domingo, 9 de octubre de 2022

59

Todo lo suyo es un rastro, la pisada que el sol de después grabaría como a fuego en la vieja tierra adensándola con la dureza de la piedra. Y todo fue importante: el papel, la fotografía, el óleo, el dibujo, los materiales, el refugio, sus idas y venidas, la voz, la mirada del más allá todavía estando viva en el pasado y no en el futuro muerto, el film que la registra de un lado a otro, indefensa y en ciernes, o hilando, Aracne, la aviesa arquitectura de una historia inmortal.

Anduvo de trucos con la materia. Lo presente siempre del oxímoron: materiales duros que devendrán polvo; los líquidos que se tornan sólidos para desaparecer de nuevo: evaporándose. El lujo de lo antagónico: inmortal el arte, de manera que te encarno en lo prontamente podrido, una generación y adiós, a la basura o a la vitrina blindada en el pasillo museal (o sea, a la nada). En la materia de su opción anidaba sutilmente la predicción: pervivirás no más de quince años. La tierra se cansa, el material se muere, el sol se apaga, los cielos se resquebrajan. Ese predictivismo engalana tu obra del mito y lo sagrado, lo elevan a lo alto de todas las religiones.

“Es oro líquido”. Y del crisol adoptó la forma del ave. Labraba milagros, cincelaba las mejores armonías objetuales: y nada de vocabularios seráficos.

Y aun con la escobilla sobrante fabricaba obras no del todo desdeñables, dignas hasta de veneración, pues sería una elegida (para lo bueno y lo malo) que los tiempos venideros consagraron desde el mito y lo maldito. Arrebatarían, así, su trabajo y lo integrarían en la cultura de la pena y el caos. Todo, con una gran sencillez.

En suma, una intimidad al descubierto.

1969: lo espero todo. Es la hora.

Naturalmente, el Santo Grial se halla en sus manos, de él bebe, sacia sus extrañezas, apacigua sus entrañas.

De nuevo suelta las tenues amarras de su viacrucis. Es él quien va a la deriva. Pero la abandona en medio del peligro, rodeada de incógnitas: detiene la andadura. Mañana más. Hela ahí: en ominoso cliffhanger.

¿Cuál era tu bloque de mármol o caoba donde se prefiguraba la altanería de artista, el modelo gestado de la grieta o la veta?

Invisible: creo en el vacío, nunca tuve los ojos de Miguel Angel.

¿Qué ha pasado con el color?

Pues que ha desaparecido.

¿Del todo?

No exactamente.

¿Se esconde?

En absoluto. Reviste otras formas originales: el color de la madera, la grisura de la piedra gris, el brillo del acero, las transparencias plásticas, el cristal del agua, lo negro del mundo.

Veamos las formas… tridimensionales, el discurso sostenido en el aire, ése será el nuevo soporte: apoyado en el suelo, sujeto a la pared, pero al aire sus tripas, sus colores, los contornos, la verdadera dimensión.

La calma minimalista sólo fue una proyección desde la nada, el higiénico asidero desde donde el cerebro se despojaba del enredo de todos los alfabetos inteligibles. Una vez perpetrada la afrenta cuasi juvenil, pasó insensata y magnífica al otro lado del espejo y  empezó a gustarle lo que reflejaba el Azogue Misterioso de su alma vacía de las palabras y las imágenes vulgares de una realidad demasiado complaciente con una estética de catón.

Recuerda aquella exposición de dibujos en la Stone: collages y acuarelas donde ella trazaba como una hormiguita el caos que se avecinaba, el color como una traición a la forma, la mancha que destierra geometrías, la sobra material como el metal precioso donde enjaezar las cabalgaduras de la tribulación o el gozo tan efímero de los días.

Tu tristeza antes del tumor, querida, inesperada e indescifrable, sería (vamos a decirlo de ese modo) idiopática. ¿O es que presentías algo?

Nada en absoluto.

Y fue mejor así.

Otra vez la desesperación. ¿Por qué no estuve quieta como miles de millones de seres? Quietecita, sin desafiar a los dioses. Por ejemplo.

Por ejemplo: haber seducido a uno de esos tipos de la Bolsa, viejo y sabio,  con un pin numerado prendido en el chaleco o… maestra en Brooklyn o poetisa los domingos (por la tarde) o…

Viene L.P.: sin nada en las manos. Sólo palabras.

Derrotada en el lecho, enferma…: soy el espectáculo.

La mujer que ha de levantar acta conoce de sobra el final; todavía más, sabe que es inminente. Y, por mucho que lo evite, no librará de la biografía de la artista moribunda el malditismo acechante ya en esta hora lánguida y en seguida clamoroso al año de su física desaparición. No quieras creer de qué manera valida la muerte una obra artística, todas las agonías.

Hay un ramo de flores a la izquierda de la cama.

Postales desde España.

Míralo, empiezan a comprender (coleccionistas, galeristas, especuladores de almas…), dice la artista postrada.

Y Artforum.

La visitante radiografía el momento, acrisola recuerdos para el futuro: la mirada de enferma, las manos, la expresión de la boca, tal tono de la voz, los colores terminales. Describirá los hechos.

El ramo de flores crece, se expande.

Mentalmente: Hesse trabaja en ello con los ojos cerrados, el corazón en un puño: ¿Cómo es posible morir ahora? ¿Qué clase de estafa es ésta?

En el sumidero de la historia del arte, donde andan trajinando los genios: la trampa saturnal que, al cabo, se zampa a los artistas más indefensos, menos tramposos, más preclaros y sensibles, más condenados, más muertos y… más queridos del mundo bursátil.

Desde el extremo de la calle de febrero, helada y desierta a su alrededor, nada se ve más allá de unos metros, todo lo engulle una bruma gris oscura, densa, de olor subterráneo, de la que emergen hacia el escaso claror del cielo hostil unas manchas negras y alargadas; aún así, poderosas, monstruos de piedra y acero.

O puedes volverte loco una y otra vez bajo el El, sin saber que hacer durante todo el santo día, encantado del torbellino tronante: hasta que descubres a los ángeles de Mahoma danzando en los tejados.

La locura te abre las puertas, como a los malos poetas.

Los únicos callejones sin salida en todo Nueva York que yo sepa son el dudoso de Patchin Place, cerca de la calle 10, tal vez el de Cortlandt Alley, al sur de Canal, y sin duda ninguna el mío propio: todos los demás son mentiras cinematográficas.

Puedes vivir barato. A elegir: edificio de apartamentos lúgubres sin ventana y sofá cama y minúscula cocina llena de bichos sin ascensor pero con aire acondicionado o edificio de apartamentos lúgubres sin ventana y sofá cama y minúscula cocina llena de bichos con ascensor pero sin aire acondicionado.

(Bebes y comes en vasos y platos de papel parafinado mientras te entretienes escuchando la ópera de las cañerías de los apartamentos contiguos, los jadeos del amor sin lavar y en plena digestión nocturna. Puaf.)

Puedes llevar una y otra vez sin descanso un libro como tapadera de la olla podrida que es tu cabeza.

“Lleva un libro…”

Bueno, no es un arma, ni (peor todavía) una tarjeta de American Express con la que comprar conciencias a la entrada de una galería de arte moderno o en las calles negras de las prostitutas (también modernas) acuchilladas por luces de neón.

El frío y el miedo son inconmensurables a esta hora desnuda del día rodeado de rascacielos sombríos y fantasmales envueltos en la niebla.

Y otro día terrible, árido, cuando se llena la boca de un sabor a herrumbre y el sonido del silencio (que lo tiene) te aboca a una lucidez minuciosa y suicida, cuando el cielo de plomo parece abatirse hasta la calle fundiéndote en su magma de grisura y toxicidad, sintiendo la inutilidad de todo, cansado de soledad en una ciudad que no da tregua (detente al dar un bocado al hotdog en medio de una de sus aceras pisoteadas por decenas de miles de pies a las seis de la tarde interrumpiendo su camino y te enterarás de lo que es bueno, gilipollas), descreído de tu trabajo, consciente de todos los engaños, entonces descubres que sólo tienes ganas de tirar la máquina de escribir al maldito cubo gigante de la basura en el sótano, llenar la mochila de lo indispensable, cerrar de golpe la puerta del sucio apartamento de Queens y acercarte a una de las deprimentes terminales de Greyhound para meterte sin dudar un segundo en cualquier autocar-que-se-dirija-a-cualquier-parte y simplemente vaciar el cerebro de todo aquello que parezca un pensamiento mientras dejas la vista fija en el cristal de la ventanilla sin mirar en realidad nada de nada del mundo que raudo, impreciso e indiferente parece viajar hacia atrás dejándote tranquilamente en el espacio del futuro sin recuerdos, sin alegría, sin nada entre las manos pero también sin pena, sin dolor y sin remordimientos. “No creeré en fantasmas”, te dices, “ni en genios malogrados, ni en mujeres traicionadas, ni en artistas que hacen de lo terreno su material, ni en la gran obra propia o ajena, ni en viejos sabios y doctos maestros que atados a su sillón de orejas al final de sus vidas meten la nariz a hurtadillas en revistas como Front Page, Criminal, Sado e Inside Detective sólo para cerciorarse del todo antes de morir de que el mundo es un lugar cruel, apestoso y sin redención posible y del que han hecho bien en escapar valiéndose de la muerte.”

Otros tipos acaban todavía mucho peor y antes de hora: derrengados casi hasta morir con la jeringuilla colgada del brazo bajo el olmo americano de Tompkins Square mientras los adeptos del HareKrishna, sacudidos por la hipnótica mirada de Abhay Charan De (a) Srila Prabhupada y animados por la salmodia de sus mantras, se dedican a vender la salvación de las almas y la concordia universal a todo dios: “¿Señor, quiere comprar un folleto?”

Ella no ha tenido nunca una experiencia proustiana: sólo pesadillas, malos sueños, la proximidad de la mano de hielo. Y nunca acertaba a descifrar la profecía, su tragedia griega.

Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare.

(Letra y música del swami Prabhupada.)

Eras artista… doliente.

La mejor atracción de la feria.

Y, además, te ha tocado el más grande osito de peluche de la tómbola: un tumor asesino.

Confesémoslo: es el decorado más pertinente si es que de artistas hablamos, y además, joven y hermosa, y…. prometedora.

Pero pervierten de forma interesada la ecuación correcta: nunca fuiste artista doliente: eras guapa y simpática, de ojos hermosos y risueños y llena de vida, ilusionada y capaz…

La mugre romántica ni te rozaría en tu avatar: la pestilencia de la estela de Van Gogh sólo te enlodaría una vez muerta.

¿Qué significa tu biografía?

Nada para comprender tu obra, que se explica sola.

Tu biografía sirve para saber quién eras además de artista, que importabas tú en el mundo y qué te importaba a ti de éste.

Dejemos a salvo tu obra de una naturaleza y una existencia rebosantes de mendicidad, desprecio y malentendidos.

¿Saldrá adelante?

Tiene que conseguirlo: está todo el día dándole al asunto. Algo ha de salir de ahí.

Tal vez no sea suficiente con eso.

Ese interrogante no debería resolverse nunca: es la única manera de ser feliz durante algunos años.

Mujer reconstruida: el magnífico colofón de la barraca de feria: pasen y vean por cinco centavos a la más fantástica mujer barbuda de la historia.

(Es rarita. Tiene el síndrome de Diógenes metido… ¡en la cabeza!: ¡la de trastos que albergan las habitaciones del cerebro!)

¿Y el cerebro, el lugar de las ideas, el deicida antagonismo hacia la realidad?

Su panteísmo criminal arremete contra el conservadurismo ideal más aconsejable. Lo ideático envilece sus ideas y venidas, la elucubración sobre el posibilismo del basural matérico la ha trastornado. Físicamente: mentalmente.

Voy a desenterrarte con mis propias manos, expoliar de tu tumba el poema final que descansa sobre tu pecho de damisela ultrajada.

Todavía nos debes una obra.

Muda, serás un cerebro muerto en un cuerpo vivo y dinámico.

Serás la mejor escultura: un prodigio de tecnología puntera, de abracadabrante cirugía.

Soplaré sobre tus párpados, recobrarás el aliento, reconstruiré tu polvo, te alzarás de las tinieblas del féretro libre del sudario agusanado y fluirá tu sangre de nuevo (roja, azul, negra, qué más da): una ingeniería minuciosa y feliz hará revivir tus tejidos, los músculos y fortalecerá los huesos.

Ahora ya no nos bastan tus vísceras y los despojos del cadáver para conformar lo inerte  confuso. Ahora somos un poco más dioses.

