miércoles, 8 de septiembre de 2021

48

 

A veces el Oráculo, con penoso esfuerzo que los oyentes no aciertan a descubrir, barrunta el derrotero del arte moderno y censura vacilaciones de un tiempo pretérito, aquellos artistas muertos y enterrados que, además, deberían estar en el olvido; en ocasiones, susurra medias frases, palabras al sesgo, revelan ufanía: “¿Acaso se conoce el exacto significado de las obras de los llamados grandes maestros? Al margen de su artesanía y aplicación, ¿trataban de decirnos algo más aparte de la representación del tema?” Ese disparo proyectado a las medianas inteligencias (midcult) lo había perpetrado Clement  “Frankenstein” Greenberg, hacedor de monstruos en una velada especialmente alcohólica; ahora, el hijo pródigo se lo atribuía a sí mismo con el descaro habitual del que tanto haría gala en el recién iniciado 1950.

Hesse, aconsejada por el psiquiatra mira sus manos, tan llenas de riquezas pero aún vacías. El terapeuta proporciona soluciones a golpe de talonario. Y, sin embargo, hay un extraño rigor en todo ello: “Mira tus manos tan valiosas.” (3-1954).

Callan las sombras que se enseñorean de los malos sueños, el alba las engulle. Despierta un nuevo Día del Juicio Final. No disipan el café hirviendo y el primer cigarrillo la bruma lluviosa y la grisura de más allá de los cristales, la desazón paralizante en una inmovilidad que tiene mucho de suicidio lento, minucioso, deliberado. Los automóviles se deslizan en silencio bajo la llovizna; algunas siluetas oscuras caminan cabizbajas hacia no se sabe adónde ni a qué entre barrancos afilados de rascacielos aún indefinibles en la atmósfera gris y sucia, sumidos en la niebla.

1970. Ella aún está viva. Agárrala fuerte, que no se escape todavía. Aprésala entre tus brazos, transmítele tu calor y tu fuerza saludables, ese derroche inútil de células exactas en tu existencia de observante, hasta una década de tu propia y anónima vida podrías sacrificar por ella, sólo ello debería bastar para la piedad cósmica: sé médium entre el universo y su moribunda, sostén la blanca colgadura de tu araña preferida, ese mensaje en el aire, en la nada.

Pero como un animal aquejado de malos presentimientos, él la escucha y todo le parece verlo gris, sólo gris, un mundo blanco mancillado por la pátina dulce, y su voz ya casi susurro, calva sobre la almohada.

“Háblame de Pollock”, le había dicho.

“Pollock…”

La razón: “Podemos hablar de muchas cosas que han sido realmente importantes para mí y la idea que tengo de la futura escultura.”

“Lo objetual desmiente esa idea. Pero puedo materializarla mediante una disposición y estructura formales.”

“Creí en Jackson Pollock en cuanto pude contemplar uno solo de sus cuadros. Yo haría cosas completamente distintas, tan alejadas como imposible de relacionarlas con sus pinturas: pero sólo seguía en realidad el camino trazado por él. El caos, ésa era la clave. La escritura sola, sin significados, del caos:

“Grafías, ¿entiendes?”

“¿Una caligrafía?”

“Un grito ininteligible. Eso es. Eso es lo que propuso, y desde entonces se pudo abrir todas las puertas por donde todos los artistas podían colarse sin remordimientos.”

El sábado 5 de enero de 1957 se produjo una epifanía rara. En pocos días va a cumplir veintiún años la chica de Cooper Union, a punto de entrar en Yale, así que decide regalarse un desafío. Coge el metro hasta la 53 y cruza con ojos expertos los umbrales luminosos del MoMa. Se planta frente a los cuadros vivientes de un hombre reventado contra un árbol unos meses atrás y que las fotografías de Namuth ya habían convertido en mito. La leyenda acaba de empezar. Todo esto, ¿para qué?, ¿qué sentido tiene?, se pregunta en silencio. Deja pasar unos minutos delante de One: Number 31. De pronto, la pintura palpitaba, la tela del sudario…

Este cuadro es real, no miente: no representa; luego, es verdad. No imita la realidad, carece de perspectiva, no pretende crear ilusión de nada. Es. Qué maravillosa simpleza, qué fácil resolver el enigma, desvelar el secreto de otra realidad sin necesidad del truco ni de la magia potasia.

Además, sin metafísica ni poesía.

Con pobreza en las malas épocas: el lienzo sagrado es sustituido por papel endurecido con yeso.            

Es lo que hay. Adiós a la barraca de feria.

¿Cómo va a traducirlo? Es fácil, ponlo en pie, resucítalo del plano; ahora insúflale aire, el aire de una ciudad de Nueva York limpia, azul y de fascinante y bella geometría. Sopla. Mira, ya anda. Qué te parece. Lo has contaminado: animas a lo inerte con el veneno de lo real. Ha cobrado vida, movimiento, materia visible en el derredor que ella misma crea desde su concreción dispuesta por tu capricho plástico de artista omnisciente.

Tras esas conformaciones no existe un pentimento. ¿Existen imágenes? Hesse (o aquél Pollock) partía de ellas, las emborronaba, las ocultaba, las convertía en garabatos: cualquier cosa antes que la confesión, preferible el absurdo ciego y convulso. Pero ¿y ella? ¿Tal vez instauraba la delación sentimental de una desprotegida, de una desahuciada?

Ella ha aprendido tan rápido, como si temiera todavía en la adolescencia el cruento final, la carta maldita.

El símbolo junguiano; la atadura freudiana. También los estudios culturales propenden a la suspensión de la pintura a favor de una teorización laberíntica a inagotable (pues son sólo palabras tan efímeras como el humo de las pipas que cuelgan de sus sabias bocas). “Después de todo”, dijo con voz calma el hombre profesor, de pelo cano y mirada distante, rodeado de la solidez de la madera, los libros, el bronce y la luz amarilla de la media tarde abrileña en su despacho con ventanas recayentes a los grandes árboles del campus verde y dorado, “nada hay que nos permita pensar que estos tipos llevaban su impotencia y frustración al lienzo y la escultura. Sin embargo, amigo mío…” (Y aún se le nota el fuerte acento alemán. Tras sus espaldas un par de serigrafías obscenamente enmarcadas en listones metálicos cuelgan de la pared -hubiera bastado el modesto cristal-: relatan un geometrismo frío, calculador, exacto y connotativo de un espíritu de enérgica y medida contención).

“Son artistas. ¡Qué más da en qué basen el soporte, el proceso, la impresión en la retina del espectador…!”

“Orden. Hay una regla sutil que informa del arte más reflexivo y eficaz.”

“Existen múltiples concepciones del mundo, del arte y sus infinitas combinaciones…”

“No es el arte  lugar de campar por sus fueros a todo aquel que así le plazca.”

Será, pues, en esos rollos de dril de algodón blanco donde va a enmascarar su biografía calamitosa.

Pintado y secado: una semana.

¿Y cuál es el lugar? ¿Quién lo habita?

Ni antropomorfas ni zoomorfas esas vestiduras cromáticas. Toda esa espesura embolicada rechaza las galas de cualquier biología reconocible. ¿Será sólo composición? Después de la fiesta de la facilidad, la mecánica trivial.

¿Qué hacer?

Manierismo. Pero él desconoce el auténtico significado de esa palabra. Aunque teme que acaezca lo que ya intuye: la docilidad de una repetición tramposa.

Ahora el acrílico (40 dólares el bote) sustituye a la vulgar pintura de paredes (3,50 la lata). Es capaz de gotear y chorrear los colores vestido con sus caros pantalones de tweed, chapoteando con los mocasines de piel brillante.

Antes, el centro del mundo: “Son todos una mierda menos de De Kooning y yo.”

Y aun antes: aspiraba a derribar el pedestal estético donde se erigía David Smith y su escultura inaugural y revolucionaria. Ansiaba ser el mejor pintor y escultor al mismo tiempo de la USA moderna. No lo consiguió el hombre que nunca aprendió a dibujar. ¡Cómo iba a modelar entonces su papel de escultor!

Y de ahí, a la repetición y la muerte: y esos llamativos decorados la herencia legada a la posteridad.

Las más de quinientas fotografías encerradas en decenas de rollos de la Rolleiflex de Namuth: la imagen negra del dios que esconden las nubes, la inútil posteridad de un tipo calvo vestido de oscuro que sostiene un palo en una mano, un  bote de pintura pegajosa en la otra y el sempiterno Camel entre los labios.

¿Por qué hablamos de estas cosas indignas? Porque hablamos de hombres: El vaquero pintor triplica de sobra las ganancias de un año de un empleado medio: 10.000 dólares. Y no llega a 50 dólares lo que paga al mes por la hipoteca de su casa. Gana más que cualquier otro pintor vanguardista en su país. Pero cada vez pide más dinero. ¿Aspira a que Borglum talle su cabezota en Mount Rushmore?

Todas las galerías de la calle Cincuenta y siete desenrollan la alfombra roja a sus pies.

“¡Soy el mejor pintor de la historia universal de la pintura de todos los tiempos!”, brama sin respirar, conteniendo el aliento envenenado de alcohol, y lo suelta de una vez, a grito pelado, sin hacer una maldita pausa, con los pantalones meados, como un hombre. ¡Menuda frase!

“Viene el dandy de Springs”, advertían trémulos al tiempo que desempolvaban el champaña de las mejores bodegas.

Hasta Clementi había creado una marcha nupcial para sus bodas de Canaam.

