miércoles, 30 de junio de 2021

47

Una obra de arte puede esconderse tras la frivolidad o la sencillez de cualquier trasto plástico.

¿Qué hay sobre su mesa de trabajo? Un itinerario que alcanza las mayores sombras. Todo ha sido interrumpido. El mapa de un país inexistente. Ya no cabe ni imaginar siquiera. La ciudad en ruinas. Un alma de cascotes y hierros retorcidos, escombros de cemento, resquebrajados todos los mármoles. Apagado el sol, la tierra se muere. Fuera de la vitrina, del “marco”, el objeto artístico ahora es un trasto. Capas de polvo lo cubren. ¿Quién lo defiende? Han pasado los años. El mito ha sido creado. Se recuperan el vocabulario heterogéneo y su sintaxis acaso algo forzada: vuelven a la vitrina antiguos objetos, retornan materiales de desecho a una exposición que los enaltece, los halaga, los encumbra y termina sublimándolos.

Esas calles de Nueva York por donde andaba Jackson Pollock en las décadas de los treinta y cuarenta buscando bronca, embrutecido por el alcohol y su torpeza y tosquedad, todas esas habitaciones sucias y oscuras donde en plena Depresión poblaba junto con unos pocos trastos de pintar una desesperación que nunca encontraría consuelo. ¡Qué análogo al otro navegante del París del siglo XIX, aquel holandés tan torpe y hambriento como él, tan dependiente e inerme! Dibujan mordiendo la lengua entre los dientes, apretando el grafito contra el papel hasta casi romperlo, con la ruda mano del incapaz, del chapucero, rebullendo en la silla, con la mirada fija del enajenado en el dibujo que a duras penas brota del blanco terrible de la página, a punto de estallar en gritos o lanzarse por la ventana: esas líneas férreas y gruesas parecen los barrotes de las celdas de la locura que a los dos terminará por capturar. Y, he aquí que, ambos en su perpetua borrachera y ansias de genialidad, encuentran el camino que da rienda suelta a su magnífico desvarío. Una chapucería perfecta, incontestable: la marrullería del genio que se aleja de lo correcto y la mediocridad como de la peste y se da de bruces con el estilo inimitable de su alma atiborrada de culpas y tormentos. La moneda al aire: cruz. El éxito. Antes, el sacrificio... y la muerte.

Navegante él también, pero temeroso de acabar convertido en ese hombre de las multitudes yendo de un lugar a otro en la urbe inacabable repleta de imágenes, acobardado por restregarse en la pocilga de unos sentimientos encontrados y paralizantes, horrorizado de concluir en el ambiente más abyecto del hombre sin rostro y sin oficio, viviendo en hoteles baratos, sentado en taburetes de barra de bar mirando somnoliento la bebida en el vaso corto mientras la camarera pechugona y de maquillaje frenético te observa con infinito desprecio, viajando en el metro a última hora de la noche pisando periódicos viejos y sobras de alimentos hediondos, perdiéndome en las calles, temiendo las avenidas atestadas de viandantes, aferrándome a la nada un momento antes de precipitarme al abismo o desplomarme inconsciente en uno de los bancos de madera de la oscura estación de autobuses en las inmediaciones de la calle 50.

Ese viaje a los infiernos surgido de la mente de un dios creador de fatalidades y castigos inmerecidos traza un laberinto cuya única salida es la huida, no buscar respuestas, no esperar razones, no entender nada de nada. No-no, que decía Hesse. Huir tan sólo, sin talentos y sin nada entre las manos. Pero…

¿Esa es la obra del día que ya muere?

No así. No nos olvidemos en ningún momento de este hombre culpable e incierto notario. El es el hombre de las imaginaciones. Estudia a Jackson, y a quien se le ponga por delante con un par de cientos en la mano. Se apropia de Hesse. Sufre (en la medida que le es posible; es decir, sin llegar a la devastación anímica, hasta ahí podíamos llegar). Se halla bien protegido del frío, tiene la barriga llena y nada de genio, el talento justo. En Times Square compra una revista para adultos, se la mete en el bolsillo del abrigo y se encamina silbando al pequeño hotel de la calle 42, donde en su cálida habitación de mullido lecho le aguardan, además de la negra Underwood (¿o era una Remington?) un par de botellas de vino de California, fruta fresca en el cuenco de la mesa y algo de pastel de carne del día anterior escondido en el armario. Desde la ventana casi enrejada por la escalera de incendios, divisa fantaseando las escamas del edificio Chrysler, un animal brillante y erecto al cielo violeta, inquietante sucesor de la desmesura y los misterios arquitectónicos del Medievo. Y, por la noche, estudia a Jackson, puesto que ella tantas veces lo había referenciado en sus conversaciones, puesto que la adensa a ella, la descubre mejor, ya que inicia las ilusiones…

Rituales Jackson: tambaleante por los bares oscuros de las calles Trece y Catorce, donde por un dólar podías beber hasta reventar; un condenado borracho sin lavar que a las cuatro de la mañana acaba en el suelo inconsciente y meado, como aquel Van Gogh al que jamás le habrías dado la mano al encontrártelo delante de ti en un parque a pleno sol, un andrajoso con la cabeza baja, los ojos enrojecidos, la sonrisa torcida del demente y el olor del cerdo: hoy no comprarías un solo cuadro de alguno de los dos por menos de 70 millones de dólares.

¿Y eso qué significa?

Para ellos, nada. Es… sólo un juego de activos financieros. Una cuestión simplemente mobiliaria.

Que hagan piña en el infierno. (Sin duda, con los ojos inyectados en sangre, cagados los pantalones.)

¿Pudieron ser otra cosa de lo que fueron? En busca permanente de una maldita terapia (y el arte es una de las más efectivas al igual que la literatura) que les sirva de muleta, de recambio periódico, pero nada más.

Son tipos taciturnos, con problemas emocionales más que otra cosa. Quieren que les quieran, y no quieren querer, al menos de la forma que los demás esperan que les quieran. Se refugian en el silencio, hasta en la hosquedad. Mascullan más que hablan. Miran torvos, atravesados. Creen saberlo todo los extravagantes, y necesitan andadores para salir a la calle; un par de copas bastan para que se envalentonen, pero al día siguiente tienen miedo de no reconocerse en el espejo, de no saber quiénes son en realidad.

El caso Pollock. ¿De verdad te lo parece? Sólo es un artista, y actúa.

¿Dónde está el caso, el suceso?

Está la complicación, las coartadas, un mal primario. Es bastante para una monumental biografía.

Un arte teledirigido por la impotencia expresiva que deparaban los inertes canales de la pintura convencional y la gratificante e inesperada recepción por parte de sus espectadores ocasionales en aquellos primeros momentos del genial desvarío: aireaba las vastas salas adocenadas de figuraciones y geometrías. 

Un juego psicoanalítico en su rama jungiana.

“Mister Pollock, ¿qué hay de la figura humana, de las humanas cosas?”

“Sólo es una mancha, un goterón despreciable que ensucia el lienzo”.

“¿Ha dejado de interesarle el ánima y… el animus?”

“Cuando era pequeño miraba el hondo de los pozos. Ese tipo de honduras me atraía mucho más que otra cosa, hombre o  mujer”.

En fin, en 1940 todavía le mortificaba constatar que no sabía dibujar, que no había nada que hacer. Era un chapucero. Así que descubrió la alternativa: no había por qué dibujar. Mira, pues, lo de dentro. El es el hombre de los significantes: los contenidos tan sólo propician, ¡y de qué manera!, lo aparencial, lo pictórico.

En efecto, se trata de una iconografía prescindible. Además, el camino correcto es la línea interior, la no representativa. Lo exterior le estorba: atisba a sus adentros, mete la zarpa y extrae de las vísceras y la sangre los grumos goteantes. La textura de ese mapa es tan real como el aire que respiras (aunque no lo veas). En el fondo, este tipo voceras, desmanotado y bastante zarrapastroso es un surrealista desde sus más tempranos dibujos y óleos que aspira a colgar media docena de sus cuadros aún sólo emborronados y pasto de analistas junguianos en la galería Pierre Matisse. Apela a la inconsciencia, pero es un simulacro, y se retrata en una deformación, en una tarea deconstructiva que  mucho tiene de máscara real; en efecto, el alcohol y la congestión han labrado minuciosamente un rostro que se repliega hacia los sesos. Ha desafiado al tiempo en una carrera prometeica: ha corrido mucho más que él y le ha pasado de largo en el camino a la autodestrucción. Hasta sus últimas obras así lo declaran a pesar de la furiosa abstracción con que las disfraza y la inconsciencia que las domina. Ahora sí es un autómata... aunque con un poso de racionalidad criminal. Esfuérzate en comprender la actitud salvaje, la deliberación a pesar de todo que subyace en el fango de chafarrinones: una contraseña para poder reunirse con él en el infierno. Cuanto antes, mejor.

Mientras tanto, suspira por arrojar uno de sus proyectiles al interior de la Art of This Century.

Él, el vaquero por antonomasia, un tipo duro desde la primera adolescencia, cuando fumaba grandes cigarros de corteza de árbol enrollados en papel de envolver.

Dos meses más tarde alcanza el estrellato: se ha instalado un  mural suyo (2,47X6,05 cm), que pronto alcanzará fama mundial, en el apartamento de Peggy Guggenheim de la calle Sesenta y uno; el hombre calvo y borracho que lo ha creado a lo largo de un día y una noche avanza entre la multitud que llena el apartamento reunida para su contemplación inaugural, cruza el salón sin mirar a los lados, se detiene, cierra los ojos y alza la cabeza como en éxtasis, se desabrocha los botones del pantalón y empieza a mear en la ostentosa chimenea de mármol. Es la consagración. La cúspide donde asienta sus posaderas de genio confirmado, hermético y meón.

Se asomaba a lo hondo de los pozos. Jugaba (pintaba) al borde del precipicio: lo que veía no parecía gustarle demasiado. Así que el juego mudaba en desesperación. Tal vez las oscuras aguas sólo reflejaran las magras esquinas de un hombre, el negro borrón de un rostro irreconocible directo al infierno de los malentendidos.