Te pondremos de pie, qué tremenda escultura, qué fantasma redivivo.

Nada de materiales de inyección cancerosa y repugnante, aquello lo residual de talleres y laboratorios letales.

Nos, trabajaremos con milagros cerámicos, biomecánicos, biónicos, bioquímicos…

En tu caso, nos faltan biomatrices, pero…

¿Cómo te vamos a sostener?

Nos:

Con unas muletas biodegradables y, entretanto, antes de su disolución y desaparición en el interior de tu cuerpo, constituirán el armazón que ha de sostener el repuesto de los órganos y apéndices muertos hasta su completa adecuación, alumbrarán tu gemela interna, fantástica y química sin dejar de ser tú misma.

Los Tiempos Nuevos vienen cargados de promesas.

Los medios procesuales y materiales, los grandes actuantes del arte de nuestros días con rango de categoría artística, ya están al alcance de cualquier charlatán de feria o cualquier tipo con bata blanca, son una realidad aún lindando el portento y la magia: toda regeneración acabará siendo posible más allá de la prestidigitación, del engaño a los ojos.

Así, el muestrario suntuoso e invisible de tu reencarnación: biopolímeros y metales sofisticados mejoran implantes y endoprótesis, toda una ingeniería prometeica resucita la muerta biología original, una biocerámica que recrea idéntica porosidad que la osamenta primigenia, una siniestra arquitectura celular que repara y prolonga la vida de los ojos, del esfínter, de las rodillas, de la uretra, del fémur y el riñón, del corazón y la mama, del pulmón, el hígado y los vasos sanguíneos: lo artificial y científico suplantan el misterio, replican un vocabulario y una sintaxis acaso sin discurso.

Sal afuera, y anda, Lázara.

Hela aquí, sin la costra del sudario, que asoma el pescuezo de la oscuridad del Hades. 

Aunque a trompicones, anda, entre realidades se mueve.

Exhíbela a discreción el tiempo que gustes.

Luego, ahórcala de nuevo con el colon descendente, el transverso o con el bichejo de la tenia libre.

El arte es una proposición: no lo definas, su discurso expositivo se ha gestado con el exclusivo cometido de persuadir al espectador de su estrechez de miras, de su infausta manía de insistir en la contemplación de referentes tan antiguos como la túnica, la gorguera o el falso paisaje cezanniano encerrado en una bidimensionalidad frustrante.

Eres el Mesías: misión de embaucador iluminado: todo es y nada es lo que parece: pues parece que vamos para atrás:

Durante las vacaciones veraniegas buscaba monedas debajo de las gruesas tarimas del paseo marítimo de Coney Island, en el suelo de arena acribillado por los rayos de sol que atravesaban las rendijas y los agujeros de la madera, ella, la niña judía, acaparando pobres centavos que brillaban como el oro.

Al fondo el sonido del mar incansable batiendo la playa, las canciones de moda que propagaban a través del aire cálido y marino los altavoces blancos, y el inmenso rumor de los miles de bañistas como el júbilo detenido del largo verano.

¿Cómo es posible que “aquello” condujera a la nefanda superchería del látex y la fibra de vidrio, a los hierros más oxidados y alejados del brillo de oro?

La moneda de la suerte.

Tanto en su anverso como en su reverso… ¡Siempre ganas!

¿No te hubiera gustado pintar un hermoso paisaje, trazar mediante el esplendente mármol las formas de la ninfa…?

Oh, no. Desde luego que no.

La representación…:

Tal es la trama del arte de la que ella tan alejada se siente:

Todo prejuicio de la naturaleza que fuere, es una censura contra la novedad.

“Que entren”, dijo: Jewish Museum.

Artistas Escogidos.

Primer estante a la derecha: A-I/J-R/S-Z.

Y subiendo: un 10% semestral.

En diez años duplicaremos los precios.

En veinte años (2000) llegaremos al millón de dólares.

A partir de entonces…

“Se trata, caballeros, de una artista muerta, de una artista joven, bella, inteligente y muerta. Las circunstancias son las adecuadas. Es, por así decirlo, el curso natural del mito.”

¿Conectada a qué?

A toda la brujería del bosque sumido en la niebla primitiva, pero también al nuevo reino del material, la urbe, la creencia y el ideal modernos. La suya es una cultura de la promiscuidad, de la yuxtaposición de lo creíble con lo antiguo del enredo metafórico. Reina sobre esta otra selva de piedra y acero que si artificial, abusiva y heterogénea no es tan distinta de aquélla prodigiosa, mágica, natural y llena de misterios y oscuridades cuando el fuego y la pintura en la profundidad de la cueva.

Hace un uso heráldico de la composición: pero no importa el tejemaneje, las variantes múltiples que embrollen el primer modelo, el original. ¿Y si la cuerda no cae del modo debido? Pues que caiga de un modo indebido: importa la cuerda.

Antes se dejaría romper un brazo que “echar una de sus razones, por fútil que fuere, a los perros”. Se bate con argumentaciones de toda índole, y es temible. No deja el menor resquicio donde pueda colarse la controversia: una hipotaxis excluyente que te deja inerme y contra la que podrías darte de cabezadas hasta abrirte el cráneo.

1969: pero en todo momento ha huido como de la peste de las arengas de la vociferante Bella Abzug (dale la razón y sigue tu camino).

Aquella niña miraba al ojo de la cámara como viendo el futuro, como desentrañando del cristal brillante y negro los sucesos que iba a vivir, las personas que conocería, todas las imágenes del mañana que se escondían detrás de ese artilugio capaz de robar al tiempo una escena ya irrepetible y muerta pero tan auténtica y creíble como la niña que era y que en ese mismo instante aguardaba con la sonrisa en los labios aún inocentes el chasquido del disparador.

Veía luego las fotografías, lo fabricado en una décima de segundo por la cámara: de modo que eso era el tiempo, y eso era ella.

Un dibujo cabal del concepto.

Lo invertía: ese sonriente manchón blanco y negro y gris a duras penas expresaba la enorme complejidad que se escondía debajo de la falda, más allá de la carne, circulando invisible en los torrentes sanguíneos, subiendo y bajando entre los escollos de unos órganos y sustancias que alimentaban tan sólo lo visible, lo físico.

Ella era un millón de veces más difícil de dibujar que el “boceto” fotográfico que atestiguaba una apariencia sin duda fiel e inequívoca pero insulso.

Descubrió, entonces, la vacuidad de la representación: el pensamiento debería carecer de una forma predeterminada, incluso reconocible.

El pensamiento era el objeto.

Trabaja con una mano; la otra sostiene un sándwich de pollo que mordisquea de cuando en cuando.

Anot. (c. 2/1961): Ha leído el breakfast de Capote.

Pero ella nunca quiso ser Holly Golightly, falsa e inútil y es posible que completamente idiota.

Subrayó algunas frases (solíamos ir al bar de Joe Bell en la esquina de Lexington Avenue unas seis o siete veces al día, no para beber, o al menos no siempre, sino para telefonear…) y encuadró y además subrayó con tinta verde un pasaje: el rodeo que dan ella y el escritor en ciernes para evitar el zoológico con los animales enjaulados y que tan difícil de soportar le resulta a la chica.

¿Qué piensa del tipo que escribe?

Lee a Simenon. Eso ya es una garantía siendo un… novelista norteamericano.

¿Cómo puede un auténtico escritor interesarse por una chica que tiene un gato, toca la guitarra, pronuncia merde y se lava la cabeza sólo cuando hace sol? Además canta tonterías como viajar por las praderas del cielo y ripios semejantes.

Amigo, eso sólo ya vale por un montón de chicas aseadas y… tediosas que, sin duda ninguna, nunca se tomarán un par de “manhattans” seguidos ni tres cócteles de champaña sin desplomarse al suelo.

Qué tipo… Un enano que no vende nada de lo que escribe y encima tiene la indecencia de publicar en una revistucha universitaria que no tiene la menor intención de pagarle ni un centavo por su trabajo.

Ella no lo hubiera consentido, se rebela ante eso: es judía, respeta demasiado su trabajo.

(Cada día es una rebelión, chica.)

Al final, él vende dos cuentos y se queda con el gato. Aunque su poco talento aún da para mañas: ha reemplazado los rieles del travelling por una silla de ruedas.

Ella ahueca el ala.

Fin.

¿Conectada a qué?

A un tubo, a una bolsa con potingues destructores, a una bomba de oxígeno, a una terapia teatral.

La artista desfallece.

Acrecienta valores hasta ahora invisibles en su obra.

La artista se disuelve en un encogimiento tenebroso.

Pero de ella, de ese residuo, algo nace, criaturas inanimadas que llaman la atención.

¿Cuál es el valor del arte?

¿Qué vale una de tus obras?

El asunto no es baladí.

Y, sin embargo, existen unas reglas, un ordenamiento que fundamenta el justiprecio, esa plusvalía de la pasada confianza en algo nuevo y extraño y, en consecuencia, en aquel tiempo desnudo de referentes, proclive al riesgo, a la pérdida o al chasco humillante transcurridos los años. Quien fue valiente arriesgó. Es lícito, pues, recoger dividendos no sólo basados en lo meramente especulativo: un conjunto de ecuaciones y operaciones sensatas determinan el valor dinámico de las llamadas obras de arte más allá del sufrimiento, de la anécdota, de la biografía del artista con el estómago lleno o vacío.

Empieza el baile:

¿Cuál es la medida de su valor?

Tendremos que tasarlo: he ahí la solución que ha de devenir el mandamiento: contemplaremos la unidad de su medida, el conocimiento del mercado (para todo lo hay: hasta para el riñón del hombre enteco y pobre de Bombay, Dhaka o Bamako que sucumbe a la desesperación ante el hambre de los suyos y se vende a trozos), las variables posibles del valor y sus residuos fenoménicos, los procedimientos determinantes, empíricos y de otra índole para proceder con cordura.

¿De qué depende el valor? De quien tasa, de quien vende, de quien compra.

¿Existe una teoría del valor de la obra de arte? ¿Una vara ontológica, fenoménica o de otro orden sistemático?

Existe un valor de coste, de producción, de transformación, de capitalización…

Existe el precio, algo tangible y por lo demás definitorio: si alguien paga lo que se pide, aquél, el precio, deja de ser concepto y se transforma en entidad: en nuestros días el material (el dorado y la madera) que enmarca uno de los cuadros de Van Gogh vale más que en su época todos los metros de lienzo juntos que embadurnó el artista.

En cuanto a la plusvalía, si el mercado no falla: existe la oferta y existe la demanda: esto determina el valor de cualquier cosa: el bocadillo de atún, el cuadro o la estatua y un viaje en ferrocarril.

Y, ahora, respecto a la obra de arte, ¿podríamos hablar de los parámetros de orden cualitativo?

Querido amigo, una vez la contemporaneidad alejó de lo artístico la referencia de lo representacional, lo paradigmático y su posterior ponderación, nos hallamos en el País de las Maravillas de la mano de Alicia y su estrafalaria cohorte de divertidos y atrabiliarios personajes.

Sabemos lo que es una obra de arte contemporánea porque sabemos su precio sin que otras consideraciones canónicas nos distraigan de lo verdaderamente esencial: su sola contemplación sin instigaciones.

A rodar.

Hesse, ¿Qué hallamos en tus obras?

¿Sinceridad, emoción, poesía, sensibilidad, ingenio, inteligencia, sentimiento, perspicacia, clarividencia, trascendencia, cultura, estilo, personalidad, invención…? ¿Belleza? ¿Fealdad? ¿Estética?

Seven Poles:

Fibra de vidrio, polietileno, hilo de aluminio.

Nueva York, mayo de 1970.

Siete palos, erectos por la fibra de vidrio, viscosos por el polietileno, cuelgan desde lo alto sujetos por hilos de aluminio hasta caer sobre el suelo. Tienen, aunque vagamente, forma de “L”. Las texturas de la superficie son rugosas, de acabado irregular, casi toscas, se diría que indeterminadas y provocadas, más que por la manipulación de la artista, por el azar y lo casual advenido durante el proceso. Nada parece definitivo ni perfecto en esta obra de palmaria simplicidad compositiva y cuya irracionalidad aparencial no niega, por otra parte, íntimas y dolorosas correspondencias en la sencillez de su discurso con el sentir de la artista (moriría quince días después de darla por terminada).

Su compra, ¿genera desconfianza en esta primera hora? Su misma singularidad, burda y repelente, parece disuadir de la adquisición a cualquier coleccionista. En fin, otros guarecen caballos vivos en el interior de pulcras galerías de arte: nadie va a comprar ninguno de esos caballos a su “encantadora hijita Nancy en el día de su cumpleaños”.

