sábado, 20 de enero de 2018

33

Julio de 1953. 35 grados a la sombra. Es Nueva York, la fétida: las aceras se derriten, los árboles polvorientos bajo el sol agonizan a la mitad del día.
¿Qué tienes en las manos?
La realidad del dibujo la confunde. Medita un rato.
Lo cierto es que no hay que figurar el mundo. He ahí el error.
Arranca la hoja.
¿Qué tienes en las manos?
Un tubo de goma, y en seguida descubre, en un ángulo de la habitación, el pedazo de cartón, restos de arena de la playa de Coney Island, el agua, la sal, el cielo azul o gris, es igual, el aire cálido aún con ella.
No hay nadie en casa. Se halla completamente desnuda, a solas como nunca ha estado, y teme los espejos.
De pronto, queda inmóvil, pensativa.
¿Qué tienes en las manos?
Si cierras los ojos, te ves mucho mejor. No sabe cuanto tiempo permanece quieta, sintiendo la calentura húmeda y asfixiante sobre cada centímetro de su piel.
Con los ojos cerrados se contempla de una pieza en la penumbra abrasadora de la tarde.
La desnudez en todo, en lo más ardiente del día.
¿Por qué?,  brama en todas sus páginas el Talmud.
(Son preguntas sin respuesta ante el hombre rebelde…)
Utilizan óleo y acrílicos mezclados con benzedrina, opio, morfina, mezcalina…
Novedosas porquerías…
Te voy a enseñar a comer (yo a ti).
Y, al cabo de un rato, pone debajo de sus narices un bonito plato ribeteado con vírgulas azules y rosas, una jarra de agua fresca, vino dulce del color de la miel y un par de vasos y servilletas amarillas de papel.
¿Qué demonios es esto?
Plato único: tarta de queso con fruta glaseada comprada en la tienda de frau Böta.
¿Qué clase de ayuno judío es éste?
Curiosamente el pensamiento, la conciencia, se pudre sin despedir olores  y muere mucho antes que el propio cuerpo, que tarda sus buenos días en hacerlo, descomponiéndose asquerosa, agusanadamente. La materia se toma su tiempo pútrido, lo hizo antes: 4.000 millones de años. No obstante, la conciencia (chasquea los dedos), zas, en un santiamén, adiós, hasta nunca, e incluso en el sueño inocente/inconsciente toma las de Villadiego. La conciencia…  ¡A saber en qué cementerio acaba la volandera!
-Doctor… Se muere.
-No sufre.
-Parece que quiere hablar.
-Es un acto reflejo –masculla el doctor suspirando.
De repente, todo ha acabado. Y, sin embargo…
El doctor se rasca la barbilla, mira el cuerpo yacente, inmóvil, un fardo que habrá que enterrar o quemar: “Qué cosas… Nunca me acostumbraré.”
El doctor tiene la bata blanca inmaculada. Casi hiere a los ojos ese blancor. 
Vamos a empezar, deja que entren. Nada de ultrajante ha de haber en ellos hacia ti. No les ofendes. Así es la época. La extrañeza es el primer aldabonazo que proyecta el arte de vanguardia. La sorpresa ante lo extraño es el valioso refrendo de su autenticidad. ¿Cómo contar una historia en nuestros días a través de lo increíble?
Que sea mentira: es verosímil: es.   
Primera exposición importante de E.: 1968, “Polímeros”, Finch G. N.Y.
¿Polímeros?
Son excelentes sus propiedades mecánicas.
Una técnica es una metafísica.
De manera que elevemos a categoría artística el acto procesual y los materiales: los acrílicos, los polímeros...
Vamos a entendernos.
Son sustancias gratificantes al tacto, incluso al pensamiento, parece como si las tocara: grado molecular, peso molecular, temperatura de fusión… El cerebro se divierte, esa masa rugosa, maleable y blanda: también sería una buena masilla, pero habría que apelar a la resina, endurecer su modelado. ¿El pensamiento como catalizador?
El pensamiento es lo que primero se pudre en el acto de la muerte: está hecho de la materia de los sueños.
Aún crecen los pelos de la barba y el pensamiento ya ha volado. Estás más seco que la cecina, tío.
Mi alfabeto son los polímeros. Lo que puedes escribir con ellos. Una serie infinita de combinaciones.
¿Qué tal el polietileno?
¿De alta o baja densidad?
El cementerio de las conciencias. Sube y baja, al lado de donde sale el sol, al lado de donde se pone el sol.
Te sorprendería saber la cantidad de materiales poliméricos, todos sintéticos, que envenenan a los espectadores de los museos modernos: plástico reforzado con fibra de vidrio pintado con tinta de base poliéster; esmaltes de poliéster o poliuretano; rigideces de resina, policloruro de vinilo pvc, láminas de polietileno…
Auténtica porquería tóxica para la carne… y el alma.
En especial: que nada recuerde al arte.
Lo museable, la reproducción en las páginas satinadas, debe ser la última cosa que piense el espectador al circular alrededor de la pieza:
Una escultura es: a) el noble barro o el límpido mármol de carrara; b) el bronce solemne, la labra exquisita de las maderas, el hierro antiguo.
A partir de ahí…
El diluvio.
Y, sin embargo, ah, esos maravillosos polímeros naturales: el algodón, la seda, la lana, el hule del árbol de hevea y los arbustos de Guayule…
Hesse: “Deberías aclararme el sentido y objeto de este material. Voy a olerlo, a respirarlo, a tocarlo, a manipularlo… Va a matarme y quiero emplearlo con conocimiento de causa.”
“No hay peligro. Hace más de cinco mil años que se utiliza su técnica, ya formaba parte de la evolución humana desde los sirios, de sus industrias y artesanías. Tienes ante ti los materiales más acordes a tu ambición.”
La triste venganza de un espíritu atormentado preso durante mil años en un sarcófago.
La chica abre el sepulcro: el polvo amarillo se esparce a su alrededor, lo aspira, envenena su alma y su cuerpo. A volar.
Un bulto. Interior.
La mujer antes que la artista se pone a pensar: impura, el cuerpo con sus repugnantes fluidos ya te avisaba. Ha sido tu enemigo. El único que ha de matarte.
INDUSTRIAL PLASTICS SUPPLY CO.
324 Canal Street, New York 13, N.Y.:
Compra al por mayor. Galones y onzas.
¡Con qué alegría traspasa el umbral de lo prohibido!
¡Y sale cargada con la muerte a cuestas!
¡ESA FÉTIDA COMPONENDA TE VA A JODER VIVA!
Escucha música: Bach, el padre (pero sobre todo Bach, Carl, el hijo).
También, algo de Vanguard Records, bluegrass y el folk revival que sobrevivía en Greenwich Village de la mano de Pete Seeger y alguno de los acérrimos acólitos de Woody Guthrie “Matafascistas”.
En el 69: aún le da tiempo de leer Portnoy’s Complaint. Una conmoción: ser judío, ser eso, cada página pesa como una losa en sus manos, una maldición en el alma,  cada página exuda la bendición del único dios, cada página huele (a esperma, a polilla, a comida, a ropa mojada, a sudor de pies, a frituras, a mierda, a la charca mórbida de los humores del adolescente), se podría hasta masticar. Ser judío: flagélate a gusto: tienes a tu alcance un buen montón de mentiras para hacerlo, pueblo elegido, pueblo sangriento, a cuchillo, adelante, adelante: ¡coge el puto látigo!
Finalmente, dijo el doctor: “Bueno, ahora ya podemos empezar”.
¿Sí?
Pues, adelante.
Todo lo que quieras. Menuda estupidez andarse por las ramas. He aquí una lista de última hora, una polisemia matérica de alcance inusitado:
escandio, samario, terbio, holmio, tulio, lutecio, prometio, itrio… Plateados, blancos, grises…
Cada gramo de esas chucherías un dólar.
¡Qué magnifica resolución física de su ingenio!
Y ella juega con la tabla periódica como una niña con su muñeca. En realidad, escribir, pintar, componer, es como el “hacer casitas” de la infancia. Sólo que ahora, pasada la raya roja de la adolescencia, somos más cobardes, menos dioses… y mortales.
El puzle, querida, se ha complicado.
Historias de la clínica. Una paciente sumisa. No vayamos a hacer una novela de todo esto. (Para más adelante, pero sólo tres o cuatro páginas).
Hizo amistad con un moribundo (murió antes de su segunda operación).
Háblame de él.
¿Estás loco?
¿Qué leías?
Dickens. Austen. Eliot. Carroll. Twain.
¿Y el moribundo?
El moribundo sólo tocaba una y otra vez las tapas de piel, pero de piel de verdad, olorosa, pulida,  de un libro pequeño.
Sería una Biblia de bolsillo.
No… Una vez que él dormía lo cogí y abrí sus páginas tan febles, estaban escritas en griego. Era una novela de…, de esas de… Aunque no estoy segura.
(El enfermo la buscaba a veces en el New York Hospital. Le temía ella, era como un espejo puesto a la vera del camino que ella también recorrería, los cuerpos vencidos por el monstruo que ellos mismos, incomprensiblemente, habían generado.
