domingo, 6 de septiembre de 2015

18

Kennedy:
Dallas, viernes, 22 de noviembre de 1963. Un par de proyectiles disparados con un viejo fusil italiano de cerrojo modelo Mannlicher-Carcano M91 fabricado más de veinte años atrás, ahora pertrechado con mira telescópica, impactan en el cuerpo del presidente y lo envían al Parkland Memorial del que sólo saldría con los pies por delante. Una de las balas le revienta la cabeza, vuelan pedazos de seso que ensucian el traje sastre de color fucsia de su esposa, la bella Jacqueline, que a gatas huye despavorida por encima del automóvil presidencial, un Lincoln Continental descapotable de 1961:
“Aún dibujo.”
Hay que ver en el MoMa la exposición de assemblages, lo de Rauschenberg, lo de Johns, lo de…
1962: “Sólo me interesa la pintura”, afirma tontamente.
Gorky, con el suicidio ya emboscado en las venas,  fue el artista que declaró sin pudor (y sin pérdida de tiempo) que “le gustaba pintar porque era algo que no tenía fin”. Era el hombre que creía en la eternidad. Era otro de los hombres que valía más de lo que debería valer un hombre.
Se anuda la soga al cuello, carraspea:
Vamos a ella: “Voy a por ti, puerca.”
Se deja caer al vacío con los ojos abiertos.
Cuelga.
Y ése es el encuentro suyo con la muerte.
Lástima de visiones que no descenderán sobre la tierra.
En 1963, en la Allan Stone Gallery de Nueva York., E. expone por vez primera una individual: “Dibujos recientes”. Pero se arrepintió en seguida: no era la que iba a ser, revocaba esa decisión la máxima de Píndaro.
“En realidad, no me interesa la política.”
“En todo caso, la clase de política que a la gente le gusta masticar como si fuera un maldito sandwich de atún. Soy muy especial en eso.”
1966. “Es la escultura lo que me interesa.”
1967. “Quiero escribir en el espacio con los objetos, con el material que descubre su forma y por eso la invisibiliza.”
“Tom Doyle, infatigable charlatán (según dicen), habló de Hitler, tu artista favorito (según dicen)”, le comunico sin compasión en el otro universo, c. 1996.
Empalidece un poco más si cabe, y aconseja, desviando la vista:
-No te fíes de tu mano izquierda –le dijo su mano derecha.
El taimado librero se le acerca sin ruido por detrás, a él, que hojea revistas de papel satinado: inopinadamente suelta, como si una bomba de mano se tratara, un libro en el regazo del pacífico lector sentado, absorto en los relatos de 4.500 dólares: Franz Fanon, Les damnés de la Terre, es el explosivo sobre las rodillas.
Ella está en la vanguardia del arte, pero nada quiere saber de la contracultura, del underground. Las cosas en su sitio, y bastante ha hecho ella para librarse del que, en el principio de todo, le reservaba el destino (que se la tenía jurada, no obstante, y al final se salió con la suya, la “puso en su sitio”).
1963: de la vaga conspiración a una subcultura que restringiría su aparición.
Nada de eso. Ella es inteligente, es una artista, y está muy a gusto con las leyes sociales de su época o de cualquier otra de atrás o de delante. El arte es distinto: ella guerrea ahí. Es su movement. Su arte va a ser revolucionario; ella, no. Y escribe con mayúsculas, muy lejos de inmiscuirse en lo subcultural, lo marginado y calcinado por la indiferencia general. Ella trabaja al sol. Quiere que la vean. Su trabajo es un medio de comunicación y conocimiento.
(Dossier informativo –1959-1970-, definamos el contexto con algunas perlas escogidas):
¿Qué sabes de la Beat Generation? ¿Sabes lo que ocurrió en Hiroshima? ¿Qué sabes de la guerra fría, del racismo, la caza de brujas…?
¿Qué tendría que saber?
Es tu responsabilidad.
Mira, tampoco estoy encapsulada. Soy muy consciente de lo que ocurre en mi país, de su lugar en el mundo. Sé eso perfectamente. No estoy encerrada en una campana de cristal. Nunca lo he estado.
Menudo panorama. Píntalo de negro. No mancilles el bronce con su deformidad y sus espantos.
Morirían después de ti, cada uno a su tiempo, a su debida hora, algunos antes: Kerouac, Cassady. ¿Y los beatniks? Algunos judíos, como tú. La inyección judía en USA, qué savia, qué fertilizante arroyo vivifica la nervadura de una cultura recipiendaria a pesar de todo lo espurio. Después, cualquier conflicto se reviste de excusa en cualquier bandería. Lo esencial permanece sin resolver: si ello sucediese atentaría contra una u otra forma de vida. Lo trascendente se escapa de nuestras manos como el agua.
Luego de éstos, los símbolos toman el lugar de las creencias: una usurpación natural (esperable, en todo caso).
Nacen flores muertas de generaciones perdidas, destruidas.
Pero yo… ¡no necesito drogas! Me basta con mi talento. Yo soy mi revolución. Soy una pequeñoburguesa que se alimenta espiritualmente de su interior… ¡un volcán, amigo! Y toda aquella vieja guardia, callados y decrépitos, flanquean mi viaje alrededor de los objetos. Como se solía decir en las antiguas batallas: vigilan mis flancos. (Mientras murmuran sus mantras.)
En efecto, ella jamás tuvo amigas descarnadas, histéricas o paralizadoras, locas o suicidas, como Miss Emma, Bernice, Corine o Mary Jane. Era su inmanencia la diablura del arte, una mística basada en lo libérrimo.
Prefiere antes que los desharrapados, sucios y chillones beatniks las balas silenciosas de Marquand, Updike, Cheever y Dorothy Parker. Una cuestión de estilo, de guardar las formas a pesar de que el asesinato de las buenas gentes es admitido en cada una de las dos pandillas.
En casa de su padre, colegiala con madrastra. Cortinillas a cuadros rojos y blancos en la ventana de la cocina. Jarrón con flores en la mesa principal del pequeño salón. Un sol limpio, hasta fragante, tiñendo de relumbres la madera encerada del suelo. Los sábados, limpieza. Las ventanas abiertas de par en par. Plumero en mano mientras el aire diáfano y fresco penetra hasta el último rincón de la casa. El aire de la mañana del sábado que todo lo promete. Escucha música de un aparato de radio sobre la consola. Lejos del paroxismo del rock de los sesenta. Cuesta creerlo: Guthrie, Seeger… Y una tarde: Dylan, un tipo esmirriado, con una gran nariz en el rostro, judío y poeta. Su voz nasal de enano parece de profeta. Y luego, las piernas lisas y ágiles al aire, al son del pop. Suficiente para encerrar en el arcón de la abuela todo lo almibarado de la cultura juvenil más intrascendente y falsa fabricada por los tipos de Madison Avenue o del edificio Brill de la calle 49.
De cuando en cuando, alguna salida vespertina con un jovenzuelo cabalgando al volante de un Chevrolet o un Plymouth del 54 con los faros delanteros en forma de cohete. “Te recojo con el Chevy”, suele puntualizarse desde el otro lado del hilo, sólo con ánimo seducible. Error: al jinete le importan las yeguas; a la dama, los museos.
A rodar.
La misma propuesta artística ya es una declaración política… ¡o de guerra! Siempre termina transmitiendo a través de su simbología y sus metáforas las constantes más significativas de tu época, de orden social, político e intelectual.
1967. Lyndon B. Johnson desplaza de Vietnam una División Aerotransportada del Ejército para que una Detroit en llamas vuelva a la razón y cesen los disturbios de los negros enloquecidos: decenas de muertos y millares de detenidos sostienen de nuevo el imperio sobre ruedas de The 3 Big. Los blancos han huido de esa calles de piedra oscura ahora bañadas en sangre, aislados y callados en las whiteflight, hasta que pase la tormenta.