¿Acaso es un objeto vendible?

(Por supuesto… si hablamos de dinero.)

Lo es si lo dictan los datos del mercado: éste hace asimilable todo tipo de magníficas extravagancias, sus apariencias, sus materiales, sus contenidos.

La tasación es el principio de su autenticidad, bondad artística y recorrido especulativo.

¿Puede ser falsificada la obra de arte moderna?

Hesse: cientos, miles de falsificaciones… no de sus obras, de la misma artista, de igual forma que existen diez o doce millones del hombre y artista Vincent van Gogh falsificados que andan por ahí con una paleta y una caja de tubos de pintura sin sufrir el sol del mediodía de julio, el estómago vacío, la humillación, la soledad de la noche… Sin firmar el contrato definitivo: la locura y el pistoletazo en el pecho. Y, encima, pobres diablos, pintan.

¿Cuánto tiempo supuso la realización de Seven Poles?

¿Medimos en horas?

¿Medimos en… espacio-tiempo?

Ella piensa; es decir, trabaja: imagina, elucubra, da rienda suelta a una imaginación cuyo producto siempre resulta arduo y fatigoso. Se impone, en consecuencia, remunerar esa actividad no por invisible menos determinante: las ocurrencias tienen un precio inexcusable.

¿Cuántas horas dedicó a una concepción que hasta su misma materialización sólo surgía de las mortificantes idas y venidas por un cerebro embaucador, atrapado y oscuro entre las paredes craneales?

¿Utilizó dibujos previos, bocetos anodinos, maquetas laboriosas?

¿Existieron consultas de otro tipo?

¿Se recabaron opiniones, pareceres, disidencias?

¿Hubieron de pasar muchos días durante la elección de los materiales? ¿Cuál fue el coste de su compra? ¿Se llevaron a cabo desplazamientos a lo largo y ancho del Bowery en su búsqueda? ¿Se reseñan gastos adicionales (la copa obligada en un encuentro casual, una comida de trabajo)?

¿Se registran imprevistos (la compra caprichosa estimulada por el escaparate vil durante las correrías)?

¿Se adquirieron instrumentos adecuados para la ejecución de la obra?

¿Se contrataron los servicios de algún profesional o taller especializados en tamaños menesteres?

Las perversiones artísticas no deberían andar lejos de una sexualidad liberada del tabú o la inmensa falsedad de una decencia que termina desexualizando al individuo. Una moral equivocada redujo al cuerpo a la mazmorra del miramiento cuando debió ser siempre un instrumento para el placer en alianza con un pensamiento libre y reflexivo.

Nada en el cuerpo es culpable. No hay pecado original. Y todo en el arte es sensualidad: una mujer artista vendió su virgo.

Nada en la creación fue susceptible de corrección: lo adaptable sólo exigía tiempo, nada había de predeterminación.

He aquí, por tanto, que un arte pródigo exige la desinhibición absoluta: un arte de los sentidos que no repugnara de lo racional, la emoción corregida por la regla llevada al paroxismo: ninguna regresión debería ser contemplada ante el vacío y la angustia de un cuerpo único y consciente, irrepetible, desnudo, vulnerable y finalmente destruido frente el mundo y su destino cósmico con fecha de caducidad.

En un arte Hesse, en una vida Hesse, la creación es libre, el cuerpo es libre. Los modelos son inexistentes, las reglas adánicas, sin dioses y regulaciones, sin el castigo o la pena.

El arte como campo de batalla: extraer del imaginario de lo desconocido la metáfora del mundo o del propio suceso de uno mismo (sus avatares y ganancias) a palo limpio.

La única locura en este arte sólo es la liberación, la rebelión mítica. Y ello conduce a la transformación, a lo provocativo, el retorno a lo instintivo en una nueva noche de los tiempos.

Ella, la taimada kibitzer, sobrevolando las realidades terrestres, entrometiéndose en mil historias, paralizándolas en forma de arte con materiales muertos, pronto putrefactos y, al cabo, disueltos en el polvo de la nada terrestre: era su misión.

Y, no obstante, existe un deseo órfico en ese heteróclito conjunto de obras, este diablo cojuelo que levanta los techos de lo visible ansía derrotar a la muerte mediante el subterfugio de la ilusión, de la magia dominguera del siglo XX que sucede y prolonga las tareas de Vermeer de Delft, Velázquez, Van Gogh y Picasso.

“Aunque, no se fíe”, previno. “Después del puñetazo en los ojos le querrán quitar la bolsa.”

Siempre van tras ella, los mercaderes de hombres: una religión llena de cepillos donde guardar a buen recaudo las monedas birladas a los otros.

Entretanto, la artista, con las mangas de la blusa arremangadas por encima del codo, la boca abierta y los ojos espabilados chapotea en la estética de la irrealidad, esculpe con la imaginación y labora con la disposición y el uso extravagantes frente a lo utilitario y funcional realistas. Lo estético riñe con correcto, aparta a manotazos aquellas de las ideas que puedan hermanarse con la geometría milenaria del orden cotidiano, la línea (el garabato imposible) platónico y equilibrado, pues el arte es la libertad absoluta de los sentidos, y ella, La Reina de lo Intuitivo, así lo cree, y en su mente libérrima baraja las cartas de Las Leyes al Tuntún.

¿Dónde está la razón?, se pregunta escéptica.

No se cree la razón.

En ese momento, ya tiene ganada la partida.

Respecto al Diario…, dijo.

Sólo salpicaduras, manchitas en las grandes hojas de los días, una ingenuidad bien que justificable a causa de lo extraño de ese terrorífico e inaceptable maridaje del pensamiento con el saco de huesos, vísceras y sangre que es el cuerpo: fábrica de traición, de dolor y de muerte.

Quizás no hablamos de una secuenciación íntima, sino éxtima, un diario de sucesos visibles y sufridos, el goce pero también la tortura del cuerpo, las humillaciones, la perplejidad ante la nada, la mueca difícilmente reprimible del miedo.

A fin de cuentas ¿qué es un diario? Sólo jirones, un sustitutivo incompleto de lo que vemos, pensamos y sentimos… El decorado y los adornos de un ego estúpido: estamos condenados a desaparecer y lo que dejamos atrás será nada más que antigualla o las cenizas patéticas de quien se creía la más bella del bosque: palabras probablemente mal escritas.

Cae la piedra: sueña: hacia arriba.

Un poema de Wallace Stevens. El cuento de Parker. El cuadro de Gorky. Los seres sombra de Giacometti.

En dos años: aprender francés, ducharme con agua fría siempre y mirar a los ojos de los demás mientras hablan en lugar de sus bocas de tenebrosa hondura.

Todo cabe en el Diario.

(Aunque no lo escriba; pero con la pluma en la mano, lo piensa.)

¡Y jamás una flor seca, de pétalos quemados y aplastados entre sus páginas!

¿Qué pasa si acaba el tiempo… sólo él, no las cosas ni la naturaleza, ni nosotros mismos?

Salinger: orígenes: un judío taciturno, quizás.

Una mancha: partir de ahí: empieza a hablar, pronto adopta su forma, se delinea, parece salir de la pared, ya es.

El viento de Nueva York: aúlla entre los edificios, zarandea los árboles… Un gemido interminable, enloquecedor, invisible…: amenazas, duelos, la crispación latente, el miedo soterrado que la furia del aire saca a la luz.

Ciudad agrietada que, al dejar escapar humos y vapores, nunca cesa de mostrar la vida oculta y misteriosa del subsuelo. Una Nueva York subterránea e inquietante.

Noviembre, por ejemplo.

11.11.1968: frío de veras.

15.11.1968: en el aire una ciénaga amarilla.

16.11.1968: la niebla atrapada en las copas de los árboles en Central Park.

17.11.1968: la luz, gris; luego, la lluvia cae suavemente y hace brillar las aceras, las chapas de los autos.

21.11.1968. Postal de C.A.: en tierras cálidas. Caligrafía en mayúsculas, bien claras, sin enlaces. No desea malentendidos. Curiosamente, al contrario que Sol: letra minúscula, enrevesada, despeñándose de las líneas, alzándose como las rayas de un electro, yendo de un lado para otro…

24.11.1968. A mediodía: nubes en el cielo, claroscuros, relieves. Una orografía marina.

Y la turbiedad del pensamiento a medianoche.

El jazz es una improvisación: una inconsciencia a la que el sonido, a despecho del instrumentista, termina organizando. Organiza el caos. (¿No querría yo hacer lo mismo en mi obra?).

El misterio es lo que no vemos. En el universo todo parece extremadamente sencillo. Sin misterios, pues todo acabará revelándose con el tiempo: como toda materia que al final no puede ocultarse a un examen. El sol, una estrella, sólo es una bola inmensa consumiéndose a sí misma. Es así de simple. En términos científicos: una combustión, convierte hidrógeno en helio en una reacción inconmensurable. Luego, se agota, enrojece, se hincha como un cadáver corrompido a punto de estallar y se apaga. No hay más. El misterio: ¿por qué? ¿a santo de qué? ¿dónde está la fábrica incesante de todo ello?

 Dibujo porque me gusta el silencio…

Anotar los sueños es estúpido, como crear recuerdos falsos.

En Rochefeller Center: Holden y ella: almas gemelas. Exactamente él. No puede ser otro. Patina con arrogancia, absorto en un vals que sólo él escucha. Un Huraño En Navidad. Una apariencia de huérfano con poderes sobrenaturales. Dudabas entre abofetearlo de inmediato o invitarlo a tu cama: ambos pensamientos le excitaban por igual a la chica solitaria en busca de los personajes de sus sueños.

¿Qué más?

Cuidado con ella, una persona llena de alarmas y sensores, de antenas hipersensibles que ante la sospecha de la menor contradicción hacia sus deseos, creencias e intereses suelta la lengua con la velocidad con que el áspid se lanza a morder.

Nunca más un diario.

Si acaso, las notas, una cronología de visiones fugaces de la mañana o la tarde, nada del pensamiento de la noche.

Joven y prometedor artista, rico y confiado: “Soy pintor”, dijo.

Lejos del sol:

su estudio es una estancia subterránea sin ventanas a la que se accede bajando una escalera de piedra desde la calle: Park Avenue con la 105.

Debajo de una estantería repleta de lujosos y grandes libros de arte: la réplica de un minibar (atestado de bebidas) como los instalados en las habitaciones del Algonquin… ¡Era pintor de caballete!  A otra cosa.

Como unas manos grandes que cogen al vuelo el muñeco que es él, le sacuden el polvo de la inocencia, a manotazos le libran de la capa pueblerina de su estupefacción, le agitan en el aire para que caigan al maldito suelo de una maldita vez los prejuicios y temores, las inseguridades, la convención y la extrañeza, y luego lo precipitan al interior pantagruélico de la Gotham Book Mart, le arrean un empujón como es debido, un patadón en el trasero y lo proyectan al interior de la Gran Pirámide Llena de Secretos Ocultos en decenas y decenas de cajas repletas de libros de segunda mano a 25 centavos cada uno mientras una voz en las alturas le insta a que encuentre lo que busca desde hace años y años (R. Yeats sonríe desdeñoso mientras le lanza directo a la cabeza el último libro todavía con olor a imprenta). Sal del sueño, mentecato… ¡despierta de una maldita vez!

La Hesse que buscas se halla entre tinieblas... es de tinieblas. Se deshará como el polvo entre tus manos su materia fantasmal.

Estruja el paquete de Pall Mall vacío mientras profiere una maldición.

Yo hubiera sido un triunfador, o al menos feliz, en aquella Nueva York de luz de gas, como en el París del XIX, azules y misteriosas capitales… No bajo esta maldita luz naranja desprovista de todo romanticismo de las lámparas de sodio.

Los sesenta: también empezaba a ser conocido como el tipo que dormía en los sofás: era limpio, cortés e interesante.

Un tipo curioso… etcétera.

“¿Sabes lo que significa Häagen-Dazs?”

La vista fija en la nada: la soledad de la calle ancha y gris bajo la lluvia en Queens. Inmovilizado por una atonía que poco bueno ha de traerle: la máquina de escribir se ha quedado sin cinta. Ve la calle mojada y sonora a pesar de los cristales sucios de la ventana. ¿Voluntad para qué?

Sobre una de las sillas: el libro de bolsillo muy usado del clásico portugués de siempre, de páginas amarillentas, que lee Jennie estos días.

