martes, 7 de marzo de 2017

26

Lo que le ocurre es que es incapaz de escribir una línea que continúe el sentido de la anterior. El solo ruido de las teclas al golpear el inocente papel sobre el rodillo le saca de quicio, lo llena de vergüenza y le conduce a la desesperación total (¡Mira que si te oyen los vecinos fingiendo!). Paralizado, respira a medio gas (intoxicado). Aburrido, es capaz de dormirse en la silla frente a la máquina con la cabeza inclinada contra el teclado y los brazos a los costados. Otras veces, cuando no cierra la puerta tras de sí de un portazo y escapa hasta la estación más próxima del metro que le lleve lejos de allí, pasea desganado y sin afeitar fumando sin parar, encendiendo un Pall Mall con la colilla del otro, la mirada drogada a través de la ventana: “Un habitante de la luna le dijo a otro…”.
Un día se sorprendió leyendo revistas del tipo Hustler sentado en el retrete. Y también descubrió que las sábanas de la cama llevaban un par de semanas sin visitar la lavandería.
La Caída del Caballo Camino de Damasco.
Y hasta vio un piojo.
That’s all, folks.
Se dio una ducha de agua fría (febrero), se afeitó y hasta se frotó las mejillas perfectamente rasuradas con el after-save de fragancia limonada que le había birlado a uno de sus anfitriones de antaño.
Al día siguiente empezó a escribir de nuevo. No fue gran cosa lo que salía de la máquina, pero... Esto, o te mueres.
Afuera nevaba.
El primer golpe a la tecla “e” (la más castigada) derribó el mundo.
A rodar.
A recomponerlo.
2 de mayo: santa Wiborada, virgen y mártir… ¡Oh, tú, mi dueña, líbrame de los inútiles, ábreme el camino y dame paso a los sapientísimos!
Lunes, 3 de junio, al atardecer: disparos contra Warhol. (1968). (Por ejemplo).
¿Aún estamos con eso?
Cronología 1969:
Nixon presidente.
6 de abril: marcha pacifista.
Julio: la luna.
Agosto: asesinato de Sharon Tate en Bel Air, Los Ángeles.
“¡Tenemos a Vietnam a las puertas de la patria!”, vocifera el congresista republicano (los ojos inyectados en sangre, echando espumarajos de rabia por la boca, con los puños prietos, las venas del cuello a punto de reventar… Todo un maldito predicador del demonio).
Panteras negras en Chicago. (La pantera, dijo asintiendo con la cabeza y la voz muy seria, es un animal que sólo ataca para defenderse).
El campus de la universidad de Los Ángeles cercado por la policía (requisa flores, levanta faldas, golpea con furia a los cráneos peludos, dispara y mata a algún forajido: estamos en el Oeste, forastero: todos lo habéis visto: iba a dispararme primero.).
Incendios urbanos en Detroit, en Atlanta.
¿Qué está pasando?
¿Dónde?
En Estados Unidos.
En Estados Unidos pasa lo que en todo el mundo: nacen, viven, se reproducen y mueren (de un disparo o de un alto índice de colesterol o de una locura celular).
1965: USA, abrigada entre dos océanos, es parte del mundo más allá de sus tranquilas playas donde no le alcanza el crimen: en otros países, pequeños y pobres, cientos de niños son muertos a diario por las bombas anónimas, se perpetran aviesamente decenas asesinatos de personas comprometidas en lo político y lo social, son varias las democracias sudamericanas instauradas legalmente saboteadas por las multinacionales yanquis de la época que imponen salarios, gustos y servicios, dictaduras protegidas por el stablishment: los marines de Wall Street disparando a ciegas en las calles, entre los coches…
A despecho de sus mixturas, USA es muchos significados (y significantes, unasbarrasyestrellas inconmensurable).
Cronología Arte 1970: ¿y para qué?
Acudo con ella a JL.
Puedo acompañarla a cualquier sitio. Siempre que quiera: soy El Invisible.
Finales de julio de 1969.
En todo momento la tengo a mi disposición.
Cena con la artista en R. (vino blanco y pescado, pero un pescado…). Hablamos de...
Paseo por Central Park por la tarde, bajo los árboles. En seguida el crepúsculo. Languidece el día.
Finales de Julio de 1969.
Hesse marchará a Woodstock, a unos 170 kilómetros de Manhattan.
La acompaño a casa la noche previa. Es como andar entre tinieblas, enhebrados en una textura como la que informa los sueños, o los tiempos pasados recordados, imaginados, creídos.
Hesse, ya en la cabaña de madera, lee a Keats, a Dickinson. Cartas desde otro país.
Maravilloso el peinado pixie.
“Pero es que…”
Le tapo la boca con la mano, no quiero que siga hablando, no quiero saber…, bastan los labios tibios y carnosos, los apetitosos labios cerrados.
Suelo despertar en la mitad de la noche: y todo sigue vivo en la ciudad que nunca duerme, siempre hay una luz en algún rincón de la oscuridad. Y pienso. ¿Lo que soy? No… ¡Lo que son los demás en esas jaulas oblongas al cielo, negras, macilentas al amanecer, encendidas, silenciosas…! Respiran el mismo aire, caen bajo el  mismo inquietante interrogante: no pueden ser tan distintos, sufren la misma carne y sus… ¡derivados!
Comprado un Collier’s del 40 en The Green Train: un viejo relato de C. Alguien lo ha calificado de “pestiño”. ¿El mismo Ray?
1970.
25 de febrero: suicidio de Rothko en su estudio, ¿cómo era su estudio? La nota la ha descubierto en una carpeta negra cerrada con gomas elásticas. La abre: cae lentamente al suelo el pedazo de papel manuscrito. Lo lee. Su estudio era grande, blanco, frío. Un aire glacial recorre de parte a parte un espacio lejos de lo emocionante, desangelado como el amanecer hiriente y temible. Sin embargo, las manchas de pintura, los goterones, los botes de acrílico abiertos, los pinceles sobre la madera pintarrajeada de la mesa…: lo peor, la cuchillas más afiladas de la duda y el descreimiento.
Lo trágico: Esquilo.
Curiosamente silencia a Eurípides, tan próximo a la tierra y los problemas de los hombres, tan poco “aristocrático” comparado con los otros dos hacedores de tragedias. Lejos del cielo, el hombre y la mujer de Eurípides despide el aliento fétido del drama humano: eres un trasto del destino, de acá para allá ha de llevarte y tu final será inesperado. Sin dioses, eres diana de la contingencia y el absurdo.
Si no acabas gaseada en un campo de concentración el destino te finiquita con un tumor en la cabeza a la edad del Cristo (mes arriba, mes abajo), se dijo, mirando a hurtadillas a E., a su lado,  chiquita seria: estudia el cuadro del ruso, negro sobre gris. Qué mirada. Hale, a desentrañar lo incomprensible.
Amaba a Esquilo. Una religión.
¿Se creerá Orestes?
Lee a Esquilo. Escucha a Mozart con arrobo. Escudriña los textos más esquivos de Nietzsche.
¿Por qué Orestes?
Estudiaba a Esquilo.
Estira la cabeza:
se eleva sobre los coturnos. Al otro lado del muro nunca hay nada, nadie.
Mozart: la sonata 25, el Réquiem y sus muletas litúrgicas, el concierto para flauta K-626 de la gran tristeza.
Pero Esquilo, su misticismo tan presente, la religiosidad de sus artimañas, atrae al artista miope. Quiere algo de más allá, unas gotitas de esencia, un condimento para el alma. ¿Esquilo? ¡No les debes nada a los dioses! No concilies tu espíritu con las tinieblas de un cosmos vacío de sentimientos.