Así que el arte es el verdadero disenso…
Porque no era nada conservadora esta chica. Lee el New York Times… y ninguno de los más de trescientos diarios underground que circulan por las cloacas comunitarias y universitarias de USA. Tampoco es que sea una gris square, aislada entre cuatro paredes y el omnipotente televisor. A principios de 1969 lleva debajo del brazo The Dissenting Academy, y conserva por algún lado del loft varias revistas con artículos demoledores de Roszak. Ya de adolescente estaba en primera fila contemplando atónita los recién aparecidos happenings en Reuben. Y al mes de conocerla no sólo le hablaba a él de las películas independientes de Cassavetes. Le informa de los films de Maya Deren y Jonas Mekas, de los tours de force de la cámara estática de Warhol y The Chelsea Girls, de Pull My Daisy, interpretada por Ginsberg, Corso y el pintor Larry Rivers; le habla de gente como Anger, Markopoulos, del artista Joseph Cornell que también era cineasta y, especialmente, de Mare’s Tail, una película de David Larcher que ya ha visionado tres veces, a pesar de un metraje que se cerca inmisericorde a las tres horas.
Respecto al Women’s Lib…
Escapé de los nazis. Soy judía. Fui liberada a los tres años. Ya no hubo problemas desde entonces. Y sé todo lo que hay que saber sobre mi vagina. El idiota siempre es el otro. No tengo ninguna necesidad de leer a agitadoras como Anne Koedt…
Soy una chica de los años sesenta, law and order.
Claro. Las becas de Yale, los horarios, la vida por delante.
Se enfrentaría, en 1964, antes de partir hacia la cuenca del Ruhr, con prosélitos políticos del entorno de Rauschenberg (por donde ella también fisgaba) que habían dejado de pintar y se habían puesto a pensar:
Angela Davis, Malcom X, Timothy Leary o Abbie Hoffman… Sólo son nombres encerrados entre las páginas de un maldito periódico. Ni siquiera sé por qué lado de Asia queda Vietnam. Tal vez en algún momento vaya desorientada por mi camino, pero no menos que la panda de Ken Kesey y sus Merry Pranksters a bordo del renqueante autobús sicodélico mientras hinchan sus putas barrigas con litros de cerveza y aspiran el humo de la hierba hasta los talones. Y a estas alturas no me voy a poner a correr por el campus de Yale huyendo del maldito Mace que dispara la policía. Tampoco deseo irme al campo a sembrar coles. Y no pienso poner un pie en Walden Pond mirando a solas pasar los días o viendo crecer la hierba. Lo que voy a hacer es irme a Alemania. Pero antes, me casaré.
El arte no es un juego.
Hay mucha sangre que ha vaciado venas y molleras.
A rodar.
150 millones de estadounidenses serían incapaces de señalar en un mapa el Sudeste asiático.
“Debemos hacerlo. Dios está con nosotros.”
El Atlantic de Manning intenta consesuar un conocimiento real de las cosas que el americano medio de los noticiarios desdeña denegando toscamente con la cabeza. “No deberíamos habernos metido en ese cochino agujero”, piensan, “pero la guerra es justa”. Y ese maldito highbrow journalism riza el rizo de lo meramente comprensible.
Es una Guerra Santa.
Más de cuarenta mil madres norteamericanas reciben una bandera plegada acompañando los aseados despojos de su hijo.
Barras y Estrellas: el sudario de moda de estas épocas infaustas.
Mientras tanto, el goshtwriter sobrevive mal: ahora en el 68 de la calle 1 Este, tras la moribunda.
(En la calle Bleecker: folk.)
Quieto.
(Pero no manos arriba… ¡Hasta ahí podíamos llegar!)
En todo caso, muy oculto dentro de sí: lo que daría por escribir en una Royal portátil cuentos al modo de Cheever o la Parker, o incluso guiones para comics en una Olympia 56, yendo de hotel en hotel alrededor del East Side con una pipa en la boca o en la mano, el vaso corto lleno del bourbon  color caoba en la otra, la sabia mirada atravesando el humo blanco del cigarrillo.
El pulp agonizaba pero…
“Bajo la lluvia Tom “Big” Country, firmemente sujeto a su cabalgadura que piafaba sobre el barro sin dejar de relinchar, amenazó con el colt en la mano a los dos forajidos que en ese momento salían del saloon: “¡Quietos o disparo, bellacos!” Por un momento los dos hombres permanecieron inmóviles. Luego, fugazmente, se miraron entre sí y, al unísono, desenfundaron los revólveres. Fue lo último que hicieron en sus cortas y miserables vidas.”
“Era domingo, y era por la noche, el peor día y la peor hora para Bud Louse. Ella musitó por lo bajo. A él le pareció entender algo ofensivo, algo que él no iba a permitir de ninguna manera. Entonces, Bud El Maltratador la miró con una mueca de desprecio al tiempo que la insultaba con saña. Luego, la agarró del pelo y…”
“En aquellos cruciales momentos en que el planeta Tierra se hallaba en grave peligro, la UX3421 al mando del capitán Ulises York accionó la fuerza del láser de sus máquinas disparadoras contra las naves enemigas comandadas por el malvado Pluto. Los destructores haces de luz rasgaron dramáticamente la negritud de los espacios siderales antes de dar en el blanco de gran parte de los navíos invasores que se desintegraron en un estallido multicolor apagando las estrellas de en derredor
“-Jefe, soy Johnny. Betty “Pig” Smile no pudo ser la asesina. Murió el día antes de la muerte de Joe Manteca. Al parecer la mujer estrelló su cadillac contra un árbol y se partió el cuello. La tipa conducía borracha camino de su apartamento en Mulholland Drive.
-¡Diablos, esto se vuelve cada vez más embrollado!, -exclamó el teniente Stanley depositando con rabia el auricular sobre la horquilla del teléfono. Se despojó de la americana, que arrojó sobre el respaldo de una silla, deshizo el nudo de la corbata, tomó asiento en el sofá negro de cuero gastado y soltó por lo bajo una maldición. Luego, alargó el brazo y cogió la botella de whisky que descansaba sobre la superficie de cristal de la mesa baja ante él y vertió en el vaso de papel una generosa ración. Se lo echó al coleto vaciándolo de un trago. “Seas quien seas voy a atraparte, hijo de puta”, dijo para sus adentros con sombría expresión, mirando el vaso vacío que, por cierto, no tardó en llenar de nuevo.”
“Era una maña clara y transparente, luminosa aunque fría. El sol magnífico ya estaba en lo alto. La pecosa y pizpireta Jane, tan linda incluso cubierta su grácil figura con la tosca y astrosa túnica de sayal desprovista de cualquier atadura, con los pies hundidos en la tierra húmeda y feraz, sostenía la pequeña azada en la mano y miraba absorta al joven príncipe, cuya capa azul ribeteada de brillantes dorados ondeaba al viento montado en el blanco corcel. El apuesto príncipe Harold, seguido de su escolta de nobles caballeros, cabalgaba a través de la verde y resplandeciente llanura en dirección al almenado castillo en lo alto de la loma. “¡Ah, si sólo de cerca verlo pudiera!”
“El florete de Baccarat se hallaba caído sobre la fresca hierba del amanecer. La niebla que se suspendía como un espeso manto por todo el Bois de Bologne envolvía a los dos duelistas con un velo maléfico que les dotaba de una aureola trágica e irreal a la vez, y de tal guisa difuminaba a los hieráticos, embozados y mudos testigos junto a la rechoncha y oscura masa del fiacre, alejados unos metros más allá del claro del bosque donde acaecía nuestro drama. El baronet, desarmado, con los brazos separados del tronco, clavó sus ojos turbios y suplicantes en los del marqués de Sorel. La pérfida sonrisa que se dibujaba en los labios de éste le hizo abandonar toda esperanza. “Vos lo quisisteis”, sentenció el marqués, y sin vacilar, de una estocada decidida, atravesó mortalmente el pecho de su contrincante que en cuestión de segundos se desplomó al suelo exhalando un profundo y largo gemido.”
