sábado, 12 de agosto de 2017

30

Diseño.
La jovencita Hesse baja al sótano de Brentano’s, en la Quinta, después de haber salvado escaleras y columnas por doquier de la desmesurada librería. Rebusca entre los centenares de revistas. Quiere ganarse la vida diseñando. No le repugna lo efímero de una propuesta que descansa con absoluto descaro en lo temporal. Años después, el Testigo interpela inquisitivo:
-¿No sabías aún que eras una artista?
-Claro que lo sabía, pero el diseño es un buen instrumento plástico para ver hasta donde puedes llegar.
Qué interesante.
Se defiende con astucia: el talento reside en lograr lo intemporal a través del medio procesual que fuere. A renglón seguido menciona la Bauhaus.
Pero es casi todavía una niña. Una niña a lo Balthus, enrarecida por la extraña atmósfera que recrean los sueños: busca sitios extraños para su edad.
Sentada en el suelo ataviada con una falda escolar de cuadros escoceses que ya le viene pequeña, las piernas recogidas formando hueco, la seda de los  muslos al aire, al aire también las bragas de un blanco inmaculado, rodeada de decenas de publicaciones de todo tipo, absorbe colores, formas, significados, significantes… Puede que hasta tenga malas ideas.
¿Y si se gana la vida dibujando cómics?
La mano suelta, los dedos ágiles: ver… “Dibujan los ojos.”
En el 54 da para mucho este género de la cultura popular, aún no dañado por la televisión.
Pero nada de Snatch y muertos de hambre semejantes.
Te plantas frente a la puerta de Eisner-Iger y te ofreces sin complejos: soy la mejor dibujante del siglo. Lo mío es la acción.
Son incontables las compañías que se dedican a sepultar de originales dialogados y entintados las numerosas editoriales que publican y distribuyen de manera infatigable serie tras serie miles de ejemplares semanales durante años: un sistema barato e imbatible de entretenimiento por unos pocos centavos. Cientos de anónimos guionistas y dibujantes suministran a empresas especializadas gran cantidad de material a todas horas a fin de satisfacer la creciente voracidad de un público adulto anclado ilusoriamente en los paraísos artificiales de la infancia.
No se da abasto. Ni siquiera Sangor-Pines logra abastecer con sus decenas de series una maquinaria semanal que encuentra su significado más sobresaliente en el continuará en el próximo episodio.
Un cómic… Podría intentarlo. Hacer de él una técnica de expresión propia, contar sus historias. A los dieciocho años la invención es el mejor instrumento con el que puede contar un adolescente. Se trata de imaginar historias y, en lugar de escribirlas, dibujarlas simplemente. Imaginación es lo que más le sobra a una. Y cualquiera puede dedicarse a este menester sin perder demasiado los escrúpulos, la chica de Yale o la sofisticada intelectual con aspecto de alumna de Smith College.
Sería posible incluso descartar los diálogos: sólo el sustento gráfico contaría la historia. ¿Para qué más?
¿Qué de malo hay en el pulp? Todo el mundo se ha manchado en alguna ocasión los dedos en esas páginas astrosas.
Por esa época el negocio todavía es floreciente: más de cuarenta millones de ejemplares se venden al mes en las tiendas de caramelos, quioscos y drugstores. Y… la mayoría de sus editores son judíos, en cuyas manos está un noventa por cien de las empresas dedicadas a la cultura popular.
(Cósete la estrella amarilla.)
Esta es una industria que no da tregua, una fabricación en serie, una creación  a destajo, y no admite fisuras, pues cada semana han de colgar de las pinzas en los puntos de venta los cientos de cuadernillos atrayendo con el imán de sus colores chillones los ojos del niño y el adulto. En esta cadena de montaje que resulta el cómic americano cada uno de sus peones tiene una misión encomendada: el dibujante, el guionista, el colorista, el rotulador… el editor que culmina la puesta a punto. Una industria del ocio y el dinero perfecta, de matemática aparición, anónima y festiva. Sólo unos pocos elegidos engalanan una tarea en manos de laboriosos artesanos: Raymond, Foster, Eisner, Siegel, Jerry Robinson…
Mas ella se siente con fuerzas hasta para dibujar un poema, una sensación, compartir un sentimiento… Eso es el significado, aunque no quisiera la Nueva y Joven Profesional del Cómic acabar ilustrando los guiones de Real Life Comics, vademécum especializado en una especie de biografías coloreadas y aliñadas adecuadamente para el adoctrinamiento de sus jóvenes lectores. En el arte hay que poseer un criterio amplio de las definiciones. Huye de las identidades rígidas, normativas a ultranza. Ella lo que ansía es ilustrar su propia biografía, pergeñar la crónica de su existencia mediante una afortunada sucesión de actos inmejorables. Y desea ser lo más inteligible que sea capaz. Respecto al significante, la bala plástica que envuelve el discurso mayor o menor hasta que estalla en el cerebro del testigo que asiste a tan magnífico curso vital y artístico, lo dejaremos para años después, cuando una encuentre la forma de escribir una tragedia mediante un tubo de goma o un pingajo de fibra de vidrio bañado en resina. En ese momento habrá llegado al Reino de la Oscuridad, donde el genio alza su voz sin plebeyas o cobardes mediaciones de legibilidad o fácil disquisición.
Entonces, ¿qué clase de ilustración puede ser la suya? No tan explícita como las que exhiben de cebo en las portadas de las antiguas historias de Pep Stories o Hot Tales: serían dibujos y acuarelas evocativas, una abstracción inteligente. ¿Iban a pagarle tan poco como a los pobres guionistas atados doce horas diarias a la Underwood: dos centavos por palabra? Pero…:
¿alguna vez le han dado el pulitzer a un guionista de cine o de televisión o de tebeos…?
Un dibujante es una cosa seria, no como esos enloquecidos inventores de historias.
Seamos serios, ¿existe seriedad en ese centón semanal destinado a las mentes más primitivas de los lectores?
Por supuesto: y también inteligencia. Sólo los aficionados terminan denigrando y haciendo bajar tres escalones todo aquello que tocan (arte, literatura y todo lo demás) movidos temporalmente por la necesidad, el antojo o una vanidad irreprimible. 
Mientras tanto, se desayuna con huevos, zumo de uvas y bacon canadiense.
Ella, ahora, es una heroína, y también es el momento de ganar unos dólares: la peor combinación para meterse en un negocio que exige disciplina y, por qué no, talento.
Ah, si pudiera infiltrar sus imaginaciones en la DC, la catedral de las viñetas, el súmmum de los superhéroes… o en Timely Comics, que terminaría coinvirtiéndose años después en la creativa,  anestésica y poderosa Marvel.
Está llena de ideas, está…
Pero, no.
Es ella la que no es seria. La frivolidad es la llave que acaba abriendo la puerta de la nada.
¿Cómo diablos te las vas a apañar para ser capaz de permanecer sentada en una silla frente a la mesa de trabajo durante horas y horas, un día tras otro día a la izquierda del sol? Ella es una artista: entiende el trabajo como un entretenimiento, un ludismo gratificante y libérrimo, y nunca un maldito potro de tortura.
De modo que terminó enviando una acuarela a The New Yorker.
A ver.
Nunca más se supo de la cromática “abstracción evocativa”.
A otra cosa.
A rodar.
Una embriaguez es el arte. Seas crápula, sorbe los días como el áspero aguardiente de Cedar Tavern o el dulce vino del estío: ante la ventana abierta bañada por el sol terrible de la urbe, una apoteosis degradante, descendente hasta el asfalto derretido de julio acuchillado por los apestosos taxis amarillos.  
Se lleva la copa a los labios, casi ni los moja, apenas un sorbo es bastante para conducirla a los paraísos artificiales de la imaginación y el léxico de las selvas y bosques vírgenes. Mil gotas de láudano diarias son suficientes para leer (y comprender) a Kant, había proclamado Baudelaire. Qué chocantes fraternidades. Pero, tan joven y bella, no ha de procurarse el nepente apaciguador de males, ninguna droga ansía para el olvido: guarda para sí la creación y ni un solo átomo del tiempo le sobra. Su droga es el arte. Ella es ajena a la indolencia, al abatimiento. No es de esa raza de humanos que, mano sobre mano, ven venir hacia ellos el desierto que ha de poblarlos.
“¿La expresión de mi arte?”, replica Hesse, ante la pregunta insolente.
