martes, 19 de marzo de 2019

41


Y, ahora, ¿qué? Libros, escondámonos en los libros. Cierra esa puerta de la vida, no dejes entrar el aire, apaga el sol, corre cortinas, junta postigos, calla. Que te baste con pasar un buen rato con MAD entre las manos, y las semanas vuelan.
Renglones rectilíneos. Se precisan para la catarsis, como el desorden precisa de su bullicio para fulminarse en la corrección.
Pollock y Kerouac son los basurales. El referente.
Una borrachera de misticismo.
De ellos (y la caterva de los sucedáneos) nace el geometrismo de después. La línea recta.
La bestia vuelve a comerse la cola.
El caos, de nuevo, estaba a la vuelta de la esquina. Pavor y diagonal.
Sólo hay tres formas de acabar en la década de los sesenta: 1/. muerto y silenciado; 2/. como una bola de sebo alimentada de alcohol; 3/. con la chequera de la abultada cuenta corriente a cubierto en el bolsillo interior de la americana.
¿Qué tal esas tres formas en una (una y trina): muerto como una bola de sebo y alcohol y con billetes de banco en la faltriquera?
Neal Cassady: muere bajo la lluvia del desierto de México, domingo, 4 de febrero de 1968.
El tipo que sabía vivir y no sabía escribir. El Rey del Saco de Dormir que murió sin dejar de andar siguiendo el trazado de una línea férrea hasta que se desplomó extenuado sobre la tierra mojada.
En fin. Hay tipos que guardan sus poemas impublicables en las cajas de cartón vacías del detergente Ajax.
(De vuelta de las inmediaciones del Volcán, chamuscado y con el engranaje rechinando: “Dejó de escribir porque la mitad de lo que tenía que decir era insoportable y la otra mitad inexplicable.”)
(Hinchado de metedrina, delante del espejo nítido, azogue implacable y veraz hasta el asombro: “No soy yo, no soy yo, no soy yo, no soy yo…” Para ti la perra gorda.)
Otra vez a empezar. Toda mitología es un andar y desandar: dioses, hombres, dioses, hombres, dioses… ¿Quién crea a quién?
El arte, que es el mismo siempre, necesita de los antojos: eso le hace caminar inherente a la evolución del ser humano.
Hesse: ¿qué clase de religión has puesto en todo ello? El miedo y el absurdo. La armonía, lo rectilíneo, es para los débiles, la falsilla de la existencia. “No juego a ser Dios”, le confiesa. Ninguno de ellos (Rothko y compañía)  jugaba a serlo, estaban demasiados ocupados en procurarse alimentos. Todos, hasta el más reacio, atrabiliario e intransigente de los irascibles, trabajaban para una agencia federal  en el proyecto TRAP, una idea caritativa de la época de la depresión para no dejar morir de hambre a decenas de pintamonas sin un centavo. ¿Qué religión hay aquí? ¿acaso pintar se ha convertido en una liturgia, en una necesidad, en un trapicheo? ¿En una maldita limosna…?
Atento al buzón de los miércoles.
Curso por correspondencia.
Religión por correspondencia: conviértase en fraile, hable con Dios de tú a tú (de hombre a hombre, como quien dice).
Sea usted Van Gogh.
Un caballete, un maletín con los trebejos (acepción añadida: juguetes, vid. Diccionario de la Lengua Española, RAE, vigésima primera edición). Ya está usted en Arles.
Sólo tiene que creérselo, amigo. La vida es demasiado corta para que le desenmascaren antes de tiempo, y, créame, después de muerto la cebada al rabo.
Dígase a los ojos delante del espejo (ahora amigo fiel): “Soy un genio.” Puede escenificar incluso. Agarre unos pinceles de pelo de marta, meta el dedo gordo de la mano en el agujero de la paleta churreteada de goterones, sostenga con los labios la fina espátula para los celajes sutiles y cosas semejantes, vuelva a mirarse en el espejo...
Mejor, mucho mejor. “Soy un genio”, se dirá convencidísimo.
Y, a partir de este momento, con su maravillosa estilográfica Montblanc (125 dólares de 1969), escriba muy reflexivamente esa frase 666 veces en su cuaderno de tapas de hule negro y páginas cuadriculadas amarillas. Y…
A rodar.
Hay orden y forma o no-orden y no-forma, pero lo ceremonial como norma, lo ritual solemne, es lo más ridículo que pueda pensarse del acto creativo, siempre una fiesta improvisada aunque a veces las cosas no funcionen como es debido y sobrevengan las dudas como un vendaval.
Te diré algo: cuando quise darme cuenta donde estaba, ya me hallaba muy lejos de lo que preví en un principio. Entonces analicé lo que estaba haciendo. Era bueno, eran unas buenas obras las que conseguía realizar, y me sentí bien. Trabajaba realmente bien en esa época. Me sentía a gusto con los materiales, y los procedimientos, los títulos me salían solos. Todo funcionaba. Así eran entonces las cosas. Sería a principios del 67, a poco de regresar de Europa.
Hesse, 1970. Reina de las teorías: “Preveo un futuro lleno de malentendidos.”
Sin embargo, hay que hablar... de arte. Pero ese parloteo es un monólogo en una larga noche. Se dispone a escuchar. Etcétera. Ahora, antes de que amanezcan las jarcias de la nave de Delos, la conciencia escindida de ella, entre el deseo de salvación y la clausura de la muerte, entre dos sueños: la cicuta, el arte.
Si existe una infalibilidad que supere a todos los albures de la existencia es que más tarde o más temprano nos alcanza el infortunio. Es de una certeza matemática. No así la bondad o la dádiva, la fortuna inesperada o merecida, que suele brillar por su ausencia en la mayor parte de las vidas de las que he sido testigo.
(Le miente a ella.)
Los espejos negros enmarcaban la entrada a los comercios del casco antiguo. De pequeño, en la ciudad levítica, se contemplaba reflejado en ellos, antiguas bodegas, ferreterías, tiendas de confección, almacenes de muebles económicos, oscuras  covachuelas de lacónicos artesanos ceñudos y hoscos, sólo supervivientes…
(Sigue mintiéndola: ansía esa cópula entre las dos biografías, un entrelazamiento genésico y primordial.)
Seagram (adentro, la desnudez: se quedó sin los murales). (Algo quedó en el recinto de aquella religión: “El hombre aquel estuvo aquí, sabe.”
Afuera, el mármol negro, toda una cultura europea y latina que se yergue a lo alto en esta tierra de mezclas, toda una mixtura que parece que va a resquebrajarse de un momento a otro.
Se mete en un chino. Se trata de llenar la panza. No descubre a tiempo que el establecimiento no dispone de liquor license. Engulle los rollitos de primavera y la ternera con bambú y setas a palo seco.
Hambriento, de mal humor (y además sin afeitar desde hace cuatro días), la puta agua, los zumos coloreados infantiles, la jodida sonrisa asiática, la penumbra polvorienta…
¿Será el fin?
Más que un decorado… Es el escenario y su trasiego paradójicamente lo que termina ocultando los muchos Five Points no tan difíciles de hallar si uno traspasa los forillos.
Los hechos… 
La obra…
En el escenario de la gran ciudad. Ventanas como ojos, aceras como arterias, tubos como venas, puertas como los agujeros del cuerpo, pasarelas, túneles, espejos, estructuras-óseas, el pulso y la pulsión, he aquí el escaparate del hombre de las multitudes. Transmuta las formas, los rancios o vivos colores naturales del propio material, la transparencia del vidrio, la solidez del acero, la barra de hierro y el alambre, la súbita vulnerabilidad de la soga que cae, se tambalea, en nada se afirma hasta que no cae al suelo, colgada la soga es algo, una forma. La artista cuelga las cosas, la soga: sin ahorcamiento, es el vacío.  Ciudad: miles de seres desconocidos: todos son el mismo, la misma, son como sombras, tan mecánicos como los automóviles a un metro de tu piel sucia del polvo y el vaho urbanos, tan ingratos y odiosos en su anonimato hostil, son sólo cuerpos. Si andas por las calles de Nueva York será difícil que tus ojos se crucen con otros ojos. Y si ello sucede, no te verán. Están como muertos, papila cancerosa. Eres lo contrario de lo que aparece en las pantallas de los televisores. Eres irreal, inexistente por desconocido, un muñeco andante, no eres ese personaje en plano americano de 625 líneas. Al final, sientes más ternura por un semáforo que por el tipo-nadie que a dos centímetros de tu lado aguarda para cruzar la calzada. En la ciudad de las muchedumbres, de los milagros y de la fortuna hay tiendas y teatros, bibliotecas donde leer, sitios donde comer y tomar una copa, luces donde deslumbrarte, música para embelesarte, parques donde morir despacio en el atardecer, hoteles donde esconderse, sueños donde inventarse de nuevo, y dormir, dormir aun en el fragor que nunca cesa en la ciudad de veinte millones de seres, y hay una carretera delante de ti por donde puedes huir siempre en círculo y hay también un aeropuerto no demasiado lejos donde te espera, si hay suerte, el viaje a ti mismo, al origen… 
Hesse camino del psiquiatra, el matrimonio roto, el padre muerto.
Esta ciudad…
Tumbada está muerta, y habla. Cuenta mentiras; incluso diciendo la verdad, sólo son palabras, ocurrencias y sentimientos instantáneos que elucubran en torno a la campana de cristal del pensamiento. Antes, Nueva York, años cincuenta.

miércoles, 27 de febrero de 2019

40


En ocasiones, para escribir sin gastar poco más que unos cuartos: vino dulce, la marea de los vagabundos.
Del beat tosco vividor trashumante sin un centavo al hipster autoexiliado en el mismo borde del abismo y, dando término a secuencia tan estrafalaria, al beatnik pertrechado de recursos intelectualoides y pacífica holganza. Bien, ese proceso de larva finalmente ha conducido a la desafección por los desheredados de la tierra, por lo menos a un nivel social. Al tomar Hesse conciencia de ella misma, de su propia condición de artista, todo ha sido neutralizado. Bloqueado. La libertad, entonces, se halla en el lenguaje literario o artístico, dos armas, francamente, poco letales ante la contundencia del llamado “enemigo”. Y más si ese lenguaje de la droga y la lucidez perversa persisten en escribir con una caligrafía enrevesada nada legible y faltas de ortografía. Sólo durante el 68 y 69 volverá la revuelta a iluminar como un vendaval de sol la palidez lunar de la conciencia dormida.
