jueves, 11 de octubre de 2018

37

 “Ahora sólo quiero vivir. Ya no es como antes. Al diablo con todo. Sólo quiero respirar con la cara al sol, el corazón tranquilo, un vaso de agua fresca…”
Después de su primera operación, se lanzó con ganas a su obra en ciernes. La culminó con éxito: Right After. Y, luego... hubo una segunda operación. Y una tercera. Y, entonces: “Sólo quiero vivir, ya no tengo necesidad del arte y sus zarandajas…” Pero murió. Y, como diría el gran Hem, estuvo muerta.
¿Qué arte iba a sucederla? También ella lo había iniciado, atisbaría hasta las mismas puertas del arte del siglo XXI, hasta mucho más allá probablemente: la creación ya no necesita al arte para nada. Deja sobre la gran mesa alargada, rectangular, multitud de pequeñas piezas que son como pequeños párrafos, un fraseo de intenciones, unos bocetos, o un diario de formas, la desesperación, la incógnita, la ternura, el miedo… Proyectos.
Seis meses antes de todo esto.
Cuando su extraño humor lo cree conveniente, Yeats permite que los jóvenes poetas lean sus propuestas poéticas entre las viejas estanterías y columnas de hierro forjado de su librería. La mayor parte de ellos son arrogantes y bellos, elegidos por los dioses… durante unos meses. Suelen leer sus laboriosos plagios (en gran medida inconscientes) con desparpajo a veces; siempre con la solemnidad del novicio. El parto de los montes. Sólo les reconoció humildes y cariacontecidos, hasta viejos, el día que Anne Sexton, entre el humo de sus propios cigarrillos y la bruma del whisky girando en su cerebro, las piernas al aire y su mirada persuasiva dio una lectura memorable en el local atestado de curiosos, poetas aficionados y ladrones de libros que Yeats procuraba mantener a raya. Sexton… En cierto modo, ambas Hesse y la poetisa, que llegaron a conocerse (y él cree que bastante más de lo que puede sospecharse), fraguaban una terapia creacional basada en un ego malherido o, en su contrario, monumental: trasegaban, la una con objetos, y la otra con palabras, con la metonimia intelectual de sus propias vidas. En Sexton, aunque lógicamente la elusión alcanzaba un mayor grado de uso debido a la legibilidad de su medio expresivo, el inteligente armazón nunca propicia que el yo alcance a  desnudarse del todo, ya que la misma crudeza de sus versos logra desviar la referencia directa lejos de su autora; en resumen, universaliza su biografía de tal manera que la confesión nunca delata a quien escribe. Ahí radica su atractiva complejidad. Hesse, aun sin deliberación, con menor complejidad por tanto, pues no precisa del encubrimiento, puede disfrazarse mucho mejor en los símiles plásticos que erige, tan difíciles de descifrar; sólo en los materiales de elección podía colegirse algún sustitutivo plástico que encarnara su temores, fobias y debilidades.
Sexton, la maravillosa: “Un poco de monóxido de carbono, bien dosificado, no le hace mal a nadie…”
Un día, se le fue la mano. Una copa de más del bendito gas y... a volar.
La tarde del 28 de octubre Anne Sexton entró en la librería de Raymond Th. Yeats como un ama de casa perdularia que viniera en busca de un libro de cuentos subidos de tono. Parecía lanzada a chorro al interior por el aire dorado y otoñal de afuera. El recital iba a celebrarse a la seis de la tarde, pero sólo eran poco más de las cuatro cuando apareció en un traje blanco muy ceñido, una sonrisa muy dulce (traicionera del todo) y un bolso de charol con todos sus pecados dentro colgado del brazo. Cruzó la puerta equilibrando su figura en unos zapatos negros de tacón alto al tiempo que buscaba con la mirada a Ray, que se hallaba de pie tras el mostrador. Como de costumbre, El Coleccionista se encontraba en el lado de las revistas ofertadas a peso; como de costumbre, en cuclillas escarbando como un arqueólogo fetichista algún ejemplar atrasado del New Yorker o algún Saturday Evening Post con un cuento olvidado de Fitzgerald o de cualesquiera que fuese por entonces habitante mitológico imprescindible de su Olimpo americano (Faulkner, Salinger, Cheever, Bellow, O’Hara, la Parker...). Yeats levantó los ojos de algún papel y los volvió a bajar como si nada al verla entrar. Emitió un gruñido a modo de saludo y, luego, sin mirar a la mujer, soltó a bocajarro:
-¿Aún no estás borracha, Sexton? –Raymod Yeats, terapeuta psiquiátrico a deshoras, conocía de sobra a esa mujer y sus estratagemas. “¿Dónde demonios esconde ésta la petaca? ¿Debajo de las bragas?”
-No lo bastante para volver sobre mis pasos y largarme a Boston, librero barato –masculló la poetisa.
El Coleccionista, desde el rincón, los miraba tenso, dudaba si debía ponerse en pie y saludarla (no la conocía personalmente) o permanecer donde estaba, invisible. Al final, alejándose del mostrador, fue ella la que se acercó. Sabía de su relación con Hesse. Bastante azorado, él se aprestó a la conversación. Muy pronto, ella le hizo reír.
Pero él se comportó con una necedad imperdonable, hablando (balbuceando) de la literatura de vanguardia europea.
La mujer le miraba como a un marciano, pero un marciano de otro sistema solar mucho más lejos que el de nuestra galaxia.
Tío, yo de literatura no entiendo. Yo sólo escribo poemas. Y únicamente cuando me entran ganas de esconderme debajo de la cama. 
Treinta minutos después apareció por la puerta Hesse.
Las dos se miraron mientras se les humedecían los ojos.
Se abrazaron muy dignas sabiendo lo que ambas sabían, pues a Hesse ya la habitaba lo funesto, y la otra lo arrastraba a cuestas desde hacía años. Aunque ni un temblor a la vista.
Vive o muere
Se ha llenado la librería de gente, pero el tono general del habla es de susurro educado, un murmullo hasta elegante y respetuoso hacia una poetisa que va a contar con un Pulitzer también en el bolso de los pecados.  
Ray inicia el acto con una somera introducción. El tipo se ha aseado: se ha mojado el pelo de los aladares en el lavabo, se ha peinado, se ha cambiado de camisa y enfundado una chaqueta a cuadros de hace dos siglos. Y en seguida, algo encogido, perpetra una burla consentida por las más protocolarias reglas sociales (de la que él, de ahí su extraña rigidez, es absolutamente consciente): “¿Qué puedo decir de Anne Sexton?”, se pregunta el muy taimado en voz alta dirigiéndose a los congregados. Y se calla lo que mejor sabe, oculta un hermanamiento raro, esencial, una connivencia sagrada con la futura suicida que procede de una adivinación casi prodigiosa de sus hechuras y desmesuras, disuelve su intervención en unas palabras de compromiso y graciosas convenciones. 
¿Qué puedes decir?
Lo puedes decir todo. Eres el hombre. Y estabas allí. Y resulta que no dices nada, librero cobarde. Sólo palabras necias para engreídos en una velada poética.
Esta mujer alta, de ojos intimidantes, carnosa y huesuda a la vez, con el cabello cardado a la moda de los sesenta, de rostro devastado, ha empezado a leer, y la voz, apenas modulada, brota de un acto desesperado que nadie es capaz de ver y, sin embargo, todos perciben en el poema terrible.
Abruma la andanada de versos rotos, tan reconocibles que se transforman en universales, y cuanto más se alejan de su dueña por la complicidad que consiguen más te sientes la diana de su flecha, versos blancos como aves negras que sólo sobrevuelan la angustia y tristeza propias.
Con la mirada puesta en Hesse, insistentemente puesta en Hesse, esta superviviente de las pastillas y el alcohol, de las más letales depresiones e insomnios, ahí sigue aún, aferrada a su terapia, sostenida por ese pequeño puñado de hojas a las que se agarra como un náufrago a su tabla de salvación.
Sobrevivirá unos pocos años más, funambulista siempre en la cuerda floja, vacilante y frágil, a punto de caer. Ventrílocua de sí misma, arrastra su muñeca tras los amaneceres desolados. Pero, también un día, se acabó… al final del sucio y negro callejón de Nerval te aguarda el monóxido de carbono, marioneta sin hilos.
Vive o muere.
Somebody who should have been born
is gone.
Yes, woman, such logic will lead
to loos without death. Or say what you meant,
you coward...this baby that I bleed.
La voz, firme, aterciopelada, ronca a veces, envuelve a los asistentes que de pie, rodeados de libros, escuchan la ristra de un vademécum de soluciones personal, intransferible y, sobre todo, aterradoramente humano.
“¿Qué puedo decir de Anne Sexton?”
