domingo, 2 de enero de 2022

52

 Un arte programado para su disolución.

¡Qué desánimo!

Muerte de verdad, muerte.

Y en el principio fue el verbo…No hay un arte común (o no debería haberlo) como no hay una lengua común, única y primitiva, madre-origen de todas las demás: gruñidos, si acaso.

Lenguaje:

para ser escrito y no para ser hablado.

He ahí su dibujo; he ahí su silencio.

1959: Yale. Syntactic Structures. El libro casi no se deja leer a causa de las múltiples anotaciones y glosas que los distintos lectores a lo largo del último año ha ido desparramando por sus márgenes y entrelíneas.

Indaga acomplejada.

Transcribe.

Al final: sólo lo ininteligible es auténticamente visual sin que deba nada a nada. (septiembre/59.)

Tenía todo el derecho del mundo a estamparte contra la cara su extravagancia: cada vez entendemos mejor el universo y cada vez más ignoramos su verdadero sentido. ¿Qué podría, por tanto, impedir con arrogancia un arte inextricable?

Aunque en el 64, antes de partir para Alemania, aún tuvo tiempo de acudir a la retrospectiva de Hopper (un pintor tosco muy inteligente, harto literario) en el Whitney. “Yo podría hacer lo mismo, pero con un estropajo humedecido en una mano, un cuchillo en la otra y mirándolo todo del través.” A la vuelta de Europa, años más tarde, al cruzar Washington Square camino de su taller, enseñoreado ya de resinas, siempre alzaba la vista escrutando las ventanas entreabiertas del estudio del falso pintor realista, silencioso, viejo, taciturno, orgulloso y directo a la historia del cuadro de caballete.

Gruñidos: transmite sus sentimientos mediante un sistema comunicativo que no precisa la existencia de un vocabulario o el desciframiento de un posible alfabeto:

sientes extrañeza ante lo que muestro porque esa es también mi extrañeza.

La perplejidad te invade porque es perplejidad lo que brotaba en mí cuando hacía de una Ariadna apresada en una tela de araña con la mente en blanco.

Un demiurgo generoso me inspira este lenguaje mudo y terreno: Toth o Indra, Hermes o Yahueh, uno más entre ellos.

De un dios misterioso, de una voz entre sueños, extrae el hombre primitivo las correspondencias, memoriza las alianzas entre lo fónico y el objeto.

Tanto más yo, víctima del silencio: te otorgo la imagen, que es lo más valioso que pueden construir mis manos de mujer.

Pero necesitamos entender, oír, suplicaba el aprendiz de mirón, exigía el idiota sabihondo de turno: ¿de qué oscuro hontanar surgen los materiales de esa voz callada y abrumada por la descomunal extravagancia de su disposición?

Tendrán que transcurrir un millón de años, quizás dos millones de años para esperar alguna respuesta definitiva.

A elegir: teoría del Pooh-pooh, del Bow-bow o del Yo-ho-ho.

Aunque, tal vez todo sea una simple locura… Una jugarreta babélica.

Una galaxia de sonidos con sus magias, temores y clarividencias invade la corteza del planeta. Qué estruendo.

Neurosis… debida a la capa de cemento normativo que se empeña en estrujarme desde los círculos próximos (social, cultural, académico…): “Deje en paz el cadáver de su madre”, propuso sin mirarme, aburrida de mis… mentiras.

Gramática: existe un innato sentido del orden, una relación sistemática en el caos que lejos de explorar sentimientos o emociones los confronta con un material chocante: los revela mejor sin otras explicaciones o la descripción fraudulenta mediante otros lenguajes ajenos a su sola exhibición.

Diciembre de 1958. Esquire.

Faulkner en Japón: bonito reportaje burlón, nada esclarece.

“Primero atiendo mi granja y mis caballos. Luego, si hay suerte, que suele haberla, escribo.

“Jamás pienso en quien va a leer mis libros mientras los escribo. “Estoy demasiado ocupado escribiéndolos para pensar en sus posibles lectores. Diría que me asombra bastante el hecho de  tenerlos.

“Toda historia crea su propio estilo. Pero tampoco hay que preocuparse demasiado en este asunto: si uno pasa mucho tiempo pensando qué estilo va a adoptar puede que al final sólo le importe eso, estilo, y en realidad se quede sin contar nada, aunque sea “esa misma nada”.

“Soy un hombre simple (¿?). No tengo una educación literaria. Ni científica. Sólo estudié hasta sexto grado. No me pregunte nada acerca de lo racional y los procesos lógicos en la escritura. Nada de lo poco que estudié pudo disciplinar mi mente en ese sentido. No soy un hombre literario. Ese es el tema.

“Y jamás hago ningún plan. No me interesa eso. Escribo porque me gusta hacerlo.

“Sí… es divertido hacerlo...”

Pues eso es todo.

(Naturalmente, eso no es todo.)

Diez días después de la muerte de Karen Horney me suelta en las manos un libro escrito más de diez años atrás: The Neurotic Personality of Our Time. ¿En qué lugar de las páginas de ese libro me escondo?

¿Miedo y Angustia?

“En realidad, nos observamos a nosotros mismos mucho mejor de lo que creemos…

Miedo, ¿a qué? (tú sabrás, aunque jamás lo confieses a los otros). En cuanto a la angustia… Sólo son presentimientos, y la certeza absoluta de morir (pero, ¿cuándo?, he ahí la medicina, el asidero que te permite perpetrar todas las trampas que requiere el “ir adelante”).

¿Y cuáles son tus materiales de escribir?

Hesse:

“Las manos, los ojos, la mente”, declara esta robadora del fuego.

No busquéis el cálamo untado en la mixtura del humo. No encontraréis el cuneus ni la piedra afilada que dibuja sobre la roca, y su papiro y su arcilla es el espacio donde lo visual de la materia se antepone a su símbolo.

No eleva el pictograma a la categoría de idea, ha amontonado los objetos hasta descubrir la gracia no del significado, sino de lo representado. La plástica actúa de nexo entre tu ojo y su mano.

Tales asociaciones revela la artista desde lo heteróclito. 

Un paso más y el discurso se habrá entrometido: la niña con el mejor estilo Kopffüsler no dibuja una mujer, dibuja a su mamá.

Libera los rasgos, los distintivos que la individualizan: ya no es su mamá: ahora es la mamá de todos.

Ha sido otro paso adelante.

Lo creado crea en el mismo instante de su creación su propio lenguaje que, a causa de su “inanidad” comunicativa (¿qué diablos me está diciendo ésta? ¿pretende que la entienda?) pero al mismo tiempo identificativa (veo unas barras de hierro, un cable colgado, una goma en el suelo) se constituye como un significado universal: en la obra (con su correspondiente título)  nada hay que no sea reconocible.

¿Y qué crees que es la gloria?

¿Pleitesía?, ¿reconocimiento?, ¿acatamiento?

El reconocimiento más ansiado, el más difícil de obtener, y por tanto el más hostil, era el suyo propio hacia su obra. Y eso lo ha conseguido. Sabía lo que quería, y sabía hasta dónde podía llegar.

Una obra abierta: cada una de sus piezas constituye el núcleo del que ha de alimentarse la sucesora… Y así indefinidamente.

Un día cualquiera en la vida de los jóvenes prodigios.

(Viernes, 28 de abril de 1961).

La brisa de primavera, extrañamente calurosa a estas horas de la tarde, le da quemante en plena cara a la chica de ojos risueños y expresión amistosa mientras sube hasta las proximidades de Central Park por la Quinta Avenida.