Se han reunido en K&F, una cafetería de moda en una transversal de Delancey, en el barrio judío. Son siete personas y tres paraguas que llegan con las cabezas agachadas, entre risas mal sofocadas y la ropa húmeda, a las puertas pintadas de rojo y ventanales enmarcados en verde del angosto establecimiento abierto en una calle estrecha, oscura a esas horas. Hace frío también. Sólo la franja de luz amarilla que se vierte sobre la acera mojada proveniente del local atenúa el paisaje solitario y gélido. Febrero de 1969, martes, a última hora de la tarde. Llueve con fuerza, interminablemente. Robert Morris, en el interior velado por suaves luces, aguarda en un ángulo de la barra forrada de madera negra. Se levanta sonriente al verles entrar en fila india, encabezados por Hesse, Jennie y Nancy W., una amiga de ésta, presunta artista aunque sin obra conocida hasta el momento. (Sin embargo, la chica escribe, se dice. “Eso no sirve”, recuerda que dijo cierta vez alguien –pintor muy reconocido y cotizado en nuestros días- verdaderamente enfurecido refutando a su interlocutor en lo más acalorado de una discusión frente a las puertas del -. “¡No sirve, entiendes, no sirve! ¡Todo el puto mundo escribe, maldita sea!)  Un camarero se apresura a juntar dos mesas redondas al fondo, cerca de la entrada a los lavabos, de los que parece emanar a ratos un olor muy agradable a lavanda. Tras las presentaciones, llegan las comandas de cervezas, ponche y copas de vino blanco, cacahuetes y pasas de Corintio (?). Morris, una vez enterado de los detalles del evento anterior sonríe de manera aún más elocuente. El acto al que han asistido consistía en un happening de interpretación abierta, imposible por tanto de dilucidar (ignora al público –algo insólito, pues-; desprecia el componente de espectáculo que todo happening conlleva intencionalmente –su carácter teatral y hasta bufonesco- y reniega de lo artístico –el acontecimiento limitaba su efectividad a la muda contemplación del artista, también mudo, sentado de espaldas frente a un ángulo de la sala-). Sí hubo argumento epilogal: el tal Lebrain, el único ejecutante, afirmó muy convencido de la resurrección del nuevo arte, “ahora que, como todos sabéis, ha muerto”. Como ejemplo, él mismo. Invocaba el retorno de un arte renacido y pletórico, de infinita combinatoria y una insospechada pluralidad de significaciones. La sentada pública, silenciosa e inmóvil, al parecer escenificaba la reflexión liminar que ello exigía antes de entrar en acción. Este último vocablo inició rápidamente una repuesta unánime. La declaración post-happening se estaba convirtiendo en una conferencia, y lo peor, a juicio del público asistente, que había empezado a murmurar en tono desaprobador, era que esa maldita charla ni siquiera formaba parte del maldito happening, ya culminado cuando el ejecutante se había puesto en pie. Aquel monólogo del vidente, del brujo nigromante y resucitador disgustaba profundamente a los espectadores. Eso le hizo comprender que, incluso naciente, el happening ya exigía una ordenación, un canon, una gramática generativa. No salía de su asombro. En seguida aparecen las reglamentaciones, una convalidación que certifica la justicia y bondad de “algo” todavía por definir. Los recientes sabios de la tribu pretenden imponer ya desde un comienzo una sintaxis de aquello que es único, efímero y por consiguiente irrepetible y carente de preceptos que guíen con posterioridad actuaciones futuras. En otras palabras, existen las reglas. Si técnica, oficio; si no técnica, reglas. ¿El gusto tiene reglas? La estética las tiene. ¿De dónde surgen los reglados? ¿Y de lo naciente, todavía adánico….? (Desarrollar para más adelante.)  Tímido, ha tomado asiento junto a ella, que animada por la conversación, parece haberse olvidado de él. Los dimes y diretes se centran en los aspectos esenciales de lo que constituye un happening. Qué es y qué no es. Su validez o su inoperancia. También, su justificación como hecho artístico y su lugar en la historia del arte. Alguien llama la atención sobre “historia del arte” y “cronología del arte”, pues ambas cosas no tienen nada que ver entre sí, son meras licencias logísticas, ordenar el almacén de los epígrafes, las denominaciones, las fechas, las autorías… toda esa morralla. Nuevo debate: se alzan voces discordantes; otras bocas permanecen cerradas en astuta mudez (lo dice el aserto: más vale estar callado y parecer tonto, que hablar y que comprueben que lo soy). Hesse se encuentra en su salsa. Inventemos vocabularios, lenguajes, morfologías, sintaxis. ¿Pero qué diablos queréis: crear, inventar, pintar o escribir, jugar? Las dos, las cuatro, las cinco cosas a la vez. Las fronteras que Laooconte alzaba se han desvanecido, la amalgama renueva la gesta: nada contra nada, nada menos que nada, todo igual a todo, Ut pictura poesis/Ut poesis pictura. He ahí el híbrido del nuevo Prometeo: engañador hábil, heroico robador del fuego, “El Previsor” (que no dejará jamás que sus llamas se debiliten), artesano que a todos nos modeló con el barro primigenio, el que desvela los secretos del arte sagrado, adivino, mago, El Creador. “Nos hace prometeicos en el caos, artistas contra lo divino”, dice Hesse (Eva, la que cree mitologías). ¿Pintar? ¿Escribir? Mucho más que todo eso: la nueva propuesta artística cuyas condiciones espaciales comprometan una nueva visión, la obliguen, por así decirlo, a aprender a leer de nuevo. En cierto modo, el espectador siempre es un analfabeto. Se restriega los ojos frente a la obra enigmática de los dioses paganos, libres, dionisíacos. ¿El espectador? ¿El testigo? Que aprenda a leer y escribir cuantas veces nos venga en gana a los báquicos geniales. O que miren la TV. y nos dejen en paz. No arriesgan nunca nada. Y, encima, ellos, el espectador, se entretienen con el espectáculo que les proporcionamos las fieras (que, en el fondo, no muerden, jamás lo han hecho, sólo se matan a ellos mismos: Van Gogh, Hemingway, De Stäel, Larra, Sexton, Woolf, Rothko, Trakl, Lowry, Arbus, Gorky, Plath, Benjamin, Pollock, Pavese, Storni, Grosz, Carrington, Ganivet, Thomas, Walser, Pizarnik, Domínguez, Celan, Foster Wallace…)

viernes, 7 de julio de 2017

29

Una irremediable sensación de pérdida. En todo: objetos, personas, fidelidades, sentimientos…
Incluso inmóviles, a salvo de tocamientos indeseables y manipulaciones varias, la goma de tu poema, los plásticos de tu adjetivo, se resquebrajan, se agrietan, se pudren, se rompen, se deshacen… Desaparecen.
Es inevitable la ANALOGIA (escribe en su block de notas con mayúsculas).
Los parangones ocultos de un alma ataviada de sutiles genealogías, de un arte evocativo siempre, y a pesar de todo, de la condición humana, sus desechos y gestaciones ya inservibles.
Albers.
En el 71 le llamó por teléfono a Orange, pues la oportunidad de la exposición en una colectiva parecía favorecer encuentros de esa índole. Se mostró cauto pero accesible, todo indicaba que podría entrevistarle. Entonces mencionó  su relación con Hesse. En ese instante el viejo artista cortó la comunicación de inmediato, sin despedirse siquiera. No volvió a coger el teléfono en los días siguientes. Nunca le recibió.
“Háblame de Albers.”
“Es un ser compasivo. Su seriedad paternal, acogedora, no exime de la firmeza en sus enseñanzas.”
“¿Cómo se ve desde U2? ¿Sabes que murió seis años después de tu marcha, en el 76?”
“¿No tuvo tiempo de huir…?”
“¿Cómo…?”. (Pero en seguida sigue el juego). “Entiendo… No, al parecer la muerte le cogió de improviso. O ya no tuvo ganas de seguir adelante… ¡De viajar!”
(¡Gran sorpresa! ¡Hesse ya no está en U2! ¡Ha cambiado de universo! A bordo de la Up the Down Road III (que ha mejorado sensiblemente el prototipo anterior), llega y no la encuentra. Pregunta a algunos de los pálidos ambulantes, a punto de desmoronarse como un montón de piedras, aunque una de las bocas se abre como un agujero. Etcétera. “¿Y eso?”, inquiere al final, después de un par de miles de años luz, al tenerla enfrente de nuevo fresca como una rosa recién cortada, en U3, donde todos terminan siendo tan pálidos y de apariencia extenuada como en U2. “Circunstancias desaconsejables: me perseguía otro tumor, está vez en el útero.  ¿Qué te parece? ¡Me quería dejar seca! ¡Casi me alcanza!”).
