miércoles, 17 de junio de 2015

14

Lee. A todas horas. En una ciudad que en esos años alberga más de 300 librerías diseminadas por sus calles y avenidas es fácil hacerlo. Y el que no corre, vuela.
¿Debería cogerle del brazo?
Dos enamorados que salen de casa antes del atardecer de mayo. Eva: lleva una falda evasé con zapatos de tacón, una blusa blanca con puños de encaje, el chaleco negro…
Me siento dadivoso… a la manera borde.
Una especie de Swift de carrillos rosados que metiera el dedo morcillero de inglés mercachifle bien cebado en la llaga de la herida del siglo XX.
Que no muera nunca, ésa es mi ofrenda a la Gran Artista para hoy.
Te otorgo la eternidad (te concedo un… castigo)
Eres la heroína de los colores.
También eres mi heroína, Hesse.
He aquí las páginas blancas donde mancillo tu memoria.
He aquí el pecado y la ofrenda.
He aquí mis antojos de creador menor (pero sentimental).
He aquí la chica de la moneda de plata de tres peniques. Nace una de cada un millón.
Te alumbraron con el círculo rojo sobre la ceja izquierda. Ahora, a tus doce años, se ha vuelto verde. Aún has de verla azul oscuro cuando cumplas los veinticinco.
Sabed que ella es La Elegida, papanatas...
Pero, ay, nadie alcanzó a descubrir la mancha negra del tamaño de un chelín sobre la frente.
¿Y qué le hubieras pedido tú a una vida inmortal?
Amaría la sabiduría, sería generosa, me entregaría a las artes y las ciencias. El mundo y sus cambios, sus modas y revoluciones serían mi espectáculo interminable, así como los cielos de la noche, sus astros y sus cometas. Contemplaría indiferente y divertida como se marchitan a lo largo de los siglos la sucesión de claveles y tulipanes en mi jardín. Y yo sería un ejemplo para el mundo que nada en mí vería reprobable.
Sería…
Serías como tus obras, que en el siglo XXI se pudren y se deshacen como el polvo aun no dejando de ser lo que son. Y hemos de copiarlas con nuevos materiales, clonarlas con otra química reciente que sustituya los despojos corrompidos. Tu obra, en nuestros días, es una copia de la que manipularon tus manos, aquellos desechos de los sesenta forman hoy un revoltijo informe encerrado en una urna de cristal.
Pero ¿acaso no somos los hombres y las mujeres copias más o menos imperfectas de otros seres humanos que nos precedieron?
Podemos replicar tu obra cuantas veces nos venga en gana.
¿Para qué ser inmortal? ¿O piensas tal vez que se es inmortal contando 30 años tan sólo hasta el fin de la eternidad?
No, querida. A los cuatro mil seiscientos dos años tendrías cuatro mil seiscientos dos años y no treinta. ¿Qué pensabas?
Serías una struldbrugs cumpliendo años sin cesar, melancólica y abatida, con todas las manías y achaques del viejo, con la horrible perspectiva de no morir jamás. A los cuatrocientos años serías tan terca, antojadiza, avara, áspera, vanidosa y charlatana como a los cincuenta y sesenta. A los setecientos nada de los placeres del cuerpo podrías desear, puesto que a ninguno de ellos podrías responder. Envejecerías eternamente, asqueada y confusa, hasta convertirte en una sombra repugnante para los demás, una apestosa y húmeda mojama ambulante. Tu capacidad de aprender sería nula, tu memoria se desvanecería al paso de los milenios, pero lentamente, muy lentamente, y mendigarías un recuerdo, unos pocos slumskudask con los que llenar el vacío de tu mente. Ni siquiera podrías refugiarte en la lectura, pues el lenguaje se tornaría incomprensible, y tus ojos irían apagándose como una estrella durante millones de años. Tu nacimiento habría sido siniestro, y envejecerías a la par que el universo. Esa rara eternidad te mantendría muerta en vida.
Condenada a vivir hasta el final de todo… ¡qué tortura diabólica!
Pronto dejarías de temer a la muerte, que sería una bendición, el más dulce de los consuelos…
“¿Ahora administras antídotos, entrometido del diablo?”
“Querida, soy El Hacedor. Soy yo quien dispone las piezas aquí y acullá. Qué le vamos a hacer.”
De nuevo Brooklyn: Park Slope: ciudadanos negros por doquier. Pronto olvidas tu origen, judío por elección/fatalidad, americana de primera. Se da una vuelta por la calle Middagh. Busca la “casa sola”, aquella que en la década de los cuarenta albergó entre sus paredes amarillas a W.H. Auden, a Richard Wright, a Carson McCullers, a Paul y Jane Bowles, a Benjamin Britten… Todos ellos vivían allí gratis con la única condición de contribuir al pago de las facturas de la electricidad y la calefacción y donar una parte de dinero a la cocinera que les guisaba. Se encontraban a gusto allí, y raras veces “cruzaban el puente”. Era una buena vida aquella, y por la noche sólo tenías que cuidar de no beber demasiado y no pisar el rabo de alguno de los miles de gatos que se apoderaban de las aceras una vez anochecía.
¿Y, tú?
¿Escribir? Bien, no tan arriesgado como terminar por las alturas de la ciudad trabajando como un window washer.
Aunque… eso depende.
¿De qué…?
1966. De vuelta. Pero no todo está por hacer. Todo está hecho, sólo hay que mostrarlo.
1969. Marzo: nada del arte y sus épocas me impresionan: tengo la llave maestra.
En 1972, en el Guggenheim, la exposición (compuesta como los mecanos, alzada tridimensionalmente desde los planos y las anotaciones…) Y ella tan muerta ya…
Galerías de arte. “Tengo un plan”, dice. “Adelante”, le contestan. “Nosotros no somos nada más que un espacio adecuado. Cuatro paredes, un techo y un suelo que mancillar. Trabaje usted con ello. Todo lo demás es innecesario. Expóngase usted. Hágalo sin miedo. Atrévase a fracasar.”
Forma parte de una cuadra prestigiosa, zarandeada por el escándalo y la celebridad de sus adquisiciones tumultuosas. SAATCHI dos milenios después (puesto que inconcebible era su existencia y su capricho en la Era del Hierro) traduce el lenguaje artístico a lo ferial y bolsístico, los bonos, la acciones y los dividendos (y sobre papel cuché, excelente offset, la fotografía, la propuesta, el precio).
Pero en 1963: una chica lista (lo hemos convenido de ese modo) es muy capaz de endosarle una aguada abstracta a la enjoyada mujer que sale del bar del hotel Quadrum en dirección a su automóvil con chófer delante de la puerta giratoria: se trata de dinero: la única relación con el arte que aquella dama compradora de espléndido tipo y ahora adinerada y en actividad sexual constante con su dueño y señor había tenido en el oscuro hogar paterno de un lugar de Manhattan mestizo e innombrable durante su pobre infancia pobre (sic), era la visión diaria de un calendario colgado en la pared de la minúscula cocina interior cuya parte superior reproducía un paisaje de la caza del zorro en la campiña inglesa por H.G.R. Gyant: “Qué bonito”, solían decir para sus adentros al consultar una fecha en el faldón de los números de más abajo cada uno de los miembros de la familia (8 en total pululando y tropezándose entre ellos en el interior de los 55 metros cuadrados del hediondo apartamento del West Side sin ventana exterior: las cuatro hermanas –bellas y listas-, el hermano –torpe, muerto prematuramente al descender de un tren en marcha cuando iba borracho-, el padre –ascensorista- y la madre –camarera- y el abuelo que jamás pudo pronunciar una palabra si no era en un dialecto húngaro).
Soñaba no sin fundamento, pues ella “sabía”  que las ideas que bullían en su mente eran brillantes y más tarde o más temprano saldrían a la luz. El mundo sabría de qué era capaz el talento (o el don) que aleteaba sobre sus dedos… Aunque, por ahora, ella era la chica que siempre estaba metida en una cabina telefónica con La Agenda Prodigiosa en la mano y los bolsillos de los Pendletons llenos de monedas de diez centavos.