Vas por buen camino: en un par de semanas te sujetarás los pantalones con una corbata vieja, a lo Malcom.

jueves, 20 de agosto de 2015

17

Una tarde fría de enero se acerca con ella a la calle 57. Entran en la galería. Él había rehusado acudir el día de la maldita inauguración, demasiada gente y demasiado desconocida para él. Inmediatamente le sale al paso Accession III. Mira a uno y otro lado en el silencio, en el desierto de la galería, le absorbe el aire industrial de las piezas, unas obras que remiten en su morfología a una plástica deliberadamente desconcertante: hay humor, no hay normas, hay analogías impensadas, hay un serialismo provocador e imaginativo, son los materiales los que dictan los conceptos. La ve alejarse de él. Como una niña traviesa, desordena los elementos de una de las obras, provoca otro caos visual, y luego mira en torno a sí asegurándose que nadie la ha descubierto. Pero están solos Hesse y él. 
Ha adivinado que la ha visto perpetrar la modificación. Se ríe.
Él da vueltas alrededor de Repetition Nineteen III
“Existen fotos del anterior estado de la obra…”, le advierte.
“¿Y qué? La fotografía miente.”
Cuarenta años más tarde, 2009. En el Museo de Arte Moderno de Nueva York. El Hombre Nostálgico se aleja de una pequeña turba de colegiales adolescentes, todos con chaquetas azules donde brilla el dorado bordado del escudo colegial: ellos con pantalones de color gris oscuro; ellas con las falditas plisadas y cortas como en los mejores años de la década de los sesenta. Vuelve a contemplar la obra. Le invade una pena inmensa por todo lo que ha terminado siendo después de tanto tiempo. Atenazado de desesperanza repasa en su mente aquella biografía de júbilo y estupor que fue la chica a la que le gustaban los colores.
“Estás en el...”
Muy pálida, de una piel como pátina prerrafaelista, asiente con la cabeza, se encoge de hombros.
¿Y qué?
Todo lo de este universo no le interesa para nada. Está en U37.
Saltando de galaxia en galaxia, huyendo del tumor.
A spring happening, marzo de 1961.
Sin público, no happening.
Más allá del propio espectáculo que para el artista es él mismo (todo artista, excéntrico y chillón o tímido y silencioso, es un ególatra redomado), la proyección pública de sus ocurrencias exige un destinatario que si no refrende la obra permita al menos quedar subyugado o provocado por aquélla. Fustigar, cuando la técnica ha dejado de ser el auténtico soporte de la obra, cuando el oficio queda arrumbado y relegada en manos de las huestes de aficionados y aplicados artesanos, es el auténtico soporte teórico de unas propuestas que excluyen el discurso racional de lo plástico. Comprometer al espectador será la norma de un arte que indaga en lo transitivo.
Antes de la llegada de El Testigo a USA.
Reuben Gallery.
Un happening. Mediados los sesenta.
Allan Kaprow convoca la turbación. Hesse y T. D., en compañía de dos docenas más de personas, son encerrados en una estructura en forma de vagón de ganado. A través de unas pequeñísimas aberturas intentan averiguar que sucede fuera del recinto. Comienza la fiesta del happening, del último arte.
Un escalofrío recorre la espina dorsal de Hesse: estás en el tren de los niños camino del gas de Auschwitz, pronto será noche cerrada. Al llegar al campo te haces invisible, como cuando jugabas al escondite. Pasa el tiempo. Los kapos te sonríen, te levantan la falda de los 9 años, pues milagrosamente has sobrevivido durante cuatro días sin beber, metida en ese agujero apestoso de donde huirían hasta las ratas, y ahora sales al exterior del vagón, calibran los muslos azulados por el frío, acarician tus mejillas de niña condenada a ser pasto del Zyklon B. Por un momento se siente presa del pánico. Ha de salir de allí como sea, librarse de esa diablura terrorífica. El sudor comienza a humedecer su cuerpo debajo del vestido, alrededor de sí nota un vacío que parece absorberla. La oscuridad terrible se adueña de sus ojos. Ya le parece oler a cianuro. La cabeza va a estallarle. Está a punto de gritar con toda la fuerza de sus pulmones. De pronto, se produce un ruido ensordecedor. Las paredes de madera se derrumban: están libres. Un hombre de expresión torva, subido a una excavadora grita y gesticula, les conmina a desaparecer de allí a grandes voces: “¡Salid a la calle, bastardos!”.
Fin del happening.
Algunos aplauden.
Otros se ríen.
Cuantas veces quieras, ve a su universo. Allí te espera, y le cuentas el futuro que en esta vida le estuvo negado. Por ejemplo: los muertos de después. Todos ellos, y alguna circunstancia. Warhol no murió; simplemente, desapareció. De un día para otro. 48 horas después de su fallecimiento, algún incrédulo todavía lo buscaba por los cuartos roperos del hospital donde ingresó días antes tan campante, en plena forma, para una simple intervención quirúrgica, entrando por su propio pie. “Ha muerto”, certificó el doctor, la voz metálica, técnicamente impasible: tus errores, doctor Muerte, son fatales, irreversibles.
Publicaron sus diarios póstumamente: la fuente oral. Vaya usted a saber.
Estos no mueren con sordina. De Stäel, Van Gogh…
Rothko (pero esto tú ya lo sabías) se suicidó. De esto hablaremos más tarde. Anticipo: 70 millones de dólares un cuadro: tráfico de hombres, de armas, drogas, de almas.
Todo se debe al caos. Desde un principio.
(La otra paz: te llevan de la manita al Revier de Mauthausen. “Túmbate, pequeña”. Y le administran una inyección de benceno directa en el corazón mientras el dedo perverso se introduce en su vagina reseca y estrecha: bonito orgasmo, galeno.)
Mira hacia Hesse.
Como otras tantas veces.
Esta primavera lluviosa y fragante le descorazona. Ella observa la lluvia. De un cielo a veces azul, otras violeta, y otras rosa, y otras oscuro, cae una ligera llovizna sobre las calles de una Nueva York antigua, olorosa de mar y vida, de piedra y de tierra. La ventana está abierta: Hesse extiende los brazos desnudos, y deja que las gotas de lluvia se ciernan sobre la piel suave, viva… El agua del cielo.
La mujer se gira con lentitud, descubre que él la está mirando fijamente (pero no que la mira con infinita tristeza, más muerto e inútil que lo estará ella nunca). Hay súplica en los ojos de ella, hay temor, una implorante petición de ayuda:
-Sálvame –susurra mientras unas gruesas lágrimas se deslizan por las mejillas descarnadas.
Jennie bajo su cuerpo. Gime. Es bella y delgada, de ojos hermosísimos, verdes y atlánticos, se entrelaza a él con fuerza, se funde en su piel con el calor de la noche de julio, la ventana abierta, los ruidos incansables de la urbe y sus sombras rojas, las fantasías de una Nueva York que nunca despierta del día, se estremece ese cuerpo de algas, marino y navegante bajo el suyo…
Él sueña con la judía.
Ella lleva un concepto en la cabeza. Ella no lleva bajo el brazo The Bird, The Other o Good Times. La revolución es una buena salud, no dejarte engañar por los poetas, matarte trabajando duro por no dejar de pagar una sola maldita factura y tener las ideas claras.
1961. Qué años.
Un tipo decente.