Esquilo, el oscuro, la magnitud de lo invisible y el hijo del boticario eslavo plasma secretamente en las superposiciones de los cuadros todas las religiones, pues una es en el fondo de ese cromatismo trabajoso. Sólo la luz tenue es capaz de invocar el acento de unos cánticos que a través del tiempo nos llegan de la antigüedad piadosa temerosa sólo de los dioses pero de ninguna iglesia y sus rituales de singular invención.
El hombre callado se comunica mediante el lenguaje más silencioso. Las tonalidades vertebran un discurso tan etéreo a despecho del resplandor cromático que convierte sus cuadros en versículos de un rezo ajeno y extraño que, en realidad, deberían bastarle a él sólo. Una muda sonata que a duras penas se alza de la vibración de los pigmentos mezclados. Hay una levedad en esas pinturas, una transparencia tal, que deja adivinar una primigenia capa de color secreto que llega a desdecir la imprimación final. Lo que de veras se ve parece venir de adentro del cuadro, de muy adentro.
Ditirambo, composición visual u oratorio del hombre abocado al sentido apolíneo de la existencia, pero que en sus manos se alza lo místico, tan sólo una búsqueda infructuosa de la catarsis reveladora y, así, allega a una criptografía personal resultante de un cara a cara con los misterios del ser, con el terror de la nada.
Pudo aferrarse a lo trascendente, como el náufrago a un madero chapoteando en el agua…
Pintar, otra religión mentirosa.
La cuarta de Brahms; la séptima de Brückner, la décima de Mahler… Mozart, de nuevo, el concierto para flauta, la sonata 21 (y no hay otra)…
Prefirió, otro más, el abismo de la locura o la muerte.
Se enardecía, el pobre, con oberturas de Gluck, de Purcell…
Paseo crepuscular por descampados y edificios ruinosos. Flojera espiritual: tres siluetas abultadas por ropas pestilentes y harapientas en torno a un bidón metálico arrojan montones de biblias de la Gideon Society a su interior que avivan sin cesar las lenguas de fuego que les calienta.
Exposición de Carl Andre en el Guggenheim. Es el hombre al que más admira.
Entendámonos, es un poeta, declara.
Una autoridad en la vida y en el arte. Una eminencia de los profundo ininteligible: deja las cosas como están de tu mirada a tu espíritu. Eso facilita el trabajo del artista: escribe en mayúsculas incluso las cartas más íntimas.
Vamos a aclarar las cosas.
Hablemos de Ana Mendieta (otra que voló), la mártir de Andre. (Bueno, más adelante, mucho más adelante de EH, por entonces en alguno de sus universos de por ahí, en El Gran Cosmos.)
Andre simplifica las torturas, el futuro, lo enredos de una metafísica doméstica y prescindible: basta la mostración, y lo que detrás actúa pero no se ve.
Tú nunca sabrás lo que hay detrás de C.A.
1970: nada del mundo de afuera tiene importancia. Todo se ha inmovilizado, detenido el tiempo. Una luz de un amarillo débil, agrisado se cierne sobre las cosas y los seres, sobre el inmenso e increíble silencio de un ciudad estrepitosa y en constante movimiento las veinticuatro horas del día.
Una deriva sentimental hacia la apatía la llevaba a confundir cualquier tipo de amistad con un potencial peligro de naturaleza sexual. (Anot. 9/1969.)
La luna: la película, el episodio de Pasolini: La tierra vista desde la luna. ¿AÑO? Cualquiera sabe: en los sesenta, seguro. Le pregunta de nuevo. No sé, me daban pena sus personajes, de miradas tiernas, tan dignos como grotescos, como pobres son sus ropas estrafalarias, de chamarilería, tan inofensivos,  miraban otra Tierra
Viaje a un pueblo rural, a dos horas de Nueva York en dirección norte. Hotel. Bar. Restaurante. Noche. Diálogo.
¿Qué es el arte? ¿Qué nos impulsa…?
Le ha presentado a un artista canadiense que vive en México. Ahora expone en X. De Nueva York.
¿Y tú?
Apostado en una esquina (W 8 Th St. con la Sexta). Tendida la mano, los ojos bajos. Amontono dinero limosnero para el viaje a la Universidad de Texas y escudriñar los Grandes Manuscritos: “Brother, can spare a dime?”
[¿Dime novel?]
Mueres, y mueres para siempre. El mundo de los vivos se desploma en el mismo aire como una pompa de jabón.
Aire.
¿Cómo te sientes?
Como ese pobre tipo de Chandler al doblar la última esquina: “No oía mis propios pasos: era un hombre muerto.”
Pero el cielo en Nueva York, parece sorprendentemente bajo.
Se ha cambiado de domicilio. Ahora, en la calle Perry, tocando la Séptima Avenida. Hasta la máquina de escribir suena mejor. Todo parece muy fácil. Deja la ventana abierta. Bien entrada la primavera, el piar de los pájaros escondidos en las copas de los árboles llega a sus oídos como un canto evocador. Me gusta este lugar, se dice mirando a la calle, antes del anochecer. Si pudiera lograr dos centavos por palabra, se lamenta. Envía la nueva dirección a Jennie Queiroz, que fotografía la costa de Maine para una revista de São Paulo.
Lee algo sobre los “Bowery Boys”: Sol LeWitt, Mel Bochner, Lucy Lippard.
Así que, cowboys.
Después de pagar con mano temblorosa 10 centavos a un moderadamente sorprendido Raymond Th. Yeats que sondea su rostro sofocado, huye a toda velocidad agarrando firmemente el tesoro rapiñado del fondo submarino que sedimenta el contenedor de revistas usadas: un Harper’s de finales de 1949 con un cuento del todavía principiante John Cheever ilustrado por un tal Andy Warhol.
Cuarenta años más tarde. Ahora, Hesse, sería irreconocible: le busca en Internet. Aparece. Fotografías. Un millón de glosas. Un millón de ocurrencias. Un millón de comentarios. Sucintas biografías y análisis de su obra que bordea lo ininteligible. Creabas. Eso parecía ser todo. Cliquea (sic): resucita, se ríe, mira a la cámara, ajusta unas piezas en el suelo, tiende unos cables del techo, y en el estudio cochambroso se alza su figura desaliñada hacia la fama impensable. Antes: en la gloria paseando con el héroe del brazo, en la patria de origen. ¿Chat? ¿Foro? Te diré: otro universo. Pero algo tendrá que ver con el tuyo de ahora. “Qué quieres que te diga”, exclama, y se detiene a reflexionar un instante: “Todo es igual… pero distinto, como muy pálido, en sombras. Más Platón… Una web…
“¿Una qué?”
“No sé… Me ha venido a la cabeza, así, de repente.”
Pues a veces se resquebraja el muro del futuro, agrieta una piedra, procura rendijas, y deja ver fragmentos de lo porvenir, alguna mínima construcción (o su ruina) de lo que aguarda más allá de la noche del tiempo, la arenilla que, cual poso, dejan los sucesos, el hecho ineluctable.
Salen de la 75 camino del Whitney, en Madison. De nuevo insiste en visionar algunos de sus secretos. La mole de granito y hormigón de Breuer, escalonada y de ventanas inconcebibles crea una panorámica en esta parte de Madison Avenue que desdice las fachadas aburridas, monótonas y opulentas que le secundan calle arriba y calle abajo.
Cruzan el vestíbulo. (En ese momento se da perfecta cuenta de que es un acompañante falso. “Desaparece”, ordena. Ya es invisible. Sólo Hesse.)
La artista suspicaz se detiene ante Los esponsales. De Gorky.
¿Qué sabes de Gorky?
“Gorky… soy yo.”
