lunes, 25 de septiembre de 2017

31

Sueña.
ARES.
No sabe si le gusta. Recordad que el verano del 68 en Nueva York fue algo terrible, abatido por una ola de calor en verdad asfixiante, un metal al rojo vivo que hacía hervir el aliento. Se hallan desnudos y húmedos debajo de la ventana sobre una sábana blanca, lo único que les separa de las baldosas del piso. El sol ya oblicuo después del mediodía se cierne sobre el suelo donde yacen. Hesse parece irreal, increíble su piel brillante y pegajosa por el calor, traslúcida su carne rosada, pasmosa la cabellera empapada que se derrama en cascada a un lado del rostro. Bañada de luz cruda, apoteósica, de una quemazón apenas resistible. Es hermosa hasta acribillada por el rayo más cruel del sol. Su piel es el abrigo perfecto del frío y el ardor. Se vuelve hacia él y se tumba de costado, apoyando la cara contra las manos juntas. Los ojos brillan risueños en el mar cegador que fluye del hueco abierto y se abate sobre los cuerpos: “Eres Ares”. Escrito en castellano suena de una prosa cacofónica, de una precariedad evidente, hasta incómoda. Disonancia reiterativa no desdeñable tampoco en el discurso angloamericano. Sonríe cegado por la luz: en la brutal claridad la recrea, recorre con ojos entornados la incitante excursión desde el cuello a los senos, el vientre terso, la mata profusa y negrísima de pelo que cubre el pubis de judía fascinante, las piernas y los muslos poderosos recogidos sobre ella misma en postura semifetal, alumbrándose de una fiereza carnal, de una potencia ígnea, y el blancor del tejido que ha de cubrirles a medias en el calor de la noche. Ares, luchador tenaz siempre vencido, aborrecido por los dioses, poco amado. Sólo libre próximo a la muerte. Y, sin embargo…
Ciertas peculiaridades de muchos de los modelos del arte contemporáneo exigen una nueva actitud ante la obra plástica como objeto vendible o promocionable. En este aspecto de la cuestión, ha desaparecido el punto rojo visible en la pared o en el pedestal del mármol, tan escueto y explícito: vendido.
Instrucciones de uso.
Empecemos por el principio.
Corren bajo la lluvia hasta la galería. No hay nadie. D., en la pequeña oficina, les lanza un único vistazo a través del cristal y sigue en sus asuntos de papeleo. “Mira”, dice ella, y señala un montón de cuerdas y barras de hierro oxidado en el suelo. Después de la retahíla, es su turno de hablar. “Lo que pasa en el arte moderno…”, empieza. Le mira con una sonrisa burlona, tan directa y explosiva como un misil proyectado… ¡al blanco más obvio e indefenso, a esa jactanciosa declaración de principios! Dice, conteniendo la risa: “Así que me vas a decir tú lo que ocurre en el arte moderno…”
Met: las grandes puertas de bronce siempre están abiertas.
Ha de consultar algo en la biblioteca Watson. Hace semanas que esperaba el momento.
“Nos vemos en el jardín de las esculturas”, anuncia.
De repente, ya no la ve.
Sombras.
Otra vez.
Se gira hacia atrás. Ha desaparecido.
Comprende que se ha quedado en la segunda planta.
Prosigue su camino hasta el cuarto piso donde se hallan las colecciones de dibujos.
Luego, se desvanece en el aire.
(Los dos.)
Parece mentira, pero el sol salió al día siguiente.
Siempre amanece el sol como si nada: nacimiento o crimen.
Sería octubre o noviembre. Y ambos nos referíamos a la contemporaneidad.
Qué fue de ella en el 67? ¿Y de ti?
“Hasta el 64 creo recordar que no pasé en toda mi vida más allá de la calle 115.”
Recuerda mal (o miente): vivió en W. Heights (como es sabido), bastante más arriba del Harlem temible (tan inocente…).
Ella subió más.
Ella es real. Bajó del norte. Buscaba el sur: el sur de las roturas, de los óxidos, de las quemaduras y hasta de los escombros y las guaridas de los asesinos.
Al sur, hasta el origen, hasta Castle Garden y Ellis Island, hasta ese olor nauseabundo pero enriquecido de detritus benéfico del material primigenio que emanaban las huestes miserables de la inmigración, hasta esos millones de cuerpos que exhalan el vapor más rancio de la vieja, fértil y bien abonada por la mierda y el estiércol de siglos de la vieja Europa empobrecida por la desgana y un milenio de cansancios guerreros absurdos.
Las fronteras (y el humus) de la nuevas naciones adelantadas se trazan y fecundan de la sangre corrompida (qué más da) y generosa de allende lo imaginable.
La recrea. Él, se inventa (todo mentiras).
¿Qué pasa con el Upper East Side?
Tenía amigos ricos por esa parte. Yo, la rehuía entonces.
Huye de semejantes evidencias. Hablan de metáforas:
“Me encontraba mal. El cuerpo, o la mente, algo que también es orgánico, el maldito cerebro, esa glándula que segrega pensamientos… (¡!)”
“¿¡Whaaaaat….!?”
Déjalo estar. La escritura plástica lo refleja: el malestar.
“¿Sabes?, lo que intento contar en ese revoltijo es…”   
“Déjalo, guapa. En una sola línea de Joyce o Bernhard se halla todo el planteamiento, nudo y desenlace de un millón de novelas policíacas (históricas, góticas, fantasiosas, costumbristas…) de baratillo, convencionales, correctas… e inútiles.”
Todo acontece inesperado, raro (escribe en su diario de hojas sueltas cuadriculadas o rayadas: el pergamino colegial).
Ah, pero ahora ya mecanografía las ocurrencias: Todas las bandas del espectro parecen teñir la multitud de ventanas de Manhattan...
Ventanas… ¡azules!
(Se está volviendo imprudente El Negro Descolorido: como penitencia venial y estímulo radical se impone contemplar seguidas las cuatro horas y media de The Art of Vision, de Stan Brakhage. Al término de la sesión, se precipita a la salida, se precipita a la boca del metro, se precipita sobre la máquina de escribir y…)
Una sucesión de vértigo:
feliz año nuevo, ha repetido más de treinta años.
En 1966, poco antes de que su padre muriera, le compró en una de las tiendas de anticuario que proliferan en Park Avenue una plegadera de plata con un galgo labrado en el mango. Hesse tenía dinero esa mañana. Había vendido un par de acuarelas sobre papel de tela a Seda&Stein.
Su padre, ese ente físico, opulento, esa carne serena y feliz tan próxima, de cara redonda de judío alemán, calvo, bonachón y un poco egoísta, como sólo puede serlo un alemán glotón y tranquilo. Y, ahora, un moribundo aburrido, asqueado, en la espera, un pacífico judío convencido, temeroso de Yahvé, de nuevo en la diáspora… final.
Al llegar a la casa familiar le faltaba el aliento, estaba sudorosa y se sentía a la vez trémula y feliz.
El hombre enfermo, enflaquecido y perplejo, cubierto por el taled, la vio precipitarse al salón, rejuveneciéndolo todo, rodeada todavía con el aire fresco de la calle. Ella le tendió el bonito paquete que envolvía el presente. Su padre preguntó por qué: no era su cumpleaños, ni había que celebrar ninguna onomástica. Tampoco iba a poder llevar demasiadas cosas en su próximo viaje…
Tal vez en ese que ahora emprendía, surcando el mar…
Dos días después de que su padre muriera, lejos del hogar, de la nueva patria, Hesse buscó por todos los cajones de la casa la plegadera labrada. Nunca la encontró. “Va en la nave egipcia con él.”  
En las semanas siguientes dibujó simulacros: de un río, naves, perfiles, relieves, ornamentos.
No ensayes la melancolía, celebra lejos de los victimarios, tú, la vida y el vino. Y allí, en lo oscuro de las tabernas del Village con aromas delincuentes donde se discuten las formas del siglo XXI, eleva una anacreóntica de amor a los desesperados.
Pero, ante ella, le delata la pluma, el artificio a cuestas.
Y la hada no aparece, fisgando desde cualquier universo. alcaloide
Creó Not Yet a base de un menú de alcaloides (incluye un zumo) y unas gotas de desprecio.
Acerca de N.: su imitadora furtiva y vergonzante:
Ella se editaba a sí misma. Al principio los pensamientos parecían salir a borbotones de los ojos, posarse en las cosas y trasladarles el brillo maléfico o benéfico de su insondable interior. Luego, controlaba el maremagno de las palabras y las imágenes y emprendía una tarea de selección: esto es así; esto es asá. Elegía cuidadosamente aquello que debía revelarse a la luz, desplazarse de sus misteriosas entrañas pensantes al exterior, al alcance de los otros que, de ese modo, podían extender su mirada y examen a todo lo que de conveniente, en actos y sucesos del pasado, ella había entresacado para mejor favorecer y definir su identidad. Se trataba de una revisión llevada al límite. No habría lugar para controversias enojosas. Ningún testigo, y si lo hubiera, mentía como un villano.
