miércoles, 13 de octubre de 2021

49

Jennie te arrastra. De nuevo, mitologías: tira dos docenas de fotografías a la fachada del 450 Este, en la 52.

The Unvanquished.

Lote completo: 925 dólares.

El Coleccionista: “Estoy en disposición de pagar una cantidad importante.”

-Será cuestión de tiempo.

-No me importa si al final logramos hacernos con todos los números. Tengo entendido que eran siete.

(Como una colección de cromos: Armas de la Segunda Guerra Mundial, Grandes del Beisbol, Padres de la Patria, Animales de África, Grandes Actores de Hollywood… “Te cambio el 24 por el 14.” “El 14 vale siete del 24… por lo menos.” “¿Y qué me dices del 24, el 51 y el 96 por el 14?” “Me interesarían más, entonces, el 36, el 73, el 82 y el 105.”)

-Seis. Eran seis. El último capítulo, “An Odor of Verbena”, fue un añadido. Era un relato inédito, de modo que nunca fue publicado en revistas con anterioridad.

-Me complace saberle tan bien informado.

-“Ambuscade” fue el primero de la serie, y “Skirmish at Sartoris” el sexto.

-¿Hay posibilidades de hacerse con todo ellos?

-Tiene que haberlas. Sólo se trata de dinero.

-¿Qué opina Ray Yeats de todo esto?

-Ese tipo se mueve por debajo de los cinco dólares.

-Mal asunto.

-Me encargaré personalmente de este trabajo al margen de mi librería. Sin intermediarios.

-Lo que usted crea oportuno. Quizá sea mejor así.

Carl Andre, su auténtico mentor, en sus buenos tiempos era hombre de cimas y valles: a los veinte años anduvo por la  Inglaterra del naciente pop y la Francia sartriana; a los veintiuno, de vuelta a USA,  ingresó en el Servicio de Inteligencia del ejército; a los veintidós se estableció en Nueva York y durante un tiempo trabajó de editor; a los veinticinco fue guardafrenos de la Pennsylvania Railroad en New Jersey… En fin.

Andre: “A él le debo prácticamente todo”.

Es sólo una frase.

Pero ¿por qué?

(Nadie hace tu trabajo por ti: sólo los negros que no existen con un par de centavos en los bolsillos y con la máquina de escribir a rastras por las calles de la Ciudad del Triunfo.)

“Bueno”, le dijo, “yo odio escribir a mano.”

Andre, el hombre de las frases: “Eres brillante, Evchen”.

LeWitt era recepcionista en el MoMa cuando Hesse lo conoció, al mismo tiempo que la otra subyugada Lippard percibía su influjo de judío inteligente y profético. Se sintió fascinada por él y su trabajo. Luego, han pasado los años. Son artistas. Muy callados. Todos llevan un lastre a la espalda.

Vivir no es fácil.

Cada uno con su crimen adentro, o su fantasía, o su miedo, o su drama... o su nada.

El hombre misterioso Sol LeWitt conoce de sobra la enfermedad (terminal, él lo sabe desde el principio) de Hesse. No habla inútilmente. No se compadece. Se limita a sufrir en silencio.

Ambos son judíos. O eran.

Europa se los hubiera tragado enteritos y todavía tiernos, a juzgar por la pavorosa sincronía de sus años de infantes con el supremo poder del carnicero nazi.

Una vez se reía: “Una siempre es judía… ¡cómo se es católico! Sólo los protestantes se libran de llevar toda su vida la culpa o el cadáver a cuestas.”

LeWitt: se interroga constantemente.

Pasamos la tarde en X.

Andre: hablaremos de Carl Andre.

(Adopta tus precauciones, amigo.)

Influida por una antropología que certificaba toda la magia y los pasados misterios de una raza, una etnografía actualizada que visualiza idealmente un folclore tan válido plásticamente como perturbador.

¿Naif?

¿Ha visto usted realmente la estética tan peculiar de los salvajes de antaño?, preguntó el tipo del salacot.

“Haré de mi cuerpo (de mi alma) un objeto artístico.”

De repente, como un espejismo, surge de la trémula luz del sol del desierto, de la llanura dormida del mediodía, de la ardiente humedad de la selva…

La belleza es una cuestión de identidad, la que se posee, la que se crea, la que se ve con los ojos cerrados…

Admira el rostro tatuado de un cacique Hiriti-Paevata, de un rey Tauhlao, del isleño de las Carolinas, de un dajak del antiguo Borneo, deléitate en la espesura cromática que cubre por entero el cuerpo del japonés de siglos atrás… (descifra El Hombre Ilustrado de Bradbury, anticipa el futuro en sus imágenes, lee las dieciocho fascinantes historias que se encierran entre sus cambiantes bordes: en la mano una rosa recién cortada, el anillo azul tatuado alrededor del cuello, cada centímetro de la piel lo cubren cohetes y estrellas, prados y ciudades, iglesias y tabernas, calles y plazas, gentes y galaxias, animales y bosques, tu rostro, tu destino… todo aquello que la imaginación diabólica de la bruja hace brotar de las hirientes agujas de la noche mientras el sueño te ha vencido).

Surge la pareja de salvajes (porque eran de otro tiempo) del vibrante aire que induce a la figuración y a lo inexplorado, surge de lo extraño, de lo indefinible, de un encantamiento que mucho tiene de genial invención artística:

a tenor de su deseo de adornarse, aquellos lejanos artistas de un bodyart del árbol y la jungla y unos cielos desconocidos sometían el soporte del cuerpo finito a multitud de trapisondas y deformaciones:

lo pintan de mil maneras con decenas de colores que obtienen del mineral, la planta y la tierra, y el embadurne y el tatuaje polinésico conforma una obra de arte andante y guerrera no exenta de desafío hacia la plástica inerte que les rodea:

todos los orificios del cuerpo se prestan a una deformación, la carne se corta, se mutila, se agujerea, se violenta, la piel se pervierte con los tintes y las incisiones, los ojos se agazapan tras el laberinto de rayas y cortes que los circundan, se empequeñecen los pies, se ulceran los miembros, y hasta el cráneo adquiere formas espurias valiéndose de la presión de tablillas atadas alrededor de la cabeza, se aplanan los occipucios, se saja la carne del pecho, se alargan los brazos, se enredan los pelos:

he ahí el indígena melanesio de las Salomón que adorna su frente con una diadema de cipreas e incrusta en su nariz un anillo de piedra pulimentada, el sakai de Malaca que horada el tabique nasal con una caña transversal, la joven de Hainán que desgarra sus orejas por el peso de decenas de anillos, el nativo de la isla Montgomery que ulcera las incisiones que se ha practicado en la piel con agua salada y jugo de raíz de mangrove con el fin de resaltar el tatuaje por medio de los monstruosos bulbos creados, las pinturas blancas que en profusión de líneas recorre el cuerpo de los kaipara en sus sobrecogedoras danzas, el bagobo malayo con los dientes ennegrecidos y limados en sierra y la piel enteramente cubierta por tatuajes geométricos y zoomorfos; observa las deformaciones dentales del basari y la labial de las mujeres musgu y ubangui capaces de insertarse en los labios discos de madera de más de 12 centímetros, pues tal es su ideal de belleza, admira tales conceptos de lo bello en las cicatrices deliberadas en la frente y las mejillas combinadas con la diadema de cauri y los collares de hueso de la mujer cunama; verás cabellos lanosos largamente trabajados, trenzas cuya longitud alcanza el suelo en el tocado de la mujer ovamba o formando elaborados bucles en la cabeza de los papúas, tan amantes de los peinados complicados, o los suntuosos peinados repletos de trenzados y frisados de las mujeres de Fernando Póo o los adornados con vistosas plumas como en los algonquinos y cabelleras con marcado carácter cultural y espiritual como en los nubios y también el rapado místico del tibetano… 

 “Tampoco es tan difícil que llegues aquí. Ahora no tienes que pagar un centavo por atravesar el puente.”

Por lo demás, le jura que nunca ha paseado por Central Park subida en un coche de caballos. Ni por la Quinta Avenida tampoco. Y no ha patinado al son de Jingle Bells en Rockefeller Center ni un solo día de invierno en su vida. Él se lo propone en un arrebato de ingenuidad. Ella se echa a reír: “Nunca seré ya una chica casadera.”

Ella, La Buena Judía, se ha librado definitivamente de todos los caprichos. Es lo malo de conocer el camino a la perfección.

