domingo, 8 de febrero de 2015

7

Ella, poco antes, era la joven de cabello largo y espléndido, de la boca más sensual y las miradas más prometedoras, de perfiles voluptuosos, una intérprete feliz de sí misma en su trato con los demás: imaginas sin esfuerzo que ninguna expresión mezquina u oscura embrutece su rostro limpio y armónico, sus gestos son rápidos y decididos, una gracia natural rodea la esbeltez de su cuerpo como una aura invisible pero tan presente como el aire fresco y fragante que emana de su piel blanca y limpia. Ella es una conjunción magnífica de carne e inteligencia, de pasión y pensamiento que recorre las calles de la urbe bajo la magnificencia del sol  matinal…
¿Qué es ahora? El resultado de un crimen. El crimen idiota y, peor aún, inútil, obra de un dios aburrido y obsceno, execrable.
Y esa pavorosa lentitud de un final ineluctable que marchita toda esperanza.
Renglón a renglón en el cuaderno colegial en el que escribe (él o… ella).
Hesse hace rato que mira sus manos vacías, tan negadas a la caricia. No son nada generosas estas manos de él, y tan torpes para lo manual: ninguna mecánica puede esperarse de ellas. Hesse: “Qué lástima”. Él asiente desde la silla mirando las sombras, y luego gira un poco la cabeza hacia la ventana tan diáfana aún en el atardecer. Le gustaría que lloviera. Por la paz que inspira, y el aire fresco, el aire como mojado, el aire como de otro país de nieve y azul. Suele enriquecer la memoria con el lastre de la suposición, de una estética demasiado personal que aleja de lo mediocre. Sólo por eso, el recuerdo adensado de anécdotas climáticas, algún olor y, zas, un verso libre, una línea que recupera aquel instante, la lividez de su tez, o el brillo de rebeldía (aún) en sus maravillosos ojos de judía inteligente, bella y heroína a punto de morir. El silencio se hace largo. Le parece oír la lluvia inexistente. Se cree que la luz se agrisa. Vuelve la cabeza y descubre que Hesse le mira fijamente. O quizá no. Está completamente ausente, absorta en sus pensamientos y, de modo ocasional, los ojos se han detenido en él, en su atavío de payaso elucubrador. Su mirada le traspasa limpiamente, proyectada al todo de antes. Susurra: verde y blanco. Palabras moribundas que atenazan su garganta, los colores del fuego que la abrasa. Verde y blanco. Y él se asemeja a un extraño animal varado aunque potente y de insultante salud (pero sólo ante sus ojos), para ella, piensa, debo ser poco más que una huella del mundo de afuera, una desvergonzada solitud frente a la muerte que ella encarna en forma de amasijo de carne enferma.
Los colores quirúrgicos.
Amarse en la tarde gélida de invierno, desearla sabiendo que poco a poco va a escurrirse de entre sus brazos muerta y famosa, de hielo, de agua, de escalofrío. De leyenda. 
Hacer el amor debajo de una ventana lluviosa, abierta al mundo y sus trapisondas, al húmedo y verde y gris rumor de la tarde: la delicada suavidad de la luz rozaba su piel como los besos, la caricia maestra del aire lozano del verano sobre los cuerpos de los dos refrendaba la feliz invención: finalmente todo concluye en ese arte no menos arduo de descubrirse en el cuerpo y la espesura y el misterio de los otros. Imposible olvidar la punzada inofensiva de las minúsculas gotas de agua sobre su espalda desnuda, el brote tan efímero del helor contraviniendo la redondez tan cálida y estremecida de la judía debajo de su cuerpo. Hoy, que nada es, salvo la emoción del recuerdo.
Quererla, pero quererla sin ocurrencias ni fantasías, quererla de carne y hueso, poseerla incluso con el monstruo dentro que la devora y al final la mata. Amarla a ella en esa inmensa hora de la condena a muerte, y amarla a través de su cuerpo moribundo, desearlo aún, y siempre… antes de la noche negra y tropical de los húmedos días finales de mayo.
Se aventuraba en sus razones. Hay un arte que ella defendía por encima de todo: el no-arte. Pero era una negación de un pensamiento fértil, desprendía residuos de una estética oculta, acaso instintiva, tenaz y sobresaliente.
Un arte es su cuerpo. Se entromete en él como en un sueño donde la única ley es la libertad. La creación sin trabas. Nada hay de prohibido en cada uno de los gramos de su cuerpo potente. Apura uno a uno sus poros, sus dobleces, huecos y blanduras, el tono cambiante y el calor de su piel, su cabello limpio y perfumado, y la carne tersa y profunda que le hiere de deseo a toda hora, y la mirada tan sensual de sus grandes ojos bíblicos y la libertad total de sus anchuras y esbelteces de nínfula mediterránea trasplantada primero a la bruma germánica y más tarde al desafío continental y libérrimo del nuevo mundo.
“Su cuerpo es una obra que celebro. Sé de qué hablo”, se dirá una y otra vez en el futuro innoble lleno de nieblas y grisuras y fríos, desaparecida ella del mundo de los vivos, el mundo sin ella.
Los colores.  Aplicada estudiante en Yale, se zafaría de milagro del encierro de los cuatro lados. Ensanchó la mirada: el suelo, el techo, las paredes. El marco perfecto. Un camino falso la había llevado al diseño. Odiaría toda su corta vida lo decorativo, el ornato falaz de la armonía prescindible, el canon del pequeño burgués pleno de convenciones y miedos, de mediocridad, de ignorancia o, peor, de cultura media de andar por casa, una cultura de zapatillas de orillo y los programas de televisión de sobremesa, del Club de Lectores y la revista Reader’s Digest y sus divertidos tomos trimestrales de piel de imitación y vistosos tejuelos con cuatro novelas resumidas en un volumen de 425 páginas (ni una más, ni una menos).
Todo empezaría buscando respuestas.
¿Podría hablar con ella? Sugería El Entrevistador venido de lejos, de tan lejos, de la mentira.
Aún se acordaba de él, y, para su sorpresa, no a duras penas. En Suiza: ¿Recuerda? Por supuesto. E inmediatamente, feliz, se precipita a despejar la creciente perplejidad de la artista ante una visita que no recordaba haber concertado.
Ahora, en 1968.
¿No lo habían avisado?
El Año de las Memorias del Subsuelo.
Tres años habían bastado para convertirla en una mujer y una artista segura de sí misma. Y en la capital del mundo. “Ni cien años (o ciento dos) podrán bastarme para todo lo que he de hacer”, dijo risueña. Le quedaban menos de dos años de vida.
Jennie Queiroz, la periodista portuguesa, conocía la dirección de un amigo común a través del cual podría averiguar el paradero de la artista en Nueva York.
Pero él hubiera preferido verla en su estudio (al que finalmente tuvo acceso: el tipo era omnisciente, El Gran Ubicuo).
Lo tenía en el SoHo, en pleno Bowery siniestro, en un loft donde imperaban los interrogantes: ¿qué es todo esto?, ¿qué significa? 
Había tardado dos meses en decidirse ir a entrevistarla.
Después del copioso brunch de media mañana y varios galones de cerveza fría ya andaba envalentonado (y turbio, y con los pies trabados y los ojos somnolientos).
Le recibió enfundada en unos increíbles pantalones anchos muy manchados, y un jersey desmadejado y con agujeros en las mangas. La barahúnda de materiales que atisbaba a sus espaldas era indescriptible. Todo un vocabulario de lo desconocido. Aquel antro olía fatal. Como los vapores infernales y las nubes gaseosas de un experimento del Medievo.
Al principio parecía una entrevista formal: parecía que sólo hablara él en realidad. Ella parecía una estatua. Era una estatua. Todo parecía lo que no era.
Un buen periodista, se dijo, imagina las respuestas y respeta las preguntas… ¡Pero él no es periodista!
“No sé si recuerdas que escribo para Transgresión”, le dijo, y tendió al vacío unos ejemplares atrasados, muy poco aseados después de cruzar el charco entre camisas, calcetines y un par de pantalones y la bolsa del aseo.
Ella (o una sombra) los recoge educadamente. Pero no sabe qué hacer con ellos en las manos.
Los depositó en seguida en una mesa baja entre los dos, que la defendía de él.
Se quedó mirándole a la vez que sonreía. No le asombraba nada Transgresión, una revista bimensual española mal impresa y con unas ventas humillantes. Pero se alegraba de verle. Le había reconocido en seguida, mencionó a Klee y le confesó que finalmente se había divorciado de aquel escultor que hablaba demasiado, atildado, pedante y guapo. Hizo un ademán con la  cabeza inventándole a tomar asiento. Aceptó de buen grado las formalidades iniciales, hasta las inevitables servidumbres del cometido que llevó a El Instigador hasta la sombra de ella:
-Cuando comienzo una obra en lo único que trabajo es con las cualidades abstractas: material, forma, tamaño, escala, posición espacial, y también donde va a ir, en el techo, en el suelo…”
Etcétera, etcétera.