Los diez años siguientes los pasaría mirando el abismo. Qué rara prolongación del niño aquél de los espacios del gran Oeste, al que la emulación le condujo a la locura suicida.

Pero, ahora, en la gran ciudad del gran dinero.

Cavila, se da de cabezadas contras las puertas de hierro del Arts Students.

En el vacío. Lo fabrica él a conciencia. Tiene buena mano para ello. Garrapatea figuras reconocibles en el lienzo; luego, las esconde tras espatulazos, churretones y trazos al albur. “Tuve una visión”, dice cuando finaliza una de sus obras. Uno se mete dentro del cuadro y empieza a comprender, aunque, por así decirlo, sin mancharse, sin físicas torturas, fisgando lo preciso; luego, se marcha a su casa tranquilamente.

Las pesadillas, la muerte temprana, el desprecio o la locura, para el artista, que no sea ésa una condición fútil, que nada de esta feria de las vanidades sea de balde. Que pague su precio puesto que también él es un mercader de conciencias.

Tuve una visión: entonces se suspende de la obra sobre el pozo. Mira hacia abajo las negras aguas quietas en el redondel tenebroso. Un día, suelta las manos y cae en el mismo centro de las ondas que se ensanchan hasta derribar muros y paredes, nombres, las venturas o el hechizo maligno del tiempo de atrás.

Adelante está la frivolidad, lo iluso del negocio de hombres: más importante el cuadro colgado en la pared de una lóbrega galería de arte (a pesar de los vatios de luz) que arrinconado en el estudio luminoso del artista; más importante que expuesto en la sala de venta, enclaustrado en las páginas de Harper’s Bazaar.

¿Adónde ha conducido el éxito? A la angustia. Este hombre con la cabeza calva llena de selvas y de indios y sueños borrosos se preocupaba de las comisiones, de las ventas, de los marchantes, de la publicidad en Art Digest y similares, del dinero, de los rivales en el negocio (Rothko, Motherwell, Hare), y unos pocos meses atrás todavía era un mantenido, un subvencionado de un programa federal que acotaba su rebeldía disipándola en el angosto cuello de una botella de whisky.

Ahora le interesa el dinero. “¡Qué estupidez! Como si fuera a ser inmortal”, dijo Hesse una vez, con debilísima voz (26.4.70).

Amigo, si no apareces en las páginas de Life es inútil que tengas bolsillos en los pantalones: iban a quedarse vacíos. Este honrado semanario americano es tan capaz de vender cuadros como electrodomésticos, guerras y cigarrillos como algún estreno de Hollywood, sofás e ideología, autoestima y amor a la patria.

Pues ahí está, el tipo más irascible de los 18 irascibles, casi presidiendo la foto de Nina Leen.

Octubre del 48: Catedral: el mejor cuadro que se ha pintado en este país desde hace décadas (G. dixit).

En la Cooper Union, en 1956, aún te enseñan a dibujar como en el siglo XIX. Octubre del 56: debajo de unos árboles una placa de latón sujeta a un pedrusco informe avisa de la tumba de Jackson Pollock en Green River; Hesse, aplicada estudiante con aviesas intenciones ocultas, contempla una y otra vez las reproducciones de Catedral escondidas entre libros de anatomía y diseño. La chica lo ha comprendido perfectamente todo. Desde hace tiempo lo había adivinado. Ella es la Chica Lista. Sabe de sobra quiénes son sus almas gemelas.

Respecto a Pollock el Grande: de modo que ha llegado la fama. Guarda las apariencias, tranquilízate, eres el autóctono, el artista contemporáneo que USA ha estado esperando desde la Independencia del XVIII, pero cuida las formas, sé un buen salvaje (fenobarbital y dilantín sustituyen al alcohol embrutecedor).

Esa es la cosa. Un buen salvaje de ducha diaria y pantalones y camisa limpios que no ande por ahí golpeando o vomitando encima de la gente: son los cuadros los que han de ser salvajes.

1949. La perfecta ecuación. Todo sigue el curso predecible.

Time (2-1949), aun con sorna, pero…: “La pintura más vigorosa de Estados Unidos”.

Lástima que el pie siga apretando el acelerador… hasta agosto del 56. Muerte para él; albricias para los compradores. ¡Qué suerte!

Si talento, manirroto; si dinero, una prodigalidad que hallaba su verdadero nombre en el desperdicio: amigos, conocidos, todas las viejas épocas acababan sumidas en el vertedero. Eran nuevos tiempos. Pero el dinero, iluso tú también, no bastaba. Y el éxito sólo es una repetición absurda de tu nombre (que ya conoces hasta el hastío). Además, seguía siendo (nunca dejaría de serlo) el borracho de la calle Ocho. Las pobres recetas para pastillas no serían suficientes para disfrazar la desesperación, la angustia que nace con el día y se perpetúa en la pesadilla alcohólica.

Aunque también era (y lo fue hasta el final) aquél que un día se preguntó: ¿dónde está el modelo? ¿dónde está el tema? ¿para qué necesito un modelo? ¡Y miró delante del lienzo donde no había nada! ¡Y se lanzó como un potro desbocado ad absurdum hacia el mayúsculo ultraje de la pintura! Tirada en el suelo, esa vieja zorra podía ser mancillada sin miramientos, vejada por el más perverso de los brutos. Y sin asomo de sentir el menor remordimiento una vez consumada e intitulada la violación. ¿La recompensa?: “Ahora todos sus cuadros rezuman la más bella poesía, el significado más reverberante…” (G.)

Está ávido de grandeza, así que se encierra en el silencio… significativo.

Ésta, Hesse, lee embelesada en un Artforum del 68 la recua nominal de una mitología incipiente (LeWitt, Andre, Flavin, Smithson, Judd, Morris…) y aún de choque (ella misma) en la componenda de un nuevo concepto como aquél Jack en los años treinta veía en Cahiers d’art las andanzas de Picasso, Léger, Miró y Chagall. Los mismos perros con distintos collares.

Y dice la mujer sedente, “el universo es negro y azul”. Sostiene ante sus ojos una enorme reproducción de Klee mientras asiente con la cabeza.

Por entonces, lo mejor que podía pasarte es que un crítico de renombre arremetiera contra ti: eso era la consagración: la bilis de Michael Fried fue suficiente para mantener a flote a los primeros minimalistas.

“Hablar es de maricas”. Y el artista borracho permanece en un silencio hosco y resentido, arrugando con las manos un ejemplar del Cahiers de 1937 que muestra el Guernica a doble página pugnando por desbaratar los límites que lo contienen. A sus pies, roto en cuatro pedazos, Minotaure y sus fantasías tan débiles frente al nuevo arte que ya se germina en el cráneo del hombre calvo.

Y dice la mujer calva: “Todo es un juego”.

Y vuelve a mirar la ventana blanca y verde.

“Todo es un caos”, dictamina el triunfador antes de desplomarse en la acera en una ebriedad ya suicida.

Maneja bien ese caos. Termina poniendo el orden en el espectáculo del arte: él y su obra tienen el aura. La muerte epilogal era la debida. Un tipo así tenía que morir así.

Previas declaraciones alimentan el mito: “No habla”, dicen. Es un místico. Es poético.  Es un genio. Sobrecoge permanecer a su lado, la recia figura negra…

No se alía la metafísica con lo doméstico.

Ahora, el Gran Hombre influye en los demás sin mover un solo dedo, sin proferir una sola palabra, sin dirigir una piadosa mirada a unos admiradores y prosélitos atentos a la voz del  Maestro: absorto en sus pensamientos, elucubra magnas ideas.

Son los famosos silencios elocuentes los que agigantan al que nada tiene que decir.

Pero el Hombre del Gran Conocimiento sólo es un pintor que no sabe dibujar. Esa es toda la mayéutica de donde extrae la genialidad. Ha suplantado una técnica milenaria mediante la invención de una correspondencia a aquélla propia y original.

Ha leído tres libros en su vida, alguna novela ilustrada, revistas de arte que le enviaban sus hermanos desde el Este cuando aún soñaba ser vaquero en el Oeste (ya sin el colt al cinto pero rodeado de cuernilargas en noches al raso junto a la fogata olorosa); también se ha apropiado de informes psicologistas de tres al cuarto una terminología precaria e imprecisa: abalorios con que adornar la vestimenta provinciana de su conversación.

Habla con palabras y pensamientos prestados. Es un vaquero vacío, un cowboy hueco sin caballo ni lazo que enarbolar, muy peligroso ciertamente con un bote de pintura en las manos o enajenado por el alcohol.

A su lado la Krasner, una perra guardiana inflexible y decidida, con toda la energía de la conversa y el fiero recelo del animal herido, mira por el futuro, cuenta las monedas, vigila la raya roja con sus ojos saltones y camaleónicos.

Todas las malas chicas judías huyen de Brooklyn y acampan en Manhattan. Al igual que hizo ella, la chica de los ojos alerta y tres lienzos a la espalda. (Años después esta chica indefensa tiene que ocultarse debajo de los muebles para que el chico malo gentil no la muela a palos y amanezca por la mañana repleta de cardenales.)

Un día cruzan el puente, miran abajo las aguas del East River que huyen al Atlántico y no vuelven a mirar atrás. 

En la capital del mundo de los cincuenta las faldas de vuelo, las colas de caballo, los trajes de franela de los caballeros con sombrero de fieltro y los pantalones de mezclilla encasquetados en las piernas de los jóvenes sin causa, es fácil ser rebelde, la leche sin añadidos pordioseros empaña de forma natural los frascos de cristal, los gruesos filetes de carne rezuman sangre de la mayor pureza y los autos manipulados de los adolescentes devoran millas en un aire limpio de tal libertad que sofoca las protestas de los negros, de los Rosemberg, de los soldados locos que vuelven de Corea… En la ciudad del prodigio y el vértigo las promesas se cumplen, los sueños son fáciles y Dios está con nosotros.

Y otro día lejano, que siempre llega, las chicas malas acaban sepultadas junto a sus héroes; las más afortunadas, a la sombra de monolitos memoriales enhiestos sobre el verde césped de Green River. Otras, tienen unas muertes domésticas y anónimas, cuando el cuerpo ya ha dado la vuelta a sí mismo y muestra un pellejo caído y ruin, los forros carcomidos de adentro.