Deglutía los patterns freudianos, lo esquizoide asomaba por el rabillo de sus ojos, el cielo áspero y la tierra quebrada del armenio, y, sin embargo, resolvía silencioso una obra luminosa en crueles o plácidos amarillos Vermeer, alejado ya del pastiche de aficionado receloso.
Un tipo torvo, bien preparado para el golpe, como todos aquellos que saben que la muerte no jugará con ellos al maldito escondite, que saben desde antiguo que más tarde o más temprano ellos mismos acabarán con su vida. La prueba final de un desafío a una vida siempre a rebosar de quebraduras y absurdas mortificaciones.
¿Cuándo se mata?
Poco después de saberse un trasto irrecuperable (cáncer, accidente de automóvil, el cuello roto).
¿Qué queda por delante? ¿El espectáculo de la piedad?
¿No es eso jugar con ventaja? Lanza al mundo sólo jirones, unos retales de la existencia maltrecha y pendular entre la sobriedad y la fanfarronada.
Pero ese exterior plácido, bonancible, la mirada del niño sin tierra que contempla la línea del horizonte… Inventa los cromáticos subterfugios.
Esa amalgama antropomórfica que subyace tras las líneas del dibujo uniforma un discurso plástico cercano al drama existencial, tan alejado de la tragedia del Guernica. “Han sido mis acuarelas”, dice Hesse condescendiente. Pero también con un poco de excentricidad: prefiguran a Basquiat, a tantos otros. Todo lo suyo  ha sido transversal, señora.
Ha visto a Hesse: pues, obediente, él había desaparecido y la había dejado sola: cruza a buen ritmo una de las salas, pasa de largo, como el que no quiera la cosa. La sigue a distancia. Va apresurada. Frente “a las estatuas”, acaso con miedo: huye de las pavorosas carnosidades de bronce de Lachaise, de Lipchitz y Archipenko, de la “madre y el hijo” de Zorach que han de constituir tu pesadilla de esta noche, una parada de monstruos que poblaran tus sueños de seres deformes e irreales, una carnaza para el deseo extravagante y medieval de los goliardos.
Hesse: la representación mata, el bulto aterrador de la masa destruye la veracidad del discurso de la forma. La sugerencia por muy brutal,  hermética y extraña materialmente que fuere ha de salvar tus ilusiones.
Aunque acaso otros sean los monstruos, como bien supo retratar ya antes la chica seria de los Nemerov con la Leica colgada del alma, una Arbus todavía inocente que fotografiara a niñas como Penelope Tree, de su propia vida y la de los otros trastos andantes, sonrientes, indefensos…
Rebelde, ya.
Por entonces leía montones de textos clarificadores.
Buscaba una Teoría del Feísmo.
Todo lo que el mundo ha construido, fabricado  o creado hasta ahora se está deteriorando, se rompe, parece cada vez más viejo, y a pesar de los miles de millones de toneladas de materia desechable del pasado, los cientos de objetos nuevos de química taumatúrgica que surgen por doquier, la sensación de vacío y putrefacción es mayor cada vez, hasta se diría que al paso del tiempo el olor del mundo es más fétido en su crecimiento y en el desorden de su enumeración. La metástasis de la abundancia y lo inútil se propagan en dirección al horror, una excentricidad de lo vivo que sólo ha de acabar en el abismo de su finitud absoluta.
1958:
“Necesito un coche”, se dice.
¿Eres americano y no tienes coche?
Uno de sus compañeros de la Escuela le propone una compra a medias.


jueves, 25 de agosto de 2016

25

Esos buzos siniestros hollan lo virgen.
Dan escalofrío.  
Mírala bien, examina su deliberada incongruencia sometida en el desorden: inspira el Zeitgeist de la manada. Se mueven a golpes de ladrido entre el bosque helado y el cristal de la nieve sobre la tierra.
Una mano anónima y grande de mujer del grupo intelectual de Hesse me tiene agarrado por el maldito brazo. Medio borracho me dejo llevar por ella. Acabamos en un teatro de cinco dólares la entrada, uno de los treinta y siete que se diseminan por las calles adyacentes de Broadway que, dicho sea de paso, por estas fechas no tiene a lo largo de sus decenas de kilómetros de avenida ni un solo teatro en sus putas aceras. Tardé tres minutos en derrumbarme en la butaca completamente dormido. A media mañana, todavía en la cama, la mujer anónima (que ya ha soltado mi brazo) me informa de la representación: Futz! Un tipo, un tal O’Hagan, es el autor de la obra: un granjero se ha enamorado locamente de uno de sus cerdos. No sabe explicarme nada más.
Noviembre de 1969: Nobel a Beckett
“¿Por qué te interesa Beckett?”
“Uno habla y habla… y no deja de hacerlo. Nadie le escucha. O le escuchan y no le entienden. Pero sigue haciéndolo. Sigue hablando. Necesita hacerlo, ¿comprendes? Es la única forma que tiene de saberse vivo. Y ese absurdo, esa campana de irrealidad en la que todos estamos inmersos, cada uno encerrado en la suya, es lo que me atrae de su literatura. La vida es absurda también desde un plano de vista racional, solamente algo natural y cerril, aunque pretendamos creer lo contrario.”
“Existe la comunicación…”, se defiende.
“Básicamente, se asienta sobre mentiras o autoengaños. Nadie puede comunicarse realmente con los demás… Tal vez la única forma sería desde una constante invención del lenguaje, sólo desde la sorpresa continua, un estallido fónico recién inventado, un idiolecto intrigante siempre inesperado, siempre llamando la atención.”
-¿No estamos atados?
-No entiendo nada.
-Pregunto si estamos atados.
-¿Atados?
-Atados.
-¿Cómo atados?
-De pies y manos.
-Pero, ¿a quién? ¿Por quién?
-A ese tipo.
-¿A ese tipo?
-¿A Godot? ¿Atados a Godot? ¡Qué idea! ¡Nunca en la vida! Todavía… no.
Queda el estilo. ¿De quién?
“El estilo es el proceso.”
“El estilo es el montaje.”
La invita al cine.
La semilla del diablo.
El director convierte en uno de sus protagonistas al vetusto edificio Dakota, frente a Central Park. Poco más de diez años después, a las puertas de ese viejo caserón neoyorquino, moría asesinado… (etcétera). A ella le ha gustado la crítica del New Yorker firmada por la Kael, así que está dispuesta a verla, aunque no siente especial predilección por el cine comercial. Viene acompañada de un tipo al que no le presenta (¿?). Una vez sentados, descubre que  no queda una sola butaca libre a su alrededor. Se apagan las luces, el telón rojo se parte en dos,  comienza a deslizarse despacio a los extremos.
Qué extraño acento el de Cassavetes, un nasal machacado con trozos de ladrillo y polvo de arenisca. Hasta en la mirada es un auténtico neoyorquino, los gestos de Manhattan a toda hora. Un estereotipo.
Al salir de la sala, el hombre se marcha sin despedirse. El Testigo no hace preguntas, y ella ha aceptado su invitación de tomar una copa en Minnie’s, cerca de la 72 con Broadway.  