“Soy así realmente”, afirmaba.
Unos días, desdeñaba la posteridad, la nada absoluta a fin de cuentas; otros, se aferraba desde su provisionalidad ya acatada a la futura existencia de una memoria colectiva y piadosa tras ella, que glosaría con admiración su paso por la tierra.
A veces, era secreta: su hermetismo acentuaba los sutiles misterios de una obra entreverada de enigmática excentricidad; a veces, admitía con ingenuidad sus miedos e inseguridades: no se ornaba entonces, dudaba, se interpelaba confusa en las páginas íntimas de sus cuadernos. 
Quién iba a contradecirla en un sentido o en otro. Pero… cuidado.
En realidad, le dijo él, la gente sólo atiende los hechos de una biografía una vez ha pasado el tiempo, cuando uno ha muerto y ya no puede retocarlos. Lo que queda atrás sólo es la cáscara de una vida, y antes de que se pudra lo comestible, anécdotas y un montón de patética vanidad. La gente acaba por ignorarlo.
No hay pentimento que valga, madeimoselle La Machinateur: una vez muerta eres lo que los demás quieren que seas.
Labran las amistades el mármol de tu interior, modelan el barro de tu exterior, la piel enferma.
En cuestiones de arte la caza mayor es juego de arañas. Un acoso y derribo no sutil… aunque invisible.
Recuerda en especial a una de sus amigas artistas (a la que llamaremos x¹), uno de los seres (por lo demás, estrafalario y poco valioso, pero muy capaz de hincar el diente en las presas realmente codiciables) más dogmático y enervante que había conocido en su vida. Su boca sólo expulsaba mandamientos y conjuros homicidas. Tenía cuentas pendientes con todo el mundo, puesto que todo aquel que pensara de distinta forma a la suya, contrariaba sus razones o ponía alguna objeción a sus intereses se convertía inmediatamente en un enemigo al que había que abatir sin misericordia. La verdad inconcusa anidaba en sus labios. Quien sostuviera lo contrario buscaba la reyerta, la sangre. Las opiniones de los demás carecían de validez: no eran las suyas, así que había que fulminarlas aunque fuese a gritos, malas maneras y hasta con ladrillos arrojadizos, que era, a fin de cuentas, en lo que finalmente se convertían sus razones, siempre precarias y hasta vacías, incoherentes y mal expuestas. Coincidieron, Hesse y ella, en un par de exposiciones colectivas. Naturalmente a Hesse, afectuosa y callada, le divirtió en seguida el papel de táctica y directora de estrategias que aquélla se atribuía. En la tercera exposición colectiva en la que volvieron a encontrarse estalló el conflicto y la desavenencia devino finalmente ruptura. Años más tarde la colérica estratega se trasladó a Chicago y empezó a dar clases de “libre creatividad” o algo semejante en la Universidad, lo único que le proporcionaría una tranquilidad económica asegurada, y probablemente lo único que en realidad deseaba en el fondo de sí misma, puesto que el arte tan sólo había sido un instrumento a su alcance para halagar una vanidad insaciable. Pero los ejemplos pueden alargarse hasta el pestilente final de una fila interminable: uno de los individuos más inculto que ha podido conocer y que, sin embargo, merodeaba sin escrúpulos en todo momento el mundillo de las artes y las letras, y¹, (vamos a llamarlo de ese modo) era el siguiente en la escala de las mediocridades estridentes. El tipo escribía en un periódico de dimensión local especializado en arte. Era una publicación minoritaria de cuatro hojas sin interés alguno, y cuya redacción se hallaba en uno de los soleados bancos matinales manchados de excrementos de paloma del parque de Washington Square. La sostenían la precaria publicidad de tres o cuatro firmas comerciales de diseño y venta de artículos para estudiantes de pintura y escultura (una de cuyas empresas pertenecía al padre de uno de los más conspicuos escritores de arte del periódico, lo que autorizaba de firme sus demenciales digresiones sobre el arte “más audaz colgado en los museos norteamericanos”). Durante cierto tiempo colaboró en aquellas páginas sin cobrar un centavo, sólo por el gusto de mencionar en sus artículos el nombre de algún amigo artista o de quien fuese que le hubiera causado cierta admiración al contemplar sus obras en España.
z¹ era el tercero (o el cuarto en discordia). Tenía tiempo para perder y tenía dinero para gastar. Una combinación envidiable. Sólo que se aburría, el hastío se había inyectado en su sangre como un tóxico fatal que envenenaba los días, uno tras otro, de una extraña eternidad vacía: dibujaba insectos dudosamente reconocibles como tales: porque algo había que dibujar y un poco ambiguo había de ser. Gustaba de la polémica… ¡muda! No profería ninguna palabra, se limitaba a enrojecer vivamente, pero de un rojo desaforado, cuando alguien contradecía lo que pensaba, algo, por lo general, que siempre permanecía oculto a los demás puesto que jamás despegaba los labios. Escribió y se autoeditó un libro curioso, Yo y las arañas, que ilustraría con profusión y harto denuedo. Se vendieron catorce ejemplares. El resto, unos cuatrocientos, acabaron en el cajón de los saldos revueltos (10, 15 y 25 centavos) de la librería de Raymond Yeats.
Cuenta esas cosas. Escuchas, a veces complacido, siempre en segundo plano y…
Ella, se ríe con ganas.
Hasta ese momento todo iba muy bien. Demasiado bien.
Eras el hombre invisible. El que estaba allí y nadie lo sabía. De repente, ella te hace notar ante el corifeo y adláteres. Te delata. Los ojos se vuelven hacia ti. Eres real, tan real y maldito como ellos. De carne y hueso. No eres un personaje que va y viene de viñeta en viñeta, de párrafo en párrafo. Se acabó el juego, tan escondido que estabas entre líneas. Omnisciente pero cobarde, sin jugártela nunca. Cazador oculto.
Ahora su mirada de exangüe viajera en el tiempo le expone ante los demás, a él, que tan bien se sentía no siendo apercibido por nadie. Le ha revelado, le ha señalado en el espacio. “Soy un discurso. He de hablar. No puedo demorar más el silencio. Pero descubrirán que soy un impostor, estoy hecho de niebla, de palabras, de mentiras…”
Se hará de cosas, de nombre, suposiciones, medias verdades… Compra una docena de manzanas en un mercado callejero del barrio italiano, saliendo ya a Canal Street. Hace un viento neoyorquino y brutal, que no concede tregua. Viste una cazadora azul y una falda de pana granate, y el gorro rojo de lana que se encasqueta en días destemplados como éste. Lleva mal cogida la bolsa de papel. Se detiene un instante; le mira: “Centauro”, dice sonriendo. En ese momento las manzanas verdes, doradas, caen de la bolsa y ruedan por el suelo.
Mitad animal, mitad espíritu.
JUSTO DESPUES.
Verano, 1969. Julio.
Tendidos sobre la hierba de Great Lawn. Anónimos bajo el sol benéfico del crepúsculo, acariciados por la brisa que comienza a refrescar la tarde dorada.
“De la que me he librado”, dice.
Ya le ha crecido el pelo, aunque aún  no puede peinarse.
En cuanto pasen unos días ya no se notará la cicatriz.
“Estás guapa. Y eres muy valiente.”
“Mira, me he comprado un vestido.”
Es ligero, vaporoso y de colores vivos.
“Te sienta de maravilla y, además, deja ver tus piernas tan bonitas.”
“Antes de que llegue el invierno…”
Lo dice con una sonrisa pícara, y gira sobre sí misma sin dejar de sonreír mientras el vuelo de la falda sube hasta descubrir los muslos pálidos y suaves.
Otoño, 15 de diciembre, lunes, ese mismo año (1969). Después de haber estado merodeando por la calle 8 Oeste, donde ella, en una de las tiendas de segunda mano, sin saber muy bien qué, buscaba de un lado a otro entre cachivaches y muebles viejos.
No compró nada.
Quiso descansar antes de regresar al apartamento.
Acaban en la plaza del parque Tompkins, donde aún solían verse aburridos e inermes grupos aislados de hippies.
Todavía con la luz de día, ya en casa: pan italiano, queso, una jarra de agua fresca, una botella de vino tinto, aceitunas griegas, miel de Nuevo México.
Por la noche, sumidos ambos en las sombras iluminadas levemente por la luz de la lámpara de la mesa, con voz suave, disimulando el temblor invencible, él le lee despacio algunos cuentos de En una pensión alemana, una edición de páginas algo descabaladas y amarillas por el tiempo, editada por Knopf en 1922, comprada por unos pocos dólares en The Green Train al siempre desinteresado Raymond Yeats.