Habla de mitología. Una charla confusa, apenas informada de la materia. Sin embargo, dos o tres temas y personajes mitológicos los domina a la perfección.

Otra figura mitológica: Aracne.

“Desafío a las diosas”, le dice.

“Lo sé”, contesta.

Has desatado la cólera divina. El castigo te acecha durante un tiempo y, al final, te atrapa a dentelladas. No te soltará hasta la muerte.

Todo lo mitológico es, en esencia,  un desafío, una afrenta a los poderes ocultos. Y se pierde siempre.

-¿Quién es?

-¿Wallace? Soy Morgan.

-¿Qué tiene que decirme?

-Ya tenemos el 4, “Riposti in Tertio”, aunque se tituló “The Unvanquished” en el Saturday Evening Post del 14 de noviembre de 1936.

-¿Precio?

-100 dólares…

-¿100 dólares? ¿Así de redondo…? ¿Ni 94 ni 102?

-Bueno, la cuestión es que…

-¡Cómprelo!

Le hablaré de La Rama Dorada, se dijo él.

En la Biblioteca Pública dejó pasar las tardes de lluvia, frías y hostiles del otoño de 1969. Tomaba notas de la edición abreviada en dos tomos de Macmillan. Pronto llenó dos cuadernos escolares. Luego, se hacía un lío irritante intentando descifrar su letra a vuela pluma.

Lo liaba todo.

¡Qué tipo!

Proporción áurea (del alma).

Hablemos de ello.

Arrima el ascua a su sardina: desdeña la matemática, abre ventanas, deja correr la brisa y el viento, cree en la magia antes que en la belleza racional de los números.

¿Qué ordenación es esa?

Piensa en el nueve: lo escribe: lo nombra: finalmente lo dibuja: 9.

Pisotea la arena, deshace el  muñeco de arena mojada. Se queda mirando estúpidamente el sol allá en el horizonte azul del mar. Inalcanzable. 

El Negro lejos de su máquina de escribir y demasiado cerca del abatimiento típico de los tipos del sur: Is this Your Luckyday?, lee una y otra vez en la centelleante palabrería de colores del pinball. Pide otra cerveza, suave y mala.

“Necesito un norte…”

Y miró a lo lejos, aquella reluciente mañana, la antena plateada del Empire...

Margie K., una de las amigas de Jennie Q., tan joven que todo es nuevo en ella: la piel, la ambición, la mirada, la confianza…

El Paseante se la encuentra en el cruce de la avenida Manhattan con la calle 109, a punto de doblar hacia Columbus Avenue. Es un día soleado, pero de mucho aire, incómodo para un andar calmo y el disfrute del pensamiento mientras la vista va y viene.

Podrían contratarte, dice K.

El viento oblicuo le da en la cara, hermosa y resplandeciente por el sol, y el cabello liso, de un castaño claro, se enmaraña con gracia, los mechones vuelan a uno y otro lado del rostro ovalado iluminado por el brillo de unos ojos almendrados de un matiz meloso, y ella no cesa de peinarlos hacia arriba con los dedos entreabiertos de la mano.

Él, algo nervioso, apaña mejor la mochila a la espalda mientras mueve la cabeza de un lado a otro.

No quiero dar clases de ningún tipo, contesta.

¿Qué tiene que enseñar él? Lo que sabe, no sirve para nada.

Le mira incrédula, se da la vuelta sonriendo y, a paso ligero, se encamina hacia el parque con el grueso cartapacio debajo del brazo.

Él cambia de dirección (llevaba exactamente la de ella) y se aleja decidido. No tendré más remedio que meterme en Central Park. ¿Y qué hago yo allí a las nueve de la mañana?, se pregunta irritado.

A ella aún le da tiempo para anunciar su próxima exposición: “Hey, City Blank”, dice sin el menor entusiasmo.

“¡O.K.!”.

Él calcula alternativas.

¿Quién es? Él se pregunta eso mismo un par de veces al día.

Un epifenómeno, una vida vicaria.

Quizás un Versteller: pervierte la realidad cuantas veces le viene en gana: ¡pero siempre atendiendo lo esencial de ésta!

Más importante que su obra: artistas cuya sociabilidad y afabilidad les hace innecesarios. Basta con ellos. Pues “ellos y su obra” son como columnas Morris ambulantes.

Indiferente a lo estéril e infecundo, aún tuvo tiempo de atisbar a la gente groovy con sus camisas de flores, las torpes guitarras y los cantos bienintencionados. Acabando los sesenta, unos años después de llegar de Alemania, ya sin ataduras sentimentales, más de una vez contempló largo rato, incrédula y fascinada, la pacífica y vistosa muchedumbre en torno a la fuente Bethesda en Central Park. Se sentía ajena, no obstante, extraña ante los cantos y los atuendos. Los redujo a su mínima expresión: parecen un cuadro. El Ángel Que Nos Mira. Y otro domingo bochornoso, de calor húmedo, sin nada mejor que hacer al salir aburridas de un cine refrigerado, antes de anochecer, merodeaba en compañía de P., R. y B. por St. Mark’s Place, en la parte baja de la Segunda Avenida, donde se reunían los conversos más concienciados, sin lograr adivinar en un sentido estrictamente artístico la bondad de lo que contemplaba. A la semana siguiente, se desentendió de toda aquella estética juvenil poco adecuada al aluvión de ideas y presentimientos plásticos que pugnaban en su cerebro. “Son materiales lo que necesito”, se decía una y otra vez. “Me bastará con eso.”

Al diablo con las canciones.

Sustituye las flores por el hierro,  el óleo y el barro por los nuevos materiales, la química del mundo que se avecina,  los caprichos, los desastres.

La ha convencido: “sólo soy un turista español con el trazado de las líneas del metro dibujado en una mano y el mapa de Manhattan en la otra. El pasaporte entre los dientes.”

(Pero no mires jamás a los ojos de un neoyorquino.)

Suben a la terraza de Rockefeller Center antes del atardecer, cuando el ocaso del sol por encima del Hudson tiñe de rojo el cielo de Staten Island. Todo empieza a difuminarse a esta hora, como las peripecias y sucesos del sueño al despertar, como si fuesen irreales la catedral de St. Patrick’s, el Empire State, el Seagram, la masa brumosa de Wall Street… Y todo lo que les es dado contemplar desde lo alto parece que vaya a sumirse en la nada, a disiparse en el polvo de la noche (llámalo un sueño). Pero de pronto, como luciérnagas gigantes que surgieran del subsuelo, se encienden los millares de luces de Times Square, los rascacielos del Downtown comienzan a tachonar de ventanas encendidas sus todavía grises siluetas, se ilumina la antorcha de la Estatua de la Libertad y los focos del Empire lanzan sus destellos azules al mar abierto.

En ese tiempo todavía uno se queda encandilado leyendo a la medianoche en la cinta de luz del edificio del New York Times las últimas noticias y sucesos internacionales de teletipo del último minuto mientras, en torno a sí y su ingenuidad, una muchedumbre de iniciados en lo siniestro compra y vende (todo puede comprarse y venderse, anuncia una cadena nacional de televisión) los crímenes que nunca serán noticia.

(3.6.1969, 23,58)

Hoy, Nuestro Presidente, a las puertas de América, impide con la sola ayuda de Dios… etcétera.

A., un corresponsal catalán amigo de C. que conoce a B. (a quien El Negro ha hecho algunos favores de tipo literario-mercenario), vive en la 86, en un barrio residencial repleto de cervecerías, restaurantes y emigrantes alemanes. Escribe para un par de revistas de arte españolas, a las que El Embaucador no tiene acceso, y en las páginas de un periódico de tirada nacional que no haría ascos a una crónica artística pergeñada por su experimentada pluma de corresponsal-escritor. La tarjeta manuscrita de B. le abre sus puertas. Es un tipo comprensivo, de sonrisa acogedora y aspecto bondadoso, paternal, con el pelo peinado a un lado completamente blanco. Le invita a una copa (son las siete de la tarde). Se interesa por lo que hace y, lo más importante, querido, los planes que tiene para el futuro en Nueva York. Él contesta sin mentir, pero con inocentes evasivas que el otro capta de inmediato. Le expone el motivo de su visita. Accede en seguida a su petición. “Dime, ¿qué clase de escultura hacen (sic) estos chicos?” En ese instante él se queda absolutamente sin palabras. Inclina el torso hacia la mesa y coge el vaso de whisky, da un trago calculado (A. es un tipo respetable, debe apreciar la mesura). Al cabo de unos segundos, con el vaso entre las manos, él sólo acierta a decir lo más inapropiado y sucinto mientras mira los dos cubitos de hielo que sobresalen del líquido ambarino: “Abstractas.”

