martes, 14 de junio de 2016

24




Incendiemos la ciudad, dice el hombre alto e invisible de la droga (W.B.), y no se mueve un centímetro: a la espera del botín, aguardando la presa, reptil frío, sin duda cruel, mientras disfruta de los placeres químicos que le proporciona el dinero que le envía su adinerada familia. Se evade, pues tiene una conciencia expansiva. “Mi objetivo principal es el universo, amigo. Las naderías de la época, de la tierra, me importan muy poco.” Aspira una profunda bocanada de humo del opio en la pipa. Le mira con la máquina de escribir de juguete en una mano y una pistola calibre 9 milímetros de verdad en la otra. “Eres un pobre diablo que no sabe nada de nada”, le dice. Él le cree, es muy capaz de dispararle un tiro certero a la cabeza, y sin jugar esta vez a lo Guillermo Tell: “Aunque no sé, me da un asco irreprimible el olor a medicamentos que desprende su cuerpo, a gasas desechables manchadas de fluidos y apósitos enmierdados, su aliento pestilente a farmacias prohibidas atesoradas quién sabe en qué tugurio fantasmal.”
 Al oeste del Bowery: arroz congee con rana. Es cuestión de no apesadumbrarse, me dije.
(Continúo haciendo listas… interminables listas de todo.)
Accretion es la nueva escultura en la que trabajo. Mi idea había nacido del serialismo, pero con un fuerte deseo de contradecir esa frialdad del orden que emana de lo seriado. Y supe cómo debía hacerlo.”
Haber llegado hasta, hasta tan lejos, y ahora, esto…
Hasta…
A pesar de todo (¿a pesar de qué?), admira a Johnson (como admiró al pequeño Truman El Bombardero, al bueno del general Dwight David Einsenhower al que le colgaban monigotes de papel en la espalda, al inescrutable y sátiro John Kennedy), su figura tejana y gallarda de político honesto con los bolsillos “llenos”. Su padre, ahora recién enterrado, lo repetía obstinado: “Es un buen hombre”. The Good Father. Luego, Dick, the liar.
Toneladas de bombas caen sobre arrozales y poblados de cañas y barro mientras las faldas se acortan cada vez más en esta Era Falsa de los dos sexos.
Colores psicodélicos: estimulan creatividades, complicidades.
Y TODO POR EL GRAN COÑO ESCONDIDO: ahora, sí; ahora, no: enseñar, mostrar, provocar, veo, veo, ¿qué ves?
Ella misma: recoge dobladillos. Bonitas piernas.
Nixon: un hombre noble, lleva la verdad en los ojos. Dios está con él.
Nosotros Confiamos en Dios.
Lincoln: 5 pavos; Jefferson: 50 pavos: Franklin: 100 pavos.
Hoy, Nuestro Presidente, Dick the Liar, a las puertas de América, con la sola ayuda de Dios y un colt 45 impide a Vietnam y sus hordas armadas hasta los dientes llegar a la isla de Ellis, avanzar hacia las costas de Manhattan, asaltar Brooklyn, apoderarse de Wall Street, conquistar la Quinta Avenida, acampar en Central Park, allanar nuestras propiedades, violar a nuestras mujeres, raptar nuestros niños, asesinar a nuestros ancianos venerables…
God save America y a Israel.
En el valle de Elah las cosas ya no son como eran, y la realidad ha terminado por imponerse: ahora Alí es David, que con una piedra o sin ella en la mano o en la honda cae al suelo con una bala en la cabeza disparada por el fusil semiautomático de Goliat, gigante en las filas de los buenos, el pueblo elegido. 
Las fronteras se trazan con sangre: mapa: la piel  de los muertos. 
O: mete ratas envenenadas con arsénico (tóxico barato) en las vaginas de las mujeres de los otros…
¡Que no procreen enemigos!
Por entonces no había un solo apartamento  (el 451 de la 119 W., el 87 E. de la Segunda Avenida, el 45 de Bedfor Street) que no tuviera las cuatro paredes llenas de carteles: un tic cultural, una estridencia juvenil que pendulaba ingenuamente entre Che Guevara, Mao-Tse-Tung o alusiones a una psicodelia pronto periclitada por su misma desmesura estética. Aquel mundo de colorines nos queda hoy muy lejano. Rechinaba por aparatoso. Peor todavía: es fácil pensar que fue un caleidoscopio plástico y meramente formal capaz de atenuar otros comportamientos que pudieran haber devenido mucho más agresivos, hasta peligrosos, revolucionarios. Esa fue toda su maldad y todas las flores y babas de una estética sin discurso.
En todo caso, la circunstancia vital e intelectual de Hesse orilla sin cortapisas devaneos mareadores: está el arte. Que todo lo puede. ¡Ja!
En cualquier caso, resiste las tentaciones del demonio en los cuarenta días de su retiro hasta que le retuerce el pescuezo a la fibra de vidrio.
O.W.: el arte no sirve para nada.
En otras palabras, ¨el arte por el arte”.
Mientras tanto, hojea las críticas teatrales del New York Times.
En efecto, 1968: la idea es un combustible.
Verano sangriento, racial: el crimen de Memphis. Cerca de la frontera con el Bronx, entre las calles 129 y 135, han encendido hogueras y levantado algunas barricadas. El alcalde Lindsay no  tarda en reaccionar. “Es todo por el momento”, sentencia el locutor mirando (casi) risueño desde la pantalla.
Han quedado a cenar con un grupo de artistas y escritores de lo más variopinto (pero todos son pobres aún) en el apartamento de un arquitecto famoso, ya portada en varias revistas de las llamadas de sala de espera. El anfitrión se oculta tras una humildad exasperante y harto evidente, sospechosa. Se adivina con facilidad al examinarle de un solo vistazo que su envanecido ego, que con tanta habilidad oculta, no encontraría acomodo ni en el vasto espacio de una catedral. En la mesa central del salón se elevan altas pirámides de sándwiches de queso, jamón cocido y vegetales: alimentemos a la turba, artistas, escritores en ciernes (todos zarrapastrosos).
En Chicago la orden (y hacia quienes se ordena hacerlo) no admite ninguna duda: “Disparen a matar”. Al fin y al cabo, son morralla urbana los que van a caer con sus ropas sucias y pobres sobre el asfalto de la negra noche para no levantarse más.
A las dos horas quedan sobre las fuentes vacías de la mesa central tres o cuatro empanadas y un sándwich que nadie se atreve a coger. El apartamento se encuentra en el piso vigésimo octavo. Por los grandes ventanales se divisa un cielo violeta, cárdeno, destilando rojeces que se abaten sobre los rascacielos del sur.
A esa hora, en Chicago los muertos, negros y algunos blancos negros (trash white), se cuentan por decenas.
Alguien propone asistir a una sesión de jazz.
La noche es espléndida, mediterránea, de cálida brisa (hasta perfumada), lo que produce una curiosa percepción de la arquitectura poderosa y atemorizante que nos rodea en la nocturnidad neoyorquina.
Bajan más de un kilómetro hacia el sur, hasta el Village Gate, entre Bleecker y Thompson. Tres dólares el agua mineral y el monólogo de un chistoso con cierta gracia.
Luego, el jazz.
Eran malos músicos, sólo instrumentistas, ni por un momento encendían una emoción debajo de la piel, salvo que formaras parte de unos squares algo revoltosos por el alcohol, el tabaco y alguna que otra frustración en “salvaje” salida nocturna. No acabarían cruzando la puerta luminosa del Metropole Café. Ni uno solo de ellos alcanzaba la categoría de los auténticos jazzmen. Aunque el local brindaba un excelente decorado: ladrillo, maderas, anchas barras de hierro colado, asientos mullidos y bajos y una luz muy tenue y, sobre todo, una satisfacción alcohólica muy solidaria. Se diría que flotaba un aura escondido entre las densas volutas y nubes del humo de cien cigarrillos encendidos a la vez. Pero nada del be-bop de un Parker muerto entre las flores, nada del inconformismo inherente de Dzzie Gillespie o el jazz inteligente de Coleman y Archie Shepp.
Mayo del 68: hay una pequeña historia. ¿Qué hay de tu actitud social? ¿Qué piensas de todo lo que está pasando? Ella se ha adelantado a su tiempo, simula una apolítica indiferencia. Le mira con hastío gatuno: “Soy artista, no hablo idiomas.”
Sol LeWitt en Paula Cooper Gallery. No ha intervenido ni un solo minuto en el proceso de la obra expuesta. Siguiendo sus instrucciones, unos ayudantes se encargan de la realización de los dibujos pintados. Su genialidad es su distanciamiento. Hesse lo entiende perfectamente. Jamás ha deseado inmiscuirse demasiado en el proceso, pero ella se resiste todavía a ser, en el arte, únicamente un ente pensante, una mente sin manos.
5 de junio 1968.
Andy Warhol aún se debate entre la vida y la muerte dos días después de que una actriz frustrada y escritora mediocre (bonita combinación) le descerrajara tres tiros –sólo acertó uno- con una pistola automática del 32 (de reserva, escondía en el bolso otro revólver del calibre 22). El tipo que conducía la ambulancia no se anduvo con rodeos cuando metían en el interior del vehículo al artista tumbado en la camilla cubierto a rebosar de sangre: “Por quince dólares más conecto la sirena, tío”.
Hesse tiene una teoría, puesto que cuenta un par de amigos en el grupo de la Factory. Sin despegar los labios él le dirige una mirada impaciente. Ella empieza a explicarse cuando suena el teléfono. Luego de unos segundo empalidece, contesta con monosílabos y cuelga el auricular. Le mira con una expresión de incredulidad absoluta.
