jueves, 20 de agosto de 2015

17

Una tarde fría de enero se acerca con ella a la calle 57. Entran en la galería. Él había rehusado acudir el día de la maldita inauguración, demasiada gente y demasiado desconocida para él. Inmediatamente le sale al paso Accession III. Mira a uno y otro lado en el silencio, en el desierto de la galería, le absorbe el aire industrial de las piezas, unas obras que remiten en su morfología a una plástica deliberadamente desconcertante: hay humor, no hay normas, hay analogías impensadas, hay un serialismo provocador e imaginativo, son los materiales los que dictan los conceptos. La ve alejarse de él. Como una niña traviesa, desordena los elementos de una de las obras, provoca otro caos visual, y luego mira en torno a sí asegurándose que nadie la ha descubierto. Pero están solos Hesse y él. 
Ha adivinado que la ha visto perpetrar la modificación. Se ríe.
Él da vueltas alrededor de Repetition Nineteen III
“Existen fotos del anterior estado de la obra…”, le advierte.
“¿Y qué? La fotografía miente.”
Cuarenta años más tarde, 2009. En el Museo de Arte Moderno de Nueva York. El Hombre Nostálgico se aleja de una pequeña turba de colegiales adolescentes, todos con chaquetas azules donde brilla el dorado bordado del escudo colegial: ellos con pantalones de color gris oscuro; ellas con las falditas plisadas y cortas como en los mejores años de la década de los sesenta. Vuelve a contemplar la obra. Le invade una pena inmensa por todo lo que ha terminado siendo después de tanto tiempo. Atenazado de desesperanza repasa en su mente aquella biografía de júbilo y estupor que fue la chica a la que le gustaban los colores.
“Estás en el...”
Muy pálida, de una piel como pátina prerrafaelista, asiente con la cabeza, se encoge de hombros.
¿Y qué?
Todo lo de este universo no le interesa para nada. Está en U37.
Saltando de galaxia en galaxia, huyendo del tumor.
A spring happening, marzo de 1961.
Sin público, no happening.
Más allá del propio espectáculo que para el artista es él mismo (todo artista, excéntrico y chillón o tímido y silencioso, es un ególatra redomado), la proyección pública de sus ocurrencias exige un destinatario que si no refrende la obra permita al menos quedar subyugado o provocado por aquélla. Fustigar, cuando la técnica ha dejado de ser el auténtico soporte de la obra, cuando el oficio queda arrumbado y relegada en manos de las huestes de aficionados y aplicados artesanos, es el auténtico soporte teórico de unas propuestas que excluyen el discurso racional de lo plástico. Comprometer al espectador será la norma de un arte que indaga en lo transitivo.
Antes de la llegada de El Testigo a USA.
Reuben Gallery.
Un happening. Mediados los sesenta.
Allan Kaprow convoca la turbación. Hesse y T. D., en compañía de dos docenas más de personas, son encerrados en una estructura en forma de vagón de ganado. A través de unas pequeñísimas aberturas intentan averiguar que sucede fuera del recinto. Comienza la fiesta del happening, del último arte.
Un escalofrío recorre la espina dorsal de Hesse: estás en el tren de los niños camino del gas de Auschwitz, pronto será noche cerrada. Al llegar al campo te haces invisible, como cuando jugabas al escondite. Pasa el tiempo. Los kapos te sonríen, te levantan la falda de los 9 años, pues milagrosamente has sobrevivido durante cuatro días sin beber, metida en ese agujero apestoso de donde huirían hasta las ratas, y ahora sales al exterior del vagón, calibran los muslos azulados por el frío, acarician tus mejillas de niña condenada a ser pasto del Zyklon B. Por un momento se siente presa del pánico. Ha de salir de allí como sea, librarse de esa diablura terrorífica. El sudor comienza a humedecer su cuerpo debajo del vestido, alrededor de sí nota un vacío que parece absorberla. La oscuridad terrible se adueña de sus ojos. Ya le parece oler a cianuro. La cabeza va a estallarle. Está a punto de gritar con toda la fuerza de sus pulmones. De pronto, se produce un ruido ensordecedor. Las paredes de madera se derrumban: están libres. Un hombre de expresión torva, subido a una excavadora grita y gesticula, les conmina a desaparecer de allí a grandes voces: “¡Salid a la calle, bastardos!”.
Fin del happening.
Algunos aplauden.
Otros se ríen.
Cuantas veces quieras, ve a su universo. Allí te espera, y le cuentas el futuro que en esta vida le estuvo negado. Por ejemplo: los muertos de después. Todos ellos, y alguna circunstancia. Warhol no murió; simplemente, desapareció. De un día para otro. 48 horas después de su fallecimiento, algún incrédulo todavía lo buscaba por los cuartos roperos del hospital donde ingresó días antes tan campante, en plena forma, para una simple intervención quirúrgica, entrando por su propio pie. “Ha muerto”, certificó el doctor, la voz metálica, técnicamente impasible: tus errores, doctor Muerte, son fatales, irreversibles.
Publicaron sus diarios póstumamente: la fuente oral. Vaya usted a saber.
Estos no mueren con sordina. De Stäel, Van Gogh…
Rothko (pero esto tú ya lo sabías) se suicidó. De esto hablaremos más tarde. Anticipo: 70 millones de dólares un cuadro: tráfico de hombres, de armas, drogas, de almas.
Todo se debe al caos. Desde un principio.
(La otra paz: te llevan de la manita al Revier de Mauthausen. “Túmbate, pequeña”. Y le administran una inyección de benceno directa en el corazón mientras el dedo perverso se introduce en su vagina reseca y estrecha: bonito orgasmo, galeno.)
Mira hacia Hesse.
Como otras tantas veces.
Esta primavera lluviosa y fragante le descorazona. Ella observa la lluvia. De un cielo a veces azul, otras violeta, y otras rosa, y otras oscuro, cae una ligera llovizna sobre las calles de una Nueva York antigua, olorosa de mar y vida, de piedra y de tierra. La ventana está abierta: Hesse extiende los brazos desnudos, y deja que las gotas de lluvia se ciernan sobre la piel suave, viva… El agua del cielo.
La mujer se gira con lentitud, descubre que él la está mirando fijamente (pero no que la mira con infinita tristeza, más muerto e inútil que lo estará ella nunca). Hay súplica en los ojos de ella, hay temor, una implorante petición de ayuda:
-Sálvame –susurra mientras unas gruesas lágrimas se deslizan por las mejillas descarnadas.
Jennie bajo su cuerpo. Gime. Es bella y delgada, de ojos hermosísimos, verdes y atlánticos, se entrelaza a él con fuerza, se funde en su piel con el calor de la noche de julio, la ventana abierta, los ruidos incansables de la urbe y sus sombras rojas, las fantasías de una Nueva York que nunca despierta del día, se estremece ese cuerpo de algas, marino y navegante bajo el suyo…
Él sueña con la judía.
Ella lleva un concepto en la cabeza. Ella no lleva bajo el brazo The Bird, The Other o Good Times. La revolución es una buena salud, no dejarte engañar por los poetas, matarte trabajando duro por no dejar de pagar una sola maldita factura y tener las ideas claras.
1961. Qué años.
Un tipo decente.
(De La América Decente.)
Se llama Dick Foster. Un americano medio que nació en una ciudad mediana del Medio Oeste, y allí sigue.
Básicamente tranquilo, acaba de casarse a los treinta años con la hermana pequeña de uno de sus mejores amigos que, por desgracia, volvió de Corea tieso como el tronco de un árbol y envuelto en una bandera. Foster se libró de la guerra debido a la cojera de su pierna izquierda, aunque apenas es perceptible para un observador no avisado. Dick (Foster) sonríe con facilidad, es un afable conversador y le cuesta muy poco hacer amigos. Tiene un empleo seguro de dependiente-encargado en la sección de electrodomésticos de un centro comercial de las afueras, un Buick de segunda mano que le vendió su padre y una laboriosa colección de sellos usados que acapara desde la infancia. Dick no es muy propenso a gastar su dinero en libros, pero aún conserva con ternura alguno de los textos de cuando estudiaba secundaria, y en un minúsculo estante a la izquierda del aparato de televisión, alineados entre una pequeña reproducción dorada de resina de Miss Liberty y un busto de plástico amarillo de Benjamin Franklin que actúan como sujetalibros, se yerguen el álbum de los sellos, tres gruesos libros, La Santa Biblia, El Gran Libro del Ama de Casa Americana y Tratado de Urbanidad y Buenas Maneras, así como media docena de volúmenes de novelas condensadas del Reader’s Digest que Ellen se trajo del hogar paterno. Sobre la mesa baja delante del sofá de pana descansan varios ejemplares de Christian Science Monitor que el padre de su mujer, veterano de la Primera Guerra Mundial (se alistó a los 18 años), acostumbra a regalarles cuando va de visita. El matrimonio vive en una casa de madera pintada de blanco y verde con una pequeña parcela de césped en la parte delantera. Esperan su primer hijo para dentro de unos meses, al comienzo del verano. Dick ve la TV. hasta hartarse, hace barbacoas los sábados cuando sale del trabajo, y los domingos, después de comer y dar una pequeña cabezadita frente el televisor, cuando no pasa la tarde contemplando extasiado su colección de viejos sellos, él y su esposa Ellen acuden a uno de los cines locales a ver alguna película comercial, preferentemente una comedia o un musical, que son los géneros que más les gustan. De regreso a casa suelen detenerse en un Burger donde un poco culpables intercambian sonrisas cómplices mientras dan buena cuenta de un par de hamburguesas dobles y beben grandes batidos de fresa y vainilla con especial delectación. Los Foster son una familia modelo de clase media-baja que paga puntualmente los plazos de la hipoteca y aún les sobra a fin de mes unos dólares que guardan en un bote vacío de sopa de tomate Campbell en la cocina, oculto detrás de los grandes paquetes de Kellogg’s Corn Flakes, pues ambos siguen prefiriendo los lejanos desayunos infantiles “cuando la cocina de mamá”. Tanto Dick como Ellen creen en Dios y, sobre todo, en el poderoso ejército americano que les defiende a ellos y a sus compatriotas y protege los intereses de Estados Unidos en cualquier lugar del mundo, y odian con toda su alma a los malditos comunistas capaces de perpetrar una maldita hecatombe nuclear. Todas las noches, antes de meterse en la cama luego de haber musitado sus rezos, ambos les desean la más horrible de las muertes a “esos malditos asiáticos”.
La madre de Ellen:
-Ellen era una gran lectora cuando estaba en casa. Llegó a reunir un buen montón de libros muy bien encuadernados. Que Dios me perdone, pero yo juraría que los leyó todos. Será una perfecta ama de casa y una maravillosa madre americana también.
El padre de Dick:
-¡Qué muchacho! ¡Un optimista recalcitrante! Cuando acabó secundaria se matriculó en la Escuela Mercantil, pero dejó de ir a clase al cabo de unos meses. Sus razones tendría. En seguida empezó un curso de contabilidad por correspondencia… que dejó a medias. Luego se metió en un par de negocios que no salieron del todo bien… Nunca se arredró. Y ahora ahí lo tienen, de encargado en Grand’s en el departamento de zapatería. ¡Siempre saldrá adelante! ¡Un optimista! Sí señor, ése es mi hijo, un tipo excelente. Por cierto, este mes termina de pagarme el Buick que le vendí. ¡Sabía que lo conseguiría!
La madre de Dick:
Dick ha sido un buen hijo. No demasiado buen estudiante, pero bueno y cariñoso. Sin dobleces. Sólo nos dio una gran disgusto cuando, a los cinco años, le propinó una patada en la cabeza a un perro y se fracturó la pierna por tres sitios. Una mala suerte para un chico tan complaciente y afectuoso.
El padre de Ellen:
No soy un entrometido. Allá cada cual con sus decisiones. Ellen siempre ha sido una chica cabal y de firmes creencias, las que su madre y yo supimos inculcarle desde que era pequeña. No me gustó que acabara casándose con ese zurdo de Dick Foster, un tipo nada especial, conformista y algo melifluo, y además cojo… Ni siquiera ha ido a la guerra, como mi querido y añorado Tom. Espero que sean felices Ellen y él. La vida es una larga y dura batalla que conviene que afrontes con un buen compañero de armas.
¿Qué opinas de Vietnam?
Con rapidez, contrarresta: “He de conseguir más tubos de ese material, lacas, las resinas, el acero. Era lo que buscaba desde hace semanas. La suerte empieza a estar de mi parte.”
Vietnam:
“Soy un hombre comprometido con mi tiempo.”
“Y yo soy una mujer comprometida con mi obra.”

