viernes, 3 de abril de 2015

10

La paz aunque, de nuevo, sea en ese sucedáneo de Central Park: el sol tibio y benéfico penetraba en la fronda de los árboles y se multiplicaba en el suelo de tierra dorada mediante súbitos centelleos, le acariciaba la piel el leve rumor del aire que agitaba las ramas: miró las riquísimas, imponentes e inaccesibles torres de piedra y cristal que erguidas al cielo azul e inocente refulgían soberbias: qué importa a esa hora marina y calmada de la mañana dónde se hallan la paz y la felicidad, si en palacio o a la intemperie, qué importa el precio por ellas que, si no allegan en forma de dádiva, nunca es suficiente.
Ojo con los parques.
Siempre se pierde en el metro. “La vista”, se excusa en todo momento avergonzado, y guiña uno de los ojos de un modo espeluznante.
Ojo con el metro (B, D, 1; más tarde, Queens).
Y el caso es que viaja en el metro muy espabilado, con los ojos bien abiertos, sumido en una babelia de pieles distintas, múltiples rasgos, hablas exóticas, orígenes impensables. A cualquier sitio de la ciudad cósmica que se dirija se ve acompañado de miles de desconocidos, viaja en ella y desde ella a través del túnel del tiempo y el espacio sin importarle el ruidoso traqueteo, viendo fantasmas que ya en sus épocas tuvieron a bien descubrir el señor Poe y el señor Crane.
Viaja a solas. Con la infinitud de su pensamiento. Un goteo constante. Semeja el revoltijo indescriptible de uno de los lienzos del señor Pollock.
Solo: es exactamente un individuo. Un Julian Sorel atemperado por Antoine Roquentin en una época en que el estatismo parece ser el peor de los pecados.
Solo. Con sus imaginaciones, que es todo.
Empieza bien el día, Gran Escritor. Lo primero, ya en la calle, el desayuno:
la taza de café, un bagel con queso fresco y salmón, el Times… y el gran ventanal de la cafetería por donde discurre el mundo a la derecha. ¿Y ahora qué?
También la calle.
Siempre lleva un libro en la mano, como si fuese un breviario en el que orar de cuando en cuando a lo largo y ancho de sus pacíficas y confusas correrías por la ciudad inagotable. Un baedeker espiritual y exclusivo.
Y, ahora (respondiendo a tu pregunta), se dice con estúpida ilusión ante lo que el futuro pueda deparar, a esperar.
Estimado señor,
Hemos intentado leer el manuscrito que tuvo la amabilidad de enviarnos a la editorial, propósito que nos ha sido imposible culminar con éxito.
No nos hemos tomado la libertad, Dios no lo permita, de cambiar ni una sola coma de sus páginas.
Se lo devolvemos tal como nos llegó: indescifrable.
Le rogamos que exculpe nuestra estupidez.
Tal vez el siglo que viene… En fin.
Atentamente.
Bah, ¿qué sabrán estos? La tenacidad fluye por sus venas, puede darse mil cabezadas hasta derribarlo contra el muro que le separa de su ambición: al final, y no demasiado tarde, dejará de vivir en agujeros de cucarachas y grifos prodigiosos y con su máquina de escribir de oro macizo acabará viviendo en el River House (y sin condiciones previas).
Como suelen decir los artistas honestos al comprobar de nuevo que no han vendido una sola obra de las expuestas en la galería: “En fin, chico, como diría nuevamente el viejo Bill tirando a la papelera el original devuelto, vas a tener que trabajar alguna vez en serio el resto de tu vida (cargar camiones, recoger naranjas de la china) y dejarte de entretenimientos y aficiones vanas.”
Se acabó la Navidad.
Así, pues, le lleva un libro a ella, a su chica. Un libro como debe ser, nada parecido a los aseados productos de un club de lectura al estilo del Literary Guild. Es su manera de ser, de defenderse de casi todo: Against Interpretation, que acaba de leer, pues recoge aspectos de la cultura europea que le son muy queridos. Ella ya lo ha leído. Resulta que es una lectora incondicional de la Sontag. Hablan de Truffaut. De Bresson. Del Godard más léxico que instigador político. Un poquito de Rohmer. Ella ya se ha visto encarnada, aunque en la pantalla: “¿No lo sabes? Yo soy la Catherine de Jules et Jim.” Dos días más tarde, consigue en una librería de saldos de Broadway el guión de la película. Adenda: En su nave espacial Up the Down Road II navega hasta el universo de reserva de Hesse. Le proporciona la debida información del cáncer, de la metáfora, de la resistencia de Sontag ante la muerte: le habla de un futuro que no entiende. Le mira con extrañeza, con una incredulidad dolorosa. Se diría que hasta le repugna. Recula para atrás, le teme. ¿Qué  no le verá como un hombrecillo verde de cabeza gorda, con antenas en lugar de orejas y piernas de alambre? En tal caso, debería abocetarle rápidamente, antes de que se disuelva la visión. Inventariar, he ahí el verdadero significado de un arte afigurativo. Ha de ser una mujer artista…
Pero sólo es una mujer que, si bien en contadas ocasiones, tiene miedo.
Le enseña algunas acuarelas y aguadas con tinta india sobre papel. Son del año 63: a) kandiskyanas; b) gorkyanas (¿?)… Prefiguran a Basquiat. Aunque ella nunca sabrá de ese artista negro, homosexual, desastrado y heroinómano, también muerto prematuramente, que de la letrería mugrienta y colorida del muro ferroviario pasó como una exhalación cogido a la mano de Mary Bonne La Virgen de los Grafiteros al lienzo de los cinco millones de dólares.
Suicidios y biografías desastradas. La especia que termina aderezando la componenda del arte y los supervivientes.
Lo triste o lo trágico.
Tenía un único libro, y ese libro no demasiado grueso tenía una única raya oscura en los cantos, como si ese hombre sólo hubiese abierto una y otra vez por las mismas páginas y leído los mismos párrafos del viejo volumen encuadernado en lustrosa piel teñida de azul.
"Pero Hesse", se dice él insomne por los ruidos nocturnos e incesantes de la ciudad, caviloso, sentado con los ojos cerrados y la cabeza gacha como un animal herido en el minúsculo lecho del apartamento, todavía digiriendo su estómago la comida barata y grasienta, "jamás jugó a la ruleta rusa."


domingo, 29 de marzo de 2015

9

“Pero con la soltura del impresionismo francés, al desgaire, como un boceto, como el dibujo a vuela pluma, sin retocar, como la acuarela más instantánea, sin “aliñar”, sin lamer como un hambriento desmedido las líneas y el claroscuro, los detalles… ¡Esa tosquedad del realismo más pedestre por refinado y minucioso! ¡Qué inútil estampa!
Deshazte de la puntuación, escarba en la misma sangre. Basta con media botella de Old Crow.
800 kilómetros de calles, miles de manzanas, de blocks repletos de edificios de oficinas y apartamentos, un museo de imágenes innúmeras, miles de sucesos cada semana, una historia que contar cada segundo, y millones de personas, tus semejantes (tan diferentes) que te rodean por doquier. Se envalentona, y piensa tratando de relajarse: la mayoría de ellos parecen sacados del Barnum Museum. La ciudad es un libro donde escarbar las noticias y las pequeñas crónicas diarias, un texto al que hay que traducir sin demasiada fidelidad. Un folio y medio cada quince días, una llamada a cobro revertido. Y el giro postal.
A rodar.
El es un tipo afortunado. No tiene úlcera de estómago. No se ha hartado de “cassoulets a la bordelesa”. No extravía los manuscritos así como así, a lo Lowry. No le han atropellado nunca. No se ha casado. No le aturde la fiebre (ni africana ni ninguna otra). Si tiene algún hijo lo ignora por completo. Es moderadamente alcohólico. Sólo tiene que trabajar para poder comer un par de veces al día y tener la suerte después de un día de perros de llegar a su apartamento sano y salvo, no más tarde de la medianoche, y dejarse caer en la cama como caen los calzoncillos en el cesto de la ropa sucia.
En lugar de personajes, mueve títulos, piezas musicales, obras de arte, autores, lugares, edificios, ciudades, ¡ideas!… como otros tipos de la pluma desplazan de novela a novela la pequeña o gran saga de sus criaturas inventadas, al igual que monsieur Honoré de Balzac (estafador) y míster William Faulkner (alcohólico).