Hablaban y la mirada de ella era la sonrisa, pues los ojos la llevaban lejos de allí:)
Lo peor: caminar por la urbe sin doblar a ningún lado, aprisionado en  los desfiladeros inmensos y rectilíneos que se pierden en el horizonte de coches y de piedras. Hace frío, todo es gris. Y no hay nada que hacer más allá de estos pasos a ninguna parte. Un sol débil pugna por atravesar la grisura de un cielo desesperanzador, quiere abrirse camino hasta la tierra desde la lámina blanca, ya casi gris, el pobre amarillo desvaído apenas alcanza pináculos y azoteas. Gris todo.
Le gustan las antigüedades. Pero tiene poco dinero. Ni pensar, como soñaba en otras épocas, coger el metro hasta Park Avenue.
Se conforma con subir hasta el West Village. Más allá de la calle Bleecker con sus cafés y salas de rock and roll se hallan numerosas tiendas de artesanía y antiguos objetos a muy buen precio. Una chamarilería sin límites donde obsequiar a sus ojos.
Interrogatorio.
TUMOR: Hesse era muy aficionada a leer en su adolescencia libros de medicina.
TUMOR: invisible, pesa una tonelada sobre sus huesos, enturbia su aliento y ciega sus ojos.
Descripciones médicas, incluso tecnicismos, patologías: se hizo una experta en ello. Velaba en la conversación esas adicciones, lo secreto, a lo que nunca alcanzamos del otro, en el otro. No se delataría nunca. Una afición secreta.
Extraía metáforas. El material es una metáfora: guarda los sacrilegios para el proceso, ahí es donde puedes blasfemar artísticamente, rompiendo los cánones, a gusto.
De pequeña, sin duda habría celebrado con entusiasmo el regalo navideño de una valija repleta de instrumental quirúrgico, brillante como la plata, mucho más que los libros de arte que su padre le traía en una caja. Libros que la aburrían: “Toda mi obra es un atentado contra aquellas reproducciones de los cuadros y esculturas de los museos”, debería haber proclamado a los cuatro vientos (pero lo hacía con la boca cerrada).
Evchen, sonriente y silenciosa, comienza a parecerse cada vez más a su época, todo semeja América en ella, a las ambiciones secretas. “Pero no olvidará sus orígenes”, se dice el patriarca.
Literatura de anticipación: hubieron trastornos psíquicos, ciertamente, aunque resultaron ser un de fácil psicologismo, la misma vida, las relaciones sociales, sus veleidades artísticas, los matrimonios y divorcios si los hubieren, el dinero, la cultura, las penas diarias tan necesarias para las posteriores satisfacciones, en fin, hubieran solucionado las cosas en el cerebro de esta pequeña dama judía emigrante, pero, mira por donde, nos salió artista… 
Paseo por los alrededores del Met. Luego bajan hasta el lago. Empieza a anochecer. De repente, desaparece, se disuelve en el aire como el humo, como la niebla ensoñadora que envuelve el parque fantasmagórico de J…, la película de Dieterle.
¿Qué has hecho? Peor ¿qué no has hecho?
Todo, absolutamente todo, es irreal, un juego perverso y desdeñable de la mente.
En fin, la ve de nuevo, de entre los arbustos, pálida de entre los muertos, de entre algo.
Elige adjetivos propios de las Dime novels, la palabra cortante, que le permitan inventar andanzas y diálogos mordaces en la búsqueda de la desaparecida. ¡Escritorzuelo!
Le tendía algo con mano temblorosa, erguida incómodamente en su asiento.
El sólo espera el puñado de dólares.
“¿Bastará con esta fotografía?”
Coge la instantánea y le echa un vistazo sin interés.
“Espero que sí…”
“En cuanto sus honorarios…”
“25 pavos diarios. Gastos aparte.”
Miró fríamente, sin compasión, a esa madre de ojos húmedos y labios mal pintados que en ese momento hurgaba en el interior del bolso de piel, una mujer bastante más allá de su juventud y de todo placer conocido, capaz de lo mejor y lo peor para recuperar a la oveja descarriada y encerrarla de nuevo en el redil (¡Nancy, querida hijita, mi pequeña Nancy…!)
No iba a dejarse conmover así como así por un caso tan común que apestaba a putilla adolescente pasándolo bien en hoteles de la costa oeste  con su compañero de pupitre.  
El era un auténtico hard-boiled, un private-eye sólo atento a los hechos tan sólidos e irrefutables como los billetes de veinte dólares.
La busca a través de la ciudad, de día y de noche por sus barrios y calles, como un sabueso, a lo largo y ancho de un museo trágico donde ningún final es feliz.
(Pero la auténtica Hesse se le escurre, huye hacia un lugar del que nada sabe, un lugar donde la aberración deja de ser abstracta.)
Hesse, que se le cruza andando por la calle 9 Este, vestida con un abrigo de paño azul estilo cocoon...
Hesse, con cazadora blanca, minifalda rosa y zapatos negros de tacón con el bolso en ristre merodeando por el drugstore de la calle Bayard…
Hesse, que se desliza lentamente por los helados pasadizos envuelta en el sudario verde…
La busca con las antiguas ópticas del cine negro (50, 40, 32, 28, 24…) Lástima del pingajo que utiliza a modo de gabardina de trinchera. (Y demasiado bajo de estatura para encasquetarse el sombrero de fieltro.)
NO SE PROHIBE FUMAR.
Y el gesto duro, duro de roer.
(Ah, pero los falsos duros, grandes de pacotilla…):
Duros a lo Cagney, Powell, Bogart, Ryan o Mitchum miradadepiedra.
Y a gastar suela…
De acuerdo, 1966. Tienes la edad de la incredulidad, un lustre entusiasta delata la impaciencia que escondes en tu interior por ensanchar el caudal de tus conocimientos, sobre todo de aquéllos que más tarde podrían informar de tu especificidad individual. Sabes que eres un individuo resuelto en lo colectivo con una revista debajo del brazo, un libro de bolsillo guardado en la chaqueta de pana, el seso alerta y la mirada miope y huidiza pero quieres saber qué cosas y acontecimientos harán que te distingas en lo esencial de otros muchos, de qué serás capaz con o sin ira, de aquellas las transformaciones, de las implicaciones, de las complicaciones... Un toque de estilo, ante todo eso, si empezamos por el principio.
Así que 1966. Vaya.
Aunque para tu tiempo y en tal país andas muy espabilado. Se pueden contar con los dedos de una mano (y no es frase tópica, el momento exige contundencia) los jóvenes de tu generación que sumando los mismos años han salido al extranjero, y deben ser tres o cuatro de cada mil los que han asomado la cabeza fuera de su continente. Así que 1966…
“Tengo toda la vida por delante”, te decías feliz veinticuatro horas antes, arrancando del rodillo de la Consul checa un folio colmado hasta los márgenes.
Y estás vivo de milagro, desde el día que naciste, y si sigues vivo es de milagro. Un milagro continuo, una encarnadura tenaz. ¡Eres un milagro, cabrón! Una afortunada escala de múltiples instantes propicios permite extravagantemente que tu corazón bombee sangre, que tu cerebro se irrigue de manera correcta, que la maquinaria siga intacta, que una bomba de hidrógeno no caiga encima de tu cabeza...
¡QUE UNA BOMBA NO CAIGA EN TU CABEZA!
(Al amanecer de este día, 17 de enero, lunes, ya levantado, aún casi empalmado, cuando te preparas el desayuno y dispones lo necesario para redactar un reportaje musical de tres al cuarto, un B-52 acaba de expulsar de su vientre en llamas cuatro bombas termonucleares. Son setenta y cinco veces más potentes que las arrojadas sobre las dos ciudades japonesas en agosto de 1945. Las bombas, del tipo B-28,  con una capacidad destructiva de 1,5 megatones, no han producido al estrellarse una reacción nuclear, pero liberan parte de su carga de plutonio y uranio, una radioactividad de 2.000.000 de CPM, según los monitores PAC 1S. En ese mismo momento te encuentras, siguiendo al norte la costa española y mediterránea aún virginal, a menos de 200 kilómetros del lugar donde han caído las bombas. Sorbes el café humeante, la tostada untada de mantequilla y una mermelada ruin excita la pituitaria, pones en orden tus ideas recién salido de la ducha, un cuerpo perfecto, felizmente descansado, tan deseable: “El mundo es mío.”
Una bomba cae justo encima de tu cabeza todavía sin peinar.
Sabe usted, una bomba atómica cayó sobre mi cabeza una mañana mientras todavía en pijama y con la tranca al aire me miraba las legañas en el espejo del baño. Así como así. Qué cosas.
Considerando que los cohetes SS-4 llevaban alas desde el 62 y sobrevolaban los azules cielos de una España detenida en el tiempo, en el tiempo del esparto y el jabón Lagarto, el bocadillo de sardinas y la televisión en blanco y negro, tampoco es mucho de extrañar. A cualquiera puede ocurrirle algo semejante. Bomba más o bomba menos en la cabeza…
Un tumor comienza a crecer entre los pliegues del cerebro aún medio vacío de ideas.
Te ha dado de pleno el hijoputa del SS-4. ¡Joder!
¿Y, ahora, qué?
¡Ca! No sabes nada de nada. El mundo no se deja arrebatar, siempre sale indemne y el hombre muere, miles de millones de veces muere en cualquier época, tenga lo que tenga, sea lo que fuere, en Almería o en el Upper Side West de Manhattan.