viernes, 31 de julio de 2015

16

Retrocede en el tiempo. Le lleva Hesse de la mano. Otoño de 1954. ¡Qué bella es! ¡Qué afortunado soy al tenerla a mi lado! Desde el futuro le había amado tanto, toda la mitología y la concupiscencia de mil años atrás. (Deberías tener en cuenta esto: la ninfa acaba de cumplir 18 años y ya necesita apelar a terapias psiquiátricas: el germen del tumor.) De su mano prisionero. Fuera de las clases en la Cooper Union, cogen uno de los dos Elevated Highway, el que parte del Bowery siguiendo el East River sin perder de vista la Tercera Avenida. Contempla de su mano parte de la ciudad de sur a norte con todas las ventanas abiertas, encendidas y habitadas, más abajo, a la altura de un primer piso, una ciudad doméstica y medible, hasta pueden olerse los guisos, los cuerpos en el verano, las desnudeces, la urbe directa y casi obscena, una imagen rauda y universal asociada al ruido del empotramiento de hierros y maderas bajo las ruedas del anacrónico ferrocarril. La memoria: recordar estas visiones neoyorquinas gestadas por toda una imaginería que ya fue visible, creada en una parte peregrina y frívola del cerebro.
1969: dieciocho años amontonados sobre 1951.
Observa el campo visual, orden, desorden, la periferia, y en todas partes seres y vehículos en movimiento…
Si no hubiera caos, no habría creación. Y mucho menos genialidad.
Innumerables compañeros, cada uno con su teoría, su forma de hacer, desaparecen, se dispersan, pocos de ellos triunfarán, y uno o dos, se convertirán en activos financieros. Los otros, los desconocidos pasan a tu lado por la calle anónimos y ajenos. ¿Son artistas? ¿O sólo fueron artistas? ¿Quiénes eran?
Tras el cegador  escaparate de una tienda de muebles usados de Mark’s Place descubre una mecedora española. Por la tarde, aguarda con impaciencia que Hesse llegue al apartamento. Le participa su entusiasmo. A ella también le encanta, y se ríe de su excitación. A la mañana siguiente acuden a la tienda. Entran y él pregunta el precio al dependiente, un hombre moreno con el pelo negro peinado con raya a la izquierda, delgado y bajo, de expresión anodina, con el traje gastado y el cuello de la camisa algo sucio. Pocos minutos después salen a la calle en silencio. Él se siente abochornado. Es carísima. Pero ella sigue sonriendo.
“En cuanto reúna algo de dinero vengo de nuevo, la compro y se la regalo”, se dice a sí mismo con las manos en los bolsillos vacíos del pantalón (arrugado).
Después de varios meses, se olvidó de la mecedora. Ella enfermó. Entonces, de improviso, recordó de nuevo la silla, y se imaginaba a ella sentada por la mañana, con el tazón de café aguado en las manos, meciéndose suavemente y mirando hacia el pasado, libros por todos lados, cuadros, un jarrón con flores amarillas, azules, blancas… Todo lo que ella odiaba en el fondo. Todo lo asqueroso de un recogimiento falso.
Vendió su alma (¡otra vez!) y compró la mecedora.
¿Dónde está ahora él?
Ha desaparecido.
Lejos de los cuerpos enfermos.
Encogido y acobardado en alguno de los hoteles de la calle 50. Ni siquiera le exigen el pasaporte de entrada. Es El Hombre Invisible, El Treinta Monedas: bebe lo que escupe.
Bebe (disimula que bebe) zumo de tomate (todo el alcohol que puede).
-¿Una coca-cola?
-Brrrrrr!!!
Le tenía a ese brebaje carbónico más miedo que el pobre de Mink.
Hablemos de Samuel Beckett.
En 1973: él la resucita.
En un sótano de Queens del que ella se vale de cuando en cuando (así lo imagina él), almacén de las obras descompuestas y echadas a perder de H. y A., leemos Final de partida. “Haz una obra que pueda titularse Hamm.” Ya viejo, bien entrado el siglo XXI, tan irreal para ella a pesar de sus universos paralelos de eterno acomodo, él también ha devenido un auténtico hamm, hasta colérico, huraño, eterno, aunque solitario y mudo.
Cuanto más pobre es, más se refugia en el cuerpo desnudo: el cuerpo es la celda pero también el castillo, el que recibe el cálido sol de la tarde, el que nada ambiciona en su desnudez: es una fortaleza si te lo propones: cierra la boca, junta los párpados…
Respecto a mí. Soy Clov. ¿Dónde nos metemos?
¿Qué tal en un cuadro?
No es demasiado original. Estoy segura de que otros lo habrán imaginado igualmente.
Lo que importa es lo que hagamos nosotros. Estamos en cuadro.
De acuerdo. ¿Qué cuadro?
Me parece que uno de Pollock.
¿Por qué no Albers, o Picasso?       
¿Qué me dices de Balthus?
Mejor Klee: somo un par de niños sabios a lo Nabokov.
Entonces nos quedamos en los contenedores de basura: el mundo se ha venido abajo, las aguas todo lo cubren, los cielos se han teñido de negro en pleno mediodía, ha cesado la voz, las miradas han muerto…
Pollock: enérgico anda alrededor de un lienzo en el suelo:
-¿Sabes? Viendo los cuadros y comprobando donde soltaba los chorros de pintura es posible dibujar la excursión en torno a los lienzos tirados sobre el suelo, sus idas y venidas por el espacio del sucio garaje de Springs: las sendas metafísicas que trazaba con sus pies, la resaca de la borrachera, la intuición plástica, el tropezón del torpe, la sorpresa estética o… el chafarrinón.
El viaje a Ámsterdam: el tren de los niños a Treblinka, a Bergen-Belse, Auschwitz… (ay, no el Tren de la Bruja y la escoba de los domingos soleados en la Feria de las Navidades, en la alameda inocente, al otro lado del río).
En todas las épocas todos los niños creen que el mundo le reserva algo bueno y hermoso… Sin embargo éstos del 43, camino del gas de cianuro, ya ven el infierno que se esconde tras la negrura de la noche, no les engañan, y les domina el terror mientras se mean encima cogidos de la mano sin dejar de andar, sin dejar de andar…
Despierta, de nuevo empapada en sudor.
 Fugitiva ella (del infierno). Pero recuerda que sólo unas décadas atrás has atravesado Ellis Island. Siempre, alguien, franquea el paso a alguien en esta vida de cancerberos: dinero, mano de obra, ganado.
Enclave judeo-alemán en Washington Heights. Esta chica lista ni siquiera se pelea con las compañeras del Pratt Institute. Va a lo suyo, con los libros bien sujetos contra el pecho y la mirada decidida adelante, sin fijarse en los sementales de granos y tupé. No es rica, funciona con becas, llega hasta el falso gótico de Yale. Donde llegaría si no…
Ella, a lo suyo.
1949: Bert, the Turtle, enseña a los niños aplicados de América a protegerse contra las bombas atómicas: refúgiate dentro de tu plumier.
(Hesse: entre los lápices de colores.)
Josef Albers. Yale.
Suenan en sus oídos como el oro brillante las 54 campanas del carillón de la torre del Harkness Hall
Escuela de Artes Visuales. El color. Y el viejo alemán discursea sobre razones cromáticas. Los tiene como conejillos de indias, el teórico. Escribe libros. “Compradlos”, dice. “Aprended de ahí”. No se aprende a pintar en los libros. De ahí tanto fracasado en el siglo XX, cuando la teoría era la sangre negra que circulaba por las venas.
Albers, que espera agazapado tras unas páginas: al acecho de las almas cándidas.
Quiere vestirse. Diseña. Crea un mundo un poco mejor hecho. Vamos a decirlo de ese modo.
He aquí un traje de papel. De lejos parece de seda, unas gasas de colores pastel…
Se ha creado un personaje. Era lo que faltaba. Su yo. Podrá activarlo, manipularlo, maquillarlo, disfrazarlo… o dejarlo desnudo. Yo, la otra.
Oye, espejo…
Recién salida de la adolescencia: terapias psiquiátricas. ¿Cómo no iba a querer ser Catherine?
Todo parece una lucha.
Pero… es una breve guerra.
Todo sucede tan aprisa, y todo es terminante, sin que pueda constituir el revés de las cosas.
Madre, no soy culpable en absoluto de todo lo malo que ha ocurrido en mi vida. Ni un solo gesto, ni una sola mirada o pensamiento míos, ni una sola acción, han podido ser causantes de mi desgracia. He amado con pasión la vida, he amado de ella todo, hasta lo más pequeño y de escaso precio. No he merecido este final que no entiendo y al que me he resistido hasta el último aliento.