Albers: En la Universidad de Yale confrontaría valientemente el simplismo genial de su geometría en un país donde estaba en su apogeo un expresionismo abstracto tan rico de improvisadas inferencias como baluarte de ingenio en provocaciones plásticas asignificativas. “Sólo es una base de entendimiento de la nueva estética”, aseguró al precipitar a un nutrido grupo de alumnos (entre ellos Hesse) a una reflexiva teoría en contraposición al gestualismo intuitivo campante en esos años. Algo del rigor de la Bauhaus había quedado en el camino del exilio, pero las variaciones cromáticas y las límpidas invenciones geométricas auguraban fértiles evoluciones formales y conceptuales. El subjetivismo de la acción desbordante promueve como desencadenante una ordenación formalista, de fría pulcritud, cuadrados evidentes, colores superfluos, reiteración, batallas cromáticas y espejuelos coloristas antitéticos o complacientes. Al cabo, esta última poética racionalista de nuevo engendra la polisemia del desorden y la metaforización lingüística en la maniobra artística.
 Queda el poso de la traición en la lengua. Como a tierra, el agua del sucio crisol: “Pero él me comprendió en seguida. Supo del lenguaje plástico al que me veía abocada. Lo aceptaba sin más: éramos alumnos.”
Albers la miraba con desasosiego pero con ternura. Este auténtico Bauhäusler, quizás el más sistemático, sufre en su interior por esta discípula aplicada que ha vuelto a él indefensa. Tienen tantas cosas en común. En 1969, meses antes de morir, E. le informa de su enfermedad violenta y tajante. Dijo: “Sin cortapisas”. El viejo alemán, de ademanes medidos, hasta cortesanos, tenaz experimentador e inevitable racionalista, trasplantado por fuerza a una América desordenada, no encuentra las palabras adecuadas de consuelo, enmudece ante la muerta inminente, un ser ya irrecuperable que sólo suscita impotencia. Qué situación tan incómoda. ¿Qué puede decirse? Lo que daría el “viejo profesor” por no hallarse en ese momento con la sentenciada. (Hesse desfallece, ha desaparecido el flequillo en la frente ahora feamente despejada y la melena oscura se vierte hacia la nuca con desgana, se hunden los ojos oscuros en las órbitas huesudas. Va en mangas de camisa, seria y con expresión ausente. Permanece junto al maestro de cabello lacio y blanco peinado a la perfección con la raya a un lado, encorbatado pero libre de la americana, un anciano aseado y de perfecta salud que digiere a plena satisfacción lo que come, que defeca con regularidad impecable… Aparta la mirada, se esconde tras los lentes redondos.)
Whitney, la última vez.  Enero 1970. Es un día de sol glorioso, y de un frío asustante. Se ha abrigado tanto que no parece ella. Una chica de Artforum la ha dejado en la 73 con la avenida Lexington.
En esta ocasión, Hesse se adentra a solas. No ha querido compañía de ninguna clase. No sabe muy bien lo que busca, así que se entretiene tranquilamente delante de las obras que le salen al paso. Omnisciente la contempla desde las alturas, yendo ella de un lado a otro. Recuerda la visita de los dos juntos, antes de las Navidades del 68, cuando él, profiriendo una boutade que años más tarde se haría realidad en las ciudades de la posmodernidad, declaró con estudiada insolencia que tal vez a los dirigentes del museo les interesaba mucho más erigir en el ajetreado espacio urbano un edificio contenedor como alarde arquitectónico que posibilitar simplemente la visión de la obras.
Se ha detenido frente a un Gorky de 1947, ya en la última época del artista, cuando se había convertido en moneda de cambio. Otra vez, Gorky, el tipo de la navaja, torvo. En el cuadro, que a ella le fascina, Hesse observaba sin dudar un erotismo que a él se le hacía difícil de adivinar: “Tus ojos no son de artista”, sentenciaba despectiva ante la su incredulidad horas después, en el estudio de la calle Bowery. Él callaba que, a su juicio, en cuestión de erotismo el fondo y la forma constituían un todo inseparable; lo erótico reclama una figuración explícita, a qué nublarla. “Hesse es una mística”, pensaba. Hoy sabe quién de los dos llevaba razón (…)
Estática delante del Número 27, de Pollock: referenciaba todo el abigarramiento armónico, en ausencia de la metonimia, la  metáfora demasiado legible, que la sola plástica debe ofrecer, de acuerdo el precepto axial de Hesse.
Regresa a la escultura.
Jennie le extiende la fotografía tamaño folio. “¿Para qué la imaginación?”, pregunta.
Todavía definiéndose bajo la luz roja empieza a hurgar en el cerebro buscando palabras.
Es un estatismo, diríamos.
No se desplaza en el tiempo, sino en el lugar. El tiempo es el mismo, pero, lo reconoce, parece como de una sustancia material aunque frágil, de levísima textura, un tafetán que transportara los acontecimientos, los hechos, las personas y las cosas, una envoltura amniótica: qué calentito el embrión.
Mas ella está en su lugar, donde siempre estuvo, nada de su habitación ha sido cambiado, en el loft el mismo orden, es decir, el mismo desorden, en las calles y avenidas las mismas visiones. Todo lo identifica, lo que le pertenece, lo que conforma el decorado. Vamos a creerlo de ese modo. (Y las personas, los amigos, pero todo semeja una película, los andares lentos, las texturas apagadas, los sonidos amortiguados… Algo raro hay.)
Hay que creerse todo lo raro. Ese es el lema del arte moderno.
A los 15 años, aún en el instituto, alguien, una profesora, miss C., larguirucha y tímida, de cabello corto y labios enjutos, de mirada implorante y manos grandes, fácil diana expuesta a la mofa cruel del adolescente (del adolescente de los años cincuenta) por sus gemidos histéricos y lo estrafalario de su atavío cotidiano, le informa susurrando de una reciente exposición al margen de los canales habituales. Se ha inaugurado en la calle 9, y muestran sus obras recientes más de sesenta artistas. Todos ellos pertenecen a una nueva corriente que de seguro va a revolucionar la pintura contemporánea.
La etiqueta:
Expresionismo Abstracto.
“¿Tú sabes quién es Jackson Pollock?”.
Parecía el título de una novela, tal vez de una película de la desconcertante década de los sesenta, aún no entrevista. Cinco años más tarde, cuando el cabeza de serie de la muestra se estrella conduciendo borracho su Oldsmobile V-8, la lengua cínica de otro aspirante a genio incomprendido le acaricia el oído con sarcasmo de ofidio a la bella jovencita a punto de ingresar mediante una beca en Yale: “Estuvo en el sitio justo en el momento oportuno… ¡Y se mató a la hora debida!”
“Sí, fue el mártir necesario.”
Muertos fueron todos: el gesto, la acción, el expresionismo, lo abstracto…

martes, 16 de mayo de 2017

28

-Su obra deriva del minimal art, la gesta aquella aspiración de Morris: “La obra escultórica reconstituida como objeto pero con toda la potencia perceptiva del arte figurativo, de la escultura representacional, con su mismo atractivo visual…”
-En cierto modo, esa fue una intentona pronto frustrada. En seguida se alcanzó un vocabulario plástico que pareció generar su propia lógica, su sintaxis, como algo que termina siendo funcional estéticamente, decorativo.
-Usted renegó de ello…
-Inmediatamente.
-La impulsaba la no forma, el imaginario de un desorden, por así llamarlo, nacido del material elegido para su conformación…
-No es del todo exacto. Aunque en un principio… Lo que deseaba conseguir en realidad era la no pintura, la no escultura…
-Pero eso sería como una mudez.
-Es verdad, pero elaborada, consciente (subrayado de él). Mi ambición, desde un punto de vista conceptual era llegar al no-arte, a lo no connotativo, a lo no antropomórfico e incluso a la forma no geométrica. A la nada estética, una especie de refutación. Era el riesgo total lo que perseguía, lo que en un plano artístico no es (subrayado de él).
Luego, Kaprow, los happenings de los sesenta, etc.
La noche de insomnio en el hotel por lo ruidos urbanos de afuera, las luces que se colaban por la ventana de guillotina, por ella física y real que rondaba el pensamiento una y otra vez…
Tres días más tarde…
¿Has cenado alguna vez a la luz de las velas?
Leí poesía, pero como el que analiza el aire que respira.
“Odio lo bello, lo perfecto, lo justo en todo…”
¿Qué explica eso?
En 1965 me dije: x.
Ahora (1970), ya sentenciada, una selección de sus alumnos en la Escuela de Yale (los mejores, con una beca Norfolk atada al tobillo como una bola de acero presidiaria) le ayudan físicamente en la realización de sus obras: queridos auxiliares, ayudantes, becarios risueños, artistas fracasados, silenciados, miles y miles de estudiantes de Bellas Artes, de vosotros es el Reino de los Cielos.