Robert Kennedy ha sido tiroteado en Los Ángeles cuando disputaba (y ganaba) unas primarias en su camino a la Casa Blanca.
Medianoche. En un pasillo cerca de la cocina del hotel Ambassador, por donde el senador se escabullía de la aglomeración entusiasta de sus seguidores, alguien le dispara a quemarropa. Casi parecía un arma de juguete, un calibre ridículo, del 22. Tres tiros, tres balas, una vida, y quien sabe el mundo de después. Y, no obstante, el destino (¡puesto que no existe!), una de las infinitas probabilidades del suceso, provoca que uno de los disparos penetre en la nuca y mate al candidato que se desploma como una marioneta a la que hubiesen cortado los hilos. Tumbado en un suelo lleno de pringues agoniza con los brazos extendidos en cruz, incrédulo pero ya resignado.
El pintor Frank Stella, que nunca accedió a ver significados ocultos en nada, y menos en el arte, dijo esa noche, al ver las imágenes por televisión del atentado de California: “Warhol se salvará; Kennedy morirá. Así es el mundo.” (Dixit la Rose.)
La bala que atravesó de parte a parte el cuerpo de Warhol entró por el costado derecho. Le había perforado un pulmón y afectó gravemente el esófago, la vesícula, el hígado, los intestinos y le destrozó el bazo…
A los dos meses, Warhol pintaba el retrato múltiple de Happy Rockefeller. Y cobró.
Cuatro meses más tarde el artista pensó que ya era hora de ganar dinero de verdad. Aún debía la factura del hospital, que ascendía a  unos 11.000 dólares.
Cinco meses después, cuadros de Warhol que hasta ese momento se vendían por 200 dólares comenzaron a valer 15.000. Y subiendo. La gente se los quitaba de las manos a los marchantes.
En 1969, al cumplirse un año de la agresión, Warhol alquiló una sala en la segunda planta de un edificio de la calle 4 Este. Durante más de dos meses proyectó películas pornográficas homosexuales. Se hacían taquillas por noche de unos 1.500 dólares.
El arte.
¿Actitud social? Acaba de descubrir la escultura. Antes de que se dé cuenta un tumor va a acabar con ella. ¿Y tú hablas de actitud social? ¿Cuál de ellas? Todo se desvanece en el tiempo, se disuelve en una papilla hirviente, maléfica, se hace polvo… Nos queda su recuerdo. ¿El recuerdo? A ella no le queda nada. Su recuerdo sólo nos incumbe a nosotros.
Mayo del 68. De acuerdo. Hablemos sobre ello. Me observa extrañada. ¿Qué diablos tiene que ver eso en el arte? La conciencia, el alimento de lo moral, de la ética. Una buena salud y las ideas claras, amigo, es suficiente con eso cuando un tumor va a reventarte el cerebro. La réplica me deja en silencio, y un aire frío me recorre de pronto el espinazo.
Primavera de Praga. Verano. Unos jóvenes titanes se acercan al sol. Dédalos vivientes con la lengua de fuego pendiendo sobre sus cabezas. Sus hijos, cuarenta años más tarde, tienen idénticos motivos para acabar mano sobre mano con la mirada perdida en el vacío.
Nixon: como más tarde en el 72, victorioso, alza los brazos en el 68 exactamente igual que lo hará en la escalerilla del avión que lo llevará lejos de la cárcel en el 73. 2003: las guerras se crean con mentiras, sólo los muertos son de verdad, y los inocentes muertos todavía son más de verdad.
Warhol nunca quiso meter la política en sus cuadros: “Me basta con la orina de mis amigos.”
“Somos artistas, ¿qué otra cosa podemos hacer?”
“Sacarles la pasta a los ricos. Esa será nuestra revolución.”
Julio, 1969.
Domingo, 20.
El hombre en la luna.
El observatorio es un inmenso ático con vistas al East River.
Acude con ella, como una sombra, con lealtad perruna, dependiente de la caricia de esa mano.
Se han reunido cerca de una veintena de personas. Demasiada gente, y las presentaciones, con la copa en la mano, son realmente absurdas; al cabo de unos pocos segundos él no sólo olvida el nombre de quienes les presenta la anfitriona, sino que incluso sus caras, ya borrosas desde un principio, se desvanecen en el aire cargado de humo de un  vasto salón de dos niveles, con librerías por todas partes, juegos de sofás de cuero teñido de azul, mesas auxiliares, un mini bar en un ángulo con barra forrada de negro y taburetes de piel roja… Olor especial, los ricos especiales: que diría Fitzgerald (Pobre hijoputa, dixit la Parker con la cabeza inclinada sobre la tumba de tierra negra y mojada, pero conmovida el alma).
Ella ha desaparecido. Está solo, no encajable.
-Tú, ¿de dónde has salido? –le pregunta un auto nominado poeta que escribe los poemas a máquina. Se enorgullecía de ello hace escasos minutos, conversando con alguien junto a la mesa de las bandejas y las bebidas. “Máquina eléctrica”, una Corona último modelo, había señalado muy serio. Subrayaba que “el medio es importante”. Parecía jactarse de ello, nada memorable por otra parte. A punto está de contestarle que de la luna, pero el tipo está bebido, el chiste es malo y teme una réplica intempestiva. Busca a Hesse con la mirada.
-Es una gran mujer –dice el poeta, sin esperar contestación a la pregunta inicial “tú, ¿de dónde has salido?”. Tarda en comprender que el tipo ese de mierda no se refiere a Hesse, habla de la acaudalada anfitriona. –Una excelente editora y una gran dama. –Le mira de arriba abajo-: ¿Tienes editor? –No lo necesito, al menos por el momento-, le contesta.
-¡Qué dices! ¡Todo el mundo necesita un editor!
-Soy… una especie de periodista. Escribo crónicas.
-¿Crónicas? ¿De qué tipo? ¿Sociales?
-De la clase que sea. Soy un tipo versátil, nada exigente, me acomodo a cualquier cosa.
-¿Y dónde las publicas? –su tono de voz parece guardar interés ahora. “Mira que si éste escribe para…” Las apariencias engañan.
-Donde me las paguen. (No engañaban en este caso, rostro macilento, mirada pobre, expresión recogida, la ropa comprada en grandes almacenes).
-¡Un freelance! –acierta a decir el poeta, con la voz pastosa, hasta con un poco de asco. Apura de un trago el contenido del vaso corto. Le dirige una última mirada en silencio, reprobatoria y taxativa, se aleja de la mugre de su escritura inútil (pero productiva).
Una mujer escotada, vieja, teñida de rojo, con papada de pavo y un vaso medio lleno de whisky en la mano se está acercando peligrosamente hacia él. Huye en diagonal hacia el ángulo opuesto sin darle tiempo a abrir la boca gallinácea. 
Se respira una euforia mal disimulada, un nerviosismo colectivo ante la perspectiva, esta vez sí, de saber que va a vivirse un hecho histórico, esa especie de acontecimiento que instaura un mojón en la cronología del mundo. Alguien enciende un aparato de televisión. La pantalla se enciende de claros y oscuros. Unas sombras, apenas perceptibles, descienden de lo que parece una araña gigantesca, se mueven, mancillan la noble luna.


jueves, 24 de marzo de 2016

23

Anot. Diario.
1967.: Guerra de los 6 días (anota en su diario).
Minifalda inglesa.
En un gran recorte: fotografía en huecograbado del general tuerto y victorioso.
Y el dios de Israel, el de los buenos judíos, ahoga en el río Jordán a los infieles mientras los desiertos justicieros del Sinaí y del Neguev se tragan otros tantos miles más de sacrílegos desharrapados.
Anot. Diario.
1968, noviembre: exposición en el . “El arte y la máquina” (Oldenburg, César, Tinguely…)
Anot. Diario.
Junio de 1968: atentado Warhol (lunes, 3 de junio). Exposición de Warhol: en la Stable Gallery.
Anot. Diario.
KLEE: aboga por el absurdo como refugio (Beckett, Hesse, Kafka-Metamorfosis)
Anot. Diario. El vacío: las lunas cara a cara.
EIDOS. Espejo.
Tipa guerrera.
Último intento de ser perversa (en su tiempo), y no a costa del arte, julio 196…: ceñida la shirt-T blanca, la insolente minifalda color violeta, las medias de seda de las que precisan liguero, la mirada que devuelve tu deseo…
“Muchas cosas del mundo pueden dañarte, pero no estropear irremediablemente tu vida.”
The Green Train: un Scribner’s Magazine de junio de 1915, con un reportaje de Edith Wharton sobre el frente europeo (La Gran Guerra): 25 centavos entonces; un dólar, ahora.
Cada uno a lo suyo.
La voz, desde el lado derecho, le llega a su cerebro como un haz de luces apaciguadas, cálidas. Sentada en el confortable sillón, tiene los ojos cerrados, y no los quiere abrir. Paga un buen dinero como para ser tan idiota y abrirlos antes de tiempo.
Su psiquiatra no es David Cooper. Pero eso tampoco importa. No se fía de ninguno de los dos. Sabe que todo, absolutamente todo, se solucionará cuando se fíe de ella misma. Con los años, no se convertirá en la mejor terapeuta, pero sí en la mejor paciente de sí misma.
Y a éste, ¿quién o qué le apremia en esas correrías urbanas entre rascacielos y escaparates?
¿Quién anda tras él?
A veces la vejiga: busca desesperado un rest rooms en los vestíbulos de los hoteles, en los centros comerciales, en las plantas bajas de los rascacielos: un furtivo meón con el plano tricolor de la ciudad escondido bajo la manga.
Anda por el Lower, por South Street: “algo pescaré”, se dice sin nada entre las manos, aunque no atreviéndose a mirar a nadie directamente a los ojos.