 


jueves, 13 de mayo de 2021

46

De momento: huye del intenso viento que se abate sobre esta parte de la ciudad, un aire furioso proveniente del East River, huye por el puente de Queensboro, en las proximidades ya de su ratonera: pequeñas nubes muy blancas y uniformes en formación militar atraviesan el cielo más ancho de Queens en dirección a Manhattan: huir,

Misticismo: he ahí el silencio, sólo lo intuitivo te acerca a la verdad secreta de todo, a su más profundo significado y esencialidad: el arte es una praxis de la conciencia. El silencio me conduce a lo maravilloso, a lo creado realmente; el lenguaje me condena a lo trivial, a lo insulso de una tautología que se enmascara mediante el signo: ya no nos basta un solo universo; tienen que haber más, muchos más, miles de millones de ellos. Sólo así se explica el silencio. Multiverso.

Noviembre:

Odia el pavo, y los arándanos, y los boniatos…

¿Qué hay de las repeticiones? Si repito algo absurdo, es doblemente absurdo. Morir joven: morir dos veces adulto.

No significa nada… eso.

Es. Ahora lo entiende. Ahora descubre su sentido. Y al contrario que otros muchos, no ha hecho del arte una filosofía, sino una actividad donde no existen los límites. Quiere sus obras como la exposición de una práctica que ni elude lo marginal ni lo trascendental. Una súplica, o una justificación de una manera particular de relacionarse con las cosas y los hechos, con sus semejantes. “Me sobrevivirá”, se dice. Y, más tarde, cuando sienta la muerte invasora ya dentro de ella apresura su testimonio, atestigua con la obra su tránsito terrenal. ¿De veras pensabas que nada acaba verdaderamente? Lo que dejas tras de ti es un nuevo juguete para los que te suceden, se solazan con él, divierten su estupor, lo  montan y desmontan una y otra vez como un antiguo mecano de reluciente metal, incluso tú misma terminarás bajo el disfraz de las suposiciones, se inventarán identidades adaptables a cada negocio, serás la copia prodigada e interesada de quienes viven de réditos. Te pervertirán.

Acabarás siendo una desconocida.

Más he aquí la materia efímera de su arte, el fatal deterioro, los trabajos se desmoronan ante el paso de los días, los ácidos del tiempo la destruyen. Levantan acta de unas ruinas. Reproducen una idea que ya entreteje su captación con infinitas sugerencias y malentendidos, y que, fatalmente, ya es otra cosa de aquello que fue concebido incluso en la oscuridad. Una idea, una imagen muerta: va unida a su misma desaparición. La posteridad es el vacío.

¿Qué sabrán de ti?

Sólo son mistificadores.

No es un viaje al pasado.

Ha de sacarla del maldito edificio. (Pues nada de esto servirá.)

Un no retorno o una comprobación. Es una despedida que nada tiene de crucial. 17 de abril de 1970, viernes. Es un día vulgar, gris, de ligera llovizna, tan luminoso que fue ayer, con tan gran sol enseñoreándose del cielo limpio y azul. A primera hora de la mañana sale del apartamento y toma un taxi hasta el hospital de Nueva York. La noche anterior le había llevado a la habitación cena japonesa en primorosos recipientes de cartón coloreados comprada en un restaurante bastante caro a dos manzanas del allí. No había sonreído cuando le enseñó los palillos pintados de negro y rosa ni los diminutos vasitos con grabados en relieve para el sake. Apenas probó nada. “Todo sabe a radio, a quimio”. A plástico quemado, había dicho en una ocasión. Tampoco demostró el menor interés por la bandeja de la cena del hospital, que había depositado sin abrir y todavía caliente en una silla cercana a la horrible cama de tubos. Luego, vieron Evening News en la CBS. Al última hora llegó V.T., apremiante y locuaz, ataviada con una especie de túnica corta floreada que dejaba asomar por abajo unas botas de ante color violeta; un collar de bolas plateadas, a juego con las pulseras que tintineaban en cada una de sus muñecas, rodeaba el cuello arrugado. V.T. apareció acompañada de W. Este sofisticado gigoló de mueca despectiva venía en mangas de camisa (estampada de círculos de diversos colores) y pantalón de lona marrón ocultando sus piernas largas y delgadas, con la pipa encendida y humeante en la boca. Le miró, al igual que siempre lo hacía, con desconfianza, pero intuía él que también con algo de temor. V.T. acababa de llegar de Paris; traía una bolsa llena de catálogos de las galerías y museos que había visitado. A la vuelta, se había reunido con W. en Londres, donde éste, poeta en ciernes desde hace más de una década (disfrazaba de tal guisa, en parte, su cometido de gigoló rufianesco), había holgazaneado varios días esperando a la otra, vieja, extravagante y adinerada. De allí directos a Nueva York. Habló de Stäel, de las incipientes instalaciones de Kienholz en la CNAC, una muestra de meses atrás que aún despertaba el interés mediático en la prensa especializada parisina “debido a su evidente contenido político” (remarcó). Su habla atropellada y confusa, neoyorquina inequívoca, a duras penas permitía el diálogo. El monólogo era altisonante, excluyente, infranqueable, aderezado con frases informativas del estilo de “estuvimos a punto de ir a Aviñón por la exposición de Picasso, querida, pero se torcieron las cosas”. En labios de esa excéntrica coleccionista de arte, inevitablemente, Rothko salió a relucir debido a su muerte reciente: proporcionó detalles macabros de su patético suicidio a la moribunda Hesse: flotaba en su propia sangre, de un rojo oscuro, en calzoncillos, oh, Dios, en calzoncillos blancos tipo slip, “¡ y esos brazos en cruz, querida, esos brazos en cruz!”. Un fármaco reconstituyente. Acostúmbrate al infierno, yo señalo el camino, proclamaba su sana desenvoltura, su desliz inadvertido. “Se ha hecho especialista en agujeros de gusano”, informó El Testigo, por decir algo, señalando con la cabeza a una Hesse postrada en un silencio conciliador. “¿Cómo dices, querido?”, preguntó sin mirarle. “Viaja. Qué digo, vuela. En este momento se encuentra en U8, que es un poco más azul que U7.” “Siempre queda la esperanza, Hesse.”, soltó con la pipa entre los dientes el feble poeta mantenido: el atajo, frente al camino de la otra, al infierno: un tumor en el cerebro, así que la esperanza, eh, hijoputa. Ve la ventana negra de la noche a un lado de la cabeza de Hesse que reposa sobre la almohada, puede sentir el aire oscuro y primaveral. “Pero es muy cansado, mi niña, todo el día de un lado para otro, abrumada por l’art tan fascinante, tantas las cosas  y sitios que contemplar de nuevo, y los amigos, ah, los amigos… Llegaba al hotel rendida, querida, muerta de cansancio… ¡París, inmensa París…!” Cuando se marcharon dejando tras de sí una estela de frivolidad, de inoperancia cruel, Hesse se durmió en seguida. Era un descanso doloroso, desahuciado. Un simulacro. Él piensa que ella, simplemente, al final se desmayaba, un dormir sin sueños, sin emociones. Observó su respiración. Todo parecía inútil. Con algún esfuerzo logró introducir la abultada bolsa con los catálogos y otros papeles satinados en la papelera. Salió del hospital un par de horas después, cansado de leer a Hugo (William Shakespeare, 1864) a causa de su cada día más deficiente francés y asustado por la genialidad.

 Después de una ducha fría y el desayuno triste fue en su busca de nuevo.

Ha salido del hospital inyectada y con fuerzas. Un sombrero de terciopelo de color violeta, la gabardina azul de tejido liviano anudada a la cintura, debajo el sostén, la blusa blanca, la falda escocesa; calza las botas rojas de goma, relucientes. Al verle abrir el paraguas, ella deniega con un gesto. Andan un rato bajo la lluvia mínima y fresca, hasta reconfortante, flanqueados a un lado por árboles que ya visten sus copas de hojas relucientes hacia la boca del metro de la 33 con Park Avenue.  Y la mirada del doctor, severa, lastimosa (en realidad: inexpresiva) que parece seguirles a sus espaldas.

¿Qué has querido hacer? Llevabas entre manos el gran proyecto, y no en secreto, del autorreconocimiento, comprobar tus medidas exactas, ponderar tu forma real,  calcular el peso específico e inequívoco de tu singularidad (de tu alma): y todo para desmontarte a través de un lenguaje incongruente, festivo y adánico. Lo sabemos: crear el caos, desbaratar tus límites. Te has equivocado. Tu desmesura te ha conducido al castigo. ¡Te has enfrentado a la claridad, al orden justo, a lo premeditado! Tus malos ingenios te han llevado a la arrogancia, a desafiar a los dioses creadores, a la hybris. Tú misma te has condenado. ¡Con lo calentito y reconfortante que se encuentra uno libre de culpas, de deseos, de soberbia en la bendita áurea mediócritas! ¿Crear? ¡Para qué! El más modesto de los arroyos que serpentea entre piedras y plantas bajo el sol supera con creces cualquiera de las obras que concibe y crea tu artificio, la hierba más pobre y rala de Central Park sobrepasa tus colores, tus sueños y tus necias bagatelas llenas de mentiras.

Y, convengamos en ello, qué poco de malditismo había en realidad en tu obra en ciernes, en tus pequeñas maquetas objetuales.

Estos elegidos… ¡y qué dádivas del destino!, ¡qué espectáculo!, ¡qué juego dan!

