martes, 16 de mayo de 2017

28

-Su obra deriva del minimal art, la gesta aquella aspiración de Morris: “La obra escultórica reconstituida como objeto pero con toda la potencia perceptiva del arte figurativo, de la escultura representacional, con su mismo atractivo visual…”
-En cierto modo, esa fue una intentona pronto frustrada. En seguida se alcanzó un vocabulario plástico que pareció generar su propia lógica, su sintaxis, como algo que termina siendo funcional estéticamente, decorativo.
-Usted renegó de ello…
-Inmediatamente.
-La impulsaba la no forma, el imaginario de un desorden, por así llamarlo, nacido del material elegido para su conformación…
-No es del todo exacto. Aunque en un principio… Lo que deseaba conseguir en realidad era la no pintura, la no escultura…
-Pero eso sería como una mudez.
-Es verdad, pero elaborada, consciente (subrayado de él). Mi ambición, desde un punto de vista conceptual era llegar al no-arte, a lo no connotativo, a lo no antropomórfico e incluso a la forma no geométrica. A la nada estética, una especie de refutación. Era el riesgo total lo que perseguía, lo que en un plano artístico no es (subrayado de él).
Luego, Kaprow, los happenings de los sesenta, etc.
La noche de insomnio en el hotel por lo ruidos urbanos de afuera, las luces que se colaban por la ventana de guillotina, por ella física y real que rondaba el pensamiento una y otra vez…
Tres días más tarde…
¿Has cenado alguna vez a la luz de las velas?
Leí poesía, pero como el que analiza el aire que respira.
“Odio lo bello, lo perfecto, lo justo en todo…”
¿Qué explica eso?
En 1965 me dije: x.
Ahora (1970), ya sentenciada, una selección de sus alumnos en la Escuela de Yale (los mejores, con una beca Norfolk atada al tobillo como una bola de acero presidiaria) le ayudan físicamente en la realización de sus obras: queridos auxiliares, ayudantes, becarios risueños, artistas fracasados, silenciados, miles y miles de estudiantes de Bellas Artes, de vosotros es el Reino de los Cielos.
Amén.
1960. ¿Qué es el arte en Nueva York?
Cuatro gatos. No somos más. Todos nos conocemos. Pero somos los suficientes. Todo lo que suceda después será repetición o burla.
1965: 300 galerías de arte en la ciudad de Nueva York. Más que librerías. Cuestión de espacio.
¿A cuántos tipos ha visto como ése? Billeteras que andan sobre zapatos de hebilla, que visten trajes cruzados, conjuntos de elegantes chalecos y camisas de sastrería, tejidos de ojo de perdiz, espiga, príncipe de Gales, tweed… Todo lo compran, lo datan y lo almacenan, son los ascendientes directos de la generación de dragones de los ochenta y noventa de este siglo XX aún zarandeado por el final de la utopía.
Un tipo seguro de sí mismo, con las ideas claras. ¿Le van a decir a él lo que es el arte? Una expresión desdeñosa se graba en su rostro de piedra gris. A él es difícil engañarle: no ha dibujado una silla en su vida. En cuanto a lo demás… (Es el tipo que compra sus paquetes de sentimientos en una tienda de muebles usados de la Octava.)
No escribe él con plumillas Sargent-Major, al alcance de la mano los tinterillos colegiales de donde extrae la savia azul de una rememoración tenaz: encerrado deberías estar, mendigo, a solas recreándola, corporeizando hasta su aliento, su mirada. Prisionero en una habitación blindada de corcho con el aire irrespirable, cerradas las ventanas, aislado del ruido y el mareo de una época acelerada (Naranjas de Valencia, naranjas…), entregado a la memoria, a una reconstrucción acaso falseada por una sintaxis más plástica que literaria (a buen seguro). La dispones contra un fondo de vertiginosa mudez a pesar de sus múltiples estruendos a toda hora. Deja de pisotear los forillos y decorados de una Nueva York que sólo es el viaje a una evocación arbitraria y sesgada, escenario oportunista y falaz de una prueba de resistencia que desafía la cordura: justificaría ella un arte y una existencia con la trama descabellada de una ropavejería espiritual tan alejada del ornato como de las fáciles mentiras: la ciudad no importa: es el soporte: es el escenario y, además, intercambiable; enredado tu, raro espécimen proustiano en la epopeya de la minucia, y tu descaro de petit inventeur en idas y venidas, figuraciones.
Nada le disuade del gran proyecto. “Es esto”, se dice. Al menos esto es lo que sé que debo hacer.
(A veces, Jennie le mira con extrañeza, hasta con desconsuelo, a ese robot…)
Si no pinta ni esculpe, al menos las manos, el taller.
La obra de arte moderna como una prueba física, un desarrollo material que exige una energía adicional a lo puramente intelectivo. Lo procesual, un elemento hasta ahora irrelevante, elevado a categoría artística. Forja, cosido, soldado, atado, enhebrado, alzado, bajado, clavado… ¡Uf, que esfuerzo!
Los ojos escrutadores seleccionan las piezas a examinar muy detenidamente: mañana de domingo en el parque brillante de sol, de colores, de gente, de la atmósfera empalagosa de finales de abril, radiante. El Depredador con el bic encapuchado encerrado en el bolsillo y el bloc de notas olvidado en el cajón del escritorio al otro lado del río se miente sin el menor escrúpulo. Ha elegido su víctima: largas piernas que acentúan despiadados los shorts amarillos, cabellera dorada al aire, el busto erguido y juvenil bajo la camiseta de rosa pálido, la boca roja… a escaso metros de él… “Como aquel tipo que se convirtió en tiburón y merodeaba bajo el agua las playas festivas devorando a las bañistas rubias.” (De adolescente siempre le habían atraído las rubias; ahora buscaba a las morenas, y no escuálidas, aunque sin llegar a las demoledoras apetencias de Monsieur Gauguin: “Me gustan gordas y viciosas”.)
Paseos a ninguna parte. ¿Quién sabe de esos y de esas?
Cada 40 segundos se suicida alguien en algún lugar del mundo (2010). Hacer de la vida un instrumento de esclarecimiento, de apreciación de una realidad que siempre va a escapársenos, nunca de agresión a nosotros mismos. La verdad de todo es vivir, y el cuerpo como vehículo de una travesía impredecible. La muerte no nos sirve.
El suicidio deja todo a medias, imperfecto, incorregible.
Mas también es la respuesta adecuada, quizás única, a una condena prematura, una rebelión magnífica ante la injusticia suprema de la desaparición definitiva, a traición.
Pero ella contraataca:
“¡Qué desperdicio!”, exclama en U2
(“Pues tú, querida, estás en U2. Respecto a nosotros: en U1 estamos sin ti, por mucho que nos hayas tele transportado a U2, y todo esto suena a cacharrería cósmica, porque no hay manera de escenificar nada serio mientras andas en otro condenado universo. ¿Cuánto queda para U3?”)
“¿Cuánto pesas?”
“¡Maldito grosero!”
“Sabes, cada kilogramo de peso que se lanza al espacio en un cohete de la NASA supone un coste de 50.000 dólares. 55 kilos la rellenita judía: 2.750.000 pavos. ¿Tienes la pasta?”
“Por supuesto. ¡Metida en el tercer bolsillo trasero del pantalón! Mi viaje (sólo ida) es gratis, imbécil. Sin mediación de cosas o personas. Basta con la imaginación, la materia del arte a fin de cuentas.”
Es… ¡su hermana gemela!