Entre la niebla, el puente de Brooklyn parece su decorado perfecto. Al menos, eso, las imaginaciones.
Al principio parecía animado.
“Soy pobre, pero aquí estoy.”
Coge un par de rebanadas de Wonder Bread, coloca entre las dos porciones una ancha rodaja de salami y un par de lonchas de queso fundido. Camina algo tenso, como si presintiese la incomodidad de después. Hace algo de aire. Grandes nubes oscuras se desplazan con prisas en el cielo cambiante. Come y anda por Prince, en el SoHo. Parece (se cree) contento. Demora los pasos mientras merodea en torno a la vieja Saint Patrick, atisbando el cementerio de la parte posterior del templo. Pero de repente, al agrisarse en un instante la mañana, un intenso estremecimiento le enerva la espalda. Nota un sabor metálico en la garganta que atribuye a la ranciedad del salami, y hace esfuerzos con la punta de la lengua para desprender fragmentos del queso que se le han quedado pegados en el velo superior del paladar… Arrecian las ráfagas oscuras del aire. Y entonces cae en la cuenta de la soledad miserable en la que se halla sumido, y empieza a darle asco el sándwich pobre y barato que lleva en la mano, y en las ropas gastadas que le cubren, y en el futuro que le espera y del que no sabe nada de nada, y se siente el ser más vil de todos los pobres tipos que observa a su alrededor. Por un momento permanece inmóvil, con la boca llena de los restos pegajosos del emparedado, sin masticar (los grumos de queso se han fundido en su sangre), sin pensar en nada productivo (Nueva York). ¿Dónde diablos estoy?
En el centro mismo de la nada (del espejismo).
Cómprale algo de plata en la 2ª planta de Tiffany.
Interpreta tu película junto a ella, que resucita de las sombras (de las nieblas del parque).
Inventa.
Hay una hora del día en que todo parece surgir de la bruma, ser de humo, ser... nada. Lo que viene después de la muerte.
Yeats, borracho (uno de esos días que cuesta creer lo del mundo…, que cuesta creer…):
“… cuando Marlowe se folla a la librera con gafas una mañana de lluvia…”, farfulla maravillado, recordando la película excelente.
4 de abril de 1968. Las siete de la tarde. Junto a ella. Ha sido una tarde divertida merodeando por la parte sur de Central Park y calles adyacentes (Whitney Museum, Frick Collection). Más al sur todavía, una hora antes…  Un balazo en el cuello acaba con la vida de Martin Luther King cuando en el balcón de la 306 del motel Lorraine, en el centro de Memphis, charlaba con uno de sus colaboradores. Su asesino le disparó desde una distancia de setenta metros con una Remington 30 pertrechada con mira telescópica. En ese momento, Treinta Monedas y La Futura Artista del Dividendo, que entre risas se tienden sobre el césped, cerca del zoo, no lo saben aún. Sobre todo ella, de boca carnosa y húmeda, que es invisible. Por la noche asisten replicadores a los noticiarios de TV. Después de un momento, ella calla, sin apartar la vista de los huevos revueltos, aún en la sartén. Él vuelve a desplegar el periódico que permanecía sobre el regazo. La copa a un lado. ¿Y la pipa? Eres un verdadero intelectual, ante todo las señas de identidad correspondientes.  No hay pipa. Vuelve a leer.
(Nota para J.: “Sí, en efecto; ella preparaba la cena mientras él estaba repantingado en el sillón con el periódico sobre las piernas, como si el sermón de la montaña de todos los días fuese un poco más indecente que ayer: asesinado Luther King, el napalm riega los campos y arrozales de Vietnam, en Praga los tanques circulan como los taxis y hasta se detienen en los semáforos en rojo, dos muertos en Berkeley, un negro linchado en Virginia, París levanta los viejos adoquines de los aburguesados y amplios bulevares coronados por simpáticas mansardas, París, que alerta de nuevo las dormidas conciencias (sigue pescando todos los titulares que quieras, dos docenas, cuatro, un millar….”)
En 1968 la idea es un combustible.
Incendiemos la ciudad, dice el hombre alto e invisible de la droga (W.B.), y no se mueve un centímetro: a la espera del botín, aguardando la presa, reptil frío, sin duda cruel, mientras disfruta de los placeres químicos que le proporciona el dinero que le envía su adinerada familia. Se evade, pues tiene una conciencia expansiva. “Mi objetivo principal es el universo, amigo. Las naderías de la época, de la tierra, me importan muy poco.” Aspira una profunda bocanada de humo del opio en la pipa. Le mira con la máquina de escribir de juguete en una mano y una pistola calibre 9 milímetros de verdad en la otra. “Eres un pobre diablo que no sabe nada de nada”, le dice. Él le cree, es muy capaz de dispararle un tiro certero a la cabeza, y sin jugar esta vez a lo Guillermo Tell: “Aunque no sé, me da un asco irreprimible el olor a medicamentos que desprende su cuerpo, a gasas desechables manchadas de fluidos y apósitos enmierdados, su aliento pestilente a farmacias prohibidas atesoradas quién sabe en qué tugurio fantasmal.”
 Al oeste del Bowery: arroz congee con rana. Es cuestión de no apesadumbrarse, me dije.
(Continúo haciendo listas… interminables listas de todo.)
Accretion es la nueva escultura en la que trabajo. Mi idea había nacido del serialismo, pero con un fuerte deseo de contradecir esa frialdad del orden que emana de lo seriado. Y supe cómo debía hacerlo.”
Haber llegado hasta, hasta tan lejos, y ahora, esto…
Hasta…
A pesar de todo (¿a pesar de qué?), admira a Johnson (como admiró al pequeño Truman El Bombardero, al bueno del general Dwight David Einsenhower al que le colgaban monigotes de papel en la espalda, al inescrutable y sátiro John Kennedy), su figura tejana y gallarda de político honesto con los bolsillos “llenos”. Su padre, ahora recién enterrado, lo repetía obstinado: “Es un buen hombre”. The Good Father. Luego, Dick, the liar.
Toneladas de bombas caen sobre arrozales y poblados de cañas y barro mientras las faldas se acortan cada vez más en esta Era Falsa de los dos sexos.
Colores psicodélicos: estimulan creatividades, complicidades.
Y TODO POR EL GRAN COÑO ESCONDIDO: ahora, sí; ahora, no: enseñar, mostrar, provocar, veo, veo, ¿qué ves?
Ella misma: recoge dobladillos. Bonitas piernas.
Nixon: un hombre noble, lleva la verdad en los ojos. Dios está con él.
Nosotros Confiamos en Dios.
Lincoln: 5 pavos; Jefferson: 50 pavos: Franklin: 100 pavos.
Hoy, Nuestro Presidente, Dick the Liar, a las puertas de América, con la sola ayuda de Dios y un colt 45 impide a Vietnam y sus hordas armadas hasta los dientes llegar a la isla de Ellis, avanzar hacia las costas de Manhattan, asaltar Brooklyn, apoderarse de Wall Street, conquistar la Quinta Avenida, acampar en Central Park, allanar nuestras propiedades, violar a nuestras mujeres, raptar nuestros niños, asesinar a nuestros ancianos venerables…
God save America y a Israel.
En el valle de Elah las cosas ya no son como eran, y la realidad ha terminado por imponerse: ahora Alí es David, que con una piedra o sin ella en la mano o en la honda cae al suelo con una bala en la cabeza disparada por el fusil semiautomático de Goliat, gigante en las filas de los buenos, el pueblo elegido. 
Las fronteras se trazan con sangre: mapa: la piel  de los muertos. 
O: mete ratas envenenadas con arsénico (tóxico barato) en las vaginas de las mujeres de los otros…
¡Que no procreen enemigos!
Por entonces no había un solo apartamento  (el 451 de la 119 W., el 87 E. de la Segunda Avenida, el 45 de Bedfor Street) que no tuviera las cuatro paredes llenas de carteles: un tic cultural, una estridencia juvenil que pendulaba ingenuamente entre Che Guevara, Mao-Tse-Tung o alusiones a una psicodelia pronto periclitada por su misma desmesura estética. Aquel mundo de colorines nos queda hoy muy lejano. Rechinaba por aparatoso. Peor todavía: es fácil pensar que fue un caleidoscopio plástico y meramente formal capaz de atenuar otros comportamientos que pudieran haber devenido mucho más agresivos, hasta peligrosos, revolucionarios. Esa fue toda su maldad y todas las flores y babas de una estética sin discurso.
La circunstancia vital e intelectual de Hesse orilla sin cortapisas devaneos mareadores: está el arte. Que todo lo puede. ¡Ja!
En cualquier caso, resiste las tentaciones del demonio en los cuarenta días de su retiro hasta que le retuerce el pescuezo a la fibra de vidrio.
O.W.: el arte no sirve para nada.
En otras palabras, ¨el arte por el arte”.
Mientras tanto, hojea las críticas teatrales del New York Times.
En efecto, 1968: la idea es un combustible.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

22

El menstruo como una magia, un desenlace vivificante, aunque ni purifique ni nada desintoxique. Una treta hormonal, simples estrógenos y progesterona que escapan de los ovarios, un subterfugio de la mucosa. Medio vaso de sangre licuada para el sacramento cíclico de lo femenino.
Una parálisis creadora: esa joven compañera en la Cooper Union que parece un hada vagarosa, que viste prendas talares y gasas livianas, frágil y silenciosa, tenía el himen imperforado, la sangre retenida en la vagina se almacena detrás de la membrana, el dolor es violento, pero una mínima incisión quirúrgica hubiera bastado para solucionar el problema.
Una Hesse estática, estéril, ni pinta ni dibuja, no crea, yerma.