A la artista le gusta la película, aunque prefiere otro tipo de filmes pertenecientes al exiguo y elitista cine independiente americano. Él inquiere noticias de ellos, con cierta timidez. Esta chica de vanguardia en minifalda le propina (todavía él con el pelo de la dehesa) un varapalo que no olvidará. Las películas de Warhol en toda la frente, para empezar, y las de Frank Perry, Fred Wiseman y Shirley Clarke como sucesivas pedradas a su ignorancia. Le habla de un Cassavetes director de los propios filmes que escribe e interpreta. Le habla de Shadows, la primera versión en 16 mm, que, a su juicio “supera con creces una posterior reedición en 35 mm”. Hace escasas semanas ha visionado Faces en unos de los antros del Village, “una locura de 16 horas finalmente reducida a poco más de 2 en tan sólo cuatro interminables escenas”…
La escucha embelesado. Sorbe un poco de whisky. Sonríe complaciente. Pero muy pronto comienza a sentirse mal. Un repentino escalofrío le envara la espalda. Quizás se haya dejado influir por el terror sutil de las imágenes de Polanski, el negro pavoroso de la cuna envuelta en telas también negras, su invisible habitante, su monstruo naciente y todavía inocente ahí adentro, respirando, con el negro corazón latiendo, o que presienta algo desconocido y terrible, pero en seguida le invade un temor que no logra dominar, como si algo fatal e inevitable les acechara de cerca. Es una sensación de inseguridad, de indefensión absoluta, de que el mal, lo absurdo y perverso de la existencia, empezara a tomar cuerpo, a cristalizar en algún sitio todavía ignoto y lejano y se aprestase a viajar hasta allí mismo sin importarle el tiempo que tardara en hacerlo, hasta esa mesa redonda y pulida, hasta ellos cándidos y desarmados, y se abatiese sobre sus cabezas a pesar de lo recogido, confortable y seguro del recoleto local donde se encuentran. Reprime un escalofrío repentino. Apura la copa y llama la atención de la camarera solicitando otra ronda. También ella repite la bebida.
Esa noche, la fiebre no le abandona. Al final, baja ella, Jennie (¡?!), al drugstore de dos calles más allá del apartamento y compra analgésicos y un antipirético que él toma con aprensión. Cuando al amanecer puede dormirse, ya no despierta hasta media tarde. Y no tiene ni una décima de fiebre.
“Dios, te has pasado el día delirando”.
“¿Y qué decía?”
“Mascullabas, más bien. Algo referente a viejas locomotoras de vapor, vagones cargados de animales, leones en la noche, y sus ojos brillantes por el pálido fuego de la luna…”
Raras poesías inconscientes, surreales.
Acólito fiel, muerta ella, a una semana de regresar a España, fue a uno de los mugrientos cines del Lower East Side donde tenían en cartel Husbands.
Tal vez, debido a que la película se articulaba por entero de diálogos, había sido como hablar con ella.
“Oye, Hesse…”, delira muy sano.
Una voz le responde.
Y de camino a casa intentó contársela. Hesse ya se había instalado en U2, uno de sus universos de reserva (pues en U1 ya estaba muerta y no había nada que hacer), y podía oírle con absoluta normalidad, pero fue inútil. Le prestaba atención pero… prueba a contar un color, una música, un poema. Pero no los describas ni los desestructures. Hay cosas que (sin peros), sencillamente, es imposible contar, no son de esa clase de fábulas, como las mejores novelas modernas o… antiguas, que en realidad son fábricas de palabrería muy especial (intenta contar Ulysses –un tipo, convencido de que su mujer se la pega, pasea y divaga durante todo un día por las calles de Dublín- o Don Quijote –de tanto leer relatos romanceros un hijodalgo del siglo XVII pierde la chaveta, se disfraza de caballero medieval, se camela a un rústico de escudero y perpetra disparates sin fin hasta que recobra la razón y se muere- o Hamlet –el hijo de una madre adúltera que ha matado a su padre maquina un plan para acabar con ella y su amante).
En Nueva York puedes tener todas las vidas que quieras si tienes dinero para comprarlas.
(The Destruction of Gotham).
De nuevo Sol LeWitt, y de nuevo en Paula Cooper, en Prince Street: dibuja en la pared.
¿Por dónde queda ella?
Lejos de los tipos de la AWC y de los guerrilleros de la GAAG: su mente no admite contaminaciones políticas: cada final de mes tiene que pagar el alquiler de Bowery Street.
La descubre de lejos, saliendo del estudio. Va escoltada por el tipo que hace semanas les acompañó al cine sin despegar los labios y, al salir de la sala, desapareció de improviso sin decir palabra. Los distingue mal en la distancia, pero comprueba que sostienen una conversación animada. El tipo gesticula de cuando en cuando, a la manera del teórico.
El pensante.
El cineasta.
Utiliza elementos preexistentes. Un “assemblage”. Relaciona escenas diversas ya filmadas, planos sacados de aquí y acullá.
Explicaba el asunto.
Acción:
“Catherine sonreía, pero su aspecto era el de los días en que preparaba alguna jugarreta.”
Un amor fou cuya frivolidad parecía anticipar la locura… aunque no la muerte de los amantes.
Sin embargo, hablemos en serio…
No dejo de hacerlo en ningún momento. Truffaut lo es.
 [¡Qué diabólica analogía del destino, Hesse!]
… ¿Qué puedes decirme de Godard?
¿Otra vez?
Uno siempre vuelve a los viejos lugares.
En Vivre sa vie: el aire desolado, el clima de almacén y la luz encapotada de las imágenes, la amenaza y la ruina, confluyen ya al final, a la entrada del averno: Infierno&Hijos.
Antes de los disparos de los macrós:
Siempre mancillada, prostituida y muerta, el desdén de su hermosa boca y sus inmensos ojos proclaman la tortura sufrida en el vertiginoso sinsentido por haber comprado una nueva sintaxis vital, una vida encerrada al final en un marco oval magníficamente dorado al estilo morisco, abducida de lo real: la existencia la vacía.
¿Hacía falta obrar?
La teoría es el lenguaje del cerebro, su más digno contrincante: aspira al silencio.
¿Qué ganas con traducirla a otro lenguaje?
El desconcierto.
Nana que bosteza su lujuria abogando por el silencio con el filósofo Parain (¿qué sabes tú de Los tres mosqueteros?), pensador de cafés y mañanas parisinas entre los ruidos cotidianos (que a muchos escribidores de bar les sirve como estímulo, indiferentes al pequeño caos de las voces y el movimiento incesante).
Sólo el vivir, sentirse ligada a las múltiples y demadejadas imágenes del día, ya le proporciona a la chica valiente la condición de rata orgásmica: incansable, todo lo disfruta, lo desea con fuerza, es inagotable. No nace de dentro de ella el envilecimiento, tan común en los seres que a uno terminan rodeándole, porque, efectivamente, los culpables son los otros. Ansía de la vida no lo maravilloso y excepcional: le basta el solo milagro y la peripecia discreta del encantamiento de saberse viva en los sucesos diarios, naturales.
Y todo empieza por pagar el alquiler: 2.000 francos.
La luz de agua en la mañana gris y gélida, pero tuya, sin dependencias ni raras devociones de pequeñoburguesa.
Y, ahora, ¿qué hacer?
Pueden los hacedores, los contadores de historias, simplemente matarte. Aunque el cuento no vaya contigo.
Te siguen como un travelling a fin de que no salgas del corsé de lo moral ejemplarizante. Si pecadora, insolente y libérrima: muerta... con el crucifijo del aseado formalismo sobre el pecho. Clavado en el pecho.
Escribe con faltas de ortografía, y su expresión adolece una urgencia y descuido equiparables a su letra casi incomprensible.
No necesita el racord, ni la goma de borrar. Y esta chica no repite nunca una disposición objetual: basta el concepto.
Dijo él: “También escribir es una plástica.”
Pero ella, Hesse, Catherine, no le entendió.
¿Una ordenación estética, palpable?
Era como si él lo explicara todo fuera de cuadro, una voz en off  que se manifestara en una lengua desconocida.
Pero, ¿existen la reglas de un juego aún por inventar?
Hesse siempre sería inmune (y ella lo sabía) al análisis con muletas, al recorrido con andadores sobre los escombros y polímeros de su alma creadora y sacrílega.