La besa muy despacio, como sorbiendo el jugo de la ambrosía bajada graciosamente de los cielos, mientras andan a paso lento por el jardín de las esculturas. De cuando en cuando ella abre tímidamente un ojo y mira de soslayo algunas de las obras, algo que provoca que él se sienta bastante miserable, aun con la boca perfumada, exultante de mil sabores. Tras la esquina: de nuevo solo.
 Anduve entre fantasmas, cuando...
Muerte de su padre: verano 1966. Desquiciamiento. (Siempre volveremos sobre ello).
Fuera de las páginas de la biblia, los patriarcas no cuentan sus años por centenares: tremendamente vulnerables.
16 de agosto: Daddy is dead (Helen Hesse: proteger (¡como sea!) a Eva (17/8/1966)
No hay ningún sitio en el terrible calor donde puedas esconderte, escapar del sofoco de las piedras, de la asfixia de la noche.
Una muerte, una tan sólo, y mata el mundo.
1969: Torres gemelas, aún puros esqueletos alzándose al cielo: 40 plantas. Work in progress.
Merodeo en torno el City Hall.
Me hundo en la parada de Brooklyn Bridge. Hago transbordo en Union Square. Entre luces y sombras. Así. Me hallo a salvo en la tibia oscuridad. Gano la calle subiendo de dos en dos los sucios tramos de la escalera del metro.
Afuera: las franjas blancas de los pasos cebra se encuentran tan despintadas que me cuesta creer que los automovilistas se detengan ante mí.
Alguien me empuja. Otro me golpea con el brazo al adelantarme. Una me roza con su gran bolso de Macy’s.
Un negro gigantesco (“un hombretón de color”) me aparta sin disimulo de su enérgico paso. 
Foráneo siempre en peligro constante, sumido en espejismos, troteras, danzadezas.
1969. 15.
Moratorium Day.
Ella, que ya lleva dos agujeros en la cabeza: podrías meter el puño ahí.
Paseos tristes, el miedo, los gestos inútiles (pero eso es la esperanza, la lucha…): alguien le entrega un globo negro con el nombre de un muerto en Vietnam, lo suelta al cielo…
Antes, una chica muy hermosa ataviada con una túnica blanca, con una cinta india ciñendo su frente, sentada en la escalinata de St. Patrick entonaba (pero era casi un susurro) una bella canción, como una plegaria.

viernes, 21 de abril de 2017

27

 “Imposible”, calcula.
Finalmente, otro de los cómplices del arte-joven-de-entonces adquiere una furgoneta de segunda mano (revisada) por 125 dólares a un tal El Gran John (bigotito de galán, amplia sonrisa y una corbata chillona debajo de una americana a cuadros) en un descampado de Brooklyn engalanado de banderitas americanas y amenizado por una música estridente que escupen unos altavoces amarillos encaramados en lo alto de un poste.
Las Obras del Futuro ya circulan por las calles de Nueva York.
Sueña poca cosa, es de buen conformar. 1954: “Hola, Hesse. Sube, puedo llevarte a cualquier parte del mundo.” Sonriente, abre la portezuela del chevrolet marrón invitándola a un viaje universal.
Aún no ha escrito nada pasable y ya bebe demasiado. Mal asunto: se le secará el hígado antes que la sesera.
Suerte de penitencia: agosto, calor asfixiante, en Market Street, tocando el río:
“¿Qué va a ser, hombretón?”, interpela la zurda del bloc de notas mirándose una uña de la mano izquierda, la que sostiene el bolígrafo.
“Una sopa fría de frutas.”
“¿Y qué escanciamos para beber?”
“Té helado.”
“¿Qué pasa con el postre?”
“También té helado.”
“¿Tomaremos café o bailaremos un vals?”
“Otro té helado.”
“Cuando salgas de aquí vas a parecer el Hombre Masa Verde, encanto.”
“Eso espero, madame.”
La duda es corrosiva, paralizante. Mejor no pensar si no quieres crear copiando sus fachas (¡hasta sus muecas!), la presunta realidad de sus cosas y edificios, y cielos y paisajes, traducirlos tan reconocibles que harían inútil e innecesaria la obra…: “Las cosas, los espacios, los lugares, el objeto (ya sagrado por su manipulación) del arte… ¿se parecen a mí? ¿O soy una farsante…?
ROTHKO: le gustaban los cuadros de la “época oscura”. Esa forma de hablar, la época oscura, ¿sabes? Respecto a Pollock: la época amarillaenexceso etcétera.
Qué manera de hablar. Idiolectos. Se reconocen entre ellos. Se saben de la tribu, los colores distintivos de sus plumas, su debida disposición: ¡ah, la jerga, la asilvestrada jerga del que sabe!
La disolución de las formas ha propiciado plurales vocabularios plásticos y sus anexos: todos jerigonza.
Cuadros. Edificio.
De la arquitectura no le gustaban las formas concebidas de sus contenedores: disfrutaba recorriendo la geometría de los suelos acotados, midiendo los espacios creados, ordenados, sugeridos. Pero afuera, todo eran contenedores, bellos o admirables rascacielos de mínimos y simples espacios interiores (que era lo que importaba).
Rastreaba aquella época de Nueva York donde imperaba el hierro colado, el ladrillo rojo, los muros exteriores también de ladrillo… (“Saber de dónde evoluciona uno, ciudad…”) La brisa de los dos ríos llegaba al mismo centro de Manhattan, y los cielos al alcance de la mano.
Haz las presentaciones:
Donald Judd,  Sol LeWit, Morris, Andre El Sumo Sacerdote.
¿Quiénes son éstos? Los nuevos pontífices de la palabra evangélica-artística: puro misticismo, psique, magia, sueños: la novicia debe entender, saber, callar.
¿Y él?
Señores: the goshtwriter, old chap.
Dijo de él: tiene un carácter iterativo.
¿Y eso…?
Probablemente se refería a la rutina de sus gestos, sus costumbres tan arraigadas, su mirada muerta de repetición, todo un hombre de serie.
El Visitante se reconoce de tal guisa. Sólo una leve addenda (et corrigenda): tiene problemas con la vista hasta un nivel peligroso. Dejemos en paz la mirada, ese roto en la oscuridad.
En todo caso, siendo consecuentes: la serialidad no es la mayor afrenta de la fabricación minimalista ni la menor de sus virtudes. El reproche está fuera de lugar y le amparan los circunspectos serialistas que hacen del vulgar objeto de consumo su morfema: Warhol, Jim Dine, Jasper Johns, Rauschenberg…
El form follows function de Sullivan no es aplicable a los asuntos artísticos y humanos, replica.
La otra le mira extrañada con la copia de una fotografía (o una litografía, o grabado o pirograbado o serigrafía…) en la mano.
Ray: “Los mejores tiempos no eran aquellos en que sentías la necesidad de ser protagonista, y tampoco fueron los más generosos y honorables, pero sí fueron los más cabales a pesar de todo. Vendías The Daily Worker por las esquinas de la ciudad zarandeado por temporales de nieve o bajo el temible sol del mediodía de agosto simplemente porque, por más que lo evitaras, también podías descubrir a tu alrededor la desdicha.”
La luz de los tubos fluorescentes impregna las figuras de los mirones que recorren divertidos el espacio de la Green Gallery: los atrapa en una escultura que no es una escultura.
Palabra a palabra, ella lee minuciosamente Specific Objects. Fortalece su ánimo, y le hará falta adiestrar su insolencia para más adelante, cuando llegue el gran momento de Eva Hesse.