Murió joven, almacenando 30.000 óvulos.
En el otro universo, Hesse ha comprendido. Una de sus mejores obras remite a la urdimbre mágica, lo matérico resuelto en significantes y significados: ¾ partes de sangre y mucosidades, unos fragmentos necrosados y células vaginales descamadas.                                      
Vómitos, jaquecas, la náusea: existe una amplia gama de productos capaces de aliviar los dolores, Hesse tiene el suyo propio, intransitivo: martillazos sobre las planchas de acero, accionar el soplete de fuego, rompimientos de cartones, roturas de tejidos, retorcimiento de alambres, doblamientos de tuberías, anudar sogas, manipular la fibra de vidrio y su veneno. El arte como asesino, hija de la noche, hermana del sueño, tanatos liberador que no admite dádivas, que todo lo cura, que la mata, destruye su cerebro solapadamente, la invade. Con anterioridad: ese material la había seducido con malas artes.
“Digamos que su arte es un método, como el psicoanálisis para mí. A través de ambos llegamos a conclusiones que iluminan muchos aspectos de nuestra personalidad, de nuestros actos y relaciones con los demás hasta ese momento ocultos. ¿No le parece?”
Hesse investiga cómo suprimir temporalmente la regla de las diosas, toma un progestativo, danazol o algo semejante. Bloquea el sistema. Crea, pero es una creación culpable. Pronto libera de malas censuras su obra fluyente, y todo se desborda como las aguas limpias y frescas de un arroyo.  
Hesse decide no volver nunca más al diván de aquel falsificador (sic.).
Long Life: ABSTRACT INFLATIONISTS AND STUFFED EXPRESIONISTS.
Residuos colaterales del pop tardío, fue calificada la exhibición (pues tal era). Los equívocos comienzan en seguida, al menos respecto a Hesse. La artista ha elaborado una bola de papier maché recubierto de cordón pintado de gris sujeta a una cadena. Como no se sabe de qué hablar, se dirimen influencias, se sugieren inferencias (sexuales o de otro tipo) y sobre todo metafóricas. Una semántica generativa ha dado inicio: cordones, alambres, sogas, junto a otros muchos materiales aún por exponer. He aquí las claves del vocabulario que van a configurar el lenguaje plástico. He aquí la piedra Rosseta, la solidez basáltica que sustenta el corpus de su obra, se diría en pasmosa e imaginativa reducción el hermeneuta de bolígrafo afilado y prosa taxativa.
Útero/ombligo sajado. Redondo contenedor al que el pene se inmola.
¿Una bola con cadena? ¡Una bomba anarquista!: las mil y una interpretaciones.
Remeda el ghostwriter la entrevista de Cindy Nemser:
-Dígame ¿podríamos decir que la obra nace como un aborto prolongado y magnífico de la fábrica de su cuerpo?
   -¿!!?
Interpretaciones diversas de artistas diversos (c. 2000)
¿Lo consideras imprescindible?
Absolutamente clarificador
Es conveniente. Esa ristra de propósitos intercambiables nos revelan del arte su lado más frívolo: el de la pretensión. Sólo suena disparatado al leer unas declaraciones que epigrafian en gran parte de los casos la pavorosa nada que rodea como un halo pestilente unas propuestas artísticas que requieren la nota a pie de página. ¿Por qué hablan? ¿O es que se explican? ¿Quiénes son éstos? ¿Qué quieren de nosotros? ¿Para qué nos necesitan? ¿Quién nos envía este ejército multitudinario, inexpugnable, imbatible, incontenible, dicharachero, sentencioso, premioso, alevoso, hasta algo bufonesco, hasta…?
Cien artistas, cien propuestas, doscientos pares de ojos. Y las manos, cuatro millones de pares:
-No soy artista, soy alquimista, aspiro a convertirme en la obra de arte transmutada desde la meditación y el pensamiento puro.
-En realidad, toda mi obra es un código: por desgracia, sólo yo puedo entenderlo.
-Me interesan las relaciones humanas: creo en los monstruos.
-Información, es lo que dispenso en una época muda, y he tenido que crear mi propio alfabeto para evitar las manipulaciones: vivimos en una sociedad catapultada al abismo por las mentiras.
-Creo lenguajes: lo que contemplas te enseña a leer de nuevo, ves por mis ojos, yo soy tus ojos.
-Todo lo que crea mi imaginación lo considero válido para el arte; créeme, he podido imaginarte a ti.
-La obra de arte soy yo, y los objetos que contemplas nacidos de mis manos son sólo una proyección de mi espíritu siempre alerta.
-¿El arte es un juego? ¡Naturalmente que lo es! ¿Qué otra cosa podría ser en nuestra época maravillosa que no duda ni un segundo en pagar lo innecesario? Todo lo bello es inútil, todo arte eficaz es intrascendente: en el mundo del arte se compra hasta… hasta la mierda... ¡Mira el italiano ése, ese tipo listo!
-Transmito un viaje interior, una ruta que hasta para mí es indescifrable; no son los detalles los que me importan: fijaos en la meta.
-Frente a la fotografía opongo la pintura como médium conectado el arte del pasado.
-Mi obra es, sencillamente, una vía de reflexión a lo moral y lo social desde lo visual: todos somos prisioneros políticos en la actualidad.
-Mi tema son las generaciones: ninguna de ellas ha estado a salvo jamás de las utopías.
Mi estilo son los recuerdos, reminiscencias por así decirlo, no importan como lleguen a través del sueño, ni de qué manera se me presenten investidos: soy fiel en su retrato, a sus formas.
-No hace falta que entiendas lo que pretendo: sólo respeta (y querría subrayar precisamente esta palabra y no otra) lo que hago.
-Conjuro imágenes que provienen del delirio, incluso de lo intuido.
-La duda es la clave de la espontaneidad; necesitamos librar al arte de los conceptos, de la rigidez de los esquemas.
-Mi fotografía no refleja la realidad exactamente; además, diré que ni siquiera refleja la verdad; la fotografía no necesita la verdad.
-Mi propuesta es una estructura narrativa sustentada en las formas híbridas de la instalación, y entiendo el vídeo como el instrumento más adecuado para la nueva y futura época barroca que ya nos invade.
-El arte es magia, y, desde luego, tiene vida propia; cuando acabo una obra siempre compruebo que no tiene nada que ver con lo que había previsto: esa es la magia a la que me refiero, a lo que sucede al margen de tus deseos.
-El arte debería romper todos los tabúes para poder empezar de nuevo, como si aprendiéramos otra vez a dibujar, a pintar, a tallar, a mirar.
-Mis instalaciones, objetos y vídeos tienen su origen en las tensiones creativas que se producen al reflexionar sobre un entorno natural, social, moral y cultural absolutamente degradados, irrecuperables.
-El contexto discursivo versa sobre la locura, la excrecencia que deriva de ello.
-Cuestiono los mecanismos del arte y el resultado es la obra tan cuestionable como aquéllos.
-De hecho, yo no soy un artista; soy, y lo afirmo sin el menor escrúpulo, un explorador que no sabe adónde va, pero disparo, ¡aun a ciegas, yo disparo!
-Todo arte es una tramoya; en mi caso, espiritual.
-El verdadero arte no es real; es pura ficción, como lo que simula, representa o cuenta: ésa es su autenticidad, su mentira.
-Mi obra no es la solución, es el problema.
-Construía obras de arte: ahora las destruyo.
-Puede que lo que rodee en ocasiones al arte sea trágico, y eso pensando en la muerte de los desahuciados como Van Gogh, o los depresivos como De Stäel o Domínguez, o los desafortunados como  Klee y Schiele, pero en el fondo el arte es algo placentero, un canto a la vida, a la alegría de vivir, yo espero ser alguien que se asemeje a un Renoir del siglo XXI…”
-¿Mi arte? Pues es sumamente personal, en el que se entremezclan el vídeo, la pintura, la escultura o la instalación, incluso el teatro y el mimo, y puede que hasta más cosas… En realidad yo definiría mi obra como una yuxtaposición onírica, zigzagueante y barroca.
-Soy un fabricante de kitsch, una producción masiva de ello sale de mi factoría donde me ayudan 30 operarios; me interesa comunicarme con la masa, no tengo prejuicios de ningún tipo, y, otra cosa, el arte es una industria como otra cualquiera: la estética sólo es el envoltorio.
-Perfomance es una palabra antigua, rancia: me interesa el humor y, sobre todo, yo mismo, pues de mí, sin necesidad de cualquier otro material, nace mi proceso artístico, mi obra real.
-Critico el mercado del arte, procuro poner el dedo en la llaga, de ahí que prefiera leer manifiestos que construir objetos artísticos, los desmaterializo con mis textos.
-Me interesa explotar en su totalidad los recursos del vídeo; soy un místico y mi discurso se ha convertido al paso del tiempo en una profesión de fe; al final de todo uno sólo es un visionario.
-El arte es una fórmula para hacer dinero; soy una máquina de hacer dinero, no un artista, y sé cómo manejar el marketing de mí mismo, por esa razón soy yo mismo quien vende mis creaciones.
-¿Por qué hago retratos imaginarios?: en realidad, se trata de contenidos agresivos enmascarados, auténticos misiles en la línea de flotación de las clases medias dormidas, narcotizadas por Internet y la televisión, procuro reventarles el cerebro.
-Presento en un contexto artístico los sucesos más normales de la cotidianidad, eso los dimensiona y nos hace comprender la futilidad de muchas de las reglas que gobiernan nuestras vidas: todas mis instalaciones contribuyen a estimular a ese espectador para que se interrogue a sí mismo sobre su comportamiento, su lugar en el mundo…
-Es el exterior lo que otorga sentido a mi interior, de manera que al plasmar lo que me rodea de modo figurativo logro entender ese interior desequilibrante que a todos nos atenaza y enmaraña la visión de lo real…
-Trastoco las reglas del juego, soy un subversivo que ha cambiado la metralleta por la cámara de vídeo.