Por lo demás, ¿acaso él, y sólo él, no había revigorizado el arte estadounidense de la misma forma que Hemingway lo había hecho con la literatura? Dos colosos bebedores cimentaban el mundo moderno de después con lo que hay que tener, desalojaban la abstemia cobarde y los melindres maricas de la escritura y la pintura del futuro. Dos tipos duros de verdad made in USA habían inaugurado, por fin, la nueva era del Hombre.

Pero nadie logra saber, aparte de su esposa cancerbero, por qué desagüe se cuelan los miles de dólares que recibe de la Parsons.

El póquer, quizás.

O una casa espléndida y sólida que abrigue sus temores de falta de éxito en los años de más adelante y aleje la intemperie.

¿Y para qué la quería?

Quizás tuviera razón. Para esconderse de sí mismo.

Antes lo hizo entre los cromados y la chapa reluciente de un Cadillac descapotable del 47.

A finales del 51 se queda sin marchante y sin galería. Y al poco tiempo sin el Cadillac también, escacharrado en una cuneta. ¿Qué no habrá sido todo un espejismo?

¿Quién es él (quién era)?

De modo que El Fantasma del Village y Beodo Genial anda tambaleante por las calles negras arrastrando una agonía alcohólica que aún duraría cinco años en busca de la destrucción absoluta.

Se abraza a la botella de whisky como a los quince años en el Oeste lo hubiera hecho a un tótem indio.

Una tímida jovencita con ínfulas artísticas, yendo o viniendo de la Cooper Union, más de una vez echaría un vistazo temeroso a las profundidades del angosto y humeante Cedar Tavern, ese cenáculo sórdido de ilusiones absurdas y pesadumbres en torno a las jarras de cerveza y el whisky. Sin atreverse a cruzar el umbral –otras lo hicieron-, a través de los cristales sucios, vería al hombre calvo y fanfarrón interpretándose a sí mismo, en ese u otro bar tan turbador y paralizante, moviéndose de acá para allá por el seductor decorado de Greenwich Village.

En el 54 había abandonado la pintura. Hasta el más pequeño bastidor le venía grande. A él, un tipo que había llegado a pintar un 2,40 x 6,60 m. y a punto estuvo de clavar un 12 x 18 m.

Ya sólo quedaba caer como una fruta… podrida.

Día tras día, mano sobre mano, el sopor, el aturdimiento. Sólo queda matarse, como el otro (no, el holandés simplemente se sacrificó).

En fin, la última Nochebuena de su vida la pasó borracho como una cuba en la cárcel de East Hampton.

Aún logra vender un cuadro pintado años atrás por 8.000 dólares de 1956. Una fortuna.

Luego, nada.

Un vistazo a las olas con la botella en la mano. Más allá, el océano.

Está solo. Detrás, la casa blanca. Vacía.

Está muerto. Y eternamente mira cómo juegan los niños.

Pero los cuadros estaban ahí. Y todo había sido verdad.

Investida de un rojo espectral: se aleja más y más a los confines de la nada.

¿Qué había antes que tú? Nada. ¿Y después? Nada.

Hesse se marcha a los confines. Muda en recuerdo. Y las cosas que deja atrás: una fotografía, una hoja de papel, un vestido, una barra de carmín, un poema, la mirada cálida y acogedora de sus ojos grandes, la muerte demasiado temprana… Sentenciada, él la vio jugar en las playas de Coney Island. Sus obras le pertenecen más que a nadie, son juguetes de una gran emoción que puede hacer y deshacer en el cerebro una y mil veces. Coge una de ellas, enrolla la soga, dobla el cable, reúne las bolas en una bolsa, junta las barras de hierro, aplasta el látex en la caja; ahora, móntalas de nuevo: desenrolla la soga, endereza el cable, separa las bolas, aísla las barras de hierro, saca el látex de la caja, los polímeros a la luz.

Señora, ha sido un placer conocerla. Ha hecho de mí lo inimaginable, todo le debo: me ha hecho artista.

Y de nuevo ocurre otra vez, la certidumbre lacerante de una desaparición definitiva, el legado que me dejas de un mundo castrado sin remedio. Es tu silencio el que me sume en la desesperación. Tu muerte no es ninguna respuesta, y todo lo mutila. No aclara nada, y todo lo arroja al vacío más profundo e inenarrable.

No entiendes el lenguaje de los muertos. Ni siquiera eres capaz de oírles. Y, sin embargo, están ahí, entre la luz y la oscuridad, sumidos en un silencio cruel y terrible que nos deja desolados. No apela a los milagros, y queda sin respuesta. En el silencio.

Y, no obstante, los cuadros hablan: lo hacen a gritos.

Ha abierto el armario de hojas de cristal emplomado de color miel transparente, donde preserva los libros escogidos. Busca detrás de una hilera de lomos de piel brillante y sobrios tejuelos. Ha cogido su bloc apaisado de hojas Arcaic, el papel para acuarelas más caro del mundo, la ancha caja de lápices de colores Harold, de una exquisita pigmentación, casi inaccesibles por su condenado precio, las tintas indias, las plumas y los pinceles de mango pulido y números dorados grabados con primor en la madera tintada de negro. Esas pertenencias le han legado. Huele el papel de barbas delicadamente ahuesado, acaricio su maravillosa textura, el blancor virgen. Toma uno de los lápices de afilada punta (el azul ultramar), huele su exquisita madera. Imagina tantas obras atajadas sin contemplaciones que el pesar se torna casi dolor físico. Ese regalo fatídico, imperfecto; abortado desde un principio, es capaz de provocarle hasta las lágrimas. Jamás han de mancillarlo manos ajenas. Lo esconde de nuevo en el silencio. Todo lo suyo ya es silencio. Todo en esta existencia de tránsitos y recuerdos termina oculto en la parte de atrás del cuarto misterioso, en su olor a cochambre sagrada y polvorienta.

Se visten las calles, amanecen cubiertas de cientos de hojas cada día, miles de hojas, que cambian de color a medida que nos adentramos en el otoño: la gama entera del ocre, del rojo, del naranja y el amarillo. Luego, todo parece podrido.

Delante de sí: Van Gogh vomita entre los árboles. Pero es un ser anónimo, nadie lo reconoce: no ven los millones de dólares que surten de su boca en compañía del vino barato, el pan y los esputos.

“Ser artista”, se piensa. Y entonces empieza a andar muy lentamente, reconfortada por clima tan apacible, y la pasión interior, incluso la violencia.

N.Y. 26 de noviembre de 1968, miércoles.

La espera en Still’s, muy cerca de Times Square. Lleva un libro consigo (qué, si no): The Wound and the Bow, de Wilson, un volumen en rústica, de segunda mano, gastado y sucio, anotado por un antiguo propietario  con… ¡tinta azul!

Llega tarde, pero no se disculpa. Le agrada mucho verla, y ella lo percibe en seguida. Sonríe.

26-11-68. Miércoles.

Amenaza lluvia, y todo son penumbras ya en el amanecer del día. Anoche, a última hora, llamó H. “Cuídate”, dijo. “Estoy bien”, le dije. “¿Todo va bien?”, preguntó. “Estoy bien”, repetí. “¿Qué haces?” “Estoy a punto de meterme en la cama.” “Estupendo.” “Aunque creo que leeré un rato antes de dormir.” “No tardes mucho en apagar la luz.” “Buenas noches.” “Buenas noches.” La luz encendida durante toda la noche elimina las sombras, y el alba aterrador de la química y la angustia. El sueño de anoche (algunos fragmentos, puesto que no recuerdo apenas nada más): Alguien, no logro averiguar quién, me lleva en coche por una calle muy estrecha de muros de ladrillos a ambos lados, como si fuese un corredor; desemboca en una cueva llena de objetos indios, de una cultura primitiva en cualquier caso; me siento feliz allí, hay una luz muy especial, una luz de mañana de verano, fresca y limpia; cuando salgo me doy cuenta que por encima de la cueva, entre montañas rocosas hay un lago de aguas apacibles, de un azul muy hermoso; en el camino de vuelta nadie me acompaña, estoy sola, y otra vez por la calle estrecha de ladrillos, pero esta vez lo hago corriendo, hasta que alcanzo un pueblo extraño, nunca visto por mí… Despierto. Salgo de la ducha y me tomo el café casi hirviendo, sin probar bocado. No tengo hambre. Voy al estudio, camino irritada no sé bien por qué. Trabajo en Ocean, pero sólo reflexionando sobre ella, creando imágenes en mi cerebro. Como manzanas poco antes del mediodía. Limpio (sólo un poco) los cristales de la ventana. Hojeo Artforum. Ligero dolor en el cuello. Desaparece a los pocos minutos. Cojo un alambre. Lo imagino blanco. Dibujo con él (sic). Miro unos apuntes. Se me ocurre algo, de repente, una forma extraña, como un gemido. Busco un título. Pienso: si sale, saldrá la obra. Materiales: utilizarlos sin decir nada, como si fuesen una lengua extraña, con significados ocultos. Hablan por mí. Indecisión sobre la fibra de vidrio. P. me habló ayer de la toxicidad de ciertos materiales. Me mostré incrédula. Es absurdo pensar una cosa así. ¡No voy a comerme ni un milímetro de fibra de vidrio! “¿Crees que es posible ver las malignas radiaciones destrozando la salud? No se es capaz de ver la radioactividad, como tampoco es posible ver muchas de las cosas que minan nuestra salud sin darnos cuenta”, dijo algo enfurecido. Me dejó desconcertada. Y más tarde, en el apartamento de F., parecía despechado. R. me llevó en su coche a mi casa (dejé olvidados en el asiento trasero los catálogos de F.), pues P. se fue antes de hora. Me entristecen estos días. Falta la luz. No me importa el frío, pero necesito el sol. El puede con todo. Odio la noche, amo el día. Pasadas las once me pongo el impermeable y acudo, sin ninguna gana, a la cita con D.G. Temo cualquier especie de relación con este tipo. Es indefinible, huidizo. No sé lo que quiere. Creo que miente. Y, sin embargo… Ya en la calle comienza a llover con fuerza. Todo está oscuro y los coches encienden los faros. Sin prisas, salgo del metro y me dirijo hacia Times Square bajo la lluvia. Pero me siento abrigada y protegida por el impermeable. Lo descubro pegado a una pared, sin paraguas, a cubierto bajo una marquesina. Lleva envuelto en plásticos lo que parece un libro. Me sonríe al verme llegar. Las conversaciones con G. no conducen a ninguna parte. Tal vez sea el idioma. Invita a unos sándwiches en Coin, ya en Chelsea. Damos un paseo. Lo noto nervioso, indeciso, terriblemente infranqueable a veces. Me da lástima. Más tarde, en las inmediaciones de Rockefeller Center, se enreda en una absurda disertación sobre Noguchi: “Era un escultor mediocre, un pésimo artista en Nueva York. Fue a Japón. Volvió. Ya no era el mismo. Había nacido el genio.” Con G., increíblemente, siempre acabo dando tumbos de un lado a otro por Rockefeller. Es un tipo rutinario.

