafeinado a pesar del lastre hasídico del origen). La literatura que lee ya atiende textos que rebasan ampliamente el mero vehículo del lenguaje, el soporte, y aspira a una connotación que si no rehúye el relato le aboca a la medición lingüística.
Incluso no oculta la sonrisa leyendo la Stern de Friedman (y ya conoce de sobra lo que vale exactamente un judío americano expulsado de Europa, aunque no proceda de una shtetl).
En efecto, se imagina que cuando el Gran Sueño Americano se cumpla de una vez en los día cálidos podrá salir afuera de la casa, sentarse en el pequeño jardín y beatífico y agradecido escuchar por la radio The Jack Benny Program o concursos del tipo de Two for the Money de Herb Shriner, mientras las niñas corretean por el césped tras el perro lanudo color canela y el aire de la plácida tarde se impregna del dulce aroma del pastel de frambuesa que mamá prepara dentro de la cocina.
La heroína crece despacio, felizmente, en tierra de nadie todavía.
Y el grato paso del tiempo…
En efecto, es una especial: la Chica Lista, la Gran Artista, nunca fue una Niña Tonta que dibujara en las páginas de los cuadernos escolares enérgicos Kopffüslers, muñecotes marcianos de colores arbitrarios (pero icónicos) y miradas grandes: ella garabateaba charcas, las piedras y hierbas del fondo, universos de objetos imprecisos, las imaginaciones, y cuando utilizaba aquellos monigotes era para contar una historia, y entonces el dibujo era lo de menos.
Octubre de 1941.
Desde la cerca del jardín vemos pasar a los Roning que van a comer a casa de los Sullivan, justo al lado de donde viven los Feiffer, después de haber asistido por la mañana a los oficios de la misa dominical en el templo episcopaliano codo con codo con los Smith y los Mulligan, a los que vemos acercarse por el otro extremo de la calle en compañía de los Bailey. Las tres parejas forman una curiosa multitud con la pequeña nube de los niños vestidos de blanco y negro correteando y cruzándose entre ellos. Dan la sensación de ser una exigua pero coriácea congregación de fortaleza y camaradería indestructible ante cualquier embate de la vida cotidiana, laboral y social, a salvo de todas las asechanzas y mezquindades de esta época de zozobras. Todos van vestidos de domingo. Los rostros risueños, el alma en paz. Luce un magnífico sol de otoño que dora las copas amarillas y rojas de los árboles, y en el aire se esparce el grato olor de los dulces de domingo calentados en los hornos, el aroma de los asados provenientes de las cocinas y barbacoas de este pequeño rincón del paraíso que resulta ser el 156-A del área residencial de Oak Park 4 N.Y.
Por la tarde todos nos aburrimos un poco hasta que anochece. Entonces nos sentamos a la mesa del salón a dar buena cuenta de la cena, escuchamos un programa de radio y, luego, mamá vuelve a meterse en la cocina, papá dormita en el sillón con el periódico sobre el regazo, la radio sigue hablando sin que nadie la escuche y, al final, casi sin darnos cuenta, acabamos en la cama.
Buenas noches y buena suerte.