Puedes hablar del miedo, pero de ese miedo desnudo, todavía sin palabras y en tinieblas que enmaraña la conciencia recién despertada, la angustia de una visión procedente del sueño que aún tiene agarrado al cerebro en la espesa urdimbre de sus colores imposibles, densos como el agujero horizontal de donde emerges boqueando. Puedes hablar de quien no hace del poema una mecánica ni un sollozo claudicante y trivial, de quien no hace de la pintura una pistola de repetición ni de la escultura la forma más amable. Habla de lo que hablan los suicidas: oh, dios de las olas, oh, dios de la estrella del norte, oh, dios del abismo (“Oh, Sylvia, Sylvia, con tu caja muerta de cucharas y de piedras, con dos hijos…”), Habla de la noche, del río imaginario, del brillo de la plata en el pecho de los muertos, de los viejos tiempos cuando hay tantas cosas que no puedes decir en voz alta que necesitas escribirlas, habla de los amaneceres gélidos, hostilmente neoyorquinos, habla de los ojos envenenados de Rothko y sus colores desfallecientes (se mueren segundo a segundo), de los ojos de cristal de Arbus que desde el pasado fotografía tu vejado rostro del futuro, de la piedra helada, habla de todas las albas frías, del amanecer de grisura metálica que traspasa limpiamente la esperanza de las mujeres violadas como la Sexton, de los charcos de sangre que cubren los suelos de los desahuciados, del aire cerrado y homicida del coche volador de Jackson Pollock hacia los mundos estelares…
Vive y muere, ha empezado a recitar nacida de sí misma (y de nadie más), ahora frente a la oscura niebla de los otros que han enmudecido. Con los ojos abiertos, ni se atreven a respirar.

domingo, 9 de septiembre de 2018

36


Su aspecto cetrino, abatido, mal encajado en el traje que viste, como si el mismo cuerpo trasmitiera su apariencia de disfraz al atuendo, le sorprenden a esa hora transparente del mediodía.
-¿Te has perdido? –pregunta a bocajarro, con el cigarrillo a medio consumir entre los labios.
En ese tiempo, él siempre se perdía en el plano tridimensional de la ciudad; no así en el otro plano escondido en el bolsillo de la chaqueta, que era capaz de conducirle hasta el rincón más siniestro de los miles de bloques de edificios.
Bajo la luz tajante y poderosa, envueltos por la brisa fragante y el dinámico colorido de los viandantes, el que parece perdido es el profesor, como fuera de lugar, impropio.
-No, en absoluto –le dice muy tranquilo.
Hace más de tres semanas que escapó de aquel apartamento oscuro y deprimente, de la ruin domesticidad que todo lo impregnaba, de la fisiología aplastante de sus ocupantes, del olor de esos dos cuerpos imperfectos.
-Acabo de terminar las clases –dice el otro con la voz quebrada, aguardentosa, expulsando al mismo tiempo que habla el humo de los pulmones (podridos, a buen seguro, deshaciéndose a jirones). Tiene el pelo revuelto, y la piel de la cara parece sucia, mal anudada la corbata con un goterón grasiento en forma de estrella en la parte inferior-. ¿Quieres tomar una copa?
Intenta una expresión indiferente antes responder, mirando algo más allá por encima de su cabeza calva.
-Lo siento. Me es imposible. Llevo algo de prisa. He quedado cerca del parque ése… el que está cerrado con verjas…
-Gramercy Park.
-Ése... Me he citado con un tipo de Artforum, un italiano que tiene vía libre hasta Clemont Greenberg. Quiero entrevistarlo. El tipo también es un experto en Kant, qué cosas. Tengo que empezar a trabajar cuanto antes.
-Pues aún estás bastante lejos de Gramercy. No me digas que vas a ir andando…
-Por supuesto –le contesta, casi cegado por el sol que le da de lleno en la cara.
-Deberías coger el metro, ahí mismo –le indica con la cabeza una boca del metro, a poca distancia de donde se encuentran, apenas visible por la cantidad de gente que pulula a su alrededor-. Línea 6, hasta la calle 22-. Le mira con decepción: -Bueno, me voy a casa –dice, y gira el torso hacia atrás, señalando algo invisible con el periódico que porta en la mano, y en seguida vuelve los ojos de nuevo hacia él-. Estoy harto de esa fábrica de inútiles. Cada día que pasa me aburro más. En cuanto termine el semestre me vuelvo a España. Ya no aguanto más esta ciudad.
Lo ha confesado con expresión de hastío, como si sintiera un cansancio infinito. Su desaliento, sin saber muy bien la razón, hace que él, mucho más pobre e inerme en la ciudad de los espejismos, se sienta confiado y optimista. Ha empezado a andar, pero aún sin quitarle la vista de encima, como si temiera que su olor le persiguiera
-Claro –dice por decir algo, a modo de despedida. Continúa su camino. Conoce muy bien el trayecto. Es una de sus zonas de paseo habituales cuando llega aquí desde su agujero en Queens. De seguro que tiene los ojos del profesor clavados en la nuca. Se mete en un río de gente que camina apresurada, con toda la prisa y la ambición del mundo que no se detiene ante nada hacia lo que no saben (y ni siquiera esperan). Él está exactamente en una encrucijada, en Washington Square, pero sabe perfectamente adónde va, y, con aire resuelto, no deja de andar a ninguna parte, pues Nueva York es La Gran Ciudad de La Ninguna Parte.
Y cualquier otro día, u otro mes, u otro año, por la 23.
Atisbando desde la acera de enfrente la entrada del hotel Chelsea, sus balcones de hierro forjado: acecha a cualquier poetastro, una actriz en decadencia, algún músico en breve candelero…
Jennie fotografía la fachada de ladrillos rojos, con balcones y chimeneas. Diez disparos.
Pide permiso para tirar un par de fotos a los cuadros colgados en la pared de unos de los salones.
Quiere subir a la 108, aún con olor a whisky.
20 dólares.
Y asciende a los infiernos.
Ya bajará.
La calle donde anida la librería de Raymond tiene árboles copudos de un verde limpio y fresco, aceras estrechas, edificios adaptables a la estatura humana, comercios de un solo dependiente, algún viejo al sol que anda sin prisas. Una calle sosegada de Greenwich.
Siempre que entra en la librería, toca una de las negras columnas de hierro colado que franquean la entrada como dos ángeles custodios. Dicen que da suerte (dice él, el taimado Yeats). Cruza el umbral y… debe hacerlo adrede: ha desaparecido la silla baja junto al mostrador curvo. Tiene que ser intencionado. Ahora bien, ¿cómo adivina que va a llegar en ese momento? Le tiene en pie durante todo el rato que permanece en la tienda, apoyada la espalda contra la pared junto a la puerta. Será una forma de estimular la conversación.
Mientras él mira las manos y el rostro del librero, éste reúne unos libros encargados por Hesse. Los ha introducido en una pequeña bolsa de papel de color verde (no podía ser de otra manera). Le propina unos golpecitos con los dedos de la mano derecha.
-Buena literatura –afirma-. Nada de esa narrativa sofisticada y barroca tan querida por los hijos de la España decadente.
-¿Puedo verlos?
Me miraba él como se mira un semáforo en rojo al que no tienes otro remedio que aguantar.
-De ninguna manera. ¿Qué clase de católico eres tú?
-En ese caso, ¿qué hay de lo mío?
Hace tiempo que El Fantasma le pidió una vieja edición de Harmonium.
-Todo a su tiempo. Mientras tanto deberías meter las narices aquí dentro. -Le tiende un libro algo grueso, usado pero en perfectas condiciones. Se trata de To the Finland Station-: La edición completa de Doubleday, amigo. Un dólar y es tuyo. –Lo bueno de The Green Train es que, siendo una tienda de novedades a la vez que de libros usados, su dueño y librero que la gobierna vende los volúmenes que son auténticas piezas de museo, perseguidas por los bibliófilos, como si fuesen de saldo, sin conferirles mayor importancia. Al no creer Ray en esa majadería del libro para coleccionistas, de sus manos salen verdaderas joyas a precios ridículos que destina para sus verdaderos lectores. Pasadas las décadas, una primera edición para Raymond Th. Yeats es, simplemente, el mismo manojo de hojas de papel cosidas que se puso a la venta en el mismo día de su aparición, un medio de conocimiento sin valor de cambio material, un mero soporte del trabajo intelectual. Un in-folio de Shakespeare le merece el mismo respeto físico que el poemario recién aparecido en ciclostil de su amigo Gregory Corso o una novela en paperback de Nabokov o Updike.
