domingo, 1 de enero de 2023

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29 mayo  2011

 

Distinguido Señor:

A instancias de nuestro común amigo Dn. n  -----------------   nos permitimos dirigirnos a usted a fin de hacerle llegar una propuesta de inversión financiera de gran alcance.

Le rogamos que lea con atención la siguiente propuesta de participación.

Querido amigo, nos hallamos en pleno proceso de crear un FONDO DE INVERSION que garantiza una renta final del 600/750 por cien a los diez años exactos de su fundación. Quizá más.

El asunto consiste en hacernos con un patrimonio artístico del orden de unos 1.000/1.500 millones de dólares en un año, a lo sumo en 18 meses. Por supuesto, nos referimos a obras de arte contemporáneo. Los artistas elegidos han de ser aquellos de los más renombrados en nuestros días que aún no hayan sobrepasado los 35 años de edad, y cuya cotización actual se mueva en torno a los 100.000 dólares, ya que es en este segmento del negocio artístico donde se activa una revalorización constante a medio plazo (5/10 años), espacio de tiempo contemplado a su vez por nuestra comisión de estudios financieros en el diseño de la operación a la que le invitamos a integrarse. Como preferencia absoluta, y salvo alguna excepción, el punto  de partida es seleccionar trabajos sobre soportes tradicionales. La práctica totalidad de los artistas que barajamos en esta fase primera de nuestro proyecto son nombres ya consolidados en ferias como Art Basel,  Art Basel Miami Beach, Kassel, Venecia, la Tefaf de Maastricht y en emporios culturales de la dimensión de Nueva York, París, Londres, Berlín y Tokio. Podemos agregar algún artista conceptual con abundante obra gráfica y, por supuesto, ya muerto, museable y de alza contrastada, del tipo de Eva Hesse por ejemplo. Lógicamente, hemos recabado la opinión de expertos y profesionales del sector con la finalidad de proveernos del material adecuado, si se nos permite la expresión. Contamos con la colaboración de un grupo selecto de asesores en Art Market Studies con sedes en Zurich y Boston, así como la cooperación de curators, marchantes, museos del más alto prestigio y galeristas que avalarán nuestros proyectos de adquisición iniciales y posteriores ofertas y subastas públicas. En este punto, es nuestro deseo informarle que de entre los galeristas convocados se hallan los 25 ó 30 que a nivel mundial deciden verdaderamente lo que es o no importante en el arte global de nuestro tiempo.

Una vez constituido el FONDO DE INVERSION pondremos a la venta cada año entre el 10 y el 15 por cien del patrimonio reunido. Al cabo de los diez años estipulados, se repartirán los dividendos y el Fondo dejará de existir.

En la confianza de haber suscitado su interés, quedamos a la espera de sus prontas noticias.

Reciba el testimonio de nuestra consideración más distinguida,

                                                                                                      Atentamente,

 

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Invisible. ¿Cómo darle forma? 

Sin el tóxico de lo intercambiable. Es lo que es.

Y la incertidumbre, una incógnita por resolver de una ecuación humana, demasiado humana: podría no ser arte. De ahí su lenta desaparición hasta la nada, de ahí su clave.

Hesse, los materiales de tus viejas obras son ya un puro guiñapo, se caen a pedazos, pero he aquí que, convertidas en pingajo museable, alcanzan de promedio los dos millones de dólares.

Entretanto, genio, el diálogo está servido entre tú y yo.

Pero, ¿es que hay algo más importante que ello?

¿Dejaremos impunemente que cualquier cosa, la misma obra, por ejemplo, se interponga entre nosotros?

De ninguna manera, artista, ahora que ya nos conocemos.

Nada por aquí, nada por allá: la obra ha desaparecido.

¡Bonita magia, hechicera!

¿Qué hay de mis dos millones de dólares?

1970, antes y de la inversión financiera de gran alcance y de su revalorización subsiguiente.

En el 1275 de York Avenue.

Sloan-Ketterig.

¿Y eso?

Son especialistas… Lo mejor de lo mejor.

Soy pobre.

Convendría estudiar el género y las condiciones, aparatos, personal.

Ya…, pero soy pobre…

Directa con el tumor a cuestas al New York Hospital.

El Falso Periodista la mira sin tener una sola idea clara en la cabeza, un tipo venido de fuera y que posiblemente no tiene ningún destino de importancia por delante, que empuña la pluma como arma de defensa, un tipo que ahora, en esta tarde gris y oscura, de colores desfallecientes, ya en su guarida de cucarachas de Queens, con el único combustible de dos perritos calientes en el estómago inyectando una buena dosis de química maloliente en su metabolismo, tan listo que parecía, no sabe por dónde empezar en el momento de sentarse ante la máquina de escribir  provisto de un cartón de Lucky Strike sin filtro, media botella de bourbon y el cuaderno escolar lleno de notas enrevesadas y con toda probabilidad inútiles en un intento de recuperar el latido, el aliento y la feble presencia de la enferma, los colores y olores clínicos, la luz sin cortapisas de lo enfermo. Ni siquiera sabe explicarse lo que hacía allí, cuando consiguió entrar en la habitación blanca, ni antes persiguiendo cegato y titubeante un fantasma por las calles rectilíneas e interminables que acuchillan el horizonte de una ciudad que no conoce, una región extranjera, profana y sacrílega en la que imperan leyes que no entiende y que obliga al desafío constante y abrumador en el mismo momento que uno se pone en marcha.

¿Podría decirme…?, había preguntado el pobre imbécil horas antes, balbuciente y desarmado a pesar de la pluma en la mano y la boca abierta, con su facha de reportero impropio.

La artista le miró con lástima, pero en seguida apartó la vista. Cerró los ojos y, en silencio, se dio la vuelta hacia la ventana verde y blanca por donde entraba una brisa cálida y matinal aliviada por el frescor abrileño del East River no demasiado lejos de allí. “Y estaban aquellos colores, siempre los mismos en la agonía mañanera”, pensó El Cronista más tarde, emboscado en el metro camino de Queens.

¿Qué fue el principio?

¿De qué oscuridad nacía?

¿Por qué tuvo que empezar todo?

Yo quería pintar como un niño, dijo Picasso: tuve que malgastar muchos años de mi vida hasta conseguirlo, afirmaba en La Californie, paseando entre personajes imaginarios, padres y madres y hermanos falsos, novias apócrifas, amigos inventados, artistas inexistentes, todos pintados en horas de insomnio genial. Ni siquiera eran falsificaciones de personas…, eran sólo cuadros.

Ser niño como se es Adán en el paraíso, inocente, inventando los nombres de las cosas, puro y genial, creador de presas y cazadores en la cueva. Ser hombre como se es niño, severo y colérico, fantasioso e inventor, extravagante a todas horas. Ser chapucero y genial. Como solo un niño puede serlo: con todas las de la ley.

La mujer tumbada, con los ojos cerrados, vio el futuro: era como esa mañana cálida y luminosa,  pero ella no estaba allí.

“Empecé con una venta de poca monta”, recordaba en 1970 la artista sin despegar los labios agrietados, atada a los dos goteros siniestros, a punto de empezar la primavera más allá de la asepsia  y estrechez de la habitación…

Cinco centavos de 1941. No era moco de pavo.

“¿Y esto?”, preguntó su padre a punto de salir a la calle, trajeado, con el sombrero puesto, examinando el dibujo a la par que entrecerraba los ojos risueños. Era otra mañana de primavera, acuática y nítida, con los mil olores de la vida de afuera entrando por la ventana abierta.

La autora de la osadía tuvo que explicar el mundo que había construido entre los cuatro bordes de la página, donde se sostenía  todo el universo.

Veamos.

He aquí el cielo; he aquí la tierra. He aquí sus cuatro pobladores.

Etcétera.

A su padre le complació la respuesta. Le compró por un precio justo el dibujo.

Los colores eran un tanto arbitrarios: había un árbol de hojas azules y la tierra era amarilla. También había un coche volador y una piscina vertical, según aclaró a la pregunta de su padre, a quien le costaba aceptar una piscina vertical, y a lo que la artista replicó sin perder un segundo que ella la veía así, y fue entonces cuando su padre comprendió que a una niña de cinco años recién cumplidos no le era muy fácil representar una piscina horizontal cuando a esa edad lo que se siente por la perspectiva y la regla anatómica es algo parecido al mayor de los desprecios, ¿no ves el agua azul?, le había reprochado la hija ante su extrañeza, y el padre no tuvo más remedio que asentir en silencio a la vez que miraba convencido aquella cosa oblonga coloreada de un azul profundo que se erigía a lo alto junto a los árboles de ramas y hojas también azules, efectivamente era una piscina, y era una piscina vertical, y era de verdad, porque allí se alzaba y eso era algo que nadie iba a poder negar.

Los personajes eran de mentira, pero eran, aseguró la pintora para confundir aún más al personal.

Al fin, tuvo que aceptar la realidad y confesar que estaba contando una historia. De hecho, estaba deseando hacerlo: papá, mamá y Helen. Y yo, puntualizó señalando con el dedo la cuarta figura, enorme, mayestática, y con una gran sonrisa en la cara redonda semejante a la luna llena que flotaba en el cielo diurno junto a un sol en forma de patata. Allí estaba ella, de pie en el centro, en un primer plano, sosteniendo un muñecón, justo debajo del coche volador que también surcaba el cielo. En el dibujo su hermana, casi una enana, tenía la cara roja, pero roja como el jugo de un tomate, un rojo chillón, los ojos asimétricos blancos, sin pupilas, y el agujero negro de la boca justo al lado de una gran nariz verde, un apéndice descomunal. El día anterior, camino del colegio, la artista se había enfadado mucho con ella, ¡pero que muy seriamente!, a causa del robo nocturno de un lápiz de su plumier que su hermana no tuvo más remedio que admitir ante la presencia acusadora del mismo en su cabás, y ahora esa ladrona confesa estaba pagando las graves consecuencias de su acción: la veía como a un monstruo. Eso es lo que sentía. Y así la pintaba.

Relataba lo que sucedía, la niña de la cueva mágica. Porque ella no pintaba Kopffüslers, nunca lo hizo, repetía hasta la saciedad: contaba historias.

Su gramática es todopoderosa y fértil. En ningún instante puede olvidarse que ella, la artista, es una diosa, de esa clase que no renuncia jamás a sus privilegios ni a sus calculados desmanes. Su gramática alzada en la bruma lechal del jardín de los gigantes y los mitos es una estrategia silenciosa que ha dado lugar a un lenguaje lleno de significados: ha creado unas reglas que haciéndose invisibles logran una apariencia muy sedimentada de sueños y horrores, una amalgama unitaria donde sólo sobresalen los residuos gráficos de lo real encallado en lo más profundo de su alma secreta, niña y picassiana.

1946.

¿Quién es esa señora Eva Hesse que se acuesta con su padre?

Déjala, pues ya es crecida y más poderosa que tú.

No ha venido del infierno, pero no la han arrojado los cielos a la tierra con la gracia con que dejan caer la lluvia, la guardan los avatares.

Es la vida, pequeña Hesse, que te asalta al doblar una de sus esquinas y coloca frente a ti una luna agrietada donde puedas contemplar tus presentimientos y tus derrotas: una madrastra (la del cuento) te suplanta, te ha usurpado hasta el nombre, anticipa tu cáncer, te roba el padre, esa perra.

Ahora ya vive en el terror.

Se estrechan las paredes, el suelo y el techo de su celda, segundo a segundo, milímetro a milímetro, comprimen el espacio, nada puede detener ese fatal desplazamiento, se empequeñece el aire, la materia, la visión, el aliento, y cada vez más las ranuras siniestras e invisibles por donde se deslizan los cuatro planos del crimen aproximan a ella, inexorablemente, la losa invencible que va a aplastarla, va descoserle el cuerpo, abrir un boquete en la charca de su cerebro, reventarle los ojos. Todo va a ser una explosión blanca. Un final inevitable de luz poderosa y unos fuegos de artificio bellísimos y efímeros que matan.