Un tipo que trabaja en una firma de abogados con oficinas en Central Park South ha decidido echar un vistazo a las acuarelas de Eva Hesse. Tiene tratos con una compañera de Hesse en la Stone Gallery, a quien visita en su estudio del East Village y le compra de cuando en cuando obra gráfica y de pequeño formato. El tipo, un auténtico wasp, vestido con traje a rayas, camisa blanca y corbata oscura, de unos cuarenta años, alto y esbelto, serio y atractivo, con el cabello moreno y brillante peinado hacia atrás, de labios finos y barbilla saliente, fiscalista invencible, prefiere adquirir obra a los artistas a espaldas de la galería que los promociona. Eso le permite comprar más barato y evaluar la mercancía sin estorbo, a su antojo, puesto que conoce bien las reglas del juego. “Puede que hasta se interese por tus cuadros”, le habían advertido a la chica de Yale. Algo nerviosa acude a la cita vestida de domingo (pero mostrando las piernas y los brazos al aire) cargada con una gran carpeta. La reunión era en el Oak Room del hotel Plaza, a media tarde. Al tomar asiento en el enorme sillón de piel rojo oscuro descubre con alarma que transpira más de la cuenta, y las mejillas parecen arderle. Siente la humedad tibia del cuerpo, y odia tener que lidiar con ese pequeño desbarajuste a lo largo de la conversación. Hundida en el sillón, está segura de que de un momento a otro se deslizarán regueros de sudor por sus sienes. Sólo la ampara la iluminación sosegada y muy tenue del salón. Hasta ella le llega la delicada fragancia a colonia seca que exhala el comprador de aspecto impecable, y la sobria distinción y los gestos medidos que despliega a punto están de aturdirla por completo. Elegante y desenvuelto, sentado con las piernas cruzadas y las manos de dedos largos y delgados posadas con absoluta tranquilidad en los brazos del sillón, dirige la mirada al rostro sofocado de la chica, pero sin curiosidad, sin que sus ojos fríos y azules delaten un escrutinio censurador. El hombre se halla ante un negocio, y conseguir el mejor trato es cuanto le anima en el fondo. El único objeto de hallarse frente a esa pintamonas es un sencillo cálculo de probabilidades: en unos años puede triplicar su inversión, cuadriplicarla o multiplicarla por cien. Así es el asunto del arte de nuestros días. Sabe lo que lleva entre manos, parte de cero, que es un buen punto de partida. Cuando el camarero se acerca a la mesa, ella se conforma con pedir una copa de agua mineral; sólo la contención a que la obligan el momento y la circunstancia tensa en que se halla le impedirá bebérsela de un trago más tarde: tiene la boca completamente seca. Su interlocutor ahora la mira con algo de extrañeza y pide un Martini. Al final, luego de un detenido examen de las grandes hojas que guarda el cartapacio, tras un diálogo entrecortado y penoso durante el cual el coleccionista sin escrúpulos semeja un testigo ajeno a lo que allí se dirime, ausente en realidad, o al menos en un ángulo muy distante de donde se encuentran y asistiera a la conversación entre la artista y uno de sus dobles dispuesto al efecto desde el patio de butacas, como si de una obra de teatro se tratase, Hesse consigue venderle tres dibujos coloreados con tinta india. Antes de extender el cheque el hombre, con la estilográfica dorada en la mano, emite una orden tajante con una voz clara, pautada y perfectamente audible: “Envíamelos enmarcados sin ninguna ostentación, un passe-partout sencillo y una media caña de color blanco y cristal mate. Y fírmalos de nuevo con tinta negra por la parte de atrás con la fecha completa de hoy: día, mes y año.” Un instante después de signar el talón y avanzarlo con los dedos sobre la mesa hasta el lado de ella, el hombre enrosca la estilográfica, la guarda en el bolsillo interior de la americana y posa sin pudor ni disimulo la vista sobre las piernas algo entreabiertas de la artista que tiene el borde de la falda subido hasta un poco más allá de la mitad de los muslos. Una expresión sombría, casi violenta, humaniza fugazmente su rostro.

Esa noche, la artista enumera los actos del día, celebra las gracias, obvia las desgracias.

Diario.

¡Todo fue de maravilla! He vendido tres dibujos. Me sentí muy segura y decidida. Perfectamente en mi papel, controlándolo todo. ( 28 4 1961).

-Y ese tipo de Brentano’s…

-Un listillo criminal al que le gusta jugar con fuego. Tiene un embrollo con esa siniestra bibliotecaria de...

-Confío plenamente en usted, Morgan.

-Sé lo que llevo entre manos, Wallace. He conocido muchos tipos como ese. Y en cuanto a la tipa gafuda esa…

¿Usted qué vende? Mi incapacidad como artista, y por ello solicito el espacio de su galería para exhibir mi falta de talento. ¿Cómo manifestará usted su nulidad artística? Explicándola mediante un parlamento que no ha de eludir la más absoluta franqueza. Adelante, tenemos un hueco del 15 al 25 de enero.

Tiene humor negro, la niña. A pesar de todo, se dice. Repasa todos los folios imprimidos, un par de centenares. De pronto, como si tal cosa, uno de sus antiguos amigos: “Era distinta.”. ¿Por qué?

Además, sabía ser muy divertida.

Travesuras, las hacía: Right After. Una obra terrible, una mala intención solar.

No es que fueran muchas y diferentes las interpretaciones sobre su obra, que lo eran (y lo serán durante décadas: una de sus piezas ha cruzado la barrera de los dos millones de dólares, 2011), lo inquietante es que era muchas hesse a la vez, y era consciente de ello, y se divertía ante la perplejidad de los demás, un caleidoscopio cambiante, poliédrico, múltiples variantes, aunque de sólo tres o cuatro elementos, que terminaban combinándose hasta conformar una hesse cada día e incluso de la mañana a la tarde: te recibía en su estudio del Bowery, cubiertas las paredes desde el suelo hasta el techo con componentes de futuras obras, algunas incluso colgaban desde lo alto, los morcillones, y se quedaba mirándote sin decir nada, sólo sonreía. ¿Quieres un poco de embutido? Y señalaba las bolsas negras de Ingeminate

Al día siguiente el baldón judío, una contrariedad o un presentimiento convocaban silencio o desdén, introversión o beligerancia. Hasta lo trágico. Sí, era la elegida: para lo bueno y para lo malo. He ahí lo judaico. Esencialmente. El pedrusco atado a la espalda. La conciencia culpable: mataste al dios.

La observa. La artista parece embriagada por la bondad y la aventura del futuro, por el aire cálido y diáfano de esta fiesta azul de la mañana: las horas que ya no se cuentan, los días que ya no se llaman. Una excitante ignorancia que todavía subraya más la placidez inyectada en cada una de las venas de un cuerpo en paz. Y es que, en efecto, hace una hermosa mañana. Bajo el sol benéfico, el mundo recién hecho de este instante parece colmado de buenos augurios. Ella sedente sobre la tierra, el torso erguido y la mirada felina alerta. Los malos sueños se desvanecen en el olvido en cuanto despierta, le han vendido varios dibujos en el Finch College of Art, en breve viajará a Washington donde inaugura otra exposición, sus finanzas han mejorado, y su cuaderno de notas, ahora sobre el césped, junto al estuche infantil de los lápices, echa humo de ideas y ocurrencias. Excelentes proyectos, en suma.

Todo está en orden. 14 de abril de 1969. Lunes, 11,37, 56 a.m.

He ahí ella, el ser humano, un ser humano, este ser humano:

Nada en él es definitivo por mucho que lo explores y saques a la luz la víscera de su alma, que penetres por sus ojos hasta las mismas pepitas del corazón. Sólo examinas un presente que esconde, por su misma esencia irremediablemente unida a lo fáctico, un montón de apósitos y adiciones pertenecientes a un futuro del que ignoramos todo, del que desde ninguna rendija es posible atisbar ni un átomo de sus acontecimientos por venir.

Desde el estatismo y pasmosa lentitud de nuestras propias mudanzas tendemos a creer en la inmutabilidad de nuestra época, cuando la verdad auténtica es que nada nunca permanece inalterable ni vive eternamente y, al cabo del tiempo, incluso las cosas más vulgares devendrán tan extrañas a como en el día de hoy las contemplamos que nos será imposible reconocerlas.

Otra vez mira la artista sin ver, escapando más allá de las pétreas murallas de Nueva York, pero no hay ni un ápice de tristeza en su voz magnífica, al contrario, suena como la reafirmación en una creencia fértil y benefactora en este verde mar urbano: “La vida no es eterna, el arte no perdura.”

EXPANDED EXPANSION, 1969.

DIARIOS: los acalla la voz. Todo es tan distinto... lejos del papel, de la escritura falsaria. 

En el Downtown, tan lejos de casa, en el norte. Su padre a zancadas, como si le fuera la vida en ello. Todos los olores oscuros, las tiendas y las esquinas envueltas en la bruma del río que empaña el atardecer, le retraen a una cotidianidad ritual que nunca sabrá si lo salvó de lo peor de la muerte: la nada. Su padre, judío siempre entre judíos, saliendo y entrando de los comercios baratos del Lower East, olisqueando el interior de almacenes repletos hasta los techos de mercancías indefinibles.

En cuanto la suicida, la madre: peor que la nada, el abismo. Con ésta no hay vuelta de hoja, nada de medias tintas.

No logra desembarazarse de lo superfluo que, a despecho de su pequeñez, parece obstaculizar como un freno insidioso una trayectoria sensata y encomiable.

Evchen, cariño, estás hecha con la madera del mejor roble, del hierro ancestral mejor forjado de la culta Europa, le asegura su padre, de todo lo malo has de escapar.