Estamos en 1969.  

(No están demasiado gastadas algunas definiciones.)

Algún atavismo europeo pervive en esta antigua emigrante germana. Es tan distinta como el Village al resto de Manhattan: plazas, rincones hasta recoletos, calles pequeñas y estrechas… Compra pasta en Bleecker Street (y vino toscano y panetone) en una tienda italiana junto al cine de sesión continua que pasa mañana, tarde y noche películas de los años treinta y cuarenta; pasea por St. Luke’s Place, la calle más bonita flanqueada por bellísimos y grandes árboles copudos, se demora por callejuelas.

Festival de cine en el Lincoln Center.

Tenemos que ir, dice. Más de veinte largometrajes a concurso.

Consigue las entradas para los pases de la sección oficial a través de una amiga periodista.

Godard, Cassavetes, Welles, varios filmes de detrás del telón de acero, ahora tan de moda, una retrospectiva de Gance…

En especial, desean ver la película de Martin Tolbal, Bridges, que cerrará el certamen dentro de una semana.

Por el momento, ven cine del este. En cinemascope, pero en blanco y negro.

Más tarde.

En el apartamento. Ha salido del baño, ultima los preparativos para acostarse. Huele a limón en torno a ella, y es muy agradable. Mientras la observa a hurtadillas recuerda una de las películas visionada por la tarde, una checoslovaca en blanco y negro que le produjo verdadero miedo (la palabra exacta sería desasosiego, pero no está seguro de no haber sentido miedo también) en virtud de la siniestra frialdad con que muestra en la pantalla los últimos días de un intelectual represaliado por el régimen: su despertar en la cama en el amanecer oscuro y lluvioso, el rostro sin afeitar del hombre en el espejo, aún vestido con el pijama, el parco desayuno con el inevitable cigarrillo entre los dedos, las gotas de lluvia en la ventana, los pequeños y baratos estantes llenos de libros, la vetusta máquina de escribir a un lado de la mesa, el hombre rodeado de sombras finalmente sentado y abatido en el sillón desvencijado del minúsculo apartamento suburbial donde vive. Y los raquíticos árboles, las aceras maltrechas, las hileras de los edificios blancos tipo cajón, el cielo negro, el frío glacial que dejan adivinar todas las imágenes…

Al día siguiente.

50 centavos: suficiente para el metro, el hot dog y el socorrido periódico.

Por la tarde: ella vuela hacia Chicago: otra colectiva con Serra, Nauman…

Durante la mañana, clara y limpia por el aire proveniente del Atlántico, él pasea, compra libros, se mete en cafeterías con grandes ventanales estilo Hooper a leer tranquilamente el Times.

Tiene libre todo el tiempo del mundo.

Baraja ocurrencias, obra milagros.

Le dice que irá al zoo del Bronx.

Qué valiente. Ella cuelga el teléfono; él sale de una cabina pública en Lexington. Allí mismo sube al metro.

No es una hora punta, así que al llegar a Harlem el vagón casi se vacía al apearse los afroamericanos en la 110.

No descubre, al menos en su vagón, a ningún tipo de aire anglosajón. ¿Un wasp? Inconcebible. Al zoo se va en coche y con las ventanillas cerradas. Incluso con una pistola amartillada bien escondida debajo de la americana. Para usar sólo en legítima defensa.

Un portorriqueño con una sahariana amarilla por encima del pantalón color hueso canta un bolero en español. Una jamaicana mueve las caderas al son de un ritmo inaudible. Les mira con simpatía. Siempre lo hace con estos americanos-caribeños. Desde el shakespearino musical de Bernstein (1961) siente debilidad partidista por todo lo hispano neoyorquino del West Side.

En realidad, el Bronx queda tan lejos para un tipo de Manhattan como Sudamérica o cualquier parte de Asia. Allí vive la auténtica máquina de Nueva York, más de dos millones de laboriosos braceros de todo tipo que sostienen día a día la isla y sus trapicheos cerca del cielo (sin alcanzarlo jamás).

“Al Bronx no se va nunca, nunca”, advierte el sofisticado de turno del East Village.

Pero allí vivió una vez Edgar Allan Poe.

Luego miraba a los animales tan extraños (invisibles).

Por la tarde (él): Portrait of Jason, del 67, pero la ponen de nuevo en un cine del Village.

-¿Wallace?

-El mismo.

-Hemos conseguido el Saturday Evening Post del 29 de setiembre del 34, con “Ambuscade”, y el del 3 de noviembre del mismo año, donde apareció “Raid”, el tercero.

-Eso es magnífico.

-Respecto al precio…

-¿Qué pasa con él?

Y mientras ella construye inconsciente o a sabiendas el mito pringándose malignamente con toda la sintagmática plástica que ha metido en el saco venenoso de los materiales, él podría dedicarse a no hacer nada, a preguntar en librerías del Midtown acerca de títulos de libros inencontrables, dar un largo paseo en la barcaza para turistas (¡pintada de verde!) por el East River cargado con bolsas de comida y botellines de cerveza o escribiendo poemas en prosa (?), o distrayendo la mañana y la tarde en Riverside Park lanzando vistazos mal disimulados a las jovencitas en short que desfilan delante de sus narices camino de Columbia.

A por ellos.

¿Vas a conformarte con ser parte de la tropa?

¿Qué guerra es la que libras?

Jamás de segundona, de imperceptible underdog.

Contarás uno por uno tus propios crímenes contra el arte celebrado por los millonarios del Upper Eats Side.

En el 69 ya hablaba en susurros, de una forma muy dulce. Ama el silencio. Sus esculturas lo son. Y, por favor, nada de la maldita sofisticación.

De su diario: “Conocí a un tipo de Milán que nada más llegar vestido de hippy quería meterse en Electric Circus. Nos reímos de la proposición y le invitamos a visitar el Broadway de medianoche. Pero él insistía una y otra vez, de modo que lo empujamos al interior de un taxi en dirección al East Village con la advertencia (y una buena propina) al taxista de que lo dejara justo en la puerta. No lo volví a ver hasta el día de la inauguración en X., durante la que me rehuyó en todo momento avergonzado de sí mismo. Sus pinturas me parecieron igual que su comportamiento del día después, insignificantes. Hoy es un tipo célebre que gana dinero, envejece como un cobarde y cuenta mentiras”.

Lo ha descubierto: puede recrear de nuevo las obras: es dueña de su aura.

Paisajes de desolación.

(El mejor lugar para reinventarse.)

Beckett: ella sólo asiste a las representaciones en el Off-off y, contadas veces, a las del off-Broadway en alguno de los tugurios experimentales y decididos del Village y los locales más aseados diseminados por las inmediaciones de Washington Square. Sospecha de lo oficial, de lo “bien escrito”; desde luego, del teatro, el cine o el arte de entretenimiento.

Es una peripatética a ratos infantiles: crea sus propios juegos.

En efecto, han asistido otra vez a una representación de Final de Partida. Le subyuga esa obra. A él, le inquieta.

Sobre un escenario predecible en la obra de Beckett (las ruinas bombardeadas de una ciudad se dibujan sobre los decorados del fondo), Hamm y Clov monologan, dialogan… sentados, de pie, mientras andan (en realidad, Hamm se arrastra como un animal herido sobre las tablas).

Haces de luz azul que simulan reflectores iluminan desde los extremos la escena de un acto único, sin intermedios.

¿Y ahora?

Nada.

¿No hay gaviotas?

 ¡Gaviotas!

¿Y en el horizonte? ¿No hay nada en el horizonte?

¿Pero qué quieres que haya en el horizonte?

Etcétera.

Se hace la oscuridad.

Todo acaba con el estridente sonido de una sirena.

Ahora son vertiginosos destellos rojos y azules.

¿Crees en la vida futura?

La mía siempre lo ha sido, dice, y vuelve la cara a un lado para que no descubra los ojos enrojecidos, húmedos ya.

Se encienden las luces de la sala: los actores han desaparecido, y unos hombres vestidos con monos verdes retiran los decorados. Es todo.

La gente sale en silencio, cabizbaja. Como había entrado.