Habla de los happenings de comienzos de la década, en las galerías Reuben y Hudson. Allí había conocido precisamente a su marido y a Kaprow, por quien se había sentido fascinada, aunque únicamente en sus comienzos.
Tres días más tarde la llama por teléfono desde el bar del sórdido hotel donde se aloja. Observa cómo le tiemblan los dedos al introducir la ficha en la ranura. “Esto es una estupidez”, pensó. Pero ella le citó para esa misma tarde en el lado este de Times Square, en un Maxwell House. Ese sería el primero de sus cafés aguados con ella. Su pretexto de ahora era Oldenburg (un tipo que ya andaba con polímeros) y The Store, la tienda del 107 de la East Second Street, una iniciativa que él, entusiasmado, veía tan factible y prometedora para instaurarla en España por los jóvenes artistas estudiantes de las aún anestesiadas Escuelas Superiores de Bellas Artes.  
Siempre fue el cuerpo invicto de la mujer el campo de batalla equivocado del hombre, allí donde dirimir su “diferencia” con ciertas garantías de éxito bruto. Tocó el timbre envalentonado.
No era un buen momento para verla: pálida e inmóvil. Había superado su divorcio del señor feudal, pero para una mujer como ella, tan asida a las pocas raíces familiares que aún le quedaban bajo los pies (su hermana), la muerte de uno de ellos, su padre, la había trastornado durante largo tiempo. Necesitaba de la saga, del refugio de la sangre. Tras ella, sólo había vacío, sombras, el exterminio salvaje de sus parientes y ancestros, un hueco irrellenable que abocaba su identidad a lo que pudiera hacer en el futuro rodeada de aquellos pocos seres vivos que podían sostenerla en los malos momentos. Se entregó a sus amigos con desesperación. Ella y ellos serían la huella futura de aquellos muertos, lo superviviente.  
¿Dónde podemos comer?
¿Qué tal en Puglia, en Litle Italy?
Estoy en tus manos.
Interminables cenas. Sería lo que podríamos llamar “El verano Puglia”. Callado como un fantasma, como un testigo obediente y claudicante, les escucha y aprende. Por lo demás, nadie parece fijarse en él, El Ausente Silencioso, en un mundo de perneras acampanadas, trajes entallados y chaquetas sin solapas.
Él es invisible.
La hace mejor así.
Y él, como si no existiese.
Ni una palabra.
(Salvo la escrita.)
Bien peinado, relamido, perfecto: es el mantenido del 169 East 71st. Sreet. Se deja querer, como la imaginación.
-No, no me hables de tus amigos. No quiero saber nada. Ningún nombre. ¿Para qué? Esas idas y venidas tuyas de no sé donde…
[Deja que invente…]
Me siento tan poca cosa, un europeo del sur balbuciendo un inglés americano gramatical… Todo parece escapárseme, fundirse en una borrosa amalgama, las cosas y las personas en las que no encuentro sentido alguno y que acaban por parecer irreales, las calles, la comida, la brutal indiferencia de las gentes, los códigos de una ciudad que es tan distinta a lo que podía uno creer desde la iconografía embustera del filme y los noticiarios de la televisión…
Su mano blanca, fantasmal, se posa sobre tus labios, “calla”, susurra con sabihonda voz de ultratumba.
No obstante… Y la ristra de artistas mayúsculos, absolutamente imprescindibles, geniales, que revolucionan el arte mundial, como si nada, anónimos aún, geniales y gigantes frente a mí.
El arte no ornamental ni decorativo, al igual que la filosofía no es más que un método de investigación material o espiritual: hacia ti mismo. Pero hay gente que compra ese… boceto. ¡Incluso es exhibido como una finalidad de algo!
Años después todo el universo de trastos presuntamente magníficos y subastables que era su obra terminó pervertido por las palabras: “Su poética se halla implícita en los procesos técnicos que la hacen posible”, dijo uno.
Si su voz hubiese podido llegar desde más allá en AC 79° 3888, en la constelación de Jirafa, le habría contestado que su mecánica consistía en sorprenderse a sí misma ante la multitud de suposiciones que acaban convocándose en lo irracional.
 Hacía viento: el verdadero azote de Nueva York. De pronto, la mañana se oscurecía hasta convertirse en negra y fría. Llevaba en los bolsillos de la gabardina las dos novelas de Schulberg sobre los escritores de Hollywood en baratas ediciones en rústica. Podría refugiarse en seguida en algún parque, pero no lograría ocultarse de las rachas del viento. Anduvo hasta que se cansó con los ojos semicerrados y un regusto de arena en la boca y regresó mohíno al apartamento. Ahora también llevaba un puñado de nueces en una bolsa de papel que había comprado en Union Square: su almuerzo. A primeras horas de la tarde empezó a llover, y siguió haciéndolo durante la noche. No consiguió dormirse hasta la madrugada, pues le atormentaba la idea de no tener nada que hacer al día siguiente: seguía teniendo en el paladar un gusto de tierra y agua.
No me hables de tus amigos:
El tejano, que no era nadie, apareció por la puerta del estudio con una sonrisa de suficiencia que mostraba una hilera perfecta de dientes blanquísimos y unos pantalones blancos Sansabelt. Una camisa a cuadros rojos y amarillos con los tres botones superiores desabrochados que dejaban ver el pecho oscurecido por un vello negrísimo constituía el último toque para “advertencia y consejo de tu poquedad hispana”. Como tipo era un cero a la izquierda, pero su obra iba a sobrevivirle siete ceros a la derecha treinta años más tarde de cuando entonces.
17 años. Verano. Domingo por la mañana. La soledad muerde cada centímetro de la carne desnuda al sol. Pero le repugnaría cualquier compañía que se entrometiese en sus pensamientos de ahora. Anda sola, pensativa, y algo hay de placer en ello después de todo, creyendo en el futuro. Va haciéndose mayor. No ha ido a Coney Island. Se mete en la Biblioteca Pública: los domingos abrimos. Hojea docenas de libros. Sin preguntas, sin molestias, sin justificaciones.
Domingo por la mañana, temprano. ¿Qué hacer? La ducha fría. El desayuno que se demora bastante más de media hora… Al fin, la calle, aún fresca. Engulle Blintzes y bebe refrescos de cola. Asfixiante el mediodía neoyorquino, al rojo vivo, y la tarde tórrida, interminable.
Era lista (más que judía): ya había calado a los alemanes.
 Aún (1945) existía aquella Nueva York de ladrillo y de hierro tan atractiva, lejos del acero y el cristal engañosos, una modernidad la de entonces (1965), y no digamos la de ahora (1995) o incluso de la de mucho después (2014), que apenas resistía un juicio analítico favorable, pues en toda esa arquitectura sin magia, tan lejos de una domesticidad humana, imperaba la función, lo pragmático a diferencia de aquella otra volandera y vistosa.
Enero del 68.

domingo, 1 de febrero de 2015

6

-Naturalmente. Es un universo como otro cualquiera. Visto uno, visto todos. Pero ahora ya me aguarda otro final… ¡que me apresuraré a cambiar, naturalmente! La solución estriba en saltar de un universo a otro. Ser más lista que el tiempo infame y destructor.
-¿Cómo sabré que estoy en el otro universo?
-Al morir en éste.
-¡Acabáramos, la muerte es un puerta…!
-No exactamente.
-Entonces ¿qué es?
-Una especie de despertar… Sí, eso es. Siempre es lo mismo con la muerte, te proyecta a universos simultáneos. Hay miles de millones de universos, como existen miles de millones de realidades… ¡Las combinaciones son infinitas! Yo me voy a plantear desde ahora mismo unos cientos de millones de ellas.
-Ya. Piensa en esto, sólo como pura retórica: tengo 97 años, apenas puedo andar, estoy ciego, sordo y empiezo a perder la chaveta, ni siquiera recuerdo mi nombre, si soy hombre o  mujer, sapo o alondra, ¿para qué diablos quiero aterrizar en otro universo con semejante estropicio de mierda a cuestas? ¿De qué me sirve iniciar una nueva vida? Y, en especial, ¿por qué?
-Para todo no tengo respuesta… Supongo que será algo selectivo, una realidad alternativa. (¡Elige otra edad, imbécil! ¡Los noventa! ¡Será gilipollas! Elige los veinte, por ejemplo, incluso puedes optar por la adolescencia sebácea.)
-Y, ahora, esto otro: la intransigencia de unos dioses estúpidos condenan a muerte a un bebé de tres meses y, encerrado en su cajita blanca de asas doradas, se eleva desde la Tierra a los espacios celestiales… ¿Qué pasa con él? ¿Se desliza con los ojos cerrados de un universo a otro berreando sin cesar y con los pañales cagados, así miles de millones de años?