Empecemos por el principio: no manchemos nuestras manos. Yo dejo mis diseños en manos de los Bernstein, confiesa D..
Pero ella se cree algo artesana: en cierto modo, ella sí es capaz de mancharse las manos, y se pasará horas y horas metiendo centenares de tubitos de plástico en parte de los 8.000 agujeros de Accession III
La prehistoria de Carl Andre: “Es un tipo pobre vestido de negro y con la barba y el pelo muy largos y desastrados. ¿Y qué nos ofrece? Unos trozos de papel cuadriculado donde aboceta sus imaginaciones. No tiene dinero para llevar a cabo esas obras de caros materiales, así que toda su biografía de artista la guarda en un bolsillo del pantalón junto con el llavero y la agenda de los teléfonos importantes.”
En el taller de J.: el teléfono negro de baquelita de aspecto sumamente comercial encima de un maravilloso buró de los años veinte repleto de notas y folios a medio escribir. Al otro lado, junto a la vieja banker de pantalla verde, la Corona Smith (modelo la más vetusta).
Entre muchos de estos argonautas que navegaron por las aguas de Corea destaca el hecho de empezar a hacer arte desde las tripas de un museo. Una innata sabiduría les hizo empezar desde lo alto.
La obra de arte, afirmaba sin ambages, puede ser las mismas palabras pronunciadas antes de su creación física.
Paragraphs on Conceptual Art: el aspecto de una obra de arte es lo de menos.
En Bond Street vio avanzar hacia ella un tipo de mediana estatura con un martillo en la mano. Vestía una camiseta de manga corta ceñida a los brazos musculosos y que marcaba asimismo unos  bíceps y pectorales no desdeñables. Ultimaba su aspecto unos vaqueros manchados de grasa y negros goterones y unas sucias botas de obrero. Era Robert Morris. “Ante todo”, aseguraba con la mano metida en la entrepierna, acomodando los testículos en los calzoncillos, “soy un intelectual.”
“Toda obra indica un camino. Sólo es un principio. Nada empieza y acaba en sí mismo”, dijo. Y eso, en verdad, era del todo alentador.
En 1961 había menos de cien galerías de arte en Nueva York. Tan sólo veinte de ellas exponían arte verdaderamente contemporáneo.
La cartelería estridente del pop art había encendido, por fin, los rincones más oscuros del callejón de los gatos y del arte.
La contradicción es la gasolina de la innovación o su hermana más precaria la novedad.
Una golosina: no importa que no sea arte, es.
Las imágenes y los iconos de una cultura de lo trivial parecían hermanarse con los materiales y los procesos en serie de las factorías de montaje y la producción prefabricada.
(Pero he ahí la niña traviesa: con los calcetines bien altos y la sonrisa inocente sale de la esquina en penumbras y de un suave manotazo desmorona las piezas del mecano: vuelve a entronizar al artista solitario, oculto e individualista, trágico y penoso como lo fueron el loco holandés y El Chico Malo de las Praderas.)
Mayo de 1970. El aura, ha vuelto.
Ella ha puesto sus manos ahí: ¡la hostia consagrada!
En 1966 el Jewish Museum, con buen ojo, organiza la exposición Primary Strctures, que supone el lanzamiento del llamado arte minimalismo. Una patente economía de medios y el uso de materiales industriales definía en un primer momento el análisis de su morfología chocante: la ordenación seriada y las llamativas estructuras de repetición avalaban su carácter prácticamente conceptual. Lo objetual incidía fríamente en el discurso de lo técnico y lo prefabricado. Los materiales electos implicaban a su vez una intencionalidad formal: plexiglás, acero inoxidable, planchas de hierro, superficies laminadas, aluminios, hierro galvanizado… ¿Y detrás de todo ello? Un misticismo nada religioso en el fondo y proclive a una esencialidad pagana de la artesanía y oficio artísticos.
Se trata de un acontecimiento que nada tiene de político. Se trata, señores accionistas, de dinero... Y todos ustedes saben perfectamente a que me estoy refiriendo.
Una inversión a medio-largo plazo. Una alza sostenida, sin que ningún mercado bajista haga zarandear su valor.
Y está, luego, la entropía de Hesse, el irresistible encanto de una juventud tronchada (los besos robados, las mañanas burladas, las desnudas noches vacías de recompensas) que recupera el misterio, la oscuridad.
Estados mínimos de orden y complejidad, tanto desde la forma como desde la misma percepción.
Y hoy, igual que ayer, haremos que los precios suban como la espuma. A fin de cuentas, no existen tantos valores convertibles, y el arte puede ser uno de los más señalados: los artistas mueren; algunos, hasta agonizan de muy mala manera (y ésta debería ser la cosa: literatura añadida).
¿Qué novelas lee?
¿Quién se acuerda de las novelas que ha leído…? Los autores, acaso.
(Ella) Menciona tímidamente a Simone de Beauvoir, aunque ningún título de sus novelas.  
Le gustan los saltos narrativos.
Nadie lo hubiera dicho.
¿Días felices, de Samuel Beckett? ¡Vamos, qué manera de fantasear a base de seres indefensos…! ¡No son de papel, estúpido!
En el 67, en Londres, compra montones de novelas en edición de bolsillo (de tercera mano): Penguin, Pelican. Vuelve a España con el saco. Se aburre. A principios de 1968 viaja a Nueva York. Tiene algún dinero de reserva y un encargo entre manos. Y la conexión Lisboa-New York (Jennie).
Ella ha llegado tarde del estudio. Se ha duchado, se ha puesto ropa cómoda, bebe despacio una Coca-Cola. Enciende la radio y selecciona un canal de música. Deja el volumen muy bajo, casi inaudible. Coge una carpeta repleta de fotografías familiares y se sienta en su mecedora española.
-¿Quieres que salgamos? -pregunta él.
-Es tarde.
-Comemos algo por ahí, y luego vamos al cine.
Alza la cabeza y le mira muy seria.
-No tengo ganas de ir a ninguna parte. ¿Por qué no te preparas cualquier cosa para cenar? Yo no tengo hambre.
-Hablemos de novelas entonces (pero no de esas donde se frunce mucho el entrecejo y los personajes inquieren, dibujan una sonrisa en los labios y miran a hurtadillas).
Frunce el entrecejo cavilosa, como si estuviera pensando las palabras precisas para responderle. Ha vuelto de nuevo los ojos a la carpeta. Su expresión ahora es de una perplejidad absoluta.
-¿De novelas? –inquiere suavemente-, prefiero escuchar música.
El Huésped, entonces, se calla y mira afuera a través del cristal mientras una sonrisa se dibuja en sus labios:
Las ventanas encendidas de la noche envueltas en un extraño silencio que ni siquiera lo perturba la lejana sirena de la ambulancia o el coche de la policía, los aullidos inacabables del estridente nocturno neoyorquino, ciudad sin sueño.
(Cien años más tarde, él coge el pesado volumen: 800 páginas hincando el diente en la vida del muy honorable vagabundo hermético y menesteroso mister Beckett.)
Abre por una página, dice, y le tiende Esperando a Godot.
Pero ella ya le mira con cierto hastío. Baja la cabeza y torna a contemplar las viejas fotografías:
Evchen sonriente, escondida en una gruesa prenda de abrigo exactamente igual que la de su hermana mayor, media cabeza más alta, y el gorro de lana coronado por un pompón que cubre la cabeza, las manos enguantadas, la nieve alrededor, tan cerca la casa confortable y cálida, los aromas que allí dentro emanarán endulzando las paredes, el techo: chocolate caliente, tarta de manzana, compotas, mermeladas, vainillas…
Transcurre tranquilamente la velada, con el asesino dentro.