Día estupefaciente. La grisura narcótica del cielo la abate. Ella es una hija del sol. ¿Cómo no amar a tu estrella? “Nos vemos a las 12 en Times Square.” El español y su tabarra. Se abriga. Abre la puerta del estudio. Entra el aire negro y húmedo del pasillo que conduce a la escalera, a la puerta de la calle. Y sale. Se oyen truenos cada vez más cercanos, por la parte de Staten Island. Anda por las aceras sin un propósito definido, haciendo tiempo hasta la hora de la cita, pero apenas quedan diez minutos para la reunión. Todo se oscurece más todavía. Comienza a llover: es su figura una mancha roja, un brote rojo cadmio, un rojo caro casi uniforme (el color del impermeable, el color del gorro y de las botas de lluvia), y llamativa se sume entre el río oscuro, ajeno y resignado de la gente que huye y se protege del agua fría que cae del cielo. No apresura al paso la artista pensativa. Llegará tarde a la cita. Y qué. Ha dejado atrás Union Square. Tuerce a la calle 17. Se detiene ante un escaparate de muebles de segunda mano. De pronto, se da cuenta de la lluvia que cae y se refleja en las lunas grises pero resplandecientes, de plata. Permanece estática, absorta en las líneas de agua a sus espaldas. Es uno de esos instantes que quieres detener en el tiempo (librarlo de él).

Le gusta su ciudad. Es un libro de millones de páginas. Ábrela por donde te plazca. Siempre hay algo que leer. Y no existe la palabra fin, una mera licencia de las maquinaciones fílmicas y novelísticas. 

Pasada la treintena, poco antes de morir, se sintió adolescente, juguetona, ¿por dónde revoloteaba?

Coge el metro hasta Queens. Entra en el Museo de Arte: ahí está todo Nueva York, una maqueta que reproduce fielmente sus calles, avenidas y barrios. No dejan de recomponerla cada cierto tiempo, pues la ciudad cambia, como cambian las cosas que no acaban. Alzan rascacielos, añaden o cortan manzanas (en el Bronx), brotan nuevos parques.

“Yo he vivido en esta ciudad, he formado parte de ella, en ella he sido todo lo que soy.”

“Yo funciono en esta ciudad. Sé como comportarme en ella.”

¿Qué refleja esa maqueta? El punto de partida.

Y ha de sobrevivirla a ella, ese maremagno de piedras, aceros y gentes.

Logra verse ínfima, liliputiense, andar por algunas calles silenciosas (que las hay), o entre la muchedumbre dinámica y el ruido perenne de las avenidas.

Como un ratón de laboratorio,  ella recorría el laberinto hacia el abismo.

Había quedado frente al Lyceum Theater. No vino. Pero El Ocurrente no sabía cómo marcharse de allí. Acabó, ya muy tarde, en la estación de metro de la 50 con Broadway. ¿Hacia dónde?

A ninguna parte.

En O’Clock (que es ninguna parte): tres bourbons. Ya en la calle, no hace eses, pero sí ces. Cada vez se parece más a sí mismo, con el mimo que ponía en el disfraz… Hasta ese momento había engañado a todo el mundo, y ahora, de golpe…

(Se le ve el plumero.)

Ella vuelve al Sur. Al Bowery, al 134. Tal vez allí se salve. Se esconde en negruras. No es que sea aquel Bowery de las miserables casas de empeños, pensiones de 50 centavos la cama y hoteles criminales de un dólar la noche, un sombrío pasaje apenas iluminado por los neones sucios y lleno a rebosar de vagabundos y pordioseros aderezado todo ello con el olor a vómito, orina y excrementos, aunque a estas alturas aún se le parece bastante.  Pero… necesita la luz natural para ser artista. ¡Qué difícil conseguirlo!

Postales desde España.

Del fin del mundo.

Esquilo, lo trágico: porque temía perder.

Pollock, el drama: porque creyó que su arte era una impostura.

Beckett, el absurdo: porque era un tipo terriblemente tímido, apocado, incómodo y huidizo. Y la literatura hacía trizas esa mala impresión

Tres ventanas por donde mirar la Tierra desde la Luna. Bonita perspectiva.

Amanece en el lado este (se dice sin maravillarse).

En ella es inmanente la destrucción, como en todo ser humano. Agrega el enigma: nunca logras penetrar en el misterio del otro, o en todo su misterio. Todos nos llevamos un gran secreto a la tumba: el de la misma muerte.

Inherente el fin, la tregua es la reflexión sobre ello.

De todas formas, se dice, voy a vivir eternamente, hasta que el maldito planeta carbonizado por el sol en caída libre estalle en mil pedazos.

(Not.post.) Sobreviviré incluso después de ese pequeño cataclismo cósmico que debe haber sucedido desde el Big-Bang millones de veces.

Tiene que hacerlo: sobrevivir, si no… ¡nada se explica!

Diarios de Eva, notas de un bloc. El Gran Libro de las Imágenes del padre, corredor de seguros, judío, minucioso, indagador, compilador.

Daddy. Toda una patria él y sus confetis adensando un exilio que parte de cero. Dad, sentencias, frases como aforismos (vid. el libro de Lichtenberg, como una biblia profana, pequeño quotations: en el gran bolsillo derecho).

Daddy aferrándose al pasado, congelando el presente…

La veo en El Taller de los Grandes Misterios. Constantemente. Hela ahí: embutida en unos pantalones de sarga de color indescifrable y una camisa vieja, estudia (sobrecogida) los materiales dispersos sobre la mesa de trabajo. Al mediodía se habrá olvidado de comer (ni siquiera una hamburguesa con patatas fritas, un batido de fresa, alguna galleta seca). Sólo la noche la sacará a rastras de allí, y todo (la verdadera vida) quedará en suspenso hasta la mañana siguiente.

Who’s Afraid of Virginia Woolf?

Lectora neoyorquina:

no es una suerte de compradora por vía postal de las excelencias de Charing Cross Road al otro lado del océano (más bien, escudriña en The Green Train o en el cajón de los desechos mugrientos de Barnes & Noble), no es una Helene Hanff que comprara un Catulo en el 52 o los seis volúmenes de las Memorias del duque de Saint-Simon en el 61:

y sigue diciendo, para quien quiera creerle, que anda enfrascada en Le deuxième sexe.

(¿Tal vez “cuantos infantiles y del hogar”?)

Esas lecturas alemanas… adolecían de la falta de esa crueldad tan sabrosa de Andersen…

Todo cuento infantil es siempre… el mismo cuento: las variantes textuales y la narrativa estrictamente dicha no cuentan, sólo son escritura y anécdota. Importa todo lo otro: la emoción, el miedo, la sugestión, lo voluptuoso, lo adivinado a pesar de la corta edad de su lector.

¿Y ella?

En fin. A los siete años coleccionaba postales en color de gatitos. Pero era una especie de convención… que la niña lista debía aparentar. Seguramente. ¿A qué niñita de fiestas de guardar no le han gustado los mininos?

¿Qué clase de arte es el suyo?

Lo que no se ve: todo lo otro: cualquiera sabe.

El arte es… una extraña pócima

Tal vez quería tratar con el espíritu del arte, y no con su forma, lo que iba a permitirle la invención de miles de ellas.

Una amiga de G.(¿uggenheim?):

“Quiero comprarte unos dibujos, querida.”

La voz algo ronca, pero agradable, acogedora.

La espera en…

Hesse (19 años), sin saber, acude al encuentro.

Es bonita, y no va nada pintada.

El bar se halla en la calle Tres, “Three Steps Down”.

De inmediato adivina la naturaleza del lugar.

La conversación es tímida por una parte, decidida e ingeniosa por otra, pero sagaz en todo momento en lo que respecta a las dos.

Sin embargo, a la artista le aturde el humo perfumado, las fragancias casi opiáceas que sobrevuelan por encima de las mesas y el centelleo de las copas bajo la luz confortable y cómplice.

Después de un rato, la mujer adquiere una acuarela del gran portafolio que le había ofrecido Hesse. Asiente con una sonrisa: “Me quedaré esta, querida”.

La artista a duras penas logra ocultar la mezcla de alivio y gran satisfacción que experimenta. Ya es la quinta vez que alguien le paga por su trabajo.