Al otro lado del túnel, a la misma hora, una mujer de treinta años termina de acicalarse, sorbe un par de tragos de café aguado, apenas tibio, y mordisquea una galleta integral de pasas. Elige un par de manzanas del frutero encima de la mesa y las mete en el bolso de calle. Echa un vistazo más allá de la ventana con la taza en la mano. Está nevando. Apura el café. Sale de la cocina y en el pequeño dormitorio se encasqueta un gorro azul con un pompón blanco. Se abrocha el abrigo, rodea el cuello con una gruesa bufanda de lana a rayas rojas y negras. Durante unos segundos se mira en la luna del armario a un lado de la cama. Coge un cartapacio lleno de hojas que descansa sobre una silla. Abre la puerta del apartamento y desciende el tramo de escalones hasta la salida del edificio. Se precipita a la calle. Aligera el paso hasta zonas más concurridas de tráfico. Busca un taxi sin dejar de andar apresurada, con la cabeza alzada.
2001: 11, martes, 8,35. A.M.G.B. va a firmar el maravilloso contrato de su vida de vendedor de joyas en el restaurante LA CIMA DEL MUNDO.
El tipo se retrasa algunos minutos.
El aguarda confiado: el mundo es suyo.
A las 8,55 aparece por el horizonte el gran pájaro de plata de la suerte.
A.M.G.B., aún con el sabor del inmejorable café caribeño en la boca, se levanta sonriente, con su mejor sonrisa de vendedor de sueños… 
1966. Eva: Una mujer de treinta años. Balzac consideraba algo sesgado el asunto, era la época y el hombre, puro subjetivismo. Caramba. ¿Qué ha dejado atrás? Sobre todo, un marido inútil. Etcétera. Cien años después una mujer sigue siendo joven hasta los cuarenta. La vida por delante.
Quince minutos más tarde sale del taxi atascado en la 16 con Columbus. El chófer le dirige una ristra de improperios a sus espaldas, todavía contando centavos en la palma de su mano. Recorre apresurada un par de manzanas y se introduce en un edificio de apartamentos delante de los muelles del Hudson.
El interior del apartamento es pulcro, como el hombre que la recibe sonriendo, como la obra artística que propone. Una decantación por ambas partes de un cerebro privilegiado y a la expectativa. El arte de lo medido entraña una violencia superior inimaginable, muy bien dosificada, y en perfecto silencio. Nada de discordancias, pues. La obra de un artista es su vida. Ocúltala, si es tu deseo, mas no dejarás de auto biografiarte. E. respira la atmósfera límpida, se diría que hasta el aire circula con orden, en ondas simétricas.
Carl Andre es un teórico de altos vuelos (caramba, esto ha salido solo, sin premeditación). Imaginemos que.
-¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a pasarme a partir de ahora?
Una típica pregunta de adolescente.
Cuando ya el tumor crecía dentro de su cráneo y nadie podía saberlo, ¿qué va a pasar?:
-Nada en especial. Lo que a todos. Te irás haciendo mayor, cada día un poco más. Eso es lo que pasa.
Recuerda aquellos primeros días.
Caminas encorvado por el saco de las caóticas lecturas a la espalda, el maldito saco parecía cargado de pedruscos inútiles. Incluso estás atento por si aparece tras una esquina alguno de los Glass (esa familia de relamidos intelectualoides). “Lo reconocería de inmediato”, te dices. Seymour, en especial. Ya puestos. Las malas reminiscencias, especialmente de orden cinematográfico, pero también literario, son las que dan el tono de esta ciudad. Y han pasado dos años. Y aún tienes el influjo pegado en el trasero.
Jennie Queiroz ha terminado su trabajo.
¿Vas a quedarte? Y se ríe en seguida.
Un par de días después la acompaña al aeropuerto.
¿Pero qué diablos vas a hacer en este país? De acuerdo, haz lo que quieras. Ya volveré por aquí el año que viene. Mientras tanto, cuida que nada del decorado se venga abajo.
Antes de desaparecer con las cámaras a cuesta camino de Lisboa le sonríe con lástima, como se mira al que nos produce serias dudas respecto a su porvenir más próximo.
Se despide con la mano.
Se da la vuelta.
Él coge el metro.
En el East Village.
Más tarde, entra en la librería.

martes, 14 de noviembre de 2017

32

RIGHT AFTER
Bien, se acabó la Navidad, sabes que vas a morir: no existen los milagros. Lo sé desde que era niña. Caramba. Así somos las niñas judías. Es el final. Gracias por tu franqueza, escritorzuelo. ¿Dónde quieres que hablemos? Me es indiferente. Hay dos lugares mágicos para mí, los dos son jardines: el del museo Rodin, en París, y la Terraza de las Esculturas del Guggenheim, elige. ¿Qué tal aquí sentados, junto la ventana? Es primavera, podemos ir donde desees. No tengo ganas de salir a la calle. Vístete, ponte un bonito vestido. Estoy cansada. Te haré un ramo de flores con los hilos de colores que guardas en la cestita roja de la costura. Vete a la mierda. ¿Qué tal un par de copas de quimioterapia en el bar de Charlie? No me hacen maldita gracia tus chistes. Será un paseo o un viaje larguísimo, ¿tal vez los Urales? ¿la Patagonia? Ya no sirve de nada, acércame el libro. ¿Qué tal si la abro? ¿Cómo? La ventana. Ah, bien; está mejor así. ¿Qué lees? Whitman. Ponte una de tus bonitas pelucas, la de pelo natural de destellos nogalinos, conquistemos las aceras. Me basta con mi habitación. O.K., y así que lees… Te lo he dicho, Whitman. No me lo puedo creer.  Ya se respira la fragancia de las hojas. Yo sólo puedo leer poesía en español y en inglés, toda traducción de otro idioma que no entiendo cuenta únicamente lo que ocurre en el poema, el tema, lo menos interesante, lo representable. Nunca he estado en el museo Rodin, descríbeme el jardín. Pura poesía. ¿Poesía? También he paseado por Bomarzo. Rodin… Sólo he estado una vez, el día era gris y frío, no apetecía estar afuera, pero yo estaba subyugado por los bronces, el verdín del tiempo, los árboles, las piedras, cada rincón, en fin; iba acompañado pero procuraba quedar a solas en todo instante recreándome en las esculturas, finalmente la llovizna persistente me obligó a volver al interior de las salas del antiguo hotel donde se exponen las obras del escultor, y ¿sabes lo que estaba haciendo mi acompañante?, miraba postales, fotografías que comprar de las esculturas que tenía a menos de dos metros de sus narices, majestuosas, únicas bajo la lluvia, y al igual que ella eso hacían otros grupos de turistas idiotas. Me cuesta creer que yo tenga el mismo oficio que Rodin, es una forma tan distinta de hacer escultura la mía. Pero el origen es el mismo, ambos partís de idéntico afán, la misma aspiración de expresaros mediante el volumen, exponer una emoción. A mí no me interesa el volumen para nada, ¿qué tiene eso de interesante si parece cosa de circo? Bueno, ¿qué te parece “objetos tridimensionales”? Está mejor así. Rodin, al igual que vosotros, cree en algo más allá de lo que representa. Mi obra no representa nada. Pero en su tiempo eso ya era un paso crucial, creía en el proceso, en su “escritura personal”, se alejaba de un naturalismo que empezaba a ser coercitivo. Podemos hablar de referencias, entonces. Todo el arte es una referencia, aunque en verdad sólo evolucionan los artistas, son éstos quienes lo cambian todo sucesivamente, pero no pueden alterar técnicamente las obras del pasado, no se atreven a  tocarlas ni con un palo. En cualquier caso yo temía lo procesual, estar demasiado metida en esa paulatina concreción de los materiales y la forma, sé que puede distraerla a una de lo esencial, del misterio. ¿Qué es lo esencial…? El resultado final, eso es lo esencial, por encima de todo. ¿La apariencia? No exactamente, la apariencia es una coartada, lo que termina justificando la práctica artística. ¿Qué práctica…?, tu buen amigo Andre de ella reniega, se pone en manos vicarias, y para Morris la escultura es sólo pura y simple teoría, una filosofía, y en lo que concierne a su colega Smith, éste aboga por la no intervención, veamos, explica, a un arquitecto no se le pide que ponga ladrillos, basta con que diseñe la casa y haga los cálculos pertinentes, ¿por qué habría un escultor que pringarse con los materiales, por qué habría de construir la obra? Todo esto tiene sentido, aclara muchas cosas a los espectadores del futuro, todo es una idea, algo intelectual. Claro, los artistas os habéis convertido en unos malditos intelectuales. Exacto, ¿qué hay de malo en ello?, hablamos de ideas. Ideas tenemos todos. Pero la gente no las encauza hacia niveles artísticos, las pierde por ahí en sus mezquinos menesteres. Vaya, se nos ha vuelto clasista. Todos los artistas lo somos en mayor o menor medida. Puede ser, la gente, la gente común, esos que pasan a tu lado por la calle y a quienes apenas diriges una mirada, están demasiado ocupados pensando en el precio de las cosas y rezando para que no les duela nada. Exactamente lo mismo que yo: ni soy una apestada, ni tampoco una privilegiada: simplemente he