Pero Katherine Mansfield ya no se reconocía en ellos. Incluso renegaba de esos textos prematuros (1911), tan juveniles, meros pastiches de su paso por la Baviera de 1909 donde, entre otros sucesos de menor importancia, sufriría un aborto fortuito y le endosarían una gonorrea de la que no pudo librarse en toda su vida. 
En ella nada había de prematuro. Murió… ¡a los 34 años!
“Son absurdas casualidades”, pensaría años después el negro cuando ya, definitivamente en Europa, sólo sería un paseante silencioso y solitario, un falso parisino merodeando por los jardines del Luxemburgo, pensando en muertos el muerto que ya era él.
A Hesse le entusiasma en especial Los alemanes a la mesa, precisamente el primer cuento del conjunto.
14 de octubre de 1922, sábado, en los jardines del Luxemburgo: … De repente se levantó viento, y todas las hojas volaron con tanta alegría, con tanto anhelo…
Poco después: la Mansfield caería en manos de un charlatán apátrida, un santón lujurioso y bebedor que levantó la tienda de los milagros al sur de París, en las proximidades de Fontainebleau, donde se cobijarían un centenar de desgraciados en lo que parecía ser una especie de comuna de enfermos terminales. Días antes de morir, incapaz de cualquier invención, la escritora se dedicaba a pelar verduras en la cocina metida en su abrigo de piel. Ora et labora.
Katherine Mansfield murió el 9 de enero de 1923.
Todavía antes: “¿Y para qué quieres tener salud?”
“¡Y hasta ser inmortal! De la vida lo quiero todo, sin descanso, mezclarme con la tierra húmeda y rica, recibir en el rostro el aire fresco y limpio, bañarme en el mar, dormir bajo el sol. Quiero ser parte de todo lo humano, ser consciente y sincera con las cosas de la tierra… Ser una hija del sol… Sí, que baste con esto, una hija del sol. Y trabajar con mis manos, mi corazón y mi cerebro. Sólo me bastaría lo más sencillo: un jardín, una casa, hierba, animales, libros, cuadros, algo de música… Y aprender de todo ello, y expresar todo ese pequeño universo a través de la escritura. Sólo vivir la vida cálida y doméstica, natural, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar... ¡Vivir! Porque en el fondo, a pesar del infortunio, todo está bien.”
(No, nada está bien.)
RIGHT AFTER



sábado, 12 de agosto de 2017

30

Diseño.
La jovencita Hesse baja al sótano de Brentano’s, en la Quinta, después de haber salvado escaleras y columnas por doquier de la desmesurada librería. Rebusca entre los centenares de revistas. Quiere ganarse la vida diseñando. No le repugna lo efímero de una propuesta que descansa con absoluto descaro en lo temporal. Años después, el Testigo interpela inquisitivo:
-¿No sabías aún que eras una artista?
-Claro que lo sabía, pero el diseño es un buen instrumento plástico para ver hasta donde puedes llegar.
Qué interesante.
Se defiende con astucia: el talento reside en lograr lo intemporal a través del medio procesual que fuere. A renglón seguido menciona la Bauhaus.
Pero es casi todavía una niña. Una niña a lo Balthus, enrarecida por la extraña atmósfera que recrean los sueños: busca sitios extraños para su edad.
Sentada en el suelo ataviada con una falda escolar de cuadros escoceses que ya le viene pequeña, las piernas recogidas formando hueco, la seda de los  muslos al aire, al aire también las bragas de un blanco inmaculado, rodeada de decenas de publicaciones de todo tipo, absorbe colores, formas, significados, significantes… Puede que hasta tenga malas ideas.
¿Y si se gana la vida dibujando cómics?
La mano suelta, los dedos ágiles: ver… “Dibujan los ojos.”
En el 54 da para mucho este género de la cultura popular, aún no dañado por la televisión.
Pero nada de Snatch y muertos de hambre semejantes.
Te plantas frente a la puerta de Eisner-Iger y te ofreces sin complejos: soy la mejor dibujante del siglo. Lo mío es la acción.
Son incontables las compañías que se dedican a sepultar de originales dialogados y entintados las numerosas editoriales que publican y distribuyen de manera infatigable serie tras serie miles de ejemplares semanales durante años: un sistema barato e imbatible de entretenimiento por unos pocos centavos. Cientos de anónimos guionistas y dibujantes suministran a empresas especializadas gran cantidad de material a todas horas a fin de satisfacer la creciente voracidad de un público adulto anclado ilusoriamente en los paraísos artificiales de la infancia.
No se da abasto. Ni siquiera Sangor-Pines logra abastecer con sus decenas de series una maquinaria semanal que encuentra su significado más sobresaliente en el continuará en el próximo episodio.
Un cómic… Podría intentarlo. Hacer de él una técnica de expresión propia, contar sus historias. A los dieciocho años la invención es el mejor instrumento con el que puede contar un adolescente. Se trata de imaginar historias y, en lugar de escribirlas, dibujarlas simplemente. Imaginación es lo que más le sobra a una. Y cualquiera puede dedicarse a este menester sin perder demasiado los escrúpulos, la chica de Yale o la sofisticada intelectual con aspecto de alumna de Smith College.
Sería posible incluso descartar los diálogos: sólo el sustento gráfico contaría la historia. ¿Para qué más?
¿Qué de malo hay en el pulp? Todo el mundo se ha manchado en alguna ocasión los dedos en esas páginas astrosas.
Por esa época el negocio todavía es floreciente: más de cuarenta millones de ejemplares se venden al mes en las tiendas de caramelos, quioscos y drugstores. Y… la mayoría de sus editores son judíos, en cuyas manos está un noventa por cien de las empresas dedicadas a la cultura popular.
(Cósete la estrella amarilla.)
Esta es una industria que no da tregua, una fabricación en serie, una creación  a destajo, y no admite fisuras, pues cada semana han de colgar de las pinzas en los puntos de venta los cientos de cuadernillos atrayendo con el imán de sus colores chillones los ojos del niño y el adulto. En esta cadena de montaje que resulta el cómic americano cada uno de sus peones tiene una misión encomendada: el dibujante, el guionista, el colorista, el rotulador… el editor que culmina la puesta a punto. Una industria del ocio y el dinero perfecta, de matemática aparición, anónima y festiva. Sólo unos pocos elegidos engalanan una tarea en manos de laboriosos artesanos: Raymond, Foster, Eisner, Siegel, Jerry Robinson…
Mas ella se siente con fuerzas hasta para dibujar un poema, una sensación, compartir un sentimiento… Eso es el significado, aunque no quisiera la Nueva y Joven Profesional del Cómic acabar ilustrando los guiones de Real Life Comics, vademécum especializado en una especie de biografías coloreadas y aliñadas adecuadamente para el adoctrinamiento de sus jóvenes lectores. En el arte hay que poseer un criterio amplio de las definiciones. Huye de las identidades rígidas, normativas a ultranza. Ella lo que ansía es ilustrar su propia biografía, pergeñar la crónica de su existencia mediante una afortunada sucesión de actos inmejorables. Y desea ser lo más inteligible que sea capaz. Respecto al significante, la bala plástica que envuelve el discurso mayor o menor hasta que estalla en el cerebro del testigo que asiste a tan magnífico curso vital y artístico, lo dejaremos para años después, cuando una encuentre la forma de escribir una tragedia mediante un tubo de goma o un pingajo de fibra de vidrio bañado en resina. En ese momento habrá llegado al Reino de la Oscuridad, donde el genio alza su voz sin plebeyas o cobardes mediaciones de legibilidad o fácil disquisición.
Entonces, ¿qué clase de ilustración puede ser la suya? No tan explícita como las que exhiben de cebo en las portadas de las antiguas historias de Pep Stories o Hot Tales: serían dibujos y acuarelas evocativas, una abstracción inteligente. ¿Iban a pagarle tan poco como a los pobres guionistas atados doce horas diarias a la Underwood: dos centavos por palabra? Pero…:
¿alguna vez le han dado el pulitzer a un guionista de cine o de televisión o de tebeos…?
Un dibujante es una cosa seria, no como esos enloquecidos inventores de historias.
Seamos serios, ¿existe seriedad en ese centón semanal destinado a las mentes más primitivas de los lectores?
Por supuesto: y también inteligencia. Sólo los aficionados terminan denigrando y haciendo bajar tres escalones todo aquello que tocan (arte, literatura y todo lo demás) movidos temporalmente por la necesidad, el antojo o una vanidad irreprimible. 
Mientras tanto, se desayuna con huevos, zumo de uvas y bacon canadiense.
Ella, ahora, es una heroína, y también es el momento de ganar unos dólares: la peor combinación para meterse en un negocio que exige disciplina y, por qué no, talento.