Ergo:

julio de 1948: Jackson Pollock, Arshile Gorky y Mark Rothko. Han reunido a los tres monstruos en un bonito festival social. Partisan Review levanta acta. Alcohol a raudales. Podrían hacer bufonadas, divertir al personal (mas sin sucias estridencias y alborotos cruentos): uno se halla irreconocible sumido en una de sus habituales borracheras homicidas y chulescas (busca pelea como sea, un enfrentamiento embrutecedor que le rompa la cara a él o rompérsela él a quien fuere); otro hosco, en un rincón, con la vista baja y de germanía, acaricia la navaja gitana que siempre lleva encima (no dudaría en insertarla en la garganta al primero que se le pusiera por delante); el tercero, ceñudo, silencioso, retraído y difícil (toda su vida fue una búsqueda siniestra del verdadero aislamiento que le condujera más que a la abstracción al ensimismamiento metafísico). Son cartas marcadas, cada uno cumplirá con creces lo que se espera de él: Gorky (¿quién soy yo?) se ahorca en su estudio una semana más tarde. Es el primero en dar el salto. Así se hace, tío. Interpretemos el papel asignado de la mejor manera posible. Pollock se mata borracho lanzándose al vacío de la noche a toda la velocidad que le permite su viejo Oldsmobile (y se fue en compañía de una mujer joven e inocente al infierno, todavía mejor). Rothko, en su rezo (o blasfemia) solitario se abre las venas tumbado en el suelo, medio desnudo y narcotizado. Cada uno a su tiempo. A la debida hora. Sin vacilaciones. Respecto a la obra: ahí queda eso.

El arte es un cáliz que hay que beber hasta las heces.

Allí están esos tres monos de feria: como insectos revoloteando por encima de la buena conciencia del espectador. Luego les alcanzará la gracia de lo sagrado. Tocar una de sus obras: 50 millones de dólares.

2011: Del arte me interesa el dinero que se mueve de unas manos a otras. ¿Para qué negarlo? Es mi trabajo, y quiero que me paguen por él. Cuanto más, mejor. (El 101, el que faltaba para completar la lista.)

¿No te gustaría cobrar mucho dinero por una de tus obras efímeras, Hesse?

Ahora, ya no. ¿Para qué? Que paguen otros el féretro.

Hubo otro viaje virgiliano ajeno a la culpa o a la inocencia: él tan sólo pretendía registrar los hechos que habían sido o habían podido ser. Todo se había desmoronado. La turbación inicial había dado paso a la desesperación; luego, a la serenidad, y ahora, a la excitación. Recorrieron el breve espacio de una aventura disparatada de la mañana a la noche en una Nueva York que repudiaba por su magnificencia y su misma lubricidad y bullicio alcanzar el cielo o  descender a los infiernos. Era nada más que una excursión frenética a una cotidianidad irrecuperable, una vulgaridad urbana y social carente en el fondo de cualquier interpretación laudatoria: el mero contenido de un día entre el amanecer y el crepúsculo, un rosario enhebrado de sinsentidos, ocupaciones, ocios y obligaciones que la noche disipaba y levantaba en el aire como la liviana capa de polvo que, al final, termina liberándose de la costra de la tierra. Comprar un puñado de nueces, saludar a un rabino escéptico y burlón de la calle 12, visitar el estudio de A., tomar un bocado en Lipstein&Sally y un café en Maxwell, esconderse en el subway, comprar periódicos en la Quinta Avenida, andar un rato callados bajo el sol y la tibia brisa primaveral acariciándoles el rostro, volver al subway, acabar en la calle 82 de Brooklyn, pasear de nuevo en silencio absoluto, comer otro bocado en Coney Island, volver a Manhattan con los ojos enrojecidos, aguantando el llanto, revolver libros y revistas en The Green Train donde R.Y. disimula la violencia que le abate en su interior con una media sonrisa y rodeado de libros como en el interior de un bosque, ver anochecer desde el puente de Brooklyn. “Lo que yo hubiera querido…”, balbucea en la cama desdeñando sus besos cobardes.

No es dolor exactamente. Es una punzada de desaliento en la carne, una mínima molestia, una pesadez en la sangre que llega hasta congelar la respiración, la mirada pobre en las cosas que se alejan, en los objetos cotidianos que comienzan a transformarse en irreales a causa de esa sensación de tránsito que empieza a dominar por doquier aun antes de que el esplendor matinal desnude la simplicidad de todo, expuesta toda la trivialidad y el sinsentido bajo los rayos del sol como el fácil mecanismo que ante el asombro decepcionado del niño termina ofreciendo el muñeco articulado con las entrañas abiertas a sus ojos. Saber que todo es inútil y todo es para nada. Saberlo, y rebelarse ante ese serrín o fraude mecánico, luchar hasta el final, condensar en minutos largos años, en horas una vida. “¿Te ayudo a ducharte?”. Se niega con naturalidad. Hay que desayunarse aprisa. No, prefiere la cafetería de asientos rojos y mesas de madera negra a una manzana del apartamento. Se hallan en la cocina. El día será fresco y soleado, con una ligera brisa a partir del amanecer, anunciaba en la medianoche la cadena de radio NYK123. Pero ahora aún está todo sumido en la penumbra o bajo las luces eléctricas tan desoladoras y tristes, una iluminación tan poca cosa frente al día pujante que empezaba a nacer como si nada, algo tan inocente y repetitivo, tan monótono, conocido y vulgar, y, sin embargo, tan precioso, inalcanzable, tan hermoso para quien está al borde de la muerte y no la desea, para quien va a morir y lo único que quiere es sólo vivir, nada más que ese milagro, ser nada más que uno entre otros miles de millones de seres despreocupados y vivos en el día que vuelve a amanecer. Tiene que vestirse. El mundo se ha puesto en marcha otra vez.

Hay que moverse, pues.

¿Qué me pongo?

¿Qué podría decirte yo, querida?

Sólo soy el pobre tipo ése que camina bajo la aguanieve hasta el oscuro apartamento de la calle Once donde escribe cuentos pornográficos a 5 centavos por palabra.

(Lo rumia ceñudo, algo orgulloso en el fondo por el ramalazo de desprecio que experimenta hacia sus desconocidos y enfermos lectores, pegado al ventanal de una cafetería vulgar, cualquiera de ellas, con la vista perdida en el ajetreo de la calle, hinchándose de un repulsivo aguachirle pero botomless.)

Es como los elefantes (él y ella). Anda y anda no sólo por buscar agua y comida, sino, simplemente, por cambiar de escena.

Sales: dos folios por el precio de uno.

Estamos en temporada.

¿Me garantiza 20 adjetivos y media docena de metáforas por página?

No lo dude. Y dos vocablos de los que hay que buscar en el diccionario para dar con su significado (y un raro tecnicismo también).

En efecto, usted es el tipo que busco. Y me lo lía todo un poquito a partir de la 119. 

miércoles, 16 de diciembre de 2020

 

Descorred el telón:  

Cómo es ella?

Él sabrá.

(Adelante: no es ni más ni menos que una de tantas … chick flicks.)

Entonces la soñó en un viejo apartamento de la calle 10 Este (sigue sin alejarse demasiado de sí mismo, de su viaje a la desnudez). Allí, una tarde fría iluminada apenas por una luz gris y desapacible, mientras al otro lado de la ventana sin cortinas la nieve inocente y silenciosa descendía pacíficamente sobre las aceras desiertas, enfermó. Su cuerpo de sierpe le estrujaba hasta escurrir una sangre oscura y maloliente por la boca. Estaba solo, indefenso y exánime. La fiebre y las náuseas no le abandonaron en cinco días. Pensó que aquello era el final. “Ha sido perfecto”, se dijo. “Tardarán cien años en descubrirme en este cuchitril vacío lleno de folios en blanco.” Se hundía en un sueño de oro, mierda y agua verde, un delirio interminable y febril fraccionado de dolorosas vigilias y estremecimientos sin fin, una pesadilla envolvente y atroz, pues soñaba con muertos y descalabros que extenuaba su razón en invenciones descabelladas. Al quinto día se arrastró al vaso de agua, a la pastilla concentrada de caldo, al trozo de pan duro como la piedra (que lamió), a la taza hedionda del váter donde vomitar la pesadilla de los cuatro días que le habían torturado hasta el umbral de la derrota final…

¡Menuda chick flick!

Despertó sin cuerpo, como sostenido por un dolor que ningún analgésico o bálsamo milagroso podría mitigar.

No la había soñado a ella: soñó los monstruos que antes ella soñara y que, nacida de esa sinrazón, una pandilla oleosa de bocas monstruosas y rientes le había empezado a anegarle a él con una marea invencible de episodios indescifrables.

Su padre escribía el libro de la vida, de su vida, de las dos hijas, guardaba entradas y programas de cine, cientos de fotografías y datos, notas manuscritas, cuadernos escolares, dibujos, páginas y recortes exhaustivos de periódicos, recreaba biografías como otros modelan muñecos de barro o pintan miniaturas… 

¿Te acuerdas de Sión?

Miraba por encima del hombro del agente de seguros, letrado correcaminos, que parecía cansado, con los pies en una pura llaga, a punto de cenar, ya con ganas de musitar sus rezos e irse a la cama en paz.

La última obra: ¿No te retrotrae ese arte a un estadio de animalidad, de primitivismo mudo? El arte exige que lo signifique en tanto lo contemplo. Si contemplo, pienso, y lo hago mediante el lenguaje, en silencio o abriendo la boca. Pero frente a esta obra… ¡carezco de palabras para hacerlo! ¿Puedo pensar sin ellas? Puedo interpretar los elementos que la constituyen, pero soy incapaz de dilucidar o pensar sobre lo que es si no utilizo algún tipo de lenguaje. Esa… obra me lanza contra el mutismo. En efecto, puede parecer simple, así su conformación, los materiales que la estructuran…  Y, sin embargo, es de una complejidad absurda, todo su sentido se ramifica desde un principio, se nutre y expande de múltiples añadidos conceptuales, emocionales, instintivos.

Pero ¿cuál es la realidad del arte contemporáneo?

-Supongo que se trata de una cuestión de credulidad. Ya lo dije antes, de fe. Tienes que creer en él… ¡y lo desconcertante es que ya no existen los dogmas! Bueno, quizás en la mente de algunos copistas de cara cerúlea, esos que se plantan disfrazados con un babero y lazo de terciopelo negro o azul oscuro delante de Rembrandt o Velázquez en los museos y se dedican a juntar líneas y mezclar colores terriblemente serios, mientras los demás visitantes compran libros inútiles en la librería o llenan las bolsas de papel con reproducciones tamaño postal de los cuadros… ¡colgados a menos de dos metros de ellos! Sí, tal vez los dogmáticos sean los espectadores. En cuanto los artistas… Han aprendido a aceptarlo todo en un mundo donde la falsedad, los intereses y la manipulación dominan por entero cualquier iniciativa artística o mercantil. Pero esto a la vez es lo que lo estimula.