Una tarde, El Comprador de Libros Baratos descubrió con sorpresa a un lado del mostrador una de las ediciones de Leaves of grass impresa en Filadelfia en 1892, la última supervisada por el propio Withman, letrería vigilada por los mismísimos ojos del anciano vate. “¿Y… esto?”, logró balbucear. Yeats le dirigió una mirada sin interés, perfectamente natural. “¿Esto?, es para una de mis mejores clientes. No creo que tarde en llegar. Ya han cerrado los colegios, así que ahora mismo la tenemos aquí”, dijo mirando la esfera del reloj de pulsera. Cinco minutos después apareció una adolescente larguirucha, pelirroja y pecosa con una trenza graciosa que caía a un lado del pecho. Vestía una blusa modesta y unos tejanos con doblados al final de las perneras. Saludó a Ray y preguntó por su libro con una sonrisa nerviosa. “Aquí lo tienes. Son setenta y cinco centavos, nena, pero aceptaría tres cómodos plazos.” La colegiala hurgó en uno de los bolsillos del pantalón y extrajo un puñado de monedas que contó encima del mostrador. Hacía un par de minutos que la chica había salido y él aún no se había repuesto del estupor. “Pero, ¡ése es un precio absurdo, Ray!” “¿Te lo parece?” “¡Pagarían un par de cientos de dólares en cualquier almoneda!” “Ese libro”, replicó el librero, “tiene más de setenta años, se cae a pedazos y se lee con dificultad. Setenta y cinco centavos es un precio más que razonable para una chica con aspecto de tener problemas con su asignación semanal. Su padre trabaja en el bar de la esquina, un irlandés católico, es decir, despreocupado hasta la indecencia en la cama, que ya le ha hecho a su mujer cuatro hijos. Además, lo necesita para su clase de Lengua Inglesa.” Señaló una de las estanterías donde acumula los libros de poesía: “Ahí tienes un Withman en una edición de bolsillo de reciente aparición, aún huele a imprenta, cuesta tres dólares y medio y luce una bonita portada con un dibujo a carboncillo del poeta. La que acabo de vender es una antigualla, de modo que he hecho un excelente negocio. A mí me costó el equivalente de dos centavos. No hay punto de comparación. Hace unas semanas compré a peso una furgoneta repleta de libracos cubiertos de polvo que nadie se hubiera atrevido a tocar ni con un palo, la biblioteca entera y desastrada de una vieja maestra solterona que apareció muerta en su apartamento de Brooklyn. En fin, que si a la chica le sirve, que a buen seguro le va a servir, los dos salimos ganando en este negocio.…”
¿Y esas repeticiones, ese afán por seriar una y otra vez…? En la repetición del absurdo…
Hesse: golpéales antes dos veces, tres, las veces que sean necesarias, y luego dejas que la imagen penetre en sus cerebros como… como una bala, ¿recuerdas?
No hay nada que justificar, y mucho menos que explicar. Y, sin embargo, es necesario hacerse oír… Quiero decir, repetir las cosas. Sí, eso es. Las amplifica. En otras palabras, si algo es significativo, tal vez sea más significativo dicho diez veces… En el lado opuesto, diría que si algo es absurdo, es mucho más absurdo si se repite. Es, digamos, exagerar una idea, cualquier sentido que ésta encierre.
-¿Qué diablos ha pasado con la escultura? ¿Qué clase de libertades os habéis tomado? Parecéis los bárbaros a la entrada de Roma, confusos y escandalosos. La escultura era el rudo Miguel Ángel, el tosco Rodin, el laconismo desintoxicador de Brancusi, el, la, lo [etcétera]… Genios dignos de memoria… ¿Y qué sois vosotros ahora? ¡Unos alfareros charlatanes! ¡Más me vale acudir a Bonhams y gastar mi buen dinero en un perfumador chino imperial Cloisonné!
(Bonito ejercicio de pedantería.)
Y, por Dios, no me vengas ahora con eso de una rosa es una rosa, es una rosa, es una rosa.
Pasea por Nueva York con el pensamiento en otro lugar: el pasado no es una noción temporal, es un sitio. Muchas de las calles de la ciudad, tramos de sus avenidas y gran parte de sus plazas la transportan por vías donde es posible viajar a la velocidad de la luz en una excursión plural y levítica donde el conjunto de sensaciones recobradas por esa visión interior constituye una amalgama de ardua definición: tras aquellos árboles se esconde la casa donde en 1951, a los pies del sillón de su padre, se deja engatusar por los diálogos saduceos de John Daly en el concurso televisivo What’s My Line? Aquella ventana es el estudio de X., que luchaba una y otra en el baile de graduación por entreabrir mi boca con sus labios bañados de alcohol y meterme la lengua pastosa. En aquella esquina reprimía sollozos adolescentes sin tener una idea muy clara a causa de qué o de quién. En los días del verano nos sentábamos en ese banco de Union Square L., K., R., y conversábamos de arte y literatura todas a la vez, quitándonos la palabra de la boca, creyendo que siempre sería así hasta el fin de los tiempos. En Central Park hablaba con Alicia e intentaba adivinar cual de los adolescentes con espinillas que me rodeaban con aire ensimismado era Holden. Tomaba el ferry gratuito que iba a Staten Island sólo por matar el tiempo. Y ahí, mítico y poderoso, sostenido por la soberbia, el puente de Brooklyn, que dibujé centenares de veces a plumilla. Sin haber vivido nunca en la 42, creo que es la calle donde más horas he pasado en mi vida. Y no, nunca patiné en Rockefeller Center durante las Navidades: mi padre no cejaba en el empeño pero H. y yo éramos unas patosas. Todo, absolutamente todo, me sucedió en el Village.
La tenue y movediza luz de un sol casi blanco se filtra entre la seca hojarasca de los árboles del parque desierto (?) y se posa sobre los zapatos polvorientos; fuera de la sombra protectora, revela la casi indigencia de su atuendo: todo contacto, cada uno de sus reflejos en los escaparates, en la mirada de los otros, declara su pobreza de ahora, su andanza de desocupado.
Todo lo adyacente a mí es lo más valioso:
“¡aprende esa lección de una vez, estúpida!”
Las aguas del viaje se curvan porque se curva la tierra.
Eros. Tánatos.
“¿Sabes lo que significa Häagen-Dazs?”
¿Y qué tal fornicábamos al final de la utopía?
¿Era el cuerpo el instrumento para levitar hasta la música celestial o por el contrario un vertedero donde arrojar las malas pasiones, las humedades, los jugos intercambiables, lo podrido y los licores prohibidos?
Hieratismo era lo mío. Imaginaba. Quieta como una esfinge. Que se vacíe de semen el egipcio, el griego, el romano y el emperador de la China y el rey de la Conchinchina y el brujo de Tombuctú, y el judío, el italiano, el irlandés, el hispano.
Yo soñaba con matar.
¿A quién?
Matar.
Algo tiene de obsesivo, pero también de precaria insistencia esta forma de indagación esencial.
Hesse, al final, ya en sus últimos meses de cabeza rapada y mirada desvalida, mujer calva entre cirujanos y cristales, metales y silencios, comprendió que no necesitaba ser artista ni poeta para justificar que estaba viva. Pero… era que moría:

jueves, 10 de mayo de 2018

35

T.: cuando el grupo de personas que rodea al artista decrece, se acerca hasta él. Hesse prefiere quedar atrás mirando las obras. Él se presenta y el pintor escucha cortésmente sus palabras, pero con algo de frialdad, de evidente desapego. Ante su petición, le firma un catálogo liviano, en blanco y negro. Veinticinco años después, en París, una mañana de abril se encuentra con él de nuevo. Almuerzan en la explanada soleada frente al Centro Pompidou... ¡un vaso de vino tinto y una rebanada de pan con sobrasada! No recordará en absoluto aquel primer encuentro de entonces en Nueva York. Ya en el siglo XXI: el viejo catalán acepta de buen grado el mito, en su fundación le rinden homenaje (silente, emocionado, muriéndose despacio y endiosado).
Vuelve en compañía de Hesse y contemplan con morosidad las pinturas.
Son cuadros de gran formato, de la década de los sesenta, muy plásticos pero muy referenciales a la vez. Por ejemplo: Caixa d’embalar, que concita la admiración de un grupo de gente reunida frente a la obra.
Las pinturas son un testimonio evidente, van más allá del mero objeto, adquieren significados ocultos, simbólicos.
¿Por qué?, se dice la neoyorquina que nunca conociera el compromiso político ni la militancia del subsuelo.
Mucho tiene que el ver el arte con la estética: una confrontación secular. Lo que cuenta es lo que se propugna: una vía hacia el nuevo conocimiento, y proporcionar a aquélla los medios para mejor allegar a éste.
¿Qué conocimiento? ¿Hasta dónde hay que hurgar?
La práctica del arte, el mismo acto de crear, ya justifica sobradamente su valiosa existencia en las cosas y sucesos del ser humano.
Hesse mira los cuadros intrigada.
-Son como enigmas, un acertijo… No entiendo por qué, no veo la necesidad de esa legibilidad que los trasciende, el símbolo que instiga. Hubiera bastado con la materia. El solo objeto: ¿por qué escribe en él?
Ya es una experta. Eso se cree. Ya sabe cómo tratar a uno de esos wasp de los sesenta convencidos de que su padre de 200 años acompañaba a George Washington  mientras éste sentado a la mesa camilla de la casa de su madre en Frederikburg urdía el movimiento de independencia.