¿Qué hay de Jay DeFeo? Cuando vuelvas de la nave-nodriza de Kettwig-Am-Ruhr, “The rose” pesará alrededor de una tonelada. ¿Y tú? Bien. (2010: las dos habéis acabado en el almacén para gatos del Whitney Museum. Las dos muertas, interesantes cadáveres naturalmente.)
“Ahora ya sé mi camino” (Febrero de 1969), dice, y aún no ha reventado Kerouac, que lo hará siete meses más tarde en el sótano de su casa sentado sobre una caja de botellas de Johnny Walker. En realidad, se estaba suicidando desde hacía dos años oculto entre cuatro paredes, ajeno, y acaso con hostil animosidad hacia todos aquellos falsos clónicos adornados con flores que, llegados de universidades y falsos paraísos, se reunían en el parque Golden Gate de Frisco, hippies ángeles de escayola y de trapo atiborrados de zen y LSD, para conmemorar el Great Human Be-in, un mandala psicodélico y multitudinario que condujera a la gran meditación colectiva. Hijos sofisticados de aquel beat destrozado y fuera de lugar agarrado a una botella, lejos del anarquismo intrínseco de tipos como Cassady o del corrosivo desapego de Burroughs, disfrazaban las buenas intenciones, una revolución de cánticos, acuarelas y rosas, con los vistosos atuendos característicos de los conversos, todo apariencias, rompiéndose la cabeza traduciendo media docena de sutras. El vagabundo, con el cráneo característico del borracho, tallado concienzudamente por el alcohol, tenía que haber hecho caso al chino sabio, sentado en las sombras:
-Conviértase en un monje zen, coja las cosas imprescindibles, vaya a las montañas, escriba poesía y beba todo lo quiera. Está condenado, se va a morir en unos pocos meses, así que es preferible que muera de ese modo. A conciencia.
No lo hizo. Se dejó morir lentamente, inflado y borracho en la terrible domesticidad de una casa vulgar, mimética de otras mil, en el último octubre purificador: vomitaba sangre a raudales hasta perder el sentido (Florida, 21-10-1969).
Mala firma. Y, sin embargo, antes, un ser excepcional (como todos nosotros, pero éste efectivo además), educado en el camino, tan lejos de las rancias mediocridades bien vestidas y cebadas del ámbito académico: un tipo capaz de escribir 36 metros de rollo de papel de teletipo de la United Press, un solo párrafo a un espacio, sin interrupción, durante días sentado ante la vetusta máquina de escribir, una Underwood negra con la goma del rodillo dura como una piedra, a la vez que espantaba a patadas a un perro que se empeñaba en comerse parte del papel ya mecanografiado y caído en el suelo.
Debería ser al contrario; mariposa, crisálida, larva, gusano. Uno de los posibles caminos inversos. A veces, sobran los años. Ciertos karmas. Por así decirlo.
“Ha conseguido la celebridad, y dinero”, dijo.
Y qué…:
Vaga por el sendero óctuple: inerte, el deseo (¿hacia qué?) ha muerto. Vegetal, se rancia por momentos. Y muere.
Años atrás era de esa clase de tipos que bebe, escribe sin cesar y vende su sangre para conseguir algún dinero. Una biografía perfecta. (Pero ha de morir para su revelación posterior.)
Sí, decenas de miles de personas leen su libro, en sus páginas se admiran del tipo duro con la mochila andrajosa a la espalda, cruzando a dedo varias veces el país enorme y hostil por la ruta 66 o la infinita: al final de su vida, cuando vuelve a la carretera y se convierte de nuevo en autoestopista, ni uno solo de los coches que pasan raudos a su lado se detiene a recogerlo, ignorando que ese pobre tipo que anda por el arcén con los pies llenos de ampollas sangrantes es precisamente el mismo autor de On the road que envidian leyendo sentados en el sofá y emulan en sus sueños de burgueses medrosos, a refugio en sus cálidos hogares. A partir de entonces, el autoestopista abandonó definitivamente la carretera. Et tout le reste est littérature.
El escrutinio: los materiales, una enumeración fatigosa, cómo busca palabras, sólo que en lugar de arrancarlas del cerebro le salen al paso: madera, cuerda, hierro, piedra, polvo, acero, plástico…
En efecto, Jack no volverá a aparecer por Penn Station maquinando secretas actividades, no comerá un sándwich de ternera y beberá cerveza muy fría cerca del hotel New Yorker, no andará bajo la sombra del Empire State, y nunca más verá ponerse carmesí el sol sobre el horizonte del Hudson, muchacho de las copas, ¿dónde está el vino?
Cuestiones del cerebro, visiones que nacen ahí adentro, lejos de lo representativo de un mundo en dolo creciente, de aterradores disfraces.
¿Crees realmente que hubiera sido todo igual?
No importa que antecediera, el orden, el caos.
Tiempo de profetas.
Pues otro había. Había muchos, en efecto.
Este otro, por ejemplo, el guillermo tell aficionado.
¿Qué puedes decirme de él?
Ray calla las complicidades. Se entretiene en irritar: “Era casi tan alto como Ferlenghetti…”
Un tipo complicado de larga vida. “Semejante a uno de esos relojes caros que, además de las funciones básicas, añaden “las complicaciones” (el suizo Calibre 89 sumaba 33), una exhaustiva y retorcida maquinaria capaz hasta de contrarrestar los efectos de la gravedad terrestre en sus metálicas entrañas.
Lo cierto es que el librero lo conoció bien. Hesse llegó a verlo una vez. Sabía que iba a acudir a la librería, así que se presentó en el lugar de forma “casual”. Pero el hombre invisible, de la maldita estirpe de Baudelaire, un Nerval listo y casi indestructible agazapado en un alma de Lautréamont que nunca fuese Ducasse, demoró la cita con Yeats más de dos horas, y cuando apareció, a la diez de la noche, éste, agachado en la acera, estaba a punto de echar el cierre en compañía de la artista, huraña e inmóvil, invadida de profunda decepción en la calle oscura.
Entonces se oyeron unos pasos lentos, como fatigados.
“Era noche cerrada, de principios de diciembre. Apareció a nuestras espaldas, silencioso y serio y, de pronto, se oscureció todo aún más.”
Llevaba gafas negras (¡en plena noche!) y se cubría la cabeza con un sombrero de fieltro. Vestía un traje oscuro que parecía venirle ancho por todas partes. Era alto, delgado, extraño y lacónico.
Yeats le presentó como pintora. “Tenía una terrible voz nasal, como surgida de una lata de conservas vacía.” Yo también pinto algunas veces, le dijo, mirando más allá de ella, a las esquinas en tinieblas. “Intercambió unas palabras con Ray en un aparte”. Hesse fue incapaz de proferir una sola palabra. Los vio cuchichear como cómplices en algún turbio asunto. Luego, la figura alta y sigilosa se alejó de ellos en busca de alguno de sus tugurios escondidos en el Nueva York negro. Eso fue todo.
B.: crear los artefactos únicos, plásticos o literarios, inteligibles o no, necesarios, sin embargo, como para desvelar nuevas perspectivas de existencia creativa.
¿Qué has querido significar con ese mamotreto, ese desguace de páginas cada una por su lado?
Un viaje.
Al infierno.
La gran metáfora.
¡Acabáramos!
“Eso”, razona Hesse, “significa huir de un estenolenguaje comprensible en el que hasta la connotación pierde su eficacia sutil, huir del estereotipo en suma.”
(¿Lo dijo de ese modo?)
Existen otros lenguajes cuya construcción y morfología repugna cualquier orden y morfemas asumidos universalmente: eso lo sabía ella mucho antes de que la realidad la empujara a coleccionar palabras.
¿Hablas del álgebra de la necesidad? ¿Cuál es, en definitiva, la incógnita aquí? Simplemente, los factores de la ecuación. Una forma de saber vivir entre problemas. Y no existe la solución. Esa es exactamente la respuesta.
Seamos sinceros: la importancia de este arte (arts, artis) radica en la habilidad… ¡para engañar!
Artero, artería: fraude.
Artificio, artimaña, artefacto.
(¿Conoce usted un sistema mejor para suministrar información radiante y precisa, aunque sólo fuese precaria, pero información al cabo, al cerebro, ahí donde al paso de los años se sedimentan las ideas, las ocurrencias, las pasadas imágenes, los sueños, las pesadillas, los delirios, las fantasías, se imagina un lugar mejor donde enviar emociones, acontecimientos, temores, duelos? Entonces surge incontenible la absoluta necesidad de materializar lo abstracto, lo invisible, lo inexistente, lo atesorado a lo largo de los años, de dar forma concreta al revoltijo espectral que pugna por hacerse real, único, tangible, palpable. Datos, exactamente eso, un enjambre de experiencias sensoriales y mentales que traducir tridimensionalmente. El discurso: soy yo.)
¿Qué técnica precisas? Habrás de inventarla. Manéjate en sucedáneos semánticos de la realidad, como si condujeras el maldito coche del maldito Cassady a través de sus entrañas, un azogue deformante, confuso o complaciente, pero espejo al fin.
TECNICA.
Otro mundo se alinea en conjunciones tan mortales como aquélla, con el aseo correcto, lejos de los cuts ups facinerosos y del arbitrario fold-in del hombre invisible salido de las tinieblas William Burroughs: “La mejor literatura del futuro se hallará en los prospectos farmacéuticos y los informes científicos de las revistas.” Si lo hubiera previsto habría añadido asimismo los libros de instrucciones de los aparatos digitales traducidos directamente del chino por un diabólico software cuya semántica de sierpe allega a unos idiolectos insospechables.