Nesta frescura tal desembarcavam

Ja das naus os segundos Argonautas,

Onde pela floresta se deixabam

Andar as belas Deusas

outras, co’os arcos de ouro se fingiam

seguir os animais, que nao seguiam.

Hay un personaje negro que aletea a su alrededor. Nota su presencia, su sombra viscosa y densa, algo a su espalda, a los costados, por encima de su cabeza, al ritmo de sus piernas, latiendo con su corazón… Y a veces percibe su tacto, viola la piel suave. Pero él nunca deja de andar.

Encerrado en sus verjas imaginarias, El Hombre de los Parques se siente tan antiguo (pero sin historia) como el jardín de Bowling Sreet… ¡Y encima dando vueltas sin ton ni son!

En Ray: el premio gordo: un Harper’s de abril de 1949: Down at the Dinghy. El librero reprimiendo mal una sonrisa cómplice mira al sabueso durante unos instantes: ha husmeado a sus anchas, ha elegido su hueso. Aguarda el mejor momento para abandonar la librería, desaparecer en su cubil e hincarle el diente a gusto a esas páginas. ¡Que se alimente de eso!

(Y de galletas de jengibre.)

Era una mañana transparente y fresca en los inicios del otoño, de perfiles nítidos y líneas claras, como en las viñetas de una historieta infantil.

Todo debería ser diáfano. ¿A qué complicar las cosas? Es de día y es de noche… La Tierra gira sobre sí misma y rueda alrededor del sol. La Tierra es un planeta y el sol es una estrella. En el Universo hay muchos soles, miles de millones de ellos, y miles de millones de planetas que circulan en torno a ellos y que, probablemente, la mitad estén poblados por seres vivos (vaya uno a saber provistos de qué formas y en qué estado de evolución). El aire dorado que tan levemente le acaricia revela unos colores prístinos, como recién hechos, o fuera de la caverna, en el exterior donde pululan plácidamente los dioses. Pero…

El Hombre de los Parques lleva una sospechosa bolsa de papel en una mano y un par de libros en la otra. Camina ceñudo y pensativo. En su paleta interior la espátula de la lengua amarga ensuciaba los colores, su ánimo funeral y obsceno hacía de esa mañana algo turbio y graso, impuro.

Ha tomado asiento en Central Park, a la orilla de The Lake y puede ver sobresaliendo por encima de las copas de los árboles las crestas y algún pináculo de los edificios de la parte de Central Park West. Aparta a un lado el Hamsum y el Portable Faulkner de Cowley (bonita combinación). Durante unos instantes deja que los cálidos rayos del sol se viertan pacíficamente sobre su rostro alzado. Luego, baja la cabeza y detiene la mirada en sus botas de piel vuelta viajeras y a punto de arruinarse por completo, abre la bolsa de papel marrón y empieza a dar buena cuenta de bagels monstruosos rellenos de muy diferentes cremas y todas ellas muy nocivas y unos muffins claramente homicidas  a juzgar por su aspecto.

El cuadro se había roto en cuanto decidió entrar en El Parque Inocente donde los niños sueñan y juegan y la aperreada gente trabajadora de Manhattan corretea y haraganea bajo el sol los domingos y fiestas de guardar.

Era una mañana… sucia. (¿Pero te habría ido mejor de judío? A estas alturas irías por el mundo circuncidado como un beduino.)

Pasan los días: “Recuerda que eres mortal”, había adivinado este maestro del tres en raya en la lápida del cementerio Trinity.

Lo que me enternece de los tipos que se ganan la vida escribiendo es que ejercen un oficio que nadie les enseñó, y algunos de ellos hasta logran cautivarme por el modo en que lo hacen. (Yeats: 22-3-1987).

Ante la obra, el libro, la música:

“No nos ahorres peligros, pero sálvanos de todos ellos.”

Del cajón sale un manojo de pelos, un clavo maltrata uno de los lados: sugiere una violencia, y la tela sucia del suelo algo vicioso.

He ahí la obra.

Cuidado con el personal de la limpieza: ¡No Touch! ¡Achtung!

Otrosí: deterioro, los días que no pasan en balde. Y ya se sabe con los materiales modernos, tan pronto caducos: al contenedor.

Procedamos a su restauración meticulosa, deferente con las verdaderas intenciones de la artista prodigiosa dueña de la invención:

Un cajón de madera vacío (pino), unos cabellos (sin especificar), un clavo (heridor), un trapo (manchado).

Poca cosa. No será difícil su instauración. Con la fotografía en una mano, con la otra en un pispás erigimos otra vez la obra esencial del arte del siglo XXI.

Y es todo, nuevecito: pues nos libramos de reparar sargas (tan delicadas) o linos maltratados por la humedad y el descuido, salvarlo de repintes y revestimientos y/o barnices de poliéster, reentelados, feos grumos, indeseados abultamientos… Esta divertida restauración  nos exime de todos aquellos estudios previos que revelaran autoría y datación (maneras, estilo definido, firma escondida en algún ángulo oscuro de la tabla o el lienzo) por medio de tediosas macrofotografías, radiografías, reflectografías infrarrojas y el análisis concienzudo de los pigmentos y adherentes.

Un cajón, pelos, clavo, trapo. Para soporte de una idea, ya vale.

Sin firma de ninguna clase.

Esa fue la obra.

Esa es la restauración.

©HESSE,

Conceptos Intercambiables, 1971 (obra póstuma, la que más juego da).

Si ella hubiese sido rica… a lo mejor. En fin. ¿Pues no se producen todos los días milagros en alguno de los templos del Sloan-Ketterig?

Haber empezado por el principio. Haber pintado un cuadrito inmortal, imperecedero, inolvidable…, algo semejante a un poema capaz de enardecer multitudes y vaciarles sus bolsillos (si quieres hacerte rico, escribe para los pobres), unos versos a lo Emma Lazarus: … “¡Dadme al desamparado desecho/ de vuestras rebosantes playas!”, proclaman a los cuatro vientos las 30 toneladas de cobre oxidado al recibir, antorcha en mano, a los desheredados y parias de allende los mares que a duras penas alcanzan exhaustos la orilla.

Una razón de ser: he aquí los fundamentos:

Es, dijo uno (o una) con la copa en la mano, bañado/a por la irreal luz de los 100 vatios, rodeado/a de periodistas escépticos, espectadores y otras gentes de pelaje artístico y/o comercial. Ella ya estaba muerta. Deambula el Testigo entre los figurantes de la plástica necrofilia. La exposición escatológica, por ejemplo: Eva Hesse: A Memorial Exhibition (Solomon R. Guggenheim, Nueva York, 1972.)

En realidad (es decir, en cierto modo, lo que parece, lo evidente…) es que la artista se halla por encima del Objectum. Digamos que el Subjectum sustancia la morfología de esa biología pensante en forma de trastos: dirige la construcción/disposición matérica en todo momento (diga lo que diga ella para marear la perdiz), el fundamentum de estas esforzadas maniobras es el sujeto, espectador/quien contempla, a su cerebro va proyectada la bala: la obra es el Mac Guffin. La eidos que esconde la turbamulta del objeto, lo efímero, es su verdadero arte inmortal.

En el fondo, no es nada romántica.

No va pintada, a pesar de ser bonita: otro gimmick.

Es una lógica, le aterra lo inductivo.

Duda: dilemas: trilemas. Todo es un enigma. Incluso los sentidos lo son. Si se ve ella misma, se aterra de su poquedad, de lo azaroso de su existencia: ¿podría trasladar su pequeñez criminal a lo universal? ¿Su obra es el testimonio de una experiencia particular?

Más a gusto se siente lejos de la heurística y laborando inmersa en algún proceso lógico.

La Hesse deductiva hurga y roba del mundo para amontonar su pequeño castillo de arena: sigue siendo la misma niña de Coney Island que vigilaba con el cubito azul y la pala roja en las manos artesanas que nadie pisoteara las almenas de su castillo de arena dorado por el sol de la playa y acariciado por la brisa.

Y, sin embargo, el azar…

Todo es la realidad del mundo. Por mínima que ella sea, es un apéndice irrebatible de él.

Albers, dios encorbatado y pulcro de la razón, acompañaba a Hesse a la puerta guardando todos los miramientos, a pesar de su repugnancia por lo altisonante y desbarajustado de la obra en ciernes de la artista condenada. Cerraba el docto profesor y artista meticuloso tras de ellos con siete llaves el despacho tutorial rebosante de libros, mesura y ordenadas geometrías coloristas enmarcadas: “Hágame caso”, dictaminaba, “no se deje embaucar por la mera eufonía del caos, nada de ese desorden debería complacernos… Es una trampa saducea.”

Lo decía él, que a la misma edad que ella contaba ahora, de estudiante pobretón por Weimar, recorría las calles y basureros con una mochila al hombro y un martillo en la mano en busca de cristales que romper; lo decía él, aprendiz descuidado de Moholy-Nagy, y más tarde, poniendo tierra por medio entre los nazis y él, oscuro profesor del Black Mountain College, en lo más rural y boquiabierto de USA, hasta que recaló en Yale y se dio de bruces con estudiantes-Hesse, afanosas de lo por venir.

Cobardón a ella se lo decía, a ella temeraria que sentía las células revoltosas y rebeldes de su cerebro en plena correría, de aquí a acullá asesinándola, aprendizas de saltimbanqui criminal.

Desde lo alto del magisterio impecable, la corrección y la frialdad del sacerdocio edificante, encubierto por la discreción acusadora, la mira con pena mientras ella desciende al abismo de la entropía por derecho propio, rauda como el brillo del cuchillo.

El hombre respira teoría, cientifismo. La suya es una razón bien desvelada, nada de sueños ni de monstruos: la mente sabia, el ojo alerta, la camisa bien planchada, todo bien programado, lejos del chafarrinón.

Ella bajaría al infierno de las analogías, del símil indescifrable por la hondura de sus raíces. Perfecto juguete para el ajedrecista Duchamp.

Manoteaba en las olas del caos. (Pero es el caos el que nos mantiene erguidos, complejos, dinámicos…)

¿Pero cómo diablos llegar a conocer esta ciudad?

Hazte con la AIA.

Un día, harto de la escoria, de no verla ni siquiera entre las ruinas del óxido, renuncia a seguir buscándola y coge un taxi junto la terminal de autobuses en Port Authority, casi en el fin del mundo. Son las seis de la mañana. Aún no ha amanecido, pero ya se vislumbra algún jirón gris por encima del río, mirando a Brooklyn. Le dice al tipo maloliente y sin afeitar que conduce con infinito cansancio que le lleve a Central Park. Una carrera limpia, recta, sin tráfico a esta hora temprana y fea. La Sexta Avenida, Rockefeller Center… sólo sombras sobre las aceras, luces rojas vertiginosas, luces amarillas y blancas en la gélida hora de un amanecer que, acerado, se afila como una cuchilla frente al nuevo día.

Y amanece poco a poco, aviesamente. Tumbado sobre la hierba fría, inhóspita.

Dejará que los rayos del sol, si es que vuelve de veras, le infundan calor durante toda la mañana.

Está en espera expectante, como los cuáqueros.

Las doce. Mediodía. Ya hace mucho rato que la luz benéfica lo ha invadido todo. La hora de la hamburguesa y la pizza, la mostaza y la salsa de tomate, el Martini prohibido o la copa de bourbon pecadora. Vuelve al sur. Hace cola tras una docena de oficinistas y mecanógrafas en un puesto de perritos calientes en la esquina de la calle 38… pero el carro, con sombrilla azul y anaranjada, está abandonado, al vendedor no se le ve por ninguna parte. Ni él ni nadie se mueve de la cola bajo los grandes árboles de mayo: mientras esperan, sienten sobre la piel la caricia de una brisa marina y cálida que les hace entornar los ojos.

En algún lugar de la isla, se encuentra ella. No puede escapar. Acorralada por una maldición que no entiende. 

Es una bracera del alma, ahonda en esa porción de amalgamas y yuxtaposiciones de lo que no se ve y que es imposible representar con la sombra y la silueta platónicas. Y el crisol de donde extrae la leyenda humea dolorosos venenos:

Hela  ahí, en El Taller Prodigioso, con el hábito pringoso de las revelaciones.

Extrae la pócima sacrílega, reta a lo desconocido, blande la espada contra los más formidables enemigos de la convención y el plagio en pos de la piedra filosofal de lo extraordinario, lo oculto, lo real lejos de la mimesis.

¿Qué otra cosa podía hacer? Su lenguaje es el de una Eva recién despertada aún con legañas en los ojos, maravillada por un paraíso donde a todo había que ponerle nombre, todavía todo coloreándose, sin olor...