Ah, si pudiera infiltrar sus imaginaciones en la DC, la catedral de las viñetas, el súmmum de los superhéroes… o en Timely Comics, que terminaría coinvirtiéndose años después en la creativa,  anestésica y poderosa Marvel.
Está llena de ideas, está…
Pero, no.
Es ella la que no es seria. La frivolidad es la llave que acaba abriendo la puerta de la nada.
¿Cómo diablos te las vas a apañar para ser capaz de permanecer sentada en una silla frente a la mesa de trabajo durante horas y horas, un día tras otro día a la izquierda del sol? Ella es una artista: entiende el trabajo como un entretenimiento, un ludismo gratificante y libérrimo, y nunca un maldito potro de tortura.
De modo que terminó enviando una acuarela a The New Yorker.
A ver.
Nunca más se supo de la cromática “abstracción evocativa”.
A otra cosa.
A rodar.
Una embriaguez es el arte. Seas crápula, sorbe los días como el áspero aguardiente de Cedar Tavern o el dulce vino del estío: ante la ventana abierta bañada por el sol terrible de la urbe, una apoteosis degradante, descendente hasta el asfalto derretido de julio acuchillado por los apestosos taxis amarillos.  
Se lleva la copa a los labios, casi ni los moja, apenas un sorbo es bastante para conducirla a los paraísos artificiales de la imaginación y el léxico de las selvas y bosques vírgenes. Mil gotas de láudano diarias son suficientes para leer (y comprender) a Kant, había proclamado Baudelaire. Qué chocantes fraternidades. Pero, tan joven y bella, no ha de procurarse el nepente apaciguador de males, ninguna droga ansía para el olvido: guarda para sí la creación y ni un solo átomo del tiempo le sobra. Su droga es el arte. Ella es ajena a la indolencia, al abatimiento. No es de esa raza de humanos que, mano sobre mano, ven venir hacia ellos el desierto que ha de poblarlos.
“¿La expresión de mi arte?”, replica Hesse, ante la pregunta insolente.
Se han reunido en K&F, una cafetería de moda en una transversal de Delancey, en el barrio judío. Son siete personas y tres paraguas que llegan con las cabezas agachadas, entre risas mal sofocadas y la ropa húmeda, a las puertas pintadas de rojo y ventanales enmarcados en verde del angosto establecimiento abierto en una calle estrecha, oscura a esas horas. Hace frío también. Sólo la franja de luz amarilla que se vierte sobre la acera mojada proveniente del local atenúa el paisaje solitario y gélido. Febrero de 1969, martes, a última hora de la tarde. Llueve con fuerza, interminablemente. Robert Morris, en el interior velado por suaves luces, aguarda en un ángulo de la barra forrada de madera negra. Se levanta sonriente al verles entrar en fila india, encabezados por Hesse, Jennie y Nancy W., una amiga de ésta, presunta artista aunque sin obra conocida hasta el momento. (Sin embargo, la chica escribe, se dice. “Eso no sirve”, recuerda que dijo cierta vez alguien –pintor muy reconocido y cotizado en nuestros días- verdaderamente enfurecido refutando a su interlocutor en lo más acalorado de una discusión frente a las puertas del -. “¡No sirve, entiendes, no sirve! ¡Todo el puto mundo escribe, maldita sea!)  Un camarero se apresura a juntar dos mesas redondas al fondo, cerca de la entrada a los lavabos, de los que parece emanar a ratos un olor muy agradable a lavanda. Tras las presentaciones, llegan las comandas de cervezas, ponche y copas de vino blanco, cacahuetes y pasas de Corintio (?). Morris, una vez enterado de los detalles del evento anterior sonríe de manera aún más elocuente. El acto al que han asistido consistía en un happening de interpretación abierta, imposible por tanto de dilucidar (ignora al público –algo insólito, pues-; desprecia el componente de espectáculo que todo happening conlleva intencionalmente –su carácter teatral y hasta bufonesco- y reniega de lo artístico –el acontecimiento limitaba su efectividad a la muda contemplación del artista, también mudo, sentado de espaldas frente a un ángulo de la sala-). Sí hubo argumento epilogal: el tal Lebrain, el único ejecutante, afirmó muy convencido de la resurrección del nuevo arte, “ahora que, como todos sabéis, ha muerto”. Como ejemplo, él mismo. Invocaba el retorno de un arte renacido y pletórico, de infinita combinatoria y una insospechada pluralidad de significaciones. La sentada pública, silenciosa e inmóvil, al parecer escenificaba la reflexión liminar que ello exigía antes de entrar en acción. Este último vocablo inició rápidamente una repuesta unánime. La declaración post-happening se estaba convirtiendo en una conferencia, y lo peor, a juicio del público asistente, que había empezado a murmurar en tono desaprobador, era que esa maldita charla ni siquiera formaba parte del maldito happening, ya culminado cuando el ejecutante se había puesto en pie. Aquel monólogo del vidente, del brujo nigromante y resucitador disgustaba profundamente a los espectadores. Eso le hizo comprender que, incluso naciente, el happening ya exigía una ordenación, un canon, una gramática generativa. No salía de su asombro. En seguida aparecen las reglamentaciones, una convalidación que certifica la justicia y bondad de “algo” todavía por definir. Los recientes sabios de la tribu pretenden imponer ya desde un comienzo una sintaxis de aquello que es único, efímero y por consiguiente irrepetible y carente de preceptos que guíen con posterioridad actuaciones futuras. En otras palabras, existen las reglas. Si técnica, oficio; si no técnica, reglas. ¿El gusto tiene reglas? La estética las tiene. ¿De dónde surgen los reglados? ¿Y de lo naciente, todavía adánico….? (Desarrollar para más adelante.)  Tímido, ha tomado asiento junto a ella, que animada por la conversación, parece haberse olvidado de él. Los dimes y diretes se centran en los aspectos esenciales de lo que constituye un happening. Qué es y qué no es. Su validez o su inoperancia. También, su justificación como hecho artístico y su lugar en la historia del arte. Alguien llama la atención sobre “historia del arte” y “cronología del arte”, pues ambas cosas no tienen nada que ver entre sí, son meras licencias logísticas, ordenar el almacén de los epígrafes, las denominaciones, las fechas, las autorías… toda esa morralla. Nuevo debate: se alzan voces discordantes; otras bocas permanecen cerradas en astuta mudez (lo dice el aserto: más vale estar callado y parecer tonto, que hablar y que comprueben que lo soy). Hesse se encuentra en su salsa. Inventemos vocabularios, lenguajes, morfologías, sintaxis. ¿Pero qué diablos queréis: crear, inventar, pintar o escribir, jugar? Las dos, las cuatro, las cinco cosas a la vez. Las fronteras que Laooconte alzaba se han desvanecido, la amalgama renueva la gesta: nada contra nada, nada menos que nada, todo igual a todo, Ut pictura poesis/Ut poesis pictura. He ahí el híbrido del nuevo Prometeo: engañador hábil, heroico robador del fuego, “El Previsor” (que no dejará jamás que sus llamas se debiliten), artesano que a todos nos modeló con el barro primigenio, el que desvela los secretos del arte sagrado, adivino, mago, El Creador. “Nos hace prometeicos en el caos, artistas contra lo divino”, dice Hesse (Eva, la que cree mitologías). ¿Pintar? ¿Escribir? Mucho más que todo eso: la nueva propuesta artística cuyas condiciones espaciales comprometan una nueva visión, la obliguen, por así decirlo, a aprender a leer de nuevo. En cierto modo, el espectador siempre es un analfabeto. Se restriega los ojos frente a la obra enigmática de los dioses paganos, libres, dionisíacos. ¿El espectador? ¿El testigo? Que aprenda a leer y escribir cuantas veces nos venga en gana a los báquicos geniales. O que miren la TV. y nos dejen en paz. No arriesgan nunca nada. Y, encima, ellos, el espectador, se entretienen con el espectáculo que les proporcionamos las fieras (que, en el fondo, no muerden, jamás lo han hecho, sólo se matan a ellos mismos: Van Gogh, Hemingway, De Stäel, Larra, Sexton, Woolf, Rothko, Trakl, Lowry, Arbus, Gorky, Plath, Benjamin, Pollock, Pavese, Storni, Grosz, Carrington, Ganivet, Thomas, Walser, Pizarnik, Domínguez, Celan, Foster Wallace…)

viernes, 7 de julio de 2017

29

Una irremediable sensación de pérdida. En todo: objetos, personas, fidelidades, sentimientos…
Incluso inmóviles, a salvo de tocamientos indeseables y manipulaciones varias, la goma de tu poema, los plásticos de tu adjetivo, se resquebrajan, se agrietan, se pudren, se rompen, se deshacen… Desaparecen.
Es inevitable la ANALOGIA (escribe en su block de notas con mayúsculas).