Saber lo que tienes que hacer con las cosas es una virtud, aun antes de encontrarlas en la calle y llevarlas a casa. Esa es la mística de la sagrada inspiración, el previo recogimiento. Tu obra empieza en el momento que abandonas el estudio y sales afuera. La herramienta del ojo propugna mil coartadas para una materialización que ha de chocar en su exhibición por la polisemia indescriptible de su lenguaje objetual; hay un verbo ahí, incluso la negación plástica, lo asignificativo, formula un sintagma que en nada contradice su literalidad: es, por cuanto el arte se muestra, se visualiza sin necesidad de desafiar en lo lingüístico pertrechado de un sentido adicional.

En el basural, la escombrera, el solar: el verbo. En ese preciso instante se ha iniciado la obra todavía inmaterial. Ya es. Lo demás viene por añadidura. Su hechura consagra la idea, el más puro blanco, la redondez más perfecta, la forma primera. Lo demás es la caverna.

Dios: haré un entramado de humos, una tela de araña, la crueldad de las espinas, los túneles blancos. Pienso en Dios: busco en los escombros. Dios, que sólo es un puñado de tierra, de guijarros pulidos escogidos a la orilla de la playa, burbujas de agua enjabonada que siempre terminan cayendo abajo por más que floten en el aire durante unos instantes: vuelven a la tierra.

Lunes (bórralo: nada).

Martes: de nuevo la prisa, los miedos. Alguien (algo) corre tras de mí; percibo su presencia. Mi otro yo, me dejo atrás… ¡Oh, dulce martes! ¡Sólo soy una pobre mujer!

9/4/70, jueves: ahora ya lo sé. Moriré. Todo era nada. Entonces, ¿por qué la memoria, los deseos, el pasado… mi nombre?

En el estudio: imposible imaginarlo sin mí. ¿Cómo van a sobrevivirme los libros, los objetos, las herramientas, el material de mi imaginación…, los olores? ¡Sin mí no son nada, no existen! Tan sólo son algo residual, anecdótico a mi obra (que soy yo, poderosa y altiva). Todo ha de culminar en el despojo fetichista, una montaña de trastos a la que sólo acentúa la extrañeza de su origen, la incertidumbre de su uso. Todo inventario acabará en el artículo periodístico o el análisis académico de una poética de lo indecible que no dejará herederos.

Mi vida, ahora, sólo la subraya lo absurdo: la muerte a destiempo.

Mas eres afortunada: muerta, no habrás muerto del todo, sirena del Aqueronte.

Sueña.

Una mitología para la pequeña: en especial, la griega. Todas las demás, incluida la hebraica, eran viñetas desdibujadas ante la magnitud de unos dioses terriblemente humanos.

“Seré eterna”, se dijo tres años antes de la Edad del Hierro, a los siete años, pues, de lactante, había apurado la ambrosía de las tetas de su madre que pronto se convirtió en una diosa muda y distante de ojos apagados; “seré eterna”, se dijo: hasta la magnífica reunión con Hades, hermano de Zeus, dios Supremo de la luz, hijo de Crono, El Castrador, vencido por su hijo, y Rea, hija de Urano, nacido de Gea, a la que fecunda sin descanso, cósmico semental, hacedor de estrellas y galaxias.

Helen: y miraba a su hermana, bella y silenciosa: la imaginaba con un Paris al lado del largo vestido talar de color verde que la cubría, los sirvientes con la túnica corta apostados en todas las esquinas, silentes como estatuas, la antorcha de luz inagotable, la Troya de oro, de cielo azul y tierra caliente…

Piensa en los dioses hastiados de su fábula, el hartazgo de lo prodigioso y una inventiva incesante y dinámica, su larga y culpable inmortalidad.

Ella, doncella entre las sombras de los reinos de Hades el secuestrador, hija de una Deméter que escapara del gas con las manos amputadas, una madre  que nunca buscara a sus hijas y se complaciera en la desolación no sería la madre feliz que fecundara en primavera la tierra de obras.

domingo, 5 de diciembre de 2021

51

 

¡Y qué porquerías! ¿Cómo demonios iba a librarse esta insensata de la ponzoña manipulando/respirando semejantes atrocidades químicas? ¡Inconsciente!

¿Y que proponía? La mueca burlona del payaso de Dada ha trocado en seriedad y arcanos místicos: la cola de vaca, la madre, el sí-sí, el caballo de madera: la angustia, el dolor, el rechazo hacia un mundo desquiciado y terrible, el absurdo, la gratuidad, la nada. Todo eso, y mucho más, se halla en la tela de araña de Hesse y su cohorte de antes y de después.

Tiempo atrás, en el 291 de la Quinta Avenida, Armory Show exhibe todo lo que de moderno puedas hallar en tus raíces, todo lo que de vanguardia podía intitularse en aquellos los años de guerra y dadá: de todo ello naces.

Un nihilismo que renuncia a las palabras y se reconoce en la incógnita del significado y en la verdad de los materiales que la construyen sin moral, sin reglas, sin orden ni concierto. Los antecedentes serían la contradicción, la cobardía; al final, la resignación: todo acaba dirimiéndose en la cartera y el jornal del día de un mozo de café parisino.

En fin, hacer algo con nada (la nada). Como Samuel Beckett, Pollock, San Juan de la Cruz, Cage, Heidegger…

Gran diario:

16.12.68. x.: “Soy demasiado débil.”

Convengamos en ello. Pero se esconde en el desperdicio de la moderna alquimia: deteriora una encarnación joven aún, atractiva, misteriosa.

7.1.70: “El arte como catalizador que active una mente creativa… ¡para vivir mejor solamente!”

9.2.67: “¿Cómo vivir en el caos?”.

5/5/2011: el falso goliardo del futuro apaga la risotada… entre el caos de siempre. “ventura astrosa… ¡dañosa y falsa vecina!

Esta nueva Eva que sorbe tu sexo.

Esta perra.

Está soñando. Se despierta aterrado, acobardado. Sudoroso, con la boca seca, tarda un buen tiempo en recuperar la normalidad; es decir, la grisura del día que amanece, la vorágine que presiente, el asco hacia todo aquello que lo derrota sin misericordia.

Aburrido, hace tiempo. De un extremo a otro del puente de Brooklyn: treinta minutos. Dos horas: cuatro travesías a ninguna parte: en la mitad del puente, la ciudad con la aureola de una luz verde, fantasmagórica.

En la mitad del puente.

Un magnífico lugar para la reflexión.

Durante este tiempo deberías haberte saciado de visionar fotografías de Walker Evans, una realidad en blanco y negro que desmiente todos tus sueños ambiciosos en technicolor de pequeñoburguesa con problemas de terapia. Ya que eres la Chica Lista escapa como del diablo y sus ardides de la Chica Con Problemas Mentales. Ese camino está cegado y no conduce sino a la atonía.

Lo hizo. Después del cinemascope en technicolor, Expanded Expansion, que ya no existe. Polvo eres y al polvo vuelves.

GODARD: la creación está en el montaje, se dice. ¿La línea argumental? Qué más da rodar un árbol por delante o por detrás.

-Diga.

-Mire, Wallace…

-¿Algún problema?

-No.

-¿Entonces…?

-Han subido los precios escandalosamente.

-¿Quién ha subido los precios escandalosamente?

-Un tipo de Brentano’s. Se ha hecho con “Skirmish at Sartori”, que es el último de la serie, aunque apareció antes que el cuatro y el cinco.. Se publicó en el Scribner’s Magazine de abril de 1935.

Cuesta 175 pavos.

-Con este ya tenemos cuatro, ¿no?

Alza la ortografía: se escribe mejor en tres dimensiones.

Todo va bien. Ella es la heroína silenciosa e invisible de aquellas mañanas del verano frescas, claras, marinas. Fluían transparentes, serenas y veloces… Como luego los años.

 “Ven.”

La madre coge a la niña de la mano. La pequeña se resiste. Tiene miedo a lo desconocido. Y su madre, ahora, lo es.

La pequeña quiere echarse para atrás, pero la mujer no la suelta.

Se acercan a la ventana.

“Tu mamá vuela, mira...”

Se asoman al precipicio.

¿Qué ves?

Allá al final, pero muy al final, las aguas oscuras reflejan dos trémulos rostros de mujer. Son ellas. Madre e hija.

El sueño varía desafiante a lo largo de los años. A veces, el agua es verde hierba; a veces, del color del hierro. Una década después, la madre joven; ella, vieja, cancerosa: 90 años (o más, hay que joderse).

Vanitas.

“Parecía un cuadro”, diría la jovencita al terapeuta diez años más tarde.

“¿Un cuadro? ¿De qué estilo?”

Ella cierra los ojos. Piensa en relojes de sol.  La luz en el muro.

Abre los ojos:

Los amarillos.

Clepsidra: verde.

