La luna pasa...
Pensar ejemplarmente en los paisajes que nos sucederán después de muertos: las nubes haciéndose y deshaciéndose, los verdes árboles de junio, en el río fugaz huyendo siempre, los dibujos de la sombra en la ribera…
No en las huellas doradas en la arena, no en las voces y las risas y unos ojos que brillaban anhelantes, no en la alegría de aquella tarde y aquel lugar azul...
miércoles, 30 de junio de 2010
martes, 22 de junio de 2010
Beatus
Mediodía. Una gota de agua brilla en la fruta redonda. Como un sol
de claros y misterios se hace dueña del plato, barro de luz, conciencia más pura de lo eterno.
de claros y misterios se hace dueña del plato, barro de luz, conciencia más pura de lo eterno.
lunes, 21 de junio de 2010
Ciudad de eternidad
En el atardecer se sumen los pasos vencidos. Un sol oblicuo y cálido adelanta la sombra de la anónima figura. Tuvo una vez un nombre en esa ciudad de ficus gigantes al lado del mar el hombre que transita el pasado. El cielo, rosa y azul, cambiante y antiguo, parece el de antes. Ahora lo sabe, era el de hoy.
Perdurable es el aire de la plaza ociosa donde se alzan los grandes árboles de antaño. Rótulos de polvoriento cristal aún proclaman los viejos menesteres y los arcaicos comercios olvidados, los secretos ritos de la infancia. Los espejos negros adornan vetustos edificios. Busca su vago reflejo en las oscuras olas del azogue. Se adivina de niño y se descubre de hombre. Descubre las voces y los días, descubre el limpio frescor de las mañanas y las innumerables tardes del estío profundo y las calles encendidas de la noche.
Atraviesa el puente de piedra.
Entonces ve al otro, fugitivo y niño,
alborozado, huir hacia el futuro.
Perdurable es el aire de la plaza ociosa donde se alzan los grandes árboles de antaño. Rótulos de polvoriento cristal aún proclaman los viejos menesteres y los arcaicos comercios olvidados, los secretos ritos de la infancia. Los espejos negros adornan vetustos edificios. Busca su vago reflejo en las oscuras olas del azogue. Se adivina de niño y se descubre de hombre. Descubre las voces y los días, descubre el limpio frescor de las mañanas y las innumerables tardes del estío profundo y las calles encendidas de la noche.
Atraviesa el puente de piedra.
Entonces ve al otro, fugitivo y niño,
alborozado, huir hacia el futuro.
sábado, 19 de junio de 2010
Las dudas poéticas de Rocamadour en sus idas y venidas parisienses del XXI (1)

Toda vez que la propuesta artística contemporánea alcanza una pluralidad tal que resulta de todo punto imposible contabilizar sus logros, sus fracasos o medianías, la aceptación universal de un canon de absoluta libertad se impone desde la mirada menos avisada del aficionado crédulo y la torticera del experto. Es arte todo aquello que proclama esa definición en boca de quien lo perpetra, o la invoca o la hace suya con desparpajo. A fin de cuentas, se trata de expresar lo más esencial de uno mismo y llevarlo a cabo mediante el sentido más democrático de la inspiración o el antojo, sin necesidad de justificarse ante nadie ni acogiéndose a reglado alguno capaz de infligir coerción. ¿A quien se le puede negar voluntad tan inocente? ¿Acaso existe alguien dueño de esa libertad, por lo demás indivisible? Más aún, ¿quién se cree que es a estas alturas quien dictamina lo que es arte o no es arte? Permeable y proteico, el arte recibe la
lluvia-tormenta y aun el diluvio de una invención constante, inagotable, renovable, caudalosa, infinita. El arte ha devenido una combinatoria cósmica sin duda, y cuya miscelánea multiplica sus posibilidades galácticas día tras día. Y no se trata de adosarle adiciones improbables como el fraude, la idiotez circense, el simplismo gamberro o el nihilismo lúdico. El arte contemporáneo ni siquiera es de mentiras. Todo lo que muestra es lo que es, alla prima, sin… ¡artimañas!
Es artista quien así se presenta y de esa manera se entiende, o da voces pregonándolo y se encanta con el eco que cosquillea sus orejas. A diferencia de otras épocas donde la experiencia, la técnica y el conocimiento prevalecían sobre la ocurrencia y lo insolente, cuando ser artista se pagaba la mayor parte de las veces con todo el tiempo del mundo, con el esfuerzo laborioso, con la aplicada entrega del alquimista, con hambre… y hasta con la vida, hoy pocos están dispuestos a pagar un precio por serlo: al parecer, nadie. Hasta ahí podíamos llegar. El artista, hoy, demanda su salario y la cotización que avale la pensión futura, como el conserje o el ferroviario o la secretaria de dirección. En el XXI todo eso suena a antigualla y se halla muy lejos de los quince minutos wharholianos de hace décadas. El arte ha devenido espectáculo de masas y, en la trastienda de los sabelotodos, secreto valor de tasación. El artista ha terminado por convertirse en el actor (peor aún, el figurante) de la función (mañana, tarde y noche). Giacometti fue un artista. Hoy, ya no. Es un activo financiero (104,3 millones de dólares es el precio alcanzado en una subasta reciente de una de las obras del escultor que, hombre tímido y noble del XX, habría regalado al primer amigo que se la hubiese pedido). Vincent van Gogh fue un pintor tenaz y disciplinado del XIX que pintaba a su pesar para los corrales de cabras, para tapar los agujeros en la pared desconchada o a cambio de media jarra de vino pasada la medianoche cuando la pesadilla rondaba su mente enferma: después de su siglo, tan demodé y pasado de moda, fue una penosa referencia para miles de pintamonas equivocados que confundieron el arte con un discurrir cronológico de llamativas alternancias abocado a la catástrofe (nunca la suya personal, por supuesto). Hoy, su lamentable biografía se ha visto sobrepasada por otra mitología multicultural y moderna, lista y calculadora, más acorde con la frivolidad y las solidarias cofradías imperantes en el valioso mercado de cambio del arte de nuestros días.