De momento, nena, aprende bien tu papel: nada hay más atractivo en Nueva York que un… que una starving artist.
Desecha el papel, el lienzo, el barro:
En cualquier calle de cualquier lugar del mundo la artista que  acabará viviendo en un psiquiátrico, Yayoi Kusama, yergue sus muñecotes vivientes pintarrajeados, los adereza de sorpresas:
“Lo efímero pervive en la memoria, deja de ser objeto y deviene recuerdo.”
Paseaba bajo los árboles fríos y desnudos del invierno… ¡Ah, no, busca las grandes copas de hoja perenne, el sol entre las ramas aunque el viento de enero haga estremecer tu piel cubierta por mil ropajes!
-Así que…
-Pues, sí.
-Siempre necesitamos a alguien que escriba acerca de algo. Deme su número de teléfono.
-No es preciso. Casi nunca estoy en casa [¿Y cuándo escribe?]. No me importa venir aquí las veces que sea menester.
-Si lo quiere de ese modo…
(“Otro pobre mierda que todavía no tiene teléfono.”)
(“Solíamos ir al bar de Joe Bell en la esquina de Lexington Avenue...)
¿Qué clase de escultura es ésta?
La más alejada de la ficción. Todo en ella responde a la verdad. Todo lo que ves, es.
Y posa sus dedos sobre la carne macilenta, advierte su liviandad, la indefensión ante el estropicio que el tiempo, poco o mucho, perpetra en los débiles tejidos, los músculos, los nervios… Una materia vulnerable y chocantemente finita.
Marzo de 1970. “Envejeces como los materiales de tus obras, un lento deterioro que pudre la materia, la carne, los colores, la sangre, los huesos, los metales…” Ha enflaquecido. Acaricia con la mano uno de sus muslos, lentamente, con los ojos cerrados. Ejerce una suave presión, la siente latir, y le enternece la tibia y suave carne de este ser vivo a punto para la muerte.
En el 68, en el Guggenheim: El Contemplador desea comprar un par de catálogos (que no leerá nunca, puesto que los pierde en una cafetería mugrienta de una calle adyacente de la Quinta). Aguarda su turno frente el curvo mostrador de madera barnizada mirándose los pies. Entonces imagina.
En algunos de los plácidos (y hasta hogareños) rincones del museo se halla ella descansando de la morosa y fértil caminata de hace unos minutos desfilando ante los cuadros, sentada ahora, mirándose una carrera en la media, mordiéndose una uña, reposa como una ninfa con la vista perdida entre las hojas verdebrillantes de una planta junto a la pared roja, desviando la vista de otros los visitantes que sólo turistean.
Artistas: actores: cómicos.
En realidad, a despecho del cuidado desaliño físico y de una vestimenta chocante, toda esta caterva de aprendices geniales bien pudiera haber salido de los HB Studios de Bank Street. Gestos y entonación, miradas y poses atendían más al efecto estético de ellos mismos, la única obra de arte. Nada decían o subrayaban de sus trabajos plásticos, por lo general ocultos en ignotos parajes neoyorquinos a los que rara vez se permitía el acceso.
“Tomaremos una copa en Yorick.”
“Dejaremos correr la noche.”
“Mañana será otro día.”

viernes, 12 de junio de 2015

13

Siempre detrás de ella, el via crucis de sólo ver lo que piensas, no pensar lo que ves, ajeno a la ciudad magnífica, desafiante, y todos los verdaderos estímulos que por doquier acucian tu pasividad: el edificio de Burham, bajando al Village, surge de entre la niebla en el canal de la piedra de Broadway y la Quinta Avenida. La flecha eres tú.
-¿Por qué está muda Hesse?
El horror, el horror.
Ahora ama los silencios. Se cierne…
Lee un libro sobre la gravedad, el tiempo, el espacio…
¿Puede llegarse de lo figurativo a la abstracción y de ésta al inefable mundo sin palabras del objeto per se? Se puede, como de lo realista a lo mítico y de éste al silencio.
En el New Yorker: película de Antonioni (es como una pintura).
Pero antes, a las 16,45: terapia, que nada anestesia ni diluye en el olvido. Sin embargo, el film…
Ahora recibe el sol tibio sobre la cara, tumbada sobre la arena olorosa, tan cerca del agua que las pequeñas e inofensivas olas de media tarde le lamen los pies.
“Nadie ha de buscarme aquí…”
Muy lejos de allí, de ella, (de todo): se aburre, el pobre tipo. A veces, ni puede comprar libros usados:
ha subido al ferry de Staten Island más de trescientas veces.
Casi es verano ya.
Remanga más allá del codo las mangas de la camisa.
Se nota ligero.
Tal vez más confiado.
“Saldré adelante”, le dice el tipo turbio de los escaparates cuando se mira a sí mismo reflejado en ellos.
Compra fruta de las aceras. En muchas esquinas de la ciudad hay puestos de fruta.
Compra melocotones, cerezas, manzanas, uva…
Aprieta muy ufano contra el pecho la bolsa repleta llena de fruta por un dólar y medio.
H. tiene un amigo, un confidente que…
El padre, que mira de frente a la hija: “Y miró de frente a la muerte. Después de todo…”
Ahora, con los ojos cerrados, el mar habla.
“¿Quién fue mi madre…?”
Era la mujer más bella del mundo.
“¿Quién fue mi madre?”
Todos los días se hace esa misma pregunta. De pequeña apelaba a su padre. Este miraba al vacío, al pasado. Todos los judíos dan gracias a Dios, se entregan a la oración y expían sus pecados, celebran la diáspora interminable y fatal:
“Cuando llegamos a Manhattan se pagaban cinco dólares por una habitación amueblada, y los judíos americanos se miraban extrañados entre sí al oír hablar en yiddish a los judíos que llegaban de Europa.”
“¿Quién fue mi madre?”
“No era oro todo lo que relucía. Mucha gente se alimentaba de salchichas con mostaza, mazorcas de maíz, algodón de azúcar y una limonada.”
“¿Quién fue mi madre?”
“Todo el mundo andaba con prisas…”
“¿Quién fue mi madre?”
“Todo el mundo a lo suyo…”
“¿Quién fue mi madre?”
“Todo el mundo, con el tiempo justo, comía en cafeterías de pie, o sentados en un taburete de espaldas a la calle, con la cabeza hundida entre los hombros, en silencio, sin mirar a los lados, masticando un sándwich de queso y lechuga y el refresco dulzón delante sobre la barra bruñida…”
“¿Quién fue mi madre?”
“… O engullías sin ganas una sopa de tomate de bote y verduras enlatadas.”
“¿Quién fue mi madre?”
“Aunque sólo unos años antes, ni siquiera podías comer, y las niñas judías enflaquecían de tal manera que al llegar a la adolescencia muchas de ellas morían anémicas, con la piel trasluciendo las venas, los ojos risueños e inocentes, el estómago enfermo y encogido…”
“¿Quién fue mi madre?”
“Por entonces, en la Cuarta Avenida podías comprar libros de bolsillo por tres centavos, y no en demasiado mal estado...
“¿Quién fue mi madre?”
“¿Quieres una taza de café? ¿Una compota de ciruela?”
Ojo: recuerda la mirada encendida por la ira de tu padre al descubrirte meneando las caderas mientras intentabas mantener en la cintura el hula-hop que te había prestado Katty, la hija mayor de los vecinos gentiles (la de la vagina voraz, al decir del terrible Miguel Muñoz, el hispano, el sefardita).
Inventa un paseo con ella bajo la luz sombría de diciembre, el aire frío y los árboles desnudos de hojas como mudos esqueletos, el cielo plomizo que esconde a Manhattan en una ratonera de nieve y cristal.