Y tal vez, un día no demasiado lejano, logre vivir en un bonito apartamento cerca de Blomingdale’s, en alguno de esos elegantes  edificios de ladrillo blanco, en la planta 31 por ejemplo, donde desde la terraza ya es posible divisar una Nueva York más a mano, menos terrible en sus dimensiones, con una puerta de metal plateado a la entrada y una placa de noble bronce junto al timbre:
3117
NEGRO
Precio
a convenir
“¿Qué es esto?”
“El manuscrito de que hablamos.”
“Ya veo.”
“Necesita algunos retoques. Pero, en fin, yo no soy el experto. Ahora ya no es cosa mía.”
“Parece que ha escrito usted mucho. Se diría que copiosamente.”
“Me temo que sí. Habrá que podar, arrancar las malas hierbas... Sembrar lo menester. Regar aquí y allá. Ya sabe, todo ese trabajo secundario y mecánico en el que yo no puedo perder el tiempo.”
“Naturalmente. Sé muy bien de lo que habla.”
“Eso espero. No deseo otra cosa que el lector logre identificarse con mi pensamiento. Sin fisuras ni equívocos.
“Es usted todo un grafómano.”
“Pero ahora le paso el testigo. Tiene usted toda mi confianza. Los informes que tengo en mi poder lo conceptúan como un profesional muy eficaz.”
“Se lo agradezco. No le defraudaré.”
“Estoy convencido de ello.”
¿Cómo lo quiere?”
“¿El qué?”
“El libro.”
“Ah... ¿Qué cómo lo quiero? En el mejor estilo del Reader’s Digest...”
“Entiendo. ¿Qué tal 900 dólares?”
“Está bien. Pero ha de estar acabado para el Día de Acción de Gracias. Es absolutamente imprescindible.”
“Hum... Eso son veintiséis días...”
“¿Podrá hacerlo?”
“Sí... si no hay más remedio.”
“No lo hay.”
“En ese caso cuente con ello.”
“¿Necesita dinero ahora?”
“Bastará con un anticipo de 150 dólares.”
“Esta clase de transacciones acostumbro a pagarlas en metálico. ¿No le importa, verdad?”
“En absoluto. Es mejor así, por lo menos para mí.”
“En efecto, nada de cheques.”
“Nada de cheques.”
“Nos entendemos a la perfección.”
“Este es un trato entre caballeros.”
“Por supuesto. Eso pensé desde el primer momento que lo vi: este hombre es un caballero.”
Pero exactamente, ¿qué demonios querrá este buen hombre con esas prisas y el dinero en la mano? ¿Meter el maldito libro por el culo vacío del pavo antes de asarlo?
Una vez, muchos años después, escribió una falsa biografía. El tipo (o la tipa) pagó complacid@. Pobre diabl@. Después, El Negro le entregó el abultado sobre de papel manila lleno de billetes de veinte dólares a la vieja que le cuidaba y alimentaba en su apartamento sin calefacción, al sur de… “Cuando se acabe el dinero”, dijo agarrado a la botella de vodka y adormecido por la bruma a su alrededor, “me despierta y volveremos a escribir.” Pero  el tono de su voz no resultaba muy comprometido. Bueno, se trataba de comer y, sobre todo, de beber... Y no para olvidar; al contrario, para recordar en todo momento el hijo de perra en que se había convertido. Eso era lo principal para mantenerse vivo: la abulia de sí mismo, el secreto desprecio (la auténtica savia del sabio).
En 1969 los clichés todavía son aceptables.
¿Cómo si no iban a creerles a los sucedáneos?
Escribe de la mañana a la noche. No deja de hacerlo ni un solo día. El año que viene se le habrán borrado las huellas dactilares de los dos dedos índices, y puede que de alguno de los pulgares.
Es El Machacador.
Es un tipo profesional: el paquete de Pall Mall, el vaso medio lleno de “caóbico” bourbon, una vieja máquina de escribir, los ojos hinchados, un cáncer en el pulmón derecho, la prostatitis crónica, el hígado precirrótico… Pero… sería capaz, ¡ya lo creo!, de escribir las memorias de un vendedor de aspiradoras de puerta a puerta llamado Dick y a renglón seguido las del conserje nocturno del Chelsea (anónimo), y todo eso sin perder la letra para concluir en dos meses, que son más que suficientes, una novela apócrifa de Rex Stout luego de haber pateado una docena de veces la calle 35 de parte a parte y echarse al coleto las seis cervezas de rigor.
(Por entonces era un tipo listo que las veía venir. Si su situación actual hubiese acaecido en aquellos años, y la cosa tuviese que resolverse encima de un tablero de ajedrez, hubiera sido capaz de calcular el jaque mate en 19 movimientos: el que iba a propinarle su contrincante en toda su jeta de perdedor: ¡Al hoyo, negro!)
TEORÍA DE LA NOVELA DE LA TRIBU DE LOS LENAPE.
Sin necesidad de una lupa hace tiempo que Urraca Negra, desterrado en la reserva, descubrió que las novelas llamadas serias, al igual que las de entretenimiento, se montan la gran mayoría de ellas a través del armazón que constituyen entre sí la tríada sagrada del planteamiento, nudo y desenlace; es decir, mediante una trama, unos personajes que la enredan y van de acá para allá, se relacionan entre sí o se tropiezan o se matan o se aman dentro de las cuatro esquinas de un mapa imaginario o real, que tanto da, trazado en el Caribe, el antiguo París, el moderno Nueva York o en el Antártico o en el Ártico o entrambos. Pero al contrario que las que procuran solaz pasatiempo sin mayores miramientos, aquéllas, las de supuesta enjundia literaria, aun valiéndose del jarabe planteamiento- nudo-desenlace, más allá de las legítimas pretensiones estilísticas y oficiosas, demuestran una ambición de adentrarse en los aspectos formales y estructurales de lo textual, unas preocupaciones por las estrategias narrativas y las mecánicas del funcionamiento ficcional, que las distancian claramente de las otras de usar, leer y tirar (o limpiarse el culo excretor con sus páginas). Las novelas serias y formales (y además bien vestidas y presentables, educadas en colegios de pago y de familia de posibles) se incursionan en las pulsiones del ser humano, hurgan en sus deseos más ocultos, ahondan en sus temores irreprimibles y en sus angustias e incertidumbres que de siempre lo han atenazado o atormentado al tiempo que, por medio de la escritura, pretenden reflexionar con serena sabiduría sobre su época (o recrear las pasadas historiándolas o aventurar las futuras imaginándolas) y las circunstancias más complejas e intrincadas que a través de diálogos atinados y acertadas descripciones arropan las acciones y pensamientos de sus personajes, juguetes del destino y antojo impune y omnisciente  del novelista. Las razones sentimentales, sociales, económicas, ideológicas, psicológicas o… patológicas se revelan asimismo tan verosímiles, tan próximas a nuestro propio acontecer, que se diría que han sido escritas por nosotros mismos aun pertrechadas de unas peripecias increíbles las más de las veces pero siempre trepidantes e irresistibles (y trascendentales como el yo encajado entre el esternón y las costillas). Todo ello con objeto de que sean leídas por esa clase de lector que se ha venido a llamar quizás equivocadamente “inteligente” y “culto”; en definitiva, aquel lector que al socaire de la lectura entretenida aprecia por encima de todo una “novela”, un “libro”, que le cuente adicionalmente “cosas interesantes” (?), que le diga “algo” (??), que le haga “pensar” (???), que no todo se halle en el “disfrute” (????) de su lectura, que le dignifique como ser humano (!!!!). Pues bien, Nos plugamos por la existencia y el trabajo de individuos que no escriban novelas o pasatiempos, que no sean novelistas ni contadores de historias apasionantes o emotivas, ingeniosas o chapuceras, entretenidas, ambiciosas, memorables, plagiadas o magníficas, reiteradas o novedosas; Nos abogamos por tipos que escriban, con mayor o peor estilo y fortuna, el algo, lo interesante, el decir, el pensar, lo adicional al cortejo de la ficción y que, al no leerse en la escritura de las otras (línea a línea, hasta en negritas, superfluas) por su maga calidad de tinta invisible, se le supone, se sobreentiende, se… adivina, se colige; individuos que se muevan en lo virginal, en la blancura resplandeciente (que es lo peligroso por inexplorado e inédito) que media entre línea y línea, individuos que eviten toda invención del arte narratorio (gracia que, como la poesía a Cervantes, no quiso el cielo darles) y que se entremetan en el algo, que soslayen lo contatorio como se dribla un puñetazo en la mandíbula, pues a la par que es de placentera y entretenida naturaleza es industria efímera, que se precipiten en aquel territorio salvaje donde nada pasa pero todo cabe sólo con las armas de la palabra, la ocurrencia, el libre discurrir y la arbitraria imaginación que sortea temeraria los modelos y las reglas, lo canónico y lo repetido, el desarrollo cronológico y los diálogos amaestrados y brillantes y efectivos, que desafíen a pecho descubierto el desprecio y la hostilidad homicida del rostro pálido de ojos azules o amarillos… ¡vengan los disparos del colt 45, del Winchester 73, de la Gran Berta, de la Luger siniestra o de donde vinieren!