Porque antes del desvanecimiento último, del que ya no podrán rescatarte, la sensación postrera debe ser la de sentir un mar que poco a poco te anega por los cuatro costados hasta que te sumes en un vértigo placentero, analgésico, una lengua de fuego atornasolado, cambiante y luego, tranquilamente, la gran ansiedad  blanca, como la fuerza del sueño que tan suavemente te atrapa en la inconsciencia, sin ruidos, sin forzamientos.

Me legitiman mi credulidad, mi servilismo, mi humildad. Necesito estar viva. ¿Cuántos lo desean realmente? Sé (y desprecio) de quienes quieren seguir vivos no porque amen la vida, de la que ya nada pueden esperar más allá del aburrimiento, el sueño y las funciones y necesidades fisiológicas, sino porque sienten un auténtico terror hacia la muerte. Destruida la materia física, volatizada, se horrorizan ante un hipotético sufrimiento de la mente durante todo una eternidad tan improbable como sus castigos.

Hay que verlos (antes y después) a estos jóvenes cachorros ahora moribundos o agostados. Los veo.

Los imagino estériles y agónicos. Muchos de ellos se desgajaron sin norte de la diáspora maltrecha y polvorienta que se dispersaría a lo largo y ancho del mundo desde las granjas y praderas de Bethel y White Lake finalizando el verano de 1969. Habían comprado por 18 dólares una entrada con derecho a permanecer en el paraíso tres días emborrachándose del estruendo de la música. Ninguno de ellos sabía que la lluvia y el barro de Woodstock clausuraban una época de esperanza e ilusión aunque no se supiera muy bien de qué. Exactamente un año más tarde el maná de la pacífica saturnal que había rugido sobre el escenario de 30 metros se pudría en los corazones apagados de Jimmy Hendrix, Jim Morrison y Janis Joplin.

“Estuve allí” (como un muerto), dijo uno recién salido de un mal trip de LSD. Hasta nosotros ha viajado sin alas. Desde aquella libérrima nación sin fronteras que sólo estaba encerrada en la cabeza de sus magníficos y andrajosos habitantes.

Las obras… como una narración interior, sin trama y, suceda lo que suceda en el ánimo de su contemplador, verídicas. Esa es la propuesta. No una ilusión óptica, algo en lo que nadie pueda incurrir jamás observándolas: obras sin trucos, palpables, reales e insobornables ante cualquier juicio peyorativo o paternalista, descalificador, puesto que se encuentran a salvo del recurso comparativo. Libres de una preceptiva paralizante, los tinglados plásticos de nuestros días avanzan desde la insolencia hacia el cerebro del espectador.

Darwin en el arte: la adaptación al medio, una selección natural…

No es ironía lo suyo, es sarcasmo, una carcajada hueca exclamada por la artista con la mayor educación.

(1995). Por vía postal le llega a El Recolector el último regalo (y, además, como una bofetada póstuma) de Raymond Theodore Yeats: una docena de sobados ejemplares de segunda mano (!?) de Playboy de los años sesenta y setenta con relatos más bien alimenticios de Cheever, Capote y compañía, no obstante todos dignos de lectura. (Curiosamente, lo que es motivo de reflexión, las páginas más manoseadas son los textos a toda caja de esos tipos y no las que muestran obscenas las minuciosas fotografías de las vaginas entreabiertas de las espléndidas modelos.)

Devana la madeja:

Si fuera sirena:

abre y quita las vísceras, las espinas inútiles, limpia las entrañas, laña la rosada carne, alimenticia, y el olor salado del mar que le hace la boca agua. Y, finalmente, la estudia hasta llegar al abismo de ella, a la negrura de la nada antes de ella y después de ella.

El arte como forma de pensar.

Pero el arte sólo son imágenes, le dijo.

Puedes pensar a partir de ellas, le contestó.

Prefiero pensarlas antes, le replicó.

En realidad, puedes hacer lo que gustes (y se encogió de hombros).

De cualquier forma, acordaron los dos, el arte es un buen lugar donde defenderse de todos los deterioros… Imaginarios o no, todos hacen daño.

Esta idea requiere un encuadre amplio…

“Anduvimos entre angulares”, dijo.

Cociente: divide los años entre el divisor de los logros.

Mal resultado para la colegiala lista. Al final, se diría que una termina en lo residual, entre los restos del naufragio propio y el de los otros.

¿Qué queda de su obra? Un pecio casi miserable, unos despojos que los espectadores se empeñan en malinterpretar.

En los últimos días de su vida el aire de la habitación parecía impregnado de un olor a leña quemada, fragante y limpio, como el que emana la tierra caliente de un bosque de pinos bajo el sol de agosto.

Un siglo antes: En el edificio del Sloan-K., en la 64 con York.

“Dese por salvada (¡!).”

El Cronista: “Le aplicaron un programa intensivo de quimio y radioterapia (sic)... ¿Qué pretendían? Sin duda, mantenerla viva pero moribunda, decrépita pero no hecha pedazos todavía. Esto es un negocio, como otro cualquiera…”

La gente tiene miedo al dolor, a la  muerte. Y donde hay miedo y dolor hay dinero y tipos que terminarán haciéndose con él sin el menor miramiento una vez fabricada La Gran Barraca De Feria De La Supervivencia. Uno paga lo que sea (hasta lo que no tiene) por seguir vivo: la última compra, con tarjeta de crédito o sin ella, en efectivo (se enteran los comerciantes de hombres, ellos se enteran, y a los moribundos les anulan las tarjetas sin contemplaciones).

Ha cumplido los ritos. Se halla en calma y bien dispuesta para el sacrificio de la moderna terapéutica: se ha bañado a conciencia y, limpia y sin olor, ni siquiera es un cuerpo de sufrimiento. El alma en carne viva.

Espera.

Todo va a ser una gran espera a partir de ahora.

Tú te mueves en el Tiempo… esa gelatina invisible, pegajosa, mortal.

Ya en bata, era incapaz de leer  y de reflexionar debidamente en la sala de espera que antecedía a las devastadoras sesiones bajo la bomba. Sentada junto a otros pacientes, sin moverse un ápice en la silla, se limitaba a observarlos a hurtadillas y apenas prestaba atención a la vulgar música ambiental que siseaba desde un ángulo en la pared. Calculaba quien tenía esperanza y quien iba a desistir; quien se aferraba a la vida con desesperación y quien simplemente se dejaba llevar de la mano al infierno sin esperar demasiado un milagro. Entretenía sus pensamientos lejos de allí y su tremendo destino sólo con la vista, sin rebeldía, dibujando los perfiles de la miseria de esos seres humanos junto a ella cuya caducidad ya les alejaba del mundo, los anclaba en la antesala de la desaparición que resultaba ser ese rincón oculto a las grandes aceras pobladas de gente de la vida del exterior.

Luego, condenada e inclinada bajo el peso de una gran culpa (¿qué pecado original te castiga a una fábrica de carne y huesos imperfectos, podridos antes de hora?), la conducían por un largo pasillo iluminado por una extraña luz verde y azul, marina y espectral como los sueños del amanecer, hasta que llegaban al lugar del ruido blanco y se dejaba hacer como un animalillo indefenso.

Niños calvos en sillas de ruedas con una marca negra; viejos que no parecen asustados, sólo molestos por estos últimos trámites antes de la muerte. ¡Qué fastidio!

En la habitación amarilla de la gran máquina amarilla.

Bajo la bomba de cobalto.

Fijaos: se dejaba hacer.

Tu arte enfermó, comenzó a supurar puses y pestilencias, y ya veneno, se produjo su muerte por autointoxicación.

Partenogénesis admirable a la inversa.

¿Cuál fue su mal?

(Sin causa aparente…)

Idiopático (dijimos sin saber de etimologías).

¿Y tú?:

Tengo una personalidad esencialmente botánica, me gusta la luz del sol y la busco incluso en los días más ardientes del verano, me gusta estar quieto en sitios apacibles y hacer el menor ruido posible, odio todo tipo de agresiones. Y, como me gusta recordar del otro, me atan a la tierra misterios mucho más fuertes que las raíces.

En MacDougal Street: compra vestidos indios, largos y vistosos. “Soy guapa”, dice a punto de echarse a llorar.

Un día mira de frente a la Máquina Amarilla: podría hacer una obra de arte con ella, dispone de lo preciso: alambres, conos de plástico, botones...

La antesala del infierno.

Miraba las montañas como si fuese edificios: ruinosas y viejas unas, aplastadas bajo el peso de los siglos; nuevas y de perfiles nítidos otras, todavía alzadas al cielo, desafiantes y jóvenes. Comprobaba la línea irregular, los volúmenes y los planos. Miraba las montañas como si fuesen esculturas.

Todas diferentes, vivas y pródigas de árboles y plantas, de seres alerta, en movimiento. “Crea, artista, la gran naturaleza”, se dice El Memorialista reprimiendo la lástima. “Y también los paisajes interiores.”

Estamos en La Era de los Trucos. Llegaron las picardías, que dirán mil años después respecto a una cultura cuyos muros aristocráticos, ruinosos ya de brechas, dejaban entrar lo banal a raudales.

Si las obras de arte del pasado eran ilusiones, ahora otra forma de ilusión y magia más perversa trasciende aquéllas y convierte las artes en el espectáculo de lo aberrante (un monstruo amorfo e inextinguible distante de las tecniquerías seculares).

Febrero de 1960.

Los muertos tenían un precio: ya que una vida es imposible de evaluar antes de su exterminio, una vez consumado éste se justiprecia el cadáver, el anillo, los dientes de oro robados.

Auschwitz: las diferentes partidas (investigación, interrogatorio y arresto, personal especializado, transporte y desplazamientos, infraestructuras, personal de vigilancia y selección, suministro de gas y crematorios) constituyen una suma no despreciable que es posible establecer si uno pone la atención debida en la tarea.

Así que, sino las cenizas en una urna de alabastro, le ha llegado a sus manos el legado póstumo de unos desconocidos engullidos por el abismo de la historia. La sangre que se desliza por sus venas contiene corpúsculos de aquellos exterminados. Una compensación al menos que mitigue la estafa criminal perpetrada sobre ellos.

Te envían el dinero desde el infierno nazi. Y, tú, lo aceptas, vampira: la sangre de tus cuatro abuelos.

Una fortuna: Eva Hesse recibe 1.300 pavos.

Si una es artista, eso, mil novecientos sesenta y Nueva York son la eternidad. El horizonte nítido y azul más allá de los estuarios del Hudson y el East River es la meta, aquello que nunca se palpa pero que hace que la carrera tenga sentido.

Un motor en el culo que propulsa al infinito: la calma y el cálculo son los mejores consejeros para batirse en las lides de las exposiciones, las galerías y los marchantes, y también entre la turbamulta y locura de los otros artistas.

Pero aún habrá que librarse de la confusión: se autodenomina pintora, como Pollock, De Kooning, Johns, pinta mujeres grises y cetrinas, amarillas con los ojos muy abiertos al dolor de lo femenino, el silencio de las muecas. Paciencia, pues, en esta excursión inicial de desatinos: ya encontrará el camino correcto.

Hasta que un día (acabados los 1.300 dólares) se daría de bruces contra los claroscuros y los trastos oxidados de El Gran Almacén Destartalado, una buena provisión de vocabularios para El Futuro Discurso de la Escultura cuya hazaña nutricia posterior se basará en la chatarra y el trasto.