-¡Qué reducción tan miserable de mi pensamiento! ¡Qué falta de imaginación!
-Y los demás… ¿qué demonios pasa con los demás? Tu familia, tus amigos, yo mismo, tu obra… ¡Ese gatito maullador de la postal de colores…!
-Nada. Estáis conmigo en ese universo electo al que me he trasladado… ¡Y también en el otro, el que me ha matado con saña! ¡Os quedáis sin mí! Lloráis mi muerte, mi absoluta desaparición. Pero no pasa nada. ¡Yo os traigo al mío, todo vuelve a ser igual y no sois extraños para mí, iniciamos nuevos derroteros! Os llevo constantemente en la mochila junto las horquillas del pelo.
-Ajá. Tú nos llevas al otro universo en tu compañía, te creas otra biografía, nos creas de nuevo… ¡Qué singular!
-En efecto. Hablamos de singularidades. En un universo sin ley puede ocurrir cualquier cosa.
-Es decir, eres un dios. Creas y descreas…
-Hay una especie de heurística… Exige práctica el asunto, no te creas.
-¡Tienes todo el tiempo del mundo! ¡Y, además, lo dominas a tu antojo!
-Eso es. Pero no, no un dios. ¡Soy una artista, merezco el libre albedrío de mi propia existencia, de todo lo que me rodea y me pertenece o tenga conexión conmigo, y lo quiero junto a mí allá donde vaya!
-… Y, dime, ¿son réplicas perfectas? ¿Nos mejoras, acaso?
-En absoluto, sois intocables. Nada de mejoras. No olvides que tú también sigues en aquel mundo donde yo ya no existo.
-No sé si me gustaría vivir en dos universos. Al final, acabas haciéndote un lío de mucho cuidado: ¿blanco o negro?
-Uno no logra saber nunca eso. Al abandonar un universo, ya no te enteras de lo que queda detrás de ti. ¿No lo entiendes? Demoras eternamente la mortalidad, y sin dejar de ser tú mismo en todo instante, te creas de nuevo, te renuevas, durante millones y millones de años, pero ha de ocurrir siempre en el presente, sin trampas. Así que, nada de blanco o negro como en el juego del ajedrez… ¡cómo si sólo pudiera ganar uno la partida!
-Vaya. ¿Y qué hay de la reencarnación?
-Eso son pamplinas. Esa lotería cósmica me aterra. Imagínate si…
-Amanezco pelota de golf…
-No sirve, es un objeto, algo inanimado… Encárnate en un ser vivo.
-Bueno, pues me convierto en un gusano del césped del campo de golf.
-Si tienes conciencia de ti mismo, en todo instante y en cualquier universo serás esa conciencia. Hombre o gusano.
-Por supuesto, a cada uno le gusta ser lo que es, incluso cómo es. Eso no queremos cambiarlo nunca. Sólo anhelamos modificar las circunstancias externas: el dinero, el amor, la belleza…
-Por cada individuo de nuestro planeta existen miles y miles de millones de universos de los que se puede saltar de uno a otro, como si tal cosa…
-Como si fuésemos saltamontes…
-Algo parecido.
-¡Unos bellos, ricos y sanos saltamontes!
-¡Hasta un gusano!
En ese punto estallan en una risa incontenible. Hasta las lágrimas.
Entra una enfermera con una pequeña bandeja metálica en la mano. Permanece inmóvil bajo el dintel de la puerta, atónita ante las risotadas. Les mira boquiabierta sin decidirse a dar un paso adelante, a la mujer calva postrada en la cama y a él, el tipo con barba de tres días, de pie e inútil, su indumentaria de pobre con una shirt T, unos pantalones desaliñados y un maldito libro en las manos en un idioma extranjero.
Se pone de puntillas. A duras penas mete la nariz por entre los cristales rotos, amenazantes: atisba al interior herrumbroso y fascinante de las naves abandonadas, de los grandes almacenes ruinosos y casi en escombros de los muelles del sur. Toda esa industria de hierros y maderas viejas, de cables, tuberías y gomas venida abajo, avasallada por el tiempo. Entre aceros, buscaba él malezas, le divertía el hierbajo rebelde entre piedras. Ella, a lo suyo: rastrea una plástica que significar desde el insulto a lo convencional y el discurso repetitivo de la imagen, del cuadro o la escultura idénticos y reconocibles a despecho de sus innumerables disfraces.
Nada de miedo ahora: en las tinieblas espera Bertoldo, el Negro.
Ya era una niña artista. Como lo era después. Lo era incluso cuando todavía en el instituto se pavoneaba como una jovencita disfrazada de curvas incipientes pero muy capaz de vender su alma inmortal como cualquier mocosa por un helado de Howard Johnson’s de 10 centavos.  
En 1964 retorna al origen. Parlotea algo de la lengua vernácula.
Se encierra en una fábrica alemana: un inventario de pesadilla proporciona la gesta de su museo personal de los horrores. El residuo industrial inicia la epopeya morfológica. Los esqueletos y mutilaciones de una maquinaria inservible componen la sinfonía plástica de la nueva visionaria. Comienza la sintaxis del óxido.
Vuelve a Norteamérica.
Ahora (pero lo ha sido siempre), ya es una artista: sabe lo que no quiere: si lo hago, mal; si no lo hago, también mal: double bind.
Lo que quiere, ¡ya le saldrá al paso! ¡Al diablo con los siquiatras!
Sus grandes ojos como simas donde fundirse. Acrisolado el hombre en esa oscuridad con la esencia de la mujer verdadera, esa diferencia.
Ha asistido con ella a fiestas que…
Por ejemplo: el doctor, después de una pausa, alzó la vista del suelo y le miró con lástima. Le preocupaba él más que ella, que ya tan sólo era una herida incontenible envuelta en el azul sudario del hospital, eso que termina escondiéndose en un agujero. Él tenía expectativas, estaba vivo, o medio vivo, depende, era todavía un paciente futuro donde escarbar más adelante, donde meter la manaza: objeto desentrañable, clasificable y olvidado. Pero por el momento…
Los médicos y los jueces sienten una insólita frialdad hacia las víctimas muertas, irreversibles, un desapego que tiene más de distanciamiento profesional que olvido criminal. Después de todo, a pesar de sus batas y togas, del mecanicismo rutinario que los acciona como autómatas clínicos y administrativos, han de ser de la misma cofradía de putrefacción: enfermos, cadáveres enterrados o quemados, culpables. Pero se ajustan al papel, estos doblegados por lo empírico. Así, alejan la pena, que acaban confundiendo con la técnica.  
Las pequeñas cosas, que duelen más: la alegría con que compraba cajas de lápices y la provisión de frascos de tinta india, la coqueta elección de los pañuelos de cuello, el primor con que plegaba sus vestidos primaverales en abril del 70, el cuidado que empleaba para alojarlos en el armario en hileras perfectas (no sabía que para siempre, jamás volvió a vestirse con ellos). Le gustaba colgar cosas. Verlas caer hacia abajo. Colgando.
Tenía que ver las esculturas de la terraza, avisó con antelación.
Él la espera afuera. No entra en el museo (empieza… a odiarlos).
Delante de la blanca helicoidal del Guggenheim la esperó toda una tarde mientras se entretenía pacífico atisbando rostros desconocidos, gentes que jamás volvería a ver, pues aunque ello sucediese las facciones y los abultamientos le resultarían desconocidos de nuevo, andantes siempre sin nombre, con alguna gracia algunos y enredados todos en secretas actividades. De frente a la Quinta Avenida: cuántas bolsas en las manos de contenidos misteriosos, y las miradas de una sensibilidad cruel hacia algo ignoto, caminantes serios a lugares distantes, neoyorquinos nunca engañados de sí mismos, de su urbano y reiterado dinamismo. Aguardó su llegada, mansamente, durante dos horas. Sin indignación. Ya era el hombre que esperaba. No vino finalmente, y en un descuido, como un tramposo, se incrustó en una de las filas contrapuestas, se atuvo al ritmo debido del caótico hormiguero, tan codificado sin embargo, una dinámica regida por la ley y el orden y el debe y el haber del laberinto, y desapareció entre la multitud.
Pocos años más tarde, en el 72, ese museo albergará una gran exposición integral de Hesse compuesta de dibujos, pinturas y esculturas. Una muestra alborozada con las puertas abiertas a la celebración postmortem. Imagina él que ella habrá comprobado su triunfo final desde la plataforma de U7 (donde leía el Vogue) o U29 (donde aprendió finalmente a jugar bien –si esto es posible-al ajedrez).
Por la noche: es un tipo sensato, se droga con la colección que empieza a atesorar de los suplementos de New York Times Book Review hasta que cae rendido en la cama.