Universos paralelos. La broma de Hesse. Pero en cierto sentido, esos estratos de la cultura americana, esos compartimentos estancos, nunca entrelazándose, siempre divergentes, o paralelos, yuxtapuestos… Y siempre sincronizados. Sin verse jamás. ¿Cómo es posible? K. se emborracha y se ensucia con sus personajes faranduleros en sus novelas-testimonio mientras S. acciona sus sofisticados e inteligentísimos adolescentes en decorados perfectos, una Nueva York a la que sólo le falta oler a colonia, aromas de primavera, y la nieve limpia bajo el sol de febrero, aunque la idea del suicidio y el abandono fermenten las idas y venidas de sus personajes aparentemente dóciles. Hesse por su lado, atenta a lo que se mueve, a lo que muere, a lo que sucederá a todo eso.
Raymond Th. Yeats: “Tienes que conocerlo”, le dice a la joven discípula.
“Era un tipo cansado, gastado, quemado: beat. Luego, jugaron con el prefijo, lo manosearon, lo reinventaron, lo…”
Kerouac, el tipo que nunca fue feliz ni siquiera en la absoluta soledad de la noche estrellada de Hozomeen, ni en la alta montaña rodeado de azules oscuros, ni en los rieles nocturnos bajo la luz de la luna, Kerouac, que no pudo encontrar la dicha del solitario, la grandeza solitaria del místico. Y esos ridículos hippies como herederos, blandos como la crema, felices en sus disfraces, en su jazz falsificado, en sus cómodas muertes en bonos a treinta años… Una perversión, como en el arte. Más o menos: expresionismo abstracto: minimalismo: arte povera… Y así. Warhol y la Factory: ahora no el arte, los artistas, altaneros, engreídos, tan frágiles. Etcétera. Hesse, aislada, su obra naciente (lleva esto por ese camino).
Después de beberse dos cervezas, comer un gran sándwich de pollo y huevos revueltos con tostadas en el bar de Grand Central Station, la generosidad  espiritual adquiere ribetes de épica.
Como creador yo no la mataría. No se me ocurriría. Es más, ella no se merece morir. Ni como heroína de novela ni como encarnación de una artista cualquiera, una de tantas. Es inmortal. Vamos a decirlo de ese modo. Pero los milagros e infortunios de la vida bien parece que estén gobernados por un idiota con el cerebro lleno de ruido y horror, análogo al beocio de la novela de Faulkner. 
Yo sería un dios más justo, menos ruin y más explicable.
Un creador menor, pero sentimental.
No es menor su desorden.
Gastronomía versus Hambre.
En U1 se ilumina la oficina del estómago de la siguiente guisa.
1968, 1969, 1970: “tú y yo hemos comido por dos dólares y medio, y cenado por unos centavos más en decenas de restaurantes entre Houston y Canal, incluso más allá de la calle 14. Un verdadero festín no alcanzaba los 6 dólares”. Hoy mismo, en 2010, si la recoge de U4 y la trae de vuelta a la tierra, les bastaría con 30 dólares.  Ahora bien, el hambre es una cosa, y además seria; el arte, otra, y además frívola.
Menú de la casa, materias primas, de rigurosa temporada, pocos riesgos de desmesura creativa en consecuencia: 295 dólares (vino aparte, 80; servicio de mesa, 25; propina, 40). ¿Cómo?
Grisinis de parmesano con lardo de Colonnata.
Sopa de ostras a las hierbas.
Flores de calabacín en tempura.
Lascas de cecina de vaca.
Almejas al escabeche de manzanilla
Gelatina de gallina y setas.
Timbal de calabacines tiernos con berenjenas y salsa de almendrucos.
Cigalas sobre pasta fresca en salsa de perejil.
Entrecó a la provenzal.
Surtido de quesos.
Sopa fría de frutas. 
Café aromático.
Cóctel de champaña.
Cuatro años después, en 1972, El Negro abandona Nueva York.
Regresa a España de la mano de una falsa Beatriz. No tiene un céntimo en la cuenta corriente. Han desaparecido las revistas donde solía escribir. Sólo sobrevive (comer, dormir, cintas Kores dactylo para la Consul checa del 66, folios Galgo, los cigarrillos Lucky Strike sin filtro, un par de cervezas a la caída de la tarde).  
Al aterrizar en Barajas llevaba en la maleta, como un as debajo la manga, una novela terminada sobre su estancia en Nueva York, sus idas y venidas, los sucesos de Hesse.
Se aferraba a esas páginas con desesperación, hasta con rabia suicida.
Y cinco años más tarde, en 1979 quemará el original y las dos copias en papel carbón.
Los únicos fragmentos que perviven se agazapan en una memoria, la suya, siempre voluble, circular, inagotable.
Sin  pentimento.
Imperfecto.
Incorregible.
(Retomar el hilo… ¿de qué?)
Judía: desde pequeña siente un horror invencible ante la levita del rabino, el sombrero negro y enhiesto como una amenaza, las barbas, esos densos pantalones oscuros plagados de sucias y grasas manchas de semanas, las miradas ambiguas y piadosas, sospechosas siempre, el aire espeso de la sinagoga que parece envolverles a toda hora. Odia todo tipo de mistificaciones. En una ocasión, siendo niña, su madre la llevó a un establecimiento de comida judía. No recuerda muy bien la razón, pero al cabo de unos minutos su madre absolutamente histérica (tres meses más tarde se mató) empezó a discutir con el dependiente, un tipo de baja estatura y facciones congestivas. Un compañero de colegio vio la escena desde la acera veraniega y soleada, aún fresca a esa hora temprana del día, y le mandó un saludo con la mano riéndose burlón. Hesse, avergonzada, bajó la cabeza, hundió la vista en el suelo. Jamás volvió a entrar en ningún sitio que recordase ni por asomo todo lo judío, una religión a fin de cuentas. Una estafa.
A la entrada a The Green Train.
Agosto, 68. El aire encendido del Señor abate sobre las calles una pavorosa inanidad.
Un tipo con el cabello hirsuto y entrecano peinado a raya, con el rostro sembrado de surcos profundos, terrosos, la mirada de ceniza y la boca encogida, se hace a un lado y deja vía libre para que entre en la librería. Siguiendo el código de buenas maneras, él se niega y le cede el paso a la vez que hace un ademán con la mano señalando la calle. El tipo insiste en su cortés actitud sin moverse un centímetro, dibujando lo que parece una media sonrisa en sus labios de polvo. Al final, El Buscador de Cuentos de Revista asiente con la cabeza y pasa al lado de El Hombre de Tierra algo avergonzado.
Saluda con la cabeza al librero y se dirige a su rincón, a husmear el polvo más espeso.
Cuando termina su inspección rutinaria de viejas revistas de los años cincuenta, se acerca con un par de newyorkers en la mano  adonde se encuentra Yeats, junto a los contenedores de libros usados.
-¿Lo viste?-, pregunta el librero sin desviar la atención del fondo de uno de los cajones en el que deposita libros en rústica que toma de altos rimeros en el suelo.
-¿A quién?
-A John Cheever. Acababa de marcharse cuando tú viniste.
“¿Cheever…?”
Lástima que el tipo, atontado por el sentimentalismo y las drogas que paliaban su cáncer, terminara sus días en el oficio escribiendo unas páginas para el Reader’s Digest.
Se estaba bien allí, en el interior fresco de la librería, en silencio, a salvo del pegajoso calor de afuera. Pensó con una enorme paz que era el mejor sitio del mundo para estar a esas horas primeras de la tarde, sólo entre libros, sin tener que decir nada…
Su expresión era de lo más sombría, no obstante: todo lo importante… no deja de ser anecdótico.
(¿Qué compró? ¿Acaso es secreto de confesión?
El tipo era un católico bastante excéntrico, pero católico.)
Bien, Nueva York mata.
¿Había alguien que creía lo contrario?
Él no puede ser como esos jovenzuelos idealistas que escriben tan sólo por hacerlo cada día mejor porque eso es lo que les causa la mayor satisfacción (y su desgracia final), sin esperar recompensa material alguna. El mata y plagia por una hamburguesa mezcla de carne de vaca, cerdo y caballo ahogada en salsa barbacoa.
Mayo. Cuando ella murió.
En plena primavera, la gente parece feliz, renovada.
Ve salir de un Books and Magazines a D.G., que baja la cabeza rápidamente y cruza la calzada. Lleva una bolsa de papel marrón cogida de la mano. Él desvía la vista a fin de no comprometerlo. Se mete en la Biblioteca Pública una vez el otro desaparece. Cuando se adentra en la luz sosegada e inspiradora domina como puede el temor que semejantes recintos le provocan.
En realidad, como cuando era niño, mastica las páginas de los libros (antes de olerlas).
Al salir, elige para comer un restaurante de la cadena Tad’s Steaks, muy cerca de allí, en la 42. (2,75$: una gruesa tajada de carne a la parrilla, patatas con piel asada, ensalada, zumo y un pedazo de tarta.)
A ella nunca le gustó la carne.
Repite la ración de carne y excluye todo lo demás excepto el vaso de zumo.
En el metro, camino del apartamento en Queens, le asaltan unas arcadas invencibles. A pesar de sus esfuerzos por evitarlo, vomita. Los pasajeros asqueados se alejan del rincón donde se encuentra. En la siguiente parada un vigilante le saca del vagón a empujones. Creen que es un borracho. Sólo está enfermo. Sucio y maloliente, desolado, le cuesta hacerlo entender de ese modo.