“Dígame, ¿de qué estilo?”

Su madre cae a cámara lenta hasta la muerte.

En realidad, seamos precisos, vuela... hacia abajo: se lanza al vacío desde lo alto del edificio de apartamentos Eldorado, en la 81 con Central Park West.

Fundido en negro.

(Voz en off).

Hasta ella alcanza el sonido del agua que salva los guijarros y cantos rodados, el arroyo que fluye entre las verdes riberas, el aire cálido que parece bajar de los árboles, la brisa susurrante y señorial del álamo, los cielos azules y los grandes felinos de ojos verdes (esmeralda): 10 años de edad. Todo es un cuento.

“¿De qué estilo?”

¿Qué quieres...? (Nunca una madre suicida, eso nunca, nunca).

“¿No me oye? ¿De qué estilo?”

50 pavos la sesión para al tipo de la pipa de ojos entrecerrados. A este paso su padre va a tener que asegurar con una buena póliza el Metropolitan Opera House, el museo Whitney y hasta la Estatua de la Libertad…  Y cobrar las primas al alcalde Wagner.

Rousseau, el aduanero saxofonista, demasiado perverso para ser un naïf. Otro que no sabía dibujar y echaba mano del pantógrafo en los casos más apurados, al igual que del dinero ajeno. De eso se trataba. Entre períodos carcelarios, pintaba. Un mundo de falsos colores planos (pues llenos están de sabias gradaciones) donde la fantasía reviste la forma más primitiva. Un paso más y dejarían de ser cuadros, sólo serían sueños.

Las selvas que protegen de las miradas, aun llenas de peligros, pero verdes, en el fin del mundo… ¡dónde no hay psicoanalistas somnolientos ni psiquiatras químicos! Allí logran parecer dormidas las mujeres despiertas sin vestiduras coriáceas.

Perfecta para el infierno… pero sin culpas.

Está muerta: una materia inerte. Un material sobre el que podemos trabajar.

Oh, gran disector de la humana materia:

“Ahí adentro tenemos de todo, un montón de componentes de gran valor.”

Seccionar, cortar, pegar, coser, unir, construir, tallar…

Olvida la armonía de las formas, de nada nos ha de servir las proporciones, el canon renacentista o la pleitesía medieval, la medida…

Abrir en canal desde el cráneo hasta el pubis, sacar al sol la máquina de los órganos; abrir por el medio brazos y piernas, desvelar el color de los huesos al aire de la mañana.

Somos indagadores de lo de dentro: las vanguardias de la antiforma.

En el fondo, un montón de trastos orgánicos, huesos rotos, vasos podridos, grasa fundida, tendones atados, músculos inertes…

Una taxidermia intelectual, aunque habrá que valerse de todo aquello que contiene el recipiente. En el fondo es un asunto morfológico, y toda estructura ha de ser vista, aun parcialmente.

¿Qué haremos con la carne?

Al fuego.

Antes, la obra, una perfomance de lo subterráneo.

Ni siquiera existe misterio en las estrellas: una inmensa bola de color rojo-amarillo que se consume a sí misma en una hoguera termonuclear hasta devorarse del todo. Nada más. Finalmente, se queda a oscuras. Así de sencillo. Una simpleza mayúscula. Cósmica, diríamos mejor.

Cadaverous dissection.

Toda una tropa de hermeneutas y exégetas data, cataloga,  describe y descifra minuciosamente la obra de la artista desaparecida décadas atrás.

La teoría poética, el análisis semántico como instrumento de dilucidación y el escarceo metodológico sobre los presupuestos e intencionalidad primarios de la artista alcanzan hasta la connotación microscópica en el marco contextual del que se nutría la malograda escultora. Se trataría en suma de allegar a unos resultados concluyentes a través de una teoría para la semiótica del discurso poético en lugar de la mera interpretación de la ordenación y apariencia formales de la obra.

Veamos:

Empecemos por los sesos.

Antes el cráneo, la duramadre.

Secciónalo…

¡Y eso!

Olvídalo, eso es el tumor. No nos sirve.

Nunca hubiera sospechado que… esa protuberancia oval, esa hinchazón… Malignidad viscosa.

¡Maldito asesino!

En el occipital izquierdo.

Coge un poco del hemisferio derecho… Bonitas rugosidades, conformarán texturas, relieves sutiles.

¿Y ese gris rosáceo?

Es el cerebelo.

Qué pátina… Arranca un trocito.

Huele a raro.

Figuraciones de carnicero metafísico.

Es materia inanimada.

Anatomía aplicada.

Este material no nos va a servir… Es demasiado ligero, de una levedad intranscendente. Vayamos a cosas más sólidas.

Mete la lanceta más abajo, utiliza el bisturí, prepara la sierra…

Vamos a descuartizarla. De veras, te lo digo yo. La vamos a hacer trizas.

¿Y esto?

Macroscópica ejemplar.

Huesos, ligamentos, músculos, nervios, arterias…

Cada cosa a su tiempo. Seleccionemos huesos: el principio de todo. 206 huesos en total; 187 articulaciones (bisagras, cóncavas, elipsoidales…) Huesos… Resistencia como la del hormigón armado, amigo. Y son flexibles, suma plástica. Nos interesan los compactos, muy utilizables: duros, densos, tubulares.

Como buscando guijarros en el mar: sólo en la cabeza tiene 28 espléndidos huesos.

Vértebras, clavículas, omoplatos, costillas, el esternón, la escápula, el ilíaco, la tibia… ¡Buen almacén! Divide y clasifica. ¡Oh, muestrario inagotable! ¡600 músculos!

Un solo corazón.

Un solo hígado.

¡Haremos una obra maestra con todo esto!

¡Cerebro fascinante, sus circuitos misteriosos, magnífica estructura!

¡Tan palpable!

Retira la bóveda craneal. Nos servirá.

Con cuidado, no la quiebres.

Guarda el tronco encefálico. Ha de tener su utilidad. ¡Cuán magnífico plástico!

Ningún jugo de látex ha de superar la textura sugeridora del encéfalo, su tacto primoroso, su liquidillo que hará sus veces en la composición.

Seamos selectivos: extiende ante ti los materiales, escoge los más apropiados para tus fines, o improvisa… Aunque lo procesual es importante, como un rito cuyo conjunto de reglas aspirase a lo sagrado… o a lo fútil, a lo testimonial.

Adelante: paso a paso, del lóbulo frontal sajaremos las áreas del conocimiento y la memoria, de las emociones conductuales, de la sensibilidad, la psicosensitiva, la del estado de ánimo…

¿Y eso?

Amigo, un buen  estado de ánimo influye tanto en la resolución de la obra artística que pudiera decirse que es el verdadero estímulo motriz de su desarrollo y culminación.

Del lóbulo temporal arrancaremos el área de la comprensión de las palabras y del occipital el área de lo visual y lo psicovisual, ya en el cogote.

Bonita reserva de material. Impecable.

¿Y qué me dices de los vasos sanguíneos, de las arterias, de la aorta y la femoral, de la poplítea…?

Más abajo, la médula espinal, ramillete inspirador.

El colon, el recto (mucho de sí puede dar su uso metafórico).

Imagina el esternón, la escápula, las decenas de huesecillos menores como guijarros, la tibia fantástica, una costilla (o tres).

Tarea ingente: tenemos más de 7.000 componentes, piezas, piececillas, nombres, posibilidades, los grandes títulos…

El tracto digestivo: ¡un magnífico tubo!

Centenares de músculos: qué festín para la cocina del artista.

Corta un  pedazo de la manguera del esófago.

Separa un deltoides, corta uréteres.

Guarda un trapecio, el sartorio.

Luego, estiraremos el mondongo de los intestinos.

¿Y ese canal… oscuro?

Veamos la compota: mezcla el hígado, el bazo, un riñón y la vejiga, agrega un ojo (como el que añade un diente de ajo). Empieza a machacar en la artesa hasta formar una masa compacta. Vierte un poquito de sangre de cuando en cuando. Sugerente color. Ahora, coge un cazo y ve utilizando el mazacote a tu discreción: la obra en ciernes.

Lo material ya es, per se, una categoría en el arte.

Y punto: haremos la más intrigante tela de araña imaginable con los metros de nervios, la piel extensa, los vasos, las hebras del cabello.

Y haremos de la calavera los ojos del tiempo, las aguas tibias.

¿Conoces a muchos que saltaran al vacío?

Es interesante la pirueta postrera.

Veamos.

Salto al vacío: Deleuze, Levi, Goytisolo, Mendieta (?), mamá Hesse…

Dispone ante sí el inventario:

Dos cuerdas trenzadas.

Un bote de látex.

Un rollo de alambre.