Sabe lo que le espera: “Por Dios, que no sea demasiado rápido. Sólo quiero un poco más de tiempo…”

Ni hablar. Ya sabes cómo se las gasta Yahvé el Iracundo: a cuchillo, a sangre y fuego celebra degollinas, se complace en carnicerías y mil sacrificios, quema su cólera la pobre piel humana de niños y mayores, por no adorarle, por no postrarse de hinojos frente a él, el Sapientísimo, el Único, el Hacedor de Todas las Cosas:

“¡Tú, ángel negro, espíritu desafiador, príncipe de las tinieblas, enemigo de principiados, criatura caída, ¿pretendes corregir las formas de mi mundo, el espejismo de mi ideal, mala bestia del averno?!”, le brama al oído ensordeciéndola.

No hay compasión: sólo eres un ser humano, otro más, ninguna prevalencia calculamos en la hora de la muerte. No importa lo que hayas hecho o vayas a hacer, el día no se detendrá ni acelerará su curso: eres solamente otra, una más: mira atrás, todos los miles de millones de muertos, no eres nada distinta a aquellos experimentos que a lo largo del tiempo devinieron fracaso o fortuna en la ciega naturaleza…

Desde la cama entre miedos y delirios, sumida en otra pubescencia, donde las aviesas e implacables aguadas de Arthur Rackham que enriquecieran tantos sueños y desvelos allá en los años infantiles han sido sustituidas por el terror concreto y físico debido a la cruel finitud que entraña la dolencia que le ha tocado en suerte, imparte instrucciones a dos de sus pasados acólitos del verde, hermoso y venerable Yale, donde ella nunca volverá a poner los pies, y con su sola mente y el auxilio de los ojos enhebra la obra prometeica como una Aracne que ya desafiara desdeñosa y altiva a todos los dioses, perpetra la sin par rebelión del ángel caído contra la vaciedad de lo reiterativo y adocenado de un dios aburrido de sus propias imitaciones, figuraciones, plagios...


lunes, 29 de agosto de 2022

58

Nada sabe de lo que escribe, pero las palabras están ahí, “deletreadas” por los dedos, y se quedan presas en algo mucho menos voluble que la memoria.

Sólo al final del final sabrás del resultado. Con la página en la mano, con el cerebro en blanco y, ahora, sí, con los ojos abiertos de par en par.

Ordena las piezas: HESSE.

Pero de nuevo las desordena en seguida…  ¡Enemigo de lo bello!

¿Acabaría ella convertida en una judía pequeña, fea, rechoncha y ávida?

(Gertrud Stein, Liliam Hellman, y más a mano, la plañidera Pizarnik que nunca entendió el idioma el idioma que escribía…)

Este día es muchos días.

Ordena las piezas…

¿Dónde vive el coleccionista?

Es un tipo de Los Ángeles. Pero ahora anda por Boston. Compra terrenos, especialmente en parajes boscosos con grandes claros abiertos a la edificación. Algo trama. (Y no será honorable.)

Dos horas de viaje en automóvil hacia Vermont, donde el hombre disfruta de una segunda o tercera residencia.

Es una casa diseñada por Frank Lloyd Wright en 1952. (250.000 dólares).

“¿Qué sabes del tipo?”

“Todo. Tiene dinero. Un especulador nato.”

“Pero la casa…”

“Parece desmentir esa tosquedad, pero no es así. Y es cierto, fue obra de Lloyd Wright. Él estuvo aquí… El aire huele a sagrado.”

“Algo bueno deben de tener, su familia, él mismo…”, dijo.

La casa…

Habrá libros por todas partes…

Les abre la puerta el mismo anfitrión. Un falso gesto de sorpresa. Estaba prevista la hora de su llegada, lo que incita al sarcasmo silencioso… y hablado. Les esperaba. Estaba todo acordado. Así que, finge. El Testigo sonríe burlón. Es inútil llevar a cabo algo espontáneo con un tipo como ése.

Libros de gran formato, tres de ellos (ver, no leer) encima de una de las mesas auxiliares del salón; una novela policíaca de bolsillo de cubierta llamativa sobre el sofá de piel de vaca; una estantería de roble forrada con lomos negros, azules y verdes (por debajo del centenar) .

Luces: amarillas y ocres. Bien acompasadas, crean un buen ambiente a pesar de los muebles presuntuosos.

¿Una copa?

Parece una hora adecuada.

Pues nada de eso.

Y tampoco hay invitación para sentarse. Se trata de una exhibición, un recorrido que excluye la sabia conversación. Es una cuestión de ego y vanagloria.

Empezó infame:

“En realidad”, confesaba, “lo adquirí aconsejado por mi asesora financiera. Una mujer estupenda, una lince en todo. Una brocker de fiar. Nada de fondos ni cestas de valores opacos. “Oro”, advirtió. “Y arte de los cincuenta y sesenta, lo último. Vamos a esto, a una inmejorable plusvalía…”

Lo adquirí…: se refería a una de las pinturas de Hesse (una de las que yo quería catalogar).

Etcétera.

Por lo demás, ¿cómo pudo el viejo león de Wisconsin diseñar un hogar de tales hechuras conociendo al cretino listo para los negocios y con la billetera repleta que se la encargó? El desajuste entre ambos “conceptos”, él y la casa, el mercachifle y el arquitecto, el artista y don Nadie, es intolerable, contrapuestos hasta la indecencia.

El feliz propietario de naderías, puesto que nada entiende, y, por consiguiente, cualquier cosa artística que posea terminará deslizándose como agua entre sus finos dedos pasados por la manicura, viste como un dandi “de los 50”: el fular de seda debajo de la camisa azul celeste, perfectamente anudado, deja ver el cuello esbelto y bronceado; luce un fino bigote, fuma en boquilla dorada y es excelente el corte de pelo echado hacia atrás. La mano derecha en el bolsillo del pantalón blanco con pinzas. Zapatos de un marrón claro con flecos. Exhala seguridad, una parsimonia elegante. Es la personificación de la pasta. Lástima que el dinero no logre tapar la estupidez.

Exhalaba condescencia.

“Adelante, le dije –nos relataba eufónico-, tú eres la experta. Y la genial Claire en seguida empezó a seleccionar artistas, obras… Es una de mis empleadas geniales.”

El tipo despide un discreto olor a colonia sin alardes, de seca fragancia, carísima.

“Amontoné Hockney, Hesse, Warhol…”

“¿Podría enseñarme la casa?”

“… Carl Andre, Lichtenstein, Kitaj, dibujos de Morris…”

“La casa, ¿podría verla?”

“¿Perdón…?”

“La casa…”

“Con mucho gusto... De Kooning, Clyfford Still…”

La casa en 1970: 1.275.000 $.

Aún no la vende. La construcción resiste, y también la madera, bien tratada a lo largo de los años. “Aguantaré hasta el final”, se dice el inversionista.

Pero no hablamos de arte, bastardos de cuatro perras, debe decirse para sí, hablo de pasta. Nos mira de arriba abajo, y sé que piensa exactamente eso: correctos y bien educados, pero visten ropa barata de confección comprada en Grandes Almacenes.

El Gran Propietario había rehusado que el propio Lloyd Wright diseñara los muebles, como solía hacer en casi todos sus  proyectos inmobiliarios. Por supuesto, eso era lo único que repugnaba la armonía de la afortunada concepción material y espacial de la construcción, un caparazón varado en la tierra, órgano de feliz sincronía regido por leyes propias, hasta las más nimias. Aunque, como toda arquitectura individualista con pretensiones serias, escondiera sus secretos y sus chirridos.

En la casa, de planta abierta, la chimenea actúa como núcleo central en torno al cual parece estructurarse todo el interior a la vez que se acopla a los volúmenes horizontales del exterior al erigirse a lo alto ancha y robusta. En la disimulada sencillez del diseño coexisten espacios muy diferenciados entre sí, todos sugerentes, como invitando en cada uno de ellos a hacer cosas muy diferentes entre ellos: leer, pensar… amar. Las resoluciones técnicas, si uno se pone a pensarlo de verdad, son casi asombrosas: una invención estética de artista más que de arquitecto las invisibiliza: sistemas ocultos de riego, vigas de acero escondidas en la cubierta voladizo, machones de ladrillo que, al margen de su disposición eminentemente estética, cumplen una función estructural, macetones de profusa jardinería que culminan la armonía de los ángulos. Piedra, ladrillo y madera. Es suficiente con eso. Grandes ventanas por las que entra la luz a raudales, luz sagrada y limpia como un aire libre de impurezas, una organización formal que acota hasta tal punto lo espacial que ese hábitat parece ser el único apropiado para la existencia feliz del hombre: lo que manda en todo momento de manera sutil y milagrosa, sin enjundia constructiva o arquitectónica, es el espacio interior, el techo y la pared que abrigan del frío y cobijan de la lluvia y la cólera del viento… Y la naturaleza envolvente, visible, sin ningún impedimento que la oculte, acariciadora de la construcción en todo momento: “…lo único que llegaremos a conocer del cuerpo de Dios.”

“Acompáñenme, por favor.”

Le miran aquiescentes y silenciosos.

“En una de las habitaciones de mis hijos podrán observar colgados un Pollock y un Newman, un lienzo de la O’Kefee de pequeño formato. Creo que va siendo hora de venderlos, ¿no? Por lo menos antes de que nos metamos de lleno en los años setenta… Desmitificadores, me temo.”

“Si él lo quiere… le seguiré el juego”, se dice El Catalogador (vive de farol: a la mierda con todo).

De manera que miente con todas las de la ley, con grande mala hostia:

“Hará usted muy bien. Los directores de los museos se han vuelto volubles. Nadie puede negar una evidente saturación en el mercado del arte. Y los setenta, efectivamente, lleva usted razón, son una incógnita. ¡Cualquiera sabe! Yo me desprendería de ellos en seguida. Las galerías han cerrado el grifo y el arte americano aún no interesa en Europa. ¡Habrá una desbandada general, créame!”

“¿Habla usted en serio?”

“Todavía está a punto de recoger excelentes dividendos. Me atrevería a asegurar que un sesenta por ciento por encima del precio que pagó”, remata.

(Sabe de lo que habla).

Un silencio embarazoso antecede a la acción del especulador.

Se ha descompuesto el tipo, la cara adquiere el tono de la cera y el azul del iris vibra de incertidumbre:

“¿Un sesenta por cien…?”, exclama. “No es mala venta, en todo caso”, termina reconociendo mientras retira la boquilla de entre los dientes con gesto pensativo.

Sólo cinco años más tarde algunos de esos cuadros rondarán el millón de dólares: multiplicarían por cien su valor… de mercado.

El paseo inmobiliario y artístico ha perdido interés. Sólo es una casa, sólo son cuadros absurdos, debe pensar el inversor. Sólo son unos invitados y, ahora, un estorbo hasta criminal. Ahora ya le falta tiempo para todo: para coger el teléfono, para hacer sumas,  para concebir estrategias de venta, para coger las llaves del flamante Corvette rojo y plateado del 53, uno de los trescientos hechos a mano ese año, y salir disparado hacia Manhattan, calle 57 Oeste.

La mirada se ha acerado; la boca se encoge hacia adentro: “Bien, deben disculparme. Tengo asuntos urgentes que atender”, logra decir con falsa tranquilidad.

Les acompaña presuroso a la puerta.

El Embaucador Vengativo puede oír los delgados regueros de sudor resbalando sobre la piel delicadamente tostada, puede oler la adrenalina que exhalan sus poros…, adivinar en ese atildado mequetrefe el olor del dinero al alcance de sus dedos elegantes y culpables mezclándose con la irrupción hormonal que se activa ante las tretas y galimatías que exigen el trueque y la ganancia.

Buen provecho.

Una obra original: buscan las firmas, sabe. Asegúrese. Les dan la vuelta, miran por delante, por detrás:

¿Están firmados, no?

Por supuesto.

Folios al peso.

¿A cuánto?

Un lingote de oro de 12, 4 kilos.

¿Ese peso exactamente?

No quiero falsificaciones.

Él está en su mejor momento.

Los brazos débiles. Y mucho antes de caer enferma ella.

¿No la has hecho tú?

Uno de los minimalistas más convencido de las teorías que abrigan la plástica mínima del movement: “¿Por qué hacer con nuestras propias manos la obra? ¿Acaso los arquitectos que diseñas las casas las construyen ellos mismos?”

 Es un artista, un hombre que piensa, imagina, fantasea… No es un obrero.

¿Cuántas manos ahí?

Ayudante, hombre de fuerza bruta.