martes, 14 de julio de 2015

15

Más ha de durar una piedra que tú.
¿Acaso no simulan formas humanas? Ella no lo sabe todavía. ¡Pero si acaba de empezar…! Más tarde, será arbitraria. La gran maga jugará con el espectador: esas formas blandas, las cuerdas colgando, los tubos huecos como arterias (limpias).
Materiales sintéticos, pero evita sin cortapisas aquéllos que evocan asociaciones, traducciones plásticas, ilusiones de tres al cuarto.
En el cuaderno de notas, la mayor advertencia: ¡nada de dramas sofocleos!
En esta ciudad las cosas simplemente suceden (1968).
Y mientras tanto la huelga de los basureros continúa. Imposible resistir un par de horas en el Downtown: tu sangre cambia de color (a marrón) y huele a mierda.
Ha construido el mundo. Una parte de Nueva York, digamos. Al igual que el niño compone las figuras geométricas de colores chillones, ella ha ordenado edificios y calles, ventanas y puertas, cristales y metales, aceras y calzadas: una ciudad muerta. Entonces a manotazos desordena el conjunto, las diferentes piezas vuelan aquí y allá en un espacio acotado previamente. Un amontonamiento más real por ser menos imitativo. He ahí la obra más bella que aquella geometría obediente y analógica de la representación, una semejanza falsa se ha ido al traste. La artista, aburrida de las visiones formales cotidianas, ha creado una composición nueva y no del todo inefable a los ojos, pues la mínima ciudad que había creado mediante trozos de madera, la componenda denotativa que simulaba los perfiles del mundo, sigue ahí,  está ahí. Sólo ha variado su configuración, la matemática de una sintaxis que ordena su lectura no tanto en lo comprensible de su forma cuanto por negar lo habitual de su forma.
Mas esta diosa de una creación que degrada a sabiendas lo vigente en el arte se entiende bien con lo provisional: mañana nada será igual al tiempo y a las cosas de hoy: un átomo más, un número menos, una variación constante que eleva o acorta, se hace presente o condena a la desaparición visible.
¿Cómo paralizar en el tiempo los objetos y su dictado? En el desorden que tú les imprimes, gobernados por los símbolos o no-símbolos que nacen de de una furia silenciosa y hasta serena. El absurdo es la escritura de su estética; el sentido, el galimatías de su dibujo; el axioma y su ley, la verdad de los materiales y su alejamiento de lo ilusorio: nada engaña su apariencia y nada simula ser plásticamente. Cualquier montón de basura es más real que una obra de Veermer o Leonardo que, aun siendo materia real, nada más que proclaman una ilusión y el tacto claudica ante el lienzo, el pigmento, la textura, la madera del bastidor que los acoge: nada hay detrás: es una pantalla.
Ella no habla de arte. Habla de la verdad de lo que muestra, de lo que es. Su arte es eminentemente físico. Misterioso, por tanto, paradójico.
“Hay otro orden”, me dice.
E infravalora la forma, la rebaja a lo ininteligible que, empero, es muy fácil reconocer: sólo con verla cabe el enunciado o, al menos, el referente descifrable.
En el fondo, se trata de un atentado a la tentación de andar por un paisaje imposible, amar un desnudo de piedra, saludar un busto de bronce, buenos días, señor romano, hola doncella griega.
“El camino que he elegido es el desorden de las convenciones plásticas. Nada de esto contradice la instauración de unos nuevos significados semánticos que de lo epigráfico alleguen a lo legible.”
“Yo me muevo en el espacio de los efectos. Las causas son posteriores. ¿Qué importa qué determine a qué?”
La artista lo ha troceado, triturado, molido: ese polvo de tierra esparcido en el suelo pulido y fuertemente iluminado de la galería de la calle 57 fue piedra. Pero antes que piedra fue polvo de tierra. Y ahora puedes imaginar ese pequeño montón recomponiendo sus partículas más ínfimas hasta consolidarse de nuevo en piedra, en la piedra que era. Sólo sería el camino inverso hasta alcanzar la causa. Mas la danza desordenada de sus átomos, la loca zarabanda impide que de nuevo conformen la piedra inicial: ese desorden aparente, plástico, atraviesa puertas más oscuras de las concebibles.
Una obra que nos transmite la idea de un efecto que busca las causas profundas o triviales de sus apariencias mediante una taumaturgia de lo artístico que hurga en el más puro misticismo, hasta en el desvarío teológico.
“Lo suyo”, dijo el hermeneuta amarillo y verde, de ojos muertos, “sólo es un procedimiento de cálculo, un proceso mental e incluso emocional que le auxilia para hallar las correspondencias plásticas de su temor e imperfecciones.”
Aún en la prehistoria, en el SoHo, en el 420 de West Broadway: Hesse husmea. “Todos somos hijos de Duchamp.”
Al menos.
Recorría Johns, Rauschenberg, Stella: cómo le hubiera gustado extraer los objetos y pinturas de los cuadros, deshacer sus imágenes dividirlas, trocearlas, volver a montarlas por el suelo de forma tridimensional: hacerlas reales, inidentificables.
Contemplas la obra siniestra en el siniestro Bowery del 68:
no sugiere ninguna situación de empatía, evita por todos los medios que algo así suceda, impide sobre todo que por encima de la obra y su estilo sobrevuele un mensaje preparado, “el alimento precocinado, la bebida caliente o fría del dispensador de lo estándar americano”.
(Elija el producto, introduzca la moneda en la ranura…)
Se había hecho con la tajante advertencia de Benjamin: Ningún poema va dirigido al lector; ningún cuadro a su espectador; ninguna sinfonía al oyente.
1968:
Otra exposición en el almacén de la Castelli (el tipo que vende hasta latas de cerveza como auténtico arte) Gallery (qué prestigiosa), en la calle 108. [Anota en su diario jovial.]
Mi arte (¡qué enfática!, escribe en su diario): ¿no será todo él una digresión, huyendo más y más de lo nuclear, la esencia de… algo que no acabo de explicarme?
En efecto, uno puede llevar a cabo grandes obras, incluso memorables a lo largo de los tiempos, pero su verdadero magnum opus es uno mismo, pues es tu trabajo, una acción necesaria para el perfeccionamiento, el que en realidad te cambia y te transforma en algo visible.
-De nuevo te provees de señuelos alquímicos… -diría S.L. sin contemplaciones a uno de “los chicos del Bowery”.