Al entregarle los billetes la mujer, hermosa, de mediana edad, de penetrantes ojos oscuros y boca carnosa, le acaricia lentamente el brazo desnudo fijando sin pestañear la mirada brillante y húmeda en sus pupilas.

Más tarde, mientras baja sin apresurar el paso hacia Houston Street apretando la carpeta contra el costado, Hesse parece ausente, aunque en realidad piensa en el dinero guardado en el bolso junto con la barra de labios y la Famosa Agenda de los Nombres Interesantes.

Who’s Afraid of Virginia Woolf?

¿Pollock?

Han dejado de ser pinturas.

Su cuadro sólo es icono.

El Negro, sin ella, se transforma en El Paseante Solitario, como tantas otras veces. Cansado de las calles y el número de la gente vuelve en busca de Jennie, la tristeza del hotel. Languidece la tarde, y hasta los ruidos (se diría). ¿Qué lee con los ojos? La nube del mundo.

Comprender lo judío desde el otro lado: se hace con la gavilla de reportajes que Hannah Arendt ha publicado en The New Yorker sobre el juicio en Jerusalén a Eichman en forma de libro: el mal como resultado de lo mediocre, el mal del millón de rostros, la disparatada elección de cualquier objetivo, gratuito, sin deliberación… Porque sí.

Dejémosle así: con el cerebro bullente y la copa en la mano.

Hesse ha descubierto a una antigua amiga: anda apresurada, como todo el mundo en esta ciudad en la que todos se creen eternos, imperecederos. O al menos como las piedras, duros, resistentes, prolongados en el tiempo. La observa de lejos en Cornelia Street, en el Village. Contempla sus zancadas decididas hacia delante, la melena rubia al viento. Viste una blusa blanca y una falda ancha de color verde, un atavío alegre y primaveral (28-4). Logra distinguir un sobre alargado que porta en una mano. Podría llamarla. Aún la oiría. Su nombre… ¿cuál es? Se esfuerza por recordarlo, ¿Anne? ¿Pat? Hace algunos trabajos mecanográficos para un reconocido poeta inglés que vive en las inmediaciones. Desiste en seguida de hacerse descubrir. Además… ella no se encuentra bien. No se gusta, la palidez, el mínimo cabello, la astenia incontenible…  La ve desaparecer entre la gente, la engulle la calle y su ajetreo bajo el sol abrileño, y sabe que jamás volverá a verla, que esa certidumbre, como muchas otras que alcanza a colegir, certifica su ausencia verdadera y fatal, que nada se detendrá al día siguiente de su muerte, y que al cabo de unos pocos días su memoria sólo quedará albergada en la mente de unos pocos. Y entonces, como si en ese preciso instante hubiese conseguido atisbar por una grieta del tiempo una súbita instantánea del futuro, no puede reprimir un sollozo violento al comprender, siquiera fugazmente, la evidencia de un mundo sin ella, un mundo tan potente y real como ese día soleado y cálido de primavera, tan indiferente a la propia conciencia, tan ajeno a los muertos, tan insensible e ignorante ha de ser a su desaparición definitiva.

La ceremonia del adiós: todas esas pequeñas cosas de tocador, las menudencias del alma enferma, las pequeñas idas y venidas, las medias palabras, las medias verdades, la fatalidad entera.

El metal en la boca. Como una espada ya siempre clavada en la carne hasta que acabe por traspasarte del todo.

Who’s Afraid of Virginia Woolf?

Cadavre exquis.

Toda mi vida ha sido surrealismo puro.

Salgo a la calle. (Acepta lo que sea, todo: entonces siente unas ganas terribles de vomitar, se da media vuelta y sube al apartamento. Descubre la página blanca con la mano aún en la boca, con el terror en la mirada dibuja, presiente, finiquita, y todo ello con los ojos bien abiertos, traspasando la niebla de la realidad.)

Pero ¿quiénes me han elegido para su macabro juego? ¿Quién escribe al principio, quién después, quién al final? He aquí el juego, el sórdido azar. ¡Qué loca yuxtaposición de enredos, encuentros, obsesiones, ambiciones, hechos, días…!

Yahvé y yo… ¡es la guerra! De modo que tú vas por tu lado; yo, por el mío. Dos doblados. No veo tu ocurrencia. Tampoco tú la mía. Mas, he aquí el crimen: el diablo iba por libre. Ni tú ni yo lo vimos llegar.

Maldita vida… (Recuerda, muerte, hice un pacto con la vida: tú, ve por un lado; yo, iré por el otro. Más tarde o más temprano, chocaremos, sin precipitaciones, sin prisas melodramáticas. A su debido tiempo: 80, 90 años, por lo menos. ¡Sin armarla, cabrona! Necesito tiempo.)             

¡Es tan estúpido morirse! ¡Para nada sirve! Mi muerte no le sirve a nadie… ¡y menos a mí!

El sudario: una sábana blanca: cuelga en el aire sostenida por un cordel: la pared del fondo, amarilla.

Para qué el maquillaje, la odiosa vestimenta de domingo tan aseadita.

Querrá verlo todo, querrá verlos a los que se quedan…

¿Podré verlos muerta? Lo razonable es pensar que nada puede sentirse, pensarse. La nada.

Esa es la condena: nada de verse nunca más.

Ha visto pocos muertos, pero a los que ha visto les gritaba sin abrir la boca, con los ojos flamantes de rabia, les urgía que se levantaran de una vez, que abrieran los ojos, que dijeran lo que había que decir y se dejaran de tonterías, ¿qué es eso de hacerse el muerto?, ahí tumbados, quietecitos y vestiditos de domingo. ¿Por qué no habláis, malditos cobardes? ¡Monigotes de cera! ¿Dónde os escondéis, farsantes?

En el silencio.

Decidió no morir. Ya vimos el panorama, saltando de universo en universo, sin bajar la guardia, con el ojo avizor sobre el pérfido tumor del tamaño de una mandarina dentro de la cabeza, sin atraparse nunca, sin dejarse quieta, viajando al infinito… Un desasosiego. Lo contrario: muerto el perro se acabó la rabia. Y el festín de la vida.

“Hagamos una cosa”, le propone. “¡Te pierdes en un mall!”, exclama complacido, orgulloso de la ocurrencia. ¡Qué ingenio el mío!  “En Los Ángeles, por ejemplo”, precisa. “Allí existe el más grande del mundo. Es imposible que te encuentren. Puedes estar una eternidad pateando cargada de bolsas y bolsas y más bolsas sus relucientes baldosas sin hallar la salida. Y todo lo que puedas desear de la vida se encuentra en ese lugar laberíntico e inagotable: restaurantes, funerarias, clínicas ginecológicas, salas de cine, librerías, hasta hoteles y moteles… ¡Nada de lo humano echarías de menos! ¡Nadie te echaría el guante!”

Le mira con una expresión adusta, próxima a la cólera.

“¡Vete al infierno! ¡Prefiero un millón de veces el universo!”

(Una pausa)

“¿Quién tendría que encontrarme?”

“Los malos.”

“Me gusta caminar sola.”

“Estupendo, a mí también. Podemos hacerlo juntos.”

Se ríe. Le habla de Borges de quien desconoce absolutamente todo, más o menos como él.

“Es ingenioso, lo cual es raro en un ciego: huraños, sarcásticos.”

“Es el ingenio, diseminado una y otra vez por aquí y por allá en sus páginas, lo que hace que desconfíe de su literatura. Aunque… Su nombre ya suena para el Nobel.” (1970).

Le pierde la ironía pérfida, su hidalguía biempensante, la frasecita ofensiva, la chulería porteña sin venir a cuento. Se queda sin el Nobel. A rodar, este falso europeo de conveniencia literaria.

“Tengo sed.”

En la parte baja, naciendo Broadway. Nadie ha salido todavía de los enormes edificios de oficinas y despachos, y las calles, a pesar del trajín habitual, están a medio gas. Anchas aceras para ellos solos. Son alrededor de las 11,45. Acuden a un restaurante típico neoyorquino de esquina (railite, metal y neón, camareras de rosa y azul pensando en las musarañas). Prefieren una mesa en la parte opuesta a la barra y los incómodos asientos fijos en el suelo. Eligen una cercana a la entrada. Ella va a tomar un zumo y a mirar con perpleja beatitud la comida que engulle él: chuleta de cerdo, coles de Bruselas y patatas, regado con un par de vasos de vino. Todo eso antes del mediodía. “Háblame de LeWitt”, le dice. Durante unos minutos habla en un tono de voz plausible; casi en seguida, de forma gradual, baja el tono hasta ser casi imperceptible. Da unos sorbos de zumo de naranja. “Apenas te oigo”, le dice distraído. En la mesa de delante, una joven con el cabello rubio recogido en una graciosa cola de caballo (oscila de un lado a otro cada vez que mueve la cabeza) come salchichas ahogadas en mostaza y bebe café con leche, lo que a él le resulta del todo incongruente; su compañero, de espaldas a El Testigo, tiene a un lado un plato con muslos de pollo y dos montones de lo que parece mermelada y se está llevando a la boca algo que no le es posible adivinar; quizás ingredientes de una ensalada. Por su parte, El Testigo se dedica a la grasienta chuleta. Cuando de nuevo alza la vista del plato, con los carrillos llenos, ve que Hesse comienza a levantarse de la mesa. Tiene los labios entreabiertos y una palidez asustante. “Lo siento”, logra balbucear, busca con la mirada la puerta del lavabo, que está al fondo, al tiempo que se lleva una mano a la boca. A mitad de camino por el estrecho pasillo entre la barra y las mesas, arquea el torso y vomita sobre una mano. Es sólo líquido que se escurre de entre los dedos. Por un momento él deja de comer. Salvo los instantes iniciales, nadie ha seguido observándola. Al volver del baño, no dice una sola palabra. Toma siento otra vez y simplemente se queda mirándole como a un extraño. Tiene dos lamparones amarillos sobre la blusa blanca; también algunos goterones en los pantalones verdes acampanados. Ha intentado disimular las manchas con un poco de agua. Tal vez el sol y el aire de afuera acaben secándolas. El despacha pronto su ración al completo y pide queso fresco de postre. Abandonan el restaurante en pleno rush enloquecido del mediodía. Al cabo de un rato de andar sorteando transeúntes en todas direcciones, ella se detiene en medio de la acera; en seguida las miradas a su alrededor, fugitivas pero atentas al obstáculo, se tornan hostiles. Con suavidad él la coge de un brazo y la aparta hasta la cristalera rotulada de un drugstore. “¿Quieres que anulemos la cita con LeWitt?”, le sugiere. Deniega con la cabeza: “Estoy bien. Sólo quiero volver a casa y cambiarme de ropa. Eso es todo.” Ya en el apartamento, mientras ella permanece en el dormitorio, él se dirige al teléfono. Con el auricular en la mano pregunta a Hesse en voz alta el número de LeWitt. Cuando descuelgan al otro lado de la línea, informa del inevitable retraso.” “No tiene importancia”, dice el artista. “Os espero.” Unos minutos después aparece Hesse en el pequeño salón. Ahora la blusa es azul y los pantalones de terciopelo negros. Ha mitigado algo su palidez dándose colorete en las mejillas. Parece más animada, ahora, vuelta de espaldas al espejo.