elegido, y eso ya me hace diferente, ¡también yo sé lo que vale un billete de metro! Muchos no tienen la posibilidad de hacerlo, de elegir lo que quieren hacer. Todos la tienen, y al final, ¿al final de qué?, me pregunto [ríe], se mueren, y algunos como yo mucho antes incluso del final. Hablo de prioridades, gente que tiene hambre, o miedo, o necesita dinero, que a lo peor ni siquiera pueden comprar un billete de metro… ¿cómo diablos van a permitirse jugar “con los pinceles”, idear formas “ideales”? Vete al infierno. De acuerdo, es el cinismo el que me veta para la creación, pero logro entender ésta aunque no sea dueño de sus códigos arbitrarios, y a mí me basta con escribir sin necesidad de crear en absoluto. Nada hay de arbitrario en lo que hago, es inteligible, es lo que es. Sin embargo, una especie de lepra, despellejar el alma y arrojar a la cara del testigo los harapos, el colgajo museable: es una exhibición impúdica y, además, prescindible. También me expongo a su mofa, a la burla airada. Hace muchos años que esas pequeñas ofensas apenas os afectan. Parece una jactancia; en todo caso, un desafío, pero no hay nada de eso, una aguarda estremecida de miedo la respuesta, la aceptación, el análisis. ¿Pero qué diablos importa eso? No lo sé, pero lo piensas, es… una exhibición después todo. ¿Ante quién? Ante los demás. Mentira, es una obscena representación ante sí mismos, un espejo en el que mirarse emperifollados con el plumaje enhiesto y las galas del estreno. Eres un maldito cerdo resentido si eso es lo que piensas. Una ceremonia de falsos halagos y vanidad ridícula. Creo que hablamos demasiado, en especial tú, no sabes hacer otra cosa. ¿Quieres que me calle? Arrojas una sombra de duda en todo lo que tocas. ¿De veras lo crees? Al menos haces que una se sienta insegura. Soy yo el que duda, luego soy yo el que se equivoca, o teme equivocarse. Eso es una falsa humildad: eres engreído en el fondo, y utilizas lo que sabes como un arma arrojadiza. Tampoco soy ningún monstruo. Efectivamente, eres peor: no lo eres. No soy un monstruo, sólo soy diferente. Vete al cuerno. Empecemos de nuevo: afuera llueve; no llueve, hace sol; llueve, pero hace sol; llueve, y se ha oscurecido el día de repente... ¿Qué condenada cháchara del demonio es ésa, tío? Luego llega la noche, los sueños, las imaginaciones. Y tú, allí, al ladito de la cama. Velo. Mis sueños. O los míos: te he proyectado al futuro. ¿Cómo se hace eso? Soñando. De acuerdo, aún soy la pequeña niña judía que jugaba con las sombras y dominaba el terror. También serás muchas más cosas. Sé lo que he sido. Serás mucho mejor cuando desaparezcas del tiempo, esa necesaria perspectiva póstuma que tanto beneficia lo pretérito. Lamento lo que no seré. Probablemente una continuación de lo que ya eres. O no, quién sabe, y menos tú, hombre sabelotodo. Hablamos porque queremos aclarar las cosas. Sólo buscas tus propias respuestas. Entonces es en las preguntas donde está lo mejor de nosotros mismos. Eso es sólo una frase. No tengo otra cosa para comunicarme con los demás, yo no soy artista. Creí que escribías. Sólo soy un poco menos deshonesto haciéndolo, pero mucho más oscuro que hablando. Luego, eres escritor, si de ese modo puedes ganarte la vida. Digamos que conocí pronto la realidad del oficio y su utillaje en el origen, pues me dieron un buen consejo, quizás el mejor: 20 paquetes de folios por emborronar, una papelera tan amplia como el cesto de la ropa sucia, comienza siempre por la “A” y no dejes nunca nada por terminar, acaba como sea lo que empieces aunque tengas que hacerlo trizas en el mismo momento de ponerle punto final. Siempre he pensado que una obra de arte, por muy poco representativa o nada mimética que sea de algo, nunca es oscura: siempre es, y aunque nada signifique, está ahí, es, un material, una forma, un color. Escribir, sin embargo, es ocultar, pervertir el pensamiento, puesto que todo pensamiento, en el fondo, es simple, lo enmarañan las palabras, lo adensan de significados improbables. ¿Cómo diablos quieres entonces expresarlo? Como tú, a través del objeto y sus infinitas variantes y modelos posibles. Yo expreso emociones, sueños, imaginaciones, temores, presentimientos, incertidumbres, extrañamientos… Un galimatías y, además, arbitrario: hesse-humpty-dumpty haces que un objeto, un material inane, signifique muchas cosas diferentes, y te quedas tan tranquila. Claro, la cuestión es quien las hace. Una ley de artículo único, a la trágala. El arte es un puñetazo en las narizotas de un berzas. Bonita época que anda administrando purgas y eméticos a los disidentes de lo paranoico. El arte moderno siempre ha sido…. ¿Qué…? Una purga. ¿El arte ha sido eso?, ¿un vomitivo? El verdadero arte por supuesto que sí. Y el malo una carcajada. Basta con sonreír y apartar la vista. ¿Hacia dónde? Cualquiera sabe.
DÉJALO YA…
Qué contestona judía tan interesante.
-Su primera novela era más o menos autobiográfica, ¿no?
-Era más o menos asquerosa.
-No me diga.
-La rechazaron 42 editoriales.
(J.J., 1945, c. 3-4 mayo.)
Pero, ¿aún estamos en ésas?
Y lo que te rondaré, morena.  
Gente interesante esta pequeña familia de callados emigrantes alemanes. Gente como la de los barrios anchos y bajos de  Brooklyn, como la que ocupan las celdas estrechas de la colmena de Manhattan. Respetable. Un día observan al padre de familia regresar a casa con el bote pintado de hacer colectas para el Fondo Nacional Judío. Años cuarenta. Les enternece la acción. Este buen judío se preocupa de todo, incluso de los gentiles. Años más tarde, cuando la cuenta corriente comienza a prometer una época dorada y en calma: al atardecer, ya en la bata de andar por casa, esperando la cena, con una copa en la mano servida prontamente por el descanso del guerrero, el hombre repasa su colección de discos con seductoras portadas de Steinweiss.  ¡Qué afortunado soy!, se dice recordando, aunque sólo por un instante, de la que se libró en la Alemania de los campos del Señor y el Exterminio, de las trompetas del Apocalipsis (a pesar de que a él, Juan, hermoso homosexual, evangelista y eremita, un falsario como todo buen judío conoce, le tiene sin cuidado).
Algo acerca de esta pequeña judía alemana (sólo más tarde sería una estadounidense de origen alemán, cuando el tiempo decante, cristalice… etcétera, qué le vamos a hacer).
En Washington Heights.
-A ver, ¿tus padres te leen la Tora?
-Y The Saturday Evening Post y Colliers y los sucesos del Daily News. Y mi papá también compra Esquire y New Yorker.
El hogar, la madrastra, las fotografías escondidas de la madre suicida, saltadora sin pértiga. ¿Qué es un hogar judío además de esos gorritos tan simpáticos? Cortinas en las ventanas, olor a limpio y sano, el mantel primoroso a cuadros rojos y blancos de la mesa, tapetitos de encaje por doquier, el olor de la tarta de grosellas en el horno, la cubertería limpia y ordenada en el cajón del aparador, el jarrón con flores, la lámparas de luz amarilla, las labores de ganchillo sobre las tapicerías, las reproducciones de flores enmarcadas colgadas en la pared o de caballos galopando por una verde pradera, las luces sobrias, las horas, el silencio, la Biblia (interrumpida justo antes de que aparezca el judío ése de Nazaret, díscolo hijo de carpintero y ama de casa meliflua que pare hijos por ensalmo…)
Excepto en la mente y en los actos del patriarca, el resto guardaba lo justo la ortodoxia. A decir verdad, lo indispensable para no incurrir en el menosprecio. Eran prácticos y tenaces alemanes que procedían de hacendosos, callados, prácticos y tenaces alemanes. Si habían podido huir de los nazis y los campos de exterminio serían capaces de huir de todo aquello que pudiera malograrlos. Sin embargo, la muerte… ¡Qué pronto les rondó a casi todos ellos! ¡A cuántos de ellos se llevó…!
Al grano.
De acuerdo, se americanizó muy pronto. Sólo tenía 3 años al pisar la tierra prometida. ¿Qué sabes en yiddish? Qué va a saber, todavía anda entre pishachs, y le asustan hasta lo indecible las trenzas negras de los hombres que caen de los negros sombreros, hombres cuervos en forma de hombres de expresión seria. Reniega del color negro y el dolor. Y, luego, están los guisos de costillas de cerdo a la miel, las patatas rellenas de carne de cerdo con picadillo de cebolla, las salchichas de cerdo especiadas… ¿No eras una buena judía? ¿Qué hay de las pezuñas partidas o no, de los que rumian (malos pensamientos) o no? ¡Qué buena alemana hubieras sido!
-También soy una buena americana.
-Por eso te hinchas de taref. (Las normas están para romperlas…)
(Piensa que Yahvé es terrible y vengativo).
-¿Qué sabes de alemán?
1939: kaputt.
1946: haputt.
1970: kaputt.
En 1965 intentó expresarse correctamente en alemán. Lo consiguió a duras penas: se hacía entender. Eso parecía ser todo.