No me gusta mi imagen en el espejo: es lo que los demás ven en mí, y eso es absolutamente nada. Hay mucho más de mí en mi obra que en la imagen que proyecto.
La realidad, el alma, la materia… Busca los ejemplos extremos: el tipo no tiene brazos ni piernas, es ciego, está completamente sordo, la explosión le reventó la lengua y le quebró la columna… Se halla en una absoluta quietud, oscuridad y silencio, pero vive, es… ¿alma sola? ¿O también esa sensación de estar ha de apagarse, liquidarse en la nada absoluta?
Baja en la 96. Ya en el exterior de esa mañana gris, extrañamente silenciosa, de cielos bajos y hostiles, recorre las tres manzanas hasta la 92: en casa: Jewish Museum: a salvo, respira profundamente.
Frente al nuevo psiquiatra. La estancia es algo desasosegante. Paredes blancas, una mínima estantería, el sillón tubular de cuero blanco y negro, frías litografías enmarcadas en listones amarillos en las paredes, una cortina gris parcialmente descorrida deja ver el ventanal que mira a Hudson Square. El tipo es delgado y canoso y carraspea constantemente. Cierra mucho los ojos y asiente a menudo con la cabeza. Todo el decorado, incluido el mismo, incita a la desnudez bajo una luz blanca y criminal.
Es un ascetismo provocador, deliberado.
Luego de siete sesiones:
el cliente siempre tiene razón:
efectivamente, está usted loca.
“Deje de crear monstruos. Ha de emplear el lenguaje de los vivos”, dictamina el oyente, de perfil a ella, sin mirarle ni un instante a los ojos. Ojo con el transfer.
Han hablado de la conciencia, del pensamiento.
Podrían hablar durante horas… para nada.
Si el pensamiento, etéreo, intocable, intangible, invisible, forma parte del cuerpo es que es ni más ni menos que producto de un proceso físico y químico, una engañifa como el aire que encierran los globos de colores.
¿Dónde se aloja?, pregunta ella. ¿Dónde se aloja la idea?
El psiquiatra se calla.
¿Y el alma?, pregunta la paciente.
¡Qué pregunta!, piensa el tipo
¿Qué me dices del alma, curandero de lo invisible, silencioso charlatán?, se dice la artista confusa.
Vaya usted a saber.
Escondida por algún rincón.
¿Ha mirado debajo de la cama?
Ningún cirujano, por fisgón y meticuloso que fuere, vio jamás el pensamiento, la conciencia o el alma habitando en los entresijos de las vísceras, agazapados en algún habitáculo entre la carne, los músculos, los huesos… navegando microscópica en los mares de la sangre, ¿entre los sesos…? ¡El alma son los sesos!
Pensamiento y alma: en todo caso, se hallan en un mal escondite, pues la muerte siempre los encuentra y se los lleva consigo (¿al cementerio de los pensamientos, al cementerio de las conciencias, al cementerio de las almas?).
Y cuidado con los psiquiatras: se casan con suicidas.
Más interés intelectual que visual… pero es esto último lo que refrenda de veras la obra. Lo intelectual es el precio a pagar (por unos y por otros).
Hay un abismo entre su alma y el cuerpo que la contiene. ¿Cómo salvarlo? Si ello fuera posible, la mente estaría a salvo.
Propósitos narrativos…:
“Erase una vez.”
Una metáfora muerta.
Creo en Dios, dijo (sin saber todavía).
Años después: “Creo en Dios” (en Yahvé, exactamente), ratificó. 1969. “Me rodeaban hombre jóvenes y sabios, desharrapados quizá, pero algo me impedía taparme los oídos:
“La suerte que tienen los católicos (y él lo era) y los judíos (conté en el grupo hasta cuatro), y ellos lo saben, es que el Dios en cuyo nombre cometen sus crímenes y fechorías es el Dios sanguinario y terrible de la Biblia; es decir, o no existe o es igual que ellos.”
Sucumbió a la rareza. Desde muy temprano.
Esa era la tarea: ponle nombre.
A rodar.
Nueva York: cuentos de iglesias sin dios: ciudad de tabernas. Todo empezó con un vaso corto encima del mostrador de cinc y bajo un cielo de estaño.
No hace falta que te tomes demasiado en serio: sólo tienes que mirarlos a tu alrededor: ríete de ti y ríete de ellos.
Y ya mucho antes de caer enferma (así solía ella definir su cáncer, he caído enferma…): “En esta vida, y prefiero creer que en todas, todo es intercambiable. Lo que ganas en una ocasión, lo devuelves en otra; lo que pierdes, lo recuperas en cualquier otro momento. Estás justo clavada en el fiel de la balanza, de un lado para otro, y al final sin haber perdido o ganado nada. La naturaleza que te vomitó te absorbe de nuevo al seno de la tierra.”: Bonito paseo sobre su tumultuosa corteza.
En la muerte no hay nada (como en el tiempo).
De la vida: el aire que respiras.
De la vida: los ojos llenos.
De la vida: las manos apoderándose de todo.
El azar aceptado: siguió al hombre de la flauta hasta que sucumbió en las aguas del río, y el dulce sonar fue alejándose más y más por la ribera, más y más mientras ella se posaba suavemente en el fondo de las aguas.
(Leyendas alemanas de la infancia.)
Arte asimétrico en oposición a una lectura ordenada, milimetrada…
Bebido más de la cuenta a causa de las malas compañías que frecuenta (también yo soy las malas compañías para los otros que me frecuentan), piensa que las escaleras de incendios de hierro colado no son exactamente un medio de escapar de la voracidad de las llamas, sino que son ni más ni menos que una formidable estética urbana y arquitectónica “llena de posibilidades plásticas, ¿entiendes?”.
Y tronó: “¡El arte es una huida!”.
Del fuego sagrado.
1950: ¿quién eres?
1969: la chica del SoHo.
1969: ahora es la mía: en la calle Wooster han abierto una nueva galería de arte… pero de la especie de mi arte. Mete las narices allí. Mete todo lo que puedas allí.
Al amanecer despierta sobresaltada: aún sueña con la estatua al soldado desconocido entre brumas verdes (o grises), realista, policromada con esmero, fielmente reproducida, inobjetable históricamente… la grande maniera, el verdadero arte.
Yeats: “Érase una vez… el laberinto: cientos de corredores que se cruzan y descruzan, se yuxtaponen, suben y descienden, se ciegan o acaban volviendo al principio tras innumerables vueltas a la nada. Y todo ello en la más completa oscuridad, sin el hilo de Ariadna, sin la guía pobre y secreta de los pequeños guijarros…”
¿Qué puede tener un tipo decente  que declarar a la compañía de seguros en 1951?:
una compacta Olympia
o una Underwood
o una Remington
o una Royal
o una Corona portátil
una TV Dumont
una radio Zenith
un…
una…
unos…