Amén.
1960. ¿Qué es el arte en Nueva York?
Cuatro gatos. No somos más. Todos nos conocemos. Pero somos los suficientes. Todo lo que suceda después será repetición o burla.
1965: 300 galerías de arte en la ciudad de Nueva York. Más que librerías. Cuestión de espacio.
¿A cuántos tipos ha visto como ése? Billeteras que andan sobre zapatos de hebilla, que visten trajes cruzados, conjuntos de elegantes chalecos y camisas de sastrería, tejidos de ojo de perdiz, espiga, príncipe de Gales, tweed… Todo lo compran, lo datan y lo almacenan, son los ascendientes directos de la generación de dragones de los ochenta y noventa de este siglo XX aún zarandeado por el final de la utopía.
Un tipo seguro de sí mismo, con las ideas claras. ¿Le van a decir a él lo que es el arte? Una expresión desdeñosa se graba en su rostro de piedra gris. A él es difícil engañarle: no ha dibujado una silla en su vida. En cuanto a lo demás… (Es el tipo que compra sus paquetes de sentimientos en una tienda de muebles usados de la Octava.)
No escribe él con plumillas Sargent-Major, al alcance de la mano los tinterillos colegiales de donde extrae la savia azul de una rememoración tenaz: encerrado deberías estar, mendigo, a solas recreándola, corporeizando hasta su aliento, su mirada. Prisionero en una habitación blindada de corcho con el aire irrespirable, cerradas las ventanas, aislado del ruido y el mareo de una época acelerada (Naranjas de Valencia, naranjas…), entregado a la memoria, a una reconstrucción acaso falseada por una sintaxis más plástica que literaria (a buen seguro). La dispones contra un fondo de vertiginosa mudez a pesar de sus múltiples estruendos a toda hora. Deja de pisotear los forillos y decorados de una Nueva York que sólo es el viaje a una evocación arbitraria y sesgada, escenario oportunista y falaz de una prueba de resistencia que desafía la cordura: justificaría ella un arte y una existencia con la trama descabellada de una ropavejería espiritual tan alejada del ornato como de las fáciles mentiras: la ciudad no importa: es el soporte: es el escenario y, además, intercambiable; enredado tu, raro espécimen proustiano en la epopeya de la minucia, y tu descaro de petit inventeur en idas y venidas, figuraciones.
Nada le disuade del gran proyecto. “Es esto”, se dice. Al menos esto es lo que sé que debo hacer.
(A veces, Jennie le mira con extrañeza, hasta con desconsuelo, a ese robot…)
Si no pinta ni esculpe, al menos las manos, el taller.
La obra de arte moderna como una prueba física, un desarrollo material que exige una energía adicional a lo puramente intelectivo. Lo procesual, un elemento hasta ahora irrelevante, elevado a categoría artística. Forja, cosido, soldado, atado, enhebrado, alzado, bajado, clavado… ¡Uf, que esfuerzo!
Los ojos escrutadores seleccionan las piezas a examinar muy detenidamente: mañana de domingo en el parque brillante de sol, de colores, de gente, de la atmósfera empalagosa de finales de abril, radiante. El Depredador con el bic encapuchado encerrado en el bolsillo y el bloc de notas olvidado en el cajón del escritorio al otro lado del río se miente sin el menor escrúpulo. Ha elegido su víctima: largas piernas que acentúan despiadados los shorts amarillos, cabellera dorada al aire, el busto erguido y juvenil bajo la camiseta de rosa pálido, la boca roja… a escaso metros de él… “Como aquel tipo que se convirtió en tiburón y merodeaba bajo el agua las playas festivas devorando a las bañistas rubias.” (De adolescente siempre le habían atraído las rubias; ahora buscaba a las morenas, y no escuálidas, aunque sin llegar a las demoledoras apetencias de Monsieur Gauguin: “Me gustan gordas y viciosas”.)
Paseos a ninguna parte. ¿Quién sabe de esos y de esas?
Cada 40 segundos se suicida alguien en algún lugar del mundo (2010). Hacer de la vida un instrumento de esclarecimiento, de apreciación de una realidad que siempre va a escapársenos, nunca de agresión a nosotros mismos. La verdad de todo es vivir, y el cuerpo como vehículo de una travesía impredecible. La muerte no nos sirve.
El suicidio deja todo a medias, imperfecto, incorregible.
Mas también es la respuesta adecuada, quizás única, a una condena prematura, una rebelión magnífica ante la injusticia suprema de la desaparición definitiva, a traición.
Pero ella contraataca:
“¡Qué desperdicio!”, exclama en U2
(“Pues tú, querida, estás en U2. Respecto a nosotros: en U1 estamos sin ti, por mucho que nos hayas tele transportado a U2, y todo esto suena a cacharrería cósmica, porque no hay manera de escenificar nada serio mientras andas en otro condenado universo. ¿Cuánto queda para U3?”)
“¿Cuánto pesas?”
“¡Maldito grosero!”
“Sabes, cada kilogramo de peso que se lanza al espacio en un cohete de la NASA supone un coste de 50.000 dólares. 55 kilos la rellenita judía: 2.750.000 pavos. ¿Tienes la pasta?”
“Por supuesto. ¡Metida en el tercer bolsillo trasero del pantalón! Mi viaje (sólo ida) es gratis, imbécil. Sin mediación de cosas o personas. Basta con la imaginación, la materia del arte a fin de cuentas.”
Es… ¡su hermana gemela!
La besa muy despacio, como sorbiendo el jugo de la ambrosía bajada graciosamente de los cielos, mientras andan a paso lento por el jardín de las esculturas. De cuando en cuando ella abre tímidamente un ojo y mira de soslayo algunas de las obras, algo que provoca que él se sienta bastante miserable, aun con la boca perfumada, exultante de mil sabores. Tras la esquina: de nuevo solo.
 Anduve entre fantasmas, cuando...
Muerte de su padre: verano 1966. Desquiciamiento. (Siempre volveremos sobre ello).
Fuera de las páginas de la biblia, los patriarcas no cuentan sus años por centenares: tremendamente vulnerables.
16 de agosto: Daddy is dead (Helen Hesse: proteger (¡como sea!) a Eva (17/8/1966)
No hay ningún sitio en el terrible calor donde puedas esconderte, escapar del sofoco de las piedras, de la asfixia de la noche.
Una muerte, una tan sólo, y mata el mundo.
1969: Torres gemelas, aún puros esqueletos alzándose al cielo: 40 plantas. Work in progress.
Merodeo en torno el City Hall.
Me hundo en la parada de Brooklyn Bridge. Hago transbordo en Union Square. Entre luces y sombras. Así. Me hallo a salvo en la tibia oscuridad. Gano la calle subiendo de dos en dos los sucios tramos de la escalera del metro.
Afuera: las franjas blancas de los pasos cebra se encuentran tan despintadas que me cuesta creer que los automovilistas se detengan ante mí.
Alguien me empuja. Otro me golpea con el brazo al adelantarme. Una me roza con su gran bolso de Macy’s.
Un negro gigantesco (“un hombretón de color”) me aparta sin disimulo de su enérgico paso. 
Foráneo siempre en peligro constante, sumido en espejismos, troteras, danzadezas.
1969. 15.
Moratorium Day.
Ella, que ya lleva dos agujeros en la cabeza: podrías meter el puño ahí.
Paseos tristes, el miedo, los gestos inútiles (pero eso es la esperanza, la lucha…): alguien le entrega un globo negro con el nombre de un muerto en Vietnam, lo suelta al cielo…
Antes, una chica muy hermosa ataviada con una túnica blanca, con una cinta india ciñendo su frente, sentada en la escalinata de St. Patrick entonaba (pero era casi un susurro) una bella canción, como una plegaria.

viernes, 21 de abril de 2017

27

 “Imposible”, calcula.
Finalmente, otro de los cómplices del arte-joven-de-entonces adquiere una furgoneta de segunda mano (revisada) por 125 dólares a un tal El Gran John (bigotito de galán, amplia sonrisa y una corbata chillona debajo de una americana a cuadros) en un descampado de Brooklyn engalanado de banderitas americanas y amenizado por una música estridente que escupen unos altavoces amarillos encaramados en lo alto de un poste.
Las Obras del Futuro ya circulan por las calles de Nueva York.
Sueña poca cosa, es de buen conformar. 1954: “Hola, Hesse. Sube, puedo llevarte a cualquier parte del mundo.” Sonriente, abre la portezuela del chevrolet marrón invitándola a un viaje universal.
Aún no ha escrito nada pasable y ya bebe demasiado. Mal asunto: se le secará el hígado antes que la sesera.