-Yo te diré lo que soy, lo que tú eres: “somos oxímoros escopofiliacos que hieren los ojos…, somos artistas”.
-El valor cultural del arte debería ser absolutamente nulo: sin magia, ni símbolo, ni precio.
-Mirar, es todo, una observación analítica, y el cuadro es lo residual, al que no me importa incorporar la tradición de la pintura que nos precede.
-Entra sin permiso a la casa de un obrero en paro, enciende las luces de cada habitación, husmea en la sala de estar, en el lavabo, en los dormitorios, en la cocina, en los alimentos que guardan en la despensa, observa los adornos, las cortinas, los muebles, las fotografías en sus marcos de plástico dorado, los cromos colgados en las paredes: traslada los más obscenos y grotescos de esos adornos y bibelots, vestimentas, muebles y utensilios baratos a una galería, muéstralos, imprime un lujoso catálogo de esa mercadería de baratillo, coloca todo esa ropavejería bajo la potente luz de cien vatios…, pues bien, he ahí el arte al que yo aspiro, desentraño la podredumbre social de nuestra época corrompida por el miedo, el consumo barato, la televisión, los predicadores y los políticos.
-Soy frío como el hielo: mi obra es mi personalidad, una suerte de indiferencia por todo y hacia todos. ¡Idos a la mierda!
-La obra es una prolongación de mi mente, o una especie de aura, algo muy espiritual a despecho de la materia y la fisicidad (sic) con que se enfrenta el espectador.
-Los límites hace tiempo que se rompieron: genéricos, disciplinares, temáticos… ¿qué importa todo eso si el arte, desde antiguo, es un espectáculo ante todo? ¿Acaso no se cobra a la entrada del teatro? ¡Que pague mucho más que una puta entrada para ver una peli si alguien se lo quiere llevar a casa! 
-No creo en el arte; creo en mi obra.
-El artista juega a la ruleta rusa; aciertas cuando te toca la bala, y mueres.
-El artista nace desnudo, vive desnudo, sólo la obra acaba vistiéndolo.
-Todo mi trabajo es un alegato contra la contemporaneidad, contra mis coetáneos: mi obra está dirigida a la posteridad. ¡Que le den por culo a la vecina del tercero!
-Una fotografía no representa realmente al objeto, el paisaje o la persona: los crea en el momento de apretar el botón.
-Pienso que la naturaleza también es una categoría cultural; por tanto, mis instalaciones aspiran a refrendar aquella condición; lo social, no me importa en absoluto, lo tengo por el peor de los costumbrismos.
-¿Lo principal del arte?, el proceso, naturalmente.
-El arte de nuestros días está lleno de románticos por una parte, y de apocalípticos por otra: yo tengo un  pie en una u otra tendencia, eso depende de los días, de mi humor, digamos, de mi jodido hígado.
-No he tenido una infancia feliz; lo que muestro es mi yo herido.
-¿Disfrazarías a un monstruo para hacerlo más horrible o más… fascinante? Mi trabajo consiste en presentar las cosas tal cual son, ¿para qué enmascararlas?
-La línea que divide el éxito o el fracaso en la vida de la mayoría de las personas apenas es visible: esa línea es lo que yo intento reflejar en mi obra.
-Procuro que la gente reaccione, porque toda la estrategia de mi estética se basa en crear ese estímulo ante el acto de provocación que soy yo como artista.
-Mi obra es como un cuento infantil: ante ella sólo pido inocencia… bueno, y un poco de credulidad.
-Un arte que no se comprende deja de ser comunicación; yo sólo pretendo hacerme entender, y grito.
-Odio la abstracción, lo cual no significa que desprecie a los artistas que la practican como un sacerdocio: el mundo ni es abstracto ni es una religión, y debería bastarnos con la más fiel representación, una feliz figuración. Oye, allá cada cual con sus antojos.
-La franqueza y la veracidad respecto a mi obra residen en que no espero su venta a los coleccionistas: debido a su altísimo precio sólo contados museos de arte contemporáneo pueden adquirirla y mostrarla en sus salas, y eso, legitima mi propuesta artística, pues soy yo mismo quien restringe su campo de acción.
-Hago películas, guiones, obras de teatro, incluso escribo novelas, de modo que el arte para mí sería como la poesía a la literatura, y el color su vocabulario esencial: la auténtica poesía, en suma.
-Me interesa el mundo de los homosexuales, para mí es una catarsis revelarlos, en sus dos acepciones más próximas: en las fotografías y en el laboratorio.
-Pues es así de simple: transmito ideas, y eso es todo.
-¿Estamos en el fin del arte?, bien: estamos en el fin del arte, ¡ahí estoy yo!
-Los críticos dictaminan que en la multitud de perspectivas que nos ofrece el arte de nuestros días es preciso discriminar entre las que son efectivamente válidas o estimables y aquellas otras que carecen de verdadero interés plástico y conceptual; pues yo me pregunto, ¿quiénes son ellos para saberlo si están desprovistos de los medios adecuados para evaluarlas si  aquellas carecen de reglas?
-Lo más anónimo del arte debería ser el artista: sin identidad, sin pruebas... El crimen perfecto.
-El auténtico lenguaje de mi obra, el que la conforma, es el inconsciente, el sueño… y el delirio.
-El arte es lo esencial, un haiku.
-Todos los materiales extraños a la tradición artística son los que verdaderamente contribuyen a las obras más representativas y válidas de nuestra época: de lo heterogéneo a lo heterodoxo.
-Detrás de lo visible, está su modelo, su causa.
-El pasado, eso es lo que me emociona: puede ser revisitado, manipulado, abierto a nuevas lecturas.
-Reflexiono sobre el papel del artista en el mundo actual, y la instalación es el medio más adecuado para ello; de ese modo, puedo convocar metáforas sin fin.
-El arte me ayuda para salir del laberinto oscuro donde me encuentro, es una liberación.
-To the happy few, ¿no crees que ya he dicho bastante?
-El orden no es lo opuesto a lo caótico, es simplemente un simulacro, no existe nada perfecto, sólo el caos.
-La teoría de los conjuntos es mi referente plástico, es uno de los códigos visuales más efectivos que he podido conocer; por lo demás, y si eso sirve para abundar en una mayor claridad de mi obra y mis verdaderas intenciones y singularidad, estoy especializado en el comportamiento de los insectos.
-Soy una prestidigitadora: enmascaro (que no las oculto) mis obras en las imágenes publicitarias que nos rodean por doquier; mirad atentamente los cartelones de publicidad, esconden una obra artística deliberada.
-Sexo y muerte, no son necesarias más pulsiones para evidenciar la locura de las actuales sociedades globalizadas en la penuria moral.
-Sé de sobra que se ha dicho repetidamente, pero es la auténtica verdad: menos es más.
-Mis esculturas sólo se justifican por la materia de la que están hechas: ella impone el verdadero discurso, sea cual fuere: acero, plástico, madera, cartón, cristal… ¡qué más da la materia!
-El barniz de brillo alto, fúlgido, hasta cegador me importa más que la forma y el trazo.
-Soy repetitivo: hacer dos veces la misma cosa plantea toda una filosofía, ¿de verdad puede creerse que existe la copia perfecta?
-Sigo creyendo que el arte debería ser una crítica de toda impostura.
-Nunca he querido crecer, no tengo nada que ver con los adultos; más que un artista, soy un peter pan, y ello me permite llevar a cabo cosas que no se espera de los adultos.
-Rompo tabúes, mi obra es una mezcla muy espontánea (odio la reflexión) de kitsch, modernidad y sexo: en toda provocación anida la belleza.
-Mi trabajo es multimedia; de esa manera es posible evidenciar las relaciones que en nuestro tiempo se han establecido entre poder, economía, sexo y el engranaje social en los que nos vemos apresados.
-El vídeo es mi soporte; sólo yo actúo en ellos: soy el lenguaje y el tema, la historia por así decirlo.
-Yo creo: otros participan en la obra, los que crean a su vez los valores y significados estéticos: críticos, coleccionistas, marchantes, directores de museo etcétera.
-Antes que artista (y lo soy, y pruebas hay de ello) soy una feminista lesbiana radical que lucha por la libertad de todos los seres humanos y sus apetencias.
-Mi concepto del arte es muy amplio: fabrico mobiliario y armas, destilo alcohol, participo en carreras de automóviles, diseño máquinas para matar animales con los que luego hago embutidos o carne ahumada, hago fotografías de todo ello y las expongo en las galerías de arte; es el punto final del proceso.
-Escenografío sueños, pero sólo su atmósfera, el torpor y la niebla sugerentes.
-Lo que más ha influido en mi obra son los dibujos animados, especialmente los de la Warner Brothers Entertainment Company… ¿He oído por ahí alguna puta risita?
-La imagen, la forma, el objeto… es lo que importa; el tema es secundario.
-El arte actual se ha convertido en un talk show, esto es innegable; sería conveniente que empezáramos a crear las reglas que le den sustancia, de lo contrario corremos el riesgo de caer en la vaciedad.
-El arte es una mentira colosal, de ahí su magia y su maravilloso poder de fascinación.
-El arte es lo único verdadero; es lo que siempre permanece, sólo hay que mirar atrás.
-El arte es el desorden, lo innombrable. Y todo aquello que logre magnificar ese barullo forma parte de él.