El hombre del sombrero de ala ancha, oscuro, nos ha llenado el cesto de ectoplasmas. ¡Menuda revolución de fantasmas!
-Bendito sea -dijo uno de los desahuciados con la jeringuilla colgando del pecho, antes de caer definitivamente al suelo.
Yeats: “Ese maldito New Yorker en el que tanto te deleitas es la biblia de los tipos bien peinaditos a raya tan contenidos… ¡Qué lejos de El Viejo!”
“Tu inefable y reciclada Partisan Review, en la primavera del 63, empalideció de miedo y angustia cuando Grove Press publicó el  (sic) Naked Lunch (11-1962), del que tanto pareces saber.”
Los tiempos.
-Yo, antes, era comunista; ahora, soy budista. Entendámonos.
-Por supuesto.
“Más que al proletariado”, dijo uno de los conversos en el hediondo apartamento de la 48 con la Segunda Avenida, ”lo que hay que ayudar es a la gente, ¿entiendes? Esa es la lucha. Eso es lo realmente importante. Los auténticos problemas de la gente, el día a día y todo eso (sic). ¿Comprendes? He dejado Berkeley y me hecho carpintero, pues este trabajo me permite meditar, aprendo lo verdaderamente esencial: zen, bengalí, sánscrito, pastún, hinduismo… Estudio mucho el I Ching.” Bueno, otros andan estableciendo las diferencias (¡cómo no!) entre el Hinayana y el Mahayana. Todo esto ocurre en Nueva York, en los pétreos desfiladeros de la urbe-símbolo, calles grises y oscuras flanqueadas a ambos lados de altos edificios de apartamentos sórdidos y angostos, sin agua caliente, sin apenas calefacción, con cucarachas deslizándose por el minúsculo fregadero, resbalando por los sucios cristales de las ventanas, encima de la pequeña mesa adosada a la pared de la cocina, debajo de las camas…: excitante Nueva York años cincuenta.
(Y tipos había con el gaznate bien abierto y la botella de vino barato en la mano que tiraban para adelante a base de parentrovite (el suplemento ideal, ¡no deje de comprarlo!)
Ella huyó de todo eso. Era una artista moderna.
Buscaba otro tipo de salvación.
Yeats: “Nadie podía salvarla.”
“Me perturbaba su vigor, su fe en sí  misma, su arrojo”, dijo. Aunque, tal vez, no fuese ese sentimiento de falsa piedad lo que le embargaba, y lo piense ahora que ha pasado todo. Es probable que en realidad, debido a su absoluta pereza e inanidad, lo que le hacía sufrir a él era la actividad constante de ella, sus ganas de seguir adelante costase lo que costase. Era como una hormiga ciega, siempre yendo hacia delante.”
“Ese pathos hacia todo, pues todo lo transformaba en objeto artístico, en piezas del engranaje final de la obra que exponía en la galería... Eso era lo primero que percibías. Luego analizabas. Ese era el error. Sólo tenías que aceptar, a ciegas, como ella hacía las cosas. No querer comprenderlo todo, sólo lo necesario.”  
La chica de la fibra de vidrio: vertederos, un alfabeto genial para su uso propio.
Al final, lo que te interesa de alguien es su acento, sea artista o lo que fuere. ¿Qué es capaz de reflejar desde el espejo de sí mismo?
Una noche, de regreso al apartamento bastante irritados (se habían quedado sin entradas para la obra de teatro primeriza de un tal Manet -¿cómo el pintor?- o Mamet, Lady Variations, en el Village), estuvieron horas ante el silencio acusador de Yeats (cuya perplejidad no dejaba de ir en aumento) debatiendo, en ocasiones no sin crispación, los correctos significados o las posibles definiciones de: metáfora, alegoría, símil, analogía, símbolo… Terminaron abocados a un positivismo semántico que ineludiblemente les llevaba a Wittgenstein una y otra vez (estrictamente: un abuso del lenguaje). Bien entrada la noche: no sabemos lo que es un símbolo, una clase de signo, su improbable inmanencia al significado de lo que representa: concepto frente objeto, el símbolo es el significado y no el significante. ¿Y la cosa…? ¿La cosa de Hesse, sus cosas? “Hablemos de metáforas, del correlato, de las suplantaciones…” Algo, imagen, objeto, sonido (y, finalmente, el sentimiento, la sensación) se transforma en otra cosa, en un sistema lingüístico, y pensamos a través de él, y ejecutamos nuestras obras por ese nuevo medio hasta ahora desconocido. “¡Esto es demasiado!”, exclama Yeats levantándose del maltrecho sillón a punto de desvencijarse, con intención inequívoca de largarse de allí inmediatamente. (Hesse: “Tengo que restaurar ese maldito sillón… Etcétera. Era de su padre, el hogar perdido, el viejo sillón de papá etcétera.) 
La puerta se ha cerrado de golpe. El librero se ha largado a dormir. Hesse y él continúan en la porfía dialéctica. Ninguno de los dos se doblega ante los razonamientos del otro.
“La estoy haciendo enfadar... a propósito”, se dice. “Se está enardeciendo. La veo perfectamente capaz de coger uno de los volúmenes que colecciona de la Modern Library y arrojármelo a la cabeza.”
¿Cómo relacionarse con la realidad? ¿Cómo suplantar la palabra, la imagen vicaria para describir el mundo, la emoción o el dolor, el absurdo, la nada, el silencio? En especial cuando no deseas de ningún modo ser un maldito bhikku, un desertor vagando entre alcoholes o mano sobre mano beatífico haciendo absolutamente nada.
1966.
(Anotaciones de EH:
METAFORA, OBRA, ARTE.
EXPRESION CONNOTATIVA,
DENOTATIVA,
WITTGENSTEIN-NO DECIR. DESARROLLAR.)
Sin ella. Él: huirá pronto; en cuanto a Yeats… ¡ha asistido a tantos descalabros!
El gran Yeats defendiendo a capa y espada lo indefendible, a los perdedores, los inocentes. Mira el new yorker en mi mano. Me lo arrebata, abre sus páginas: Cheever, pronuncia en voz alta: sólo era un buen sujeto que quería escribir buenos relatos y acabar el día bebiendo más copas de ginebra de las necesarias.
Cheever: un magnífico tipo, el mejor camarada que uno podía haber deseado tener al lado mientras emborronaba los primeros mil folios de encargos pretenciosos, un viajero despreocupado y bromista que a punto de poner el pie en Roma se debate entre seducir a una duquesa guarra o a un mozo de colmado.

martes, 5 de febrero de 2019

39


TUMOR.
En los últimos estadios de la enfermedad:
trastornos psíquicos y sueño patológico…
He aquí la fantasía, humores a ciegas, la loca de la casa delira. Es la fiebre.  Animales y viajes. A saber.
“Se ha recalentado”, le dijo el tipo oscuro y bajo, sin afeitar, con el cigarrillo entre los labios, limpiándose las manos de grasa y petróleo con el trapo, el mono azul hecho un asco, lleno de costurones. “Estos coches… Muy imperfectos, sabe. Antiguallas. Un modelo fallido.” Un aprendiz con cara de chimpancé y la llave inglesa en la mano sonreía detrás del mecánico, asintiendo con la cabeza. El aire espeso olía a aceite pesado, a hierro sucio, a roña mecánica estratificada, las paredes mugrientas, resbaloso el suelo, la visión del terrible foso y la luz de la bombilla en el extremo del cordón flexible…
La joven mujer calva yacente (sedente a veces) habla. Desea explicarse. A toda hora. Ya no puede hacer otra cosa. Lo peor para un artista: explicarse. Qué desastre: una pintura palabrera.
Como los perros, sueña. Los párpados eléctricos se estremecen de fugaces sacudidas, lamentan las imágenes: ¿qué concepto…? Ay, si los árboles hablaran entre ellos…
El cerebro indisoluble de tu cuerpo, su magia, sus traiciones.
No es el motor, ni todo aquello que recubre el poder y temor  de su nombre: es la velocidad del coche, el movimiento, las imágenes que vuelan, se precipitan, los pensamientos que también vuelan, lo inefable… Y los materiales, por así decirlo, el metal, los plásticos, toda esa cacharrería de molde pintada y formateada, repetida hasta la saciedad, fabricada sin esfuerzo, rutinaria, monótono vaivén de la cadena de montaje (el fluido de la sangre, el hierro de los huesos, la carne y sus colores, el músculo fibroso, los nervios, la ventilación y el hígado depurador, la gasolina del estómago, los faros-ojos, los conductos-vertedero, la membrana-cristal, los sedimentos…)
El camino…
-Doctor…
El doctor (barba puntiaguda de diablillo) toma su mano, le sonríe sin decir palabra (de momento).
-… hay un pájaro en mi frente… azul…
-Cálmese, querida, cálmese –dice el doctor-mecánico con fastidio.
Recuerda los óxidos del hierro, el olor de la herrumbre marina, la chaqueta de cuero del escritor. Luego, en el bar de aspecto cutre bajo la luz blanca, nada fiable la cerveza tibia sin burbujas, seguía sometiéndola al interrogatorio el tipo de ultramar. Se ha presentado como periodista, de Transgresionn. La revista existe; pero él no forma parte de la plantilla de redactores, sólo publica raras veces, y como free lance, aunque le pagan.
-La elección de un material es fortuita, como azarosos son los resultados. En realidad, me importa muy poco la apariencia final de la escultura, si es que puedo llamarla de ese modo. Aunque supongo que sí, apariencia ha de haber, es la coartada, por así decirlo. ¿Por qué no había que hacerlo? Hoy la escultura nada tiene que ver con el pasado…, bueno, un poco, sí. Puedes hacer lo que quieras. De todas formas, todo tiene que ver con el arte del pasado, incluso si una hace lo más opuesto a lo que se ha hecho antes no deja de estar vinculada… ¡a él!
-Son alucinaciones. Podríamos decir que un patinazo, pero un desperfecto a fin de cuentas, querida.
TUMOR.