Botes de resina líquida.

Tres cables.

Un tubo de goma.

Tres barras de hierro.

Un ladrillo.

Una piedra.

Un guijarro.

Arenilla…

Manos a la obra.

Figuras retóricas/plásticas

Figuras literarias

Sustitutivos.

The Green Train:

30/Noviembre/1969.

Hora crepuscular.

Emana la atmósfera interior de la librería un extraño aire dulzón, como si sutiles vaharadas de ajenjo escapasen de las páginas de los miles de libros alineados en las estanterías o apilados contra la pared.

-Vino un tipo esta mañana con un andrajoso manuscrito en la mano.

-No es nada extraño, eres un librero mercachifle. ¿Quién si no tú podría hacerse con viejas ediciones de Dickens todavía en sus folletones bostonianos?

La historia:

“Quiero vender esto”, propuso el tipo dejando caer sobre el mostrador un mazo de hojas sucias y amarillas por el tiempo.

“¿Qué tenemos ahí…?”

“Debería sentarse, amigo.”

“¿Está usted seguro que debería hacerlo?”

“No es para menos… Y el precio tampoco lo será.”

En 1932 a uno de los editores de Chato & Windus, un tal Ian Parsons, le robaron del asiento trasero del coche el manuscrito de Ultramarine de Malcom Lowry que éste había enviado a la editorial para su posible publicación. Aunque milagrosamente existía una copia al carbón, y no debida en absoluto al desastrado Lowry (que ignoraba su existencia en ese momento), el texto difería bastante del original, ya que se trataba de una de las versiones previas a la definitiva. Lowry no fue capaz de reescribirla de nuevo (pensó hasta en el suicidio), así que, partiendo de esas páginas la novela pudo ser reconstruida por sus editores, si bien con notables diferencias respecto a la que le fue robada a Parsons, que jamás fue hallada… al menos hasta ese instante que el desconocido entró con un portafolios marrón de piel gastada en la librería de Ray Yeats. Lo anecdótico, ahora ya sin drama, fue que Ultramarine sería publicada posteriormente por otra editorial londinense, Jonathan Cape, que nunca pudo hacerse una idea de aquella extraviada versión corregida y mecanografiada en limpio por uno de los amigos del escritor en ciernes.

“¿Ultramarine?”

“La tiene delante de sus narices.”

“¿El original que robaron?”

“El mismo.”

“Déjeme ver…”  

Luego de unos largos minutos de inspección cuidadosa y silencio sagrado:

“¿Puede explicarme cómo el maltrecho manuscrito de un escritor, por entonces un perfecto desconocido, perdido en  el Londres de antes de la guerra aparece treinta años más tarde en Nueva York en un día como este y en una librería como esta? ¿Qué razones puede darme para creerle?”

“Un tipo de Boston se encontraba por aquel tiempo merodeando por Cambridge. Escribía una tesis sobre Chatterton y los ancient lays. El hombre no andaba sobrado de dinero, así que solía hacerse con papel usado comprado en chamarilerías, algo que no le importaba lo más mínimo mientras las cuartillas o las hojas de papel no estuviesen colmadas por ambas caras. Esa es la explicación. El tipo regresó a los Estados Unidos provisto todavía de ese puñado de hojas mecanografiadas por un solo lado. Leyó el texto. Nunca sabremos si le gustó o no, pero finalmente prefirió no usar el papel para sus propios borradores. El caso es que cuando abandonó el apartamento que tenía alquilado, y del que soy arrendador, apareció el manuscrito en un rincón entre montañas de papeles, revistas y suplementos culturales. Otro de mis inquilinos, un profesor inglés de lenguas clásicas, le echó un vistazo. Me dijo que aquello podría tener algún valor... aunque no para él, ya que había decidido que el esplendor de la literatura inglesa acababa con Alexander Pope.”

“Parece usted un hombre culto…”

“Lo soy, pero también me gusta la pasta…”

“Ya veo.”

“Entonces nos entenderemos a la perfección.”

“Sé con quien hemos de hablar. Les pondré en contacto con él. Por otra parte, mi comisión es, digámoslo de ese modo, muy modesta, casi miserable.”

“Me agrada oír eso.”

Y de repente, un amanecer notas que el cuerpo abandona ligero y ágil las sábanas. Subes la hoja de la ventana, asomas la cabeza, hinchas los pulmones. El otoño huele en las calles, se respira un aire claro y fresco proveniente del río, en este caso es el aire del Hudson. Algo suspendido en la atmósfera sutil, algo feble y limpio que hace creer en la inminencia de una resurrección después del sofocante, larguísimo y húmedo verano de Nueva York.

Creación: otoñal de vuelta.

Las fechas, tan importantes que parecen consignadas en un diario… Aunque sólo consiguen adquirir su sentido más cabal transcurrido el tiempo, ya catalogadas en la memoria: y los sucesos que nos trajeron quedan en tan poco… una imágenes de colores apagados, una vida estática difícil de creer.

Está la maestra, la Parker. Dice. En U65, aclara.

Demasiado lejos. Digo.

No para mí. Dice. No hace mucho tiempo (se ríe: ¿qué clase de tiempo?) estuve en ese universo de soles azules, mejorando células. Vamos, que volví a saludarla.

Indagaba entonces, todavía en U1, en la Tierra:

Durante horas frente la fachada de piedra caliza y ladrillos rojos del Algonquín, en la 44 oeste, con un ejemplar de Esquire en la mano: finales de 1958: la vieja dama indigna atraviesa algo tambaleante el mosaico blanco y negro del vestíbulo y sale del hotel con el cerebro bien empapado de whisky a esas tempranas horas de un domingo de octubre, claro y limpio. A desintoxicarse con el aire festivo de las once de la mañana (pasea por Bryant Park, Rockefeller Center, quizás una copa en Columbus -¡una más!-, en el bar Stock’s). Abórdala. Aunque te escupa, ella contestará a tus preguntas. No sin desdén, acrecentará tus dudas. Es decir, te hará más sabia.

¿Quién eres tú, pequeña judía? ¿Eres tan tonta que crees que alguien puede ser feliz escribiendo?

No me gusta escribir. Y no quiero hacerlo. Soy… artista.

Temblando, mira a la mujer madura. “Soy artista”, se dice una y otra vez para sus adentros.

¿Y ella, la vieja airada con la causticidad a cuestas de una espalda ya encorvada? Bien, tiene derecho a creerse quien es. Una dulce arpía. Escribe, no tiene sueldo fijo y vive el momento, duerme en un hotel. Morirá arruinada, sola, traicionada, sin un centavo: todo lo lega a los negros.

Sin embargo… ¿Quién no ha sido en alguna época de su vida un poco (digámoslo así) grotesco?: en el 32 esta mujer sentenciosa y aguda, que eleva la mordacidad a género literario, pretende suicidarse con una variopinta gama de pastillas para dormir. Al cabo de las horas, cuando se despierta en la cama del hotel, aún vestida, no se le ocurre otra cosa que llamar a su médico para que la recomponga con un lavado de estómago. Luego, sale a la calle como si tal cosa (quizá se compre un bonito pañuelo de cuello en Tale’s…) Bonito final para uno de su sarcásticos cuentos.

Item más: cuarenta años después de su muerte el hotel vende souvenirs en su recuerdo: la mueca irónica serigrafiada en un tazón de café, su nombre estampado en un pañuelo de cuello, sonriendo desde unos gemelos, la postal con su carota estragada de vieja escéptica.

“De acuerdo, enana. Hablemos.”

Subway. Coge la 4 hasta Grand Central.

En el Philip Morris.

Notas sobre x, otra concepción del arte.

Baja andando por Madison Avenue hasta la Biblioteca Morgan luchando contra el viento, la grisura mojada del día.

Contempla manuscritos, rarezas antiguas, bagatelas valiosas.

Toma asiento. Desenrosca la estilográfica. No escribe, el plumín muerto del que nada brota. Hasta ella, la zorra de la pluma, se rebela en este día de perros. Aprieta la goma del depósito recargable. Seco. Ahora, quiere irse. Sale a la calle. Empieza a llover con furia. Se mete adentro otra vez. Aguanta las miradas inquisitivas: de los gruesos lentes de una de las cancerberas se proyectan como dardos las reprobaciones. Vuelve a sentarse: y estate quietecito, hombrecillo imprevisible.

Notas equivocadas. Se enfurece en silencio. Traga la quina.

El manuscrito “Hesse”. Muy sobado ya. Traspapela un rato, lee por encima saltando líneas, párrafos enteros: de todo esto poco le va a servir, se maldice.

Además, tendrá que reescribirlo otra vez: las hojas se caen a pedazos.

Página 296: álgebra de la necesidad.