Los parangones ocultos de un alma ataviada de sutiles genealogías, de un arte evocativo siempre, y a pesar de todo, de la condición humana, sus desechos y gestaciones ya inservibles.
Albers.
En el 71 le llamó por teléfono a Orange, pues la oportunidad de la exposición en una colectiva parecía favorecer encuentros de esa índole. Se mostró cauto pero accesible, todo indicaba que podría entrevistarle. Entonces mencionó  su relación con Hesse. En ese instante el viejo artista cortó la comunicación de inmediato, sin despedirse siquiera. No volvió a coger el teléfono en los días siguientes. Nunca le recibió.
“Háblame de Albers.”
“Es un ser compasivo. Su seriedad paternal, acogedora, no exime de la firmeza en sus enseñanzas.”
“¿Cómo se ve desde U2? ¿Sabes que murió seis años después de tu marcha, en el 76?”
“¿No tuvo tiempo de huir…?”
“¿Cómo…?”. (Pero en seguida sigue el juego). “Entiendo… No, al parecer la muerte le cogió de improviso. O ya no tuvo ganas de seguir adelante… ¡De viajar!”
(¡Gran sorpresa! ¡Hesse ya no está en U2! ¡Ha cambiado de universo! A bordo de la Up the Down Road III (que ha mejorado sensiblemente el prototipo anterior), llega y no la encuentra. Pregunta a algunos de los pálidos ambulantes, a punto de desmoronarse como un montón de piedras, aunque una de las bocas se abre como un agujero. Etcétera. “¿Y eso?”, inquiere al final, después de un par de miles de años luz, al tenerla enfrente de nuevo fresca como una rosa recién cortada, en U3, donde todos terminan siendo tan pálidos y de apariencia extenuada como en U2. “Circunstancias desaconsejables: me perseguía otro tumor, está vez en el útero.  ¿Qué te parece? ¡Me quería dejar seca! ¡Casi me alcanza!”).
Albers: En la Universidad de Yale confrontaría valientemente el simplismo genial de su geometría en un país donde estaba en su apogeo un expresionismo abstracto tan rico de improvisadas inferencias como baluarte de ingenio en provocaciones plásticas asignificativas. “Sólo es una base de entendimiento de la nueva estética”, aseguró al precipitar a un nutrido grupo de alumnos (entre ellos Hesse) a una reflexiva teoría en contraposición al gestualismo intuitivo campante en esos años. Algo del rigor de la Bauhaus había quedado en el camino del exilio, pero las variaciones cromáticas y las límpidas invenciones geométricas auguraban fértiles evoluciones formales y conceptuales. El subjetivismo de la acción desbordante promueve como desencadenante una ordenación formalista, de fría pulcritud, cuadrados evidentes, colores superfluos, reiteración, batallas cromáticas y espejuelos coloristas antitéticos o complacientes. Al cabo, esta última poética racionalista de nuevo engendra la polisemia del desorden y la metaforización lingüística en la maniobra artística.
 Queda el poso de la traición en la lengua. Como a tierra, el agua del sucio crisol: “Pero él me comprendió en seguida. Supo del lenguaje plástico al que me veía abocada. Lo aceptaba sin más: éramos alumnos.”
Albers la miraba con desasosiego pero con ternura. Este auténtico Bauhäusler, quizás el más sistemático, sufre en su interior por esta discípula aplicada que ha vuelto a él indefensa. Tienen tantas cosas en común. En 1969, meses antes de morir, E. le informa de su enfermedad violenta y tajante. Dijo: “Sin cortapisas”. El viejo alemán, de ademanes medidos, hasta cortesanos, tenaz experimentador e inevitable racionalista, trasplantado por fuerza a una América desordenada, no encuentra las palabras adecuadas de consuelo, enmudece ante la muerta inminente, un ser ya irrecuperable que sólo suscita impotencia. Qué situación tan incómoda. ¿Qué puede decirse? Lo que daría el “viejo profesor” por no hallarse en ese momento con la sentenciada. (Hesse desfallece, ha desaparecido el flequillo en la frente ahora feamente despejada y la melena oscura se vierte hacia la nuca con desgana, se hunden los ojos oscuros en las órbitas huesudas. Va en mangas de camisa, seria y con expresión ausente. Permanece junto al maestro de cabello lacio y blanco peinado a la perfección con la raya a un lado, encorbatado pero libre de la americana, un anciano aseado y de perfecta salud que digiere a plena satisfacción lo que come, que defeca con regularidad impecable… Aparta la mirada, se esconde tras los lentes redondos.)
Whitney, la última vez.  Enero 1970. Es un día de sol glorioso, y de un frío asustante. Se ha abrigado tanto que no parece ella. Una chica de Artforum la ha dejado en la 73 con la avenida Lexington.
En esta ocasión, Hesse se adentra a solas. No ha querido compañía de ninguna clase. No sabe muy bien lo que busca, así que se entretiene tranquilamente delante de las obras que le salen al paso. Omnisciente la contempla desde las alturas, yendo ella de un lado a otro. Recuerda la visita de los dos juntos, antes de las Navidades del 68, cuando él, profiriendo una boutade que años más tarde se haría realidad en las ciudades de la posmodernidad, declaró con estudiada insolencia que tal vez a los dirigentes del museo les interesaba mucho más erigir en el ajetreado espacio urbano un edificio contenedor como alarde arquitectónico que posibilitar simplemente la visión de la obras.
Se ha detenido frente a un Gorky de 1947, ya en la última época del artista, cuando se había convertido en moneda de cambio. Otra vez, Gorky, el tipo de la navaja, torvo. En el cuadro, que a ella le fascina, Hesse observaba sin dudar un erotismo que a él se le hacía difícil de adivinar: “Tus ojos no son de artista”, sentenciaba despectiva ante la su incredulidad horas después, en el estudio de la calle Bowery. Él callaba que, a su juicio, en cuestión de erotismo el fondo y la forma constituían un todo inseparable; lo erótico reclama una figuración explícita, a qué nublarla. “Hesse es una mística”, pensaba. Hoy sabe quién de los dos llevaba razón (…)
Estática delante del Número 27, de Pollock: referenciaba todo el abigarramiento armónico, en ausencia de la metonimia, la  metáfora demasiado legible, que la sola plástica debe ofrecer, de acuerdo el precepto axial de Hesse.
Regresa a la escultura.
Jennie le extiende la fotografía tamaño folio. “¿Para qué la imaginación?”, pregunta.
Todavía definiéndose bajo la luz roja empieza a hurgar en el cerebro buscando palabras.
Es un estatismo, diríamos.
No se desplaza en el tiempo, sino en el lugar. El tiempo es el mismo, pero, lo reconoce, parece como de una sustancia material aunque frágil, de levísima textura, un tafetán que transportara los acontecimientos, los hechos, las personas y las cosas, una envoltura amniótica: qué calentito el embrión.
Mas ella está en su lugar, donde siempre estuvo, nada de su habitación ha sido cambiado, en el loft el mismo orden, es decir, el mismo desorden, en las calles y avenidas las mismas visiones. Todo lo identifica, lo que le pertenece, lo que conforma el decorado. Vamos a creerlo de ese modo. (Y las personas, los amigos, pero todo semeja una película, los andares lentos, las texturas apagadas, los sonidos amortiguados… Algo raro hay.)
Hay que creerse todo lo raro. Ese es el lema del arte moderno.
A los 15 años, aún en el instituto, alguien, una profesora, miss C., larguirucha y tímida, de cabello corto y labios enjutos, de mirada implorante y manos grandes, fácil diana expuesta a la mofa cruel del adolescente (del adolescente de los años cincuenta) por sus gemidos histéricos y lo estrafalario de su atavío cotidiano, le informa susurrando de una reciente exposición al margen de los canales habituales. Se ha inaugurado en la calle 9, y muestran sus obras recientes más de sesenta artistas. Todos ellos pertenecen a una nueva corriente que de seguro va a revolucionar la pintura contemporánea.
La etiqueta:
Expresionismo Abstracto.
“¿Tú sabes quién es Jackson Pollock?”.
Parecía el título de una novela, tal vez de una película de la desconcertante década de los sesenta, aún no entrevista. Cinco años más tarde, cuando el cabeza de serie de la muestra se estrella conduciendo borracho su Oldsmobile V-8, la lengua cínica de otro aspirante a genio incomprendido le acaricia el oído con sarcasmo de ofidio a la bella jovencita a punto de ingresar mediante una beca en Yale: “Estuvo en el sitio justo en el momento oportuno… ¡Y se mató a la hora debida!”
“Sí, fue el mártir necesario.”