Yo antes firmaba los cuadros, pero me arrepentí en seguida… ¡Qué tontería! Bueno, en este último he puesto una exorbitante firma roja en una marina… ¡porque quería una nota roja sobre el verde!: Vincent van Gogh (100).
El arte es como la religión una cuestión de fe.
Analicemos mejor: Dios es la diana.
Y como la religión, el arte tiene su dios: la obra del artista, El Evangelio Según…
La flecha: un dardo envenenado.
Ahora bien, arte y religión deberían creer más en su dios que en las formas (ritos-liturgias-salmodias) de llegar a él.
Ninguna religión se contrapone (que dios es dios) con otra. Ninguna forma de arte atenta contra otra forma de arte (el estilo es el estilo).
Efectivamente: el oráculo ha hablado.
La profesora, en Yale, se toma muy en serio las clases. Las prepara a conciencia, sabe de sobra qué soluciones ansían escuchar sus alumnos antes que un montón de explicaciones ociosas sobre el arte de los demás. Prepara la teoría sobre todo. (¿Qué?). ¿Y los discípulos? Se arremolinan en torno a los nuevos conceptos: las plurales coartadas. “No olvidéis que hablo como artista antes que como profesora, pues esto último no deja de ser una consecuencia, un mero aditamento a mi personalidad que me permite pagar las facturas.”
Pero, ¿qué puede enseñar? ¿Lo que ella hace? Imposible. Entonces les explica la libertad, la pesada carga del pasado, la levedad de todo.
“No sabemos cómo tildar esta derivación minimalista, este nuevo afluente del povera. Es algo excéntrico. Llamémosle así: Abstracción Excéntrica.
Prospecto/Catálogo.
(Tomar en dosis generosa.)
Judía alemana escapada por los pelos: “Será una de las heroínas del Jewish Museum”, dijo. “Pero más adelante”, sentenció, no era el momento.
Acaba de morir.
“¡Ahora!”, dictaminó el curator-chamán, oteador de negocios, culturas, reputaciones, inversiones…
Hubo un cónclave: “Señores, directos al millón de dólares por pieza… Entonces, empezaremos a hablar.”
Veneración por los cuadernos rotos, las hojas dobladas, fotografías, lápices, frascos de tinta india… y el fantástico olor a nata de la goma de borrar.
Sueña: un niño obeso,  rubio y de ojos azules, con la dentadura podrida por las bebidas azucaradas, le apunta sonriendo con una Magnun 44.
-A ver, chaval, nombra cinco ríos de los Estados Unidos.
El niño se le queda mirando sin dejar de sonreír, y en seguida le dispara a la cabeza.
Despierta.
Así que, al principio Washington Heights. La madrastra, la melancolía judía en los ojos grandes y negros. Cásate rápido con un tipo anglosajón, un wasp comprensivo y de modales tranquilos. Mientras tanto, los grandes rollo de la Tora han salido del arca y los tiene escondidos debajo de la camita junto a Pluto y el Pato Donald y el puzle de las hadas.
El arte es el alma.
¿Y si no lo fuera? ¿Y si despreciada la técnica del oficio milenario sólo nos queda la cáscara vacía de intentonas fútiles, la farfolla? Lo piensa a la vez que sacude alfombras en la azotea, mediada ya la primavera.
Retorno a Alemania.
Kennedy ya estuvo aquí. “Ich bin ein Berliner”. El amigo americano.
Más tarde: 1965. Todo el pasado y la memoria borrados por toneladas de bombas incendiarias arrojadas por aquellos que ahora te acogen. Ella cuidadosamente registra en un cuaderno de notas apuntes biográficos, una cronología familiar y genealógica sumida en el olvido, el fuego y la ceniza. ¿Quién soy yo? Empecemos por el principio: ¿Quién no soy yo?
Tú no eres administrativa, (ni) financiera, costurera, abogada, bombera, escritora, jueza, política, tendera, médica, prostituta, economista, maestra, periodista, fontanera, taxista, música, militar, lampista, camarera, madre etcétera.
¿Qué es lo que no quiero?
Etcétera.
¿Qué soy?
¿Quién no eres?
Durante un tiempo viven del mecenas. Ella protege con sus alas matriarcales al genio y su esforzada labor. Tiene la oportunidad también de indagar los orígenes cerca de Hamburgo.
Los cuatro abuelos: Bergen-Belsen, Auschwitz.
Llama a la puerta. No hay respuesta.
Su madre correteaba de niña por Hamelin, a los sones trágicos.
¿Quién era?
Hesse, eres de Hamburgo, de la pudiente clase judía obediente de Yahvé y el ritual más estricto, y al huir hiciste de todo esto un pozo negro donde ya nunca dejarías de asomarte en las aguas malsanas y podridas que también circulan por las venas de los humanos.
Doto de realidad mi pensamiento: lo muestro al corporeizarlo a través de los objetos. Creo realidades, y vosotros tendríais que crear nuevas formas de entendimiento.
Entonces…
Entonces eres el espíritu de tu época: tu obra pertenece a sus modos, a su estilo general.
Cuadernos: diarios, sueños, reflexiones inconexas…
“Te lo confesaré todo, querido amigo mío, mi diario, mi confidente…”
Nada de eso. Antes de los veinte: cuenta lo que hace, no lo que siente. Qué inteligente (será artista, o escritora, o…).
Respira el aire americano: el mismo del mundo en ese instante, de noche o de día.
En Bryant Park.
Julio: hace un calor brutal, el aire ardiente casi es irrespirable. Hasta la piel pesa sobre la carne. Agosto: un clima africano y pegajoso se abate sobre estos desfiladeros de piedra humeante y moderna, rica, imponente, que aun sin tierras rojas abunda de presas, depredadores, carnaza multitudinaria… calles como canales de fuego (14,45 p.m.).
La espera bajo la sombra de los grandes árboles.
No vendrá.
“Ojalá”, se dice al tiempo que observa a un hombre sentado unos metros más allá de él pasando las páginas de un diario con un frenesí inquietante, con el rostro brillante por el sudor, el rictus homicida en los labios, desnudos los brazos blancos y famélicos, “fuera como ese tipo de aspecto algo sórdido, convulso y necio, con el pelo alborotado, la camisa abierta, los zapatos sucios, sin nada mejor que hacer, sentado en un banco lleno de cagadas de paloma, leyendo alguna porquería alarmista en el Daily News o en el New York Post, cociéndose en el calor de agosto, como yo, pero otro yo más abyecto todavía, más sudado y sin lavar, más hundido en la vuelta atrás, y además sin ganas de que vuelva a amanecer.”
Este preámbulo… para el crimen, la desgana fatal.
¡Dispara, dispara… sin arma en las manos!
Mis raíces: un exterminio.  Es como si te quemaran con vitriolo las yemas de los dedos, te libras de las huellas dactilares para siempre. Pero ellos, hombres y mujeres, capaces e inocentes, oscuros, anónimos y judíos, hasta mí fluye su sangre entre  mis venas, soy parte de ellos, y no me reconozco, como si hubiera salido de la nada, o peor, del crimen, sin rastro…
Yo era una elegida también.
Diario de la enfermedad.
Se instruye en eso, el DIARIO manoseado por el futuro no de ella.
Anotaciones:
En la galería: voy hacia Droll, y de repente empiezo a desviarme a la derecha de donde se encuentra.
Noto más que su extrañeza mi perplejidad, y algo de vergüenza porque pienso que él puede sentirse incómodo.
Se diría que una cinta sin fin se desliza bajo mis pies y me conduce donde no quiero, siempre al otro lado.
¿Qué me está pasando?
Toc, toc. Llama la muerte.
(Siempre con antelación, educada ella.)
“Has sido una buena estudiante, una buena judía, y tu papá no esperaba menos de ti”: ha ganado 100$ por unas ilustraciones en  Seventeen Magazine. Bien hecho. La niña promete.
Ah, qué lista. Ha descubierto un truco formal que da mucho juego: en sus diarios y apuntes se oculta tras un distanciamiento fructífero. Escribe en 3ª. persona.
La inferencia orgánica. Protuberancia: seno; agujero: útero. ¿Otra vez… lo femenino?
El gris. Absurdo. Ha visto cocerse unos sesos de cordero en el agua hirviendo: se tornan grises, más grises, grises del todo, y estaban sabrosos, sobre todo empanados con harina candeal.
“No eran de cordero ni de cerdo, eran humanos”, dijo de vuelta a casa desde Polonia (1946).
Del puro geometrismo al desorden, lo heterogéneo.
La página en blanco. A un lado un croquis con el diseño y la nomenclatura de los materiales, instrucciones para el proceso final en la galería, la disposición, el entramado antojadizo sobre el suelo, en el aire, la pared como soporte: instalación en marcha. Pero ahora, la página en blanco. Está cansada, y esa luz amarilla…
Le gusta la tinta azul: símil demasiado evidente/metáfora como plástica, no es una equivalencia, es una sugestión capaz de ser plasmada: con ella escribe, se significa.
Etcétera.
La instalación como reflejo de la pesada carga de la memoria, de la conciencia estragada.
El apósito material.
Desde muy joven enredada en hospitales, el cuerpo como una traición.
-Desnúdese.
La acompaña su hermana mayor.
-Quítese la ropa.
La hermana mayor, vigilante.
Está harta del cuerpo, pero lo ama hasta con desesperación: él la vincula a las cosas y a las visiones, a la realidad, a los otros. Y en él se reconoce, por él llegan a ella, por él llega ella a todo (o casi todo).
-Tiéndase, separe las piernas. Más.
Siente que la hurgan.
Su cuerpo agujero…
2-11-1960:
útero – dolores –ovarios
El cuerpo siempre presente. ¡Qué escultura!