Decididamente, el ejército de sombras mujeriles cayó en el olvido hasta que en el año 2000 ciertas operaciones financieras las rescataron para la compraventa beneficiosa. A pesar de los precios desmesurados, intercambiables e indiscriminados, son los espectros menores de un imaginario mediatizado por la pesadilla adolescente, el desollamiento intelectual de unos traumas ajenos a las leyes de la inteligencia pictórica. Nunca más se supo que garabateara unos rasgos o una figura en un papel. Los monstruos, aun compartiendo las alucinaciones de un doctor frankenstein, se fabrican de otro modo lejos de las hechuras humanas: se las suplanta con otras más oscuras nacidas de lo inmensurable, de la razón dormida que certificara Goya.            

¿Cómo habla el cerebro? ¿Y las manos?

No como las tripas, la garganta, la lengua…

“He ahí mis ruidos”, dijo.  

Y, luego: “Necesito espacio.”

Los materiales del desecho y el desperdicio son los más grandilocuentes.

-¿Hablaría el psicótico con la misma jerigonza a como se ofrece a los ojos el enunciado de tu obra? ¿Destruiría el loco lo que ve, que no es sino un desorden sintáctico de lo representacional, una imaginación?

-Si esa destrucción fuera posible, tal vez en alguna de sus combinaciones mentales llegase a representar algo… Sin embargo, cuesta creer que pudiera deconstruir lo que ve, puesto que más allá de un lenguaje se halla frente a una forma, una composición que se alimenta en su primera apariencia tan sólo de lo visual sin que quepa descifrar sentido alguno: el loco no puede destruir lo que nada expresa. Para él, no es. Él busca objetos, ideas, lenguajes abatibles. ¿Qué clase de satisfacción va a encontrar ahí? Pasa de largo el loco, se adentra pacíficamente en sus imaginaciones. Prefiere sus pesadillas y sus enigmas, el Gran Discurso Ininteligible que amedranta sus días entre masturbaciones y alaridos.

Atemorizada (comprometida) por la revelación de que sus manos han de huir de lo iterativo en el arte, de la perífrasis abundosa aunque indecente, da comienzo a la fabricación (exactamente, ésa es la palabra) de un lenguaje hacia atrás, un lenguaje azul que retorna a los principios donde la forma era el caos, la suprema imperfección, el caos en estado puro, fusionable. Este arte desprovisto de historia, de frases hechas y significados supuestos se nutre de enriquecimientos léxicos, de giros modernos y neologismos triviales pero efectivos, de novedosas y fascinantes conspiraciones a la inteligencia. Y al alejarse de usos aburridos y corrompidos por la costumbre o la incuria, su nacimiento es el nacimiento de las estrellas. Eliminado el ornato inevitable que sólo los siglos son capaces de añadir a los primitivos dialectos, liberado de la pesada carga de su acervo, este lenguaje ha de verificar en lo grotesco e indecible de su abecedario el auténtico pensamiento sin una signología previa que interfiera sus voces visuales huyendo a lo rojo cada vez más sobrecargado, al infinito y su silencio oscuro, a lo incógnito.

El azul era simple, sabíamos de dónde procedía.

Así habla el pensamiento, lo que nace de un ser vivo sin abrir la condenada boca tan llena de resabios, mineral y muerta.

La escritura innata de la indefensión, de la desnudez. Un viaje a los antojos del cosmos, una merendola donde nacen las galaxias, los elementos pesados y la simplicidad se vuelve loca.

He aquí el dibujo de la extrañeza.

Nunca sabemos adónde huye el rojo.

He aquí el dibujo de la metamorfosis: la cópula de la materia con la antimateria: las imágenes de un cerebro no-físico.

He ahí el principio sin supuestos ni figuraciones.

Ya que dibuja pensamientos, esculpe los espacios y construye las formas ocultas sólo secretas por hallarse encerradas en la mazmorra craneal, pues…

Podemos empezar.

Es la noche. De cuando en cuando, una ráfaga helada de viento le golpea la espalda. La calle es larga, ancha. Edificios de ladrillos rojizos con puertas metálicas flanquean cada una de las dos aceras sin árboles. La luz azul de una luna extraña (azul) guía sus pasos. “Es una obra de arte”, se dice pensando en el gris. Pero no sabe en qué lugar de la ciudad se encuentra. “Es una imagen perfecta”, piensa embriagada por el desconocimiento y la ausencia de cualquier señal de vida. “Todos los peligros acechan.”

Todo lo mira de cerca. Es la directora de la función. Maneja a dos manos el espectáculo. La mandamás de la pista. Nada se le escapa bajo la carpa del circo: leones y payasos, funámbulos y forzudos, todos bailan al son de los trallazos del látigo invisible. “Queridos niños, La Gran Obra de Arte del Mundo…”

Pegado al ojo el visor que todo lo delata. ¿Y qué objetivo empleamos? ¿Qué tal un 50? No… un 75, va a resistir un primer plano. Salvo las ilusiones y el truco intrínsecos del arte, nada hay de engañifa en las piezas expuestas a vuestros ojos… ¡siempre infantiles! Acerquémonos todo lo que podamos, palpemos sin timidez su materia.

“Al arte del siglo XXI ya no le quedará ni siquiera el derecho al desafío, ni provocará desconcierto… Acaso el asombro ante la conquista del desprecio y la insolencia… ¡ya etiquetados e institucionalizados!”

Exactamente lo mismo que acaecerá a la literatura…

¿Qué me dices de la novela negra?

¿Es eso lo que ves a través del visor?

El mundo real nada tiene de telescópico, sus encuadres abarcan mucho más allá de los límites de tu pantalla imaginaria. En fin… todos los grandes escritores terminan sin afeitar, en pijama, con molestias gastrointestinales, perezosos de la ducha diaria, huraños y aburridos leyendo novelas policíacas, bebiendo whisky con agua y disimulando su estupor de viejos bajando la vista al suelo ante los ojos de los demás.

Los cincuenta.

Por el Village todavía era posible escuchar a un pianista en algunos bares.

En el principio una chaqueta de mezclilla con coderas, una corbata de pana y unos pantalones de sarga y las gafas con montura de concha están bien… y la pipa defiende lo suyo, en especial cuando uno asiste a cursos estrafalarios sobre técnicas narrativas y otra (cualquiera de ellas, Eva Hesse o la incipiente directora de teatro Judy Snows, por ejemplo) con suéter negro de cuello de cisne, trenca de paño escocés y silencios harto significativos, recién salida de La Escuela de Arte Dramático de Yale, vacila sobre cuál de los clásicos griegos es más susceptible de zarandear en una puesta de escena “absolutamente revolucionaria”.

El Acompañante, que se ha autonominado del mismo jaez que el grupo de artistas a su alrededor, está ardiendo de los pies a la cabeza. He bebido demasiado. El sol se abalanza sin misericordia sobre las cabezas y los cuerpos prácticamente desnudos de los conversadores: julio de 1970, media docena de Futuros Consagrados Minimalistas sentados en torno a una mesa ovalada ¡sin sombrilla! picotean fruslerías y beben cerveza tibia. Se hallan en la azotea de un edificio de apartamentos de la calle 52, casi al borde del East River. La tarde ya envuelta en los dorados y rojeces que salvan el Hudson y llegan hasta Manhattan está a punto de ser vomitada desde el estómago de El Silencioso Amigo de La Genio Recientemente Desaparecida. “Muchacho, estás a punto de empezar a volar como un globo.” “Una sola palabra más –un sorbo más de cerveza caliente- y verás lo que es bueno, artista-intelectual-recepcionista.”

“Un globo encendido con el peor de los combustibles: la divagación.”

“No la cambiaría por tus neones, maldito cabrón”, farfulla.

Al rato, escapa a la calle, lejos de las garras de Andre, LeWitt...

Y ahora, ¿cómo llega a casa?

A bandazos.

Hesse, su memoria emocionada, las traiciones charlatanas de hace unas horas, se han disuelto en el aire quemante de las aceras con olor a cuarto oscuro, a agua sucia, a piedra y gasolina. La grisura opresiva está a punto de ser vencida por la noche que no ha de traer la refrescante calma.

Es un blasfemo de Hesse.

(El peor, por ser el más honrado y el más menesteroso.)

“El secreto”, balbucea para sus adentros, en pleno vértigo, con la mayor fidelidad hacia la judía y sus teoremas, “no exige discreción o disimulo… Basta con el silencio.”

Que él ha traicionado alardeando de pasadas complicidades, desvelando miserablemente secretas confidencias.

Antes de desaparecer por la boca del metro, tropieza con una recua de perros monstruosos que arrastran de las correas a un tipo rechoncho y sudoroso ataviado con un uniforme verde con rayas rojas a los lados y una gorra de plato del mismo tenor encasquetada en la cabeza.

Cae al suelo. Y ya no cesa de reír como un payaso, entre lágrimas de asco y de miedo, rodeado de perros de dueños ricos que, sin dejar de ladrar, a punto están de levantar una pata y mear sobre él.

Escribe o crea: en el fondo se trata de forjar un molde de la nada que permita en lo sucesivo partir de unas características intrínsecas, novedosas, ignotas hasta ese momento o incluso en el de después. Cuestiona la definición de lo que haces, sé un poco burlón y wittgensteniano con los fundamentos previsibles de tu quehacer divino: sé bastante chapucero… o loco (aun dentro de un orden seriado).

Ella negaba. El otro la confundía. Una mística, y no debería importarle. Pero la artista no lo aceptaba. ¿Qué clase de obscenidad cultural era aquélla?

¿Acaso no mudaron el lenguaje a lo ininteligible los místicos españoles? En sus mudanzas y transportes metaforizaban pensamientos, sentimientos y temores, ansias y decires, secretos, la memoria… ¡Un trip de lo mejorcito!

Traducían a jerigonza artificiosa la carne y el éxtasis. Se entregaban a un oscurantismo que hacía que al final la prosa y el verso brillasen como el oro. Lanceados por el fervor arrojaban la literalidad al cubo de la basura, al rincón más ignorado de la celda monacal, y se complacían en un deliquio que celebraba todo tipo de incorrecciones gramaticales y de forzamientos lingüísticos. En el fondo, querida, muy parecidos a la heterodoxa que eres tú, aunque aquellos no apelaran a lo estrafalario. La fusión con el dios invisible, con el absoluto, o con la nada más esencial de la muerte, aquello que nos abrazaba antes del nacimiento. También eso es el arte, bucear en la nada, en lo que aún carece de palabras. Al menos el verdadero arte…

“Esta mujer inquieta y andariega…”

“Esta fémina… descalza.”

“Esta predicadora.”

Su arte es fractal, recipiendario de una obra mayor que escapa a las definiciones.

El vacío. La nada. El abismo. En 1965, antes de partir a la patria de origen, espía a los contrincantes. En Pace Gallery: el artista, serio, de mirada penetrante, parecía desmentir con su obra la frivolidad de su descendencia del Finish Fetish, una subcultura de ociosos de Los Angeles. Aquel arte aboca a lo desnudo.

A la todavía alumna, acólita y muda, algo intrigante en todo ello termina inquietándola: unos cubos de cristal vacíos, transparentes, de rara profundidad, expresan la “nada”, el no-ser que ella, unos años después, administraría sabiamente a su vuelta de la factoría germana llena de máquinas rotas, hierros retorcidos y toda clase de óxidos metálicos, aquella nave industrial abandonada que sería su camino de Damasco.

Jazz, polirritmos, travesuras, disonancias, blasfemias, roturas…

En Saint John the Divine:

¡qué diablos!, adelantemos el tiempo,

burlemos la historia,

disfracemos el arte milenario,

y he aquí que de un plumazo, un par de lustros, salvan dos siglos y de una sabiduría terrenal, pétrea y mineral, se escala al más allá de los cielos ojivales y la policromía cegadora del vitral.