De cuando en cuando, él la mira hurtadillas.
Nadie sabe realmente de qué materia está hecho el tiempo…
El mira en derredor del interior del melocotón de luz donde ambos se hallan metidos ahora…
“Esto es el tiempo.”
No puede haber nada después de esto: veo caparazones, corfas. Disfraces carnales, sanguíneos, huesudos pudriéndose segundo a segundo, enfermando, muriendo, desapareciendo de la tierra, planeta pequeño de un sol mediano de un sistema mediocre en un universo aún naciente (¿se expande o no se expande?).
A ver si nos entendemos o no nos entendemos.
De nuevo un español desarraigado, españoles serios que jamás ocultan las cicatrices, paseando entristecidos con las manos cogidas detrás de la espalda por los muelles de South Street, antiguos conquistadores de tierras, indios y buenos acólitos del dios (el de ellos).
SIEMPRE SACA DOS COPIAS AL CARBÓN DE LOS TEXTOS, PUES NUNCA LE DEVUELVEN LOS ORIGINALES MECANOGRAFIADOS.
Se ha perdido otra vez en alguna de la 400 estaciones del metro de la ciudad.
Finalmente, Jennie acude en su auxilio a un millón de millas del apartamento.
¿Qué buscas en realidad tan lejos de todo?
En fin…
Él vuelve a las medias verdades, trata de confundir a la mujer de los tres ojos.
En la 46, entre Madison y la Quinta.
Gotham Book Mart.
Una de 1927 que vale su peso en oro.
Ya en el agujero: pasa las páginas amarillas con olor a polvo. Se olvida de cenar, no olvida (nunca) quien es.
Ese veneno.
Se encuentra en una zona de la ciudad que “ni siquiera era de las que salen en las películas ni en las series de televisión” (?).
La tristeza de los parques, ya en los días grises, las tardes silenciosas y ociosas. Hay una náusea (tal vez no lo sea), una sensación imprecisa de ahogo y miedo al vacío, como si una película traslúcida te envolviera a ti y tu ínfimo territorio, aislado de tus semejantes (que no lo son tanto), de sus costumbres y rarezas (puesto que no te dirigen una palabra, puesto que al cruzarte con ellos sus miradas traspasan como si nada tu presencia anodina y desdeñable por anónima, inapreciable, puesto que no sabes adónde van, ni de dónde vienen, ni por qué están hechos de la forma que lo están…, puesto que todo es inútil).
Llegas al parque como al hogar (y quizá lo sea para el andariego solitario).
Llega al único sitio que de verdad lo oculta sin cansarlo a él.
Pero el refugio del parque, cansado y con el alma desalentada, es simplemente la derrota, y su calculado paisaje y sus gracias, sus grandes o pequeños árboles, el seto y el caminillo admonitorios, el diseño efectivo de sus lagunas de aguas quietas y los brillantes o apagados verdes del césped y la hojarasca indescifrable abocan al encierro del pensamiento inane donde la idea o las ocurrencias se aquilatan densas e impenetrables, impracticables, de una devastadora esterilidad.
Y, sin embargo, el aire fresco y embriagador, el olor de la tierra, y la corteza del árbol…
Octubre.
De pronto, la hoja cobre.
El aire azul fragua en el  estanque.
He aquí (después de todo) coronaciones, otoño de vuelta.
Enferma, aún sin temor, sin imaginar (toda previsión en el arte arredra) la fatalidad a la vuelta de la esquina, acude debilitada al acto inaugural de la exposición en el Finch College, en diciembre de 1969. Lee una declaración. La teoría de la perfecta nada hecha objeto, el gesto hecho concreción, una cristalización finalmente.
Antes, 1968:
Le había invitado a tomar asiento. Había previsto tomar notas, pues siente un extremado cansancio al utilizar la pesada grabadora de cinta, activar su susurrante mecanismo, un trasto de los primeros años sesenta que adquirió de saldo en una tienda de cachivaches y electrodomésticos usados en la calle Catorce. El simple hecho de enganchar las cintas magnéticas ya resultaba técnicamente demasiado para él.

martes, 7 de marzo de 2017

26

Lo que le ocurre es que es incapaz de escribir una línea que continúe el sentido de la anterior. El solo ruido de las teclas al golpear el inocente papel sobre el rodillo le saca de quicio, lo llena de vergüenza y le conduce a la desesperación total (¡Mira que si te oyen los vecinos fingiendo!). Paralizado, respira a medio gas (intoxicado). Aburrido, es capaz de dormirse en la silla frente a la máquina con la cabeza inclinada contra el teclado y los brazos a los costados. Otras veces, cuando no cierra la puerta tras de sí de un portazo y escapa hasta la estación más próxima del metro que le lleve lejos de allí, pasea desganado y sin afeitar fumando sin parar, encendiendo un Pall Mall con la colilla del otro, la mirada drogada a través de la ventana: “Un habitante de la luna le dijo a otro…”.
Un día se sorprendió leyendo revistas del tipo Hustler sentado en el retrete. Y también descubrió que las sábanas de la cama llevaban un par de semanas sin visitar la lavandería.
La Caída del Caballo Camino de Damasco.
Y hasta vio un piojo.
That’s all, folks.
Se dio una ducha de agua fría (febrero), se afeitó y hasta se frotó las mejillas perfectamente rasuradas con el after-save de fragancia limonada que le había birlado a uno de sus anfitriones de antaño.
Al día siguiente empezó a escribir de nuevo. No fue gran cosa lo que salía de la máquina, pero... Esto, o te mueres.
Afuera nevaba.
El primer golpe a la tecla “e” (la más castigada) derribó el mundo.
A rodar.
A recomponerlo.
2 de mayo: santa Wiborada, virgen y mártir… ¡Oh, tú, mi dueña, líbrame de los inútiles, ábreme el camino y dame paso a los sapientísimos!
Lunes, 3 de junio, al atardecer: disparos contra Warhol. (1968). (Por ejemplo).
¿Aún estamos con eso?
Cronología 1969:
Nixon presidente.
6 de abril: marcha pacifista.
Julio: la luna.
Agosto: asesinato de Sharon Tate en Bel Air, Los Ángeles.
“¡Tenemos a Vietnam a las puertas de la patria!”, vocifera el congresista republicano (los ojos inyectados en sangre, echando espumarajos de rabia por la boca, con los puños prietos, las venas del cuello a punto de reventar… Todo un maldito predicador del demonio).
Panteras negras en Chicago. (La pantera, dijo asintiendo con la cabeza y la voz muy seria, es un animal que sólo ataca para defenderse).
El campus de la universidad de Los Ángeles cercado por la policía (requisa flores, levanta faldas, golpea con furia a los cráneos peludos, dispara y mata a algún forajido: estamos en el Oeste, forastero: todos lo habéis visto: iba a dispararme primero.).
Incendios urbanos en Detroit, en Atlanta.
¿Qué está pasando?
¿Dónde?
En Estados Unidos.
En Estados Unidos pasa lo que en todo el mundo: nacen, viven, se reproducen y mueren (de un disparo o de un alto índice de colesterol o de una locura celular).