Él: faulkneriano a destiempo: igualito que ese tipo Coldfield: en la ciudad monstruosa, aunque sin encerrarse entre cuatro paredes: tenía como único amigo y compañero a su conciencia.
Se deja guiar de la mano de ella un día de verano por el inmenso desfiladero de Park Avenue. Está atardeciendo. Alza la vista y en el cielo que oscurece, pero todavía azul, increíblemente raso, descubre una luna brillante, de perfecta redondez, una magia mucho más poderosa que este paso estrecho entre montañas de piedra y una geometría poderosa de cristales.
Sentada bajo los grandes árboles.
El día suave, cálido y hermoso del verano: no morir, ¿por qué?
Invierno: ha empezado a nevar, no voy a salir.
Buenos libros donde leer, páginas en blanco donde dibujar.
“¿Sabes? El talento es invisible…”
“¿Invisible…”
“… se halla tras lo más inesperado, en el momento menos programado, y cada uno de nosotros, los artistas, somos algo parecido a una pequeña y exclusiva ventana que cuando logramos abrirla mediante la obra física, y eso sucede en muy contadas ocasiones, podemos invitar al espectador a que atisbe un ínfimo fragmento de su esencia.”
“¿?”
¿Es ella del montón? Paciencia, se dice.
¿Sobresale entre las espigas más gruesas y doradas?
¿Es estrella distinguible?
¿Es única, reconocible…?
¿Es ella La Gran Artista Que Descuella Entre Todos?
Sobresale… ¿aún viva?
Muerta (y la obra… rodando):
Noviembre de 1970, 5, miércoles, en el 729 de Broadway (entre Waverly & Astor Places), exposición colectiva por la paz (en Vietnam, en África, en Harlem, en la Luna…):
Herb Aach
Fritzie Abadi
Pat Adams
Robert Adler
Carl Andre
……………………………..
Hans Haackle
David Hare
Fred Hausman
A.G. Helicff
Dorothy Heller
Phoebe Helman
Eva Hesse
Everett Hoffman
Budd Hopkins
Helene Hui
…………………………….
Tony Vevers
Florence Weinstein
Tom Wasselmann
William White
Jack Younggerman
Adja Yunkers
Zaimar
Kasimieras Zoromskis
Los tiempos no cambiarán nunca. (El timbre dulzón de Patti Page expande por los cuatro puntos cardinales Tennessee Waltz, un batido empalagoso cuidadosamente producido a base de jazz, country and rythm and blues.)
El Inventor no claudica. “¿Sabes…?” Y comienza a novelar: un dólar y doce centavos en uno de los bolsillos del pantalón. Toda su fortuna. En el otro la pequeña libreta de cantos arrugados, el bic americano. No deja de andar bajo los primeros neones del crepúsculo rojo de Nueva York. Esta noche no se morirá de hambre.  La primavera llega a su fin. Es como una celebración.  Todo germina como por un milagro. El aire es cálido, benefactor. Un dólar es suficiente para que un hombre (un hombre como él) pueda llegar hasta el amanecer. Y sin dejar de andar… a ninguna parte.
Una vez, aburrido en The Green Train, descubrió después de haberlo visto alrededor de un millar de veces, un viejo aparato de radio, un Freshman de finales de los años veinte.
Conéctalo, Ray.
No funciona desde hace cien años.
Maldita sea, podrías intentarlo.
Tenía la extraña ocurrencia de que, si alguien era capaz de hacerlo funcionar, por sus altavoces recubiertos de tela de un verde deslucido surgirían las voces y las canciones de mil novecientos veintitantos, las risas idiotas de las flappers, las voces y los ruidos de aquella efímera ilusión de felicidad.
Vamos, Ray, ten un poco de imaginación.
Pero éste no alzaba la vista del libro, absorto en historias de hacía más de mil años (Homero, Sófocles, Lucrecio…).
La galería X., en la X con la X.: anota la adolescente. ¿Qué habrá mirado? ¿Llegó a visitar esa exposición o lo que fuere? 1951.
15 años. ¿Qué quiere? Ver.
Arrancada la hoja cuadriculada de su diario colegial: Campos de concentración silenciosos bajo la bruma, el exterminio calculado. La desaparición tecnificada, en fila de a dos al vacío. Leyó…
No tiene ni una pizca de maldita. Al contrario, quiere vivir, culminarse en todo, saberlo todo, serlo todo… La vida tendría que ser eterna, sólo así descubriríamos su sentido.
El año recién empezado. Sábado. Luminoso y azul. El aire limpio y festivo en este lugar donde la espera, rodeado por la tiesura elegante de Broadway con la 38, imaginando diálogos, escorzos de su cuerpo magnífico donde nada de su asesino puede ser entrevisto o imaginado.
Son dos capricornio de principios de enero, a efectos solamente de identificación adicional, anecdótica.
-Feliz cumpleaños –le dice al verla entrar en la habitación. Ha dormido mal. Su rostro refleja incertidumbre y miedo, una sosegada devastación. Debido al tratamiento la frente se ha alargado, se ha echado para atrás el cabello frágil, quebradizo. A veces, coqueta, se anuda una cinta de colores vivos a la frente. Todavía se gusta, y hay mucho de respeto a los demás en esa apetencia de agradar. Le mira sin decir nada. Examina el vaso de leche en la mano de él, y luego aparta la vista y la lleva hacia delante con un gesto de desaliento. Él comprende que ha sido un error, pero el paquete azul con el lazo dorado descansa en un ángulo sobre la mesa de la cocina, se revela impúdico sobresaliente en la fría luz de la mañana invernal y fría.
[Escribe de nuevo]:
Comprueba que de nuevo ella desvía la vista. Hacia la ventana: el horror del mundo de afuera, porque… tal vez aquí dentro, en esta (a pesar de todo) calidez marina y blanca el tiempo se detenga, y nada muera, que todo sólo sea, todo sólo esté vivo… sin conciencia. El camisón de liviano tejido, corto y amarillo, casi una minifalda, se entreabre un poco, la abertura deja asomar parte de los muslos, la piel morena y tentadora, y está la cabellera limpia y brillante, en magnífico desorden. 

viernes, 5 de junio de 2015

12

3.1.1968
Un sol blanco y desfalleciente apenas atraviesa las compactas nubes sin mitigar en absoluto el frío de las aceras cubiertas de nieve sucia...  
29.5.1970
(...)Que ese día de destellos marinos mueras, mayo acuático, azul, aún lejos de los cielos implacables y blancos y hostiles del verano.
30.5.1970
En la hora inicial del día, me ha cogido de la mano y volamos por encima del mar negro de la noche de la urbe y sus infinitas luces eléctricas.
No vamos a volver (dijimos al unísono).
Lo imaginario no suplanta decididamente la realidad, pero la amplifica neutralizándola: la verdadera máscara es el rostro.      
Hurga en lo que hay debajo.
El discurso de lo surreal avala tus labores de artista, autoriza el hoyo donde escarbas.
Y puestos en el lugar del sinsentido, defenestramos toda teoría, desdeñamos la proclama sabihonda capaz de prestigiar la nadería.
De ella, esa mirada suya tranquila de ayer que horada sin saber el mundo enrevesado de hoy, un mundo que erosionan los vastos desiertos sin ella, un mundo y su caos adonde no puede volver para abolir dogmas y creencias tambaleantes con su propia, personal y poderosa incertidumbre, ni puede describir, ni sentir, ni tan siquiera representar mediante una refutación (ahora absoluta) que niega sin más lo literal, contradecir la misma vida con no-significados, pervertir la imagen con el improperio de lo ininteligible, burlar el arte con la mofa de la nada que discurre entre sus dedos como agua oscura, como la misma vida que de ella escapaba a raudales, sin compasión, bárbara muerte en la luz azul, en la tarde amarilla y quieta, en la pausa negra de la noche, sobre ella una cascada de crímenes por segundo…
Ethos paciente: mira desde cristales y plásticos el futuro que era el presente suyo.