Al día siguiente, no exigió respuesta alguna. Hesse llevaba extraños artefactos en las manos y ninguna explicación que dar. Le invitó al insípido café americano, y, en perfecto silencio, a las diez de la mañana, miraban tranquilos a la gente a través de los grandes ventanales de una cafetería en el SoHo perfilados por la luz clara del este que penetra por el cristal de marinos reflejos. Con intención, al verla rebullir en el asiento, como dando por terminada la tregua, alza la mano llamando la atención del camarero. Pide un bourbon:
(-¿Cuál de ellos, amigo?
-Jack Daniel’s por ejemplo, gilipollas.)
Atrasa la salida. Se demora en ella, su suposición, que más tarde o más temprano ha de escapar por entre toda esa arquitectura de hierro, piedra y cristal tan robusta de ahí afuera...    
De la grisura de las fotografías de los sesenta rescata una ciudad donde la quinceañera judía de las trenzas y las crenchas, de grandes ojos negros y boca jugosa, camina apresurada sobre la nieve aún limpia de las aceras a esta hora temprana de la mañana neoyorquina, abrigada hasta los ojos por prendas de vestir acogedoras y pesadas, la camiseta de felpa, las bragas de algodón, la camisa de franela, la falda larga de grueso tejido,  el  jersey de lana, la bufanda de colores chillones, el gorro azul, los calcetines altos, las botas de piel y el fardo pesado del abrigo tipo oversize: una más de las cientos de miles de adolescentes de Brooklyn y Manhattan que acuden medio adormiladas al instituto. Una colegial anónima de la que nadie podría en ese tiempo y espacio prefigurar la fortuna o la tragedia escudriñando en lo más hondo de sus pupilas negras y resplandecientes.
Y en el sol del verano, los días eternos, las mañana líquidas, ¿quién diría nada de esos miles de bañistas que pueblan apretados y casi desnudos como en un hormiguero las arenas de Coney Island en los primeros días felices de julio? Esa niña desconocida, que revela en sus ojos brillantes la esperanza de obtener lo mejor del destino (interminable, inagotable), que respira el aire que huele a sal, que enfundada en un bañador amarillo guarda su turno en la cola de la Gran Noria que se eleva majestuosa y brillante sobre las aguas del mar y el estuario del East River sobresaliendo victoriosa por encima de todo el parque de atracciones, esa niña, ¿quién es?
Mas, existen los monstruos…
La Niña y el Monstruo (Primera Parte).
1967: “New Documents”. En el MOMA.
Descubre el revés de las cosas.
La Rolleiflex escribe en mayúsculas.
Un cuerpo en crecimiento, y la mente creciendo en él también.  
Pero lo revierte todo de una epidermis que humaniza lo abstracto, la artista encarna los materiales de una sustancia antropomórfica. El metal podría gotear sangre, supurar pus, así que lo envuelve con látex tan suave, blandito, qué fina textura, y no vayáis a confundirlo con un espantapájaros de lo metafísico.
Afuera, la urbe donde siempre crece la hierba, sólo tienes que disponer de la dentadura adecuada, saber arrancarla a mordiscos de la frialdad de su cemento. La lucha por la vida, una busca diaria de felices momentos, huyendo del tinte maléfico de la amargura castrante. Adelante, anónimos (con bolsas rotuladas o no cogidas de la mano).
El ruido de la ciudad, las voces; los colores y las formas, la vana geometría de un movimiento incesante, tan efímero en el espacio, va a configurar la urdimbre de fondo donde hilar la trama de una enferma, la memoria desordenada del notario que levanta acta fidedigna sin haber comprendido nada de nada probablemente.
El clamor del silencio de los objetos, su violación. He aquí ella, apresada, captura cruelmente deliciosa de la parca, pieza a abatir, pues va directa al arca  de los disfraces de la celebridad y de la fama artística.
Ella también ha llegado a contemplar con espanto los monstruos de Coney Island antes de que los desterraran al subsuelo más siniestro de Manhattan, alejados de la vista de los ensimismados transeúntes.

domingo, 25 de enero de 2015

5

Bonita dialéctica.
Jennie Queiroz… y ella, que bordea lo místico, lo impalpable, nexo entre la realidad y la ficción.
Fotografiaba hadas: suelen aparecer ataviadas del aire inocente de las instantáneas, como disparadas al desgaire y, todavía con mayor frecuencia, en los antiguos daguerrotipos (pero ahora secretamente, burlonamente).
La posterior presencia de Hesse y El Falsificador en Suiza se debía al interés común de rastrear, cada uno por su lado, la pacífica estancia de Klee en ese país. Todo un encuentro casual, parecía sin importancia. El motivo (la excusa digamos… literaria) sería una exposición de pinturas de falso surrealismo al que ambos acudieron al margen de aquel interés, como si esa cita borgiana les estuviese aguardando desde hacía tiempo en Berna. Un accidente. Rodeada de un grupo de gente circunspecta, aunque de atuendos vistosos, durante el obligado vernissage fue preciso que ella sobresaliera, que se hiciera ver, puesto que él, un tipo corriente, era cegado a cualquier epifanía. A él no le fue lícito hablar de magnetismo en este momento. Hasta entonces, nada ha sabido de su existencia. No hay que sobrevalorar lo que se ignora. Ella, en ese instante que él recorta del fondo por vez primera su figura, es una estatua dinámica, tibia, de una materia aún por definir. Simplemente estaba allí, venida de algún lugar misterioso, creada quien sabe adónde, inexistente hasta ese momento, inimaginable, una imagen atractiva y hermosa tan sólo, con una cabellera espléndida y la palabra hospitalaria. Pero él sospecha el aura de después, aunque ahora es un halo borroso lo que desprende el inventario de ocurrencias que empieza a fraguar en su mente. Le inquieta una imantación que parece recorrerle de pies a cabeza. Descubierta magnífica y genial hasta el final de sus días. Inevitable ya.
Absolutamente imprescindible: él se hospeda en tales ensueños. Pues, ¿qué tiene? ¿Qué lleva realmente entre manos? Nada.
A ella le gustaba el surrealismo. Más que por sus imágenes por la idea potencial del sinsentido que preconizaba desde sus dogmáticos orígenes, el no-lenguaje por definición, su entidad de desmitificador absoluto. “Todo el arte moderno nace de un surrealismo despojado de un Dada inane”, declaraba. La sorpresa constante de una ordenación mágica que hasta gestaba significados de gran valor: lo subyacente, lo connotativo, lo místico, lo…. teórico grandilocuente. A él, del surrealismo, sólo le atraía la cómica imaginación de muchas de sus propuestas, técnicamente deficientes, como había descubierto no sin extrañeza en numerosas ocasiones; acaso la mágica y enervante figuración de Magritte, las medidas genealogías de Gorky, alguno más, salvaban la condena y el repudio del todo. Y, sin embargo, él mismo era proclive al formalismo más surreal en su escritura de creación, que contrarrestaba a modo de compensación (así prefería figurárselo él) otras labores de índole mercenaria.
Una conversación a dos, privada y exacta por ficcional.
 (Jennie, la dulce pero atrevedísima lusa, sonríe y calla envuelta en su melancolía sabia, atlántica, vaporosa). El oculta la naturaleza mezquina de su trabajo; magnifica la furtiva labor deudora y subsidiaria de aquél: escribía para una revista musical capaz de meter la pluma en todos aquellos aspectos que merecieran la curiosidad del mundo del acné y la idolatría del teenager, un semanario, Fans, de inusitado éxito en la juventud española. Ya que era prácticamente el único de la redacción que podía expresarse con decencia en inglés cubría de forma intermitente eventos y festivales fuera de España, y eso le permitía a su vez  sufragar sin cuidados miserables en los esporádicos viajes al extranjero su asistencia, añadidas a los estúpidos conciertos de rock, a exposiciones y sucesos artísticos que, a espaldas del hebdomadario juvenil, reseñaba a modo de free lance en revistas de arte más o menos rigurosas, su verdadera aspiración profesional.
A Hesse y a él…
les vincula raras devociones, les une el enigma de Paul Klee y su laboratorio de ideas, senecio, el arte de formato intimista, replegado, las casitas mágicas. El tema ha surgido de repente, como una chispa eléctrica que saltase de uno de los dos cerebros al otro y prendiese en la inspiración de ambos. Sólo han sido unas palabras acerca del pintor, ese substrato característico que adensa una magia inefable en las pequeñas y reflexivas pinturas del artista. Una coartada no carente de ingenuidad y pedantería a parte iguales para iniciar una conversación (que se abortaría en seguida) sobre lo onírico e infantil tan presentes en la obra del último período de su carrera.
El peligro, en forma de decepción, siempre acecha.
La realidad, como un puño de acero, se va a estrellar contra tus narices, o mediante un gancho de izquierda sobre tu mandíbula de cristal: ahí está el golpe: te va a reventar el hígado (al final te estrella un directo sobre la ceja derecha, seguido de un knout): alguien se acerca sutilmente amenazante (como un estropicio… ¡con lo bien que iban las cosas!)