1965: USA, abrigada entre dos océanos, es parte del mundo más allá de sus tranquilas playas donde no le alcanza el crimen: en otros países, pequeños y pobres, cientos de niños son muertos a diario por las bombas anónimas, se perpetran aviesamente decenas asesinatos de personas comprometidas en lo político y lo social, son varias las democracias sudamericanas instauradas legalmente saboteadas por las multinacionales yanquis de la época que imponen salarios, gustos y servicios, dictaduras protegidas por el stablishment: los marines de Wall Street disparando a ciegas en las calles, entre los coches…
A despecho de sus mixturas, USA es muchos significados (y significantes, unasbarrasyestrellas inconmensurable).
Cronología Arte 1970: ¿y para qué?
Acudo con ella a JL.
Puedo acompañarla a cualquier sitio. Siempre que quiera: soy El Invisible.
Finales de julio de 1969.
En todo momento la tengo a mi disposición.
Cena con la artista en R. (vino blanco y pescado, pero un pescado…). Hablamos de...
Paseo por Central Park por la tarde, bajo los árboles. En seguida el crepúsculo. Languidece el día.
Finales de Julio de 1969.
Hesse marchará a Woodstock, a unos 170 kilómetros de Manhattan.
La acompaño a casa la noche previa. Es como andar entre tinieblas, enhebrados en una textura como la que informa los sueños, o los tiempos pasados recordados, imaginados, creídos.
Hesse, ya en la cabaña de madera, lee a Keats, a Dickinson. Cartas desde otro país.
Maravilloso el peinado pixie.
“Pero es que…”
Le tapo la boca con la mano, no quiero que siga hablando, no quiero saber…, bastan los labios tibios y carnosos, los apetitosos labios cerrados.
Suelo despertar en la mitad de la noche: y todo sigue vivo en la ciudad que nunca duerme, siempre hay una luz en algún rincón de la oscuridad. Y pienso. ¿Lo que soy? No… ¡Lo que son los demás en esas jaulas oblongas al cielo, negras, macilentas al amanecer, encendidas, silenciosas…! Respiran el mismo aire, caen bajo el  mismo inquietante interrogante: no pueden ser tan distintos, sufren la misma carne y sus… ¡derivados!
Comprado un Collier’s del 40 en The Green Train: un viejo relato de C. Alguien lo ha calificado de “pestiño”. ¿El mismo Ray?
1970.
25 de febrero: suicidio de Rothko en su estudio, ¿cómo era su estudio? La nota la ha descubierto en una carpeta negra cerrada con gomas elásticas. La abre: cae lentamente al suelo el pedazo de papel manuscrito. Lo lee. Su estudio era grande, blanco, frío. Un aire glacial recorre de parte a parte un espacio lejos de lo emocionante, desangelado como el amanecer hiriente y temible. Sin embargo, las manchas de pintura, los goterones, los botes de acrílico abiertos, los pinceles sobre la madera pintarrajeada de la mesa…: lo peor, la cuchillas más afiladas de la duda y el descreimiento.
Lo trágico: Esquilo.
Curiosamente silencia a Eurípides, tan próximo a la tierra y los problemas de los hombres, tan poco “aristocrático” comparado con los otros dos hacedores de tragedias. Lejos del cielo, el hombre y la mujer de Eurípides despide el aliento fétido del drama humano: eres un trasto del destino, de acá para allá ha de llevarte y tu final será inesperado. Sin dioses, eres diana de la contingencia y el absurdo.
Si no acabas gaseada en un campo de concentración el destino te finiquita con un tumor en la cabeza a la edad del Cristo (mes arriba, mes abajo), se dijo, mirando a hurtadillas a E., a su lado,  chiquita seria: estudia el cuadro del ruso, negro sobre gris. Qué mirada. Hale, a desentrañar lo incomprensible.
Amaba a Esquilo. Una religión.
¿Se creerá Orestes?
Lee a Esquilo. Escucha a Mozart con arrobo. Escudriña los textos más esquivos de Nietzsche.
¿Por qué Orestes?
Estudiaba a Esquilo.
Estira la cabeza:
se eleva sobre los coturnos. Al otro lado del muro nunca hay nada, nadie.
Mozart: la sonata 25, el Réquiem y sus muletas litúrgicas, el concierto para flauta K-626 de la gran tristeza.
Pero Esquilo, su misticismo tan presente, la religiosidad de sus artimañas, atrae al artista miope. Quiere algo de más allá, unas gotitas de esencia, un condimento para el alma. ¿Esquilo? ¡No les debes nada a los dioses! No concilies tu espíritu con las tinieblas de un cosmos vacío de sentimientos.
Esquilo, el oscuro, la magnitud de lo invisible y el hijo del boticario eslavo plasma secretamente en las superposiciones de los cuadros todas las religiones, pues una es en el fondo de ese cromatismo trabajoso. Sólo la luz tenue es capaz de invocar el acento de unos cánticos que a través del tiempo nos llegan de la antigüedad piadosa temerosa sólo de los dioses pero de ninguna iglesia y sus rituales de singular invención.
El hombre callado se comunica mediante el lenguaje más silencioso. Las tonalidades vertebran un discurso tan etéreo a despecho del resplandor cromático que convierte sus cuadros en versículos de un rezo ajeno y extraño que, en realidad, deberían bastarle a él sólo. Una muda sonata que a duras penas se alza de la vibración de los pigmentos mezclados. Hay una levedad en esas pinturas, una transparencia tal, que deja adivinar una primigenia capa de color secreto que llega a desdecir la imprimación final. Lo que de veras se ve parece venir de adentro del cuadro, de muy adentro.
Ditirambo, composición visual u oratorio del hombre abocado al sentido apolíneo de la existencia, pero que en sus manos se alza lo místico, tan sólo una búsqueda infructuosa de la catarsis reveladora y, así, allega a una criptografía personal resultante de un cara a cara con los misterios del ser, con el terror de la nada.
Pudo aferrarse a lo trascendente, como el náufrago a un madero chapoteando en el agua…
Pintar, otra religión mentirosa.
La cuarta de Brahms; la séptima de Brückner, la décima de Mahler… Mozart, de nuevo, el concierto para flauta, la sonata 21 (y no hay otra)…
Prefirió, otro más, el abismo de la locura o la muerte.
Se enardecía, el pobre, con oberturas de Gluck, de Purcell…
Paseo crepuscular por descampados y edificios ruinosos. Flojera espiritual: tres siluetas abultadas por ropas pestilentes y harapientas en torno a un bidón metálico arrojan montones de biblias de la Gideon Society a su interior que avivan sin cesar las lenguas de fuego que les calienta.
Exposición de Carl Andre en el Guggenheim. Es el hombre al que más admira.
Entendámonos, es un poeta, declara.
Una autoridad en la vida y en el arte. Una eminencia de los profundo ininteligible: deja las cosas como están de tu mirada a tu espíritu. Eso facilita el trabajo del artista: escribe en mayúsculas incluso las cartas más íntimas.
Vamos a aclarar las cosas.
Hablemos de Ana Mendieta (otra que voló), la mártir de Andre. (Bueno, más adelante, mucho más adelante de EH, por entonces en alguno de sus universos de por ahí, en El Gran Cosmos.)
Andre simplifica las torturas, el futuro, lo enredos de una metafísica doméstica y prescindible: basta la mostración, y lo que detrás actúa pero no se ve.
Tú nunca sabrás lo que hay detrás de C.A.