-Te diría que es una especie de teoría del espectáculo. La cultura popular, que no el arte popular (la cerámica, la alfarería, los bolillos, la artesanía del hierro o la madera, el ganchillo de la viejas damas indignas…) se basa en una manifestación, ya no en la contemplación. Interesa la biografía atormentada o malograda del artista: su pintura o su escultura es la excusa, esa fastidiosa adición que el público sensato se obliga también a admirar. ¡Qué remedio! De modo que cuando uno va al museo está haciendo cultura. Es protagonista. Guarda cola bajo el sol terrible de julio, paga su entrada, se deja registrar (y hasta palpar si fuera menester) y, luego, en fila india, mira de soslayo las obras expuestas mientras busca codicioso en algún extremo la librería comercial: ansía atesorar la prueba de su ida (al) y venida (del) museo, el billete que atestigüe la exposición y la presencia de él . Cuando salga a la luz de la calle con la bolsa de papel agarrada a la mano respirará hondo, satisfecho. Sin duda, cansado. Pero echa a andar bajo la sombras de los grandes plátanos, la hilera de los arces que circunda el paseo, sorteando viandantes en las aceras, camino del metro, y se recupera en seguida.

-Es esa una imagen prescindible. No agrega nada al problema del arte contemporáneo.

-Añade una especia picante al espectáculo, un corpúsculo sazonador.

-¿El espectador? En el fondo a ese tipo de hechuras claras, concisas, hasta barojianas en su desdén por las pamplinas, le trae sin cuidado el arte, sólo acepta el del pasado porque está en los museos y en los libros de texto. Y doctores tiene la iglesia. Le dicen: Velázquez, amigo, es un gran genio. Y el tipo se queda mirando Las Meninas o El bufón Pablo de Valladolid e incluso Jardín de villa Médecis, y se dice abrumado: “yo jamás podría hacer algo así”. Ese mismo tipo delante de un tápies mira a ambos lados a hurtadillas, se dice, “hombre, esto, yo…” En cuanto al arte actual… ¡tan sólo le divierte, le ayuda a pasar el rato! ¡Otra forma de coleccionar cromos! La complicación del arte de nuestros días deriva del propio farisaísmo de sus propuestas, de la doblez que esconde: ha habido interés más que complacencia estética en su manufactura...

-Pero ¿cuál es el problema? Unos tipos que se dicen artistas imponen periódicamente un imaginario plástico y conceptual que otros se apresuran a celebrar, pues el mercado exige nuevos productos casi diariamente. Al cabo de cincuenta años (o cien, da lo mismo) la criba sólo deja espacio para dos o tres artistas a lo sumo, los demás era la escoria que finalmente se barre de las colecciones y los museos, sin un gramo de talento que se esconda  bajo su polvo... (o de su oportunidad para figurar). 

1946. Diez años, tiene miedo. ¿Cómo lo hizo? Y desecha de inmediato los procedimientos. “No me refiero a eso”. “Entonces ¿qué es lo que quieres?”, se pregunta veinte años más tarde. Quiere saber el camino fatal que condujo a su madre a esa conclusión, qué fue matándola antes, incluso mucho antes, hasta dejarla simple y llanamente en algo semejante a un caparazón insensible a las virtudes del existir, un pellejo vacío de sentimientos, emociones, o sólo lleno de temor, incapaz de enfrentarse a las cuatro paredes desnudas e inofensivas de una habitación, angustiada de estar a solas, de sentir mano sobre mano con la cabeza gacha cómo se aproxima de nuevo la terrible noche, la noche que anuncia el día enfermo, terror de despertar, aflicción ante la luz del sol, asco a las palabras carentes de sentido de los demás con sus feas bocas abiertas. No es el final lo preocupante, sino aquello que nos conduce hasta él. ¿Cuándo empezó el viraje fatal? ¿En qué momento inesperado de un día la angustia se abre paso en un pecho palpitante hasta alcanzar la garganta reseca? “Mamá”, lo dice en voz alta, rodeada de sombras. “Mamá”, llama. Silencio. Aguarda largos minutos sin cerrar los ojos (no vaya a dormirse), yacente, con el embozo hasta la barbilla, sin mover un músculo, concentrada en el más allá, que para ella sólo es un mar de oscuridad, impenetrable, inabarcable. Y he aquí lo preocupante: el silencio. El silencio que la oprime no es el de algún dios, o el de todos ellos, a fin de cuentas una tropa de espejismos e invenciones más o menos pintorescos, sino el de su propia madre. Muerta, no abre la boca, se diría que, en efecto, se ha podrido hasta ser irrecuperable, se la han comido los gusanos y sus larvas rapaces, sólo debe permanecer bajo los dos metros de tierra la quijada polvorienta y muda incapaz de articular sonido alguno soldada al resto del esqueleto también mudo e inmóvil. Silencio absoluto. Mayestático. Un silencio cruel, galáctico, universal. Obsesivo para el vivo y oyente. Y ese muro inquebrantable, ese mutismo de ultratumba confirma el todo desolado de cósmica vaciedad que adviene tras la muerte.

Podría pensar, puesto que sufre: ¿Seré el álter ego de Dios? Si tuviera un rabino a mano… Es hora, pues, de hablar de un dios con mayúsculas. ¿Cuántas veces has entrado en una sinagoga? ¿Crees realmente en los ritos? Naturalmente que cree en los ritos, y en la liturgia, en los oficios y cánticos religiosos, y en toda la parafernalia de sus objetos y utensilios: son una especie de arte, de happening. Y, además, trascienden lo meramente aparencial de los objetos, se allega a una metafísica que, en la plástica, es muy de agradecer por aquellos que desconfían del trasto conceptualmente inerme. Hasta los olores podría aprovechar en una de sus obras, o en todas. Unos aprenden de los maestros de Talmud; otros, de cualquier cáscara religiosa que se les ponga por delante. El humo penetrante del incienso adereza verdaderamente una visión escultórica de lo inefable.

Piensa ¿habría sido todo distinto si hubiese limitado sus ambiciones? Quizás, entonces, no se le habría infligido el castigo tan cruel. Una joven judía que contrae matrimonio (incluso con un gentil), atiende su hogar, cría sus hijos, una balabusta tranquila y ecuánime que prepara cuidadosamente comida kosher, consciente de sus deberes y de saber en todo momento el terreno que pisa, que sabe perfectamente mantenerse lejos de cualquier raya roja, que ni siquiera pronuncia una palabra en yiddish más allá de su círculo familiar (y sólo los sábados). Hasta sería capaz de comer sólo pan ázimo durante los siete días de la pascua, y, desde luego, de poner a sus hijos varones en manos del mohel. Todo ello con gran discreción. Claro que, en esa época, los cincuenta, en un barrio neoyorquino de clase media baja, una joven madre judía de regreso a casa con la compra del día aún podía oír a sus espaldas: “¡Perra judía!”. Y ese terrible epíteto hacía temblar las cuatro paredes de la bonita y arreglada sala de estar donde la perra judía y admirable balabusta, sentada en el sofá de piel sintética, con la bolsa de la compra todavía en el suelo enmoquetado llena de hortalizas, fruta, verduras, frascos de salsa de tomate y mostaza, la docena de bagels aún calientes del horno, salchichas de pollo y libra y media de cordero, solloza en silencio y alivia su desconsuelo limpiándose las lágrimas y los mocos antes de que regrese su maridito cartera en ristre de la oficina. Ser una judía hacendosa no te libraba del mal de los tiempos y sus hediondos prejuicios religiosos y sociales, de que no sólo temblaran las cuatro paredes del bonito salón con bellas cortinas protegiendo las ventanas, sino que se derrumbaran literalmente sobre tu cuerpo aplastándote sin misericordia. Si eso era factible de pasar a salvo en tu cálida guarida, que se te viniera la casa encima con lenzuelos de ganchillo, cortinas de cretona y alfombras, imagina la clase de afrentas y atropellos que podías esperar al descubierto en la selva de afuera.   

En febrero de 1952 se hizo amiga de un tal Holden Caulfield. Se lo había presentado una amiga, alumna algo redicha de uno de los centros educativos de la Ivy League, una amiga de las ricas e inteligentes (en la nomenclatura adolescente de Hesse por aquel entonces las amigas se dividían en: pobres y tontas; pobres y listas; ricas y tontas; ricas e inteligentes –las ricas no necesitan ser listas-). Durante meses estuvo obsesionada con él, intimaron hasta lo indecible. Pero poco más de 200 páginas después Holden Caulfield desapareció misteriosamente, se desvaneció de nuevo en una existencia de ahora a ser serios, querido amigo, ingresaría en la universidad, dejaría de ser virgen pagando cinco pavos el polvo (o diez si andaba cerca el proxeneta de puño directo al hígado) y acabaría siendo un letrado bien vestido como su padre (terno oscuro, camisa blanca impoluta y nudo windsor de la corbata perfectos). Ella, no obstante, fue tras su pista  por todas las calles de Nueva York. “Ahora aparecerá”, se decía al llegar con el corazón palpitante a una esquina. “En este instante”, conjuraba al volverse hacia el jovenzuelo de rostro devastado por el acné maldito que aguardaba a su lado a que el semáforo cambiara de color, y esperaba con ansiedad “la aparición de un caballero alto y atractivo de unos veinte años de edad”, que diría la niña Phoebe con menos causticidad de lo habitual. Hablaba como Holden Caulfield, pensaba como Holden Caulfield, se sentía distinta como Holden Caulfield. ¡Ella era Holden Caulfield! Pero aprobadora, excelente becaria y nada fugitiva. Era capaz de engatusar a su padre decenas de veces para que la llevase de Brooklyn a Manhattan, hasta Central Park, donde se quedaba extasiada viendo nadar los patos sobre las aguas del lago aún sin la lámina de hielo del invierno que los secuestraba. Compró tres libros de Isak Dinesen (entre ellos Out of Africa, que nunca terminó de leer). El asunto se demoró hasta  más allá de 1953, cuando el culto se aguaría un tanto al conocer la existencia de los primeros pintores del expresionismo abstracto, y, en especial, cuando leyó sumarios biográficos, casi aterradores, sobre Jackson Pollock. En 1954 los inocentes mariposeos del pobre Holden con una coca cola en la mano y una copa en la otra a través de una Nueva York helada y ajena se habían ahogado por completo en alguno de los barrios residenciales que daban a las verdes y pacíficas aguas del East River, o puede que naufragara en los vertidos y chorros diabólicos de pintura de los cuadros de Pollock, o aplastado definitivamente años más tarde entre las páginas sucias de semen y sangre de The Naked Lunch.