Suerte de penitencia: agosto, calor asfixiante, en Market Street, tocando el río:
“¿Qué va a ser, hombretón?”, interpela la zurda del bloc de notas mirándose una uña de la mano izquierda, la que sostiene el bolígrafo.
“Una sopa fría de frutas.”
“¿Y qué escanciamos para beber?”
“Té helado.”
“¿Qué pasa con el postre?”
“También té helado.”
“¿Tomaremos café o bailaremos un vals?”
“Otro té helado.”
“Cuando salgas de aquí vas a parecer el Hombre Masa Verde, encanto.”
“Eso espero, madame.”
La duda es corrosiva, paralizante. Mejor no pensar si no quieres crear copiando sus fachas (¡hasta sus muecas!), la presunta realidad de sus cosas y edificios, y cielos y paisajes, traducirlos tan reconocibles que harían inútil e innecesaria la obra…: “Las cosas, los espacios, los lugares, el objeto (ya sagrado por su manipulación) del arte… ¿se parecen a mí? ¿O soy una farsante…?
ROTHKO: le gustaban los cuadros de la “época oscura”. Esa forma de hablar, la época oscura, ¿sabes? Respecto a Pollock: la época amarillaenexceso etcétera.
Qué manera de hablar. Idiolectos. Se reconocen entre ellos. Se saben de la tribu, los colores distintivos de sus plumas, su debida disposición: ¡ah, la jerga, la asilvestrada jerga del que sabe!
La disolución de las formas ha propiciado plurales vocabularios plásticos y sus anexos: todos jerigonza.
Cuadros. Edificio.
De la arquitectura no le gustaban las formas concebidas de sus contenedores: disfrutaba recorriendo la geometría de los suelos acotados, midiendo los espacios creados, ordenados, sugeridos. Pero afuera, todo eran contenedores, bellos o admirables rascacielos de mínimos y simples espacios interiores (que era lo que importaba).
Rastreaba aquella época de Nueva York donde imperaba el hierro colado, el ladrillo rojo, los muros exteriores también de ladrillo… (“Saber de dónde evoluciona uno, ciudad…”) La brisa de los dos ríos llegaba al mismo centro de Manhattan, y los cielos al alcance de la mano.
Haz las presentaciones:
Donald Judd,  Sol LeWit, Morris, Andre El Sumo Sacerdote.
¿Quiénes son éstos? Los nuevos pontífices de la palabra evangélica-artística: puro misticismo, psique, magia, sueños: la novicia debe entender, saber, callar.
¿Y él?
Señores: the goshtwriter, old chap.
Dijo de él: tiene un carácter iterativo.
¿Y eso…?
Probablemente se refería a la rutina de sus gestos, sus costumbres tan arraigadas, su mirada muerta de repetición, todo un hombre de serie.
El Visitante se reconoce de tal guisa. Sólo una leve addenda (et corrigenda): tiene problemas con la vista hasta un nivel peligroso. Dejemos en paz la mirada, ese roto en la oscuridad.
En todo caso, siendo consecuentes: la serialidad no es la mayor afrenta de la fabricación minimalista ni la menor de sus virtudes. El reproche está fuera de lugar y le amparan los circunspectos serialistas que hacen del vulgar objeto de consumo su morfema: Warhol, Jim Dine, Jasper Johns, Rauschenberg…
El form follows function de Sullivan no es aplicable a los asuntos artísticos y humanos, replica.
La otra le mira extrañada con la copia de una fotografía (o una litografía, o grabado o pirograbado o serigrafía…) en la mano.
Ray: “Los mejores tiempos no eran aquellos en que sentías la necesidad de ser protagonista, y tampoco fueron los más generosos y honorables, pero sí fueron los más cabales a pesar de todo. Vendías The Daily Worker por las esquinas de la ciudad zarandeado por temporales de nieve o bajo el temible sol del mediodía de agosto simplemente porque, por más que lo evitaras, también podías descubrir a tu alrededor la desdicha.”
La luz de los tubos fluorescentes impregna las figuras de los mirones que recorren divertidos el espacio de la Green Gallery: los atrapa en una escultura que no es una escultura.
Palabra a palabra, ella lee minuciosamente Specific Objects. Fortalece su ánimo, y le hará falta adiestrar su insolencia para más adelante, cuando llegue el gran momento de Eva Hesse.
Empecemos por el principio: no manchemos nuestras manos. Yo dejo mis diseños en manos de los Bernstein, confiesa D..
Pero ella se cree algo artesana: en cierto modo, ella sí es capaz de mancharse las manos, y se pasará horas y horas metiendo centenares de tubitos de plástico en parte de los 8.000 agujeros de Accession III
La prehistoria de Carl Andre: “Es un tipo pobre vestido de negro y con la barba y el pelo muy largos y desastrados. ¿Y qué nos ofrece? Unos trozos de papel cuadriculado donde aboceta sus imaginaciones. No tiene dinero para llevar a cabo esas obras de caros materiales, así que toda su biografía de artista la guarda en un bolsillo del pantalón junto con el llavero y la agenda de los teléfonos importantes.”
En el taller de J.: el teléfono negro de baquelita de aspecto sumamente comercial encima de un maravilloso buró de los años veinte repleto de notas y folios a medio escribir. Al otro lado, junto a la vieja banker de pantalla verde, la Corona Smith (modelo la más vetusta).
Entre muchos de estos argonautas que navegaron por las aguas de Corea destaca el hecho de empezar a hacer arte desde las tripas de un museo. Una innata sabiduría les hizo empezar desde lo alto.
La obra de arte, afirmaba sin ambages, puede ser las mismas palabras pronunciadas antes de su creación física.
Paragraphs on Conceptual Art: el aspecto de una obra de arte es lo de menos.
En Bond Street vio avanzar hacia ella un tipo de mediana estatura con un martillo en la mano. Vestía una camiseta de manga corta ceñida a los brazos musculosos y que marcaba asimismo unos  bíceps y pectorales no desdeñables. Ultimaba su aspecto unos vaqueros manchados de grasa y negros goterones y unas sucias botas de obrero. Era Robert Morris. “Ante todo”, aseguraba con la mano metida en la entrepierna, acomodando los testículos en los calzoncillos, “soy un intelectual.”
“Toda obra indica un camino. Sólo es un principio. Nada empieza y acaba en sí mismo”, dijo. Y eso, en verdad, era del todo alentador.
En 1961 había menos de cien galerías de arte en Nueva York. Tan sólo veinte de ellas exponían arte verdaderamente contemporáneo.
La cartelería estridente del pop art había encendido, por fin, los rincones más oscuros del callejón de los gatos y del arte.
La contradicción es la gasolina de la innovación o su hermana más precaria la novedad.
Una golosina: no importa que no sea arte, es.
Las imágenes y los iconos de una cultura de lo trivial parecían hermanarse con los materiales y los procesos en serie de las factorías de montaje y la producción prefabricada.
(Pero he ahí la niña traviesa: con los calcetines bien altos y la sonrisa inocente sale de la esquina en penumbras y de un suave manotazo desmorona las piezas del mecano: vuelve a entronizar al artista solitario, oculto e individualista, trágico y penoso como lo fueron el loco holandés y El Chico Malo de las Praderas.)
Mayo de 1970. El aura, ha vuelto.
Ella ha puesto sus manos ahí: ¡la hostia consagrada!
En 1966 el Jewish Museum, con buen ojo, organiza la exposición Primary Strctures, que supone el lanzamiento del llamado arte minimalismo. Una patente economía de medios y el uso de materiales industriales definía en un primer momento el análisis de su morfología chocante: la ordenación seriada y las llamativas estructuras de repetición avalaban su carácter prácticamente conceptual. Lo objetual incidía fríamente en el discurso de lo técnico y lo prefabricado. Los materiales electos implicaban a su vez una intencionalidad formal: plexiglás, acero inoxidable, planchas de hierro, superficies laminadas, aluminios, hierro galvanizado… ¿Y detrás de todo ello? Un misticismo nada religioso en el fondo y proclive a una esencialidad pagana de la artesanía y oficio artísticos.
Se trata de un acontecimiento que nada tiene de político. Se trata, señores accionistas, de dinero... Y todos ustedes saben perfectamente a que me estoy refiriendo.
Una inversión a medio-largo plazo. Una alza sostenida, sin que ningún mercado bajista haga zarandear su valor.
Y está, luego, la entropía de Hesse, el irresistible encanto de una juventud tronchada (los besos robados, las mañanas burladas, las desnudas noches vacías de recompensas) que recupera el misterio, la oscuridad.
Estados mínimos de orden y complejidad, tanto desde la forma como desde la misma percepción.