Hela aquí, su retrato en negro y oval.
Me invitan a acompañarles.
Adelante, respira…
(La química del arte.)
Entramos en el Allied Chemical Tower: otro happening.
Dos figuras oscuras danzan en torno el fuego. Pero ese sofisticado primitivismo lejos quedaba de una asunción a los mundos remotos del alma cuando era sólo una multitud.
1969: se acaba.
“La Era de Acuario está a punto de comenzar”, dijo ella, y los ojos le resplandecían, todavía con esperanza.
Quién iba a saber…, se decía él con los ojos apagados.
Podrías cambiar los irlandeses de Queens por los judíos de Brooklyn, se dice.
A los tres días amanece en una pensión bastante limpia en las inmediaciones de la avenida Manhattan, una calle tranquila de edificios bajos de colores grises y ocres. Se cansa pronto. No parece que esté en Nueva York, y él necesita sentir precisamente que está allí.
Al mes exacto cruza de nuevo el puente y duerme en el estudio que tiene en Greenwich un artista español especializado en tallar con absoluto esmero pequeñas esculturas pornográficas de marfil y ébano. El resto de día, del alba hasta la noche, que es todo, anda de un lado para otro aturdido por el cansancio
A los dos meses se hospeda en el apartamento de otro amigo español, en Beekman Place, un periodista que plagia las crónicas y los reportajes que escriben sus colegas extranjeros y los envía sin inmutarse lo más mínimo a la publicación que se los paga. Los niños del apartamento contiguo no le dejan concentrarse. Se irrita con frecuencia. Una mujer de unos cuarenta años, neurótica y de gesto amenazador, que babea y viste como una pin-up de los años cincuenta, escupe a su paso siempre que se cruzan en la escalera. Al cabo de unas semanas huye del lugar: “En vez de entretenerme en lo pintoresco, me aniquilo en lo infernal.”
Vuelve a Queens. Pero allí sólo duerme o simula que trabaja aporreando unas pobres teclas blancas. Pasa el día en Manhattan, visitando librerías de segunda mano y leyendo los periódicos de la mañana en cafeterías desiertas y bien iluminadas por la luz exterior limpia y matinal.
¿Lee? ¿Cafetería? ¿Periódico?
No sabe qué le pasa. Ni lo que sucede en el mundo. Y eso que está al tanto.

martes, 14 de junio de 2016

24




Incendiemos la ciudad, dice el hombre alto e invisible de la droga (W.B.), y no se mueve un centímetro: a la espera del botín, aguardando la presa, reptil frío, sin duda cruel, mientras disfruta de los placeres químicos que le proporciona el dinero que le envía su adinerada familia. Se evade, pues tiene una conciencia expansiva. “Mi objetivo principal es el universo, amigo. Las naderías de la época, de la tierra, me importan muy poco.” Aspira una profunda bocanada de humo del opio en la pipa. Le mira con la máquina de escribir de juguete en una mano y una pistola calibre 9 milímetros de verdad en la otra. “Eres un pobre diablo que no sabe nada de nada”, le dice. Él le cree, es muy capaz de dispararle un tiro certero a la cabeza, y sin jugar esta vez a lo Guillermo Tell: “Aunque no sé, me da un asco irreprimible el olor a medicamentos que desprende su cuerpo, a gasas desechables manchadas de fluidos y apósitos enmierdados, su aliento pestilente a farmacias prohibidas atesoradas quién sabe en qué tugurio fantasmal.”
 Al oeste del Bowery: arroz congee con rana. Es cuestión de no apesadumbrarse, me dije.
(Continúo haciendo listas… interminables listas de todo.)
Accretion es la nueva escultura en la que trabajo. Mi idea había nacido del serialismo, pero con un fuerte deseo de contradecir esa frialdad del orden que emana de lo seriado. Y supe cómo debía hacerlo.”
Haber llegado hasta, hasta tan lejos, y ahora, esto…
Hasta…
A pesar de todo (¿a pesar de qué?), admira a Johnson (como admiró al pequeño Truman El Bombardero, al bueno del general Dwight David Einsenhower al que le colgaban monigotes de papel en la espalda, al inescrutable y sátiro John Kennedy), su figura tejana y gallarda de político honesto con los bolsillos “llenos”. Su padre, ahora recién enterrado, lo repetía obstinado: “Es un buen hombre”. The Good Father. Luego, Dick, the liar.
Toneladas de bombas caen sobre arrozales y poblados de cañas y barro mientras las faldas se acortan cada vez más en esta Era Falsa de los dos sexos.
Colores psicodélicos: estimulan creatividades, complicidades.
Y TODO POR EL GRAN COÑO ESCONDIDO: ahora, sí; ahora, no: enseñar, mostrar, provocar, veo, veo, ¿qué ves?
Ella misma: recoge dobladillos. Bonitas piernas.
Nixon: un hombre noble, lleva la verdad en los ojos. Dios está con él.
Nosotros Confiamos en Dios.
Lincoln: 5 pavos; Jefferson: 50 pavos: Franklin: 100 pavos.
Hoy, Nuestro Presidente, Dick the Liar, a las puertas de América, con la sola ayuda de Dios y un colt 45 impide a Vietnam y sus hordas armadas hasta los dientes llegar a la isla de Ellis, avanzar hacia las costas de Manhattan, asaltar Brooklyn, apoderarse de Wall Street, conquistar la Quinta Avenida, acampar en Central Park, allanar nuestras propiedades, violar a nuestras mujeres, raptar nuestros niños, asesinar a nuestros ancianos venerables…
God save America y a Israel.
En el valle de Elah las cosas ya no son como eran, y la realidad ha terminado por imponerse: ahora Alí es David, que con una piedra o sin ella en la mano o en la honda cae al suelo con una bala en la cabeza disparada por el fusil semiautomático de Goliat, gigante en las filas de los buenos, el pueblo elegido. 
Las fronteras se trazan con sangre: mapa: la piel  de los muertos. 
O: mete ratas envenenadas con arsénico (tóxico barato) en las vaginas de las mujeres de los otros…
¡Que no procreen enemigos!
Por entonces no había un solo apartamento  (el 451 de la 119 W., el 87 E. de la Segunda Avenida, el 45 de Bedfor Street) que no tuviera las cuatro paredes llenas de carteles: un tic cultural, una estridencia juvenil que pendulaba ingenuamente entre Che Guevara, Mao-Tse-Tung o alusiones a una psicodelia pronto periclitada por su misma desmesura estética. Aquel mundo de colorines nos queda hoy muy lejano. Rechinaba por aparatoso. Peor todavía: es fácil pensar que fue un caleidoscopio plástico y meramente formal capaz de atenuar otros comportamientos que pudieran haber devenido mucho más agresivos, hasta peligrosos, revolucionarios. Esa fue toda su maldad y todas las flores y babas de una estética sin discurso.
En todo caso, la circunstancia vital e intelectual de Hesse orilla sin cortapisas devaneos mareadores: está el arte. Que todo lo puede. ¡Ja!
En cualquier caso, resiste las tentaciones del demonio en los cuarenta días de su retiro hasta que le retuerce el pescuezo a la fibra de vidrio.
O.W.: el arte no sirve para nada.
En otras palabras, ¨el arte por el arte”.
Mientras tanto, hojea las críticas teatrales del New York Times.
En efecto, 1968: la idea es un combustible.
Verano sangriento, racial: el crimen de Memphis. Cerca de la frontera con el Bronx, entre las calles 129 y 135, han encendido hogueras y levantado algunas barricadas. El alcalde Lindsay no  tarda en reaccionar. “Es todo por el momento”, sentencia el locutor mirando (casi) risueño desde la pantalla.