Hoy, para el espectador anónimo, es decir, la masa que guarda pacientemente cola a la entrada de los museos comerciales (cercano al lavabo donde vaciar la vegija y refrescar el rostro, sin necesidad de abandonar el recinto sagrado, se halla el restaurante donde saciar el apetito con el menú degustación), espesado de citas culturales y abrumado de canales de información, atontado por la maraña inaudita de Internet, creer en el artista-prestidigitador es una cuestión de fe, sin mayores hermenéuticas. Tragan lo que les pongan en el marco, cuelguen del techo o diseminen por el suelo, y pagan religiosamente el catálogo que les meten en una bonita bolsa de papel a la salida de la exposición.
Hoy, ser artista o no-artista es un gesto, una mueca, el nombre de un lugar de citas, el disfraz de la vestimenta o el desdén en la mirada, medianos saberes ocultos en el silencio soberbio o en la carpeta de los proyectos sublimes.
En la actualidad, ser artista es gratis. Como el gato callejero o la nube, pero sin gracia y en venta, con el tique de entrada en la mano.
jueves, 17 de junio de 2010
Eva (IV)

El mejor refugio es el recuerdo (que nada tiene que ver con el pasado).
De aquel día registro una feliz sonrisa en sus labios, el cabello recogido en una cola de caballo graciosa y con garbo, y miraba el agua turbia, algo del cielo azul reflejado en la centelleante superficie, la forma de una plancha metálica a la que ella no dejaba de lanzar medidos vistazos, sumida en el cálculo de su apropiación: el arte está en la mirada, y de lo que deriva de ésta finalmente, lo expuesto, sólo es lo residual, la excrecencia material, en ocasiones hasta lo más prescindible.
Esta mística del escombro hace un uso magno del desperdicio: de sobra sabe ella la sustancia de lo entrópico en un universo cuya huida le aboca a su misma desaparición. Esta guapa y lista cuenta con el aliado del tiempo: a sus obras constituidas por lo más perecedero del material del siglo las concluirá el deterioro inevitable, se destruirán, se harán trizas y, contaminadas por los años y su decurso, se volverán definitivamente invisibles. Ya calculaba ella su desintegración, el final apoteósico de una agonía prevista en el enunciado mismo de su concepción. La ecuación postrera, implícita en su obra, la resuelve lo temporal.
De aquel día, acaso memorable por lo insustancial de sus anécdotas, recuerdo el paseo escrutador entre metales y tierras oscuras, las aguas verdes, a ella raspando la oxidada baranda y recogiendo en el cuenco de la mano la raspadura y el polvo como un tesoro.
De regreso a su taller, escondido en un área de lofts al sur de la ciudad, nos detuvimos en una cafetería tosca y algo siniestra con una luz roja de neón franqueando la puerta, aún en el extrarradio, y nos tomamos un par de cervezas fuertes y muy frías acodados en la barra de latón, bajo la persistente mirada de unos hombres silenciosos y serios, manchados de grasa, que comían y bebían y no parecían comprender nada de nada.
miércoles, 16 de junio de 2010
Eva (III)

Nueva York. Primavera, 1970.
Mira a través de la ventana.
Una luz verde y blanca parece dominarlo todo.
Está sola en la habitación. Una asepsia total.
Está reclinada en la cama, la cabeza apoyada sobre la almohada, y tiene el rostro vuelto a la luz de afuera.
Es una joven mujer calva.
Una moribunda sedente y rota directa a lo desconocido.
Las manos pequeñas, artesanas, poderosas sin duda, arrugan las sábanas, crean puñados de tela.
El bloc de notas y la estilográfica han caído al suelo hace rato, cuando se adormiló un poco. Pero ahora, aturdida, no tiene ganas de inclinar el cuerpo maltrecho, esforzarse desde la cama para recobrarlos. Además, ya ha escrito demasiado en ese bloc. En los últimos meses, aún descifrando los mimbres de la fatalidad que el destino le deparaba, exaltada por la rebelión y la ira inevitables, casi prestaba más atención a las notas que escribía que a la escultura.
El cerebro asesino todavía deja capturar algunas frases, palabras aisladas. Yacente, entrevé el dibujo de unas obras que nunca va a realizar.