1970: nada del mundo de afuera tiene importancia. Todo se ha inmovilizado, detenido el tiempo. Una luz de un amarillo débil, agrisado se cierne sobre las cosas y los seres, sobre el inmenso e increíble silencio de un ciudad estrepitosa y en constante movimiento las veinticuatro horas del día.
Una deriva sentimental hacia la apatía la llevaba a confundir cualquier tipo de amistad con un potencial peligro de naturaleza sexual. (Anot. 9/1969.)
La luna: la película, el episodio de Pasolini: La tierra vista desde la luna. ¿AÑO? Cualquiera sabe: en los sesenta, seguro. Le pregunta de nuevo. No sé, me daban pena sus personajes, de miradas tiernas, tan dignos como grotescos, como pobres son sus ropas estrafalarias, de chamarilería, tan inofensivos,  miraban otra Tierra
Viaje a un pueblo rural, a dos horas de Nueva York en dirección norte. Hotel. Bar. Restaurante. Noche. Diálogo.
¿Qué es el arte? ¿Qué nos impulsa…?
Le ha presentado a un artista canadiense que vive en México. Ahora expone en X. De Nueva York.
¿Y tú?
Apostado en una esquina (W 8 Th St. con la Sexta). Tendida la mano, los ojos bajos. Amontono dinero limosnero para el viaje a la Universidad de Texas y escudriñar los Grandes Manuscritos: “Brother, can spare a dime?”
[¿Dime novel?]
Mueres, y mueres para siempre. El mundo de los vivos se desploma en el mismo aire como una pompa de jabón.
Aire.
¿Cómo te sientes?
Como ese pobre tipo de Chandler al doblar la última esquina: “No oía mis propios pasos: era un hombre muerto.”
Pero el cielo en Nueva York, parece sorprendentemente bajo.
Se ha cambiado de domicilio. Ahora, en la calle Perry, tocando la Séptima Avenida. Hasta la máquina de escribir suena mejor. Todo parece muy fácil. Deja la ventana abierta. Bien entrada la primavera, el piar de los pájaros escondidos en las copas de los árboles llega a sus oídos como un canto evocador. Me gusta este lugar, se dice mirando a la calle, antes del anochecer. Si pudiera lograr dos centavos por palabra, se lamenta. Envía la nueva dirección a Jennie Queiroz, que fotografía la costa de Maine para una revista de São Paulo.
Lee algo sobre los “Bowery Boys”: Sol LeWitt, Mel Bochner, Lucy Lippard.
Así que, cowboys.
Después de pagar con mano temblorosa 10 centavos a un moderadamente sorprendido Raymond Th. Yeats que sondea su rostro sofocado, huye a toda velocidad agarrando firmemente el tesoro rapiñado del fondo submarino que sedimenta el contenedor de revistas usadas: un Harper’s de finales de 1949 con un cuento del todavía principiante John Cheever ilustrado por un tal Andy Warhol.
Cuarenta años más tarde. Ahora, Hesse, sería irreconocible: le busca en Internet. Aparece. Fotografías. Un millón de glosas. Un millón de ocurrencias. Un millón de comentarios. Sucintas biografías y análisis de su obra que bordea lo ininteligible. Creabas. Eso parecía ser todo. Cliquea (sic): resucita, se ríe, mira a la cámara, ajusta unas piezas en el suelo, tiende unos cables del techo, y en el estudio cochambroso se alza su figura desaliñada hacia la fama impensable. Antes: en la gloria paseando con el héroe del brazo, en la patria de origen. ¿Chat? ¿Foro? Te diré: otro universo. Pero algo tendrá que ver con el tuyo de ahora. “Qué quieres que te diga”, exclama, y se detiene a reflexionar un instante: “Todo es igual… pero distinto, como muy pálido, en sombras. Más Platón… Una web…
“¿Una qué?”
“No sé… Me ha venido a la cabeza, así, de repente.”
Pues a veces se resquebraja el muro del futuro, agrieta una piedra, procura rendijas, y deja ver fragmentos de lo porvenir, alguna mínima construcción (o su ruina) de lo que aguarda más allá de la noche del tiempo, la arenilla que, cual poso, dejan los sucesos, el hecho ineluctable.
Salen de la 75 camino del Whitney, en Madison. De nuevo insiste en visionar algunos de sus secretos. La mole de granito y hormigón de Breuer, escalonada y de ventanas inconcebibles crea una panorámica en esta parte de Madison Avenue que desdice las fachadas aburridas, monótonas y opulentas que le secundan calle arriba y calle abajo.
Cruzan el vestíbulo. (En ese momento se da perfecta cuenta de que es un acompañante falso. “Desaparece”, ordena. Ya es invisible. Sólo Hesse.)
La artista suspicaz se detiene ante Los esponsales. De Gorky.
¿Qué sabes de Gorky?
“Gorky… soy yo.”
Deglutía los patterns freudianos, lo esquizoide asomaba por el rabillo de sus ojos, el cielo áspero y la tierra quebrada del armenio, y, sin embargo, resolvía silencioso una obra luminosa en crueles o plácidos amarillos Vermeer, alejado ya del pastiche de aficionado receloso.
Un tipo torvo, bien preparado para el golpe, como todos aquellos que saben que la muerte no jugará con ellos al maldito escondite, que saben desde antiguo que más tarde o más temprano ellos mismos acabarán con su vida. La prueba final de un desafío a una vida siempre a rebosar de quebraduras y absurdas mortificaciones.
¿Cuándo se mata?
Poco después de saberse un trasto irrecuperable (cáncer, accidente de automóvil, el cuello roto).
¿Qué queda por delante? ¿El espectáculo de la piedad?
¿No es eso jugar con ventaja? Lanza al mundo sólo jirones, unos retales de la existencia maltrecha y pendular entre la sobriedad y la fanfarronada.
Pero ese exterior plácido, bonancible, la mirada del niño sin tierra que contempla la línea del horizonte… Inventa los cromáticos subterfugios.
Esa amalgama antropomórfica que subyace tras las líneas del dibujo uniforma un discurso plástico cercano al drama existencial, tan alejado de la tragedia del Guernica. “Han sido mis acuarelas”, dice Hesse condescendiente. Pero también con un poco de excentricidad: prefiguran a Basquiat, a tantos otros. Todo lo suyo  ha sido transversal, señora.
Ha visto a Hesse: pues, obediente, él había desaparecido y la había dejado sola: cruza a buen ritmo una de las salas, pasa de largo, como el que no quiera la cosa. La sigue a distancia. Va apresurada. Frente “a las estatuas”, acaso con miedo: huye de las pavorosas carnosidades de bronce de Lachaise, de Lipchitz y Archipenko, de la “madre y el hijo” de Zorach que han de constituir tu pesadilla de esta noche, una parada de monstruos que poblaran tus sueños de seres deformes e irreales, una carnaza para el deseo extravagante y medieval de los goliardos.
Hesse: la representación mata, el bulto aterrador de la masa destruye la veracidad del discurso de la forma. La sugerencia por muy brutal,  hermética y extraña materialmente que fuere ha de salvar tus ilusiones.
Aunque acaso otros sean los monstruos, como bien supo retratar ya antes la chica seria de los Nemerov con la Leica colgada del alma, una Arbus todavía inocente que fotografiara a niñas como Penelope Tree, de su propia vida y la de los otros trastos andantes, sonrientes, indefensos…
Rebelde, ya.
Por entonces leía montones de textos clarificadores.
Buscaba una Teoría del Feísmo.