Piensa en todo ello. Se calma.

+ Notas.

Una gramática generativa:

Crea su lenguaje y cuando de verdad es inteligible y comienza a ordenar su fonética, ortografía, morfología y sintaxis, entonces se borra de la hoja de papel, se desvanecen las tintas y nada de todo ello ha quedado para la posteridad.

Una lengua muerta, un lenguaje perdido.

El instinto de una depredadora en el fondo.

¿Acaso no fue ella la forense del expresionismo abstracto?

Todas las notas: a lápiz. Y si pudiera escribir sobre el polvo, antes del viento del norte, el furioso viento del norte…

No dejar rastro.

Alguna piedra aquí y allá.

En el caso de Hesse: el arte desaparece al hacer mutis por el foro la artista que, al igual que los artistas verdaderos, raras veces acostumbran a exhibirse en las galerías que muestran su obra. Como una pieza de teatro. Empieza y acaba. Fin del espectáculo. Ni siquiera asoman la cabeza atisbando por el cortinaje al acabar la función.

Toda la tramoya se ha venido abajo.

domingo, 21 de noviembre de 2021

50

 

Camina bajo la lluvia, pero al cabo de unos minutos se da cuenta de que se están echando a perder los libros que lleva en la mano. “No importa, se dice, “sólo son de bolsillo y, además, de saldo: veinticinco centavos los dos ejemplares.”

No hay dolor, pero tampoco esperanza.

Ninguna de las mil cuatrocientas sectas religiosas que acechan el dinero o la conciencia de las gentes más infantilizadas de este país tienen una entrada para el cielo. Ni una sola de ellas. Pagues el precio que pagues, idiota. Tampoco pueden condenarte al infierno, ni asustarte con sus prédicas tautológicas, su seriedad impostada y sus perfomances. No pueden hacer nada.

Tendrás que hacerlo tú sola.

Personaje la hace: y juega con la ventaja de más de un lustro de haberla sobrevivido, mira, le dice, quiero que nos sentemos en este banco, frente al río, con el puente majestuoso a la izquierda, en la calle 59, y, efectivamente, nacen de esa neblina misteriosa del cine en blanco y negro, la bruma del tiempo. Y no digamos una sola palabra. Es una película muda. Una mezcla muy batida entre Lang y Vidor envuelta en vaharadas de niebla, sólo de ella, porque en Nueva York el aire siempre (o casi siempre) es limpio, renacido por el viento benéfico del Atlántico que nada haya que pueda evitar.

¿Cuáles son los tiempos, su auténtica dimensión en realidad, del teatro, el cine, la literatura, la música, el arte…?

Al parecer, sólo el arte repugna de esa dimensión. No hay tiempo en una escultura, en una pintura.

O sí.

(Arrastra el del acto de sus hechuras.)

Ella no ha despojado la dimensión del tiempo en sus obras más calculadas: su deterioro implacable obliga a creer en una elección y utilización sutil, absolutamente deliberada, de los materiales perecederos y corruptibles. “Estas obras del espíritu tienen vida propia, envejecen, se degradan, mueren.”

El ciclo completo.

Una oxidación inevitable: las ganas, la emoción, el amor.

Como todo lo humano.

Se exploraba: ¿cómo semejante monstruo de afecciones…?

Fecha de caducidad: sufre averías. Viejos modelos del año 36, del 52, del 70. A cada segundo se producen miles y miles de sustituciones. Reemplazos.

Casa de recambios: hasta el huesecillo más diminuto, cáncamo, sacro, escarpia, etmoides.

“Parecen más perfectos”, dijo en 2011. “Durarán más”, profetizó rascándose la barbilla (de la que no brotaba ningún picor), un gesto, digamos, doctoral, estética de bata blanca, asepsia en el alma (un poco bruta y recelosa a fin de cuentas, típica de todo galeno que ya sabe lo que le espera hasta el día de la jubilación y, luego de ésta, herido de muerte, aburrido, coja la caña de pescar, embadurne lienzos de pequeño formato o vaya de un lado a otro del mundo subido en un avión o en un autocar en compañía de otros viejos ociosos de piernas torcidas como él).

Fecha de caducidad: sin ir más lejos (14 de enero) Ingrid Grauber muere a los 9 años al respirar monóxido de carbono embotellado en Birkenau: 1945.

Había nacido el 11 de enero de 1936, en Hamburgo, calle…

Eva Hesse: el 11 de enero de 1945 su padre, como regalo de cumpleaños le entrega un libro de cuentos y tres días más tarde la lleva hasta el mirador del Empire State bajo los rayos del sol matinal. Toca verdaderamente el cielo: el mundo a sus pies: Todo esto será tuyo, todo esto te doy.

Había nacido el 11 de enero de 1936, en Hamburgo, calle…

Por la noche, después del baño, en pijama sentada a la mesa de la cálida cocina (la calefacción al máximo contrarrestando el invierno neoyorquino), rodeada de los suyos (ha sido un día feliz, muy feliz), mira golosa las galletas y la leche embotellada (blanca, pura, casi maternal tras el vidrio).

F., señor de la galería.

H., señor del museo.

Ellos deciden… todo.

Dirigen, encauzan magnifican. O sólo toleran. Pero esa exhibición ya es una declaración de guerra inapelable.

F.: “Tu obra es mucho más interesante que tú.”

Piedra simulada, modelado que aparenta la pesada labor de la talla: masilla de epoxy.

Una química propensa a la simulación.

Él, una vez, conoció a un tipo que fundía bronces (del bueno, libre de la escoria y el desecho de los solares) muy orgulloso de conseguir pátinas que simulaban ser piedras de reluciente pulido, maderas, mármoles, texturas minerales… pero sólo era bronce, untrampantojo. Era la perversión conceptual más ridícula que pudiera pensarse, y además, sin un propósito revolucionario: sólo era apariencia: ¿A que parece travertino? Y, ésta, fíjate, el más precioso ébano. Y repasaba con las yemas de los dedos la bruñida superficie del… ¡bronce coloreado!

Talla sin cincel ni puntero, ni esquirlas, apenas un leve ruido de la masilla engañosa: “modelar” lo que será “piedra”, nada de desbastar como un bracero martillo o bujarda en mano: las artimañas están a la orden del día.

Esta piedra falsa que pesa, que está fría, que nace de materia tan blanda…

Ni tan siquiera es marga, la piedra humilde del bancal y la montaña del secano, ennegrecida noblemente por el sol, la lluvia y el tiempo, que levanta la rústica pared y defiende del desplome a los sembrados.

El rostro blando.

La mirada blanda.

Los tiempos blandos, mentiras dalinianas.

5 de enero. Mi cumpleaños. Lo único que puedo esperar que caiga del cielo es lo que se desprenda fortuitamente de las estanterías y rincones de The Green Train.

En efecto no me los regala, pero el precio es irrisorio: media docena de Esquire del año 40 con las historias de Pat Hobby. Las revistas van envueltas en “ese maravilloso papel verde que tanta pena te da romper”.

Una propedéutica al absurdo: trabaja esforzadamente todas las mañanas. Y sabe que se muere. Nadie puede engañarla. Trabaja en su obra aprendiendo para la nada, asomada al abismo. En adelante, ninguna de sus experiencias más domésticas o sublimes será susceptible de ser estructurada de una forma plástica.

Mira el rojo. ¿Dónde está la forma? ¿Dónde la oculta? Todo es material, pero algunas cosas… precisan de un catalizador que las materialice, un reactivo que actúe a la manera de la ropa que visualiza y descubre al hombre invisible cansado ya de “vivir en la luz”.

“Mi obra exige comprensión.”

¿Qué clase de comprensión? ¿No basta con verla? Si desea que le comprendan, ¿por qué dificulta la manera de contarnos su historia? Aniñe el método. Simplifíquelo. Frente al arte todos tenemos 6 años de edad. O menos.

“Pido paciencia... Ese tipo de comprensión.”

Mientras, su alma tempestuosa se ha desplazado del cerebro al pecho. Estos viajes extremos perpetra la moribunda llevando y trayendo a su antojo esa porción de cosas que es la conciencia, ese desván inmenso del alma que todo parece abarcarlo, y lo aloja donde le viene en gana: hoy en los ojos, mañana en las manos, ayer en la garganta, nunca en el cerebro maligno.

Se cuenta cosas él:

“La leerá pronto. Sólo tiene un capítulo.”

“Un capítulo… ¡de mil páginas!”

“Bueno, sigue siendo un capítulo.”

11/9/69. 11 a.m.

La espera.

Sin otra cosa que hacer.

En el Lower Manhattan. Pasea de un lado a otro.