El hombre, para quien este día no tiene nada de santo, cierra las grandes páginas de uno de los pliegos del periódico, las de política internacional con noticias de la guerra en Europa: los alemanes han iniciado la ofensiva contra Moscú. Este hombre, después de haber plegado perfectamente las hojas del diario y depositarlo sobre el césped, permanece inmóvil en la tumbona, pensativo, con los ojos fijos en los grandes árboles alineados más allá de la cerca que separa el jardín de la acera y la calzada alfombradas por las hojas caídas del otoño. De vez en cuando un coche sigiloso, casi sin hacer ruido, se desliza delante de la casa y desaparece calle arriba. Luego, torna la pasmosa monotonía. Hasta él llega el sonido de la radio que su mujer tiene en la cocina mientras trajina entre cacharros, pero no logra descifrar nada de lo que oye. Alza la cabeza y mira al cielo: le gustaría describir las diferentes tonalidades de la luz que comienzan a entreverarse en él. No lo consigue, y se culpa de su escaso talento para las descripciones, incluso las más sencillas. Siempre ha sido así, se reprocha en silencio. Bosteza y deja por unos instantes la mente en suspenso. No quiere pensar en nada, pero esto es imposible. El domingo pronto empezará a declinar. Mañana será otro día. Hasta el domingo siguiente, todo parece igual. Un día detrás de otro día. Pero si uno se para a pensarlo, también los domingos parecen siempre el mismo, uno tras otro, sea la estación que fuere, todos parecen iguales. Mira a su alrededor. Dentro de poco la grisura se apoderará de la tarde amarilla. Ahora siente un poco de frío en la espalda, como si estuviera entumeciéndose. Ha crecido el canto de los pájaros. De algún lado el aire le trae el olor de hojas secas quemándose. Trata de impedir que en su fuero interno comience a cristalizar esa conjunción de inutilidad y rendición, tan conocida por él desde hace unos años, aún en el mismo Hamburgo, que inevitablemente le aboca a la esterilidad y la exasperación. Debería levantarme y meterme dentro de la casa, se dice mirando la franja de sol agónico que muere contra el seto que separa su casa de la de los Sheridan. Los colores se han vuelto tenues, apacibles. Como una ráfaga de tristeza que viniera enhebrada en el mismo aire del atardecer, como un puñal de desánimo en este instante de acabamientos, siente una ligera desazón que no acaba de definir, como un sentimiento de abandono e incertidumbre al ver a sus dos hijas pequeñas persiguiéndose una a otra por la diminuta parcela verde de su casa, entregadas a unos juegos que no entiende. Escucha sus risas nada estridentes, apenas audibles, hasta silenciosas, como la tarde ya crepuscular a estas horas, observa la correría ingenua de esas niñas que nunca tuvieron la oportunidad de elegir sus vidas, las persecuciones sin un sentido lógico aparente, y, de pronto, se siente agobiado por la losa de una pesadumbre casi inaguantable. Experimenta una sensación de temor por todo, el horror inexplicable ante un vacío imaginario. Un hueco nace en el pecho, de dentro a fuera, se agranda más y más hasta horadar los huesos y traspasarle la carne. Y todo, en verdad, parece desvanecerse a su alrededor, disolverse en la nada, ser la nada en este aire gris y frío, cada vez más oscuro.
Historia Antigua.
¿Cómo era el mundo sin TV?
Era. Estaban los cines. En los cuarenta, en Brooklyn y Manhattan, en cada manzana del vecindario había tres salas de la cadena Century.
Todas las casas de todas las barriadas recibían el folleto azul donde anunciaban las películas en cartel.
¿Las llevaba papá Hesse al cinematógrafo? Entonces la barraca de feria era grande y de un lujo magnífico, una espaciosa sala con platea y arañas resplandecientes colgadas del techo, con blandas moquetas en el piso en pendiente y butacas tapizadas de terciopelo rojo. En fin, por quince centavos la entrada…

lunes, 29 de septiembre de 2014

HESSE 139

El 7 de marzo una luz especial acaece… siempre: 1966, 1967, 1968, 1969… (del sol benéfico, o sólo la luz del cielo gris, pero es una luz especial, a media mañana, a media tarde).
Sueño de cuchillos. Y, a la noche siguiente: el mar, un mar de color ceniciento entreverado de grises plateados como la hoja del cuchillo (uno de ellos) por el que podría andarse, al modo de aquél que andaba sobre las aguas y dejaba maravillados a quienes lo contemplaban (con lo fácil que era hace dos mil años andar sobre las aguas…).
Qué raro los árboles con las hojas amarillas (y era su último otoño):  cuesta imaginarlo si no lo ves: como una niña, creí que siempre eran verdes.
Un árbol con hojas azules. Con hojas blancas. Con hojas negras.
Martes, 17 de febrero, 1970.
No es el día que se apaga de pronto, eres tú quien se da cuenta de pronto que el día se ha apagado, afuera todo ya languidece entre las luces eléctricas del frío invierno (y qué extraña imagen, pues siento que ya no me pertenece, que es un invierno “en el que yo ya no existo”, y sé con absoluta certeza en este instante que así serán los inviernos después de mi muerte, y esas luces eléctricas, y el rumor de fondo de la ciudad, y este extraño olor que emanan las paredes, una mezcla heterogénea a yeso mohoso, humedad y resina química, los objetos de mi estudio, todo lo que me rodea salvo yo, no son de este tiempo ni del de atrás, y que se me hace la gracia de anticiparme la visión de uno de los escenarios del futuro de dentro de un año o dos, una suerte de ventana de ultratumba por la que atisbar la vida después de ti).