Con una firmeza inesperada brotan las palabras ahora; incluso se incorpora algo al hablar, como subrayando la afirmación:
-El tiempo obra el arte, lo purifica y le otorga sentido. Así lo descubren las épocas.
El escritor se hace un lío con sus notas de garabatos. Las ha diseminado por la superficie de la mesa, algunas son simplemente pedazos de papel, otras son páginas arrancadas de una libreta rayada; también hay un bloc. “No entiendo nada.” (Alza la vista y descubre el disgusto y la irritación en los ojos de la otra. Rectifica inmediatamente.)
-Hablo de mis apuntes… Me estoy haciendo un pequeño lío.
-Pero lo que se muestra es lo residual, la morralla de aquel pensamiento creador que tanto nos hizo disfrutar en el momento de la creación, durante el proceso intelectual –divaga la enferma, casi delirante.
-¿Qué sucede si la misma precariedad de los materiales provocan el lento deterioro de la obra, hasta su misma desaparición?
-Nada, no pasa nada. Fue una escultura… y luego, ha dejado de serlo. Hay testimonio de ello. El arte es un acto de fe, de misticismo en el fondo, y su práctica es el rito, el verdadero oficio. Queda la apariencia, pero en fin…
-Supongamos que un artista oculta sus verdaderas intenciones… Vamos, que décadas después de su muerte promueve confusión y engaños. La hermenéutica se estrella contra un malentendido y nunca se allega al esclarecimiento absoluto de su propuesta.
-Un artista es un prestidigitador. No hay nada malo en que oculte sus propósitos, si es que los tiene. Qué más da el verdadero sentido de la obra, sólo es un pretexto. Yo, por ejemplo, no albergo intención alguna cuando organizo los materiales, o los manipulo, o los enmascaro. Voy a lo que salga. Como un paseo, ¿entiendes? Lo interesante no es la esquina, es lo que puede aparecer detrás. Y el goce de ese momento único de la creación, algo vedado para el espectador posterior.
(El escritor le ha pedido al doctor el bolígrafo plateado que sobresale del bolsillo superior de la bata. Este deniega con la cabeza y dice):
-Imposible del todo. Es el bolígrafo con el que escribo las sentencias… ¡los informes diagnósticos de los enfermos, quiero decir! Antes me dejaría cortar un brazo-. (Hace una pausa mientras se rasca la barbilla de modo teatral, y luego, no sin asombro, exclama): Oiga, esta joven dice cosas interesantes. ¿De qué trabajaba en la otra vida…? –Una pausa embarazosa-. Vamos, qué hacía antes de llegar al hospital. A eso me refiero. En fin (dirigiéndose a la enferma en el lecho), aún está usted en ésta… vida. (En un aparte, susurrando, con ojos entrecerrados): Por poco tiempo…
-Deshollinaba.
-¡No me diga!
-Pues sí, era La pequeña deshollinadora.
-Bonito oficio. Dickens puro.
-Ya ve.
-¿Ha leído Hard Times? ¿Y qué me dice de Nicholas Nickleby?
-Naturalmente. ¿Qué se ha creído usted? Soy de buena familia. Mi madre nos leía miles de páginas del gran Dickens a mis dos hermanos y a mí antes de dormir, y las admoniciones del  Leviatán, ese manual de supervivencia. Cada uno en su lecho, limpitos y somnolientos, cebados por la abundante cena, bien arropados, con el embozo cerca de la nariz, a la luz de una vela, casi en penumbras, y el viento que ululaba más allá de la ventana, y la lluvia azotando los cristales, y la nieve, y…
-¡Muy bien hecho! Cuánto antes aprendan los niños a defenderse de las dentelladas de ahí afuera… ¡tanto mejor! ¡ah qué tiempos donde imperaba el viejo Hobbes!
- … a la luz de una vela.
-Oiga, parece el título de una canción…
-Pura melodía.
-¡Ah, el viejo Dickens!
…………………………………………………………………………………………….
La artista encamada mira al techo. “No me sirve un ardite hacerme la víctima. Lo saben de sobra…”
Pide agua. Le llena un vaso con el agua fresca de la jarra centelleante a esa hora de la mañana temprana, sobre la mesilla de las medicinas. Los ventanales, libres de la cortina, dejan entrar la luz clara y límpida de la primavera majestuosa, azul, neoyorquina. Se incorpora con dificultad. Toma el vaso y bebe un sorbo. Hace una mueca de repugnancia. “Sabe a plástico quemado”, dice, y se deja caer sobre la almohada.
El doctor le había dicho antes de la segunda operación: “Mire, querida, déjese de cuentos. ¿Qué clase de verdad busca? Nos ha salido usted una mística de mucho cuidado. Toda la tosquedad de su obra es un disfraz para esconder su misticismo judío. Complica las cosas innecesariamente. Y no me replique. Sé de sobra de lo que estoy hablando. Soy el doctor Dolor y Muerte. Así que relájese, pequeña artista judía moribunda.”
Un mal día para Raymond Yeats: “¡Ya me cansa tu cantinela sobre el New Yorker! ¡Sólo es un… reflejo mortecino de la auténtica realidad social! ¡Y sólo les falta oler a colonia!” De hecho, este librero hoy malhumorado y puntilloso, llevaba semanas intentando colarle una colección de ejemplares de los años cincuenta de Partisan Review. Eso sí, a un increíble buen precio para él, unos pocos centavos por número. “Mira”, dice, y abre ante sus narices las sobadas y tristes páginas de una de las revistas de años atrás: un artículo de Trilling, una entrevista con Lessing, crónicas de Sontag. “Ahí tienes materia suficiente durante días…” Se da media vuelta y desaparece por la puerta de atrás  de la librería, donde está el lavabo. Él se siente culpable, y abandona por un momento el lado de las revistas y lleva su atención a un rimero de libros viejos pegados a la pared. Ediciones de tapa blanda, como dicen los libreros americanos, paperbacks. Escarba con absoluta codicia. Raymond vuelve del lavabo, le mira ceñudo. Farrell. Lewis. Sinclair. Todo ese tipo de literatura social que, en el fondo, tanto ama Yeats. Son libros muy usados, pequeños, con portadas antiguas, sucias y dobladas en los cantos, de hojas ya enmarronadas por el tiempo, a punto de descabalarse. Treinta centavos el volumen, sea de quien fuere, independientemente de su grosor y sin contemplar ni poco ni mucho su noble antigüedad. Caldwell. Dreisser. Wright. Pensamientos, conjeturas. En todo caso, alardes contra lo insolidario, una rebelión contra la fatalidad, el falso determinismo. Se desliza de sus manos otro libro, Robert Penn Warren. Caen Wolfe, Dos  Passos. Cae Steinbeck. Caen Steffens, Algren, Halper…, la columna de libros viejos que se viene al suelo. Sale de la librería, ante la sonrisa complaciente de Ray, en busca de Hesse, a media tarde. En la bolsa de papel verde: la saga de Lonigan, un libro de James Agee y tres ejemplares del Partisan de los años treinta, uno de ellos con un artículo de Greenberg. ¿Por qué esta tropa de pensadores y escribidores necesita transmitir a los demás el estilo de sus divagaciones? Cambia el mundo, el entorno etc. Fueron muriendo ellos: el mundo seguía en su pertinaz traslación. “Ahí tienes a Wilson”. “Ya veo.”
“En realidad, me gusta leer a los franceses, Sartre, Camus, quizás algún alemán. Tengo mucho de europea.”
“Eres europea.”
“Soy americana... Soy una europea de América.”
No ha leído mucho, se dice él, sabelotodo impune.
“He leído montones de libros, ¿sabes?”, replica ella.
Claro. Simone de Beauvoir, En attendant Godot, Joyce. La Recherche. Quién no. Reúnen todas las monedas sueltas en el cuenco que forma con sus manos de artista obrera. Compran unos emparedados en un puesto callejero, refrescos de cola. Diablos, cualquiera sabe la clase de porquería que se mete uno en el estómago, lo que se pudre ahí adentro entre los jugos y las vísceras, en la oficina del estómago, amigo Sancho. Entran en Central Park por Columbus Circle sin dejar de hincar el diente. Se adentran un poco hasta la extensión del césped, casi cegador por el relumbre del sol. “Hay muchas cosas de que hablar”, asegura, y siempre que lo dice permanece en silencio durante horas, algo que a él le irrita considerablemente. “Entropía”, dice. La palabra suena fatal en este oasis vegetal aunque falso, en esta zona pacífica y verde, de simétricos setos y caminitos de tierra aplastada, con la misteriosa crestería de los rascacielos grises y oscuros de la parte del Hudson sobresaliendo por encima de los árboles recortados sobre un cielo azul purísimo, de fines de invierno. Se hallan sentados sobre el césped, comiendo un salchicha grasienta embutida en un panecillo que sabe a madera, pero una madera limpia, digamos, y que despide cierto aroma a leña quemada, algo muy raro, creo; tal vez sólo sea el bocadillo de él pues Hesse lo come despacio, masticando sin prisas, sin advertir nada extraño a juzgar por su semblante reflexivo. “¿Hablar?” Le mira y asiente con la cabeza, pero permanece en un absoluto silencio. Un golpe de brisa se ha movido de repente, y más allá, sobresaliendo por encima de los setos geométricos, oscilan las copas de los arboles esbeltos, hasta aquí alcanza el susurro del aire entre las hojas verdes y brillantes, y más allá todavía la muralla de los rascacielos de piedra solemne. Ahora comprende: sí que habla. A su manera.
G. Corso. “Me gusta ese tipo”, dice Raymond Theodore Yeats. El poeta del silencio (ni una sola línea como legado –puesto que todo lo quemó-, buen librero, gran lector, oyente cortés y aburrido) habla del poeta delincuente y heroinómano, finalmente académico.