(De La América Decente.)
Se llama Dick Foster. Un americano medio que nació en una ciudad mediana del Medio Oeste, y allí sigue.
Básicamente tranquilo, acaba de casarse a los treinta años con la hermana pequeña de uno de sus mejores amigos que, por desgracia, volvió de Corea tieso como el tronco de un árbol y envuelto en una bandera. Foster se libró de la guerra debido a la cojera de su pierna izquierda, aunque apenas es perceptible para un observador no avisado. Dick (Foster) sonríe con facilidad, es un afable conversador y le cuesta muy poco hacer amigos. Tiene un empleo seguro de dependiente-encargado en la sección de electrodomésticos de un centro comercial de las afueras, un Buick de segunda mano que le vendió su padre y una laboriosa colección de sellos usados que acapara desde la infancia. Dick no es muy propenso a gastar su dinero en libros, pero aún conserva con ternura alguno de los textos de cuando estudiaba secundaria, y en un minúsculo estante a la izquierda del aparato de televisión, alineados entre una pequeña reproducción dorada de resina de Miss Liberty y un busto de plástico amarillo de Benjamin Franklin que actúan como sujetalibros, se yerguen el álbum de los sellos, tres gruesos libros, La Santa Biblia, El Gran Libro del Ama de Casa Americana y Tratado de Urbanidad y Buenas Maneras, así como media docena de volúmenes de novelas condensadas del Reader’s Digest que Ellen se trajo del hogar paterno. Sobre la mesa baja delante del sofá de pana descansan varios ejemplares de Christian Science Monitor que el padre de su mujer, veterano de la Primera Guerra Mundial (se alistó a los 18 años), acostumbra a regalarles cuando va de visita. El matrimonio vive en una casa de madera pintada de blanco y verde con una pequeña parcela de césped en la parte delantera. Esperan su primer hijo para dentro de unos meses, al comienzo del verano. Dick ve la TV. hasta hartarse, hace barbacoas los sábados cuando sale del trabajo, y los domingos, después de comer y dar una pequeña cabezadita frente el televisor, cuando no pasa la tarde contemplando extasiado su colección de viejos sellos, él y su esposa Ellen acuden a uno de los cines locales a ver alguna película comercial, preferentemente una comedia o un musical, que son los géneros que más les gustan. De regreso a casa suelen detenerse en un Burger donde un poco culpables intercambian sonrisas cómplices mientras dan buena cuenta de un par de hamburguesas dobles y beben grandes batidos de fresa y vainilla con especial delectación. Los Foster son una familia modelo de clase media-baja que paga puntualmente los plazos de la hipoteca y aún les sobra a fin de mes unos dólares que guardan en un bote vacío de sopa de tomate Campbell en la cocina, oculto detrás de los grandes paquetes de Kellogg’s Corn Flakes, pues ambos siguen prefiriendo los lejanos desayunos infantiles “cuando la cocina de mamá”. Tanto Dick como Ellen creen en Dios y, sobre todo, en el poderoso ejército americano que les defiende a ellos y a sus compatriotas y protege los intereses de Estados Unidos en cualquier lugar del mundo, y odian con toda su alma a los malditos comunistas capaces de perpetrar una maldita hecatombe nuclear. Todas las noches, antes de meterse en la cama luego de haber musitado sus rezos, ambos les desean la más horrible de las muertes a “esos malditos asiáticos”.
La madre de Ellen:
-Ellen era una gran lectora cuando estaba en casa. Llegó a reunir un buen montón de libros muy bien encuadernados. Que Dios me perdone, pero yo juraría que los leyó todos. Será una perfecta ama de casa y una maravillosa madre americana también.
El padre de Dick:
-¡Qué muchacho! ¡Un optimista recalcitrante! Cuando acabó secundaria se matriculó en la Escuela Mercantil, pero dejó de ir a clase al cabo de unos meses. Sus razones tendría. En seguida empezó un curso de contabilidad por correspondencia… que dejó a medias. Luego se metió en un par de negocios que no salieron del todo bien… Nunca se arredró. Y ahora ahí lo tienen, de encargado en Grand’s en el departamento de zapatería. ¡Siempre saldrá adelante! ¡Un optimista! Sí señor, ése es mi hijo, un tipo excelente. Por cierto, este mes termina de pagarme el Buick que le vendí. ¡Sabía que lo conseguiría!
La madre de Dick:
Dick ha sido un buen hijo. No demasiado buen estudiante, pero bueno y cariñoso. Sin dobleces. Sólo nos dio una gran disgusto cuando, a los cinco años, le propinó una patada en la cabeza a un perro y se fracturó la pierna por tres sitios. Una mala suerte para un chico tan complaciente y afectuoso.
El padre de Ellen:
No soy un entrometido. Allá cada cual con sus decisiones. Ellen siempre ha sido una chica cabal y de firmes creencias, las que su madre y yo supimos inculcarle desde que era pequeña. No me gustó que acabara casándose con ese zurdo de Dick Foster, un tipo nada especial, conformista y algo melifluo, y además cojo… Ni siquiera ha ido a la guerra, como mi querido y añorado Tom. Espero que sean felices Ellen y él. La vida es una larga y dura batalla que conviene que afrontes con un buen compañero de armas.
¿Qué opinas de Vietnam?
Con rapidez, contrarresta: “He de conseguir más tubos de ese material, lacas, las resinas, el acero. Era lo que buscaba desde hace semanas. La suerte empieza a estar de mi parte.”
Vietnam:
“Soy un hombre comprometido con mi tiempo.”
“Y yo soy una mujer comprometida con mi obra.”

viernes, 31 de julio de 2015

16

Retrocede en el tiempo. Le lleva Hesse de la mano. Otoño de 1954. ¡Qué bella es! ¡Qué afortunado soy al tenerla a mi lado! Desde el futuro le había amado tanto, toda la mitología y la concupiscencia de mil años atrás. (Deberías tener en cuenta esto: la ninfa acaba de cumplir 18 años y ya necesita apelar a terapias psiquiátricas: el germen del tumor.) De su mano prisionero. Fuera de las clases en la Cooper Union, cogen uno de los dos Elevated Highway, el que parte del Bowery siguiendo el East River sin perder de vista la Tercera Avenida. Contempla de su mano parte de la ciudad de sur a norte con todas las ventanas abiertas, encendidas y habitadas, más abajo, a la altura de un primer piso, una ciudad doméstica y medible, hasta pueden olerse los guisos, los cuerpos en el verano, las desnudeces, la urbe directa y casi obscena, una imagen rauda y universal asociada al ruido del empotramiento de hierros y maderas bajo las ruedas del anacrónico ferrocarril. La memoria: recordar estas visiones neoyorquinas gestadas por toda una imaginería que ya fue visible, creada en una parte peregrina y frívola del cerebro.
1969: dieciocho años amontonados sobre 1951.
Observa el campo visual, orden, desorden, la periferia, y en todas partes seres y vehículos en movimiento…
Si no hubiera caos, no habría creación. Y mucho menos genialidad.
Innumerables compañeros, cada uno con su teoría, su forma de hacer, desaparecen, se dispersan, pocos de ellos triunfarán, y uno o dos, se convertirán en activos financieros. Los otros, los desconocidos pasan a tu lado por la calle anónimos y ajenos. ¿Son artistas? ¿O sólo fueron artistas? ¿Quiénes eran?
Tras el cegador  escaparate de una tienda de muebles usados de Mark’s Place descubre una mecedora española. Por la tarde, aguarda con impaciencia que Hesse llegue al apartamento. Le participa su entusiasmo. A ella también le encanta, y se ríe de su excitación. A la mañana siguiente acuden a la tienda. Entran y él pregunta el precio al dependiente, un hombre moreno con el pelo negro peinado con raya a la izquierda, delgado y bajo, de expresión anodina, con el traje gastado y el cuello de la camisa algo sucio. Pocos minutos después salen a la calle en silencio. Él se siente abochornado. Es carísima. Pero ella sigue sonriendo.