Hace un día gris, de una dureza metálica. Sube un viento húmedo y pegajoso del Hudson. Merodea por Wall Street y sube hasta Liberty y Maiden Lane.

Contempla las esculturas de Noguchi, de Nevelson y Dubuffet. Contempla extasiado los viejos edificios ochocentistas levantados de hierro y ladrillo, eternos.

Más arriba, entre Broadway, Barclay y Greenwich Street: las torres que levantan a la vez (son idénticas) en el mismo centro financiero ya han alcanzado las veinte plantas de altura. Más de una decena de grúas sobresalen por encima de las dos construcciones que aún son un puro esqueleto, oscuro y apagado en comparación con los luminosos edificios de muro cortina que las rodean. Las imagina alzadas, dominando el cielo del Downtown, invencibles como dos colosos frente el mar, vigías alerta del gran sueño americano.

1 de abril. Martes.

En el apartamento de E., frente la TV.: Lennon y Yoko Ono en el programa Today, de Thames. Los entrevistan acostados en la cama, aunque vestidos. Paz, invocan: sonrientes, dueños de sí mismos y de sus destinos. En realidad, se trata de una perfomance: Bed in: diez horas por día ante el objetivo neutral de la cámara de Mekas defendiendo ideologías (que mucho venían a cuento), posturas chocantes, imágenes inefables.

Se dirían inmortales. Hablan con suficiencia. Parecen saberlo todo. Conceptualmente. Hay algo desconcertante en su actitud, como una soterrada burla o desprecio sutil hacia las preguntas que les formulan y hasta a sus mismas respuestas. Y, sin embargo, tiene sentido lo que dicen, y parecen estar en contra de todo aquello que sojuzga, engaña y manipula al ser humano. Pero, ¿no hay cierta condescendencia en todo ello? Pontifican, muy educados, desde el altar de la fama, el dinero y la despreocupación material: perfectos para el espíritu. Podría pensarse que en pocos años levitarán sobre las aceras, emprenderán vuelos magníficos por el cielo azul entre algodonosas nubes blancas:

Paz, hermanos.

Puros espíritus.

O sólo apariencias.

Palotes de niño.

Una graciosa inmaterialidad, tenue y vacua como las creencias.

Ono ha corrido en busca de la celebridad desde tiempo atrás: deja sus clases de música, enlaza happening tras happening, hasta que, al final, Cut Piece la mete de lleno en Indian Gallery y, de allí, a los brazos de Lennon.

Hesse ha conocido a Ono en el estudio de M.

En el 68 ambas coinciden en una exposición en la John Gibson. No cabe dudar del recíproco escrutinio por encima del hombro, el recelo cortés.

En el 69: Rape. Ambas, en el disparadero.

(El mismo año, Right After, esa patética maraña de cordel y fibra de vidrio, con el tumor ya dentro. Todo eso, meses después.)

Hesse hace las presentaciones. Como siempre, él se siente invisible.

Ono es una mujer muy pequeña, pero da una impresión de solidez, de presencia rotunda verdaderamente extraña. No es intensidad ni una singular energía lo que emana de sus ojos, antes al contrario, su mirada es distante y somnolienta; es, por así decirlo, una fisicidad que traspasa cualquier dimensión, materia en estado puro, algo nuclear, reconcentrado, telúrico hasta el mismo hierro incandescente, como si de un momento a otro fuese a comprimirse del todo y convertirse en una mínima bola negra.

Incurre en una especie de adulación, de obligado ejercicio ante la diva: le presenta para la firma autógrafa una copia algo tosca, despojada de su lujo, de Grapefruit que adquirió tiempo atrás. Cinco segundos de gloria mientras medio le sonríe.

Spanish drum”, le dice con los ojos cerrados, devolviéndole el desaseado ejemplar con una firma zarrapastrosa, ininteligible.

Casi está a punto de palparse, de comprobar que es él mismo y no una entelequia de su versátil imaginación.

Busca a John Lennon con la vista, tras ella, a los lados, pero no está, ha declinado asistir a esta exhibición “del más inteligente de los artistas fluxus del momento”.

Inmediatamente Yoko Ono se aleja de él, con la copa en la mano cruza una o dos palabras con todos aquellos que salen a su encuentro, pero ni por un instante se detiene ante nadie, como si al final de todos esos cuerpos y paredes se hallase una meta sólo percibida por ella.

“El sitio no facilita grandes excursiones, ni espirituales ni físicas, de modo que tendrá que salir por la puerta o empezar a andar en círculo”, se dice rencoroso, y apura la copa de un trago.

“Sabes, Ono la Conceptual se encubre en los silencios, su misma obra induce a pensar que nos hallamos ante una experiencia que exige la fe más que su dilucidación, todo bien adobado con una pieza musical.”

Hesse le mira perpleja, hace un gesto de desaliento con la mano.

Más tarde, camino de casa, se mantiene en un silencio reflexivo.

Una vertiente fluxus, la  norteamericana, que se concentra en lo tranquilo, lo pacífico oriental: se ausenta lánguida, suave, se desliza sobre el suelo pulido y esplendente en pos de una revolución social que termine acribillando al arte y lo haga desaparecer de una vez por todas, a fin de cuentas un entretenimiento para burgueses y mercaderes, un fiasco para las buenas gentes que a las seis y media de la mañana se ponen en marcha camino del trabajo.

Habla de definiciones, se dice. Todo hay que definirlo de nuevo. Esa es la propuesta, lo que obliga a producir sin orden ni concierto múltiples sintaxis plásticas en busca de un concepto. Inventando, pues, lenguaje y significado: una nueva actitud, un rompimiento con lo adocenado, lo falso de los ismos de atrás. Bien.

No hay ritual, pues el rito demanda ciertas reglas y ello, sin duda, es contra natura a esta secta del mero divertimento.

El apartamento de estos dos divos de portada internacional (Time, Watios of the World) es de una amplitud asustante. Más allá de las grandes ventanas, Central Park (casi) en toda su extensión: delante el lago rodeado de verde. La luz natural hiere los ojos. Hay maravillas, tesoros ocultos, en este espacio de riquezas mobiliarias y culturales: películas, libros, esculturas, cuadros, discos, diarios y revistas de medio mundo, objetos de anticuario, muebles de último diseño, aparatos electrónicos de todo tipo, lámparas maravillosas de Aladino: todo les ha sido concedido por el genio… o el azar. Cualquiera medianamente culto pagaría un tique de entrada, cinco dólares, todas las mañanas por entrar en ese lugar (estuvieran ellos dos o no) de once a doce, pongamos por caso.

El último estadio del arte: el artista sin obra, sin espectáculo, sólo el nombre y la condición. Ni hecho ni objeto tangible: pasea por las estancias vacías, por galerías desiertas donde se agolpan los pensamientos.

Era un surrealista.

Como Hesse.

¿Acaso no descendía Hesse misma de la fuga de la razón?

“Por entonces, siempre estaba esperándola en algún sitio. Yo era el que esperaba con un libro en la mano, sin nada en las manos, la mirada cenicienta, la mirada exultante, a la puerta de los edificios, en una esquina poblada de gente multicolor, en la mitad de los puentes, en los parques, junto a la taquilla de un cine, en las librerías solitarias del mediodía, o sentado a una mesa en un pequeño restaurante del East Village mirando al exterior a través del ventanal mientras anochecía, siempre con los ojos vigilantes, acechando su figura entre la gente, apeándose de un taxi, bajo un paraguas, saliendo de un drugstore, doblando una calle, avanzando de repente hacia mí como nacida del aburrimiento (o de la nada), brotada del ensueño…”

¿Podían configurarla las imágenes insólitas de su obra? En cierto modo, ambas se hermanaban en la vigilia mórbida durante su enfermedad y muerte.

Ahondaba en lo inconsciente el hombre esquinero (como una ramera a la espera del cliente), aquella misma fuerza, al alcance de todos, que exigía de la artista calva la expresión más desaforada e inescrutable de una disposición matérica. La trance inequívoca que lejos de atestiguar tus talentos algo revelase los de ella más allá de la impresión en la retina de su arte poderoso y extraño.

12 de marzo, 69.

En Broadway, esquina a Herald Square. A la derecha se eleva el Empire State, casi engullido por la niebla, una oscura y sólida silueta envuelta en jirones blanquecinos coronada por la antena gigantesca.

Hace frío. Apenas se distingue nada más allá de unos metros a causa del aire sucio.

Observa, como buen hombre de las multitudes algo chismoso, a la gente que sube por Broadway o baja por la Sexta, la esquina ajetreadísima de automóviles y peatones de las calles 34 y 35: masas solamente, pues es inútil ponderar cualquier rasgo diferenciador en esos miles y miles de andantes brumosos, manchas encogidas en sí mismas, casi ocultas en sus ropas nuevas y vistosas (con bolsas en las manos, sosteniendo siempre algún trasto, arrastrando un crío lloroso).