Otra vez hay alguien sentado al otro lado del banco. Abrieron el parque a primera hora de la tristeza. Las sombras son aún alargadas y la dorada claridad proveniente del Este, oblicua y tenue, ilumina la arboleda y la geometría vegetal que circunda el pequeño remanso de verdor entre los altos edificios.

Huye de los parques, boy.

Sentado al otro lado del mundo, él, El Hombre de los Parques.

Pronto fluirán las horas, una a una, como relucientes monedas de oro que ruedan hasta caer, malgastadas, en la negra cloaca de la noche sin refugio.

Huye de los parques, de las calles frenéticas y las aceras atestadas… Retírate del siglo, que te abrace la fértil soledad de los 14.841 libros (a salvo del temible cancerbero Mllie. Larivière) que amueblan tu agujerito de Queens: más te vale esta muda sabiduría que aquella asentada sobre el vértigo.

Acero y magnesio: C.A. Pero no es la fórmula lo que sostiene la simplicidad. Se trata de plástica. En cuanto el discurso, de no acogerse a una inoperancia voluntaria, decidida, cada material te hace expresar de una manera distinta. Se descubre en seguida. Uno no es sino un medium en esto de la “cosa del arte”.

No son nada inocentes. El espectador infama o se mofa de lo que ve y de lo que asiste en silencio, oculta sus vicios de origen, sus malformaciones, sus ascos y malas apetencias. Es un bicho difícil de contentar, pero suele disimularlo bajo una sonrisa de complicidad y suficiencia de converso algo peligrosa: “En realidad la gente es recia a la transgresión, pero no a las perversiones”, le dice convencido El Analista.

1/. Carl Andre, 1968: dispuestas las delgadas láminas de acero y cobre sobre el suelo de la galería, ninguno de los visitantes se decidía a traspasar el umbral de la sala  y pisarlas (pues esa intención albergaba el escultor al disponerlas de tal modo), desconcertados quedaban a la puerta, estirando el cuello para atisbar más allá de la entrada, sin atreverse a dar el paso definitivo.

2/. La joven intérprete de la perfomance vestida con una simple túnica, toma asiento en mitad de la galería. La luz de los focos,  todos completamente encendidos, caen como una cascada sobre ella. Algunos cubos de pintura, botellas de agua, cajas, objetos diversos y herramientas como pinceles, tijeras, brochas, pinzas, cuerdas etcétera, se hallan a un lado. Medio centenar de personas rodean a la artista. Suena una sirena. Se hace un silencio absoluto. La voz de la artista se escucha clara y precisa: “Durante una hora cualquiera de ustedes puede hacer conmigo lo que le venga en gana, todo está permitido. Sólo soy una víctima: la suya.” Paulatinamente, los focos atenúan la potencia lumínica hasta envolver el interior de la galería en una semipenumbra. Luego de unos instantes de silencio, se oyen algunas risas. Los presentes se propinan codazos divertidos, se dirigen miradas de connivencia, comentan entre ellos… Parece que los espectadores se van a limitar a observar todo el rato a la artista sedente, que no se mueve un ápice de su asiento. Pero de improviso, una adolescente se acerca a los cubos de pintura, elige una brocha y la embadurna de color azul. Sin dejar de reír se aproxima a la “víctima” y le unta la túnica con la pintura, un un brazo y parte del rostro; luego, deja caer la brocha y se aleja corriendo hasta el corro de gente. Un hombre de mediana edad se inclina unos segundos sobre los objetos ordenados a un lado; taciturno, amenazador, parece elegir cuidadosamente… A lo largo de los cuarenta minutos siguientes la artista soportaría afrentas, humillaciones y agresiones tales como: cortes de pelo, brochazos, roturas de la túnica (una de ellas dejaba ver por entero uno de los caudalosos senos), golpes y manotazos, besos, empujones, burlas, pellizcos, tocamientos, ataduras, maquillajes, órdenes sucesivas (y a veces hasta simultáneas) de levantarse de la silla, tenderse en el suelo, poner los brazos en cruz, pintarse las piernas (una de color rojo y otra de verde), gritar, reír, bailar, llorar, andar en círculo, levantarse el borde de la túnica hasta el pubis, recitar una poesía, golpearse a sí misma… La estridencia de la sirena pone fin al espectáculo apagando la risa unánime, al tiempo que la luz de los focos torna a adquirir toda su energía. Bajo la cruel iluminación el escenario resulta ahora aterrador: caída y sucia en el suelo manchado de múltiples goterones y huellas de zapatos sobre la pintura derramada, pero con los ojos abiertos dirigidos a los rostros de sus torturadores, la artista ultrajada ha cobrado de nuevo su dimensión humana, ya no semeja la marioneta desmadejada de momentos antes ni depara el carácter objetual plástico que les dio por creer a sus ejecutantes por un día, mientras a su alrededor se esparcen en completo desorden la silla volcada, charcos de agua turbia, objetos, cajas, cubos, cuerdas y brochas, los regueros del acrílico. Con suma rapidez gran parte de los espectadores, hasta hace escasos momentos divertidos colaboradores estéticos, huyen hacia la salida en tanto que otros, aún sin moverse, desvían la vista de victimarios avergonzados por su impudicia colectiva, revelados a un tiempo por la terrible luz de la realidad y la indefensión de su víctima de carne y hueso.  

Fundido.

(En negro.)

Tiene el arte moderno un potente y diáfano claroscuro, un contraste diríamos… xilográfico. Berlinale prenazi, entre la inflación y el gran expresionismo, los misterios y la invencible embriaguez de la urbe moderna, pecadora y fascinante, en donde tamaña república alienta culturas, despropósitos, refinamientos y crueldades y el señor Hitler, el acuarelista, deambula por las calles con el estómago vacío y los frescos de Miguel Angel en su imaginación calenturienta (a quien su “genialidad” callejera y ociosa de muerto de hambre desafía con los pinceles en la mano).

Una plancha de cinc, otra de aluminio, otra de cobre y aun otra de acero. Una escultura plana, atentatoria, bidimensional por la sola oposición a la pintura informalista texturada y granulosa. Y otro deslizaba hilos de metal coloreado desde los techos de la galería de la calle 57, cercaba regiones, acotaba sutilmente espacios imaginarios, de no muy fácil traspasar a despecho de la liviandad de sus muros.

Peatón: ojo con la raya.

Como orando: el mito frente a la matemática. He ahí el reto de la posminimalista.

“Levanto la traza gótica, las religiones desnudas”, le decía el nuevo artista de la “nada”.

La pieza, su alma de material: una iconografía tan válida como cualquiera. El lastre iconológico que subyace tras ella vincula a misterios más íntimos.

Todo lenguaje es un símbolo articulado por una arbitrariedad que nace desde la ocurrencia fónica, “un gruñido visual”.

Pienso en X, mi próxima obra, como en un líquido limpio y esplendente encerrado en un recipiente de cristal azul…

¿De qué está hecha su obra?

¿De qué está hecha la vida?

¿Cuál es la sustancia del pensamiento?

¿Por qué no se almacenan todas las miradas?

¿Qué raro material de la memoria recrea una melodía que sólo es aire?

¿Sabes tú de dónde viene la palabra? Poner nombre a las cosas es una bonita tarea. Un pacto con todas aquellas fuerzas creadoras de la naturaleza.

El barniz del tropo: abrillanta sus parcelas.

Disfraces o galas.

A esta obra sólo le falta hablar: con sus células ha construido tejidos que conforman órganos que establecen los sistemas de una estructura hecha realidad plástica.

 En U154 mi disfraz es un pez dorado que surca los cielos verdes de agua dejando atrás, muy atrás, el cáncer. Me deslizo a la velocidad encantada de la luz. Cuarenta y dos años después de mi muerte, en DocumentaK13 (2012): el concepto ha desaparecido. No importa si lo que se exhibe es arte o no. En esa conjetura se cifra precisamente su intención. Desconcertar conciencias. Desbaratarlas. Así que en seguida descubres el juego. Un juego a veces inteligente. El artista ha sido secularizado, puedes replicarle perfectamente: tus manos pecadoras ya no me impresionan, ni tus falsas religiones, y nada de sagrado emana de ti. A partir de ese momento, la obra de arte (que lo es porque de esa forma se declara con la debida antelación) adquiere un sentido festivo, ritual, dionisíaco. Y entonces, al contemplar la obra maestra del siglo XXI tumbada en el suelo o colgada de la pared o parpadeando en la pantalla de un monitor, vuelves a sentir aquella maravillosa e inquietante sensación de orfandad, miedo y misterio que te embargaba al traspasar el umbral de madera con olor a ceniza salubre y, vacilante y confiada, por unas pocas monedas te adentrabas en la oscuridad iniciática de la barraca de feria en el parque de atracciones de Coney Island, entre murmullos alegres y el son de mar. Se fundía tu espíritu expectante en una experiencia que mucho tenía de magia pero también de fraude: pasabas de lo real a lo imaginario… que también era real. Ahora el precio de aquel ingenioso juego de espejos, de aquella ilusión orgiástica, solitaria y misérrima, de trapos mal pintados y trastos de formas caprichosas, genera millones de dólares.

Conocimientos prácticos en oposición a una cultura libresca que sólo busca analizar y nunca describir puesto que nada ha visto.

Has acabado.

Ella en el dinner.

(Phillies).

Antes, frente al espejo del baño: la has acicalado, la has vestido de manera correcta para evitar malos entendidos a esas horas de todos los pecados.

No sin cierta comicidad siniestra, la has amonestado: “Puesto que es imposible huir de ti y tu maldición aunque me matara, te llevaré conmigo a cuestas. Como siempre.”

Así que cerráis la puerta tras de sí las dos siamesas ocultas bajo el único maquillaje.

La luz amarilla que atraviesa la curva cristalera da a dos calles desiertas, acentúa  la fría soledad de la noche a la vez que revela en una semipenumbra los sórdidos escaparates de las tiendas cerradas.

El camarero viste uniforme blanco y encasqueta su cabeza pelona una gorra de dos puntas de estilo marinero; friega unos vasos tras el mostrador y atiende con la mirada la petición de un tipo con el sombrero ladeado sobre la frente y los brazos acodados en la barra. Otro tipo, también con el sombrero puesto, sentado asimismo en un taburete de espaldas a la calle, tiene la mirada fija en el sexto whisky, el penúltimo del día.

Resulta amenazador que los dos sombreros de fieltro que cubren las cabezas de estos dos tipos posiblemente taciturnos sean idénticos, como si ambos fuesen cofrades de la misma panda armada de los abatidos sin remedio.

Miss  Lonelyhearts, huyamos de aquí sólo con lo puesto. Ni tú ni yo somos unas zorras estúpidas.”

¿Sabes lo que significa Häagen-Dazs?

Atrapada, pero ¿en qué?

¡Mira que no saberlo todavía...!

viernes, 2 de diciembre de 2022

61

 

¡A ver si de una maldita vez te ganas la vida escribiendo novelas policíacas como todo el mundo!

Y, convengámoslo, tampoco era de esos testigos bobalicones que celebran las bodas reales, conmemoran el Día de la Patria o asisten entontecidos por el incienso a las exequias de los restos del preclaro sobre un túmulo engalanado de púrpuras.

¿Crees que eres un genio?

Naturalmente.

¿Por qué estás tan seguro de ello?

Porque es la única forma que sé de aprovechar el poco o mucho talento que tengo para hacer lo que hago.

El arte, su arte, era un tóxico. No lo sabía. Le ayudaba a conocerse en lo que de veras la reflejaba.

¿Cómo lo conseguía?