Un tipo alto y esbelto, atractivo sin duda irrumpe en la escena, helo ahí: es el acompañante, el joven, alto y neoyorquino de pura cepa (sin que a través de las generaciones le haya perseguido nunca el hedor de las bodegas del barco cargado de emigrantes ni que en los remotos orígenes familiares se hallen newsies o pilletes del Lower East Side). Se une al trío. Pronto, con gesto cortesano, interrumpe la conversación de una manera tajante. Aunque con voz pausada pero autoritaria, ya no deja de hablar a los demás. Les impone a la escultora, a su acompañante Jennie y a él mismo un respeto divertido. De modales elegantes, viste de falso sport, como un auténtico gentleman: americana de excelente pana azul oscuro con coderas de piel negra, chaleco verde, pantalones grises de franela con pinzas, la pipa bien sujeta en los dientes. (¿Usaría reloj de bolsillo, guantes de cabritillo?). Entre él y los otros silentes, las volutas blancas del humo aromático del excelente tabaco holandés que exhalaba la cazoleta. Habla con suavidad, ayudándose de largas pausas, convencido de lo que dice y, con toda probabilidad, sin ninguna gana de perder el tiempo escuchando a los demás. Eso, piensa El Falso Periodista, ya lo identifica como mediocre. Daba la sensación de tener razón en sus asertos. Profería las frases con aplomo, hasta con suficiencia. Reitera (un fingimiento más, quizás) un tic algo peliculero y que al tipo debía parecerle distinguido: se rasca la barbilla con los dedos de la mano derecha, al tiempo que sostiene la pipa con la otra mano. Hesse le escucha con notable aquiescencia, casi con arrobo, lo que a él (El Único) le provoca un inmediato ataque de celos. Supo, luego, que era El Marido, un escultor americano del que no tardaría en divorciarse: un accidente. Ambos acababan de llegar de Zúrich, donde habían tratado de contratar sin demasiado éxito alguna exposición con un par de galeristas.
Al cabo de unos minutos, el matrimonio de artistas se despide con naturalidad. Pero a media tarde los cuatro se volvieron a encontrar por sorpresa en una cafetería atestada de gente, todavía en Berna. Aunque todo quedó en un movimiento de cabeza a modo de saludo desde lejos, subrayados por un cruce de miradas fugaces entre la turbamulta de los cuerpos que se interponían entre los dos.
“¿Así que eres español?”, debió haber preguntado inocentemente la judía-alemana-estadounidense-salvada-del-gran-sacrificio con un matiz de incredulidad (?) en su voz  horas antes.
Por entonces él sobrellevaba con resignación esa etiqueta exótica sin meterse en averiguaciones dolorosas. En 1965 ser español no era de las cosas más serias que se podía ser en el mundo. ¿De qué caverna sale éste?
De la de todos, más o menos cerca de la entrada…
Abril de 1968:
El Encuentro en  Nueva York.
(Primera Parte. Exterior. Plano general.)
(Voz en of.)
“Una Nueva York pintarrajeada, sucia y arruinada en muchos de sus barrios…”
El metro mismo era una obra de arte de la chabacanería más repulsiva: anticipaba la plástica de unos años después, sólo que ahora su muestrario (todos los vagones chorreaban pintura y estridentes garabatos) no era sino un miserable gamberrismo urbano y nocturno.
Ha viajado en febrero de ese año hasta allí con la misión imposible de entrevistar a un conjunto de artistas a los que unía una similar preocupación estética y conceptual “de ruptura formal absoluta con lo precedente”, como se calificaba desde la “vieja Europa” las nuevas lanzaderas abstractas neoyorquinas (preferentemente); en realidad, hacía tiempo que en Estados Unidos dominaban esa jerga plástica con suficiencia y hasta con desgana, como si mucho antes no hubiesen existido movimientos como el surrealismo o Dada que a pesar de las diferenciaciones lógicas, en especial de orden aparencial, prefiguraban los posteriores (en el mal o buen sentido de la expresión) desmanes artísticos .
Para él tuvo ese viaje un aura de cochambre, de tiempo de ruinas. Pero esa fue una sensación posterior. Un regusto inevitable de lo maldito, cuando uno escribe la crónica de después con el cinismo del presente y traiciona lo vivido apenas sin darse cuenta de que lo hace.
Volveré a verla.
(Escribió.)
El Hispano Descubridor de Tierras Indias y Vírgenes: uno de esos tipos a los que les es inútil fingir o andar en simulaciones: llevaba todos los secretos estampados en la cara, uno por uno podían reconocerse en su mirada, en su boca abierta, en cualquiera de sus expresiones y muecas, en su voz, en su silencio, hasta en sus pequeñas orejas… Sólo le faltaba la armadura reluciente como la plata, el casco, la espada, el caballo alazán de crin alborotada…
Por entonces, ella estaba alegre y confiada.
Porque así prefirió creérsela.
Y pudo corroborarlo cuando se presentó ante sus ojos inquisitivos. Irradiaba tal seguridad en sí misma que se había embellecido de forma sorprendente. Era invulnerable, y lo creía de veras. Por eso lo era, artista, eterna.
“Es invencible”, se dijo él.
La figuró moviéndose segura y sabia por la ciudad de los laberintos. ¡Esta santa Teresa entre hornos y crisoles!
Le deslumbró aún más que la primera vez.
Dos años más tarde estaba muerta. Sólo entonces, huérfano, abandonó él Nueva York como el niño que sale al sol agitado y hasta maravillado de la triste barraca de feria aún engañado por la tosquedad de su trucos.
La buscaba, la estela inodora (o incensaria) del fantasma. 
Vive con ella un día infinito (pues hoy la recuerda, y la vive). Alarga ese día como un tubo de goma. Lo estira, mira a través de él, lo dobla, lo retuerce, lo arruga. Golpea con él. Lo suelta. Lo falsifica con todas las de la ley. A fin de cuentas, ella es su material, el inventario más precioso, y hasta el decorado esencial de una plástica que transgrede todos los límites conocidos del arte de la representación y el remedo. De ella desplaza él toda la batería sensorial que logra evadirle de lo insulso del presente. Ella ronda por su pensamiento a sus anchas, en él se aloja y él hasta la confunde, manipula, trocea, oculta, revierte, saja, silencia… La encubre, la desfigura. Ensaya con ella todos los espejos de su interior atolondrado.
La coreografía de la ciudad la ampara, la define, extrae de ella las pulsiones necesarias para una epifanía de lo visual tan próxima a lo inefable, tan extraña a la autoridad de las palabras o las significaciones, pero tan perfecta para el esclarecimiento. Tras la ciudad, su tela de araña y las complicidades.
Toda esa cultura de los grafitis:
¿No encuentra un sitio para exponer su obra?
El espacio público es suyo. Tómelo: las tags pronto revalidan una expresión gamberra: ¿avalista?: The New York Times (palabras mayores).
Helo ahí: Tag art: de aquí a los taggers armados con los botes de spray un solo paso: ¿qué separa la mierda de la finanza? Una simple cuestión de estética… no, de buen gusto.
Nueva York, primavera del 68.
Peripatéticos, han andado por sus calles y  tumultuosas avenidas numeradas, sorteando lentos automóviles, figuras urgentes de anonimato hostil, serios figurantes. Ella tenía un estudio, que a la vez era vivienda, en el SoHo, un loft plagado por la suciedad de lo heteróclito y la basura industrial (o por la limpieza del minimal, el solo concepto).
Visitaban incansables exposiciones inaugurales, sugeridoras, de una sobriedad desconcertante, rupturistas. Ella le presentaba a decenas de pobres diablos artistas que, tan sólo una década después, ya se habían transformado en activos financieros. Compraban libros en algunas de las pequeñas librerías de Broadway. (Hurgando en un cajón repleto de libros de bolsillo y ediciones descatalogadas a él le sorprendió la ilustración de la sobrecubierta que ocultaba las tapas duras de un libro en español, de chocantes medidas (18 cm x 15’5). Dudaba él, descubrió las tapas de tela gris debajo del papel satinado y coloreado: un relieve geométrico ennoblecía el tacto. Pasó las primeras páginas. El libro había sido impreso en España, en Valencia, en 1957. El ilustrador de la portada era Manuel Millares, hombre inclasificable (lejos del homúnculo, muerde todas las manzanas prohibidas) y abocado a lo trágico. El texto, una colección de ensayos sobre artistas contemporáneos de los Estados Unidos, lo había escrito Vicente Aguilera Cerní. El y Gillo Dorfles constituían durante esos años la pareja más sobresaliente en Europa de la crítica y análisis de las últimas tendencias artísticas. Subrayaba el autor al mencionar a Pollock y Rothko, “los grandes tamaños del arte norteamericano, ésa la escala de lo sublime”. Con anterioridad le habían advertido a un receloso El Escudriñador que en alguna de aquellas librerías especializadas podía encontrarse cualquier cosa escrita en cualquier idioma. Lo compró sin titubear por cuarenta centavos. Antes del mediodía, terminan él y La Artista en una cafetería de la calle Thompson, en el Village. El le informa sobre el autor del libro. Ella le miraba complacida, aunque sin mostrar un verdadero interés en realidad; apenas le escuchaba, parecía un fantasma, como un vapor en su cerebro, como... Las pocas páginas, así como las ilustraciones en blanco y negro, del curioso libro -ya desaparecido- versaban sobre escalas, los nuevos materiales, la escultura de hierro y acero de Smith, la materialización del espacio... El discurso de El Enterado se apaga; las tazas ya vacías, las palabras que empiezan a necesitar algo más allá de su significado. Finalmente, dos días después él le regala el libro, o lo pierde, o se lo roban. Hoy, muerta ella, aún no sabía él de su destino ulterior. Agregaba una curiosidad más el volumen en cuestión: la supuesta editorial propietaria del copyright del libro era engañosa: informaba como domicilio social el número 16 de Doctor Vila Barberá, en Valencia, una calle sosegada y arbolada de acacias centenarias a pocos minutos del centro de esa ciudad antigua, culmen de todos los estilos desde el románico al neoclásico, comercial y burguesa. Jamás ha existido tal número en esa calle estrecha y de apenas cien metros de largo.) 