Feminista, femenina.

Laooconte: cuatro brazos poderosos de hombre levantan el gráfico testimonio de tu genialidad, una obra difícil, de envergadura singular, y los materiales complejos de tratar…

“¿Quién va a pagar algo por… eso?”

Dos millones de dólares: 2011.

Los espejos: ¿Cuál es tu verdadero rostro?

Mi obra es mi reflejo.

¿No es el arte moderno una blasfemia…?

No existe Dios, una invención de la noche más primitiva.

En el fuego, alrededor de las llamas enhiestas: existe la religión, se dice.

Cualquiera de ellas: “El fuego que alumbra, que calienta la piel del invierno…”

Sobre todas, el arte: invocar al vacío (o al espíritu) una vez se ha renegado de los lenguajes litúrgicos.

Así era la época, rituales al borde del abismo, en la cuerda floja de la nada, en lo más profundo y oscuro de la caverna del espíritu.

¿Consagran las manos del artista?

La huella de los dedos, el palpar del genio sobre la materia, el ejemplar único de la caza, el tiro irrepetible (no cuentan las falsificaciones, de nada sirven aun siendo miméticas,  aun igual de placenteras que la obra real) es lo que otorga el gran valor… ¡el ejemplar único en la pared del salón, arriba del sofá, enseña de la patria de este hogar! (Frente al aparato de televisión).

(Aunque sin la cabeza cornuda de un pobre ciervo, reno o cabra montés.)

1950. Decenas de fotografías y reportajes en Life: 20 centavos. Del quiosco de la esquina a casa con la revista semanal recién impresa en las manos pecadoras, aún con el venenoso aroma a plomo y papel entintado, puede olerse hasta la sangre, la pólvora, el drama, el crimen.

1968: 100 dólares por una fotografía.

2010: 225.000 dólares por una fotografía.

Mira la luna:

El ojo de Copérnico, los mares blancos, pálidos… Y la otra cara, oculta, noctámbula.

Despierta: a un lado, Jennie misteriosa.

(Su hueco todavía tibio, como si fuesen a preparar un vaciado sobre la cama, sacar el moldeado, airear su belleza portuguesa.)

Abandona el lecho.

La puerta del lavabo está cerrada.

Golpea suavemente con los nudillos. Pronuncia su nombre con miedo, como se habla a un fantasma.

“Jennie.”

Adentro: será la luz roja.

Repite: “Jennie.”

“Espera”, contesta la voz del interior misterioso.

Está revelando: 1970: ampliadora, cubetas, fijador, negativos, papel de positivar, de contacto…

Abre la puerta.

Cubre su cuerpo, alto y esbelto, magnífico, una de mis camisas que ha descolgado del armario. Apenas arropa el pubis sombreado de ligero vello, deja al descubierto la largura y hermosura de las piernas marinas.

Sonríe a la vez que sacude con parsimonia una de la grandes fotografías recién salida de la cubeta, ya impresionada.

Es una perspectiva de los rascacielos de la Sexta Avenida desde Diamond Row hasta la 52.

Enciende la luz roja.

Cierra la puerta.

Jennie: ha tirado más de diez mil fotografías desde que están en Nueva York.

Algunas tardes, a la hora del crepúsculo, con la copa en la mano, el repaso es absorbente, felizmente interminable: cataloga el tiempo y la vida de una ciudad.

Centenares de lugares, decenas y decenas de calles, azoteas, muros, fachadas, vestíbulos, escaleras, ventanas, cristales, hierros, piedras…

Revela la ciudad de piedra y metal, la del ruido y el movimiento, pues la hace ver, sentir su pulso.

Estos decorados sobreviven durante años y años a generaciones que nacen y mueren. Resulta que lo único que no parece provisional a pesar de los cambios, derribos, suplantaciones y modificaciones morfológicas en este microcosmos universal es la ciudad. Sucede a sus habitantes que, ridículamente, se llaman dueños de ella en algún momento de sus vidas transitorias sólo porque duermen cada noche en alguno de sus diminutos agujeros y comen sobre dos metros de tierra de nadie.  

Repudia el retrato y el paisaje de los humanos: “Son efímeros, y no dejarán nunca de repetirse…”

No son piedra.

Qué infamia la cópula, qué asco los espejos.

Una fotografía de la gente es lo más repetido e innecesario que pueda imaginarse.

Los edificios, el laberinto de las calles, cegados los horizontes.

Sin embargo, finalmente claudica: esas riadas continuas de gente son el auténtico alimento de los pétreos desfiladeros y las vías rectilíneas en busca inaudita del horizonte, de las plazas abiertas al sol. La ciudad los engulle sin que se den cuenta de nada.

Podría trazarse una descomunal topografía de sus andares, caprichos, azares, mis imaginaciones y figuraciones, sentires, contemplaciones…, escribiré en mi cuaderno de notas de viaje (aunque sin dibujitos).

Cerca del Lincoln, una calle de acacias, de poco tránsito. Paralizado en blanco y negro. Alza la vista. Lleva algo en la mano, un libro, folletos. Le es imposible recordar qué. Han pasado 40 años de ese intrigante estatismo.

Ahora sólo es una instantánea de Jennie (que tampoco se halla a su lado desde hace años).

Y en el cerebro se estampan esas imágenes equívocas de la memoria exógena, a su pesar acaso. Hay luz captada en ellas, fantasmas delineados en una encarnadura que desafía el paso del tiempo pero a la vez atestigua en su inmediatez una frágil condición del sujeto retenido, algo que terminará maleándose, pudriéndose en vida, muriendo, pues es una imagen transitoria a despecho de la falaz eternidad que le confiere la inmovilidad. Y esas pruebas indignas del paso por la vida atrás quedan, ofensoras y humillantes, sólo inmarcesibles durante unos pocos años (aunque terminen sumando muchos más años que una vida).

¿Cómo era? Unos rasgos nítidos o imprecisos que te revelan… por fuera.

Descenso a los infiernos.

(A cámara lenta.)

Film stills deprimentes. Estereotipos del pasado (vestimentas, peinados, modas efímeras). El código visual de lo transitorio que, paradójicamente, airea una perennidad desde la liviana materia del papel, tan presto a la destrucción, a su desaparición.

“Tus fotos, Jennie, sólo son una copia interesada de la realidad, sólo un dibujo más o menos fiel de sus contornos, de sus oscuros y sus claros.”

-Tu escritura –se defiende- es sólo una interpretación de esa realidad, un remedo descriptivo, un ir y venir de palabras sobre la página, cagadas de mosca para quien no entienda la lengua en la que están escritas.

Hasta los jeroglíficos egipcios y mesopotámicos logran descifrarse.

Una tarea ¿para qué?

Jennie, c. 1978: “Prefiero oír palabras que leerlas…”

Palabra: dibujo/significado. Ni oírlas ni comprenderlas: verlas.

Los objetivos, filtros y demás trastos de la Nikon de Jennie simulan una veracidad que nada tiene que ver con la verdad que, gracias al cerebro, transmite el ojo en su viaje de ida y vuelta; en el fondo, es otra interpretación.

“Escribo con la Nikon”, dice. Una metáfora muerta.

Pero en el lenguaje el mundo se cifra de tal modo que su épica se diluye en el suceso menor de la ocurrencia y la fantasía.

“Erase”. Una traición. Otra metáfora muerta

Una sombra de otra sombra: ya demasiado lejos de la luz.

Y las tornas cambiadas, trastocados los finales: Beatriz me guía al infierno. El poeta no ha aparecido. Y nunca, nunca, se halla el paraíso.

Te conviene emprender distinto viaje.

Y, entonces, erradicas las contenciones. La cámara sólo quiere apresar. Cuantos más enemigos, mejor. Captura una y otra vez incansable el remedo del mundo, sus fechorías legibles, las formas invasoras. Acaso el objetivo ni siquiera seleccione encuadres significativos. Nada de sintaxis. Sólo formas: únicamente tienes que apostarte entre la Sexta Avenida y Broadway con la 33 Oeste. O parapetarte en una ventana baja de la 42 o Center Street atisbando por el visor o disimular tras un árbol de Central Park al sol del domingo; mejor aún: como falso estudiante por Columbia acechas cámara en ristre piezas jóvenes y tiernas, a plena luz, sólo con el escondite del arte.

Juega con las lentes. Sé paciente. Respira el aire verde refrescado por el Hudson. Merodea incansable por Riverside Park. Bien abiertas las lentes. Apunta. Dispara.

Pues son presas pacíficas. Todo llega a convertirse en objetual.

Y tú eres el inofensivo: anónimo, y tu máquina no mata.

Mas todo lo que fotografías y pasa a tu lado queda muerto en una centésima de segundo. Esas gentes que como un río te anega desde todas direcciones salen de tu objetivo para desaparecer del todo una vez el obturador se repliega.

De nuevo, puro automatismo.

No entenderás ni tu tiempo ni sus figuraciones, ni tampoco su sentido. Robas la apariencia de un mundo inmediatamente muerto una vez has presionado el disparador. Pero eso es todo: una crónica silente de líneas y formas casi en seguida decadentes, espectrales, pertenecientes ya a un pasado revisado sin imaginación, sin gracia, sin oropel ni mistificaciones gloriosas o memorables.

Esa procesión de andantes ya no la forman humanos, son fotografías, máscaras sin nombre, figurantes para una colección con todas las variantes posibles, intercambiable en el inmenso guiñol urbano donde viven movilizados por una extraña fuerza vital que les obliga a seguir adelante día tras día.

Ahora estás dentro de la barraca de feria que es Nueva York: huele a cerrado.

No son monstruos, todos son diferentes entre ellos, y esa disimilitud a veces llamativa sino por obvia cuando menos por aparatosa, es lo que hace a unos monstruos de los otros.

Una linterna mágica, donde lo exponencial, lo malthusiano de la combinatoria humana termina proyectándose sobre el muro intracraneal de quienes observan ocultos tras la lente o a través de la mirada desnuda.

Y no hace falta que vayas a sus patéticas cuevas en el Bronx, en Brooklyn o en Little Italy en busca del buen gigante aplastado por la elefantiasis o el niño orejudo medio idiota. Te salen al paso en el momento más inesperado y en el lugar más equívoco. Lo primero que ves en ellos es la diferencia, la imperfección, lo sobresaliente de esa distinción.

No existe sintaxis aquí. Es la retórica de lo imprevisto, lo desconcertante, un código sin reglas ni mandamientos procesuales: sólo mirar, sólo dejar que la máquina les engulla y los mantenga quietecitos en la oscuridad de su panza paradójica hasta que sean revelados a la luz: sesgados, en posición frontal, de espaldas, a lo lejos, emborronados por un close-up repentino, nítidos o turbios, clasificables o indeterminados.

No son monstruos. Precisamente porque  no son iguales a ti. Es decir, no son prescindibles como tú: son grotescos y maravillosos, admirables por llamar la atención, por hacerse oír, por querer existir a pesar de todo.

¿Y qué ocurre cuando el protagonista de la fotografía es el que está detrás de la cámara?

Empieza a descubrir otra realidad. Entonces ya no importa que destroce un orden aparencial, las formas ideales de lo que creía estar viendo.

La geometría estéril de los tabúes se desbarata, el castillo de naipes marcados por la convención y la estulticia del rigor se viene abajo con estrépito.

Lo moral y lo ético apenas tienen lugar en una neutralidad maquinal y técnica que al tiempo que nada hace por enderezar entuertos tampoco interviene crítica, desmitificadora o vindicante. Se mantiene en silencio. Al igual que las fotografías y sus personajes retratados en ellas.

Como buena entomóloga judía la crueldad de la naturaleza (en la que ella en nada ha contribuido para su fatal desarrollo y permanencia, luego es inocente) es perfectamente asumible, es semejante al turismo africano de fotografía: uno contempla cómo la cría de gacela va a caer en las garras de la leona, pero no hará nada por defenderla. Se trata de la ley de la selva. Tú sólo eres un testigo inútil, invisible entre la cámara y el suceso.

No comment. La máquina habla. Es suficiente. La naturaleza, estúpida y sanguinaria, sigue su curso a la nada, insensible a lo moral.

La parada de lo singular en Manhattan depara el espectáculo, mas no una intervención interesada. Ahora es una normalidad, y el caudal pacífico que llena las avenidas flamantes y las calles de Nueva York pendula entre lo cotidiano y la pesadilla intocable, incorregible.

La otra chica judía que huye horrorizada de las páginas satinadas de Harper’s Bazaar y Vogue se da de bruces encantada con la sordidez y fealdad inconsciente de lo estrafalario y anómalo, que se diría que es lo que anduvo buscando sin saber su nombre.