1966. El arte y su crudeza, el artista decidido y hasta salvaje, habían ganado la partida. La Gran Chica Lista y Judía Americana había descubierto que existía un lenguaje eficaz y brutal por su misma inconsistencia y trapacería, que más allá de la rebeldía se hallaba incoherente, cínica, caótica, adánica pero siempre festiva la verdadera revolución, en el arte y en la literatura.

Goodby, mister Salinger.

Enchanté, monsieur Duchamp.      

Marcel Duchamp, poco antes de morir:

“Qué confusión, tíos.”

Este ajedrecista del alma, aun distanciado de todo, y más todavía del arte de su época, que le parece cosa de niños bien aplicaditos, recrimina la manipulación a la que es sometida su boutade de años atrás:

Yo era un destructor, hice del ready made un arma arrojadiza contra la billetera burguesa y financiera de entonces, les lancé a la cara a toda esa turba adinerada y estúpida el orinal manchado de meadas amarillas sólo como provocación, una forma de rebajar la estética a la sucia calle, y, ahora, estos artistas de pacotilla de la sucia calle de hoy, admiran aquel meadero como producto estético… ¡Pensar que el futuro era de esos bastardos y la farsa de sus circos de ahora! ¿Cómo diablos podía imaginar una cosa así?

Todo parece haber cambiado de color y de forma… Hasta los ruidos de las calles se oyen distintos, y otro es el andar y los trapicheos y oficios de la gente, y extrañas las maniobras y obediencias de los automóviles… hasta la luz es otra. Pero, no: es ella la que ha cambiado. Ahora sabe lo que se esconde detrás de todo. Y ya nunca será lo mismo. Antes llevaba consigo la idea de la muerte allá donde fuese. Ahora la lleva cogida de la mano, una compañera fétida, negra y su contacto es tibio y blando, de una textura repugnante. Tan cruel, que nace de ella misma, no se han dado de bruces ambas al doblar una esquina, nadie les había presentado. No tenían el gusto de conocerse. La llevaba agazapada. El huevo oscuro y fatal ha eclosionado desde adentro. Y pronto ha empezado a cambiar las leyes del mundo desde sus mismos ojos. Ahora es la muerte la que manda: Hola, ¿estás sola?

Florece la tierra bajo el sol de mayo (atrás el abril siempre cruel). 

Invadidas las calles por el aroma primaveral y las renacidas copas de los árboles, limpias y verdes por la lluvia nocturna. Piensa (tú, cómplice que ves aún y mueves la lengua y miras a lo lejos, superviviente dicharachero y garrulo) que todo en torno a ti parecía anunciar un acto de renacimiento pagano y magnífico, de consagración con los mejores dones de la existencia. Y el estrépito del tráfico, las moles de cemento, ladrillo y cristal y las aceras atestadas no eran suficientes para oscurecer las galas, aún tan evanescentes, de una primavera neoyorquina en plena sazón. De nuevo la fragancia de la cálida brisa, las mañanas de clara transparencia, las tardes doradas e inacabables. E incluso en esa escenografía mareante de ruido y bullicio, en el gran ciclo de inmutable retorno, a despecho de su modernidad, se hermanan la festividad y la tragedia año tras año. Así, nosotros, perseguimos inconscientes las huellas de un porvenir siempre inasible. La perdurable rotación nada sabe de los afanes y temores de los seres humanos, de su ingenua vanidad y deseos de una posteridad que mitigue su drástica desaparición.

Y, de ese modo, indefensos e inútiles, atrapados en ese vaivén colosal del planeta, nos trasladamos por el cosmos de milagro en milagro, movidos por la fe en lo desconocido, la inteligencia o el instinto. 

Jugamos.

¿Qué podrías decir de mí?

Hesse vivió y luchó y perdió la batalla y después la guerra. Físicas en sentido estricto. 

Vivió sin misterios. Como su obra, que no los tiene.

Adiós a todos.

Pocos años fueron.

En realidad, era como si hubiese vivido cien años. Hizo todo lo que tenía hacer en sus treinta y cuatro años de vida, que era exactamente igual que lo que hubiera hecho en mil años. Era lo que creía que tenía que hacer. No fue en vano. Desde el principio ella se atrevió a fracasar, y eso hace distintos y valiosos a aquéllos que dejan a sus herederos tan mortales como ellos mismos una preciosa llave con las que ir abriendo las puertas del futuro. Como sabía lo que deseaba con todas sus fuerzas, llevó a cabo con éxito todo aquello que el tiempo le dejó emprender. Nunca temió el fracaso. Ella hubiera aprendido perfectamente a vivir en él.

Y ése fue el hermoso secreto de su obra y de su existencia como artista: no tenía nada que perder. Podía arriesgar todo cuanto quisiera.

Doble contra sencillo.

Cara o cruz.

Y la moneda de reluciente oro español, antiguo como una estrella llena de luz, desciende en el aire, cae despacio, muy despacio… hasta que llega al suelo.

Cruz.

Has perdido.

Y qué.

A fin de cuentas, ¿no se pierde la vida?”

¿Eso es todo?

¿Influencias?

¿Dónde los trucos?

Los de Shakespeare, que ante la acusación de sus reiterados plagios no dudó en confesar “que  robaba los versos a los poetas oscuros como quien aparta a una joven de las malas compañías”.

La chica hace listas, quiere apropiarse de la inmortalidad. De ese modo, un listado inacabable y superfluo de razones, intenciones, ascos, deseos, obligaciones, odios, ocurrencias, renunciamientos, carencias, espejismos, incapacidades, obras, materiales, objetos, instrumentos, libros, películas, artistas, esculturas, cuadros, dibujos, fotografías, amigos, conocidos… aletarga la conciencia del fin próximo. Todo esto es lo que tengo. Es concisa y minuciosa. Hurga en su memoria y extrae todo aquello que considera valioso como el oro, indigno de ser olvidado, qué ha hecho, que no hará, que ponderaba de entre la inmensa cacharrería del mundo y su detritus. De muy pequeña coleccionaba palabras que le fueran especialmente hermosas, raras o fascinantes, aunque no las comprendiera del todo realmente. Le bastaba con su dibujo, qué importaba lo que significaban. ¿Acaso las palabras no existen por sí mismas más allá de lo que expresen? Que nos basten con su dibujo, su figura. Una palabra ya es puesta en el papel, y hasta puede que no sea símbolo de nada. Simplemente, es. ¡Es un maldito dibujo en tinta negra sobre el blanco del papel! Una forma que puede ser dicha en voz alta. La niña cogía una palabra y alborotaba sus vocales y sus consonantes: creaba otra. Qué maravilla. Y con tan poquitas cosas, unos dibujitos a los que llaman “a” o “erre” o “uve” o “i”. Qué te parece. Su nombre: e-uve-a. Fantástico. Y, ahora: aueve. ¿Y qué tal uevea? ¿O aeuve? Simplemente: Eva. Coleccionar sonidos, también, o formas de las letras. “Y” es un estupendo dibujo (copa, árbol, intersección, horquilla, un hombre con los brazos en alto). Igualmente podía coleccionar números. Si inventas un número y te lo apropias, sin decírselo nunca a nadie, ese número, tenlo por seguro, será tuyo para siempre; por ejemplo: 430917354251767081098327509148005. Anótalo y guárdalo en una caja, que nadie lo vea. O mejor aún, rompe el maldito papel, memorízalo: ya es tuyo para siempre, ¿a quién se le va a ocurrir elegirlo si no lo ve?, ¡es impensable!, hay una posibilidad entre 430917354251767081098327509148005 de que coincida con el tuyo de exclusiva propiedad, secreto. ¿Y qué hay de los objetos, de los millones de ellos que están a tu alcance? Podrías fabricar un alfabeto inagotable, inúmero, inigualable, y, por supuesto, propio, sui géneris. Puedes repetirlos, pero no su forma; puedes repetirlos, pero no su orden.

Aunque, bien mirado, ella, colecciona hermanamientos, raras asociaciones. Lo múltiple.

Se compra un diccionario de sinónimos. De ahí, se dice, saldrán todos los títulos necesarios para describir la incógnita del universo, es decir, la incógnita de mi yo. 

Es una wittgensteiniana. De pura cepa. A la inversa: no puede decir las cosas, pero encuentra el modo de decirlas repudiando un lenguaje no ya limitado, sino embaucador, la máscara protocolaria de lo indecible. ¿Cómo dice las cosas? Las muestra. El abecedario de las visiones. Y ese lenguaje tiene la lógica del mundo y su basural orgánico y su embeleco metafísico. Una mística del objeto y sus connotaciones irrebatibles. Un arte extrínseco, sin necesidad de ahondar en lo esencial ni dotarlo de proposiciones: óxido, vidrio, madera, acero... También siliconas, fibras, polietileno… Conforma una química. Presenta el laboratorio de su fabricación. La magia de la metamorfosis. La tautología de la imagen ha sido desterrada, también sus equivalentes lingüísticos en este muestrario íntimo de que hace gala. Inventa el verso avenido por aluviones de materia, el párrafo es creado por la estupefacción que depara. Propone el desconcierto. Su epistemología se basa en lo chocante: de ahí se gestan las grandes ideas: el método del delirio, de la invención constante. Su discurso sintácticamente inclasificable: eso ya es un habla. Luego, articula emociones escondidas, los terrores, una gran apostasía: atisba dentro de sí en una ontología que tiene mucho de mortificación.

Abusa del objeto, lo muestra tal cual es. No piensa a través de él. Sólo es una consecuencia.