“Somos inmortales.” (Raymond Th. Yeats, arruinado, apareció muerto en The Green Train, donde solía dormir tumbado sobre montones de revistas viejas y de la que apenas salía desde hacía meses, la mañana lluviosa, fría y oscura del 21 de diciembre de 1994; la librería, que había cerrado sus puertas tres años antes, estaba prácticamente vacía de libros y habían cortado el suministro eléctrico y el agua corriente; unos baldes llenos del agua de la fuente cercana facilitaban una mínima higiene. Ginsberg le sobrevivió tres años. Los mismos que el arquero Burroughs. Kerouac emprendió el camino treinta años antes que los tres. Gregory Corso, donjuán y ex-atracador de bancos, poeta, huroneó hasta el 2001, en feliz santidad literaria hacia la eternidad. Ferlinghetti sigue con los ojos abiertos en el siglo XXI –y bien abiertos-).
-Corso… -sacudió la cabeza sonriendo con la vista baja- Un amigo del alma. Un poeta. Un poco menos podrido que los demás porque él era un auténtico hijo de puta por naturaleza. Había intentado atracar un banco (no llegó ni a poner el pie en el marmóreo y brillante vestíbulo). Así que, a la cárcel. Y de allí, lógicamente (sic), a Shelley y Keats, a Proust y Cèline. Impulsos naturales, digámoslo con estilo.
El tipo –continúa Yeats- ama los libros con desesperación, como sólo pueden hacerlo aquellos a los que se les ha puesto en las manos Rojo y negro antes de leer a Julio Verne, antes incluso de leer en los diarios la página de deportes y la cartelera de los cines. A partir de entonces, si logran acabar el maldito libro del maldito Stendhal, ya no tienen salvación.
Corso se dejó ver un millón de veces por la librería de Raymond. Robó todos los libros que el librero quiso que robara haciendo la vista gorda. En cierto modo, lo apadrinó. “El hecho de que le birlara (genética tenaz) la novia a Kerouac”, afirmaba Yeats con media sonrisa, “le agregaba todavía más encanto a su picardía italiana. Además, ¿qué hacía Kerouak con esa vagina medio india y medio mulata entre las manos, él, ambiguo y cobarde, temeroso de ese receptáculo al que siempre temió y definía como un instrumento de tortura? A diferencia de Corso y pocos más, la mayoría de la gente que he conocido se mueve entre supercherías. El gran Jack el Vagabundo era uno de estos”, prosigue Raymond Th. Yeats inclemente, “pensativo y con un oscuro sentimiento de culpa. Aún lo recuerdo el día de la lectura de Howl echado en el suelo, con una jarra de vino matarratas al alcance de la mano. Náufrago entre lo católico y lo búdico, en esta temible encrucijada regaba diariamente su indecisión con litros de Tokay, la bebida de los zarrapastrosos, o Jack Daniel’s (si es que le invitaban), cuando lo único que sabía hacer bien en realidad era escribir. Ese es el único puente al karma en todo inocente periplo, que sepas qué es lo que haces bien, y sólo eso es lo que al final te libra en el último eslabón de la cadena, y te aseguro que lo hay, de acabar con un taparrabos, sin lavarte durante semanas y comiendo un cuenco de arroz hervido con la Biblia budista de Goddard abierta a un lado o leyendo pasmado a cualquier otro santón. No basta la inteligencia para salvarte de las patrañas, la fe la tienes que tener en ti mismo.  ¿Pero qué diablos les ocurre a todos estos jóvenes desocupados tras el misticismo y la iluminación bastarda…?”
Bien, yo te lo diré: apuran el cáliz rebosante de alcohol y drogas baratas o simplemente mortales (benzedrina, heroína, yagé, nembutal, peyote mexicano, morfina, marihuana, anfetaminas,  Seconal, dexedrina, incluso se tragan los algodones empapados de porquería química de los inhaladores: yonquis del alma). Cuando despiertan aterrorizados al cabo de veinte horas creen que se han convertido en un gusano o en el tío de las barbas. (1969.)

domingo, 2 de diciembre de 2018

38


1969.
Finales de invierno.
Hesse, sin ningún indicio previo que lo anunciase, ha enfermado, y espera de él que haga de acompañante en una misión algo deplorable. Casi lo suplica, pues entre judíos anda el juego. (No sabíamos, no sabemos nunca, nadie, cómo la fatalidad nos acecha invisible, dispuesta a saltar sobre nosotros como una bestia silenciosa, inexorable, de entre sombras también invisibles. Inmersos en la jungla de la genética o el infortunio, tras las bodas oficiantes con la vida, al cabo la muerte…)
Transcurrido el tiempo, enfrentarse a unos hechos dolorosos ya acaecidos, e incluso peor, compararlos con el presente, resulta desolador por el sentimiento de compunción que nos asalta. Fundamentalmente porque, sabiendo lo que venía después, esa mirada retrospectiva te vuelve conformista con la providencia, aún eres capaz de creer en la bondad de aquellos hechos que, en lo esencial (sobrevivir como sea), tal vez no te produjeron ni un rasguño, apenas te rozaron: tú salías indemne de ellos, ninguna agresión, ni siquiera aquella más horrible, la muerte, advenida a un ser querido, pudo contigo. Te salvaste mientras otros eran abatidos y cobrados como piezas de caza por una naturaleza insensible hasta la abyección. Eres el que recuerda, amanuense en el tiempo, eres el que está vivo, el cronista superviviente de los males o las venturas que atrás quedaron. Y aquí estás en el futuro traduciendo con palabras el pasado y los días y acontecimientos de los lejanos años, aquellos que ya no van a poder agredirte salvo en la memoria. Añoramos u olvidamos el pasado porque ya no nos daña, salvo en el rencor o en la locura; tememos el futuro por sus asechanzas y lo inescrutable de su avatar, ése el final de todo que se oculta agazapado en la rueda de los días y que, necesariamente, sólo puede llegar con él más tarde o más temprano.
Habían quedado a comer (una semana antes, ignorando lo que se avecinaba, festivos celebrantes de la pausa sagrada) un domingo frío y lluvioso, en el apartamento de Hesse con el librero Raymond Th. Yeats, que había declinado la invitación la misma noche del sábado alegando ambiguos motivos personales que nunca fueron esclarecidos, y una artista retocadora, Helen Rainer, una de sus amigas íntimas, profesional del diseño gráfico (The New Yorker, Vogue, French Windows…) y compañera de Hesse en la Escuela de Artes Visuales de Yale, que no se retrasó ni un solo minuto. Traía un excelente vino blanco, que él se apresuró a guardar en el frigorífico, y un tarro de frutas escarchadas. A lo largo del aperitivo, el ausente Yeats se convirtió en la diana de la conversación. Hasta la flecha más descabellada apuntaba hacia él. Nada de malicia había en ello, pero los comentarios a él remitían y hasta alguna información sorprendente salió a relucir de manera paulatina. Rainer estaba muy familiarizada con el entorno de Partisan Rewiev de los primeros sesenta, donde conoció a Yeats, y sabía de buena mano un buen puñado de anécdotas acerca de éste. Una de ellas revelaba que, al hallarse Ray, El Futuro Librero y Novelista Frustrado, muy próximo a los más conspicuos representantes de la pandilla de Ferlinghetti y Ginsberg, habría sido testigo y actor de incontables lances y chascarrillos. Según se contaba, el librero habría elaborado un final adecuado a la novela incompleta de Gary Hemmings que éste había escrito obsesivamente bajo los puentes de París antes de suicidarse en Wyoming. Pero a falta de una comprobación pública, contrastada, esto podía responder a una de las múltiples fábulas que rodeaban a Raymond Yeats. Otra de las leyendas, quizás no espuria, certificaba la solvencia de Yeats en relación a su categoría literaria, algo de lo que apenas tenemos pruebas manifiestas, pues el librero neoyorquino es el clásico “escritor de manuscritos” y se hallaba muy lejos de lo que podríamos denominar “la cocina de la publicación”, mercantil y fatigoso colofón, por así llamarlo, de la labor creadora y que no garantiza nada de nada. Se daba por hecho que él y Ginsberg se encerraron durante una hora en el diminuto y mugriento lavabo de la Six Gallery ultimando los poemas de Howl antes de la tumultuosa lectura. Yeats había llegado hasta allí en el viejo Austin de Ferlinghetti. Lo que al parecer separó a Raymond Yeats de todos estos amigos ocasionales fue algo de lo más sorprendente. Conforme escribe años después en sus memorias Linda Holmes, Dust Nights (Clouds Press, 1977), aquél le confesó una tarde que estaba bebido que había llegado a odiar a todos aquellos santurrones “drogados por el maldito Zen y todo el falso misticismo de mochila del que hacían gala, follándose a cualquiera que se les pusiese por delante, hombre o mujer, e incluso a sus señoras madres, como en el caso de H.” (Vid. p. 156). Sencillamente, un día ya no pudo soportarlos a todos ellos, excepto a Corso y Ferlinghetti, “los únicos que sabían realmente lo que era tener un maldito libro entre las manos sin ensuciarse en él.” (Vid. p. 161). En cierta ocasión, conocedor por Hesse  de la anécdota de “la santa cena”, él le preguntó al librero si era cierto el banquete dispensado por Burroughs a uno de los hambrientos excéntricos (entre ellos el propio Yeats) que frecuentaban su apartamento en Nueva York: el tipo pretendía asombrar a los reunidos, así que empezó a comerse un vaso de cristal ante el pasmo de los demás… y la indiferencia de Burroughs que, sin decir una palabra, salió de la habitación y al cabo de unos instantes regresó en su papel de atento anfitrión, perfectamente serio, ofreciendo al devorador de vasos un plato a rebosar de cuchillas de afeitar y bombillas rotas. Ray no contestó a su pregunta, se limitó a mirarle como si estuviera loco con absoluto desprecio: ¿qué clase de respuesta merecía esa anécdota ridícula cuando su protagonista años más tarde, borracho como una cuba, le volaría la tapa de los sesos a su segunda mujer jugando a lo Guillermo Tell con una pistola? Cerca de la media tarde Hesse, que apenas había probado la ensalada de queso y unas pocas migas del pescado, se sintió indispuesta, febril, y decidió meterse en la cama. “Es un enfriamiento, nada de importancia”, sentenció tajante. Durante un rato consintió en que le hicieran compañía en torno a la cama, bebiendo el resto de la botella de vino. Él no se hubiera ido jamás de ese lugar, escueto de mobiliario pero con el adorno descuidado (Hesse odia la simetría casi tanto como lo “bello”) de unos pequeños cuadros, de un reduccionismo formal fascinante, colgados al tuntún en la pared y unos mínimos rimeros de libros sobre la moqueta del suelo a punto de desmoronarse. La luz inteligente de la lámpara de mesa, tan confortable, bien elegida, tamizaba los rostros y los objetos de un decorado íntimo que propendía a la absoluta serenidad. Con el vaso en la mano, en medio de aquellas mujeres jóvenes, artistas, excelentes conversadoras y el monótono vaivén sonoro de la lluvia de afuera cayendo sobre las aceras inhóspitas, el tiempo moroso, suspenso en un spleen irresistible, convocaba el ensueño. El problema era que esa tarde debían acudir las dos a casa de otro amigo del grupo de artistas y profesores invitados de Yale. Se habían comprometido en firme, y no podían eludir la cita. El y su mujer se hallaban en una situación difícil, crucial para su relación de pareja. Tal vez una charla entre todos ellos contribuyese a apaciguar los ánimos. La solución más fácil ante el impedimento de Hesse, la ausencia de Yeats y el temporal calamitoso de afuera era que él aceptase convertirse en caballero acompañante. “Es ridículo”, se defendió inútilmente, “se trata de una conversación que exige la plena confianza de los interlocutores. Soy un extraño para esas personas, a las que, por otra parte, no he visto jamás.” Los remordimientos de Hesse eran superiores a esa lógica discreción a la que él apelaba. Se negó de plano a aceptar su reserva. “Todo esto me parece en extremo inconveniente”, dijo, pero la decisión de Hesse era ineluctable. Con una sola mirada y una media sonrisa le suplicaba sin palabras el acatamiento. Se vio forzado a admitir su condición de acompañante, un gregarismo que finalmente resultó grotesco y, como era de prever, fuera de lugar.   