Nos mira tan de lejos… Desde lo irracional: cabalga, por ejemplo, a lomos de la luz de una estrella muerta que ahora después de un millar de años alcanza el cielo del planeta.
Miraba siempre como descubriendo, hilaba aceros o material del siglo XXI, adelantada y sabia.
¿Ella? Una hamletiana a la que las calaveras tampoco le dan miedo.Electra agazapada: de manos inocentes, sólo manchadas por… ¡el arte!
Soñó: la hija salvaba al padre del torbellino de las aguas de la noche, envuelta la pesadilla con los colores de Gericault, cadáveres macilentos teñidos por la luz de la luna.
Así que un Club de Lectura… (donde nunca crecerían los árboles de Juan Goytisolo, Borges, Beckett, Celan, Joyce, Musil, Benn, Pessoa, Milton, don Francisco de Quevedo, Proust, Kafka…) ¡pero entre el millón de los otros… Hemingway para despistar!
En la Biblioteca Pública, afuera, esperando, como siempre. Hace un sol radiante. El Autor (al que le dan miedo las bibliotecas), presente y futuro negro (gosthwriter), aguarda afuera con las manos cogidas tras la espalda, dando cortos paseos entre la gente. Mira la escalinata flanqueada por los leones sedentes, cubiertas las profusas guedejas de palomas alborotadoras. ¿Qué vomitan las bibliotecas a la luz…? Paciencia y Fortaleza. Al poco rato la descubre saliendo del interior mientras apoya un par de libros contra el pecho. La brillante melena al aire. Viste una de sus minifaldas más cortas, una vaquera blanca que deja ver sus piernas morenas y bien torneadas. Tan deseables a la caricia, a la lamida, al mordisco apasionado. Silba descarado ante el estupor divertido de los transeúntes. Pero ella le sonríe halagada desde los peldaños de mármol hasta que… literalmente desaparece a medida que desciende los escalones, disipándose en el aire como el maldito gato burlón.
Otra vez a las afueras, en el exterior de la New York Society Library, la biblioteca más antigua de la isla. Nueve plantas. Acceso libre, pero a una única sala de la primera. No sabe lo que ella busca. Ve como se adentra hasta desaparecer. La espera mientras merodea por Madison, anda por la 79, aburrido y cabizbajo, sin mirar nada en realidad, escondiendo las manos vacías de haragán y muerto de hambre.
La espera interminablemente.
¿Sería la repetición una forma nueva de énfasis en el objeto duplicado, triplicado, cuadruplicado, quintuplicado…?
¿Por qué mirar un objeto una y otra vez hasta desentrañar su verdadero significado? Si lo repites, todo se muestra a la vez: su forma, su significación, su intrusión en el orden plástico. Ese reiterado ordenamiento parece avalarlo con autoridad.
Lo confesaba la artista una vez convencida de su hallazgo sintáctico, de la importancia casi capital de la insistencia en lo repetitivo.
Tenía que ser así.
Una acentuación estética.
Un cálculo interesado del ordenamiento aparencial y, sobre todo, conceptual de la obra.
Cierto desplazamiento a la anáfora y a la conciencia inocente del espectador.
La espera en el 134.
A la puerta del Jewish Museum la espera.
La espera interminablemente a las puertas del Whitney.
A las puertas de la Fischbach Gallery la espera.
La espera en el cruce de Bowery con East Houston Street.
La espera interminablemente.
La espera siempre.
Muerta, aún la espera en todas partes.
¿Dónde tienes tu biblioteca, andariego?
En el mejor sitio posible, y por unos pocos centavos: en la consigna de Penn Station. Compraba unos libros; guardaba otros; vendía los leídos en las librerías de segunda mano, conseguía los centavos para la ranura. Más libros.
El Interrogador: ¿qué te mueve a definir los palos del sombrajo, Hesse?
Ésta le mira desde muy lejos, sin ánimo de reproche, ni siquiera con lástima.
El sostén de mi obra, amigo, es la piedra filosofal, susurra la mujer invisible.
La ha escuchado con absoluta perplejidad.
Y eso dicho más allá de una medianoche de mayo, de aire caliente y vagamente perfumado a piedra recalentada y colonia de mujer próxima, en un Gotham doblemente misterioso donde las calles sombrías y anónimas al atardecer, salpicadas de trecho en trecho de pequeñas y dinámicas luces rojas, no acaban nunca.
Todo lo que subyace, descansa o se erige sobre la tierra está hecho de la misma materia: la materia del universo… ¿Por qué empeñarse entonces en limitar el museo de sus formas orgánicas o inorgánicas?
1969: Bowery: he ahí la cueva. TU CUEVA.
Eva Hesse: fase Paleolítica Superior. Sabia en materiales como el OCRE ROJO. ¿Qué luz alumbraba tu escaso entendimiento?
¡Oh, la agricultura del arte!
¿Por qué dejó de pintar la homo sapiens?
¡PORQUE ESE ARTE DESAPARECIÓ!
Hízose invisible (¡el mejor arte!)
Pinto para mí, dijo ella.
Escribo para mí, dijo él.
Son con los dioses con quienes hablo.
Libro: Passages in Modern Sculpture.
Enraizada en lo imposible, que siempre es lo posible.
(Al menos en el arte, que nada es lo que parece a simple vista, ni siquiera el retrato más hiperrealista).
Mientras tanto, en el parque debajo de la sombra de los árboles de septiembre. Miraba sobre el agua el discurrir lento y solemne de los patos que aún no había echado la nieve (y los hombres) de Central Park.
Bowery: a estas alturas aún se alzan maltrechos a ambos lados de la calle algunos hoteles siniestros con grandes letras de neón que por la noche se apagan y se encienden chirriantes.
Huele a lo más raro, y es lo más raro para él porque no logra identificar con nada conocido el maldito olor con lo que parece estar impregnado todo: las paredes, los muebles ruinosos, las sábanas de tacto indescriptible, las mantas raídas, el agua, la comida, él mismo, su piel que siempre parece pegajosa y sucia, las pequeñas manchas oscuras que se mueven veloces, que escalan y descienden por las paredes.
Todavía huele a mataderos.
Entre asesinos, ladrones y borrachos la chica de los Hesse despliega su talento.
En el 134. La mirada tranquila entre resinas, fibra de vidrio, los óxidos.
La cripta que desmiente los terrores nocturnos y se abre al sol de la mañana, la casa que se habita. Ora et labora. El Siglo quede atrás.
No eran los suyos ojos implorantes. Todavía no; al contrario, la irritación le iba aproximando a la agresión (física, si pudiera) hacia todo aquello que se oponía a la más inveterada de sus creencias. Pero la enfermedad que iba a matarla estaba tan cerca que podía tocarse con los dedos, quizá estuviera ya sobre la piel de su rostro, de una plácida hermosura, a punto de entrar en ella, o ya en ella, dispuesta a revelarse a la luz, esa luz macilenta de cascotes y herrumbre que nos rodeaba bajo un cielo destemplado oscureciéndose por momentos.
Hablaba para sí:
-No soporto la alusión tan directa, todo aquello que sea capaz de interpretarse, dilucidarse, reconocerse. No hay nada que pueda hacer contra esa maldición. Y en mi obra he de intentar que sea nada, corporeizar la nada.
-Es inevitable la analogía, el sobreentendido, todo ese fárrago de lo denotativo –afirmaba él.
-Es un asco –replica vehemente, y después de un corto silencio (se podía oír su respiración entrecortada)-: Ya sé que nos traicionan los objetos, las imágenes y sus equívocos, el entramado grosero de su materia, su función o no…
Él secundaba lo que ella decía, pero con un cansancio infinito, y porque entendía perfectamente lo que trataba de decirle la artista (que, asimismo, sabía de su comprensión), así que el discurso de ella era vago y hasta desinteresado, como liberando del cerebro el lastre de unos pensamientos confusos al aire:
-Los objetos siempre explican algo a despecho de la invención o lo estrafalario de su disposición en el espacio. Hasta la misma materia que los constituye parece connotar lo indecible, lo inexistente.