miércoles, 30 de junio de 2021

47

Una obra de arte puede esconderse tras la frivolidad o la sencillez de cualquier trasto plástico.

¿Qué hay sobre su mesa de trabajo? Un itinerario que alcanza las mayores sombras. Todo ha sido interrumpido. El mapa de un país inexistente. Ya no cabe ni imaginar siquiera. La ciudad en ruinas. Un alma de cascotes y hierros retorcidos, escombros de cemento, resquebrajados todos los mármoles. Apagado el sol, la tierra se muere. Fuera de la vitrina, del “marco”, el objeto artístico ahora es un trasto. Capas de polvo lo cubren. ¿Quién lo defiende? Han pasado los años. El mito ha sido creado. Se recuperan el vocabulario heterogéneo y su sintaxis acaso algo forzada: vuelven a la vitrina antiguos objetos, retornan materiales de desecho a una exposición que los enaltece, los halaga, los encumbra y termina sublimándolos.

Esas calles de Nueva York por donde andaba Jackson Pollock en las décadas de los treinta y cuarenta buscando bronca, embrutecido por el alcohol y su torpeza y tosquedad, todas esas habitaciones sucias y oscuras donde en plena Depresión poblaba junto con unos pocos trastos de pintar una desesperación que nunca encontraría consuelo. ¡Qué análogo al otro navegante del París del siglo XIX, aquel holandés tan torpe y hambriento como él, tan dependiente e inerme! Dibujan mordiendo la lengua entre los dientes, apretando el grafito contra el papel hasta casi romperlo, con la ruda mano del incapaz, del chapucero, rebullendo en la silla, con la mirada fija del enajenado en el dibujo que a duras penas brota del blanco terrible de la página, a punto de estallar en gritos o lanzarse por la ventana: esas líneas férreas y gruesas parecen los barrotes de las celdas de la locura que a los dos terminará por capturar. Y, he aquí que, ambos en su perpetua borrachera y ansias de genialidad, encuentran el camino que da rienda suelta a su magnífico desvarío. Una chapucería perfecta, incontestable: la marrullería del genio que se aleja de lo correcto y la mediocridad como de la peste y se da de bruces con el estilo inimitable de su alma atiborrada de culpas y tormentos. La moneda al aire: cruz. El éxito. Antes, el sacrificio... y la muerte.

Navegante él también, pero temeroso de acabar convertido en ese hombre de las multitudes yendo de un lugar a otro en la urbe inacabable repleta de imágenes, acobardado por restregarse en la pocilga de unos sentimientos encontrados y paralizantes, horrorizado de concluir en el ambiente más abyecto del hombre sin rostro y sin oficio, viviendo en hoteles baratos, sentado en taburetes de barra de bar mirando somnoliento la bebida en el vaso corto mientras la camarera pechugona y de maquillaje frenético te observa con infinito desprecio, viajando en el metro a última hora de la noche pisando periódicos viejos y sobras de alimentos hediondos, perdiéndome en las calles, temiendo las avenidas atestadas de viandantes, aferrándome a la nada un momento antes de precipitarme al abismo o desplomarme inconsciente en uno de los bancos de madera de la oscura estación de autobuses en las inmediaciones de la calle 50.

Ese viaje a los infiernos surgido de la mente de un dios creador de fatalidades y castigos inmerecidos traza un laberinto cuya única salida es la huida, no buscar respuestas, no esperar razones, no entender nada de nada. No-no, que decía Hesse. Huir tan sólo, sin talentos y sin nada entre las manos. Pero…

¿Esa es la obra del día que ya muere?

No así. No nos olvidemos en ningún momento de este hombre culpable e incierto notario. El es el hombre de las imaginaciones. Estudia a Jackson, y a quien se le ponga por delante con un par de cientos en la mano. Se apropia de Hesse. Sufre (en la medida que le es posible; es decir, sin llegar a la devastación anímica, hasta ahí podíamos llegar). Se halla bien protegido del frío, tiene la barriga llena y nada de genio, el talento justo. En Times Square compra una revista para adultos, se la mete en el bolsillo del abrigo y se encamina silbando al pequeño hotel de la calle 42, donde en su cálida habitación de mullido lecho le aguardan, además de la negra Underwood (¿o era una Remington?) un par de botellas de vino de California, fruta fresca en el cuenco de la mesa y algo de pastel de carne del día anterior escondido en el armario. Desde la ventana casi enrejada por la escalera de incendios, divisa fantaseando las escamas del edificio Chrysler, un animal brillante y erecto al cielo violeta, inquietante sucesor de la desmesura y los misterios arquitectónicos del Medievo. Y, por la noche, estudia a Jackson, puesto que ella tantas veces lo había referenciado en sus conversaciones, puesto que la adensa a ella, la descubre mejor, ya que inicia las ilusiones…

Rituales Jackson: tambaleante por los bares oscuros de las calles Trece y Catorce, donde por un dólar podías beber hasta reventar; un condenado borracho sin lavar que a las cuatro de la mañana acaba en el suelo inconsciente y meado, como aquel Van Gogh al que jamás le habrías dado la mano al encontrártelo delante de ti en un parque a pleno sol, un andrajoso con la cabeza baja, los ojos enrojecidos, la sonrisa torcida del demente y el olor del cerdo: hoy no comprarías un solo cuadro de alguno de los dos por menos de 70 millones de dólares.

¿Y eso qué significa?

Para ellos, nada. Es… sólo un juego de activos financieros. Una cuestión simplemente mobiliaria.

Que hagan piña en el infierno. (Sin duda, con los ojos inyectados en sangre, cagados los pantalones.)

¿Pudieron ser otra cosa de lo que fueron? En busca permanente de una maldita terapia (y el arte es una de las más efectivas al igual que la literatura) que les sirva de muleta, de recambio periódico, pero nada más.

Son tipos taciturnos, con problemas emocionales más que otra cosa. Quieren que les quieran, y no quieren querer, al menos de la forma que los demás esperan que les quieran. Se refugian en el silencio, hasta en la hosquedad. Mascullan más que hablan. Miran torvos, atravesados. Creen saberlo todo los extravagantes, y necesitan andadores para salir a la calle; un par de copas bastan para que se envalentonen, pero al día siguiente tienen miedo de no reconocerse en el espejo, de no saber quiénes son en realidad.

El caso Pollock. ¿De verdad te lo parece? Sólo es un artista, y actúa.

¿Dónde está el caso, el suceso?

Está la complicación, las coartadas, un mal primario. Es bastante para una monumental biografía.

Un arte teledirigido por la impotencia expresiva que deparaban los inertes canales de la pintura convencional y la gratificante e inesperada recepción por parte de sus espectadores ocasionales en aquellos primeros momentos del genial desvarío: aireaba las vastas salas adocenadas de figuraciones y geometrías. 

Un juego psicoanalítico en su rama jungiana.

“Mister Pollock, ¿qué hay de la figura humana, de las humanas cosas?”

“Sólo es una mancha, un goterón despreciable que ensucia el lienzo”.

“¿Ha dejado de interesarle el ánima y… el animus?”

“Cuando era pequeño miraba el hondo de los pozos. Ese tipo de honduras me atraía mucho más que otra cosa, hombre o  mujer”.

En fin, en 1940 todavía le mortificaba constatar que no sabía dibujar, que no había nada que hacer. Era un chapucero. Así que descubrió la alternativa: no había por qué dibujar. Mira, pues, lo de dentro. El es el hombre de los significantes: los contenidos tan sólo propician, ¡y de qué manera!, lo aparencial, lo pictórico.