Yo, una vez, queridos niños, había conocido a un pintor loco que pensaba que había llegado el fin del mundo. Le tomé mucho afecto. Así que me empeñé en hacerle ver algo de la realidad “verdadera” que le ayudara en sus cuadros. Le cogía de la mano y lo llevaba a la ventana: mira el cielo azul, y las olas de plata, y el trigo verde que crece cada día, y las velas blancas de las barcas que surcan el mar esmeralda, la brisa que perfuma la mañana…. El miraba por un instante horrorizado, se echaba para atrás y volvía renqueante a su oscuro rincón gimoteando: sólo había visto cenizas.

La espera. De nuevo.

Pasea impaciente alrededor del arco de mármol que parece defender la Quinta Avenida del bullicio algo desastrado de Washington Square y las mareas indiscriminadas de gente que suben de todos lados. Hace un tiempo húmedo, muy cálido. El cielo empieza a agrisarse.

No viene. (Sábado, 27-6-1970. 17,47 p.m.)

“Hola”, le dice al verla avanzar hacia él, todavía a unos metros. Viste una túnica de algodón ligero, blanca, talar, de mangas acampanadas. No lleva nada en las manos. “Lo mejor será que nos metamos en una cafetería. No va a tardar en llover.”

Asiente con la cabeza. Sonríe. “Tenía muchas cosas que hacer. No debería haber venido.”

“He traído unos libros.”

“No sé si me conviene leer. Debo estar alerta. A saber donde aterriza una…”

“Qué pálida estás.”

“¿Cómo quieres que esté? Ahora, este es mi color natural. Veremos más adelante…”

Se mete en una cafetería abarrotada y tiene que permanecer de pie frente a la barra. La incomodidad es violenta. Prefiere la lluvia de fuera. Renuncia a cualquier tipo de consumición y sale a la calle. Aspira el aire, ahora fresco, a bocanadas lo mete adentro de sus pulmones, hasta lo traga con rabia.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

48

 

A veces el Oráculo, con penoso esfuerzo que los oyentes no aciertan a descubrir, barrunta el derrotero del arte moderno y censura vacilaciones de un tiempo pretérito, aquellos artistas muertos y enterrados que, además, deberían estar en el olvido; en ocasiones, susurra medias frases, palabras al sesgo, revelan ufanía: “¿Acaso se conoce el exacto significado de las obras de los llamados grandes maestros? Al margen de su artesanía y aplicación, ¿trataban de decirnos algo más aparte de la representación del tema?” Ese disparo proyectado a las medianas inteligencias (midcult) lo había perpetrado Clement  “Frankenstein” Greenberg, hacedor de monstruos en una velada especialmente alcohólica; ahora, el hijo pródigo se lo atribuía a sí mismo con el descaro habitual del que tanto haría gala en el recién iniciado 1950.

Hesse, aconsejada por el psiquiatra mira sus manos, tan llenas de riquezas pero aún vacías. El terapeuta proporciona soluciones a golpe de talonario. Y, sin embargo, hay un extraño rigor en todo ello: “Mira tus manos tan valiosas.” (3-1954).

Callan las sombras que se enseñorean de los malos sueños, el alba las engulle. Despierta un nuevo Día del Juicio Final. No disipan el café hirviendo y el primer cigarrillo la bruma lluviosa y la grisura de más allá de los cristales, la desazón paralizante en una inmovilidad que tiene mucho de suicidio lento, minucioso, deliberado. Los automóviles se deslizan en silencio bajo la llovizna; algunas siluetas oscuras caminan cabizbajas hacia no se sabe adónde ni a qué entre barrancos afilados de rascacielos aún indefinibles en la atmósfera gris y sucia, sumidos en la niebla.

1970. Ella aún está viva. Agárrala fuerte, que no se escape todavía. Aprésala entre tus brazos, transmítele tu calor y tu fuerza saludables, ese derroche inútil de células exactas en tu existencia de observante, hasta una década de tu propia y anónima vida podrías sacrificar por ella, sólo ello debería bastar para la piedad cósmica: sé médium entre el universo y su moribunda, sostén la blanca colgadura de tu araña preferida, ese mensaje en el aire, en la nada.

Pero como un animal aquejado de malos presentimientos, él la escucha y todo le parece verlo gris, sólo gris, un mundo blanco mancillado por la pátina dulce, y su voz ya casi susurro, calva sobre la almohada.

“Háblame de Pollock”, le había dicho.

“Pollock…”

La razón: “Podemos hablar de muchas cosas que han sido realmente importantes para mí y la idea que tengo de la futura escultura.”

“Lo objetual desmiente esa idea. Pero puedo materializarla mediante una disposición y estructura formales.”

“Creí en Jackson Pollock en cuanto pude contemplar uno solo de sus cuadros. Yo haría cosas completamente distintas, tan alejadas como imposible de relacionarlas con sus pinturas: pero sólo seguía en realidad el camino trazado por él. El caos, ésa era la clave. La escritura sola, sin significados, del caos:

“Grafías, ¿entiendes?”

“¿Una caligrafía?”

“Un grito ininteligible. Eso es. Eso es lo que propuso, y desde entonces se pudo abrir todas las puertas por donde todos los artistas podían colarse sin remordimientos.”

El sábado 5 de enero de 1957 se produjo una epifanía rara. En pocos días va a cumplir veintiún años la chica de Cooper Union, a punto de entrar en Yale, así que decide regalarse un desafío. Coge el metro hasta la 53 y cruza con ojos expertos los umbrales luminosos del MoMa. Se planta frente a los cuadros vivientes de un hombre reventado contra un árbol unos meses atrás y que las fotografías de Namuth ya habían convertido en mito. La leyenda acaba de empezar. Todo esto, ¿para qué?, ¿qué sentido tiene?, se pregunta en silencio. Deja pasar unos minutos delante de One: Number 31. De pronto, la pintura palpitaba, la tela del sudario…

Este cuadro es real, no miente: no representa; luego, es verdad. No imita la realidad, carece de perspectiva, no pretende crear ilusión de nada. Es. Qué maravillosa simpleza, qué fácil resolver el enigma, desvelar el secreto de otra realidad sin necesidad del truco ni de la magia potasia.

Además, sin metafísica ni poesía.

Con pobreza en las malas épocas: el lienzo sagrado es sustituido por papel endurecido con yeso.            

Es lo que hay. Adiós a la barraca de feria.

¿Cómo va a traducirlo? Es fácil, ponlo en pie, resucítalo del plano; ahora insúflale aire, el aire de una ciudad de Nueva York limpia, azul y de fascinante y bella geometría. Sopla. Mira, ya anda. Qué te parece. Lo has contaminado: animas a lo inerte con el veneno de lo real. Ha cobrado vida, movimiento, materia visible en el derredor que ella misma crea desde su concreción dispuesta por tu capricho plástico de artista omnisciente.

Tras esas conformaciones no existe un pentimento. ¿Existen imágenes? Hesse (o aquél Pollock) partía de ellas, las emborronaba, las ocultaba, las convertía en garabatos: cualquier cosa antes que la confesión, preferible el absurdo ciego y convulso. Pero ¿y ella? ¿Tal vez instauraba la delación sentimental de una desprotegida, de una desahuciada?

Ella ha aprendido tan rápido, como si temiera todavía en la adolescencia el cruento final, la carta maldita.

El símbolo junguiano; la atadura freudiana. También los estudios culturales propenden a la suspensión de la pintura a favor de una teorización laberíntica a inagotable (pues son sólo palabras tan efímeras como el humo de las pipas que cuelgan de sus sabias bocas). “Después de todo”, dijo con voz calma el hombre profesor, de pelo cano y mirada distante, rodeado de la solidez de la madera, los libros, el bronce y la luz amarilla de la media tarde abrileña en su despacho con ventanas recayentes a los grandes árboles del campus verde y dorado, “nada hay que nos permita pensar que estos tipos llevaban su impotencia y frustración al lienzo y la escultura. Sin embargo, amigo mío…” (Y aún se le nota el fuerte acento alemán. Tras sus espaldas un par de serigrafías obscenamente enmarcadas en listones metálicos cuelgan de la pared -hubiera bastado el modesto cristal-: relatan un geometrismo frío, calculador, exacto y connotativo de un espíritu de enérgica y medida contención).

“Son artistas. ¡Qué más da en qué basen el soporte, el proceso, la impresión en la retina del espectador…!”