Lo expulsan al aire negro de la noche.
Llega a su casa casi de madrugada.
A salvo.
Las tinieblas.
En la calle 14, hacia la Octava Avenida: españoles.
Negocios y restaurantes baratos con nombre “exóticos”: Oviedo, Valencia, Lugo, Madrid, El Gran Catalán… 
Da un poco de lástima todo esto, esta forma de salir adelante que ni siquiera es una farsa. Es, simplemente, un estancamiento, un viaje a ninguna parte. Un día tras otro, amanece, riegan las aceras, emprenden el sórdido arqueo al echar el cierre, se sumen en la noche eléctrica, y luego los shows y los informativos de la televisión (Ed Sullivan, Walter Cronkite…), el sueño indigesto, el despertador. (1955-1970). Recuerdo que en España, allí… Etcétera.
¡Ah, España…! Etcétera.
Es un día de abril perfecto, cálido, luminoso, azul. Viene de Queens, sale de la estación de metro en Canal Street, cerca de Spring, y, sin pensar muy bien lo que hace, aspirando bocanadas de aire limpio, camina entre hileras de gente, al mismo ritmo que la manada, hacia el norte por Lafayette; dobla por Washington y… ¡se da de bruces con el profesor de español!

sábado, 7 de abril de 2018

34


Ray está mirando fijamente un punto de la superficie del mostrador, en absoluto silencio. No ha contestado a su saludo, que era casi un gruñido, pues también él se halla entre abstraído y hosco. Se aleja hacia las pobladas estanterías de las revistas y empieza a husmear durante un rato infructuosamente. Busca ejemplares del New Yorker de los años cuarenta y cincuenta. Al cabo de diez minutos regresa frustrado al mostrador, y, de repente, al notar el librero su presencia, alza los ojos cercados por las impenitentes ojeras y abre la boca:
-Una estrella se encuentra a 900 años luz; la vemos, por tanto, como era hace 900 años, en el 1069. Pero pensemos esto. En el momento que la vemos, “otro” espectador, hace 900 años, la mira a su vez en ese instante que parte la luz hasta nosotros… ¡También él la observa hace 900 años, muy atrás de su tiempo,  exactamente a como era en el año 169! ¿Qué luz nos llega a nosotros en este caso? ¿Qué es entonces el tiempo? ¿Un lugar, un círculo, una ilusión…?
Todo eso suena muy especulativo.
-Ray, maldita sea, ¿tienes el New Yorker con el relato de Cheever?
Vuelve a la tierra:
-¿Cuál de ellos?
-Aquel de la chica que reclama a su compañera de tenis la mitad del importe del taxi…
-Salinger.
-¿Cómo?
-Salinger, ése lo escribió Salinger –dice con voz muy suave pero firme (en su materia, es infalible). Luego se calla de nuevo. 
-Pero ¿lo tienes o no?
-Búscalo tú mismo.
Ha regresado a U5.
Otro ensoñador.
(¿Soñador?)
El Coleccionista, por su parte, esa tarde coge el metro en la calle Spring y se apea en la 42, a un paso de Penn Station. Se mete en la estación. Hesse participa en una colectiva en Washington. También exponen Smithson y Serra.
Hesse ha soslayado viajar con él, prefiere hacerlo con un grupo de Yale, así que toma el tren solo.
Después de horas interminables, cuando llega a Washington va directamente desde Union Station al hotel, muy cerca de la galería.
Esa noche, durante la inauguración, se muestra especialmente encantadora con él, solícita en todo instante, guiñándole un ojo cuando la gente se interpone entre ellos y les separa. Beben champaña. Él habla con Serra de escalas, de materiales como el plomo, del acero, materias en su poética elevadas sin más a rango de categoría artística. Intenta hacerlo en castellano, pues su padre era español, pero el artista le mira con desconfianza, incluso con perplejidad, así que, al cabo de unos pocos minutos, se siente incómodo y sólo balbucea trivialidades en inglés, algo demasiado fácil de colegir hasta para un artista, siempre atento a su ego. Ha sido una conversación malograda. (¡Si este tipo supiera que treinta años más tarde, en pleno siglo XXI, una de sus malditas esculturas de más de una tonelada de peso iba a desaparecer de un museo en España por arte de magia, volatizada!)
De vuelta de nuevo en Manhattan.  
Hesse se muestra feliz. La oye canturrear bajo la ducha por primera vez en el tiempo que vive en Nueva York.
Al día siguiente tiene que hablar con Droll, el director de la Fischbach Gallery, quien ya le ha comprometido una individual. Cuando sale del baño amaga un gesto de dolor.
-El hombro –dice sonriendo, quitando importancia a la queja. Cruza la habitación algo torpemente. Él lo atribuye a un simple mareo.
Marzo de 1969. Sentenciada.
U4. Y, ahora, ¿qué pasa?
-No me salen las cuentas.
-¿En esas estamos? Cada vez que saltas de un universo a otro empalideces más. Aquí todos parecéis taciturnos, ensimismados.
-Necesito tiempo.
-Verás crecer la hierba…
-Hacerse el verde y todo eso… He visto a R. Una visión terrible, no sé cómo, pero ha llegado hasta aquí.
-Sin embargo, se mató –asevera él.
-Es cierto. No puede estar aquí, ni en U1 ni en U3 ni en ningún sitio. Nada de nada –termina aceptando una Hesse derrotada, de un verde marciano, o venusino o…. Desdeñosa de galaxias, ya sólo cree en universos.
-¡No tuvo tiempo de escapar!  
-Aunque, cualquiera sabe… Quizás escapó antes de… Antes de terminar. Pudo hacerlo al desvanecerse, mientras…
-Mientras se desangraba por los cortes en los dos brazos.
-También tomó barbitúricos. Eso aliviaría el trance.
-Quizás soñaba, se moría, pero soñaba.
Abandonó el hogar, las cuatro paredes de su pintura, su “lugar” de recogimiento, la capilla, el orante...
Sacrificado como un Cristo. Un mal judío: no hay cristos.
El hombre (nada menos que un hombre de carne y hueso, carne macilenta y aliento insano), en la gélida mañana de febrero: el cuerpo ya no es un instrumento de goce; todo lo contrario, cerca de los setenta años se está rompiendo por todas las costuras, hace aguas, se resquebraja como un muñeco viejo, un fardo torturador e inclemente que hay que cargar a las espaldas nada más abandonar la cama. Ya no sirve para gran cosa. Hace tiempo que se ha vuelto impotente. Por supuesto, nada de alcohol y tabaco, dictaminan. Por supuesto, nada de esto y lo otro… Por supuesto, bebe y fuma más que nunca. Por supuesto, prefiere morir como es debido. Por reacción. Como un hombre. Que se vayan al diablo los malditos momificadores, taxidermistas del alma. Tiene que valerse de asistentes para pintar que, aun monaguillos sumisos, son manos ajenas profanando el óleo sagrado, y revisten la realización de los cuadros de una especie de sacrilegio.
El sacrilegio se halla muy próximo al sacrificio.
Miércoles. Demasiado tarde para este nietzscheano con gafas de culo de vaso. Y ese estudio de la calle 69: un antiguo garaje inhóspito, helado, bajo la niebla de una claridad de metal, de cúpula inalcanzable que se eleva cerca de quince metros; allí ha dispuesto la última guarida: una cama, y la zona del baño, siempre hedionda, y una cocina desangelada y sucia donde nadie supo nunca que se guisara un plato. En ese rincón prefirió yacer en su última noche. (Mayo, 2007, Sotheby’s subasta uno de sus cuadros… ¡y lo vende por 75 millones de dólares!). La última cena (compradores de arte, marchantes de hombres, tomad nota): un frasco de barbitúricos, un vaso de agua, la cuchilla a un lado. Se desviste mientras hace la digestión del banquete. Coloca los pantalones de artista obrero manchados de acrílicos en el respaldo de la silla desvencijada. Sin prisas, sin miedo, se corta las venas azules. ¿Eres un verdadero shojet? Veámoslo. Brota incontenible la sangre roja. El hombre herido, en calzoncillos,  se tiende con los ojos cerrados sobre el frío suelo de cemento y estira los brazos desnudos, mojados por la savia tibia que mana de él mismo y que nada ha de vivificar.  Ya no siente el frío.
Muerto, tendido en el suelo, parece una cruz.
-Pues he visto a R. –asegura con una expresión angustiosa Hesse (entre oro y verde ahora).
-No me confundas. Según las estrictas reglas, que, te recuerdo, tú misma elaboraste, no es posible el viaje entre los U. Una vez muerto, al hoyo. Y punto. No hay excursiones que valgan. Hay que espabilarse antes de que empiecen a tejer y destejer las parcas.