En efecto, se trata de una iconografía prescindible. Además, el camino correcto es la línea interior, la no representativa. Lo exterior le estorba: atisba a sus adentros, mete la zarpa y extrae de las vísceras y la sangre los grumos goteantes. La textura de ese mapa es tan real como el aire que respiras (aunque no lo veas). En el fondo, este tipo voceras, desmanotado y bastante zarrapastroso es un surrealista desde sus más tempranos dibujos y óleos que aspira a colgar media docena de sus cuadros aún sólo emborronados y pasto de analistas junguianos en la galería Pierre Matisse. Apela a la inconsciencia, pero es un simulacro, y se retrata en una deformación, en una tarea deconstructiva que  mucho tiene de máscara real; en efecto, el alcohol y la congestión han labrado minuciosamente un rostro que se repliega hacia los sesos. Ha desafiado al tiempo en una carrera prometeica: ha corrido mucho más que él y le ha pasado de largo en el camino a la autodestrucción. Hasta sus últimas obras así lo declaran a pesar de la furiosa abstracción con que las disfraza y la inconsciencia que las domina. Ahora sí es un autómata... aunque con un poso de racionalidad criminal. Esfuérzate en comprender la actitud salvaje, la deliberación a pesar de todo que subyace en el fango de chafarrinones: una contraseña para poder reunirse con él en el infierno. Cuanto antes, mejor.

Mientras tanto, suspira por arrojar uno de sus proyectiles al interior de la Art of This Century.

Él, el vaquero por antonomasia, un tipo duro desde la primera adolescencia, cuando fumaba grandes cigarros de corteza de árbol enrollados en papel de envolver.

Dos meses más tarde alcanza el estrellato: se ha instalado un  mural suyo (2,47X6,05 cm), que pronto alcanzará fama mundial, en el apartamento de Peggy Guggenheim de la calle Sesenta y uno; el hombre calvo y borracho que lo ha creado a lo largo de un día y una noche avanza entre la multitud que llena el apartamento reunida para su contemplación inaugural, cruza el salón sin mirar a los lados, se detiene, cierra los ojos y alza la cabeza como en éxtasis, se desabrocha los botones del pantalón y empieza a mear en la ostentosa chimenea de mármol. Es la consagración. La cúspide donde asienta sus posaderas de genio confirmado, hermético y meón.

Se asomaba a lo hondo de los pozos. Jugaba (pintaba) al borde del precipicio: lo que veía no parecía gustarle demasiado. Así que el juego mudaba en desesperación. Tal vez las oscuras aguas sólo reflejaran las magras esquinas de un hombre, el negro borrón de un rostro irreconocible directo al infierno de los malentendidos.

Los diez años siguientes los pasaría mirando el abismo. Qué rara prolongación del niño aquél de los espacios del gran Oeste, al que la emulación le condujo a la locura suicida.

Pero, ahora, en la gran ciudad del gran dinero.

Cavila, se da de cabezadas contras las puertas de hierro del Arts Students.

En el vacío. Lo fabrica él a conciencia. Tiene buena mano para ello. Garrapatea figuras reconocibles en el lienzo; luego, las esconde tras espatulazos, churretones y trazos al albur. “Tuve una visión”, dice cuando finaliza una de sus obras. Uno se mete dentro del cuadro y empieza a comprender, aunque, por así decirlo, sin mancharse, sin físicas torturas, fisgando lo preciso; luego, se marcha a su casa tranquilamente.

Las pesadillas, la muerte temprana, el desprecio o la locura, para el artista, que no sea ésa una condición fútil, que nada de esta feria de las vanidades sea de balde. Que pague su precio puesto que también él es un mercader de conciencias.

Tuve una visión: entonces se suspende de la obra sobre el pozo. Mira hacia abajo las negras aguas quietas en el redondel tenebroso. Un día, suelta las manos y cae en el mismo centro de las ondas que se ensanchan hasta derribar muros y paredes, nombres, las venturas o el hechizo maligno del tiempo de atrás.

Adelante está la frivolidad, lo iluso del negocio de hombres: más importante el cuadro colgado en la pared de una lóbrega galería de arte (a pesar de los vatios de luz) que arrinconado en el estudio luminoso del artista; más importante que expuesto en la sala de venta, enclaustrado en las páginas de Harper’s Bazaar.

¿Adónde ha conducido el éxito? A la angustia. Este hombre con la cabeza calva llena de selvas y de indios y sueños borrosos se preocupaba de las comisiones, de las ventas, de los marchantes, de la publicidad en Art Digest y similares, del dinero, de los rivales en el negocio (Rothko, Motherwell, Hare), y unos pocos meses atrás todavía era un mantenido, un subvencionado de un programa federal que acotaba su rebeldía disipándola en el angosto cuello de una botella de whisky.

Ahora le interesa el dinero. “¡Qué estupidez! Como si fuera a ser inmortal”, dijo Hesse una vez, con debilísima voz (26.4.70).

Amigo, si no apareces en las páginas de Life es inútil que tengas bolsillos en los pantalones: iban a quedarse vacíos. Este honrado semanario americano es tan capaz de vender cuadros como electrodomésticos, guerras y cigarrillos como algún estreno de Hollywood, sofás e ideología, autoestima y amor a la patria.

Pues ahí está, el tipo más irascible de los 18 irascibles, casi presidiendo la foto de Nina Leen.

Octubre del 48: Catedral: el mejor cuadro que se ha pintado en este país desde hace décadas (G. dixit).

En la Cooper Union, en 1956, aún te enseñan a dibujar como en el siglo XIX. Octubre del 56: debajo de unos árboles una placa de latón sujeta a un pedrusco informe avisa de la tumba de Jackson Pollock en Green River; Hesse, aplicada estudiante con aviesas intenciones ocultas, contempla una y otra vez las reproducciones de Catedral escondidas entre libros de anatomía y diseño. La chica lo ha comprendido perfectamente todo. Desde hace tiempo lo había adivinado. Ella es la Chica Lista. Sabe de sobra quiénes son sus almas gemelas.

Respecto a Pollock el Grande: de modo que ha llegado la fama. Guarda las apariencias, tranquilízate, eres el autóctono, el artista contemporáneo que USA ha estado esperando desde la Independencia del XVIII, pero cuida las formas, sé un buen salvaje (fenobarbital y dilantín sustituyen al alcohol embrutecedor).

Esa es la cosa. Un buen salvaje de ducha diaria y pantalones y camisa limpios que no ande por ahí golpeando o vomitando encima de la gente: son los cuadros los que han de ser salvajes.

1949. La perfecta ecuación. Todo sigue el curso predecible.

Time (2-1949), aun con sorna, pero…: “La pintura más vigorosa de Estados Unidos”.

Lástima que el pie siga apretando el acelerador… hasta agosto del 56. Muerte para él; albricias para los compradores. ¡Qué suerte!

Si talento, manirroto; si dinero, una prodigalidad que hallaba su verdadero nombre en el desperdicio: amigos, conocidos, todas las viejas épocas acababan sumidas en el vertedero. Eran nuevos tiempos. Pero el dinero, iluso tú también, no bastaba. Y el éxito sólo es una repetición absurda de tu nombre (que ya conoces hasta el hastío). Además, seguía siendo (nunca dejaría de serlo) el borracho de la calle Ocho. Las pobres recetas para pastillas no serían suficientes para disfrazar la desesperación, la angustia que nace con el día y se perpetúa en la pesadilla alcohólica.

Aunque también era (y lo fue hasta el final) aquél que un día se preguntó: ¿dónde está el modelo? ¿dónde está el tema? ¿para qué necesito un modelo? ¡Y miró delante del lienzo donde no había nada! ¡Y se lanzó como un potro desbocado ad absurdum hacia el mayúsculo ultraje de la pintura! Tirada en el suelo, esa vieja zorra podía ser mancillada sin miramientos, vejada por el más perverso de los brutos. Y sin asomo de sentir el menor remordimiento una vez consumada e intitulada la violación. ¿La recompensa?: “Ahora todos sus cuadros rezuman la más bella poesía, el significado más reverberante…” (G.)

Está ávido de grandeza, así que se encierra en el silencio… significativo.

Ésta, Hesse, lee embelesada en un Artforum del 68 la recua nominal de una mitología incipiente (LeWitt, Andre, Flavin, Smithson, Judd, Morris…) y aún de choque (ella misma) en la componenda de un nuevo concepto como aquél Jack en los años treinta veía en Cahiers d’art las andanzas de Picasso, Léger, Miró y Chagall. Los mismos perros con distintos collares.

Y dice la mujer sedente, “el universo es negro y azul”. Sostiene ante sus ojos una enorme reproducción de Klee mientras asiente con la cabeza.

Por entonces, lo mejor que podía pasarte es que un crítico de renombre arremetiera contra ti: eso era la consagración: la bilis de Michael Fried fue suficiente para mantener a flote a los primeros minimalistas.

“Hablar es de maricas”. Y el artista borracho permanece en un silencio hosco y resentido, arrugando con las manos un ejemplar del Cahiers de 1937 que muestra el Guernica a doble página pugnando por desbaratar los límites que lo contienen. A sus pies, roto en cuatro pedazos, Minotaure y sus fantasías tan débiles frente al nuevo arte que ya se germina en el cráneo del hombre calvo.

Y dice la mujer calva: “Todo es un juego”.

Y vuelve a mirar la ventana blanca y verde.

“Todo es un caos”, dictamina el triunfador antes de desplomarse en la acera en una ebriedad ya suicida.

Maneja bien ese caos. Termina poniendo el orden en el espectáculo del arte: él y su obra tienen el aura. La muerte epilogal era la debida. Un tipo así tenía que morir así.

Previas declaraciones alimentan el mito: “No habla”, dicen. Es un místico. Es poético.  Es un genio. Sobrecoge permanecer a su lado, la recia figura negra…

No se alía la metafísica con lo doméstico.