miércoles, 17 de junio de 2015

14

Lee. A todas horas. En una ciudad que en esos años alberga más de 300 librerías diseminadas por sus calles y avenidas es fácil hacerlo. Y el que no corre, vuela.
¿Debería cogerle del brazo?
Dos enamorados que salen de casa antes del atardecer de mayo. Eva: lleva una falda evasé con zapatos de tacón, una blusa blanca con puños de encaje, el chaleco negro…
Me siento dadivoso… a la manera borde.
Una especie de Swift de carrillos rosados que metiera el dedo morcillero de inglés mercachifle bien cebado en la llaga de la herida del siglo XX.
Que no muera nunca, ésa es mi ofrenda a la Gran Artista para hoy.
Te otorgo la eternidad (te concedo un… castigo)
Eres la heroína de los colores.
También eres mi heroína, Hesse.
He aquí las páginas blancas donde mancillo tu memoria.
He aquí el pecado y la ofrenda.
He aquí mis antojos de creador menor (pero sentimental).
He aquí la chica de la moneda de plata de tres peniques. Nace una de cada un millón.
Te alumbraron con el círculo rojo sobre la ceja izquierda. Ahora, a tus doce años, se ha vuelto verde. Aún has de verla azul oscuro cuando cumplas los veinticinco.
Sabed que ella es La Elegida, papanatas...
Pero, ay, nadie alcanzó a descubrir la mancha negra del tamaño de un chelín sobre la frente.
¿Y qué le hubieras pedido tú a una vida inmortal?
Amaría la sabiduría, sería generosa, me entregaría a las artes y las ciencias. El mundo y sus cambios, sus modas y revoluciones serían mi espectáculo interminable, así como los cielos de la noche, sus astros y sus cometas. Contemplaría indiferente y divertida como se marchitan a lo largo de los siglos la sucesión de claveles y tulipanes en mi jardín. Y yo sería un ejemplo para el mundo que nada en mí vería reprobable.
Sería…
Serías como tus obras, que en el siglo XXI se pudren y se deshacen como el polvo aun no dejando de ser lo que son. Y hemos de copiarlas con nuevos materiales, clonarlas con otra química reciente que sustituya los despojos corrompidos. Tu obra, en nuestros días, es una copia de la que manipularon tus manos, aquellos desechos de los sesenta forman hoy un revoltijo informe encerrado en una urna de cristal.
Pero ¿acaso no somos los hombres y las mujeres copias más o menos imperfectas de otros seres humanos que nos precedieron?
Podemos replicar tu obra cuantas veces nos venga en gana.
¿Para qué ser inmortal? ¿O piensas tal vez que se es inmortal contando 30 años tan sólo hasta el fin de la eternidad?
No, querida. A los cuatro mil seiscientos dos años tendrías cuatro mil seiscientos dos años y no treinta. ¿Qué pensabas?
Serías una struldbrugs cumpliendo años sin cesar, melancólica y abatida, con todas las manías y achaques del viejo, con la horrible perspectiva de no morir jamás. A los cuatrocientos años serías tan terca, antojadiza, avara, áspera, vanidosa y charlatana como a los cincuenta y sesenta. A los setecientos nada de los placeres del cuerpo podrías desear, puesto que a ninguno de ellos podrías responder. Envejecerías eternamente, asqueada y confusa, hasta convertirte en una sombra repugnante para los demás, una apestosa y húmeda mojama ambulante. Tu capacidad de aprender sería nula, tu memoria se desvanecería al paso de los milenios, pero lentamente, muy lentamente, y mendigarías un recuerdo, unos pocos slumskudask con los que llenar el vacío de tu mente. Ni siquiera podrías refugiarte en la lectura, pues el lenguaje se tornaría incomprensible, y tus ojos irían apagándose como una estrella durante millones de años. Tu nacimiento habría sido siniestro, y envejecerías a la par que el universo. Esa rara eternidad te mantendría muerta en vida.
Condenada a vivir hasta el final de todo… ¡qué tortura diabólica!
Pronto dejarías de temer a la muerte, que sería una bendición, el más dulce de los consuelos…
“¿Ahora administras antídotos, entrometido del diablo?”
“Querida, soy El Hacedor. Soy yo quien dispone las piezas aquí y acullá. Qué le vamos a hacer.”
De nuevo Brooklyn: Park Slope: ciudadanos negros por doquier. Pronto olvidas tu origen, judío por elección/fatalidad, americana de primera. Se da una vuelta por la calle Middagh. Busca la “casa sola”, aquella que en la década de los cuarenta albergó entre sus paredes amarillas a W.H. Auden, a Richard Wright, a Carson McCullers, a Paul y Jane Bowles, a Benjamin Britten… Todos ellos vivían allí gratis con la única condición de contribuir al pago de las facturas de la electricidad y la calefacción y donar una parte de dinero a la cocinera que les guisaba. Se encontraban a gusto allí, y raras veces “cruzaban el puente”. Era una buena vida aquella, y por la noche sólo tenías que cuidar de no beber demasiado y no pisar el rabo de alguno de los miles de gatos que se apoderaban de las aceras una vez anochecía.
¿Y, tú?
¿Escribir? Bien, no tan arriesgado como terminar por las alturas de la ciudad trabajando como un window washer.
Aunque… eso depende.
¿De qué…?
1966. De vuelta. Pero no todo está por hacer. Todo está hecho, sólo hay que mostrarlo.
1969. Marzo: nada del arte y sus épocas me impresionan: tengo la llave maestra.
En 1972, en el Guggenheim, la exposición (compuesta como los mecanos, alzada tridimensionalmente desde los planos y las anotaciones…) Y ella tan muerta ya…
Galerías de arte. “Tengo un plan”, dice. “Adelante”, le contestan. “Nosotros no somos nada más que un espacio adecuado. Cuatro paredes, un techo y un suelo que mancillar. Trabaje usted con ello. Todo lo demás es innecesario. Expóngase usted. Hágalo sin miedo. Atrévase a fracasar.”
Forma parte de una cuadra prestigiosa, zarandeada por el escándalo y la celebridad de sus adquisiciones tumultuosas. SAATCHI dos milenios después (puesto que inconcebible era su existencia y su capricho en la Era del Hierro) traduce el lenguaje artístico a lo ferial y bolsístico, los bonos, la acciones y los dividendos (y sobre papel cuché, excelente offset, la fotografía, la propuesta, el precio).
Pero en 1963: una chica lista (lo hemos convenido de ese modo) es muy capaz de endosarle una aguada abstracta a la enjoyada mujer que sale del bar del hotel Quadrum en dirección a su automóvil con chófer delante de la puerta giratoria: se trata de dinero: la única relación con el arte que aquella dama compradora de espléndido tipo y ahora adinerada y en actividad sexual constante con su dueño y señor había tenido en el oscuro hogar paterno de un lugar de Manhattan mestizo e innombrable durante su pobre infancia pobre (sic), era la visión diaria de un calendario colgado en la pared de la minúscula cocina interior cuya parte superior reproducía un paisaje de la caza del zorro en la campiña inglesa por H.G.R. Gyant: “Qué bonito”, solían decir para sus adentros al consultar una fecha en el faldón de los números de más abajo cada uno de los miembros de la familia (8 en total pululando y tropezándose entre ellos en el interior de los 55 metros cuadrados del hediondo apartamento del West Side sin ventana exterior: las cuatro hermanas –bellas y listas-, el hermano –torpe, muerto prematuramente al descender de un tren en marcha cuando iba borracho-, el padre –ascensorista- y la madre –camarera- y el abuelo que jamás pudo pronunciar una palabra si no era en un dialecto húngaro).
Soñaba no sin fundamento, pues ella “sabía”  que las ideas que bullían en su mente eran brillantes y más tarde o más temprano saldrían a la luz. El mundo sabría de qué era capaz el talento (o el don) que aleteaba sobre sus dedos… Aunque, por ahora, ella era la chica que siempre estaba metida en una cabina telefónica con La Agenda Prodigiosa en la mano y los bolsillos de los Pendletons llenos de monedas de diez centavos.
De momento, nena, aprende bien tu papel: nada hay más atractivo en Nueva York que un… que una starving artist.
Desecha el papel, el lienzo, el barro:
En cualquier calle de cualquier lugar del mundo la artista que  acabará viviendo en un psiquiátrico, Yayoi Kusama, yergue sus muñecotes vivientes pintarrajeados, los adereza de sorpresas:
“Lo efímero pervive en la memoria, deja de ser objeto y deviene recuerdo.”
Paseaba bajo los árboles fríos y desnudos del invierno… ¡Ah, no, busca las grandes copas de hoja perenne, el sol entre las ramas aunque el viento de enero haga estremecer tu piel cubierta por mil ropajes!
-Así que…
-Pues, sí.
-Siempre necesitamos a alguien que escriba acerca de algo. Deme su número de teléfono.
-No es preciso. Casi nunca estoy en casa [¿Y cuándo escribe?]. No me importa venir aquí las veces que sea menester.
-Si lo quiere de ese modo…
(“Otro pobre mierda que todavía no tiene teléfono.”)
(“Solíamos ir al bar de Joe Bell en la esquina de Lexington Avenue...)
¿Qué clase de escultura es ésta?
La más alejada de la ficción. Todo en ella responde a la verdad. Todo lo que ves, es.
Y posa sus dedos sobre la carne macilenta, advierte su liviandad, la indefensión ante el estropicio que el tiempo, poco o mucho, perpetra en los débiles tejidos, los músculos, los nervios… Una materia vulnerable y chocantemente finita.
Marzo de 1970. “Envejeces como los materiales de tus obras, un lento deterioro que pudre la materia, la carne, los colores, la sangre, los huesos, los metales…” Ha enflaquecido. Acaricia con la mano uno de sus muslos, lentamente, con los ojos cerrados. Ejerce una suave presión, la siente latir, y le enternece la tibia y suave carne de este ser vivo a punto para la muerte.
En el 68, en el Guggenheim: El Contemplador desea comprar un par de catálogos (que no leerá nunca, puesto que los pierde en una cafetería mugrienta de una calle adyacente de la Quinta). Aguarda su turno frente el curvo mostrador de madera barnizada mirándose los pies. Entonces imagina.
En algunos de los plácidos (y hasta hogareños) rincones del museo se halla ella descansando de la morosa y fértil caminata de hace unos minutos desfilando ante los cuadros, sentada ahora, mirándose una carrera en la media, mordiéndose una uña, reposa como una ninfa con la vista perdida entre las hojas verdebrillantes de una planta junto a la pared roja, desviando la vista de otros los visitantes que sólo turistean.
Artistas: actores: cómicos.
En realidad, a despecho del cuidado desaliño físico y de una vestimenta chocante, toda esta caterva de aprendices geniales bien pudiera haber salido de los HB Studios de Bank Street. Gestos y entonación, miradas y poses atendían más al efecto estético de ellos mismos, la única obra de arte. Nada decían o subrayaban de sus trabajos plásticos, por lo general ocultos en ignotos parajes neoyorquinos a los que rara vez se permitía el acceso.
“Tomaremos una copa en Yorick.”
“Dejaremos correr la noche.”
“Mañana será otro día.”