Las visiones eran propias, de un léxico que nacía de la entraña rocosa que era ella, aunque las alentaban el soporte heteróclito, el detritus de la técnica. El material era una escritura (a pesar de todo), un alfabeto de pensamientos y ocurrencias destinado a fagocitarse a sí mismo deviniendo metáforas en un proceso de reconversión objetual, un discurso pletórico de laberintos y del recoveco que proporciona el equívoco plural del imaginario terreno.
En el fondo, y lo piensa ahora, que vuelve la cabeza hacia el vaso de agua sobre la mesilla, que no siente ninguna gana de llorar, pero sufre a escondidas en la blancura total de la indefensión, corroída por la pena, sólo la soledad de esa hora, de esa luz ultra que empieza a convertirlo todo en irreal, recrea aquello que la impelía a trabajar en la armadura tenaz de su obra: la luz irreal, la forma irreal, tan desconocida, un tropo que a fuerza de disparates alcanza el místico sentido de lo inefable.
La fórmula arbitraria que sustentaba la obra era una reflexión desde un museo formal compuesto del fantástico basural de materiales de aluvión, y vertía el drama de su conversión sobre el vacío, el cuerpo, la nada. Un biomorfismo que pendulaba entre lo mitológico y lo matemático, la razón y lo gestual. Luego, se adentraría en el no-caos. Para ello tuvo que arrumbar la referencia, la tautología de unas formas siempre enmascaradas bajo mil disfraces. Pura metáfora de lo indecible, puro nihilismo. El vocabulario extravagante de lo trágico.
Por fin, en el instante que estira el brazo hacia la luz, sin fuerzas para nada, sabe que el arte era exactamente eso, una puerta abierta a lo desconocido.
martes, 15 de junio de 2010
Eva (II)

No eran los suyos ojos implorantes. Todavía no; al contrario, la irritación le iba aproximando a la agresión (física, si pudiera) hacia todo aquello que se oponía a la más inveterada de sus creencias. Pero la enfermedad que iba a matarla estaba tan cerca que podía tocarse con los dedos, quizá estuviera ya sobre la piel de su rostro, de una plácida hermosura, a punto de entrar en ella, o ya en ella, dispuesta a revelarse a la luz, esa luz macilenta de cascotes y herrumbre que nos rodeaba.
-No soporto la alusión tan directa -exclamó de pronto-, todo aquello que sea capaz de interpretarse, dilucidarse, reconocerse. No acepto que no tenga a mi alcance algo contra esa maldición, contra esa mierda sucedánea de cualquier forma. En mi obra he de intentar que el resultado sea nada, corporeizar la nada.
-Es inevitable la analogía, el sobreentendido, todo ese fárrago de lo denotativo –afirmaba yo.
-Es un asco –replicó vehemente, y después de un corto silencio (podía oír su respiración entrecortada)-: Ya sé que nos traicionan los objetos, las imágenes y sus equívocos, el entramado grosero de su materia, su función o no…
Secundaba lo que ella decía, pero con un cansancio infinito, y porque entendía perfectamente lo que trataba de decirme la artista. Mi discurso era vago y hasta desinteresado, como liberando del cerebro el lastre de unos pensamientos confusos:
-Los objetos siempre explican algo a despecho de la invención o lo estrafalario de su disposición en el espacio. Hasta la misma materia que los constituye parece connotar lo indecible, lo inexistente.
Se escondió casi del todo debajo del abrigo negro y largo, talar, por poco no rozando la mugre de la tierra.
De la parte del río y las naves destartaladas y ruinosas que se alzaban en sus orillas soplaba un aire helado y turbio en un crepúsculo por instantes más sucio y desolador.
La sirena de una barcaza fantasmal a lo lejos pareció precipitar la noche.
No me miró al hablar, dirigía la vista hacia las grandes moles sombrías de las chimeneas que descollaban más allá de los muelles ya en tinieblas.
-No quiero que nada de lo que hago explique algo, signifique algo, recuerde a algo. No quiero discursos de ningún tipo, ni lenguajes, ni siquiera me hace falta la imagen.
-Pero –repuse-, ese noarte es imposible. Necesitas el objeto. Ese aislamiento, esa selección ya lo concreta, lo define incluso en lo ininteligible.
-Detesto las formas, pero ¿cómo trabajar con ellas desmaterializándolas, reduciéndolas al más completo silencio, a la mudez más asignificativa?
-No existe, y puede que no exista jamás, el arte invisible, que ni signifique, ni sea materia, ni sea objeto, apariencia…
Bajé la vista al suelo. Tenía los zapatos, y parte del dobladillo de los pantalones, embarrados. Toda la desazón que sentía al final de ese día la focalicé ahí, resumía una congoja inexplicable en esos sucios grumos de barro y polvo de hierro.
-Eso es lo malo de las apariencias –dijo después de una pausa-. No sólo nos delatan, también nos disfrazan de malentendidos contra nuestra voluntad, nos llenan de supercherías. –Suspiró, y añadió con voz lúgubre, premonitoria-: A nuestro pesar, siempre terminan por explicar algo que no deben.
(…)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