La lluvia era incesante, racheada, fría, y el helor cortante de un viento inclemente, inflexible y difícil de soportar, se estampaba contra los cuerpos indefensos. “¡Odio el viento, lo odio con todas mis fuerzas!”, exclamó Helen Rainer al salir del metro en la tarde dominguera prematuramente anochecida, agachando la cabeza dentro de la capucha frente las embestidas de un aire loco, imprevisible, que lanzaba contra ellos la lluvia desde todas direcciones. Pero el clima de esta ciudad no admite la templanza. No hay tregua. Ninguno de los dos conducía y habían descartado la idea del taxi ante la casi absoluta imposibilidad de conseguirlo a esas horas y bajo el azote de una lluvia interminable. Un invierno durísimo (que debió ser el del 68/69, diciembre tal vez, o quizás ¿fue febrero? sí, ahora recordaba, a primeros de febrero del 69, en Brooklyn, en una de las callejas mal iluminas de Midwood). Con helor navajero, brutal, recorrieron un par de manzanas hasta que llegaron entumecidos a un chaflán oscuro donde se alzaba la casa de piedra (muy deteriorada a juzgar por lo poco que le fue posible ver desde el exterior) de dos plantas con una ventana ovalada en cada una de ellas de D., un pintor holandés que en breve tenía el propósito de emigrar a Israel. Su mujer, budista recién conversa (antes judía y poetisa hermética en yiddish), de una gordura morbosa, ojos saltones y boca agria, no iba a acompañarle, al menos eso declararía más tarde con terca vehemencia. Días antes había estallado la crisis matrimonial. El pintor holandés era amigo de Hesse y Helen, del grupo de Yale. Ambos, la mujer y él, pero especialmente la mujer, buscaban el auxilio de E. y la Rainer, algún tipo de solución brindada por aquéllas frente la ruptura que se avecinaba, quizás definitiva. Subieron a la segunda planta por una estrecha escalera de hierro, pues la primera se había habilitado como taller de pintura, mientras se sacudían de encima el agua. Después de las presentaciones, tensas, entre educadas pero obligadas sonrisas, la mujer y Helen tomaron asiento en uno de los dos sofás de color beis encarados en medio de los cuales se interponía una mesa redonda de madera oscura, sin nada absolutamente sobre ella, y comenzaron a hablar en voz baja. Él se sentó en el extremo del otro sofá, junto la pared opuesta. La luz eléctrica, amarilla y sin tapujos, provenía de la lámpara del techo; provocaba un ambiente depresivo, de una incomodidad violenta; ninguna otra lámpara, de pie o de mesa, se veía en la pequeña habitación. Las paredes estaban cubiertas, casi tapadas en su totalidad por los malos cuadros del dueño de la casa, pintor pero falso artista, meras imitaciones de los campos cromáticos de Rothko, amigo asimismo de la pareja. Aquello a él le parecía un ejercicio de vanidad menor, ya que era evidente el carácter secular de las pinturas. En un ángulo de la habitación se erguía una biblioteca de madera barnizada. Durante su penosa permanencia en la casa echaba frecuentes vistazos mal disimulados a los estantes: salvo un recetario de cocina y una historia del arte en edición escolar de bolsillo, a los que habría que añadir una biblia hebrea volcada con la cubierta al aire en el estante superior, los demás volúmenes eran novelas policíacas. Por encima, un calendario (y ahora sabía: 21/2/1969) colgado en la pared que anunciaba una marca de alimentos en conserva, la sopa de Warhol. Un televisor encendido, pero con el volumen sofocado, agregaba a la atmósfera un no sé qué de triste pasatiempo, un acento de miseria espiritual (emitían escenas sin continuidad de partidos de fútbol americano), como una letanía que provocara un paréntesis letal en el ánimo. El hombre, que aún no había tomado asiento, cogió del mínimo aparador de madera maciza una botella de bourbon todavía con el precinto sobre el tapón. Él entonces empezó a sentir un frío estremecedor, que le obligó a replegarse sobre sí mismo en el sofá quejidor, de raído tapizado, con el abrigo puesto, un loden verde que casi le rozaba los zapatos, aunque había desabrochado el botón del cuello que amenazaba con asfixiarle. Helen le miró asustada a su vez por la baja temperatura que había empezado a experimentar nada más entrar en el interior de la casa y que persistía después, así que no se despojó tampoco de la trenca de la que no libró ninguna presilla. Tampoco se quitó los guantes de piel. “Va a volver a colocarse la capucha de un momento a otro”, pensaba él. La mujer se dio cuenta del abultado refugio donde se guarecía Helen, pero aparentó una normalidad que certificaba chocantemente su propia vestimenta, casi primaveral, un pantalón de pana y un suéter de fina lana que retaban, no sin imprudencia, a la falta de calefacción en la estancia. Su marido compartía la misma despreocupación, y su atuendo consistía en una camisa gruesa de felpa, de las llamadas de leñador, y unos vaqueros deslucidos. Una vez hubo desenroscado el tapón de la botella, la depositó sobre la mesa y desapareció un instante; al cabo de unos segundos entró en la habitación con dos vasos cortos (él dio por sentado que obviaba a las dos mujeres en la sesión de tragos que se avecinaba), se sentó en una silla frente a él, y con una mueca de desprecio comenzó a verter el licor en uno de los vasos que le tendió a renglón seguido. El whisky le reconfortó  al momento, pero le pareció percibir que Helen, a la que no quitaba ojo de encima, tiritaba mientras no dejaba de escuchar a la gorda plañidera en el mejor estilo Rainer: hermosa, complaciente y estatuaria; sobre todo, empática con cualquier semejante con los brazos caídos, atenta y comprensiva. Quizás le viniera bien unos sorbos de whisky. Con la trenca puesta, los guantes y las rodillas una contra otra, daba una sensación de orfandad que inspiraba ternura. Pero en ese instante, la mujer, había levantado la voz, y con los ojos llorosos, exponía la precaria situación que la decisión del marido iba a provocar en todo tipo de frentes, especialmente el económico, aunque aquél se mantenía en un mutismo hosco, como si el asunto no fuese con él. “Ahora que Dan comienza a vender los cuadros a buen precio, que empezamos a salir a flote, se vuelve loco de repente y quiere echarlo todo por la borda… ¡No entiendo absolutamente nada!”, exclamaba con una expresión mezcla de incredulidad y desesperación. A él todo aquello le estaba pareciendo de una impudicia sin límites, pues comenzaba a entender que a la mujer le preocupaba más la posible rebaja de la cotización de las obras de su marido, debido al sorprendente viraje que éste iba a imprimir a su vida, que la misma relación que le unía al pintor, y que él había creído primordial en toda aquella refriega, por lo demás carente de verdadero interés en todos sus aspectos. Sin embargo, había una cuestión que acrecentaba la curiosidad de él a medida que consolidaba su juicio (adverso, naturalmente) sobre aquellos dos personajes. ¿Qué clase de vínculo les unía a un artista como Rothko, en quien él ya adivinaba una estatura ética y plástica muy por encima de los pintores de su tiempo? ¿Cómo era posible que las mejores mentes de una generación abocadas irremediablemente a la autodestrucción consumieran mucho de su tiempo precioso en naderías tan evidentes como aquellos dos especímenes? ¿No eran capaces de distinguir, a despecho de su genialidad, lo trivial de lo sublime, el remedo del talento, lo mediocre de lo esencial? Afuera bramaba el viento, como deseando atravesar los cristales de las ventanas y participar de la tormenta callada de adentro, y él empezó a temer que el viaje de regreso, si es que se hacía posible, iba a convertirse en un infierno: de la casa a la boca del metro, del vagón a la calle al cabo de media hora, de la calle al cálido apartamento de Houston, todo ello bajo una lluvia incesante y un viento irrefrenable, con el paraguas maltrecho y ya completamente inservible a esas horas. Habría que tomar un taxi hasta el mismo Manhattan, algo que les costaría una fortuna. Sólo deseaba salir de una vez de aquél antro investido por el hedor de un domingo amarillo, descorazonador y gélido. Como fuere, si algo había de insólito en aquel escenario, ello era su pacífica resignación, su espera tranquila, al menos en apariencia, a que concluyese la intervención de Helen en aquel drama extravagante. El holandés bebía en silencio, y a pesar de que él rehusaba con un gesto de la mano que llenara su vaso, el hombre no dejaba de hacerlo huraño, sin dirigirle una sola mirada, así que se encontraba en un dilema difícil de resolver: si no apuraba tragos, se helaba de frío; si continuaba imitándole, no tardaría en acabar ebrio, y dudaba mucho que Helen Rainer, decidida y desenvuelta, pero delgada y frágil, hubiera podido arrastrarle ella sola hasta casa. La perspectiva de quedarse echado como un fardo en la cama o en el sofá de esos dos temibles anfitriones hacía que se mantuviera poseedor de una lucidez a prueba de mezcal, absenta y orujo gallego a la vez, todo en uno. El susurro gimoteante de la mujer apenas era inteligible para él, y la adusta expresión del hombre no invitaba a una charla distendida. Hacía ya rato que él se refugiaba en una mudez desabrida, hostil. Observó a Helen, generosa y callada, escuchando unas argumentaciones cuya razón, si bien era legítima, adolecía de verdadera trascendencia, además de hallarse bien lejos de cualquier efectividad: el tipo quería largarse a la tierra prometida y la poetisa judía reconvertida en budista no podía convencerle de lo contrario; por otro lado, tampoco era posible convencerla a ella para que se le uniera en su viaje de promisión… o lo que fuese.  