Han quedado a cenar con un grupo de artistas y escritores de lo más variopinto (pero todos son pobres aún) en el apartamento de un arquitecto famoso, ya portada en varias revistas de las llamadas de sala de espera. El anfitrión se oculta tras una humildad exasperante y harto evidente, sospechosa. Se adivina con facilidad al examinarle de un solo vistazo que su envanecido ego, que con tanta habilidad oculta, no encontraría acomodo ni en el vasto espacio de una catedral. En la mesa central del salón se elevan altas pirámides de sándwiches de queso, jamón cocido y vegetales: alimentemos a la turba, artistas, escritores en ciernes (todos zarrapastrosos).
En Chicago la orden (y hacia quienes se ordena hacerlo) no admite ninguna duda: “Disparen a matar”. Al fin y al cabo, son morralla urbana los que van a caer con sus ropas sucias y pobres sobre el asfalto de la negra noche para no levantarse más.
A las dos horas quedan sobre las fuentes vacías de la mesa central tres o cuatro empanadas y un sándwich que nadie se atreve a coger. El apartamento se encuentra en el piso vigésimo octavo. Por los grandes ventanales se divisa un cielo violeta, cárdeno, destilando rojeces que se abaten sobre los rascacielos del sur.
A esa hora, en Chicago los muertos, negros y algunos blancos negros (trash white), se cuentan por decenas.
Alguien propone asistir a una sesión de jazz.
La noche es espléndida, mediterránea, de cálida brisa (hasta perfumada), lo que produce una curiosa percepción de la arquitectura poderosa y atemorizante que nos rodea en la nocturnidad neoyorquina.
Bajan más de un kilómetro hacia el sur, hasta el Village Gate, entre Bleecker y Thompson. Tres dólares el agua mineral y el monólogo de un chistoso con cierta gracia.
Luego, el jazz.
Eran malos músicos, sólo instrumentistas, ni por un momento encendían una emoción debajo de la piel, salvo que formaras parte de unos squares algo revoltosos por el alcohol, el tabaco y alguna que otra frustración en “salvaje” salida nocturna. No acabarían cruzando la puerta luminosa del Metropole Café. Ni uno solo de ellos alcanzaba la categoría de los auténticos jazzmen. Aunque el local brindaba un excelente decorado: ladrillo, maderas, anchas barras de hierro colado, asientos mullidos y bajos y una luz muy tenue y, sobre todo, una satisfacción alcohólica muy solidaria. Se diría que flotaba un aura escondido entre las densas volutas y nubes del humo de cien cigarrillos encendidos a la vez. Pero nada del be-bop de un Parker muerto entre las flores, nada del inconformismo inherente de Dzzie Gillespie o el jazz inteligente de Coleman y Archie Shepp.
Mayo del 68: hay una pequeña historia. ¿Qué hay de tu actitud social? ¿Qué piensas de todo lo que está pasando? Ella se ha adelantado a su tiempo, simula una apolítica indiferencia. Le mira con hastío gatuno: “Soy artista, no hablo idiomas.”
Sol LeWitt en Paula Cooper Gallery. No ha intervenido ni un solo minuto en el proceso de la obra expuesta. Siguiendo sus instrucciones, unos ayudantes se encargan de la realización de los dibujos pintados. Su genialidad es su distanciamiento. Hesse lo entiende perfectamente. Jamás ha deseado inmiscuirse demasiado en el proceso, pero ella se resiste todavía a ser, en el arte, únicamente un ente pensante, una mente sin manos.
5 de junio 1968.
Andy Warhol aún se debate entre la vida y la muerte dos días después de que una actriz frustrada y escritora mediocre (bonita combinación) le descerrajara tres tiros –sólo acertó uno- con una pistola automática del 32 (de reserva, escondía en el bolso otro revólver del calibre 22). El tipo que conducía la ambulancia no se anduvo con rodeos cuando metían en el interior del vehículo al artista tumbado en la camilla cubierto a rebosar de sangre: “Por quince dólares más conecto la sirena, tío”.
Hesse tiene una teoría, puesto que cuenta un par de amigos en el grupo de la Factory. Sin despegar los labios él le dirige una mirada impaciente. Ella empieza a explicarse cuando suena el teléfono. Luego de unos segundo empalidece, contesta con monosílabos y cuelga el auricular. Le mira con una expresión de incredulidad absoluta.
Robert Kennedy ha sido tiroteado en Los Ángeles cuando disputaba (y ganaba) unas primarias en su camino a la Casa Blanca.
Medianoche. En un pasillo cerca de la cocina del hotel Ambassador, por donde el senador se escabullía de la aglomeración entusiasta de sus seguidores, alguien le dispara a quemarropa. Casi parecía un arma de juguete, un calibre ridículo, del 22. Tres tiros, tres balas, una vida, y quien sabe el mundo de después. Y, no obstante, el destino (¡puesto que no existe!), una de las infinitas probabilidades del suceso, provoca que uno de los disparos penetre en la nuca y mate al candidato que se desploma como una marioneta a la que hubiesen cortado los hilos. Tumbado en un suelo lleno de pringues agoniza con los brazos extendidos en cruz, incrédulo pero ya resignado.
El pintor Frank Stella, que nunca accedió a ver significados ocultos en nada, y menos en el arte, dijo esa noche, al ver las imágenes por televisión del atentado de California: “Warhol se salvará; Kennedy morirá. Así es el mundo.” (Dixit la Rose.)
La bala que atravesó de parte a parte el cuerpo de Warhol entró por el costado derecho. Le había perforado un pulmón y afectó gravemente el esófago, la vesícula, el hígado, los intestinos y le destrozó el bazo…
A los dos meses, Warhol pintaba el retrato múltiple de Happy Rockefeller. Y cobró.
Cuatro meses más tarde el artista pensó que ya era hora de ganar dinero de verdad. Aún debía la factura del hospital, que ascendía a  unos 11.000 dólares.
Cinco meses después, cuadros de Warhol que hasta ese momento se vendían por 200 dólares comenzaron a valer 15.000. Y subiendo. La gente se los quitaba de las manos a los marchantes.
En 1969, al cumplirse un año de la agresión, Warhol alquiló una sala en la segunda planta de un edificio de la calle 4 Este. Durante más de dos meses proyectó películas pornográficas homosexuales. Se hacían taquillas por noche de unos 1.500 dólares.
El arte.
¿Actitud social? Acaba de descubrir la escultura. Antes de que se dé cuenta un tumor va a acabar con ella. ¿Y tú hablas de actitud social? ¿Cuál de ellas? Todo se desvanece en el tiempo, se disuelve en una papilla hirviente, maléfica, se hace polvo… Nos queda su recuerdo. ¿El recuerdo? A ella no le queda nada. Su recuerdo sólo nos incumbe a nosotros.
Mayo del 68. De acuerdo. Hablemos sobre ello. Me observa extrañada. ¿Qué diablos tiene que ver eso en el arte? La conciencia, el alimento de lo moral, de la ética. Una buena salud y las ideas claras, amigo, es suficiente con eso cuando un tumor va a reventarte el cerebro. La réplica me deja en silencio, y un aire frío me recorre de pronto el espinazo.
Primavera de Praga. Verano. Unos jóvenes titanes se acercan al sol. Dédalos vivientes con la lengua de fuego pendiendo sobre sus cabezas. Sus hijos, cuarenta años más tarde, tienen idénticos motivos para acabar mano sobre mano con la mirada perdida en el vacío.
Nixon: como más tarde en el 72, victorioso, alza los brazos en el 68 exactamente igual que lo hará en la escalerilla del avión que lo llevará lejos de la cárcel en el 73. 2003: las guerras se crean con mentiras, sólo los muertos son de verdad, y los inocentes muertos todavía son más de verdad.