La mejor máquina que jamás se inventó a favor de la literatura fue la proporcionada por Tinguely: primero imprime tus folios y luego un agujero en su parte inferior los engulle y los tritura.
Tendrían que transcurrir treinta años para que El Negro Muerto de Hambre de ahora, enredado en unas pocas decenas de folios de poca enjundia, pudiera convertirse en El Negro Rico y Obeso que escribiera en un flamante ordenador portátil iMac allá donde le apeteciese (playa dorada y azul tahitiana, acogedor apartamento en el Manhattan del Upper East Side, azotea en el Transtevere, soñadora buhardilla parisina…) las novelas que a todo famoso visitante de los platós de televisión se le antojara publicar (la amante simpática del ministro, la santa esposa del banquero, la madre del drogadicto suicida –se mató de un tiro en la boca pecadora en un programa prime time-, la presentadora fatua, el futbolista intelectual –si se me permite el borgiano oxímoron-, el economista de prestigio, el cirujano de moda, el cantante superfluo, el diputado inútil y absolutamente corrupto -si se me permite la redundancia-, el artista plástico que necesitaba de modo imperioso certificarse culturalmente más allá de unos cuadros de los que él mismo desconfiaba…)
Huía, al cabo.
De la realidad. Hasta de los sueños.

viernes, 13 de marzo de 2015

8

32 años. Demasiado vieja para andar bromeando con las cosas de comer.
Dos décadas atrás Nancy W. (amiga del alma) se habría conformado con aprovisionarse una cultura aseada a base de las doradas píldoras de Will Durant, los fáciles comprimidos del Reader’s Digest y los todavía efectivos libros azules de Horatio Alger. Pero en esta Era de las Flores, que resulta que es la suya (aún), no podía haber elegido más acertado: del tiempo lo único que le interesa es que “pase” con sus malditos disfraces cuanto más efectivos y extravagantes mejor. A vivir, que son dos días.
Encuentro a Nancy W. en la librería de Ray, recién llegada de la costa Oeste. Del cuello a los pies le cuelga un vestido talar de algodón estampado de colores chillones. La verdad, no resulta feo, aunque algo escandaloso y del todo inapropiado para el invierno que nos azota en Nueva York. Lleva el cabello suelto, una melena larguísima y (me parece) algo sucia que casi le cubre el rostro enjuto y pálido. Sostiene del brazo un abrigo de lo que semeja piel de borrego teñida de tonos mermelada de ciruela. Al verme lo suelta en el suelo y, luego de un par de alaridos y risas histéricas, me besa en la boca ante el divertido silencio del librero. Nancy se echa para atrás, me mira de hito en hito, y no deja de proferir exclamaciones y de agitar las manos. En un gesto impulsivo, se quita el vistoso collar de pequeñas conchas marinas y guijarros que lleva alrededor del cuello y me lo regala. “Para ti, querida”, dice en un tono de voz extraño, que me hace mirarla como a una desconocida. Es quincallería comprada a los chicos y chicas de Telegraph Avenue, en Berkeley. Ya más calmada ella, iniciamos una conversación “normal”, con frecuencia entrecortada no obstante por sus ruidosas interjecciones. También ha comprado un montón de libros esotéricos, de misticismo oriental y de magia traídos directamente de las estanterías de Shambala, una librería muy de moda en Los Angeles. Tiene la pretensión de que Ray los adquiera a un precio conveniente. Éste los inspecciona sin poder reprimir una mueca de asco en su cara. No parece decidirse en un sentido u otro: meterlos de nuevo en el mugriento saco de arpillera donde han viajado hasta allí o colocarlos en el rincón más oscuro del escaparate y, una vez Nancy desaparezca por la puerta, retirarlos con premura a la caverna del sótano que resulta ser El Almacén de Libros Ilegibles e Imposibles. Delgada como un hilo, Nancy en su ayuno hippie no debe haber comido en cien años. O más. “Tengo miles de historias que contar”, confiesa. Curiosamente, apenas recuerdo nada de interés de cuanto relató de su estancia en San Francisco, durante la que ha conocido a decenas de genios y sabios maestros: “Durante semanas he estado durmiendo en un templo budista de Japantown, en el suelo, encima de una esterilla tan sólo. Meditaba, incluso durmiendo meditaba.” Lo dijo como si ello fuese el grado definitivo que le permite por fin sentirse distinta a los demás que no hemos salido de Nueva York en un trimestre. Al cabo de un rato se esconde debajo del horrible abrigo y se marcha como una exhalación: “Tengo un millón de cosas que hacer antes de volver a Frisco”, dice sin volver la cabeza, precipitándose a la calle, ya bajo la lluvia fría e  invernal, mientras se echa el saco (sin los libros) a la espalda. ¡Pobre Ray!
(¿Y él? Visiones muy propias, y su rara nomenclatura: ve cual una ráfaga a lo Van Gogh a una pelirroja ataviada con blusa amarilla que conduce un cadillac descapotable de chapa azul con el volante blanco y la tapicería de cuero color hueso bajo un cielo violeta entreverado de alargadas nubes verdes.
En los cincuenta el color es lo que cuenta: los mejores colores del mundo.
Y, ahora, ya son monedas de plata.
Lejos ya de La Era del Bronce…
Papá: a él se aferra como la única cosa cierta del mundo. En Saks de la Quinta Avenida mira todo aquello que le ha comprado por valor de tres millones de dólares, treinta millones de dólares. Quiere tanto a su padre que le hace daño. Nada es bastante para el jefe de la manada que les ha salvado la vida a las dos hijitas (no así a la madre, que cayó) huyendo de la Alemania nazi y una Europa en guerra. Finalmente, al llegar a casa con las manos vacías, medio dólar en el bolso y el corazón de huérfana, la pequeña Evchen llena de besos las mejillas hirsutas de este hombre santo ante la mirada fugitiva de la madrastra que huye de los afectos bastardos.
Por lo demás, La joven Hesse podía estar un millón de veces paseando arriba y abajo de la “Museum Mile”, días y días con sus ríos de gente y noches y noches con sus fantasmas: no la descubrías al sol, ni entre las sombras. Era inasible. Diríase. Sólo cerrando los ojos…
¿Y él? ¿El Tipo de la Underwood colgada del hombro como un apéndice siniestro?
Persigue un fantasma: nunca ha hecho otra cosa más real, más, digamos, consistente.
Y de momento, perdido por algún lado de los mil cien kilómetros del metro. Hay días que pasa horas eternas, hasta de angustia, sin saber salir del subsuelo, hombre rata alimentándose de desperdicios y despojos, de todos los malos olores y oscuridades de una Nueva York de los sesenta yaciente en el abismo.
Ella y su mundo son una historia al sol, lejos de sus penumbras de imaginativo y pordiosero intelectual en busca de gangas.
Mi querida Evchen, mi hijita, condenada…”
Él: “No es un símbolo… ¡nada de nada! Expresa lo que se ve.”
Luego: “No sé de dónde vienes, nada me importa adonde puedas ir. Estás aquí. Es todo. ¿Qué importa todo lo demás?
Ella: “Todo lo demás soy yo, y eso debería importarte.”