(El homúnculo prevalece sobre el pensante feliz, paseador trivial, hecho de materias inhumanas.)
Está en la habitación blanca del hospital. Da cabezadas frente a su cama. Ella duerme. Tiene la cabeza totalmente rasurada. La artista duerme. El libro caído en el suelo, con las tapas volcadas sobre la moqueta. No recuerda… ¿Qué leía, qué hacía? ¿Soñaba…?
La duermevela le ha trastornado.
La noche interminable. Una tortura para nada. Una espera para la nada.
Le cuenta sus sueños. Él le cuenta sus pesadillas, los temores.
La oye delirar, y se entera de sus secretos, El Tipo Listo y Ducho (que aún conserva libros con pétalos oxidados de las flores del verano prensidos entre sus páginas).
Alguien comparaba su desgracia con la de Sylvia Plath, con alguna otra maltrecha (Mansfield, Carrington, Arbus, la Bowles, Sexton, Woolf, Storni…). Qué estupidez. Ese montón de mujeres desdichadas o malditas, o castigadas, destruidas… Toda esa femineidad de la fatalidad y la mala literatura, ese útero editorial de sugestivas referencias de donde hacer negocio… Fue la vida quien traicionaría a Hesse, que no tenía nada de maldita: la preparó a conciencia para una muerte joven, y ella no tuvo la mínima posibilidad de vencer a pesar de la lucha encarnizada que emprendió al enterarse de su enfermedad.
Ella no hubiera muerto jamás. Se plantó frente a la muerte a cara descubierta. Sólo después, la serenidad, el fin. A su pesar. “Esa mierda de la muerte, ¿para qué me quiere a mí?”, se preguntaba asustada en 1970.
Y, ahora (quizás los dos al unísono), piensa que ojalá la vida tuviera un empalme, una estación donde cambiar de trayecto al menos, no huir del destino irrevocable, pero llegar a él en otro lado, en otro momento.
Alguien informó debidamente: “Existe el libre albedrío, se llama magia.”
Ella creía en el arte, un sustituto de aquélla:
-Me basta con mi obra.
“No es suficiente. Hay que apelar a la magia.”
Se hizo maga. De una manera autodidacta, digamos.
-Voy a engañar al tiempo –dijo una mañana en la cocina, apenas levantada de la cama, dejando ver a través de los delicados tejidos del sueño partes de su cuerpo relajado y limpio.
-Magnífico. Dime cómo.
-Es sencillo. Viajaré hacia atrás, haré del pasado mi lugar favorito.
Hace una pausa. Parece reflexionar, o finge que lo hace. Toma asiento. Acerca él servicialmente hacia ella la cafetera italiana. Pensativa, como sin verle, coge una de las tazas rojas de la mesa. Dice:
-Aunque hasta hoy el pasado era la peor de mis pesadillas. Pero ahora comprendo que es el mejor lugar para defenderme, no hay dudas respecto a él, no me ha herido de muerte. A pesar del daño que me ha hecho desde que nací,  es el único escondite que tengo para burlar el futuro. Aún estoy ilesa, así que, ¡si me doy prisa…!
Con cuidado se llena la taza hasta la mitad de café aguado, típicamente americano. Una auténtica porquería.
Mira a través del cristal sucio de la ventana. El cielo está gris, se diría que frío, aunque ya vamos a entrar en mayo (1970), la más terrible de las fechas, asomo de lilas, las aguas del deshielo, cadáveres a flote.
Consideraciones sobre el espacio y el tiempo. Una divagación.
¡Cuántos días han pasado leyendo y traspasando las fronteras de lo imposible años atrás!
Un martes (día de brujas) empezaron el viaje montados en una escoba directos al cielo negro más allá de las estrellas: es un hecho probado en la ciencia de nuestros días que tanto el espacio como el tiempo se mueven, y la violencia que emplean para ello es inimaginable, nada existe en la naturaleza terrestre comparable a esa potencia inaudita. A partir de ese hecho tenemos que hablar de una nueva estructura cuatridimensional unificada susceptible de introducir nuevas y sugestivas teorías revolucionarias respecto al universo que conocemos. Por desgracia, la física contemporánea no cesa de colocar barreras frente las mentes más desbocadas. Sólo desoyendo las leyes inevitables de ésta podemos liberar nuestra imaginación.
Pongamos ante nosotros aquello que no está sujeto a ninguna ley.
Imaginemos entonces.
Imaginemos que…
Por lo demás, respecto al origen de la creación y lo que se esconde al otro lado de la muerte nadie sabe nada de nada. Toda filosofía es un abuso del lenguaje; toda religión es un sistema económico; toda teología es ciencia-ficción (Borges dixit).
Borges era un auténtico maestro de las conjeturas. De ahí la sabia ironía de sus textos. Dudaba hasta del lenguaje, al que tuvo que “traducir” con humor. ¿Dónde está ahora Borges?
Imaginemos, concede.
En el Reino de las Conjeturas, Alicia…
El espejo hecho añicos.
Hesse lo ha traspasado y, con una voz extrañamente infantil, ha sentenciado con desparpajo que es una constructora de mundos.
-Está decidido. Me vuelvo al pasado. La única forma de vencer al tumor de los demonios.
Existen las singularidades, las oscuras y complejísimas teorías físicas de última hora. Ahí atrapados, todo revoca las leyes de la física que conocemos. No hay antes ni después.
¿Tres dimensiones? ¿Cuatro? ¡Once!
Universos gusanos. (Okey, me suelta en neoyorquino.)
En efecto, aún a pesar de sus misterios el universo conocido y las explicaciones que nos ha deparado la física hasta el momento son demasiado básicos. No iba a ser todo tan sencillo. Universo, galaxias, soles, planetas… Demasiado inocente. Hay más perversidad en todo esto, mucho más cálculo y realidades inconcebibles para la mente humana.
2010: teoría de cuerdas, teoría de las membranas… Bien podría ser una de las perversidades o trampantojos o pasos a ninguna parte o sólo palabras: una retórica acerca de lo invisible o inexistente.
1970. Están las cómicas o trágicas incongruencias del tiempo y el espacio que se producirían en la eventualidad de viajar al pasado, está la posibilidad de un pentimento cósmico capaz de borrar los hechos sucedidos como una goma colegial borra los garabatos en la página de un bloc infantil de páginas cuadriculadas.
-¿Qué agua se bebe ahí?, ¿qué hierba se come?… ¿Qué tal el aire?
-¡De colores!
-¡Y suena música celestial! ¡Y por los verdes prados pacen las blancas ovejas de sedoso vellón!
-¡Tu sarcasmo es inofensivo! Estamos en otra dimensión, donde la encarnadura es polvo, estiércol cósmico.
Se lo hace notar con suavidad, pero con firmeza:
-¿Así de fácil? Viajas al pasado, introduces elementos insospechados de contingencia: hasta mi nacimiento puede ser imposible, puedes matar a tu propio padre antes de haber nacido, cambiar el curso de la historia, neutralizar los resultados de una apuesta al publicar los resultados previamente… ¿De qué manera resuelves todas esas paradojas?
Las abolió con presteza:
-Una vez en el pasado nada puedo hacer por modificar el futuro que ha de sucederle, que es invariable, de la misma forma que nada malo puede esperarse ya de él. ¿Sabes?, es un pasado que no concierne a lo posterior.
-Vienes del futuro, ya sabes lo que hay en él inmediatamente después del pasado en el que te sumerges de nuevo, ¿y no puedes hacer ninguna travesura?.