Un río fluyente de personas inaudito, inagotable, de una riqueza racial nunca vista por él hasta ese momento, en este lugar que es encrucijada de caminos en lo más bullicioso de la urbe. Gentes, automóviles, el sempiterno taxi amarillo dando la nota en el gris, el blanco, el rojo, el azul, el negro, el verde en una marea de flujo y reflujo constante de hombrecillos y mujercillas móviles que cruzan pasos de peatones, aguardan obedientes al lado de semáforos, que no se sabe de dónde vienen ni adónde se dirigen, dónde se esconden al final del día con la compra a plazos de sí mismos, dónde…

Deja libre el pensamiento.

Un hombre tras su sintaxis.

Lo que quieres expresar se halla en los límites de lo ejecutable, las palabras ya no te sirven. ¿No podrías darle otra forma a la ocurrencia? Tal vez de ese modo alcanzaras, aun sesgadamente, a identificar el desasosiego.

No hay puntos cardinales.

Decide meterse en Macy’s, a dos pasos de donde se encuentra, como otros deciden meterse en el Chelsea o en el Algonquin a buscar lo suyo.

Todos los grandes almacenes tienen forma de cajón a pesar de las fachadas neobarrocas, eclécticas, labauhaus, historicistas, palladianas, minimalistas, racionalistas, art decó: BUSQUE SU HUESO.

Uno puede encontrarlo hasta ya dispuesto con un lazo de seda.

Puro automatismo psíquico.

El lugar le engulle. Duda si podrá salir de allí. Podría vivir allí. Ser de allí. La posibilidad de esconderse ALLI para siempre es razonable. Aún pasarán muchos años antes de que instalen sensores térmicos u otros artilugios traicioneros que detecten el calor corporal del intruso.

Ahora ya es ese tipo esencialmente frívolo, superficial en muchos aspectos. Se ha convertido en el fantoche moderno de todas las épocas: ahora… y después (2014): en realidad, sólo se toma en serio la salud, cambiar de coche, portátil, tableta o teléfono móvil cada pocos años y deambular por los pasillos de un centro comercial con un par de tarjetas de crédito en el bolsillo de la americana o en el bolsillo trasero del pantalón pegado al culo buscando mi hueso, todas las chucherías electrónicas que añadan una prestación más a las chucherías electrónicas que ya acapara allá en su rancho grande. Fuera de eso, todo deriva en un escepticismo y una actitud cínica que acaban larvando una pose de indiferencia pretendidamente sabia y que no es sino la displicencia del hombre iletrado.

En Macy’s sube y baja escaleras mecánicas de madera, muy estrechas. Otro sabueso, uno más, con los dientes (¡qué digo, colmillos!) al aire en busca de la tibia sustanciosa, cálida, cálcica.

Escarbo en los contenedores. Busco mi hueso.

Un perfecto granuja que esconde los buenos modales a la hora de una codiciada captura en los ansiados meses de rebajas: ¡cómo te adelantes te tiro escaleras abajo, vieja del demonio!

No se deja avasallar por las dentelladas ajenas: defiende su territorio a codazos y pisotones.

Busca alambres, materiales dúctiles, maleables, apropiados para mis fines: polímeros.

Se trata de un nuevo vocabulario, un alfabeto que cuando menos sea capaz de sorprenderle a él mismo.

Por supuesto.

Una lingüística que exige la fe por encima de todo, una credulidad basada en el libre ejercicio y potestad de la plástica contemporánea.

Sin duda.

El nuevo modelo interior reclama elementos singulares: intrigar, inquietar, sacudir conciencias, causar perplejidades. Surrealismo puro.

¿Puede ayudarme? Óxidos. Metales. Plásticos. Acrílicos. Resinas. Gomas, cuerdas. Fibras artificiales. Químicas domésticas...

El tipo atildado, terno azul y corbata a juego en una gradación menor (o la tipa de labios rojos, mirada lobezna, maquillada, cuerpo de cereales y verduras al vapor, grititos ahogados en el amor), ni siquiera muestra estupor ante la petición. Sonriendo: “Tal vez en menaje… En alguna ferretería”.

¿En qué planta?

“No, tendrá que bajar mucho más, bajar, bajar, ¿entiende?”

Los pozos de Pollock, allí donde las aguas oscuras y gélidas reflejan trémulas tu rostro, el rostro, las gotas inúmeras de las estrellas: bajar hasta el agua podrida.

Látex.

¿Cómo?

Poliuretano.

¿Cómo? Disculpe, señor, ¿cómo ha dicho?

Fibra de vidrio.

¿Vidrio? Ajá. Ahora le entiendo, señor. Cristalería y afines se encuentran en la planta sexta del lado oeste, edificio anexo. Más al sur. Encontrará de todo: cristal de Bohemia, Swaronsky, veneciano antiguo, de Murano, Steuben…

¿Hesse?

No va a descubrirla en Saks ni en Bloomingdales, ni tan siquiera en ninguna de las tiendas de supercherías y ropa barata de la Tercera Avenida o en Times Square y sus inmediaciones. Y tampoco en las que huelen a esencia francesa como Barney o Gin’s, o en Tiffany’s, que, además, no existe: sólo fue una invención (la excusa literaria, digamos) de Truman García Capote cuando aún no había salido de Greenwich y emborronaba las primeras cuartillas huyendo de los botellazos de su ambivalente madre en negligé, borracha desde primeras horas de la mañana.

Una nueva Edad de oro: todas las blasfemias que se perpetran contra estas obras del 68 y 69 se volverán contra los labios que las profieren. Reaccionarios, podéis prohibir y destruir todos los Studio 28 del mundo: la historia os condena sin remedio y absuelve a aquéllos que experimentan con un espíritu hecho materia, palpable, exponible, fou. Conversos racionales, no obstante, que se mofarán en los cincuenta (la misma Hesse) de la sopa de Péret que inunda las páginas del Almanach surrèaliste du demi-siécle, en la que, naturalmente, no meterán la cuchara: tan libre es la imaginación que ni siquiera ha de apelar a lo figurativo del mundo. Y el arte es, por definición, mudable, desviacionista, sectario, proteico en todo su desarrollo milenario: sacrílego.

Una energía volcánica le hace regurgitar de las profundidades hacia el cielo (todavía neblinoso, glacial, inhóspito).            

En South Street Seaport, en la calle Fulton. Por esos muelles en el East River anduvo como un fantasma con Hesse: buscaba el vocabulario en los grandes almacenes oxidados, pronto corroídos por las sombras metálicas. También hacía frío, ya en el crepúsculo. Empecinada, con la vista baja, con algo entre las manos que ya era imposible definir (silenciar): es fácil –le decía ella-, la huella surrealista se hallaba en el mismo material, en los procedimientos, yo huía de la imagen reconocible, de ese pompier moderno y embaucador de los sueños capaz de envejecer malignamente lo experimental.

Buscaba desesperado y en un silencio hosco un piano-bar, uno cualquiera por las inmediaciones de Grove Street: ya sólo quería escuchar, cerrar los ojos, no observar nada hasta el siglo que viene. Vestir la realidad con el inventario de un almacén de desechos reciclados por la ocurrencia y el ingenio plásticos.

Recordar… o imaginar: inventar el futuro, recordar el pasado, ambas cosas tan intangibles, de la misma sustancia esquiva.

Había, pues, que apostrofar (y hasta valerse de la navaja de Gorky) con arte inteligente las imágenes que toda figuración termina proponiendo; a la postre, remedos técnicamente mediocres de una plástica ya contrastada y difícil de superar mediante un onirismo que a fuer de descabellado embromaba la realidad de más allá que pretendía sublimar, sin alcanzar nunca la obscenidad revolucionaria del schocker pop.

Ella le daba la espalda al inmenso contenedor de huesos, y con el bello rostro inclinado hacia abajo y la oscura melena a un lado, como si los ojos huyeran de lo alto, de un cielo enemigo, buscaba por la tierra oxidada y sucia de negros grumos, variopinta y pródiga, d’avantgarde: era hija cabal, hipster, una cool cat a la que nada iba impedirle crear su mundo argótico alzado sobre la duda, el absurdo y la incoherencia pero también sobre el más absoluto convencimiento de su poder estético, tan extraño y turbador como iniciático y alejado de la histriónica muleta de la narración figurativa y su paráfrasis, pues sólo de la subversión de ésta podría ella nacer.

La logicista maneja cables de fibra de vidrio mojados en resina… Lo intuitivo guía sus pasos: escribe el Gran Diario (el definitivo).