Warhol nunca quiso meter la política en sus cuadros: “Me basta con la orina de mis amigos.”
“Somos artistas, ¿qué otra cosa podemos hacer?”
“Sacarles la pasta a los ricos. Esa será nuestra revolución.”
Julio, 1969.
Domingo, 20.
El hombre en la luna.
El observatorio es un inmenso ático con vistas al East River.
Acude con ella, como una sombra, con lealtad perruna, dependiente de la caricia de esa mano.
Se han reunido cerca de una veintena de personas. Demasiada gente, y las presentaciones, con la copa en la mano, son realmente absurdas; al cabo de unos pocos segundos él no sólo olvida el nombre de quienes les presenta la anfitriona, sino que incluso sus caras, ya borrosas desde un principio, se desvanecen en el aire cargado de humo de un  vasto salón de dos niveles, con librerías por todas partes, juegos de sofás de cuero teñido de azul, mesas auxiliares, un mini bar en un ángulo con barra forrada de negro y taburetes de piel roja… Olor especial, los ricos especiales: que diría Fitzgerald (Pobre hijoputa, dixit la Parker con la cabeza inclinada sobre la tumba de tierra negra y mojada, pero conmovida el alma).
Ella ha desaparecido. Está solo, no encajable.
-Tú, ¿de dónde has salido? –le pregunta un auto nominado poeta que escribe los poemas a máquina. Se enorgullecía de ello hace escasos minutos, conversando con alguien junto a la mesa de las bandejas y las bebidas. “Máquina eléctrica”, una Corona último modelo, había señalado muy serio. Subrayaba que “el medio es importante”. Parecía jactarse de ello, nada memorable por otra parte. A punto está de contestarle que de la luna, pero el tipo está bebido, el chiste es malo y teme una réplica intempestiva. Busca a Hesse con la mirada.
-Es una gran mujer –dice el poeta, sin esperar contestación a la pregunta inicial “tú, ¿de dónde has salido?”. Tarda en comprender que el tipo ese de mierda no se refiere a Hesse, habla de la acaudalada anfitriona. –Una excelente editora y una gran dama. –Le mira de arriba abajo-: ¿Tienes editor? –No lo necesito, al menos por el momento-, le contesta.
-¡Qué dices! ¡Todo el mundo necesita un editor!
-Soy… una especie de periodista. Escribo crónicas.
-¿Crónicas? ¿De qué tipo? ¿Sociales?
-De la clase que sea. Soy un tipo versátil, nada exigente, me acomodo a cualquier cosa.
-¿Y dónde las publicas? –su tono de voz parece guardar interés ahora. “Mira que si éste escribe para…” Las apariencias engañan.
-Donde me las paguen. (No engañaban en este caso, rostro macilento, mirada pobre, expresión recogida, la ropa comprada en grandes almacenes).
-¡Un freelance! –acierta a decir el poeta, con la voz pastosa, hasta con un poco de asco. Apura de un trago el contenido del vaso corto. Le dirige una última mirada en silencio, reprobatoria y taxativa, se aleja de la mugre de su escritura inútil (pero productiva).
Una mujer escotada, vieja, teñida de rojo, con papada de pavo y un vaso medio lleno de whisky en la mano se está acercando peligrosamente hacia él. Huye en diagonal hacia el ángulo opuesto sin darle tiempo a abrir la boca gallinácea. 
Se respira una euforia mal disimulada, un nerviosismo colectivo ante la perspectiva, esta vez sí, de saber que va a vivirse un hecho histórico, esa especie de acontecimiento que instaura un mojón en la cronología del mundo. Alguien enciende un aparato de televisión. La pantalla se enciende de claros y oscuros. Unas sombras, apenas perceptibles, descienden de lo que parece una araña gigantesca, se mueven, mancillan la noble luna.


jueves, 24 de marzo de 2016

23

Anot. Diario.
1967.: Guerra de los 6 días (anota en su diario).
Minifalda inglesa.
En un gran recorte: fotografía en huecograbado del general tuerto y victorioso.
Y el dios de Israel, el de los buenos judíos, ahoga en el río Jordán a los infieles mientras los desiertos justicieros del Sinaí y del Neguev se tragan otros tantos miles más de sacrílegos desharrapados.
Anot. Diario.
1968, noviembre: exposición en el . “El arte y la máquina” (Oldenburg, César, Tinguely…)
Anot. Diario.
Junio de 1968: atentado Warhol (lunes, 3 de junio). Exposición de Warhol: en la Stable Gallery.
Anot. Diario.
KLEE: aboga por el absurdo como refugio (Beckett, Hesse, Kafka-Metamorfosis)
Anot. Diario. El vacío: las lunas cara a cara.
EIDOS. Espejo.
Tipa guerrera.
Último intento de ser perversa (en su tiempo), y no a costa del arte, julio 196…: ceñida la shirt-T blanca, la insolente minifalda color violeta, las medias de seda de las que precisan liguero, la mirada que devuelve tu deseo…
“Muchas cosas del mundo pueden dañarte, pero no estropear irremediablemente tu vida.”
The Green Train: un Scribner’s Magazine de junio de 1915, con un reportaje de Edith Wharton sobre el frente europeo (La Gran Guerra): 25 centavos entonces; un dólar, ahora.
Cada uno a lo suyo.
La voz, desde el lado derecho, le llega a su cerebro como un haz de luces apaciguadas, cálidas. Sentada en el confortable sillón, tiene los ojos cerrados, y no los quiere abrir. Paga un buen dinero como para ser tan idiota y abrirlos antes de tiempo.
Su psiquiatra no es David Cooper. Pero eso tampoco importa. No se fía de ninguno de los dos. Sabe que todo, absolutamente todo, se solucionará cuando se fíe de ella misma. Con los años, no se convertirá en la mejor terapeuta, pero sí en la mejor paciente de sí misma.
Y a éste, ¿quién o qué le apremia en esas correrías urbanas entre rascacielos y escaparates?
¿Quién anda tras él?
A veces la vejiga: busca desesperado un rest rooms en los vestíbulos de los hoteles, en los centros comerciales, en las plantas bajas de los rascacielos: un furtivo meón con el plano tricolor de la ciudad escondido bajo la manga.
Anda por el Lower, por South Street: “algo pescaré”, se dice sin nada entre las manos, aunque no atreviéndose a mirar a nadie directamente a los ojos.
Entre la niebla, el puente de Brooklyn parece su decorado perfecto. Al menos, eso, las imaginaciones.
Al principio parecía animado.
“Soy pobre, pero aquí estoy.”
Coge un par de rebanadas de Wonder Bread, coloca entre las dos porciones una ancha rodaja de salami y un par de lonchas de queso fundido. Camina algo tenso, como si presintiese la incomodidad de después. Hace algo de aire. Grandes nubes oscuras se desplazan con prisas en el cielo cambiante. Come y anda por Prince, en el SoHo. Parece (se cree) contento. Demora los pasos mientras merodea en torno a la vieja Saint Patrick, atisbando el cementerio de la parte posterior del templo. Pero de repente, al agrisarse en un instante la mañana, un intenso estremecimiento le enerva la espalda. Nota un sabor metálico en la garganta que atribuye a la ranciedad del salami, y hace esfuerzos con la punta de la lengua para desprender fragmentos del queso que se le han quedado pegados en el velo superior del paladar… Arrecian las ráfagas oscuras del aire. Y entonces cae en la cuenta de la soledad miserable en la que se halla sumido, y empieza a darle asco el sándwich pobre y barato que lleva en la mano, y en las ropas gastadas que le cubren, y en el futuro que le espera y del que no sabe nada de nada, y se siente el ser más vil de todos los pobres tipos que observa a su alrededor. Por un momento permanece inmóvil, con la boca llena de los restos pegajosos del emparedado, sin masticar (los grumos de queso se han fundido en su sangre), sin pensar en nada productivo (Nueva York). ¿Dónde diablos estoy?