viernes, 12 de junio de 2015

13

Siempre detrás de ella, el via crucis de sólo ver lo que piensas, no pensar lo que ves, ajeno a la ciudad magnífica, desafiante, y todos los verdaderos estímulos que por doquier acucian tu pasividad: el edificio de Burham, bajando al Village, surge de entre la niebla en el canal de la piedra de Broadway y la Quinta Avenida. La flecha eres tú.
-¿Por qué está muda Hesse?
El horror, el horror.
Ahora ama los silencios. Se cierne…
Lee un libro sobre la gravedad, el tiempo, el espacio…
¿Puede llegarse de lo figurativo a la abstracción y de ésta al inefable mundo sin palabras del objeto per se? Se puede, como de lo realista a lo mítico y de éste al silencio.
En el New Yorker: película de Antonioni (es como una pintura).
Pero antes, a las 16,45: terapia, que nada anestesia ni diluye en el olvido. Sin embargo, el film…
Ahora recibe el sol tibio sobre la cara, tumbada sobre la arena olorosa, tan cerca del agua que las pequeñas e inofensivas olas de media tarde le lamen los pies.
“Nadie ha de buscarme aquí…”
Muy lejos de allí, de ella, (de todo): se aburre, el pobre tipo. A veces, ni puede comprar libros usados:
ha subido al ferry de Staten Island más de trescientas veces.
Casi es verano ya.
Remanga más allá del codo las mangas de la camisa.
Se nota ligero.
Tal vez más confiado.
“Saldré adelante”, le dice el tipo turbio de los escaparates cuando se mira a sí mismo reflejado en ellos.
Compra fruta de las aceras. En muchas esquinas de la ciudad hay puestos de fruta.
Compra melocotones, cerezas, manzanas, uva…
Aprieta muy ufano contra el pecho la bolsa repleta llena de fruta por un dólar y medio.
H. tiene un amigo, un confidente que…
El padre, que mira de frente a la hija: “Y miró de frente a la muerte. Después de todo…”
Ahora, con los ojos cerrados, el mar habla.
“¿Quién fue mi madre…?”
Era la mujer más bella del mundo.
“¿Quién fue mi madre?”
Todos los días se hace esa misma pregunta. De pequeña apelaba a su padre. Este miraba al vacío, al pasado. Todos los judíos dan gracias a Dios, se entregan a la oración y expían sus pecados, celebran la diáspora interminable y fatal:
“Cuando llegamos a Manhattan se pagaban cinco dólares por una habitación amueblada, y los judíos americanos se miraban extrañados entre sí al oír hablar en yiddish a los judíos que llegaban de Europa.”
“¿Quién fue mi madre?”
“No era oro todo lo que relucía. Mucha gente se alimentaba de salchichas con mostaza, mazorcas de maíz, algodón de azúcar y una limonada.”
“¿Quién fue mi madre?”
“Todo el mundo andaba con prisas…”
“¿Quién fue mi madre?”
“Todo el mundo a lo suyo…”
“¿Quién fue mi madre?”
“Todo el mundo, con el tiempo justo, comía en cafeterías de pie, o sentados en un taburete de espaldas a la calle, con la cabeza hundida entre los hombros, en silencio, sin mirar a los lados, masticando un sándwich de queso y lechuga y el refresco dulzón delante sobre la barra bruñida…”
“¿Quién fue mi madre?”
“… O engullías sin ganas una sopa de tomate de bote y verduras enlatadas.”
“¿Quién fue mi madre?”
“Aunque sólo unos años antes, ni siquiera podías comer, y las niñas judías enflaquecían de tal manera que al llegar a la adolescencia muchas de ellas morían anémicas, con la piel trasluciendo las venas, los ojos risueños e inocentes, el estómago enfermo y encogido…”
“¿Quién fue mi madre?”
“Por entonces, en la Cuarta Avenida podías comprar libros de bolsillo por tres centavos, y no en demasiado mal estado...
“¿Quién fue mi madre?”
“¿Quieres una taza de café? ¿Una compota de ciruela?”
Ojo: recuerda la mirada encendida por la ira de tu padre al descubrirte meneando las caderas mientras intentabas mantener en la cintura el hula-hop que te había prestado Katty, la hija mayor de los vecinos gentiles (la de la vagina voraz, al decir del terrible Miguel Muñoz, el hispano, el sefardita).
Inventa un paseo con ella bajo la luz sombría de diciembre, el aire frío y los árboles desnudos de hojas como mudos esqueletos, el cielo plomizo que esconde a Manhattan en una ratonera de nieve y cristal.
Él: faulkneriano a destiempo: igualito que ese tipo Coldfield: en la ciudad monstruosa, aunque sin encerrarse entre cuatro paredes: tenía como único amigo y compañero a su conciencia.
Se deja guiar de la mano de ella un día de verano por el inmenso desfiladero de Park Avenue. Está atardeciendo. Alza la vista y en el cielo que oscurece, pero todavía azul, increíblemente raso, descubre una luna brillante, de perfecta redondez, una magia mucho más poderosa que este paso estrecho entre montañas de piedra y una geometría poderosa de cristales.
Sentada bajo los grandes árboles.
El día suave, cálido y hermoso del verano: no morir, ¿por qué?
Invierno: ha empezado a nevar, no voy a salir.
Buenos libros donde leer, páginas en blanco donde dibujar.
“¿Sabes? El talento es invisible…”
“¿Invisible…”
“… se halla tras lo más inesperado, en el momento menos programado, y cada uno de nosotros, los artistas, somos algo parecido a una pequeña y exclusiva ventana que cuando logramos abrirla mediante la obra física, y eso sucede en muy contadas ocasiones, podemos invitar al espectador a que atisbe un ínfimo fragmento de su esencia.”
“¿?”
¿Es ella del montón? Paciencia, se dice.
¿Sobresale entre las espigas más gruesas y doradas?
¿Es estrella distinguible?
¿Es única, reconocible…?
¿Es ella La Gran Artista Que Descuella Entre Todos?
Sobresale… ¿aún viva?
Muerta (y la obra… rodando):
Noviembre de 1970, 5, miércoles, en el 729 de Broadway (entre Waverly & Astor Places), exposición colectiva por la paz (en Vietnam, en África, en Harlem, en la Luna…):
Herb Aach
Fritzie Abadi
Pat Adams
Robert Adler
Carl Andre
……………………………..
Hans Haackle
David Hare
Fred Hausman
A.G. Helicff
Dorothy Heller
Phoebe Helman
Eva Hesse
Everett Hoffman
Budd Hopkins
Helene Hui
…………………………….
Tony Vevers
Florence Weinstein
Tom Wasselmann
William White
Jack Younggerman
Adja Yunkers
Zaimar
Kasimieras Zoromskis
Los tiempos no cambiarán nunca. (El timbre dulzón de Patti Page expande por los cuatro puntos cardinales Tennessee Waltz, un batido empalagoso cuidadosamente producido a base de jazz, country and rythm and blues.)
El Inventor no claudica. “¿Sabes…?” Y comienza a novelar: un dólar y doce centavos en uno de los bolsillos del pantalón. Toda su fortuna. En el otro la pequeña libreta de cantos arrugados, el bic americano. No deja de andar bajo los primeros neones del crepúsculo rojo de Nueva York. Esta noche no se morirá de hambre.  La primavera llega a su fin. Es como una celebración.  Todo germina como por un milagro. El aire es cálido, benefactor. Un dólar es suficiente para que un hombre (un hombre como él) pueda llegar hasta el amanecer. Y sin dejar de andar… a ninguna parte.
Una vez, aburrido en The Green Train, descubrió después de haberlo visto alrededor de un millar de veces, un viejo aparato de radio, un Freshman de finales de los años veinte.
Conéctalo, Ray.
No funciona desde hace cien años.
Maldita sea, podrías intentarlo.
Tenía la extraña ocurrencia de que, si alguien era capaz de hacerlo funcionar, por sus altavoces recubiertos de tela de un verde deslucido surgirían las voces y las canciones de mil novecientos veintitantos, las risas idiotas de las flappers, las voces y los ruidos de aquella efímera ilusión de felicidad.
Vamos, Ray, ten un poco de imaginación.
Pero éste no alzaba la vista del libro, absorto en historias de hacía más de mil años (Homero, Sófocles, Lucrecio…).
La galería X., en la X con la X.: anota la adolescente. ¿Qué habrá mirado? ¿Llegó a visitar esa exposición o lo que fuere? 1951.
15 años. ¿Qué quiere? Ver.
Arrancada la hoja cuadriculada de su diario colegial: Campos de concentración silenciosos bajo la bruma, el exterminio calculado. La desaparición tecnificada, en fila de a dos al vacío. Leyó…
No tiene ni una pizca de maldita. Al contrario, quiere vivir, culminarse en todo, saberlo todo, serlo todo… La vida tendría que ser eterna, sólo así descubriríamos su sentido.
El año recién empezado. Sábado. Luminoso y azul. El aire limpio y festivo en este lugar donde la espera, rodeado por la tiesura elegante de Broadway con la 38, imaginando diálogos, escorzos de su cuerpo magnífico donde nada de su asesino puede ser entrevisto o imaginado.
Son dos capricornio de principios de enero, a efectos solamente de identificación adicional, anecdótica.
-Feliz cumpleaños –le dice al verla entrar en la habitación. Ha dormido mal. Su rostro refleja incertidumbre y miedo, una sosegada devastación. Debido al tratamiento la frente se ha alargado, se ha echado para atrás el cabello frágil, quebradizo. A veces, coqueta, se anuda una cinta de colores vivos a la frente. Todavía se gusta, y hay mucho de respeto a los demás en esa apetencia de agradar. Le mira sin decir nada. Examina el vaso de leche en la mano de él, y luego aparta la vista y la lleva hacia delante con un gesto de desaliento. Él comprende que ha sido un error, pero el paquete azul con el lazo dorado descansa en un ángulo sobre la mesa de la cocina, se revela impúdico sobresaliente en la fría luz de la mañana invernal y fría.
[Escribe de nuevo]:
Comprueba que de nuevo ella desvía la vista. Hacia la ventana: el horror del mundo de afuera, porque… tal vez aquí dentro, en esta (a pesar de todo) calidez marina y blanca el tiempo se detenga, y nada muera, que todo sólo sea, todo sólo esté vivo… sin conciencia. El camisón de liviano tejido, corto y amarillo, casi una minifalda, se entreabre un poco, la abertura deja asomar parte de los muslos, la piel morena y tentadora, y está la cabellera limpia y brillante, en magnífico desorden. 