Ella es capaz de helarte con una sola mirada. 1969: se sabe muerta antes de tiempo. Han descubierto el tumor. Tú eres insignificante. Incapaz, anodino. Un testigo vano, inútil. Cuida tus palabras. Vas a sobrevivirla. Esa es toda tu actuación en esta historia, un figurante al que le sobra malicia y se enreda con las palabras por apartar de sí sus emociones. Sin embargo, de tus mentiras algo te exculpa el estupor que atenaza tu inteligencia: la indefensión y el miedo que sientes al igual que todos los condenados a vivir y ser testigo de las humanas dolencias y su final irrevocable antes o después. ¿A qué juega la naturaleza brutal con esa muerte a destiempo?
Un ser humano para esa naturaleza es como una planta, como un reptil, como el insecto que declara el aire.
Un accidente.
Nada de explicaciones ociosas. 
Veamos. Otoño 2013: la bruma en todo. Ya tiembla la esbeltez del álamo en los helados días. Pero mi trémula visión…
Cerebro. Cerebrum. Un kilo: unidad de masa tan arbitraria como otra cualquiera, tan precisa (1000 centímetros cúbicos de agua, a cuatro grados centígrados, encerrados en un cilindro). Un kilo y un centenar de gramos más. Tumor ahí adentro, en la calota craneal. ¿Dónde la fiesta: en el cerebelo, en las meninges, en el periostio, entre los huesos craneales…? ¿De qué diablillos hablamos: gliomas, meningiomas, sarcomas…? ¿Son residentes o hijos de la metástasis de excursión hasta la azotea provenientes de algunos de los sotanillos de abajo?
¿Cefaleas? Ni una, al menos previamente. Una mañana, en el estudio, náuseas y vómitos, un vértigo ligero.  Días después, todo parece más lento, hasta la ciudad parece enmudecer, el sol amarillo pálido, el aire quieto, el ruido amortiguado.
-Te noto muy contradictoria.
-Estoy nerviosa desde hace unos días.
-Sin embargo, ahora pareces muy tranquila.
-Sí, y no sé a qué es debido. En realidad, no tengo ganas de nada. Todo me es igual.
Semanas más tarde, narcolepsia, depresión. El delirio.
-¿Sabes? Voy a empezar una gran obra.
-Magnífico. ¿Cuándo empezamos?
Otras rarezas: a veces, él no entendía lo que ella decía; calculaba mal las distancias; perdía la memoria. Un día, comenzó a andar en diagonal, unos pasos oblicuos algo grotescos, y otro día, sin tropezar contra nada ni nadie, en plena calle, perdió el equilibrio y cayó al suelo como un fardo pesado, incapaz de levantarse; ofuscada, no parecía reconocerme a su lado, cuando intentaba levantarla de la sucia acera ante la mirada atónita, hasta cruel, de los otros transeúntes ocupados en sus propios cánceres, suicidios y ambiciones humanas (legítimas y frágiles, efímeras y patéticas, sobre todo necesarias) sin detener el paso.
-Doctor, un pájaro azul… -Etcétera.
La desgana: la voluntad hecha trizas. “Tengo sueño”, dice dándose la vuelta en la cama. Puede estar todo el día durmiendo, o sin dormir, pero yacente, indefensa mientras el día y la noche colorean las visiones tras los párpados cerrados. ¿Ella? ¡No es posible!
33 años, ¿qué has engendrado?: van a abrirte la cabeza, van a empezar a hurgar ahí adentro, en el templo sagrado.
¿Con quién has jodido?
Con Satanás.
Alumbras la muerte del Cristo, judía.
Antes.
Un millón de años atrás: el milagro. Ha escapado de la Alemania nazi.
Todavía con el albornoz y la toalla en una mano y el jabón en la otra se ha librado de las badeanstalten.
Ha saltado las vallas de los leichnkeller con sus alitas blancas de ángel hasta alcanzar el cielo impoluto de América.
No la ha chamuscado ningún einäscherungsöfen.
1939: USA. Su padre aún tuvo tiempo de comprar por setenta y cinco centavos un par de entradas para Feria Mundial de Nueva York, cuyos pabellones pintados se diseminaban por Meadows Flushing. En el pabellón de la Westinghouse, ultramoderno y dedicado al nuevo y sorprendente medio de comunicación de masas, la televisión, se ha dispuesto una cápsula del tiempo donde los visitantes pueden escribir sus nombres. La cápsula estaba destinada al año 6939.
En ese año Hesse, cadáver inmaterial en el planeta Tierra, se halla bien viva en U94 (el 13 de febrero de 6939, jueves, para ser exacto, a las cuatro de una tarde extrañamente cálida. Vestía una… una…).
Qué, ¿qué hay?
Nada, aquí, a un millón de años luz de la Tierra.
¡Van a abrir la cápsula!
Qué te parece…
 La ve un poco más vieja.
“Estás pálida”, le dice luego de examinarla de arriba abajo.
Caramba, si calculamos que han pasado más de cinco mil años desde la última vez que nos vimos en U81…
Pero en ningún momento podía ya desembarazarse del miedo, de la putrefacción que ocultaba el disfraz de su carne bella, cerúlea, lejana.
“Soy el mismo”, miente él.
“Yo, también”, miente ella.
El hombre del que se ha divorciado –y, ahora, ya innombrable- veinte años después de su muerte, en 1994, nos arroja a la cara estupefaciente el crimen de la infamia, de la sospecha cruel, pues no sabemos: “El artista que más influyó en ella fue Adolf Hitler.” Y continúa fumando en pipa, buen tabaco, denso, aromático: un escultor docente. Bien, ¿qué diablos significa eso, Din-don? ¿Un acuarelista aficionado al que finalmente el azar le dispensa la oportunidad de llevar a cabo la destrucción de millones de seres humanos puede proyectar un influjo benéfico?
¿Cómo pudo influirla?
Un silencio repentino, sobrecogedor, se desploma sobre los conversadores, que se miran unos a otros indefensos en su desconcierto, pues no acaban de descifrar el auténtico sentido de la confesión, dudan hasta de haber oído bien.
A fin de cuentas, se dice, aquel exterminador, como otros de igual calaña, fue un trémulo paisajista (colores apagados, tristes, mal encajada la imagen entrevista por sus ojos de no artista, unas aguadillas, malas acuarelas de minuciosidad aprendiza…)
Soñó con Hamburgo: las calles desiertas y negras del 33.
1933: quema de libros.
1943: quema de seres humanos vivos.
¿Podía esperarse otra cosa?
Ya en tiempos del Kaiser se retorcían los colmillos: Meschuggismus, eso es lo que provocan los artistas degenerados. Más expeditivo, un diario de Munich exigía la detención inmediata de Kandinsky, Klee, Marc, Macke… Bonita hoguera podría haberse erigido a los cielos negros de la noche con los cuerpos corruptos de gran parte de los integrantes de la Neue Sachlichkeit. El señor Goering sentaba cátedra ante el desafiante cuadro expresionista de la época: “Yo, como amante de la naturaleza, puedo asegurar que nunca he visto nada parecido en ella a este mamarracho.”  Pero sería el Sumo Sacerdote, el Gran Artista Genial de las Dos Mil Acuarelas, Praeceptor Germaniae Adolf Hitler quien grabó a fuego el Primer Mandamiento del Arte Oficial: se prohíbe expresamente a los artistas el uso de colores no percibidos en la naturaleza por un “ojo normal”: 4.000 obras de arte moderno (Kirchner, Barlach, Nolde, Kokoschka, Dix, Grosz, Corinth, Cézanne, Van Gogh, Pisarro, Picasso, Gauguin…) fueron quemadas en 1939 en el… ¡patio del cuartel de bomberos de Berlín!
Siempre nos quedarán los Fleischbeschau sin trampa ni cartón, espléndidas matronas de feliz carne femenina.
Y el Señor de Mein Kampf ya vigilará fusta en mano que nuestro gusto acabe bien enderezado y transitando por las fáciles sendas de Moritz von Schwind, el romántico Boecklin y las cordiales estampas de Waldmüller, Grutzner y Defregger y las apolíneas y estatuarias imágenes de Leni  Riefenstahl.
Tampoco es que el Führer le hiciera demasiados ascos a negociar sus bucólicas acuarelitas en los malos tiempos: buena parte de ellas se las compraba a diez coronas un judío vienés compasivo a fin de que el patético y ridículo aficionado ario, en los años previos a la Gran Guerra, pudiera llenar la panza.