El benefactor alemán, algo desconcertado (1965), mientras paseaban por los jardines de las esculturas: es usted una auténtica americana.
Ese tiempo alemán, gélido, entre desahucios germánicos, se forja una identidad: va a ser lo que es porque ya se soñó. En la antigua fábrica se genera una suplantación, una tinta simpática que  sepulta decididamente la claridad primaria de un alfabeto de colorines y representación modélica. Un almacén de residuos y óxidos que cubren la escenografía aburrida de la copia realista. “Seré una gran artista.”
¿Para qué? Y, sobre todo, ¿para quién?
“Si sé quién soy, sé lo que quiero y para qué, y para quién.”  
Le gustaban las piedras, de todas formas y colores.
Nada de gemas, ni de cuarzos, ni de ópalos. ¿Y qué demonios es eso de “ojo de tigre”, lapislázuli…? Ridícula pedrería.
La chica Hesse ha pasado la mañana en Brooklyn, en Prospect Park; luego, ha cogido el metro en la avenida Church y ha llegado hasta Coney Island.
Recuerda otros años. Todos los años, la niña que buscaba monedas, la que aguardaba turno frente a la noria, la adolescente que miraba con recelo hacia el boardwalk donde, bajo las tablas, la chica espabilada de Brooklyn o la remilgada de Manhattan recibía el primer beso, se tomaba la primera copa, se dejaba hacer sobre la arena más o menos a cubierto de la muchedumbre festiva que sepultaba la playa.
Se agacha frente al inmenso Atlántico. Sopla el aire marino que alborota su cabello. El chillido de las gaviotas atraviesa el cielo agrisándose por momentos en esa tarde invernal con aroma a humo de leña. Elige formas y colores, durezas y texturas, la pátina del tiempo. Y la playa celebrada, soñando cuando niña el azul profundo: los cantos rodados y el arroyo imaginados y el viento y la aureola celeste…
Piedras vulgares. De un millón de años. Y realmente gratis. Ha llenado una bolsa hasta los bordes. Le ha puesto un precio a cada una de esas pequeñas piedras pulidas y aún brillantes por el agua salada. Un millón, dos millones de dólares cada una, letras de un alfabeto que ya pugna en su cerebro por ordenarse en una plástica tan nueva como el mundo marino que se abre ante ella. Sonríe con ojos de chica lista y suficiente custodiando el tesoro agarrado a la mano mientras se aleja de la orilla blanca por la espuma de las olas que van y vienen, se quedan.

lunes, 25 de septiembre de 2017

31

Sueña.
ARES.
No sabe si le gusta. Recordad que el verano del 68 en Nueva York fue algo terrible, abatido por una ola de calor en verdad asfixiante, un metal al rojo vivo que hacía hervir el aliento. Se hallan desnudos y húmedos debajo de la ventana sobre una sábana blanca, lo único que les separa de las baldosas del piso. El sol ya oblicuo después del mediodía se cierne sobre el suelo donde yacen. Hesse parece irreal, increíble su piel brillante y pegajosa por el calor, traslúcida su carne rosada, pasmosa la cabellera empapada que se derrama en cascada a un lado del rostro. Bañada de luz cruda, apoteósica, de una quemazón apenas resistible. Es hermosa hasta acribillada por el rayo más cruel del sol. Su piel es el abrigo perfecto del frío y el ardor. Se vuelve hacia él y se tumba de costado, apoyando la cara contra las manos juntas. Los ojos brillan risueños en el mar cegador que fluye del hueco abierto y se abate sobre los cuerpos: “Eres Ares”. Escrito en castellano suena de una prosa cacofónica, de una precariedad evidente, hasta incómoda. Disonancia reiterativa no desdeñable tampoco en el discurso angloamericano. Sonríe cegado por la luz: en la brutal claridad la recrea, recorre con ojos entornados la incitante excursión desde el cuello a los senos, el vientre terso, la mata profusa y negrísima de pelo que cubre el pubis de judía fascinante, las piernas y los muslos poderosos recogidos sobre ella misma en postura semifetal, alumbrándose de una fiereza carnal, de una potencia ígnea, y el blancor del tejido que ha de cubrirles a medias en el calor de la noche. Ares, luchador tenaz siempre vencido, aborrecido por los dioses, poco amado. Sólo libre próximo a la muerte. Y, sin embargo…
Ciertas peculiaridades de muchos de los modelos del arte contemporáneo exigen una nueva actitud ante la obra plástica como objeto vendible o promocionable. En este aspecto de la cuestión, ha desaparecido el punto rojo visible en la pared o en el pedestal del mármol, tan escueto y explícito: vendido.
Instrucciones de uso.
Empecemos por el principio.
Corren bajo la lluvia hasta la galería. No hay nadie. D., en la pequeña oficina, les lanza un único vistazo a través del cristal y sigue en sus asuntos de papeleo. “Mira”, dice ella, y señala un montón de cuerdas y barras de hierro oxidado en el suelo. Después de la retahíla, es su turno de hablar. “Lo que pasa en el arte moderno…”, empieza. Le mira con una sonrisa burlona, tan directa y explosiva como un misil proyectado… ¡al blanco más obvio e indefenso, a esa jactanciosa declaración de principios! Dice, conteniendo la risa: “Así que me vas a decir tú lo que ocurre en el arte moderno…”
Met: las grandes puertas de bronce siempre están abiertas.
Ha de consultar algo en la biblioteca Watson. Hace semanas que esperaba el momento.
“Nos vemos en el jardín de las esculturas”, anuncia.
De repente, ya no la ve.
Sombras.
Otra vez.
Se gira hacia atrás. Ha desaparecido.
Comprende que se ha quedado en la segunda planta.
Prosigue su camino hasta el cuarto piso donde se hallan las colecciones de dibujos.
Luego, se desvanece en el aire.
(Los dos.)
Parece mentira, pero el sol salió al día siguiente.
Siempre amanece el sol como si nada: nacimiento o crimen.
Sería octubre o noviembre. Y ambos nos referíamos a la contemporaneidad.
Qué fue de ella en el 67? ¿Y de ti?
“Hasta el 64 creo recordar que no pasé en toda mi vida más allá de la calle 115.”
Recuerda mal (o miente): vivió en W. Heights (como es sabido), bastante más arriba del Harlem temible (tan inocente…).
Ella subió más.
Ella es real. Bajó del norte. Buscaba el sur: el sur de las roturas, de los óxidos, de las quemaduras y hasta de los escombros y las guaridas de los asesinos.
Al sur, hasta el origen, hasta Castle Garden y Ellis Island, hasta ese olor nauseabundo pero enriquecido de detritus benéfico del material primigenio que emanaban las huestes miserables de la inmigración, hasta esos millones de cuerpos que exhalan el vapor más rancio de la vieja, fértil y bien abonada por la mierda y el estiércol de siglos de la vieja Europa empobrecida por la desgana y un milenio de cansancios guerreros absurdos.
Las fronteras (y el humus) de la nuevas naciones adelantadas se trazan y fecundan de la sangre corrompida (qué más da) y generosa de allende lo imaginable.
La recrea. Él, se inventa (todo mentiras).
¿Qué pasa con el Upper East Side?
Tenía amigos ricos por esa parte. Yo, la rehuía entonces.
Huye de semejantes evidencias. Hablan de metáforas:
“Me encontraba mal. El cuerpo, o la mente, algo que también es orgánico, el maldito cerebro, esa glándula que segrega pensamientos… (¡!)”
“¿¡Whaaaaat….!?”
Déjalo estar. La escritura plástica lo refleja: el malestar.
“¿Sabes?, lo que intento contar en ese revoltijo es…”   
“Déjalo, guapa. En una sola línea de Joyce o Bernhard se halla todo el planteamiento, nudo y desenlace de un millón de novelas policíacas (históricas, góticas, fantasiosas, costumbristas…) de baratillo, convencionales, correctas… e inútiles.”
Todo acontece inesperado, raro (escribe en su diario de hojas sueltas cuadriculadas o rayadas: el pergamino colegial).
Ah, pero ahora ya mecanografía las ocurrencias: Todas las bandas del espectro parecen teñir la multitud de ventanas de Manhattan...
Ventanas… ¡azules!
(Se está volviendo imprudente El Negro Descolorido: como penitencia venial y estímulo radical se impone contemplar seguidas las cuatro horas y media de The Art of Vision, de Stan Brakhage. Al término de la sesión, se precipita a la salida, se precipita a la boca del metro, se precipita sobre la máquina de escribir y…)
Una sucesión de vértigo:
feliz año nuevo, ha repetido más de treinta años.
En 1966, poco antes de que su padre muriera, le compró en una de las tiendas de anticuario que proliferan en Park Avenue una plegadera de plata con un galgo labrado en el mango. Hesse tenía dinero esa mañana. Había vendido un par de acuarelas sobre papel de tela a Seda&Stein.
Su padre, ese ente físico, opulento, esa carne serena y feliz tan próxima, de cara redonda de judío alemán, calvo, bonachón y un poco egoísta, como sólo puede serlo un alemán glotón y tranquilo. Y, ahora, un moribundo aburrido, asqueado, en la espera, un pacífico judío convencido, temeroso de Yahvé, de nuevo en la diáspora… final.