Muertos fueron todos: el gesto, la acción, el expresionismo, lo abstracto…

martes, 16 de mayo de 2017

28

-Su obra deriva del minimal art, la gesta aquella aspiración de Morris: “La obra escultórica reconstituida como objeto pero con toda la potencia perceptiva del arte figurativo, de la escultura representacional, con su mismo atractivo visual…”
-En cierto modo, esa fue una intentona pronto frustrada. En seguida se alcanzó un vocabulario plástico que pareció generar su propia lógica, su sintaxis, como algo que termina siendo funcional estéticamente, decorativo.
-Usted renegó de ello…
-Inmediatamente.
-La impulsaba la no forma, el imaginario de un desorden, por así llamarlo, nacido del material elegido para su conformación…
-No es del todo exacto. Aunque en un principio… Lo que deseaba conseguir en realidad era la no pintura, la no escultura…
-Pero eso sería como una mudez.
-Es verdad, pero elaborada, consciente (subrayado de él). Mi ambición, desde un punto de vista conceptual era llegar al no-arte, a lo no connotativo, a lo no antropomórfico e incluso a la forma no geométrica. A la nada estética, una especie de refutación. Era el riesgo total lo que perseguía, lo que en un plano artístico no es (subrayado de él).
Luego, Kaprow, los happenings de los sesenta, etc.
La noche de insomnio en el hotel por lo ruidos urbanos de afuera, las luces que se colaban por la ventana de guillotina, por ella física y real que rondaba el pensamiento una y otra vez…
Tres días más tarde…
¿Has cenado alguna vez a la luz de las velas?
Leí poesía, pero como el que analiza el aire que respira.
“Odio lo bello, lo perfecto, lo justo en todo…”
¿Qué explica eso?
En 1965 me dije: x.
Ahora (1970), ya sentenciada, una selección de sus alumnos en la Escuela de Yale (los mejores, con una beca Norfolk atada al tobillo como una bola de acero presidiaria) le ayudan físicamente en la realización de sus obras: queridos auxiliares, ayudantes, becarios risueños, artistas fracasados, silenciados, miles y miles de estudiantes de Bellas Artes, de vosotros es el Reino de los Cielos.
Amén.
1960. ¿Qué es el arte en Nueva York?
Cuatro gatos. No somos más. Todos nos conocemos. Pero somos los suficientes. Todo lo que suceda después será repetición o burla.
1965: 300 galerías de arte en la ciudad de Nueva York. Más que librerías. Cuestión de espacio.
¿A cuántos tipos ha visto como ése? Billeteras que andan sobre zapatos de hebilla, que visten trajes cruzados, conjuntos de elegantes chalecos y camisas de sastrería, tejidos de ojo de perdiz, espiga, príncipe de Gales, tweed… Todo lo compran, lo datan y lo almacenan, son los ascendientes directos de la generación de dragones de los ochenta y noventa de este siglo XX aún zarandeado por el final de la utopía.
Un tipo seguro de sí mismo, con las ideas claras. ¿Le van a decir a él lo que es el arte? Una expresión desdeñosa se graba en su rostro de piedra gris. A él es difícil engañarle: no ha dibujado una silla en su vida. En cuanto a lo demás… (Es el tipo que compra sus paquetes de sentimientos en una tienda de muebles usados de la Octava.)
No escribe él con plumillas Sargent-Major, al alcance de la mano los tinterillos colegiales de donde extrae la savia azul de una rememoración tenaz: encerrado deberías estar, mendigo, a solas recreándola, corporeizando hasta su aliento, su mirada. Prisionero en una habitación blindada de corcho con el aire irrespirable, cerradas las ventanas, aislado del ruido y el mareo de una época acelerada (Naranjas de Valencia, naranjas…), entregado a la memoria, a una reconstrucción acaso falseada por una sintaxis más plástica que literaria (a buen seguro). La dispones contra un fondo de vertiginosa mudez a pesar de sus múltiples estruendos a toda hora. Deja de pisotear los forillos y decorados de una Nueva York que sólo es el viaje a una evocación arbitraria y sesgada, escenario oportunista y falaz de una prueba de resistencia que desafía la cordura: justificaría ella un arte y una existencia con la trama descabellada de una ropavejería espiritual tan alejada del ornato como de las fáciles mentiras: la ciudad no importa: es el soporte: es el escenario y, además, intercambiable; enredado tu, raro espécimen proustiano en la epopeya de la minucia, y tu descaro de petit inventeur en idas y venidas, figuraciones.
Nada le disuade del gran proyecto. “Es esto”, se dice. Al menos esto es lo que sé que debo hacer.
(A veces, Jennie le mira con extrañeza, hasta con desconsuelo, a ese robot…)
Si no pinta ni esculpe, al menos las manos, el taller.
La obra de arte moderna como una prueba física, un desarrollo material que exige una energía adicional a lo puramente intelectivo. Lo procesual, un elemento hasta ahora irrelevante, elevado a categoría artística. Forja, cosido, soldado, atado, enhebrado, alzado, bajado, clavado… ¡Uf, que esfuerzo!
Los ojos escrutadores seleccionan las piezas a examinar muy detenidamente: mañana de domingo en el parque brillante de sol, de colores, de gente, de la atmósfera empalagosa de finales de abril, radiante. El Depredador con el bic encapuchado encerrado en el bolsillo y el bloc de notas olvidado en el cajón del escritorio al otro lado del río se miente sin el menor escrúpulo. Ha elegido su víctima: largas piernas que acentúan despiadados los shorts amarillos, cabellera dorada al aire, el busto erguido y juvenil bajo la camiseta de rosa pálido, la boca roja… a escaso metros de él… “Como aquel tipo que se convirtió en tiburón y merodeaba bajo el agua las playas festivas devorando a las bañistas rubias.” (De adolescente siempre le habían atraído las rubias; ahora buscaba a las morenas, y no escuálidas, aunque sin llegar a las demoledoras apetencias de Monsieur Gauguin: “Me gustan gordas y viciosas”.)
Paseos a ninguna parte. ¿Quién sabe de esos y de esas?
Cada 40 segundos se suicida alguien en algún lugar del mundo (2010). Hacer de la vida un instrumento de esclarecimiento, de apreciación de una realidad que siempre va a escapársenos, nunca de agresión a nosotros mismos. La verdad de todo es vivir, y el cuerpo como vehículo de una travesía impredecible. La muerte no nos sirve.
El suicidio deja todo a medias, imperfecto, incorregible.
Mas también es la respuesta adecuada, quizás única, a una condena prematura, una rebelión magnífica ante la injusticia suprema de la desaparición definitiva, a traición.
Pero ella contraataca:
“¡Qué desperdicio!”, exclama en U2
(“Pues tú, querida, estás en U2. Respecto a nosotros: en U1 estamos sin ti, por mucho que nos hayas tele transportado a U2, y todo esto suena a cacharrería cósmica, porque no hay manera de escenificar nada serio mientras andas en otro condenado universo. ¿Cuánto queda para U3?”)
“¿Cuánto pesas?”
“¡Maldito grosero!”
“Sabes, cada kilogramo de peso que se lanza al espacio en un cohete de la NASA supone un coste de 50.000 dólares. 55 kilos la rellenita judía: 2.750.000 pavos. ¿Tienes la pasta?”
“Por supuesto. ¡Metida en el tercer bolsillo trasero del pantalón! Mi viaje (sólo ida) es gratis, imbécil. Sin mediación de cosas o personas. Basta con la imaginación, la materia del arte a fin de cuentas.”
Es… ¡su hermana gemela!
La besa muy despacio, como sorbiendo el jugo de la ambrosía bajada graciosamente de los cielos, mientras andan a paso lento por el jardín de las esculturas. De cuando en cuando ella abre tímidamente un ojo y mira de soslayo algunas de las obras, algo que provoca que él se sienta bastante miserable, aun con la boca perfumada, exultante de mil sabores. Tras la esquina: de nuevo solo.
 Anduve entre fantasmas, cuando...
Muerte de su padre: verano 1966. Desquiciamiento. (Siempre volveremos sobre ello).
Fuera de las páginas de la biblia, los patriarcas no cuentan sus años por centenares: tremendamente vulnerables.
16 de agosto: Daddy is dead (Helen Hesse: proteger (¡como sea!) a Eva (17/8/1966)
No hay ningún sitio en el terrible calor donde puedas esconderte, escapar del sofoco de las piedras, de la asfixia de la noche.
Una muerte, una tan sólo, y mata el mundo.
1969: Torres gemelas, aún puros esqueletos alzándose al cielo: 40 plantas. Work in progress.
Merodeo en torno el City Hall.
Me hundo en la parada de Brooklyn Bridge. Hago transbordo en Union Square. Entre luces y sombras. Así. Me hallo a salvo en la tibia oscuridad. Gano la calle subiendo de dos en dos los sucios tramos de la escalera del metro.
Afuera: las franjas blancas de los pasos cebra se encuentran tan despintadas que me cuesta creer que los automovilistas se detengan ante mí.