La mujer, cuando hablaba de su marido, a escasos dos metros de su corpachón, desmadejada, blanda y llorosa, parecía hacerlo de una tercera persona muy lejos de allí. Había objetivado al hombre de tal forma que éste se convertía en algo invisible, hasta inexistente, lo que producía una extraña sensación de comedia frívola a despecho de sus mejillas húmedas y el arrugado pañuelo rojo que retorcía una y otra vez sobre su regazo. Alzó la vista y la dirigió a los cuadros de la pared. Eran de una infame pedantería plagiaria. Prácticamente, fotocopias intelectuales de las primigenias pinturas de Mark Rothko. ¿Por qué se empeñaban los menores talentos en secundar los atisbos y vislumbre ajenos plasmados en la obra de los artistas de primera fila? Tan sólo alcanzan una plástica de vaciedad irrefutable. Incluso aquéllos menos talentosos deberían saber que, libre de reglados técnicos, de la tiranía artesana del oficio, no sólo era la imaginación la piedra axial de una pintura o escultura modernas: la aparente ocurrencia plástica que se nutría de los más oscuros laberintos del alma o la sabiduría informaba mucho más en una lectura atenta de la superficie. El holandés, si bien no imitaba descaradamente la plástica de Rothko, abusaba impunemente de sus hallazgos, de la valentía intelectual y artística de quien iniciara con estupor, desesperación y tenacidad otro más de los numerosos y legítimos derroteros del arte contemporáneo. “Mi arte no es abstracto”, solía replicar Rothko a quienes así lo entendían, “está vivo.” Por entonces, el artista se había separado de su mujer, recibía el honoris causa por Yale, había renovado el contrato con la galería que le representaba y vendía un conjunto de obras por un millón de dólares. Y, sin embargo, el pintor se sentía cada día más aislado y desesperado, asustado y receloso, casi paralizado por el temor hacia todo. Pero D. sólo tomaba de aquél la visible abstracción, la cáscara vacía de una metafísica ególatra y vivísima a causa de su exasperada sinceridad. D. era un espécimen subsidiario, una tentativa vicaria de experiencias inalcanzables por la elementabilidad sutil que se ocultaba tras su plasmación. Este hombre bebedor, taciturno y confuso que ahora tenía frente a él no había pagado ningún precio por allegar a aquel dramatismo cromático y formal valiéndose de un léxico pictórico mínimo. Su estética procedía de otro talento y otras emociones ajenas. Incluso la bebida en él, así como el desastre de su vida personal abrumada de indecisiones e incertidumbres, parecía una farsa. Él sospechaba que el alcohol para Rothko, a diferencia de aquél falsificador, lejos de un fácil estimulante o un solitario y accesible embrutecedor era el vino sagrado de una liturgia que le proyectaba a una práctica artística muy por encima de lo aparentemente trivial de su sencillo formalismo. En D., lejos de lo trágico, y tan cerca de una estética de suplantación, su mediocre poética, reducida a una domesticidad lacerante, únicamente revelaba algo positivo: el recuerdo inevitable hacia la obra del otro creador que, él sí, había de morir en el empeño, una vez que había creado escuela y armado conceptualmente unos modelos de plástica pictórica tan alejados de la naturaleza y sus patrones como inmanentes a la emoción sutil del espíritu valiéndose de variaciones cromáticas mínimas, escuetas, de una ascesis chocante. D. sería incapaz, siempre, de pagar el mínimo precio o de sacrificar la escasa dosis de valor para allegar a una plástica propia. Sólo era una copia bien disimulada. Poco antes de salir del apartamento, Hesse y Helen le habían revelado parte de la biografía calamitosa de D. Carbentus. Original de La Haya, se trasladó a Nueva York en los primeros años cincuenta, ya en la treintena (había nacido en 1924), se instaló en el SoHo y empezó a pintar unos cuadros de factura expresionista que parecían convocar todos sus malos sueños. Unos años más tarde intimó con Rothko a través de su mujer, a la que había conocido durante una lectura poética en la librería de Raymond Th. Yeats, una judía de origen ruso emparentada lejanamente con aquél, o procedente de la misma zona de la antigua Dvinsk, en Rusia. Ese encuentro cambió su vida por entero y le trastornó para siempre en un sentido artístico. Varió radicalmente de estilo y temática pictórica y ya sólo pudo convertirse en un imitador, a pesar de que procurara ocultar la devastadora influencia de quien le había apadrinado de forma generosa (Rothko trató de introducirlo sin éxito en la cuadra de la Marlborough). Aterido por el frío, aletargado (sino con fiebre paradójica) por el licor, dirigía miradas implorantes a Helen, que parecía haberle olvidado. Carbentus alargó la botella casi vacía hacia él. Con un gruñido instó a que llenara su vaso. Obedeció. La cruel Leda, pensó sin venir a cuento. De nuevo el sueño… y su hermana, la muerte. Der Doppelgänger, acompaña el ritmo de un sentir nada emocionado. Escancia, cobarde. “Hizo del arte la misa de un alma desesperada, inteligente, aquel judío artista, Rothko, no este otro atormentado del no saber del más allá que cree imprescindible dejar rastro (la firmita de su existencia, la rúbrica de su artificio) para luego disolverse en un kibutz perdido en un valle pedregoso”, recordaría más tarde que pensaba, a punto de la ebriedad. La botella de bourbon estaba vacía. Carbentus la miraba fijamente. Al cabo de un rato alzó los ojos y le echó un vistazo de arriba abajo. Derrengado como estaba en el sofá y luchando contra el frío y una invencible somnolencia, ofrecía una imagen humillante. Por vez primera, sonrió. “Voy por otra botella”, dijo levantándose con lentitud, y él pudo descubrir entonces que tenía una voz ronca y poderosa, pero con un matiz burlón, hasta simpático. Abrió la boca, pero antes de que emitiese el menor sonido el holandés volvió a hablar: “Si no quiere seguir bebiendo, no lo haga”, concedió caritativamente. “Espero una visita”, advirtió. Él movió la cabeza afirmativamente asintiendo sus palabras. Aquella oportunidad les propiciaba la coartada a Helen y a él para salir disparados de aquel lugar. El anfitrión había regresado con una botella de Jack Daniel’s en la mano. Se sentó de nuevo en la silla. Durante un rato permaneció en silencio. Luego, desenroscando ya el tapón de la segunda botella, preguntó con indiferencia: “¿Conoce a Mark Rothko?”. Él negó con la cabeza sorprendido. “Hace rato que debía estar aquí”, dijo. “No creo que tarde en llegar.”
Giraba él entre brumas alcohólicas, cuando sonó el timbre de abajo en medio de un aguacero bíblico.
El hombre de estatura alta, grueso y calvo, de cara ancha y flácida, con unos lentes redondos que acentuaban su miopía y un estrecho bigote mongólico, se quedó por unos instantes bajo el dintel de la puerta mirando a los de adentro, sin decidirse a traspasar el umbral. Del escaso cabello pegado a los aladares le resbalaban gotas de agua y su ropa estaba empapada. Toda su figura parecía desencajada, como el boceto de un cuadro sin acabar enmarcado en el cerco de la entrada, y un halo de brillante oscuridad que le acompañaba apaciguó de golpe el terrible amarillo de adentro. Tras él, Carbentus. 
Horas después, ya en la calle, la cortina de agua les impedía ver el suelo más allá a un metro de sus pies. Iban de acera en acera por barrios desconocidos luchando con el paraguas destrozado, pues ya habían desdeñado el viaje de regreso en metro,  cruzando calzadas desiertas, fantasmagóricas y oscuras, sólo rasgadas por el haz de luz que de cuando en cuando proyectaban los faros deslumbrantes de algún solitario coche deslizándose bajo la lluvia. Tardaron cerca de una hora en hacerse con un taxi conducido por un energúmeno sabelotodo, experto en los chismes del Daily News del día anterior y las estupideces y lugares comunes de la actual politiquería, que les dejó en el apartamento de Manhattan bajo un cielo encolerizado y enemigo pasada la medianoche, no sin reclamar con una sonrisa amenazadora una propina generosa.
Antes del amanecer, reconfortado entre las cálidas sábanas, fuertemente estrechado al cuerpo tibio de Hesse, a la que trataba de librar de la fatalidad, él soñó con los murales de Seagram.

jueves, 11 de octubre de 2018

37

 “Ahora sólo quiero vivir. Ya no es como antes. Al diablo con todo. Sólo quiero respirar con la cara al sol, el corazón tranquilo, un vaso de agua fresca…”
Después de su primera operación, se lanzó con ganas a su obra en ciernes. La culminó con éxito: Right After. Y, luego... hubo una segunda operación. Y una tercera. Y, entonces: “Sólo quiero vivir, ya no tengo necesidad del arte y sus zarandajas…” Pero murió. Y, como diría el gran Hem, estuvo muerta.