Al llegar a la casa familiar le faltaba el aliento, estaba sudorosa y se sentía a la vez trémula y feliz.
El hombre enfermo, enflaquecido y perplejo, cubierto por el taled, la vio precipitarse al salón, rejuveneciéndolo todo, rodeada todavía con el aire fresco de la calle. Ella le tendió el bonito paquete que envolvía el presente. Su padre preguntó por qué: no era su cumpleaños, ni había que celebrar ninguna onomástica. Tampoco iba a poder llevar demasiadas cosas en su próximo viaje…
Tal vez en ese que ahora emprendía, surcando el mar…
Dos días después de que su padre muriera, lejos del hogar, de la nueva patria, Hesse buscó por todos los cajones de la casa la plegadera labrada. Nunca la encontró. “Va en la nave egipcia con él.”  
En las semanas siguientes dibujó simulacros: de un río, naves, perfiles, relieves, ornamentos.
No ensayes la melancolía, celebra lejos de los victimarios, tú, la vida y el vino. Y allí, en lo oscuro de las tabernas del Village con aromas delincuentes donde se discuten las formas del siglo XXI, eleva una anacreóntica de amor a los desesperados.
Pero, ante ella, le delata la pluma, el artificio a cuestas.
Y la hada no aparece, fisgando desde cualquier universo. alcaloide
Creó Not Yet a base de un menú de alcaloides (incluye un zumo) y unas gotas de desprecio.
Acerca de N.: su imitadora furtiva y vergonzante:
Ella se editaba a sí misma. Al principio los pensamientos parecían salir a borbotones de los ojos, posarse en las cosas y trasladarles el brillo maléfico o benéfico de su insondable interior. Luego, controlaba el maremagno de las palabras y las imágenes y emprendía una tarea de selección: esto es así; esto es asá. Elegía cuidadosamente aquello que debía revelarse a la luz, desplazarse de sus misteriosas entrañas pensantes al exterior, al alcance de los otros que, de ese modo, podían extender su mirada y examen a todo lo que de conveniente, en actos y sucesos del pasado, ella había entresacado para mejor favorecer y definir su identidad. Se trataba de una revisión llevada al límite. No habría lugar para controversias enojosas. Ningún testigo, y si lo hubiera, mentía como un villano.
“Soy así realmente”, afirmaba.
Unos días, desdeñaba la posteridad, la nada absoluta a fin de cuentas; otros, se aferraba desde su provisionalidad ya acatada a la futura existencia de una memoria colectiva y piadosa tras ella, que glosaría con admiración su paso por la tierra.
A veces, era secreta: su hermetismo acentuaba los sutiles misterios de una obra entreverada de enigmática excentricidad; a veces, admitía con ingenuidad sus miedos e inseguridades: no se ornaba entonces, dudaba, se interpelaba confusa en las páginas íntimas de sus cuadernos. 
Quién iba a contradecirla en un sentido o en otro. Pero… cuidado.
En realidad, le dijo él, la gente sólo atiende los hechos de una biografía una vez ha pasado el tiempo, cuando uno ha muerto y ya no puede retocarlos. Lo que queda atrás sólo es la cáscara de una vida, y antes de que se pudra lo comestible, anécdotas y un montón de patética vanidad. La gente acaba por ignorarlo.
No hay pentimento que valga, madeimoselle La Machinateur: una vez muerta eres lo que los demás quieren que seas.
Labran las amistades el mármol de tu interior, modelan el barro de tu exterior, la piel enferma.
En cuestiones de arte la caza mayor es juego de arañas. Un acoso y derribo no sutil… aunque invisible.
Recuerda en especial a una de sus amigas artistas (a la que llamaremos x¹), uno de los seres (por lo demás, estrafalario y poco valioso, pero muy capaz de hincar el diente en las presas realmente codiciables) más dogmático y enervante que había conocido en su vida. Su boca sólo expulsaba mandamientos y conjuros homicidas. Tenía cuentas pendientes con todo el mundo, puesto que todo aquel que pensara de distinta forma a la suya, contrariaba sus razones o ponía alguna objeción a sus intereses se convertía inmediatamente en un enemigo al que había que abatir sin misericordia. La verdad inconcusa anidaba en sus labios. Quien sostuviera lo contrario buscaba la reyerta, la sangre. Las opiniones de los demás carecían de validez: no eran las suyas, así que había que fulminarlas aunque fuese a gritos, malas maneras y hasta con ladrillos arrojadizos, que era, a fin de cuentas, en lo que finalmente se convertían sus razones, siempre precarias y hasta vacías, incoherentes y mal expuestas. Coincidieron, Hesse y ella, en un par de exposiciones colectivas. Naturalmente a Hesse, afectuosa y callada, le divirtió en seguida el papel de táctica y directora de estrategias que aquélla se atribuía. En la tercera exposición colectiva en la que volvieron a encontrarse estalló el conflicto y la desavenencia devino finalmente ruptura. Años más tarde la colérica estratega se trasladó a Chicago y empezó a dar clases de “libre creatividad” o algo semejante en la Universidad, lo único que le proporcionaría una tranquilidad económica asegurada, y probablemente lo único que en realidad deseaba en el fondo de sí misma, puesto que el arte tan sólo había sido un instrumento a su alcance para halagar una vanidad insaciable. Pero los ejemplos pueden alargarse hasta el pestilente final de una fila interminable: uno de los individuos más inculto que ha podido conocer y que, sin embargo, merodeaba sin escrúpulos en todo momento el mundillo de las artes y las letras, y¹, (vamos a llamarlo de ese modo) era el siguiente en la escala de las mediocridades estridentes. El tipo escribía en un periódico de dimensión local especializado en arte. Era una publicación minoritaria de cuatro hojas sin interés alguno, y cuya redacción se hallaba en uno de los soleados bancos matinales manchados de excrementos de paloma del parque de Washington Square. La sostenían la precaria publicidad de tres o cuatro firmas comerciales de diseño y venta de artículos para estudiantes de pintura y escultura (una de cuyas empresas pertenecía al padre de uno de los más conspicuos escritores de arte del periódico, lo que autorizaba de firme sus demenciales digresiones sobre el arte “más audaz colgado en los museos norteamericanos”). Durante cierto tiempo colaboró en aquellas páginas sin cobrar un centavo, sólo por el gusto de mencionar en sus artículos el nombre de algún amigo artista o de quien fuese que le hubiera causado cierta admiración al contemplar sus obras en España.
z¹ era el tercero (o el cuarto en discordia). Tenía tiempo para perder y tenía dinero para gastar. Una combinación envidiable. Sólo que se aburría, el hastío se había inyectado en su sangre como un tóxico fatal que envenenaba los días, uno tras otro, de una extraña eternidad vacía: dibujaba insectos dudosamente reconocibles como tales: porque algo había que dibujar y un poco ambiguo había de ser. Gustaba de la polémica… ¡muda! No profería ninguna palabra, se limitaba a enrojecer vivamente, pero de un rojo desaforado, cuando alguien contradecía lo que pensaba, algo, por lo general, que siempre permanecía oculto a los demás puesto que jamás despegaba los labios. Escribió y se autoeditó un libro curioso, Yo y las arañas, que ilustraría con profusión y harto denuedo. Se vendieron catorce ejemplares. El resto, unos cuatrocientos, acabaron en el cajón de los saldos revueltos (10, 15 y 25 centavos) de la librería de Raymond Yeats.
Cuenta esas cosas. Escuchas, a veces complacido, siempre en segundo plano y…
Ella, se ríe con ganas.
Hasta ese momento todo iba muy bien. Demasiado bien.
Eras el hombre invisible. El que estaba allí y nadie lo sabía. De repente, ella te hace notar ante el corifeo y adláteres. Te delata. Los ojos se vuelven hacia ti. Eres real, tan real y maldito como ellos. De carne y hueso. No eres un personaje que va y viene de viñeta en viñeta, de párrafo en párrafo. Se acabó el juego, tan escondido que estabas entre líneas. Omnisciente pero cobarde, sin jugártela nunca. Cazador oculto.
Ahora su mirada de exangüe viajera en el tiempo le expone ante los demás, a él, que tan bien se sentía no siendo apercibido por nadie. Le ha revelado, le ha señalado en el espacio. “Soy un discurso. He de hablar. No puedo demorar más el silencio. Pero descubrirán que soy un impostor, estoy hecho de niebla, de palabras, de mentiras…”
Se hará de cosas, de nombre, suposiciones, medias verdades… Compra una docena de manzanas en un mercado callejero del barrio italiano, saliendo ya a Canal Street. Hace un viento neoyorquino y brutal, que no concede tregua. Viste una cazadora azul y una falda de pana granate, y el gorro rojo de lana que se encasqueta en días destemplados como éste. Lleva mal cogida la bolsa de papel. Se detiene un instante; le mira: “Centauro”, dice sonriendo. En ese momento las manzanas verdes, doradas, caen de la bolsa y ruedan por el suelo.
Mitad animal, mitad espíritu.
JUSTO DESPUES.
Verano, 1969. Julio.
Tendidos sobre la hierba de Great Lawn. Anónimos bajo el sol benéfico del crepúsculo, acariciados por la brisa que comienza a refrescar la tarde dorada.
“De la que me he librado”, dice.
Ya le ha crecido el pelo, aunque aún  no puede peinarse.