Alguien me empuja. Otro me golpea con el brazo al adelantarme. Una me roza con su gran bolso de Macy’s.
Un negro gigantesco (“un hombretón de color”) me aparta sin disimulo de su enérgico paso. 
Foráneo siempre en peligro constante, sumido en espejismos, troteras, danzadezas.
1969. 15.
Moratorium Day.
Ella, que ya lleva dos agujeros en la cabeza: podrías meter el puño ahí.
Paseos tristes, el miedo, los gestos inútiles (pero eso es la esperanza, la lucha…): alguien le entrega un globo negro con el nombre de un muerto en Vietnam, lo suelta al cielo…
Antes, una chica muy hermosa ataviada con una túnica blanca, con una cinta india ciñendo su frente, sentada en la escalinata de St. Patrick entonaba (pero era casi un susurro) una bella canción, como una plegaria.

viernes, 21 de abril de 2017

27

 “Imposible”, calcula.
Finalmente, otro de los cómplices del arte-joven-de-entonces adquiere una furgoneta de segunda mano (revisada) por 125 dólares a un tal El Gran John (bigotito de galán, amplia sonrisa y una corbata chillona debajo de una americana a cuadros) en un descampado de Brooklyn engalanado de banderitas americanas y amenizado por una música estridente que escupen unos altavoces amarillos encaramados en lo alto de un poste.
Las Obras del Futuro ya circulan por las calles de Nueva York.
Sueña poca cosa, es de buen conformar. 1954: “Hola, Hesse. Sube, puedo llevarte a cualquier parte del mundo.” Sonriente, abre la portezuela del chevrolet marrón invitándola a un viaje universal.
Aún no ha escrito nada pasable y ya bebe demasiado. Mal asunto: se le secará el hígado antes que la sesera.
Suerte de penitencia: agosto, calor asfixiante, en Market Street, tocando el río:
“¿Qué va a ser, hombretón?”, interpela la zurda del bloc de notas mirándose una uña de la mano izquierda, la que sostiene el bolígrafo.
“Una sopa fría de frutas.”
“¿Y qué escanciamos para beber?”
“Té helado.”
“¿Qué pasa con el postre?”
“También té helado.”
“¿Tomaremos café o bailaremos un vals?”
“Otro té helado.”
“Cuando salgas de aquí vas a parecer el Hombre Masa Verde, encanto.”
“Eso espero, madame.”
La duda es corrosiva, paralizante. Mejor no pensar si no quieres crear copiando sus fachas (¡hasta sus muecas!), la presunta realidad de sus cosas y edificios, y cielos y paisajes, traducirlos tan reconocibles que harían inútil e innecesaria la obra…: “Las cosas, los espacios, los lugares, el objeto (ya sagrado por su manipulación) del arte… ¿se parecen a mí? ¿O soy una farsante…?
ROTHKO: le gustaban los cuadros de la “época oscura”. Esa forma de hablar, la época oscura, ¿sabes? Respecto a Pollock: la época amarillaenexceso etcétera.
Qué manera de hablar. Idiolectos. Se reconocen entre ellos. Se saben de la tribu, los colores distintivos de sus plumas, su debida disposición: ¡ah, la jerga, la asilvestrada jerga del que sabe!
La disolución de las formas ha propiciado plurales vocabularios plásticos y sus anexos: todos jerigonza.
Cuadros. Edificio.
De la arquitectura no le gustaban las formas concebidas de sus contenedores: disfrutaba recorriendo la geometría de los suelos acotados, midiendo los espacios creados, ordenados, sugeridos. Pero afuera, todo eran contenedores, bellos o admirables rascacielos de mínimos y simples espacios interiores (que era lo que importaba).
Rastreaba aquella época de Nueva York donde imperaba el hierro colado, el ladrillo rojo, los muros exteriores también de ladrillo… (“Saber de dónde evoluciona uno, ciudad…”) La brisa de los dos ríos llegaba al mismo centro de Manhattan, y los cielos al alcance de la mano.
Haz las presentaciones:
Donald Judd,  Sol LeWit, Morris, Andre El Sumo Sacerdote.
¿Quiénes son éstos? Los nuevos pontífices de la palabra evangélica-artística: puro misticismo, psique, magia, sueños: la novicia debe entender, saber, callar.
¿Y él?
Señores: the goshtwriter, old chap.
Dijo de él: tiene un carácter iterativo.
¿Y eso…?
Probablemente se refería a la rutina de sus gestos, sus costumbres tan arraigadas, su mirada muerta de repetición, todo un hombre de serie.
El Visitante se reconoce de tal guisa. Sólo una leve addenda (et corrigenda): tiene problemas con la vista hasta un nivel peligroso. Dejemos en paz la mirada, ese roto en la oscuridad.
En todo caso, siendo consecuentes: la serialidad no es la mayor afrenta de la fabricación minimalista ni la menor de sus virtudes. El reproche está fuera de lugar y le amparan los circunspectos serialistas que hacen del vulgar objeto de consumo su morfema: Warhol, Jim Dine, Jasper Johns, Rauschenberg…
El form follows function de Sullivan no es aplicable a los asuntos artísticos y humanos, replica.
La otra le mira extrañada con la copia de una fotografía (o una litografía, o grabado o pirograbado o serigrafía…) en la mano.
Ray: “Los mejores tiempos no eran aquellos en que sentías la necesidad de ser protagonista, y tampoco fueron los más generosos y honorables, pero sí fueron los más cabales a pesar de todo. Vendías The Daily Worker por las esquinas de la ciudad zarandeado por temporales de nieve o bajo el temible sol del mediodía de agosto simplemente porque, por más que lo evitaras, también podías descubrir a tu alrededor la desdicha.”
La luz de los tubos fluorescentes impregna las figuras de los mirones que recorren divertidos el espacio de la Green Gallery: los atrapa en una escultura que no es una escultura.
Palabra a palabra, ella lee minuciosamente Specific Objects. Fortalece su ánimo, y le hará falta adiestrar su insolencia para más adelante, cuando llegue el gran momento de Eva Hesse.
Empecemos por el principio: no manchemos nuestras manos. Yo dejo mis diseños en manos de los Bernstein, confiesa D..
Pero ella se cree algo artesana: en cierto modo, ella sí es capaz de mancharse las manos, y se pasará horas y horas metiendo centenares de tubitos de plástico en parte de los 8.000 agujeros de Accession III
La prehistoria de Carl Andre: “Es un tipo pobre vestido de negro y con la barba y el pelo muy largos y desastrados. ¿Y qué nos ofrece? Unos trozos de papel cuadriculado donde aboceta sus imaginaciones. No tiene dinero para llevar a cabo esas obras de caros materiales, así que toda su biografía de artista la guarda en un bolsillo del pantalón junto con el llavero y la agenda de los teléfonos importantes.”
En el taller de J.: el teléfono negro de baquelita de aspecto sumamente comercial encima de un maravilloso buró de los años veinte repleto de notas y folios a medio escribir. Al otro lado, junto a la vieja banker de pantalla verde, la Corona Smith (modelo la más vetusta).
Entre muchos de estos argonautas que navegaron por las aguas de Corea destaca el hecho de empezar a hacer arte desde las tripas de un museo. Una innata sabiduría les hizo empezar desde lo alto.
La obra de arte, afirmaba sin ambages, puede ser las mismas palabras pronunciadas antes de su creación física.
Paragraphs on Conceptual Art: el aspecto de una obra de arte es lo de menos.
En Bond Street vio avanzar hacia ella un tipo de mediana estatura con un martillo en la mano. Vestía una camiseta de manga corta ceñida a los brazos musculosos y que marcaba asimismo unos  bíceps y pectorales no desdeñables. Ultimaba su aspecto unos vaqueros manchados de grasa y negros goterones y unas sucias botas de obrero. Era Robert Morris. “Ante todo”, aseguraba con la mano metida en la entrepierna, acomodando los testículos en los calzoncillos, “soy un intelectual.”
“Toda obra indica un camino. Sólo es un principio. Nada empieza y acaba en sí mismo”, dijo. Y eso, en verdad, era del todo alentador.
En 1961 había menos de cien galerías de arte en Nueva York. Tan sólo veinte de ellas exponían arte verdaderamente contemporáneo.
La cartelería estridente del pop art había encendido, por fin, los rincones más oscuros del callejón de los gatos y del arte.
La contradicción es la gasolina de la innovación o su hermana más precaria la novedad.
Una golosina: no importa que no sea arte, es.
Las imágenes y los iconos de una cultura de lo trivial parecían hermanarse con los materiales y los procesos en serie de las factorías de montaje y la producción prefabricada.
(Pero he ahí la niña traviesa: con los calcetines bien altos y la sonrisa inocente sale de la esquina en penumbras y de un suave manotazo desmorona las piezas del mecano: vuelve a entronizar al artista solitario, oculto e individualista, trágico y penoso como lo fueron el loco holandés y El Chico Malo de las Praderas.)