Respecto a la política, Hesse…
Poco que contar.
La cuestión socio-política-económica le traía al fresco.
De hecho, utilizaba los diarios atrasados o del mismo día (ya manoseados por lecturas ajenas) para envolver objetos de uso probable en sus trabajos de estudio, pinceles sucios, cuchillas o clavos. Nunca observó que echara un vistazo ni siquiera a los titulares.
Entre otras cosas: espadas, dinero. Que se maten entre ellos.
Él ha decidido quedarse en Nueva York todo el tiempo que pueda. Hasta que el dinero se acabe (que acabará), o empiece a ganar algunos dólares con la maldita Underwood (le baila el tipo de la “o” como un saltimbanqui) que ha comprado de segunda mano en una travesía de Delancy Street. 
Reflexiona: no mendigues todavía.
Pernocta tres días en el apartamento de un compatriota (profesor de español en la N.Y. University) muy poco higiénico. Y no hablemos de su compañera, una inglesa de cabello largo y sucio que come con los dedos directamente de las latas de conserva. Al tercer día se escabulle con la maleta y la Underwood a cuestas.

Memorias de una Maleta
y una Underwood en Nueva York
por
David Grau

Febrero: Había llegado al aeropuerto Kennedy procedente de Madrid un sábado por la tarde, en torno a las cinco (hora local).
Se encuentra cansado e inquieto, con falta de sueño, no sabía exactamente si había rellenado bien el formulario de entrada y, al descender del avión, se le cayó el pasaporte a la pista y alguien lo pisoteó con una enorme bota justo por el lado de la fotografía. No quiso ni imaginar lo que iba a suceder resolviendo los trámites con los atrabiliarios funcionarios de Inmigración y Aduanas.
El cielo está gris. Pero hace menos frío del que esperaba. Su amigo, el profesor de español, monta guardia junto a una fila de taxis amarillos al otro lado de las puertas cristaleras. El viajero arrastra la pesada maleta hacia él, que no avanza ni un paso al verle renquear con el maldito bulto aún con el pasaporte entre los dientes.
Al día siguiente, domingo por la mañana temprano, dio un paseo alrededor de la zona del apartamento. Luego compró el New York Times, unos dos kilos y medio de papel por cincuenta centavos, y se metió en una cafetería desangelada y vacía de parroquianos. Un par de camareras, pelirrojas las dos (una de ellas, teñida, ahora bien, ¿cuál de las dos?), de ojos sombreados de violeta oscuro, uniformadas de azul celeste y blanco, se hallaban detrás de la barra, cerca de la entrada a la cocina, de la que surge una luz blanca de neón, pero sucia, como gastada. Le ignoran y tardan en atenderle. Con ojos esquinados hablaban en voz muy baja de sus cosas, de sus conspiraciones, de sus ascos. Y fuman tranquilamente cigarrillos mentolados (los huele desde su sitio). Supone él que de eso charlotean, de reivindicaciones laborales, aunque también podrían estar hablando de actricillas de cine o del deportista de moda o del primer polvo en el asiento trasero del buick. Se rascan las mejillas, la barbilla, un codo, miran aquí y allá menos al sitio donde se encuentra él, se cruzan de brazos, dan frenéticas caladas a los cigarrillos, no cesan de cuchichear, meten las manos en los grandes bolsillos del uniforme, cambian de postura, descansan sobre la otra pierna, encienden un nuevo cigarrillo... Al fin (siete minutos de reloj), sin moverse un ápice de donde parlotea con su compañera de desánimos, una de ellas le lanza una mirada interrogativa, hostil, que parece significar algo así como ¿qué quieres, gilipollas?:
-Chúpame la polla –-pide él (en español) educadamente.
-¿What?, le contesta (en inglés) esa una.
-Un café y un donut.
Eran los años aquellos cuando casi todo el menudeo se pagaba con fichas metálicas y unos miserables centavos, las camareras llevaban un gorrito gracioso y el agua de Nueva York, una ciudad gigantesca, sucia y estridente, era deliciosa y, a veces, gratis.
Durante cinco días le facilitan alojamiento: podría dormir en el sofá del apartamento del amigo español que trabajaba en la Universidad de Nueva York. Su pareja inglesa no había puesto impedimento, siempre que el asunto no se demorase (por Dios) más allá de ese plazo. Era comprensible. El apartamento medía menos de 40 metros cuadrados. Unas medias de nailon y otras prendas interiores de aspecto raído secándose en la barra de la ducha todavía explicaban mejor la situación.
El segundo día,a media tarde, llega extenuado al apartamento con dos periódicos, el Daily News (para envolver la ropa sucia que llevar a la lavandería) y el New York Times (para leer sentado), una botella de vino californiano, pan y queso.
El profesor, ausente, imparte su clase en la Universidad.
La inglesa, recién duchada, con el pelo mojado pegado al cráneo, mal tapada por un albornoz azul pálido que deja al descubierto sus piernas delgadas y muy blancas, las rodillas huesudas y rosadas, está sentada junto a la ventana. Come con los dedos muy despacio, directamente de una lata de carne en conserva. Al verle entrar dirige la mirada hacia él sin proferir palabra alguna. En seguida gira la cabeza y continúa observando a través del cristal el día frío, gris y sucio de afuera mientras mastica con lentitud y se limpia los dedos pringosos en el albornoz.
Le han bastado tres días.
En efecto:
La puerta del minúsculo dormitorio donde se hallan su amigo el profesor y la novia inglesa se ha abierto lentamente sin un quejumbre y deja ver el interior a la plena luz del día que penetra por la ventana sin visillos. La inglesa, flaca y pálida, completamente desnuda, desgarbada y huesuda, está arrodillada y le está haciendo una felación al profesor de español sentado al borde de la cama. El Espía Desprevenido tiene tiempo de observar los cabeceos hacia delante y atrás de la mujer, el perfil contraído del hombre que, en camiseta, tiene los calzoncillos enrollados sobre los tobillos y lleva puestos los calcetines, de color gris, le parece recordar. La imagen es de un patetismo desgarrador, hasta doloroso a esa hora matinal y luminosa. Se da la vuelta con sigilo y sale a la calle. Dos horas más tarde regresa a por sus cosas (es decir, en busca de  su maleta y La Máquina de Aladino). Ambos le sonríen al unísono aliviados, inocentes, y le acompañan solícitos hasta la salida asegurando que no corría tanta prisa (no corría tanta prisa, pero, hombre, no corría tanta prisa).
Ha elegido como solución provisional, hasta que alquile un apartamento en Queens (mucho más barato que en Manhattan), un hotel en la parte este de la calle 59, próximo al puente. Es un edificio de quince plantas de ladrillo de un tono quemado, sucio. Está bastante destartalado por dentro, aunque el suelo del pasillo está cubierto por una alfombra. Le han alojado en la octava planta. Paga 45 dólares a la semana, y el 5% de impuestos. Limpian la habitación y cambian las ásperas sábanas cada cinco días, pero todas las mañanas le proporcionan un juego de toallas limpias. Sin embargo, la palabra que acude a su mente desde que se ha instalado aquí es “sórdido”, aunque, bien mirado, contradice lo que realmente siente: está en un hotel (no en la puta calle), aún es relativamente joven, puede disimular el frío(no tiembles, cobarde)y aguantar el hambre que corroe su estómago (come codo, llorica cabrón), está en Nueva York (la capital del mundo..., etcétera, etcétera). La Underwood (¿o era la Corona Smith?), con sus millones de palabras, aguarda desafiante encima de la pequeña mesa junto a la ventana de guillotina (o de lamas, ya puestos en la piel de Marlowe o de Sam Spade o de...), hay miles de historias, crónicas y misceláneas debajo de sus teclas blancas o negras (a un nanosegundo de reflejo cerebral y la yema de los dedos índice), sólo hay que golpearlas, acariciarlas incluso, tan sólo eso. Sórdida sería otra situación: sin idioma, sin afeitar, sin ducha matinal, en absoluta soledad y contando hasta los quarters, sin hotel, sin máquina de escribir, a un paso de la calle, a un paso de la mudez, del silencio homicida, de la desnudez emigrante del otro mundo.