Todo lo que el mundo ha construido, fabricado  o creado hasta ahora se está deteriorando, se rompe, parece cada vez más viejo, y a pesar de los miles de millones de toneladas de materia desechable del pasado, los cientos de objetos nuevos de química taumatúrgica que surgen por doquier, la sensación de vacío y putrefacción es mayor cada vez, hasta se diría que al paso del tiempo el olor del mundo es más fétido en su crecimiento y en el desorden de su enumeración. La metástasis de la abundancia y lo inútil se propagan en dirección al horror, una excentricidad de lo vivo que sólo ha de acabar en el abismo de su finitud absoluta.
1958:
“Necesito un coche”, se dice.
¿Eres americano y no tienes coche?
Uno de sus compañeros de la Escuela le propone una compra a medias.


jueves, 25 de agosto de 2016

25

Esos buzos siniestros hollan lo virgen.
Dan escalofrío.  
Mírala bien, examina su deliberada incongruencia sometida en el desorden: inspira el Zeitgeist de la manada. Se mueven a golpes de ladrido entre el bosque helado y el cristal de la nieve sobre la tierra.
Una mano anónima y grande de mujer del grupo intelectual de Hesse me tiene agarrado por el maldito brazo. Medio borracho me dejo llevar por ella. Acabamos en un teatro de cinco dólares la entrada, uno de los treinta y siete que se diseminan por las calles adyacentes de Broadway que, dicho sea de paso, por estas fechas no tiene a lo largo de sus decenas de kilómetros de avenida ni un solo teatro en sus putas aceras. Tardé tres minutos en derrumbarme en la butaca completamente dormido. A media mañana, todavía en la cama, la mujer anónima (que ya ha soltado mi brazo) me informa de la representación: Futz! Un tipo, un tal O’Hagan, es el autor de la obra: un granjero se ha enamorado locamente de uno de sus cerdos. No sabe explicarme nada más.
Noviembre de 1969: Nobel a Beckett
“¿Por qué te interesa Beckett?”
“Uno habla y habla… y no deja de hacerlo. Nadie le escucha. O le escuchan y no le entienden. Pero sigue haciéndolo. Sigue hablando. Necesita hacerlo, ¿comprendes? Es la única forma que tiene de saberse vivo. Y ese absurdo, esa campana de irrealidad en la que todos estamos inmersos, cada uno encerrado en la suya, es lo que me atrae de su literatura. La vida es absurda también desde un plano de vista racional, solamente algo natural y cerril, aunque pretendamos creer lo contrario.”
“Existe la comunicación…”, se defiende.
“Básicamente, se asienta sobre mentiras o autoengaños. Nadie puede comunicarse realmente con los demás… Tal vez la única forma sería desde una constante invención del lenguaje, sólo desde la sorpresa continua, un estallido fónico recién inventado, un idiolecto intrigante siempre inesperado, siempre llamando la atención.”
-¿No estamos atados?
-No entiendo nada.
-Pregunto si estamos atados.
-¿Atados?
-Atados.
-¿Cómo atados?
-De pies y manos.
-Pero, ¿a quién? ¿Por quién?
-A ese tipo.
-¿A ese tipo?
-¿A Godot? ¿Atados a Godot? ¡Qué idea! ¡Nunca en la vida! Todavía… no.
Queda el estilo. ¿De quién?
“El estilo es el proceso.”
“El estilo es el montaje.”
La invita al cine.
La semilla del diablo.
El director convierte en uno de sus protagonistas al vetusto edificio Dakota, frente a Central Park. Poco más de diez años después, a las puertas de ese viejo caserón neoyorquino, moría asesinado… (etcétera). A ella le ha gustado la crítica del New Yorker firmada por la Kael, así que está dispuesta a verla, aunque no siente especial predilección por el cine comercial. Viene acompañada de un tipo al que no le presenta (¿?). Una vez sentados, descubre que  no queda una sola butaca libre a su alrededor. Se apagan las luces, el telón rojo se parte en dos,  comienza a deslizarse despacio a los extremos.
Qué extraño acento el de Cassavetes, un nasal machacado con trozos de ladrillo y polvo de arenisca. Hasta en la mirada es un auténtico neoyorquino, los gestos de Manhattan a toda hora. Un estereotipo.
Al salir de la sala, el hombre se marcha sin despedirse. El Testigo no hace preguntas, y ella ha aceptado su invitación de tomar una copa en Minnie’s, cerca de la 72 con Broadway.  
A la artista le gusta la película, aunque prefiere otro tipo de filmes pertenecientes al exiguo y elitista cine independiente americano. Él inquiere noticias de ellos, con cierta timidez. Esta chica de vanguardia en minifalda le propina (todavía él con el pelo de la dehesa) un varapalo que no olvidará. Las películas de Warhol en toda la frente, para empezar, y las de Frank Perry, Fred Wiseman y Shirley Clarke como sucesivas pedradas a su ignorancia. Le habla de un Cassavetes director de los propios filmes que escribe e interpreta. Le habla de Shadows, la primera versión en 16 mm, que, a su juicio “supera con creces una posterior reedición en 35 mm”. Hace escasas semanas ha visionado Faces en unos de los antros del Village, “una locura de 16 horas finalmente reducida a poco más de 2 en tan sólo cuatro interminables escenas”…
La escucha embelesado. Sorbe un poco de whisky. Sonríe complaciente. Pero muy pronto comienza a sentirse mal. Un repentino escalofrío le envara la espalda. Quizás se haya dejado influir por el terror sutil de las imágenes de Polanski, el negro pavoroso de la cuna envuelta en telas también negras, su invisible habitante, su monstruo naciente y todavía inocente ahí adentro, respirando, con el negro corazón latiendo, o que presienta algo desconocido y terrible, pero en seguida le invade un temor que no logra dominar, como si algo fatal e inevitable les acechara de cerca. Es una sensación de inseguridad, de indefensión absoluta, de que el mal, lo absurdo y perverso de la existencia, empezara a tomar cuerpo, a cristalizar en algún sitio todavía ignoto y lejano y se aprestase a viajar hasta allí mismo sin importarle el tiempo que tardara en hacerlo, hasta esa mesa redonda y pulida, hasta ellos cándidos y desarmados, y se abatiese sobre sus cabezas a pesar de lo recogido, confortable y seguro del recoleto local donde se encuentran. Reprime un escalofrío repentino. Apura la copa y llama la atención de la camarera solicitando otra ronda. También ella repite la bebida.
Esa noche, la fiebre no le abandona. Al final, baja ella, Jennie (¡?!), al drugstore de dos calles más allá del apartamento y compra analgésicos y un antipirético que él toma con aprensión. Cuando al amanecer puede dormirse, ya no despierta hasta media tarde. Y no tiene ni una décima de fiebre.
“Dios, te has pasado el día delirando”.
“¿Y qué decía?”
“Mascullabas, más bien. Algo referente a viejas locomotoras de vapor, vagones cargados de animales, leones en la noche, y sus ojos brillantes por el pálido fuego de la luna…”
Raras poesías inconscientes, surreales.
Acólito fiel, muerta ella, a una semana de regresar a España, fue a uno de los mugrientos cines del Lower East Side donde tenían en cartel Husbands.
Tal vez, debido a que la película se articulaba por entero de diálogos, había sido como hablar con ella.
“Oye, Hesse…”, delira muy sano.
Una voz le responde.