Ahora, el Gran Hombre influye en los demás sin mover un solo dedo, sin proferir una sola palabra, sin dirigir una piadosa mirada a unos admiradores y prosélitos atentos a la voz del  Maestro: absorto en sus pensamientos, elucubra magnas ideas.

Son los famosos silencios elocuentes los que agigantan al que nada tiene que decir.

Pero el Hombre del Gran Conocimiento sólo es un pintor que no sabe dibujar. Esa es toda la mayéutica de donde extrae la genialidad. Ha suplantado una técnica milenaria mediante la invención de una correspondencia a aquélla propia y original.

Ha leído tres libros en su vida, alguna novela ilustrada, revistas de arte que le enviaban sus hermanos desde el Este cuando aún soñaba ser vaquero en el Oeste (ya sin el colt al cinto pero rodeado de cuernilargas en noches al raso junto a la fogata olorosa); también se ha apropiado de informes psicologistas de tres al cuarto una terminología precaria e imprecisa: abalorios con que adornar la vestimenta provinciana de su conversación.

Habla con palabras y pensamientos prestados. Es un vaquero vacío, un cowboy hueco sin caballo ni lazo que enarbolar, muy peligroso ciertamente con un bote de pintura en las manos o enajenado por el alcohol.

A su lado la Krasner, una perra guardiana inflexible y decidida, con toda la energía de la conversa y el fiero recelo del animal herido, mira por el futuro, cuenta las monedas, vigila la raya roja con sus ojos saltones y camaleónicos.

Todas las malas chicas judías huyen de Brooklyn y acampan en Manhattan. Al igual que hizo ella, la chica de los ojos alerta y tres lienzos a la espalda. (Años después esta chica indefensa tiene que ocultarse debajo de los muebles para que el chico malo gentil no la muela a palos y amanezca por la mañana repleta de cardenales.)

Un día cruzan el puente, miran abajo las aguas del East River que huyen al Atlántico y no vuelven a mirar atrás. 

En la capital del mundo de los cincuenta las faldas de vuelo, las colas de caballo, los trajes de franela de los caballeros con sombrero de fieltro y los pantalones de mezclilla encasquetados en las piernas de los jóvenes sin causa, es fácil ser rebelde, la leche sin añadidos pordioseros empaña de forma natural los frascos de cristal, los gruesos filetes de carne rezuman sangre de la mayor pureza y los autos manipulados de los adolescentes devoran millas en un aire limpio de tal libertad que sofoca las protestas de los negros, de los Rosemberg, de los soldados locos que vuelven de Corea… En la ciudad del prodigio y el vértigo las promesas se cumplen, los sueños son fáciles y Dios está con nosotros.

Y otro día lejano, que siempre llega, las chicas malas acaban sepultadas junto a sus héroes; las más afortunadas, a la sombra de monolitos memoriales enhiestos sobre el verde césped de Green River. Otras, tienen unas muertes domésticas y anónimas, cuando el cuerpo ya ha dado la vuelta a sí mismo y muestra un pellejo caído y ruin, los forros carcomidos de adentro.

 


jueves, 13 de mayo de 2021

46

De momento: huye del intenso viento que se abate sobre esta parte de la ciudad, un aire furioso proveniente del East River, huye por el puente de Queensboro, en las proximidades ya de su ratonera: pequeñas nubes muy blancas y uniformes en formación militar atraviesan el cielo más ancho de Queens en dirección a Manhattan: huir,

Misticismo: he ahí el silencio, sólo lo intuitivo te acerca a la verdad secreta de todo, a su más profundo significado y esencialidad: el arte es una praxis de la conciencia. El silencio me conduce a lo maravilloso, a lo creado realmente; el lenguaje me condena a lo trivial, a lo insulso de una tautología que se enmascara mediante el signo: ya no nos basta un solo universo; tienen que haber más, muchos más, miles de millones de ellos. Sólo así se explica el silencio. Multiverso.

Noviembre:

Odia el pavo, y los arándanos, y los boniatos…

¿Qué hay de las repeticiones? Si repito algo absurdo, es doblemente absurdo. Morir joven: morir dos veces adulto.

No significa nada… eso.

Es. Ahora lo entiende. Ahora descubre su sentido. Y al contrario que otros muchos, no ha hecho del arte una filosofía, sino una actividad donde no existen los límites. Quiere sus obras como la exposición de una práctica que ni elude lo marginal ni lo trascendental. Una súplica, o una justificación de una manera particular de relacionarse con las cosas y los hechos, con sus semejantes. “Me sobrevivirá”, se dice. Y, más tarde, cuando sienta la muerte invasora ya dentro de ella apresura su testimonio, atestigua con la obra su tránsito terrenal. ¿De veras pensabas que nada acaba verdaderamente? Lo que dejas tras de ti es un nuevo juguete para los que te suceden, se solazan con él, divierten su estupor, lo  montan y desmontan una y otra vez como un antiguo mecano de reluciente metal, incluso tú misma terminarás bajo el disfraz de las suposiciones, se inventarán identidades adaptables a cada negocio, serás la copia prodigada e interesada de quienes viven de réditos. Te pervertirán.

Acabarás siendo una desconocida.

Más he aquí la materia efímera de su arte, el fatal deterioro, los trabajos se desmoronan ante el paso de los días, los ácidos del tiempo la destruyen. Levantan acta de unas ruinas. Reproducen una idea que ya entreteje su captación con infinitas sugerencias y malentendidos, y que, fatalmente, ya es otra cosa de aquello que fue concebido incluso en la oscuridad. Una idea, una imagen muerta: va unida a su misma desaparición. La posteridad es el vacío.

¿Qué sabrán de ti?

Sólo son mistificadores.

No es un viaje al pasado.

Ha de sacarla del maldito edificio. (Pues nada de esto servirá.)

Un no retorno o una comprobación. Es una despedida que nada tiene de crucial. 17 de abril de 1970, viernes. Es un día vulgar, gris, de ligera llovizna, tan luminoso que fue ayer, con tan gran sol enseñoreándose del cielo limpio y azul. A primera hora de la mañana sale del apartamento y toma un taxi hasta el hospital de Nueva York. La noche anterior le había llevado a la habitación cena japonesa en primorosos recipientes de cartón coloreados comprada en un restaurante bastante caro a dos manzanas del allí. No había sonreído cuando le enseñó los palillos pintados de negro y rosa ni los diminutos vasitos con grabados en relieve para el sake. Apenas probó nada. “Todo sabe a radio, a quimio”. A plástico quemado, había dicho en una ocasión. Tampoco demostró el menor interés por la bandeja de la cena del hospital, que había depositado sin abrir y todavía caliente en una silla cercana a la horrible cama de tubos. Luego, vieron Evening News en la CBS. Al última hora llegó V.T., apremiante y locuaz, ataviada con una especie de túnica corta floreada que dejaba asomar por abajo unas botas de ante color violeta; un collar de bolas plateadas, a juego con las pulseras que tintineaban en cada una de sus muñecas, rodeaba el cuello arrugado. V.T. apareció acompañada de W. Este sofisticado gigoló de mueca despectiva venía en mangas de camisa (estampada de círculos de diversos colores) y pantalón de lona marrón ocultando sus piernas largas y delgadas, con la pipa encendida y humeante en la boca. Le miró, al igual que siempre lo hacía, con desconfianza, pero intuía él que también con algo de temor. V.T. acababa de llegar de Paris; traía una bolsa llena de catálogos de las galerías y museos que había visitado. A la vuelta, se había reunido con W. en Londres, donde éste, poeta en ciernes desde hace más de una década (disfrazaba de tal guisa, en parte, su cometido de gigoló rufianesco), había holgazaneado varios días esperando a la otra, vieja, extravagante y adinerada. De allí directos a Nueva York. Habló de Stäel, de las incipientes instalaciones de Kienholz en la CNAC, una muestra de meses atrás que aún despertaba el interés mediático en la prensa especializada parisina “debido a su evidente contenido político” (remarcó). Su habla atropellada y confusa, neoyorquina inequívoca, a duras penas permitía el diálogo. El monólogo era altisonante, excluyente, infranqueable, aderezado con frases informativas del estilo de “estuvimos a punto de ir a Aviñón por la exposición de Picasso, querida, pero se torcieron las cosas”. En labios de esa excéntrica coleccionista de arte, inevitablemente, Rothko salió a relucir debido a su muerte reciente: proporcionó detalles macabros de su patético suicidio a la moribunda Hesse: flotaba en su propia sangre, de un rojo oscuro, en calzoncillos, oh, Dios, en calzoncillos blancos tipo slip, “¡ y esos brazos en cruz, querida, esos brazos en cruz!”. Un fármaco reconstituyente. Acostúmbrate al infierno, yo señalo el camino, proclamaba su sana desenvoltura, su desliz inadvertido. “Se ha hecho especialista en agujeros de gusano”, informó El Testigo, por decir algo, señalando con la cabeza a una Hesse postrada en un silencio conciliador. “¿Cómo dices, querido?”, preguntó sin mirarle. “Viaja. Qué digo, vuela. En este momento se encuentra en U8, que es un poco más azul que U7.” “Siempre queda la esperanza, Hesse.”, soltó con la pipa entre los dientes el feble poeta mantenido: el atajo, frente al camino de la otra, al infierno: un tumor en el cerebro, así que la esperanza, eh, hijoputa. Ve la ventana negra de la noche a un lado de la cabeza de Hesse que reposa sobre la almohada, puede sentir el aire oscuro y primaveral. “Pero es muy cansado, mi niña, todo el día de un lado para otro, abrumada por l’art tan fascinante, tantas las cosas  y sitios que contemplar de nuevo, y los amigos, ah, los amigos… Llegaba al hotel rendida, querida, muerta de cansancio… ¡París, inmensa París…!” Cuando se marcharon dejando tras de sí una estela de frivolidad, de inoperancia cruel, Hesse se durmió en seguida. Era un descanso doloroso, desahuciado. Un simulacro. Él piensa que ella, simplemente, al final se desmayaba, un dormir sin sueños, sin emociones. Observó su respiración. Todo parecía inútil. Con algún esfuerzo logró introducir la abultada bolsa con los catálogos y otros papeles satinados en la papelera. Salió del hospital un par de horas después, cansado de leer a Hugo (William Shakespeare, 1864) a causa de su cada día más deficiente francés y asustado por la genialidad.