viernes, 5 de junio de 2015

12

3.1.1968
Un sol blanco y desfalleciente apenas atraviesa las compactas nubes sin mitigar en absoluto el frío de las aceras cubiertas de nieve sucia...  
29.5.1970
(...)Que ese día de destellos marinos mueras, mayo acuático, azul, aún lejos de los cielos implacables y blancos y hostiles del verano.
30.5.1970
En la hora inicial del día, me ha cogido de la mano y volamos por encima del mar negro de la noche de la urbe y sus infinitas luces eléctricas.
No vamos a volver (dijimos al unísono).
Lo imaginario no suplanta decididamente la realidad, pero la amplifica neutralizándola: la verdadera máscara es el rostro.      
Hurga en lo que hay debajo.
El discurso de lo surreal avala tus labores de artista, autoriza el hoyo donde escarbas.
Y puestos en el lugar del sinsentido, defenestramos toda teoría, desdeñamos la proclama sabihonda capaz de prestigiar la nadería.
De ella, esa mirada suya tranquila de ayer que horada sin saber el mundo enrevesado de hoy, un mundo que erosionan los vastos desiertos sin ella, un mundo y su caos adonde no puede volver para abolir dogmas y creencias tambaleantes con su propia, personal y poderosa incertidumbre, ni puede describir, ni sentir, ni tan siquiera representar mediante una refutación (ahora absoluta) que niega sin más lo literal, contradecir la misma vida con no-significados, pervertir la imagen con el improperio de lo ininteligible, burlar el arte con la mofa de la nada que discurre entre sus dedos como agua oscura, como la misma vida que de ella escapaba a raudales, sin compasión, bárbara muerte en la luz azul, en la tarde amarilla y quieta, en la pausa negra de la noche, sobre ella una cascada de crímenes por segundo…
Ethos paciente: mira desde cristales y plásticos el futuro que era el presente suyo.
Nos mira tan de lejos… Desde lo irracional: cabalga, por ejemplo, a lomos de la luz de una estrella muerta que ahora después de un millar de años alcanza el cielo del planeta.
Miraba siempre como descubriendo, hilaba aceros o material del siglo XXI, adelantada y sabia.
¿Ella? Una hamletiana a la que las calaveras tampoco le dan miedo.Electra agazapada: de manos inocentes, sólo manchadas por… ¡el arte!
Soñó: la hija salvaba al padre del torbellino de las aguas de la noche, envuelta la pesadilla con los colores de Gericault, cadáveres macilentos teñidos por la luz de la luna.
Así que un Club de Lectura… (donde nunca crecerían los árboles de Juan Goytisolo, Borges, Beckett, Celan, Joyce, Musil, Benn, Pessoa, Milton, don Francisco de Quevedo, Proust, Kafka…) ¡pero entre el millón de los otros… Hemingway para despistar!
En la Biblioteca Pública, afuera, esperando, como siempre. Hace un sol radiante. El Autor (al que le dan miedo las bibliotecas), presente y futuro negro (gosthwriter), aguarda afuera con las manos cogidas tras la espalda, dando cortos paseos entre la gente. Mira la escalinata flanqueada por los leones sedentes, cubiertas las profusas guedejas de palomas alborotadoras. ¿Qué vomitan las bibliotecas a la luz…? Paciencia y Fortaleza. Al poco rato la descubre saliendo del interior mientras apoya un par de libros contra el pecho. La brillante melena al aire. Viste una de sus minifaldas más cortas, una vaquera blanca que deja ver sus piernas morenas y bien torneadas. Tan deseables a la caricia, a la lamida, al mordisco apasionado. Silba descarado ante el estupor divertido de los transeúntes. Pero ella le sonríe halagada desde los peldaños de mármol hasta que… literalmente desaparece a medida que desciende los escalones, disipándose en el aire como el maldito gato burlón.
Otra vez a las afueras, en el exterior de la New York Society Library, la biblioteca más antigua de la isla. Nueve plantas. Acceso libre, pero a una única sala de la primera. No sabe lo que ella busca. Ve como se adentra hasta desaparecer. La espera mientras merodea por Madison, anda por la 79, aburrido y cabizbajo, sin mirar nada en realidad, escondiendo las manos vacías de haragán y muerto de hambre.
La espera interminablemente.
¿Sería la repetición una forma nueva de énfasis en el objeto duplicado, triplicado, cuadruplicado, quintuplicado…?
¿Por qué mirar un objeto una y otra vez hasta desentrañar su verdadero significado? Si lo repites, todo se muestra a la vez: su forma, su significación, su intrusión en el orden plástico. Ese reiterado ordenamiento parece avalarlo con autoridad.
Lo confesaba la artista una vez convencida de su hallazgo sintáctico, de la importancia casi capital de la insistencia en lo repetitivo.
Tenía que ser así.
Una acentuación estética.
Un cálculo interesado del ordenamiento aparencial y, sobre todo, conceptual de la obra.
Cierto desplazamiento a la anáfora y a la conciencia inocente del espectador.
La espera en el 134.
A la puerta del Jewish Museum la espera.
La espera interminablemente a las puertas del Whitney.
A las puertas de la Fischbach Gallery la espera.
La espera en el cruce de Bowery con East Houston Street.
La espera interminablemente.
La espera siempre.
Muerta, aún la espera en todas partes.
¿Dónde tienes tu biblioteca, andariego?
En el mejor sitio posible, y por unos pocos centavos: en la consigna de Penn Station. Compraba unos libros; guardaba otros; vendía los leídos en las librerías de segunda mano, conseguía los centavos para la ranura. Más libros.
El Interrogador: ¿qué te mueve a definir los palos del sombrajo, Hesse?
Ésta le mira desde muy lejos, sin ánimo de reproche, ni siquiera con lástima.
El sostén de mi obra, amigo, es la piedra filosofal, susurra la mujer invisible.
La ha escuchado con absoluta perplejidad.
Y eso dicho más allá de una medianoche de mayo, de aire caliente y vagamente perfumado a piedra recalentada y colonia de mujer próxima, en un Gotham doblemente misterioso donde las calles sombrías y anónimas al atardecer, salpicadas de trecho en trecho de pequeñas y dinámicas luces rojas, no acaban nunca.
Todo lo que subyace, descansa o se erige sobre la tierra está hecho de la misma materia: la materia del universo… ¿Por qué empeñarse entonces en limitar el museo de sus formas orgánicas o inorgánicas?
1969: Bowery: he ahí la cueva. TU CUEVA.
Eva Hesse: fase Paleolítica Superior. Sabia en materiales como el OCRE ROJO. ¿Qué luz alumbraba tu escaso entendimiento?
¡Oh, la agricultura del arte!
¿Por qué dejó de pintar la homo sapiens?
¡PORQUE ESE ARTE DESAPARECIÓ!
Hízose invisible (¡el mejor arte!)
Pinto para mí, dijo ella.
Escribo para mí, dijo él.
Son con los dioses con quienes hablo.
Libro: Passages in Modern Sculpture.
Enraizada en lo imposible, que siempre es lo posible.
(Al menos en el arte, que nada es lo que parece a simple vista, ni siquiera el retrato más hiperrealista).
Mientras tanto, en el parque debajo de la sombra de los árboles de septiembre. Miraba sobre el agua el discurrir lento y solemne de los patos que aún no había echado la nieve (y los hombres) de Central Park.
Bowery: a estas alturas aún se alzan maltrechos a ambos lados de la calle algunos hoteles siniestros con grandes letras de neón que por la noche se apagan y se encienden chirriantes.
Huele a lo más raro, y es lo más raro para él porque no logra identificar con nada conocido el maldito olor con lo que parece estar impregnado todo: las paredes, los muebles ruinosos, las sábanas de tacto indescriptible, las mantas raídas, el agua, la comida, él mismo, su piel que siempre parece pegajosa y sucia, las pequeñas manchas oscuras que se mueven veloces, que escalan y descienden por las paredes.
Todavía huele a mataderos.
Entre asesinos, ladrones y borrachos la chica de los Hesse despliega su talento.
En el 134. La mirada tranquila entre resinas, fibra de vidrio, los óxidos.
La cripta que desmiente los terrores nocturnos y se abre al sol de la mañana, la casa que se habita. Ora et labora. El Siglo quede atrás.
No eran los suyos ojos implorantes. Todavía no; al contrario, la irritación le iba aproximando a la agresión (física, si pudiera) hacia todo aquello que se oponía a la más inveterada de sus creencias. Pero la enfermedad que iba a matarla estaba tan cerca que podía tocarse con los dedos, quizá estuviera ya sobre la piel de su rostro, de una plácida hermosura, a punto de entrar en ella, o ya en ella, dispuesta a revelarse a la luz, esa luz macilenta de cascotes y herrumbre que nos rodeaba bajo un cielo destemplado oscureciéndose por momentos.
Hablaba para sí:
-No soporto la alusión tan directa, todo aquello que sea capaz de interpretarse, dilucidarse, reconocerse. No hay nada que pueda hacer contra esa maldición. Y en mi obra he de intentar que sea nada, corporeizar la nada.
-Es inevitable la analogía, el sobreentendido, todo ese fárrago de lo denotativo –afirmaba él.
-Es un asco –replica vehemente, y después de un corto silencio (se podía oír su respiración entrecortada)-: Ya sé que nos traicionan los objetos, las imágenes y sus equívocos, el entramado grosero de su materia, su función o no…
Él secundaba lo que ella decía, pero con un cansancio infinito, y porque entendía perfectamente lo que trataba de decirle la artista (que, asimismo, sabía de su comprensión), así que el discurso de ella era vago y hasta desinteresado, como liberando del cerebro el lastre de unos pensamientos confusos al aire:
-Los objetos siempre explican algo a despecho de la invención o lo estrafalario de su disposición en el espacio. Hasta la misma materia que los constituye parece connotar lo indecible, lo inexistente.