Empieza a caminar, ¡quejica!, y luego hazte con el Literary Market Place: tienes entre esas páginas cientos de agentes que podrían colocar algunos de tus trabajos por un par de cientos de dólares... ¡y conseguir una reputación!
Anoche, al volver de la cena en el restaurante griego Delos (pato en salsa con alubias, un vaso de vino californiano y ensalada de frutas, 2,25$), muy próximo al hotel, ha visto las primeras cucarachas, delgadas, marrones (tan distintas a las negras y brillantes españolas), escondiéndose veloces en el armario de la ropa... ¡Dios!: 
Tal vez uno comienza a beber de veras cuando descubre que no tiene ninguna ilusión por el porvenir. Entonces reniega del pasado y desprecia con estoicismo el presente que tampoco puede ofrecerle ya nada salvo la tortura del tiempo inmóvil y un futuro doliente cuesta abajo y peor que sus días de ahora, un desesperante silencio y un cuerpo que se resquebraja más y más en un país en el que el tacto del dedo de un matasanos (con el imprescindible estetoscopio al cuello) en tu piel cuesta (al contado) mil dólares:
Sea lo que fuere
Dios de la Literatura y las Bellas Artes
líbrame de las flophouses
de la botella de bourbon en la mano
de los tumbos entre cubos de basura
líbrame del mal y de la mierda
de la brumosa y harapienta y fétida pandilla
de Duane Hanson. 
(Amén.)
Una semana más tarde: luego de un par de llamadas telefónicas, alivia en parte la situación doméstica.
Durante dos días van a permitirle (sólo por compasión) dormir en un asqueroso rincón del loft que comparten una pareja de diseñadores gráficos madrileños en el socorrido West Village: “En cuanto amanezca te largas con la maleta a otro agujero. Trabajamos aquí y no queremos interrupciones de ninguna clase hasta la noche. Sólo entonces puedes regresar. Aunque procura solucionar tus asuntos lo más rápidamente posible.”
“Tengo una cita con Eva Hesse”, susurra El Esperanzado con una media sonrisa, hasta con complicidad. Su carta bajo la manga.
El otro le mira totalmente inexpresivo.
“Qué interesante.”
¿Qué tal escribimos en inglés?
Y hasta en chino con pincel de pelo de marta si preciso fuera.
Consigue de forma inexplicable un trabajo temporal como documentalista para una decena de columnistas de agencia. Eso balbuceó el tipo del departamento de personal: finalmente (eso lo especificó), él mismo ha de escribir algunos de los textos basándose en los documentos que selecciona. Una pequeña cantidad adicional a lo acordado mitiga su irritación. En todo caso, presenta los folios redactados llenos de trampas y un acróstico ofensivo y delator.
“¿Qué tal un centavo más? Estoy seguro de que en un par de meses escribiré mejor en inglés que en español.”
¡Ya lo hace: resulta misterioso, y hasta muy  intrigante!
Los idiomas, todos, son tu pensamiento.
¡Y puede que consiga hasta 2.000 pavos por un relato, más la llave del lavabo de caballeros!
En fin, haciéndose hueco prosista entre Cheever, Salinger y Updike y un poco de Mailer (¡ojito con Hemingway!).
Hace mil años podías alquilar una buhardilla con tragaluz en pleno centro de Manhattan sólo con el compromiso de barrer dos veces por semana el portal del edificio y vaciar las bolsas de basura en el cubo de la calle. Ahora, los marchantes de hombres te envían a lo más oscuro del Bronx, a la periferia de Queens o a alguna calleja de ratas de Brooklyn. Aquí se viene a triunfar; a los demás, se les empuja al borde mismo de la ciudad, al filo del abismo. Al agujero.
“No nos ahorres peligros, pero sálvanos de todos ellos.”
Jennie aún tardará un mes en llegar a Nueva York desde Portugal. Tiempo suficiente para que él se muera de hambre.
Mientras tanto, es un vagabundo taciturno sin perspectiva temiendo a cada momento que al final del día le atropelle un maldito yellow cab conducido por un ruso medio borracho.
O un triste final parecido: más tarde o más temprano los tipos de Inmigración se fijan en ti: hasta tu definitiva expulsión acabas en un Centro de Detención perfectamente simulado como si fuera un colegio entre dos grises manzanas de un barrio proletario de Queens.
Es Navidad en El Parque.
El Hombre Solitario bebe.
¿Qué bebes?
Ponche de una receta especial (WF.): manzanas, whisky, borgoña seco y soda, todo ello enfriado abundantemente con trozos de hielo.
Ceñudo, mira a su alrededor en el parque amarillo y vacío. Sorbe (invisiblemente).
Sus asuntos no tienen viso de solucionarse lo más rápidamente posible, de modo que pagar un “precio” ya es inevitable si quiere escapar del peaje de los hoteles o dormir gratis en apartamentos y almacenes en compañía de ratas y cucarachas. O todavía peor: claudicar en un albergue de la YMCA del que probablemente no se desprenda del olor a podrido, a fracasado (a muerto) en mil años. O no salga jamás.
Arrienda un apartamento en Queens (precisamente), en las inmediaciones de Jackson Heights, por desgracia demasiado cerca del aeropuerto. Baño, dormitorio-salón y un fogón mínimo y una pila junto a la pared: 30 metros cuadrados. 125 dólares al mes, impuestos incluidos. Cada vez que el ruido sordo y prolongado de un avión (a intervalos de cinco minutos) sobrevuela por encima del edificio comienza inexplicablemente a chorrear agua del grifo de la pila. La única ventana, de una sola hoja de guillotina, sin cortinas, da a una calle bastante ancha, pero sin árboles. Una calle gris  que cruzan de cuando en cuando transeúntes lentos y sigilosos, apenas perceptibles, fugitivos, como sombras proyectadas por otros seres invisibles.
Dos semanas después:
Llama a España desde la centralita de un hotel cercano al apartamento. Tiene que conseguir más colaboraciones. Necesita dinero. “Veremos lo que puede hacerse”, dicen al otro lado del hilo, sofocando las risas. “Lo que sea, aunque no lo firme yo”, suplica. “Ah, bueno, en ese caso...” alienta la voz convencida.
Al cabo de diez días  recibe una carta de una obscenidad familiar.   Escribirá crónicas desde Nueva York que firmará un periodista y escritor de postín sin moverse de su casa llena de tapices y esculturas antiguas, de altos techos con escocia, en el Madrid de los Austria, a dos pasos del Botánico y a tres de los chaperos del Retiro. Al final del texto se añade una apostilla manuscrita con estilográfica, de hermosa letra curva y azul: “Dramatízalas un poco”, aconseja el futuro firmante de las crónicas, viejo y perfumado escritor ateneísta y bujarrón clandestino que vive de las rentas.
Jennie en Nueva York.
El lazarillo mecánico.
Salvado.
Ahora, todo el tiempo del mundo.
¿Cuál es su vida cotidiana?
Ver lo que piensa.
Las imágenes.
La ordenación interior.
Empieza a tergiversar. Sólo ve lo que piensa.
Mal hecho.
Debería pensar lo que ve.
“Lo único que me interesa de la Quinta Avenida es la librería de Scribner’s.”
Frasecitas así cree que justifican su paso por este mundo traidor. Pero ese es su paraguas contra las amenazas y cielos sombríos que descargarán sobre su cabeza.
“También, tal vez, el río de gente que transita la avenida… Incesante, variopinta, poliédrica… Soy uno más, con derecho al anonimato.”
Yeats (Raymond Theodore):
Encomiéndate a san James Lackington, librero y protector, que ya en el siglo XVIII se negaba a destruir los libros no vendidos y los saldaba a bajo precio en The Temple of the Muses “puesto que todo el mundo tenía derecho a leerlos.”
Qué interesante.
En Nueva York todo el mundo escribe en hojas de color amarillo.
Esto del amarillo empieza a ser intrigante, un rompecabezas a lo van gogh.
Se compra un mazo de hojas de ese color, como el que se compra una nueva cortadora de césped o un braguero para la hernia.
No nota ninguna diferencia: la tinta se escurre… ¡escabulle los significados!
¿Significados…? Dibujos.
“Escribir, si…”, se dice.
¿En chino?
¡Qué cuento!
En inglés y en español. Qué más da, confiesa finalmente: yo sólo soy Treinta Monedas.