 Después de una ducha fría y el desayuno triste fue en su busca de nuevo.

Ha salido del hospital inyectada y con fuerzas. Un sombrero de terciopelo de color violeta, la gabardina azul de tejido liviano anudada a la cintura, debajo el sostén, la blusa blanca, la falda escocesa; calza las botas rojas de goma, relucientes. Al verle abrir el paraguas, ella deniega con un gesto. Andan un rato bajo la lluvia mínima y fresca, hasta reconfortante, flanqueados a un lado por árboles que ya visten sus copas de hojas relucientes hacia la boca del metro de la 33 con Park Avenue.  Y la mirada del doctor, severa, lastimosa (en realidad: inexpresiva) que parece seguirles a sus espaldas.

¿Qué has querido hacer? Llevabas entre manos el gran proyecto, y no en secreto, del autorreconocimiento, comprobar tus medidas exactas, ponderar tu forma real,  calcular el peso específico e inequívoco de tu singularidad (de tu alma): y todo para desmontarte a través de un lenguaje incongruente, festivo y adánico. Lo sabemos: crear el caos, desbaratar tus límites. Te has equivocado. Tu desmesura te ha conducido al castigo. ¡Te has enfrentado a la claridad, al orden justo, a lo premeditado! Tus malos ingenios te han llevado a la arrogancia, a desafiar a los dioses creadores, a la hybris. Tú misma te has condenado. ¡Con lo calentito y reconfortante que se encuentra uno libre de culpas, de deseos, de soberbia en la bendita áurea mediócritas! ¿Crear? ¡Para qué! El más modesto de los arroyos que serpentea entre piedras y plantas bajo el sol supera con creces cualquiera de las obras que concibe y crea tu artificio, la hierba más pobre y rala de Central Park sobrepasa tus colores, tus sueños y tus necias bagatelas llenas de mentiras.

Y, convengamos en ello, qué poco de malditismo había en realidad en tu obra en ciernes, en tus pequeñas maquetas objetuales.

Estos elegidos… ¡y qué dádivas del destino!, ¡qué espectáculo!, ¡qué juego dan!

Ergo:

julio de 1948: Jackson Pollock, Arshile Gorky y Mark Rothko. Han reunido a los tres monstruos en un bonito festival social. Partisan Review levanta acta. Alcohol a raudales. Podrían hacer bufonadas, divertir al personal (mas sin sucias estridencias y alborotos cruentos): uno se halla irreconocible sumido en una de sus habituales borracheras homicidas y chulescas (busca pelea como sea, un enfrentamiento embrutecedor que le rompa la cara a él o rompérsela él a quien fuere); otro hosco, en un rincón, con la vista baja y de germanía, acaricia la navaja gitana que siempre lleva encima (no dudaría en insertarla en la garganta al primero que se le pusiera por delante); el tercero, ceñudo, silencioso, retraído y difícil (toda su vida fue una búsqueda siniestra del verdadero aislamiento que le condujera más que a la abstracción al ensimismamiento metafísico). Son cartas marcadas, cada uno cumplirá con creces lo que se espera de él: Gorky (¿quién soy yo?) se ahorca en su estudio una semana más tarde. Es el primero en dar el salto. Así se hace, tío. Interpretemos el papel asignado de la mejor manera posible. Pollock se mata borracho lanzándose al vacío de la noche a toda la velocidad que le permite su viejo Oldsmobile (y se fue en compañía de una mujer joven e inocente al infierno, todavía mejor). Rothko, en su rezo (o blasfemia) solitario se abre las venas tumbado en el suelo, medio desnudo y narcotizado. Cada uno a su tiempo. A la debida hora. Sin vacilaciones. Respecto a la obra: ahí queda eso.

El arte es un cáliz que hay que beber hasta las heces.

Allí están esos tres monos de feria: como insectos revoloteando por encima de la buena conciencia del espectador. Luego les alcanzará la gracia de lo sagrado. Tocar una de sus obras: 50 millones de dólares.

2011: Del arte me interesa el dinero que se mueve de unas manos a otras. ¿Para qué negarlo? Es mi trabajo, y quiero que me paguen por él. Cuanto más, mejor. (El 101, el que faltaba para completar la lista.)

¿No te gustaría cobrar mucho dinero por una de tus obras efímeras, Hesse?

Ahora, ya no. ¿Para qué? Que paguen otros el féretro.

Hubo otro viaje virgiliano ajeno a la culpa o a la inocencia: él tan sólo pretendía registrar los hechos que habían sido o habían podido ser. Todo se había desmoronado. La turbación inicial había dado paso a la desesperación; luego, a la serenidad, y ahora, a la excitación. Recorrieron el breve espacio de una aventura disparatada de la mañana a la noche en una Nueva York que repudiaba por su magnificencia y su misma lubricidad y bullicio alcanzar el cielo o  descender a los infiernos. Era nada más que una excursión frenética a una cotidianidad irrecuperable, una vulgaridad urbana y social carente en el fondo de cualquier interpretación laudatoria: el mero contenido de un día entre el amanecer y el crepúsculo, un rosario enhebrado de sinsentidos, ocupaciones, ocios y obligaciones que la noche disipaba y levantaba en el aire como la liviana capa de polvo que, al final, termina liberándose de la costra de la tierra. Comprar un puñado de nueces, saludar a un rabino escéptico y burlón de la calle 12, visitar el estudio de A., tomar un bocado en Lipstein&Sally y un café en Maxwell, esconderse en el subway, comprar periódicos en la Quinta Avenida, andar un rato callados bajo el sol y la tibia brisa primaveral acariciándoles el rostro, volver al subway, acabar en la calle 82 de Brooklyn, pasear de nuevo en silencio absoluto, comer otro bocado en Coney Island, volver a Manhattan con los ojos enrojecidos, aguantando el llanto, revolver libros y revistas en The Green Train donde R.Y. disimula la violencia que le abate en su interior con una media sonrisa y rodeado de libros como en el interior de un bosque, ver anochecer desde el puente de Brooklyn. “Lo que yo hubiera querido…”, balbucea en la cama desdeñando sus besos cobardes.

No es dolor exactamente. Es una punzada de desaliento en la carne, una mínima molestia, una pesadez en la sangre que llega hasta congelar la respiración, la mirada pobre en las cosas que se alejan, en los objetos cotidianos que comienzan a transformarse en irreales a causa de esa sensación de tránsito que empieza a dominar por doquier aun antes de que el esplendor matinal desnude la simplicidad de todo, expuesta toda la trivialidad y el sinsentido bajo los rayos del sol como el fácil mecanismo que ante el asombro decepcionado del niño termina ofreciendo el muñeco articulado con las entrañas abiertas a sus ojos. Saber que todo es inútil y todo es para nada. Saberlo, y rebelarse ante ese serrín o fraude mecánico, luchar hasta el final, condensar en minutos largos años, en horas una vida. “¿Te ayudo a ducharte?”. Se niega con naturalidad. Hay que desayunarse aprisa. No, prefiere la cafetería de asientos rojos y mesas de madera negra a una manzana del apartamento. Se hallan en la cocina. El día será fresco y soleado, con una ligera brisa a partir del amanecer, anunciaba en la medianoche la cadena de radio NYK123. Pero ahora aún está todo sumido en la penumbra o bajo las luces eléctricas tan desoladoras y tristes, una iluminación tan poca cosa frente al día pujante que empezaba a nacer como si nada, algo tan inocente y repetitivo, tan monótono, conocido y vulgar, y, sin embargo, tan precioso, inalcanzable, tan hermoso para quien está al borde de la muerte y no la desea, para quien va a morir y lo único que quiere es sólo vivir, nada más que ese milagro, ser nada más que uno entre otros miles de millones de seres despreocupados y vivos en el día que vuelve a amanecer. Tiene que vestirse. El mundo se ha puesto en marcha otra vez.

Hay que moverse, pues.

¿Qué me pongo?

¿Qué podría decirte yo, querida?

Sólo soy el pobre tipo ése que camina bajo la aguanieve hasta el oscuro apartamento de la calle Once donde escribe cuentos pornográficos a 5 centavos por palabra.

(Lo rumia ceñudo, algo orgulloso en el fondo por el ramalazo de desprecio que experimenta hacia sus desconocidos y enfermos lectores, pegado al ventanal de una cafetería vulgar, cualquiera de ellas, con la vista perdida en el ajetreo de la calle, hinchándose de un repulsivo aguachirle pero botomless.)

Es como los elefantes (él y ella). Anda y anda no sólo por buscar agua y comida, sino, simplemente, por cambiar de escena.

Sales: dos folios por el precio de uno.

Estamos en temporada.

¿Me garantiza 20 adjetivos y media docena de metáforas por página?

No lo dude. Y dos vocablos de los que hay que buscar en el diccionario para dar con su significado (y un raro tecnicismo también).

En efecto, usted es el tipo que busco. Y me lo lía todo un poquito a partir de la 119.