En cuanto pasen unos días ya no se notará la cicatriz.
“Estás guapa. Y eres muy valiente.”
“Mira, me he comprado un vestido.”
Es ligero, vaporoso y de colores vivos.
“Te sienta de maravilla y, además, deja ver tus piernas tan bonitas.”
“Antes de que llegue el invierno…”
Lo dice con una sonrisa pícara, y gira sobre sí misma sin dejar de sonreír mientras el vuelo de la falda sube hasta descubrir los muslos pálidos y suaves.
Otoño, 15 de diciembre, lunes, ese mismo año (1969). Después de haber estado merodeando por la calle 8 Oeste, donde ella, en una de las tiendas de segunda mano, sin saber muy bien qué, buscaba de un lado a otro entre cachivaches y muebles viejos.
No compró nada.
Quiso descansar antes de regresar al apartamento.
Acaban en la plaza del parque Tompkins, donde aún solían verse aburridos e inermes grupos aislados de hippies.
Todavía con la luz de día, ya en casa: pan italiano, queso, una jarra de agua fresca, una botella de vino tinto, aceitunas griegas, miel de Nuevo México.
Por la noche, sumidos ambos en las sombras iluminadas levemente por la luz de la lámpara de la mesa, con voz suave, disimulando el temblor invencible, él le lee despacio algunos cuentos de En una pensión alemana, una edición de páginas algo descabaladas y amarillas por el tiempo, editada por Knopf en 1922, comprada por unos pocos dólares en The Green Train al siempre desinteresado Raymond Yeats.
Pero Katherine Mansfield ya no se reconocía en ellos. Incluso renegaba de esos textos prematuros (1911), tan juveniles, meros pastiches de su paso por la Baviera de 1909 donde, entre otros sucesos de menor importancia, sufriría un aborto fortuito y le endosarían una gonorrea de la que no pudo librarse en toda su vida. 
En ella nada había de prematuro. Murió… ¡a los 34 años!
“Son absurdas casualidades”, pensaría años después el negro cuando ya, definitivamente en Europa, sólo sería un paseante silencioso y solitario, un falso parisino merodeando por los jardines del Luxemburgo, pensando en muertos el muerto que ya era él.
A Hesse le entusiasma en especial Los alemanes a la mesa, precisamente el primer cuento del conjunto.
14 de octubre de 1922, sábado, en los jardines del Luxemburgo: … De repente se levantó viento, y todas las hojas volaron con tanta alegría, con tanto anhelo…
Poco después: la Mansfield caería en manos de un charlatán apátrida, un santón lujurioso y bebedor que levantó la tienda de los milagros al sur de París, en las proximidades de Fontainebleau, donde se cobijarían un centenar de desgraciados en lo que parecía ser una especie de comuna de enfermos terminales. Días antes de morir, incapaz de cualquier invención, la escritora se dedicaba a pelar verduras en la cocina metida en su abrigo de piel. Ora et labora.
Katherine Mansfield murió el 9 de enero de 1923.
Todavía antes: “¿Y para qué quieres tener salud?”
“¡Y hasta ser inmortal! De la vida lo quiero todo, sin descanso, mezclarme con la tierra húmeda y rica, recibir en el rostro el aire fresco y limpio, bañarme en el mar, dormir bajo el sol. Quiero ser parte de todo lo humano, ser consciente y sincera con las cosas de la tierra… Ser una hija del sol… Sí, que baste con esto, una hija del sol. Y trabajar con mis manos, mi corazón y mi cerebro. Sólo me bastaría lo más sencillo: un jardín, una casa, hierba, animales, libros, cuadros, algo de música… Y aprender de todo ello, y expresar todo ese pequeño universo a través de la escritura. Sólo vivir la vida cálida y doméstica, natural, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar... ¡Vivir! Porque en el fondo, a pesar del infortunio, todo está bien.”
(No, nada está bien.)
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sábado, 12 de agosto de 2017

30

Diseño.
La jovencita Hesse baja al sótano de Brentano’s, en la Quinta, después de haber salvado escaleras y columnas por doquier de la desmesurada librería. Rebusca entre los centenares de revistas. Quiere ganarse la vida diseñando. No le repugna lo efímero de una propuesta que descansa con absoluto descaro en lo temporal. Años después, el Testigo interpela inquisitivo:
-¿No sabías aún que eras una artista?
-Claro que lo sabía, pero el diseño es un buen instrumento plástico para ver hasta donde puedes llegar.
Qué interesante.
Se defiende con astucia: el talento reside en lograr lo intemporal a través del medio procesual que fuere. A renglón seguido menciona la Bauhaus.
Pero es casi todavía una niña. Una niña a lo Balthus, enrarecida por la extraña atmósfera que recrean los sueños: busca sitios extraños para su edad.
Sentada en el suelo ataviada con una falda escolar de cuadros escoceses que ya le viene pequeña, las piernas recogidas formando hueco, la seda de los  muslos al aire, al aire también las bragas de un blanco inmaculado, rodeada de decenas de publicaciones de todo tipo, absorbe colores, formas, significados, significantes… Puede que hasta tenga malas ideas.
¿Y si se gana la vida dibujando cómics?
La mano suelta, los dedos ágiles: ver… “Dibujan los ojos.”
En el 54 da para mucho este género de la cultura popular, aún no dañado por la televisión.
Pero nada de Snatch y muertos de hambre semejantes.
Te plantas frente a la puerta de Eisner-Iger y te ofreces sin complejos: soy la mejor dibujante del siglo. Lo mío es la acción.
Son incontables las compañías que se dedican a sepultar de originales dialogados y entintados las numerosas editoriales que publican y distribuyen de manera infatigable serie tras serie miles de ejemplares semanales durante años: un sistema barato e imbatible de entretenimiento por unos pocos centavos. Cientos de anónimos guionistas y dibujantes suministran a empresas especializadas gran cantidad de material a todas horas a fin de satisfacer la creciente voracidad de un público adulto anclado ilusoriamente en los paraísos artificiales de la infancia.
No se da abasto. Ni siquiera Sangor-Pines logra abastecer con sus decenas de series una maquinaria semanal que encuentra su significado más sobresaliente en el continuará en el próximo episodio.
Un cómic… Podría intentarlo. Hacer de él una técnica de expresión propia, contar sus historias. A los dieciocho años la invención es el mejor instrumento con el que puede contar un adolescente. Se trata de imaginar historias y, en lugar de escribirlas, dibujarlas simplemente. Imaginación es lo que más le sobra a una. Y cualquiera puede dedicarse a este menester sin perder demasiado los escrúpulos, la chica de Yale o la sofisticada intelectual con aspecto de alumna de Smith College.
Sería posible incluso descartar los diálogos: sólo el sustento gráfico contaría la historia. ¿Para qué más?
¿Qué de malo hay en el pulp? Todo el mundo se ha manchado en alguna ocasión los dedos en esas páginas astrosas.
Por esa época el negocio todavía es floreciente: más de cuarenta millones de ejemplares se venden al mes en las tiendas de caramelos, quioscos y drugstores. Y… la mayoría de sus editores son judíos, en cuyas manos está un noventa por cien de las empresas dedicadas a la cultura popular.
(Cósete la estrella amarilla.)
Esta es una industria que no da tregua, una fabricación en serie, una creación  a destajo, y no admite fisuras, pues cada semana han de colgar de las pinzas en los puntos de venta los cientos de cuadernillos atrayendo con el imán de sus colores chillones los ojos del niño y el adulto. En esta cadena de montaje que resulta el cómic americano cada uno de sus peones tiene una misión encomendada: el dibujante, el guionista, el colorista, el rotulador… el editor que culmina la puesta a punto. Una industria del ocio y el dinero perfecta, de matemática aparición, anónima y festiva. Sólo unos pocos elegidos engalanan una tarea en manos de laboriosos artesanos: Raymond, Foster, Eisner, Siegel, Jerry Robinson…
Mas ella se siente con fuerzas hasta para dibujar un poema, una sensación, compartir un sentimiento… Eso es el significado, aunque no quisiera la Nueva y Joven Profesional del Cómic acabar ilustrando los guiones de Real Life Comics, vademécum especializado en una especie de biografías coloreadas y aliñadas adecuadamente para el adoctrinamiento de sus jóvenes lectores. En el arte hay que poseer un criterio amplio de las definiciones. Huye de las identidades rígidas, normativas a ultranza. Ella lo que ansía es ilustrar su propia biografía, pergeñar la crónica de su existencia mediante una afortunada sucesión de actos inmejorables. Y desea ser lo más inteligible que sea capaz. Respecto al significante, la bala plástica que envuelve el discurso mayor o menor hasta que estalla en el cerebro del testigo que asiste a tan magnífico curso vital y artístico, lo dejaremos para años después, cuando una encuentre la forma de escribir una tragedia mediante un tubo de goma o un pingajo de fibra de vidrio bañado en resina. En ese momento habrá llegado al Reino de la Oscuridad, donde el genio alza su voz sin plebeyas o cobardes mediaciones de legibilidad o fácil disquisición.