“Orden. Hay una regla sutil que informa del arte más reflexivo y eficaz.”

“Existen múltiples concepciones del mundo, del arte y sus infinitas combinaciones…”

“No es el arte  lugar de campar por sus fueros a todo aquel que así le plazca.”

Será, pues, en esos rollos de dril de algodón blanco donde va a enmascarar su biografía calamitosa.

Pintado y secado: una semana.

¿Y cuál es el lugar? ¿Quién lo habita?

Ni antropomorfas ni zoomorfas esas vestiduras cromáticas. Toda esa espesura embolicada rechaza las galas de cualquier biología reconocible. ¿Será sólo composición? Después de la fiesta de la facilidad, la mecánica trivial.

¿Qué hacer?

Manierismo. Pero él desconoce el auténtico significado de esa palabra. Aunque teme que acaezca lo que ya intuye: la docilidad de una repetición tramposa.

Ahora el acrílico (40 dólares el bote) sustituye a la vulgar pintura de paredes (3,50 la lata). Es capaz de gotear y chorrear los colores vestido con sus caros pantalones de tweed, chapoteando con los mocasines de piel brillante.

Antes, el centro del mundo: “Son todos una mierda menos de De Kooning y yo.”

Y aun antes: aspiraba a derribar el pedestal estético donde se erigía David Smith y su escultura inaugural y revolucionaria. Ansiaba ser el mejor pintor y escultor al mismo tiempo de la USA moderna. No lo consiguió el hombre que nunca aprendió a dibujar. ¡Cómo iba a modelar entonces su papel de escultor!

Y de ahí, a la repetición y la muerte: y esos llamativos decorados la herencia legada a la posteridad.

Las más de quinientas fotografías encerradas en decenas de rollos de la Rolleiflex de Namuth: la imagen negra del dios que esconden las nubes, la inútil posteridad de un tipo calvo vestido de oscuro que sostiene un palo en una mano, un  bote de pintura pegajosa en la otra y el sempiterno Camel entre los labios.

¿Por qué hablamos de estas cosas indignas? Porque hablamos de hombres: El vaquero pintor triplica de sobra las ganancias de un año de un empleado medio: 10.000 dólares. Y no llega a 50 dólares lo que paga al mes por la hipoteca de su casa. Gana más que cualquier otro pintor vanguardista en su país. Pero cada vez pide más dinero. ¿Aspira a que Borglum talle su cabezota en Mount Rushmore?

Todas las galerías de la calle Cincuenta y siete desenrollan la alfombra roja a sus pies.

“¡Soy el mejor pintor de la historia universal de la pintura de todos los tiempos!”, brama sin respirar, conteniendo el aliento envenenado de alcohol, y lo suelta de una vez, a grito pelado, sin hacer una maldita pausa, con los pantalones meados, como un hombre. ¡Menuda frase!

“Viene el dandy de Springs”, advertían trémulos al tiempo que desempolvaban el champaña de las mejores bodegas.

Hasta Clementi había creado una marcha nupcial para sus bodas de Canaam.

Por lo demás, ¿acaso él, y sólo él, no había revigorizado el arte estadounidense de la misma forma que Hemingway lo había hecho con la literatura? Dos colosos bebedores cimentaban el mundo moderno de después con lo que hay que tener, desalojaban la abstemia cobarde y los melindres maricas de la escritura y la pintura del futuro. Dos tipos duros de verdad made in USA habían inaugurado, por fin, la nueva era del Hombre.

Pero nadie logra saber, aparte de su esposa cancerbero, por qué desagüe se cuelan los miles de dólares que recibe de la Parsons.

El póquer, quizás.

O una casa espléndida y sólida que abrigue sus temores de falta de éxito en los años de más adelante y aleje la intemperie.

¿Y para qué la quería?

Quizás tuviera razón. Para esconderse de sí mismo.

Antes lo hizo entre los cromados y la chapa reluciente de un Cadillac descapotable del 47.

A finales del 51 se queda sin marchante y sin galería. Y al poco tiempo sin el Cadillac también, escacharrado en una cuneta. ¿Qué no habrá sido todo un espejismo?

¿Quién es él (quién era)?

De modo que El Fantasma del Village y Beodo Genial anda tambaleante por las calles negras arrastrando una agonía alcohólica que aún duraría cinco años en busca de la destrucción absoluta.

Se abraza a la botella de whisky como a los quince años en el Oeste lo hubiera hecho a un tótem indio.

Una tímida jovencita con ínfulas artísticas, yendo o viniendo de la Cooper Union, más de una vez echaría un vistazo temeroso a las profundidades del angosto y humeante Cedar Tavern, ese cenáculo sórdido de ilusiones absurdas y pesadumbres en torno a las jarras de cerveza y el whisky. Sin atreverse a cruzar el umbral –otras lo hicieron-, a través de los cristales sucios, vería al hombre calvo y fanfarrón interpretándose a sí mismo, en ese u otro bar tan turbador y paralizante, moviéndose de acá para allá por el seductor decorado de Greenwich Village.

En el 54 había abandonado la pintura. Hasta el más pequeño bastidor le venía grande. A él, un tipo que había llegado a pintar un 2,40 x 6,60 m. y a punto estuvo de clavar un 12 x 18 m.

Ya sólo quedaba caer como una fruta… podrida.

Día tras día, mano sobre mano, el sopor, el aturdimiento. Sólo queda matarse, como el otro (no, el holandés simplemente se sacrificó).

En fin, la última Nochebuena de su vida la pasó borracho como una cuba en la cárcel de East Hampton.

Aún logra vender un cuadro pintado años atrás por 8.000 dólares de 1956. Una fortuna.

Luego, nada.

Un vistazo a las olas con la botella en la mano. Más allá, el océano.

Está solo. Detrás, la casa blanca. Vacía.

Está muerto. Y eternamente mira cómo juegan los niños.

Pero los cuadros estaban ahí. Y todo había sido verdad.

Investida de un rojo espectral: se aleja más y más a los confines de la nada.

¿Qué había antes que tú? Nada. ¿Y después? Nada.

Hesse se marcha a los confines. Muda en recuerdo. Y las cosas que deja atrás: una fotografía, una hoja de papel, un vestido, una barra de carmín, un poema, la mirada cálida y acogedora de sus ojos grandes, la muerte demasiado temprana… Sentenciada, él la vio jugar en las playas de Coney Island. Sus obras le pertenecen más que a nadie, son juguetes de una gran emoción que puede hacer y deshacer en el cerebro una y mil veces. Coge una de ellas, enrolla la soga, dobla el cable, reúne las bolas en una bolsa, junta las barras de hierro, aplasta el látex en la caja; ahora, móntalas de nuevo: desenrolla la soga, endereza el cable, separa las bolas, aísla las barras de hierro, saca el látex de la caja, los polímeros a la luz.

Señora, ha sido un placer conocerla. Ha hecho de mí lo inimaginable, todo le debo: me ha hecho artista.

Y de nuevo ocurre otra vez, la certidumbre lacerante de una desaparición definitiva, el legado que me dejas de un mundo castrado sin remedio. Es tu silencio el que me sume en la desesperación. Tu muerte no es ninguna respuesta, y todo lo mutila. No aclara nada, y todo lo arroja al vacío más profundo e inenarrable.

No entiendes el lenguaje de los muertos. Ni siquiera eres capaz de oírles. Y, sin embargo, están ahí, entre la luz y la oscuridad, sumidos en un silencio cruel y terrible que nos deja desolados. No apela a los milagros, y queda sin respuesta. En el silencio.

Y, no obstante, los cuadros hablan: lo hacen a gritos.

Ha abierto el armario de hojas de cristal emplomado de color miel transparente, donde preserva los libros escogidos. Busca detrás de una hilera de lomos de piel brillante y sobrios tejuelos. Ha cogido su bloc apaisado de hojas Arcaic, el papel para acuarelas más caro del mundo, la ancha caja de lápices de colores Harold, de una exquisita pigmentación, casi inaccesibles por su condenado precio, las tintas indias, las plumas y los pinceles de mango pulido y números dorados grabados con primor en la madera tintada de negro. Esas pertenencias le han legado. Huele el papel de barbas delicadamente ahuesado, acaricio su maravillosa textura, el blancor virgen. Toma uno de los lápices de afilada punta (el azul ultramar), huele su exquisita madera. Imagina tantas obras atajadas sin contemplaciones que el pesar se torna casi dolor físico. Ese regalo fatídico, imperfecto; abortado desde un principio, es capaz de provocarle hasta las lágrimas. Jamás han de mancillarlo manos ajenas. Lo esconde de nuevo en el silencio. Todo lo suyo ya es silencio. Todo en esta existencia de tránsitos y recuerdos termina oculto en la parte de atrás del cuarto misterioso, en su olor a cochambre sagrada y polvorienta.