No es que sea un bombón de Schraft’s… pero guapa lo soy, se dice ante el espejo todavía amigo del alma.

Y lee novelas de Marguerite Young, otra marginal: realidad, ilusión, conciencia, inconsciencia.

La filosofía lucha por hallar un sentido a la existencia, el que sea. Si por el contrario en lo que persiste es en el contrasentido no tiene ninguna razón de ser, por cuanto niega su propia esencia como medio de indagación profunda y sólo termina exponiendo su fracaso como instrumento de lo intuitivo

Entre el pensamiento y el mundo está el lenguaje, que no significa nada en realidad más allá de su propiedad referencial y comunicativa. Ahí es donde trabaja. Labora telas de araña, una plástica de intríngulis constante.

Todo había empezado muy pronto.

Es una adolescente. (¿Lo había sido alguna vez?).

Es una mujercita entregada a sus labores, y bien pronto se da cuenta de cuál es el camino y lanza la cestilla de la costura por la ventana con una mueca de asco.

El acné paralizante lo envía ella al diablo en un santiamén, toda la pereza e indolencia criminal de las espinillas y la dentadura irregular no son muros para ésta que sabe perfectamente lo que quiere.

No es ella de esos adolescentes ensoñadores que hacen de la espera la llave prodigiosa del futuro: ninguna puerta abre la espuma de los días mientras yaces en tu dormitorio con la vista fija en el techo, imaginando para tu existencia mil desarrollos felices, finales venturosos, la dicha y la gloria.

Nada de eso. No es una ilusa que espera que el mundo se detenga a la puerta de su casa y suba las escaleras hasta la cama donde sueña despierta.

Cogió su bloc y su lápiz, se precipitó a la calle y se fue ella en busca del mundo, que es aquello que está fuera de ti, diverso y extraño, implacable y proteico, presto a las dentelladas propias o ajenas.

¿Crisis?

Hesse mira al Negro Con Máquina De Escribir A Cuestas (que otra vez no sabe donde ir, sin sitio donde dormir) y susurra:

“Mozart para los días grises.”

Un piano a todas horas.

Y, con el sol, un jazz templado.

1967: The New American Cinema, ed. Gregory Battcock. (Dutton: paperback, un dólar con setenta y cinco.)

(Cena: media manzana, y agua del grifo.)

Nuevas amistades (se ha vuelto pragmática, la niña): “Ese tipo”, le confirmaron, “es una especie de New York Observer: cuenta los billetes “reales”, en efectivo, que esconde la billetera en los bolsillos de los trajes de dos mil dólares que merodean por las galerías de arte… Los coleccionistas que interesan verdaderamente…”

Infiel: se deja caer de cuando en cuando por Ghotam Book Mart.

Acapara algunos ejemplares. Las esconde (guarda) debajo de la cama: llenas de polvo y pelusa, como todo lo que se acapara para ser olvidado.

1968. Estamos en las mismas.

De lejos comprende mejor la New Left.

Ella:

ella es… artista. A cualquier edad.

1969.

De vueltas del cirujano. El adoquinado Greenwich y el remozado East Village sufren el embate de la violencia sectaria. Cadenas, látigos, cuchillos… Pero todavía no salen a relucir.

¿Una revolución en USA?

¡Qué demonios!

“He de apresurarme a acabar lo empezado…”, se dice ella con gran temor, camino del 134 del Bowery.

Cruzando el Village: coloca debajo del brazo el “Village Voice” (por 15 centavos tienes a tu alcance cada semana munición suficiente para disparar al cerebro de los biempensantes: deshazte de él a la altura de la 14).

Y en el primer quiosco, compra el Times. Y sigue tu camino.

14 de Mayo. Mailer enardece, en un sentido u otro, a las masas reunidas en una escuela del 116 West de la calle 11: no le dejan hablar, acusa a los provocadores de haberse infiltrado entre los congregados por mandato de la CIA.

“Tú no morirías por nosotros, Norman.”

“Sayonara”, se despide en japonés el orador.

“Norman Mailer es una burla”, gritan algunos.

“Amigo, sólo es un escritor que ambiciona un cargo público.”

“¡Amor armado!”, se oye decir con voz de trueno a uno de los hippies pacifistas en la parte de atrás.

11 de mayo de 1970.

Conferencia de los radicales en el Village Gate, organizada por la Holding on Enterprise.

25 dólares la entrada.

Hesse, a dos semanas de su muerte en el Hospital de Nueva York. 

El terror es blanco. La soledad es blanca. (CGR).

Afuera, todo sigue igual.

La vida.

Sus cosas (de la vida).

Y no te fíes de tu mejor amigo: en el bolsillo trasero de sus jeans (no había otro lugar mejor) lleva estampada la imagen del “Che” Guevara.

Su culo promete.

The Green Train.

Cualquier edición a la venta, un puñado de centavos, tres dólares a lo sumo… menos el Howl, un volumen sin encuadernar publicado por Ferlinghetti y alguna reliquia, que Ray considera objeto personal, de lo editado por James Laughlin y que sólo te deja ver, y a veces tocar, con las manos limpias.

“Antaño hacía bastantes viajes a San Francisco, antes de enredarme con esta maldita librería. Hacía acopio de provisiones en City Lights y me bebía un par de botellas de buen vino en compañía del amigo Larry mientras dábamos buena cuenta del roast beef que preparaba su mujer. Luego, trabajábamos un poco en la oficina, que era en realidad una mesa en un rincón que sostenía una polvorienta máquina de escribir en un ángulo; en el suelo, montones de hojas ciclostiladas, documentos, sobres, periódicos, cartas, libros… y sobre todo  su valioso archivo que contenía la correspondencia mantenida con los monstruos sagrados de por entonces: una maldita caja de zapatos colmada de cartas de Ginsberg, Corso, Kerouac, Orlowsky, Clellon Holmes, Lamantia… Al regreso traía conmigo montones de libros de aquel maldito agujero, pero tardaba meses en deshacerme de ellos en Nueva York puerta a puerta, aprovechándome de mis amigos ricos…”

Sale un momento de detrás del mostrador. Vuelve al cabo de unos minutos con lo que sólo parece unas pocas páginas a ciclostil: el número 11 de “Fuck You A Magazine of the Arts”, la publicación fundada por Ed Sanders. La librería de Yeats es una catedral comparada con la covachuela de 30 metros cuadrados que era la tienda y editorial de Sanders: La Tienda de la Paz (que la policía destruyó en un santiamén un minuto después del cierre una noche de primavera de 1966), bajo la vigilante mirada pintada en el cristal del escaparate de El Ojo de la Divinidad Solar Horus. ¡Qué poco protegió al heterodoxo!

Me deja hojearla. Algo que hago con sumo cuidado, como si fuese la Hostia Consagrada.

“En el sótano de X…”, me informa R., “un día al mes, puede que los martes, se proyectan los documentales filmados de Sanders: Cock City, Mongolian Cluster-Fuck… (Y especialmente recomendable Amphetamine Head, un sabroso recorrido sobre el efecto “comprobado” de la droga en algunos escritores del establishment).

“No era más inocente Sanders, cuyo trabajo no lo exculpa:  en el Bridge Theatre, un pequeño tugurio del Village, solía canturrear atiborrado de benzedrina canciones que hablaban de lavativas y las “nadas exageradas” del lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes, el sábado, el domingo…

(Nothing.

 Letra y música de E. Sanders).”

“El lenguaje es comunicación antes que significación. Puedo comunicarme con alguien a través de sonidos, sin extrañar por tanto los significados. Y esa es una manera interesante de hacer arte”.

La artista le ha pagado al Gran Escritor un sándwich de queso y pollo.

Sin dejar de comer (casi sin masticar), él la sigue hasta Central Park cargando la mochila y la máquina de escribir.

Ella bebe directamente del botellín de una Coca-Cola, pero, así, como aquella que no hace nada.

Después: se han tumbado en medio de la llanura verde de Sheep Meadow, rodeados por la ciudad invisible de la que sólo emergen al cielo blanco las macizas líneas rectilíneas de los rascacielos que sobresalen por encima del cerco de los árboles, y esas moles son como monstruos callados, hoscos, que acogen en su interior otros monstruos pululando, maniobrando, encerrados en sí mismos.

El sueña. Teme que ella desparezca de pronto.

Habla.

No contesta. Parece dormir. No está.

Y otro día:

Él le lleva manzanas secas que le ha comprado por unos pocos centavos a una niña Amish en Columbus.

No prueba bocado.

Si por ella fuera, dejaría hasta de beber agua. Pero no para matarse. Vivir del aire… y no morir nunca. Límpida en su interior de cristal.

Sólidos, indiscutibles, los materiales de la artista del aire, hasta podredumbre, una sucia escombrera. La desesperación… y la calma: entonces suenan suavemente los acordes del piano mozartiano.

Te lo diré otra vez. Hubo un tiempo en Nueva York que el arte moderno éramos cuatro gatos. Un pueblo de paletos. Media docena de menesterosos engreídos y pobretones cuyo “todo el mundo” eran unos metros en la Calle Diez Este.

Y otro día, girabas la cabeza y descubrías a un tipo con corbata de lunares entrando en la galería con el talonario en la mano.

El Negro: los lugares están para huir de ellos al cabo de un tiempo.

Este tipo plagia hasta sus excentricidades:

Está engullendo un hot-dog de un sabor a animal podrido…¿qué le pasa?, ¿qué demonios le ocurre al maldito hot-dog? Mostaza, le pasa la mostaza…,  el cabrón ha escatimado la mostaza, eso es, ¡estafador!, y ahora esa maldita salchicha debería subir a su garganta por el esófago y regurgitarla hasta acabar en la palma de su mano enterita de nuevo, entonces él se acercaría al puesto del tipo listo y la embadurnaría como debe ser de una buena cantidad de mostaza, y luego, como si tal cosa, se la metería otra vez en la boca y la haría bajar definitivamente a las tripas, eso es lo que un hot-dog bien nacido debería disolverse en su estómago y no el puto sucedáneo de antes.

¿Quién es en verdad?, piensa de sí mismo. Mal asunto: adentrarse en la psicología de ese tipo sería como empezar a extraer trastos y ropa vieja de un astroso saco de vieja y maloliente arpillera.