Se escondió casi del todo debajo del abrigo negro y largo, talar, por poco no rozando la mugre de la tierra.
De la parte del río y las naves destartaladas y ruinosas que se alzaban en sus orillas soplaba un aire helado y turbio en un crepúsculo por instantes más sucio y desolador.
La sirena de una barcaza a lo lejos pareció precipitar el frío y la noche.
 No le miró al hablar, dirigía la vista hacia las grandes moles sombrías de las chimeneas que descollaban más allá de los muelles ya en tinieblas.
-No quiero que nada de lo que hago explique algo, signifique algo, recuerde a algo. No quiero discursos de ningún tipo, ni lenguajes, ni siquiera me hace falta la imagen.
-Pero –repuso-, ese noarte es imposible. Necesitas el objeto.   Ese aislamiento, esa selección ya lo concreta, lo define incluso en lo ininteligible.
-Detesto las formas, pero ¿cómo trabajar con ellas desmaterializándolas, reduciéndolas al más completo silencio, a la mudez más asignificativa?
-No existe, y puede que no exista jamás, el arte invisible, que ni signifique, ni sea materia, ni sea objeto, apariencia…
Reza, pues; la plegaria es muda.
Baja él la vista al suelo después de hablar. Tiene los zapatos y parte del dobladillo de los pantalones embarrados. Toda la desazón que sentía al final de ese día la focalizó ahí, resumía una congoja inexplicable en esos sucios grumos de barro y polvo de hierro.
-Eso es lo malo de las apariencias –dijo ella después de una pausa meditada-. No sólo nos delatan, también nos disfrazan de malentendidos contra nuestra voluntad, nos llenan de supercherías. –Suspiró, y añadió con voz lúgubre, premonitoria-: A nuestro pesar, siempre terminan por explicar algo que no deben.
(…)
En ese recinto ha entrado. Y ha sentido el gélido aire de la ausencia en el espinazo, el miedo al vacío que le espera, todas las palabras inútiles fluyendo sólidas y apestosas del agujero obsceno de la boca.
De él no nace el consuelo. ¡Qué pérdida de tiempo!
¿Para qué sirve?
Inscríbete en el curso patrocinado por el Departamento de Escritura creativa de la CCNY.
Se había ofendido. Le dio un manotazo en el hombro. ¿Qué te has creído? La notó enérgica, firme.
¡Otro idiota con una puta pluma en la mano!tro
 Nueva York. Primavera, 1970.
Mira a través de la ventana.
Una luz verde y blanca parece dominarlo todo.
Está sola en la habitación. Una asepsia total.
Está reclinada en la cama, la cabeza apoyada sobre la almohada, y tiene el rostro vuelto a la luz de afuera.
Está quieta.
Es una joven mujer calva.
Una moribunda sedente y rota directa a lo desconocido.
Las manos pequeñas, artesanas, poderosas sin duda, arrugan las sábanas, crean puñales.
El bloc de notas y la estilográfica han caído al suelo hace rato, cuando se adormiló un poco. Pero ahora, aturdida, no tiene ganas de inclinar el cuerpo maltrecho, esforzarse desde la cama para recobrarlos. Además, ya ha escrito demasiado en ese bloc. En los últimos meses, aún descifrando los mimbres de la fatalidad que el destino le deparaba, exaltada por la rebelión y la ira inevitables, casi prestaba más atención a las notas que escribía que al pensamiento de la escultura.
El cerebro asesino todavía deja capturar algunas frases, palabras aisladas. Yacente, entrevé el dibujo de unas obras que nunca va a realizar.
Las visiones eran propias de un léxico que nacía de la entraña rocosa que era ella, aunque las alentaba el soporte heteróclito, el detritus de la técnica. El material era una escritura (a pesar de todo), un alfabeto de pensamientos y ocurrencias destinado a fagocitarse a sí  mismo deviniendo metáforas en un proceso de reconversión objetual, un discurso pletórico de laberintos y del recoveco que proporciona el equívoco plural del imaginario terreno.
En el fondo, y lo piensa ahora, que vuelve la cabeza hacia el vaso de agua sobre la mesilla, que no siente ninguna gana de llorar pero sufre callada, a escondidas, en la blancura total de la indefensión, corroída por la pena, sólo la soledad de esa hora, de esa luz ultra que empieza a convertirlo todo en irreal, recrea aquello que la impelía a trabajar en la armadura tenaz de su obra: la luz irreal, la forma irreal, tan desconocida, un tropo que a fuerza de disparates alcanza el místico sentido de lo inefable (pero nunca de lo intencionadamente ininteligible).
La fórmula arbitraria que sustentaba la obra era una reflexión desde un museo formal compuesto del fantástico basural de materiales de aluvión, y vertía el drama de su conversión sobre el vacío, el cuerpo, la nada. Un biomorfismo que pendulaba entre lo mitológico y lo matemático, la razón y lo gestual. Luego, se adentraría en el no-caos. Para ello tuvo que arrumbar la referencia, la tautología de unas formas siempre enmascaradas bajo mil disfraces. Pura metáfora de lo indecible, puro nihilismo. El vocabulario extravagante de lo trágico.
Por fin, en el instante que estira el brazo hacia la luz, sin fuerzas para nada, sabe que el arte era exactamente eso, una puerta abierta a lo desconocido.
De aquel día…
Delira: adelante Monsieur Van Gogh, estos son los grandes amarillos del 67.
-Repítemelo de nuevo –dice.
(7.1969)
Una frase de él (cualquiera sabe cuál) la ha confundido. El cuadrado hipnótico de Josef Albers…  el cuadro, quiero decir, ese acabado como de diseño de revista, de paquete alimentario, de envase de medicinas, cualquier cosa de estampado plástico criminal nos conduce más tarde a la pulcritud minimalista del vago. ¿Acaso un arquitecto coloca los ladrillos de la obra…? ¿Por qué había yo de pintar o construir mis cuadros?
Cuadrado como hoja de papel: y el color la escritura, la tonalidad del adjetivo, una invención cromática exacerbada que lo mismo que pervierte tu sistema psíquico puede que al mismo tiempo destierre el alma al puesto más próximo de perritos calientes. 
El mejor refugio es el recuerdo (que nada tiene que ver con el pasado).
De aquel día registra una feliz sonrisa en sus labios, el cabello recogido en una cola de caballo graciosa y con garbo, y miraba el agua turbia, algo del cielo azul de la mañana (pronto gris) reflejado en la centelleante superficie, la forma de una plancha metálica a la que ella no dejaba de lanzar medidos vistazos, sumida en el cálculo de su apropiación: el arte está en la mirada, y de lo que deriva de ésta finalmente, lo expuesto, sólo es lo residual, la excrecencia material, en ocasiones hasta lo más prescindible.
Esta mística del escombro hace un uso magno del desperdicio: de sobra sabe ella la sustancia de lo entrópico en un universo cuya huida le aboca a su misma desaparición. Esta guapa y lista cuenta con el aliado del tiempo: a sus obras constituidas por lo más perecedero del material del siglo las concluirá el deterioro inevitable, se destruirán, se harán trizas y, contaminadas por los años y su decurso letal, se volverán definitivamente invisibles. Ya calculaba ella su desintegración, el final apoteósico de una agonía prevista en el enunciado mismo de su concepción. La ecuación postrera, implícita en su obra, la resuelve lo temporal.
De aquel día, acaso memorable por lo insustancial de sus anécdotas, recuerda el paseo escrutador entre metales y tierras oscuras, las aguas verdes, a ella raspando la oxidada baranda y recogiendo en el cuenco de la mano la raspadura y el polvo como un tesoro.