Esta es otra que, libre de tumores, levanta la tapa del infierno y aspira su hediondez. No es que se relama en ello como sorbiendo un merengue, entendámonos, pero mete la nariz para sacar de sí su propia degeneración, el hedor de sus venas por donde fluye la sangre enferma, lo excrementicio de la sociedad biempensante y que oculta al Gran Ojo Universal.

El tumor como una sabrosa tarta de manzana: un pedacito para cada uno: este para ti; este para aquel; este para mí… servidos en platillos adornados con vírgula dorada, las cucharillas de plata, y la jarra de agua pura, las blancas servilletas de tela…. Todo muy equitativo y, por supuesto, menos letal, más llevadero, despojado del dramatismo en la mirada de quienes se creen inmortales.

El final, aun siendo el mismo, no es justo: una tiene un tumor; otra, se mata. Dos desperdicios.

El esperpento es la magnífica seriedad de los actuantes. Se diría que son eternos. Si hurgamos, el monstruo (lo que no se ve) está dentro. Es lo que habría que airear: la mezcolanza repelente de lo que se halla tras las encarnaduras. Un fantástico material capaz de proporcionar sugerentes combinaciones  e inesperadas resoluciones plásticas.

La frialdad es una condición necesaria en una antropología visual que requiere enlodarse con el objeto de su estudio. Aunque, naturalmente, sin afligirse: ello invalidaría el cometido principal de quien sólo observa, registra y captura de manera transitiva. 

Emboscada en su propia trampa (terminará matándose), la chica díscola de los Nemerov refleja la fealdad de lo extraño o su belleza oculta. En verdad, no sabemos.

Y, en el fondo de todo ese muestrario, se agazapa lo evidente, el exponente no por tangencial en cuanto imagen menos sorpresivo: el monstruo era ella. Fue la felicidad de los monstruos, su plácido conformismo, la que confundiría su mente y la arrojó sin contemplaciones a una tristeza sórdida y destructiva. Su diferencia les hacía a ellos menos vulnerables y a la notaria de la cámara una desdichada enfrentada a su interior lleno de horrores sólo visible para ella. La subversión ha podido con esta viajera que iniciara su periplo mediante inocentes travesuras.

¿Qué esperaba?

Lo que no tenía nombre.

Una más robando el fuego con la Nikon SLR de 35 milímetros o la Rolleiflex de gran angular de 2 pulgadas y cuarto.

Aterrada de su embarazo imaginario rehúsa abortar el espanto.

¿Cómo desembarazarse de la realidad que ha construido con semejantes patrones?

Lo degusta recorriendo la senda de lo peor, una noesis obcecada en el engendro que la hunde en las arenas movedizas de un cerebro enfermo (aunque sin tumor).

Ha dejado de mirar a través del visor. Mal asunto.

Tan cerca has estado de aquel enajenado Strindberg que un siglo atrás ya buscaba el alma de los seres y los objetos de la forma más auténtica realizando retratos fotográficos por medio de una cámara fabricada por él mismo con una lente sin pulir, un tosco artilugio a través del cual las placas sumergidas en el líquido revelador registraban absurdos abstractos que el dramaturgo confundía con espíritus y otras prodigiosas apariciones.

Ahora está desnuda frente a los ojos acusadores de los demás. Una desnudez mortificante, ni ejemplar ni digna de ser revelada. Es repulsiva, y apesta a Central Park West y a Park Avenue, a Upper East Side y a Quinta Avenida, a su origen de judía rica y a abrigos de suaves pieles de los que emanan fragancias francesas. Han vuelto los antiguos olores a pesar de la mugre y el sudor y la mierda con que ha estado embelleciéndose y perfumándose desde hace más de una década con la cámara al cuello y veinte rollos en los bolsillos del abrigo andrajoso: era capaz de llevar encima sin lavar la misma ropa exterior e interior durante semanas.

De nada ha servido. En el final nada anestesia, nada duerme. El viejo olor de la decencia y el lujo te asfixia. La podredumbre del corazón.

Y odia el asqueroso verano en Nueva York, interminable, sofocante, lleno de desalientos y el cielo blanco, candente.

La última cena: un pollo entero asado que vomitará al amanecer hirviente, ya irrespirable. Bonita purga.

El 26 de julio de 1971 echa el cierre definitivo a la barraca. Licencia al hombre de tres cabezas, a la mujer serpiente, al niño de doce pies, al viejo volador sin alas, a la gorda de 315 kilos, al bebé elefante, al feto rojo, arrugado, guiñaposo encerrado en la botella, a un frasco transparente lleno de billones de células cancerosas: una masa indescifrable.

Después de la excursión, el baño sagrado, el sueño eterno: la sangre que brota de las venas (esto ya es una costumbre en los artistas, qué fastidio) colorea el agua, la eleva a materia de estrella.

Felices sueños, felices fiestas.

No os neguéis a la compasión.

Os quiero.

Diana.

Los tienes delante, los que forman la muchedumbre de neoyorquinos y visitantes de paso que dan sentido a la urbe y sus pleitesías y complacencias. Las corte de los milagros de todos los días. Una fraternidad en la que todos sus miembros cotizan idéntico final después de una correría de infinitas variantes. Pero son como fantasmas agitados que no dudarían en propinarte un empujón si te interpones en su camino, van y vienen, viven y mueren, desaparecen, se suceden, se sobreviven, son un nombre, o ni siquiera eso, se les recuerda, se sumen en el olvido hasta el final de los tiempos humanos y terrenales. En el fondo y en la apariencia para el testigo atemporal son siempre los mismos. El mismo, la misma.

En tu obra, terrible Hesse, eliminas al hombre y a la mujer, tan ordinarios y tumultuosos, tan repetidos y conocidos. Al igual que las estructuras imaginarias del ser conforman una poesía visual de lo orgánico, lo de “adentro” expuesto al exterior mediante la fantasía matérica permite allegar a otra clase de poesía tan legítima como aquélla.

El arte de la elegida informa de lo que ya nunca serás capaz de ver: estás demasiado enclavado en la realidad y sus figuraciones para poder suplantarlas, tu percepción es esclava en demasía de todo aquello que se opone a lo fantástico e incluso a lo ilusorio. Pero ella desenreda la metafísica plástica y se evade del referente humano, codifica y enreda sus atributos más íntimos y a los que nadie, absolutamente nadie, podría encarnar en hombre y mujer. ¿Cómo se dibuja el espíritu? ¿Quién sabría delinear el alma, colorear el pensamiento, construir la emoción?

Amontona detritus, una savia nueva. Trastos elevados a superior categoría de la que merecerían a tenor de su sorprendente y química materia que tan fácil aplicación procesual ha encontrado en las Bellas Artes.

Ese alfabeto la descifra en la creación. Ella es el discurso. Qué formidable procesión de residuos.

Esto es el espíritu, se dice ante un pedazo de plástico.

Coge un tubo de goma, lo retuerce: mira lo que te haría, alma invisible, loco pensamiento de un lado a otro… ¡Ni para el arte me vales!

La fibra de vidrio: la amenaza constante: estás jugando con fuego, ¿a qué husmear la materia del infierno? Sé juiciosa, la pulcra madera, el barro virgen y el hierro inocente bastan para cerciorarse del mundo y sus apariencias. No precisas nada más. Dijo (uno): “¿Así que quieres ser artista?” Muy bien. Coge un lápiz y un bloc y echa a andar. El mundo ya sabes dónde está.” Abandona las pompas de lo novedoso. Todo el futuro está lleno de peligros. Te rodean asesinos dispuestos a darte el golpe final. Y ni siquiera son visibles: asestan la cuchillada sin que nadie sea capaz de percibir su presencia maligna. Sé modesta, no adores el becerro de oro de los nuevos materiales (¡Bonita advertencia! Lo bastante para lanzarse a ellos sin pensarlo dos veces: lo nuevo te empuja adelante.)

Tu rara gramática del sinsentido y lo objetual depara dolorosos acontecimientos. Es una selva inexplorada aún, sin el bagaje defensivo necesario, de modo que estás expuesta a todo tipo de ataques y agresiones, por lo alto y por lo bajo, desde todos los lados. ¿No te bastaba el vocabulario cercano de la figuración? También ahí anidan infinitas versiones todavía invisibles, sugestivas combinatorias capaces de airear múltiples variaciones formalistas. Y ello con la materia ancestral del pincel y el pigmento, del palillo y el barro. Recapacita virgen necia, y toma el camino correcto de lo milenario, el éxtasis del símbolo y de lo humano.

¿Es lo nuevo lo no-conocido?

Nuevo es lo que ha de emerger a la realidad de una manera u otra; no-conocido puede que no exista nunca. En ese territorio de lo no-conocido es donde me muevo. Esa certeza es lo que me hace estar segura de que lo físico, lo material, el objeto al cabo, sea sólo la punta del iceberg, sin que eso presuponga conferir al concepto, al pensamiento, un papel “escondido”: lo que queda por debajo de la parte visible de la obra es lo extraño, lo no-conocido, el territorio virgen para el artista y que es por donde traza sus idas y venidas, su agotadora excursión por lo ontológico, incluso es la región de lo sublime, otro lugar y otro tiempo donde nadie puede seguir al artista porque él mismo y su obra se tornan invisibles por innominados e ignotos.

La estética es exclusiva del ser y las cosas  de lo humano.

¿Y los otros, los de delante?

Actúan. Son lo otro.

Diseño mis obras sobre papel.

El alzado tridimensional, su estructura visible, real, sólo es la última etapa (y la más grosera) del acto creativo.

Cuando termine la guerra haré que me las fabriquen con materiales vírgenes en el mismo Vietnam.

Ítem.

Siempre fui precavido: las manos, las de otro.

Hasta me llamo Smith: el nombre perfecto.

Existen las fábricas, las componendas impecables, los tornos que miden hasta el milímetro, la precisión industrial en un trabajo bien hecho y revelador de la mayor pureza: los mejores acabados. Bonito eslogan.

La buena nueva.

Este es el nuevo arte.

Parece raro…

¿Qué se pensaban? Yo no iba a morir en el empeño. Ser artista es algo muy inferior a ser un “hombre sin patrañas”. En realidad, el arte es una curiosidad, quizás también algo parecido a la cultura y, sobre todo, y muy especialmente, una adición nominal que te permite la extravagancia y la ocurrencia más demenciales sin llamar excesivamente la atención. Si, además, ganas dinero, la palmadita en la espalda, la zorra bajo las sábanas…

La conciencia en su sitio: dormida, anestesiada por el logro.

Y, desde luego, la antítesis de lo inmediatamente propuesto. Es el único lugar donde uno puede administrar su talento con frialdad y libre de competencias adolescentes.

Yo envío mis ideas escritas y dibujadas en un papel a la Welding Company, en Newark. Ellos fabrican mis obras. Respetan íntegramente mis instrucciones. No hay sitio para el error. Cuando llegan a mis manos perfectamente embaladas, sólo hay que montarlas o disponerlas sobre el suelo de la galería. Eso puedo hacerlo yo, o puede hacerlo otra persona obediente. ¿Qué importancia puede tener para el espectador, para ese tipo vulgar y anónimo cuya única misión es contemplar el trabajo de los demás? Nunca debimos dejarle entrar a olisquear en la cocina. Esos son los errores del pasado que me dispongo a combatir. El espectador en su sitio, detrás de la raya roja; nosotros, en el nuestro. El arte, al menos por el que yo abogo, tiene mucho de alquimia, de arcano. Un código conceptual que guarda algún vínculo mental con los llamados “misterios de la tribu”, sólo el brujo se halla en posesión de sus poderes y gracias. Sé muy bien qué hace que mis obras resulten de una manera u otra, y cuál debe ser el orden de su disposición. Antes, he pensado durante mucho tiempo el material que va a configurarlas, la textura, el brillo o la pátina que debe ennoblecerlas, la forma que las delimita y las convierte en objeto artístico, las relaciones espaciales… Y ello de gran pulcritud, de aséptico acabado, meticulosa perfección. Impersonal, objetivo. A veces, uno alcanza a ser genial… Si se me permite decirlo de ese modo, en fin… Nada en todo esto es sencillo, y queda muy lejos de lo simple, puesto que los factores que se conjugan en el proceso llevado a cabo suponen una gran meditación. Una modesta línea sobre el papel puede obligarme a permanecer durante horas bajo la luz de la lámpara, el círculo o el rectángulo son capaces (lo sé) de llevarme a la locura en cuanto me descuidara, la geometría reflexiva a la que someto el objeto, su enmarque en el espacio, logra conducirme casi a la extenuación. Mucho he de pensar. Mi arte es pura reflexión, su esencia más verdadera. La conversión de las escalas es algo realmente enervante, las pátinas finales, los perfiles extremados, y la luz… Realmente, se trata de una matemática fatigosa a la vez que… intrigante. Sí, esa es la palabra. Y nunca cesa la inquietud, lo acuciante de la creación. Uno nunca sabe si se guiarán exactamente por los planos, si se atendrán a lo prescrito con la fidelidad debida pues, por muy meticulosos que sean, estos tipos de la Kreysler, la American Canyon o la Calson siempre encuentran un resquicio abierto en el boceto para pensar por su cuenta, para colarse con alguna ocurrencia estúpida.