 

 

 

domingo, 29 de marzo de 2020

45

Y nunca vio la ciudad mágica desde este lado.
Y eso era lo verdaderamente fascinante.
(En los ratos libres que le dejaban Los Grandes Paseos escribía crónicas marcianas de Manhattan en un inglés ilegible y de las que efectuaba copias al carbón en papel cebolla de tres colores: blanco, rosa y azul pálido.)
Ha plantado (definitivamente) sus reales en Bryant Park: tiene la naturaleza a su alcance, todos los libros que pueda imaginar, un puesto hot-dogs y slices cerca de la fuente y, por la noche, le basta con disfrazarse de hombre-lobo para espantar a las flophouses o de hombre-invisible para ocultarse de los cops.
Ray (lo cuenta sin otorgar mayor importancia al hecho, a la fruslería que diría él): “Encaminé al tipo a…, un mercachifle de la peor especie, pero el tipo se lo tenía merecido por su insistencia incomprensible para mí. En esa cueva de ladrones lo entretuvieron por espacio de tres largos meses; luego, cuando ya lo tenían bien engrasado, le sacaron 300 pavos por el The Double Leader de junio del 22, donde aparecían en la misma página dos trabajosos poemas escritos por sendos jovenzuelos que jamás serían buenos poetas: Ernest Hemingway y William Faulkner.
También ella podría hacer alguna caricatura en ese café de la calle Macdougal.
Uno de sus clientes, mientras sorbía su café, hubiera podido ser Ginsberg.
A finales de los cincuenta, aun ignorando que iba en busca del príncipe azul a cada paso que daba por las calles de Manhattan, era capaz de recorrer los tres kilómetros que le separan de Times Square hasta el Village en menos de treinta minutos. Era capaz de hacer cola durante una hora a la puerta del Bitter End, en la calle Bleecker, donde un tipo inteligente llamado Woody Allen encadenaba chiste tras chiste sin el menor aspaviento y una taza de café de cincuenta centavos te daba para un buen rato sin necesidad de pensar en nada más, y nadie te daba prisa para que levantaras el culo de la silla.
La política, cualquier atadura de tipo social, sólo eran un estado de ánimo.
Así eran los tiempos.
-Dispare –dice al tipo de la grabadora.
-¿Hablamos de alguna especie de correlato moral?
-Depende… Supongo que no. Bueno, lo que quiero decir es que nunca me habían preocupado esas cosas. Quizás ahora, sí, es posible que sea de ese modo, la sociedad actual, sus problemas. Claro, pienso en ello, naturalmente. Pero antes, no, no creo.
-Una suerte de compromiso.
-¿Compromiso? Es difícil saberlo… Cuando una trabaja se ensimisma, yo al menos. Estoy encerrada en el taller, rodeada de materiales, “concibiendo” su ordenación, hasta su sitio exacto en la forma final de la pieza, por así llamarla…  Sólo veo la obra gestándose, no puedo pensar en otra cosa, así que no creo que eso signifique algo así como un compromiso. No, no lo pienso de esa manera. En todo caso, sería algo muy inconsciente, muy escondido, larvado…
-Ni siquiera cuando regresó a Alemania.
-Estaba confusa entonces. En 1965 no sabía que era escultora. Dibujaba más que pintaba, algo que en el fondo no me atraía. El dibujo era lo que me interesaba, y ahora comprendo la razón: en el futuro podría aplicar ese entretenimiento, por así llamarlo, a cualquiera de las dos disciplinas. Luego pinté unas acuarelas, algunos cuadros. Pero… comprendí en seguida que necesitaba el objeto más que la línea o el trazo para significar lo que quería decir, o al menos para empezar a crear algo que valiera realmente la pena.
-¿No sintió nada en especial al pisar suelo alemán? ¿No recordó a su familia extinguida por los nazis? ¿Intentó conocer el paradero de algunos de ellos
-Por supuesto que sí. Hice algunas averiguaciones, supe más cosas de las que sabía hasta entonces. Rastreas datos, antiguas identidades. Hablas con gente de la época de la guerra… Pero eso fue todo. Descubrí que hay que mirar adelante. Intentarlo, siquiera; a pesar de los recuerdos dolorosos, seguir adelante es lo fundamental. Las huellas de mi pasado serán las que yo deje en el futuro. La cadena se rompió.
-No sabemos cuando llega el futuro.
-No, pero es la única puerta que todo el mundo se atreve a abrir sin temor, todos quieren atravesar su umbral: vivir un día más.
-Un deseo absurdo, desde luego, porque es otro paso al final.
-Claro. Lo que importa es el trabajo diario, lo que creas con las manos, día a día, con el aire renovado, salido de la madrugada aún sin culpas.
-Es suficiente con eso. Sin esperar nada.
-Sí… Debería bastar al menos.
-Sí…,  al menos eso.
Una grisura inhóspita, fría y silenciosa anuncia el nuevo día del que no puedes esperar cobijo o protección alguna ante las sentencias ya firmadas.
“Una trabaja”, le diría en la entrevista de abril del 68. “Tiene delante un montón de materiales. Y hay que empezar a seleccionar, a “borrar” aquellos que no van a servir, como si dibujaras a lápiz y rectificaras de cuando en cuando. Los materiales son, propiamente, las líneas del dibujo; ellos mismos, ya dicen bastante. Sugieren cosas, sensaciones, pensamientos, hasta recuerdos, premoniciones, toman forma, se revelan ante los ojos… Pero hay que corregirlos. Unirlos entre sí. Y entonces se va dibujando gradualmente el contorno de la pieza, como un boceto al principio; en realidad, es como dibujar o pintar. Sólo que sin el lápiz ni el pincel. Es lo mismo. No sé por qué la gente no lo entiende así. Necesita ver algo representado artísticamente con cierta fidelidad para reconocerlo como tal, para creerlo. Yo no quiero representar nada. Y, sin embargo, es posible expresarlo todo a través de lo que hago, decir muchas cosas incluso no deseando decirlas. Esa es la magia, el desafío que me he impuesto. Sólo desde esa perspectiva es posible lograr un nuevo grado de expresión en el arte de nuestros días.”
“Me gustaría enmarcar una de mis obras, pero… ¿cómo?”
“¿Es eso un chiste…?”
Hace cien años: el cabello luminoso cae sobre la espalda firme y juvenil, la mirada risueña, la boca entreabierta y pecadora: viste como una colegiala de la que hay que defenderse con todas las armas al alcance: falda tableada de color gris oscuro hasta medio muslo, camisa a cuadros blancos y negros Vichy, calcetines hasta la rodilla rojos y negros, botas negras de gruesa suela blanca, y la piel morena que brilla al sol, tersa y apetecible a la caricia…
Ha venido del oncólogo. Seria, cansada, con el cuerpo atravesado por mil lanzazos, sin ganas de hablar, toma asiento en el sillón junto a la ventana. La luz pálida aunque reconfortante de un sol desfalleciente, el lánguido color de marzo, la baña de irrealidad. Ha cerrado los ojos, ha apoyado las manos sobre los brazos del sillón. La cabeza echada hacia atrás. La oye suspirar. Le lleva un vaso de agua. Se sienta a su lado. La mira. Es un ser vivo, pero cada día la hiere la desgracia un poco más, como si fuese la presa de un animal que ya la tuviese entre sus poderosas garras, atenazada en sus colmillos sangrantes, y no fuera a soltarla hasta acabar con ella a dentelladas. Y él no puede librarla. Nada de lo que haga la salvará. Es un inútil que sólo palia un dolor invisible y el trazado rutinario de la domesticidad de esa mujer. El color desmayado, vespertino, un color harapiento, parece nublarla, alejarla más y más de la materia sólida. ¡Qué pocas veces ha visto algo tan bello... y tan cruel! Y en seguida lo estropea todo, y piensa en cuadros de Hopper, en la tristísima sonata 21... Y en poemas romanceros,  en palabrerías una y mil veces repetidas...
En el 69.
De Kooning en el MoMa. Más de un centenar y medio de cuadros. Un bosque cromático que se desparrama a lo largo y ancho de las inocentes paredes.
¿A qué joven artista de los cincuenta y primeros sesenta no podía gustarle De Kooning? Bastan tres dedos de una mano.
En efecto, un tipo atractivo, listo y con gran sentido de la oportunidad: el niño de oro de su tiempo. Otro más.
Doblemente precavido y astuto que Pollock, más listo que Gorky, más calculador que Barnett Newman el Jovial.
Alargaría su vida hasta acabar medio idiota, riquísimo, mojando el pincel inútil en la baba que se escurría a los lados de la boca.
Una especie de misa negra a la que le obliga a ir la artista enamorada (en el fondo la acompaña muy complacido, y a duras penas cogen un taxi en el SoHo que los deja abandonados en la 79 con Lexington por no se sabe qué manifestación que interrumpe el tráfico. Comprará el catálogo sin dudar ni un segundo: en el 2000 lo podría vender a algún coleccionista incauto a muy buen precio).
Como niños malos: si rascamos (descascarillamos) revelamos una mezcla de astucia, habilidad, época, mercado, estética…
Grandes cuadros, grandes embelecos memorables.
Como niños malos: despotricamos… o alabamos. Al 50%.
Habéis tocado el cielo. Y en Londres, en la Tate: Morris, Ellsworth Kelly, Tony Smith; en la Whitechapel: el show de la Frankenthaler.
Como niños malos, nos acercamos a los “padres” resucitados en el Guggenheim: los silencios de Klee, la ascesis de Giacometti, la matemática de Braque, la lujuria incansable de Picasso y su desmedida y voraz correría pictórica.
¿Cómo definir esta ciudad, acallar los cantos de sirena de la desmesura de sus mercados, Hesse?
Ella es una niña buena, aplicadita en su trabajo diario, lidiando con la inspiración (que sólo es trabajo y ganas de llevarlo a cabo). Todas las mañanas, llueva o truene, directa al estudio, calladita y reflexiva, como cuando en la escuela primaria se prestaba a la tarea una vez había recitado el pledge of allegiance obligatorio: caldeaba los ánimos.