Y hoy, igual que ayer, haremos que los precios suban como la espuma. A fin de cuentas, no existen tantos valores convertibles, y el arte puede ser uno de los más señalados: los artistas mueren; algunos, hasta agonizan de muy mala manera (y ésta debería ser la cosa: literatura añadida).
¿Qué novelas lee?
¿Quién se acuerda de las novelas que ha leído…? Los autores, acaso.
(Ella) Menciona tímidamente a Simone de Beauvoir, aunque ningún título de sus novelas.  
Le gustan los saltos narrativos.
Nadie lo hubiera dicho.
¿Días felices, de Samuel Beckett? ¡Vamos, qué manera de fantasear a base de seres indefensos…! ¡No son de papel, estúpido!
En el 67, en Londres, compra montones de novelas en edición de bolsillo (de tercera mano): Penguin, Pelican. Vuelve a España con el saco. Se aburre. A principios de 1968 viaja a Nueva York. Tiene algún dinero de reserva y un encargo entre manos. Y la conexión Lisboa-New York (Jennie).
Ella ha llegado tarde del estudio. Se ha duchado, se ha puesto ropa cómoda, bebe despacio una Coca-Cola. Enciende la radio y selecciona un canal de música. Deja el volumen muy bajo, casi inaudible. Coge una carpeta repleta de fotografías familiares y se sienta en su mecedora española.
-¿Quieres que salgamos? -pregunta él.
-Es tarde.
-Comemos algo por ahí, y luego vamos al cine.
Alza la cabeza y le mira muy seria.
-No tengo ganas de ir a ninguna parte. ¿Por qué no te preparas cualquier cosa para cenar? Yo no tengo hambre.
-Hablemos de novelas entonces (pero no de esas donde se frunce mucho el entrecejo y los personajes inquieren, dibujan una sonrisa en los labios y miran a hurtadillas).
Frunce el entrecejo cavilosa, como si estuviera pensando las palabras precisas para responderle. Ha vuelto de nuevo los ojos a la carpeta. Su expresión ahora es de una perplejidad absoluta.
-¿De novelas? –inquiere suavemente-, prefiero escuchar música.
El Huésped, entonces, se calla y mira afuera a través del cristal mientras una sonrisa se dibuja en sus labios:
Las ventanas encendidas de la noche envueltas en un extraño silencio que ni siquiera lo perturba la lejana sirena de la ambulancia o el coche de la policía, los aullidos inacabables del estridente nocturno neoyorquino, ciudad sin sueño.
(Cien años más tarde, él coge el pesado volumen: 800 páginas hincando el diente en la vida del muy honorable vagabundo hermético y menesteroso mister Beckett.)
Abre por una página, dice, y le tiende Esperando a Godot.
Pero ella ya le mira con cierto hastío. Baja la cabeza y torna a contemplar las viejas fotografías:
Evchen sonriente, escondida en una gruesa prenda de abrigo exactamente igual que la de su hermana mayor, media cabeza más alta, y el gorro de lana coronado por un pompón que cubre la cabeza, las manos enguantadas, la nieve alrededor, tan cerca la casa confortable y cálida, los aromas que allí dentro emanarán endulzando las paredes, el techo: chocolate caliente, tarta de manzana, compotas, mermeladas, vainillas…
Transcurre tranquilamente la velada, con el asesino dentro.
De cuando en cuando, él la mira hurtadillas.
Nadie sabe realmente de qué materia está hecho el tiempo…
El mira en derredor del interior del melocotón de luz donde ambos se hallan metidos ahora…
“Esto es el tiempo.”
No puede haber nada después de esto: veo caparazones, corfas. Disfraces carnales, sanguíneos, huesudos pudriéndose segundo a segundo, enfermando, muriendo, desapareciendo de la tierra, planeta pequeño de un sol mediano de un sistema mediocre en un universo aún naciente (¿se expande o no se expande?).
A ver si nos entendemos o no nos entendemos.
De nuevo un español desarraigado, españoles serios que jamás ocultan las cicatrices, paseando entristecidos con las manos cogidas detrás de la espalda por los muelles de South Street, antiguos conquistadores de tierras, indios y buenos acólitos del dios (el de ellos).
SIEMPRE SACA DOS COPIAS AL CARBÓN DE LOS TEXTOS, PUES NUNCA LE DEVUELVEN LOS ORIGINALES MECANOGRAFIADOS.
Se ha perdido otra vez en alguna de la 400 estaciones del metro de la ciudad.
Finalmente, Jennie acude en su auxilio a un millón de millas del apartamento.
¿Qué buscas en realidad tan lejos de todo?
En fin…
Él vuelve a las medias verdades, trata de confundir a la mujer de los tres ojos.
En la 46, entre Madison y la Quinta.
Gotham Book Mart.
Una de 1927 que vale su peso en oro.
Ya en el agujero: pasa las páginas amarillas con olor a polvo. Se olvida de cenar, no olvida (nunca) quien es.
Ese veneno.
Se encuentra en una zona de la ciudad que “ni siquiera era de las que salen en las películas ni en las series de televisión” (?).
La tristeza de los parques, ya en los días grises, las tardes silenciosas y ociosas. Hay una náusea (tal vez no lo sea), una sensación imprecisa de ahogo y miedo al vacío, como si una película traslúcida te envolviera a ti y tu ínfimo territorio, aislado de tus semejantes (que no lo son tanto), de sus costumbres y rarezas (puesto que no te dirigen una palabra, puesto que al cruzarte con ellos sus miradas traspasan como si nada tu presencia anodina y desdeñable por anónima, inapreciable, puesto que no sabes adónde van, ni de dónde vienen, ni por qué están hechos de la forma que lo están…, puesto que todo es inútil).
Llegas al parque como al hogar (y quizá lo sea para el andariego solitario).
Llega al único sitio que de verdad lo oculta sin cansarlo a él.
Pero el refugio del parque, cansado y con el alma desalentada, es simplemente la derrota, y su calculado paisaje y sus gracias, sus grandes o pequeños árboles, el seto y el caminillo admonitorios, el diseño efectivo de sus lagunas de aguas quietas y los brillantes o apagados verdes del césped y la hojarasca indescifrable abocan al encierro del pensamiento inane donde la idea o las ocurrencias se aquilatan densas e impenetrables, impracticables, de una devastadora esterilidad.
Y, sin embargo, el aire fresco y embriagador, el olor de la tierra, y la corteza del árbol…
Octubre.
De pronto, la hoja cobre.
El aire azul fragua en el  estanque.
He aquí (después de todo) coronaciones, otoño de vuelta.
Enferma, aún sin temor, sin imaginar (toda previsión en el arte arredra) la fatalidad a la vuelta de la esquina, acude debilitada al acto inaugural de la exposición en el Finch College, en diciembre de 1969. Lee una declaración. La teoría de la perfecta nada hecha objeto, el gesto hecho concreción, una cristalización finalmente.
Antes, 1968:
Le había invitado a tomar asiento. Había previsto tomar notas, pues siente un extremado cansancio al utilizar la pesada grabadora de cinta, activar su susurrante mecanismo, un trasto de los primeros años sesenta que adquirió de saldo en una tienda de cachivaches y electrodomésticos usados en la calle Catorce. El simple hecho de enganchar las cintas magnéticas ya resultaba técnicamente demasiado para él.

martes, 7 de marzo de 2017

26

Lo que le ocurre es que es incapaz de escribir una línea que continúe el sentido de la anterior. El solo ruido de las teclas al golpear el inocente papel sobre el rodillo le saca de quicio, lo llena de vergüenza y le conduce a la desesperación total (¡Mira que si te oyen los vecinos fingiendo!). Paralizado, respira a medio gas (intoxicado). Aburrido, es capaz de dormirse en la silla frente a la máquina con la cabeza inclinada contra el teclado y los brazos a los costados. Otras veces, cuando no cierra la puerta tras de sí de un portazo y escapa hasta la estación más próxima del metro que le lleve lejos de allí, pasea desganado y sin afeitar fumando sin parar, encendiendo un Pall Mall con la colilla del otro, la mirada drogada a través de la ventana: “Un habitante de la luna le dijo a otro…”.
Un día se sorprendió leyendo revistas del tipo Hustler sentado en el retrete. Y también descubrió que las sábanas de la cama llevaban un par de semanas sin visitar la lavandería.
La Caída del Caballo Camino de Damasco.
Y hasta vio un piojo.
That’s all, folks.
Se dio una ducha de agua fría (febrero), se afeitó y hasta se frotó las mejillas perfectamente rasuradas con el after-save de fragancia limonada que le había birlado a uno de sus anfitriones de antaño.