Mayo de 1970. El aura, ha vuelto.
Ella ha puesto sus manos ahí: ¡la hostia consagrada!
En 1966 el Jewish Museum, con buen ojo, organiza la exposición Primary Strctures, que supone el lanzamiento del llamado arte minimalismo. Una patente economía de medios y el uso de materiales industriales definía en un primer momento el análisis de su morfología chocante: la ordenación seriada y las llamativas estructuras de repetición avalaban su carácter prácticamente conceptual. Lo objetual incidía fríamente en el discurso de lo técnico y lo prefabricado. Los materiales electos implicaban a su vez una intencionalidad formal: plexiglás, acero inoxidable, planchas de hierro, superficies laminadas, aluminios, hierro galvanizado… ¿Y detrás de todo ello? Un misticismo nada religioso en el fondo y proclive a una esencialidad pagana de la artesanía y oficio artísticos.
Se trata de un acontecimiento que nada tiene de político. Se trata, señores accionistas, de dinero... Y todos ustedes saben perfectamente a que me estoy refiriendo.
Una inversión a medio-largo plazo. Una alza sostenida, sin que ningún mercado bajista haga zarandear su valor.
Y está, luego, la entropía de Hesse, el irresistible encanto de una juventud tronchada (los besos robados, las mañanas burladas, las desnudas noches vacías de recompensas) que recupera el misterio, la oscuridad.
Estados mínimos de orden y complejidad, tanto desde la forma como desde la misma percepción.
Y hoy, igual que ayer, haremos que los precios suban como la espuma. A fin de cuentas, no existen tantos valores convertibles, y el arte puede ser uno de los más señalados: los artistas mueren; algunos, hasta agonizan de muy mala manera (y ésta debería ser la cosa: literatura añadida).
¿Qué novelas lee?
¿Quién se acuerda de las novelas que ha leído…? Los autores, acaso.
(Ella) Menciona tímidamente a Simone de Beauvoir, aunque ningún título de sus novelas.  
Le gustan los saltos narrativos.
Nadie lo hubiera dicho.
¿Días felices, de Samuel Beckett? ¡Vamos, qué manera de fantasear a base de seres indefensos…! ¡No son de papel, estúpido!
En el 67, en Londres, compra montones de novelas en edición de bolsillo (de tercera mano): Penguin, Pelican. Vuelve a España con el saco. Se aburre. A principios de 1968 viaja a Nueva York. Tiene algún dinero de reserva y un encargo entre manos. Y la conexión Lisboa-New York (Jennie).
Ella ha llegado tarde del estudio. Se ha duchado, se ha puesto ropa cómoda, bebe despacio una Coca-Cola. Enciende la radio y selecciona un canal de música. Deja el volumen muy bajo, casi inaudible. Coge una carpeta repleta de fotografías familiares y se sienta en su mecedora española.
-¿Quieres que salgamos? -pregunta él.
-Es tarde.
-Comemos algo por ahí, y luego vamos al cine.
Alza la cabeza y le mira muy seria.
-No tengo ganas de ir a ninguna parte. ¿Por qué no te preparas cualquier cosa para cenar? Yo no tengo hambre.
-Hablemos de novelas entonces (pero no de esas donde se frunce mucho el entrecejo y los personajes inquieren, dibujan una sonrisa en los labios y miran a hurtadillas).
Frunce el entrecejo cavilosa, como si estuviera pensando las palabras precisas para responderle. Ha vuelto de nuevo los ojos a la carpeta. Su expresión ahora es de una perplejidad absoluta.
-¿De novelas? –inquiere suavemente-, prefiero escuchar música.
El Huésped, entonces, se calla y mira afuera a través del cristal mientras una sonrisa se dibuja en sus labios:
Las ventanas encendidas de la noche envueltas en un extraño silencio que ni siquiera lo perturba la lejana sirena de la ambulancia o el coche de la policía, los aullidos inacabables del estridente nocturno neoyorquino, ciudad sin sueño.
(Cien años más tarde, él coge el pesado volumen: 800 páginas hincando el diente en la vida del muy honorable vagabundo hermético y menesteroso mister Beckett.)
Abre por una página, dice, y le tiende Esperando a Godot.
Pero ella ya le mira con cierto hastío. Baja la cabeza y torna a contemplar las viejas fotografías:
Evchen sonriente, escondida en una gruesa prenda de abrigo exactamente igual que la de su hermana mayor, media cabeza más alta, y el gorro de lana coronado por un pompón que cubre la cabeza, las manos enguantadas, la nieve alrededor, tan cerca la casa confortable y cálida, los aromas que allí dentro emanarán endulzando las paredes, el techo: chocolate caliente, tarta de manzana, compotas, mermeladas, vainillas…
Transcurre tranquilamente la velada, con el asesino dentro.
De cuando en cuando, él la mira hurtadillas.
Nadie sabe realmente de qué materia está hecho el tiempo…
El mira en derredor del interior del melocotón de luz donde ambos se hallan metidos ahora…
“Esto es el tiempo.”
No puede haber nada después de esto: veo caparazones, corfas. Disfraces carnales, sanguíneos, huesudos pudriéndose segundo a segundo, enfermando, muriendo, desapareciendo de la tierra, planeta pequeño de un sol mediano de un sistema mediocre en un universo aún naciente (¿se expande o no se expande?).
A ver si nos entendemos o no nos entendemos.
De nuevo un español desarraigado, españoles serios que jamás ocultan las cicatrices, paseando entristecidos con las manos cogidas detrás de la espalda por los muelles de South Street, antiguos conquistadores de tierras, indios y buenos acólitos del dios (el de ellos).
SIEMPRE SACA DOS COPIAS AL CARBÓN DE LOS TEXTOS, PUES NUNCA LE DEVUELVEN LOS ORIGINALES MECANOGRAFIADOS.
Se ha perdido otra vez en alguna de la 400 estaciones del metro de la ciudad.
Finalmente, Jennie acude en su auxilio a un millón de millas del apartamento.
¿Qué buscas en realidad tan lejos de todo?
En fin…
Él vuelve a las medias verdades, trata de confundir a la mujer de los tres ojos.
En la 46, entre Madison y la Quinta.
Gotham Book Mart.
Una de 1927 que vale su peso en oro.
Ya en el agujero: pasa las páginas amarillas con olor a polvo. Se olvida de cenar, no olvida (nunca) quien es.
Ese veneno.
Se encuentra en una zona de la ciudad que “ni siquiera era de las que salen en las películas ni en las series de televisión” (?).
La tristeza de los parques, ya en los días grises, las tardes silenciosas y ociosas. Hay una náusea (tal vez no lo sea), una sensación imprecisa de ahogo y miedo al vacío, como si una película traslúcida te envolviera a ti y tu ínfimo territorio, aislado de tus semejantes (que no lo son tanto), de sus costumbres y rarezas (puesto que no te dirigen una palabra, puesto que al cruzarte con ellos sus miradas traspasan como si nada tu presencia anodina y desdeñable por anónima, inapreciable, puesto que no sabes adónde van, ni de dónde vienen, ni por qué están hechos de la forma que lo están…, puesto que todo es inútil).
Llegas al parque como al hogar (y quizá lo sea para el andariego solitario).
Llega al único sitio que de verdad lo oculta sin cansarlo a él.
Pero el refugio del parque, cansado y con el alma desalentada, es simplemente la derrota, y su calculado paisaje y sus gracias, sus grandes o pequeños árboles, el seto y el caminillo admonitorios, el diseño efectivo de sus lagunas de aguas quietas y los brillantes o apagados verdes del césped y la hojarasca indescifrable abocan al encierro del pensamiento inane donde la idea o las ocurrencias se aquilatan densas e impenetrables, impracticables, de una devastadora esterilidad.
Y, sin embargo, el aire fresco y embriagador, el olor de la tierra, y la corteza del árbol…
Octubre.
De pronto, la hoja cobre.
El aire azul fragua en el  estanque.
He aquí (después de todo) coronaciones, otoño de vuelta.
Enferma, aún sin temor, sin imaginar (toda previsión en el arte arredra) la fatalidad a la vuelta de la esquina, acude debilitada al acto inaugural de la exposición en el Finch College, en diciembre de 1969. Lee una declaración. La teoría de la perfecta nada hecha objeto, el gesto hecho concreción, una cristalización finalmente.
Antes, 1968:
Le había invitado a tomar asiento. Había previsto tomar notas, pues siente un extremado cansancio al utilizar la pesada grabadora de cinta, activar su susurrante mecanismo, un trasto de los primeros años sesenta que adquirió de saldo en una tienda de cachivaches y electrodomésticos usados en la calle Catorce. El simple hecho de enganchar las cintas magnéticas ya resultaba técnicamente demasiado para él.