-En ese pasado ya no existe aquel futuro. En cierta medida, es como las limitaciones que atenazan al tipo que verdaderamente posee el don de la premonición: puede ver lo que ha pasado, no lo que va a pasar, así que no puede cambiar nada de nada, lo que debe resultar bastante mortificante.
-Pero tú juegas con ventaja en cualquier caso.
-No se trata de eso. Ningún suceso puede pertenecer a la vez al pasado y al futuro. Algo misterioso lo hace cambiante… ¡siendo el mismo! Además, no se alteran los hechos, sólo se neutralizan, se sustituyen por otros más halagüeños en… ¡otro universo! El que abandono se queda intacto: yo muero. Eso es todo. Me largo a otro universo.
-De modo que hablamos de misterios.
-No. Hablamos de espacio-tiempo, una dualidad de la que todavía nada se conoce en realidad pero de la que podemos intuir lo mágico y lo posible que han de brotar de ella algún día.
-¡Y donde existen el pasado y el futuro a la carta!  
-Existen los universos paralelos. Viajo al pasado, construyo otro universo. Miles de millones de universos paralelos nos aguardan. Estoy en el pasado, soy yo, la del presente, pero soy otro yo en otro lugar, sin dejar de ser la misma… en ¡otro universo! ¡No altero en absoluto el que he abandonado!
-¿No se bebe en ese universo? ¿No se come? ¿Se envejece en ese universo? ¿Se muere en él? ¿Se procrea? ¿Hay flores y gatitos? ¿Hadas y brujas, príncipes y capitanes, dinerito contante y sonante?

domingo, 18 de enero de 2015

4

Es inútil: tan vano es aconsejar a alguien a partir de la experiencia que te han proporcionado tus pecados como hacerlo desde la bondad de tus virtudes: en el error caen todos.
De momento, espera.
Le protege mal que bien la cosmética de lo medido, la cautela en todo.
La invención: siente las cosas, no las toca.
SE MIRA PERO NO SE TOCA.
Es media tarde. Se aburre. Está cansado. Manos a la obra.
Detiene los ojos en el vacío.
Un maldito experimentalismo de los que suelen defenderse en Gotham Book Mart.
Es media tarde…
Es media tarde y los rayos de un sol desmayado penetran por los cristales sucios, a duras penas logran iluminar ese espacio escondido en el Downtown de una Nueva York todavía oscura, olorosa a piedra mojada, metal y la acritud del humo invisible de las calderas, crudamente inhóspita a pesar de la primavera. Una luz de oro falso, sin brillo… etcétera. Desde primeras horas de la mañana Hesse no ha podido ocultar su satisfacción, a pesar de que por alguna razón que él no entiende intenta mostrar indiferencia. Ayer visitó la muestra de Sol LeWitt. Durante unos instantes le habla de este artista, amigo suyo, del que él también tenía noticias hace algún tiempo. Varios ejemplares de Artforum descansan sobre una mesilla auxiliar de listones de madera sin barnizar, frente a una biblioteca de pie también de madera desnuda. La revista publica en su último número una crítica muy alentadora de Emily Wasserman con motivo de su exposición en la Fischbach Gallery. La han comentado durante el almuerzo. La reseña destaca en especial dos obras muy queridas por Hesse, Repetition 19 III y Accesion III, en las que se adivina, según escribe la autora, un toque fascinante de sensualidad y diversión procesual. La artista no ha podido disimular una sonrisa de conformidad al leer esas líneas en voz alta.
“Seguramente han tomado varios snaps”, escribe, “pues el tipo se siente algo aturdido, con un persistente sabor dulzón en el paladar, la lengua pastosa, los ojos adormilados. En realidad, está temblando de pasión, pero algo hay de ternura en el deseo violento que le domina. Sería suficiente con acariciar su piel, sentir la carne viva de sus brazos desnudos, besar sus mejillas arreboladas, hundir los dedos en la larga, perfumada y sedosa cabellera. Casi está a punto de abalanzarse sobre ella, sentada a pocos centímetros en el sofá con la revista sobre el regazo. Pero en ese instante la artista se vuelve hacia él, muy seria, con una mirada que él entiende implorante...
Avanza la mano, la punta de los dedos. Toca la nada.”
Y huele a humo.
[Debería corregir el estilo, se dice (y piensa en un ejemplar Bucci escondido en algún sitio del futuro donde añadir la glosa y la rectificación explicativa, ¡mon frère Stendhal!).]
Es el vértigo, etcétera. (La toma entre sus brazos, calcula sus oscuros ojos que le miran entregada, mensura la intensidad de su abandono, los ojos que se entrecierran embelesados, la boca entreabierta, el tibio aliento (…) Y empieza a oscurecer en una Nueva York aún desconocida, inabordable, temible. Una ciudad que al anochecer, incomprensiblemente, sugiere la existencia de unas gigantescas murallas que la cercan desde los dos ríos y crecen y crecen hasta alcanzar el cielo negro.
Después: nunca deja de sentir ese desmayo cuando revive la tarde de abril del 68, su cuerpo acogedor de matrona feliz, su misma presencia de La Gran Madre Judía… Es, siempre, un desfallecimiento.
Ella, escribe El Escribidor, renegaría atónita de la potencia y eficacia de una inteligencia beligerante (la de él), siempre alerta. Él es gris; ella, la elegida por los dioses, brilla como una luminaria en la noche de los aprendices. Le miraba divertida. Eso le irritaría a él, estaba demasiado en guardia ante los demás. Disfrazaba la suspicacia con la frialdad del carácter. Disimulaba como podía las manías. Esa rigidez atenuaba su ingenio, a diferencia de la otra, temerosa pero lista y llena de certidumbres. Y él, peripatético, que aún no había descubierto el aserto: no te tomes muy en serio a ti mismo, es probable que seas la única persona en el mundo que lo hace. Pero era casi el principio de todo. Más para él que para ella. Luego, la vorágine, las idas y venidas, el sinsentido del final inminente, todo sobrevino demasiado aprisa y todo fue demasiado embarullado. La crónica de después en forma de escritura fortalece una memoria en exceso distraída.
Una punzada de desolación se abate en la sangre: con qué celeridad se disipaban los días, sus luces diferentes y sus actos triviales o encomiables, se hundía el tiempo en el abismo y nos arrastraba con él mientras la urbe amanecía azul, se tornaba amarilla, se desangraba cada noche. Qué cruel alcanza a ser esa medida tan precisa, las pausas de la mañana y la tarde, sus gentes, sus colores y ruidos, la singladura cotidiana repleta de propósitos, tan lejano todo ello al terror y la angustia que se anuda en la garganta del desahuciado para el que ya nada del mundo ni los seres que lo pueblan muestra grandeza alguna. Todo es sólo un accidente. Tu nombre, el color de la piel, tu origen, la apariencia que te significa. La vida es absurda, la muerte le arrebata cualquier posibilidad de sentido. Qué dislate. Entonces la ironía… ¿De qué te sirve el desparpajo ahora? El rostro de la muerte sobresale tras cualquier cosa, envilece cualquier sentimiento. Una desgana física e intelectual impregna todo desde la rabia silenciada, el escepticismo inicial que prevalece ante lo fatídico atenúa algo la causa arbitraria e injusta: en el fondo es una barbarie. No hay resignación, hay derrota. La muerte puede con todo lo imaginable. Incluso anticipándote a ella, precipitándola, puede. A ella, a la guadaña de los milenios primeros y oscuros, no le importa el camino que elijas, tampoco la hora. No escaparás. Esa certeza no elude la lucha, ni el empuje… a la nada finalmente. Qué desastre, qué perversa culminación: creces a la nada.
Su coraje apabullaba. Podría decirse que le obligaba a uno a creerse capaz de superar el listón de sus talentos, pocos o medianos, fueran de la naturaleza que fuesen. “Siempre se puede ir más allá”, afirmaba la judía incontenible. Pero el verdadero estímulo era su presencia viva. Crédulo hasta la médula, él podía seguirla hasta el infierno. La creía porque era real (y sobre esa base rotunda la inventaba mejor).
Un deseo vehemente de destacar en algo le embarga mientras no aparta los ojos de ella, la escucha con indisimulado arrobo: alienta personajes maravillosos en lo más hondo de sí mismo, en él, en cualquiera de las personas que la rodeaban de modo constante, que más pronto o más tarde acabarían revelándose en el interior de todos ellos. Los hacía emerger del sucio y oscuro grumo de los abatidos andantes a su lado: somos plurales, podemos ser cualquier cosa, héroe o villano, soberbio triunfador o perdedor solitario, rebelde y magnífico. Era magnética, hasta predicadora. Esa era la esperanza, crear de nosotros mismos un ser memorable y capaz más allá de resultados plausibles. No había que venirse abajo. Nunca había razón para ello, aseguraba. El proceso hasta ese alumbramiento era la misión más digna, al menos la que justificaba nuestro paso por este mundo. Luego, amabas hasta los mismos tuétanos de la tierra, te revolcabas en ella porque era tu verdadera piel. La tierra es el arte, y el barro su esencia.