Fácil: cuando empezó a ser toda una mujercita sonreía desdeñosa al atravesar la Ladies’ Mile: se dirigía tranquila hacia Canal Street donde gastar sus ahorros en un galón de látex 1200.

Pero…

Envía los mensajes escritos con estilográfica sobre un papel perfumado o no cuando ello era una prueba de amor y devoción, envía sus dibujos y raras caligrafías con tinta india de una punta a otra de Nueva York, surca la oscuridad y el silencio metida esa voz trémula y subterránea en el pftt hasta que sale a luz de nuevo disparada al corazón del joven de rostro ensombrecido por el acné con un libro bajo el brazo, a la adolescente tocada con un gorro de lana y ojos brillantes ansiosa de conocimiento para ser mejor, al sabio que ya lo es y mira en torno a sí con beatitud, al camarada en el arte, a la atención del mundo. Una es artista… como podía haber sido otra cosa, pero su vida es el comunicado que se proyecta vertiginoso a los ojos de los demás a través de un tubo neumático que, finalmente, llega a las manos generosas que la acogen, aliento le procuran.

No eres tú, querida, mi alter ego.

Yo soy el tuyo (aun estando tú muerta).

Fracasa.

La próxima vez fracasarás mejor.

Y el siguiente fracaso será más eficaz todavía.

Fracasa una y mil veces.

Así, hasta que consigas El Gran Fracaso, que es el Gran Destino que a todos aguarda.

Pues tal le placía al viejo Samuel.

Queens, 1970: la luz gélida, un helor de sepulcro adormece esta parte del borough de calles desoladas sin árboles, flanqueadas de edificios anchos y bajos de sombrías naves, inmerso todo en la grisura y en la desesperanza, y a toda hora siempre la hostilidad latente en los ojos de cualquier fugitivo con el que te cruzas cada mañana de este enero nevado y silencioso...

Coge esa hoja de papel que para ninguna otra cosa sirve. Aporrea la Underwood. Viola sus sosas teclas. Arráncales gemidos o gritos, unta la cinta bicolor con todo lo que de criminal y terrorista de las letras se agazape en tu cerebro y en tu lengua viscosa. Sepulto entre estas lúgubres paredes pintadas de color hueso sucio sé disparatado como el día gris y el frío carnívoro que a punto está de acuchillar el cristal de la ventana y horadar tus huesos.

La artista desnuda. Expuesta a los ojos polifemos del mundo.

El trabajo de tus pobres manos de mujer ofrecido al juicio plebeyo, a la mojigatería universal.

Desnuda frente el mundo que te desprecia, pero al que desafías con la mirada incendiaria.

El desaire por todo aquello ideado que no guarda reciprocidad con la monotonía canónica del espectáculo diario, de la mil veces vista película del triunfo bajo el formalismo de lo reconocible, todo aquello del arte y la literatura innecesario, trivial y mercenario, repetitivo: sientes ese desprecio como el aire frío que revuelve tu cabello, como la gasolina quemada que respiras mientras esperas en un paso de peatones, como la dentellada del sol de julio en la piel al salir de una boca del metro, pero también con la arrogancia de la leona herida que lanza su rugido a las mansas bestias que temerosas de tu presencia pueblan la llanura.

Ese desprecio que la artista, no ignorante de su época, es capaz de percibir con lacerante asiduidad, que se propaga como el napalm por encima de las cabezas hasta cubrir por entero las calles de una ciudad a punto de entrar en combustión. Los veloces vagones del metro, como bombas de plata pintarrajeadas de graffitis y chafarrinones repletas de cargamentos humanos defectuosos con cara de sueño, horadan los túneles oscuros sólo para terminar explosionando como unos vulgares fuegos de artificio una vez asoman de nuevo al exterior. La procesión ahora apresurada de hormigas con bolsas y carteras son la máquina pulsante con fecha de caducidad que disuelven su desesperación de forma miserable abocándose día a día al seno madrastro de una ciudad de acero y cristal, una bella y poderosa tecnología sin alma que nunca se supo que prometiese nada a nadie sólo por patear sus calles y respirar su aire de piedra, metal y neón.

Pero al fin, desprecio.

¿Son ésos, su conjunto abigarrado, oscuro e indeterminado, el destinatario de tu obra?

¿A ésos te diriges? Ni siquiera hay lugar en ellos para la mofa, tan indiferentes son a tu suceso que ni recurren a la burla.

Esos nunca sabrán tu nombre. Otros, tan ajenos en verdad como aquéllos a una plástica que en el fondo se trasciende en virtud de una metafísica calculada, sólo vigilarán cotizaciones.

La expresión de tu arte únicamente constituía una parte invisible del mundo para los otros.

“Es arte aquello que decora”, dijo uno.

“O representa”, añadió alguien tan equivocado como el uno.

Es arte, gran arte, aquello que mediante lo visible nos acerca a lo invisible. Su lenguaje siempre es apócrifo: debe más al ingenio que a la razón. Sólo la fidelidad lo limita. Sé sacrílego.

El triunfo.

La momificación:

En Madrid, 2008: “¿No descubres esa lógica endiablada?”, preguntaba el tipo sosteniendo una bolsa de repugnante papel ecológico llena de libros a su acompañante algo perpleja, una minifaldera de expresión pícara y ojos brillantes, asimismo asiendo de la mano su correspondiente bolsa de papel ecológico repugnante llena de libros, ambos frente a un montón de piedras atravesado por un tubo pintado de gris, las esquirlas de metal a los lados, la gelatina lechosa que descendía por un extremo vertiéndose a un inmenso recipiente oblongo de color definitivamente óxido. “Parece una instalación Hesse…”

¡Una instalación hesse!

He ahí el epónimo. La gloria post mortum (que sólo sirve a los vivos).

Jennie: subrepticiamente, antes de salir de casa, ha colocado debajo del folio en blanco un billete de 20 dólares. Él lo descubre a media mañana, casi drogado por el paquete de cigarrillos que ha consumido con la vista fija en las teclas de la máquina de escribir, sin golpear una sola de ellas: en el dique seco.

Sale a la calle. Se mete en un drugstore. Compra cigarrillos, el  Times del día y un paquete de caramelos de fresa para la mujer pródiga: un dólar y veinte centavos en total. De regreso a casa compra un hot dog que se zampa en tres bocados (los próximos dos meses a digerir, cocodrilo). Se planta en la cocina del apartamento. Abre el bote (vacío) del azúcar. Introduce los billetes (de 10, 5 y 2 dólares) en el interior de esa astuta y sutil caja fuerte del hogar. Mira las tres o cuatro monedas sobrantes de la compra en la palma de la mano. Después de dudar unos segundos las deja caer también en el bote. Se sienta frente a la máquina de escribir. Enciende un Pall Mall. Comienza a escribir: Al principio parecía animado.

“Soy pobre, pero aquí estoy.”

(Con la zozobra.)

Coge un par de rebanadas de Wonder Bread, coloca entre las dos porciones una ancha rodaja de salami y un par de lonchas de queso fundido. Abre la puerta del apartamento sin dejar de engullir. En la calle desangelada, teñida por la luz de un sol desmayado. Camina decidido hacia el block.  Hace algo de aire...

¿Es canto o epitafio? ¿Celebra o maldice?

¿Es una trágica?

Teje una anacreóntica cuyo hilado jovial apenas vela lo trágico, la catarsis íntima que le libera del mundo ya en decaimiento.

Es una trágica… en busca de la felicidad.

Y busca las respuestas en lo concreto: buceando en una criptografía que a la vez que se gesta va significando apósitos esclarecedores. Se representa a sí  misma y a tenor de lo visible rotundo, la materia infame innominada, roza el milagro de las ocultas esencias entre sangres y huesos.

La acechan las garras negras del jinete apocalíptico. A punto de caer sobre ella, pues ya ha descabalgado de su montura y avanza entre la tormenta de las sombras hacia la presa indefensa y fácil.

En el entramado de tus materiales y tu química se aboceta la horrible visión: la perra ahíta de la carne putrefacta del cadáver aúlla a la luna.

La artista se angustia en presentimientos.

Ahora, su día aún no tiene nombre, pero es terrorífico y su negocio fatal. Siempre pierdes. Su liturgia huele a azufre. Su culto asusta más que serena. Sus ritos de bata blanca, bisturí y… escalpelo final desvelan una anatomía enigmática, precaria y perecedera.

Ha puesto los ojos en ella y afila la acerada curva.

He ahí lo trágico del ser intuitivo y capaz. Una vida cotidiana de ansia de conocimiento lastrada por la gangrena de los días, uno a uno ahondando en la llaga hasta alcanzar la nada.

Entretanto, anda manoteando en categorías abstractas. Como la belleza, que puede ser aterradora o plácida, risible, solemne o liviana, según los estándares subjetivos de cada época, o según le dé a cada cual.

Entretanto, chapotea entre químicas y metales. Levanta la horca,  pondera la soga, abre la trampilla.

Algo recela. Y, sin embargo, horada en lo inescrutable. ¿Y de qué manera puede visualizarse aquello que no se conoce y, no obstante, es?

Entretanto, borra los epitafios y graba los parabienes.

Es una trágica sin fe: luego no te condena el desafío humano ni te mata ningún dios. Es, sencillamente, una naturaleza ciega y de inaudita necedad la que preside en este festín donde se cobran piezas muertas antes de hora, se atesora lo inerte a destiempo.

Su conciencia trágica se forma a través de lo inesperado, de la brutalidad de un cuerpo traicionero. Ese desorden interno, ese ejército indisciplinado de células es fiel reflejo de universo exterior vivo y entrópico cuyas leyes no dejan lugar a la duda: vivimos y morimos del caos que, a veces, es visible y, en otras ocasiones, menos tosco, burla nuestro candor.

Aún no tiene nombre, pero va a matarte.

Tu verdugo, armado por la fatalidad, carece de designios: la bola negra era una más entre las bolas blancas. Ni siquiera es mala suerte.

Todos los dioses son trágicos, y se alimentan de la fatalidad de los humanos. Tu dios, tu gemelo divino y esencial, el original, el de la forma primigenia, va a saciarse de tu sangre hasta dejarte en un puro pellejo.

Vivimos en el desorden.

Pues, expresa el desorden.

Levanta la horca.

Crea la obra de todos ellos: polvo de tierra, heno, grasa, acero, maderas, colas, plásticos, látex, piedras y vidrio, gomas, plomo, cristales y neones, cobre, caucho, óxidos, sogas, aluminios, hierros, telas, papeles, humo…

La artista desnuda su cuerpo enfermo, el rito es sumamente sencillo: ni invoca ni blasfema. Avanza las manos hacia delante (siempre adelante).

Dispone los objetos-palabras, elige materiales-adjetivos, alisa el espacio, reflexiona, escribe…

Levanta la horca.

La trágica que deseaba ser feliz por encima de todo claudica ante el absurdo: si no hay pecado original, si te has librado del fardo de la culpa, si no había salvación ¿por qué hay derrota?

En este certamen resulta victorioso quien menos guarda las apariencias. Están de más los melindres en un cuerpo que empieza a descomponerse por dentro sin que nada delate su traición, sin apenas significarse antes de su destrucción por el síntoma del hastío o la desgana. Una bella manzana podrida atrae nuestra mirada bajo el sol marino de la mañana. Es perfecta entre otras sanas aunque de peor aspecto, pero también suscita nuestra perplejidad y hasta nuestra incredulidad. Esa es la elegida: la que halaga nuestra capacidad de admiración e incluso de extrañeza, de prevención ante lo armonioso.

Qué obstinación admirable: hasta en el último instante pugnas por atrapar un poco de aire que alargue tu agonía.