Mediados los cincuenta se desnuda en la terapia, pero oculta sus ojos y llena de misterio el rostro de artista: por los cuatro puntos cardinales una paseadora y escrutadora intrigante tras las Wayfarer.
Una anotación: martes, op. (eración).
1966. Abril. Diario: las fuerzas latentes.
Lecturas médicas y quirúrgicas.
Recién vuelta de Alemania. Pide consejo, recaba opiniones sobre literatura médica, pues no está muy versada en eso. Finalmente, compra un pesado volumen encuadernado en piel de color azul: Gray’s Anatomy. A los tres días lo complementa con un diccionario médico en tres tomos.
Es suave, silenciosa y eficaz en sus asuntos: a nadie permite entrometerse. Dentro de sí los demonios. Es su estilo.
Se aficiona a leer esos tenebrosos volúmenes. Página tras página: revelaciones, la maquinaria viscosa, sangrienta y cromática de su interior.
A los pocos días, él la imita. La mimesis es un efecto inevitable en él (qué raras devociones).
-¿Empiezo por la “A”?-, pregunta El Interrogador.
-Empieza por donde quieras.
Abre el tomo II.
“D”.
Dolor: “El dolor es un estado de conciencia, una superposición psíquica a los reflejos protectores subconscientes…”
Se mira en el espejo. Deberías quererte.
EIDOS.
Entra en Central Park por la 59, la entrada que más miedo le da.
Y compra cosas baratas en la 14.
¿Cuánto tiempo hace que la sonrisa ha desaparecido de tu cara?  Al final de la pubertad descubriste que una sonrisa es la mejor llave para abrir todas las puertas, una llave maestra que otorgaba un poder casi ilimitado. Y la utilizabas con sabiduría, hasta con pícara habilidad. La invitación que dibujara tu boca risueña en aquellos lejanos años ha trocado en un rictus de amargura, o sólo de pena, de temor. Una bruma negra y helada te hace estremecer todas las noches al cerrar los ojos, cuando las pesadillas entran sin llamar a la puerta, sin necesidad de ninguna llave, y se adueñan de tu pobre conciencia.
Recobra la sonrisa, nena.
Cascadas filiformes descienden al suelo…
Geometría. Biomórficas.
Membranas esponjosas/Interiores/Fluidos.
Pandora: fibra de vidrio: desenreda la memoria: Right After.
Entrada libre: una exposición.
De su alma… a despecho del dibujo inocente, de la materia tan reconocible.
LOFT DE DROLL (Director de la Fischbach), PRIMAVERA DE 1969: síntomas del tumor: ¿qué le pasa al suelo…?
¿Qué es un tumor?
¿Una combustión? ¿El nacimiento de una estrella?
¿Por qué caigo…?
En el supermercado. Cientos de envases, envoltorios y pequeñas cajas nos rodean. Cientos de colores. Círculos y rectángulos, cilindros… ¡y hasta poliedros!
“Parecen cuadros”, dijo embrujado por caligrafías, tipografías, geometrías, colores.
Sólo había que creer en los contenidos de esos recipientes, y nunca en los significantes, la sintaxis ordenada de sus letras, el fácil reclamo.
Quizás pobre, quizás no tonta: muerto el padre, rastrea la sombra protectora, la seca fragancia de la loción de afeitado preferida de aquel (Floïd, ¡ah el rostro del tipo de pelo brillante ondulado y echado hacia atrás y nívea dentadura dibujado en la etiqueta pegada al frasco!), persigue la conmovedora sonrisa del padre omnipotente hacia la hija. Merodea en torno Ludlow y Orchand Street, palpa las shmatte, olisquea tradiciones. Compra.
Una educación para templar el ánimo: madrastra en lugar de una dulce nanny.
Moda de los 60.
Le iba como anillo al dedo. Todo parecía ajustarse a ella, a su cuerpo ya diestro, desenvuelto. Esos colores y formas han nacido para ella. Veamos: son ella.
Una seña de identidad más.
USA explosionaba: titulares de bala de plomo.
Los ojos como pinceles untados de realidad apabullante: era una “pintora” entonces, cuando Nueva York ardía por los cuatro costados de cuadros enormes, y pululaban escritores con una pistola en la mano, pintores con navaja, escultores con una sierra mecánica.
Kennedy: cuando lo mataron ya tenía la cara de los bustos de bronce de la historia, la mirada de los forjadores de ese país tan reciente impresa en los recuadros de los libros de texto para el grado medio.
(La mentira de Camelot.)
Naturaleza sexual de su obra. Sensualidad. Exploración del yo. Lo femenino. Lo apunta. ¿Lo cree?
1967.: Notas dispersas, hojas sueltas sin fechar…
Los tiempos están cambiando: la matanza de My Lai proclama el nuevo heroísmo del falso Imperio: se vendrá abajo.
1963, 1964, 1965, 1966, 1967.
Los tiempos están cambiando
No, ella no se convertirá ni por asomo en una chica sucia guitarra en ristre y un perro atado a un cordel que acaba en una prisión mexicana después de haber estado zascandileando por la frontera embutida en un coche con el remolque lleno de drogas y alcohol en compañía de tres compinches de la costa oeste comidos por los piojos. “Sabes, una guarra de esas sin nada que hacer después de la graduación, una de esas que, al dejar la escuela secundaria, quiere conocer mundo en lugar del campus de una universidad.”
Así son de ambiciosas, admití sin convicción mientras versificaba mentalmente un endecasílabo blanco sin dejar de masticar el pollo frío.
(Contando con las faltriqueras del daddy, al final un leguleyo mestizo bien espabilado de Sonora apellidado González las saca de la cárcel y las envía de nuevo al hogar, a la que fue, es y será La Tierra Prometida, aunque algo desencuadernadas: llegan pestilentes después de haber estado sin bañarse tres semanas y con la regla entre las piernas, se han acostado cada noche con un tipo distinto del que ni siquiera recuerdan el nombre  ni el color del pelo al despertar, han consumido toda clase de ácidos, hierbas y pastillas y se han llenado la tripa todas las tardes de auténtica basura que vomitan al amanecer, alucinadas todavía por el LSD y con las bragas en los tobillos. Pasado el tiempo, ya en el Imperio, limpias y aseadas, fumigadas tiempo atrás, con un par de criaturas rubias como el trigo granado jugando bajo el sol, felizmente casadas, dueñas gananciales de una casa de dos plantas y piscina en forma de alubia rodeada de césped que refulge al sol, a las afueras de la ciudad, solas en el salón, sin quitarle ojo a la asistenta que quita el polvo, exhiben una sonrisa desdeñosa al pensar que ellas fueron en sus buenos tiempos La Mala Chica Que Vivió Múltiples Experiencias. “Quizás escriba un libro acerca de todo aquello”, se dicen con la vista puesta en el pacífico paisaje bañado por la luz matinal que se divisa tras las cristaleras, dorando la hierba del amplio jardín. El sol está en orden, y el aire, y las hojas de los árboles: el tiempo es suyo, y las horas, y las disposiciones. Y lentamente cierran un libro en tapas duras de Jacqueline Susan, la gran inventora de buenas chicas malas.)
Los tiempos… que están cambiando (anuncia la voz bienintencionada del cantor por el canal 2WNY.).
Pero… no ella. Por esos años, ella es la buena chica que en el bolso acharolado de las fiestas que lleva colgado del brazo tiene metida La Experiencia junto a la barra de labios, las llaves del apartamento, caramelos mentolados, pañuelos de papel, dos tampones, una aspirina, el dinero justo para el taxi de vuelta y una agenda de tapas metálicas donde anota direcciones y teléfonos de “posible interés para el futuro” (Los Hilos de Ariadna).
El santón de la 48 Este le abre las páginas del Bhagavad Gita: “Desnúdate, enfréntate a ti misma, y vence.”
“Hemos creado guetos… para blancos.”
1968.
En aquel tiempo dijo Jesús El Analfabeto de Nazaret a sus compinches: John Cheever el Marinero se levantaba al amanecer, sorbía el primer café de la mañana y se sentaba un par de horas ante la máquina de escribir, Olympia, Corona o Olivetti, a elegir, calentando previamente las yemas de los dedos mientras los pesados párpados se abrían al teclado y las palabras bullían en el cerebro bien resguardado en el interior de la cabeza a salvo de las moscas del exterior aún balbuciente y los leves crujidos de alrededor. A las nueve (y algunos pocos minutos más o menos) dejaba de teclear, apagaba la luz de los sesos, se desperezaba y se ponía en pie como si acabara de despertarse otra vez. Silencioso, permanecía mirando a través de la ventana intemporal el frío o el calor de afuera un largo rato. En realidad, suplicaba que “el buen Dios” aplastara “al mal Diablo” y llevara  sus pasos lo más lejos posible de las botellas de whisky y ginebra en la despensa de la inocente cocina aún con el doméstico olor del guiso de la cena de anoche. Rezaba para no ceder a la tentación a las diez de la mañana. Rezaba para aguantar hasta las once… al menos. Algo que, naturalmente, no sucedía nunca.
Y también en aquel tiempo era cuando cien mil neoyorquinos abandonaban la urbe cada año huyendo de una violencia diaria que se cifraba en cientos de asaltos, miles de robos y dos docenas de asesinatos: el circo estaba en Times Square, las hogueras cercaban la ciudad, cada noche las ratas asomaban en tropel por las alcantarillas y los largos coches relucientes de pintura chillona de los proxenetas negros y blancos circulaban por las grandes avenidas con estudiada y chulesca parsimonia mientras los policías vestidos de azul se escondían tras sus pequeños sueldos o en sus casitas de chocolate de Queens y New Jersey.
La artista descubre que sólo vive el presente. Coleridge lo señalaba; Lowry lo subrayaba.