“En cuanto reúna algo de dinero vengo de nuevo, la compro y se la regalo”, se dice a sí mismo con las manos en los bolsillos vacíos del pantalón (arrugado).
Después de varios meses, se olvidó de la mecedora. Ella enfermó. Entonces, de improviso, recordó de nuevo la silla, y se imaginaba a ella sentada por la mañana, con el tazón de café aguado en las manos, meciéndose suavemente y mirando hacia el pasado, libros por todos lados, cuadros, un jarrón con flores amarillas, azules, blancas… Todo lo que ella odiaba en el fondo. Todo lo asqueroso de un recogimiento falso.
Vendió su alma (¡otra vez!) y compró la mecedora.
¿Dónde está ahora él?
Ha desaparecido.
Lejos de los cuerpos enfermos.
Encogido y acobardado en alguno de los hoteles de la calle 50. Ni siquiera le exigen el pasaporte de entrada. Es El Hombre Invisible, El Treinta Monedas: bebe lo que escupe.
Bebe (disimula que bebe) zumo de tomate (todo el alcohol que puede).
-¿Una coca-cola?
-Brrrrrr!!!
Le tenía a ese brebaje carbónico más miedo que el pobre de Mink.
Hablemos de Samuel Beckett.
En 1973: él la resucita.
En un sótano de Queens del que ella se vale de cuando en cuando (así lo imagina él), almacén de las obras descompuestas y echadas a perder de H. y A., leemos Final de partida. “Haz una obra que pueda titularse Hamm.” Ya viejo, bien entrado el siglo XXI, tan irreal para ella a pesar de sus universos paralelos de eterno acomodo, él también ha devenido un auténtico hamm, hasta colérico, huraño, eterno, aunque solitario y mudo.
Cuanto más pobre es, más se refugia en el cuerpo desnudo: el cuerpo es la celda pero también el castillo, el que recibe el cálido sol de la tarde, el que nada ambiciona en su desnudez: es una fortaleza si te lo propones: cierra la boca, junta los párpados…
Respecto a mí. Soy Clov. ¿Dónde nos metemos?
¿Qué tal en un cuadro?
No es demasiado original. Estoy segura de que otros lo habrán imaginado igualmente.
Lo que importa es lo que hagamos nosotros. Estamos en cuadro.
De acuerdo. ¿Qué cuadro?
Me parece que uno de Pollock.
¿Por qué no Albers, o Picasso?       
¿Qué me dices de Balthus?
Mejor Klee: somo un par de niños sabios a lo Nabokov.
Entonces nos quedamos en los contenedores de basura: el mundo se ha venido abajo, las aguas todo lo cubren, los cielos se han teñido de negro en pleno mediodía, ha cesado la voz, las miradas han muerto…
Pollock: enérgico anda alrededor de un lienzo en el suelo:
-¿Sabes? Viendo los cuadros y comprobando donde soltaba los chorros de pintura es posible dibujar la excursión en torno a los lienzos tirados sobre el suelo, sus idas y venidas por el espacio del sucio garaje de Springs: las sendas metafísicas que trazaba con sus pies, la resaca de la borrachera, la intuición plástica, el tropezón del torpe, la sorpresa estética o… el chafarrinón.
El viaje a Ámsterdam: el tren de los niños a Treblinka, a Bergen-Belse, Auschwitz… (ay, no el Tren de la Bruja y la escoba de los domingos soleados en la Feria de las Navidades, en la alameda inocente, al otro lado del río).
En todas las épocas todos los niños creen que el mundo le reserva algo bueno y hermoso… Sin embargo éstos del 43, camino del gas de cianuro, ya ven el infierno que se esconde tras la negrura de la noche, no les engañan, y les domina el terror mientras se mean encima cogidos de la mano sin dejar de andar, sin dejar de andar…
Despierta, de nuevo empapada en sudor.
 Fugitiva ella (del infierno). Pero recuerda que sólo unas décadas atrás has atravesado Ellis Island. Siempre, alguien, franquea el paso a alguien en esta vida de cancerberos: dinero, mano de obra, ganado.
Enclave judeo-alemán en Washington Heights. Esta chica lista ni siquiera se pelea con las compañeras del Pratt Institute. Va a lo suyo, con los libros bien sujetos contra el pecho y la mirada decidida adelante, sin fijarse en los sementales de granos y tupé. No es rica, funciona con becas, llega hasta el falso gótico de Yale. Donde llegaría si no…
Ella, a lo suyo.
1949: Bert, the Turtle, enseña a los niños aplicados de América a protegerse contra las bombas atómicas: refúgiate dentro de tu plumier.
(Hesse: entre los lápices de colores.)
Josef Albers. Yale.
Suenan en sus oídos como el oro brillante las 54 campanas del carillón de la torre del Harkness Hall
Escuela de Artes Visuales. El color. Y el viejo alemán discursea sobre razones cromáticas. Los tiene como conejillos de indias, el teórico. Escribe libros. “Compradlos”, dice. “Aprended de ahí”. No se aprende a pintar en los libros. De ahí tanto fracasado en el siglo XX, cuando la teoría era la sangre negra que circulaba por las venas.
Albers, que espera agazapado tras unas páginas: al acecho de las almas cándidas.
Quiere vestirse. Diseña. Crea un mundo un poco mejor hecho. Vamos a decirlo de ese modo.
He aquí un traje de papel. De lejos parece de seda, unas gasas de colores pastel…
Se ha creado un personaje. Era lo que faltaba. Su yo. Podrá activarlo, manipularlo, maquillarlo, disfrazarlo… o dejarlo desnudo. Yo, la otra.
Oye, espejo…
Recién salida de la adolescencia: terapias psiquiátricas. ¿Cómo no iba a querer ser Catherine?
Todo parece una lucha.
Pero… es una breve guerra.
Todo sucede tan aprisa, y todo es terminante, sin que pueda constituir el revés de las cosas.
Madre, no soy culpable en absoluto de todo lo malo que ha ocurrido en mi vida. Ni un solo gesto, ni una sola mirada o pensamiento míos, ni una sola acción, han podido ser causantes de mi desgracia. He amado con pasión la vida, he amado de ella todo, hasta lo más pequeño y de escaso precio. No he merecido este final que no entiendo y al que me he resistido hasta el último aliento.

martes, 14 de julio de 2015

15

Más ha de durar una piedra que tú.
¿Acaso no simulan formas humanas? Ella no lo sabe todavía. ¡Pero si acaba de empezar…! Más tarde, será arbitraria. La gran maga jugará con el espectador: esas formas blandas, las cuerdas colgando, los tubos huecos como arterias (limpias).
Materiales sintéticos, pero evita sin cortapisas aquéllos que evocan asociaciones, traducciones plásticas, ilusiones de tres al cuarto.
En el cuaderno de notas, la mayor advertencia: ¡nada de dramas sofocleos!
En esta ciudad las cosas simplemente suceden (1968).
Y mientras tanto la huelga de los basureros continúa. Imposible resistir un par de horas en el Downtown: tu sangre cambia de color (a marrón) y huele a mierda.