Se ha dicho que el ser aparece en el fracasar. ¿Pero cuáles son los límites del fracaso? La muerte no los certifica. No hay victoria alguna en ella, nada deja tras de sí, y las huellas, los lamentos y los ritos funerarios sólo son decorados de vida. Y quien hace no fracasa. Sólo la muerte abre esa puerta, ella es el único fracaso real del ser humano. Las viles asechanzas de la existencia, la ofensa pueril y el desdén cotidiano son en buena medida injusticias y torpezas, atributos que componen el avatar de muchos de los humanos que vuelcan la vista en ti, eso es todo.

Ella es una trágica porque actúa.

Sucumbe lo natural que hay en ella, no su razón o la madeja de hierros y química que es su conciencia (bien pertrechada entonces).

Y el escenario de esa lucha a brazo partido es lo que finalmente lega: sólo esa desnudez de escombros a la que es difícil ponerle un nombre cabal a pesar del título que define sus relaciones.

No obstante, tal vez la respuesta más sencilla al porqué de la tragicidad que parece vestir en todo momento al ser humano sea que éste es sabedor y consciente de su finitud pero ninguna de sus patéticas conjeturas acierta a conducir a la revelación total.

En ella ni siquiera cobra forma la culpa. Ha dejado de creer en las religiones.

“Me refugio en el absurdo”, dijo. Y de ese modo alivia la pena y sonríe a los cielos negros del invierno del 69/70.

Todo arte, toda literatura sale de un único e irrefutable lugar sagrado: de la chistera.

Sigue escribiendo:

Ella era uno de esos seres humanos que parecen vivir en el borde de todo, al borde de la sonrisa, al borde del amor, al borde de la fortuna, al borde de la enfermedad, al borde de comprenderlo todo, al borde de la más supina ignorancia, al borde de la muerte... En definitiva, una de esas mujeres en el borde del vivir.

Mayo tormentoso. Sol y diluvio. ¡Y es el mayo inocente del 62!

¿Y si hubiese sido ciega?

Hubiera creado sueños.

Una fantasmagoría.

Una premonición.

Una abolición genial de los supuestos de lo vidente estricto.

Otra vez…:

¿Qué hubiera ocurrido de no morir?

A saber…

Ni pensar en los 2 millones de dólares por pieza.

Habrías acabado en uno de los centenares de lofts de la Westbeth, en el West Village: alquileres para artistas famélicos y sus desgraciadas familias a 1 centavo por día pintando paisajes para colgar en la pared arriba del sofá.

Nada de la apatía del filósofo se embosca en el ánimo de una decidida y pertinaz luchadora tras la redención plástica, ninguna astenia paralizante la detiene, ninguna religión opresora la sojuzga: ella ha creado su dios, que es ella.

Lo trágico ensancha los significados, adensa la vida, nos revuelve en el barro de la pangea y nos eleva con la mente a la galaxia.

Lo trágico es una elección.

Lo trágico trasciende lo que rozas con las yemas de los dedos, lo que rozas con la mirada, lo que intuyes sumido en la ceguera antes del sueño.

Una actitud trágica, aun amando la vida con pasión, desarticula y detiene el mecanismo más sagrado de las cosas: ¡bah!, sólo era un autómata en mis manos, se dice la niña desencantada mirando la muñeca inmóvil caída en el suelo.

E inmediatamente se pone a construir otra muñeca, otro juego.

Es un instinto de artista lo tuyo: la obra bien hecha, ultimada. Que pueda ser expuesta, te dices con los ojos entrecerrados mientras huyes de los cristales y metales de los doctores-dolor.

Y, luego, disolverse en la nada.

Si al menos, tan sólo el silencio de los cuadros y estatuas de los antiguos… Como una mera presencia.

 Universitas: numerosas pandillas de estrafalarios educandos merodean por el campus bajo el sol de mayo.

Es hora de las influencias. Ladinas (por inconvenientes) o benéficas (por estímulo).

1969. Yale. Artes visuales: Hesse pisa en firme: es terreno acotado para su sibilino magisterio.

Modélate.

Hazte de barro antes de aleccionar a los discípulos.

(Pero ya nadie escucha con la boca abierta.)

Ellos se creen tus iguales, y dentro de muy poco tus superiores… en todo: juventud, genialidad, indiferencia hacia los otros, y sobre todo, tiempo, todo el tiempo del mundo, el pasado y el futuro, encerrado en ese breve lapso del presente.

Nadie quiere aprender de nadie salvo una artesanía técnica, el mínimo taller que les permita oficiar por sí mismos sus misas negras, puesto que cada uno tiene dentro de sí sus propios modelos de referencia, su propia genialidad (Ja). Tales engreimientos les acucian y finalmente les rebajan a la mediocre albañilería de sus ocurrencias: sólo ténicos, sólo manos.

A fin de cuentas, ¿no es deber principal aprender sólo aquello que nos va a servir?

Viven sus cuentos de hadas y de príncipes en la Tierra De Las Maravillas Adonde a Nadie ha de Rendirse Cuentas.

Y, en los cuentos, no existen las reglas. Así que…

Y tú ya no eres de este mundo. Envuelta en celofán o encerrada en una urna te retienen y te exhiben codiciosamente los museos: ya formas parte del cambalache.

Prefigurabas la anomalía, la desviación hacia la excentricidad de lo no visto hasta ese momento:

Representaciones escultóricas, 3.

Una representación escultórica:

el cuerpo, una piedra, una quimera, la forma de mi razón, materializado el discurso del concepto nada, los significantes.

Seas versado en el conocimiento de las tecnologías de vanguardia audiovisual y en aquellos misteriosos conceptos que configuran el debate en torno a los diversos campos de comunicación visual y los lenguajes artísticos pertinentes (sic).  ¿Modelo la figura humana?: qué figura, qué modelo, qué excusa para la creación… Busca lo representado en los pliegues inmarcesibles. Hurga en la viscosa infinitud de tu alma. Sé tú. Único y genial. ¿Modelar? ¿El qué modelar? Escribe desde lo abstracto y malicioso, lo inconmensurable y críptico desde una escritura sin código ni faltas de ortografía. Escarba en tu cerebro de magnífico animal libre e improvisado, salvaje como un cristo, como un dios, sin leyes, sin reglas, sin miedo. Tú, novicio entretenido, apelarás a unos fenómenos artísticos que, genésicos de la mente de su creador, han de articular debidamente las futuras visiones de un espectador aún no avisado, poco a poco naciente a las nuevas teorías, próximo a comprender los arcanos del arte a  tenor de vuestras actuaciones y felices intervenciones públicas.

Ciega, sí.

¿Cuál es el concepto de belleza en la noche interminable del ciego de nacimiento donde nada refulge?

El tacto.

¿Qué sabe éste de órdenes, de la forma visible de los dioses?

¿Cómo transmuta la materia en apariencia identificable para un invidente y sus hábiles manos?

Modela con los dedos. Sus ojos son la oscuridad y la piel. Se palpa a sí mismo y palpa el barro. Y la idea y la palabra toman forma.

No ha de crear un monstruo de tres ojos sin boca:

(se palpa a sí mismo y palpa el barro) bien se dibuja con la tierra.

Y es estudiante aplicado.

Nada que objetar, dice el maestro, que ni siquiera se cree capaz de atentar contra esas originales simetrías, deslices asimétricos, algo raras proporciones apenas perceptibles para los poderosos videntes.

¡Qué iban a reprochar después de la subversión finisecular y de principios del siglo XX: un ojo aquí, un brazo allá, la cabeza vuelta del revés, la pierna hendida en el cerebro!

¡Joder, qué extraña pintura!

Chistera, conejos, nubes, la mujer partida en dos por la sierra del mago…

Figura humana.

Ya te hablaré yo a ti del canon… ¡futuro por venir!

Estás desnuda frente a la luna del armario.

Jamás serás una venus helena, una gracia pagana, la pétrea mentira de Canova o la solidez y detallismo carnales de Ingres dictados por un sensualismo indescriptible ajeno al pompier y su retórica polvorienta de encajes y telones, tapizados y alfombras.

¿Cómo modelarte mejor, malhadada afrodita?

Verano de 1970. En otro universo, U5, donde el cielo siempre es del color y el brillo de la plata, grises los mares: el dios y el diablo entreteniditos en sus juergas  y ocurrencias parónimas pasaron de largo de tus treinta y cuatro años en este universo. Quietecita en un rincón, sin dejarte ver por esos dos terribles Polifemos cegados en sus ordalías temporalmente por un odiseo de papel. Salvada (de momento, pues te tienen agarrada por el pescuezo y no te soltarán: ten preparada las piernas para la huida).

La dama cumple cuarenta, cincuenta años… (que tú no cumplirás).

Esa imagen que devuelve el espejo: eres tú irreconocible, aumentados los desperfectos, el camino a la caricatura del niño, el camino de vuelta, lo inverso: el  monstruo sin cuello y ojos desorbitados y pelos como alambres que pintarrajea el picasso de cuatro años.

Coge el barro de tu esencia y majestad:

Borra las arrugas de la expresión, levanta las cejas, elimina las bolsas de los ojos, desecha la sobra repelente de grasa y de piel en los párpados, aumenta los pómulos, corrige las orejas, remodela el cartílago auricular, reduce el caballete de la nariz, armoniza las facciones, sensualiza los labios, endereza los pechos, alisa el vientre, redefine la cintura y las caderas, recoloca los músculos abdominales, hazte el culo respingón, redondéalo, absorbe los líquidos de los brazos y las piernas, alivia las hinchazones, muda la dentadura en blancores esplendentes…

Un desnudo perfecto (el de la luna).

El enigmático canon de Policleto arriba patético a esa pepona henchida de rellenos y ocultas cicatrices de la mujer retocada y envilecida por la misma imagen que proyecta.

Del mono al hombre/de la mujer al mono.

Todo sea por las bellas simetrías: un punto axial verdaderamente humano: muñecas de siete cabezas y media… Pero, ¿y la gracia? ¿Qué les infunde la vida y las libra de un hieratismo quirúrgico?

Helas aquí tan perfectas e inútiles como jarrones chinos, con sus almas de acero, tan innecesarias en su belleza impostada y sus ojos crueles.

Dijo: “Es una cuestión de evolución.” (En el interior cálido de uno de los apartamentos de un edificio de piedra en el West Side) propiedad de una de sus amigas ricas e… inteligentes. Afuera cae la nieve, y los grandes ventanales semicirculares dejan ver la grisura atemorizante de los 10 grados bajo cero neoyorquinos de un enero polar. El tema se ha impuesto en el discurso de canapés, licores dulces, café árabe y té con leche de estas mujeres de la perfecta línea y los volúmenes adecuados, sabuesas y presbiterianas, y hasta puede que entre ellas se mezcle alguna acomodada y extraviada exmiembro del YWCA. Las exposiciones argumentales no dejan de ser atinadas a pesar del ambiente de bricolaje intelectual que deparan la colección de pintura contemporánea, los libros caros y lujosos sobre los sofás y los sillones de cuero teñidos de rojo y los vasos cortos coloreados por el mejor whisky de doble malta. La sonrisa estereotipada, el gesto medido –una corrección que sólo es una más de las convenciones de ese mundo sigiloso de gente con paciencia y sin incertidumbres, de grandes patrimonios y fortuna sin límites-, la soltura del rico sin grandes estropicios físicos en sus vísceras todavía y, en consecuencia, sin plebeyos temores en el horizonte: a la caza y captura del artista indefenso y atemorizado de la mediocridad de su vida hasta ese momento: te comprarán por un puñado de monedas, créeme: déjate robar el alma. En el fondo, es una tregua generosa: la dama desciende de la torre del homenaje y olisquea los entresijos de una de sus súbditas: Eva Hesse, la pequeña judía artista, por ejemplo. Estas mismas mujeres ornamentadas y peripuestas con arte palaciego que observan a Hesse como un bicho adorable y poseedor de ideas chocantes son maniquíes sin arrugas de una estética urbana ambulante y referencial, neceseres de una amplia cultura no del todo desdeñable que aguardan a que esta moderna Mary Shelley alumbre el frankenstein de trastos y cables capaz de renovar la plástica del día (a lo más, de la semana). Los ojos maliciosos dibujan en su fugaz chispazo las expectativas futuras que han de entusiasmarlas a la vez que halagar su confianza.