Entonces, ¿qué clase de ilustración puede ser la suya? No tan explícita como las que exhiben de cebo en las portadas de las antiguas historias de Pep Stories o Hot Tales: serían dibujos y acuarelas evocativas, una abstracción inteligente. ¿Iban a pagarle tan poco como a los pobres guionistas atados doce horas diarias a la Underwood: dos centavos por palabra? Pero…:
¿alguna vez le han dado el pulitzer a un guionista de cine o de televisión o de tebeos…?
Un dibujante es una cosa seria, no como esos enloquecidos inventores de historias.
Seamos serios, ¿existe seriedad en ese centón semanal destinado a las mentes más primitivas de los lectores?
Por supuesto: y también inteligencia. Sólo los aficionados terminan denigrando y haciendo bajar tres escalones todo aquello que tocan (arte, literatura y todo lo demás) movidos temporalmente por la necesidad, el antojo o una vanidad irreprimible. 
Mientras tanto, se desayuna con huevos, zumo de uvas y bacon canadiense.
Ella, ahora, es una heroína, y también es el momento de ganar unos dólares: la peor combinación para meterse en un negocio que exige disciplina y, por qué no, talento.
Ah, si pudiera infiltrar sus imaginaciones en la DC, la catedral de las viñetas, el súmmum de los superhéroes… o en Timely Comics, que terminaría coinvirtiéndose años después en la creativa,  anestésica y poderosa Marvel.
Está llena de ideas, está…
Pero, no.
Es ella la que no es seria. La frivolidad es la llave que acaba abriendo la puerta de la nada.
¿Cómo diablos te las vas a apañar para ser capaz de permanecer sentada en una silla frente a la mesa de trabajo durante horas y horas, un día tras otro día a la izquierda del sol? Ella es una artista: entiende el trabajo como un entretenimiento, un ludismo gratificante y libérrimo, y nunca un maldito potro de tortura.
De modo que terminó enviando una acuarela a The New Yorker.
A ver.
Nunca más se supo de la cromática “abstracción evocativa”.
A otra cosa.
A rodar.
Una embriaguez es el arte. Seas crápula, sorbe los días como el áspero aguardiente de Cedar Tavern o el dulce vino del estío: ante la ventana abierta bañada por el sol terrible de la urbe, una apoteosis degradante, descendente hasta el asfalto derretido de julio acuchillado por los apestosos taxis amarillos.  
Se lleva la copa a los labios, casi ni los moja, apenas un sorbo es bastante para conducirla a los paraísos artificiales de la imaginación y el léxico de las selvas y bosques vírgenes. Mil gotas de láudano diarias son suficientes para leer (y comprender) a Kant, había proclamado Baudelaire. Qué chocantes fraternidades. Pero, tan joven y bella, no ha de procurarse el nepente apaciguador de males, ninguna droga ansía para el olvido: guarda para sí la creación y ni un solo átomo del tiempo le sobra. Su droga es el arte. Ella es ajena a la indolencia, al abatimiento. No es de esa raza de humanos que, mano sobre mano, ven venir hacia ellos el desierto que ha de poblarlos.
“¿La expresión de mi arte?”, replica Hesse, ante la pregunta insolente.
Se han reunido en K&F, una cafetería de moda en una transversal de Delancey, en el barrio judío. Son siete personas y tres paraguas que llegan con las cabezas agachadas, entre risas mal sofocadas y la ropa húmeda, a las puertas pintadas de rojo y ventanales enmarcados en verde del angosto establecimiento abierto en una calle estrecha, oscura a esas horas. Hace frío también. Sólo la franja de luz amarilla que se vierte sobre la acera mojada proveniente del local atenúa el paisaje solitario y gélido. Febrero de 1969, martes, a última hora de la tarde. Llueve con fuerza, interminablemente. Robert Morris, en el interior velado por suaves luces, aguarda en un ángulo de la barra forrada de madera negra. Se levanta sonriente al verles entrar en fila india, encabezados por Hesse, Jennie y Nancy W., una amiga de ésta, presunta artista aunque sin obra conocida hasta el momento. (Sin embargo, la chica escribe, se dice. “Eso no sirve”, recuerda que dijo cierta vez alguien –pintor muy reconocido y cotizado en nuestros días- verdaderamente enfurecido refutando a su interlocutor en lo más acalorado de una discusión frente a las puertas del -. “¡No sirve, entiendes, no sirve! ¡Todo el puto mundo escribe, maldita sea!)  Un camarero se apresura a juntar dos mesas redondas al fondo, cerca de la entrada a los lavabos, de los que parece emanar a ratos un olor muy agradable a lavanda. Tras las presentaciones, llegan las comandas de cervezas, ponche y copas de vino blanco, cacahuetes y pasas de Corintio (?). Morris, una vez enterado de los detalles del evento anterior sonríe de manera aún más elocuente. El acto al que han asistido consistía en un happening de interpretación abierta, imposible por tanto de dilucidar (ignora al público –algo insólito, pues-; desprecia el componente de espectáculo que todo happening conlleva intencionalmente –su carácter teatral y hasta bufonesco- y reniega de lo artístico –el acontecimiento limitaba su efectividad a la muda contemplación del artista, también mudo, sentado de espaldas frente a un ángulo de la sala-). Sí hubo argumento epilogal: el tal Lebrain, el único ejecutante, afirmó muy convencido de la resurrección del nuevo arte, “ahora que, como todos sabéis, ha muerto”. Como ejemplo, él mismo. Invocaba el retorno de un arte renacido y pletórico, de infinita combinatoria y una insospechada pluralidad de significaciones. La sentada pública, silenciosa e inmóvil, al parecer escenificaba la reflexión liminar que ello exigía antes de entrar en acción. Este último vocablo inició rápidamente una repuesta unánime. La declaración post-happening se estaba convirtiendo en una conferencia, y lo peor, a juicio del público asistente, que había empezado a murmurar en tono desaprobador, era que esa maldita charla ni siquiera formaba parte del maldito happening, ya culminado cuando el ejecutante se había puesto en pie. Aquel monólogo del vidente, del brujo nigromante y resucitador disgustaba profundamente a los espectadores. Eso le hizo comprender que, incluso naciente, el happening ya exigía una ordenación, un canon, una gramática generativa. No salía de su asombro. En seguida aparecen las reglamentaciones, una convalidación que certifica la justicia y bondad de “algo” todavía por definir. Los recientes sabios de la tribu pretenden imponer ya desde un comienzo una sintaxis de aquello que es único, efímero y por consiguiente irrepetible y carente de preceptos que guíen con posterioridad actuaciones futuras. En otras palabras, existen las reglas. Si técnica, oficio; si no técnica, reglas. ¿El gusto tiene reglas? La estética las tiene. ¿De dónde surgen los reglados? ¿Y de lo naciente, todavía adánico….? (Desarrollar para más adelante.)  Tímido, ha tomado asiento junto a ella, que animada por la conversación, parece haberse olvidado de él. Los dimes y diretes se centran en los aspectos esenciales de lo que constituye un happening. Qué es y qué no es. Su validez o su inoperancia. También, su justificación como hecho artístico y su lugar en la historia del arte. Alguien llama la atención sobre “historia del arte” y “cronología del arte”, pues ambas cosas no tienen nada que ver entre sí, son meras licencias logísticas, ordenar el almacén de los epígrafes, las denominaciones, las fechas, las autorías… toda esa morralla. Nuevo debate: se alzan voces discordantes; otras bocas permanecen cerradas en astuta mudez (lo dice el aserto: más vale estar callado y parecer tonto, que hablar y que comprueben que lo soy). Hesse se encuentra en su salsa. Inventemos vocabularios, lenguajes, morfologías, sintaxis. ¿Pero qué diablos queréis: crear, inventar, pintar o escribir, jugar? Las dos, las cuatro, las cinco cosas a la vez. Las fronteras que Laooconte alzaba se han desvanecido, la amalgama renueva la gesta: nada contra nada, nada menos que nada, todo igual a todo, Ut pictura poesis/Ut poesis pictura. He ahí el híbrido del nuevo Prometeo: engañador hábil, heroico robador del fuego, “El Previsor” (que no dejará jamás que sus llamas se debiliten), artesano que a todos nos modeló con el barro primigenio, el que desvela los secretos del arte sagrado, adivino, mago, El Creador. “Nos hace prometeicos en el caos, artistas contra lo divino”, dice Hesse (Eva, la que cree mitologías). ¿Pintar? ¿Escribir? Mucho más que todo eso: la nueva propuesta artística cuyas condiciones espaciales comprometan una nueva visión, la obliguen, por así decirlo, a aprender a leer de nuevo. En cierto modo, el espectador siempre es un analfabeto. Se restriega los ojos frente a la obra enigmática de los dioses paganos, libres, dionisíacos. ¿El espectador? ¿El testigo? Que aprenda a leer y escribir cuantas veces nos venga en gana a los báquicos geniales. O que miren la TV. y nos dejen en paz. No arriesgan nunca nada. Y, encima, ellos, el espectador, se entretienen con el espectáculo que les proporcionamos las fieras (que, en el fondo, no muerden, jamás lo han hecho, sólo se matan a ellos mismos: Van Gogh, Hemingway, De Stäel, Larra, Sexton, Woolf, Rothko, Trakl, Lowry, Arbus, Gorky, Plath, Benjamin, Pollock, Pavese, Storni, Grosz, Carrington, Ganivet, Thomas, Walser, Pizarnik, Domínguez, Celan, Foster Wallace…)