Ha construido el mundo. Una parte de Nueva York, digamos. Al igual que el niño compone las figuras geométricas de colores chillones, ella ha ordenado edificios y calles, ventanas y puertas, cristales y metales, aceras y calzadas: una ciudad muerta. Entonces a manotazos desordena el conjunto, las diferentes piezas vuelan aquí y allá en un espacio acotado previamente. Un amontonamiento más real por ser menos imitativo. He ahí la obra más bella que aquella geometría obediente y analógica de la representación, una semejanza falsa se ha ido al traste. La artista, aburrida de las visiones formales cotidianas, ha creado una composición nueva y no del todo inefable a los ojos, pues la mínima ciudad que había creado mediante trozos de madera, la componenda denotativa que simulaba los perfiles del mundo, sigue ahí,  está ahí. Sólo ha variado su configuración, la matemática de una sintaxis que ordena su lectura no tanto en lo comprensible de su forma cuanto por negar lo habitual de su forma.
Mas esta diosa de una creación que degrada a sabiendas lo vigente en el arte se entiende bien con lo provisional: mañana nada será igual al tiempo y a las cosas de hoy: un átomo más, un número menos, una variación constante que eleva o acorta, se hace presente o condena a la desaparición visible.
¿Cómo paralizar en el tiempo los objetos y su dictado? En el desorden que tú les imprimes, gobernados por los símbolos o no-símbolos que nacen de de una furia silenciosa y hasta serena. El absurdo es la escritura de su estética; el sentido, el galimatías de su dibujo; el axioma y su ley, la verdad de los materiales y su alejamiento de lo ilusorio: nada engaña su apariencia y nada simula ser plásticamente. Cualquier montón de basura es más real que una obra de Veermer o Leonardo que, aun siendo materia real, nada más que proclaman una ilusión y el tacto claudica ante el lienzo, el pigmento, la textura, la madera del bastidor que los acoge: nada hay detrás: es una pantalla.
Ella no habla de arte. Habla de la verdad de lo que muestra, de lo que es. Su arte es eminentemente físico. Misterioso, por tanto, paradójico.
“Hay otro orden”, me dice.
E infravalora la forma, la rebaja a lo ininteligible que, empero, es muy fácil reconocer: sólo con verla cabe el enunciado o, al menos, el referente descifrable.
En el fondo, se trata de un atentado a la tentación de andar por un paisaje imposible, amar un desnudo de piedra, saludar un busto de bronce, buenos días, señor romano, hola doncella griega.
“El camino que he elegido es el desorden de las convenciones plásticas. Nada de esto contradice la instauración de unos nuevos significados semánticos que de lo epigráfico alleguen a lo legible.”
“Yo me muevo en el espacio de los efectos. Las causas son posteriores. ¿Qué importa qué determine a qué?”
La artista lo ha troceado, triturado, molido: ese polvo de tierra esparcido en el suelo pulido y fuertemente iluminado de la galería de la calle 57 fue piedra. Pero antes que piedra fue polvo de tierra. Y ahora puedes imaginar ese pequeño montón recomponiendo sus partículas más ínfimas hasta consolidarse de nuevo en piedra, en la piedra que era. Sólo sería el camino inverso hasta alcanzar la causa. Mas la danza desordenada de sus átomos, la loca zarabanda impide que de nuevo conformen la piedra inicial: ese desorden aparente, plástico, atraviesa puertas más oscuras de las concebibles.
Una obra que nos transmite la idea de un efecto que busca las causas profundas o triviales de sus apariencias mediante una taumaturgia de lo artístico que hurga en el más puro misticismo, hasta en el desvarío teológico.
“Lo suyo”, dijo el hermeneuta amarillo y verde, de ojos muertos, “sólo es un procedimiento de cálculo, un proceso mental e incluso emocional que le auxilia para hallar las correspondencias plásticas de su temor e imperfecciones.”
Aún en la prehistoria, en el SoHo, en el 420 de West Broadway: Hesse husmea. “Todos somos hijos de Duchamp.”
Al menos.
Recorría Johns, Rauschenberg, Stella: cómo le hubiera gustado extraer los objetos y pinturas de los cuadros, deshacer sus imágenes dividirlas, trocearlas, volver a montarlas por el suelo de forma tridimensional: hacerlas reales, inidentificables.
Contemplas la obra siniestra en el siniestro Bowery del 68:
no sugiere ninguna situación de empatía, evita por todos los medios que algo así suceda, impide sobre todo que por encima de la obra y su estilo sobrevuele un mensaje preparado, “el alimento precocinado, la bebida caliente o fría del dispensador de lo estándar americano”.
(Elija el producto, introduzca la moneda en la ranura…)
Se había hecho con la tajante advertencia de Benjamin: Ningún poema va dirigido al lector; ningún cuadro a su espectador; ninguna sinfonía al oyente.
1968:
Otra exposición en el almacén de la Castelli (el tipo que vende hasta latas de cerveza como auténtico arte) Gallery (qué prestigiosa), en la calle 108. [Anota en su diario jovial.]
Mi arte (¡qué enfática!, escribe en su diario): ¿no será todo él una digresión, huyendo más y más de lo nuclear, la esencia de… algo que no acabo de explicarme?
En efecto, uno puede llevar a cabo grandes obras, incluso memorables a lo largo de los tiempos, pero su verdadero magnum opus es uno mismo, pues es tu trabajo, una acción necesaria para el perfeccionamiento, el que en realidad te cambia y te transforma en algo visible.
-De nuevo te provees de señuelos alquímicos… -diría S.L. sin contemplaciones a uno de “los chicos del Bowery”.
No me gusta mi imagen en el espejo: es lo que los demás ven en mí, y eso es absolutamente nada. Hay mucho más de mí en mi obra que en la imagen que proyecto.
La realidad, el alma, la materia… Busca los ejemplos extremos: el tipo no tiene brazos ni piernas, es ciego, está completamente sordo, la explosión le reventó la lengua y le quebró la columna… Se halla en una absoluta quietud, oscuridad y silencio, pero vive, es… ¿alma sola? ¿O también esa sensación de estar ha de apagarse, liquidarse en la nada absoluta?
Baja en la 96. Ya en el exterior de esa mañana gris, extrañamente silenciosa, de cielos bajos y hostiles, recorre las tres manzanas hasta la 92: en casa: Jewish Museum: a salvo, respira profundamente.
Frente al nuevo psiquiatra. La estancia es algo desasosegante. Paredes blancas, una mínima estantería, el sillón tubular de cuero blanco y negro, frías litografías enmarcadas en listones amarillos en las paredes, una cortina gris parcialmente descorrida deja ver el ventanal que mira a Hudson Square. El tipo es delgado y canoso y carraspea constantemente. Cierra mucho los ojos y asiente a menudo con la cabeza. Todo el decorado, incluido el mismo, incita a la desnudez bajo una luz blanca y criminal.
Es un ascetismo provocador, deliberado.
Luego de siete sesiones:
el cliente siempre tiene razón:
efectivamente, está usted loca.
“Deje de crear monstruos. Ha de emplear el lenguaje de los vivos”, dictamina el oyente, de perfil a ella, sin mirarle ni un instante a los ojos. Ojo con el transfer.
Han hablado de la conciencia, del pensamiento.
Podrían hablar durante horas… para nada.
Si el pensamiento, etéreo, intocable, intangible, invisible, forma parte del cuerpo es que es ni más ni menos que producto de un proceso físico y químico, una engañifa como el aire que encierran los globos de colores.
¿Dónde se aloja?, pregunta ella. ¿Dónde se aloja la idea?
El psiquiatra se calla.
¿Y el alma?, pregunta la paciente.
¡Qué pregunta!, piensa el tipo
¿Qué me dices del alma, curandero de lo invisible, silencioso charlatán?, se dice la artista confusa.
Vaya usted a saber.
Escondida por algún rincón.
¿Ha mirado debajo de la cama?
Ningún cirujano, por fisgón y meticuloso que fuere, vio jamás el pensamiento, la conciencia o el alma habitando en los entresijos de las vísceras, agazapados en algún habitáculo entre la carne, los músculos, los huesos… navegando microscópica en los mares de la sangre, ¿entre los sesos…? ¡El alma son los sesos!