-Y, sin embargo -dice con voz débil-, lo he visto. Puedes estar seguro. –Ve su faz lívida, su figura de sombra. “Más tarde o más temprano ha de disolverse en el polvo cósmico”, se dice. “Su palidez asusta, ya es casi fantasmal.”   
Puede que a quien haya visto el suicida sea al engreído y melifluo teólogo Kierkegaard, glosador incansable entre citas bíblicas: hace de lo personal una religión universal mientras otros pagan sus deudas de café; y en sus años finales, cuando comprueba aterrado que tendrá que trabajar para ganarse el sustento opta por ser un hombre enfermo, pues del alma ya lo era: mal asunto. De este pastor de impotencias extrae el místico pintor, siempre con la pesada piedra judaica a la espalda, la idea del sacrificio.
¿La ofrenda por el pecado de sus cuadros? Él mismo. El padre debe amar a su hijo, pero si el dios lo pide, debe matar a su hijo.
Abraham, Abraham, atrona la voz del terrible Yahvé entre soledades de piedra.
¿Qué mejor hijo para el sacrificio que tú mismo de ti nacido?
El acto de pintar es, en realidad, una forma de entender el arte, de reafirmarse en unos principios que, sí, en ocasiones alcanzan lo teológico: una ronda en torno a la muerte debería ser la creación, un sacerdocio que ilumina las tinieblas en pos de lo trascendente.
Pero, ¿no era el arte una fiesta?
Lo dionisíaco frente a la mesura de lo apolíneo…
Los cuadros de Rothko me resultan borrosos, como envueltos en una bruma que los vela.
La turbiedad de su conciencia: he aquí a un hombre que no es religioso y mantiene la espiritualidad del arte como primera condición para su ejercicio.
El humo de la carne quemada en los crematorios de Auschwitz y Treblinka enceguece la súplica cromática.
El coro de angélicas criaturas dirigiéndose al Revier de Mauthhausen donde recibirán directamente en el corazón una seráfica inyección de benceno parece escucharse entre las blancas y culpables grandes paredes del estudio sacrosanto.
Lo santo y lo luminoso. En un hombre cuyo remordimiento llegaría a costar millones de dólares.
¿Un sacrificio? ¿A estas alturas?
(El hombro: me duele, dice Hesse. Un brazo inflamado. ¿A qué viene ese decaimiento? 11 de la mañana, domingo, 4 de mayo: no se percata de la presencia del falso testigo, apoyado en el quicio de la puerta con la taza del desayuno en la mano; ve que se sostiene en el borde de la mesa, como esperando que se disipe un mareo. Dos días más tarde: la pierna; me duele, dice. Una semana después: veo mal con el ojo derecho, creo que he perdido vista, susurra una noche, antes de acostarse. Duerme mal. El Testigo nota como se mueve una y otra vez de un lado a otro de la cama. A la mañana siguiente, otro domingo, 11, por la mañana, temprano, se levanta con media cara insensible. En la cocina: ha perdido el sabor. “Ponme más azúcar”, pide. Ya le ha puesto tres terrones en su taza. “No sabe a nada”, se queja. La cara asimétrica. Afuera, Nueva York, una trepidante polisemia que no se detiene en este domingo soleado, transparente, extrañamente silencioso.)
Ella, que tan firme la sostenían las columnas de sus piernas sobre el duro granito: elevaban la isla magnífica.
Y un día: insuflan aire en su cabeza, como si hincharan un globo. Así, localizan al intruso: exploración de contraste.
Ahí está, ¿de dónde ha venido? ¿quién es? 
Ha nacido de repente, se hace fuerte, vive, crece, va a matarte.
Hija de Dios: he ahí el hijuelo. Y en tu propio cerebro: el sueño de la razón produce monstruos.
Tápies ha expuesto en la galería de Martha Jackson, en la calle 32. El artista ha viajado a Nueva York.
La obliga a acompañarle. Quiere distraerla. Ella sólo piensa en “eso”: va a luchar con todas sus fuerzas, pero al despertar cada mañana, con las primeras luces fraguándose en los pliegues de la cortina, al abrir los ojos, al notar el primer latido del corazón, al acariciar la piel, al sentir el olor indefinible de la habitación, allí está “eso”, como un animal invisible que nace de las sombras, que viene de no se sabe dónde... Que ya está allí, y es ridículo negarlo, y que se atenaza a ella como una sierpe rigurosa e invencible.
En la exposición.


sábado, 20 de enero de 2018

33

Julio de 1953. 35 grados a la sombra. Es Nueva York, la fétida: las aceras se derriten, los árboles polvorientos bajo el sol agonizan a la mitad del día.
¿Qué tienes en las manos?
La realidad del dibujo la confunde. Medita un rato.
Lo cierto es que no hay que figurar el mundo. He ahí el error.
Arranca la hoja.
¿Qué tienes en las manos?
Un tubo de goma, y en seguida descubre, en un ángulo de la habitación, el pedazo de cartón, restos de arena de la playa de Coney Island, el agua, la sal, el cielo azul o gris, es igual, el aire cálido aún con ella.
No hay nadie en casa. Se halla completamente desnuda, a solas como nunca ha estado, y teme los espejos.
De pronto, queda inmóvil, pensativa.
¿Qué tienes en las manos?
Si cierras los ojos, te ves mucho mejor. No sabe cuanto tiempo permanece quieta, sintiendo la calentura húmeda y asfixiante sobre cada centímetro de su piel.
Con los ojos cerrados se contempla de una pieza en la penumbra abrasadora de la tarde.
La desnudez en todo, en lo más ardiente del día.
¿Por qué?,  brama en todas sus páginas el Talmud.
(Son preguntas sin respuesta ante el hombre rebelde…)
Utilizan óleo y acrílicos mezclados con benzedrina, opio, morfina, mezcalina…
Novedosas porquerías…
Te voy a enseñar a comer (yo a ti).
Y, al cabo de un rato, pone debajo de sus narices un bonito plato ribeteado con vírgulas azules y rosas, una jarra de agua fresca, vino dulce del color de la miel y un par de vasos y servilletas amarillas de papel.
¿Qué demonios es esto?
Plato único: tarta de queso con fruta glaseada comprada en la tienda de frau Böta.
¿Qué clase de ayuno judío es éste?
Curiosamente el pensamiento, la conciencia, se pudre sin despedir olores  y muere mucho antes que el propio cuerpo, que tarda sus buenos días en hacerlo, descomponiéndose asquerosa, agusanadamente. La materia se toma su tiempo pútrido, lo hizo antes: 4.000 millones de años. No obstante, la conciencia (chasquea los dedos), zas, en un santiamén, adiós, hasta nunca, e incluso en el sueño inocente/inconsciente toma las de Villadiego. La conciencia…  ¡A saber en qué cementerio acaba la volandera!
-Doctor… Se muere.
-No sufre.
-Parece que quiere hablar.
-Es un acto reflejo –masculla el doctor suspirando.
De repente, todo ha acabado. Y, sin embargo…
El doctor se rasca la barbilla, mira el cuerpo yacente, inmóvil, un fardo que habrá que enterrar o quemar: “Qué cosas… Nunca me acostumbraré.”
El doctor tiene la bata blanca inmaculada. Casi hiere a los ojos ese blancor. 
Vamos a empezar, deja que entren. Nada de ultrajante ha de haber en ellos hacia ti. No les ofendes. Así es la época. La extrañeza es el primer aldabonazo que proyecta el arte de vanguardia. La sorpresa ante lo extraño es el valioso refrendo de su autenticidad. ¿Cómo contar una historia en nuestros días a través de lo increíble?
Que sea mentira: es verosímil: es.   
Primera exposición importante de E.: 1968, “Polímeros”, Finch G. N.Y.
¿Polímeros?
Son excelentes sus propiedades mecánicas.
Una técnica es una metafísica.
De manera que elevemos a categoría artística el acto procesual y los materiales: los acrílicos, los polímeros...
Vamos a entendernos.
Son sustancias gratificantes al tacto, incluso al pensamiento, parece como si las tocara: grado molecular, peso molecular, temperatura de fusión… El cerebro se divierte, esa masa rugosa, maleable y blanda: también sería una buena masilla, pero habría que apelar a la resina, endurecer su modelado. ¿El pensamiento como catalizador?
El pensamiento es lo que primero se pudre en el acto de la muerte: está hecho de la materia de los sueños.
Aún crecen los pelos de la barba y el pensamiento ya ha volado. Estás más seco que la cecina, tío.
Mi alfabeto son los polímeros. Lo que puedes escribir con ellos. Una serie infinita de combinaciones.
¿Qué tal el polietileno?
¿De alta o baja densidad?
El cementerio de las conciencias. Sube y baja, al lado de donde sale el sol, al lado de donde se pone el sol.
Te sorprendería saber la cantidad de materiales poliméricos, todos sintéticos, que envenenan a los espectadores de los museos modernos: plástico reforzado con fibra de vidrio pintado con tinta de base poliéster; esmaltes de poliéster o poliuretano; rigideces de resina, policloruro de vinilo pvc, láminas de polietileno…
Auténtica porquería tóxica para la carne… y el alma.