Se visten las calles, amanecen cubiertas de cientos de hojas cada día, miles de hojas, que cambian de color a medida que nos adentramos en el otoño: la gama entera del ocre, del rojo, del naranja y el amarillo. Luego, todo parece podrido.

Delante de sí: Van Gogh vomita entre los árboles. Pero es un ser anónimo, nadie lo reconoce: no ven los millones de dólares que surten de su boca en compañía del vino barato, el pan y los esputos.

“Ser artista”, se piensa. Y entonces empieza a andar muy lentamente, reconfortada por clima tan apacible, y la pasión interior, incluso la violencia.

N.Y. 26 de noviembre de 1968, miércoles.

La espera en Still’s, muy cerca de Times Square. Lleva un libro consigo (qué, si no): The Wound and the Bow, de Wilson, un volumen en rústica, de segunda mano, gastado y sucio, anotado por un antiguo propietario  con… ¡tinta azul!

Llega tarde, pero no se disculpa. Le agrada mucho verla, y ella lo percibe en seguida. Sonríe.

26-11-68. Miércoles.

Amenaza lluvia, y todo son penumbras ya en el amanecer del día. Anoche, a última hora, llamó H. “Cuídate”, dijo. “Estoy bien”, le dije. “¿Todo va bien?”, preguntó. “Estoy bien”, repetí. “¿Qué haces?” “Estoy a punto de meterme en la cama.” “Estupendo.” “Aunque creo que leeré un rato antes de dormir.” “No tardes mucho en apagar la luz.” “Buenas noches.” “Buenas noches.” La luz encendida durante toda la noche elimina las sombras, y el alba aterrador de la química y la angustia. El sueño de anoche (algunos fragmentos, puesto que no recuerdo apenas nada más): Alguien, no logro averiguar quién, me lleva en coche por una calle muy estrecha de muros de ladrillos a ambos lados, como si fuese un corredor; desemboca en una cueva llena de objetos indios, de una cultura primitiva en cualquier caso; me siento feliz allí, hay una luz muy especial, una luz de mañana de verano, fresca y limpia; cuando salgo me doy cuenta que por encima de la cueva, entre montañas rocosas hay un lago de aguas apacibles, de un azul muy hermoso; en el camino de vuelta nadie me acompaña, estoy sola, y otra vez por la calle estrecha de ladrillos, pero esta vez lo hago corriendo, hasta que alcanzo un pueblo extraño, nunca visto por mí… Despierto. Salgo de la ducha y me tomo el café casi hirviendo, sin probar bocado. No tengo hambre. Voy al estudio, camino irritada no sé bien por qué. Trabajo en Ocean, pero sólo reflexionando sobre ella, creando imágenes en mi cerebro. Como manzanas poco antes del mediodía. Limpio (sólo un poco) los cristales de la ventana. Hojeo Artforum. Ligero dolor en el cuello. Desaparece a los pocos minutos. Cojo un alambre. Lo imagino blanco. Dibujo con él (sic). Miro unos apuntes. Se me ocurre algo, de repente, una forma extraña, como un gemido. Busco un título. Pienso: si sale, saldrá la obra. Materiales: utilizarlos sin decir nada, como si fuesen una lengua extraña, con significados ocultos. Hablan por mí. Indecisión sobre la fibra de vidrio. P. me habló ayer de la toxicidad de ciertos materiales. Me mostré incrédula. Es absurdo pensar una cosa así. ¡No voy a comerme ni un milímetro de fibra de vidrio! “¿Crees que es posible ver las malignas radiaciones destrozando la salud? No se es capaz de ver la radioactividad, como tampoco es posible ver muchas de las cosas que minan nuestra salud sin darnos cuenta”, dijo algo enfurecido. Me dejó desconcertada. Y más tarde, en el apartamento de F., parecía despechado. R. me llevó en su coche a mi casa (dejé olvidados en el asiento trasero los catálogos de F.), pues P. se fue antes de hora. Me entristecen estos días. Falta la luz. No me importa el frío, pero necesito el sol. El puede con todo. Odio la noche, amo el día. Pasadas las once me pongo el impermeable y acudo, sin ninguna gana, a la cita con D.G. Temo cualquier especie de relación con este tipo. Es indefinible, huidizo. No sé lo que quiere. Creo que miente. Y, sin embargo… Ya en la calle comienza a llover con fuerza. Todo está oscuro y los coches encienden los faros. Sin prisas, salgo del metro y me dirijo hacia Times Square bajo la lluvia. Pero me siento abrigada y protegida por el impermeable. Lo descubro pegado a una pared, sin paraguas, a cubierto bajo una marquesina. Lleva envuelto en plásticos lo que parece un libro. Me sonríe al verme llegar. Las conversaciones con G. no conducen a ninguna parte. Tal vez sea el idioma. Invita a unos sándwiches en Coin, ya en Chelsea. Damos un paseo. Lo noto nervioso, indeciso, terriblemente infranqueable a veces. Me da lástima. Más tarde, en las inmediaciones de Rockefeller Center, se enreda en una absurda disertación sobre Noguchi: “Era un escultor mediocre, un pésimo artista en Nueva York. Fue a Japón. Volvió. Ya no era el mismo. Había nacido el genio.” Con G., increíblemente, siempre acabo dando tumbos de un lado a otro por Rockefeller. Es un tipo rutinario.

Día estupefaciente. La grisura narcótica del cielo la abate. Ella es una hija del sol. ¿Cómo no amar a tu estrella? “Nos vemos a las 12 en Times Square.” El español y su tabarra. Se abriga. Abre la puerta del estudio. Entra el aire negro y húmedo del pasillo que conduce a la escalera, a la puerta de la calle. Y sale. Se oyen truenos cada vez más cercanos, por la parte de Staten Island. Anda por las aceras sin un propósito definido, haciendo tiempo hasta la hora de la cita, pero apenas quedan diez minutos para la reunión. Todo se oscurece más todavía. Comienza a llover: es su figura una mancha roja, un brote rojo cadmio, un rojo caro casi uniforme (el color del impermeable, el color del gorro y de las botas de lluvia), y llamativa se sume entre el río oscuro, ajeno y resignado de la gente que huye y se protege del agua fría que cae del cielo. No apresura al paso la artista pensativa. Llegará tarde a la cita. Y qué. Ha dejado atrás Union Square. Tuerce a la calle 17. Se detiene ante un escaparate de muebles de segunda mano. De pronto, se da cuenta de la lluvia que cae y se refleja en las lunas grises pero resplandecientes, de plata. Permanece estática, absorta en las líneas de agua a sus espaldas. Es uno de esos instantes que quieres detener en el tiempo (librarlo de él).

Le gusta su ciudad. Es un libro de millones de páginas. Ábrela por donde te plazca. Siempre hay algo que leer. Y no existe la palabra fin, una mera licencia de las maquinaciones fílmicas y novelísticas. 

Pasada la treintena, poco antes de morir, se sintió adolescente, juguetona, ¿por dónde revoloteaba?

Coge el metro hasta Queens. Entra en el Museo de Arte: ahí está todo Nueva York, una maqueta que reproduce fielmente sus calles, avenidas y barrios. No dejan de recomponerla cada cierto tiempo, pues la ciudad cambia, como cambian las cosas que no acaban. Alzan rascacielos, añaden o cortan manzanas (en el Bronx), brotan nuevos parques.

“Yo he vivido en esta ciudad, he formado parte de ella, en ella he sido todo lo que soy.”

“Yo funciono en esta ciudad. Sé como comportarme en ella.”

¿Qué refleja esa maqueta? El punto de partida.

Y ha de sobrevivirla a ella, ese maremagno de piedras, aceros y gentes.

Logra verse ínfima, liliputiense, andar por algunas calles silenciosas (que las hay), o entre la muchedumbre dinámica y el ruido perenne de las avenidas.

Como un ratón de laboratorio,  ella recorría el laberinto hacia el abismo.

Había quedado frente al Lyceum Theater. No vino. Pero El Ocurrente no sabía cómo marcharse de allí. Acabó, ya muy tarde, en la estación de metro de la 50 con Broadway. ¿Hacia dónde?