Pensamiento y alma: en todo caso, se hallan en un mal escondite, pues la muerte siempre los encuentra y se los lleva consigo (¿al cementerio de los pensamientos, al cementerio de las conciencias, al cementerio de las almas?).
Y cuidado con los psiquiatras: se casan con suicidas.
Más interés intelectual que visual… pero es esto último lo que refrenda de veras la obra. Lo intelectual es el precio a pagar (por unos y por otros).
Hay un abismo entre su alma y el cuerpo que la contiene. ¿Cómo salvarlo? Si ello fuera posible, la mente estaría a salvo.
Propósitos narrativos…:
“Erase una vez.”
Una metáfora muerta.
Creo en Dios, dijo (sin saber todavía).
Años después: “Creo en Dios” (en Yahvé, exactamente), ratificó. 1969. “Me rodeaban hombre jóvenes y sabios, desharrapados quizá, pero algo me impedía taparme los oídos:
“La suerte que tienen los católicos (y él lo era) y los judíos (conté en el grupo hasta cuatro), y ellos lo saben, es que el Dios en cuyo nombre cometen sus crímenes y fechorías es el Dios sanguinario y terrible de la Biblia; es decir, o no existe o es igual que ellos.”
Sucumbió a la rareza. Desde muy temprano.
Esa era la tarea: ponle nombre.
A rodar.
Nueva York: cuentos de iglesias sin dios: ciudad de tabernas. Todo empezó con un vaso corto encima del mostrador de cinc y bajo un cielo de estaño.
No hace falta que te tomes demasiado en serio: sólo tienes que mirarlos a tu alrededor: ríete de ti y ríete de ellos.
Y ya mucho antes de caer enferma (así solía ella definir su cáncer, he caído enferma…): “En esta vida, y prefiero creer que en todas, todo es intercambiable. Lo que ganas en una ocasión, lo devuelves en otra; lo que pierdes, lo recuperas en cualquier otro momento. Estás justo clavada en el fiel de la balanza, de un lado para otro, y al final sin haber perdido o ganado nada. La naturaleza que te vomitó te absorbe de nuevo al seno de la tierra.”: Bonito paseo sobre su tumultuosa corteza.
En la muerte no hay nada (como en el tiempo).
De la vida: el aire que respiras.
De la vida: los ojos llenos.
De la vida: las manos apoderándose de todo.
El azar aceptado: siguió al hombre de la flauta hasta que sucumbió en las aguas del río, y el dulce sonar fue alejándose más y más por la ribera, más y más mientras ella se posaba suavemente en el fondo de las aguas.
(Leyendas alemanas de la infancia.)
Arte asimétrico en oposición a una lectura ordenada, milimetrada…
Bebido más de la cuenta a causa de las malas compañías que frecuenta (también yo soy las malas compañías para los otros que me frecuentan), piensa que las escaleras de incendios de hierro colado no son exactamente un medio de escapar de la voracidad de las llamas, sino que son ni más ni menos que una formidable estética urbana y arquitectónica “llena de posibilidades plásticas, ¿entiendes?”.
Y tronó: “¡El arte es una huida!”.
Del fuego sagrado.
1950: ¿quién eres?
1969: la chica del SoHo.
1969: ahora es la mía: en la calle Wooster han abierto una nueva galería de arte… pero de la especie de mi arte. Mete las narices allí. Mete todo lo que puedas allí.
Al amanecer despierta sobresaltada: aún sueña con la estatua al soldado desconocido entre brumas verdes (o grises), realista, policromada con esmero, fielmente reproducida, inobjetable históricamente… la grande maniera, el verdadero arte.
Yeats: “Érase una vez… el laberinto: cientos de corredores que se cruzan y descruzan, se yuxtaponen, suben y descienden, se ciegan o acaban volviendo al principio tras innumerables vueltas a la nada. Y todo ello en la más completa oscuridad, sin el hilo de Ariadna, sin la guía pobre y secreta de los pequeños guijarros…”
¿Qué puede tener un tipo decente  que declarar a la compañía de seguros en 1951?:
una compacta Olympia
o una Underwood
o una Remington
o una Royal
o una Corona portátil
una TV Dumont
una radio Zenith
un…
una…
unos…

miércoles, 17 de junio de 2015

14

Lee. A todas horas. En una ciudad que en esos años alberga más de 300 librerías diseminadas por sus calles y avenidas es fácil hacerlo. Y el que no corre, vuela.
¿Debería cogerle del brazo?
Dos enamorados que salen de casa antes del atardecer de mayo. Eva: lleva una falda evasé con zapatos de tacón, una blusa blanca con puños de encaje, el chaleco negro…
Me siento dadivoso… a la manera borde.
Una especie de Swift de carrillos rosados que metiera el dedo morcillero de inglés mercachifle bien cebado en la llaga de la herida del siglo XX.
Que no muera nunca, ésa es mi ofrenda a la Gran Artista para hoy.
Te otorgo la eternidad (te concedo un… castigo)
Eres la heroína de los colores.
También eres mi heroína, Hesse.
He aquí las páginas blancas donde mancillo tu memoria.
He aquí el pecado y la ofrenda.
He aquí mis antojos de creador menor (pero sentimental).
He aquí la chica de la moneda de plata de tres peniques. Nace una de cada un millón.
Te alumbraron con el círculo rojo sobre la ceja izquierda. Ahora, a tus doce años, se ha vuelto verde. Aún has de verla azul oscuro cuando cumplas los veinticinco.
Sabed que ella es La Elegida, papanatas...
Pero, ay, nadie alcanzó a descubrir la mancha negra del tamaño de un chelín sobre la frente.
¿Y qué le hubieras pedido tú a una vida inmortal?
Amaría la sabiduría, sería generosa, me entregaría a las artes y las ciencias. El mundo y sus cambios, sus modas y revoluciones serían mi espectáculo interminable, así como los cielos de la noche, sus astros y sus cometas. Contemplaría indiferente y divertida como se marchitan a lo largo de los siglos la sucesión de claveles y tulipanes en mi jardín. Y yo sería un ejemplo para el mundo que nada en mí vería reprobable.
Sería…
Serías como tus obras, que en el siglo XXI se pudren y se deshacen como el polvo aun no dejando de ser lo que son. Y hemos de copiarlas con nuevos materiales, clonarlas con otra química reciente que sustituya los despojos corrompidos. Tu obra, en nuestros días, es una copia de la que manipularon tus manos, aquellos desechos de los sesenta forman hoy un revoltijo informe encerrado en una urna de cristal.
Pero ¿acaso no somos los hombres y las mujeres copias más o menos imperfectas de otros seres humanos que nos precedieron?
Podemos replicar tu obra cuantas veces nos venga en gana.
¿Para qué ser inmortal? ¿O piensas tal vez que se es inmortal contando 30 años tan sólo hasta el fin de la eternidad?
No, querida. A los cuatro mil seiscientos dos años tendrías cuatro mil seiscientos dos años y no treinta. ¿Qué pensabas?
Serías una struldbrugs cumpliendo años sin cesar, melancólica y abatida, con todas las manías y achaques del viejo, con la horrible perspectiva de no morir jamás. A los cuatrocientos años serías tan terca, antojadiza, avara, áspera, vanidosa y charlatana como a los cincuenta y sesenta. A los setecientos nada de los placeres del cuerpo podrías desear, puesto que a ninguno de ellos podrías responder. Envejecerías eternamente, asqueada y confusa, hasta convertirte en una sombra repugnante para los demás, una apestosa y húmeda mojama ambulante. Tu capacidad de aprender sería nula, tu memoria se desvanecería al paso de los milenios, pero lentamente, muy lentamente, y mendigarías un recuerdo, unos pocos slumskudask con los que llenar el vacío de tu mente. Ni siquiera podrías refugiarte en la lectura, pues el lenguaje se tornaría incomprensible, y tus ojos irían apagándose como una estrella durante millones de años. Tu nacimiento habría sido siniestro, y envejecerías a la par que el universo. Esa rara eternidad te mantendría muerta en vida.