La naturaleza es sabia, suele decirse. Nada más lejos de eso. Esa monstruosidad ambulante del planeta es ciega a pesar de las leyes que la rigen. Los errores se multiplican a cada segundo, sin duda en la misma medida que los aciertos y las felices casualidades. No hay una regla que la exima de la torpeza y lo criminal en su curioso avatar, tan dominado, esto sí, por el entramado de sus axiomas físicos y una evolución casi perfecta.
Te hago inteligente, insustituible. Pero yo acoto por un error de diseño el tiempo de tu eternidad y sus afanes. La torpeza del final precoz desmiente toda predeterminación y cálculo: morirás joven. Una chapuza genética. Un fracaso cósmico.
Hoy sabemos que son plurales las formas despiadadas del caos. ¿Lo mitiga algún orden de aspiración humana?
Y bien, toda la clave de su obra reside en el absurdo: no expliques nada. Vive. Y juega. Todo puede ser un juguete magnífico: ilógico, noser. Con las formas será bastante. El caos es divertido, aberrante, imprevisible. Implacable ley física.
Además, ¿para qué mentir? Esto (la vida, sus hechos y sus obras) no puede acabar bien. O sí. Pero la cuestión es que acaba.
Toda mi obra -podría haber dicho, y seguramente dijo solemne alguna noche ya epifánica ante los dioses que la arrebataban de la vida-, se concibió para ser creada y no contemplada.
El absurdo… ¿en qué consiste? Acaso esa sensación nos domine cuando acaece lo impredecible. Sólo eso: lo imprevisible nos aturde y nos sume en el desconcierto. Nada, así, parece tener sentido, ¡pero todo es impredecible, hasta lo más nimio!
“El objeto no es una ficción, es una realidad. Yo subrayo esa realidad, y al hacerlo puedo recorrer en plenitud ese trayecto intencionado, que no representativo, que abarca desde la ironía hasta la tragedia.”
Con ella: un baedeker con el que recorrer la ciudad sorteando sus habitantes que hasta explica una relación épica, un destino.
Del 134 de Bowery al 35 de Vandam Street (con los pies colgando sobre el Hudson, aporreando las teclas de color), otro sagrado lugar.
Una mañana, un día cualquiera, de pronto, investido de la piel de un auténtico newyorker. Ya lleva Gotham en la sangre. Desvía rápidamente la vista al descubrir a un foráneo, un turista. Apestan a cien metros. ¡Qué de milagros!
¡Qué mudanzas!
Y el bolígrafo mortífero, puede ahogarte en su líquido azul como si tal cosa…
Como te muevas… ¡te escribo!
¿Qué tal si esconde el bolígrafo infantil de cinco centavos, deja asomar por el bolsillo de la chaqueta la caperuza de la Montblanc con la estrella rechoncha y blanca a la vista y se dedica a la conquista de la neoyorquina madurita?
“Me gusta que me despierten con un beso en el cuello”, dijo ella sentada a la barra de un bar de luces amortiguadas y adensado del olor apaciguante de la madera noble y el cuero auténtico, en la esquina de la 69 con la Quinta.
“Ese soy yo. Soy El Despertador”, dijo él con el vaso corto de cristal teñido de caoba en la mano.
¿Y suenas y todo?
Fue el comienzo de una intensísima relación de un día y medio que tuvo como único escenario las enteladas paredes de color rosa de un dormitorio en un lujoso apartamento del Upper East Side con vistas (naturalmente) al East River.
pero no de las morosas sutilezas de la seducción (se abrió de piernas nada más tumbarse sobre el esponjoso colchón veteado de rayas plateadas henchido de plumas, ¡para qué perder el tiempo!)
El era noviembre y estaba solo. Ella era una mujer cuya edad ya necesitaba del maquillaje
“¿Cómo te llamas?”
“Noviembre.” 
Un bolígrafo: dos kilómetros de tinta, cien mil palabras: 5 centavos. ¡Joder, qué barato sale el crimen!
-Todos esos elementos inconexos, dispares… ¿logran de veras una fusión artística?
-Todos esos elementos… ¡son un solo elemento!
Hay una cucaracha roja encima de las hojas amarillas emborronadas, cerca del diccionario de sinónimos y la polvorienta Underwood (¿o es una Corona?): “¡Largo de aquí, jodida hembra, este es mi Sancta Santorum!”
Lleva sin afeitar ocho días seguidos y la página volcada sobre el rodillo de la máquina de escribir en blanco. “Un blanco prometedor”, se dice animosamente después de una semana sin ducharse.
¿Cuál es el mensaje?
Uno escribe libros para los que tiene cerca sino para los que están todo lo más lejos posible: para los absolutamente desconocidos.
En ese cuadro… -balbuceó-, he visto un trazo disonante…
Sería un error de pulsación:
en esa página he visto yo un una falta de ortografía…
Analogías: Right After, una escritura plástica como esa endiablada música del jazz que los boppers todavía aceleran más y más haciendo imposible seguir su ritmo con el cuerpo: sólo la respiración, agitada, podía seguirles hasta el fin del mundo.
Con ella dentro del mundo, éste tenía un orden (aunque ella siempre sostuvo que el absurdo era el entramado real de toda apariencia), y él era capaz de percibir una geometría fascinante inmerso en el mismo caos y los disparates incesantes de una humanidad con graves imperfecciones. Ella, su arte y su vida, al justificarlo todo ante sus ojos, reflejaba un orden que él equivocaba al creerlo genuino del mundo:
“En mí no ha habido lugar para el conflicto arte/vida, ese binomio pretencioso: son la misma cosa, algo indisoluble. Me resulta del todo increíble que haya quien entienda la una sin el otro o viceversa.”
Una vez desapareció, lo perceptible volvía a ser despreciable y ruin. Carecía de sentido en una conjunción física y química que se empecina en anular tajante el alma, un sentimiento. Materia, al fin, déjate llevar. Y, después…
Dijo, y fue publicado en el mismo mes terrible de mayo de 1970: “Siento el absurdo total de las obras de los artistas que amo. Y respecto al contenido de mi trabajo, en cuanto a su relación con los materiales que lo conforman, sí, es realmente absurdo. Puede decirse de ese modo. Un  absurdo total.”
Bajo los cartelones verticales de una exposición de interiores holandeses, al pie del lujo corintio de las columnas del MET, una tarde dorada de abril de 1970 perfumado por la primavera de las hojas y las flores de los árboles, dijo (también): “Voy a vencer, sabes. No voy a morir todavía. No moriré nunca.” Y ya el abismo de la nada absoluta se abría bajo sus pies. Exactamente treinta días después se la tragó entera.
Por añadidura, su vida, su arte, su enfermedad, la tragedia de su familia, sólo es aceptable, creíble, desde el absurdo más incontestable.
En efecto, el laberinto de las formas, del objeto, preconiza la enormidad, la verdadera escala del absurdo. Eso será todo. El discurso sólo amplificado por una apariencia que elude lo inteligible. Será una artista genial, una precursora. Un código marino, volátil, sustituye la soflama. Sensatamente, tras él ningún cifrado se agazapa. Es original el orden de su sintaxis. Construye de lo inerte una estrafalaria morfología.
La niña nos ha salido idólatra: sus montajes claman al cielo, una apostasía ininteligible.
¿Qué injusticia hallaron en mí vuestros padres para alejarse de mis mandamientos e irse en pos de la vanidad de los ídolos para hacerse vanos? (Jeremías, 2-5).
Asna salvaje, habituada al desierto, en el ardor de su pasión olfatea el viento, su celo, ¿quién lo reducirá? (Jeremías, 2, 24).
La vergüenza de vuestros ídolos ha devorado el trabajo de nuestros padres (Jeremías, 3-24).
Ya se anuncia desastre sobre desastre (Jeremías, 4-20).
(Pero jamás hizo caso alguno de las advertencias.)
Soy El Testigo. Tu vida ha sido una short story. Yo la contaré a mi modo, pues es así como puedo comprenderte.
Al calor de tu presencia inventada, la pluma se tiñe de neblinas y el claroscuro reinante en toda biografía.
Podemos empezar.
No nos ahorres peligros, pero sálvanos de todos ellos.
Por ejemplo:    
Haberla conocido en 1965, a comienzos del otoño, en Suiza.
A El Informador le acompaña una amiga portuguesa, Jennie Queiroz, una periodista de sobrado instinto que fotografió algunos de los trabajos, menores, insulsos, que la artista había expuesto en la Kunsthalle de Düsseldorf meses antes, y que él no había tenido ocasión de ver. La periodista no dudó en entrevistar a Hesse a continuación, pues las pinturas y dibujos la habían fascinado.
¿Qué puedes contarme?
¿Qué quieres oír?