De regreso a su taller, todavía lejos de allí, se detienen en una cafetería tosca y algo siniestra con una luz roja de neón alumbrando la puerta, aún en la zona de los muelles. Ha empezado a llover. Se toman un par de cervezas fuertes y muy frías acodados en la barra de latón, bajo la esquiva e intermitente mirada de unos hombres silenciosos y serios, manchados de grasa, que comían y bebían en una esquina del local y no parecían comprender nada de nada.
Se ha manchado ella con el kétchup, el rojo desleído sobre el abrigo negro. Mira Hesse el goterón en esta época de extrañezas… Tan fría la cerveza, como desafiando el tiempo calamitoso de afuera, el aguacero que descargaba un cielo negro y tronante de aquel día.
Hablemos de arte. Cuarenta años después de su muerte aún es posible hacerlo. Una perífrasis de infinita combinatoria. Dándole a un asunto que no exige explicaciones en el fondo: está ahí.
Calle 4 con la Segunda Avenida, en un loft encima de los abandonados Almacenes Turkis: una exhibición de pintura; una sesión lectura de poemas; un ciclo de conferencias sobre arte bajo la influencia Zen; una sesión de música de jazz amenizada por los humos del reefer; otra sesión de la música abstracta de John Cage.
(En el Village todos los camareros son artistas, poetas, músicos o novelistas, y el que no es nada de eso… ¡es que no es camarero!)
Coge el metro en la calle 6: la boca llena de porquerías y chocolatinas: esa es una desesperación menuda, todavía antes de la mirada incendiaria de Yahvé y el rayo justiciero que va a horadar su pared craneal.
Es una paseante a deshoras, a nada teme…
La atracción del agua, y el puente: contempla extasiada las luces de los puentes nocturnos suspendidas en la noche.
Cfr. (Confróntese…: nadie se fía de nadie.)
Sus ojos oscuros, sus ojos de gata, sus ojos siempre alerta, el perfil de los labios, la boca frutal, hasta la misma mirada se han grabado en su alma como un tatuaje indeleble, definitivo.
Se lanza a la calle en su busca.

lunes, 1 de junio de 2015

11

Vigila a los tipos con gabardina que merodean por los parques al atardecer. O a los de la mañana con un libro en la mano y el paso lento sonriendo a los perros lanudos y pequeños, o hablando a solas, o con la soga del cadalso en la mano, o.
Siempre le da miedo su diferencia, su otra esencia animal, indescifrable.
Él, distinto (uno más de los 73 libros).
Ella… ¿es una mujer?
¿Qué es eso?
¿Por qué? Precisamente yo…
Se palpa, se hurga.
¿Una mujer…?
Está hecha a pedazos diferentes. Mamas, vulva, el canal oscuro y cálido de la vagina, los estrógenos. A los cinco años le asaltó de repente la diferencia, ahora sí, de forma crucial: se vio a ella en el espejo, la forma tan graciosa, y vio lo femenino, y afuera, en la calle, vio hombres, la turbiedad tosca del varón. Así que es una mujer, un montón de cosas distintas a las de ellos, el cuerpo, las maneras de gobernarlo, de gozarlo, de serlo, fluidos, los timbres de la voz, tal vez las estrategias del mismo pensamiento. Hombre y mujer campantes, hechos carne, qué pareja de espesuras, cada uno tiene sus servidumbres, sus cuidados inexcusables, su condición corpórea que a pesar de todo no basta para clasificarlos de una manera determinante. La incipiente artista entomóloga miraba cavilosa a su madre, la suicida. La desentrañaba. Una autopsia hasta el final de su esencia. ¿Por qué una mujer? Es una absurda lotería biológica. Como ella, como su madre. Cuerpos y miserias gemelos, pudicias y celo ineludibles. En otras circunstancias más venturosas (¿?) podía haber vislumbrado su propia destrucción paulatina. Pero no fue de ese modo. Murieron pronto las dos. La hija imaginaba a la madre pudriéndose años después. Para eso sirven los cuerpos judíos, se maldecía. Una mujer… Y todavía mucho después leyó en algún sitio que entre los mamíferos sólo la hiena y la topo comparten con la mujer la singularidad de poseer un himen. Hiena de supervivencia por encima de todo en un mundo de insoslayable competitividad, topo de oscuridad, la hacendosa entre sombras. Muy pequeña, sintió la necesidad de hundir sus dedos hasta el fondo de la vagina, qué diablos, a ver qué pasa por ahí: pero tú nunca parirás. Otro absurdo: el útero, las trompas, los ovarios, hasta los mismos senos más allá de su estética sexual. Yerma. Toda una cáscara ocultando lo visceral y profundo. Pero, ¿por qué no?, también un muestrario para el arte y su proceso, correlatos, sustitutivos, las semejanzas buscadas, apropiadas, provocadas.
Tiene el mejor modelo ante sí.
Una mujer. Única (igual que todas). ¿Por qué esa herida perenne, sangrante?
En el interior de la vagina reina una humedad de cueva: imagina los verdes arroyos, el musgo, los duendecillos traviesos, la penumbra de las leyendas y crónicas medievales. Era una niña muy fantasiosa. Se refocilaba. Hasta creaba heráldicas, azures y campos, protocolos, tocamientos, las imaginaciones, lúbricos recreamientos.
La mujer atiende otras consideraciones; la artista concreta. Vagina: paredes rosas, ligeras, tan elásticas y tibias, y a la vez resistentes, cambiantes…
La mucosa desprende escamas, una pomada blanquecina y untuosa, la secreción como de la clara de huevo. Puaf, qué fábrica de humores.
El profuso inventario matérico suplanta la suma de imágenes denostadas: fibras, hilos, alambres, cuerdas, y las blandas texturas que tanto recuerdan  el tacto de las vísceras.
Tiene talento para ser distinta. He ahí la sierva afortunada, una entre millones.
Mutilada de la patria de origen, del padre, de la madre una y otra vez suicida en su pensamiento. Muñones. Una amputación andante que grita sus ganas de vivir y recrear el mundo.
Al igual que el hueco desocupado del útero: del vacío nace una obra sin nombre, se fragua de lo inerte y muerto del escombro. De la bolsa de sombras llena.
La obra. Hacer un hijo, un nuevo prometeo. Materiales blandos o duros, flexibles o rígidos, el látex, las gomas, corrosiones…
Nunca tendrás un hijo biológico.
Su bioformismo proclama una ansiedad: analogías que infieren repugnantes significados, indeseables denotaciones.
La obra desnuda, taxativa en su loca provocación. Naciente. Nueva, adánica.
El rodeo, lo aproximativo de lo que connota sin especificarlo acrecienta su pluralidad semántica en la imaginación, la elusión obra la magia, lo múltiple. Una proliferación, un cáncer plástico que se extiende incontenible.
Nace del interior de la mente, no del mundo circundante.
Podría ser una propuesta teórica. Podría ser. Aunque su contingencia física, el espacio que lo acoge y la intencionalidad de su creación (pues ha sido creado) lo revela asimismo como obra artística.
Es lo que se muestra.
Significa lo que se ve.
No hay sinécdoque que valga.
Existe una intención, un propósito que sustancia el hecho y lo aleja de lo maquinal o fortuito, de lo prescindible por su inanidad o disposición accidental. La mera acción de proponer una visión (una muestra tangible) al espectador valida el gesto artístico, por así llamarlo. Pero convengamos que nada de lo visible, salvo su configuración matérica, su forma, su color, equivale a un discurso. Ninguna gramática la sustenta (ni siquiera la propiamente objetual, ese erigir un objeto para su observancia en el templo/exposición). Lo que mueve a su disquisición no es un presunto código de relaciones, referentes o mascaradas metafóricas. Las asociaciones que puede inspirar al espectador atónito son tan disparatadas como innúmeras las ocurrencias acerca de su sentido. No ofrece ninguna alternancia a lo precedente. No prefigura lo porvenir. No es antitético. Su extremismo le viene dado por la añadidura que depara la perplejidad de su contemplación, el asombro o la contrariedad de su no-significación. Tampoco es el antiarte, puesto que no subyace ideología alguna tras una conformación que desdeña la mínima representación o simbología hacia algo o de algo. Su proposición no esconde reto alguno. No va contra nada. Precisamente es lo más parecido a la nada al valerse del mutismo intrigante de sus hechuras. Es, simplemente.