En especial: que nada recuerde al arte.
Lo museable, la reproducción en las páginas satinadas, debe ser la última cosa que piense el espectador al circular alrededor de la pieza:
Una escultura es: a) el noble barro o el límpido mármol de carrara; b) el bronce solemne, la labra exquisita de las maderas, el hierro antiguo.
A partir de ahí…
El diluvio.
Y, sin embargo, ah, esos maravillosos polímeros naturales: el algodón, la seda, la lana, el hule del árbol de hevea y los arbustos de Guayule…
Hesse: “Deberías aclararme el sentido y objeto de este material. Voy a olerlo, a respirarlo, a tocarlo, a manipularlo… Va a matarme y quiero emplearlo con conocimiento de causa.”
“No hay peligro. Hace más de cinco mil años que se utiliza su técnica, ya formaba parte de la evolución humana desde los sirios, de sus industrias y artesanías. Tienes ante ti los materiales más acordes a tu ambición.”
La triste venganza de un espíritu atormentado preso durante mil años en un sarcófago.
La chica abre el sepulcro: el polvo amarillo se esparce a su alrededor, lo aspira, envenena su alma y su cuerpo. A volar.
Un bulto. Interior.
La mujer antes que la artista se pone a pensar: impura, el cuerpo con sus repugnantes fluidos ya te avisaba. Ha sido tu enemigo. El único que ha de matarte.
INDUSTRIAL PLASTICS SUPPLY CO.
324 Canal Street, New York 13, N.Y.:
Compra al por mayor. Galones y onzas.
¡Con qué alegría traspasa el umbral de lo prohibido!
¡Y sale cargada con la muerte a cuestas!
¡ESA FÉTIDA COMPONENDA TE VA A JODER VIVA!
Escucha música: Bach, el padre (pero sobre todo Bach, Carl, el hijo).
También, algo de Vanguard Records, bluegrass y el folk revival que sobrevivía en Greenwich Village de la mano de Pete Seeger y alguno de los acérrimos acólitos de Woody Guthrie “Matafascistas”.
En el 69: aún le da tiempo de leer Portnoy’s Complaint. Una conmoción: ser judío, ser eso, cada página pesa como una losa en sus manos, una maldición en el alma,  cada página exuda la bendición del único dios, cada página huele (a esperma, a polilla, a comida, a ropa mojada, a sudor de pies, a frituras, a mierda, a la charca mórbida de los humores del adolescente), se podría hasta masticar. Ser judío: flagélate a gusto: tienes a tu alcance un buen montón de mentiras para hacerlo, pueblo elegido, pueblo sangriento, a cuchillo, adelante, adelante: ¡coge el puto látigo!
Finalmente, dijo el doctor: “Bueno, ahora ya podemos empezar”.
¿Sí?
Pues, adelante.
Todo lo que quieras. Menuda estupidez andarse por las ramas. He aquí una lista de última hora, una polisemia matérica de alcance inusitado:
escandio, samario, terbio, holmio, tulio, lutecio, prometio, itrio… Plateados, blancos, grises…
Cada gramo de esas chucherías un dólar.
¡Qué magnifica resolución física de su ingenio!
Y ella juega con la tabla periódica como una niña con su muñeca. En realidad, escribir, pintar, componer, es como el “hacer casitas” de la infancia. Sólo que ahora, pasada la raya roja de la adolescencia, somos más cobardes, menos dioses… y mortales.
El puzle, querida, se ha complicado.
Historias de la clínica. Una paciente sumisa. No vayamos a hacer una novela de todo esto. (Para más adelante, pero sólo tres o cuatro páginas).
Hizo amistad con un moribundo (murió antes de su segunda operación).
Háblame de él.
¿Estás loco?
¿Qué leías?
Dickens. Austen. Eliot. Carroll. Twain.
¿Y el moribundo?
El moribundo sólo tocaba una y otra vez las tapas de piel, pero de piel de verdad, olorosa, pulida,  de un libro pequeño.
Sería una Biblia de bolsillo.
No… Una vez que él dormía lo cogí y abrí sus páginas tan febles, estaban escritas en griego. Era una novela de…, de esas de… Aunque no estoy segura.
(El enfermo la buscaba a veces en el New York Hospital. Le temía ella, era como un espejo puesto a la vera del camino que ella también recorrería, los cuerpos vencidos por el monstruo que ellos mismos, incomprensiblemente, habían generado.
Hablaban y la mirada de ella era la sonrisa, pues los ojos la llevaban lejos de allí:)
Lo peor: caminar por la urbe sin doblar a ningún lado, aprisionado en  los desfiladeros inmensos y rectilíneos que se pierden en el horizonte de coches y de piedras. Hace frío, todo es gris. Y no hay nada que hacer más allá de estos pasos a ninguna parte. Un sol débil pugna por atravesar la grisura de un cielo desesperanzador, quiere abrirse camino hasta la tierra desde la lámina blanca, ya casi gris, el pobre amarillo desvaído apenas alcanza pináculos y azoteas. Gris todo.
Le gustan las antigüedades. Pero tiene poco dinero. Ni pensar, como soñaba en otras épocas, coger el metro hasta Park Avenue.
Se conforma con subir hasta el West Village. Más allá de la calle Bleecker con sus cafés y salas de rock and roll se hallan numerosas tiendas de artesanía y antiguos objetos a muy buen precio. Una chamarilería sin límites donde obsequiar a sus ojos.
Interrogatorio.
TUMOR: Hesse era muy aficionada a leer en su adolescencia libros de medicina.
TUMOR: invisible, pesa una tonelada sobre sus huesos, enturbia su aliento y ciega sus ojos.
Descripciones médicas, incluso tecnicismos, patologías: se hizo una experta en ello. Velaba en la conversación esas adicciones, lo secreto, a lo que nunca alcanzamos del otro, en el otro. No se delataría nunca. Una afición secreta.
Extraía metáforas. El material es una metáfora: guarda los sacrilegios para el proceso, ahí es donde puedes blasfemar artísticamente, rompiendo los cánones, a gusto.
De pequeña, sin duda habría celebrado con entusiasmo el regalo navideño de una valija repleta de instrumental quirúrgico, brillante como la plata, mucho más que los libros de arte que su padre le traía en una caja. Libros que la aburrían: “Toda mi obra es un atentado contra aquellas reproducciones de los cuadros y esculturas de los museos”, debería haber proclamado a los cuatro vientos (pero lo hacía con la boca cerrada).
Evchen, sonriente y silenciosa, comienza a parecerse cada vez más a su época, todo semeja América en ella, a las ambiciones secretas. “Pero no olvidará sus orígenes”, se dice el patriarca.
Literatura de anticipación: hubieron trastornos psíquicos, ciertamente, aunque resultaron ser un de fácil psicologismo, la misma vida, las relaciones sociales, sus veleidades artísticas, los matrimonios y divorcios si los hubieren, el dinero, la cultura, las penas diarias tan necesarias para las posteriores satisfacciones, en fin, hubieran solucionado las cosas en el cerebro de esta pequeña dama judía emigrante, pero, mira por donde, nos salió artista… 
Paseo por los alrededores del Met. Luego bajan hasta el lago. Empieza a anochecer. De repente, desaparece, se disuelve en el aire como el humo, como la niebla ensoñadora que envuelve el parque fantasmagórico de J…, la película de Dieterle.
¿Qué has hecho? Peor ¿qué no has hecho?
Todo, absolutamente todo, es irreal, un juego perverso y desdeñable de la mente.
En fin, la ve de nuevo, de entre los arbustos, pálida de entre los muertos, de entre algo.
Elige adjetivos propios de las Dime novels, la palabra cortante, que le permitan inventar andanzas y diálogos mordaces en la búsqueda de la desaparecida. ¡Escritorzuelo!
Le tendía algo con mano temblorosa, erguida incómodamente en su asiento.
El sólo espera el puñado de dólares.
“¿Bastará con esta fotografía?”
Coge la instantánea y le echa un vistazo sin interés.
“Espero que sí…”
“En cuanto sus honorarios…”
“25 pavos diarios. Gastos aparte.”
Miró fríamente, sin compasión, a esa madre de ojos húmedos y labios mal pintados que en ese momento hurgaba en el interior del bolso de piel, una mujer bastante más allá de su juventud y de todo placer conocido, capaz de lo mejor y lo peor para recuperar a la oveja descarriada y encerrarla de nuevo en el redil (¡Nancy, querida hijita, mi pequeña Nancy…!)
No iba a dejarse conmover así como así por un caso tan común que apestaba a putilla adolescente pasándolo bien en hoteles de la costa oeste  con su compañero de pupitre.  
El era un auténtico hard-boiled, un private-eye sólo atento a los hechos tan sólidos e irrefutables como los billetes de veinte dólares.
La busca a través de la ciudad, de día y de noche por sus barrios y calles, como un sabueso, a lo largo y ancho de un museo trágico donde ningún final es feliz.
(Pero la auténtica Hesse se le escurre, huye hacia un lugar del que nada sabe, un lugar donde la aberración deja de ser abstracta.)