Pero cuesta imaginar el paso atrás desde esta figura neoyorquina, parlante, ritual, acartonada y falsa hasta el efebo griego o la robusta afrodita tan naturales. Ninguna huella evolutiva parece atestiguar el salto en un sentido u otro del kuroi a Policleto, de quien sólo conocemos las réplicas de mármol de los copistas que, como es norma sin excepción, son artesanos sin talento.

La búsqueda de la perfección es tan vana como la búsqueda del absoluto.

Mejor la gracia, el gesto al vuelo, el ademán inocente, un ethos espontáneo y feliz que rehúye lo artificioso y el cálculo, una venus naturalis ya desprovista de ropajes y tabúes pero aún no corrompida por el propio temor al cuerpo e indiferente a sus desperfectos al paso del tiempo.

Puesto que las cosas bellas son difíciles, no hace falta, Fidias, como bien supiste ver, que revistas de oro a la diosa Minerva para que sea más diosa.

Te bastó con el marfil y la piedra que, asimismo, tan bellos son a la vista. Le bastó al pintor el simulado color de la carne.

Presas codiciadas del lienzo o la piedra, pocos favores reciben más allá de la mirada del sabio, del diletante o del solitario. La sutil cadencia del déhanchement basta para fustigar el deseo ante una naturaleza muerta por inmóvil y de fingida carnalidad. Es el regalo que ellas devuelven: la complacencia estéril, la fatiga esteta o los placeres ocultos.

Al paso del tiempo, sólo una anacrónica draperie mouillée, inteligente y calculada, manierista del todo, comprada en las más caras boutiques o descubierta en los magníficos y dorados shop fronts realza los encantos de aquellas sofisticadas neoyorquinas clientas del lujo, el cuero oloroso y las mejores sedas, coleccionistas de obras de arte contemporáneo y animadoras del té de las cinco.

Y al cabo, la chafarrinada está a la vuelta de la… demencia: Frenhofer se deja engañar por dos incrédulos. ¿O es a la inversa?

¿Cuáles son las proporciones correctas?

Un montón informe de trastos desafía cualquier escala vitrubiana: mirad, mejor aún, contemplad: entre esos desechos se agazapa mi alma desnuda, todo aquello que me angustia o emociona: lo que en ello gozo o me torturo se halla ahí sepulto o insepulto entre los cables, los plásticos,  los cristales y las telas… ¡los polímeros!

No eres un enunciado definitivo; con el tiempo terminas siendo un estropicio, unas líneas desgarbadas y feas, un rayajo gótico cargado de analogías ojivales y desprovisto de gracia.

Deconstrúyelo, entonces; desarma esa carne corrupta sostenida por huesos endebles. Transfórmalo a ese cuerpo en abigarrado montón de materiales cuyo orden y concierto sólo a tu espíritu conciernan.

El Siglo XX es un solar donde arrojar todo aquello que expulsa el alma.

La belleza, bien es cierto, es sólo una relación… ¡pero de infinitas y variadas unidades simples!

Categóricas sí, pero arbitrarias.

Una dipendenza apenas perceptible, emboscada a lo largo y ancho y alto y bajo de ese amontonamiento o disposición objetual, detrás del cual se encuentra un ser humano.

En O’Casey: el cóctel de media tarde.

Un gimlet con el mejor vodka para él (que va a pagar las copas); Four Roses para mí, que paladeo sin dejar de hablar.

Talleres de reflexión teórica:

adonde ningún ojo descubrirá el barro maleable, el torso monstruoso adivinado a través de la bolsa de plástico preservadora de la humedad: nada en estas iglesias del novicio depara lo humano, nada nos transporta a las sosegadas visiones de la estatuaria griega, cuando la levedad de la piedra tallada con mimo encomiable transmutaba en carne apetecible, versaba en una piel tersa e inmaculada, en un reflejo del agua del color de la luna y de la pátina del deseo. ¿Qué manos modernas –se dicen como orantes- osarían replicar la clásica belleza de unas estatuas que, a despecho de su naturaleza canónica o ideal, se verían rebajadas a ejemplo estético de pusilánimes y a copistas sin genio? Ninguna alquimia contemporánea ha de mejorarlas en una apariencia inaugural que ha sido venerada siglo a siglo, ningún apócope ni remiendo hará de ellas materia superior.

Mejor dejarlas dormir en su sueño de siglos.

A otra cosa.

Y a la mañana siguiente:

Para una teoría de los formatos de equiparación: pintura expandida y vídeo. Conceptos e idearios sobre el soporte plástico contemporáneo. Alternativas de una semántica de confrontación en el siglo XXI) logra leer en un cartel pegado junto a la puerta de entrada (¿a qué? ¿adónde? ¿hacia qué? ¿por qué?).

Hay un pequeño trabajo para ti, negro.

¿A cuánto por página?

Tú decides, pero no pases la raya roja.

Nunca lo hago.

Lo malo es el tiempo.

¿Plazo?

Dos meses y medio.

Estará listo.

No esperaba menos de ti.

Además, tengo el título.

Magnífico.

Para un entendimiento poético de la instalación en espacios de adecuación plástica. Comportamiento y ejecución escultórica mediante un vocabulario matérico, espacial y objetual intuitivo: la moderna sintaxis del arte tridimensional.

Es perfecto.

Eso creo. Propende al esclarecimiento.

Afín al debate de los avisados, del entendido en la materia. 

Pues manos a la obra.

Cuánto de bullshit tenga esta maldita reunión de objetos, será difícil saberlo. Quizás esta farfolla no responda sino a un autoengaño sublime y alimento visual para incautos. Un decorado quackery, aseados humbugs para soplagaitas bien vestidos de Tribeca o tipos marrulleros intelectuales del Village atrincherados en sus trenkas, sus libros de bolsillo, su cine europeo, su whisky de baratillo y sus botas de piel vuelta.

¿A eso aspira tu obra?

Existen pruebas suficientes para negar esa insidia, Escribidor.

Veámoslo, dijo casi inaudible, inconsciente, y me condujo a una habitación donde se apilaban cientos de objetos heteróclitos en magnífico desorden.

Me condujo a la confusión más absoluta: a lo sinnombre.

En cuanto a ella: ¿Qué se siente al tener a la muerte pegada al costado? Sabes bien que han acabado los plazos, el momento de la desaparición ha llegado, la parca enlutada extiende la guadaña hacia ti, ya la enarbola en el aire perfumado de mayo, va a segarte en dos, va a robarte del mundo. ¿Qué se siente? Está adherida a tu piel como una bruma gélida, notas físicamente su baba mareante, te tiene agarrada por el pescuezo, asoma por tu aliento, habla por tu boca, oscurece tu mirada…

¿Puedes dibujarla?

“Vete al infierno.”

¿Qué se siente?

“Hedor.”

Otra presa.

Otro botín.

Al agujero.

¿No sientes miedo?

“No, sólo asco.”

Toda una vida (lo bueno, lo malo, el día, la noche) comprendida en treinta y cuatro años. Una condensación.

¡No ibas a interpretar una maldita anderseniana! Lejos de las hadas, tu escenario es el de las brujas y los bosques nocturnos, las cuevas oscuras, los calderos humeantes de herbarios secretos, las degollinas, el de las hermosas cabezas rubias de las doncellas rodando por el suelo de tierra podrida de la cabaña.

El Escrutador estudiaba la tinta simpática, la diablura de la escritura al revés, epigrafiaba los temores, pesadillas al alba y dolores de la artista de la bola negra. Una y mil veces desentrañaba significados y atendía contornos y colocaciones: el disparate del objeto que mucho puede decir de sí mismo con la sola contemplación del espectador y tanto más relacionado con otros, y hermanados en el acto creativo con la pena, el absurdo, la incertidumbre, la angustia, el miedo…

Tal vez en lo más oscuro de su subconsciente de donde extrae las imágenes que los objetos terminan escenificando domine un lado infantil, una imperfección sostenida de ingenuidad que incluso en sus obras más herméticas la obliga a alterar el orden del mundo, la lógica del habla y el fluir cotidiano de los días, una subversión que no claudica ni ante lo ininteligible; todo aquello, en suma, que repele una cultura universal instituida por lo correcto, lo contrastado y lo primario, que siempre resulta ser lo toscamente legible y técnicamente perfecto pero huérfano del mínimo misterio, de magia. Innecesario al fin.

Como un alma primitiva. Así sería ella, sus representaciones, su justificación. Abrazaba lo desconocido: he ahí la importancia del hecho.

Soy La Primera en Adentrarme en la Oscuridad pero también en Inventar el Fuego que Alumbra las Visiones.

En el comienzo de los tiempos (1966).

Escarbaba en el misterio. Era la Gran Maga, puesto que ahora transmutaba los objetos y convocaba significados.

¿Qué tiene ante sí? La nada. O el todo. Depende de los nombramientos.

Tras de mí, la oscuridad; ante mí, lo concebible.

El alma (hace treinta mil años) puede hablar. En lo más oscuro de la cueva, el artista pensador se pintarrajea en forma de animal, se celebra poderoso. Aquella reputación más que los fragmentos de su memoria te persigue, Hesse:

Apreso esas hechuras, las hago mías: el bisonte en la piedra es tan real como el incipiente y todavía innombrable placer estético que le produce a su captor. La magia se alía con el conocimiento. Descubre el símbolo: comienza a desnudar la forma de perifollos, conceptualiza la visión, el pensamiento, el objeto, el animal, a sí misma…

Ha descubierto un lenguaje y la infinita gramática de sus antojos.

Del ocre y el rojo y el negro a lo variopinto de todo lo que le circunda. Ahora, ya eres una hechicera. Has trastocado la morfología del mundo, no basta con decir agua, animal, tierra: proclama sus mágicas variantes.

¡Qué mágica y sugerente es la naturaleza sumida en la noche! ¡Qué aburrida y legible desnuda por el sol, atrapada en la claridad cegadora!

La Alquimista oscurece los días y alumbra las noches.

Gesta, pues, lo trascendental.

Pero en la era de la modernidad y sus feroces trapisondas sólo podía ocurrir en ella que el mito, lo mágico, el ritual y lo místico se fusionaran en un silencio cuasi-religioso. En una estética de lo alambicado, tan sutil como rebuscada, pues ella, y no otra cosa, sería lo sacramental.

Y crea las imágenes reales aun pervertidas por un significado que sólo a ella incumbe.

¡Qué importa que no puedan ser vistas a la luz natural de otras mentes!

De lo más oscuro de sí misma extrae los bisontes rojos, los ciervos ocres, la negra línea de la silueta del cazador.

Y es inocente, ¿pues no hace más de veinte mil años que unos seres primitivos ya siluetaban sus propias manos en lo más recóndito de la caverna paleolítica?

Ella sólo perpetúa la prístina inocencia de aquel primer artista sobrecogido por el misterio (que a su vez sigue perpetuándose hasta hoy).

Están los cráneos pulidos por los siglos, bronceados por el polvo. Sobre el pedestal de la tierra sus cuencas más que mirar, tragan. Qué solemnidad. Retrato al natural. La mueca que ha resistido durante miles de años los diferentes estilos artísticos instaura toda una teoría de la intemporalidad: es una plástica constante, duradera y aleccionadora, imbatible. ¡Calaveras indomables!