¿Cómo se aprende a escribir?:
redactando prospectos de farmacia
escribiendo tesis doctorales
escribiendo discursos para El Ferretero del Año
elaborando informes comerciales
detallando idas y venidas de la adúltera
enumerando los dispendios y  las trapisondas secretas del socio
consignando los gastos del político
corrigiendo los manuscritos de escritores célebres (y vagos)
escribiendo anuncios publicitarios de bicicletas
exaltando las excelencias de las sopas de bote
en los paperoles
en la biblioteca Alderman
en los diarios de los pobres diablos de escritores muertos
leyendo horrorizado las atrocidades que custodia la biblioteca Burlington
espigando en la universidad de Texas
en la de Wisconsin…
en la de…

domingo, 8 de febrero de 2015

7

Ella, poco antes, era la joven de cabello largo y espléndido, de la boca más sensual y las miradas más prometedoras, de perfiles voluptuosos, una intérprete feliz de sí misma en su trato con los demás: imaginas sin esfuerzo que ninguna expresión mezquina u oscura embrutece su rostro limpio y armónico, sus gestos son rápidos y decididos, una gracia natural rodea la esbeltez de su cuerpo como una aura invisible pero tan presente como el aire fresco y fragante que emana de su piel blanca y limpia. Ella es una conjunción magnífica de carne e inteligencia, de pasión y pensamiento que recorre las calles de la urbe bajo la magnificencia del sol  matinal…
¿Qué es ahora? El resultado de un crimen. El crimen idiota y, peor aún, inútil, obra de un dios aburrido y obsceno, execrable.
Y esa pavorosa lentitud de un final ineluctable que marchita toda esperanza.
Renglón a renglón en el cuaderno colegial en el que escribe (él o… ella).
Hesse hace rato que mira sus manos vacías, tan negadas a la caricia. No son nada generosas estas manos de él, y tan torpes para lo manual: ninguna mecánica puede esperarse de ellas. Hesse: “Qué lástima”. Él asiente desde la silla mirando las sombras, y luego gira un poco la cabeza hacia la ventana tan diáfana aún en el atardecer. Le gustaría que lloviera. Por la paz que inspira, y el aire fresco, el aire como mojado, el aire como de otro país de nieve y azul. Suele enriquecer la memoria con el lastre de la suposición, de una estética demasiado personal que aleja de lo mediocre. Sólo por eso, el recuerdo adensado de anécdotas climáticas, algún olor y, zas, un verso libre, una línea que recupera aquel instante, la lividez de su tez, o el brillo de rebeldía (aún) en sus maravillosos ojos de judía inteligente, bella y heroína a punto de morir. El silencio se hace largo. Le parece oír la lluvia inexistente. Se cree que la luz se agrisa. Vuelve la cabeza y descubre que Hesse le mira fijamente. O quizá no. Está completamente ausente, absorta en sus pensamientos y, de modo ocasional, los ojos se han detenido en él, en su atavío de payaso elucubrador. Su mirada le traspasa limpiamente, proyectada al todo de antes. Susurra: verde y blanco. Palabras moribundas que atenazan su garganta, los colores del fuego que la abrasa. Verde y blanco. Y él se asemeja a un extraño animal varado aunque potente y de insultante salud (pero sólo ante sus ojos), para ella, piensa, debo ser poco más que una huella del mundo de afuera, una desvergonzada solitud frente a la muerte que ella encarna en forma de amasijo de carne enferma.
Los colores quirúrgicos.
Amarse en la tarde gélida de invierno, desearla sabiendo que poco a poco va a escurrirse de entre sus brazos muerta y famosa, de hielo, de agua, de escalofrío. De leyenda. 
Hacer el amor debajo de una ventana lluviosa, abierta al mundo y sus trapisondas, al húmedo y verde y gris rumor de la tarde: la delicada suavidad de la luz rozaba su piel como los besos, la caricia maestra del aire lozano del verano sobre los cuerpos de los dos refrendaba la feliz invención: finalmente todo concluye en ese arte no menos arduo de descubrirse en el cuerpo y la espesura y el misterio de los otros. Imposible olvidar la punzada inofensiva de las minúsculas gotas de agua sobre su espalda desnuda, el brote tan efímero del helor contraviniendo la redondez tan cálida y estremecida de la judía debajo de su cuerpo. Hoy, que nada es, salvo la emoción del recuerdo.
Quererla, pero quererla sin ocurrencias ni fantasías, quererla de carne y hueso, poseerla incluso con el monstruo dentro que la devora y al final la mata. Amarla a ella en esa inmensa hora de la condena a muerte, y amarla a través de su cuerpo moribundo, desearlo aún, y siempre… antes de la noche negra y tropical de los húmedos días finales de mayo.
Se aventuraba en sus razones. Hay un arte que ella defendía por encima de todo: el no-arte. Pero era una negación de un pensamiento fértil, desprendía residuos de una estética oculta, acaso instintiva, tenaz y sobresaliente.
Un arte es su cuerpo. Se entromete en él como en un sueño donde la única ley es la libertad. La creación sin trabas. Nada hay de prohibido en cada uno de los gramos de su cuerpo potente. Apura uno a uno sus poros, sus dobleces, huecos y blanduras, el tono cambiante y el calor de su piel, su cabello limpio y perfumado, y la carne tersa y profunda que le hiere de deseo a toda hora, y la mirada tan sensual de sus grandes ojos bíblicos y la libertad total de sus anchuras y esbelteces de nínfula mediterránea trasplantada primero a la bruma germánica y más tarde al desafío continental y libérrimo del nuevo mundo.
“Su cuerpo es una obra que celebro. Sé de qué hablo”, se dirá una y otra vez en el futuro innoble lleno de nieblas y grisuras y fríos, desaparecida ella del mundo de los vivos, el mundo sin ella.
Los colores.  Aplicada estudiante en Yale, se zafaría de milagro del encierro de los cuatro lados. Ensanchó la mirada: el suelo, el techo, las paredes. El marco perfecto. Un camino falso la había llevado al diseño. Odiaría toda su corta vida lo decorativo, el ornato falaz de la armonía prescindible, el canon del pequeño burgués pleno de convenciones y miedos, de mediocridad, de ignorancia o, peor, de cultura media de andar por casa, una cultura de zapatillas de orillo y los programas de televisión de sobremesa, del Club de Lectores y la revista Reader’s Digest y sus divertidos tomos trimestrales de piel de imitación y vistosos tejuelos con cuatro novelas resumidas en un volumen de 425 páginas (ni una más, ni una menos).
Todo empezaría buscando respuestas.
¿Podría hablar con ella? Sugería El Entrevistador venido de lejos, de tan lejos, de la mentira.
Aún se acordaba de él, y, para su sorpresa, no a duras penas. En Suiza: ¿Recuerda? Por supuesto. E inmediatamente, feliz, se precipita a despejar la creciente perplejidad de la artista ante una visita que no recordaba haber concertado.
Ahora, en 1968.
¿No lo habían avisado?
El Año de las Memorias del Subsuelo.
Tres años habían bastado para convertirla en una mujer y una artista segura de sí misma. Y en la capital del mundo. “Ni cien años (o ciento dos) podrán bastarme para todo lo que he de hacer”, dijo risueña. Le quedaban menos de dos años de vida.
Jennie Queiroz, la periodista portuguesa, conocía la dirección de un amigo común a través del cual podría averiguar el paradero de la artista en Nueva York.
Pero él hubiera preferido verla en su estudio (al que finalmente tuvo acceso: el tipo era omnisciente, El Gran Ubicuo).
Lo tenía en el SoHo, en pleno Bowery siniestro, en un loft donde imperaban los interrogantes: ¿qué es todo esto?, ¿qué significa? 
Había tardado dos meses en decidirse ir a entrevistarla.
Después del copioso brunch de media mañana y varios galones de cerveza fría ya andaba envalentonado (y turbio, y con los pies trabados y los ojos somnolientos).
Le recibió enfundada en unos increíbles pantalones anchos muy manchados, y un jersey desmadejado y con agujeros en las mangas. La barahúnda de materiales que atisbaba a sus espaldas era indescriptible. Todo un vocabulario de lo desconocido. Aquel antro olía fatal. Como los vapores infernales y las nubes gaseosas de un experimento del Medievo.