No sé decir nada en secreto. Tampoco hace falta. Soy artista: puedo esconderme perfectamente detrás de la obra, rumiar las más sorprendentes perversidades, imaginar cualquier atentado complacerme en las antiguas (grandes o pequeñas) infamias.
En cuanto a…
Piensas en el destino (que es exactamente lo que está por venir): ha traído el infortunio a tu vida antes que la muerte.
Recorres hacia atrás los días en busca de alguna causa que explique la fatalidad: ninguna cadena de sucesos te ha conducido hasta aquí, ningún cúmulo de errores, equivocaciones propias o venganza de alguno de tus semejantes: el suelo, de pronto, se ha abierto a tu paso, y caes al vacío (y aun si hubieras elegido otro camino, u otro distinto a este y al otro, y otro más, el círculo del abismo también estaría allí bien trazado, agujereado y presto bajo tus pies  para recibirte y te hubieras precipitado lo mismo: no hay salida, el destino te persigue hasta que acaba contigo). Mala suerte, no existe un cálculo maligno detrás de todo esto. Ni siquiera eso. No hay nada personal entre la Naturaleza y tú: sólo una indiferencia recíproca (si le pagas con la misma moneda). Pero siempre gana, y el alivio que en excepcionales ocasiones de ella resulta siempre es provisorio, inesperado, de una volubilidad incomprensible, pues ella sigue su curso implacable abatiendo culpables, inocentes, a todos en injusta o a su debida hora.
Nada duele a estas alturas, todo es lenitivo para el alma: no desperdicies las horas. Lo material, el cuerpo, desintegra la apariencia. ¿Terminaré no reconociéndome? No ha de suceder tal cosa, salvo que te atrape la locura, pues si ya sólo miras hacia adentro, y el yo, aun en sus mudanzas, siempre es el mismo.
En cuanto a la compasión…
G. hablaba de lo metonímico en la obra: falso, elijo esos materiales precisamente para que nada pueda ser dicho de otra manera.
(En tal caso, G., que dibuja lo urbano: ¿qué ciudad puede ser la de este personaje? No ha dado un verdadero paso por ella. Viaja por el interior de su cabeza.
Leer S., ver…
Déjalo ya…
Aún…
¿Así que pretendías alborotar?

miércoles, 11 de junio de 2014

HESSE 138

Ahora ya no me arrepiento de estar horas y horas sin hacer nada, incluso estando en el mismo taller, entre maquetas y objetos medio manipulados, atontada por este aire de venenos. No experimento el menor remordimiento de sentirme sólo abrazada por el tiempo, todavía enraizada en él, sintiéndome del mundo, aún de su misma sustancia. ¿Qué es lo espiritual entonces, cuando una percibe que es solamente en lo físico donde se nota viva, diferente, tal vez necesaria?
Eva, ahora, es un espíritu flotante, vagaroso sobre las tierras y las aguas.
¿Has pagado tus 18 dólares?
(Una manera de decir: “No te olvides de darle un gallo a Asclepio.”)
Pero, aún…
(Boquea, se agarra a las sábanas, silbidos, irregulares exhalaciones que parecen emanar de la espesa atmósfera, un aire a lo Cheyne-Stokes, podría decirse, a la moda de… [desfile de mortajas].)
En cuanto a…
El Universo Mayúsculo: si finalmente se estableciera su edad exacta, ni un segundo más pronto o más tarde, eso sería la prueba de que existe una pauta cósmica, un patrón de inimaginables propósitos, una especie de programa o un  prediseño de actuación inconcebible de comprender por la mente humana por su absoluta desmesura, puesto que sólo son verificables, sí lo son, las teorías físicas.
(“Universo”, dijo, “allá voy.”
A rodar.)
¿Ahora te das cuenta que no necesitabas mirar al exterior, más allá de la ventana? Si habías de morir joven, y lo eres, te era suficiente tu interior, todo estaba allí, mirar hacia adentro para verlo todo. Bastaba la ventana para descansar la vista, para reposar las ideas y apartar las manos de cuando en cuando del trabajo y sus pestilencias.