Condenada a vivir hasta el final de todo… ¡qué tortura diabólica!
Pronto dejarías de temer a la muerte, que sería una bendición, el más dulce de los consuelos…
“¿Ahora administras antídotos, entrometido del diablo?”
“Querida, soy El Hacedor. Soy yo quien dispone las piezas aquí y acullá. Qué le vamos a hacer.”
De nuevo Brooklyn: Park Slope: ciudadanos negros por doquier. Pronto olvidas tu origen, judío por elección/fatalidad, americana de primera. Se da una vuelta por la calle Middagh. Busca la “casa sola”, aquella que en la década de los cuarenta albergó entre sus paredes amarillas a W.H. Auden, a Richard Wright, a Carson McCullers, a Paul y Jane Bowles, a Benjamin Britten… Todos ellos vivían allí gratis con la única condición de contribuir al pago de las facturas de la electricidad y la calefacción y donar una parte de dinero a la cocinera que les guisaba. Se encontraban a gusto allí, y raras veces “cruzaban el puente”. Era una buena vida aquella, y por la noche sólo tenías que cuidar de no beber demasiado y no pisar el rabo de alguno de los miles de gatos que se apoderaban de las aceras una vez anochecía.
¿Y, tú?
¿Escribir? Bien, no tan arriesgado como terminar por las alturas de la ciudad trabajando como un window washer.
Aunque… eso depende.
¿De qué…?
1966. De vuelta. Pero no todo está por hacer. Todo está hecho, sólo hay que mostrarlo.
1969. Marzo: nada del arte y sus épocas me impresionan: tengo la llave maestra.
En 1972, en el Guggenheim, la exposición (compuesta como los mecanos, alzada tridimensionalmente desde los planos y las anotaciones…) Y ella tan muerta ya…
Galerías de arte. “Tengo un plan”, dice. “Adelante”, le contestan. “Nosotros no somos nada más que un espacio adecuado. Cuatro paredes, un techo y un suelo que mancillar. Trabaje usted con ello. Todo lo demás es innecesario. Expóngase usted. Hágalo sin miedo. Atrévase a fracasar.”
Forma parte de una cuadra prestigiosa, zarandeada por el escándalo y la celebridad de sus adquisiciones tumultuosas. SAATCHI dos milenios después (puesto que inconcebible era su existencia y su capricho en la Era del Hierro) traduce el lenguaje artístico a lo ferial y bolsístico, los bonos, la acciones y los dividendos (y sobre papel cuché, excelente offset, la fotografía, la propuesta, el precio).
Pero en 1963: una chica lista (lo hemos convenido de ese modo) es muy capaz de endosarle una aguada abstracta a la enjoyada mujer que sale del bar del hotel Quadrum en dirección a su automóvil con chófer delante de la puerta giratoria: se trata de dinero: la única relación con el arte que aquella dama compradora de espléndido tipo y ahora adinerada y en actividad sexual constante con su dueño y señor había tenido en el oscuro hogar paterno de un lugar de Manhattan mestizo e innombrable durante su pobre infancia pobre (sic), era la visión diaria de un calendario colgado en la pared de la minúscula cocina interior cuya parte superior reproducía un paisaje de la caza del zorro en la campiña inglesa por H.G.R. Gyant: “Qué bonito”, solían decir para sus adentros al consultar una fecha en el faldón de los números de más abajo cada uno de los miembros de la familia (8 en total pululando y tropezándose entre ellos en el interior de los 55 metros cuadrados del hediondo apartamento del West Side sin ventana exterior: las cuatro hermanas –bellas y listas-, el hermano –torpe, muerto prematuramente al descender de un tren en marcha cuando iba borracho-, el padre –ascensorista- y la madre –camarera- y el abuelo que jamás pudo pronunciar una palabra si no era en un dialecto húngaro).
Soñaba no sin fundamento, pues ella “sabía”  que las ideas que bullían en su mente eran brillantes y más tarde o más temprano saldrían a la luz. El mundo sabría de qué era capaz el talento (o el don) que aleteaba sobre sus dedos… Aunque, por ahora, ella era la chica que siempre estaba metida en una cabina telefónica con La Agenda Prodigiosa en la mano y los bolsillos de los Pendletons llenos de monedas de diez centavos.
De momento, nena, aprende bien tu papel: nada hay más atractivo en Nueva York que un… que una starving artist.
Desecha el papel, el lienzo, el barro:
En cualquier calle de cualquier lugar del mundo la artista que  acabará viviendo en un psiquiátrico, Yayoi Kusama, yergue sus muñecotes vivientes pintarrajeados, los adereza de sorpresas:
“Lo efímero pervive en la memoria, deja de ser objeto y deviene recuerdo.”
Paseaba bajo los árboles fríos y desnudos del invierno… ¡Ah, no, busca las grandes copas de hoja perenne, el sol entre las ramas aunque el viento de enero haga estremecer tu piel cubierta por mil ropajes!
-Así que…
-Pues, sí.
-Siempre necesitamos a alguien que escriba acerca de algo. Deme su número de teléfono.
-No es preciso. Casi nunca estoy en casa [¿Y cuándo escribe?]. No me importa venir aquí las veces que sea menester.
-Si lo quiere de ese modo…
(“Otro pobre mierda que todavía no tiene teléfono.”)
(“Solíamos ir al bar de Joe Bell en la esquina de Lexington Avenue...)
¿Qué clase de escultura es ésta?
La más alejada de la ficción. Todo en ella responde a la verdad. Todo lo que ves, es.
Y posa sus dedos sobre la carne macilenta, advierte su liviandad, la indefensión ante el estropicio que el tiempo, poco o mucho, perpetra en los débiles tejidos, los músculos, los nervios… Una materia vulnerable y chocantemente finita.
Marzo de 1970. “Envejeces como los materiales de tus obras, un lento deterioro que pudre la materia, la carne, los colores, la sangre, los huesos, los metales…” Ha enflaquecido. Acaricia con la mano uno de sus muslos, lentamente, con los ojos cerrados. Ejerce una suave presión, la siente latir, y le enternece la tibia y suave carne de este ser vivo a punto para la muerte.
En el 68, en el Guggenheim: El Contemplador desea comprar un par de catálogos (que no leerá nunca, puesto que los pierde en una cafetería mugrienta de una calle adyacente de la Quinta). Aguarda su turno frente el curvo mostrador de madera barnizada mirándose los pies. Entonces imagina.
En algunos de los plácidos (y hasta hogareños) rincones del museo se halla ella descansando de la morosa y fértil caminata de hace unos minutos desfilando ante los cuadros, sentada ahora, mirándose una carrera en la media, mordiéndose una uña, reposa como una ninfa con la vista perdida entre las hojas verdebrillantes de una planta junto a la pared roja, desviando la vista de otros los visitantes que sólo turistean.
Artistas: actores: cómicos.
En realidad, a despecho del cuidado desaliño físico y de una vestimenta chocante, toda esta caterva de aprendices geniales bien pudiera haber salido de los HB Studios de Bank Street. Gestos y entonación, miradas y poses atendían más al efecto estético de ellos mismos, la única obra de arte. Nada decían o subrayaban de sus trabajos plásticos, por lo general ocultos en ignotos parajes neoyorquinos a los que rara vez se permitía el acceso.
“Tomaremos una copa en Yorick.”
“Dejaremos correr la noche.”
“Mañana será otro día.”