Al principio parecía una entrevista formal: parecía que sólo hablara él en realidad. Ella parecía una estatua. Era una estatua. Todo parecía lo que no era.
Un buen periodista, se dijo, imagina las respuestas y respeta las preguntas… ¡Pero él no es periodista!
“No sé si recuerdas que escribo para Transgresión”, le dijo, y tendió al vacío unos ejemplares atrasados, muy poco aseados después de cruzar el charco entre camisas, calcetines y un par de pantalones y la bolsa del aseo.
Ella (o una sombra) los recoge educadamente. Pero no sabe qué hacer con ellos en las manos.
Los depositó en seguida en una mesa baja entre los dos, que la defendía de él.
Se quedó mirándole a la vez que sonreía. No le asombraba nada Transgresión, una revista bimensual española mal impresa y con unas ventas humillantes. Pero se alegraba de verle. Le había reconocido en seguida, mencionó a Klee y le confesó que finalmente se había divorciado de aquel escultor que hablaba demasiado, atildado, pedante y guapo. Hizo un ademán con la  cabeza inventándole a tomar asiento. Aceptó de buen grado las formalidades iniciales, hasta las inevitables servidumbres del cometido que llevó a El Instigador hasta la sombra de ella:
-Cuando comienzo una obra en lo único que trabajo es con las cualidades abstractas: material, forma, tamaño, escala, posición espacial, y también donde va a ir, en el techo, en el suelo…”
Etcétera, etcétera.
Habla de los happenings de comienzos de la década, en las galerías Reuben y Hudson. Allí había conocido precisamente a su marido y a Kaprow, por quien se había sentido fascinada, aunque únicamente en sus comienzos.
Tres días más tarde la llama por teléfono desde el bar del sórdido hotel donde se aloja. Observa cómo le tiemblan los dedos al introducir la ficha en la ranura. “Esto es una estupidez”, pensó. Pero ella le citó para esa misma tarde en el lado este de Times Square, en un Maxwell House. Ese sería el primero de sus cafés aguados con ella. Su pretexto de ahora era Oldenburg (un tipo que ya andaba con polímeros) y The Store, la tienda del 107 de la East Second Street, una iniciativa que él, entusiasmado, veía tan factible y prometedora para instaurarla en España por los jóvenes artistas estudiantes de las aún anestesiadas Escuelas Superiores de Bellas Artes.  
Siempre fue el cuerpo invicto de la mujer el campo de batalla equivocado del hombre, allí donde dirimir su “diferencia” con ciertas garantías de éxito bruto. Tocó el timbre envalentonado.
No era un buen momento para verla: pálida e inmóvil. Había superado su divorcio del señor feudal, pero para una mujer como ella, tan asida a las pocas raíces familiares que aún le quedaban bajo los pies (su hermana), la muerte de uno de ellos, su padre, la había trastornado durante largo tiempo. Necesitaba de la saga, del refugio de la sangre. Tras ella, sólo había vacío, sombras, el exterminio salvaje de sus parientes y ancestros, un hueco irrellenable que abocaba su identidad a lo que pudiera hacer en el futuro rodeada de aquellos pocos seres vivos que podían sostenerla en los malos momentos. Se entregó a sus amigos con desesperación. Ella y ellos serían la huella futura de aquellos muertos, lo superviviente.  
¿Dónde podemos comer?
¿Qué tal en Puglia, en Litle Italy?
Estoy en tus manos.
Interminables cenas. Sería lo que podríamos llamar “El verano Puglia”. Callado como un fantasma, como un testigo obediente y claudicante, les escucha y aprende. Por lo demás, nadie parece fijarse en él, El Ausente Silencioso, en un mundo de perneras acampanadas, trajes entallados y chaquetas sin solapas.
Él es invisible.
La hace mejor así.
Y él, como si no existiese.
Ni una palabra.
(Salvo la escrita.)
Bien peinado, relamido, perfecto: es el mantenido del 169 East 71st. Sreet. Se deja querer, como la imaginación.
-No, no me hables de tus amigos. No quiero saber nada. Ningún nombre. ¿Para qué? Esas idas y venidas tuyas de no sé donde…
[Deja que invente…]
Me siento tan poca cosa, un europeo del sur balbuciendo un inglés americano gramatical… Todo parece escapárseme, fundirse en una borrosa amalgama, las cosas y las personas en las que no encuentro sentido alguno y que acaban por parecer irreales, las calles, la comida, la brutal indiferencia de las gentes, los códigos de una ciudad que es tan distinta a lo que podía uno creer desde la iconografía embustera del filme y los noticiarios de la televisión…
Su mano blanca, fantasmal, se posa sobre tus labios, “calla”, susurra con sabihonda voz de ultratumba.
No obstante… Y la ristra de artistas mayúsculos, absolutamente imprescindibles, geniales, que revolucionan el arte mundial, como si nada, anónimos aún, geniales y gigantes frente a mí.
El arte no ornamental ni decorativo, al igual que la filosofía no es más que un método de investigación material o espiritual: hacia ti mismo. Pero hay gente que compra ese… boceto. ¡Incluso es exhibido como una finalidad de algo!
Años después todo el universo de trastos presuntamente magníficos y subastables que era su obra terminó pervertido por las palabras: “Su poética se halla implícita en los procesos técnicos que la hacen posible”, dijo uno.
Si su voz hubiese podido llegar desde más allá en AC 79° 3888, en la constelación de Jirafa, le habría contestado que su mecánica consistía en sorprenderse a sí misma ante la multitud de suposiciones que acaban convocándose en lo irracional.
 Hacía viento: el verdadero azote de Nueva York. De pronto, la mañana se oscurecía hasta convertirse en negra y fría. Llevaba en los bolsillos de la gabardina las dos novelas de Schulberg sobre los escritores de Hollywood en baratas ediciones en rústica. Podría refugiarse en seguida en algún parque, pero no lograría ocultarse de las rachas del viento. Anduvo hasta que se cansó con los ojos semicerrados y un regusto de arena en la boca y regresó mohíno al apartamento. Ahora también llevaba un puñado de nueces en una bolsa de papel que había comprado en Union Square: su almuerzo. A primeras horas de la tarde empezó a llover, y siguió haciéndolo durante la noche. No consiguió dormirse hasta la madrugada, pues le atormentaba la idea de no tener nada que hacer al día siguiente: seguía teniendo en el paladar un gusto de tierra y agua.
No me hables de tus amigos:
El tejano, que no era nadie, apareció por la puerta del estudio con una sonrisa de suficiencia que mostraba una hilera perfecta de dientes blanquísimos y unos pantalones blancos Sansabelt. Una camisa a cuadros rojos y amarillos con los tres botones superiores desabrochados que dejaban ver el pecho oscurecido por un vello negrísimo constituía el último toque para “advertencia y consejo de tu poquedad hispana”. Como tipo era un cero a la izquierda, pero su obra iba a sobrevivirle siete ceros a la derecha treinta años más tarde de cuando entonces.
17 años. Verano. Domingo por la mañana. La soledad muerde cada centímetro de la carne desnuda al sol. Pero le repugnaría cualquier compañía que se entrometiese en sus pensamientos de ahora. Anda sola, pensativa, y algo hay de placer en ello después de todo, creyendo en el futuro. Va haciéndose mayor. No ha ido a Coney Island. Se mete en la Biblioteca Pública: los domingos abrimos. Hojea docenas de libros. Sin preguntas, sin molestias, sin justificaciones.
Domingo por la mañana, temprano. ¿Qué hacer? La ducha fría. El desayuno que se demora bastante más de media hora… Al fin, la calle, aún fresca. Engulle Blintzes y bebe refrescos de cola. Asfixiante el mediodía neoyorquino, al rojo vivo, y la tarde tórrida, interminable.
Era lista (más que judía): ya había calado a los alemanes.
 Aún (1945) existía aquella Nueva York de ladrillo y de hierro tan atractiva, lejos del acero y el cristal engañosos, una modernidad la de entonces (1965), y no digamos la de ahora (1995) o incluso de la de mucho después (2014), que apenas resistía un juicio analítico favorable, pues en toda esa arquitectura sin magia, tan lejos de una domesticidad humana, imperaba la función, lo pragmático a diferencia de aquella otra volandera y vistosa.
Enero del 68.