Persisten desde las Primeras Páginas de la Historia del Arte objetos y herramientas ambiguas como los eolitos. Quizás sólo fueran simples formaciones de cuarzo trabajadas por la lluvia, el viento y el tiempo. Hoy promueven la exégesis, impelen a escudriñar sus más escondidos átomos. Y francamente… No adoremos todavía a ese pequeño becerro del arte innominado. Es producto de la naturaleza que autómata, ajena a las leyes de los hombres, nada cotiza ni premedita y muchos menos sabe de reliquias objetuales. 

Más adelante La Hesse del Período Oscuro le ha dado forma peligrosa a un tosco pedazo de sílex, lo que le posibilita para el crimen, la caza o para crear otras tallas más elaboradas. Un día, ese instrumento que tanto le ha servido, se transforma él mismo en escultura. Lo labra. Lo ornamenta. Otro día inicia la industria del hueso, que decora con mimo, y aprende a utilizar el marfil de los mamuts y el asta de los renos. Otro día modela con arcilla dos bisontes.

Los contempla con extrañeza: los ve.

Y otro día, su gemelo prístino de ojos de fuego en su rostro de carbón se complace en una creación más sofisticada: se rodea de lo inútil, sólo de la estética: erige la Venus de Willendorf, la mujer esteatopígica.

En estas imágenes, se dice El Escudriñador, existe algo de voyeurismo, un componente erótico quizás: se autocomplace el artista viéndose asaeteando animales, ponderando la sangre también alimenticia, bebible, que brota a borbotones, cazándolos y sometiéndolos, dominándolos como el ojo de miles de años después se refocilará contemplando cópulas ajenas, marañas de cuerpos animales tan sólo, brillantes de sudor, sin espíritu, abismados en una contienda meramente carnal.

En fin, ¿existe una época auriñaciense o magdaleniense en la obra de nuestra heroína, una época azul o una época rosa, por así decirlo, esas subdivisiones picassianas…?

Parte de lo desconocido y allega a lo impenetrable. Bonita forma de tratar el objeto.

La intención megalítica selecciona lo monumental, es un arte que le basta con la dimensión, lo más bruto de la fábrica de la naturaleza. Pero los dólmenes y los menhires sostienen una creación que apunta a lo original en el mundo: es una forma artificiosa, nueva, que opone a la caverna su sentido deliberado, un simbolismo cuya significación misteriosa no obstaculiza la contemplación de su llamativa morfología. Reta a los cielos. Para el éxtasis la mera visión es suficiente, y el cúmulo de preguntas que se termina formulando el espectador acrecienta su potencia siempre escondida.

¿Qué estadios sucesivos cumplimentaba la escultora Hesse De Las Cavernas en lo más hondo de la cueva hasta alcanzar el adorno construido de moluscos, huesos y guijarros?

¿Partió del escultor solutrense y el reconocible animalario de sus frisos esculpidos?

¿Habría una transición del rito a la sola complacencia estética?

¿Nos es precisa una cronología de la evolución de sus rarezas?

¿Fue objeto artístico o herramienta la piedra tallada yacente en el pulcro suelo de la galería inaugural del arte aún sin la luz de los focos de cien vatios?

Tan cerca de la magia, la estética irrumpe desordenada pero ya regida por una ordenación que guarda cierta obediencia al modelo del que se hurta la imagen: no sobresalen del cazador tres brazos, no existen los bisontes con dos cabezas y cuatro patas tiene el ciervo.

Lejos del estatismo paralizante, la superstición y el conjuro plásticos la conciencia de la Ejecutante cobra paulatinamente una nueva dimensión liberadora de tabúes y deriva al regodeo de lo trascendental.

La Hesse Primitiva ha recorrido un largo camino desde la silueta soplada o trazada por los dedos en la pared de la cueva hasta el hierro hallstáttico: metal y su floritura de óxidos que en la era de la Hesse Moderna convive sin estridencias con la fibra de vidrio. Pero ha sido un recorrido circular, y ahora el cazador sí tiene tres brazos, son dos las cabezas del bisonte y el ciervo sólo es un esquema ondulante en el aire, una línea nada más. A la postre la obra, subrepticiamente, no deja de connotar una magia y un ritual  emboscados en la mente de su creadora.

Ella ha creado una nueva religión. Y ella es la Suma Sacerdotisa. Y no precisa liturgia alguna. Le bastan los materiales y el ingente basural técnico-decorativo de la época de la modernidad para allegar hasta la misma estructura del símbolo y su enunciado reconocible o no.

Puedes dibujarte, pero no te puedes representar. Justo lo contrario del pintor de domingos, que puede representarse a través de sus escenas de paisaje sin siquiera ser consciente de ello y sin saber dibujar, sin saber pintar verdaderamente, sin saber nada de nada. Se connota el pobre  dominguero animal (en el buen sentido de la palabra) a través de su parca réplica, su esfuerzo calamitoso, su traspiés de neanderthal.

Ella, primitiva, ve las piedras y las rocas como los huesos de la tierra, los venera y acepta su naturaleza sagrada.

Ella, artista de la piedra, ha evolucionado durante miles de años hasta la era de la transmutación de los metales, la combinación de los átomos y la refutación del tiempo. Esta alquimista en taparrabos y hacha de sílex aferrada a la mano, de gruñidos y rostro peludo ha concluido su periplo evolucionista paseando por la Quinta Avenida vestida con minifalda y un suéter amarillo cruzado de rayas negras y calzando botas blancas de media caña. Disfraz adecuado a su época que termina arrumbado en lo más esquinado del loft una vez traspasa de nuevo las puertas del templo: allí, ataviada de monja conventual, casi en harapos medievales en realidad, rodeada de vasijas y herramientas imaginarias, se entrega a la Obra Inmortal a salvo del mundanal ruido neoyorquino: trasiega entre sustitutivos y revelaciones. Por el cristal sucio apenas asoma la vida de los otros, el rumor lejano de sus andanzas, fatigas y descontrol: se han vueltos ininteligibles frente a una jerigonza hermética y poderosa que desde la mudez de su sintaxis concluye en lo visual, en los neones de lo secreto.

La artista hechizada, ya con las manos libres, los ojos muy abiertos y la mente despierta, revuelve en la quincallería objetual del metal y el plástico de donde extrae la memoria, califica el presente y conjura sus miedos mientras persevera en descifrar el rompecabezas inextricable del futuro. Selecciona materiales, desgaja las ideas del seso, dispone piezas. Seduce al tiempo, acalla el día y su alboroto. Celebra su misa en el scriptorium imaginario. Héla aquí, la omnímoda salvaje, con los brazos en jarra, La Eterna Gestante desplegando feromonas ya en el atrio mismo de la creación.

Y se adentra en la espesura, puesto que ahora ya lo sabe.

Lo sabemos.

Tú no eras un hada. Ni la más bonita del cuento. Ni la más indefensa. Ni la más lela. Eras la Bruja Piñones.

En lo más oculto del bosque donde el agua es verde y la tierra negra, donde las copas enrevesadas de los árboles retorcidos no dejan entrar los rayos del sol y domina la fría niebla, tienes tu morada, una cabaña de gruesos troncos coronada por una chimenea de la que se eleva día y noche una temblorosa columna de humo oscuro y fétido. Ningún peligro parece encerrar la tosca vivienda, sólo una invitación a la extravagancia y el misterio.

Y te recreamos, pues aún somos niños inocentes y crédulos, todavía víctimas del arte maquiavélico de tus encantamientos de bruja, maga y artista.

En el interior la atmósfera flameante excita los sentidos, cuelga el siniestro caldero al costado del fuego y sobre los troncos ennegrecidos por la alquimia del tiempo se proyectan las sombras de tu equívoca figura de mujer (¡menudo disfraz te procuraste!).

En esa caverna de terrores primitivos te entregas a la cábala y a las ciencias ocultas, te hallas en lo secreto… ¡Acaso no es magia negra hacernos ver lo que no es!

Bruja más que bruja entre retortas y probetas, pócimas y mejunjes, filtros y alambiques, matraces y mil tubos, entregada a una extraña y maléfica química que degrada las visiones y el entendimiento, sabia de una farmacia que altera las imágenes y las convierte en pesadillas, maestra y fábrica de ácidos y tóxicos que pervierten la naturaleza de los mundos... Has abierto La Caja de Pandora del Arte y la pesadilla se ha poblado de máquinas y artefactos imposibles, de la fiesta de la fantasía y lo incomprensible, de la estafa de los sentidos.

Y, sin embargo…

Pues que estamos en el principio, yo te juro que como acólito descarriado he de profesarte fidelidad, y en tu final, que ya está escrito, he de guardar nueve días de luto.

Año Domine I.

En 1949.

“Seré artista.”

2011.

Los tiempos han cambiado.

75 aniversario del nacimiento de Eva Hesse.

Vaya usted a saber por dónde anda: U68 o U120. Escondida entre galaxias, hurtándose al tiempo, huyendo de la mordedura candente de los lebreles del cáncer.

En efecto, todo empieza a ser muy distinto.

Ingeniería mental: se sostiene en el aire. Como un inconsciente colectivo.

¿Todo a punto, mercader?

“En 1889 Tanguy me decía: todo hombre que gaste más de cincuenta céntimos al día es un maldito pillo.” (DE GOGH, página 227.)

Unos pocos céntimos más y el banquete está servido: sobre la mesa de mármol una botella de vino, pierna de cordero con judías pochas, blanqueta, queso, tarta de manzana y café: 0,90 francos. En días de suerte, todavía se le sacaba al dueño del bistró el aderezo de un dedito de calvados para amenizar la sobremesa con los chascarrillos habituales y muchas maledicencias.

Sólo he sido enteramente feliz en el Bateau-Lavoir, se dice en 1972 don Pablo Picasso, Señor de Mougins, inmerso en la vie de château mientras recorre los atestados corredores de Notre Dame de Vie bajo la luz selenita de la medianoche. Allá en la Butte el pensamiento era más libre, y el cuerpo era como un amigo feliz y era mucho mayor la ambición, puesto que todo, absolutamente todo, estaba por llegar, y desde lo alto de la colina hasta se podía ver una luz verde allá a lo lejos que apenas definía los contornos de las cosas, una luz verde en la noche de luna ascendente que parecía presagiar todas las promesas del orgiástico futuro.

En 1912 Picasso había abandonado Montmartre: ahora Monsieur Pablo recibía en el 242 del bulevar Raspail.

De allí, poco después, a un lujoso apartamento en el mismo Montparnasse. Escalando, pues.

Los tiempos, amigo Vollard, están cambiando. Tu siglo de bastidores y pigmentos que dotaban de colorido el viejo París ha dado paso a patrones más serios y calculados.

Un billete de cien francos ya es moneda corriente en los bolsillos de un pintorzuelo no entregado en exceso a la bohemia y no demasiado loco a causa de la absenta.

Ni siquiera volverán aquellos años más cercanos de entreguerras cuando el pintor español, ya enriquecido, retornaba a Montmartre poseído por la sola idea de volver a abrir la puerta que le condujera a la Época Azul y poder ganar sólo unos céntimos, las monedas imprescindibles que le permitieran comer al día siguiente una sopa de verduras con tocino, beber un par de vinos al atardecer en compañía de buena gente, mear a gusto en el arroyo central de la calle pueblerina y tumbarse en el jergón cuando el sueño le venciera, aun con los pinceles en la mano. Al amanecer, un vaso de leche tibia y cremosa comprada directamente al boyero que guiaba las vacas y los bueyes, el trozo de pan todavía caliente recién salido de la tahona y, más abajo, casi en el horizonte, la vista inmensa entre brumas azules de un París somnoliento a los pies al que había que conquistar.

En 1900 eso bastaba para redoblar las fuerzas y seguir adelante.