A ninguna parte.

En O’Clock (que es ninguna parte): tres bourbons. Ya en la calle, no hace eses, pero sí ces. Cada vez se parece más a sí mismo, con el mimo que ponía en el disfraz… Hasta ese momento había engañado a todo el mundo, y ahora, de golpe…

(Se le ve el plumero.)

Ella vuelve al Sur. Al Bowery, al 134. Tal vez allí se salve. Se esconde en negruras. No es que sea aquel Bowery de las miserables casas de empeños, pensiones de 50 centavos la cama y hoteles criminales de un dólar la noche, un sombrío pasaje apenas iluminado por los neones sucios y lleno a rebosar de vagabundos y pordioseros aderezado todo ello con el olor a vómito, orina y excrementos, aunque a estas alturas aún se le parece bastante.  Pero… necesita la luz natural para ser artista. ¡Qué difícil conseguirlo!

Postales desde España.

Del fin del mundo.

Esquilo, lo trágico: porque temía perder.

Pollock, el drama: porque creyó que su arte era una impostura.

Beckett, el absurdo: porque era un tipo terriblemente tímido, apocado, incómodo y huidizo. Y la literatura hacía trizas esa mala impresión

Tres ventanas por donde mirar la Tierra desde la Luna. Bonita perspectiva.

Amanece en el lado este (se dice sin maravillarse).

En ella es inmanente la destrucción, como en todo ser humano. Agrega el enigma: nunca logras penetrar en el misterio del otro, o en todo su misterio. Todos nos llevamos un gran secreto a la tumba: el de la misma muerte.

Inherente el fin, la tregua es la reflexión sobre ello.

De todas formas, se dice, voy a vivir eternamente, hasta que el maldito planeta carbonizado por el sol en caída libre estalle en mil pedazos.

(Not.post.) Sobreviviré incluso después de ese pequeño cataclismo cósmico que debe haber sucedido desde el Big-Bang millones de veces.

Tiene que hacerlo: sobrevivir, si no… ¡nada se explica!

Diarios de Eva, notas de un bloc. El Gran Libro de las Imágenes del padre, corredor de seguros, judío, minucioso, indagador, compilador.

Daddy. Toda una patria él y sus confetis adensando un exilio que parte de cero. Dad, sentencias, frases como aforismos (vid. el libro de Lichtenberg, como una biblia profana, pequeño quotations: en el gran bolsillo derecho).

Daddy aferrándose al pasado, congelando el presente…

La veo en El Taller de los Grandes Misterios. Constantemente. Hela ahí: embutida en unos pantalones de sarga de color indescifrable y una camisa vieja, estudia (sobrecogida) los materiales dispersos sobre la mesa de trabajo. Al mediodía se habrá olvidado de comer (ni siquiera una hamburguesa con patatas fritas, un batido de fresa, alguna galleta seca). Sólo la noche la sacará a rastras de allí, y todo (la verdadera vida) quedará en suspenso hasta la mañana siguiente.

Who’s Afraid of Virginia Woolf?

Lectora neoyorquina:

no es una suerte de compradora por vía postal de las excelencias de Charing Cross Road al otro lado del océano (más bien, escudriña en The Green Train o en el cajón de los desechos mugrientos de Barnes & Noble), no es una Helene Hanff que comprara un Catulo en el 52 o los seis volúmenes de las Memorias del duque de Saint-Simon en el 61:

y sigue diciendo, para quien quiera creerle, que anda enfrascada en Le deuxième sexe.

(¿Tal vez “cuantos infantiles y del hogar”?)

Esas lecturas alemanas… adolecían de la falta de esa crueldad tan sabrosa de Andersen…

Todo cuento infantil es siempre… el mismo cuento: las variantes textuales y la narrativa estrictamente dicha no cuentan, sólo son escritura y anécdota. Importa todo lo otro: la emoción, el miedo, la sugestión, lo voluptuoso, lo adivinado a pesar de la corta edad de su lector.

¿Y ella?

En fin. A los siete años coleccionaba postales en color de gatitos. Pero era una especie de convención… que la niña lista debía aparentar. Seguramente. ¿A qué niñita de fiestas de guardar no le han gustado los mininos?

¿Qué clase de arte es el suyo?

Lo que no se ve: todo lo otro: cualquiera sabe.

El arte es… una extraña pócima

Tal vez quería tratar con el espíritu del arte, y no con su forma, lo que iba a permitirle la invención de miles de ellas.

Una amiga de G.(¿uggenheim?):

“Quiero comprarte unos dibujos, querida.”

La voz algo ronca, pero agradable, acogedora.

La espera en…

Hesse (19 años), sin saber, acude al encuentro.

Es bonita, y no va nada pintada.

El bar se halla en la calle Tres, “Three Steps Down”.

De inmediato adivina la naturaleza del lugar.

La conversación es tímida por una parte, decidida e ingeniosa por otra, pero sagaz en todo momento en lo que respecta a las dos.

Sin embargo, a la artista le aturde el humo perfumado, las fragancias casi opiáceas que sobrevuelan por encima de las mesas y el centelleo de las copas bajo la luz confortable y cómplice.

Después de un rato, la mujer adquiere una acuarela del gran portafolio que le había ofrecido Hesse. Asiente con una sonrisa: “Me quedaré esta, querida”.

La artista a duras penas logra ocultar la mezcla de alivio y gran satisfacción que experimenta. Ya es la quinta vez que alguien le paga por su trabajo.

Al entregarle los billetes la mujer, hermosa, de mediana edad, de penetrantes ojos oscuros y boca carnosa, le acaricia lentamente el brazo desnudo fijando sin pestañear la mirada brillante y húmeda en sus pupilas.

Más tarde, mientras baja sin apresurar el paso hacia Houston Street apretando la carpeta contra el costado, Hesse parece ausente, aunque en realidad piensa en el dinero guardado en el bolso junto con la barra de labios y la Famosa Agenda de los Nombres Interesantes.

Who’s Afraid of Virginia Woolf?

¿Pollock?

Han dejado de ser pinturas.

Su cuadro sólo es icono.

El Negro, sin ella, se transforma en El Paseante Solitario, como tantas otras veces. Cansado de las calles y el número de la gente vuelve en busca de Jennie, la tristeza del hotel. Languidece la tarde, y hasta los ruidos (se diría). ¿Qué lee con los ojos? La nube del mundo.

Comprender lo judío desde el otro lado: se hace con la gavilla de reportajes que Hannah Arendt ha publicado en The New Yorker sobre el juicio en Jerusalén a Eichman en forma de libro: el mal como resultado de lo mediocre, el mal del millón de rostros, la disparatada elección de cualquier objetivo, gratuito, sin deliberación… Porque sí.

Dejémosle así: con el cerebro bullente y la copa en la mano.

Hesse ha descubierto a una antigua amiga: anda apresurada, como todo el mundo en esta ciudad en la que todos se creen eternos, imperecederos. O al menos como las piedras, duros, resistentes, prolongados en el tiempo. La observa de lejos en Cornelia Street, en el Village. Contempla sus zancadas decididas hacia delante, la melena rubia al viento. Viste una blusa blanca y una falda ancha de color verde, un atavío alegre y primaveral (28-4). Logra distinguir un sobre alargado que porta en una mano. Podría llamarla. Aún la oiría. Su nombre… ¿cuál es? Se esfuerza por recordarlo, ¿Anne? ¿Pat? Hace algunos trabajos mecanográficos para un reconocido poeta inglés que vive en las inmediaciones. Desiste en seguida de hacerse descubrir. Además… ella no se encuentra bien. No se gusta, la palidez, el mínimo cabello, la astenia incontenible…  La ve desaparecer entre la gente, la engulle la calle y su ajetreo bajo el sol abrileño, y sabe que jamás volverá a verla, que esa certidumbre, como muchas otras que alcanza a colegir, certifica su ausencia verdadera y fatal, que nada se detendrá al día siguiente de su muerte, y que al cabo de unos pocos días su memoria sólo quedará albergada en la mente de unos pocos. Y entonces, como si en ese preciso instante hubiese conseguido atisbar por una grieta del tiempo una súbita instantánea del futuro, no puede reprimir un sollozo violento al comprender, siquiera fugazmente, la evidencia de un mundo sin ella, un mundo tan potente y real como ese día soleado y cálido de primavera, tan indiferente a la propia conciencia, tan ajeno a los muertos, tan insensible e ignorante ha de ser a su desaparición definitiva.