Al día siguiente empezó a escribir de nuevo. No fue gran cosa lo que salía de la máquina, pero... Esto, o te mueres.
Afuera nevaba.
El primer golpe a la tecla “e” (la más castigada) derribó el mundo.
A rodar.
A recomponerlo.
2 de mayo: santa Wiborada, virgen y mártir… ¡Oh, tú, mi dueña, líbrame de los inútiles, ábreme el camino y dame paso a los sapientísimos!
Lunes, 3 de junio, al atardecer: disparos contra Warhol. (1968). (Por ejemplo).
¿Aún estamos con eso?
Cronología 1969:
Nixon presidente.
6 de abril: marcha pacifista.
Julio: la luna.
Agosto: asesinato de Sharon Tate en Bel Air, Los Ángeles.
“¡Tenemos a Vietnam a las puertas de la patria!”, vocifera el congresista republicano (los ojos inyectados en sangre, echando espumarajos de rabia por la boca, con los puños prietos, las venas del cuello a punto de reventar… Todo un maldito predicador del demonio).
Panteras negras en Chicago. (La pantera, dijo asintiendo con la cabeza y la voz muy seria, es un animal que sólo ataca para defenderse).
El campus de la universidad de Los Ángeles cercado por la policía (requisa flores, levanta faldas, golpea con furia a los cráneos peludos, dispara y mata a algún forajido: estamos en el Oeste, forastero: todos lo habéis visto: iba a dispararme primero.).
Incendios urbanos en Detroit, en Atlanta.
¿Qué está pasando?
¿Dónde?
En Estados Unidos.
En Estados Unidos pasa lo que en todo el mundo: nacen, viven, se reproducen y mueren (de un disparo o de un alto índice de colesterol o de una locura celular).
1965: USA, abrigada entre dos océanos, es parte del mundo más allá de sus tranquilas playas donde no le alcanza el crimen: en otros países, pequeños y pobres, cientos de niños son muertos a diario por las bombas anónimas, se perpetran aviesamente decenas asesinatos de personas comprometidas en lo político y lo social, son varias las democracias sudamericanas instauradas legalmente saboteadas por las multinacionales yanquis de la época que imponen salarios, gustos y servicios, dictaduras protegidas por el stablishment: los marines de Wall Street disparando a ciegas en las calles, entre los coches…
A despecho de sus mixturas, USA es muchos significados (y significantes, unasbarrasyestrellas inconmensurable).
Cronología Arte 1970: ¿y para qué?
Acudo con ella a JL.
Puedo acompañarla a cualquier sitio. Siempre que quiera: soy El Invisible.
Finales de julio de 1969.
En todo momento la tengo a mi disposición.
Cena con la artista en R. (vino blanco y pescado, pero un pescado…). Hablamos de...
Paseo por Central Park por la tarde, bajo los árboles. En seguida el crepúsculo. Languidece el día.
Finales de Julio de 1969.
Hesse marchará a Woodstock, a unos 170 kilómetros de Manhattan.
La acompaño a casa la noche previa. Es como andar entre tinieblas, enhebrados en una textura como la que informa los sueños, o los tiempos pasados recordados, imaginados, creídos.
Hesse, ya en la cabaña de madera, lee a Keats, a Dickinson. Cartas desde otro país.
Maravilloso el peinado pixie.
“Pero es que…”
Le tapo la boca con la mano, no quiero que siga hablando, no quiero saber…, bastan los labios tibios y carnosos, los apetitosos labios cerrados.
Suelo despertar en la mitad de la noche: y todo sigue vivo en la ciudad que nunca duerme, siempre hay una luz en algún rincón de la oscuridad. Y pienso. ¿Lo que soy? No… ¡Lo que son los demás en esas jaulas oblongas al cielo, negras, macilentas al amanecer, encendidas, silenciosas…! Respiran el mismo aire, caen bajo el  mismo inquietante interrogante: no pueden ser tan distintos, sufren la misma carne y sus… ¡derivados!
Comprado un Collier’s del 40 en The Green Train: un viejo relato de C. Alguien lo ha calificado de “pestiño”. ¿El mismo Ray?
1970.
25 de febrero: suicidio de Rothko en su estudio, ¿cómo era su estudio? La nota la ha descubierto en una carpeta negra cerrada con gomas elásticas. La abre: cae lentamente al suelo el pedazo de papel manuscrito. Lo lee. Su estudio era grande, blanco, frío. Un aire glacial recorre de parte a parte un espacio lejos de lo emocionante, desangelado como el amanecer hiriente y temible. Sin embargo, las manchas de pintura, los goterones, los botes de acrílico abiertos, los pinceles sobre la madera pintarrajeada de la mesa…: lo peor, la cuchillas más afiladas de la duda y el descreimiento.
Lo trágico: Esquilo.
Curiosamente silencia a Eurípides, tan próximo a la tierra y los problemas de los hombres, tan poco “aristocrático” comparado con los otros dos hacedores de tragedias. Lejos del cielo, el hombre y la mujer de Eurípides despide el aliento fétido del drama humano: eres un trasto del destino, de acá para allá ha de llevarte y tu final será inesperado. Sin dioses, eres diana de la contingencia y el absurdo.
Si no acabas gaseada en un campo de concentración el destino te finiquita con un tumor en la cabeza a la edad del Cristo (mes arriba, mes abajo), se dijo, mirando a hurtadillas a E., a su lado,  chiquita seria: estudia el cuadro del ruso, negro sobre gris. Qué mirada. Hale, a desentrañar lo incomprensible.
Amaba a Esquilo. Una religión.
¿Se creerá Orestes?
Lee a Esquilo. Escucha a Mozart con arrobo. Escudriña los textos más esquivos de Nietzsche.
¿Por qué Orestes?
Estudiaba a Esquilo.
Estira la cabeza:
se eleva sobre los coturnos. Al otro lado del muro nunca hay nada, nadie.
Mozart: la sonata 25, el Réquiem y sus muletas litúrgicas, el concierto para flauta K-626 de la gran tristeza.
Pero Esquilo, su misticismo tan presente, la religiosidad de sus artimañas, atrae al artista miope. Quiere algo de más allá, unas gotitas de esencia, un condimento para el alma. ¿Esquilo? ¡No les debes nada a los dioses! No concilies tu espíritu con las tinieblas de un cosmos vacío de sentimientos.
Esquilo, el oscuro, la magnitud de lo invisible y el hijo del boticario eslavo plasma secretamente en las superposiciones de los cuadros todas las religiones, pues una es en el fondo de ese cromatismo trabajoso. Sólo la luz tenue es capaz de invocar el acento de unos cánticos que a través del tiempo nos llegan de la antigüedad piadosa temerosa sólo de los dioses pero de ninguna iglesia y sus rituales de singular invención.
El hombre callado se comunica mediante el lenguaje más silencioso. Las tonalidades vertebran un discurso tan etéreo a despecho del resplandor cromático que convierte sus cuadros en versículos de un rezo ajeno y extraño que, en realidad, deberían bastarle a él sólo. Una muda sonata que a duras penas se alza de la vibración de los pigmentos mezclados. Hay una levedad en esas pinturas, una transparencia tal, que deja adivinar una primigenia capa de color secreto que llega a desdecir la imprimación final. Lo que de veras se ve parece venir de adentro del cuadro, de muy adentro.
Ditirambo, composición visual u oratorio del hombre abocado al sentido apolíneo de la existencia, pero que en sus manos se alza lo místico, tan sólo una búsqueda infructuosa de la catarsis reveladora y, así, allega a una criptografía personal resultante de un cara a cara con los misterios del ser, con el terror de la nada.
Pudo aferrarse a lo trascendente, como el náufrago a un madero chapoteando en el agua…
Pintar, otra religión mentirosa.
La cuarta de Brahms; la séptima de Brückner, la décima de Mahler… Mozart, de nuevo, el concierto para flauta, la sonata 21 (y no hay otra)…
Prefirió, otro más, el abismo de la locura o la muerte.
Se enardecía, el pobre, con oberturas de Gluck, de Purcell…
Paseo crepuscular por descampados y edificios ruinosos. Flojera espiritual: tres siluetas abultadas por ropas pestilentes y harapientas en torno a un bidón metálico arrojan montones de biblias de la Gideon Society a su interior que avivan sin cesar las lenguas de fuego que les calienta.
Exposición de Carl Andre en el Guggenheim. Es el hombre al que más admira.
Entendámonos, es un poeta, declara.
Una autoridad en la vida y en el arte. Una eminencia de los profundo ininteligible: deja las cosas como están de tu mirada a tu espíritu. Eso facilita el trabajo del artista: escribe en mayúsculas incluso las cartas más íntimas.
Vamos a aclarar las cosas.