Hesse, que se le cruza andando por la calle 9 Este, vestida con un abrigo de paño azul estilo cocoon...
Hesse, con cazadora blanca, minifalda rosa y zapatos negros de tacón con el bolso en ristre merodeando por el drugstore de la calle Bayard…
Hesse, que se desliza lentamente por los helados pasadizos envuelta en el sudario verde…
La busca con las antiguas ópticas del cine negro (50, 40, 32, 28, 24…) Lástima del pingajo que utiliza a modo de gabardina de trinchera. (Y demasiado bajo de estatura para encasquetarse el sombrero de fieltro.)
NO SE PROHIBE FUMAR.
Y el gesto duro, duro de roer.
(Ah, pero los falsos duros, grandes de pacotilla…):
Duros a lo Cagney, Powell, Bogart, Ryan o Mitchum miradadepiedra.
Y a gastar suela…
De acuerdo, 1966. Tienes la edad de la incredulidad, un lustre entusiasta delata la impaciencia que escondes en tu interior por ensanchar el caudal de tus conocimientos, sobre todo de aquéllos que más tarde podrían informar de tu especificidad individual. Sabes que eres un individuo resuelto en lo colectivo con una revista debajo del brazo, un libro de bolsillo guardado en la chaqueta de pana, el seso alerta y la mirada miope y huidiza pero quieres saber qué cosas y acontecimientos harán que te distingas en lo esencial de otros muchos, de qué serás capaz con o sin ira, de aquellas las transformaciones, de las implicaciones, de las complicaciones... Un toque de estilo, ante todo eso, si empezamos por el principio.
Así que 1966. Vaya.
Aunque para tu tiempo y en tal país andas muy espabilado. Se pueden contar con los dedos de una mano (y no es frase tópica, el momento exige contundencia) los jóvenes de tu generación que sumando los mismos años han salido al extranjero, y deben ser tres o cuatro de cada mil los que han asomado la cabeza fuera de su continente. Así que 1966…
“Tengo toda la vida por delante”, te decías feliz veinticuatro horas antes, arrancando del rodillo de la Consul checa un folio colmado hasta los márgenes.
Y estás vivo de milagro, desde el día que naciste, y si sigues vivo es de milagro. Un milagro continuo, una encarnadura tenaz. ¡Eres un milagro, cabrón! Una afortunada escala de múltiples instantes propicios permite extravagantemente que tu corazón bombee sangre, que tu cerebro se irrigue de manera correcta, que la maquinaria siga intacta, que una bomba de hidrógeno no caiga encima de tu cabeza...
¡QUE UNA BOMBA NO CAIGA EN TU CABEZA!
(Al amanecer de este día, 17 de enero, lunes, ya levantado, aún casi empalmado, cuando te preparas el desayuno y dispones lo necesario para redactar un reportaje musical de tres al cuarto, un B-52 acaba de expulsar de su vientre en llamas cuatro bombas termonucleares. Son setenta y cinco veces más potentes que las arrojadas sobre las dos ciudades japonesas en agosto de 1945. Las bombas, del tipo B-28,  con una capacidad destructiva de 1,5 megatones, no han producido al estrellarse una reacción nuclear, pero liberan parte de su carga de plutonio y uranio, una radioactividad de 2.000.000 de CPM, según los monitores PAC 1S. En ese mismo momento te encuentras, siguiendo al norte la costa española y mediterránea aún virginal, a menos de 200 kilómetros del lugar donde han caído las bombas. Sorbes el café humeante, la tostada untada de mantequilla y una mermelada ruin excita la pituitaria, pones en orden tus ideas recién salido de la ducha, un cuerpo perfecto, felizmente descansado, tan deseable: “El mundo es mío.”
Una bomba cae justo encima de tu cabeza todavía sin peinar.
Sabe usted, una bomba atómica cayó sobre mi cabeza una mañana mientras todavía en pijama y con la tranca al aire me miraba las legañas en el espejo del baño. Así como así. Qué cosas.
Considerando que los cohetes SS-4 llevaban alas desde el 62 y sobrevolaban los azules cielos de una España detenida en el tiempo, en el tiempo del esparto y el jabón Lagarto, el bocadillo de sardinas y la televisión en blanco y negro, tampoco es mucho de extrañar. A cualquiera puede ocurrirle algo semejante. Bomba más o bomba menos en la cabeza…
Un tumor comienza a crecer entre los pliegues del cerebro aún medio vacío de ideas.
Te ha dado de pleno el hijoputa del SS-4. ¡Joder!
¿Y, ahora, qué?
¡Ca! No sabes nada de nada. El mundo no se deja arrebatar, siempre sale indemne y el hombre muere, miles de millones de veces muere en cualquier época, tenga lo que tenga, sea lo que fuere, en Almería o en el Upper Side West de Manhattan.
Al otro lado del túnel, a la misma hora, una mujer de treinta años termina de acicalarse, sorbe un par de tragos de café aguado, apenas tibio, y mordisquea una galleta integral de pasas. Elige un par de manzanas del frutero encima de la mesa y las mete en el bolso de calle. Echa un vistazo más allá de la ventana con la taza en la mano. Está nevando. Apura el café. Sale de la cocina y en el pequeño dormitorio se encasqueta un gorro azul con un pompón blanco. Se abrocha el abrigo, rodea el cuello con una gruesa bufanda de lana a rayas rojas y negras. Durante unos segundos se mira en la luna del armario a un lado de la cama. Coge un cartapacio lleno de hojas que descansa sobre una silla. Abre la puerta del apartamento y desciende el tramo de escalones hasta la salida del edificio. Se precipita a la calle. Aligera el paso hasta zonas más concurridas de tráfico. Busca un taxi sin dejar de andar apresurada, con la cabeza alzada.
2001: 11, martes, 8,35. A.M.G.B. va a firmar el maravilloso contrato de su vida de vendedor de joyas en el restaurante LA CIMA DEL MUNDO.
El tipo se retrasa algunos minutos.
El aguarda confiado: el mundo es suyo.
A las 8,55 aparece por el horizonte el gran pájaro de plata de la suerte.
A.M.G.B., aún con el sabor del inmejorable café caribeño en la boca, se levanta sonriente, con su mejor sonrisa de vendedor de sueños… 
1966. Eva: Una mujer de treinta años. Balzac consideraba algo sesgado el asunto, era la época y el hombre, puro subjetivismo. Caramba. ¿Qué ha dejado atrás? Sobre todo, un marido inútil. Etcétera. Cien años después una mujer sigue siendo joven hasta los cuarenta. La vida por delante.
Quince minutos más tarde sale del taxi atascado en la 16 con Columbus. El chófer le dirige una ristra de improperios a sus espaldas, todavía contando centavos en la palma de su mano. Recorre apresurada un par de manzanas y se introduce en un edificio de apartamentos delante de los muelles del Hudson.
El interior del apartamento es pulcro, como el hombre que la recibe sonriendo, como la obra artística que propone. Una decantación por ambas partes de un cerebro privilegiado y a la expectativa. El arte de lo medido entraña una violencia superior inimaginable, muy bien dosificada, y en perfecto silencio. Nada de discordancias, pues. La obra de un artista es su vida. Ocúltala, si es tu deseo, mas no dejarás de auto biografiarte. E. respira la atmósfera límpida, se diría que hasta el aire circula con orden, en ondas simétricas.
Carl Andre es un teórico de altos vuelos (caramba, esto ha salido solo, sin premeditación). Imaginemos que.
-¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a pasarme a partir de ahora?
Una típica pregunta de adolescente.
Cuando ya el tumor crecía dentro de su cráneo y nadie podía saberlo, ¿qué va a pasar?:
-Nada en especial. Lo que a todos. Te irás haciendo mayor, cada día un poco más. Eso es lo que pasa.
Recuerda aquellos primeros días.
Caminas encorvado por el saco de las caóticas lecturas a la espalda, el maldito saco parecía cargado de pedruscos inútiles. Incluso estás atento por si aparece tras una esquina alguno de los Glass (esa familia de relamidos intelectualoides). “Lo reconocería de inmediato”, te dices. Seymour, en especial. Ya puestos. Las malas reminiscencias, especialmente de orden cinematográfico, pero también literario, son las que dan el tono de esta ciudad. Y han pasado dos años. Y aún tienes el influjo pegado en el trasero.
Jennie Queiroz ha terminado su trabajo.
¿Vas a quedarte? Y se ríe en seguida.
Un par de días después la acompaña al aeropuerto.
¿Pero qué diablos vas a hacer en este país? De acuerdo, haz lo que quieras. Ya volveré por aquí el año que viene. Mientras tanto, cuida que nada del decorado se venga abajo.
Antes de desaparecer con las cámaras a cuesta camino de Lisboa le sonríe con lástima, como se mira al que nos produce serias dudas respecto a su porvenir más próximo.
Se despide con la mano.
Se da la vuelta.
Él coge el metro.
En el East Village.
Más tarde, entra en la librería.