La ceremonia del adiós: todas esas pequeñas cosas de tocador, las menudencias del alma enferma, las pequeñas idas y venidas, las medias palabras, las medias verdades, la fatalidad entera.

El metal en la boca. Como una espada ya siempre clavada en la carne hasta que acabe por traspasarte del todo.

Who’s Afraid of Virginia Woolf?

Cadavre exquis.

Toda mi vida ha sido surrealismo puro.

Salgo a la calle. (Acepta lo que sea, todo: entonces siente unas ganas terribles de vomitar, se da media vuelta y sube al apartamento. Descubre la página blanca con la mano aún en la boca, con el terror en la mirada dibuja, presiente, finiquita, y todo ello con los ojos bien abiertos, traspasando la niebla de la realidad.)

Pero ¿quiénes me han elegido para su macabro juego? ¿Quién escribe al principio, quién después, quién al final? He aquí el juego, el sórdido azar. ¡Qué loca yuxtaposición de enredos, encuentros, obsesiones, ambiciones, hechos, días…!

Yahvé y yo… ¡es la guerra! De modo que tú vas por tu lado; yo, por el mío. Dos doblados. No veo tu ocurrencia. Tampoco tú la mía. Mas, he aquí el crimen: el diablo iba por libre. Ni tú ni yo lo vimos llegar.

Maldita vida… (Recuerda, muerte, hice un pacto con la vida: tú, ve por un lado; yo, iré por el otro. Más tarde o más temprano, chocaremos, sin precipitaciones, sin prisas melodramáticas. A su debido tiempo: 80, 90 años, por lo menos. ¡Sin armarla, cabrona! Necesito tiempo.)             

¡Es tan estúpido morirse! ¡Para nada sirve! Mi muerte no le sirve a nadie… ¡y menos a mí!

El sudario: una sábana blanca: cuelga en el aire sostenida por un cordel: la pared del fondo, amarilla.

Para qué el maquillaje, la odiosa vestimenta de domingo tan aseadita.

Querrá verlo todo, querrá verlos a los que se quedan…

¿Podré verlos muerta? Lo razonable es pensar que nada puede sentirse, pensarse. La nada.

Esa es la condena: nada de verse nunca más.

Ha visto pocos muertos, pero a los que ha visto les gritaba sin abrir la boca, con los ojos flamantes de rabia, les urgía que se levantaran de una vez, que abrieran los ojos, que dijeran lo que había que decir y se dejaran de tonterías, ¿qué es eso de hacerse el muerto?, ahí tumbados, quietecitos y vestiditos de domingo. ¿Por qué no habláis, malditos cobardes? ¡Monigotes de cera! ¿Dónde os escondéis, farsantes?

En el silencio.

Decidió no morir. Ya vimos el panorama, saltando de universo en universo, sin bajar la guardia, con el ojo avizor sobre el pérfido tumor del tamaño de una mandarina dentro de la cabeza, sin atraparse nunca, sin dejarse quieta, viajando al infinito… Un desasosiego. Lo contrario: muerto el perro se acabó la rabia. Y el festín de la vida.

“Hagamos una cosa”, le propone. “¡Te pierdes en un mall!”, exclama complacido, orgulloso de la ocurrencia. ¡Qué ingenio el mío!  “En Los Ángeles, por ejemplo”, precisa. “Allí existe el más grande del mundo. Es imposible que te encuentren. Puedes estar una eternidad pateando cargada de bolsas y bolsas y más bolsas sus relucientes baldosas sin hallar la salida. Y todo lo que puedas desear de la vida se encuentra en ese lugar laberíntico e inagotable: restaurantes, funerarias, clínicas ginecológicas, salas de cine, librerías, hasta hoteles y moteles… ¡Nada de lo humano echarías de menos! ¡Nadie te echaría el guante!”

Le mira con una expresión adusta, próxima a la cólera.

“¡Vete al infierno! ¡Prefiero un millón de veces el universo!”

(Una pausa)

“¿Quién tendría que encontrarme?”

“Los malos.”

“Me gusta caminar sola.”

“Estupendo, a mí también. Podemos hacerlo juntos.”

Se ríe. Le habla de Borges de quien desconoce absolutamente todo, más o menos como él.

“Es ingenioso, lo cual es raro en un ciego: huraños, sarcásticos.”

“Es el ingenio, diseminado una y otra vez por aquí y por allá en sus páginas, lo que hace que desconfíe de su literatura. Aunque… Su nombre ya suena para el Nobel.” (1970).

Le pierde la ironía pérfida, su hidalguía biempensante, la frasecita ofensiva, la chulería porteña sin venir a cuento. Se queda sin el Nobel. A rodar, este falso europeo de conveniencia literaria.

“Tengo sed.”

En la parte baja, naciendo Broadway. Nadie ha salido todavía de los enormes edificios de oficinas y despachos, y las calles, a pesar del trajín habitual, están a medio gas. Anchas aceras para ellos solos. Son alrededor de las 11,45. Acuden a un restaurante típico neoyorquino de esquina (railite, metal y neón, camareras de rosa y azul pensando en las musarañas). Prefieren una mesa en la parte opuesta a la barra y los incómodos asientos fijos en el suelo. Eligen una cercana a la entrada. Ella va a tomar un zumo y a mirar con perpleja beatitud la comida que engulle él: chuleta de cerdo, coles de Bruselas y patatas, regado con un par de vasos de vino. Todo eso antes del mediodía. “Háblame de LeWitt”, le dice. Durante unos minutos habla en un tono de voz plausible; casi en seguida, de forma gradual, baja el tono hasta ser casi imperceptible. Da unos sorbos de zumo de naranja. “Apenas te oigo”, le dice distraído. En la mesa de delante, una joven con el cabello rubio recogido en una graciosa cola de caballo (oscila de un lado a otro cada vez que mueve la cabeza) come salchichas ahogadas en mostaza y bebe café con leche, lo que a él le resulta del todo incongruente; su compañero, de espaldas a El Testigo, tiene a un lado un plato con muslos de pollo y dos montones de lo que parece mermelada y se está llevando a la boca algo que no le es posible adivinar; quizás ingredientes de una ensalada. Por su parte, El Testigo se dedica a la grasienta chuleta. Cuando de nuevo alza la vista del plato, con los carrillos llenos, ve que Hesse comienza a levantarse de la mesa. Tiene los labios entreabiertos y una palidez asustante. “Lo siento”, logra balbucear, busca con la mirada la puerta del lavabo, que está al fondo, al tiempo que se lleva una mano a la boca. A mitad de camino por el estrecho pasillo entre la barra y las mesas, arquea el torso y vomita sobre una mano. Es sólo líquido que se escurre de entre los dedos. Por un momento él deja de comer. Salvo los instantes iniciales, nadie ha seguido observándola. Al volver del baño, no dice una sola palabra. Toma siento otra vez y simplemente se queda mirándole como a un extraño. Tiene dos lamparones amarillos sobre la blusa blanca; también algunos goterones en los pantalones verdes acampanados. Ha intentado disimular las manchas con un poco de agua. Tal vez el sol y el aire de afuera acaben secándolas. El despacha pronto su ración al completo y pide queso fresco de postre. Abandonan el restaurante en pleno rush enloquecido del mediodía. Al cabo de un rato de andar sorteando transeúntes en todas direcciones, ella se detiene en medio de la acera; en seguida las miradas a su alrededor, fugitivas pero atentas al obstáculo, se tornan hostiles. Con suavidad él la coge de un brazo y la aparta hasta la cristalera rotulada de un drugstore. “¿Quieres que anulemos la cita con LeWitt?”, le sugiere. Deniega con la cabeza: “Estoy bien. Sólo quiero volver a casa y cambiarme de ropa. Eso es todo.” Ya en el apartamento, mientras ella permanece en el dormitorio, él se dirige al teléfono. Con el auricular en la mano pregunta a Hesse en voz alta el número de LeWitt. Cuando descuelgan al otro lado de la línea, informa del inevitable retraso.” “No tiene importancia”, dice el artista. “Os espero.” Unos minutos después aparece Hesse en el pequeño salón. Ahora la blusa es azul y los pantalones de terciopelo negros. Ha mitigado algo su palidez dándose colorete en las mejillas. Parece más animada, ahora, vuelta de espaldas al espejo.