Se escondió casi del todo debajo del abrigo negro y largo, talar, por poco no rozando la mugre de la tierra.
De la parte del río y las naves destartaladas y ruinosas que se alzaban en sus orillas soplaba un aire helado y turbio en un crepúsculo por instantes más sucio y desolador.
La sirena de una barcaza a lo lejos pareció precipitar el frío y la noche.
 No le miró al hablar, dirigía la vista hacia las grandes moles sombrías de las chimeneas que descollaban más allá de los muelles ya en tinieblas.
-No quiero que nada de lo que hago explique algo, signifique algo, recuerde a algo. No quiero discursos de ningún tipo, ni lenguajes, ni siquiera me hace falta la imagen.
-Pero –repuso-, ese noarte es imposible. Necesitas el objeto.   Ese aislamiento, esa selección ya lo concreta, lo define incluso en lo ininteligible.
-Detesto las formas, pero ¿cómo trabajar con ellas desmaterializándolas, reduciéndolas al más completo silencio, a la mudez más asignificativa?
-No existe, y puede que no exista jamás, el arte invisible, que ni signifique, ni sea materia, ni sea objeto, apariencia…
Reza, pues; la plegaria es muda.
Baja él la vista al suelo después de hablar. Tiene los zapatos y parte del dobladillo de los pantalones embarrados. Toda la desazón que sentía al final de ese día la focalizó ahí, resumía una congoja inexplicable en esos sucios grumos de barro y polvo de hierro.
-Eso es lo malo de las apariencias –dijo ella después de una pausa meditada-. No sólo nos delatan, también nos disfrazan de malentendidos contra nuestra voluntad, nos llenan de supercherías. –Suspiró, y añadió con voz lúgubre, premonitoria-: A nuestro pesar, siempre terminan por explicar algo que no deben.
(…)
En ese recinto ha entrado. Y ha sentido el gélido aire de la ausencia en el espinazo, el miedo al vacío que le espera, todas las palabras inútiles fluyendo sólidas y apestosas del agujero obsceno de la boca.
De él no nace el consuelo. ¡Qué pérdida de tiempo!
¿Para qué sirve?
Inscríbete en el curso patrocinado por el Departamento de Escritura creativa de la CCNY.
Se había ofendido. Le dio un manotazo en el hombro. ¿Qué te has creído? La notó enérgica, firme.
¡Otro idiota con una puta pluma en la mano!tro
 Nueva York. Primavera, 1970.
Mira a través de la ventana.
Una luz verde y blanca parece dominarlo todo.
Está sola en la habitación. Una asepsia total.
Está reclinada en la cama, la cabeza apoyada sobre la almohada, y tiene el rostro vuelto a la luz de afuera.
Está quieta.
Es una joven mujer calva.
Una moribunda sedente y rota directa a lo desconocido.
Las manos pequeñas, artesanas, poderosas sin duda, arrugan las sábanas, crean puñales.
El bloc de notas y la estilográfica han caído al suelo hace rato, cuando se adormiló un poco. Pero ahora, aturdida, no tiene ganas de inclinar el cuerpo maltrecho, esforzarse desde la cama para recobrarlos. Además, ya ha escrito demasiado en ese bloc. En los últimos meses, aún descifrando los mimbres de la fatalidad que el destino le deparaba, exaltada por la rebelión y la ira inevitables, casi prestaba más atención a las notas que escribía que al pensamiento de la escultura.
El cerebro asesino todavía deja capturar algunas frases, palabras aisladas. Yacente, entrevé el dibujo de unas obras que nunca va a realizar.
Las visiones eran propias de un léxico que nacía de la entraña rocosa que era ella, aunque las alentaba el soporte heteróclito, el detritus de la técnica. El material era una escritura (a pesar de todo), un alfabeto de pensamientos y ocurrencias destinado a fagocitarse a sí  mismo deviniendo metáforas en un proceso de reconversión objetual, un discurso pletórico de laberintos y del recoveco que proporciona el equívoco plural del imaginario terreno.
En el fondo, y lo piensa ahora, que vuelve la cabeza hacia el vaso de agua sobre la mesilla, que no siente ninguna gana de llorar pero sufre callada, a escondidas, en la blancura total de la indefensión, corroída por la pena, sólo la soledad de esa hora, de esa luz ultra que empieza a convertirlo todo en irreal, recrea aquello que la impelía a trabajar en la armadura tenaz de su obra: la luz irreal, la forma irreal, tan desconocida, un tropo que a fuerza de disparates alcanza el místico sentido de lo inefable (pero nunca de lo intencionadamente ininteligible).
La fórmula arbitraria que sustentaba la obra era una reflexión desde un museo formal compuesto del fantástico basural de materiales de aluvión, y vertía el drama de su conversión sobre el vacío, el cuerpo, la nada. Un biomorfismo que pendulaba entre lo mitológico y lo matemático, la razón y lo gestual. Luego, se adentraría en el no-caos. Para ello tuvo que arrumbar la referencia, la tautología de unas formas siempre enmascaradas bajo mil disfraces. Pura metáfora de lo indecible, puro nihilismo. El vocabulario extravagante de lo trágico.
Por fin, en el instante que estira el brazo hacia la luz, sin fuerzas para nada, sabe que el arte era exactamente eso, una puerta abierta a lo desconocido.
De aquel día…
Delira: adelante Monsieur Van Gogh, estos son los grandes amarillos del 67.
-Repítemelo de nuevo –dice.
(7.1969)
Una frase de él (cualquiera sabe cuál) la ha confundido. El cuadrado hipnótico de Josef Albers…  el cuadro, quiero decir, ese acabado como de diseño de revista, de paquete alimentario, de envase de medicinas, cualquier cosa de estampado plástico criminal nos conduce más tarde a la pulcritud minimalista del vago. ¿Acaso un arquitecto coloca los ladrillos de la obra…? ¿Por qué había yo de pintar o construir mis cuadros?
Cuadrado como hoja de papel: y el color la escritura, la tonalidad del adjetivo, una invención cromática exacerbada que lo mismo que pervierte tu sistema psíquico puede que al mismo tiempo destierre el alma al puesto más próximo de perritos calientes. 
El mejor refugio es el recuerdo (que nada tiene que ver con el pasado).
De aquel día registra una feliz sonrisa en sus labios, el cabello recogido en una cola de caballo graciosa y con garbo, y miraba el agua turbia, algo del cielo azul de la mañana (pronto gris) reflejado en la centelleante superficie, la forma de una plancha metálica a la que ella no dejaba de lanzar medidos vistazos, sumida en el cálculo de su apropiación: el arte está en la mirada, y de lo que deriva de ésta finalmente, lo expuesto, sólo es lo residual, la excrecencia material, en ocasiones hasta lo más prescindible.
Esta mística del escombro hace un uso magno del desperdicio: de sobra sabe ella la sustancia de lo entrópico en un universo cuya huida le aboca a su misma desaparición. Esta guapa y lista cuenta con el aliado del tiempo: a sus obras constituidas por lo más perecedero del material del siglo las concluirá el deterioro inevitable, se destruirán, se harán trizas y, contaminadas por los años y su decurso letal, se volverán definitivamente invisibles. Ya calculaba ella su desintegración, el final apoteósico de una agonía prevista en el enunciado mismo de su concepción. La ecuación postrera, implícita en su obra, la resuelve lo temporal.
De aquel día, acaso memorable por lo insustancial de sus anécdotas, recuerda el paseo escrutador entre metales y tierras oscuras, las aguas verdes, a ella raspando la oxidada baranda y recogiendo en el cuenco de la mano la raspadura y el polvo como un tesoro.
De regreso a su taller, todavía lejos de allí, se detienen en una cafetería tosca y algo siniestra con una luz roja de neón alumbrando la puerta, aún en la zona de los muelles. Ha empezado a llover. Se toman un par de cervezas fuertes y muy frías acodados en la barra de latón, bajo la esquiva e intermitente mirada de unos hombres silenciosos y serios, manchados de grasa, que comían y bebían en una esquina del local y no parecían comprender nada de nada.
Se ha manchado ella con el kétchup, el rojo desleído sobre el abrigo negro. Mira Hesse el goterón en esta época de extrañezas… Tan fría la cerveza, como desafiando el tiempo calamitoso de afuera, el aguacero que descargaba un cielo negro y tronante de aquel día.
Hablemos de arte. Cuarenta años después de su muerte aún es posible hacerlo. Una perífrasis de infinita combinatoria. Dándole a un asunto que no exige explicaciones en el fondo: está ahí.
Calle 4 con la Segunda Avenida, en un loft encima de los abandonados Almacenes Turkis: una exhibición de pintura; una sesión lectura de poemas; un ciclo de conferencias sobre arte bajo la influencia Zen; una sesión de música de jazz amenizada por los humos del reefer; otra sesión de la música abstracta de John Cage.
(En el Village todos los camareros son artistas, poetas, músicos o novelistas, y el que no es nada de eso… ¡es que no es camarero!)
Coge el metro en la calle 6: la boca llena de porquerías y chocolatinas: esa es una desesperación menuda, todavía antes de la mirada incendiaria de Yahvé y el rayo justiciero que va a horadar su pared craneal.
Es una paseante a deshoras, a nada teme…
La atracción del agua, y el puente: contempla extasiada las luces de los puentes nocturnos suspendidas en la noche.
Cfr. (Confróntese…: nadie se fía de nadie.)
Sus ojos oscuros, sus ojos de gata, sus ojos siempre alerta, el perfil de los labios, la boca frutal, hasta la misma mirada se han grabado en su alma como un tatuaje indeleble, definitivo.
Se lanza a la calle en su busca.