Y de camino a casa intentó contársela. Hesse ya se había instalado en U2, uno de sus universos de reserva (pues en U1 ya estaba muerta y no había nada que hacer), y podía oírle con absoluta normalidad, pero fue inútil. Le prestaba atención pero… prueba a contar un color, una música, un poema. Pero no los describas ni los desestructures. Hay cosas que (sin peros), sencillamente, es imposible contar, no son de esa clase de fábulas, como las mejores novelas modernas o… antiguas, que en realidad son fábricas de palabrería muy especial (intenta contar Ulysses –un tipo, convencido de que su mujer se la pega, pasea y divaga durante todo un día por las calles de Dublín- o Don Quijote –de tanto leer relatos romanceros un hijodalgo del siglo XVII pierde la chaveta, se disfraza de caballero medieval, se camela a un rústico de escudero y perpetra disparates sin fin hasta que recobra la razón y se muere- o Hamlet –el hijo de una madre adúltera que ha matado a su padre maquina un plan para acabar con ella y su amante).
En Nueva York puedes tener todas las vidas que quieras si tienes dinero para comprarlas.
(The Destruction of Gotham).
De nuevo Sol LeWitt, y de nuevo en Paula Cooper, en Prince Street: dibuja en la pared.
¿Por dónde queda ella?
Lejos de los tipos de la AWC y de los guerrilleros de la GAAG: su mente no admite contaminaciones políticas: cada final de mes tiene que pagar el alquiler de Bowery Street.
La descubre de lejos, saliendo del estudio. Va escoltada por el tipo que hace semanas les acompañó al cine sin despegar los labios y, al salir de la sala, desapareció de improviso sin decir palabra. Los distingue mal en la distancia, pero comprueba que sostienen una conversación animada. El tipo gesticula de cuando en cuando, a la manera del teórico.
El pensante.
El cineasta.
Utiliza elementos preexistentes. Un “assemblage”. Relaciona escenas diversas ya filmadas, planos sacados de aquí y acullá.
Explicaba el asunto.
Acción:
“Catherine sonreía, pero su aspecto era el de los días en que preparaba alguna jugarreta.”
Un amor fou cuya frivolidad parecía anticipar la locura… aunque no la muerte de los amantes.
Sin embargo, hablemos en serio…
No dejo de hacerlo en ningún momento. Truffaut lo es.
 [¡Qué diabólica analogía del destino, Hesse!]
… ¿Qué puedes decirme de Godard?
¿Otra vez?
Uno siempre vuelve a los viejos lugares.
En Vivre sa vie: el aire desolado, el clima de almacén y la luz encapotada de las imágenes, la amenaza y la ruina, confluyen ya al final, a la entrada del averno: Infierno&Hijos.
Antes de los disparos de los macrós:
Siempre mancillada, prostituida y muerta, el desdén de su hermosa boca y sus inmensos ojos proclaman la tortura sufrida en el vertiginoso sinsentido por haber comprado una nueva sintaxis vital, una vida encerrada al final en un marco oval magníficamente dorado al estilo morisco, abducida de lo real: la existencia la vacía.
¿Hacía falta obrar?
La teoría es el lenguaje del cerebro, su más digno contrincante: aspira al silencio.
¿Qué ganas con traducirla a otro lenguaje?
El desconcierto.
Nana que bosteza su lujuria abogando por el silencio con el filósofo Parain (¿qué sabes tú de Los tres mosqueteros?), pensador de cafés y mañanas parisinas entre los ruidos cotidianos (que a muchos escribidores de bar les sirve como estímulo, indiferentes al pequeño caos de las voces y el movimiento incesante).
Sólo el vivir, sentirse ligada a las múltiples y demadejadas imágenes del día, ya le proporciona a la chica valiente la condición de rata orgásmica: incansable, todo lo disfruta, lo desea con fuerza, es inagotable. No nace de dentro de ella el envilecimiento, tan común en los seres que a uno terminan rodeándole, porque, efectivamente, los culpables son los otros. Ansía de la vida no lo maravilloso y excepcional: le basta el solo milagro y la peripecia discreta del encantamiento de saberse viva en los sucesos diarios, naturales.
Y todo empieza por pagar el alquiler: 2.000 francos.
La luz de agua en la mañana gris y gélida, pero tuya, sin dependencias ni raras devociones de pequeñoburguesa.
Y, ahora, ¿qué hacer?
Pueden los hacedores, los contadores de historias, simplemente matarte. Aunque el cuento no vaya contigo.
Te siguen como un travelling a fin de que no salgas del corsé de lo moral ejemplarizante. Si pecadora, insolente y libérrima: muerta... con el crucifijo del aseado formalismo sobre el pecho. Clavado en el pecho.
Escribe con faltas de ortografía, y su expresión adolece una urgencia y descuido equiparables a su letra casi incomprensible.
No necesita el racord, ni la goma de borrar. Y esta chica no repite nunca una disposición objetual: basta el concepto.
Dijo él: “También escribir es una plástica.”
Pero ella, Hesse, Catherine, no le entendió.
¿Una ordenación estética, palpable?
Era como si él lo explicara todo fuera de cuadro, una voz en off  que se manifestara en una lengua desconocida.
Pero, ¿existen la reglas de un juego aún por inventar?
Hesse siempre sería inmune (y ella lo sabía) al análisis con muletas, al recorrido con andadores sobre los escombros y polímeros de su alma creadora y sacrílega.
Hela aquí, su retrato en negro y oval.
Me invitan a acompañarles.
Adelante, respira…
(La química del arte.)
Entramos en el Allied Chemical Tower: otro happening.
Dos figuras oscuras danzan en torno el fuego. Pero ese sofisticado primitivismo lejos quedaba de una asunción a los mundos remotos del alma cuando era sólo una multitud.
1969: se acaba.
“La Era de Acuario está a punto de comenzar”, dijo ella, y los ojos le resplandecían, todavía con esperanza.
Quién iba a saber…, se decía él con los ojos apagados.
Podrías cambiar los irlandeses de Queens por los judíos de Brooklyn, se dice.
A los tres días amanece en una pensión bastante limpia en las inmediaciones de la avenida Manhattan, una calle tranquila de edificios bajos de colores grises y ocres. Se cansa pronto. No parece que esté en Nueva York, y él necesita sentir precisamente que está allí.
Al mes exacto cruza de nuevo el puente y duerme en el estudio que tiene en Greenwich un artista español especializado en tallar con absoluto esmero pequeñas esculturas pornográficas de marfil y ébano. El resto de día, del alba hasta la noche, que es todo, anda de un lado para otro aturdido por el cansancio
A los dos meses se hospeda en el apartamento de otro amigo español, en Beekman Place, un periodista que plagia las crónicas y los reportajes que escriben sus colegas extranjeros y los envía sin inmutarse lo más mínimo a la publicación que se los paga. Los niños del apartamento contiguo no le dejan concentrarse. Se irrita con frecuencia. Una mujer de unos cuarenta años, neurótica y de gesto amenazador, que babea y viste como una pin-up de los años cincuenta, escupe a su paso siempre que se cruzan en la escalera. Al cabo de unas semanas huye del lugar: “En vez de entretenerme en lo pintoresco, me aniquilo en lo infernal.”
Vuelve a Queens. Pero allí sólo duerme o simula que trabaja aporreando unas pobres teclas blancas. Pasa el día en Manhattan, visitando librerías de segunda mano y leyendo los periódicos de la mañana en cafeterías desiertas y bien iluminadas por la luz exterior limpia y matinal.
¿Lee? ¿Cafetería? ¿Periódico?
No sabe qué le pasa. Ni lo que sucede en el mundo. Y eso que está al tanto.