En el centro mismo de la nada (del espejismo).
Cómprale algo de plata en la 2ª planta de Tiffany.
Interpreta tu película junto a ella, que resucita de las sombras (de las nieblas del parque).
Inventa.
Hay una hora del día en que todo parece surgir de la bruma, ser de humo, ser... nada. Lo que viene después de la muerte.
Yeats, borracho (uno de esos días que cuesta creer lo del mundo…, que cuesta creer…):
“… cuando Marlowe se folla a la librera con gafas una mañana de lluvia…”, farfulla maravillado, recordando la película excelente.
4 de abril de 1968. Las siete de la tarde. Junto a ella. Ha sido una tarde divertida merodeando por la parte sur de Central Park y calles adyacentes (Whitney Museum, Frick Collection). Más al sur todavía, una hora antes…  Un balazo en el cuello acaba con la vida de Martin Luther King cuando en el balcón de la 306 del motel Lorraine, en el centro de Memphis, charlaba con uno de sus colaboradores. Su asesino le disparó desde una distancia de setenta metros con una Remington 30 pertrechada con mira telescópica. En ese momento, Treinta Monedas y La Futura Artista del Dividendo, que entre risas se tienden sobre el césped, cerca del zoo, no lo saben aún. Sobre todo ella, de boca carnosa y húmeda, que es invisible. Por la noche asisten replicadores a los noticiarios de TV. Después de un momento, ella calla, sin apartar la vista de los huevos revueltos, aún en la sartén. Él vuelve a desplegar el periódico que permanecía sobre el regazo. La copa a un lado. ¿Y la pipa? Eres un verdadero intelectual, ante todo las señas de identidad correspondientes.  No hay pipa. Vuelve a leer.
(Nota para J.: “Sí, en efecto; ella preparaba la cena mientras él estaba repantingado en el sillón con el periódico sobre las piernas, como si el sermón de la montaña de todos los días fuese un poco más indecente que ayer: asesinado Luther King, el napalm riega los campos y arrozales de Vietnam, en Praga los tanques circulan como los taxis y hasta se detienen en los semáforos en rojo, dos muertos en Berkeley, un negro linchado en Virginia, París levanta los viejos adoquines de los aburguesados y amplios bulevares coronados por simpáticas mansardas, París, que alerta de nuevo las dormidas conciencias (sigue pescando todos los titulares que quieras, dos docenas, cuatro, un millar….”)
En 1968 la idea es un combustible.
Incendiemos la ciudad, dice el hombre alto e invisible de la droga (W.B.), y no se mueve un centímetro: a la espera del botín, aguardando la presa, reptil frío, sin duda cruel, mientras disfruta de los placeres químicos que le proporciona el dinero que le envía su adinerada familia. Se evade, pues tiene una conciencia expansiva. “Mi objetivo principal es el universo, amigo. Las naderías de la época, de la tierra, me importan muy poco.” Aspira una profunda bocanada de humo del opio en la pipa. Le mira con la máquina de escribir de juguete en una mano y una pistola calibre 9 milímetros de verdad en la otra. “Eres un pobre diablo que no sabe nada de nada”, le dice. Él le cree, es muy capaz de dispararle un tiro certero a la cabeza, y sin jugar esta vez a lo Guillermo Tell: “Aunque no sé, me da un asco irreprimible el olor a medicamentos que desprende su cuerpo, a gasas desechables manchadas de fluidos y apósitos enmierdados, su aliento pestilente a farmacias prohibidas atesoradas quién sabe en qué tugurio fantasmal.”
 Al oeste del Bowery: arroz congee con rana. Es cuestión de no apesadumbrarse, me dije.
(Continúo haciendo listas… interminables listas de todo.)
Accretion es la nueva escultura en la que trabajo. Mi idea había nacido del serialismo, pero con un fuerte deseo de contradecir esa frialdad del orden que emana de lo seriado. Y supe cómo debía hacerlo.”
Haber llegado hasta, hasta tan lejos, y ahora, esto…
Hasta…
A pesar de todo (¿a pesar de qué?), admira a Johnson (como admiró al pequeño Truman El Bombardero, al bueno del general Dwight David Einsenhower al que le colgaban monigotes de papel en la espalda, al inescrutable y sátiro John Kennedy), su figura tejana y gallarda de político honesto con los bolsillos “llenos”. Su padre, ahora recién enterrado, lo repetía obstinado: “Es un buen hombre”. The Good Father. Luego, Dick, the liar.
Toneladas de bombas caen sobre arrozales y poblados de cañas y barro mientras las faldas se acortan cada vez más en esta Era Falsa de los dos sexos.
Colores psicodélicos: estimulan creatividades, complicidades.
Y TODO POR EL GRAN COÑO ESCONDIDO: ahora, sí; ahora, no: enseñar, mostrar, provocar, veo, veo, ¿qué ves?
Ella misma: recoge dobladillos. Bonitas piernas.
Nixon: un hombre noble, lleva la verdad en los ojos. Dios está con él.
Nosotros Confiamos en Dios.
Lincoln: 5 pavos; Jefferson: 50 pavos: Franklin: 100 pavos.
Hoy, Nuestro Presidente, Dick the Liar, a las puertas de América, con la sola ayuda de Dios y un colt 45 impide a Vietnam y sus hordas armadas hasta los dientes llegar a la isla de Ellis, avanzar hacia las costas de Manhattan, asaltar Brooklyn, apoderarse de Wall Street, conquistar la Quinta Avenida, acampar en Central Park, allanar nuestras propiedades, violar a nuestras mujeres, raptar nuestros niños, asesinar a nuestros ancianos venerables…
God save America y a Israel.
En el valle de Elah las cosas ya no son como eran, y la realidad ha terminado por imponerse: ahora Alí es David, que con una piedra o sin ella en la mano o en la honda cae al suelo con una bala en la cabeza disparada por el fusil semiautomático de Goliat, gigante en las filas de los buenos, el pueblo elegido. 
Las fronteras se trazan con sangre: mapa: la piel  de los muertos. 
O: mete ratas envenenadas con arsénico (tóxico barato) en las vaginas de las mujeres de los otros…
¡Que no procreen enemigos!
Por entonces no había un solo apartamento  (el 451 de la 119 W., el 87 E. de la Segunda Avenida, el 45 de Bedfor Street) que no tuviera las cuatro paredes llenas de carteles: un tic cultural, una estridencia juvenil que pendulaba ingenuamente entre Che Guevara, Mao-Tse-Tung o alusiones a una psicodelia pronto periclitada por su misma desmesura estética. Aquel mundo de colorines nos queda hoy muy lejano. Rechinaba por aparatoso. Peor todavía: es fácil pensar que fue un caleidoscopio plástico y meramente formal capaz de atenuar otros comportamientos que pudieran haber devenido mucho más agresivos, hasta peligrosos, revolucionarios. Esa fue toda su maldad y todas las flores y babas de una estética sin discurso.
La circunstancia vital e intelectual de Hesse orilla sin cortapisas devaneos mareadores: está el arte. Que todo lo puede. ¡Ja!
En cualquier caso, resiste las tentaciones del demonio en los cuarenta días de su retiro hasta que le retuerce el pescuezo a la fibra de vidrio.
O.W.: el arte no sirve para nada.
En otras palabras, ¨el arte por el arte”.
Mientras tanto, hojea las críticas teatrales del New York Times.
En efecto, 1968: la idea es un combustible.