Y, además, por paradójico y contradictorio que nos parezca, es un residuo cultural con valor de cambio. Es comerciable y reproducible. Por eso, además, finalmente proclama su derecho a existir como: 1/. Objeto; 2/. Objeto artístico; 3/. Objeto comprable. Y (también además) no importa su lectura sino su invención, su sola realidad.
¿Qué es lo que más te gusta del mundo? Lo ha preguntado con falsa ingenuidad, hasta imita la voz de la niña que fue. Se encoge de hombros. “Los árboles y los libros”, le dice. ¿Cuál es tu primer recuerdo? “Tres colores: azul, gris y verde.”
A los tres años, en 1939, poco antes de su llegada a Nueva York, se fragua el primer recuerdo: la arrebatan de los brazos protectores, como un animalillo. Se agita en el aire, berrea frente el mar. Casi se ahoga entre mocos. Separada de su madre, el origen se torna confuso, ininteligible o culpable: curso preparatorio. Curso elemental: eres una judía emigrante. Curso superior: tu madre se quita la vida. A los treinta y cuatro años un tumor en el cerebro te licencia definitivamente.
La lenta corriente del río la lleva por el estuario hasta Brooklyn. A lo lejos, indefinible, fugaz, distingue el parque de atracciones, en la misma playa que baña el Atlántico, y al otro extremo de la bahía, Rockway Park, que ella siempre vio como envuelto en un aire verde.
-Mamá…
La suicida mira a su hija de diez años: la arroja al abismo.
Nunca fue pobre. Bueno, más de una vez se la vio comprando ropa de segunda mano en alguna de las tiendas de la Tercera Avenida. Pero la recomponía: reinventaba diseños, apaños, añadidos, adoses, colgajos, rayones…
En 1961. Entre Rauschenberg y Jasper Johns. Qué dilema. ¿Qué hacer?
Se casó.
Bonita ocurrencia.
La tristeza se ha ido hasta después…
Han hecho un viaje rápido a Washington. Hesse está intranquila.
Tiene dos exposiciones en marcha, pero…
Primavera de 1969. Viste un precioso vestido largo, estampado de grandes manchas de un cromatismo en verdad aleatorio. Y ésa es exactamente la palabra. Se cubre la cabeza con un gorro negro en forma de tubo. Por atrás se escurre un gracioso mechón de cabello. Es preciosa, se dice con los ojos cerrados. Luego, observa con disimulo la cabeza vuelta a la ventanilla. Está pensativa, tal vez aterrada.
A la vuelta del viaje es el terror.
-Vamos a hablarle con absoluta claridad.
Rebulle en el asiento. La mirada del doctor es acuciante. Adivina que él, sin poder evitarlo, también sufre a pesar de las palabras protocolarias, las frases hechas:
-Nos enfrentamos a una dolencia de extrema gravedad. En los próximos días la someteremos a pruebas más definitivas, pero creo que…
Estaba claro que se temía lo peor. Lo vio claro.
No puede ser. Esto no puede pasarme a mí. Es absurdo.
¡A santo de qué!
Los doctores dolor:
Un tumor es algo que crece. Generosamente. Un crecimiento. Qué regalo, qué dádiva:
“Ya tiene usted una cosa más. Hablamos de un cáncer en el cerebro…”
Qué experiencia. Voy a trabajar inmediatamente en eso. Tal vez emplee…
 ¡TUMOR….!
“¿Sabes lo que significa Häagen-Dazs?”
 Dianne Arbus. En Yale le hablaron de sus fotografías, mucho antes de la fama y las celebraciones. Etcétera. Ya tiene otros ojos por donde mirar monstruos cordiales, nada peligrosos (sólo con ellos mismos).
Recién llegada de Europa, se entromete en la fealdad que tanto teme. Algo parece atraerla al borde del abismo. El cáncer de la carne, de la ciudad y sus subterráneos, de sus cielos fríos, sus tardes oscuras de locura y temor. Y, meses después, descubre la caligrafía del espanto (Jennie dixit).
Anne Sexton. Pudieron conocerse. Una de esas casualidades absurdas aunque significativas por su rareza, pues ambas estaban demasiado atareadas en sus trabajos. “El absurdo es la clave”, repetía Hesse con frecuencia. No resulta fácil creerlo de ese modo; es, simplemente, la vida (indiferente a los humanos, vasta, inescrutable, proteica, azarosa,). Sexton: la mujer madura de Yale, pero si de ese modo parece es porque se ha convertido en aprendiza de escritora que al final arrambla con un Pulitzer. Es poetisa desde que nació, pero tardaría en decidirse a escribir. Es buena en eso: palabras en lugar de besos o arañazos y los cuatrocientos golpes. Desdeña lo demás. Casi tienen la misma edad, Hesse y ella. Se admiraron, pues aumentaban las expectativas de modo recíproco: se miraban una a otra desde el infierno, el castigo, la pena, la muerte novelesca, las imaginaciones.
Raymond Th. Yeats: “Estas dos no tienen nada en común.”
Todo lo intelectual, librero, acaba tan lejos de la tragedia, de la catarsis, lo vivo…
Los libros no sirven para nada… ante semejantes biografías de carne y hueso, de olor y color, de vida y de muerte, de la sangre negra o maldita o loca que por doquier descubría la Arbus.
La última fotografía que El Negro compró en…: el Cougan rojo conducido por Sexton volando por la calzada a mil millas por hora.
Ha decidido almorzar con ella en Marine Stock, un restaurante cerca del City Hall. Esta vez es puntual. Llega vestida con minifalda, con grandes círculos de color (amarillo, azul, verde) estampados en el tejido. Una blusa blanca muy liviana cruzada de diagonales negras, de mangas en forma de campana, desciende desde el cuello abotonado hasta el cinturón ancho y rojo que rodea la cintura. Muy pop las dos prendas (recuerdan el envase de una marca de cereales para el desayuno). Se ha cortado el pelo. Aguardan turno en el restaurante. Cuando se sienta en un taburete en forma de seta, a su lado, en la barra, experimenta una gran fatiga. Por la mañana ha estado dando vueltas por Rockefeller Center, donde examinaba los relieves de Noguchi. Ella sólo pide tarta de manzana, hace un gesto de fastidio (se rasca la mejilla izquierda, golpea el suelo con el pie derecho) y declara abiertamente que no quiere saber nada de Noguchi, al menos este Noguchi tan americanizado. Él, aunque sin apetito, pide una hamburguesa con lonjas de tocino, col agria y mostaza. No se siente inspirado, así que guarda un silencio absoluto. Deja casi toda la comida en el plato. Pide un café y paga la cuenta. Ella le mira con absoluto desprecio. La devuelve al SoHo. La ha hecho venir para nada. La ha resucitado. La ha vestido para nada. Le ha hecho entrar en un restaurante sin interés para nada. ¿Qué puede inventar? La deja ir, pues no hay nada que hacer. Un acto fallido. Deambula por Chinatown. Vuelve a TriBeCa. Al final acaba en una cafetería donde traspasa la línea roja y se toma tres copas de bourbon ante la mirada asqueada de la camarera que le sirve los vasos cortos con gesto de hastío, una mujer delgada y ojerosa, con el pelo color zanahoria, ya cerca de los cuarenta. La chica más guapa y la nariz más respingona de Milton, Virginia, hija de John, empleado en una gasolinera, y Karen, ama de casa, triunfando en Nueva York. Y una mierda, nena, ¿qué esperabas? (Todo, menos la mierda). A punto está de decirle, recorriendo con los ojos de arriba a abajo su figura desmadejada: “Tú, no lo entiendes, triunfadora.” (Bueno, a fin de cuentas ella lo ha conseguido, vive en Nueva York, en un edificio desvencijado del Bronx tan lejos de la calle Barclay como dos líneas del metro y un par de autobuses a primera hora del amanecer y otros dos autobuses y un par de líneas de metro a última hora de la tarde, ha triunfado como camarera: viste un bonito uniforme y se encasqueta un coqueto gorrito blanco a rayas de color rosa. Sólo es una pistola oxidada que hace tiempo dejó de disparar.) Una pistola oxidada… Él, ni siquiera eso, es un turista encubierto de ocio y seriedad con una pluma seca en la mano, el arma más pusilánime: piensa en ello, intenta escribir algo que tenga sentido con un bic de tinta verde americano (ahora, ya, diez centavos) en el pequeño y colegial cuaderno de notas de tapas blandas “Oxford” (veinticinco centavos). No lo consigue. “Anduve como un loco, matándome.” Etcétera. En la estación elevada de… Etcétera. Sale. Acaba más abajo de Canal Street con la boca llena de polvo, polímeros y venenos escondidos. Luego, se detiene un rato mirando las obras de las que serán dos fantásticas torres gemelas de cemento, hierro y cristal. Se dice que cambiarán la fisonomía del skyline de la ciudad, al sur de Manhattan. Un símbolo eterno, imperecedero de la ciudad de los rascacielos, un poderoso emblema milenario. (11 de setiembre de 1969, a media mañana, calor, humedad, hastío, mastica el polvo.) 