Venganza contra la muerte a deshoras: “Cuando comprendió que era de verdad una artista, dejó de hacer obras: ahora ya lo sabía. Y mano sobre mano, se puso a esperar.”
Merde pour la poésie.
Cómo decirlo…
Son las cosas increíbles las que merecen ser visualizadas:
Right After.
Que sea.
Si no existe lo que haces visible, ¿cómo es entonces que existe al hacerlo visible?
Con el tiempo, una fabrica su propia leyenda, se hace poquito a poquito en la memoria siempre inquietante de los otros, pero… no has tenido tiempo suficiente para tal maquillaje, tú misma existencia, corta y de un final tan bruto como inesperado, ha bastado para erigir un mito apropiado para las épocas.
2014, 11 de enero, sábado, en un lugar de Nueva York.  Eva Hesse: 78 años (Saturno se olvidó de ti).
-Buenos días, Mrs. Hesse. Felicidades.
-Buenos días, Mr. Grau. Gracias.
(En el Village: maravillosas y pequeñas calles arboladas llenas del color del invierno –soleado-.)
-Hace una excelente mañana a pesar del frío y la nieve que cubre las aceras.
(Luminosa y limpia, transparente mañana cuando los rayos del sol bañan de luz clamorosa hasta los rincones más sórdidos del barrio, y el aire helado que parece descender de las ramas acristaladas de los grandes árboles se antoja perfumadamente marino.)
1970, 11 de enero, domingo, en un lugar de Nueva York. Eva Hesse: 34 años.
(En el Bowery: la calle que parece huir como alma que lleva el diablo hacia el norte del SoHo, que querría desgajarse de lo tenebroso y el crimen que deja atrás.)
(Las aceras y la calzada están sucias bajo la fría lluvia y la neblina gris, el tráfico humeante y ruidoso taladra el cerebro, la mirada de la gente es torva y atemorizante bajo el chirrido rojo de los neones, y en cualquier gélida esquina se agazapa el cuchillo que ha puesto precio a tu cabeza: un par de dólares.)
-¿Qué vamos a hacer entonces?
-Pasear, por ejemplo. ¿Recuerda cuando los árboles caminaban junto a usted?
-Déjese de tonterías. Pasear, ¿adónde?
-Hacia atrás. Volver atrás. Pero sólo será posible hasta 1970.
-Será suficiente. No comprendo demasiado bien lo que ha ocurrido después de esa fecha. Así que, refrésqueme la memoria en este día deslumbrante en el que hasta la verdad resplandece. ¡Ja!
-Desde luego. Empezaré por el principio. Quiero decir por el final… ¿o prefiere que empiece a relatar desde el medio?
-Desde el medio… ¿desde el medio de qué?
[En efecto:
RIGHT AFTER:
¿Dónde se halla el medio?
Pero sé de los extremos.
Y entrambos…]
Como una falla: no se ve la carpintería que sostiene todo el tinglado (material y… ¡conceptual!).
¡Qué se va a ver!
…………………………………………………………………………………………….(Por otra parte, ¿adónde conduce una genealogía, hacia adelante o hacia atrás?
¡Quién sabe!
Es el tiempo lo que termina pudriéndose, en cualquiera de las formas con que disfrace los acontecimientos, los pasares, los seres y los objetos.)
Digamos que sólo entiendo el tiempo de una manera, entendámonos, sólida, como un proyectil pesado y lento, pero inmutable e indetenible, y siempre hacia delante, buscando una diana invisible en algún punto del cosmos que es difícilmente imaginable…
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Es un pensamiento un tanto extravagante.
Es de lo extravagante de donde extraigo lo mejor de mí misma.
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Cualquiera sabe los designios de…
Nadie mueve los “hilos” de ti, salvo que aceptes de buen grado ser una marioneta. (En el arte o en la vida.)
-¿No será usted una de esas abuelitas neoyorquinas no poco maliciosas que se van pudriendo sin darse cuenta y disfrutan parte del día degustando licores dulces y chismorreando sin cesar en un apartamento del Upper West Side sentadas con la bombonera sobre el regazo junto a las grandes cristaleras que reciben la luz del sol crepuscular abatiéndose mansamente sobre las aguas doradas del Hudson?