¿Laicismo o  práctica sacramental?

Quien sabe…

¿Importa algo en realidad?

Un chamán obrador, teórico, parlanchín… y ecuménico: nada se opone a nada.

Se trata de obras inmortales, imperecederas en el tiempo: aquéllos que las fabrican siguiendo tus instrucciones en una cuartilla pueden repetirlas cuantas veces crean necesario. La obra es lo desechable, la encarnadura tenaz del concepto y el plano escrito en un papel.

Si logras dejar en blanco el maldito cerebro del espectador, aunque sólo sea por unos instantes, la flecha ha dado en el blanco. La diana es la nada. ¿Sabes qué significa exactamente ese cerebro vacío? Pues que ahora es una caja a la que puedes ir arrojando en su interior todo aquello que se te ocurra. Estás creando un maldito lenguaje desde el cerebro hueco de ese tipo poco menos que alelado hacía unos momentos.

En pos de la proporción áurea.

El número de oro, la fórmula del universo.

Luego, todo se desvanece como el agua entre los dedos.

1966, Nueva York. Por entonces…

Una panda de empleados (libreros, recepcionistas, vigilantes) del M0Ma (no parecía una casualidad) comienzan a levantar catedrales, a erigir culto a nuevos dioses, pues los antiguos han quedado sepultados por el rezo salmódico, una cháchara monótona  carente de sentido.

¿Cuál es el nuevo arte? Qué pregunta. El último en asomar la testa por encima del fango de las pasadas lluvias.

La propuesta: un aburrimiento técnico, lo raro que se torna clarificador, lo nebuloso que termina perfilando la forma perfecta.

Ítem. Lo judío es lo perfecto.

Y, en seguida, la cháchara.

El arte es un lenguaje universal… Mentira: exige la traducción, la exégesis: una comprensión de sus mil idiomas en ese silencio mayestático donde se ha posado. O su contrario: el sacro enredo ininteligible, inaudible, de una invidencia flagrante a tenor de su desnudez comunicativa aunque hábilmente catapultada a lo metafísico a través de la misión propagandística de los actuantes de la pluma.

La hermenéutica y sus entusiastas afiliados terminan por otorgar patente de genialidad al cachivache, al futuro pingajo mercantil y museable.

¿Qué lógica ampara tal morfología de lo pulcramente reducido a niveles artísticos mínimos, apenas tocable por su propio creador?: Lo puramente formal, una ordenación carente de misterio y de la sucia huella de los dedos. An American Way of Life: de la limpieza más desusada al objeto del basural periférico. Un esteticismo de la geometría hermanada con lo irregular de la materia. De lo simple (el cubo, la línea, el círculo) a lo poético que anida en todo detritus, una gestalt de lo seriado como reflejo de la absurdidad que da lugar a una semántica tan precisa como descabellada frente a lo cultural e ideológico que informan la sociedad de su tiempo.

Este nuevo artista, Prometeo feliz y comodón, lejos del fuego y su chamusquina, del águila y la maldición, ya no necesita la presencia física de la obra. Le basta con pensar. “De nuevo hablo conmigo mismo”, que diría un Ginsberg un poco más borracho de lo habitual en compañía de sus compadres y todavía poco wittgensteiniano, poco esencialista.

(Aunque, calla. Como suele decirse, nunca trates de imbécil a un artista engreído, pero nunca olvides que lo es.)

La Artista Perspicaz ha acudido un día lluvioso de abril de 1968 a desmenuzar 46 Variaciones en Tres Partes de Tres Clases Distintas de Cubos.

Ella misma ya expone a solas (y sin miedo): Fischbach.

He aquí al recepcionista Sol LeWitt.

Te diré algo, dice el hombre Que Nunca Habla.

Ella escucha con atención.

“Ahora”, volvería a decirse a sí misma, sin esconder una sonrisa, “ya lo sé todo.”

Pero le atemoriza estar sola, ser solo, a oscuras en el 134 de Bowery.

Hay días que…

Sale a la lluvia de afuera, fresca y primaveral, como liberada de algo innombrable que la oprimía desde tiempo atrás, algo que no lograba definir en su angustia y que el agua clara que cae del cielo como una promesa termina borrando del todo.

No importa el orden, en realidad. Ni la pulcritud de su presentación, ni un serialismo de principiante o una matemática de bachiller. Lo que importa es el alma y su profundo galimatías, la idea hijuela de aquélla.

Impura y sacrílega, trasnochadora, transgresora, rebelde y desafiante, obscena, confusa y hechicera de falsos prodigios…, pues la taimada pretende convertir la escoria y el desorden que ensombrece los rincones y el suelo de su mugriento y herético taller en brillante oro: ¡de cabeza al Syllabus Errorum Modernorum…! ¡Y allí te cuezas, apóstata!

MINIMALISTAS: Es de los nuestros.

ELLA: Empujadme sin avisar.

¿Y tú?

¿Yo?

Sí, tú.

Pues como ese tipo que al final murió de las convulsiones que le produjo leer las obras completas de Walter Scott en doce días y medio.

Mano sobre mano.

No sabe qué hacer.

(Así que se fue a pasear al perro.)

(De haber seguido en Nueva York este tipo hubiera acabado con toda probabilidad convertido en un hombre-rata viviendo a perpetuidad entre las sombras polvorientas y fantasmales del Freedom Tunnel.)

(Las calles están nevadas. Receloso, anda por el medio de la acera. A pesar de estar arruinado guarda tamaños cuidados: teme que se desprenda un trozo de hielo de una cornisa y le abra la cabeza. ¿Quién pagaría al energúmeno del médico? Eso si hay verdadera mala suerte y no se muere.)

Te tienen como a una niña mimada, pero a la vez no te suponen ninguna heteronomía aplastante ni en el arte ni en la vida.

¿Y ése que contigo va? Un escritorzuelo del demonio. El cronista del pasado que se aburría y bajó a la tierra, un seudocreador de puñados de planos interrelacionándose donde termina borrado finalmente a despecho de su omnisciencia. La sombra de una sombra. Un notario que levanta actas de materiales apócrifos, retales deshonestos, suposiciones, mentiras… Un negro con el depósito de la estilográfica demasiado cargado que mancha de tinta azul (la sangre más repugnante y cobarde) todo aquello que queda a su alcance.

Ella: necesita todo el espacio y mucho más de seis días. Es la Diosa. Y no descansa el séptimo día. ¿Para qué? El tiempo vuela.

Tampoco necesita un hombre a su lado.

Es una diosa, y eso es mucho más que un dios.

Aunque si cometes una transgresión tal vez sólo seas impuro hasta la puesta del sol (Levítico, III, 11-24).

Sed santos, porque santo soy yo (Levítico, IV, 19-3).

Ella, pura o no, improvisa levíticos, autos sacramentales de propia inspiración.

He aquí, mis hermanos en la muerte del arte, su Kashrut, un conjunto de leyes que no ha de demandar la consigna ni la prohibición en ninguna de las manifestaciones artísticas del futuro. Ejerce el libre albedrío. La fe sólo es el vacío, el miedo a la nada.

Este es mi cuerpo: comed de los pies a la cabeza.

Eva, hoy, es la nada, está en la nada.

Este es mi espíritu: bebed.

La libertad absoluta: mente, cuerpo y materia forman un revoltijo del que la afición ha de nutrirse.

1948: Así pues, dedico este modesto dibujo a mi daddy y al público en general.

Porque su vida en nada se parece a la de los otros, y sus sendas son extrañas (Sabiduría, I, 2-14).

¿Acaso no era su propósito vaciar la obra de toda condición estética aun sin incluirla en el discurso diario de las trivialidades humanas? Tal vez el arte, el objeto final susceptible de especulación y observación descabellada sea un maldito juego, un entretenimiento, pero no lo es en modo alguno la intervención del artista, levítica y solitaria, de recogimiento, y el proceso coadyuvante de su plasmación.

Y he ahí el fracaso, pues más tarde o más temprano, dependerá del cambalache programado, la obra adquiere una validez financiera (cuando no la tenía estética por deliberación), o plástica o histórica: se ha convertido en un producto artístico lo que sólo era lo residual de un proceso mágico, alquímico, esclarecedor y luminoso como el rayo gótico que de improviso recorre la oscuridad del espacio sagrado de la catedral y desvela el caleidoscopio de las vidrieras.

Una obrera del arte: unos, se manchan; otros, se envenenan. Los demás son los farsantes que comercian e inflan sus estómagos de aire: porque es desdichado quien desprecia la sabiduría y la disciplina, sus esperanzas son vanas y sus afanes estériles (Sabiduría, I, 3-11).

Come resina, respira óxido, úntate de cáncer. Muere por tu obra. Si es preciso, te cortas una oreja, te descerrajas un tiro en el pecho y tardas dos días en morir yacente en un camastro de la buhardilla como el bueno de Vincent. ¡Bella agonía!

Puedes ahorcarte. Estrellarte con un automóvil. Cortarte las venas. Arrojarte al vacío. Galopar a lomos del caballo con la lanza de Thor clavada en el brazo. Ser más hombre que artista (o ser sólo hombre).

Y entonces estará el justo en gran seguridad frente a los que le afligían y menospreciaban sus obras (Sabiduría, I, 5-1).

O ser Picasso, sencillamente: El Gran Español Feliz.

Para todos los niños felices el dibujo es una magia, los palotes de colores ni son símbolos ni analogías, ni metáforas ni apelan a lo connotativo; denotan, sin adjetivaciones de ninguna especie, la más determinante de las simplicidades informativas: son una realidad que representa a papá y mamá y a toda la parentela con la mayor exactitud posible acompañados de la casa sobre la tierra verde y el árbol recto a la derecha (y las nubes algodonosas y blancas recorren el cielo azul, y, a veces, a un lado, también se ve el coche marrón, o negro, o azul, o rojo, o amarillo: el cromatismo es una cuestión muy personal; lo que no pintan nunca los niños es un coche blanco, no entienden la invisibilidad, se aferran a lo concreto).

No crezcas nunca: anda de luna de miel con el mundo hasta los 90 años bíblicos,  picassianos, dibujando palotes, las emociones chafarrinando.

Y la muchedumbre, seducida por la perfección de la obra, al que hasta entonces honraba como a un hombre, le miró como cosa sagrada (Sabiduría, II, 14-20).

Así que 2.000.000 de dólares esa pequeña reunión de materiales imperfectos que de tan sagrados no se pueden tocar en virtud de su fatal delicadeza: pueden convertirse en polvo, pues el tiempo ha desustanciado su materia que a duras penas se sostiene. Se está desmaterializándose, en nada ha de quedar: blanco.

Has obrado correctamente. Has logrado que otros especulen con el concepto, la no-materia, la sola palabra, que es aire y el viento se la lleva: “Pagan la nada, las palabras que nada son y en el aire se desvanecen.”

Tu arte es una negación: invalida el objeto y su miserable adición de valor de cambio. Y, sin embargo…

Sé como quien, sabiendo, sabe callar (Eclesiástico, I, 32-11).

Nada digas. Sueña.

Pero también esto es vanidad: todos sus días son dolor, y todo su trabajar fatiga, y ni aun de noche descansa su corazón (Eclesiastés, 2,23).

¿Por qué creerle? (Respecto a su arte.)

Y ella: ¿Por qué creerles a ellos? (Respecto a sus medicinas.)

Desahuciada, se precipitó desnuda y con la sola arma de sus manos en la selva, cualquier cosa salvo el encarnizado enemigo que corría tras sus espaldas en forma de quirófano y radiaciones.

“Hahnemann, supongo.”

“Sueñe, mi querida amiga.”

Bastan el aire, y el agua, y el calor del sol…

Lo mitómano. El violeta es el color de los dioses.

“¿Sabes lo que significa Häagen-Dazs?”