Las excursiones Walser propician la introspección. Día tras día. Calor, lluvia, viento:
Anotaciones falsamente climáticas que traslucen los desencantos y los hechos notables del día.

viernes, 3 de abril de 2015

10

La paz aunque, de nuevo, sea en ese sucedáneo de Central Park: el sol tibio y benéfico penetraba en la fronda de los árboles y se multiplicaba en el suelo de tierra dorada mediante súbitos centelleos, le acariciaba la piel el leve rumor del aire que agitaba las ramas: miró las riquísimas, imponentes e inaccesibles torres de piedra y cristal que erguidas al cielo azul e inocente refulgían soberbias: qué importa a esa hora marina y calmada de la mañana dónde se hallan la paz y la felicidad, si en palacio o a la intemperie, qué importa el precio por ellas que, si no allegan en forma de dádiva, nunca es suficiente.
Ojo con los parques.
Siempre se pierde en el metro. “La vista”, se excusa en todo momento avergonzado, y guiña uno de los ojos de un modo espeluznante.
Ojo con el metro (B, D, 1; más tarde, Queens).
Y el caso es que viaja en el metro muy espabilado, con los ojos bien abiertos, sumido en una babelia de pieles distintas, múltiples rasgos, hablas exóticas, orígenes impensables. A cualquier sitio de la ciudad cósmica que se dirija se ve acompañado de miles de desconocidos, viaja en ella y desde ella a través del túnel del tiempo y el espacio sin importarle el ruidoso traqueteo, viendo fantasmas que ya en sus épocas tuvieron a bien descubrir el señor Poe y el señor Crane.
Viaja a solas. Con la infinitud de su pensamiento. Un goteo constante. Semeja el revoltijo indescriptible de uno de los lienzos del señor Pollock.
Solo: es exactamente un individuo. Un Julian Sorel atemperado por Antoine Roquentin en una época en que el estatismo parece ser el peor de los pecados.
Solo. Con sus imaginaciones, que es todo.
Empieza bien el día, Gran Escritor. Lo primero, ya en la calle, el desayuno:
la taza de café, un bagel con queso fresco y salmón, el Times… y el gran ventanal de la cafetería por donde discurre el mundo a la derecha. ¿Y ahora qué?
También la calle.
Siempre lleva un libro en la mano, como si fuese un breviario en el que orar de cuando en cuando a lo largo y ancho de sus pacíficas y confusas correrías por la ciudad inagotable. Un baedeker espiritual y exclusivo.
Y, ahora (respondiendo a tu pregunta), se dice con estúpida ilusión ante lo que el futuro pueda deparar, a esperar.
Estimado señor,
Hemos intentado leer el manuscrito que tuvo la amabilidad de enviarnos a la editorial, propósito que nos ha sido imposible culminar con éxito.
No nos hemos tomado la libertad, Dios no lo permita, de cambiar ni una sola coma de sus páginas.
Se lo devolvemos tal como nos llegó: indescifrable.
Le rogamos que exculpe nuestra estupidez.
Tal vez el siglo que viene… En fin.
Atentamente.
Bah, ¿qué sabrán estos? La tenacidad fluye por sus venas, puede darse mil cabezadas hasta derribarlo contra el muro que le separa de su ambición: al final, y no demasiado tarde, dejará de vivir en agujeros de cucarachas y grifos prodigiosos y con su máquina de escribir de oro macizo acabará viviendo en el River House (y sin condiciones previas).
Como suelen decir los artistas honestos al comprobar de nuevo que no han vendido una sola obra de las expuestas en la galería: “En fin, chico, como diría nuevamente el viejo Bill tirando a la papelera el original devuelto, vas a tener que trabajar alguna vez en serio el resto de tu vida (cargar camiones, recoger naranjas de la china) y dejarte de entretenimientos y aficiones vanas.”
Se acabó la Navidad.
Así, pues, le lleva un libro a ella, a su chica. Un libro como debe ser, nada parecido a los aseados productos de un club de lectura al estilo del Literary Guild. Es su manera de ser, de defenderse de casi todo: Against Interpretation, que acaba de leer, pues recoge aspectos de la cultura europea que le son muy queridos. Ella ya lo ha leído. Resulta que es una lectora incondicional de la Sontag. Hablan de Truffaut. De Bresson. Del Godard más léxico que instigador político. Un poquito de Rohmer. Ella ya se ha visto encarnada, aunque en la pantalla: “¿No lo sabes? Yo soy la Catherine de Jules et Jim.” Dos días más tarde, consigue en una librería de saldos de Broadway el guión de la película. Adenda: En su nave espacial Up the Down Road II navega hasta el universo de reserva de Hesse. Le proporciona la debida información del cáncer, de la metáfora, de la resistencia de Sontag ante la muerte: le habla de un futuro que no entiende. Le mira con extrañeza, con una incredulidad dolorosa. Se diría que hasta le repugna. Recula para atrás, le teme. ¿Qué  no le verá como un hombrecillo verde de cabeza gorda, con antenas en lugar de orejas y piernas de alambre? En tal caso, debería abocetarle rápidamente, antes de que se disuelva la visión. Inventariar, he ahí el verdadero significado de un arte afigurativo. Ha de ser una mujer artista…
Pero sólo es una mujer que, si bien en contadas ocasiones, tiene miedo.
Le enseña algunas acuarelas y aguadas con tinta india sobre papel. Son del año 63: a) kandiskyanas; b) gorkyanas (¿?)… Prefiguran a Basquiat. Aunque ella nunca sabrá de ese artista negro, homosexual, desastrado y heroinómano, también muerto prematuramente, que de la letrería mugrienta y colorida del muro ferroviario pasó como una exhalación cogido a la mano de Mary Bonne La Virgen de los Grafiteros al lienzo de los cinco millones de dólares.
Suicidios y biografías desastradas. La especia que termina aderezando la componenda del arte y los supervivientes.
Lo triste o lo trágico.
Tenía un único libro, y ese libro no demasiado grueso tenía una única raya oscura en los cantos, como si ese hombre sólo hubiese abierto una y otra vez por las mismas páginas y leído los mismos párrafos del viejo volumen encuadernado en lustrosa piel teñida de azul.
"Pero Hesse", se dice él insomne por los ruidos nocturnos e incesantes de la ciudad, caviloso, sentado con los ojos cerrados y la cabeza gacha como un animal herido en el minúsculo lecho del apartamento, todavía digiriendo su estómago la comida barata y grasienta, "jamás jugó a la ruleta rusa."