¿Qué arte iba a sucederla? También ella lo había iniciado, atisbaría hasta las mismas puertas del arte del siglo XXI, hasta mucho más allá probablemente: la creación ya no necesita al arte para nada. Deja sobre la gran mesa alargada, rectangular, multitud de pequeñas piezas que son como pequeños párrafos, un fraseo de intenciones, unos bocetos, o un diario de formas, la desesperación, la incógnita, la ternura, el miedo… Proyectos.
Seis meses antes de todo esto.
Cuando su extraño humor lo cree conveniente, Yeats permite que los jóvenes poetas lean sus propuestas poéticas entre las viejas estanterías y columnas de hierro forjado de su librería. La mayor parte de ellos son arrogantes y bellos, elegidos por los dioses… durante unos meses. Suelen leer sus laboriosos plagios (en gran medida inconscientes) con desparpajo a veces; siempre con la solemnidad del novicio. El parto de los montes. Sólo les reconoció humildes y cariacontecidos, hasta viejos, el día que Anne Sexton, entre el humo de sus propios cigarrillos y la bruma del whisky girando en su cerebro, las piernas al aire y su mirada persuasiva dio una lectura memorable en el local atestado de curiosos, poetas aficionados y ladrones de libros que Yeats procuraba mantener a raya. Sexton… En cierto modo, ambas Hesse y la poetisa, que llegaron a conocerse (y él cree que bastante más de lo que puede sospecharse), fraguaban una terapia creacional basada en un ego malherido o, en su contrario, monumental: trasegaban, la una con objetos, y la otra con palabras, con la metonimia intelectual de sus propias vidas. En Sexton, aunque lógicamente la elusión alcanzaba un mayor grado de uso debido a la legibilidad de su medio expresivo, el inteligente armazón nunca propicia que el yo alcance a  desnudarse del todo, ya que la misma crudeza de sus versos logra desviar la referencia directa lejos de su autora; en resumen, universaliza su biografía de tal manera que la confesión nunca delata a quien escribe. Ahí radica su atractiva complejidad. Hesse, aun sin deliberación, con menor complejidad por tanto, pues no precisa del encubrimiento, puede disfrazarse mucho mejor en los símiles plásticos que erige, tan difíciles de descifrar; sólo en los materiales de elección podía colegirse algún sustitutivo plástico que encarnara su temores, fobias y debilidades.
Sexton, la maravillosa: “Un poco de monóxido de carbono, bien dosificado, no le hace mal a nadie…”
Un día, se le fue la mano. Una copa de más del bendito gas y... a volar.
La tarde del 28 de octubre Anne Sexton entró en la librería de Raymond Th. Yeats como un ama de casa perdularia que viniera en busca de un libro de cuentos subidos de tono. Parecía lanzada a chorro al interior por el aire dorado y otoñal de afuera. El recital iba a celebrarse a la seis de la tarde, pero sólo eran poco más de las cuatro cuando apareció en un traje blanco muy ceñido, una sonrisa muy dulce (traicionera del todo) y un bolso de charol con todos sus pecados dentro colgado del brazo. Cruzó la puerta equilibrando su figura en unos zapatos negros de tacón alto al tiempo que buscaba con la mirada a Ray, que se hallaba de pie tras el mostrador. Como de costumbre, El Coleccionista se encontraba en el lado de las revistas ofertadas a peso; como de costumbre, en cuclillas escarbando como un arqueólogo fetichista algún ejemplar atrasado del New Yorker o algún Saturday Evening Post con un cuento olvidado de Fitzgerald o de cualesquiera que fuese por entonces habitante mitológico imprescindible de su Olimpo americano (Faulkner, Salinger, Cheever, Bellow, O’Hara, la Parker...). Yeats levantó los ojos de algún papel y los volvió a bajar como si nada al verla entrar. Emitió un gruñido a modo de saludo y, luego, sin mirar a la mujer, soltó a bocajarro:
-¿Aún no estás borracha, Sexton? –Raymod Yeats, terapeuta psiquiátrico a deshoras, conocía de sobra a esa mujer y sus estratagemas. “¿Dónde demonios esconde ésta la petaca? ¿Debajo de las bragas?”
-No lo bastante para volver sobre mis pasos y largarme a Boston, librero barato –masculló la poetisa.
El Coleccionista, desde el rincón, los miraba tenso, dudaba si debía ponerse en pie y saludarla (no la conocía personalmente) o permanecer donde estaba, invisible. Al final, alejándose del mostrador, fue ella la que se acercó. Sabía de su relación con Hesse. Bastante azorado, él se aprestó a la conversación. Muy pronto, ella le hizo reír.
Pero él se comportó con una necedad imperdonable, hablando (balbuceando) de la literatura de vanguardia europea.
La mujer le miraba como a un marciano, pero un marciano de otro sistema solar mucho más lejos que el de nuestra galaxia.
Tío, yo de literatura no entiendo. Yo sólo escribo poemas. Y únicamente cuando me entran ganas de esconderme debajo de la cama. 
Treinta minutos después apareció por la puerta Hesse.
Las dos se miraron mientras se les humedecían los ojos.
Se abrazaron muy dignas sabiendo lo que ambas sabían, pues a Hesse ya la habitaba lo funesto, y la otra lo arrastraba a cuestas desde hacía años. Aunque ni un temblor a la vista.
Vive o muere
Se ha llenado la librería de gente, pero el tono general del habla es de susurro educado, un murmullo hasta elegante y respetuoso hacia una poetisa que va a contar con un Pulitzer también en el bolso de los pecados.  
Ray inicia el acto con una somera introducción. El tipo se ha aseado: se ha mojado el pelo de los aladares en el lavabo, se ha peinado, se ha cambiado de camisa y enfundado una chaqueta a cuadros de hace dos siglos. Y en seguida, algo encogido, perpetra una burla consentida por las más protocolarias reglas sociales (de la que él, de ahí su extraña rigidez, es absolutamente consciente): “¿Qué puedo decir de Anne Sexton?”, se pregunta el muy taimado en voz alta dirigiéndose a los congregados. Y se calla lo que mejor sabe, oculta un hermanamiento raro, esencial, una connivencia sagrada con la futura suicida que procede de una adivinación casi prodigiosa de sus hechuras y desmesuras, disuelve su intervención en unas palabras de compromiso y graciosas convenciones. 
¿Qué puedes decir?
Lo puedes decir todo. Eres el hombre. Y estabas allí. Y resulta que no dices nada, librero cobarde. Sólo palabras necias para engreídos en una velada poética.
Esta mujer alta, de ojos intimidantes, carnosa y huesuda a la vez, con el cabello cardado a la moda de los sesenta, de rostro devastado, ha empezado a leer, y la voz, apenas modulada, brota de un acto desesperado que nadie es capaz de ver y, sin embargo, todos perciben en el poema terrible.
Abruma la andanada de versos rotos, tan reconocibles que se transforman en universales, y cuanto más se alejan de su dueña por la complicidad que consiguen más te sientes la diana de su flecha, versos blancos como aves negras que sólo sobrevuelan la angustia y tristeza propias.
Con la mirada puesta en Hesse, insistentemente puesta en Hesse, esta superviviente de las pastillas y el alcohol, de las más letales depresiones e insomnios, ahí sigue aún, aferrada a su terapia, sostenida por ese pequeño puñado de hojas a las que se agarra como un náufrago a su tabla de salvación.
Sobrevivirá unos pocos años más, funambulista siempre en la cuerda floja, vacilante y frágil, a punto de caer. Ventrílocua de sí misma, arrastra su muñeca tras los amaneceres desolados. Pero, también un día, se acabó… al final del sucio y negro callejón de Nerval te aguarda el monóxido de carbono, marioneta sin hilos.
Vive o muere.
Somebody who should have been born
is gone.
Yes, woman, such logic will lead
to loos without death. Or say what you meant,
you coward...this baby that I bleed.
La voz, firme, aterciopelada, ronca a veces, envuelve a los asistentes que de pie, rodeados de libros, escuchan la ristra de un vademécum de soluciones personal, intransferible y, sobre todo, aterradoramente humano.
“¿Qué puedo decir de Anne Sexton?”
Puedes hablar del miedo, pero de ese miedo desnudo, todavía sin palabras y en tinieblas que enmaraña la conciencia recién despertada, la angustia de una visión procedente del sueño que aún tiene agarrado al cerebro en la espesa urdimbre de sus colores imposibles, densos como el agujero horizontal de donde emerges boqueando. Puedes hablar de quien no hace del poema una mecánica ni un sollozo claudicante y trivial, de quien no hace de la pintura una pistola de repetición ni de la escultura la forma más amable. Habla de lo que hablan los suicidas: oh, dios de las olas, oh, dios de la estrella del norte, oh, dios del abismo (“Oh, Sylvia, Sylvia, con tu caja muerta de cucharas y de piedras, con dos hijos…”), Habla de la noche, del río imaginario, del brillo de la plata en el pecho de los muertos, de los viejos tiempos cuando hay tantas cosas que no puedes decir en voz alta que necesitas escribirlas, habla de los amaneceres gélidos, hostilmente neoyorquinos, habla de los ojos envenenados de Rothko y sus colores desfallecientes (se mueren segundo a segundo), de los ojos de cristal de Arbus que desde el pasado fotografía tu vejado rostro del futuro, de la piedra helada, habla de todas las albas frías, del amanecer de grisura metálica que traspasa limpiamente la esperanza de las mujeres violadas como la Sexton, de los charcos de sangre que cubren los suelos de los desahuciados, del aire cerrado y homicida del coche volador de Jackson Pollock hacia los mundos estelares…
Vive y muere, ha empezado a recitar nacida de sí misma (y de nadie más), ahora frente a la oscura niebla de los otros que han enmudecido. Con los ojos abiertos, ni se atreven a respirar.