La artista reflexiona. Sobre todo descree, cuestiona, indaga…
“He aquí”, se dice: Punctum Indifferens: el tiempo presente abarca el total del tiempo.
Se halla justo entre el pasado y el futuro, donde confluye todo azar.
Cultura griega, mitologías. Enéada. 9 elementos. Virgilio: ¡coge la mano, buceador!
Información matemática, mitológica en sus diarios.
GRAN IMPORTANCIA A LOS TITULOS: anota en una libreta de apuntes: PENELOPE.
¡Qué original!
¿La Época?
La de las Flores y la Paz.
Nada de violencia contra la Policía que Dispara y Mata.
Instrucciones: salmodia la sílaba sagrada OM durante siete horas y media.
Los efectos son fulminantes (pasado ese tiempo).
Tejiendo. Penélope. Fácil.
Una bruma densa, plena de olores marinos, de oceánica vegetación, invade el parque de noviembre en las primeras sombras del atardecer, envolverá la incipiente noche en una gran nube verde, y has de oír hasta el rumor de la ola de algas que arriba a tus pies. La niebla la moldea, la materializa sutilmente, toma forma esa mujer que sólo se esculpe de aire mojado para él, una materia real, viva y corrupta, sumidos ambos en el mar nocturno que anega los mínimos bosques del parque.
El viejo Dos Passos antes de los años treinta:
-Oye, ¿cuánto cuesta una mujer en Nueva York?
-No sé; mucho, me figuro…
(“Ya no soy judía, mamá. Estoy en Nueva York.”)
¿Ya no…?
Una mujer sola en compañía, siempre rodeada de gente, de amigos y colegas, admirada. Y el estudio: donde es la soledad el mejor combustible para la imaginación.
UNA NUNCA SE ABURRE.
(Lo decía en voz baja, sin alterar el tono, pero era toda una exclamación dirigida a los inoportunos.)
¿Cómo se gana la vida?
Soy artista.
Bonita ocupación.
Tiempo al tiempo: acabará de homeless o como una de esas bag ladies hediondas que arrastran lastimosamente sus ínfulas del pasado amontonadas una tras otra en el carrito robado de un supermercado: un equipaje rodante de trapos, cartones miembros de cadáveres y restos de comida basura recogidos de las papeleras.
Invierno de 1969. Diciembre. Contingent, pieza hecha en primavera y expuesta en Finch College. Pero el texto que aparece en el catálogo no está escrito por ella: es la transcripción de una cinta grabada. (¿Narrador?).
Látex: suave como el guante del cirujano, la piel de seda, se agrieta con el tiempo, envejecemos…
Muertos el padre y la madre, ¿qué clase de protección puedes esperar? Esa desnudez, ahora pervertida y degradante, será un inofensivo juguete en manos del destino (más tarde o más temprano, acabará a dentelladas contigo).
“Lo más importante es estar vivo, y tener conciencia de ello. El arte es el alma, la vida. Arte y vida son inseparables, y esto es lo absurdo, que no controlamos los aspectos fundamentales de uno y de otra.”
Ver Libro de Restos Industriales, Instalaciones, Materiales, Hierros. Almacenamiento de obras: muy costoso, exige mucho espacio, mantenimiento (ver página 51). NO OBJETO: PROYECTO ARTISTICO, INSTRUCCIONES DE MONTAJE ETC. (***)
Hesse: 70 obras.
Se mete en el interior de una pieza. Sustancias evacuadas del cuerpo. Materia orgánica. Un túnel: la luz, roja, al final. Nada de blancos, los terrores de siempre acechando: fuera del cuerpo, hombre o mujer, limpio o sucio, sudoraciones, fluidos, excrementos.
Perdido de nuevo en el subsuelo.
Recordar Berna, arbolada y de aire fragante. 1965: deambulaba tranquilo por las calles con un olor especial a madera y agua.
Sus Diarios de entonces:
La galería quedaba al oeste de la ciudad, al otro lado del río, casi frente donde décadas después se construiría por Renzo Piano el edificio ondulante del Zentrum Paul Klee, naciente de la misma hierba de la también ondulante colina.
Klee: 4.000 hojas de reflexiones, apuntes, bocetos, teorías… Pintaba la mente (sólo para sus ojos). Las manos pecadoras, quietas.
(Estudiaba Senecio.)
11,45. “Tomaremos el tranvía hasta el puente Nyddeg”, anunció Jennie.
(Pero se lo recordó en... ¡1982!).
Supo, sin verla, que Hesse había estado allí, y hacía apenas unos minutos. Salió al exterior. Sobre la verde hierba fría y resbaladiza corría tras ella bajo la lluvia. Se veía así en el futuro, esa imagen conveniente, inolvidable, hasta (fácilmente) poética.
Sentía su hueco por todas partes. Casi es inaudito creer que una ausencia, una desaparición, el vacío en suma que produce el alejamiento de quien ya sientes consustancial con lo porvenir, es capaz de provocar sentimientos mucho más intensos que su misma presencia en carne y hueso, accesible y rotunda.
Después se vieron de nuevo en una de las atestadas cafeterías del barrio Matte, a última hora de la tarde. Inalcanzable. El dibujo de la mano en el aire, los ojos grandes y risueños en la distancia.
No podía olvidarla.
Ya no iba a poder olvidarla a esa judía de cuerpo magnético, blanco, suave, hechicero de una voluptuosidad que llenaba por entero su imaginación de centauro.    
Debería ir al fin del mundo de su mano. (Sólo dejó que muriera.)
Una vida después (tres años) la encuentra de nuevo.
Nueva York: ¿Quiénes diablos son esos del minimalismo?
Judíos, seguro –dijo uno español descendiente de judíos, moros y cristianos en Madrid, en la redacción de la revista con vistas al Viaducto y mesa de juntas en las tabernas próximas.
Llevan dos años con la monserga.
Coge el avión y echa un vistazo.
¿Y qué hay del dinero?
Por favor, seamos imaginativos. Estamos en el 68. Ni que esto fuera la Edad Media (espadas melladas de siete kilos, desayunos con tocino y un baño de agua caliente al año). Sabrás cuidarte. Búscate la vida. Ya tienes bastante con el billete de ida del viaje.
Escala en Lisboa: citas con Jennie, la hechicera que rapta almas con la Nikon y la Leica, a elegir. Ella aún tardará un tiempo en volar a USA.
Me meto en el avión ilusionado y un grueso libro de bolsillo con el que entretener las muchas horas de vuelo.
Empieza Tu Novela.
En Nueva York:
El encuentro siempre es menos trascendental que la sustancia del recuerdo, de las evocaciones.
Antes, invenciones, cuentos chinos, expediciones callejeras por una ciudad desmesurada, agotadora, a la que los rótulos le imprimen orden y disimulan pérdidas... y ella lejos del tacto, nunca de carne y hueso, palpable, todo lo pecadora.
El tipo acaba escribiendo mentalmente poemas en verso libre mientras pasea entre las lápidas del cementerio de atrás de Trinity Church.
“Todo es un museo imaginario”, se dice sintiendo un poco de extrañeza al pensar en el hecho de estar vivo, serlo, y no otra cosa, un mineral, la hoja de un árbol, los pasos de alguien que nunca ha de verse.
ESTO ES UNA FOLIE A DEUX.
Él decide.
¿Y si no eres tan lista?
El arte… el juego de la silla vacía. Corres bien, y eres vigilante, pero no eres taimada. Te robarán el asiento siempre, te quedarás de pie más tiesa que un palo, con el culo al aire mientras los otros están sentados.
En realidad, le mintió (él) a Ray en uno de sus primeros encuentros: busco los antiguos ejemplares de Cosmopolitan por los bonitos colores de sus portadas. Otra boutade.
Galería Leo Castelli, en el 4 East de la 77. Este espécimen de judío e italiano, fausta combinación pícara y fértil a la vez, ejemplo sublime de mercader del arte y de los hombres, iba caminando a través de los años de la mano de aquellos que no tardarían en convertirse en valores seguros. Muerto Pollock (indefenso y ya inofensivo, sin cagadas en el pantalón y sin el hedor a alcohol), sólo entonces, comenzó a mostrarlo en el escaparate, limpio y con lazo, aseadito, junto a Twombly y De Kooning. Antes del 50, lo seguro, lo europeo: surrealistas y Kandinsky. Después todo sería más fácil, nada más había que estar a la pàge, pasito judío a pasito judío hasta reunir los mil millones de dólares de patrimonio familiar capaz de proteger en adelante los bandazos de la tribu en cualquiera de sus diásporas personales. De modo que todo discurría fluyente como un teorema matemático e inapelable: Raushchenber y Jasper Johns el puente al pop y de ahí al minimal y la burbuja conceptual (Warhol, Lichtenstein, Morris, Judd, Nauman, Serra…) No hay nada más sensato en el arte que ir al correr de los tiempos, ¿a qué la rebelión?
Se trata de una decantación. Dejarla que siga su curso normal, su precisa gestación.
Todo acaba fermentando. Más que el vino, la pintura, alguna escultura y el reducto del coleccionista culto pero pobre: el dibujo, el grabado, el pequeño bronce…
Deja que fluya. El tiempo es el mejor ardid.
Y los réditos, siempre llegan. Es una certeza matemática.
Y, al final, las faltriqueras llenas.
Crea franquicias atmosféricas: 420 West Broadway. Y otras. Extiende sus negocios como una mancha de aceite.
Sabe lo que se hace: en cuestión de arte, los demás saben lo que uno quiere que sepan.
“…Y murió rodeado de los suyos.”
Cualquier cosa puede ser arte… si uno se embolsa el dinero adecuado que otro ha de pagar: ese gesto certifica la bondad de los productos.