Hablemos de Ana Mendieta (otra que voló), la mártir de Andre. (Bueno, más adelante, mucho más adelante de EH, por entonces en alguno de sus universos de por ahí, en El Gran Cosmos.)
Andre simplifica las torturas, el futuro, lo enredos de una metafísica doméstica y prescindible: basta la mostración, y lo que detrás actúa pero no se ve.
Tú nunca sabrás lo que hay detrás de C.A.
1970: nada del mundo de afuera tiene importancia. Todo se ha inmovilizado, detenido el tiempo. Una luz de un amarillo débil, agrisado se cierne sobre las cosas y los seres, sobre el inmenso e increíble silencio de un ciudad estrepitosa y en constante movimiento las veinticuatro horas del día.
Una deriva sentimental hacia la apatía la llevaba a confundir cualquier tipo de amistad con un potencial peligro de naturaleza sexual. (Anot. 9/1969.)
La luna: la película, el episodio de Pasolini: La tierra vista desde la luna. ¿AÑO? Cualquiera sabe: en los sesenta, seguro. Le pregunta de nuevo. No sé, me daban pena sus personajes, de miradas tiernas, tan dignos como grotescos, como pobres son sus ropas estrafalarias, de chamarilería, tan inofensivos,  miraban otra Tierra
Viaje a un pueblo rural, a dos horas de Nueva York en dirección norte. Hotel. Bar. Restaurante. Noche. Diálogo.
¿Qué es el arte? ¿Qué nos impulsa…?
Le ha presentado a un artista canadiense que vive en México. Ahora expone en X. De Nueva York.
¿Y tú?
Apostado en una esquina (W 8 Th St. con la Sexta). Tendida la mano, los ojos bajos. Amontono dinero limosnero para el viaje a la Universidad de Texas y escudriñar los Grandes Manuscritos: “Brother, can spare a dime?”
[¿Dime novel?]
Mueres, y mueres para siempre. El mundo de los vivos se desploma en el mismo aire como una pompa de jabón.
Aire.
¿Cómo te sientes?
Como ese pobre tipo de Chandler al doblar la última esquina: “No oía mis propios pasos: era un hombre muerto.”
Pero el cielo en Nueva York, parece sorprendentemente bajo.
Se ha cambiado de domicilio. Ahora, en la calle Perry, tocando la Séptima Avenida. Hasta la máquina de escribir suena mejor. Todo parece muy fácil. Deja la ventana abierta. Bien entrada la primavera, el piar de los pájaros escondidos en las copas de los árboles llega a sus oídos como un canto evocador. Me gusta este lugar, se dice mirando a la calle, antes del anochecer. Si pudiera lograr dos centavos por palabra, se lamenta. Envía la nueva dirección a Jennie Queiroz, que fotografía la costa de Maine para una revista de São Paulo.
Lee algo sobre los “Bowery Boys”: Sol LeWitt, Mel Bochner, Lucy Lippard.
Así que, cowboys.
Después de pagar con mano temblorosa 10 centavos a un moderadamente sorprendido Raymond Th. Yeats que sondea su rostro sofocado, huye a toda velocidad agarrando firmemente el tesoro rapiñado del fondo submarino que sedimenta el contenedor de revistas usadas: un Harper’s de finales de 1949 con un cuento del todavía principiante John Cheever ilustrado por un tal Andy Warhol.
Cuarenta años más tarde. Ahora, Hesse, sería irreconocible: le busca en Internet. Aparece. Fotografías. Un millón de glosas. Un millón de ocurrencias. Un millón de comentarios. Sucintas biografías y análisis de su obra que bordea lo ininteligible. Creabas. Eso parecía ser todo. Cliquea (sic): resucita, se ríe, mira a la cámara, ajusta unas piezas en el suelo, tiende unos cables del techo, y en el estudio cochambroso se alza su figura desaliñada hacia la fama impensable. Antes: en la gloria paseando con el héroe del brazo, en la patria de origen. ¿Chat? ¿Foro? Te diré: otro universo. Pero algo tendrá que ver con el tuyo de ahora. “Qué quieres que te diga”, exclama, y se detiene a reflexionar un instante: “Todo es igual… pero distinto, como muy pálido, en sombras. Más Platón… Una web…
“¿Una qué?”
“No sé… Me ha venido a la cabeza, así, de repente.”
Pues a veces se resquebraja el muro del futuro, agrieta una piedra, procura rendijas, y deja ver fragmentos de lo porvenir, alguna mínima construcción (o su ruina) de lo que aguarda más allá de la noche del tiempo, la arenilla que, cual poso, dejan los sucesos, el hecho ineluctable.
Salen de la 75 camino del Whitney, en Madison. De nuevo insiste en visionar algunos de sus secretos. La mole de granito y hormigón de Breuer, escalonada y de ventanas inconcebibles crea una panorámica en esta parte de Madison Avenue que desdice las fachadas aburridas, monótonas y opulentas que le secundan calle arriba y calle abajo.
Cruzan el vestíbulo. (En ese momento se da perfecta cuenta de que es un acompañante falso. “Desaparece”, ordena. Ya es invisible. Sólo Hesse.)
La artista suspicaz se detiene ante Los esponsales. De Gorky.
¿Qué sabes de Gorky?
“Gorky… soy yo.”
Deglutía los patterns freudianos, lo esquizoide asomaba por el rabillo de sus ojos, el cielo áspero y la tierra quebrada del armenio, y, sin embargo, resolvía silencioso una obra luminosa en crueles o plácidos amarillos Vermeer, alejado ya del pastiche de aficionado receloso.
Un tipo torvo, bien preparado para el golpe, como todos aquellos que saben que la muerte no jugará con ellos al maldito escondite, que saben desde antiguo que más tarde o más temprano ellos mismos acabarán con su vida. La prueba final de un desafío a una vida siempre a rebosar de quebraduras y absurdas mortificaciones.
¿Cuándo se mata?
Poco después de saberse un trasto irrecuperable (cáncer, accidente de automóvil, el cuello roto).
¿Qué queda por delante? ¿El espectáculo de la piedad?
¿No es eso jugar con ventaja? Lanza al mundo sólo jirones, unos retales de la existencia maltrecha y pendular entre la sobriedad y la fanfarronada.
Pero ese exterior plácido, bonancible, la mirada del niño sin tierra que contempla la línea del horizonte… Inventa los cromáticos subterfugios.
Esa amalgama antropomórfica que subyace tras las líneas del dibujo uniforma un discurso plástico cercano al drama existencial, tan alejado de la tragedia del Guernica. “Han sido mis acuarelas”, dice Hesse condescendiente. Pero también con un poco de excentricidad: prefiguran a Basquiat, a tantos otros. Todo lo suyo  ha sido transversal, señora.
Ha visto a Hesse: pues, obediente, él había desaparecido y la había dejado sola: cruza a buen ritmo una de las salas, pasa de largo, como el que no quiera la cosa. La sigue a distancia. Va apresurada. Frente “a las estatuas”, acaso con miedo: huye de las pavorosas carnosidades de bronce de Lachaise, de Lipchitz y Archipenko, de la “madre y el hijo” de Zorach que han de constituir tu pesadilla de esta noche, una parada de monstruos que poblaran tus sueños de seres deformes e irreales, una carnaza para el deseo extravagante y medieval de los goliardos.
Hesse: la representación mata, el bulto aterrador de la masa destruye la veracidad del discurso de la forma. La sugerencia por muy brutal,  hermética y extraña materialmente que fuere ha de salvar tus ilusiones.
Aunque acaso otros sean los monstruos, como bien supo retratar ya antes la chica seria de los Nemerov con la Leica colgada del alma, una Arbus todavía inocente que fotografiara a niñas como Penelope Tree, de su propia vida y la de los otros trastos andantes, sonrientes, indefensos…
Rebelde, ya.
Por entonces leía montones de textos clarificadores.
Buscaba una Teoría del Feísmo.
Todo lo que el mundo ha construido, fabricado  o creado hasta ahora se está deteriorando, se rompe, parece cada vez más viejo, y a pesar de los miles de millones de toneladas de materia desechable del pasado, los cientos de objetos nuevos de química taumatúrgica que surgen por doquier, la sensación de vacío y putrefacción es mayor cada vez, hasta se diría que al paso del tiempo el olor del mundo es más fétido en su crecimiento y en el desorden de su enumeración. La metástasis de la abundancia y lo inútil se propagan en dirección al horror, una excentricidad de lo vivo que sólo ha de acabar en el abismo de su finitud absoluta.
1958:
“Necesito un coche”, se dice.
¿Eres americano y no tienes coche?
Uno de sus compañeros de la Escuela le propone una compra a medias.